martes, junio 26, 2007

El diácono

El santo hombre había muerto y las fieles parroquianas preparaban su cadáver desnudo para el espectáculo final, en el féretro. En dos días sería bajado a la tierra y ya no vería más la luz. Era el diácono más amado de la diócesis, célebre por su templanza, que es realmente una virtud cuando el hueso, el músculo y la piel se acomodan tan bien al cuerpo que les da forma que éste seduce por ese sólo acto a los contrarios; tal era su caso. De allí que desde el primer minuto de su deceso las monjas del convento y los periodistas comenzaran a elucubrar acerca de una no tan lejana apertura del proceso de beatificación. Y no solamente por aquella virtud, lo que ciertamente parecería una exageración a los teólogos vaticanos. Cientos de ejemplos daban prueba de las otras seis. En una población periférica se hablaba incluso de dos milagros nada de fáciles, consistentes en resucitar por partida doble a un suicida. La primera vez, tras desplomarse desde una torre de alta tensión. La segunda vez, tras arrojarse a las ruedas de una camioneta. La tercera vez se lanzó de un edificio y se reventó. En aquella oportunidad el diácono rezó un padrenuestro ante lo que quedaba del hombre y luego murmuró un verso, dicen que de Mallarmé: "No debemos forzar los talentos".
Un mocoso de unos siete años que solía rondar la parroquia para ganarse unos pesos haciendo mandados vio luz y agitación y se metió a curiosear a la pieza donde preparaban el cadáver.
-¿Quién es? -preguntó.
-Don Manuel -le dijeron, sollozando.
-¿El tío Manuel?
-Sí, hijito. Acaba de morir. Inclínate a rezar...
-No es el tío... no... no es el tío -repetía, angustiado- ¡el tío tenía la pirula bien grande y éste la tiene chiquitita!

martes, junio 19, 2007

Historia de dos santos, según la versión del narrador fantasma

Se dice de los cuentos fantásticos que poseen la característica de hacer creíble lo imposible, tal como se afirma de los otros que transforman en ficción la realidad. Tanto en unos como en otros es usual que el autor recurra para su relato al viejo ardid del narrador fantasma, veedor omnipresente que imita el estilo atribuido por el hombre a las divinidades. Introduzco este comentario lindante en la simplicidad porque da la coincidencia de que para la historia que les será presentada el narrador fantasma es quien habla, aclaro que alejado de toda metáfora. Un muerto en primera persona. El narrador fantasma en bruto, un soplo de energía en el universo. No tengo edad, no tengo carne, no tengo huesos. Soy, como ya lo he dicho, un narrador fantasma a quien, debido a su situación privilegiada de estar siempre donde se debe, ya sea en el espacio como en el pensamiento, se le ha pedido hacerse cargo de su propio cuento y completar las páginas no escritas del acontecer que siguió a su partida.
Ah, Norma, mi mal apreciada Norma, cuánto te descuidé en mi ceguera, con cuánta frecuencia menospreciaba tus delicados gestos; diría que recién desde el minuto que antecedió a mi muerte he tomado conciencia del asunto. En los días fríos, nublados, evadía tu mirada. Tú querías ir al museo y la sugerencia era como si me clavaran un cuchillo, me cortaran la respiración. Abandonar de pronto, por la ocurrencia de una esposa, el calor de la estufa a parafina y la manta sobre las piernas una tarde de domingo. Para ir a qué. A ver cuadros, horribles "instalaciones de arte", mamarrachos de la nueva escuela. Ah, Norma, siempre atractiva a pesar de los años, misteriosa, serena y alegre, a pesar mío. Querías abrirte un poco más a la vida y a ese tipo de belleza que se cultiva en las salas de pintura o de conciertos, abrirte al placer estético que solo se experimenta en compañía de otra gente, una especie de gusto compartido, exhibicionista, placer cinético opuesto al que se siente cuando el arte se halla en la soledad de una habitación a oscuras. Y yo te dejaba ir, aparentemente sola, a sabiendas de que naturalmente ante tus pasos se iba abriendo el surco que conduce al engaño, lo intuí en vida y lo confirmé desde el mismo instante en que me instalaron en el cajón, carcomido por el cáncer. Si supieran los vivos lo que llegamos a saber los fantasmas tal vez evitarían protagonizar ciertas situaciones reñidas con la moral, de esas que se acometen entre cuatro paredes, a la segura, ya sea sin testigos o en la intimidad del ominoso secreto compartido.
Pero heme aquí, en el décimo aniversario de mi partida desde el mundo material a esta zona irrelevante donde no existe el licor ni el poder político ni las perversiones ni el pecado ni los enredos de la mente, heme aquí convertido en protagonista de una fiesta en mi recuerdo, organizada por ella. Y qué puedo ver desde ya. Los preparativos. Norma hablando con Bruno y Felipe, rogándoles ponerse de acuerdo entre ellos para que uno de los dos diga algunas palabras durante la cena que se realizará este sábado y que será el broche de oro de la peregrinación a mi tumba, ubicada en la colina del pueblo en que viví mi pasión.
Cuántos cándidos lectores de estas páginas desearían estar en mi lugar. Conocer con todo detalle la impresión, el recuerdo que ha quedado de cada uno de nosotros en la tierra. No me envidien. Desde esta zona todo se hace gris y se contempla sin efervescencia. No es emocionante, no provoca sorpresas ni curiosidad, tampoco la desesperación que de seguro prendería en un cuerpo de sangre caliente al observar hechos que le atañen sin que pueda intervenir en ellos. La traición aquí no existe, la esperanza, la ambición, cuesta incluso rememorar conceptos como esos desde la plataforma de la insensibilidad. No hay brasas, no hay infierno.
