viernes, diciembre 28, 2007

El hombre metafórico

Esto no es un cuento. De hecho, si lo fuese, los sucesos se presentarían de tal modo que terminarían alineándose en torno a un tema, como sucede con todos los cuentos, aún los aparentemente caóticos, que son los más cercanos a la vida. Un cuento supone un reordenamiento de la realidad, un truco artístico destinado la mayor parte de las veces a dar desahogo a los caprichos más insensatos del artista, a sus pasiones escondidas, sus represiones, sus sueños. Ni Chejov ni Maupassant, grandes reporteros de la literatura, escapan de eso. Si yo eligiese escribir un cuento, naturalmente debería tomar cierta distancia de los personajes o escoger una personalidad más adecuada, canónica (de haber resuelto usar la primera persona). Como no sé hacerlo -y de ello dan prueba mis decenas de manuscritos vertidos en el tacho de la basura por los jurados de los concursos de cuentos- decido presentar, en cambio, hechos que realmente sucedieron, o que yo creí que sucedieron, en dos días. Habrá quienes los interpreten como una ironía sobre nuestro sistema de transportes; otros verán en ellos una metáfora del hombre contemporáneo, otros el retrato de una persona de carne y hueso, otros las angustias de un escritor frustrado. Temo sin embargo que la mayoría llegue solamente hasta este párrafo, aburrida de leer insensateces, como aquella de proclamar que la vida es en sí misma un caos y que eso explicaría su florecimiento por doquier.
Aún así, quien persista en la lectura y desee buscarle un orden, un sentido, una lógica -a la vida y a este relato- se topará con muros insólitos, como los que me salieron al paso en aquellos dos días.
Pero basta. No es que desee hablar de don Germán Arellano Silva; son las circunstancias las que me obligan a volver a él.
Ya lo he mencionado antes en mis Parábolas y en estas Memorias; hasta me di el lujo de robarle el argumento de una monja enana que anduvo por ahí prestándose a ciertas perversas bajezas. Aquella vez no dijo nada, digo nada malo sino al contrario, me colmó de alabanzas. Nunca dice don Germán nada malo de los demás: es asombrosa su capacidad de transformar la ira -que en cualquier mortal nacería de una situación proclive a dicho sentimiento- en gestos o reflexiones poéticas, absurdas, acompañadas desde luego de improperios, chilenismos escalofriantes. En otras palabras, se burla de su suerte. Pensaba, antes de conocerlo mejor, que esa conducta suya escondía una picardía criolla de la que es conveniente resguardarse, so pena de terminar acuchillado a mansalva por el néctar de la venganza oral durante una tertulia que no lo tenga a uno por asistente; o tal vez, también pensé, ayudado por otros antecedentes acerca de su vida, que dicha conducta escondía una baja autoestima. Ahora me he convencido de la falsedad de lo primero. Y si fuese cierto lo segundo, es menos importante que la verdadera causa de sus desvelos: don Germán Arellano Silva, tal como ansío hacerlo yo, es un hombre que avanza a pasos agigantados hacia la niñez. La diferencia es que él avanza realmente, en tanto que yo sólo aspiro a hacerlo. Este estilo que asumo ahora mismo, por ejemplo, ya me traiciona, es un retroceso que se puede entender también como un progreso hacia el estado de estupidez que alcanza la mayor parte de los adultos. En cambio cada uno de sus nuevos poemas sí que son un avance, avance en el sentido de retorno.
Las circunstancias son de lo más extrañas. Paso por un momento de mi vida que se me antoja decisivo. Nada muy novedoso viéndolo desde afuera; agitado y revolucionario si se le examina por dentro. Los hechos objetivos, palpables, son que entrando a la bajada del vaivén de los cincuenta mi cuerpo comienza a dar señales verdaderas, no hipocondriacas, de declive. Me duelen las manos, surgen síntomas de artrosis, hace unos días me han brotado unas vergonzosas várices; la caída del cabello progresa a paso constante, al igual que las canas que van ganando el territorio del cráneo que se resiste a despoblarse. En el bus ya me han dado dos veces el asiento y en mi trabajo no queda casi nadie que no me trate de usted. Duermo menos, pero sueño repetidamente con un niño de poco más de un año que me mira con una sonrisa graciosa, inocente, pura. A mis hijos los veo tarde mal y nunca, de mi esposa me cuidaré de hablar...
