jueves, julio 31, 2008

El último tren

No bien se abrieron las puertas, los pasajeros que abandonaban el carro se confundieron con los que entraron. El carro quedó saturado, más que antes, quedó repleto, pero las puertas no se cerraban, como si todavía cupieran más. Adentro, la gente rumiaba su rabia ante uno de esos acostumbrados baches entre estación y estación. Se percibían las ansias cansadas de que el tren reanudara la marcha.
De la escalera bajó una mujer. Miró las puertas abiertas y apuró el paso. Tropezó en uno de los peldaños; por poco cae al suelo y aun así no detuvo su carrera. Corría con evidente desesperación. Antes de entrar, las puertas se le cerraron. Estaba perdiendo el tren por un segundo. Trató de abrirlas y no pudo. Aunque algunos la miraban con lástima, en la mente de los pasajeros se respiró cierto alivio. La mujer estaba fuera de sí. ¡Ábranme, ábranme... por favor! ¡Es el último tren!, les suplicaba, inmersa en el pánico, mientras golpeaba el vidrio una y otra vez. Pobrecita, le decía una madre a su hija, desde adentro. ¡Ábranme! ¡Es el último tren!, lloraba con pavor, acompañada ahora de dos guardias. Nadie accionó la alarma. No tenía sentido. El tren se puso en marcha, ella intentó seguirlo pero los guardias se lo impidieron. Algunos pasajeros levantaron el cuello para contemplar gratuitamente la cinematográfica escena que se les ofrecía fuera del carro, pero el Metro entró al túnel y la perdieron de vista para siempre.
La mujer se quedó de rodillas en la estación, desconsolada. Los guardias no podían levantarla; uno de ellos hablaba por walkie-talkie. Cálmese señora, le decían, ya viene otro tren. Ella no escuchaba, seguía llorando, como se llora ante una pérdida irreparable. Era el último... era mi último tren... ya no habrá otro para mí, sollozaba, mirando al vacío, entregada a su suerte.
Comenzó a reunirse una pequeña multitud a su alrededor. Nuevos pasajeros, más guardias, los curiosos de siempre. Unos preguntaban, otros respondían, las voces formaban un enjambre de murmullos. La mujer no levantaba la cabeza. Nadie se percató del repentino rictus de dolor en los músculos de su cara. Se había desplomado. Uno de los presentes surgió del grupo y se agachó a auxiliarla. Argumentó ser médico. La examinó brevemente, en silencio, le tomó los latidos y le cerró los párpados.
-Está muerta -dijo.
Esta historia sucedió realmente. Hasta el día de hoy nadie ha podido explicarse la certeza que tuvo la mujer cuando relacionó la partida de ese tren con el término de su vida.

miércoles, julio 30, 2008

Ted

Dibujar un cuerpo humano apoyándose en las herramientas de que dispone la técnica de la proporción tiene algo de científico, de curso por correspondencia. Se comienza plasmando esferas y óvalos en la hoja en blanco, luego las figuras geométricas se parten por dos o por tres, luego se les agregan líneas, luego ciertas sombras y de pronto una mujer o un hombre cobran vida en el papel. Cualquiera puede hacerlo, no hay arte en eso. Pero cuando Werner tomaba el lápiz daba vida de la manera menos ortodoxa a una figura en el papel. Para Werner era un juego, doble razón para que sus dibujos fueran calificados no sólo de artísticos, sino de obras de arte. No por nada muchos de ellos se exhiben en diversos museos y galerías o forman parte de reservadas colecciones particulares. De sus óleos y esculturas podría decirse lo mismo, a pesar de que comprenden el aspecto secundario de su obra. Sin embargo al final de sus días, más bien al presunto final de sus días, su gusto se encaminó hacia estas dos disciplinas.
Su sensibilidad y su perseverancia, su entrega enfermiza al trabajo, lo convirtieron en el creador millonario, envidiado por sus pares y codiciado por las mujeres que fue. Lamentablemente, como todo artista, Werner caía preso de repentinos accesos de melancolía. La verdadera belleza está revestida de un manto de tristeza; no hay más que decir sobre esto.
Sin asomo alguno de duda puedo declarar que con el tiempo Werner me tomó cariño. Mi corazón tiende naturalmente a predisponerse ante las almas que sufren y él lo captó de inmediato. No peco de vanidoso entonces, sino al contrario, al afirmar que por ésa y no otra causa me invitaba frecuentemente a su mansión. Era, por graficarlo con un lugar común, su paño de lágrimas. Sé que mis escritos no lo impresionaban, aunque poseía el tacto de no decírmelo con esas palabras. Werner lo que hacía era regalarme, tras el halago inicial, un pequeño consejo que, ¡diablos!, siempre resultaba procedente. Baste lo anterior para que se dé por entendido de que en lo más profundo de mi alma se fue incubando hacia él un innoble resentimiento.
¡Qué doloroso resulta odiar al que se ama!
Pero Werner todo lo entendía y dejaba pasar esas miserias. Y cuando advertía mis caídas lograba sacarme de mi propio ensimismamiento para llevarme al suyo.