A la peregrinación seguirá una misa y todo rematará en la noche, a partir de las nueve, con la cena de adherentes que ha organizado Norma, quien dispuso un menú sencillo: sopa de cebollas, carne al horno con papas cocidas y mayonesa, helado, café y whisky, dos o tres botellas para dejar entonada a la concurrencia. A diez años de mi muerte, una cena hecha a mi medida, como si pudiese o quisiese paladear bocado alguno. Ella, que adora el pescado, se ha sacrificado. ¿Por mí? ¿O por el recuerdo que los demás conservan de mí, de forma de realzar como a la pasada un fiel amor que no muere? Permítaseme disentir: ella actúa así porque es humano hacerlo; es humano alimentarse de sentimientos que honren lo bueno que ofrece la vida. Todo lo ha dispuesto como a mí me agradaba. Una cena relativamente sencilla, de antigua clase media, sin aspavientos, un sitio reservado que llama a la extravertida introversión. Una hora especial: la consagración, el asiento de la noche con su fluido misterioso y reposado, el peso de las estrellas bajo el sol. Ha dejado la elección del vino en manos de Bruno y este, recordando mis preferencias, se está inclinando erróneamente por el Santa Rita Tres Medallas, que me había dejado de llenar el gusto mucho antes de que él dejara de visitar la que fue mi casa, pero cómo lo iba a adivinar; Bruno el amigo hipócrita que disfrazado de bueno me ponía los cuernos en el motel cercano al museo mientras yo escuchaba los partidos dominicales por la radio, o mientras yo soñaba mis sueños de grandeza en los que logré incorporarla. A Norma. Pero no del todo. De otro modo no hubiese actuado ella así, es lo que pensé en el momento de subir a la barca. Ahora ese punto está aclarado. Norma me amó y me sigue amando con ese amor que el velo del tiempo embellece, me amó de la misma forma que se entregaba a brazos más fuertes y a besos más generosos. Los mecanismos del deseo son incomprensibles y los del amor, discutibles. Yo la deseaba, pero no la quería; ella me quería, pero no me deseaba. ¿Son incompatibles la disonancia entre el amor y la atracción sexual en el mundo de la carne? Así fue nuestra vida de casados.
Bruno y Felipe no terminan de sorprenderse al constatar cómo año a año la cantidad de comensales ha ido en aumento. Lo normal es que para celebraciones como estas vaya sucediendo lo contrario. Las primeras reuniones fueron en una casa de población; esta vez ha sido necesario reservar el comedor de un hotel ubicado a los pies de la colina, en las cercanías de la desembocadura del río Rapel. Bruno, el patán hecho y derecho que siempre fue -y aún así era mi amigo-, lo digo sin resentimiento, ha ido cambiando de parecer y ahora cree, a la luz de los hechos que describo, que si su mundo es el mundo de los exitosos, el del Más Allá es el mundo de los que en la tierra fueron perdedores. Pero se guarda muy bien de proclamarlo. De allí que ni él ni su socio, Felipe, se sientan cómodos con la petición. Observo ahora que idea un plan, diríase todo lo burdo que puede ser un plan como ese y por lo mismo bastante sensato para los oídos de su socio, a quien cree conocer muy bien. Es habitual que sus reuniones de trabajo terminen en algún pub, donde toman unas copas mirando hacia otras mesas, femeninas, desde luego. Esta vez se han agregado casualmente a la cita vespertina dos o tres amigos que han adherido a la cena del sábado. Bruno cuenta al pasar sobre la petición del condenado discurso, lo de condenado es de mi cosecha, lo admito, y hace ver que Felipe posee más "dotes dramáticas para una cosa así". Se entabla un breve intercambio de opiniones con Felipe, que culmina en favor de Bruno, cuando este alude a las "razones obvias" por las cuales sería preferible que no fuese él quien usara la palabra, "razones obvias" que Felipe termina aceptando, sin entender del todo.
Por la noche, en el amplio living de su departamento en Providencia, Felipe comienza a preparar el discurso. Sentado en el sofá, con su jerez sobre la barnizada mesita de superficie circular, resuelve escribir primero unas líneas de puño y letra. Su molestia creciente confunde sus ideas. Repara en que Bruno ha sido igual desde los tiempos de la universidad, con ese poder de persuasión y esa rapidez mental que convencen y hacen que después, en la soledad de la habitación, uno se inflame de rencor y lo arrincone contra la pared, le rebata sus palabras y le gane las discusiones. Esta vez lo ha vuelto a poner en un problema. Se pregunta si acaso ignora que el homenajeado a diez años de muerto nunca fue santo de la devoción de quien escribirá finalmente el discurso en su homenaje. ¿No se enteró de lo de Norma? Felipe admite en su conciencia que nunca habló del tema abiertamente con su socio y recuerda que si lo hicieron algún día no pasó de vagas indirectas, mas piensa que al menos debió sospechar la aventura que hubo entre ambos, de modo que su estado esa noche es el estado del torturado irresoluto. Recrea una vez más la escena vespertina en el pub. Había otros amigos. ¿Por qué estaban allí? No pudieron haber llegado de casualidad, como imaginó al verlos. Ahora, con el desasosiego y el regusto plácido que le deja el jerez en el paladar, le resulta obvio que Bruno los citó para que sirvieran de testigos. Ante ellos se le hacía más difícil decir que no. ¿Qué razones para no usar la palabra oficialmente, qué razones para no ponerse de pie en el momento del tintineo de las copas habría de dar él, Felipe, el más desprotegido de los dos ante Norma?
Solitario ante su conciencia escribe las primeras frases del discurso con el convencimiento interno de que yo, el héroe de la noche estelar que se acerca, no fui otra cosa que un ególatra afortunado en el amor. Tras releer el primer párrafo descubre que de manera invisible esa idea se ha plasmado en el papel, ya en un adjetivo, una frase entre guiones, una partida grisácea, no logra detectar dónde se halla la confesión del crimen, de manera que detiene la redacción y le da el bajo al jerez, rabioso. Su mujer, Rosario, aparece con una bandeja, lo ve dubitativo y le pregunta qué le pasa. Felipe la pone al corriente del vía crucis del discurso, guardándose muy bien lo esencial, y le pide un consejo.
-Arréglatelas solo, pero te advierto que de ese santo tienes mucho que aprender -le dice.
-¿En qué quedamos? -reclama el esposo y se vuelve hacia ella, alterado, sabedor de que utilizó un giro arriesgado, provocativo. Pero Rosario ya ha vuelto a la cocina.
