jueves, mayo 31, 2007

La venganza de Pili y Mili

De niño me fascinó una pareja de arañas que habitaron por un tiempo mi casa y con ellas, toda la especie. Esto que digo acerca de las arañas puede parecer cliché y de hecho tal vez lo sea: son tantas las personas que hablan de los arácnidos que al final nunca sabe uno cuánto hay de uno mismo en lo que uno cree. Juramos pensar y sentir de una manera y luego la ola del tiempo y las costumbres nos lleva en otra dirección. Pasa con los países y pasa con uno. La cabeza va cambiando de ideas mientras el diabólico genio, el cerebro gestor del cambio contempla su obra orgulloso, sentado en el sofá. ¿Qué quiero decir? No sé. Tal vez, que a mi juicio esta fascinación no sea propiamente mía, que yo mismo no sea el que siempre he creído que soy.
El hecho -propio o copiado- es que no bien entraba a casa de vuelta del colegio dirigía la mirada a las esquinas superiores de la sala de estar. Allí estaban, siempre las dos, inmóviles en uno de los cuatro ángulos de la pieza, como muertas con sus largas patas extendidas. Me dejaba seducir por el aura que irradiaban, diría incluso que nos llevábamos bastante bien. Guardaba mis útiles escolares en el dormitorio y regresaba a estudiarlas. Ellas se quedaban conmigo horas enteras, sin chistar, sin comer, sin beber. Yo leía historietas de vaqueros y las arañas me acompañaban poéticamente, si decir poesía equivale a decir silencio, fantasía y movimiento. En mi imaginación las había bautizado Pili y Mili porque eran exactamente iguales, como dos gotas de agua, igual que unas gemelas famosas de aquel tiempo. Jamás se me pasó por la mente que una de ellas fuese macho. Para mí, hasta el día de hoy, las arañas son hembras, sin discusión alguna.
Me figuraba entonces que desde arriba Pili y Mili miraban los monitos y me rogaban que diera vuelta la página cuando yo me quedaba pegado en una viñeta. A veces una parecía decirle a la otra que estaba aburrida, que extrañaba el nido o que la repentina emigración de la mosca a otros territorios las obligaría a su vez a tomar drásticas medidas. Entonces se iban las dos cuchicheando hasta perderse en una rendija invisible de la tabla, con paso cansino de elefantes sacados de contexto.
Nunca bajaban a tierra pero cuando lo hicieron siempre ocurrió una desgracia. Una noche sorprendí a Mili, o a Pili, saliendo sorpresivamente de detrás del cuadro del pintor Torterolo para emprender un tour por el papel mural. Minutos después vinieron a avisar que habían visto a mi padre echado en el suelo, ebrio, a los pies del bar Caletones. Con mi madre salimos disparados en un coche victoria, lo recogimos y lo trajimos de vuelta a casa. Cuando entramos Pili ya estaba junto a Mili, como siempre, donde corresponde. En otra ocasión recuerdo con claridad que Pili, o Mili, se aventuró a llegar hasta el dintel de la puerta de calle: a esa misma hora la doctora Zambrano le diagnosticaba principio de tuberculosis a mi hermanito. La gracia le costó guardar cama durante ocho meses. El acabóse ocurrió la vez que mi mamá mató de un zapatazo a Pili, o a Mili, al sorprenderla descansando en un brazo del sofá. Mi mamá saltó de un grito y la liquidó, presa de un ataque de horror. No alcancé a impedirlo, sólo le dije después "mamá, la embarró, si no son dañinas, ahora va a pasar algo malo", pero le oculté que me estaba haciendo amigo de ellas, para que no pensara cosas raras. Pues bien, la araña falleció a las tres de la tarde y la abuelita por parte de mi papá, la abuelita Ángela, que estaba muy grave, falleció a las tres y cuarto. Mi tío Pablo se volvió loco y salió a la calle echando espuma por la boca, aquejado de una sensación de culpa que le venía del domingo anterior, cuando no quiso compartir el último almuerzo con ella porque en la mesa iba a estar su hermano Isidoro, con el que no se hablaba hace meses. Cuando vi a mi tío me dieron como unos tiritones. Me empiné por la ventana al escuchar unos gruñidos que venían de la calle y lo vi justo cuando dos señoras se lo llevaban para ponerle una inyección. Entonces le recordé a mi mamá la muerte de la araña, pero ésta, que recogía con una palita y una escoba sus restos aplastados, me quiso convencer de que el tío Pablo siempre había sido un poco loco. Sin embargo noté que desde esa vez les comentaba a sus amigas, cuando jugaban canasta, que "Huguito tiene visiones".
No sé por qué, la amistad con las arañas declinó ostensiblemente desde ese día. Con una sola ya no era igual y de alguna manera descubrí que Pili, o Mili, había quedado con un rencor extraordinario hacia mi persona, porque yo no había sido lo suficientemente hombrecito para defenderla. Por ese hecho, a sus ojos, me había transformado en cómplice de un crimen. Se le notaba el rencor en ciertos gestos, como esconderse apenas yo entraba, o salir y meterse de nuevo a la rendija, sacando pica. Nunca más volvió a bajar y ya no hubo poesía en su andar, sino vigilancia. Consciente de que no podía dominar mi mundo exterior, decidió vigilar todos los pasos que yo daba en mi casa y para ello se movía con una velocidad fuera de lo común. Iba de pieza en pieza conmigo y solo me parecía verla retirarse a su nido cuando yo me ponía el pijama y me acostaba a dormir.
Una tarde de verano entré a la rápida a mi casa, bañado en sudor luego de una pichanga en la esquina. Hoy pienso que debí ser más precavido. No lo fui, dominado por el impulso y las ganas de volver al hogar, y me costó caro. Para qué tanto apuro, noté enseguida, con gran desánimo. Encima de la mesa había una nota de mis papás, comunicándome que habían ido a la vermouth del cine Rex. Mi hermanito pasaba unos días en el campo, reponiéndose de la enfermedad del pulmón. Estaba solo.
Bebí un vaso de milo y me saqué la sed de encima. Me aguardaban horas de soledad. Discurrí qué hacer, pero no pasaron dos minutos cuando me di cuenta de que no había nada que hacer, de modo que me senté en el sofá, a pensar. Fue entonces cuando la vi. Pili, o Mili, estaba muerta a la entrada, aplastada al lado del trapero. Me acerqué a verificar. Sí, era ella, parecía una araña en dos dimensiones, como una araña dibujada sobre la tabla sucia del piso. Desde luego me aguardaba una desgracia por partida doble o ya estaría sucediendo alguna por ahí cerca. Volví al sofá e imaginé el teatro en llamas, mis papás atrapados, las personas pisándose unas a otras en su intento por escapar, y esperé con el corazón en la boca el ulular de la sirena de los bomberos, que se escuchaba en toda la ciudad. Pero no se oyó nada, así que la desgracia tendría que surgir de otra parte. De pronto me pareció, a la distancia, que la conformación del animal sufría un leve cambio. De alguna manera estaba adquiriendo una tercera dimensión, lo que no tiene nada de extraño, porque las arañas tienen tres dimensiones: largo, ancho y alto. Pero recordemos que la muerta tenía dos: largo y ancho, con forma de remolino. Así que sacando cuentas era un problema bastante curioso. Me puse a pensar en la posibilidad de la resurrección de las arañas, algo de lo que nunca me habían hablado en las clases de catecismo de la iglesia San Francisco. A lo más el Padre Humeres subrayaba la presencia de un burro, una vaca, dos chanchos y cuatro ovejas en el portal de Belén. La otra posibilidad era que estuviera viva, de modo que me acerqué a mirarla más de cerca e hice la prueba de zapatear bien fuerte al lado del cuerpo tendido: de inmediato se levantó.
Estábamos frente a frente. He allí la desgracia. Sólo ella y yo, sin papás, sin hermanos, sin tíos cerca. El nuestro necesariamente iba a ser un enfrentamiento mortal, porque de nuestra recíproca amistad hacía mucho tiempo que no quedaba nada.
Volví al sofá, a pensar. Estaba aterrado. Pili, o Mili, quiso seguirme, pero no pudo, ya que corría en semicírculos y se detenía, extenuada. ¿Qué estaba pasando? Me costó una media hora darme cuenta: al entrar a casa, Pili, o Mili, me esperaba en el dintel para echárseme encima de una vez por todas, pero al abrir yo la puerta cayó violentamente al suelo y sin fijarme, la aplasté. No cabía otra posibilidad que ésa.
Descubrí entonces cuál era la verdadera tragedia del asunto: con los meses, de tanto ser perseguido, de tanta desgracia ocurrida por culpa de ellas, yo había desarrollado un miedo inclasificable hacia todas las arañas del mundo. Por ahora el miedo se materializaba en Pili, o Mili, pero entonces comprendí que jamás me podría escapar del aura maldita.
Pero una cosa era la desgracia futura y otra muy distinta la presente: había que matar a Pili, o Mili. Mis papás llegarían tarde, ya iba siendo hora de acostarse y no podía darme el lujo de que el bicho se me subiera a la cama y me clavara sus quelíceros en la yugular mientras dormía. De modo que me armé de valor y me acerqué lo más que pude, con el firme propósito de reventarla con la suela de la zapatilla, que menos mal era una suela lisa, no como las que se fabrican ahora, llenas de anfractuosidades. Levanté el pie, horrorizado, porque Pili, o Mili, me miraba desde abajo, me miraba con una dulzura y entrega propias de las condenadas a muerte, pisaba con sus siete patas la tabla, porque le faltaba una y por eso cojeaba, por eso andaba en círculos, ahora lo entendía claramente, me suplicaba que no la matara, ya no sirvo para nada, niño, déjame morir sin mayores traumas, pero advertía claramente que detrás del brillo acuoso de sus ojos tiritaba de espanto, ideaba una táctica de última hora, impotente ante un gigante de pantalones cortos que era dueño de unas extremidades poderosísimas que ya se las quisiera ella, miembros que si bien no servían para andar por las paredes le sacaban varios cuerpos de ventaja de una sola zancada, niño, ten piedad de mí, todo ha sido un accidente, compréndelo y no empeores las cosas, no hagas lo que vas a hacer, déjame ir por última vez a mi rendija, quiero descansar en paz con las mías, no lo hagas, niño, que jamás yo iría a tu cama, tú has sido mi amigo y de lejos te envidiábamos y lo comentábamos todos los días con Pili (vaya, vaya, estaba nada menos que ante Mili), no planeo nada, mírame bien y compréndelo: solamente soy una araña en apuros, a merced del hombre, que por más niño que sea sigue siendo un hombre, una araña aplastada por error, por andar paseando en los dinteles, mírame, niño, y siénteme, ¡no puedo caminar más que en círculos!, la vida se me escurre andando en círculos y ya me queda muy poco, no aceleres lo que habrá de ser de todas maneras...
Su súplica angustiante me llegó al corazón, pero el terror me superaba. Si bien retiré la zapatilla, en el fondo acobardado ante la posibilidad de que se montara por el borde y me subiera por la pierna desnuda, eso no significaba que le estuviera perdonando la vida. Lo que hice fue caminar hacia atrás, a la cocina, sin apartarle la vista. Encendí la tetera y esperé. Cuando soltó el hervor volví donde Mili y le arrojé un buen chorro de agua, que la hizo estremecerse y expirar casi instantáneamente. Lo último que le observé con vida fueron sus tiernos ojos, parecidos a los de Cristo, que me decían lo hiciste, niño, tuviste que hacerlo, no pudiste sobreponerte a ti mismo y ponerte en mi lugar, mira como me has dejado, mas para asegurarme busqué unos fósforos y se los encendí en el cuerpo y las patas mojadas, y aun así algo se movió, pero los de Mili ya eran reflejos condicionados, creo.
Entonces me dormí como un angelito, y en lo más profundo de la noche sentí un beso en la mejilla que me hizo sonreír.
Han pasado cincuenta años desde entonces. No voy a hacer un recuento de mi vida porque no procede. Mis papás se fueron ya hace un tiempo de este mundo, primero uno, luego el otro, ambos en medio de grandes sufrimientos postreros. Mi hermano es un acaudalado que supo olfatear en el mercado inmobiliario. A veces nos vemos y entonces a él le vuelven a brillar los ojos, vuelve a ser el de antes. Lo que es yo, ¿yo?, imagino que pasé a ser un don nadie, un espectro de mirada intensa que se refugió en sí mismo, incapaz de entender las circunstancias que lo rodeaban. Estos penosos años de lo que pudo haber sido una gran existencia -pero que se frustró para siempre el mismo día de la muerte de Mili- han sido apenas una suma de momentos clichés. Todo ha sucedido entre "drásticas medidas", "declinaciones ostensibles", "rencores extraordinarios", "gran desánimo", "horas de soledad", "miedo inclasificable". Como si fuera poco, las dos gotas de agua me legaron la singular herencia de soñar, lo que resta de mi existencia, con ejemplares de su raza. Anoche mismo quedé atrapado en una esquina del pasillo de mi casa, preso por tres tipos de arañas. A mis espaldas destacaba una rara especie color miel de abeja, de pata corta y peluda, con dos testículos bajo el abdomen. Parecía bastante inofensiva pero tenía la particularidad de ir creciendo a medida que uno fijaba la vista en ella. Entonces se tornaba sumamente peligrosa. Me era imposible retroceder, pasar sobre su cuerpo movedizo, hacer como que no existía. A mis costados colgaban las descendientes de Pili y Mili, nada de amistosas, como sus antepasadas (debieron aprender de ellas, al menos los modales de una dama). Éstas eran trapecistas burlonas, mostraban sus piernas sin pudor y a veces soltaban chorros de pipí que lastimaban mi rostro. Enfrente mío estaba la más terrorífica de todas. Era una araña de rincón de tamaño absolutamente fuera de lo común, poco más grande que la palma de la mano. La telaraña atravesaba el pasillo y ella esperaba en el rincón menos visible, como si estuviese muerta.

