miércoles, noviembre 29, 2006

Tres variaciones sobre "El monje negro"

Variación I
Una risa incontenible
Somos la repetición de otras vidas, de otras fantasías. No es que no haya nada nuevo bajo el sol, sino que además no hay nada nuevo en las sombras ni en la corriente sanguínea.
Leía el cuento "El monje negro", de Chejov, e inevitablemente mi imaginación lo comparó con el caso de Danilo Hevia, el muchacho de La Pintana que salió hace unos días en el diario. El monje negro de Danilo se llamaba Brayan, según reveló a la policía el botillero Claudio o Carlos Bernal, no recuerdo bien el nombre, pero sí el apodo: El profeta. Esa noche Danilo entró a la botillería y pidió dos Becker. El profeta declaró que en el local el adolescente comenzó a hablar con alguien invisible. Ambos, el de carne y hueso y el fantasma, dialogaron acerca de la felicidad hasta que se hizo de noche y el local cerró.
En "El monje negro" el joven y prometedor abogado ve surgir de las aguas a un monje vestido de negro que lo llena de una felicidad irracional al irle revelando uno a consejos que parecen salidos tanto de un gran libro sagrado como de lo más profundo de la mente del abogado. La trascendencia hecha palabra y generada por el propio yo, pero venida de labios de un tercero, es una sensación que desquicia y que no pocos teóricos de la estética asocian con el papel que cumple el artista en la sociedad.
Eso es la ficción, el cuento del ruso. En la realidad Danilo ha resultado presa de una risa incontenible, producto, se ha sabido en la nota policial, de su afición al neoprén. Tengo mis reservas. Sospecho que la risa incontenible de Danilo nace de descubrir, merced a los efectos del neoprén, los orígenes de la felicidad. La felicidad, según mi teoría, radica en una chispa de hierro incandescente que proporciona una energía desmesurada al organismo. La chispa va acompañada de una sensación de bienestar, bondad y unión con las personas y el universo entero, más allá incluso del espacio y de los tiempos.
Pero la ficción supera a la realidad. Mientras la nota del periódico no genera sino una leve reflexión a la hora del desayuno, leer "El monje negro" provoca un profundo desbarajuste emocional y uno queda varios días con el personaje atrapado en la cabeza, como si un ser diminuto se enredara en los cabellos, bajara por un filamento y se pusiera a recorrer el laberinto de los sesos. En cualquier momento y desde cualquier rincón se le podría aparecer a uno su propio monje negro y el resultado de ese pensamiento es la pesadumbre. Los negocios suelen marchar a medias y la vida familiar decae.
El gran problema del monje negro es que los consejos que da son buenos, pero impracticables, de allí el caos mental que alimentan sus visitas. A Danilo su chispa incandescente llegó para ayudarlo "a romper las grandes cadenas". La chispa Brayan le decía que él era diferente, "no como los demás", que lo quería "más que a un hermano" y que lo iba a salvar, "porque ni Cristo te va a salvar", le decía, según contaba él mismo a sus amigos. Decía también que el Brayan se le parecía físicamente y que cuando escuchaba sus inflamados discursos llenos de buenos deseos se ahogaba de felicidad. Pero eran palabras vacías: cuando Danilo sufría ataques de pánico causados por la droga su propio monje negro nunca estaba; se escondía. Y por eso con los días le vino un rencor hacia él.
Los tres angustiados que fueron interrogados declararon a la policía que Danilo partió esa noche junto con ellos al cerro San Cristóbal a sentir nuevas sensaciones. "Hablaba solo y cuando saltó una reja y se metió a unos matorrales se puso a pegarle combos a un árbol y después a la tierra".
La mañana siguiente fue encontrado muerto, despedazado, no se sabe si por hombres o animales, con una mueca en los labios. Los angustiados continúan detenidos. La causa criminal está en pleno desarrollo.

lunes, noviembre 27, 2006

El especialista

La segunda vez que estuvo en peligro su vida, Douglas Marambio P. no sufrió daño físico alguno, pero quedó con secuelas. Ingiere medicamentos antipánico y consulta al siquiatra cada vez que su presupuesto se lo permite; esto es, unas tres o cuatro ocasiones en el año. La historia de la que fue testigo y personaje secundario es bien conocida en el pueblo de Doñihue, del cual emigró al día siguiente de ocurrido el episodio. Diríase que hasta el día de hoy y por esa sola razón, Marambio P. se empeña en ocultar su paradero, a pesar de que si alguien quisiera saberlo le bastaría investigar en el Google: ningún ser pensante podría no estar en ese buscador. Aún así, ha hecho todo lo posible por ocultarse de los ojos del mundo: borró su nombre de la guía telefónica y se retiró el colegio donde impartía el ramo de Artes Plásticas para concentrarse en dictar lecciones particulares.