La penúltima vez que nos vimos nuestra charla recayó en la rara pasión que lo consumía hace más de un año. Cuesta entender a los genios. Hace tiempo que decidí no cuestionarme sus pasiones. Del mismo modo en que a los eruditos les cuesta entender las pasiones de Wagner, los académicos e intelectuales que han asumido el desafío de codificar a Werner tampoco se explican su postrera inclinación romántica y hasta morbosa por las ciencias ocultas, una fe tan pasada de moda como el siglo diecinueve. Dentro de ese contexto, la biblioteca de dos pisos de su mansión era mudo testigo de nuestras digresiones. Sobre una mesa circular reposaban dos copas de coñac. Enfrascados en el manido tema de la vida y la obra de los artistas, Werner volvió a una idea que lo obsesionaba y que corría en paralelo con sus investigaciones sobre ocultismo. Con una voz sobrecogedora, insistía en que su propio devenir por el mundo recién tendría sentido y por ende, habría culminado, cuando consiguiera legar a la humanidad una obra suya realmente viva y original. Yo intentaba rebatirlo, asegurándole que muchas de sus creaciones ya figuraban en esa categoría, pero su obcecación esta vez parecía sobrepasarlo a él mismo. Según su hipótesis, con una pequeña ayuda sobrenatural no estaría lejano el día en que la humanidad conocería su obra final, la que, decía, se hallaba hoy en ciernes. Subrayaba demasiado la palabra “vida”, al punto que en un instante me atreví a hacer una broma.
-Para qué tanta magia. Bastaría meter la puntita y listo -dije, y enseguida me arrepentí de la vulgaridad del chiste. Werner no estalló de furia, como pensé; más bien lo asoló la desazón.
“Si supiera usted, Mardones... pero usted no entiende... no logro que la gente entienda”, respondió.
No me atreví a llevarle la contraria.
Fumábamos nuestros habanos cuando de pronto me pareció escuchar un susurro venido de alguna parte de la estantería. Agucé el oído y moví la cabeza hacia el sector desde donde provenía el ruido. Pensé que en cualquier momento vería los ojos negros de un roedor oculto entre los libros, lo que se podría definir con toda propiedad como un ratón de biblioteca. Mi distracción no me permitió darme cuenta del cambio que se había operado en Werner. Por su expresión pensé que estaba siendo víctima de un malestar estomacal, pero no me atreví a preguntárselo. Transcurrieron varios minutos antes de que me mirara con enfado y dijera, indicando el sector de la estantería desde donde provenía el murmullo:
-De eso le hablo, precisamente.
Volví a mirar. Delante de los libros había una cajita de madera, una especie de joyero poco más grande que un paquete de cigarrillos. Me levanté. Werner me agarró del brazo pero al instante me soltó. “Bueno, ¡hágalo ya! Después de todo, para eso le pedí que viniera”, se exaltó.
Dentro de la cajita había unos labios cerrados, apretados, tensos, unos absurdos labios no humanos, pero casi exactamente iguales a labios humanos, unos labios que parecían temerosos de haberse autodelatado.
-Pero qué... qué es esto.
Werner respondió:
-Mardones, debo ir al atelier; no puedo seguir atendiéndolo. Le rogaría que se fuera.
Cuando Werner hablaba así no había forma de contradecirlo. La charla había terminado abruptamente; el misterio de esa cosa extraña en la cajita debería permanecer oculto para mí.
Aún sentía el rubor en las mejillas mientras caminaba de vuelta a mi hogar. Seguía inflamado de vergüenza y, por qué no confesarlo, de rabia. Me pregunté entonces acerca del sentido de esta amistad con Werner. Werner, el artista sufriente que ansiaba mi presencia pero que ante el más infantil de sus caprichos me expulsaba de su hogar como a un ratón de biblioteca. Werner... a quien yo llamaba por su nombre en tanto él lo hacía por mi apellido. Mardones, no puedo seguir atendiéndolo, había dicho. Atendiéndolo. Con qué derecho. Me da, luego me quita. Y yo me presto para su juego. Resulta que ahora voy a su mansión para que él me atienda. ¿No es al revés? ¿No fue él quien me llamó, angustiado, meses atrás, y no me soltó durante dos o tres días, imposibilitado, como me aseguró, de dar un solo paso, atacado de un extraño mal que denominó burdamente hiperconcentración? Aun así (era curioso como el desplazamiento de la suela sobre la acera iba debilitando mi rabia) aun así admitía en mi fuero interno que su amistad había inspirado varios de mis últimos relatos, los premiados; y que sus palabras, sus dibujos, sus esculturas y sus lienzos habían iluminado paisajes normalmente apagados o escondidos de mi mente, los que emergieron a la superficie gracias a esas pequeñas ayudas de Werner. Se entenderá que cuando giré la llave dentro de la cerradura mi sensación de pesar había desaparecido. En fin, me dije, se sumará a la cuenta de los misterios de su genialidad. Y olvidé el asunto.