martes, mayo 29, 2007

Un mar de graffitis

"Nunca fui yo mismo y las veces que lo fui todo anduvo mejor".
La bellísima joven alemana tuvo que acercarse a la pared para leer esta cita sin firma. A no más de cinco centímetros, una sarta de groserías y otra de signos ininteligibles completaban un sector del muro del que, si la joven se alejaba, desaparecía en un mar de graffitis.
El muro pertenecía a una casa de uno de los tantos cerros de Valparaíso. Como todas esas viviendas se enclavaba como por arte de magia en la pendiente. De varias ventanas colgaba ropa lavada, de la azotea de una de ellas surgía un insólito y frondoso pino y para mirar la puerta de otras había que arrimarse a la baranda de un pasaje y clavar la vista hacia abajo, como si se quisiera dar con el fondo de un abismo.
La chica, de intensos ojos azules, turisteaba por los cerros del puerto junto a una amiga menos agraciada. Nadie de los que la vio supo si entendió los mensajes que detuvieron su andar. Parecía desorientada, tanto que de pronto caminó hasta una pequeña plaza rodeada por una calle serpenteante que tenía por misión comunicar el plano de la ciudad con las alturas. Allí se dirigió a una pareja sentada en un escaño. Les preguntó cómo podía llegar al hotel Brighton. Se le indicó que siguiera la subida de la calle y llegaría prontamente. La joven les agradeció la información, se la comunicó a su amiga con un gesto y ambas se perdieron en la curva.
La pareja leía, ella un texto sobre el tiempo y él, la correspondencia entre Mishima y Kawabata.
Una ligera brisa llenó de frescura la placita: el viejo álamo soltó decenas, cientos de hojas que fueron cayendo como suaves remolinos, para morir en el cemento. El árbol se desnudaba con tardanza, pues el calendario ya anunciaba la entrada del invierno. Salió entonces el hombre de la página del libro y trató de fijar la vista en las hojas cayendo del álamo, en una y en otra, como se la pretende fijar inútilmente en el agua de la cascada. No podía congelar la visión, y sin embargo disfrutaba del movimiento como si estuviera ante una foto. Su fin de semana en los cerros porteños había sido fallido. El hotel no resultó como esperaba y la gastronomía, menos. La arquitectura pintoresca esparcía sombras lúgubres por los callejones y el abandono de muchas viviendas lo sumía en depresiones pasajeras. Las cartas de Mishima no lo ayudaban a salir de ese estado, sobre todos las últimas, que iban sugiriendo su suicidio. Las de Kawabata tampoco, porque le arrojaban en su cara el horror de la vejez. Su mujer, la extraña de siempre, parecía seguirlo, secundarlo, pero apenas se daba la oportunidad le hacía ver los errores que sus decisiones, las del hombre, les habían acarreado a los dos durante el fin de semana. El soñado paseo no había fracasado, pero no los encendía, les estaba dejando un gusto extraño en la boca.
El hombre veía caer las hojas mientras su cabeza, despejada de todo conflicto y de todo razonamiento, sólo se concentraba en esa imagen aislada del mundo y en la certeza, basada en el recuerdo, de que era primera vez en su vida que le dedicaba tiempo a unas hojas que caían de unas ramas. En ese momento se sintió curiosamente él mismo, y todo anduvo mejor. Pero él no se dio cuenta del milagro. Para haberlo sabido tendría que haber internalizado la sensación y haberla convertido en concepto y para ello era forzoso que la sensación se volviera abstracta. Había palabras, frases que podían cumplir con la misión de abrirle la simple vida ante sus ojos y de hecho esas palabras existían. Habría sido tan fácil llegar a ellas, leerlas, entenderlas y asumirlas.
Pero las palabras estaban perdidas en un mar de graffitis.

jueves, mayo 24, 2007

Historia de una coma

(Testimonio recogido por el diario ‘‘La Séptima’’ y reproducido junto a la noticia principal, al día siguiente del fusilamiento, bajo el título ‘‘¡No tuvieron piedad!’’)

