lunes, julio 17, 2006

Nada es perfecto

Este es el mundo de la imperfección y por lo tanto, de la tolerancia.
Nada es perfecto, como algunos osan afirmar por allí. Al contrario, todo es imperfecto. ¿Es una hoja perfecta? No, está llena de irregularidades. ¿Es un terreno perfecto? No, está lleno de anfractuosidades. ¿Es redonda la tierra? No es totalmente redonda. ¿Es el calor del sol regular? No, unos días calienta más que otros. ¿Tiene el año 365 días? No exactamente, tiene unas horas más que eso. ¿Empieza la primavera el 21 de septiembre? No, empieza un poco después. ¿Manejan los hombres en la ciudad a 50 kilómetros por hora? No, manejan a un poco más y bastante más que eso. ¿Hierve el agua a 100 grados? No, sólo a nivel del mar. ¿Las personas que tienen que entrar a trabajar a las ocho de la mañana, entran a las ocho de la mañana? No, generalmente entran a las ocho cinco, a las ocho diez y hasta a las ocho veinte. ¿Las leyes que se tienen que votar un martes, se votan un martes? No, casi siempre se votan el jueves o el martes siguiente o el año siguiente o simplemente no se votan. ¿La Corte que tiene que fallar un lunes, falla un lunes? No, deja el fallo en acuerdo (pendiente). ¿Los empresarios que tienen que pagarles las imposiciones a sus empleados, se las pagan? casi nunca: las dejan "para después". ¿Existe el año normal en términos de cantidad de lluvia caída? No, los milímetros nunca coinciden. ¿El hombre es fiel por completo? No. ¿La mujer es fiel por completo? No en el 95 por ciento de los casos. ¿Los curas son célibes? En el papel y los domingos en horario de misa. ¿Los motores de los autos fallan? Fallan. ¿Los aviones se caen? Se caen. ¿Las cartas llegan en la fecha acordada? No, llegan seis días más tarde. ¿El cuerpo humano es perfecto? No, falla y la gente se muere. ¿Dios es perfecto? No, porque la suma de errores no puede dar como resultado la perfección. ¿Los pies están hechos para caminar? No, porque cuando caminan mucho, duelen. ¿Las cuerdas vocales están hechas para hablar? No, porque cuando se usan mucho se gastan. ¿Los diarios informan todas las noticias? No, sólo las que ellos quieren. ¿Un penal es sinónimo de gol? No, y debiera serlo si la fórmula matemática de la velocidad del balón disparado en una dirección equis dividida por la velocidad de reacción del arquero fuese perfecta. ¿Lo que queda escrito no se borra? Falso, el tiempo lo borra todo. ¿Las pilas Duracell duran una eternidad? No, apenas una semana o un mes. ¿El pernil de chancho es la carne perfecta? Casi, si no fuera por la grasa.
Estos dos o tres ejemplos ilustran lo que nadie quiere ver. No hay nada perfecto. No hay hombres perfectos. No hay dioses perfectos. No hay reglas perfectas. Ni las matemáticas son perfectas.
Vivimos en la imperfección más descarada y el único remedio para combatir la imperfección es la tolerancia. Tolerar, tolerar, tolerar hasta que no demos más. Y cuando no demos más, cuando no demos más... habrá que idear la forma de desahogo perfecta, que es el crimen perfecto.
Ya he admitido en mis memorias alguno que otro crimen, como aquél de la prostituta de glúteos con textura de pelota de básquetbol. Ideo en noches de insomnio futuros crímenes perfectos. He hecho una lista:
Matar sin motivo alguno. He allí una buena idea para un crimen perfecto. No hay vínculo entre victimario y víctima.
Matar a los menesterosos. Se investiga muy poco aquellos casos. Al igual que los seres humanos, el detective por naturaleza es mediocre y propenso al ahorro de trabajo, ansioso de lucimiento, ambicioso de poder. Descubrir esos crímenes le aportan poco a su carrera.
Degollar con un trozo de hielo en un día de calor. A los pocos minutos no hay arma, desaparece la prueba del delito.
Empujar descuidadamente a la víctima a la línea del metro.
Me temo que ninguno de estos proyectos se lleve a cabo por ahora. Se necesita más estudio, es preciso repasar posibles errores, enmendar coartadas. Nada puede quedar en el aire. Hay algo que me inquieta, no sé qué es.

