jueves, mayo 31, 2007

La venganza de Pili y Mili

De niño me fascinó una pareja de arañas que habitaron por un tiempo mi casa y con ellas, toda la especie. Esto que digo acerca de las arañas puede parecer cliché y de hecho tal vez lo sea: son tantas las personas que hablan de los arácnidos que al final nunca sabe uno cuánto hay de uno mismo en lo que uno cree. Juramos pensar y sentir de una manera y luego la ola del tiempo y las costumbres nos lleva en otra dirección. Pasa con los países y pasa con uno. La cabeza va cambiando de ideas mientras el diabólico genio, el cerebro gestor del cambio contempla su obra orgulloso, sentado en el sofá. ¿Qué quiero decir? No sé. Tal vez, que a mi juicio esta fascinación no sea propiamente mía, que yo mismo no sea el que siempre he creído que soy.
El hecho -propio o copiado- es que no bien entraba a casa de vuelta del colegio dirigía la mirada a las esquinas superiores de la sala de estar. Allí estaban, siempre las dos, inmóviles en uno de los cuatro ángulos de la pieza, como muertas con sus largas patas extendidas. Me dejaba seducir por el aura que irradiaban, diría incluso que nos llevábamos bastante bien. Guardaba mis útiles escolares en el dormitorio y regresaba a estudiarlas. Ellas se quedaban conmigo horas enteras, sin chistar, sin comer, sin beber. Yo leía historietas de vaqueros y las arañas me acompañaban poéticamente, si decir poesía equivale a decir silencio, fantasía y movimiento. En mi imaginación las había bautizado Pili y Mili porque eran exactamente iguales, como dos gotas de agua, igual que unas gemelas famosas de aquel tiempo. Jamás se me pasó por la mente que una de ellas fuese macho. Para mí, hasta el día de hoy, las arañas son hembras, sin discusión alguna.
Me figuraba entonces que desde arriba Pili y Mili miraban los monitos y me rogaban que diera vuelta la página cuando yo me quedaba pegado en una viñeta. A veces una parecía decirle a la otra que estaba aburrida, que extrañaba el nido o que la repentina emigración de la mosca a otros territorios las obligaría a su vez a tomar drásticas medidas. Entonces se iban las dos cuchicheando hasta perderse en una rendija invisible de la tabla, con paso cansino de elefantes sacados de contexto.
Nunca bajaban a tierra pero cuando lo hicieron siempre ocurrió una desgracia. Una noche sorprendí a Mili, o a Pili, saliendo sorpresivamente de detrás del cuadro del pintor Torterolo para emprender un tour por el papel mural. Minutos después vinieron a avisar que habían visto a mi padre echado en el suelo, ebrio, a los pies del bar Caletones. Con mi madre salimos disparados en un coche victoria, lo recogimos y lo trajimos de vuelta a casa. Cuando entramos Pili ya estaba junto a Mili, como siempre, donde corresponde. En otra ocasión recuerdo con claridad que Pili, o Mili, se aventuró a llegar hasta el dintel de la puerta de calle: a esa misma hora la doctora Zambrano le diagnosticaba principio de tuberculosis a mi hermanito. La gracia le costó guardar cama durante ocho meses. El acabóse ocurrió la vez que mi mamá mató de un zapatazo a Pili, o a Mili, al sorprenderla descansando en un brazo del sofá. Mi mamá saltó de un grito y la liquidó, presa de un ataque de horror. No alcancé a impedirlo, sólo le dije después "mamá, la embarró, si no son dañinas, ahora va a pasar algo malo", pero le oculté que me estaba haciendo amigo de ellas, para que no pensara cosas raras. Pues bien, la araña falleció a las tres de la tarde y la abuelita por parte de mi papá, la abuelita Ángela, que estaba muy grave, falleció a las tres y cuarto. Mi tío Pablo se volvió loco y salió a la calle echando espuma por la boca, aquejado de una sensación de culpa que le venía del domingo anterior, cuando no quiso compartir el último almuerzo con ella porque en la mesa iba a estar su hermano Isidoro, con el que no se hablaba hace meses. Cuando vi a mi tío me dieron como unos tiritones. Me empiné por la ventana al escuchar unos gruñidos que venían de la calle y lo vi justo cuando dos señoras se lo llevaban para ponerle una inyección. Entonces le recordé a mi mamá la muerte de la araña, pero ésta, que recogía con una palita y una escoba sus restos aplastados, me quiso convencer de que el tío Pablo siempre había sido un poco loco. Sin embargo noté que desde esa vez les comentaba a sus amigas, cuando jugaban canasta, que "Huguito tiene visiones".