Creo que ya me vienen a buscar. No, me equivoco, son pasos que resuenan en la calle. Si mis cálculos no me fallan, los gendarmes deberían aparecer en dos horas, quizás en una hora tres cuartos; no podría estar tan errada. Debemos estar cerca de las cuatro de la mañana, lo digo por el frío y porque creo que el último vaso de ron me lo tienen que haber ofrecido hace unas cuatro horas, con el cambio de turno. Es posible que la Presidenta haya cambiado de opinión y llamado por teléfono al Director de Gendarmería para comunicarle el indulto. Creo que una vez se dio un caso así en la historia; me parece haber escuchado que Dostoievski se salvó del paredón cinco minutos antes. ¡Qué tonta soy! La esperanza me ciega cuando ya no hay nada que hacer. Es increíble que todavía espere algo de la gente, después de lo que me han hecho. ¡Cómo puedo seguir creyendo en los seres humanos! ¡Me han botado por la alcantarilla y aún creo en la Justicia, en el Gobierno y en el alma de los mortales! Yo no tengo cuerpo de carne y hueso, ni espíritu; yo soy de otra raza. Para los humanos la pena de muerte fue abolida; mas no para mí. Lo único que me queda es encomendarme a Dios. Sólo le pido que ese segundo infinito, ese momento de los disparos, pase rápido. Si Dios me falla, qué más da. Han muerto tantos millones de comas que una más a quién le importa, aunque se trate de la primera ejecutada ante un pelotón de fusilamiento.
¿Qué me trajo a este húmedo calabozo?, pensará el lector. Yo misma me lo pregunto y aún no lo comprendo. ¡Soy inocente, señor juez! Y por último, ¡no lo quise hacer! ¡No fue culpa mía! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Justicia! Calma, calma, calma, debo mantener la dignidad hasta el final. El sudor sigue la curva de mi cuerpo y cae en el ladrillo. Vuelvo a la realidad; qué estupidez haber gritado tan destempladamente. Que mis lamentos no hayan traspasado estas paredes, que mis sollozos no hayan causado lástima a los gendarmes. Que nadie se apiade de mí. Si he de morir, que sea como una valiente coma. Que mi ejemplo se recuerde y que en mi honor se levante el monolito a la injusticia y que se llene de flores mi tumba.
¡Distinguidísima señora Presidenta! ¡Compañera Presidenta! Le juro que cuando Olegario me colocó en la pantalla de la computadora llegué a saltar, pues me di cuenta del error. Le grité, le requetegrité y le imploré, pero no me escuchó. La inflación había sido de 1,15 por ciento y Olegario me colocó al lado derecho del segundo uno. ‘‘11,5% fue el IPC de mayo’’ fue el titular de Olegario y yo ahí, muerta de vergüenza y muerta de la risa, porque cómo me iba a imaginar a esa altura que el error me costaría la vida. La información pasó a manos de Perodáctilo Rumiante, quien no vaciló en recomendarla para la portada, dados los caracteres espectaculares e inesperados de la noticia. Así fue como llegué a la junta de editores, encabezada por el mismísimo Másimo Aguasanta e integrada por los guatones Pericles Tártano, Virgilio Putaedro y Martirio Fun, además del ex flaco Patoceleste Puatua. Los editores consideraron, mirando al suelo y frunciendo el ceño, que el titular era bueno porque le hacía olitas al Gobierno, pero como no había que hacer tantas olitas lo darían a dos columnas escondido en el ángulo inferior izquierdo de la portada. Yo no lo podía creer. ¡Nadie reparaba en el error! ¡Nadie se tomaba la molestia de leer la información, donde el guarismo estaba escrito correctamente!
El titular llegó al taller. La computadora me había trasladado al papel impreso. Ya no era un conjunto de puntos milimétricos de color negro en una pantalla de cristal líquido, sino una negra y brillante coma del tipo clásico en cuerpo 50, lo que me hizo sudar de angustia. Tal como lo suponía, en ese momento, ya presa del terror, mi última esperanza se desvaneció cuando el corrector de pruebas le puso un visto bueno a la fotocopia impresa de la página y siguió de largo, revisando títulos y bajadas. Entonces me desmayé y sólo desperté con el ruido ensordecedor de las rotativas, que me multiplicaban decenas, cientos, miles de veces, tantas como las vueltas que daba mi cuerpo adherido a la máquina.
Allí estaba, horas después, en todos los quioscos. ¡Yo! ¡En primera página! ¡La vergüenza de la familia!
¡Señora Presidenta de la Nación! Ellos fueron los culpables, pero como no podían admitirlo abiertamente, cortaron el hilo por lo más delgado cuando un ministro del Gobierno que usa barba tipo chivo los llamó por teléfono. Se fueron pasando la pelota unos a otros hasta que llegaron donde Olegario, el ruin de Olegario, quien tuvo la tupé de declarar que yo me había saltado de lugar sin pedirle permiso a nadie. Ellos hicieron como que le creyeron (porque a un sanguijuela chupamedias como ése siempre se le deberán favores personales) y me ofrecieron en bandeja a los leones. Entonces no sólo me expulsaron de la manera más humillante, sino que además me entregaron a la justicia. La justicia no dudó en condenarme a muerte y ahora espero el indulto, pero realmente lo que estoy esperando son esos pasos que resuenan en mi estrecha mente de coma. Creo que ahí vienen. ¡Sí, son ellos! ¿Traen el indulto? ¿Sí? ¿No? ¡Nooooo! ¡Piedad! ¡No me maten, gendarmitos! ¡Soy muy joven aún para morir! ¡No he tenido hijos! ¡Nunca seré abuelita! ¡Sí, fue una broma tonta! Déjenme escapar; hagan como que no me vieron. ¿Verdad que no soy mala? ¿Verdad que tengo mis atributos? Hagámoslo a la salida, de a uno o todos juntos si quieren, pero dénme la libertad. ¡No me tapen los ojos! ¡Espérense hasta el verano, porque quiero comer pastel de choclo! ¡Uy, me entró una astilla, colóquenme metapío! ¿no hay metapío? Conozco una farmacia en la Estación Central que abre a las nueve, pero hay que llevar receta médica. ¡Se me corrió la venda! La-lí la-lá... un galeón español, la-lá la-lí... ¡Esperen, se me soltó el nudo ciego! ¡Nooo! ¡Guaaaaa......!


(Editorial del diario ‘‘El Decano’’, publicado tres días después del fusilamiento.)

En defensa del bien común

El inexorable curso de la justicia se cumplió y la coma finalmente ha sido ejecutada. Por cierto, lamentamos su deceso y una vez más reiteramos la conveniencia de revisar la legislación que establece la pena de muerte para los seres infrahumanos, ya que está fehacientemente demostrado que no es el temor a ese castigo el que disminuye las faltas gravísimas que se cometen contra la sociedad, sino una política global y sostenida que logre consolidar y hacer carne la igualdad de derechos de los ciudadanos, sumada a un eficaz tratamiento de prevención de la delincuencia.
Penoso y digno de conmiseración resulta el testimonio final de la condenada, publicado por un tabloide de dudosa credibilidad y primitivo estilo y que tanta polémica ha generado, sobre todo en aquellos párrafos que conciernen a nuestra casa periodística. Desde luego, lo que la víctima oculta durante su publicitada súplica queda a la vista en la frase que desliza en su desesperación final, al admitir que efectivamente ‘‘fue una broma tonta’’. Baste esa sola expresión para explicar los penosos acontecimientos ocurridos. Mas una mínima defensa del Estado, forma suprema de la organización política y social, obligaría a realizar una serie de consideraciones.
Acontecimientos recientes, como el rescate de rehenes en la Embajada de Japón, la toma por estudiantes universitarios de su Facultad de Derecho y ahora este fusilamiento parecen replantear antiguos dilemas jurídicos, morales y pedagógicos. ¿Libertad o autoridad? ¿Misericordia o rigor? ¿Diálogo o ejercicio legítimo de la fuerza? Bien mirados no son términos excluyentes ni valores contradictorios. Se trata más bien de acentuaciones basadas en un juicio prudencial de oportunidad. Si tal juicio es ponderado, la vida de la sociedad y los derechos de las personas -incluso de las comas- se desarrollarán en fecunda interacción, sin traumas, sin exclusiones, sin excesos indebidos, sin acentuaciones unilaterales.
La compasión no puede sustituir a la responsabilidad y al mérito personal. Degenera, entonces, en estímulo perverso, que induce e invita a hacer lo que le guste a uno, con total desprecio de los derechos ajenos y de la primacía del bien común. La progresiva tendencia a exculpar y ensalzar a los ‘‘jóvenes idealistas’’ y con ello a eternizar los diálogos persuasivos renunciando a ejercer la autoridad e imponer la justa pena, puede llevarnos muy pronto a lamentar males mayores.
El ánimo de esta casa periodística jamás fue causar daño a algo tan indefenso y frágil como una coma, sino velar por los intereses superiores de la nación y por la preservación de los grandes valores morales, así como por la rectitud de la información y el compromiso irrenunciable con la verdad. En esta ocasión ello ha derivado en la pérdida de una vida, desgracia preferible a la remota probabilidad de una trizadura en el sistema institucional y en la credibilidad que inspira la mismísima Constitución que nos rige. Si en su momento denunciamos la acción de la coma no fue porque su execrable actitud hubiese sido particularmente amenazante; antes bien se debió a que debíamos demostrar nuestra consecuencia con los principios de la entrega serena y austera de las informaciones a la opinión pública, algo que siempre hemos privilegiado y que constituye nuestra más noble tradición. Consecuentemente con la línea centenaria que hemos sabido mantener en toda circunstancia, publicamos la noticia del fusilamiento en páginas interiores, sin imágenes de ningún tipo. Una muerte, aun la más vil, debe tratarse con la debida dignidad y respeto hacia el que la padece.
Por ello -y esto lo proclamamos públicamente- no compartimos el tratamiento que da a la información el diario en comento, cuando encabeza en su primera página, con un llamado en letras rojas, ‘‘Y la coma tenía corazón’’, complementando el concepto con la imagen de la fusilada, ahogada casi en su propia sangre. Es legítimo que tras esta muerte los editores de medios reexaminen sus criterios de selección de noticias y también que los lectores que la semana pasada acusaban a los medios por este proceso -y en particular al nuestro- consideren el contenido de los diarios y revistas que compran. Los lectores, todos nosotros, tenemos la obligación de rechazar las publicaciones que violan estas normas éticas fundamentales. Títulos e imágenes como éstos advierten a la opinión pública sobre los límites morales de los mensajes que entrega una noticia.

martes, mayo 22, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (VII)