A mí la historia me la contó mi doctor, a quien veo ocasionalmente desde hace unos 20 años. Mi doctor es siquiatra, el mismo que atiende a Douglas Marambio P. A veces, al finalizar la hora, nos quedamos conversando y el doctor me habla de los traumas que aquejan a sus pacientes e incluso de los problemas que le pesan a su propio espíritu, siendo el más recurrente, en el caso suyo, la desilusión que ha experimentado por su especialidad a medida que pasa el tiempo. Últimamente me comenta que se ha tornado cada vez más escéptico en lo referente a la cura de los males mentales tanto a través de la terapia sicoanalítica como de la que pregona el triunfo de la química. Hoy por hoy la siquiatría es para él un laberinto en cuyo centro hay una mina de oro; sin embargo, sabe que para encontrar la salida debería necesariamente marchar en dirección contraria al centro, y ésa es su paradoja.
Recuerdo como si fuera hoy el día en que conocí las circunstancias que marcaron para siempre la vida de Douglas Marambio P. La pieza estaba en penumbras y la secretaria ya se había marchado. En la consulta sólo quedábamos el doctor y yo. Me ofreció un cigarrillo -yo en esos tiempos fumaba- y se explayó. Se notaba nervioso, me daba la sensación de que actuaba como si deseara desprenderse de algo sumamente inquietante. "¿Viste al paciente que salió antes de ti?", me preguntó. Le dije que no me había fijado, que hojeaba una revista cuando se marchó. Pero no era verdad: lo había visto y recordaba nítidamente sus ojos vivaces y asustados, que miraban en todas direcciones, sus ojos de terror que investigaban por debajo de la piel de las cosas, buscando algo inmaterial que pudiese estar escondido del entendimiento humano.
"Me ha relatado un caso extraordinario y la verdad es que no sé qué hacer con esa información. No creo que jamás acudamos a la policía, ni él ni yo. Te la daré a ti porque, te digo la verdad, querido muchacho, necesito sacarme esto de encima". Sus palabras me sobresaltaron y estuve a punto de dejar la conversación hasta allí y marcharme de la consulta, pero mi curiosidad pudo más.
Douglas Marambio P. le había confesado que el 14 de noviembre de 1964; o sea, doce años antes de acudir a la sesión, había sido testigo de un crimen en el que había participado mucha gente.
"Él esperaba que lo atendieran para cobrar un cheque en el Banco del Estado cuando notó que Don Remigio Vega, dueño de Abarrotes Vega, recibía mucho dinero en el mesón; fajos y fajos de billetes, una cantidad extraordinaria, fuera de lo común para el pueblo. El comerciante, de unos 68 años, vestía camisa de manga corta a cuadros y lucía brazos velludos. Douglas Marambio P. pensó al verlo que Don Remigio representaba menos edad y que le gustaría llegar así a los 68 años: con buena salud y harto dinero. El hombre contó los fajos, no los billetes, y los echó a un maletín de cuerina que apenas pudo contenerlos", relató el doctor, quien fumaba para aplacar los nervios. El sudor de su frente brillaba en la penumbra.
El doctor me dijo entonces que interrumpió a Marambio P. para preguntarle por qué el comerciante no había tomado precauciones, como cobrar en una salita privada. Marambio P. le hizo ver que los bancos de pueblos de provincia no disponían de esos habitáculos y además le recordó que en esos tiempos ni siquiera existía el método de ordenar a los clientes en una fila. Encima era día de pago al magisterio y el caos de la oficina era espantoso.
"Apenas Don Remigio se echó el dinero al maletín, Marambio P. advirtió que el comerciante era vigilado al menos por cinco individuos, ninguno de los cuales había sido visto nunca en el pueblo. Don Remigio debió de advertir lo mismo, porque los miró repetidamente antes de abandonar el local", continuó el doctor, pero en este punto de la historia se vio obligado a ir por una botella de whisky que escondía en su escritorio. "Podría argumentar que es buena hora para el aperitivo -me dijo- pero la verdad es que de otra manera no podría contarte lo que sigue". Acto seguido me ofreció hielo -rehusé- y sirvió dos vasos, el suyo con tres o cuatro cubos. Le sugerí que una marca de esa categoría se disfrutaba mejor sin hielo, pero él no me escuchó. Se echó un trago abundante a la boca. Estaba ansioso por continuar.
Lo que sigue de la historia es tan bestial que, tal como Marambio P. y luego mi siquiatra lo han hecho a su manera, yo he necesitado escribirla para sacarme ese peso de encima. Mis lectores heredarán mis fantasmas.
Don Remigio intentó salir fugazmente por la puerta principal, pero se devolvió al comprobar que sería acorralado. Ya la gente se daba cuenta de que su bolsa estaba en riesgo, pero la sola idea de un asalto a mano armada cohibía a los testigos, Douglas Marambio P. entre ellos. El comerciante cometió entonces un error garrafal: en vez de dejar su tesoro nuevamente en manos del banco prefirió escabullirse por una puerta lateral, que daba a un patiecito de piso de tierra, con dos naranjos que le hacían sombra y un alto muro de adobe como taco. Allí cavó su propia tumba. Los cinco bandidos lo rodearon y sin decirle nada se dispusieron a robarle el maletín. La gente había salido al patio y contemplaba la escena sin acertar a nada. En el lugar no volaba una mosca. A punto de perderlo todo, a Don Remigio le afloró una audacia temeraria y sacó a relucir un cortaplumas. "A mí no me llevan solo, gritó, a mí no me llevan solo". Los malhechores se apartaron como se reorganizan las hienas, para volver a atacar.