Esa misma tarde me enfrasqué con cierta urgencia placentera en el último de mis relatos, que trataba de la vida de Pereptil Pérez, un personaje que, aunque actuaba siempre de la manera más lógica y respetuosa ante la sociedad, terminaba siempre atrapado por las garras de la ley. Esa historia, lo había descubierto apenas la inicié, poseía la virtud de devolverme el humor. Sentado ante la pantalla del computador me sorprendí de pronto riéndome solo ante las desgracias que le acaecían, unas tras otras, a tal punto de que detuve mi trabajo, lo releí y me pregunté seriamente si estaba escribiendo una historia imposible, ausente de lógica interna, como dicen los críticos, o si realmente podía haber tipos así en el mundo. Tuvo que despedirme Werner de su casa, tuvo que decirme que no me podía seguir atendiendo para que me diera cuenta de que en el fondo el cuento que absorbía mis energías era una especie de autorretrato. Eso me alteró el humor, para mal. ¡Claro que era un autorretrato!, pero un mediocre autorretrato, no como los retratos de Werner. Ese pobre tipo al que la sociedad se empeña en destruir estaba inspirado evidentemente en mi persona y nuevamente era Werner quien me entregaba la luz. ¿Cómo pude haberme engañado a mí mismo durante tantas semanas? ¿Valía la pena proseguir la historia o había llegado el momento de parar?
Si un narrador se hace esa pregunta, lo más probable es que se la responda del mismo modo que un hombre que se cuestiona la vida. La sola duda basta para seguir. Así, sin demasiada esperanza, se continúa a pesar de todo, la vida y la obra. Se escribe de una sola manera pues, aunque el tiempo perfeccione el estilo, no se puede escribir de otra, no puede escapar uno de su ser, se halla encadenado a él hasta la muerte. Del mismo modo, la vida es una sola para cada ser; está encadenado a ella. Y a cada amanecer, a cada anochecer, apenas podrá contemplar, con envidia o compasión, las de los demás.

***


El desgraciado devenir de Pereptil Pérez hubo de entrar sin embargo en un voluntario estado de hibernación cuando semanas después sonó el teléfono. Era Werner.
-Mardones, ¿puede venir un momento?
Había cierto tono en su voz que me hizo dejarlo todo y poco menos que correr a su casa. Ante un personaje como aquél, una caricatura ficticia como la de Pereptil se diluía en la nada.
Su agente me hizo pasar al atelier, que estaba casi completamente en tinieblas, apenas iluminado por un halo que se desprendía del tragaluz, pero antes me advirtió que la situación era “crítica”. ¿Por qué su agente estaba allí? ¿Qué había sucedido en el intertanto?
Werner, sentado, reía a carcajadas. Cuando me vio, sus risas aumentaron. Evidentemente estaba bajo los efectos de una droga.
-¡Usted entiende poco! -reía sin parar-. ¡Aun así... lo necesito! -era un huracán destemplado, pero un huracán malévolo, no una risa sana lo que salía de su boca-. Pero siéntese, siéntese, Mardones, fúmese un cigarro y escúcheme, trate de concentrarse y escúcheme.
Era él quien no podía concentrarse, pero cómo iba yo a decírselo. Luego de varios minutos se hizo el silencio. En ese momento observé de reojo que su agente salía del taller y nos dejaba solos.
-Escúcheme, Mardones -me miraba intensamente, con un interés metafísico; desde la sombra el fuego de su mirada parecía el combustible de una máquina destinada a retener para siempre mis rasgos-. Debo hacer un viaje, nada importante, pero antes quiero legarle mi última obra. No está terminada, le falta. Es muy diferente a las demás, me llena en cierto modo de orgullo. Hay detalles; sí, debo hacer ese viaje... esto me sobrepasa. Pero ya le comuniqué la decisión a mi agente. Todo ha sido oficializado.
-¿No estará usted pensando en quitarse la vida? -le lancé a boca de jarro. Aún hoy no me explico cómo pude haber dicho eso.
-¡Tranquilícese, hombre! -se exasperó-. ¡Un viaje es un viaje! ¡No piense otra cosa! ¡No piense, Mardones! -la ira se iba apoderando de él- ¡Es imposible, no se puede hablar con usted!
Otra vez humillado, otra vez culpable. Werner volvió a caer en un estado de mutismo, y todo por mi espontánea reacción. ¿No sería hora de levantarle la voz de una vez por todas, de hacerle ver lo niño que estaba siendo? Mientras esperaba un cambio cualquiera en su conducta repasé con mis ojos el atelier. Estaba plagado de lienzos, bocetos, esculturas insólitas.
Entre ellas me llamó la atención, justamente por no estar expuesto, un objeto tapado por un paño que tenía la particularidad de emitir ciertas vibraciones o susurros, se me antojó. Debía de ser una cosa extrañísima, tal vez un hamster preso dentro de una jaula, o una radio portátil, no había manera de adivinarlo, menos aún con la escasísima luz de esa habitación.Werner salió de su estado. Se levantó, caminó a la mesa y corrió el paño: quedé atónito. Allí había indudablemente una cabeza humana; peor aún, una cabeza sin la bóveda del cráneo.
-Mi legado -dijo, su voz se iba elevando-. Nació de unos labios, luego fueron los dientes, los párpados, las mejillas... pero, ¿sabe usted algo de formas plásticas?... creo que pierdo el tiempo... mire bien, Mardones, ¡abra los ojos!... observe el nacimiento del tracto digestivo... ¿se ha hecho antes algo así? ¡Nunca! Hubo una mujer que engendró un monstruo... pero no fue eso una obra con vida propia, independiente del creador, eso fue apenas una voz de alerta acerca de los horrores del progreso, encerrada en las páginas de un libro; es decir, una metáfora acerca de lo que le esperaba al ser humano en los siglos venideros. Ese monstruo fue el nacimiento de un mito, o sea, una completa ficción... Pero esto no... y usted tiene mucho que ver, Mardones, aunque no lo crea... Lo que está viendo es real, es vida que nace del arte, no del hombre ni de la ciencia... vida que no acaba... sí... creo que pronto podré morir en paz... porque... no se le vaya a ocurrir que la obra está completa. ¡No piense, Mardones! -lo invadía la euforia-. Debo proseguir esta noche, antes de viajar, ya di con el hilo de la madeja -se agitaba-. Al regreso me abocaré al resto.