La fuga

Dentro de la celda contaba las horas que faltaban para el juicio, ya que no le quedaba otra cosa que hacer. Fue a la pared y asomó la cabeza entre los barrotes para mirar hacia la calle. La gente caminaba como todos los días, aparentemente sin rumbo fijo. Un verdulero ofrecía su producto a gritos en una esquina y algunas mujeres se detenían a comprarle, provistas de bolsas de malla. Recordó a la vecina muerta en el baño y sintió una molestia que lo hizo tiritar. Aún conservaba la pesadilla en la mente, de tal manera que su cerebro era un revoltijo de imágenes sacadas del recuerdo y de los sueños. Se le había sorprendido, se le había acusado y se le encontraría culpable, de seguro. Lo condenarían a presidio perpetuo, aprendería las mañas de los delincuentes y se transformaría al poco tiempo en uno de ellos. Lo obligarían a someterse, a convertirse en la señora del capo, en el perkins del capo. Les diría adiós a las mujeres y pasaría a ser una de ellas a costa de su virginidad. El panorama era horrible. Se imaginaba a un grupo de maleantes depravados de vergas gruesas e infectas que lo jugaban a los dados en un soleado rincón del penal. ¿Qué hacer para impedirlo? De aquella noche no había más testigos que los dos detectives, quienes en su parte al tribunal habían escrito que "el sujeto, Pereptil Pérez, 30 años, morador mismo edificio, procedió a dar muerte por inmersión y asfixia a víctima, identificada Emelina Aránguiz, 68 años, pensionada, se ignora móvil". El conserje había apoyado el informe, únicamente por el hecho de haber visto la escena desde lejos. Pereptil, interrogado, convertido en un manojo de nervios, se limitó a decir que "no sabía".
Estiró un poco más el pescuezo y vio, metros más abajo, la cabeza de un ciego con su tarro vacío. Pensó que su cárcel no era peor que la del ciego y algo se alivió de las sensaciones anteriores, que le seguían rondando la mente. Recién vino a darse cuenta de que su cabeza había traspasado con cierta facilidad los barrotes, algo completamente ilógico para la situación. Pereptil, a quien ya hemos descrito físicamente, no cabía entre los fierros, por esmirriado que fuese, pero ahora sí cabía y de hecho la calle estaba tan cerca que era cosa de tirarse y ya, pero restaba el problema de la integridad física del ciego, inocente del todo en esta historia y, con plena certeza, víctima grave si Pereptil se lanzaba al vacío, ya que su humanidad se ubicaba exactamente debajo de la ventana. La solución era dar un salto y caer al lado o adelante del no vidente, pero eso equivalía a una fractura gratis, ya que si saltaba hacia el lado su cuerpo se descoordinaría y caería mal, y si saltaba hacia adelante la fuerza del salto lo arrojaría de bruces al pavimento, de modo que desechó esas dos opciones y optó por otra más razonable:
-Pssst... Pssst.... Pssst... -llamó.
El ciego miró hacia arriba con sus ojos huecos y preguntó qué pasaba.
-Córrase un poquito para el lado -le pidió Pereptil, con la voz más suave que pudo, más suave aún que la que su naturaleza le había dado, que ya era mínima, para que no lo fueran a escuchar desde el penal.
-¿A la izquierda o a la derecha?
-A... la derecha -le dijo Pereptil, pues pensó que si le decía a la izquierda el ciego podía terminar en la calle. Pero el ciego empezó a dudar.
-¿Quién es usted?
-Después le explico... hágame el favor -le rogaba Pereptil. El ciego reflexionaba, cada vez con mayor curiosidad.
-Pero allá arriba está la cárcel.
-No, si yo estoy limpiando los vidrios -le respondió estúpidamente, ya que el ciego no era nuevo en esa esquina, como habría de suponerse. Sin embargo éste agregó:
-Ah, ya -y se movió un poco a la derecha, lo que le hizo pensar rápidamente a Pereptil que este ciego no era tan inteligente, o por lo menos tan analítico como otros ciegos que había conocido, ya que no se detuvo a reflexionar ante la absurda explicación.
Pereptil saltó al mismo tiempo que un gendarme salía de la cárcel a realizar unos trámites. El hombre no alcanzó a fijarse totalmente en la escena, pero como escuchó el ruido de los pies al chocar contra el cemento y luego vio que un hombre (Pereptil) se levantaba hasta ponerse completamente de pie, lo miró.
Cabían en ese instante varias posibilidades: arrancar, dar una explicación o intentar algo inaudito. Le pareció más exitosa la última y al pensar qué cosa podía hacer, se le ocurrió cantar. Y así lo hizo:
-Hoy se casa, la novia que era mía... -empezó con una voz frágil, tiritona por el nervio y por las consecuencias que había dejado el salto en sus huesos.
El gendarme se detuvo a mirarlos, sumamente extrañado. Pereptil detuvo la canción y explicó:
-...Yo canto... él pide.
El uniformado los miró una vez más y siguió su camino, no sin antes levantar los hombros, gesto equivalente a decir ‘‘no tengo nada que darles’’, o ‘‘mi sueldo no me alcanza ni siquiera para dar limosnas’’.
-... la mujer, que siempre yo he querido. Por mi color moreno, sus padres se opusieron...
Apenas el uniformado dobló la esquina Pereptil dejó de cantar y trató de explicarle al ciego la pesadilla que vivía, pero se enredó. El hombre le respondió algo así como que le estaba "espantando la clientela" y le exigió que circulara. Pereptil le pidió unas monedas "por mientras", pero al notar que el ciego se iba enfureciendo resolvió marcharse con las manos vacías y perderse en la ciudad.
Estaba aterrado, alerta como sapo en épocas de hambre. Existía una base científica que le inducía a pensar que su rostro era conocido por toda la ciudad y acaso el país, de allí que cogiera el primer periódico que encontrara botado en una esquina para echárselo en la cara, como si se tratase de un miope que iba leyendo las noticias. No tan lejos ya sonaban las sirenas, con un timbre que le oprimía la base del estómago. Era preciso escapar lejos.
Por la tarde, mientras contemplaba el valle desde el vagón de carga, analizó su situación. Un cálculo renal lo había llevado a la cárcel y una gota de agua lo había vuelto a la celda. Primero perdió su trabajo, luego se transformó en el asesino más buscado del momento. Ahora que estaba libre pensaba en lo que vendría después. ¿Entregarse, proclamar su inocencia? ¿Entregarse después de una fuga? ¿Para qué? ¿Alguien le creería? ¿Alguien le creyó alguna vez al doctor Richard Kimble? No cabía el arrepentimiento; había que descartar esa posibilidad y barajar las otras, que en el fondo eran una sola: fugarse para vivir lo que le restara de vida como un ser sin nombre, sin pasado, anónimo entre la masa anónima. Partir de cero, aprovechar la oportunidad que le daba la vida y renegar de sí mismo, decirle adiós a los miedos, las malas costumbres, el desinterés por los demás, el poder y la seguridad que dan origen a la insolencia.
El problema era cómo, y dónde. El tren de carga al que se había encaramado como polizón lo llevaba al sur. Debía arrojarse al vacío en cualquier parte y buscar qué comer, dónde esconderse, dónde dormir. Eso hizo y no diremos si le resultó bien o no, el hecho es que dos horas más tarde se le vio bebiendo de un río que corría bajo un puente de ferrocarril, comiendo con ansias unos frutos silvestres y renqueando hacia unos matorrales, detrás de los cuales desapareció.

N. de la R. El narrador, contagiado por una suerte de sentimiento lastimero hacia tan infinitesimal personaje, nos oculta lo que le ocurrió en los siguientes tres años de su vida, que fueron años perdidos. Ha trascendido que pretende retomar el relato, sin ofrecer explicación alguna, justo en el día previo al cumpleaños número 33 de Pereptil. Quien habla, sin embargo, más proclive a satisfacer a los lectores antes que a los caprichos de un escritor o los padecimientos de un personaje que ni siquiera existe, averiguó en detalle lo que le aconteció en ese lustro y os lo ofrecerá a continuación, a riesgo de ser vilipendiado por el presumido artista en cuestión.
Pereptil, efectivamente, se escondió aquella vez en unos matorrales, no solamente una tarde ni una noche, sino varios meses. Era una guarida de conejos sabiamente diseñada por la naturaleza y no exenta de espinas. Tuvo la buena fortuna de no ser descubierto por los campesinos que pasaban diariamente por el sector a cumplir con sus faenas. No pocas veces el lugar fue acechado por perros, en cuyas ocasiones los espantó a piedrazos o imitando el rugido de una bestia. Se alimentó de raíces, por la noche aprendió a robar en las casas del villorrio y una vez hasta hubo de personificar a un aparecido, cuando un hombre salió de su casa con un fierro en la mano, tras escuchar pisadas cerca del gallinero. Los siguientes dos años y medio los vivió en una caverna algo más cómoda, situada en una elevación casi inexpugnable de la montaña, a unos 15 kilómetros hacia el oriente del villorrio, en plena cordillera. Allí aprendió a cazar conejos y zorros, a hacer fuego y a robar ovejas. Angustiado al darse cuenta de que perdía por completo su identidad y de que se estaba transformando en un animal sin principios ni moral decidió bajar al valle y entregarse finalmente a la justicia. Fue directo al primer pueblo con retén de Carabineros que encontró y allí se declaró culpable; esto es, culpable de haberse fugado, no de haber dado muerte a una anciana, ya que de este crimen insistió en gritar su inocencia. El sargento, quien lo tomó por insano, le dio un plato de sopa caliente y lo mandó al calabozo, donde lo tapó con una manta de castilla para que durmiera. Como Pereptil le había dado sus datos, mientras dormía el sargento averiguó la historia y al día siguiente lo despertó con una noticia.
-Levántese -le dijo-. Usted fue declarado inocente hace casi tres años del crimen de una anciana. La autopsia reveló una data de muerte muy anterior al momento en que usted se metió al baño a sapear. La viejita murió de muerte natural. ¿Que no lo sabía?
Pereptil lo miraba sin entender mientras el sargento añadía:
-Pero no cante victoria, señor, porque de Santiago lo vienen a buscar. Hay un juicio pendiente en su contra, caratulado con el rol 1463-05 del primer juzgado del crimen.
Pereptil, que recién iba entendiendo, pensó que debería responder por la fuga, sin saber que en Chile ésta no constituye delito. El carabinero lo sacó de su error: un hombre llamado Manuel Santelices, ciego de nacimiento, quien ejerce el oficio de limosnero autorizado por el municipio, lo acusaba de haberle robado el dinero del tarro, el día que se escapó de la cárcel.