Mientras, Don Remigio estudiaba a cada uno de los testigos para decidir a quién elegía para tomarlo como escudo humano.
"Aquí fue donde Douglas Marambio P. se quebró en la consulta -mencionó el doctor- pues me confesó, temblando, que en el patio bajó la vista y cuando la volvió a subir sintió la mirada de Don Remigio clavada en sus ojos".
-¿Y qué sucedió entonces? -le pregunté, ya contagiado por los nervios.
Los dos vasos estaban vacíos. Volvió a llenarlos.
-Don Remigio se le fue encima a Marambio P., pero cuatro de los cinco malhechores lo redujeron antes de que pudiese siquiera maniobrar el cortaplumas. Lo pusieron boca abajo y llamaron a un tal Juanito. Marambio P. nunca olvidó ese nombre, Juanito, un hombre que al parecer había sido contratado especialmente para faenar al comerciante, ya que el plan original de los asaltantes siempre fue robarle el dinero y matarlo. Con la destreza de un especialista, Juanito le practicó de entrada dos cortes certeros en el tungo con un cuchillo despuntador y luego, cuando Don Remigio todavía pataleaba con frenesí, le rajó la camisa y le abrió la espalda desde la nuca hasta la zona de los omóplatos, con un cuchillo carnicero. Los testigos miraban con la complicidad que otorga el espanto, sin reaccionar. Los cuatro asesinos mantenían a su víctima firme contra el suelo, pero el que realmente hacía el trabajo era el especialista, un trabajo frío, impecable, callado y placentero, pero sin la menor demostración de goce o mejor dicho, sintiendo el goce que experimenta el artífice anónimo por su obra. De pronto, cuando el cuchillo seguía bajando en dirección a la región de la cintura, todos oyeron un suspiro. Don Remigio cantó "ay" y se le fue la vida. Fue un quejido tan humano, tan débil pero tan claro, breve y definitivo, que todos los presentes se estremecieron, menos el especialista, quien sólo atinó a interpretar dicha señal como el término natural de su labor. Los bandidos desaparecieron y los testigos comenzaron a acercarse al cadáver, para verlo mejor.

domingo, noviembre 12, 2006

El mendigo en el ocaso

El mendigo se pasea de un lado a otro. Amenaza al mundo con su brazo derecho, su puño cerrado y un gesto de rabia, que acompaña de una frase ininteligible. Tiene frío, anda sin zapatos. No es viejo, pero lo parece. El rostro aceitoso propio de los mendigos locos lo avejenta. Bañado y afeitado sería un hombre de tantos, más que eso, un hombre sobre la media. Sus rasgos originales equivalen a los de un ser apuesto: nariz recta, ojos fuertes, pelo ondulado, hombros anchos, piernas largas. La traición está en algún lugar de su mente; la derrota de la medicina y de la sociedad se alojan en ese sector escondido de su cerebro.
Hay un loco llamado Orestes que de mendigo mutó a empresario. Retomó sus estudios universitarios, que había dejado interrumpidos cuando lo aquejó un brote sicótico, y los terminó con éxito. Se recibió de ingeniero civil y a los pocos meses se hizo dueño de una empresa exportadora de sustancias químicas. Firmó un contrato y comenzó a enviar las sustancias a China. Al año se vio obligado a aprender chino. Tres años después contrajo nupcias con una ciudadana de Beijing, Yin Lao-tsu. La chinita le dio tres hijos: Orestes Jr., Confucio y Homero. La empresa se terminó instalando en la China y quince años después Orestes recibió la ciudadanía del país de Mao, por gracia. Fue infiel tres veces, con Pi, Mi y Li, tres hermanas que residían en Hong Kong. Al momento de su retiro fue entrevistado en un programa de variedades de la Televisión China. Ante la pregunta "¿Cuál fue el momento clave de su vida?" respondió: "Cuando me vine a China". Camino a casa se sintió culpable ante sí mismo por haber faltado a la verdad, pues pensó con toda honradez que el momento clave de verdad fue haberse casado con Yin Lao-tsu. Ni se le ocurrió pensar en el cambio de mendigo a empresario. Lo invadió en ese instante una rabia inmensa y decidió amenazar al mundo con el brazo derecho en alto y el puño cerrado.
Con ese gesto -sintomatología típica del mal llamado ocaso- lo sorprendo en la calle. Me acerco a él, lo miro a los ojos y le regalo una moneda de 500 pesos. Al parecer lo he logrado sacar de sus delirios, pues su furia acaba como por encanto -el encanto del dinero, el encanto del cariño-. Me da las gracias y una leve, escondida sonrisa le surge desde el interior, acompañada de una reverencia oriental.

viernes, noviembre 10, 2006

Lulú

Vi a Lulú la semana pasada. Entré al café con dos amigos, nos sentamos a disfrutar el show y ella salió a bailar. Mientras bailaba trabé amistad con Kaira, una negra de culo hecho a mano que cada dos frases me pedía que le regalara un discman.
-Dámelo con un disco de Leo Dan y otro de Leonardo Favio.
-Te lo voy a traer sin falta cuando venga de nuevo -le prometí.
