lunes, abril 28, 2008

El mundo de Ark ark Nauw, donde no todos los días amanece

Existe un mundo donde no todos los días amanece. Fue vislumbrado por Lovecraft en uno de sus extraños escritos. Los críticos y los lectores tomaron al pie de la letra el mensaje; o sea, interpretaron dicho relato como una más de sus locas fantasías. Pero se equivocaban: ese mundo existe y yo lo descubrí cuando mi expedición se extravió en el Ártico.
Habíamos bajado a tierra firme cuando la expedición se topó de pronto con una laguna, que no pudo ser confirmada por imágenes satelitales, pero que en modo alguno sorprendió a los científicos de la nave, quienes vienen alertando junto a sus pares sobre el peligro del calentamiento global.
Mientras tomaban muestras en la orilla me subí al zodiac y eché a andar el motor. ¿Qué buscaba?, no lo sé. Tal vez, desaparecer de una vez por todas, hastiado de una vida que, era mi sentimiento de esa tarde, no me había regalado lo que merecía. De modo que me interné en la laguna y navegué varias horas, ya que se trataba de una laguna inmensa, de una superficie tres o cuatro veces mayor que la del lago Llanquihue.
El trayecto tuvo su momento clave cuando surgió un abismo en medio de las aguas, de aproximadamente 30 metros de ancho por cuarenta de largo. En ese punto la laguna estaba congelada, luego entendí que artificialmente. Bajé del zodiac y caminé hacia el precipicio. Ante mi vista se abría una escalera de hielo en forma de remolino. Descendí con todo cuidado, pues carecía de barandas. De acuerdo con mi reloj pulsera llegué a la base exactamente 47 minutos después.
Me recibió un hombre muy delgado. Vestía con extrema humildad. Al presentarse me dijo que la semana pasada había cumplido 148 años. "Yo soy Ark ark Nauw, el rey". Me disponía a arrodillarme, pero me tendió la mano. "No lo merezco; para eso están los sabios". Dijo entonces que en la ciudad submarina de Bhraq bhraq Wauw -con ese nombre había sido bautizada hace 243 mil años- el rey era el menor de los seres vivos, por no decir el menos sensato. Con la excepción de un extraño mareo que me invadió apenas toqué el piso, yo me encontraba muy a gusto y no sentía hambre, a pesar del tiempo transcurrido desde que emprendí la aventura. Ark ark Nauw pareció comprender mi pequeño drama, porque antes de iniciar el recorrido por la ciudad me entregó una píldora para el mareo y un vaso de agua. "¿Tiene hambre?". No, le dije. "O sea, estamos bien". Apenas me tomé la píldora se me pasó el mareo, fue inconcebible. En tierra firme, cualquier píldora demora varios minutos en hacer su efecto, pero aquí éste fue instantáneo. Eso me llevó a pensar en dos posibilidades: que Ark ark Nauw me había administrado un placebo o que me hallaba en la antesala de un lugar mágico, desconocido por la ciencia y capaz de abrir grandes perspectivas al mundo que hasta entonces habitó el humano.
El piso era de hielo brillante pintado en cuadros verdes y amarillos y contrastaba naturalmente -sin rebuscamientos de diseño- con la opacidad de la escalera y de los muros, también de hielo, pero sin pintar. La gente se paseaba por los amplios pasillos con túnicas transparentes; el calor en ciertos trechos se hacía insoportable, a pesar de que el brillo del sol era de los más tenues que alguna vez contemplé. El ancho de los pasillos se aproximaba al de la avenida 9 de Julio, en Buenos Aires. Le dije entonces que los demás miembros de la expedición se encontraban tomando muestras arriba, en la orilla de la laguna, y le pregunté si eso era peligroso. "Sí, lo sabemos". Miré entonces la hora y descubrí que los punteros del reloj habían retrocedido unos 25 minutos, pero no me preocupé mayormente; antes bien me alegré: así dispondría de más tiempo para recorrer la ciudad. "Lo llevaremos al salón central de la gran Asamblea. Allí conocerá la verdad". Cualquier otro se habría angustiado ante este cuadro delirante, mas yo me sentía feliz. Ninguna pesadilla vivida en mi vida anterior se parecía a ésta; lo malo de las pesadillas no son los ambientes, sino las sensaciones que se experimentan en los ambientes. Anoche, por ejemplo, soñaba en el barco que un ejemplar de jabalí-ternero pugnaba por entrar a mi casa para darme coces y yo apenas podía sujetar las puertas, que presentaban graves fallas, rendijas absurdas. Pues bien, allí la ansiedad se mezclaba con una especie de miedo al futuro: sabía que de un momento a otro el jabalí-ternero vencería mis fuerzas y entraría, mas no estaba seguro de qué daño me podría hacer entonces. Aquí, en cambio, la sensación que rodeaba todos mis actos y los de los demás era la sensación de la maravilla ante la serenidad, y eso no podía ser malo.