No sé por qué, la amistad con las arañas declinó ostensiblemente desde ese día. Con una sola ya no era igual y de alguna manera descubrí que Pili, o Mili, había quedado con un rencor extraordinario hacia mi persona, porque yo no había sido lo suficientemente hombrecito para defenderla. Por ese hecho, a sus ojos, me había transformado en cómplice de un crimen. Se le notaba el rencor en ciertos gestos, como esconderse apenas yo entraba, o salir y meterse de nuevo a la rendija, sacando pica. Nunca más volvió a bajar y ya no hubo poesía en su andar, sino vigilancia. Consciente de que no podía dominar mi mundo exterior, decidió vigilar todos los pasos que yo daba en mi casa y para ello se movía con una velocidad fuera de lo común. Iba de pieza en pieza conmigo y solo me parecía verla retirarse a su nido cuando yo me ponía el pijama y me acostaba a dormir.
Una tarde de verano entré a la rápida a mi casa, bañado en sudor luego de una pichanga en la esquina. Hoy pienso que debí ser más precavido. No lo fui, dominado por el impulso y las ganas de volver al hogar, y me costó caro. Para qué tanto apuro, noté enseguida, con gran desánimo. Encima de la mesa había una nota de mis papás, comunicándome que habían ido a la vermouth del cine Rex. Mi hermanito pasaba unos días en el campo, reponiéndose de la enfermedad del pulmón. Estaba solo.
Bebí un vaso de milo y me saqué la sed de encima. Me aguardaban horas de soledad. Discurrí qué hacer, pero no pasaron dos minutos cuando me di cuenta de que no había nada que hacer, de modo que me senté en el sofá, a pensar. Fue entonces cuando la vi. Pili, o Mili, estaba muerta a la entrada, aplastada al lado del trapero. Me acerqué a verificar. Sí, era ella, parecía una araña en dos dimensiones, como una araña dibujada sobre la tabla sucia del piso. Desde luego me aguardaba una desgracia por partida doble o ya estaría sucediendo alguna por ahí cerca. Volví al sofá e imaginé el teatro en llamas, mis papás atrapados, las personas pisándose unas a otras en su intento por escapar, y esperé con el corazón en la boca el ulular de la sirena de los bomberos, que se escuchaba en toda la ciudad. Pero no se oyó nada, así que la desgracia tendría que surgir de otra parte. De pronto me pareció, a la distancia, que la conformación del animal sufría un leve cambio. De alguna manera estaba adquiriendo una tercera dimensión, lo que no tiene nada de extraño, porque las arañas tienen tres dimensiones: largo, ancho y alto. Pero recordemos que la muerta tenía dos: largo y ancho, con forma de remolino. Así que sacando cuentas era un problema bastante curioso. Me puse a pensar en la posibilidad de la resurrección de las arañas, algo de lo que nunca me habían hablado en las clases de catecismo de la iglesia San Francisco. A lo más el Padre Humeres subrayaba la presencia de un burro, una vaca, dos chanchos y cuatro ovejas en el portal de Belén. La otra posibilidad era que estuviera viva, de modo que me acerqué a mirarla más de cerca e hice la prueba de zapatear bien fuerte al lado del cuerpo tendido: de inmediato se levantó.
Estábamos frente a frente. He allí la desgracia. Sólo ella y yo, sin papás, sin hermanos, sin tíos cerca. El nuestro necesariamente iba a ser un enfrentamiento mortal, porque de nuestra recíproca amistad hacía mucho tiempo que no quedaba nada.
Volví al sofá, a pensar. Estaba aterrado. Pili, o Mili, quiso seguirme, pero no pudo, ya que corría en semicírculos y se detenía, extenuada. ¿Qué estaba pasando? Me costó una media hora darme cuenta: al entrar a casa, Pili, o Mili, me esperaba en el dintel para echárseme encima de una vez por todas, pero al abrir yo la puerta cayó violentamente al suelo y sin fijarme, la aplasté. No cabía otra posibilidad que ésa.
Descubrí entonces cuál era la verdadera tragedia del asunto: con los meses, de tanto ser perseguido, de tanta desgracia ocurrida por culpa de ellas, yo había desarrollado un miedo inclasificable hacia todas las arañas del mundo. Por ahora el miedo se materializaba en Pili, o Mili, pero entonces comprendí que jamás me podría escapar del aura maldita.