Me acerqué a observar aquel engendro. La oscuridad no me daba buenas pistas, pero de alguna forma sus formas me parecieron extrañamente familiares. Era efectivamente lo que pensaba, parte de una cabeza humana, pero un hecho insólito me hizo retroceder: sus ojos no estaban absolutamente quietos. Comprendí de golpe que el discurso de Werner se refería a certezas, no a principios. Tuve que ser zamarreado por sus fuertes brazos para volver a la realidad:
-¡No se asuste, por favor! ¡Y ahora váyase o lo echará todo a perder!
Antes de cerrar la puerta y dejarlos dentro del taller escuché un chillido que me erizó los pelos. Una voz muy suave, una voz que me recordó al ratón de biblioteca, susurró:
-Buenas noches, señor Mardones.

***

Ha pasado algún tiempo desde aquel episodio. Una breve reseña que publicó un diario electrónico español me entregó una pista sobre el paradero de Werner. El artista ofreció una conferencia en la facultad de artes de la Delta State University de Nigeria, que culminó de manera bochornosa. Pareció ser que algunos de los asistentes se ofendieron por sus alusiones a ciertas prácticas de oscurantismo indígena y exigieron su expulsión del país africano. Werner proclamó en esa velada que la estética definitiva exige la elaboración de una obra que viva objetiva y literalmente y no sólo en el alma del espectador, para lo cual él se había apoyado en una antigua y original cruz tuareg. Gracias a dicho talismán -y a su genio, agregué mentalmente durante la lectura- estaba logrando confeccionar un cuerpo humano inmortal del que hasta ahora sólo podía exhibir su busto. Werner -agregaba la reseña- proyectó un video que enfureció a la concurrencia y obligó a dar por terminada la charla, por razones de seguridad.
Confieso que al leer la noticia mi espíritu se reencontró con las sensaciones de nuestro último encuentro. ¿Dónde estaría hoy Werner? ¿Qué sería de él? ¿Y qué sería de esa cabeza monstruosa que me había estremecido en su taller? Sumergido en la redacción de las páginas finales de los “Fragmentos de la vida de Pereptil” había descuidado la relación con mi admirado artista. Admito que durante esa etapa no lo eché de menos, e incluso interiormente agradecí la ausencia de sus llamadas. Pero luego de enterarme de estas novedades me preocupé de veras y maldije el origen de mi descuido. Había abandonado a su suerte a Werner por un personaje literario ideado por mi fantasía, que tuvo vida mientras fue escrito y que hoy se debatía en las fauces de anónimos comités de selección de minúsculas editoriales, a la espera de una milagrosa resurrección que a lo más despertaría el interés de unos pocos lectores y solamente durante algunos minutos. A qué engañarse: no cabía esperar otra cosa de mis meses de trabajo. No era ese el camino. Una vez más, el camino me lo iba abriendo Werner.
La internet no me entregó más datos sobre su persona. Dos de los principales diarios nigerianos, “The Guardian” y “Thisday online”, recogían el episodio de la Delta State University, el mismo que leí, con fecha posterior, en el diario electrónico español. Rastreando “The Guardian” hallé una breve nota policial, escrita dos semanas después, que informaba sobre el hallazgo de un cuerpo occidental en el bosque de leprosos de Abo, ubicado en el sector del delta del río Níger. “Nadie ha reclamado el cadáver, que presentaba signos atribuibles a agresión humana o despedazamiento por fieras. Debido a la humedad del terreno, éste se hallaba además en avanzado estado de descomposición”. Nigeria es un país de enorme población. Sin duda, Werner no era el único cuerpo occidental que ponía sus pies en dicho territorio. Con los datos que entregaba el periódico no había forma de aproximarse a la verdad. Decidí abandonar la investigación.
Quiso el destino que en ese momento el cartero depositara en mis brazos una voluminosa encomienda, que aumentó mi ansiedad. Era un busto, un busto humano. Dentro de la encomienda venía también un sobre. Lo abrí. La hoja manuscrita decía lo siguiente: “A don Sergio Mardones, por encargo especial de Werner”. Remitía su agente.
Desde luego, nadie habría dicho del famoso legado que se trataba de una obra maestra. A simple vista no podía tomarse más que como una escultura inacabada, un mero bosquejo, un ejemplo de mediocridad. Se me hacía imposible que un creador como Werner legara al mundo una pieza de tan estrecho horizonte y llegué a pensar, mientras la colocaba en un pedestal, enfrentando al escritorio, que el valor del hombre supera al valor de sus obras y que éstas son apenas un mal reflejo de su espíritu, de la misma forma que un motivo cualquiera imaginado resulta notablemente inferior una vez que se materializa en un lienzo. Me extrañó asumir una idea como esa, pues hasta el momento pensaba exactamente lo contrario. Bach, siempre me lo había dicho, era su Pasión según San Mateo antes que sus 14 hijos y sus problemas a la vista; pero Werner, descubría ante esta imagen, ¡Werner era infinitamente más que esta bazofia!, Werner era un gran artista, un genio y sobre todo un hombre. ¡Qué injusto sería que la humanidad lo recordara por este mamarracho!