Y fue dentro de estas circunstancias de mi vida -las he comentado porque ciertamente ejercerán un efecto dramático en el relato- que a don Germán le aconteció lo que pasaré a narrar.
Era de noche, cerca de las dos. Yo esperaba en mi puesto, casi el único ocupado en el potrero de computadoras en que se transformó de un tiempo a esta parte la oficina. Esperaba que don Germán cumpliera con su oficio un día más; es decir, terminara de leer la última prueba de página que le quedaba por corregir. Una vez que lo hubo hecho y el papel volvió a mis manos, incorporé las correcciones y al grito lúdico de ¡página! traspasé la responsabilidad de la edición al diseñador, quien envió de un teclazo su contenido a las rotativas. El diario ya estaba listo y sólo restaba que el cierre fuese confirmado por el reloj, instrumento que a pesar de lo que le estaba sucediendo a nuestro corrector-poeta, se resistía a dejar su papel de rector de almas del Siglo XXI.
Cuando los relojes marcaron efectivamente las dos campanadas apagué el computador, eché llave al escritorio, me levanté del asiento y me fui. Al darle las buenas noches, don Germán me agarró del brazo, lo que me hizo concentrarme en su mano, de la que extrañé la ausencia de sus clásicas manchas.
-No se vaya aún, por favor -me pidió.
Le pregunté si faltaba algo que despachar. Entonces me fijé en sus ojos: brillaban como luces venidas de un túnel infinito. La tersura de su piel era envidiable, como la de ciertas mujeres que se embetunan el rostro con esas famosas cremas destinadas a lucirse en las fiestas.
-Tengo un poco de miedo, señor Mardones... me está pasando... algo.
No hablaré más de mí y me concentraré en su situación. Había un café abierto en la esquina siguiente; se caracterizaba por atender a jóvenes y a turistas extranjeros. La ebullición nacida del alcohol salpicaba las carcajadas con oleadas de frenesí; dicho ambiente no era el mejor para escuchar el angustiante lamento de un poeta, mas no había posibilidad de elección: era el único café abierto a esa hora en cuadras a la redonda.
-Le ruego que me escuche y no me interrumpa -me rogó. Accedí.
Estas fueron sus palabras.
Hablan los poetas, habla toda la poesía del mundo de tres o cuatro cosas, más no. El tiempo, la muerte, la carne, el amor, la espera, sobre todo la espera. Puede uno imaginar las cosas más disparatadas mientras aguarda, tanto a su amada como su turno en la fila para pagar la cuenta del agua. La espera es la madre de la mentira piadosa, que es el arte. La espera, al contrario de lo que se cree, no regala visos de futuro sino que hace retroceder al alma, pues ésta se nutre de la memoria y la memoria es recuerdo, pasado. Fue así como Keats pudo ver al otoño dormitando bajo un árbol y el difunto mister Elvesham estuvo en un tris de lograr el acceso a la fuente de la eterna juventud a través del mecanismo del traspaso del hilo eterno de un ser a otro. Así también Wordsworth reencontró al niño que dormía en el padre, Blake abrumó a la conciencia con el rugido de un tigre indomable, Carpentier hizo a un hombre viajar a su semilla, Cernuda vio nubes aún no habiéndolas en el cielo infernal que aprisionaba su alma y yo, afiebrado de fiebre de espantosa espera, me aferré a mi balneario de Constitución, de donde jamás he podido salir. Pero éstas son metáforas, señor Mardones, fantasías, ansias de belleza en una tierra ansiosa de descalabros. Si mi vida hubiese seguido transcurriendo metafóricamente, como hasta el día de ayer, todo sería más llevadero. Las deudas me abrumarían, el trabajo de corrector de pruebas se me haría insoportable, los trucos para escabullirme de la presión de las admiradoras que leen mi blog me quitarían el sueño, la fría y solitaria pieza en que tiendo mis huesos cada noche se parecería a la habitación de Raskolnikov con su atmósfera cargada de culpa. ¡Ah, qué plácido y bello era todo aquello, mi pasar!, y no me daba cuenta. Hoy, en cambio, una bruma que conduce a los estados primigenios me traga a una velocidad desconocida y me siento a merced de dichas fuerzas y eso no me pone contento, como debería ser, porque la angustia que acompaña a esa sensación palpable no la puedo manejar.