Pero una cosa era la desgracia futura y otra muy distinta la presente: había que matar a Pili, o Mili. Mis papás llegarían tarde, ya iba siendo hora de acostarse y no podía darme el lujo de que el bicho se me subiera a la cama y me clavara sus quelíceros en la yugular mientras dormía. De modo que me armé de valor y me acerqué lo más que pude, con el firme propósito de reventarla con la suela de la zapatilla, que menos mal era una suela lisa, no como las que se fabrican ahora, llenas de anfractuosidades. Levanté el pie, horrorizado, porque Pili, o Mili, me miraba desde abajo, me miraba con una dulzura y entrega propias de las condenadas a muerte, pisaba con sus siete patas la tabla, porque le faltaba una y por eso cojeaba, por eso andaba en círculos, ahora lo entendía claramente, me suplicaba que no la matara, ya no sirvo para nada, niño, déjame morir sin mayores traumas, pero advertía claramente que detrás del brillo acuoso de sus ojos tiritaba de espanto, ideaba una táctica de última hora, impotente ante un gigante de pantalones cortos que era dueño de unas extremidades poderosísimas que ya se las quisiera ella, miembros que si bien no servían para andar por las paredes le sacaban varios cuerpos de ventaja de una sola zancada, niño, ten piedad de mí, todo ha sido un accidente, compréndelo y no empeores las cosas, no hagas lo que vas a hacer, déjame ir por última vez a mi rendija, quiero descansar en paz con las mías, no lo hagas, niño, que jamás yo iría a tu cama, tú has sido mi amigo y de lejos te envidiábamos y lo comentábamos todos los días con Pili (vaya, vaya, estaba nada menos que ante Mili), no planeo nada, mírame bien y compréndelo: solamente soy una araña en apuros, a merced del hombre, que por más niño que sea sigue siendo un hombre, una araña aplastada por error, por andar paseando en los dinteles, mírame, niño, y siénteme, ¡no puedo caminar más que en círculos!, la vida se me escurre andando en círculos y ya me queda muy poco, no aceleres lo que habrá de ser de todas maneras...
Su súplica angustiante me llegó al corazón, pero el terror me superaba. Si bien retiré la zapatilla, en el fondo acobardado ante la posibilidad de que se montara por el borde y me subiera por la pierna desnuda, eso no significaba que le estuviera perdonando la vida. Lo que hice fue caminar hacia atrás, a la cocina, sin apartarle la vista. Encendí la tetera y esperé. Cuando soltó el hervor volví donde Mili y le arrojé un buen chorro de agua, que la hizo estremecerse y expirar casi instantáneamente. Lo último que le observé con vida fueron sus tiernos ojos, parecidos a los de Cristo, que me decían lo hiciste, niño, tuviste que hacerlo, no pudiste sobreponerte a ti mismo y ponerte en mi lugar, mira como me has dejado, mas para asegurarme busqué unos fósforos y se los encendí en el cuerpo y las patas mojadas, y aun así algo se movió, pero los de Mili ya eran reflejos condicionados, creo.
Entonces me dormí como un angelito, y en lo más profundo de la noche sentí un beso en la mejilla que me hizo sonreír.
Han pasado cincuenta años desde entonces. No voy a hacer un recuento de mi vida porque no procede. Mis papás se fueron ya hace un tiempo de este mundo, primero uno, luego el otro, ambos en medio de grandes sufrimientos postreros. Mi hermano es un acaudalado que supo olfatear en el mercado inmobiliario. A veces nos vemos y entonces a él le vuelven a brillar los ojos, vuelve a ser el de antes. Lo que es yo, ¿yo?, imagino que pasé a ser un don nadie, un espectro de mirada intensa que se refugió en sí mismo, incapaz de entender las circunstancias que lo rodeaban. Estos penosos años de lo que pudo haber sido una gran existencia -pero que se frustró para siempre el mismo día de la muerte de Mili- han sido apenas una suma de momentos clichés. Todo ha sucedido entre "drásticas medidas", "declinaciones ostensibles", "rencores extraordinarios", "gran desánimo", "horas de soledad", "miedo inclasificable". Como si fuera poco, las dos gotas de agua me legaron la singular herencia de soñar, lo que resta de mi existencia, con ejemplares de su raza. Anoche mismo quedé atrapado en una esquina del pasillo de mi casa, preso por tres tipos de arañas. A mis espaldas destacaba una rara especie color miel de abeja, de pata corta y peluda, con dos testículos bajo el abdomen. Parecía bastante inofensiva pero tenía la particularidad de ir creciendo a medida que uno fijaba la vista en ella. Entonces se tornaba sumamente peligrosa. Me era imposible retroceder, pasar sobre su cuerpo movedizo, hacer como que no existía. A mis costados colgaban las descendientes de Pili y Mili, nada de amistosas, como sus antepasadas (debieron aprender de ellas, al menos los modales de una dama). Éstas eran trapecistas burlonas, mostraban sus piernas sin pudor y a veces soltaban chorros de pipí que lastimaban mi rostro. Enfrente mío estaba la más terrorífica de todas. Era una araña de rincón de tamaño absolutamente fuera de lo común, poco más grande que la palma de la mano. La telaraña atravesaba el pasillo y ella esperaba en el rincón menos visible, como si estuviese muerta.