Lulú me evitó con la mirada, culminó su danza con un rápido desnudo y luego atravesó una cortina y desapareció. Cuando retornó a la oscura salita para alternar con los cinco o seis parroquianos presentes dejé a Kaira a un lado y quise saludarla, pero me volvió a ignorar. La llamé con la voz más suave que pude, para no causar un escándalo, ya que los clientes y las demás chicas se empezaban a dar cuenta de que entre ambos se estaba produciendo una diferencia de opiniones. Yo disponía de la ventaja del poder sobrehumano que se les da a personas como yo en antros como aquellos, pero ella tenía su carácter. Conociéndola como la conocía, me puse a la defensiva.
-¡Mentiroso! -me gritó de pronto, sin decir agua va, mirándome a los ojos, y me volvió la espalda.
Me largué a reír. Con mis amigos salimos del café. Traté de explicarles lo inexplicable, me fui enredando en la argumentación y cuando esperaba sus bromas lapidarias noté que éstos tomaban mi derrota con humor y una pizca de conmiseración y complicidad. Se hizo un par de comentarios sin asunto antes de pasar a otras cosas. No he vuelto a entrar a ese lugar.
De picado me están dando ganas de contar su historia, lo admito. A esta hora, por ejemplo, dos de la tarde, Lulú debe de estar bailando. A las diez de la noche hará lo mismo y a la medianoche, igual. La primera vez que nos acostamos le pregunté como había llegado al café. Por un aviso, me dijo. ¿Y desde cuándo bailas? Hace no tanto. ¿Y qué hacías cuando chica? ¿Me estái entrevistando? No, es que me gustaría contar tu historia. ¿Y qué tiene mi historia? No sé, pero me gustaría contarla. ¿Y por qué? No sé, pero es una broma, no te preocupes. Ah, erí un mentiroso.
Fue la primera vez que me llamó mentiroso, pero el tono y la intención eran otros. Tenía 12 años, recuerdo que me dijo entonces, cuando viajó a probar suerte a Perales, cerca de Cobquecura. Entró a atender una cantina. El dueño tenía 40 años y su mujer, 60. Lulú atendía a los borrachos consuetudinarios en el día y en la noche dormía en una piececita que estaba al fondo del patio. Al momento de acostarse solía encontrar calzones nuevos que le dejaba el dueño, de regalo. Una tarde que la dueña había salido, él le confesó que le estaba gustando y la empezó a perseguir por toda la casa hasta que llegaron a la cocina, donde Lulú agarró un cuchillo y lo amenazó con matarlo si la tocaba y santo remedio. Cuando los clientes se ponían odiosos tomaba una luma y les daba en la cabeza, y así se iba haciendo respetar. Eso le ha servido hasta hoy, porque si algún cliente intenta propasarse ella dice que se quita un zapato y le parte el hocico.
Su primera vez a medias ocurrió en Quirihue, durante el primer cumpleaños bailable de su compañero de curso Andrés. Los chicos tomaron té, bailaron todo el disco 33 un tercio "Carrera de éxitos número 2" y después no hallaron qué hacer, hasta que a uno se le ocurrió poner el disco por segunda vez. Se sentían mayores. Estaban solos, o sea, sin grandes. ¿Cómo aprovechaban la tarde, entre disco y disco? Lulú leía la revista Suzy y los demás hacían lo propio con Red Ryder, Superman, Hopalong Cassidy, El llanero solitario y otras perlas de la editorial Novaro. Haciendo un paréntesis en la lectura, de pronto Andrés partió a la cocina y volvió con unos canapés de paté y ave con mayonesa y una botella de pisco con una Coca Cola familiar, que los invitados combinaron y se bebieron como si estuvieran apurados por ponerse ebrios. No había pasado media hora cuando Lulú le dijo a Andrés que con el pisco le había dado sueño. Andrés la subió a su pieza, sacó los regalos de la cama y le dijo que se acostara y se sacara la ropa "por mientras". Enseguida bajó al living, declaró que la fiesta se había terminado y los mandó a cambiar a todos. Andrés subió los escalones con nerviosismo, entró a la pieza y vio que Lulú le había hecho caso, pues abrió la cama y la vio durmiendo con sostenes y calzones. Se quitó la ropa, se metió a la cama con calcetines, la abrazó y como no encontró mayor resistencia se puso a refregar el pene entre los muslos de Lulú. No habían pasado dos minutos cuando Lulú sintió que se le mojaban las piernas y lo encontró chistoso. A Lulú le habían dicho que la primera vez dolía. Como no le dolió estimó que la suya había sido una primera vez a medias.
Lulú se retiró del colegio en cuarto básico porque según sus mayores, la materia "no le entraba" y además necesitaban sus brazos para el tiempo de las cosechas.