Noté, a pesar de todo, que el parecido conmigo resultaba diabólico. Había una belleza secreta, escondida detrás de esas formas toscas y grotescas. Nada sugería mi figura, mas al contemplar el busto supe de inmediato que eso era yo, incluso algo más allá que yo mismo. Entendí de pronto ante qué estaba cuando la imagen me saludó con toda naturalidad.
-Buenas tardes, señor Mardones.
Qué locura, Werner cumplía su palabra y se excedía una vez más, pero, ¿juzgarlo por eso? ¿Era capaz cualquiera de algo así?... Vaya, qué estupidez más grande la que tenía ante mi vista: una obra... viva. porque ese mamarracho realmente parecía estar vivo; no se trataba de un truco de magia.
Me acerqué a examinar la pieza. No había metales, o bien se trataba de un metal desconocido. Tampoco podía decirse que estuviese hecha de carne y hueso. No era plástico, ni cerámica, ni yeso. Era algo extrañísimo, facultado para mover los ojos y los labios. De hecho, capté que tenía unas ganas locas de hablar.
-Creo que este sitio me acomoda bastante, señor Mardones; me siento muy bien y le agradezco el traslado. El olor a trementina ya me estaba mareando. Mi amo y creador no ha podido disponer de un mejor destino que este rincón, donde este humilde servidor podrá ser testigo a diario del nacimiento de cuentos y novelas de innegable maestría...
-¿Cómo te llamas? -lo interrumpí, más que asombrado, intrigado.
-Ted.
-¿Sólo Ted?
-Sí, señor Mardones, sólo Ted.
-¿Y cómo sabes mi nombre?
-Yo no me sé su nombre, señor Mardones; sólo me sé su apellido, pero honestamente debo confesarle que no recuerdo quién me lo dijo. Y si no es un atrevimiento de mi parte, me gustaría hacerle una pregunta a usted.
-Hazla, Ted.
-¿Por qué Ted?
-¿Por qué Ted qué?
-Si mi memoria no me falla, me bautizó usted mismo. ¿No recuerda cuando me dijo “Tú serás para el señor Mardones, Ted, para que ese badulaque entienda de una vez”?.
Reí a carcajadas. Ted me confundía con Werner. Pero decidí seguirle el juego.
-¿Así dije?
-No exactamente, señor Mardones. No dijo “señor”. Tampoco dijo “badulaque”, dijo algo irreproducible. Pero debo confesarle que me encanta la palabra badulaque.
-¿Ah, sí?
-Sí, señor Mardones. Me encantan las palabras pasadas de moda. Cuando me traían para acá escuché por la ventana la palabra “macanudo”. ¡Me hizo gozar! ¡Me sentí tan bien, señor Mardones! Sin ir más lejos, los foros políticos me alimentan de giros enjundiosos. Hace poco oí dos palabras macanudas: cazurro y ladino. Se referían al general que los gobernó a ustedes durante un buen tiempo y que este humilde servidor no tuvo el gusto de conocer. Pues sabrá usted, señor Mardones, que yo más bien soy hijo del otro 11 de septiembre...
Su charla tendía a adormecerme. Pasada la novedad, Ted resultaba insoportablemente aburrido, falto de seso, predecible.
-Y Werner, ¿no dijo algo? ¿No dijo algo más... de mí?
-Creo que no. ¿Quién es Werner?
-Trata de recordar, Ted.
-No tengo muy buena memoria, señor Mardones. Admito que no he sido hecho para pensar. Mi especialidad, si es que tuviera alguna, es el análisis político. En este momento, por ejemplo, puedo anticiparle que la Democracia Cristiana está a las puertas de la extinción, como recordará usted que pasó antes con los radicales, quienes por estos días sólo pueden vivir al estilo de ciertos parásitos que se alojan en un huésped...
-Ah.
-Créame, señor Mardones, que a este hecho político no se le ha dado la importancia que merece. El advenimiento de las clases emergentes y del consumismo desatado, todo lo cual se origina en el capitalismo norteamericano, como usted lo sabrá mejor que yo, señor Mardones, ha hecho desaparecer los ideales de la clase media y está convirtiendo a los ciudadanos de este país en una piltrafa. Y si se fija usted, hay una gran relación entre los hechos en Irak y los de América Latina, pues no de otro modo se podría explicar el giro populista e izquierdista que han tomado los gobiernos del continente...
-Cállate un momento, Ted, por favor.
-Perdón, señor Mardones, creo que me he excedido. ¿Sabía usted que...?
-¡Cállate, por Dios!
El busto guardó hermético silencio y sus ojos se cerraron. Viéndolo así podía confundirse con uno de tantos que dormitan en plazas, museos y casas de antigüedades.