martes, mayo 29, 2007

Un mar de graffitis

"Nunca fui yo mismo y las veces que lo fui todo anduvo mejor".
La bellísima joven alemana tuvo que acercarse a la pared para leer esta cita sin firma. A no más de cinco centímetros, una sarta de groserías y otra de signos ininteligibles completaban un sector del muro del que, si la joven se alejaba, desaparecía en un mar de graffitis.
El muro pertenecía a una casa de uno de los tantos cerros de Valparaíso. Como todas esas viviendas se enclavaba como por arte de magia en la pendiente. De varias ventanas colgaba ropa lavada, de la azotea de una de ellas surgía un insólito y frondoso pino y para mirar la puerta de otras había que arrimarse a la baranda de un pasaje y clavar la vista hacia abajo, como si se quisiera dar con el fondo de un abismo.
La chica, de intensos ojos azules, turisteaba por los cerros del puerto junto a una amiga menos agraciada. Nadie de los que la vio supo si entendió los mensajes que detuvieron su andar. Parecía desorientada, tanto que de pronto caminó hasta una pequeña plaza rodeada por una calle serpenteante que tenía por misión comunicar el plano de la ciudad con las alturas. Allí se dirigió a una pareja sentada en un escaño. Les preguntó cómo podía llegar al hotel Brighton. Se le indicó que siguiera la subida de la calle y llegaría prontamente. La joven les agradeció la información, se la comunicó a su amiga con un gesto y ambas se perdieron en la curva.
La pareja leía, ella un texto sobre el tiempo y él, la correspondencia entre Mishima y Kawabata.
Una ligera brisa llenó de frescura la placita: el viejo álamo soltó decenas, cientos de hojas que fueron cayendo como suaves remolinos, para morir en el cemento. El árbol se desnudaba con tardanza, pues el calendario ya anunciaba la entrada del invierno. Salió entonces el hombre de la página del libro y trató de fijar la vista en las hojas cayendo del álamo, en una y en otra, como se la pretende fijar inútilmente en el agua de la cascada. No podía congelar la visión, y sin embargo disfrutaba del movimiento como si estuviera ante una foto. Su fin de semana en los cerros porteños había sido fallido. El hotel no resultó como esperaba y la gastronomía, menos. La arquitectura pintoresca esparcía sombras lúgubres por los callejones y el abandono de muchas viviendas lo sumía en depresiones pasajeras. Las cartas de Mishima no lo ayudaban a salir de ese estado, sobre todos las últimas, que iban sugiriendo su suicidio. Las de Kawabata tampoco, porque le arrojaban en su cara el horror de la vejez. Su mujer, la extraña de siempre, parecía seguirlo, secundarlo, pero apenas se daba la oportunidad le hacía ver los errores que sus decisiones, las del hombre, les habían acarreado a los dos durante el fin de semana. El soñado paseo no había fracasado, pero no los encendía, les estaba dejando un gusto extraño en la boca.
El hombre veía caer las hojas mientras su cabeza, despejada de todo conflicto y de todo razonamiento, sólo se concentraba en esa imagen aislada del mundo y en la certeza, basada en el recuerdo, de que era primera vez en su vida que le dedicaba tiempo a unas hojas que caían de unas ramas. En ese momento se sintió curiosamente él mismo, y todo anduvo mejor. Pero él no se dio cuenta del milagro. Para haberlo sabido tendría que haber internalizado la sensación y haberla convertido en concepto y para ello era forzoso que la sensación se volviera abstracta. Había palabras, frases que podían cumplir con la misión de abrirle la simple vida ante sus ojos y de hecho esas palabras existían. Habría sido tan fácil llegar a ellas, leerlas, entenderlas y asumirlas.
Pero las palabras estaban perdidas en un mar de graffitis.

jueves, mayo 24, 2007

Historia de una coma

Un feliz equívoco del archivero de la hemeroteca nacional me ha permitido conocer la historia que transcribiré a continuación, en el entendido de que -tal como ha sucedido con mi persona- muchos de mis lectores la pasaron por alto en su momento. Aunque se trata de una historia pública; esto es, de conocimiento general, tal como las leyes que se aprueban en el Congreso, advierto en favor de la ignorancia que a raíz de que en esos mismos días se vivían los estertores de la dictadura, el fusilamiento de una coma no podía levantar las pasiones que despertaban entre la ciudadanía las marchas y mensajes televisivos a favor del No, o los argumentos de la parte contraria, los defensores del gobierno de Pinochet. Para las personas, además, los seres humanos siempre han sido más importantes que las cosas. Una buena amiga, que hace unos días se enteró del caso por mis labios, tuvo la delicadeza de sugerirme que no pecara de candoroso con las comas, al notar el énfasis que yo ponía en el relato de la anécdota. "Siempre andan haciendo de las suyas, disfrazadas de poquita cosa, de seres insignificantes, cuando en realidad son malévolas", fueron sus palabras.
El asunto es que el archivero trajo esa vez a mis manos el volumen de la quincena respectiva del tabloide sensacionalista "La Séptima", donde el fusilamiento aparecía bastante destacado, en lugar del mamotreto correspondiente a la edición de "El Decano" de la misma fecha, diario que le reservó una perdida columna en páginas interiores, aunque, vaya, vaya, descubrí entonces, también le dedicó uno de sus graves y sesudos editoriales, que al ojo de cualquier lector atento demostraba una suerte de contrasentido o manipulación o pugna entre el área de redacción y el área periodística. Problema en el que no me voy a meter.
Dejo pues ambos hallazgos ante ustedes, comenzando por el juicio sereno de "El Decano" y siguiendo con la emoción y la sangre de "La Séptima", y me despido hasta la próxima ocasión.
Carlos Martínez Rencoret
Recopilador de curiosidades

(Editorial del diario ‘‘El Decano’’, publicado tres días después del fusilamiento.)