"Ya falta poco". Pero veía a la misma gente pasearse, como si fuésemos caminando al revés. ¿Cree usted, Ark ark Nauw, que realmente falte poco? A mí se me hace que ya va a amanecer. "Ya falta muy poco". El sol bajó hasta perderse entre la bruma de las montañas y entonces amaneció. "Tenía razón, amaneció. Hace como 14 días que no amanecía. Es buena señal. Ya falta muy poco". Efectivamente había amanecido. En ciertas esquinas de los pasillos la gente hacía ejercicios para entrar en calor. Un hombre tocaba un pito y cientos de mujeres en fila intentaban la posición invertida contra el muro de hielo. Las que tenían éxito quedaban pegadas al muro con sus pies pelados; las que iban a dar al suelo se deshacían y eran barridas por una máquina, luego depositadas en un embudo al centro del pasillo. Unos 30 metros más adelante surgían de un pozo y el hombre del pito les exigía que se ubicaran contra el muro e intentaran el ejercicio una vez más, hasta que finalmente todas quedaron pegadas. "Clap clap clap". ¿Por qué aplaudes tan efusivamente, Ark ark Nauw? "Lo han hecho, por fin. Ahora les queda muy poca vida".
Entonces pasaron mis padres. ¿Hijo, tú aquí? No sabíamos, nadie nos contó; pero no podemos atenderte ahora, vamos atrasados a la función de las seis.


Me sentía tan feliz. Se veían rozagantes envueltos en sus túnicas. ¿Son ellos, de verdad, Ark ark Nauw? "Los vio con sus propios ojos". Tengo otra duda, Ark ark Nauw: durante todo el trayecto no he sabido si tratarlo de tú o de usted. "Tráteme de usted". Pero me siento más en confianza tratándote de tú. "Entonces tráteme de tú". Qué bien, muchas gracias. ¿Puedo hacerte una pregunta, oh, rey? "Bueno". ¿Por qué los relojes en esta ciudad submarina a veces van al revés y a veces van al derecho? "¿Que en su mundo no es así?" No, en mi mundo van siempre al derecho. "¿Qué es ir al derecho?" Ir hacia adelante. "¿Qué es ir hacia adelante?" Es ir hacia adelante en el tiempo. "Ah, veo que es un principiante. Le voy a explicar un pequeño detalle semántico para que nos vayamos entendiendo: en el reino de Bhraq bhraq Wauw llamamos principiantes a las personas que hacen preguntas". ¿Es malo hacer preguntas, me castigarás? "No es malo; sólo que es una actitud de principiante". ¿Qué cosa es ser malo en Bhraq bhraq Wauw, Ark ark Nauw? "Ser malo es no comerse la comida y no lavarse los dientes antes de acostarse. No. Es broma". Comprendí que estaba ante un rey lúdico, no como los grandes patriarcas de Israel, pero no debía confiar en él. Aunque me leyera el pensamiento, no debía confiar en ese tipo de rey. Y efectivamente a los pocos segundos un gesto suyo me lo confirmó. En una curva del pasillo dobló antes que yo y se me perdió de vista entre la multitud. Era un gentío impresionante y encima parecían ir todos atrasados, pues se pasaban a llevar unos con otros; muchos rodaban por el hielo y los más veloces corrían en zig zag, como si calzaran patines. ¡Espera, espera!, pero no había caso. Dónde va, le pregunté a una dama que se veía bien respetable. Ay, no me mire así, joven, dijo bajando la vista, encendida, y se escabulló. Le hice la misma pregunta a un hombre de mediana edad, aunque ya sabía, por lo que me había informado Ark ark Nauw, que por lo menos ese hombre debía tener 148 años y un mes. Me respondió que se dirigía a la gran Asamblea. Le pregunté si lo podía acompañar y me dijo que sí. Me tomó del brazo, como hacen los jubilados, y comenzó entonces una gratificante charla de la que no recuerdo nada, salvo que fue gratificante. Llegamos a la Asamblea cuando amanecía otra vez. Ahora que recuerdo, el hombre dijo sentirse asombrado de que hubiese amanecido dos veces en el lapso de una hora. También me acuerdo de que cuando dijo eso miré el reloj pulsera: el calendario fallaba visiblemente porque marcaba que habían pasado tres días.