Me senté al computador y traté de proseguir el relato que ahora me quitaba el sueño. Se trataba éste de una casa a la que la gente podía acudir para cambiar su carácter; o sea, literalmente una “casa de cambio”. Decidí situarla en los Estados Unidos. La llamaría “La casa de cambio Sullivan”. Descubrí, con pesar, que el mamarracho me estaba perturbando. A su lado, los temas de mis cuentos parecían tan menores, evasivos, faltos de épica. Ted, con su absurda existencia y sus preocupaciones, insistía en llevarme hacia la realidad. Habría que darle una vuelta a su ubicación. Encendí un cigarrillo y le hablé.
-¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
Ted despertó instantáneamente.
-Disculpe usted si no le presté la atención que le es debida, señor Mardones. Creo que me dejé tentar por una cabezadita. Habrá sido el agradable calorcillo que reina en este lugar. ¿Me podría repetir la pregunta?
-¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
-¿Se refiere a ese señor Walter?... Me parece que... no recuerdo bien. Mi memoria es muy frágil, señor Mardones. Perdóneme usted.
-Al menos recordarás quién te envolvió y te mandó a mi casa.
-Lo siento, señor Mardones. Soy un mal ejemplo de una obra de arte. Por otra parte, admitirá que soy un gran caballero, pues sabrá usted que los caballeros no tienen memoria.
-Vaya, Ted, no sospechaba que fueses tan humorista y majadero. ¿Fue su agente?
-¿Qué agente?
-El agente de Werner.
-No lo recuerdo, se lo digo con toda sinceridad, señor Mardones. Y perdone usted... pero ya que estamos en confianza, ¿me permitiría solicitarle un pequeño servicio?
-Di.
-¿Tendría la bondad de hacer instalar en el futuro más inmediato un televisor encima del escritorio?
-¿Para qué?
-Usted se dedica a escribir y eso yo lo admiro sobremanera.
-¿Y qué?
-Donde estaba solía aburrirme por las tardes, señor Mardones...
-¿De modo que por fin recuerdas donde estabas?
-Sería en la casa de ese señor Walter, como ha dicho usted, pero la verdad es que solamente recuerdo que permanecía siempre solo y me aburría por las tardes, aunque nunca me atreví a confesarlo. Sería muy feliz si pudiese ver la teleserie y las noticias. También me encantaría ver “Tolerancia cero”. He escuchado cosas macanudas de ese programa y sospecho que acrecentaría mi acervo cultural. Usted se reirá de mis inclinaciones televisivas, pero ya que no hay nadie más en esta habitación y usted ha pasado a ser mi dueño, se lo debo comentar con entera honestidad. ¡Me encantan las teleseries, señor Mardones!, debo admitirlo. Prefiero mil veces una teleserie a un libro. Fíjese que las teleseries chilenas han progresado mucho, señor Mardones...
-¿Te puedes callar, Ted? Me desconcentras.

***

Desde aquella noche Ted se halla en la sala de estar. Llevé el pedestal al rincón que enfrenta al aparato de televisión y programé el control remoto para que lo encienda a partir de las 18 horas. Desde mi escritorio, mientras pretendo darles vida a mis personajes menores y evasivos, suelo escuchar su risa cándida y sus sollozos de niño taimado en los episodios cruciales de alguna teleserie, o su aprobación o reprobación al ver determinadas noticias. Este hábito de espectador que no discrimina lo ha convertido además en fanático de los programas de baile juvenil. Por todos estos detalles, admito que le ido tomando cierto cariño, parecido al que despiertan las mascotas. Ted se ha convertido en un buen compañero para mis momentos de tedio, aquellos que se suceden después de acabado un relato o cuando la inspiración me abandona, cosa que me está sucediendo cada vez más seguido. Si traigo compañía, Ted tiene terminantemente prohibido hacer un solo gesto. En tales ocasiones la orden es que no mueva la cabeza y mantenga los ojos cerrados. Sin embargo, a veces, lo he sorprendido mirando ruborizado hacia el sofá, con las cejas muy erguidas...
Hoy me he levantado con la rabia propia de los conflictos no resueltos. ¿Qué derecho ha tenido Werner de legarme este mamarracho incompleto y mediocre? ¿No lo pudo terminar antes de regalármelo? ¿Era ese el aprecio que me tenía de verdad, o pensaría que a esto le voy sacar millones en una casa de remates?
Werner y Ted me han arrojado a la cara, por otra parte, un problema bastante crítico. Mientras el primero ejerce sobre mí un poder casi hipnótico, que me blanquea la mente cada vez que me dirige la palabra, Ted me despierta sentimientos de superioridad y deseos crueles. La genialidad de Werner es irrebatible. La estupidez de Ted, repudiable. Y sin embargo, uno es obra del otro. Lo más notable, sin embargo, es que ante la desaparición al parecer definitiva de Werner sus argumentos parecen flaquear y soy capaz de hallarles sus debilidades. Y al contrario, cuando no estoy con Ted y recuerdo sus palabras, éstas me parecen bastante sensatas. Lo anterior me lleva a la pregunta de fondo: ¿Quién, de verdad, soy yo? ¿El que le teme a Werner o el que mira en menos a Ted? ¿Pudiera ser posible verlos a los dos tal cual son, y no verme a mí a través de ellos?