Al momento de la cena, bebe tres copas de vino y luego se echa un trago de vodka a la boca. Absolut. Sabor a mandarina. Rosario ya está en cama, viendo la tele. A los pocos minutos el alma le vuelve al cuerpo. La mente se le aclara. Piensa que el primer ajuste, destinado a implantar cierto orden lógico, sería presentar a los personajes en estricto orden de aparición, para de ese modo reforzar el papel del homenajeado (yo) cuando llegue el momento de recrear su historia (mi historia). Así quedará bien ante los ojos de Norma (lo que le interesa).
"Esta historia nació a principios de la década de los setenta -escribe bajo lo tarjado- y el primero en hacer su debut fue Acevedo Illanes, ese oscuro jugador universitario de pimpón que se perdió después del Golpe. Esa tarde yo estaba con él, acompañándolo en su humilde pieza del Pabellón I del Pedagógico, cuando durante un delirio atribuible a la fiebre musitó el nombre de Yumiko, alumna suya descendiente de japoneses, ¿la recuerda alguien?".
Imagina sin asomo de duda que dicha escena, narrada con los matices de voz que le han dado fama de actor entre sus amigos, causará un efecto divertido en el comedor reservado del hotel. Norma sonreirá y lo mirará con ternura y algo de maldad, como si lo castigara. Eso le bastará para sentirse bien. Desea provocar ese efecto. ¿Y si añadiera que esa misma noche Yumiko, enterada del episodio vespertino, acudió a visitar a Acevedo Illanes a su lóbrega habitación, informada de su estado gripal, y le puso un paño frío en la frente? ¿No sería demasiado detalle? Podría agregar incluso que Acevedo Illanes fue un aventajado ayudante de cátedra y Yumiko, su alumna predilecta. Da por descontado que una buena parte de los que estarán en el festejo han escuchado la anécdota alguna vez, pero teme nuevamente que eso sería alargarse demasiado. Lo que sí es seguro es que debe quedar muy claro que el nombre japonés pronunciado por el ayudante con los sesos hirviendo sólo se debió a su delirio, ya que al otro día las cosas volverán a ser como eran, al menos para Acevedo Illanes. No pasará lo mismo, sin embargo, con Yumiko, quien si ya dudaba del amor que realmente sentía hacia "nuestra alma en pena" -tacha esa desafortunada metáfora con que me define, apenas la ha escrito-, ahora ha despejado las dudas durante "la escena en la pieza del Pabellón I". Le han bastado un paño frío y haber escuchado gracias, Yumiko de labios del enfermo para enamorarse perdidamente del ayudante y refregarle en la cara a "nuestro héroe de la noche" (yo) su pasión por el otro, gesto clave que a la postre daría origen a la leyenda del "alma que nos convoca".
Me sorprende la buena memoria de Felipe. Recuerdo haberle contado una sola vez este fragmento de mi vida. Si lo memorizó al dedillo debió de ser porque ya en esos días le daba vueltas a la idea de seducir a Norma y darle con todo por el culo, ruego me perdonen esta pequeña salida de madre. En verdad, tal como lo ha escrito en su discurso, a mi modo de ver desafortunado, porque habla de asuntos que tengo el derecho a olvidar después de muerto, las burlas de Yumiko provocaron un pesar intenso en mi alma, una herida grave en mi corazón. Tal vez porque algo de mi dolor, sin querer, se desliza como una sombra venenosa por aquel amplio living de Providencia, Felipe bebe otro vaso de vodka y cambia de idea. Decide comenzar el discurso en los prados del Pedagógico para darle un aire nostálgico y trascendente. Los personajes deben volver a ser esos jóvenes de los tiempos de Allende, cuando en Chile había mucho circulante pero nada que comprar, cuando Colo Colo campeaba en los pastos internacionales, mas repara en que el detalle excesivo lo vuelve a desviar del tema. Piensa que es fácil desviarse del tema cuando los personajes secundarios aportan poco y nada: un ayudante de cátedra y una asiática diabólica. Se prepara el tercer vodka, saca otra hoja y vuelve a comenzar. Desde la cama, ante la pantalla, Rosario le recuerda: no bebas tanto.
Mejor ir al grano, se resigna. Debo tratarlo bien, debo dejarlo muy bien puesto, debo elevarlo, Norma seguirá mis palabras con total concentración, Bruno nos mirará a ambos. No puedo darme lujos. Su conciencia alimentada con tres vodkas se aclara: la historia es una historia de insania más que de mediocridad -siendo también de mediocridad- tal vez de necedad y candor, en ningún caso de heroísmo. Imagina que debería comenzar el discurso afirmando entonces que "el personaje que nos convoca esta noche, herido en lo más profundo de su corazón por un rechazo que hoy no cabe analizar pero que, por dar una pista, se remonta al lejano oriente (espacio para risas), digo que el personaje que nos convoca reniega para siempre del amor y comienza a buscar mujeres para satisfacer sus apetitos carnales...".
Nuevo tropezón, siente. ¿No debería decir mejor que justo en aquellos días en que "buscaba mujeres para satisfacer sus apetitos carnales" él conoció a Norma y no debería decirlo con las palabras textuales que usó para referirse a ella, "una cabra de poto considerable y pelo largo"? No, piensa, sería una extrema vulgaridad, aunque haya sido cierto que lo dijo. Ni siquiera sus gestos más histriónicos harían reír a los presentes. No, lo mejor es adornar la realidad y hablar de un flechazo instantáneo entre ambos en los prados del Pedagógico, de una mujer que lo devolvió a los brazos de Cupido y le hizo creer de nuevo en el cielo, suena cursi pero es preferible al riesgo de la verdad. La pluma de Felipe corre entonces más rápido. Silenciosamente vuelve a llenar el vaso. En el dormitorio se apaga la luz. Escribe casi de corrido: "Con Norma, su amor adquirió otra intensidad y otro significado. Se le antojó más serio y trascendente, sinfónico y coral. Ya no fue el masoquismo lo que orientó y le dio fuerza a su pasión sino la espada del idealismo y la entrega desinteresada y absoluta a las grandes causas junto a la que habría de ser la compañera del resto de su vida". Es el momento, piensa aquí, de introducir el motivo central del discurso: la gran empresa de la santidad. Sus labios van al cristal tallado y el lápiz vuelve a la hoja: "Sin consulta previa y sin que hasta hoy se conozca la razón de fondo, nuestro recordado héroe decide nada menos que hacerse santo y emigrar al campo, lo ha planificado silenciosamente, a un caserío perdido entre las tierras de la Cordillera de la Costa, donde todo es más puro y noble, así solía repetir a quien quisiera escucharlo. Desde ese lugar se propone fundar una nueva forma de vida, algo que dé que hablar, aunque sinceramente no es eso lo que busca realmente, dar que hablar, sino inyectarle un sentido universal a su existencia y por extensión, a las de los demás, a la del mundo entero. Lo anterior jamás lo escuché de sus labios, pero poco importa: ya está incorporado al mito de su vida. Y como nos lo enseñó una película de John Ford, ante la disyuntiva entre la verdad y la leyenda debe uno inclinarse por esta última".