Luego de tantos amaneceres me dispuse a dormir una siesta; un ayudante de Ark ark Nauw me llevó a una habitación retirada del mundanal ruido, a instancias del rey. Allí me encontré con un grupo de personas que desarrollaban acciones por separado, rayanas en lo absurdo. Me acerqué al que estaba más cerca de mí y le pregunté qué hacía. Su barba le llegaba al suelo y tropezaba al caminar; le recomendé que se la amarrara con un elástico y le pasé uno que guardaba por casualidad en el bolsillo. “Gracias”. Qué hace usted. “Hago un cuento”. Usted es artista. “Hago cuentos”. En mi tierra los cuentos se escriben. “Aquí se hacen... ¿cómo dijo que era la cosa en su tierra?” Los cuentos se escriben. “Aquí también se escriben, pero primero se hacen”. En mi tierra también generalmente se hacen y luego se escriben. “Entonces hablamos el mismo idioma”. Su diálogo me confundía y por un momento sentí que usaba sofismas para tenderme una trampa de impredecibles resultados. Acababa de afirmar que hacía un cuento, pero en la práctica se estaba disfrazando. “Le digo que estoy haciendo el cuento. ¿No es así en su tierra?”. No, arriba en mi tierra primero sucede algo, luego el escritor se inspira basándose en el recuerdo y luego escribe el cuento, poniendo de su cosecha. “Ahora entiendo. Acá es muy diferente”. Le pedí que me explicara la diferencia. “Bueno”. Pero se quedó mirando un buen rato hacia el bus-carril que pasó a toda velocidad, sin detenerse en el paradero. Luego miró la hora en su reloj pulsera y disipó mi duda con visible malhumor, pero antes me advirtió que yo lo distraía porque el diálogo en que nos estábamos enfrascando no formaba parte del argumento. “Ahora estoy haciendo un cuento sobre una visita secreta que le hago a mi amor imposible”. ¿Cómo se llama el cuento? “Se llama En la mañana me verás, en la tarde me hablarás, en la noche me besarás. Así se llama”. ¿Y cómo hace el cuento?. “Ahora viajaré donde mi amada, son cuatro lunas y tres amaneceres, y me pasearé disfrazado de mendigo ante ella. En la mañana me verá, pero no me reconocerá. Por la tarde entraré donde está comiendo, le regalaré una ranita de juguete y me dará las gracias, sin saber aún que soy yo. Por la noche la llamaré a su balcón y le diré que mire su ranita porque se ha convertido en príncipe, me sacaré el disfraz y entonces al ver la ranita y mirar hacia la calle me reconocerá y bajará a besarme. Luego de que pase todo eso tengo que escribir el cuento”. ¿O sea que usted fabrica primero la acción y después la relata? “Usted lo dijo, yo no he sido”. Pero recién va en la parte del disfraz. “Es que soy un cuentista lento, me cuesta que me salgan las palabras. Además, ¡hace tantas preguntas!”. Creo que entonces me quedé dormido; al incorporarme todavía no terminaba su disfraz. Se veía casi igual e hizo parar un bus-carril sin matrícula que lo llevó a destino incierto. “Adiós, futuro rey, espero entrar en el ránking de los cuentos más leídos en dos semanas más, llevo mucho efectivo”. Antes de doblar, el vehículo ya se había descarrilado: el escritor salió disparado por la ventana y se hizo un chichón al golpearse contra el muro. Entre todos los pasajeros, que eran unos diez, volvieron la máquina al riel y partieron nuevamente, esta vez sí se perdieron tras la curva y ya no los vi nunca más.