Todo esto me angustia. Me angustia sobre todo la forma que ha tomado este relato. Nunca quise que fuera así; me lo imaginaba de otro modo y hasta gocé divisando sus vericuetos en mis noches de insomnio, pero las circunstancias me trajeron a este punto del camino. A este mamarracho. Ted debió surgir desde el principio de la historia, no como lo hizo de pronto y tan burdamente. Ted debió surgir como un dilema de alcances mayores. Era su destino original que su encarnación representara una especie de enfrentamiento de escuelas. A través de sus palabras se desarrollaría un larvado conflicto entre las fantasías que se anidan en la mente y los simples hechos cotidianos con que la vida va marcando a las personas. En ese campo de batalla, Ted derrotaría con sus trágicas armas al siglo del exhibicionismo y la exteriorización de las conductas y los sentimientos. Ted sería el pudor, la vergüenza, el deseo oculto, el honor, la sencillez, la represión, la culpa y el pecado. En los verdes prados manchados de sangre, los depredadores se saciarían con las vísceras de cadáveres repugnantes: el de la obsesión por la belleza física, el de la juventud, el de la salud; el cadáver del orgasmo televisado, el cadáver del desprecio a la autoridad y al orden. Visto desde otra perspectiva, Ted estaba destinado a ser el ejemplo más sencillo e irónico de capitulación de la obra artística en sus aspiraciones de inmortalidad ante su enemigo superior: el olvido. De paso, haría trizas la enfermiza y banal aspiración a la trascendencia en el artista que la crea. Convengo en que aquello resulta pedante, al menos resumido de esa manera. Pero de ahí a este punto a que ha llegado el relato...
No se lo he contado, pero en mi fuero íntimo he decidido acabar con Ted, hacerlo de nuevo...
-Eh, Ted, ¿estás despierto?
-Sumamente despierto, señor Mardones.
-No sé ti te gustará lo que te voy a decir, Ted, pero he decidido fabricarte a partir de cero. Nunca es tarde para arrepentirse. Si confirmo que vas a la deriva es mi deber encaminar nuestros pasos. Los tuyos, los míos y los de Werner, a quien dejé abandonado a su suerte. Me carcome un resentimiento en su contra que no logro explicarme. Pero no sé por qué hablo de estas cosas contigo.
-¿Se encuentra bien, señor Mardones? Parece estar en uno de sus días...
-Me encuentro perfectamente, Ted. Y ahora, lo siento, pero voy a proceder a...
-Yo lo pensaría un momento, señor Mardones. ¿Acaso no le despierta a usted compasión este pobre busto inválido, pero que al menos se deleita domingo a domingo escuchando a los informados contertulios de Tolerancia cero?
-A eso me refiero. Quiero hacerte de verdad, Ted. Eres un mamarracho, aunque no lo sepas. No puedes moverte... hablas tonterías...
-Yo me dejaría como estoy. Fíjese que dentro de todo me siento de lo más bien. No puedo negarle que hay ciertas comodidades que me adormecen y me nublan los sentidos, como se dice. El tabaco, por ejemplo, cuyo hábito aprendí de usted, no me termina de desagradar. Y qué decir de un Martini seco a las siete de la tarde. ¡Eso es vida, sí señor! Le cuento que si no estuviera hecho de esa madera tal vez concordaría con usted y yo mismo le pediría un cambio... un pequeño ajuste...
-Lo siento, Ted. Mi decisión está tomada. No debí partir el relato de ese modo. Debí presentarte desde un comienzo. Debí darle a nuestra relación un sentido... como decirlo... una proyección mayor... una proyección moral. Y el asunto ese de la cruz tuareg, ¿habías escuchado alguna vez algo parecido?
-A mí me parece bastante lógico dentro de su historia, señor Mardones. Es más, ¡me encanta su historia, creo que es genial!
-Cómo desearía que Werner estuviera conmigo. Apenas lo vi dos, tres veces, y no le entendí nada. No supe darme cuenta de lo que probablemente había detrás de sus humillaciones.
-Sin ánimo de ofensas, señor Mardones, a mí me parece que usted adolece de una baja autoestima. El simple hecho de querer eliminarme lo comprueba. ¿Le permitiría usted a este modesto servidor una pequeña elucubración?
-Di.
-¿Qué lo lleva a pensar que si me crea de nuevo, el nuevo Ted llegará a buen puerto? Desde luego es muy posible que naufrague apenas abandone el muelle. Me gustan las metáforas marinas, señor Mardones, vi anoche una película muy entretenida sobre un hombre que se iba a vivir a un faro...
-¿Es todo lo que tienes que decir?
-No, señor Mardones, perdone usted. Fuera de reiterarle que un nuevo zarpe no le asegura que apenas entre a mar adentro lo sorprenda una tormenta, la verdad es que mi elucubración tuvo siempre como génesis una oculta motivación, asaz vergonzosa.
-¿Sí? ¿Se podría saber cuál?
-Tengo miedo.
-No me causas gracia, Ted. Estás hablando como Hal.
-Ah, como Hal. ¿Quién es Hal?
-Desde el principio he tratado de evitar el símil, pero sabía que tarde o temprano se te iba a salir una frase parecida, o igual. Tú no tienes nada que ver con Hal, Ted. No se parecen ni remotamente.
-¿Es otro personaje memorable de alguna de sus obras magistrales, señor Mardones?
-Olvídalo, Ted. Pero, ¿de qué tienes miedo?
