lunes, octubre 01, 2007

Conversaciones con una momia

Entré a la fosa una noche en que Pisagua estaba oscura y Playa Blanca, vacía de picapedreros, policías y curiosos. Había luna nueva y las tenues lucecillas del puerto eran míseros candiles que no proyectaban ni una sombra. En Playa Blanca sólo se intuia un leve cambio en la tonalidad de las mareas, se veía apenas el espumoso vaivén que pisa las uñas del desierto desde hace miles de años. Pero no se escuchaba nada, ni siquiera el graznido de las gaviotas que me sobrevolaban.
Caminé por dentro del enorme receptáculo, sobrecogido por el silencio. Pisaba la tierra blanca, recién removida, cuando sentí un ruido y un aliento a mis espaldas.
-No busque más, amigo, se los llevaron a todos -me susurró una voz de hombre.
Era una voz ajada, de madera apolillada y jirones de tela, acompañada de un aliento a tierra seca. Como la voz de un muerto desenterrado y el hálito que desprenden las fauces subterráneas de los museos.
Me volví bruscamente para ver a ese hombre, pero sólo pude contemplar su silueta. Correspondía a la de una persona de mediana estatura, cabellos desgreñados y ropas gastadas, casi diría pasadas de moda. Las solapas de su vestón se intuian anchas. Las piernas del pantalón eran patas de elefante.
-Perdone usted, andaba curioseando -le expliqué.
-No se le dé nada; mire tranquilo, amigo, pero ya se los llevaron a todos. Aquí no queda nadie -respondió.
-¿Mucho tiempo que se los llevaron?
-No ha mucho. Unos días.
-¿Usted los vio?
-Claro, estaban sequitos, pero se conservaban bien.
-Perdone mi indiscreción -me atreví- pero ¿quién es usted?
-Un guardia...
El hombre parecía querer decirme algo. Nos habíamos quedado parados en medio de la fosa, la misma que durante años escondió tantos cadáveres de fusilados a raíz del golpe militar. Su lenguaje, tan lacónico, me enviaba ráfagas de imágenes alucinantes y violentas. Sentía, cada ciertos segundos, un estallido de balas y una opresión en el tórax, un pañuelo en la frente y un sudor frío detrás de las orejas. A través de esa voz intuia remolinos de miedo que volaban por el aire seco de la fosa.
Miedo. Aquel ente prehistórico que no tiene forma de nada y que acecha nuestro pasado y nuestro futuro, los únicos tiempos que son.
-Venga, amigo, por aquí -me dijo el hombre.
Salimos de la fosa y caminamos en dirección al cementerio. Antes de llegar se paró en un promontorio y me indicó:
-Aquí hay más...
Le pregunté:
-¿Está seguro?
-Venga mañana -me dijo, y siguió hacia el camposanto, nunca tan oscuro como esa noche...
Yo volví a la fosa. Algo atraía a mi alma hasta esa matriz geográfica. Nuevamente en su interior reparé en una falla lateral pobremente disimulada por una superficie circular de cartón. Apenas la retiré hubo un ligero derrumbe que dejó al descubierto un orificio paralelo, un pequeño túnel más negro que la oscuridad de la noche, y que sin embargo se adivinaba largo y sinuoso. Entré y me arrastré muchas horas por las profundidades de la tierra, pero no logré dar con nada en el otro extremo.
A la noche siguiente me encontré nuevamente con el hombre. Estaba cavando en el promontorio y llevaba muy avanzada su tarea. Desde arriba se escuchaban las suaves paladas. La tierra subía como un rocío de bellotas que volaban para depositarse nuevamente en el suelo, en declive. El hombre advirtió mi presencia en un descanso de su labor, y me llamó:
-Venga, amigo, ya casi llego...
Bajé, más bien salté a la nueva fosa, y traté de ayudarle; pero no había más palas. Y en ese momento las palmas de mis manos no servían. En la profundidad de la noche, el desconocido intentó darme ánimo:
-No importa, amigo. Sigo solo. Yo sé que hay más, debe haber más.
Lo interrumpí:
-Perdone usted. Acompáñeme a la otra fosa.