Me avisaron que estaba lista mi cama; creí que ya había dormido pero me insistieron que me acostara a disfrutar la siesta. Como ya no tenía sueño se puede decir que me vi afectado de insomnio, de modo que abrí los ojos y contemplé a los demás miembros de la habitación. Me llamó la atención una dama de pelo entrecano y maneras voluptuosas. Le calculé unos 175 años, a vuelo de pájaro. Es atractiva. “Gracias, pero entre usted y yo no puede haber nada”. ¿Por qué? “Somos de mundos diferentes”. Casi me caí de la cama: ¿cómo podía saber que yo no pertenecía a su mundo? "Intuición femenina". ¿A qué se dedica? “Soy pintora”. No la veo que esté pintando. “¿No le han dicho que usted hace muchas preguntas?”. Perdón, estoy tratando de dormir la siesta pero no me da sueño. “Podría haberlo dicho antes. Mire, yo le daré una clase de pintura. Así… así… así… y así. ¿Entendió?”.
La verdad es que no entendía nada. Tuve que explicarle que efectivamente venía de otro mundo y que en mi mundo los pintores tomaban un pincel, lo untaban de color y lo pasaban por una tela, hasta que se iba formando el cuadro. Ella en cambio no paraba de moverse a un lado y otro. “¿Entendió… entendió?”. ¿Por qué se movía tanto? Conseguía que me diera sueño otra vez. “¿Que el escritor no le contó como se hace acá?”. Me contó sobre su oficio, sí. “Bueno, la pintura es igual, primero se crea la realidad y después se pinta”. Pero usted lo único que ha hecho es moverse. “Es que yo formo parte de la nueva escuela abstracta, pero no se le vaya a salir porque me pueden mandar a Siberia”. ¿En Bhraq bhraq Wuaw también existe Siberia? “Sí, es un horno espantoso... ¡lléveme con usted! ¡Llévame lejos! ¡Llévame al fin del mundo!” y se lanzó sobre mí, pero con el vuelo pasó de largo y patinó sobre el hielo.
Un hombre de unos 204 años me agarró del brazo; me advirtió que estaba loca y que no le hiciera caso. "Acá las cosas no son como ella dice, son diferentes". Le pregunté quién era él y por qué hablaba con más juicio; en su compañía me había vuelto a tranquilizar, pero me llamaba la atención que aspirara cada rincón de la sala y hasta el aire de los espacios vacíos con una máquina que terminaba en un embudo invertido. "Soy compositor". ¿De huesos? "Hago mi Sexta Sinfonía". Ah, sonreí. "Usted se quiere pasar de listo, pero por lo que le he escuchado hablar en este rato, en su mundo el arte es una burrada porque nace del entorno. Aquí el arte hace el entorno, de modo que está indisolublemente ligado a la religión. Nuestra religión cree en Wuaw wuaw Wak. Él fue el primer artista. Fue quien creó el reino de Bhraq bhraq Wuaw; a cada momento le rezamos y le damos las gracias por eso". ¡Cómo hablaba! "No se burle. Aquí las burlas del tipo de las suyas se castigan con la pena de muerte. Agradezca que me cayó bien y que estas notas le sirven a mi sinfonía, le dan un aire patético". En efecto, la boca del embudo apuntaba directamente hacia mí y por un instante temí que me tragara.
El reino de Bhraq bhraq Wauw consta de siete subreinos, gobernados por líderes que se hacen llamar príncipes. Durante mi estadía trabé una fructífera relación con Bornj nornj Lornj, primo en segundo grado de Kornj kornj Lornj, quien a su vez mandaba en el subreino de Waugw waugw Grauw. Bornj nornj Lornj era príncipe del subreino de Laurnw laurnw Wraunw. Me preguntó qué tal me había parecido el rey Ark ark Nauw y yo le di las mejores referencias, pero en un momento determinado no le pude ocultar que me pareció algo lúdico, por no decir irresponsable. "Es buen tipo. Ya está aprendiendo". Ante esa respuesta callé: no convenía llevarles la contra a las autoridades en un lugar tan extraño como éste.