Felipe se entristece bruscamente. Se ve a sí mismo borracho, sentado con una hoja en la mano y un vaso de vodka en la mesita circular; escucha el ronquido de su mujer y recuerda entonces claramente aquella mañana en que él y Norma se encontraron en el café Los Cisnes y Norma le confesó que jamás se iría al campo conmigo. Esa mañana le saltó el corazón como le salta ahora. Ese era el momento, no habría otro igual. Le toma la mano y dice entenderla perfectamente; ella mira hacia el vacío. Es un día nublado; los estudiantes entran y salen de la facultad y ella sigue mirando al vacío, sin darse cuenta de que él le ha tomado la mano y le acaricia el pelo. Entonces suena el teléfono y la magia se rompe. Felipe levanta el auricular. Es Bruno. Le pide perdón por llamarlo "a tan altas horas de la noche", le agradece su disposición a usar la palabra pero le solicita que abandone el discurso. Por qué, qué pasa, ya me estaba entusiasmando, socio. Es que Norma quiere que hable yo. Ah, bueno, donde manda capitán... y cuelga. La decisión ya está tomada. Lo lamenta por los comensales. Intuye lo que sus oídos escucharán la noche del sábado, una hipótesis lógica, una suma de datos matemáticos, queriendo decir fríos, que poco y nada aportarán a la historia. Qué se le va a hacer. Por ahora Bruno es el dueño de todo, hasta de Norma...
Felipe ignora que el verdadero dueño de todo es el lector. Basta que le dé por abandonar el texto, cerrar el libro y la historia se corta. Él no lo sabe, pero yo sí. Mi misión, entonces, como invitado de piedra a la cena del sábado, es buscarle un ajuste al relato para que llegue a su fin, ya que las cosas han cambiado luego del telefonazo.
Para el que espera y para el que sufre, el tiempo se alarga. Para quien se atrasa o goza, se acorta. Para el que se concentra absolutamente en su labor, desaparece. Para el narrador fantasma no existe. Siguiendo rumbos diferentes, todos terminamos encontrándonos inevitablemente en el mismo sitio. Así han pasado estos días y así hemos llegado a la cena del sábado. Los invito a situar la escena que viene en el comedor del hotel, repleto y bastante más animado de lo que Norma habría imaginado, gracias a la influencia de Santa Rita y sus medallas y del colorido efecto que han hecho el aperitivo, la entrada y el plato de fondo en los rostros de los comensales. El tiempo, que como he dicho miente en los detalles, alargándose o acortándose, se torna inclemente con los que fueron jóvenes. Pero esta noche, a pesar de que la belleza se ha marchado en apariencia, el atractivo se refugia en las miradas y los gestos, en la alegría de estar juntos. Bruno hace sonar una copa con el tenedor y la algarabía comienza a declinar. No han transcurrido veinte segundos cuando en la sala ya no vuela una mosca. Se levanta, toma un papel y saca a relucir su voz ceremonial de las ocasiones solemnes; Felipe lo observa desde la mesa del frente.
"Queridos amigos. El personaje que nos ha reunido esta noche es... (pronuncia el que fue mi nombre), quien nos acompaña en espíritu, de eso estoy seguro. Seré breve, a pedido de Norma. Todos sabemos que sobre nuestro personaje se podría estar hablando horas, pero recordando una de sus frases, lo bueno, si breve, dos veces bueno, que en honor a la verdad, no siendo suya él la hizo suya, me concentraré en destacar solamente las claves de su vida. (La concurrencia está siendo testigo de una partida en falso y el mismo Bruno lo siente así apenas acaba de leer el discreto primer párrafo; tarde se da cuenta de que brilla por su ausencia el obligatorio chiste inicial y de que hay palabras que ensucian el texto, se pregunta cómo pudo ser tan torpe y recuerda que lo que sigue no es mejor, pero ya está metido en el forro y saldrá adelante una vez más, como acostumbra a hacerlo.) Y la primera clave es cómo entender su aspiración quimérica. Para hacerle honor a su historia hay que remontarse en el tiempo. Nuestro amigo y maestro fue un estudiante universitario venido de la provincia, que en su niñez se impresionó vivamente con las revistas de caricaturas de las editoriales mexicanas Sea y Novaro, especialmente con Vidas ejemplares, que ilustraba las historias de los santos. En su adolescencia se entregó en cuerpo y alma a un movimiento católico de su ciudad. Por esos tiempos asistía a misa los domingos y dejaba de comer por lo menos dos horas antes. Jamás comulgaba sin haberse confesado al comienzo de la eucaristía y le escandalizaba contemplar cómo otros y especialmente otras -las chicas que en ese tiempo le gustaban- desobedecían dichas reglas sin vergüenza alguna y hacían la fila para sacar la lengua y comerse la hostia. Él, según me reveló más de una vez, jamás se la comía, sino que dejaba que se disolviera, como le habían enseñado, aunque siempre se le quedaba pegada al paladar..." (Oh, Dios, por qué no habrá hablado Felipe en vez de Bruno, siempre imaginé y ahora lo corrobora la audiencia, para mi desgracia, que el buen hablar no es sinónimo del buen decir; un seductor trabaja en áreas pequeñas, esa es su especialidad, pero le daré una chance y espero que ustedes también; dejemos que prosiga su discurso).