-¿Sabe algo? -preguntó.
-Creo que descubrí un túnel -le dije.
Ya en la fosa le mostré el orificio, mucho más pequeño de lo que recordaba. Él intentó penetrar, pero las articulaciones de sus piernas se lo impidieron. Echó una humilde maldición y se devolvió. Tomó la pala y comenzó a agrandar la circunferencia del túnel.
-Usted no es un guardia -me aventuré a reprocharle, al reparar en la obsesión con que desarrollaba su tarea.
-¿C-cómo lo sabe?
-No sé, no lo parece.
-Es cierto -admitió-. Llevo mucho tiempo aquí.
-¿Cómo dice?
-Aquí debe estar la sangre de mi sangre.
Comprendí.
-¿Su hijo?
-Mi hijo.
-¿No apareció en la fosa?
-No venía entre los cuerpos.
Dicho esto siguió excavando, con serena furia, con porfía, hasta que se vislumbró, más allá de la negra camanchaca, el frío amanecer.
No lo volví a ver durante varias jornadas y supe que había abandonado su imposible misión. Pero una noche, de repente, me llamó desde la otra fosa:
-¡Amigo, venga, toco algo!
Corrí hasta el hueco improvisado.
-Hay un cofre, ayúdeme a sacarlo -me pidió.
Bajé y traté de asir la caja de metal, pero resultó muy pesada para mí. El hombre, que tenía fuerza, se la robó a la tierra y el armatoste se posó en el suelo, levantando una cortina de polvo. Abrió la caja y extrajo un montón de papeles sin valor y unas viejas cajas de fósforos. En su interior no había nada más.
-¡Cómo!, ¿no lo advierte? -le pregunté.
-¿Qué?
-Están abajo, hay cuatro cuerpos.
Qué extraño, el hombre no reparaba en ello y yo los veía claramente debajo de la tierra, a unos pocos centímetros de nuestro alcance. Al borde de uno de los cuerpos se hallaba el otro extremo del largo túnel.
Escuchaba sus lamentos a flor de tierra. "Sácame, sácame, sácame, que quiero descansar", suplicaban.
-Siga cavando -le pedí.
-No, amigo, yo llego hasta aquí.
-Siga, por favor.
Por primera vez lo advertí irritado.
-Mire, amigo, no sé quién es usted, pero yo hasta aquí no más llego. Si sigo en este hoyo me voy a volver loco, me voy a chalar. Continúe solo, si quiere; tome, aquí tiene la pala.
En la profundidad de la noche, el hombre me pasó la pala y la pala cayó a la tierra. No la tomaron mis manos y el hombre percibió aquello.
-¿Dónde está, dónde se ha ido, amigo? -preguntó, nervioso.
Tomó un fósforo y encendió uno de los papeles sacados del cofre. De su rostro me saltaron facciones conocidas, familiares. Él, a su vez, alumbró mi cara. Mi alma retrocedió. Por instinto, diría.
El hombre desfiguró su rostro ante la visión de mi falso cuerpo y lanzó un horroroso grito. Salió de dos zancadas de la fosa y se perdió más allá de las tumbas del cementerio, en dirección a la carretera. Intenté alcanzarlo y le grité: "¡Espere un poco, lléveme con usted!". Pero se trataba de una persecución imposible. Mi radio tiene un límite, del que no puedo apartarme demasiado. La fosa, hasta hoy, sigue siendo mi centro de gravedad.
Ahora sigo esperando que alguien aparezca y me haga descansar. Mientras no suceda eso mato el tiempo comentando con los demás el lento paso de las noches. Reflexionamos sobre el graznido sordo de las gaviotas y el invisible ondular de las mareas. Nos preguntamos si más allá también se percibirán esas sensaciones. A veces nos desplazamos por el túnel. Unos con otros. Vamos y venimos como centellas, como fuegos fatuos, sin levantar una sola partícula de polvo. Si pudiésemos dormitar aunque fuese un par de segundos al año, todo sería tan diferente. Pero tal parece que mientras no nos saquen de aquí eso es mucho pedir...