jueves, julio 13, 2006

Todos lo hacían

Todos lo hacían, todos lo hacían. Lo hacían de alguna manera. O derechamente. O discretamente. O usando la autoridad con desparpajo y cinismo. O a escondidas, pero lo hacían.
Yo lo hacía mentalmente, ni siquiera me atrevía a pedir permiso para hacerlo. Me lo habrían dado, pero eso qué importa a estas alturas.
Cuando la ocasión que daba origen al deseo pasaba y yo me quedaba con las ganas de hacerlo, entonces venía primero la frustración y luego el odio.
Cuántas vidas humanas han sufrido por causa de aquello, cuántos crímenes se podrían atribuir a esa semilla que no germinó, a esa trizadura del alma. Las estadísticas no hablan de esas cosas.

jueves, julio 06, 2006

El hombre que dudaba demasiado

De chico, el hombre que pensaba demasiado dudó de todo y quiso saber lo que había debajo de la trama. Por eso no creció nunca, porque nunca quiso ver la trama, sólo el revés. El revés lo que hacía era descubrirle problemas, mientras la trama brillaba, resplandecía ante todos, menos ante su estado de ánimo. Terminó sus días enredado en un nudo ciego.
Cuando tenía cinco años los problemas al hombre que dudaba demasiado lo aplastaban porque no lograba comprender sus mecanismos; más tarde le pasaron solamente por encima. Bien entrados los cuarenta sentíase ya preparado y les hacía frente justo en su momento. Ahora que está más viejo tiene la sensación de que los percibe antes de que comiencen. Tal vez a los 110 años sea capaz de tenerlos solucionados cuando ni siquiera se hayan generado los factores que den origen a ellos. Pero no habrá de llegar a esa edad porque casi sin darse cuenta ya empezó a meterse al nudo ciego.
Hokusai aspiraba a llegar a los 110 años para convertirse realmente en un artista. Decía que recién a esa edad, de cada uno de sus trazos fluiría vida. Eso es otra cosa.
Percibir las cosas antes de que sucedan otorga pequeñas ventajas y grandes inconvenientes, el más importante de los cuales es que los hechos, si uno los intuye, los termina fabricando. Al respecto, el hombre que dudaba demasiado ha descubierto en estos días algo que le ha llamado la atención: no se intuyen problemas, sino estados de ánimo.
No es que el problema no exista. Existe. O va a existir. Pero, ¿no es la comprobación del trágico destino que gobierna al hombre que dudaba demasiado el hecho de intuirlo? Esto, porque al ser parte del problema que intuye, ha sembrado una semilla con un gusano adentro. Distinta cosa sería si el hombre que dudaba demasiado intuyera problemas en los que no estuviese involucrado. ¿Es posible eso? ¿En qué no está involucrado? ¿En el lanzamiento de misiles de Corea del Norte? El hombre que pensaba demasiado tiene sus dudas al respecto.