sábado, mayo 19, 2007

Carta de Mishima sobre la compasión por el mundo

Le escribía Mishima a su mentor Kagawata que había días muy raros en su vida en que, sintiéndose demasiado bien, experimentaba al mismo tiempo una gran compasión por el mundo, lo que no tiene nada de extraordinario, pues cuando uno se siente demasiado bien, en esas ocasiones -que durarán cuando mucho unos 20 minutos- descubre con facilidad los vacíos del mundo y de la gente, mas no de sí mismo, puesto que si así fuese -y cuando finalmente aquello llega a ocurrir- el estado paradisiaco se esfuma.
Cierto día un niño se subió al bus con su papá. El papá lo había invitado a ver un partido de la selección chilena de fútbol al Estadio nacional. Este hecho ocurrió en 1961 y el niño tenía en ese momento ocho años cumplidos. Su padre tendría 30 o 31. El niño estaba feliz, no se sabe exactamente por qué, si porque iba a ver a la selección o porque compartiría el domingo con su papá. No es que en esa época haya sido inusual para él compartir con su padre los domingos, pero sí era raro que lo hicieran solamente los dos. Acaso entonces haya sido ésa la causa de su felicidad, pero no hay que desmerecer el juego de fútbol, pues se trataba de un encuentro entre Chile y Alemania, nada menos. Por Chile jugaba Leonel Sánchez y por Alemania el tanque Uwe Seeler.
Cuando el bus partió desde la esquina de las calles Bueras y Millán, en la ciudad de Rancagua, distante 86 kilómetros de la capital, el niño miró por la ventana. Vio a su madre y a su hermano menor, que los despedían, ambos de la mano, ella con una amplia sonrisa en los labios y él, con la mirada fija en la ventanilla y algo de intranquilidad general en su cuerpo, como si aún esperara que alguien diera una orden y lo subieran a última hora a la micro. Nadie supo ni sabrá lo que pasaba realmente por la cabeza de la mamá y el pequeño tomado de su mano, pero el niño que miraba desde el asiento, por el sólo hecho de contemplar dicha escena, sintió una gran compasión por el mundo. A sus ojos, afuera no había ningún ser humano enteramente feliz. A todos quienes él veía, incluso a los que se imaginaba en sus casas o en cualquier otro sitio, les daba apenas para sobrevivir. Eran tantas sus carencias que si alguien osaba sonreír lo hacía para disimular una gran pena, imaginaba. Su misma madre, por dar el ejemplo más cercano, había quedado sola, sola con su hijo menor, es verdad, pero a fin de cuentas desarraigada de aquello que la sostenía en el mundo, que era la familia que había formado al contraer matrimonio y separarase desde ese mismo día de sus propios padres. Su vida, ese domingo, sería cuando más una réplica destinada a llenar las horas de vacío que se le venían por delante. Resultaba clarísimo también que su hermanito quedaba en la más profunda orfandad luego de haber sido discriminado, eliminado de una lista de pasajeros por su extrema niñez. Intentaría jugar consigo mismo, haría algunas preguntas, acudiría al llamado maternal a la hora de comer (a regañadientes) y esperaría sentado en el sofá a los viajeros, hasta quedarse dormido con la boca abierta y la corbata puesta. Y qué decir de los otros, del hombre que caminaba con una bolsa de género blanco hacia la panadería, del conscripto que encendía un cigarrillo mientras leía los titulares de los diarios en el quiosco, de los niños que corrían tras una pelota con esa inconsciencia propia de los animales, de las dos vecinas que también miraban partir el bus con sendas escobas en sus manos. Fuera de la máquina estaba la vida. Y la vida, ese domingo, por decir algo optimista, era un día de sol, triste y vacío por excelencia.
Adentro las cosas no andaban mucho mejor, salvo en un detalle: él, al igual que su padre, era dueño del futuro. El niño y su padre sentían en ese momento que había algo por qué vivir.
Treinta años después el niño de ayer, hombre ya, sintió algo no parecido, sino exactamente igual, tras desahogarse en la cama con su mujer. Se habían entregado por entero. No se había tratado solamente de una sesión de malabarismo sexual, sino de una hora y media de completo amor. Se sintió tan dichoso, tan demasiado bien que experimentó una gran compasión por el mundo, por sus padres, por su hermano, por sus hijos, por todos aquellos que se le antojaba que vivían incompletos, que algo les faltaba, que no podían dar con la clave por más que la buscaran, por todos aquellos que no poseían el secreto de la felicidad, que en ese momento obviamente era aquél que el hombre estaba viviendo.
Veinte años más tarde, entrado en canas y algo barrigudo, se topó con las palabras de Mishima y se sintió contento de que alguien sintiera lo mismo que él había sentido, pero también se alegró sinceramente por la felicidad momentánea que en esa carta confesaba un hombre que no fue feliz. Sin embargo, le pareció al mismo tiempo que pecaba de ingenuo como él pecó tantas veces de ingenuo con su felicidad compasiva.
"Ya que ahora mismo no doy con ese estado, quisiera que un alma de niño esté pensando en tipos como yo y me compadezca al menos quince minutos, aunque ese corazón peque de ingenuo", deseó.

viernes, mayo 18, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (VI)

El diario

Pereptil tomó el diario de la mañana y lo llevó ante sus ojos. Los titulares eran sumamente raros y al principio no los comprendió. No aparecía nada acerca del mundo, nada de su país; nada de su ciudad; ni siquiera nada de su comuna. Al hojearlo reparó, sin embargo, en que esas noticias no estaban ausentes. Sólo habían sido relegadas a las páginas interiores, donde se les daba el tratamiento acostumbrado. ¿De qué hablaban, entonces, los extraños titulares? Una segunda lectura lo fue sacando de las tinieblas -el sueño, la pesadilla- en que se hallaba en ese momento. El personaje de la fotografía, en primer lugar, se parecía demasiado a su conserje. La lectura bajo la foto le confirmó lo que ya sospechaba.
‘‘Llanto del Conserje.- Mario Ravanales sufre diariamente por la partida de su hijo. Todas las noches, al retirarse a su habitación, donde lo espera su esposa con la comida caliente, renace su pena. Su esposa lo insta a comer. El trata de llevarse la cuchara a la boca, pero una fuerza misteriosa la devuelve al plato, intacta (Página 5)’’. En la página 5, efectivamente, la noticia se desarrollaba en profundidad, aunque lo realmente importante estaba en la lectura de portada. Pereptil reparó en que la imagen que guardaba de Ravanales no era la que le descubría el periódico. Siempre lo vio -o lo imaginó- como un tipo hosco, desconfiado. Por eso mismo, apenas lo saludaba cuando entraba al edificio. La última vez que el hombre le había dirigido la palabra fue cuando Pereptil se atrasó en el pago de los gastos comunes. El conserje le dijo, mientras Pereptil esperaba el ascensor:
-Está atrasado.
Pereptil respondió avergonzado, en voz baja:
-Ya lo sé.
Y agregó, para disculparse:
-Mañana.
Recordó además que en esa ocasión su vergüenza se originó en la presencia de la mujer del piso de arriba, quien también esperaba en el hall, con sus eternas bolsas. ‘‘¿Será ése un agravante en mi caso?’’, pensó ahora, ante el periódico. ‘‘No lo sé, tal vez citen a Ravanales y testifique en contra mía’’, se dijo. Pero ahora que el diario le entregaba el verdadero yo de Ravanales, la figura de un hombre emotivo, que guardaba una profunda pena y un remordimiento desconocidos para los inquilinos, abrigó esperanzas de un juicio justo.
¡Qué esperanzas! ¡Vanas esperanzas! Ravanales era, al final de cuentas, un viejo ácido que había echado de la casa a su hijo y ahora se arrepentía como los cobardes y ni siquiera era capaz de pedirle perdón; eso era lo que insinuaba el diario. Pereptil se preguntó entonces qué era más importante, si la pena por la ida del hijo o la bajeza de no reconocer el error cometido y reparar el mal causado. Y decidió que la esencia seguía estando en la portada. La pena era un sufrimiento verdadero emanado del amor que sentía por su hijo. La cobardía, el maligno orgullo, representaban sólo la esclavitud ante un carácter, ante una forma de ser de la que Ravanales tenía, quizás, la mitad, sino menos, de la culpa.
La siguiente noticia de portada, en titulares secundarios, hablaba de la misteriosa mujer de las bolsas. El titular rezaba: ‘‘Lo donó todo a las monjas’’. La mujer, Marta Cilleruelo, había sido una viuda solitaria que nunca tuvo hijos. Vivía de dos pensiones que le permitían ahorrar por lo menos el 75 por ciento de sus ingresos mensuales, cosa que al parecer la dejaba muy contenta, porque nunca se supo que se quejara de ello. Pereptil pensó, mientras leía, cuánta información desconocía de sus vecinos, a quienes veía si no día a día, frecuentemente. No obstante, tomó conciencia de que al leer no experimentaba ningún sentimiento de pesar. Lo que lo impulsaba a continuar deslizándose por las líneas impresas era una especie de morbosa curiosidad, que crecía cuando reflexionaba pretenciosamente: ‘‘¡Y pensar que yo la conocía!’’, como si a él lo tornara más famoso haber conocido a un cadáver. Sin embargo no dejó de llamarle la atención la cuantía de su herencia, más de 35 millones de pesos, una pequeña fortuna en comparación con lo que él hubiese supuesto que la mujer podía guardar, lo que por supuesto le confirmaba una vez más su ignorancia respecto no sólo de sus vecinos, sino del mundo en que vivía.
Toda una nueva realidad se le iba abriendo como se abren a los ojos de la gente todas las mañanas las noticias contenidas en los titulares de los diarios.
Había una nota de portada aun menor, relegada casi a los márgenes del papel. Decía relación con una vecina del piso 8 que necesitaba una enorme cantidad de dinero, casi tantos como los millones dejados por la mujer de las bolsas, para efectuarle un trasplante de médula a su hijo, que se moría de leucemia. Pereptil recordaba haberlos visto más de una vez a ella y al niño por los pasillos del edificio, siempre en actitud de mutuo cariño, lo que apenas le había provocado un esbozo de sonrisa más obligatoria que sincera, ya que -se fijaba ahora- sus labios volvían a la expresión habitual de desconsuelo apenas los dejaba atrás. Ese titular, quizás más que los anteriores, le estaba gritando cuán equivocadamente había vivido hasta ese minuto; le preguntaba incluso cómo había logrado sortear tantas vallas sin mayores accidentes que los ya conocidos, sin enseñarle caminos verdaderos a menos que su conciencia los fuese creando a medida que avanzaba en el análisis de los títulos.
Una fotito a la izquierda, de una hermosa joven, le causó sorpresa: ‘‘Es puta. Vive en el piso 12. Cobra 40 mil la hora’’, decía la lectura. Efectivamente se había topado varias veces con ella en el ascensor y le habían llamado la atención su manera de vestir y de pintarse. Jamás la mujer le había insinuado nada, pudiendo haberlo hecho, ya que en varias ocasiones habían subido solos varios pisos. ¿Es que no era capaz de atraer ni siquiera a una puta, que a todo va por dinero? se preguntaba ahora.
Entonces dobló el diario y se entregó a arduas y complejas reflexiones. Le oprimía el pecho descubrir tanta miseria, tanto dolor y tantas verdades que lo superaban en un espacio tan escaso como el del edificio en que vivía. No era que creyese que el único dolor y el único gran problema del mundo fueran los suyos ni que hubiese otros dolores y otros problemas mayores. Eso lo sabía, era fácil suponerlo viviendo en el mundo como él lo hacía. Lo que le había hecho abrir los ojos era haber comprendido y por ende haber sentido esos problemas y esos dolores, los que a un leve soplo de conciencia se le habían revelado como lo verdaderamente grandes que eran. Era pues, real y verdadera la vida de otros seres, y ese descubrimiento tan simple no le causaba un desahogo sino que le oprimía más todavía el corazón, tanto así que le costaba respirar.
Se paseaba con la imagen del conserje, de la mujer de las bolsas, de la vecina y su hijito enfermo, de la prostituta, y cada una de esas imágenes era como una bola de hierro encima suyo, que crecía conjuntamente con los ojos de esas personas ahora tan conocidas.
Entonces reparó en que al recordar esas imágenes perfectamente ubicadas en la portada, el diario le negaba el espacio del titular principal, algo parecido a lo que le sucedía todas las mañanas frente al quiosco, cuando se retiraba saboreándoles el gusto a las noticias pero no lograba recordar la más importante porque por alguna extraña razón no se había fijado en ella. Paseaba en círculos con esas miradas ya burlonas que parecían mirarlo sólo a él y con esa metafórica bola de hierro que a estas alturas era más que una pieza de chancado, más que una munición de catapulta, cuando casi aturdido por el vértigo y la falta de aire desplegó de nuevo la portada y la llevó a sus ojos para repasar el titular principal, efectivamente pasado por alto, ignorado, no leído hasta el momento. El titular, a dos líneas, en cuerpo máximo y letras rojas, decía:

‘‘¡Condenado a
muerte Pereptil!’’

Abrió los ojos y despertó.
Estaba en la celda, bañado en sudor, acostado en la litera, con las manos en el pecho.

martes, mayo 15, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (V)

La gota de agua

Cuando salió de la cárcel, Pereptil se fue derecho a la oficina para explicar su involuntaria ausencia y ponerse al día de inmediato en sus labores, pero le dieron con la puerta en las narices. ‘‘Ándate, ya no te queremos y quizás nunca te quisimos’’, le dijeron.
Desde la calle contempló la sala a la que había dado ocho años de su vida: un espacio rectangular, luminoso, habitado por personas jóvenes y bien vestidas en permanente movimiento. En su ausencia se habían renovado los escritorios; a Pereptil le pareció que los de antes eran más bonitos. Su puesto lo ocupaba ahora un empleado de lentes, humita, terno gris y ademanes nerviosos. Recordó haberlo visto en un par de ocasiones, tal vez en la sección Cobranzas Menores.
Sin un peso en los bolsillos -sólo con un escuálido cheque y el papel del finiquito- Pereptil vagó entonces por la ciudad, hasta que anocheció. Buscaba explicaciones para la situación que estaba viviendo, que no podía ser más negra, pero no las encontró en ningún recodo del cerebro, ni menos de la ciudad. Por lo demás, Pereptil era incapaz de concentrarse en los males de la urbe y de la gente que pasaba por su lado, porque su vista sólo se fijaba en el rojo y verde de los semáforos y en alguna que otra imperfección de la calzada. De no ser porque en la celda había expulsado el cálculo, de seguro Pereptil estaría buscando en ese momento la línea del Metro, para arrojar allí su esqueleto forrado de tristeza.
‘‘¡No es posible que una miserable bolita de calcio haya causado una tragedia de tales proporciones en mi vida! -pensaba- Debe de existir otra razón’’.
Cuando volvió a su departamento de un ambiente y encendió la luz se sintió todavía más triste. Fue a la cocina, puso un pan a tostar y llenó de agua la tetera. Encendió la TV y se quedó mirando la pantalla, mientras el té humeaba en una mesa de cubierta triangular. Entrecerró por un momento sus ojos y cuando los volvió a abrir la pantalla despedía puntos y chirridos. Eran cerca de las tres de la mañana.
Pereptil se colocó el pijama, se lavó los dientes y se metió entre las heladas sábanas, que no consiguieron otra cosa que quitarle el sueño.
Cuando entró en calor y sus ojos volvieron a entornarse, un ligero eco proveniente del baño lo incomodó igual como sucede con un principio de dolor de muelas. Era una especie de seseo regular, algo parecido a una gota de agua que cae al piso y no lo golpea, sino que lo roza, lo besa con majadería cada un minuto.
Ss... ss... ss...
Pereptil intentó olvidar el susurro, pero pronto se dio cuenta de que sería imposible.
Ss... Dormir, dormir, eso es lo que quiero... Ss... Soñar, olvidarme de la vida... Ss... Morir, descansar en paz... Ss... ss... ss...
Al fin se levantó y fue el baño. Encendió la luz y estudió la situación. Como no encontró nada, se quedó allí hasta escuchar de dónde venía el seseo. Cuando descubrió el origen sonrió y se alarmó. Era maravilloso: una esponja, que había quedado tirada en el suelo, chupaba medio a medio una gota solitaria que caía desde el cielo del cuarto. La esponja ya se estaba llenando de agua; su superficie comenzaba a brillar y se había oscurecido. De un momento a otro el líquido empezaría a esparcirse por el piso de fléxit. Pereptil tomó la esponja, la estrujó en el lavamanos, la puso dentro de una bacinica y volvió a acostarse. Ahora, desde su cama, la gota se asemejaba más a un suave murmullo que a un suplicio chino. Pero no pasaron diez minutos antes de que volviera a escuchar un nuevo ruido, esta vez seco, preciso, brutal.
Volvió a levantarse y comprobó con horror que una nueva gota, que partía desde la anterior y que navegaba casi un metro por el yeso del cielo, estaba cayendo casi en el centro del cuarto de baño.
Pereptil no disponía de más recipientes; el piso no tenía desagüe. Si las cosas seguían así, pronto su departamento se vería inundado y el agua correría hasta salir y bajar por las escaleras. El edificio entero podría sucumbir bajo las aguas y de seguro, todos le echarían la culpa a él, pensó, una vez más, en forma errada.
Eran casi las cuatro de la mañana, pero llegaba la hora de actuar. Sin quitarse el pijama se vistió y subió las escaleras, hasta llegar al piso siguiente. Tenía sospechas -no la seguridad- sobre la identidad de su vecino. Un par de veces había visto entrar a una mujer de mal humor con bolsas de verduras. En esas ocasiones le parecía que la llave se abría justo en el apartamento de arriba.
Como era su vida, mejor dicho, su salud mental la que estaba en juego, Pereptil tocó el timbre resueltamente y esperó lo peor. Miró al suelo y vio sus pantuflas rotas manchadas de aceite. Le dio vergüenza. El pasillo era un estrecho corredor con luz de trinchera de la Primera Guerra; por sus flancos se repartían escupideras de bronce. Eran demasiadas puertas y de pronto saldría desde cualquiera de ellas un vecino y le vería las pantuflas rotas y eso lo llenaba de calor, de molestia. ¿Por qué a él y no a otro le pasaban estas cosas? Todos dormían, incluso la vecina causante del problema. ¿Pero él? No, él no dormía; él tenía la misión de salvar al edificio, aunque en ello se le fuera la poca dignidad que le quedaba.
Imaginaba el charco que habría en este momento en su baño y cómo el agua estaría cubriendo el suelo, con su manto de silencio. ¿No sería mejor despertar al conserje para hacerle ver el problema? No era mala idea, pensó. La vecina no le abría; la situación se tornaba caótica. Caminó hasta la escala y quiso bajar, pero se arrepintió y volvió a tocar el timbre una vez más, la última. El ruido de sus pantuflas al chocar contra el suelo despertó a dos hombres, que abrieron casi en forma simultánea sus puertas y lo miraron como se mira a un piojento. Pereptil les hizo un gesto con las manos y, sin saber a cuál de los dos dirigirse, al de la izquierda o al de la derecha, dijo una frase que terminó en ‘‘... el agua’’ o algo así. Enseguida tocó la manilla de la puerta. Los vecinos volvieron a sus habitáculos, como arañas fastidiadas, cuando Pereptil notó que la puerta se abría.
Detengamos por un momento la historia en este paso y preguntémonos: ¿Cómo habríamos enfrentado nosotros la novedad de una puerta que no es la nuestra abriéndose ante un leve toque, cual cueva de Alí Babá? Probablemente la cerraríamos y acudiríamos a dar aviso al conserje acerca de la anormal situación, ¿no es cierto? Otro, más audaz, alargaría el cuello, metería la cabeza y luego la recogería como lengua de sapo. Pues bien, Pereptil se fascinó ante la posibilidad de solucionar él, rápidamente, el problema, al mismo tiempo que ante la oportunidad que le ofrecía el destino de hurguetear en un espacio privado.
¡Pereptil!, ¡Pereptil!, ¡nunca entenderás!
El departamento estaba vacío. Desde el baño salía un ruido de un calefón encendido y de un chorro de agua cayendo a la tina. La puerta entreabierta despedía un poco de luz, la que le bastó para guiar sus pasos indecisos. Por el piso corría mucha agua; al tercer o cuarto paso ya se le había metido a los dedos, por los hoyos de las pantuflas.
Cuando se asomó para mirar al interior y descubrir la causa de la falla vio a una mujer ahogada en la tina.
Pereptil se estremeció ante el cadáver de la mujer, que flotaba en el agua. Su boca estaba abierta; su pelo canoso navegaba por encima de su rostro y lo cubría parcialmente; pero a veces dejaba al descubierto sus ojos de pánico que miraban hacia el cielo. Sus senos marchitos remataban en pezones de aureolas moradas y la visión de su pubis albo, antecedido por un vientre surcado de arrugas, le hizo sentir mareos. ¡Qué pálida es la carne de los muertos!, pensó Pereptil, clavado en el dintel, ¡qué feo es el cuerpo de los viejos!
Incapaz de continuar resistiendo esa visión, en un acto irracional, se acercó al cadáver y tomó a la mujer del cuello fuertemente con sus manos para sacarla de la tina, justo cuando una voz le gritó desde atrás:
-¡No se mueva!
Antes de que pudiera volverse, dos manos lo esposaron y lo llevaron frente al conserje, a la entrada del departamento. Pereptil advirtió que se trataba de los miembros de la guardia del edificio y quiso explicarles el enredo, pero ya era demasiado tarde.
No habían pasado 12 horas de su salida de la cárcel y tendría que vérselas de nuevo con la justicia.

