jueves, diciembre 29, 2005

Vi crecer al Sol

Vi crecer al Sol una mañana de abril, creció en minutos y evaporó los mares; la gente se derritió, se deshizo tan rápido que la noticia ni siquiera alcanzó a aparecer en las pantallas. Un solo avión de las Fuerzas Armadas del Planeta alcanzó a despegar, pero en el cielo no halló qué hacer, era como un avión de goma. Peter J. Williams, el piloto, contempló la hecatombe desde lo alto y cayó víctima de la radiación. Ni las cucarachas se salvaron, como alguien había vaticinado en los libros. Napoleón, el caballo blanco de Napoleón, Jesucristo, Hamlet y Los Hermanos Arriagada fueron borrados del mapa en un santiamén. Se acabó por fin la vanidad y también se acabó la esperanza del sentido de la vida.
Yo me salvé porque Dios es grande. Me pude meter a una cueva en el sector del río Mataquito y salí a la superficie 123 días después, totalmente mimetizado, escamoso, malherido y chuñusco. Me quedaba poco más que la imaginación, la naturaleza hizo el resto: una mañana, al despertar, no sé cómo me salió un huevo por la boca, igual que a los magos, y así renació la especie, pero desde entonces todo ha sido diferente.
Doy fe de que esto sucedió realmente.

martes, diciembre 27, 2005

Un niño con pelos de lobo en las orejas


Pronto me di cuenta de que despertaba simpatía. Mi ambición era aplastar las culturas y las civilizaciones pero las diosas del Olimpo me veían como a un niño. Un niño escondido tras los arbustos, haciendo maldades, un niño con pelos de lobo en las orejas pero siempre un niño, no algo más importante que eso. Las noches de estío, en los bosques del sur, alzaba la vista al cielo y aullaba, renegando del poder de las deidades. La respuesta que bajaba hasta las raíces de las plantas, los vientres de las babosas y las patas de las cucarachas era siempre la misma: te protegemos, te abrazamos, te cuidamos de los verdaderos lobos.
Mahler, Mahler, Mahler, tan bien que te entiendo ahora. Loco violento, loco celoso y loco infantil, loco melancolía y loco brutalidad, loco ambiguo, tu música se parece a los electros que me tomaba el doctor Shiffrin, rayas insólitas que subían y bajaban entre las líneas armónicas de unas hojas cuadriculadas de color paquete de vela.
Mis memorias, si se leen bien, son memorias de niño chico.
Soy un dulce pajarillo que sueña con grandezas sólo para que los demás reconozcan su valía. Así no voy a destruir nada, debo analizar este aspecto de mi vida. Me prometo que desde ahora mismo seré enteramente malo, no como he sido hasta ahora, malo pusilánime, malo a medias, malo traidor, malo cobarde.
(Ilustración: Sergio Mardones)

martes, diciembre 20, 2005

La luz que agoniza

El ocaso de la estrella o la luz que agoniza.
Son tan evidentes las señales que advierten el fenómeno que resulta curioso que ningún cuerpo celeste les haga caso. Ya me ocuparé de ese hecho.
La primera y más potente es la intensidad de la luz. La estrella emite una radiación insólita, que enceguece a los que la miran de cerca y provoca comezón social a quienes la ven de lejos. Es sabido que la radiación intensa es dañina. Lo menos que causa es cáncer a la piel, pero la herida más profunda hiere gravemente el corazón de quien recibe esos rayos a cierta distancia. El músculo se rigidiza, se torna cauteloso. La radiación solar forma una solución diluida de ácido sulfúrico y ácido nítrico que aumenta la velocidad de esta reacción. El efecto a corto plazo es que el ácido transmitido por las venas cavas empieza a roer la aurícula derecha.
Cuando sobreviene la segunda señal ya es tarde para que la estrella adopte medidas de precaución y ni siquiera le cabe hacer poco más que algo. El músculo herido se ha defendido naturalmente y apeló a lo que tuvo a la mano para desviar el brillo, ya que le es imposible apagarlo, como desearía. Cómo lo hizo es todavía un misterio para la ciencia, pero la hipótesis menos rebatida, del dr. Juan Zabrisky, sostiene que la sanación parcial se logra mediante la unidad de desarmonías; esto es, la suma de músculos heridos o por herir, en una suerte de cadena de transmisión energética capaz de hacer frente y hasta de absorber la fuente irradiante.
La estrella ha llegado así a su ocaso. La luz agoniza víctima de su propia intensidad.
Cuando brilló, no tomó en cuenta ese factor. Cuando dejó de brillar su espíritu se fue apagando sin pasión, sin heroísmo, como alma ida.
Murió un buen día la que fue una gran estrella, inofensiva ante los músculos protegidos, ahora atentos al nacimiento de otra nueva amenaza.