Yo le planteaba qué sentido tenía la existencia de los habitantes de Bhraq bhraq Wauw, si nunca se estaba seguro del concepto del tiempo, que es el que mueve todas las vidas hacia un fin determinado. "Se quedó corto". Reflexioné en su breve respuesta; el tiempo no tardó en darle la razón: eran muchas más las cosas diferentes, aunque no sabría explicarlas. De momento noté que ciertas mujeres, o me pareció así, digo que ciertas mujeres que vi pegadas al hielo aparecieron más tarde vestidas con túnica de hombre en la gran Asamblea. ¿Serán las mismas, Bornj nornj Lornj? "Ahí tiene usted". En cuanto a las piernas de las gentes, eran sin excepción de pantorrilla gorda, a pesar de que había personas delgadas, bajitas y hasta de complexión anoréxica. Los montes tan altos ocultaban el cielo; costaba ver el sol. En dos ocasiones el sol descendió por una ladera, como rueda de bicicleta. Iba quemando todo a su paso. Uno de los príncipes envió un destacamento y de lejos se veía a los soldados amarrándolo entre todos a una cuerda y tirándolo de nuevo hacia la cima, para dejarlo caer hacia el otro lado, conocido por todos como "el lado oscuro de los montes". He allí una de las grandes paradojas de Bhraq bhraq Wauw: el lado oscuro resulta ser el lado más iluminado, pues el sol se esconde detrás de los montes y una suposición lógica indicaría que aquel sector desconocido para los habitantes del reino se halla completamente iluminado a partir del momento en que el sol se esconde, y no al revés. Pero esos son detalles que se pueden graficar. Las diferencias a que aludo son incorpóreas, aunque hay algo en la mente que hace que uno las presienta. Esto es tan difícil de explicar que para hacerlo sólo se me ha venido a la cabeza un asunto que descubrí por entera casualidad. Conversando en los pasillos con la gente reparé en que al menos el noventa por ciento hablaba, fuera de su lengua materna, un inglés con acento británico. Comprobado el hecho de que allí no existían institutos para ninguna clase de idiomas y de que tampoco se sabía del beneficio de cierto tipo de becas o de cursos por correspondencia llegué a la conclusión de que algo desconocido para los hombres que habitan la superficie de nuestro planeta Tierra hacía a los seres de este reino hablar así. Dentro de las posibilidades figuraban la instalación de dispositivos dentro del cuerpo, el aprendizaje subconsciente y generalizado, venido de labios de un mismo maestro, en las horas de sueño; una suerte de mecanismo genético aplicable a la raza, en fin, la impresión en el oyente de que las cosas eran como uno creía. Esta última hipótesis se vio reforzada cuando al abrir los libros reverenciales detecté que la situación no siempre fue así. En el video que acompañaba a las actas de la semana anterior el acento que se desprendía de las palabras pronunciadas en inglés era australiano, y en la antepenúltima semana los testimonios de los vecinos se entregaban en un francés muy bien pronunciado, al estilo del que se habla en Lyon. De modo que las diferencias eran incorpóreas, como ya lo enuncié.