Pero déjeme retroceder en la historia... ¡ah, retroceder... el retorno! (tragaba vasos enteros de agua; cada vez que pasaba Claudio, el mozo, le pedía otro). ¡Pero si todo comenzó apenas ayer por la tarde!... y antes... mi vida... ¡no me daba cuenta!... ¿Volverá a ser la misma?... ¡La añoro, sí, la añoro y no deseo que vuelva! Pero usted no entiende la contradicción, de seguro... ¡ay, si estuviera en mi pellejo!... ¡cómo entendería! ¡Y cómo se apoderaría de usted esta angustia insoportable! (un inesperado gallito le hizo agachar la cabeza, presumiblemente de vergüenza, hasta que ésta tocó su pecho agitado y se quedó en silencio, uno, dos, tres largos minutos. Luego secó el vaso y prosiguió).
Hay momentos en que me parece estar días y días en el paradero, esperando el Transantiago. Como usted bien sabe, antes, cuando había muchas líneas disputándose las calles, esto no era así.
(Se agitó más aún, hizo un largo paréntesis y continuó).
Ayer salí de mi casa después de almuerzo y me instalé en la esquina de Domingo Santa María con Enrique Soro a esperar la B-17. Me había resignado a esperar unos 40 minutos. De hecho, salí intencionalmente de mi casa con 40 minutos de anticipación. Pasó entonces el verdulero del barrio en su triciclo. Iba a despachar una mercadería y aunque le costaba un poco pedalear, levantó la mano para saludarme. Al rato lo vi pasar de vuelta. ¡Don Germán!, ¿todavía aquí?, me volvió a saludar. Yo no dije nada; me limité a mirarlo. Bien entrada la tarde lo vi venir de nuevo con una nueva carga de frutas y verduras. ¡Por Dios!, dijo, solamente. Esa vez temió saludarme y yo traduje su exclamación más bien como un gesto de piedad. Entre tanto, resultaba increíble comprobar como transcurrían las horas, una tras otra, mecánicamente, sin remedio, con esa fría objetividad que las caracteriza. Comencé a pensar entonces si la B-17 no sería una línea fantasma, si la B-17 no sería el remedo de una ficticia variante A-16. Usted sabe que la mente poética es así, señor Mardones, juega con lo que hace sufrir, convierte las desgracias en fantasía y así se libera del mal que el mundo y la naturaleza le van metiendo en la mollera, en el entendido de que la mente esté en la mollera. Pero me distraigo. Déjeme continuar, por favor... sí, déjeme continuar... más agua, por favor... gracias, muchas gracias. Le decía que habrían pasado horas, unas tres o cuatro; comenzaba a impacientarme, no surgían nuevas metáforas, se acababa la imaginación. Entonces sucedió algo muy grande y revelador, cuyo análisis dejo a su criterio, pues me temo que este retorno le está haciendo mal a mi memoria. Desde mi asiento en el bus fui testigo de una secuencia tenebrosa, aparte de lógica. Ante mis ojos desfilaron, una a una, las más diversas funerarias. "Cristo es la roca", "Hogar de Cristo", "Cristo luz del mundo", "Funerarias La Unión", "Hermanos Carrasco"... Eran las mismas de siempre, naturalmente, y sin embargo me abrían el espíritu, me invitaban a un descenso plagado de horror y dolores. Habiendo visto la última de ellas, la calle me regaló a continuación