lunes, julio 03, 2006

El campanario

Cuando subía las escalinatas para llegar al campanario se me vino a la mente la cinta de Hitchcock, especialmente el momento en que la monja se santigua y tañe la campana. Es una religiosa en las sombras, de bajísima estatura. Se asocian allí pecado, religión y tragedia. Asociación que hoy no provocaría desasosiego, sino curiosidad.
En la cima de la torre la campana me impresionó. Una paloma picoteaba en la tabla opaca del piso; la campana reposaba, no era su hora del día. Pesaría unas 13 toneladas, cuando menos. Era una atmósfera bella en la altura, bella y olvidada. Olía a santidad, una santidad no pestilente sino silenciosa, ausente de las cosas que pasan en la tierra. La paloma de la torre seguía picoteando.
Llegado el momento de actuar no tuve las fuerzas para hacerlo. No se actúa sólo por intención o deseo; se debe contar con medios y si éstos no están a la mano o no surgen de un fuego interno que les permita enfrentar con éxito lo que se les presente por delante es mejor no experimentar y abandonar la lucha, antes de darla siquiera. Eso fue lo que hice aquella vez.
Me admiraba de mi propia debilidad; meses atrás me hubiesen indicado con el índice como "el tipo que lo hizo", "el único que fue capaz de hacerlo". Ahora, en el campanario, no sabía si escabullirme como una rata o dar de patadas a un rincón, mas no a la campana, porque un solo golpe de zapato me habría dejado cojeando. Lo que sí deseaba, evidentemente, era liquidar a alguien. Buscar un culpable y hallarlo. Había muchos que merecían mi castigo, partiendo por mi propia persona. Los otros que me iban floreciendo en la cabeza eran hombres poderosos ante los cuales más de una vez debí inclinarme. El poder que ejercían era temporal, un poder que no dejaría historia, pero hacía daño.
Si reaccionaba coléricamente caería dentro de un corral de cerdos enlodados que chillan día y noche. Si me escabullía como una rata llevaría en mis espaldas el peso insoportable de la frustración.
Pero ya fue escrito: abandoné la lucha, antes de darla siquiera.

domingo, julio 02, 2006

Quién creó a quién

Lo que voy a decir me habría arrojado directo a las llamas hace tres siglos; hace cien años me habría mandado a la cárcel y hace diez habría motivado una carta al director. Como ahora va a pasar piola lo enuncio con todo desparpajo: así como el hombre no está en condiciones de hacer las cosas que hizo Dios, Dios no está en condiciones de hacer las cosas que ha hecho el hombre. Es la pura y santa verdad. Y que conste que hablo sin nada de soberbia.
Partamos con Dios.
Creó el Universo, es cierto. Nada fácil. Hizo que el polvo se convirtiera en materia sólida y que el fuego de las estrellas tomara forma. Estableció la variante planetaria, consistente en convertir los despojos de las estrellas en esferas rotatorias que tarde o temprano iban a dar origen a la vida, lo que a la postre sucedió. La gracia de Dios entonces fue aprovechar un resto que cualquier otro habría arrojado a la basura -los planetas- sacándole provecho gracias a su buen ojo. La otra gracia de Dios fue haber creado el tiempo y el espacio, todo un logro.
Bien, creo que hasta aquí llega Dios, salvo que se me hubiera olvidado algo, pero lo dudo. El asunto es que hace tiempo que Dios se echó a descansar porque todo lo que tenía que hacer ya lo hizo.
Veamos ahora al hombre.
Creó la televisión. ¿Son capaces de imaginarse ustedes cómo un hombre pasadito de peso que juega a la pelota en un estadio puede verse dentro de una caja de vidrio en las casas de todo el mundo? Y nótese que aquí va incluido otro invento: el satélite. O sea, mandar un cohete sin equivocarse fuera de la atmósfera y luego hacer que el aparato que lleva empiece a dar vueltas alrededor de la tierra, conectando señales que se le envían desde abajo. A mí no se me habría ocurrido nunca y es más, hago la siguiente apuesta: ¿cuántos inventos se perderían para siempre si el hombre tuviera que partir hoy de cero, por ejemplo luego de una guerra atómica? (otro invento, la bomba atómica).
El hombre creó las redes, los sistemas, ¡la computación, que es una cosa de otro planeta! Además logra que de un chorro de agua que cae a una turbina se alimente de energía eléctrica un país completo, y lo hace de tal forma que eso no puede fallar ni un segundo porque si falla queda la escoba.
Hace que una máquina de cuatro ruedas se mueva con sólo dar vuelta una llave y apretar un pedal. ¿Qué tal, sería capaz Dios de hacer eso?
Noto que mi locura está llegando a un grado tal que pronto podría asomarse la ambulancia. Bien, ahí tienen dos inventos más: con unas pastillas los doctores me pueden volver a la realidad y si no lo consiguen, con una simple forma de ordenar unas vendas me pueden inmovilizar y llevar al manicomio. Y ahora que efectivamente me llevan al hospital le hago la pregunta top al camillero, para que dirima: ¿Dios creó al hombre o el hombre a Dios?
-Lo que usted diga, amigo, lo que usted diga -contesta medio riéndose, pero noto que de pasada me roba el reloj.