En la gran Asamblea usaba la palabra Ark ark Nauw: ¡allí estaba otra vez!, lo vi desde afuera, aunque la túnica que vestía resultaba un tanto pretenciosa, atendido el tenor de su discurso. En la sala no cabía un alfiler. Al ruido del pito hubieron de levantarse andamios sobre los cuales se iba colocando un piso de madera entablonada. Desgraciadamente el peso de la improvisada edificación hundió las bases en el hielo y fue bajando los pilares hasta que éstos se encontraron con la roca sólida. Consecuencia del accidente fue que aquellos ubicados en el primer nivel, los que llegaron de los primeros, injusto castigo, tuvieron que escuchar a Ark ark Nauw flotando en las aguas, como si estuviesen disputando un partido de waterpolo. Debido a mi desconocimiento de las costumbres del reino, no a mi impuntualidad, accedí con bastante suerte al tercer nivel, pero muy detrás entre el gentío, de modo que parte de mi testimonio se basa en suposiciones. La gente escuchaba con extrema atención sus palabras y cada vez que Ark ark Nauw bajaba la voz, sonaba el pito y la Asamblea estallaba en un aplauso matemático. "Qué dice, qué dice", comentaban unos con otros. "Está diciendo que uno de los presentes en la gran Asamblea no es del reino", me llegó finalmente la frase al oído, que me estremeció. La fiebre aumentaba y por momentos los zumbidos se tornaban insoportables. Mi cabeza parecía una nuez partiéndose con el martillo. Las articulaciones hacían acto de presencia sin motivo, desde los hombros hasta las últimas falanges. Una lija recubierta de brasas me raspaba la garganta. Bornj nornj Lornj se acercó con una píldora blanca en la palma de la mano. "Tómese una aspirina". Tras ingerirla el dolor pasó en el acto, como la vez anterior. El príncipe me leía el pensamiento, qué duda cabe. La gente volvía a sus casas en camiones estacionados en calles que nacían a los costados del pasillo central. Los caminos eran angostos laberintos. Se trataba de un sistema primitivo de transporte, evidenciado en tres detalles: no existían escaleras para que la gente se apeara de los acoplados ni barandas para afirmarse. Del mismo modo, los neumáticos resultaban inoperantes a la hora de desplazarse en el hielo para subir la pendiente y así, a menudo se veía descender a los camiones marcha atrás a toda máquina hasta chocar contra las paredes. No existía otra forma de transporte pues el ancho de las calles -con la excepción del pasillo central, reservado únicamente para el tránsito de personas- no permitía el uso de automóviles. Los camiones que lograban llegar al paradero lo hacían casi siempre a destinos cambiados, debido a lo intrincado de los laberintos, que por lo demás no disponían de una buena señalética. La gente entonces se veía obligada a pernoctar en casas ajenas. Esta circunstancia tan nimia que relato con detalle explica el frágil valor que en el reino de Bhraq bhraq Wauw tiene el concepto de la propiedad privada. Las casas, todas equipadas con calefacción central, disponen sin embargo de insignificantes elementos, algo más que un refrigerador, que de poco sirve, y un par de camas. La gente hace sus necesidades a toda vista en la primera pieza, en el rincón de la derecha, en un hoyo abierto en el hielo. El príncipe Bornj nornj Lornj, quien resultó ser el más humano de los príncipes, exceptuando al rey, me convidó a alojar en su palacio. Era una casa como todas. Allí vi desplazarse a dos gatos vistiendo elegantes túnicas. Fíjese Bornj nornj Lornj que es la primera vez que veo animales en el reino de Bhraq bhraq Wauw, le comenté. "Sh... eso no se dice por ningún motivo". Me enseñó la cama y me ofreció a su esposa, pero rehusé, pues se trataba de una dama entrada en años. ¿Cuántos años tiene? "Tengo 245, pero represento 212". ¿Aquí no existen los cirujanos plásticos? "¿Que no me encuentra bonita?" Reproduzco este diálogo al pie de la letra para graficar la esencia de la sicología femenina, que es similar a la de este género en la tierra. Bornj nornj Lornj miraba la escena desde afuera. Se había asomado a la ventana y de no habérseme informado con anterioridad de que en Bhraq bhraq Wauw los hijos no eran procreados mediante la triquiñuela de la satisfacción sexual, juraría que se estaba masturbando.