domingo, mayo 13, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (IV)

La señora y Pereptil
Pereptil caminaba con cierta prisa a su oficina cuando le sobrevinieron en un par de minutos unas intensas ganas de orinar. Apuró el paso, pero se dio cuenta de que esa maniobra aumentaba la presión sobre la vejiga, y entonces lo disminuyó. Pereptil pensó que nada sacaría con detener un taxi para llegar pronto al baño de la oficina, porque el taco en el centro era espantoso. Tampoco podría tomar un bus, así que no le quedaba otra solución que retomar el paso normal y llegar al ansiado urinario en cosa de diez o doce minutos.
Pero era una idea nada de esperanzadora, pues las ganas crecían y ya se tornaba imposible esperar. A lo más, Pereptil podría aguantar unos tres a cuatro minutos.
Estudió nerviosamente la avenida y concluyó que de día claro y a los pies de un árbol no era posible satisfacer su necesidad. Pereptil vestía medianamente bien; no podía darse ese lujo propio de niños y borrachos. En la calle no había restaurantes, bares ni nada que ofreciera un baño a cambio de una cerveza, así que Pereptil se vio de pronto tocando a una puerta desconocida, con modo suave e interna angustia.
A su llamado acudió una señora de edad madura que le preguntó qué deseaba. El sacó una credencial, se la mostró y le dijo: ‘‘Me llamo Pereptil Pérez y soy empleado del Banco de Boston. Me he visto en la necesidad de tocar a su puerta porque tengo unos deseos inaguantables de hacer pipí’’. Cuando dijo esta última palabra enrojeció su rostro y se vio obligado a bajar la vista.
La señora observó a Pereptil con un dejo de incredulidad, pensó un momento acerca del insólito motivo que daba la visita y luego le abrió paso, indicándole la puerta del baño. Pereptil pidió perdón y se metió a la casa. Caminó con prisa para justificar su petición y entró a duras penas al recinto. Debido a la rapidez empleada en los últimos metros del trayecto saltaron unas gotitas antes de apuntar a la taza.
La señora, ligeramente preocupada, presintió que todo volvía a la normalidad una vez que corrió el agua del escusado y luego se abrió la llave del lavamanos, pero adentro las cosas eran harto diferentes. Pereptil, seguramente avergonzado, no salía del baño. La señora, que pacientemente había dejado pasar unos minutos, le preguntó si todo andaba bien. Pereptil le contestó que sí, pero se largó a llorar y aseguró el picaporte.
‘‘¿Por qué llora? ¿Qué le pasa?’’, le preguntó la señora, del otro lado de la puerta.
‘‘Es que... me duele’’, dijo Pereptil.
La verdad era que luego de orinar, Pereptil había quedado con una molestia, una punzada en el conducto que lleva la orina a la vejiga, desde el riñón. Presumió, debido a una experiencia anterior, que se trataba de un cálculo, y eso le produjo pánico y esa fue la razón escondida por la que se largó a llorar.
Pasaron varios minutos antes de que la señora se decidiera a marcar un número en el teléfono. Al parecer, hablaba con su marido o con su padre; pero cualquiera que fuese, su interlocutor no se ponía nada de contento con lo que la señora le iba contando, porque ésta comenzó a tartamudear y a decir en tono quejumbroso, cada vez que le correspondía hablar, la misma breve frase: ‘‘pero yo pensé...’’. Al colgar el teléfono se paseó nerviosa por el pasillo y finalmente acudió al baño, resueltamente.
Pereptil, que tenía plena conciencia del escándalo que se comenzaba a crear en torno a su conducta, no se animaba a abandonar el baño, no obstante, porque sus ganas de orinar persistían. Intentó hacerlo de nuevo y, ante la taza, comprobó con horror que no podía y, más aún, que su pene expulsaba un hilillo de sangre. Sudó de miedo y pensó, por primera vez en su vida, que la muerte estaba cerca. Los fuertes golpes que dio entonces la señora a la puerta no le parecieron lógicos y casi se le antojaron una falta de respeto a su persona, debido a la gravedad que experimentaba su estado de salud.
-Ya salgo, ya salgo -respondió, con voz de enfermo.
Pereptil abrió la puerta, justo después de haber sonado el teléfono, de tal forma que no se encontró con el rostro de la señora, puesto que ella corrió a contestar, seguramente para evitar un enfrentamiento con el desconocido. Ahora parecía recibir instrucciones del auricular, que combinaba con informaciones frescas, la última de las cuales fue, casi dicha en susurro: ‘‘ya salió’’. En otras circunstancias Pereptil, que era un aprendiz de caballero, se habría deshecho en disculpas, pero ahora no tenía ánimo de nada: a medida que el dolor se hacía insoportable, la angustia, ese miedo indefinible ante lo que nos puede deparar el porvenir, se apoderaba de su mente.
Los dos, por fin, estaban de nuevo frente a frente. La señora caminó hacia la puerta y la abrió. Pereptil la siguió para marcharse, pero metros antes se detuvo, arrepentido, al vislumbrar el brillo de la calle.
-¿Qué le pasa? -insistió la señora.
Pereptil se palpó un costado y murmuró:
-Es que... tengo miedo.
La señora le preguntó nuevamente si se sentía mal y Pereptil le confesó que sí. Apenas pudo explicarle el asunto del riñón y de la muerte, porque su dolor era tan intenso que no lo dejaba hablar. No se supo si para demostrarle cuánto le dolía o para tratar de aliviar su sufrimiento con acciones, Pereptil flectó su cuerpo hacia un lado y hacia el otro, se agachó y luego se paró, se llevó las dos manos hacia el riñón enfermo y se quejó un poquito.
-¡Ah...! -dijo.
La señora abrió los ojos y lo miró de lado. Pereptil se atrevió a preguntar, finalmente:
-¿Tiene... un calmante... por favor?
La señora lo miraba, nerviosa y compasiva. Fue al botiquín y volvió con una aspirina. Pereptil lanzó una risita y un llanto.
-No... eso no... algo más.. fuerte.
Pereptil presentía en el fondo que si salía a la calle sería hombre muerto. Ignoraba los asuntos de seguridad social; eso de pedir bonos, acudir a clínicas por convenio y cosas así. Iría a su oficina por costumbre, por la desesperación de soñar con que las cosas fueran las de todos los días, pero no podría trabajar. El cálculo, internamente, cumpliría su misión. Convertiría su sangre en un líquido putrefacto que lo iría carcomiendo por dentro hasta depositarlo en un par de días en un cajón forrado de felpa ordinaria, rodeado de velas eléctricas. Estaba solo en la vida. Siempre había considerado ese hecho como una bendición, pero ahora lo lamentaba y de pronto, ráfagas de pensamiento entre las insoportables punzadas le dibujaban la imagen de un hogar, una familia, una madre, un doctor amigo.
Por eso no se quería mover de la casa. La señora era en ese momento lo único palpable, cercano, familiar, en su existencia.
-Lo siento, no tengo otra cosa -le confesó ella.
Pereptil recordó que el agua caliente menguaba los dolores. Se lo explicó a la señora y le pidió permiso para darse un baño de tina, solicitud obviamente descabellada y que provocó una reacción de estupor en la mujer. Ésta se encontraba en un dilema. Comprendía el sufrimiento de Pereptil y no tenía fuerzas para echarlo a la calle como a un perro, porque Pereptil no era un perro. Pero tampoco podía acogerlo como a un hijo, porque Pereptil no era su hijo. ¿Darse un baño de tina? En verdad podría disminuir su dolor, pero ¿un baño en su casa? Era como mucho, no una patudez, sí algo lejanamente similar.
Pereptil interpretó el silencio de la señora como una concesión y entró de nuevo al baño. Abrió las llaves y juntó agua caliente en la tina, mientras el dolor le provocaba vómitos. Cuando la tina estuvo a medio llenar se desnudó y se metió, tiritando. El dolor algo se calmó, pero no del todo. La señora, en tanto, golpeaba la puerta y le suplicaba que saliera. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué se había atrevido a expresar un deseo, ella, normalmente tan indecisa, tan obsecuente con las conductas ajenas? Si lo había hecho era por algo superior, y ese algo no podía ser otra cosa que la visión, tras los visillos, de una figura enfurecida que se bajaba de un taxi, y de una segunda visión, peor dentro de lo peor, de un radiopatrullas que se detenía frente a su casa.
Y así hemos llegado al final de este capítulo. Pereptil es golpeado por un hombre furioso y luego la Policía lo saca del baño semidesnudo y esposado. Es levantado en vilo como un monito de carnes flácidas y blancas, bajo las cuales se transparentan las venas. Ni siquiera puede protestar, pues el dolor se lo impide. Su horizonte es un calabozo sin posibilidad de teléfono ni calmantes, un calabozo que lo recibe con la incertidumbre y la tormenta de su terrible ataque. Para él y la señora, Pereptil es un hombre que sufre, un hombre solo, un perdedor incomprendido. Para los demás, ¡todo un delincuente! ¡Todo un criminal!