"Me remito entonces a sus culpas y frustraciones. Agrego, como datos importantes de la causa, su sentimiento de culpa ante el vicio solitario y su tardía pérdida de la virginidad. Si menciono esta noche y delante de la que fue su mujer aquellas aparentes muestras de fragilidad suyas, lo hago justamente para subrayar las motivaciones que guiaban su existencia. La admiración de la vida de los santos y el sentimiento de culpa ante el pecado de la carne hace, si no lógica, al menos comprensible, la insólita idea de la santidad que algún día le asomara  en la cabeza. El problema de nuestro venerado amigo fue que se saltó varios pasos y se lanzó a la aventura sin conocer ni a San Agustín ni a Santo Tomás. De hecho, jamás caminó por soleados claustros acompañado de teólogos confesores y nunca tuvo a la madre iglesia detrás suyo. No reparó tampoco en la primera ley de la santidad, que reza textualmente que para ser santo hay que ser bueno, lo que está a un paso pero también a una enormidad del propósito de querer ser bueno. Él no fue lo que se llama un hombre bueno, pero nadie puede negar que quiso ser bueno. Y lo quiso con fervor.
"Pero nuestro santo eligió un mal momento. Dejó la universidad cuando más complicadas estaban las cosas, políticamente hablando, cuando más compromisos y definiciones se exigía a cada ciudadano. Declaró a quienes estaban por casualidad junto a él que su guerra no era de este mundo y partió a vivir a un cerro en la Cordillera de la Costa. Era su plan el siguiente, tal como lo dejó escrito en su diario: Vivir de la caridad, vivir con extrema modestia, proclamar la palabra espiritual desde las alturas y por efecto de chorreo, evangelizar primero a los campesinos y luego, a los que se pudiera. La gente del campo escucharía sus palabras con curiosidad, después con veneración. No tendría necesidad de hacerse réclame pues su fama se iría transmitiendo de boca en boca.
"Así, las primeras semanas transcurrieron en paradisiaca espiritualidad. Nuestro héroe encontró un lugar en el cerro donde echó sus huesos y se concentró en la meditación y el goce de la naturaleza. Una vez al día les metía mano a sus provisiones, que iban escaseando. Un arroyo que corría por una quebrada le apagaba la sed. Al tomar conciencia de que había logrado establecerse y de que se le habían acabado los alimentos volvió a Santiago con dos objetivos: comprar más provisiones y traer consigo a Norma para empezar a recorrer junto a ella el camino de la santidad. En su diario anotó, el día del regreso a la capital, lo siguiente: Veo, al entrar a la gran ciudad, a un grupo de niños jugando en el patio de una escuela. Me asombra que nadie se dé cuenta de ello: ¡están encarcelados en un pequeñísimo cuadrado de tierra, cuando la naturaleza y los verdes prados los esperan para que corran y jueguen a sus anchas!".
Bruno estima que ha levantado vuelo y para hacerle honor al momento alza un libro y lo muestra a la concurrencia.
"Aquí está el diario, contémplenlo como se contempla La Biblia", ordena con sobreactuada gravedad y tras beber un sorbo de agua, continúa leyendo.
"Nuestro personaje había conocido a Norma hacía dos meses, tras una desilusión amorosa. Al principio no abrigó esperanza alguna en ella porque sus prejuicios de provinciano tímido le dictaban que una joven atractiva era superficial. Tuvo que romper el prejuicio otro prejuicio: una tarde, echados en el césped del Pedagógico, Norma le enseñó unos poemas escritos al pasar, que guardaba en un cuaderno. Él los leyó con emoción al tiempo que su mente dictaminaba que una chica que escribe poemas es una chica profunda y sensible. Se le declaró con pasión y allí mismo iniciaron el romance, de modo que cuando huyó al campo su desilusión inicial yacía sepultada bajo el manto del amor de Norma y cuando volvió a buscar provisiones reparó en que más que el alimento material, lo que echaba de menos era el alimento espiritual y sobre todo los besos y abrazos de Norma. Hago un paréntesis para referirme a Norma, aquí presente. La estudiante de entonces, que tal vez lo besó por curiosidad antes que por amor, se dio cuenta de inmediato de lo temerario del plan, dudó unos días en seguirlo al campo, pero aceptó. ¿Fue la fiebre de este loco idealista la que consiguió lo que parecía imposible? ¿O fue su anhelo de dejar el hogar, influenciada por los mensajes revolucionarios que venían infiltrados en las canciones que llegaban desde el mundo hippie? Cualquiera haya sido la causa y les prometo que nunca lo hemos conversado, pues pertenece a su más sagrada intimidad, la pareja se fue a vivir a un cerro de la Cordillera de la Costa y desde ese momento mi amigo comenzó a escribir la bitácora de su caída, que se puede resumir en siete puntos, siendo el primero el de las deficiencias de su prédica. Y es que, en efecto, a poco andar, detectó que no poseía condiciones de predicador. Su voz nunca había sido potente, no porque no necesitara que lo fuera sino quizás porque como no era potente se convenció a sí mismo de que no le era necesaria esa cualidad. Nuestro personaje fue de niño persona de observación y silencios, no de palabras, de modo que desde sus primeras prédicas al viento, de pie en el montículo elegido, se le hizo obvio que hablar en voz alta significaba para él un calvario antes que un excitante deber. Dibujó para él en su alma la imagen de una figura ridícula, enloquecida, similar a la de Hölderlin en sus años de la torre; y descubrió con horror, además, que no tenía qué decir, aunque por las noches, en las horas de insomnio, resultaba evidente que el mensaje que guardaba en su mente era estructurado, bello y consistente. La vida ascética, la entrega al vacío, el desprendimiento del yo y el amor de los unos a los otros era sin duda el mensaje central que deseaba transmitir, pero esto cabía en una línea y un discurso exige más que eso.
"A esa falencia se le sumó naturalmente un segundo inconveniente: la indiferencia del habitante rural. Los campesinos a veces miraban hacia la cima del farellón y divisaban su figura; incluso captaban una que otra palabra de las que nuestro hombre pronunciaba, de preferencia al amanecer y al atardecer, cuando los hombres acudían a sus labores en la tierra o regresaban de ellas. Es cierto que en el villorrio se difundió la noticia de la existencia de la pareja de ermitaños, pero no fue más que eso. Norma, que era la encargada de llevarle las noticias cada vez que bajaba a adquirir harina, sal, azúcar y aceite, tuvo que decirle que la gente lo miraba con un poco de miedo, pues pensaban que era "un loco del movimiento Silo". Al ser apremiada una noche por su angustiado amante, terminó confesándole que más que rechazo, lo que observaba en el pueblo era indiferencia.