visiones de torturas medievales. "Hospital San José"... "Servicio de urgencia de adultos"... ¡"Instituto nacional del cáncer"! (aquí lo traicionó otro gallito). Como si no bastaran las funerarias, los centros de salud me hicieron ver que el único estado posible del hombre es la enfermedad, que conduce inexorablemente a la muerte. Los enajenados que circulaban por el sector pidiendo monedas para adquirir cigarrillos anunciaban a pocos metros, como si fuera poco, la estructura decadente del hospital siquiátrico y las familias enteras vestidas de negro que se veían dentro de ciertos vehículos que enfilaban por avenidas paralelas no podían dirigirse sino al lugar más tétrico de todos: la morgue. Entonces vi pasar ante mis ojos el Cementerio israelita, señal de que ya estaba próximo a la avenida Recoleta, embudo a cuya boca van a dar a su hora los habitantes de Santiago: el Cementerio general. Pero al mismo tiempo de que me sucedía lo que le acabo de narrar circulaba por tercera vez el verdulero con un nuevo encargo en su triciclo. Si no lo hubiese mirado tres veces no lo habría reconocido: ¡era un despojo del anterior!, un fantasma envejecido por los años, un hombre en el ocaso para el que el pedaleo se había convertido en una tortura, un castigo del Señor. Me pregunté si en esas condiciones no sería mejor estar muerto, pues, ¿de qué le valía ganarse la vida? o mejor, ¿para qué se la estaba ganando? Entonces me desperté por completo: yo seguía en el paradero, nunca había viajado ese día y lo que mis ojos habían visto eran anuncios, profecías venidas de la realidad, pues sabe usted perfectamente, señor Mardones, y ya lo he dicho, que por Santa María, Vivaceta, Bezanilla y Recoleta se hallan efectivamente esos lugares y edificios que le he descrito... sí... más agua, por favor... muchas gracias... pero lo que me despertó por entero no fue la constatación de ese hecho delirante; fue otra cosa, fue el haber tomado conciencia de que el verdulero me miró fijamente, sin saludarme. Tardé unos momentos en comprender que no me había reconocido. Y si no me había reconocido no era porque el farol de la esquina no alumbrara bien mi rostro -al contrario, lo encendía vivamente- sino porque mis rasgos no eran ya los mismos. ¿No lo nota, señor Mardones, no es capaz de notarlo? ¿No tiene ojos acaso? ¡Me estoy devolviendo a la infancia y usted no se da cuenta!
Nunca había sido testigo de una borrachera con agua de la llave, pero a juzgar por sus palabras, don Germán estaba enteramente borracho. ¿Retorno a la niñez? Está bien decirlo en un sentido metafórico, poético, pero ¿desafiar las leyes del tiempo y volver de verdad a los orígenes? Es imposible, no hay casos así ni los habrá jamás. Era verdad que sus manos, las manos de esa noche, eran manos juveniles; también era cierto que su piel estaba tersa, que su rostro no exhibía arrugas, que de su frente no brotaban pliegues, que su misma voz era casi una voz adolescente, lo que refrendaban los gallitos, pero, ¿volver a la infancia? Mucha lectura, mucho Quijote, demasiado Scott Fitzgerald, pensé.