La primera vez de verdad de Lulú ocurrió unos tres meses después de la fiesta de cumpleaños. Se ofreció y fue aceptada para servir las mesas en una pensión de Cobquecura durante el verano. A la pensión iban a almorzar todos los días los trabajadores de una empresa forestal y Lulú se prendó del capataz, que era un hombre de unos 50 años. Se ruborizaba cada vez que el hombre la saludaba al entrar a la pensión. Le gustaba mirar sus manos, que eran gruesas y callosas, y sus ojos, que le parecían tiernos. Con los trabajadores le mandaba papelitos. Los papelitos decían usted caballero me gusta. El capataz, que en un principio la miraba como la niña de 14 años que era, de pronto sintió que se empezaba a fijar en ella. Lulú entonces no tenía el cuerpo que tiene ahora, que es un cuerpo bajo, curvilíneo, exuberante, pero ya se insinuaba que iría en esa dirección. La nariz chata y los labios carnosos le daban un aire distraído y sensual, pese a su corta edad.
Una tarde el capataz la subió a su camioneta y la invitó a su casa. Lulú se asustó un poco pero le aceptó al instante. Dice que el vehículo se alejó de la playa por unos totorales y enfiló por un camino de tierra en dirección a Ninhue. Al cabo de unos 12 kilómetros se apartaron del camino hasta llegar a una casona silenciosa, donde estacionaron. Nadie saldría a abrir porque no había nadie, le adelantó el capataz. Entraron y él le enseñó la casa y sus habitaciones, una por una. Era una casa grande, recuerda Lulú. Primero tomaron un vaso grande de Cinzano en el sofá y después él le propuso pasar al dormitorio "para descansar un poco". Lulú no estaba cansada y se imaginaba lo que podía suceder. Pensó un momento mirando al cielo, como ella hace, y le aceptó su invitación. En el borde de la cama se dejó acariciar y entonces vino la primera vez de verdad. Sobre ese tema es pudorosa y no cuenta mucho, ya que no le gusta abordar esos detalles de su vida. Sólo agrega que por un tiempo se siguieron viendo hasta que el capataz, preso de una sensación de culpa, la dejó "para no hacerle daño". Lulú no lo vio nunca más, pues antes de que llegara el otoño volvió a Quirihue y luego se vino a probar suerte a Santiago.
En esos tiempos andaba a caballo en pelo y cuando se bajaba sentía que los muslos le ardían. Dominaba bien al animal, no como su hermano que ahora vive en Australia. El hermano corrió un día hasta una acequia y como el caballo no quiso saltar se cayó, no al agua sino al barro de la orilla. La hermana gemela de Lulú, que se llama Sacha y es una polvorita, se lo pasó retándolo, pero los demás lo tomaron para la risa.
El hermano de Australia siempre le escribe y le pide que se vaya con ella, pero Lulú dice que no sabe hablar inglés y que allá no sabría qué hacer y que prefiere esta vida. Sobre sus padres habla poco, menos que lo suficiente. Su papá era un francés que se entusiasmó con su mamá y la llevó a varias partes, pero siempre iban los dos solos. Cuando no estaba el francés la mamá andaba en lo suyo, con hombres. Cuando llegaba el francés, como una vez al año, a Lulú le regalaba dulces. ¡Dulces! recuerda hoy, ¡dulces! y se ríe, no de resentimiento sino casi de chiste. Por eso cuenta que a los ocho años prefirió dejar la casa para irse a trabajar puertas adentro.
Hubo una segunda vez y una tercera vez y una cuarta vez. Hay razones fundadas para sospechar incluso que hace un buen tiempo pasó la milésima vez. Pero sobre esto no hay confirmación.
Lulú tuvo una pareja y un hijo pero nunca se ha casado, no por falta de pretendientes. Simplemente no ha encontrado al hombre de su vida. Lulú cree firmemente que hay un hombre en la vida de cada mujer. Y ese hombre no era el gordito del aserradero, dice.
El gordito del aserradero era un hombre que se prendó de ella cuando Lulú rondaba los 15 años. Se llamaba Don Gastón y era dueño de un aserradero. La abordó un día en Cobquecura -porque Lulú siempre volvía a Cobquecura, le gustaba el viento frío de la playa- y la invitó a comerse unas empanadas fritas. Lulú le dijo que sí, porque ella no suele ver mala intención en los hombres. Si le preguntan algo, contesta; si la invitan a comerse unas empanadas fritas, lo piensa un poco y responde. Como a la tercera empanada Don Gastón le confesó "usted me gusta mucho" y Lulú se rió. Esa risa de Lulú siempre ha perdido a sus admiradores, porque no entienden de qué risa se trata, si de una risa de estupidez, de burla, de malicia o de ingenuidad. Don Gastón la tomó del brazo y la quiso besar, pero ella le dijo "ya, po, no se propase" y todo quedó ahí, en las tres empanadas.
El hombre nunca le ofreció matrimonio porque lo que quería era "mandárselo a guardar", les decía a sus amigos, cuando éstos lo envalentonaban, viendo que perdía la batalla. Pero esa actitud grosera de macho herido en su amor propio cambiaba cuando veía a Lulú: Don Gastón entonces era tierno y solícito, cariñoso, hasta tímido. Un día se la encontró en la calle y la invitó a conocer el aserradero. Anduvieron en auto un buen rato, en su Chevrolet 51, hasta que llegaron. Se bajaron y él le dijo "éste es". Ella lo vio y comentó que era bien grande. El gordito se ruborizó e intentó hacerse el modesto, incluso habló de una sierra gastada, de una hipoteca en el banco. "Pero es bien grande", le insistía ella. Él se alegró, la tomó del hombro y la atrajo hacia sí, sin que Lulú opusiera resistencia. Fue una tarde romántica, la última tarde que pasaron juntos en la vida.