"¿Qué le quedaba, sino cambiar de estrategia? El periodo del farellón duró unos seis meses. Con la llegada del invierno las cosas se pusieron duras y mientras la dirección del viento cambiaba una nueva idea maduró en el cerebro de este Quijote chileno: la de bajar al pueblo para ser uno más entre la gente y transformarla desde el terreno mismo. Norma me lo confirmó, años después. Me dijo que escuchar esa frase en aquel momento le dolió: "Ser uno más, ser uno más -me repetía ella-. Al menos si hubiese dicho ser dos más, o ser una familia más. Pero no, vivía enclaustrado, absorbido por sí mismo, porque siempre creyó que yo lo acompañaría donde fuera desde mi plano secundario y que lo haría porque lo consideraba un gran hombre, a pesar de todo". En agosto bajaron al villorrio, arrendaron una pieza y se iniciaron en las labores del campo. Nuestro héroe se ocupó como operario de una avícola y Norma, que tenía estudios avanzados de pedagogía, consiguió un reemplazo en la escuelita básica. En esas circunstancias fue cuando los volvimos a ver, un fin de semana en que nos invitaron a su modesta vivienda a Felipe y a mí. Esa noche, algo entusiasmados por el vino y los recuerdos de la vida universitaria, me animé a preguntarle en qué había quedado su místico propósito original, pues no advertía en él nada que se pareciera a la vida de un santo, exceptuando la extrema pobreza de la habitación en que nos hallábamos. Él guardó silencio, como si hubiese estado esperando esa pregunta durante meses, y me respondió con otra de sus frases: La montaña no ha ido a Mahoma, entonces Mahoma fue a la montaña. Allí supimos que estaba perdido".
No era mi ánimo volver a interrumpir su discurso con mis acotaciones entre paréntesis, pero la carga de esta última sentencia me obliga a acotar que apenas Bruno la pronuncia, Norma baja la cabeza y se enciende. Felipe la mira, nervioso; ella no sabe si estallar de vergüenza o estallar en llanto, le cuesta contenerse al chocar de frente con una historia que ella misma entregó en bandeja y que ahora se da cuenta de que tal vez no deseaba recordar. Se arrepiente de no haberle dado una lectura previa al texto y por un segundo quisiera desaparecer del comedor, mas se rehace, dignamente. La incomodidad que la inundaba se traslada al resto de los comensales. Rosario intenta animarla con un gesto de simpatía que se pierde en el aire. Bruno, consciente de la misión que se autoimpuso, prosigue la lectura.
"Norma fue contratada al año siguiente y el Quijote chileno consiguió un ascenso a capataz. El trabajo los fue consumiendo. Compraron una casita de adobe que había pertenecido a un anciano del lugar. Les gustó porque tenía un bonito parrón. Las prédicas cambiaron por conversaciones en el trabajo, pero resultaba evidente que a nuestro personaje la charla le era desagradable y por tal motivo solía comentarle a Norma, cuando ésta le recordaba por su bien el propósito original que los había llevado al campo, que su discurso verbal había trocado por el de predicar con el ejemplo. Como jefe era apreciado, aunque se decía de él que era demasiado estricto. No perdonaba, por ejemplo, las ausencias debidas al consumo de alcohol (Bruno dirige la mirada hacia Felipe y logra las primeras carcajadas de la noche. Aprovecha el momento para beber otro sorbo de agua y continúa). Y así llegamos a otro día clave en las vidas de estos santos, aquel en que Norma le comunica que se encuentra embarazada. Nuestro héroe sufre un ataque de pánico, eso lo supo mucho después. Como en aquellos tiempos los especialistas no habían diagnosticado esa patología, que hoy llega a ser poco menos que una moda hasta bien vista, él tuvo sólidos fundamentos para concluir apresuradamente que se estaba volviendo loco. Experimentó sudoración intensa, taquicardia, pérdida de apetito y un miedo inexplicable, sentía deseos de huir sin rumbo. Le costó meses darse cuenta de que la vida continuaba y de que él, a pesar de todo, podía trabajar y podía vivir. Norma dio a luz un bebé que pesó 3 kilos 200. Un robusto varoncito. En cuanto a nuestro homenajeado, este enfermó de verdad al año siguiente. Primero fueron leves dolores que atribuyó a la continua observación de las aves de criadero en una posición propensa a los ataques de lumbago, luego comenzó a bajar de peso. Norma, preocupada, lo envió a la posta. Fue derivado en interconsulta al hospital de San Antonio. Allí le diagnosticaron un cáncer. Un doloroso cáncer del que no daré más detalles para no dañar la atmósfera de jolgorio que nos reúne. Solo agregaré, y con esto termino, que a veces, por nada, Norma vuelve a contarme la historia de sus últimos minutos, situación que tal vez ilustra la esencia de este santo de la era moderna, nuestro homenajeado, nuestro Quijote. Ella me asegura, y no tendría por qué dudar de ello, de que una media hora antes de morir su marido entró a la pieza donde se hallaba postrado, con una taza de agua de cedrón. Norma le susurró: tómese esta agüita, que le hará bien. Él, influenciado por la morfina, se persignó, los ojos se le hincharon, queriendo salir de sus órbitas, la miró entonces como si viera a la Virgen y le respondió, agitadísimo, aunque apenas podía hablar: Esas dulces palabras de amor... tanto tiempo escuchándolas... toda una vida... era usted a quien buscaba... y no me daba cuenta... perdóneme... Norma dejó la taza sobre el velador y él se echó a llorar en sus brazos. Estaba en los huesos. Así fue como abandonó para siempre esta vida y de esa forma nació el mito que nos tiene reunidos aquí esta noche".