Aún así, el suyo me pareció un discurso deslumbrante. Por lo mismo, no reparé cuando se levantó para ir al baño. Demasiada agua le pasó la cuenta, concluí. Transcurrieron diez minutos y no volvía; empecé a preocuparme. Decidí ir a buscarlo: el baño estaba abierto y adentro no había nadie. Aproveché de orinar yo mismo, ríos y ríos de orina. ¿Se había ido sin avisarme? Don Germán no era capaz de algo así. Volví al asiento, llamé a Claudio y le pedí la cuenta. La suma era ridícula. El agua no se cobra, me explicó, sólo el derecho a asiento, y como usted es cliente antiguo... Le pregunté entonces por don Germán. Claudio hizo una mueca, como si bebiera aceite de bacalao. ¿Se encuentra bien?, me preguntó. Me siento perfectamente, Claudio, le dije, pero me gustaría saber dónde se fue mi compañero de mesa. ¿Qué compañero de mesa? Don Germán Arellano, ¿lo ubica? ¿Don Germán? Claro que lo ubico. ¿No es ese amable señor de lentes, el corrector de pruebas de su diario? Él mismo. ¿Y qué hay con él? Nada, es que quiero saber dónde se fue. Usted vino solo, señor Mardones, convénzase. Sí, Claudio, je, je, era una broma, gusto de verlo y pórtese bien. Espere, señor Mardones, se le queda este papel...
No era momento para digresiones. Volví al diario y pregunté por don Germán. Los guardias hicieron un llamado a su sección y me confirmaron lo que me temía:
-No vino. Está en su día libre.
Volví a la calle. El principio de artrosis, la calvicie galopante eran bagatelas. La vejez me estaba haciendo su primera gran jugada. Esa vieja vestida con harapos que va de puerta en puerta anunciado la hora a todo el mundo me entregaba la primera señal a través de las palabras de mi amigo, invisible para todos, no para mí. El verdadero retorno no sólo es real sino dramático, angustiante. Don Germán me lo advirtió y no le entendí su mensaje cifrado, pero ahora se me abría la mente, igual que a él, ayer por la tarde.
Paré un taxi y le ordené que me llevara a la esquina de Santa María con Enrique Soro. Le rogué que encendiera la luz interior para examinar el papel. Era un poema, nacido indiscutiblemente de la mano genial del poeta moribundo. Decía así:

Un tiempo deslumbrante

Había en el ayer inciertas batallas
que destellaban en la maleza.
Había inexorables pasos en busca del mar,
de hundidos espacios cruzados por bellos artilugios,
de truenos,
del Edén que se soñaba eterno,
de matices y fantasmas.
Había un tiempo deslumbrante.
Y sólo los audaces regresaban,
cada noche,
a los torrentes,
a los bellos artilugios,
a los muslos en llamas,
a las inciertas batallas
que destellaban en la maleza...

¡Acelere! -le ordené. El taxista me hizo caso, pero sólo hasta un límite razonable, lo que juzgué casi como una traición y se lo hice ver.
-¿Usted me paga el parte? -protestó, fulminándome levemente a través del espejo retrovisor.
-¡Yo se lo pago! ¡Y le pago diez partes, si quiere! -reaccioné, fuera de mis cabales.
El chofer me dejó en la esquina, recibió su dinero y se marchó, ahora sí que apurado.
Desconocidos habían destruido la luminaria situada frente al paradero, a juzgar por los vidrios dispersos en la calzada, sin aplastar aún por los vehículos. El paradero estaba vacío, salvo por una especie de frazada arrinconada en el asiento. El humilde ropaje protegía el cuerpo de un bebé, un bebé de horas, se parecía tanto al de mis sueños, un bebé rozagante, hambriento, lleno de aire en los pulmones. Al acercarme, la criatura se agitó levemente y tendió a levantar su cabecita hacia arriba. Consiguió sacar sus manitas de la frazada y las estiró en mi dirección. Sus ojos negros brillaron en la oscuridad y juro que antes de largar el llanto me sonrieron. Lo tomé en mis brazos y lo acogí con todo el cariño que mi estado de incredulidad pudo darle, antes de llevarlo a la comisaría más cercana.
"Cuídenmelo, por fabor", se leía en una nota adosada a las iniciales del nombre escrito en su muñeca: G. A. S.