En defensa del bien común

El inexorable curso de la justicia se cumplió y la coma finalmente ha sido ejecutada. Por cierto, lamentamos su deceso y una vez más reiteramos la conveniencia de revisar la legislación que establece la pena de muerte para los seres infrahumanos, ya que está fehacientemente demostrado que no es el temor a ese castigo el que disminuye las faltas gravísimas que se cometen contra la sociedad, sino una política global y sostenida que logre consolidar y hacer carne la igualdad de derechos de los ciudadanos, sumada a un eficaz tratamiento de prevención de la delincuencia.
Penoso y digno de conmiseración resulta el testimonio final de la condenada, publicado por un tabloide de dudosa credibilidad y primitivo estilo y que tanta polémica ha generado, sobre todo en aquellos párrafos que conciernen a nuestra casa periodística. Desde luego, lo que la víctima oculta durante su publicitada súplica queda a la vista en la frase que desliza en su desesperación final, al admitir que efectivamente ‘‘fue una broma tonta’’. Baste esa sola expresión para explicar los penosos acontecimientos ocurridos. Mas una mínima defensa del Estado, forma suprema de la organización política y social, obligaría a realizar una serie de consideraciones.
Acontecimientos recientes, como el rescate de rehenes en la Embajada de Japón, la toma por estudiantes universitarios de su Facultad de Derecho y ahora este fusilamiento parecen replantear antiguos dilemas jurídicos, morales y pedagógicos. ¿Libertad o autoridad? ¿Misericordia o rigor? ¿Diálogo o ejercicio legítimo de la fuerza? Bien mirados no son términos excluyentes ni valores contradictorios. Se trata más bien de acentuaciones basadas en un juicio prudencial de oportunidad. Si tal juicio es ponderado, la vida de la sociedad y los derechos de las personas -incluso de las comas- se desarrollarán en fecunda interacción, sin traumas, sin exclusiones, sin excesos indebidos, sin acentuaciones unilaterales.
La compasión no puede sustituir a la responsabilidad y al mérito personal. Degenera, entonces, en estímulo perverso, que induce e invita a hacer lo que le guste a uno, con total desprecio de los derechos ajenos y de la primacía del bien común. La progresiva tendencia a exculpar y ensalzar a los ‘‘jóvenes idealistas’’ y con ello a eternizar los diálogos persuasivos renunciando a ejercer la autoridad e imponer la justa pena, puede llevarnos muy pronto a lamentar males mayores.
El ánimo de esta casa periodística jamás fue causar daño a algo tan indefenso y frágil como una coma, sino velar por los intereses superiores de la nación y por la preservación de los grandes valores morales, así como por la rectitud de la información y el compromiso irrenunciable con la verdad. En esta ocasión ello ha derivado en la pérdida de una vida, desgracia preferible a la remota probabilidad de una trizadura en el sistema institucional y en la credibilidad que inspira la mismísima Constitución que nos rige. Si en su momento denunciamos la acción de la coma no fue porque su execrable actitud hubiese sido particularmente amenazante; antes bien se debió a que debíamos demostrar nuestra consecuencia con los principios de la entrega serena y austera de las informaciones a la opinión pública, algo que siempre hemos privilegiado y que constituye nuestra más noble tradición. Consecuentemente con la línea centenaria que hemos sabido mantener en toda circunstancia, publicamos la noticia del fusilamiento en páginas interiores, sin imágenes de ningún tipo. Una muerte, aun la más vil, debe tratarse con la debida dignidad y respeto hacia el que la padece.

Por ello -y esto lo proclamamos públicamente- no compartimos el tratamiento que da a la información el diario en comento, cuando encabeza en su primera página, con un llamado en letras rojas, ‘‘Y la coma tenía corazón’’, complementando el concepto con la imagen de la fusilada, ahogada casi en su propia sangre. Es legítimo que tras esta muerte los editores de medios reexaminen sus criterios de selección de noticias y también que los lectores que la semana pasada acusaban a los medios por este proceso -y en particular al nuestro- consideren el contenido de los diarios y revistas que compran. Los lectores, todos nosotros, tenemos la obligación de rechazar las publicaciones que violan estas normas éticas fundamentales. Títulos e imágenes como éstos advierten a la opinión pública sobre los límites morales de los mensajes que entrega una noticia.

(Testimonio recogido por el diario ‘‘La Séptima’’ y reproducido junto a la noticia principal, al día siguiente del fusilamiento, bajo el título ‘‘¡No tuvieron piedad!’’)