Pocos días después ella se vino a probar suerte a Santiago. Ya tenía 16 años. La recibió una hermana, no la polvorita sino otra, Luisa, que ahora está separada y trabaja en "El sanguchón" de Franklin, al lado de una pizzería. Luisa le advirtió que su situación no era de las mejores. Lulú le dijo que no se preocupara porque ella había venido a buscar trabajo. Y así lo hizo, buscó trabajo como empleada doméstica hasta que encontró uno puertas adentro. De esa forma, dejó de ser una carga para su hermana y nadie pudo recriminarle en ese hogar que viviera de allegada.
De su vida como empleada doméstica no hay mucho que contar. Ningún patrón y ningún hijo de patrón se le tiraron al dulce ni la sometieron a sus instintos, como habría de esperarse. Cuando se le pregunta directamente sobre esa cuestión ella se extraña, sobre todo se extraña de que alguien la pueda considerar objeto de deseo. Si se le hace ver que sí lo es, suelta una de sus carcajadas y cruza las piernas. Cuando Lulú cruza las piernas le reluce un blanco calzón, un colaless provocador, una tirita de encaje. "¿Por qué brilla tanto?", le preguntan. "Por la luz", contesta y muestra la luz negra propia de los topless y los cabarets.
A veces, cuando se lo piden con un billete, muestra lo que hay bajo el calzón. Entonces deja a la vista un minúsculo matorral podado a medias. La mano del hombre baja y acaricia; ella tiende a cerrar los ojos y a besar el lóbulo de las orejas, y a bajar su mano también.
En sus tiempos de empleada doméstica en Santiago, entre los 16 y los 20 o tal vez un par de años más tarde, se enteró por boca de una prima de que Don Gastón había muerto. Un día de viento y lluvia en el sur resbaló en el aserradero y cayó sobre una sierra en movimiento. Su muerte fue instantánea, pues cayó de cabeza.
Luego conoció a uno de los tres hombres de su vida, un joven de buenas intenciones con el cual tuvo a su único hijo, hoy de nueve años. Se vieron en la Plaza de Armas un día domingo; él la invitó a comer un completo en una fuente de soda al paso ubicada en el portal Fernández Concha y después entraron al cine. Adentro de la sala él le tomó la mano y como ella no dijo nada, la besó. Cuando la besó, Lulú tampoco dijo nada. Dos semanas más tarde se acostaron y para ella no fue como si estallara una súper nova, pero tampoco fue como para rehusar la propuesta de dejar el empleo e irse a vivir con él. Así, de pronto, Lulú se convirtió en señora y dueña de casa. Y un año más tarde, en mamá.
A esas alturas, tal vez un par de años después, poco quedaba del joven de buenas intenciones. Se había convertido entonces en un borracho consuetudinario al que le gustaba llevar amigos a la casa, y llevarlos con nada de buenas intenciones. El hombre dejaba a sus compinches solos con Lulú y volvía a la taberna. A Lulú eso no le gustaba porque le traía recuerdos de sus tiempos en Perales. Los amigos empezaban a ponerse pesados y con el alcohol a uno o dos o tres les daba por mirarla demasiado y a veces querer tocarla, sobre todo ahí, donde la minifalda se curvaba demasiado. Cansada de soportar humillaciones gratuitas y aún con el honor intacto en lo que se refiere a sus amigos, un día lo castigó y se fue. Cuando le preguntan qué le hizo contesta "le corté el pico" pero luego de una risotada se aprovecha del desconcierto y rectifica sus dichos. "No se lo corté pero me aproveché de que estaba borracho y lo tiré por la escalera y me fui", dice. Pero la decisión le costó cara. El cuñado abogado se encargó de todo. Ellos eran "de otro nivel" y Lulú salió perdiendo. Ahora no puede ver ni de lejos a su hijo.
De los otros dos hombres de su vida no habla. Y no habla porque no le gusta hablar de su vida privada. En realidad, cuesta un mundo sacarle datos. Yo tuve que echarme la mano al bolsillo varias veces para que las historias fueran saliendo, una por aquí, otra por allá, a goteras, sin sentimiento, como si la que hablara fuese una mujer de hielo. Y en este punto conviene detenerse un poco. Lulú no es una mujer de hielo en el sentido que se le da a ese término. No es una mujer sin corazón, no es una mujer cínica, malvada ni calculadora. Más bien es una mujer sin sentimientos románticos, una mujer de pocas palabras o en otras palabras, una mujer de una sola palabra; una mujer honrada, una mujer leal. Una mujer que no tuvo pascuas ni muñecas.
La administradora del café topless, por ejemplo, la culpó en una ocasión de armar una rebelión entre las niñas del local y ella le dijo que si no la conocía bien, cómo podía pensar eso. "Conózcame primero y luego opine". Con el tiempo quedó clara su inocencia y ahora es la mujer de confianza de la administradora. A veces ella la invita los sábados a su casa en Pudahuel y las dos pasan juntas el fin de semana. Ha ido ganando su espacio y su prestigio en el local.