jueves, diciembre 15, 2005

Megalómano

Megalomanía, la mierda que llenó el seso de los hombres y que me ha hecho ser como soy. ¿Cuándo decidí adherir a esta locura? Antes los hombres se consagraban a Dios; los románticos daban sus vidas por salvar a Grecia del ataque de los turcos, los bolcheviques enarbolaban rojas banderas y canjeaban sus almas por las escamas infinitas de un monstruo marino llamado Leviatán, corrientes barbadas así como ésas daban que pensar e insuflaban el espíritu de un aire raro, como de fiebre nocturna. Yo alcancé a conocer algo de aquello en mi juventud, pero ahora qué soy de verdad bajo mi abrigo negro, qué he sido siempre en el fondo: un megalómano, a eso he sido condenado, a que la sociedad me desgarre cada tarde las entrañas, luego de volver del supermarket con las compras del día. Esta sociedad que me transformó en pigmeo, en cabeza de aguja, en gota invisible de agua, en número, ahora me hace dios, Dios mío dónde estás si es que estás, si es que alguna vez estuviste, eso qué importa pero antes importaba y cuánto, qué inmenso era el temor de Dios, qué indudable su poder y qué pequeños y minúsculos se sintieron los hombres y con cuánta fe entregaron sus vidas en defensa de la causa que fuese, yo no, siempre fui un megalómano, pero hoy más, porque hoy ni siquiera hay Dios, todos somos pequeños dioses que lamemos nuestras heridas en los blogs, que son los reinos de la pacotilla, sin Dios la tierra se plagó de reyecillos inmortales pendientes del lengüetazo anónimo; ya no acuden a la iglesia a prosternarse, ya ni siquiera oran en la soledad de sus moradas, ¡ah, cuánto me hace sufrir esta vida!, a veces siento que no podré continuar, a veces me arrepiento de ser malo, de matar a diestra y siniestra, de regar campos y ciudades con vejigas de hiel, a veces quisiera ser bueno por un minuto, aunque fuese de mentira: pasar la mano por una mejilla tibia, sentir cómo una palabra mía hace brotar una lágrima de amor, ya estoy desvariando nuevamente, se nota que estoy en un mal día, no puedo caer en ese tipo de obscenidades, he jurado no hacerlo, la más oscura oscuridad, la más negra de todas es la voluntaria y el mejor paseo es aquél del oso pardo en el zoológico, ¿lo han observado como se pasea en su jaula? ¿Han ido últimamente al San Cristóbal? Vayan y lo verán caminar de un lado a otro, evitando chocar con el tronco que se le pone por delante, de un lado a otro día y noche hasta llegar al tronco y vuelta, aunque no haya niños ni grandes que lo aplaudan y le arrojen peras, aunque desfile bajo las estrellas mudas, caminar por vocación esquizofrénica, pasar la vida caminando encerrado en una jaula como lo hacen los megalómanos en sus reinos de cristal líquido...

miércoles, diciembre 14, 2005

Nostalgias de Odradek

Los charcos siempre dan la impresión de ser bajos. Además, la intuición les calcula la hondura. Pero hay charcos profundos. Se ha visto morir bueyes y hundirse carretas en charcos inocentes como niños; ahí la intuición del carretero falló. Hay libros de filosofía que se abren y resultan ser charcos; por fuera se veían limpiecitos e inofensivos. Hay mentes-charcos: al intuirlas parecen charcos profundos pero quien se mete en ellas descubre lo insólito: el charco es una tela de gelatina congelada y es casi jocoso comprobar la nada que hay debajo: un patito amarillo diciendo cua-cua.
Todo esto lo pienso mientras espero en el descanso de la escalera a mi Odradek, mi carrete de hilo que baja todos los días a esta hora por el pasamanos. Cuando lo logro agarrar le hago siempre preguntas como éstas y me contesta con esa voz tan particular que le viene de sus pulmones de hoja seca.
-¡Espera, no te vayas! ¿Pasamos o no pasamos el charco, Odradek?
-Eliminado.
A veces, muy pocas, me responde:
-Clasificado.
Como iba diciendo, esto de hacerse preguntas difíciles en circunstancias tan... ¡Iah! ¡Allá va mi Odradek! ¡se me pasó de nuevo!, por usar mal el tiempo libre. Deberé esperar hasta mañana a esta misma hora, pero ¿qué hago mientras? ¿Tendrá buen sabor el té? Pero el té de las cinco es un rito inglés y no estoy para bromas esta tarde.
-¡Odradek, vuelve, Odradek!
-...
-¡Vuelveeee!
(-¡Eliminado!)
Es increíble como su voz se escucha a pesar de todo. Da la impresión de que fuera una voz que viene de otra parte.

martes, diciembre 13, 2005

El caso de Lizardo Carrasco

Asimismo fue que al salir de la caverna vislumbré mi vida de otra forma, salpicado como estaba de sangre racional. Hasta el momento todo había sido muerte, todo conducía a la muerte, sobre todo los grandes placeres, ya fuese porque su intensidad es lo más cercano al desfallecimiento físico como porque lo que sigue de éstos en el plano temporal no puede ser tan bueno como lo que se acabó de vivir sino menos bueno; esto es, malo, entendida la maldad como negación de la vida espiritual. Tal perspectiva me tenía con los nervios cínicos. Recordé a San Agustín y me di cuenta, como dije a la salida de la gruta iniciática, de que no hay mal que por bien no venga, o de que no hay bien que por mal no venga, como corrige Don Hermógenes Pérez de Arce.
¿Y si todo condujera a la vida -al revés de lo que había pensando hasta entonces-, no era ésta una teoría posible, lícita, deseable, fácil de probar? ¿Qué eran mis movimientos? Vida. ¿Qué era mi muerte? Vida eterna. En último caso, vida de gusanos. ¿Qué era todo lo que conocían mis sentidos y mis fantasías? Vida.
La encrucijada era tortuosa, no cabía otra solución que ir a una casa de disfraces a probarme la sotana.
Afortunadamente Lizardo Carrasco me sacó de la problemática entrada la noche, en el caserío de San Vicente de Pucalán, donde el destino había dispuesto que pernoctara ese lluvioso día del 21 de agosto de 1971. El campesino asesinó a hachazos a su mujer de vuelta de la cantina, enloquecido por el alcohol. Yo tuve la penosa misión de esconderlo un par de días antes de que lo atrapara la policía. Su acción me reveló que la vida no era sinónimo de bondad ni santidad; la vida no era un problema moral. Y si no lo era Acá necesariamente no lo podía ser en el Más Allá.
Qué cosas pensaba en esos tiempos.