Creo que ya me vienen a buscar. No, me equivoco, son pasos que resuenan en la calle. Si mis cálculos no me fallan, los gendarmes deberían aparecer en dos horas, quizás en una hora tres cuartos; no podría estar tan errada. Debemos estar cerca de las cuatro de la mañana, lo digo por el frío y porque creo que el último vaso de ron me lo tienen que haber ofrecido hace unas cuatro horas, con el cambio de turno. Es posible que la Su Excelencia haya cambiado de opinión y llamado por teléfono al director de Gendarmería para comunicarle el indulto. Creo que una vez se dio un caso así en la historia; me parece haber escuchado que Dostoievski se salvó del paredón cinco minutos antes. ¡Qué tonta soy! La esperanza me ciega cuando ya no hay nada que hacer. Es increíble que todavía espere algo de la gente, después de lo que me han hecho. ¡Cómo puedo seguir creyendo en los seres humanos! ¡Me han botado por la alcantarilla y aún creo en la Justicia, en el Gobierno y en el alma de los mortales! Yo no tengo cuerpo de carne y hueso, ni espíritu; yo soy de otra raza. Para los humanos la pena de muerte fue abolida; mas no para mí. Lo único que me queda es encomendarme a Dios. Sólo le pido que ese segundo infinito, ese momento de los disparos, pase rápido. Si Dios me falla, qué más da. Han muerto tantos millones de comas que una más a quién le importa, aunque se trate de la primera ejecutada ante un pelotón de fusilamiento.
¿Qué me trajo a este húmedo calabozo?, pensará el lector. Yo misma me lo pregunto y aún no lo comprendo. ¡Soy inocente, señor juez! Y por último, ¡no lo quise hacer! ¡No fue culpa mía! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Justicia! Calma, calma, calma, debo mantener la dignidad hasta el final. El sudor sigue la curva de mi cuerpo y cae en el ladrillo. Vuelvo a la realidad; qué estupidez haber gritado tan destempladamente. Que mis lamentos no hayan traspasado estas paredes, que mis sollozos no hayan causado lástima a los gendarmes. Que nadie se apiade de mí. Si he de morir, que sea como una valiente coma. Que mi ejemplo se recuerde y que en mi honor se levante el monolito a la injusticia y que se llene de flores mi tumba.
¡Distinguidísima Excelencia! ¡Venerado Presidente! Le juro que cuando Olegario me colocó en la pantalla de la computadora llegué a saltar, pues me di cuenta del error. Le grité, le requetegrité y le imploré, pero no me escuchó. La inflación había sido de 1,15 por ciento y Olegario me colocó al lado derecho del segundo uno. ‘‘11,5% fue el IPC de mayo’’ fue el titular de Olegario y yo ahí, muerta de vergüenza y muerta de la risa, porque cómo me iba a imaginar a esa altura que el error me costaría la vida. La información pasó a manos de Perodáctilo Rumiante, quien no vaciló en recomendarla para la portada, dados los caracteres espectaculares e inesperados de la noticia. Así fue como llegué a la junta de editores, encabezada por el mismísimo Másimo Aguasanta e integrada por los guatones Pericles Tártano, Virgilio Putaedro y Martirio Fun, además del ex flaco Patoceleste Puatua. Los editores consideraron, mirando al suelo y frunciendo el ceño, que el titular era bueno porque ridiculizaba al pintoresco ministro de Hacienda, pero como no había que hacer tantas olitas lo darían a dos columnas escondido en el ángulo inferior izquierdo de la portada. Yo no lo podía creer. ¡Nadie reparaba en el error! ¡Nadie se tomaba la molestia de leer la información, donde el guarismo estaba escrito correctamente!
El titular llegó al taller. La computadora me había trasladado al papel impreso. Ya no era un conjunto de puntos milimétricos de color negro en una pantalla de cristal líquido, sino una negra y brillante coma del tipo clásico en cuerpo 50, lo que me hizo sudar de angustia. Tal como lo suponía, en ese momento, ya presa del terror, mi última esperanza se desvaneció cuando el corrector de pruebas le puso un visto bueno a la fotocopia impresa de la página y pasó a revisar a continuación otros títulos y bajadas. Entonces me desmayé y sólo desperté con el ruido ensordecedor de las rotativas, que me multiplicaban decenas, cientos, miles de veces, tantas como las vueltas que daba mi cuerpo adherido a la máquina.
Allí estaba, horas después, en todos los quioscos. ¡Yo! ¡En primera página! ¡La vergüenza de la familia!
¡Excelentísimo Capitán General y Presidente de la Nación! Ellos fueron los culpables, pero como no podían admitirlo abiertamente, cortaron el hilo por lo más delgado cuando un ministro del Gobierno que tiene cara de natre los llamó por teléfono. Se fueron pasando la pelota unos a otros hasta que llegaron donde Olegario, el ruin de Olegario, quien tuvo la tupé de declarar que yo me había saltado de lugar sin pedirle permiso a nadie. Ellos hicieron como que le creyeron (porque a un sanguijuela chupamedias como ése siempre se le deberán favores personales) y me ofrecieron en bandeja a los leones. Entonces no sólo me expulsaron de la manera más humillante, sino que además me entregaron a la justicia. La justicia no dudó en condenarme a muerte y ahora espero el indulto, pero realmente lo que estoy esperando son esos pasos que resuenan en mi estrecha mente de coma. Creo que ahí vienen. ¡Sí, son ellos! ¿Traen el indulto? ¿Sí? ¿No? ¡Nooooo! ¡Piedad! ¡No me maten, gendarmitos! ¡Soy muy joven aún para morir! ¡No he tenido hijos! ¡Nunca seré abuelita! ¡Sí, sí, sí, fue una broma tonta! Déjenme escapar; hagan como que no me vieron. ¿Verdad que no soy mala? ¿Verdad que tengo mis atributos? Hagámoslo a la salida, de a uno o todos juntos si quieren, pero denme la libertad. ¡No me tapen los ojos! ¡Espérense hasta el verano, porque quiero comer pastel de choclo! ¡Uy, me entró una astilla, vayan a buscar metapío! ¿no hay metapío? Conozco una farmacia en la Estación Central que abre a las nueve, pero hay que llevar receta médica. ¡Se me corrió la venda! La-lí la-lá... un galeón español, la-lá la-lí... ¡Esperen, se me soltó el nudo ciego! ¡Nooo! ¡Guaaaaa......!