El café está ubicado en el subterráneo de un pasaje céntrico de cuyo nombre no quiero acordarme. Los clientes concurren porque pueden acariciar a las chicas por mil pesos. Mientras las chicas bailan ellos se sientan a tomar café en asientos cuyo respaldo es la pared. De entrada no se ve mucho pero a los pocos segundos las muchachas se hacen visibles, todas vestidas de negro, todas con minifalda, salvo la bailarina de turno, que termina desnuda y toqueteada hasta el cansancio. Hay mujeres muy jóvenes y delgadas, otras más rellenitas pero también jóvenes. Entre ellas, Lulú, que las aventaja por lo menos una década en edad.
Lulú dice que hoy tiene 28 años, pero nadie le cree, aunque tal vez sea cierto y las bolsas en los ojos y los premolares ausentes se deban a que no tuvo infancia.
Fui uno de sus clientes, eso ya está dicho. Simpatizamos. Un día la invité a salir y Lulú me respondió que sí, que por 30 saldría conmigo. Yo le le dije que por 20. Lulú lo pensó y dijo que bueno.
Días más tarde nos juntamos en una esquina céntrica. Mi calidad de oficinista me hizo avergonzarme de caminar junto a ella porque en cualquier momento surgía algún conocido. De modo que caminamos juntos, pero como si fuésemos unos extraños. Los hombres la miraban con malicia, vulgaridad; las mujeres lo hacían con un ligero o un fuerte desprecio. Vestía un sweater ajustado y un jeans, nada intencionadamente llamativo pero por alguna razón, provocador, caliente, sensual. Se le notaba a lo lejos su condición, de ahí que yo estuviera permanentemente mirando para otro lado, sonriéndole a una conciencia escurridiza. Tomamos un taxi que pasó casi frente a La Moneda y desembocamos en un motel de mala muerte, de colcha rosada con hoyos de cigarro y allí, sin hablar mucho, sin protestas ni quejidos ni grandes abrazos Lulú me entregó su cuerpo y yo lo tomé y le dije palabras lindas y por un momento fui feliz, satisfice un viejo antojo, conocí esa felicidad que es tan esquiva, tan escasa, tan miserable, cuando se consigue a ese precio. Nos vestimos, ella estiró la mano, salimos y tomamos caminos separados. Luego nos volvimos a ver dos o tres veces y siempre entre el momento de la felicidad y el de la partida, Lulú me daba a conocer fragmentos desconocidos de su vida.
Me contó que en el local hubo una chica peruana que confesó que padecía el Sida. Se lo había contagiado su pareja en Lima y así había viajado a Chile a ejercer el oficio, sin saber de su enfermedad. Cuando supo entró en depresión. Las compañeras empezaron a hacerle el vacío. Cada vez que ella iba al baño dejaban pasar media hora antes de entrar y luego, la que se atrevía, rociaba la taza con cloro y spray desinfectante. La situación se hizo insostenible y la peruana se fue. Un cliente que se atendía con ella continuamente, llevándosela a su departamento de soltero del centro, entró al café una noche con aire de desesperación e hizo la dramática consulta. Las chicas bajaron la vista y no respondieron. El hombre se fue, sollozando, y nunca más se le ha vuelto a ver por allí. Cosas así son las que me contaba Lulú.
Otra de las chicas padecía una infección grave y no quería ir a controlarse porque decía que ella se sanaba sola. "Pero yo tengo los papeles limpios", me aseguró, cuando notó que me ponía intranquilo. Ese día me dijo que yo le gustaba porque me encontraba divertido. Ese mismo día le pregunté qué era lo que más le gustaba hacer en la cama y Lulú se quedó pensando un buen rato y no supo responder, más bien respondió con una frase incorrecta, porque dijo que "no le gustaba nada en excepción" en vez de decir "nada en especial".
Lulú vive en el mismo local donde trabaja. Podría decirse que vive en una ratonera. De la mañana a la noche en una ratonera. Despierta al mediodía, se levanta, se viste y comienza a atender. Le dan las dos de la mañana bailando o manoseando por cinco mil pesos o dejándose manosear no por todos sino solamente por los que ella elige, aclara, hasta que llega la hora de cerrar y la administradora manda a la calle a los sinvergüenzas, a los cafiches, a las almas solitarias, a los ociosos, a los embaucadores, pero entonces Lulú debe barrer y pasar el paño por la baldosa y recién entonces puede acostarse a esperar el siguiente día. Detrás de una discreta puerta del café están los camarines y por ese camino, al fondo de un pasillo de anchura milimétrica, se halla su residencia, que es, por lo que describe, una colchoneta y un locker metidos como por milagro en un rectángulo imposible. No es mala vida, dice y se extraña de nuevo ante la pregunta. No es mala ni es buena, es la vida no más. Lo único malo, si pudiera cambiarse, es la colchoneta, que en invierno amanece húmeda. En la pieza de al lado vivía su gran amiga. La frase que usa para acordarse de ella es: "Yo tenía una amiga, pero me la mataron". Fue una noche en la población Juan Antonio Ríos. La muchacha llegó a una fiesta y su rival de amores, que era una chica de la población, la acuchilló y la mató. La mujer se desangró en la calle y "el funeral fue bien bonito, hubo un lleno completo", recuerda. Eso sucedió hace tres años, o sea, un año después de que Lulú se enrolara en esta profesión. Antes, inmediatamente antes, había sido garzona, pero el sueldo miserable y las escasas propinas la obligaban a comprar el diario para fijarse en la sección Ocupaciones ofrecen. Su hermano la seguía llamando a vivir con los canguros pero ella ¿qué iba a hacer donde viven los canguros si no sabe hablar inglés?