Me hicieron pasar a la pieza de alojados y con suma delicadeza Bornj nornj Lornj me convidó un par de frazadas extras, pero el calor era insoportable y no las necesité. Cuando desperté me di cuenta de que había dormido como un lirón. Cualquiera habría dicho "cuando me desperté a la mañana siguiente". Yo debo declarar con toda certeza que no me desperté a la mañana siguiente sino al menos tres decenas de años antes. Lo afirmo porque al mirarme al espejo constaté que era poco más que un bebé. Cuando la esposa de Bornj nornj Lornj me llevó el desayuno corrió a darle la noticia a su marido. Éste volvió con la corona en sus manos y dijo: "Bienvenido. Ark ark Nauw me encarga avisarle que ahora que cumplió cien años usted es el rey". Ya me sentía uno de ellos y mi primera orden fue que se me llevara al corazón del reino, a su recinto más sagrado, en el entendido de que intuia que no se trataba de la gran Asamblea sino de algo trascendental. "Aprende rápido". Sí, le respondí, orgulloso.
Me llevó a una sala donde me esperaban todos los patriarcas. Ark ark Nauw se acercó a saludarme y le corrieron las lágrimas, estaba emocionado de verdad. "¡Hermano!". Nos abrazamos y me presentó a los siete príncipes. Cuando saludé a Bornj nornj Lornj me hice el leso, en un gesto de cobardía y timidez que hasta hoy no me explico. Él me saludó como a un viejo conocido. "Se puso colorado como un tomate". Hace menos calor hoy. "No me cambie el tema". ¡Pero si lo digo de verdad! "Y qué me importa". Era la primera señal de agresividad que detectaba en el reino, justo ahora que yo era el líder. Tuve que reconocerle que sí y entonces se quedó tranquilo. Ark ark Nauw no pareció darse cuenta del problema de fondo que ocultaba dicho diálogo y tomó la palabra. "Mire". En el centro de la sala había una extraña máquina. Le pregunté de qué se trataba. "Ésta es la máquina que hace la última máquina". No entiendo, Ark ark Nauw, ¿quisiera explicármelo con más detalle, ahora que yo soy el rey? "Nunca se preguntó como se hacía la última máquina porque no le gustaba ir al fondo ni menos pensar obviedades. Pues se hacía con esta máquina y ahora que ya lo supo le está llegando su hora". Explíquese mejor, si tiene la bondad. "Mire, le voy a dar un ejemplo. Un libro se hace con una máquina para hacer libros. Pero usted nunca se preguntó de dónde salía la máquina para hacer libros. Pues bien, salía de una máquina para hacer máquinas que hacen libros. Las máquinas que hacen máquinas para hacer libros salen de una máquina y así sucesivamente. Ésta que ve es la última máquina, o la primera máquina, si lo quiere mirar desde el otro punto de vista. O sea, ésta es la máquina que permite el funcionamiento de todas las demás". ¿Pero cómo surgió esta maravilla, Ark ark Nauw? "Fue hecha a mano, pieza por pieza". ¿Pero con qué máquina se fabricó cada pieza? "Todo se hizo a mano". Pero se ve mohosa. "Es que ya no se usa". Entonces quiere decir que en este reino todo está estancado. "Usted lo ha dicho, mas no lo dije yo".
Sentí un pánico infernal al escuchar la última frase. ¿Me puedo ir? "Usted tiene la palabra, nosotros obedecemos". Quiero volver al zodiac, amado Ark ark Nauw. "Qué se cree". No se enoje. "Es que me ofende". Por qué. "Váyase ahora mismo".
Subí las escalinatas de hielo mientras el reino entero me despedía con pañuelos blancos que salían de los bolsillos de las túnicas. ¡Adiós, amigos! "Adiós". ¡Adiós, Ark ark Nauw! "Adiós, buen hombre". ¡Adiós, Bornj nornj Lornj! "Adiós". Adiós, papá y mamá. "Adiós, hijo, vuelve pronto". Mientras subía los ochocientos o novecientos escalones el océano revuelto iba cubriendo los de más abajo. El agua me llegaba a los talones y al arribar a la superficie me cubrió por completo y sólo alcanzó a emerger una de mis manos sobre el hielo. Sentí unos picotazos y luego unos brazos humanos me subieron al zodiac.
"¡Vaya qué milagro!" "Hace como media hora que te andábamos buscando". "¡De la que te salvaste!".
Eran Joe Francis, Dean Harrison y Werner Stutz, tres oceanógrafos de prestigio mundial que viajaban conmigo en la expedición: me acababan de salvar la vida.