viernes, febrero 22, 2008

La literatura

Entonces no había árboles; había un sólo árbol de tronco liso y ramas cortas que se levantaba de adorno frente a la ventana, en un cuadrado de tierra dura. Yo era un niño y estudiaba demasiado, sentía demasiado y soñaba demasiado, aunque a esas alturas quedaba poco y nada por hacer.
Más tarde, durante los días verdes, me puse a cavilar. A diario me atacaba el torturante pensamiento de transitar por el camino equivocado. Las energías se me iban en plantearme la duda, echar pie atrás y reemprender la marcha por la senda que creía correcta. Así, hasta divisar la nueva bifurcación a la vuelta de la esquina. Recuerdo que al llegar la noche acababa exhausto, sumido en un enredo fenomenal. ¿Había obrado bien o había dado pasos de ciego? Los signos del día eran ambiguos; se prestaban para las más diversas interpretaciones. Me atormentaba especialmente la medición intelectual con los de mi edad. Sobrepasaba a varios, pero los menos andaban a tranco seguro, ya eran famosos y destacaban, no así yo. No creo que haya sido un tema de vanidad, sino un sentimiento nacido en el ansia de afirmación del propio valor a través de la demostración de dicho valor a la persona que ejercía influencia sobre mí, que seguía siendo mi madre, pero ya con otros rostros, principalmente de hombres, e incluso un rostro abstracto, el rostro del mundo.
Hoy tiendo a pensar que voy por el camino correcto y esa autocomplacencia me ha permitido vivir mejor. Descartando fórmulas hallé ésta, que ha hecho mi vida más llevadera. Es la fórmula de la resignación ante la vejez, pero también la de la cosecha de los frutos que conducen a la muerte.
Si ha de extraérseme sin aplicación de corriente una confesión sincera, ésta sería la siguiente: sin duda alguien me protege desde la altura para que nadie descubriera mi truco de haber engañado a medio mundo durante 30 años simulando que trabajaba. Y si no me han descubierto -o se han hecho los lesos-, tal vez se deba a que la gente en su mayoría actúa igual o parecido a mí: hacemos de mala gana cosas para los demás; lo que realmente nos llena es lo que hacemos para nosotros mismos, sea gratuito o recompensado. Hasta los santos puede que piensen y obren así.
Mi vida es actualmente más artificial que real, y curiosamente ese estilo me hace más feliz. No he llegado aún a ese estado de felicidad que se desprende de la contemplación, el vacío y la renuncia. Abrigo la esperanza de que ése sea mi último derrotero en este planeta. Por ahora, no teniendo nada más que demostrarle al mercado, me he dedicado a inventar cuentos. Mi mente vive en función de los cuentos y no de las exigencias del mercado, absurdas y fáciles de satisfacer. (Mi mente vive también en función de los apetitos de la carne, pero ese tema me desviaría de lo que quiero decir hoy). Me he sorprendido varias veces riendo solo en la calle ante la ocurrencia de alguno de mis personajes, o temblando de angustia ante un crimen inevitable que teje mi mente. Demasiado a menudo vago malhumorado por las avenidas a raíz de un relato defectuoso. He allí un problema sumamente grave. Durante mi corta vida de escritor he comprobado con rigor casi científico que un relato que nace defectuoso morirá defectuoso, por más mutaciones que experimente, de modo que ese mal humor sólo puede aplacarse con un nuevo relato, siempre que éste último resulte feliz desde el principio, lo que es de rarísima ocurrencia.
Mi conclusión pasajera, en lo que a literatura respecta, es que un relato perfecto es aquél que me divirtió sobremanera mientras lo escribí y que además dejó una pizca de verdad, o sea, algo honesto y sincero acerca de mi propia vida. ¿Cómo diferenciarlo del relato defectuoso? Al parecer éste último está hecho a partir de una idea que se me antoja trascendente, pero que en última instancia esconde el deseo de impactar a los demás u obtener un reconocimiento. Es en el fondo un problema personal, el dilema de mi infancia, mi adolescencia y mi vida entera; un autoengaño muy difícil de detectar.
He comenzado esta divagación con un recuerdo espiritual de mi infancia. Eso me llevó a la eterna duda de estar transitando por el camino equivocado. Luego de una leve digresión sobre el trabajo desemboqué en el tema literario. Creo que es el momento de detener este enredo fenomenal.