-¿Vive en el zoológico tu hermano, Lulú?
-¡Ay, qué erí divertido!
Lulú probó suerte en un topless de la Plaza de Armas "lleno de guatonas". Iba a visitar a una ex compañera pero el dueño la abrazó y le ofreció trabajo, aunque le hacía muchas preguntas. Eso no le gustó. Le preguntó sin ninguna elegancia si hacía sexo. Eso tampoco le gustó. Le preguntó "cuánto le pagaban los huevones en el otro local" y ella le contestó que sus dueños no eran huevones. Al final le ofreció trabajo "y yo le respondí con sus mismas palabras: le dije que no trabajaba para huevones". El dueño se enojó y la echó y ella se fue.
Si se analiza la vida de Lulú desde el punto de vista de los bienes materiales, se parece mucho a la que llevan los santos. Lulú nada tiene y todo lo da. Si los santos fumaran y no les diera por andar toqueteando a cambio de unos pocos pesos hasta podría pasar por una hermanita de la caridad. No reza, es cierto, pero en su mente no hay cálculo ni maldad, lo que de por sí la sube bastantes escalones en la pirámide moral de los seres humanos. Nunca ha hecho el amor con otra mujer, lo que además la distancia de por lo menos la décima parte de las mujeres de la tierra. Nunca ha vendido ni menos regalado su intimidad posterior, lo que la aleja de la mitad. Nunca se ha masturbado, lo que la diferencia de las 98 centésimas partes. Si no fuese una bailarina de café, una mujer suelta de cascos, una maraca... aunque no parece enteramente justo referirse a ella en esos términos. No sería osado pensar que las verdaderas putas se hallan dentro de las mansiones, de las oficinas gerenciales, entre las mujeres que disponen de cuotas importantes de poder. Porque las que pertenecen al oficio, al menos las que yo conozco, fornican de manera simple y directa, no son amigas de perversiones ni rebuscamientos, gozan con maniobras básicas. Tal vez la conducta masculina induzca a la conducta femenina, tal vez esas putas sean de otra manera con otros hombres. Buena parte de las mujeres decentes sueñan con ser putas en la alcoba y vestirse como putas y decir cochinadas como putas. Pero las putas no hacen nada de eso: las putas ansían en el fondo de sus corazones la vida de hogar. Si le preguntaran a Lulú qué es lo que más anhela, diría tal vez que ver ponerse el sol mientras la micro la lleva a su casa, donde la esperan sus hijos y su esposo.
A Lulú le gustan los hombres de su misma edad, no los jóvenes, porque los jóvenes no tienen mucho que decir y la impetuosidad, la fogosidad del varón no le interesan tanto como la experiencia, menos aún el tamaño del miembro, porque los más grandes pueden llegar a doler y los chicos, los chicos... llevada a ese punto declara con un atisbo de molestia que los hay de todos portes y ella no tendría por qué reírse de un pene pequeño. Pero enseguida recuerda que uno de sus últimos clientes tenía la pirula chica, como de medio jeme, y no sólo eso, era un flojo porque le gustaba quedarse quieto y taparse la cara mientras Lulú hacía el trabajo. Hay otro, dice, que se va a la primera pasada, a veces no alcanza a entrar. Un día que estábamos en la cama me preguntó por qué su hermana gemela era más grande que ella si eran gemelas. Le respondí que a lo mejor eran mellizas. Ella dijo "ah" y encendió un cigarrillo trasnochado, curvado hacia abajo en la mitad. "Así mismo te quedó la tula", dijo y echó una carcajada.
¿Cómo es Lulú en la cama? Como todas las mujeres, sospecho. De Lulú revolcándose en la alcoba no conseguí buenos testimonios y lo que pude experimentar en carne propia puede que no hable bien, no de ella sino que de mí. Siempre me llamó la atención, eso sí, el hecho de que conmigo estirara literalmente la mano al final y no al principio, como hacen todas. Ese gesto tan suyo siempre me inclinó a aventurar que tal vez yo le gustaba de verdad, pero ahora que me ha tratado de mentiroso sin razón alguna, tal vez por no haber vuelto en mucho tiempo o por lo de Kaira... pero eso no es ser mentiroso, a lo más eso sería ser incumplidor, mal educado, desleal, incluso cínico, pero no mentiroso... mentiroso... ¿o acaso se le habrá ocurrido dar crédito a esas palabras bonitas que se dicen cuando la sangre está hirviendo? No recuerdo haber dicho algo tan comprometedor, aunque el asunto no tiene importancia. Mal que mal, por algo dicen que todas son iguales.