sábado, mayo 19, 2007

Carta de Mishima sobre la compasión por el mundo

Le escribía Mishima a su mentor Kagawata que había días muy raros en su vida en que, sintiéndose demasiado bien, experimentaba al mismo tiempo una gran compasión por el mundo, lo que no tiene nada de extraordinario, pues cuando uno se siente demasiado bien, en esas ocasiones -que durarán cuando mucho unos 20 minutos- descubre con facilidad los vacíos del mundo y de la gente, mas no de sí mismo, puesto que si así fuese -y cuando finalmente aquello llega a ocurrir- el estado paradisiaco se esfuma.
Cierto día un niño se subió al bus con su papá. El papá lo había invitado a ver un partido de la selección chilena de fútbol al Estadio nacional. Este hecho ocurrió en 1961 y el niño tenía en ese momento ocho años cumplidos. Su padre tendría 30 o 31. El niño estaba feliz, no se sabe exactamente por qué, si porque iba a ver a la selección o porque compartiría el domingo con su papá. No es que en esa época haya sido inusual para él compartir con su padre los domingos, pero sí era raro que lo hicieran solamente los dos. Acaso entonces haya sido ésa la causa de su felicidad, pero no hay que desmerecer el juego de fútbol, pues se trataba de un encuentro entre Chile y Alemania, nada menos. Por Chile jugaba Leonel Sánchez y por Alemania el tanque Uwe Seeler.
Cuando el bus partió desde la esquina de las calles Bueras y Millán, en la ciudad de Rancagua, distante 86 kilómetros de la capital, el niño miró por la ventana. Vio a su madre y a su hermano menor, que los despedían, ambos de la mano, ella con una amplia sonrisa en los labios y él, con la mirada fija en la ventanilla y algo de intranquilidad general en su cuerpo, como si aún esperara que alguien diera una orden y lo subieran a última hora a la micro. Nadie supo ni sabrá lo que pasaba realmente por la cabeza de la mamá y el pequeño tomado de su mano, pero el niño que miraba desde el asiento, por el sólo hecho de contemplar dicha escena, sintió una gran compasión por el mundo. A sus ojos, afuera no había ningún ser humano enteramente feliz. A todos quienes él veía, incluso a los que se imaginaba en sus casas o en cualquier otro sitio, les daba apenas para sobrevivir. Eran tantas sus carencias que si alguien osaba sonreír lo hacía para disimular una gran pena, imaginaba. Su misma madre, por dar el ejemplo más cercano, había quedado sola, sola con su hijo menor, es verdad, pero a fin de cuentas desarraigada de aquello que la sostenía en el mundo, que era la familia que había formado al contraer matrimonio y separarase desde ese mismo día de sus propios padres. Su vida, ese domingo, sería cuando más una réplica destinada a llenar las horas de vacío que se le venían por delante. Resultaba clarísimo también que su hermanito quedaba en la más profunda orfandad luego de haber sido discriminado, eliminado de una lista de pasajeros por su extrema niñez. Intentaría jugar consigo mismo, haría algunas preguntas, acudiría al llamado maternal a la hora de comer (a regañadientes) y esperaría sentado en el sofá a los viajeros, hasta quedarse dormido con la boca abierta y la corbata puesta. Y qué decir de los otros, del hombre que caminaba con una bolsa de género blanco hacia la panadería, del conscripto que encendía un cigarrillo mientras leía los titulares de los diarios en el quiosco, de los niños que corrían tras una pelota con esa inconsciencia propia de los animales, de las dos vecinas que también miraban partir el bus con sendas escobas en sus manos. Fuera de la máquina estaba la vida. Y la vida, ese domingo, por decir algo optimista, era un día de sol, triste y vacío por excelencia.
Adentro las cosas no andaban mucho mejor, salvo en un detalle: él, al igual que su padre, era dueño del futuro. El niño y su padre sentían en ese momento que había algo por qué vivir.
Treinta años después el niño de ayer, hombre ya, sintió algo no parecido, sino exactamente igual, tras desahogarse en la cama con su mujer. Se habían entregado por entero. No se había tratado solamente de una sesión de malabarismo sexual, sino de una hora y media de completo amor. Se sintió tan dichoso, tan demasiado bien que experimentó una gran compasión por el mundo, por sus padres, por su hermano, por sus hijos, por todos aquellos que se le antojaba que vivían incompletos, que algo les faltaba, que no podían dar con la clave por más que la buscaran, por todos aquellos que no poseían el secreto de la felicidad, que en ese momento obviamente era aquél que el hombre estaba viviendo.
Veinte años más tarde, entrado en canas y algo barrigudo, se topó con las palabras de Mishima y se sintió contento de que alguien sintiera lo mismo que él había sentido, pero también se alegró sinceramente por la felicidad momentánea que en esa carta confesaba un hombre que no fue feliz. Sin embargo, le pareció al mismo tiempo que pecaba de ingenuo como él pecó tantas veces de ingenuo con su felicidad compasiva.
"Ya que ahora mismo no doy con ese estado, quisiera que un alma de niño esté pensando en tipos como yo y me compadezca al menos quince minutos, aunque ese corazón peque de ingenuo", deseó.