La sala se llena de aplausos, Bruno va al encuentro de Norma, Felipe y Rosario luego hacen lo mismo; los demás invitados se les suman, algunos con saludos y guiños desde sus asientos; paulatinamente vuelve la alegría con sus voces estentóreas, bromas, risotadas, salidas de madre. Son los efectos del vino y del placer de festejar alrededor de un nostálgico recuerdo. Siento sus voces, escucho sus murmullos; ellos y ellas hablan ahora de lo que han sido, de lo que son, de las huellas que les va dejando la vida. Presiento que muy pronto entraré en la zona difusa en que me hallaba antes de que las almas de los vivos invocaran mi nombre. En esta frágil posición mis huesos y mi carne son los recuerdos, por ellos me mantengo. Los recuerdos se entrecruzan y los brindis se multiplican, todo marcha como debe ser, hasta las majaderías y los excesos se incluyen en este fluir del tiempo. Se acaba el vino, se retiran los platos, la noche avanza. Antes de que los autos enciendan sus motores surgen promesas de reencuentros. La sala se ha vaciado y es como si el cariño hubiese quedado atrapado en las paredes, como herida vida que espera ser cubierta por nuevas llagas de amor que pronto brotarán de otros comensales.
El camino rural que los conectará con la autopista que los devolverá a Santiago es pintoresco de día, pero intrincado de noche. Bruno conduce en silencio, mira fijamente lo que le indican los faros del auto; Norma entrecierra los ojos, vagamente insatisfecha. Le resurgen con fuerza las ironías vertidas por Bruno durante su discurso y las traduce como chispazos de rencor. Los pobres muertos no tienen derecho a nada y quisiera tomar su defensa, pero en su voluntad no existe la fuerza para hacerlo; el homenaje acabó y las reminiscencias de la fiesta ya podrían instalarse como otra lápida más en la colina. La reflexión y el cansancio sustituyen al diálogo. Él maneja a través de la sombra, atento al posible cruce de un caballo, de una vaca, de un borracho, bastaría un descuido suyo para integrarnos a la fuerza dormida, Bruno y yo, dos calculadores, piensa ella en la duermevela. Mientras, Bruno afirma el volante y mira de reojo a su acompañante dormida, rendida, la jornada fue demasiado para ella y por qué no también para mí, las imágenes se me despliegan como fantasmas que brotan de los bordes del camino; ¿de dónde ha ido surgiendo este grupo de apóstoles y alrededor de qué singular testimonio de vida? Lo que leí, ¿lo pienso de verdad? Y después de todo, ¿qué de lo que leí pudo dar la idea de sacrificio y santidad? ¿Acaso no conté la historia de un hombre como tantos? ¿No fue la suya sino la triste historia de un fracaso? ¿O es que, sin darme cuenta, mi discurso alabó la santidad que hay en la mediocridad que se sostiene en el sacrificio anónimo de la vida oscura, cotidiana, en la que no se renuncia a lo que se ha elegido, como si fuese el más sublime de los valores? ¿Y por qué les mostré el libro, su Biblia, qué quise decir con eso? ¿Que más que por su obra se le recuerda por su palabra? ¿Que la obra es la palabra? Curioso que sea este camino de tierra con sombras de arbustos que parecen visiones el que me alumbre el pensamiento. Por las tardes, cuando llego del trabajo y estaciono el auto, cansado, a veces sorprendo a Norma mirando al vacío desde la ventana, esa espléndida vista de Santiago que le he regalado. No me dice nada, pero yo adivino. Echa de menos la necesidad de proclamar el amor en voz alta, la pobreza material de una casa de piso de tierra, la renuncia a toda ambición, la derrota ante los designios de la naturaleza. Las almas sensibles traducen aquellas circunstancias, que para mí son carencias, en ideales de vida. De lejos las cosas se deforman y tienden a verse más bellas. ¿Es así la santidad? Mi alma no lo sabe, no he nacido para ser santo, mi objetivo en la vida es lograr el éxito. Mi consuelo es vivir con Norma. Norma es mi homenaje a un hombre que me inspira lástima y una secreta envidia, que está más allá de mi entendimiento.
En la habitación de hotel que comparte con su mujer, Felipe duerme. Mañana habrá tiempo de sobra para arrepentirse de las tentaciones espiritosas. Rosario cumple con el ruego previo de su marido y lee para sí el abortado discurso que él nunca pronunció, porque le fue negado por su socio, lo último que ha balbuceado antes de largarse a roncar. Yo la observo desde mi privilegiada posición de narrador fantasma y aun con el cúmulo de información de que dispongo no sé qué decir de ella. Podría caer en el juego en que caen los extraños, que ven apariencias y juzgan sobre ellas. Rosario dedica frases livianas y enigmáticas a todo aquello que parezca amenazarla, su cerebro se recubre de razón cuando menos lo necesita y lo que deja a su paso es una estela de misterio. Pareciera ser tan fría, práctica, concisa; quisiera uno creer que detrás de sus palabras se esconden profundos sentimientos, hasta me dan ganas de revelar cierto secreto que guardamos, que sus palabras no son solo palabras las que salen de su boca, mas carezco de pruebas para apoyar esta impresión. Así lee ella el discurso fallido de Felipe, así apaga la luz y así se duerme.
La historia llega a su fin. Permítaseme en este punto una pequeña digresión. Cuando en vida me decidí a predicar con el ejemplo, como tanto se destacó esta noche, descubrí algo que mantuve en reserva, porque me igualaba a los demás: ellos también lo hacían, predicar con el ejemplo, de manera que mi decisión mística se me hizo cuesta arriba: ¿qué ejemplo diferente podía predicar si vivía con mi esposa, trabajaba en una avícola y tenía un hijo, como todo el mundo en ese pueblo? Pensaba hasta entonces que la santidad implicaba una diferencia, que la santidad era una forma de genialidad, mas de pronto se me hizo la luz: la genialidad era un obsequio de la vida y la santidad era el amor a la vida. Lo más hermoso y lo más difícil es vivir. Vivir es renunciar a los mandatos del cerebro. Pude haber elegido esa opción, la difícil; pero elegí la segunda, escribir un libro que narrara mi experiencia. Y si hoy me recuerdan es por el libro.
El hombre es como un globo. De niño contiene toda la energía en un envase minúsculo. De joven se infla y se apoderan de él sensaciones de infinito, poder e inmortalidad que lo impelen a enfrentar con arrestos de heroísmo las injusticias de la sociedad. De viejo se comprime, se reduce a lo básico. He allí el corto y delgado hilo de la vida.