Pero no puedo terminar esta secuencia sin sacar de ciertas dudas, que naturalmente se les habrán despertado, a mis escasos lectores. Yo mismo, como lector, prefiero los finales cerrados a los abiertos. No me agrada darle al relato una dirección que el autor tal vez no imaginó. Aquello me huele a traición, a desequilibrio de intelectos. Pero qué digo, ya me alejo otra vez de la gran quimera...
Al día siguiente aparecí como siempre en el diario. Allí estaba, también como todos los días, don Germán, quien se levantó de un salto para decirme que me había visto en las noticias. Otros colegas hicieron lo mismo. Odio ser el centro en cualquier grupo humano, pero ayer tuve que soportar dicha sensación durante varios minutos; mejor dicho, hasta que conté el caso una y otra vez. Luego de que el apetito fue satisfecho pude recién sentarme en mi puesto e iniciar la jornada.
Tarde en la noche, durante un paréntesis, me acerqué a don Germán y le confesé que todo había sido por su culpa.
-¡No me diga, fíjese que yo lo adiviné! -exclamó, dejando por un momento la página que corregía. Acto seguido me enseñó un nuevo poema escrito en su blog, sembrado de comentarios femeninos. De pronto me lo imaginé dentro del féretro, marmóreo, imponente, intraducible, atrapado para siempre en la materia, impedido de evadirse a las orillas del Ganges o a los confines de Alemania.
-Usted habrá de morir un buen día -le advertí- y yo también. Nada de lo que hemos conocido nos estará esperando en la otra orilla. Nuestros sueños quedarán aquí y la ansiada niñez volverá al polvo de donde surgió. Hoy da lo mismo entrar en la sombría urna que estallar en llanto en el paradero de la micro; da lo mismo escaparse sin aviso de un café que ir a dejar a la comisaría más cercana a un bebé recién nacido con sus iniciales en la muñeca, ¿y dejarlo para qué? ¡Para salir en las noticias! De todos modos da lo mismo, porque esas imágenes son el producto de nuestras fantasías. Pero mañana no será igual, don Germán, mañana será otra cosa, muy diferente, y si tiene a bien aceptarme un pequeño consejo, le ruego encarecidamente que viva usted, que ame hasta lo imposible, que se desgarre de dolor por la virtud ausente, que cante serenatas ridículas ante una ventana cerrada...
-La pura verdad, señor Mardones -me dijo antes de volver a su página y luego a su poema adornado de perfumes. Era obvio que se burlaba de mis aires pontificadores; o tal vez no hacía otra cosa que refugiarse en su esencia, que es la esencia del alma del poeta: la sagrada mediación entre Dios y los hombres a través de la palabra.

jueves, diciembre 13, 2007

"¡Llévame!"

La vida dejó de ser interesante. La vida era interesante cuando una emoción intensa se apoderaba del alma, cuando esa emoción nublaba el diario acontecer y le hacía creer a uno que la vida era eso, la emoción.
La vida era interesante cuando uno daba rienda suelta a su naturaleza profunda, viciada. Se convertía uno en uno mismo, a pesar de la moral y de la ley. Esa descarga imprecisa de energía que llevaba a los infiernos permitía ver fuegos vedados. Era la vida interesante del cínico, del descreído.
Dicen que hay la vida interesante del santo: la negación del yo, el desprendimiento de la ambición la hace interesante. Se verían resplandores sagrados mientras el cuerpo entra en éxtasis, al momento de la levitación.
El artista combate la angustia existencial creando. El adicto se droga. Los locos son internados brutalmente por los médicos. Tres enfermos de desinterés que enfrentan esa realidad cada uno a su manera.
¿Por qué habría de ser la vida interesante si no existe emoción, si no hay maldad, si no hay bondad, si el amanecer se ve a través del velo de una cortina, como sé que hacen dos amigos?