miércoles, mayo 09, 2007

La felicidad

Le pregunté entonces a la señora Estela por qué siempre se la veía tan feliz y me contó que ella no se hacía problemas por nada, algo de problemas se hacía, pero no tantos. Cuando descubría que las cosas no tenían solución prefería dejarlas donde estaban y cuando tenían solución simplemente las solucionaba. Me dijo que a veces la solución de los problemas no estaba en sus manos sino en las de otros. En tales casos ella trataba de influir en los demás para que las cosas se solucionaran, pero si eso no resultaba no sentía ninguna amargura, ya que le cabía la sensación de haber hecho lo humanamente posible. Le pregunté entonces si no consideraba que esa filosofía de vida demostraba que ella era una persona indolente, considerando sobre todo que su hijo había sido ajusticiado por una banda juvenil por un asunto de drogas. Tras pedirme que le explicara qué quería decir "indolente" me contestó que no, por dos grandes razones. Uno porque ella nunca había sido dueña de su hijo y dos porque dijo haber hecho lo imposible para que éste primero no cayera y luego, se saliera del mundo de la droga. No contento con su explicación, pero notando que objetivamente la señora Estela se mostraba asaz serena y dueña de una objetiva alegría interior, le pregunté si el hecho de haber dado muerte al menor que apuñaló a su hijo no le producía una sensación de rabia basada en la venganza o de culpa basada en la transgresión de la ley. Me dijo que ninguna de las dos, porque el haber dado muerte al homicida de su hijo lo consideraba la reacción normal de una madre abatida y el que estuviera presa era la demostración de una falla de la justicia, aunque prefería creer que su detención sería momentánea. Antes de retirarme le pregunté si no le afligía ser acusada de incendiar la casa de los hermanos Meléndez, también victimarios de su hijo, y si no temía represalias. La señora Estela se extrañó de ambas preguntas. "El que nada hace nada teme", me dijo y agregó: ¿Cuál era la otra pregunta? Se la repetí: le pregunté si no se consideraba una mujer pirómana. "No, me dijo, porque les incendié la casa para limpiar el pecado de sus vidas, no mis propios pecados, que los tengo, y hartos, pero no ése de la piromanía, que hasta donde sé tampoco es un pecado sino un vicio". Le pregunté si se sentía en paz con su conciencia y si no prefería que intentáramos mejor con la estrategia de la insania. Me preguntó qué significaba "insania" y yo le dije "patología síquica", no me atreví a decir locura. Algo entendió pero no totalmente, porque en su explicación esbozó argumentos relativos a la vida de las aves. Me dijo textualmente: "Mire, mijito, perdóneme que lo trate así, pero usted es muy joven y hay cosas que no entiende. Hay aves de la misma especie que no siempre vuelan lo alto que desearían. Vea allí a los patos: unos atraviesan continentes y otros apenas son capaces de atravesar el gallinero, ¿me entiende?". Yo le seguí el juego y ella continuó: "Entonces, si una persona se atreve a volar más alto que los demás, ¿qué hará el pato del gallinero? Le echará la culpa al empedrado y tratará de hacerla pasar por loca, digo a esa persona que sobresalió del grupo, ¿me entiende?". Cada vez me era más difícil seguirle la corriente; además, se estaba haciendo tarde y en el City Bar me esperaban Faúndez y Diéguez con los martinis servidos. "Se lo voy a resumir en una sola frase, mijito: No se preocupe tanto por mí, que soy feliz, sino por aquellos que realmente sufren desgracias. Haga lo justo y lo necesario, que Dios se encargará de lo demás".
Abandoné el recinto intranquilo. Me sentía más cliente que abogado. Y desde luego pecador.