Ahora que soy lo que soy me río de los santones, me río de mi libro. Los vivos piensan que nosotros poseemos las grandes respuestas, pero desde mi humilde pedestal de ser inanimado carente de sentidos ni siquiera tengo certeza de la existencia de Dios, de quien se dice tan injustamente que es el padre de los santos. Observo que aun así me alaban y que mi leyenda va creciendo. Pobres hombres: alaban la metáfora de la testarudez, alaban el Plan y sobre todo alaban la tragedia de la pasión, pues así piensan que crecen y eso les hace renacer las esperanzas. Si volviera a nacer qué haría. Quizás me sentaría a esperar el gran momento, me sentaría a orillas de un lago a transportar pasajeros; tendría una barca, haría viajes de una a otra orilla y cuando ya no quedase nadie en esa tierra yerta, cuando todos se hubiesen ido para siempre, hastiados de vivir en el desánimo, entonces me sentaría en la orilla a esperar a mi amada que vendría del océano. Por las tardes miraría el horizonte desde el lago, me fijaría en cada punto que se viera a lo lejos en el agua, vería su rostro en cada espejismo, estaría siempre alerta, la cena humeando, sólo miraría el horizonte, viviría esperando el gran momento, la espera infinita.
La vida es así. La comprendemos mejor de este lado del camino.

viernes, junio 08, 2007

Divagaciones sobre la letra i

No fue por casualidad que a la i se la ordenó en el tercer lugar dentro de las cinco vocales. Decir a-e-i-o-u es como abrir y cerrar un abanico, algo parecido a lo que sucede con el diafragma de una cámara fotográfica ante la presencia de la luz. La boca se ofrece en forma de una gran redondela para decir a. Cuando se ha dado cuenta del exceso en que ha incurrido tiende a cerrarse, a calcular más su proceder, a fabricar un sonido diríase elegante, y así nace la e, que al mismo tiempo es el ascenso de un escalón en el trayecto de las tonalidades graves a las agudas (¿se han percatado mis queridos lectores cuán original es el tema en el que nos estamos enfrascando?).
Llegamos así al momento del clímax, representado por la i. Es el sonido culminante, chirriante, sacapica en su agudeza; es el festín de las vocales, que se complacen en sacarle la lengua a todo el mundo y demostrarle (demostrarnos) que ellas también tienen su día licencioso, desfachatado e irreverente.
Después, bueno, después viene el castigo y la represión; la redondela se hace chica y grave para decir o y al final los labios se fruncen casi como verdaderos colizones y musitan con finura: u.
Pero más vale no hablar de eso. No estamos aquí para llorar las miserias que nos recuerdan las románticas almas que son la o y la u. Estamos para divagar sobre la letra i y sobre el carácter y la ética del creador.
Ya está claro, entonces, por qué la i es la tercera vocal y qué papel representa dentro de esta familia de tan heterogénea conducta. Veamos ahora otros aspectos, no menos importantes.
La i consta de un palito y un puntito, que no es lo mismo que decir de un palo y un punto, ya que esto último sonaría agresivo, demasiado directo. En consecuencia, es la única de las cinco vocales que tiene dos partes, a pesar de que las otras cuatro, muertas de envidia, constantemente sacan a flote el argumento de los tildes, e incluso la u, en el colmo del infantilismo, esgrime su consabida cremilla de excepción.
"Sí, pero yo tengo dos puntos y tú sólo uno!", suele exclamar en sus momentos de exasperación.
Baste señalar que todo esto fue llevado en su momento a los tribunales, que fallaron a favor de la i. El fallo, de 1934, analiza el abecedario español completo y guarda un considerando especial para el caso de la ñ, pero esa historia es conocida y no sería bien visto contarla aquí.
No es casualidad que la i tenga dos partes. La razón está en la lluvia de críticas que despierta su alocado proceder. El palito la eleva, inconmovible, para gritar su verdad de chiquilla mañosa; y el puntito le sirve como paraguas. Como quien saca las castañas con la mano del gato.
Mirada desde arriba nos ofrece la curiosa perspectiva no de un palito, sino de una esfera. Si la ampliáramos con microscopio, la esfera llenaría el lente y pasaría a ser el globo terráqueo, quizás el universo (si es que éste, eso sí, tuviese forma de esfera).
La i tiene una gemela: la i manuscrita, que es una ola que sube y que baja. La I mayúscula no cuenta, porque nos echa a perder casi todo lo escrito.
La i es delgada y no tiene costillas. Sólo dos huesos. Uno largo y otro redondo.
La i tiene dos imitadores: la l y el 1. Pero éstos son remedos de perfección. Nunca conseguirán la pureza y combinación de formas que nos ofrece la i. No hablamos, por cierto, de una estructura delicada. Al contrario, hemos sido majaderos para resaltar, diríamos, no las virtudes, sino los defectos de la i, que son los que le otorgan su encanto.
La i es una espada de Damocles invertida o si se quiere, una metáfora de la espada de Damocles, que como toda metáfora no es exactamente igual a la figura original en que se inspira. En este caso la espada sería una bola inmensa que pende sobre su dueña, una flacuchenta con cuerpo de lápiz (y si fuese invertida, la espada sería una lanza que pende sobre un gordiflona con cuerpo de estómago).
La i es mujer. Todas las vocales son mujeres. Todas las letras son mujeres. Todas las palabras son mujeres. Los conceptos son hombres. La filosofía es mujer. Dios es hombre.
Todo lo anterior, para decir que estas horas muertas me impulsan a divagar. A pensar en aquellos creadores que lo sacrifican todo (esposa, hijos, amigos, dignidad, lealtad, humildad) con tal de lograr la fama. Han escrito libros, volúmenes completos, apoyándose en su talento creativo, que como les viene de no se sabe dónde y les sale a raudales en lo que hagan, se les antoja hermoso y trascendente para los demás. Olvidan que el talento no lo es todo ya que, y es fácil demostrarlo, cualquiera puede hacer de una lesera una falsa obra de arte, como sería, por ejemplo, el caso de alguien que divagara sobre la letra g o sobre el trasero de Marta Sánchez. Cualquiera escribe una novela sobre la dictadura o sobre lo real maravilloso.
La gracia es otra, como dijo mi compadre Quiñones en su tratado "Literatura y ética, o cómo hacer del arte una expresión de elevada belleza", que entre paréntesis no lo leyó nadie, por fome.