Anoche mi esposa y yo despertamos al unísono. Eran las tres de la mañana. Del edificio de enfrente surgía un grito desgarrador, el que nos había despertado. Nos levantamos, nos asomamos al balcón. Pensamos que se trataba de un asalto, de una pelea entre cuatro paredes. El grito se repetía una y otra vez; venía de uno de los departamentos de arriba, quinto, sexto piso. Grito de mujer madura, voz ronca, ronca de dolor. Un gran quejido.
Concluimos que se trataba del lamento de un moribundo y volvimos a la cama. No era aún nuestra hora. El grito decayó. Luego resurgió con más ímpetu y remató en una palabra estremecedora: "¡Llévame!".
¿Llevarla? ¿Adónde? ¿A la clínica? ¿Al cementerio? ¿Al cielo? ¿Dónde se lleva a los que están muriendo?
Ese lamento nocturno es la única verdad de esta vida tan poco interesante. Campanada que dobla desde nuestro nacimiento, pero que nos negamos a escuchar, echando la vista hacia el costado, haciendo como que disfrutamos.

jueves, diciembre 06, 2007

El álamo

Siempre un árbol se escapa. Hay que estar atento a su sombra. Lo dejas de mirar un segundo y ya es otro.
Tanto que caminamos esas vacaciones para llegar a él. Hacía calor en el campo y no daban ganar de coger moras. De vez en cuando nos inclinábamos a beber en el arroyo, pero era una misión difícil la que había emprendido mi padre, nosotros detrás de él.
Cuando llegamos sacó el cortaplumas y marcó el tronco. Era un tronco delgado, de álamo nuevo. Era un álamo entre tantos álamos, era difícil de recordar.
Al año siguiente emprendimos el mismo viaje: de la casa de campo al pie de la montaña, al bosque de álamos. Refrescándonos en el arroyo, cogiendo moras.
Se inició en el bosque una especie de juego de escondidas, en este caso de encontradas. Al final, uno de nosotros dio con el árbol marcado. Creo que fue mi padre o tal vez mi primo Julio, que era el más despierto. Se produjo una algarabía en torno al esquivo ejemplar. A mí me dio una especie de malestar estomacal causado por la emoción: la marca estaba tan arriba, había crecido tanto el álamo.
Nos descuidamos un segundo y casi lo perdimos.
Al tercer año no hubo vacaciones en el campo. Algo pasó.
Al cuarto año tampoco hubo vacaciones. Estuvimos mirándonos las caras en la casa de Rancagua el verano entero. Eran días largos, larguísimos. Duraban más que los días del campo.
Al trigésimo año las vacaciones fueron en un lago de la zona central. Aparté dinero de la gratificación y llevé a los niños de camping. Éramos relativamente felices. A veces me daban ataques de angustia. Una tarde mis hijos estaban al borde del lago y yo tomé una piedra, casi una roca, y por jugar la lancé al agua. La mano se me fue y la piedra pasó rozando la cabeza de mi hija. Me dio un susto terrible. De regreso pasamos a alojar a la casa de mis padres. Mi mamá nos recibió con un bistec con ensalada de tomates y cerveza helada. Mi padre no dijo nada, pero puso cara de satisfacción.
Al cuadragésimo quinto año fuimos con mi mujer a un lago del sur. Alojamos en un hotelito, cerca de Frutillar. Los niños se quedaron en Santiago. Prefirieron disfrutar con sus amigos.
Anoche tuve un sueño extraño. Desde la ventana de nuestro hotel en el cuarto piso mirábamos a Putin, el Presidente de Rusia, que hablaba desde el edificio de enfrente, elegante, también cuarto piso. Estábamos al mismo nivel. A su lado, flameaba la bandera. Me incliné y miré hacia abajo: el líder de la oposición gesticulaba en la calle. Cortaba la calzada una barricada de autos. Más allá, los soldados iban y venían con sus armas y desde el horizonte surgían luces como de fuegos artificiales. Por la televisión Jerry Lewis daba a conocer los acontecimientos de Rusia. Alguien en nuestra pieza dijo de pronto que la bomba estallaría en cualquier momento. Entonces me encogí.