viernes, mayo 11, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (II)

Nacimiento de Pereptil

Cuando se lo mostraron vio su carita amoratada y dos rayas que tapaban unos ojos hinchados. Todo lo demás era pelo. No le dieron muchas ganas de tomarlo en brazos pero era su deber de padre hacerlo, de manera que lo hizo. La sala de espera estaba oscura. La baldosa amarilla, áspera por el polvo acumulado. La enfermera lo miraba.
Era sorprendentemente pequeño. Flaco. Como un gusanito envuelto en una toalla. No parecía un bebé. Desnudo, el efecto se tornaría insólito.
Su padre no pudo dejar de pensar, mientras lo volvía a los brazos de la enfermera, que hubiese preferido otra cosa. Algo más... humano.
Con esa sensación abandonó el hospital y caminó las 35 cuadras que lo separaban de su hogar.
En el trayecto decidió, sin embargo, que le daría todo lo que fuese capaz de darle y transmitirle.
Al día siguiente, mientras el bebé dormía en la cuna, padre y madre se tomaron de las manos y lo miraron en silencio.
Ella dijo:
-¿Y cómo le pondremos?
Él pensó un poco y respondió:
-Pues... le pondremos Pereptil.

miércoles, mayo 09, 2007

La felicidad

Le pregunté entonces a la señora Estela por qué siempre se la veía tan feliz y me contó que ella no se hacía problemas por nada, algo de problemas se hacía, pero no tantos. Cuando descubría que las cosas no tenían solución prefería dejarlas donde estaban y cuando tenían solución simplemente las solucionaba. Me dijo que a veces la solución de los problemas no estaba en sus manos sino en las de otros. En tales casos ella trataba de influir en los demás para que las cosas se solucionaran, pero si eso no resultaba no sentía ninguna amargura, ya que le cabía la sensación de haber hecho lo humanamente posible. Le pregunté entonces si no consideraba que esa filosofía de vida demostraba que ella era una persona indolente, considerando sobre todo que su hijo había sido ajusticiado por una banda juvenil por un asunto de drogas. Tras pedirme que le explicara qué quería decir "indolente" me contestó que no, por dos grandes razones. Uno porque ella nunca había sido dueña de su hijo y dos porque dijo haber hecho lo imposible para que éste primero no cayera y luego, se saliera del mundo de la droga. No contento con su explicación, pero notando que objetivamente la señora Estela se mostraba asaz serena y dueña de una objetiva alegría interior, le pregunté si el hecho de haber dado muerte al menor que apuñaló a su hijo no le producía una sensación de rabia basada en la venganza o de culpa basada en la transgresión de la ley. Me dijo que ninguna de las dos, porque el haber dado muerte al homicida de su hijo lo consideraba la reacción normal de una madre abatida y el que estuviera presa era la demostración de una falla de la justicia, aunque prefería creer que su detención sería momentánea. Antes de retirarme le pregunté si no le afligía ser acusada de incendiar la casa de los hermanos Meléndez, también victimarios de su hijo, y si no temía represalias. La señora Estela se extrañó de ambas preguntas. "El que nada hace nada teme", me dijo y agregó: ¿Cuál era la otra pregunta? Se la repetí: le pregunté si no se consideraba una mujer pirómana. "No, me dijo, porque les incendié la casa para limpiar el pecado de sus vidas, no mis propios pecados, que los tengo, y hartos, pero no ése de la piromanía, que hasta donde sé tampoco es un pecado sino un vicio". Le pregunté si se sentía en paz con su conciencia y si no prefería que intentáramos mejor con la estrategia de la insania. Me preguntó qué significaba "insania" y yo le dije "patología síquica", no me atreví a decir locura. Algo entendió pero no totalmente, porque en su explicación esbozó argumentos relativos a la vida de las aves. Me dijo textualmente: "Mire, mijito, perdóneme que lo trate así, pero usted es muy joven y hay cosas que no entiende. Hay aves de la misma especie que no siempre vuelan lo alto que desearían. Vea allí a los patos: unos atraviesan continentes y otros apenas son capaces de atravesar el gallinero, ¿me entiende?". Yo le seguí el juego y ella continuó: "Entonces, si una persona se atreve a volar más alto que los demás, ¿qué hará el pato del gallinero? Le echará la culpa al empedrado y tratará de hacerla pasar por loca, digo a esa persona que sobresalió del grupo, ¿me entiende?". Cada vez me era más difícil seguirle la corriente; además, se estaba haciendo tarde y en el City Bar me esperaban Faúndez y Diéguez con los martinis servidos. "Se lo voy a resumir en una sola frase, mijito: No se preocupe tanto por mí, que soy feliz, sino por aquellos que realmente sufren desgracias. Haga lo justo y lo necesario, que Dios se encargará de lo demás".
Abandoné el recinto intranquilo. Me sentía más cliente que abogado. Y desde luego pecador.

miércoles, mayo 02, 2007

Fragmentos de la vida de Pereptil (I)

El perro paralítico
Noche tras noche, un susurro metálico sobre la vereda saca a Pereptil del estado onírico en que ha caído tras dura batalla contra el insomnio y lo hace volver a la realidad. La primera vez que escuchó el ruido, semejante al que haría un gato arañando la alfombra, se acercó a la ventana para ver de qué se trataba: era un viejecillo del edificio de enfrente que barría las hojas a la hora más inapropiada. La segunda vez se levantó de nuevo, para confirmar el dato. Un mes más tarde; o sea, ahora, espera el sssip-sssip del rastrillo armado de compasión y desasosiego. “Con lo que me cuesta dormir, para que salga un viejo de su nido y me despierte”, es la primera idea que se le viene a la cabeza. Luego, abrazado a la almohada, los bordes de su mente se recubren de insana piedad.
Pereptil Pérez es un personaje literario. No existe. Pero las cosas que le suceden sí existen, de allí que el resultado final de sus andanzas parezca generalmente una mezcla de algo indefinible. Hace años me propuse escribir acerca de este personaje, porque me llamó la atención una característica suya tan propia de los tiempos: Pereptil actúa con una lógica absoluta frente al hecho que se le va presentando a cada minuto en la vida, pero la suma de sus actos siempre desemboca en una pequeña tragedia. En este caso, por ejemplo, la pequeña tragedia es la hora o más de sueño que le quita un vejestorio que barre las hojas a la una de la madrugada. Esa hora, de seguro, lo privará del placer de hundir el dedo índice en el botón del despertador. Cuando haya mirado al velador será muy, muy tarde y no sólo el trabajo -el alto de papeles- sino su jefe, lo estarán aguardando con impaciencia.
Pereptil podría quedarse dormido en este mismo instante (la escoba metálica posee poderes hipnóticos) pero hay algo que se lo impide. ¿Por qué barre el viejo? -piensa- ¿Por qué lo hace cada día a esta hora? ¿Su acción es el producto de la obsesión compulsiva de un demente o alguien le ordena que haga lo que hace? ¿O averiguó que yo padezco de insomnio y quiere fregarme la siquis? La masa encefálica recubierta de insana piedad de nuestro personaje se interna por el camino de la probabilidad de la patología y aquello lo extravía a poco andar: le es imposible imaginarse lo que hay dentro de la mente de otro hombre, menos de la de un viejo como ése. Un loco hace cosas pero probablemente piensa en otras. Tal vez piensa en lo que hace pero dándole un sentido absurdo, o lógicamente loco. El barrido podría significar la limpieza del mundo, del frágil mundo de una cuadra en el que se mueve el anciano. Quizás sea un intento de ejercicio corporal, el producto de una receta médica imaginaria. Tal vez ama las hojas u odia el desorden; habría que ver su casa por dentro. Las posibilidades son infinitas, la mente de Pereptil no da para tanto. Desanda el sendero y vuelve a la zona de la bifurcación. Elige el otro camino y la piedad crece. El viejo, en este caso, necesitaría desempeñar un trabajo para vivir, por muy mísero que sea el pago que reciba e, impávido, obedecerá órdenes como la de barrer de madrugada. Sssip-sssip... sssip-sssip... sssip-sssip.
Durante su sagrada hora de insomnio, Pereptil recuerda un caso que leyó en la Internet acerca de un perro moribundo y que por extraña razón se le quedó grabado. Se cuenta allí que el 14 de abril de 1999, un perro de dos años afectado de parálisis ingresó a la clínica del Hospital veterinario de la Universidad Austral de Chile. Tras un acucioso examen quedó en claro que el can padecía una tetraplejia aguda. Se observó además pérdida total de reflejos y de la sensibilidad superficial y profunda desde la región cervical craneal. Días después el perro murió por parálisis respiratoria. La necropsia reveló una herniación patólogica del núcleo pulposo dentro de la vértebra C3.
Pereptil ha estado pensando desde hace poco menos de un mes que el perro se fue a la otra vida como no lo harían él ni el anciano que barre con el rastrillo. Si se hubiese organizado un concurso de tetraplejia basado en la fregatina del dolor y los participantes hubiesen sido ellos tres, el can se habría llevado el premio de consuelo, el viejo de la escoba recibiría el segundo lugar y el ganador indiscutido habría sido él, está seguro. El dictamen del jurado se habría basado en que el dolor del perro carece de significado porque no está asociado al tiempo y su fantasma: el futuro, la desesperanza. El dolor del perro genera en su cerebro una sensación similar a la de roer un hueso. Es solamente algo que pasa. Sólo los niños pueden igualar a los animales, por eso el cielo les espera a ambos. Del viejo hay poco que hablar: ahora no se ve que padezca dolor alguno, pero si lo aquejara la misma tetraplejia del perro tal vez su desesperación residiría en la imposibilidad del manejo de la escoba en el momento en que el hábito le renace en su cerebro atrofiado. Sería una desesperación asociada a la carencia principal, no al dolor en sí. La tetraplejia de Pereptil sería el dolor más atroz de todos, cree, un dolor existencial, trascendente, el dolor de un tipo incomprendido que se siente no mísero sino gigante, un estorbo que Dios puso a prueba y que los hombre abandonaron.