-Se supone que yo sería inmortal, señor Mardones, y ya ve: estoy en sus manos, a las puertas de la muerte. ¿Sabía usted que a las obras también les aterra morir? No quiero morir, señor Mardones. Si usted crea un nuevo Ted sepultará al antiguo, que soy yo. Las obras no se pueden duplicar, Ted tampoco se puede duplicar. Y al igual que el afamado futbolista Carlos Caszely, quien gusta de referirse a él mismo en tercera persona, Ted hay uno solo, señor Mardones. Ted no quiere morir y un ser humano como usted no lo puede matar. No permita que la vida de Ted termine en un museo o en un desván... en un horno crematorio, ¡por Dios! ¡De sólo pensarlo se me pone la carne de gallina!
-¡Ja ja ja! Ahora tu forma de hablar me recuerda a Ignatius J. Reilly.
-¿Otro de sus memorables personajes, señor Mardones?
-Sí, Ted, otro de mis personajes.
-¿Quisiera hablarme un poco de él? Me encantaría escuchar el resumen de sus labios para comprobar el parecido.
-Quieres desviar el foco de mi atención, Ted, lo adivino en tus ojos.
-La verdad sea dicha, señor Mardones, si usted me elimina ni siquiera habrá otro Ted. Abandonará el proyecto a poco de reemprenderlo, lo echará al olvido. Usted no es ese señor Walter, usted no tiene esa capacidad de fabricar maravillas de la nada y sin ensayo previo, usted tiene que conservarme así como estoy y sentirse más que satisfecho con este logro. ¡Véale el lado bueno a las cosas, señor Mardones! Escriba, disfrute, déjeme acceder a la teleserie en los días de semana, a Don Francisco los sábados y como gran favor -y esto se lo imploraría de rodillas, si tuviera rodillas, señor Mardones- no permita usted que mi lúcida mente deje nunca de recibir el maná que fluye de los grandes sabios de Tolerancia cero.
-Tal vez tengas un poco de razón. Creo que le daré una vuelta al asunto.
-¡Gracias, señor Mardones! Me vuelve el alma al cuerpo.
-Te dejo por hoy, Ted. Mañana decidiré qué hacer. El aparato se encenderá puntualmente a las seis.
-Muchísimas gracias, señor Mardones. Le confieso que estoy realmente preocupado por la suerte del carnicero de Sarajevo. ¿Coincide usted conmigo en que la figura del carnicero, que es el sencillo eufemismo con que se denomina al genocida, representa el aspecto espiritual más primitivo de los pueblos y el que realmente los aúna en torno a una causa?
-Ja ja, no tienes remedio, Ted. ¡Cállate de una vez!

***

Monólogo de Ted

Habrán pasado ya más de 20 años desde que se fue el señor Mardones. ¿Quién lo recuerda? ¿Lo recuerdo yo acaso? Era un poco nervioso, eso viene a mi memoria. No era de una sola línea. Cada vez que recibía visitas me prohibía hablar. Yo le seguía la corriente y me quedaba quieto, mirando fijo. Me costaba contener las ganas de salir al ruedo cuando notaba que lo trataban con cierta displicencia. Él, en su afán de agradar a los poderosos, tendía a rebajarse, a hipotecar su dignidad. Después se iban las visitas y se desquitaba conmigo. ¿Has visto a esos miserables?, me decía, ¿te has fijado en lo poco que valen? Pero qué le podía decir yo, si él mismo los invitaba para repartirles sus escritos. Me trataba tan mal, pero me quería, a su modo. A los demás se les hacía difícil quererlo pero a mí, no tanto. No tenía alternativa.
Noto, no sin alarma, que con el correr del tiempo me voy poniendo cebolla. Debe de ser el influjo de mis amadas teleseries.
Este desván no se presta mucho para revivir el pasado. A veces me pregunto quién soy de verdad. Luego de pensar unos momentos no llego a nada, salvo a una idea de lo más caprichosa: todos los que me vieron se reflejaron en mí. “Ese soy yo”, decía uno; “es igualito a mí”, decía el otro; “estás equivocada, ¿no ves que tiene mis rasgos?”, decía la de más allá. Pero en cuanto a mí mismo, a lo que se podría denominar Yo con mayúsculas, a la verdadera identidad de Ted; no sé, ese misterio supera el corto alcance de mi seso. Si para unos era una belleza, para otros el modelo de la gallardía y del honor, para otros el siniestro rostro del pecado, para otros la traición llevada a la categoría de arte, para otros un puntero izquierdo de la “U”; en fin, si para el señor Mardones fui un mamarracho que no le llegaba ni a los talones a Walter, ¿qué viene a ser Ted a final de cuentas? Puchacay, qué cosa más rara...
Echo de menos esos programas tan encachados que veía en el televisor del señor Mardones. No duré ni una semana en esa pieza después de que se marchó. Como se dice, estaba calentito el finado cuando me mandaron al desván.
Menos mal que esto de tener poca imaginación ofrece grandes beneficios. Una persona de carne y hueso recluida 20 o 30 años en un desván ya estaría loca. Una obra de arte como yo, en cambio, se desenvuelve lo más bien. Si aguzo el oído puedo escuchar las conversaciones del primer piso. Eso no es mejor que mis teleseries favoritas, pero saca de apuros. Los niños siempre salen con ocurrencias macanudas. En los malones, a los grandes no les faltan motivos para discutir; más de una vez han llegado a las manos... eso no me gusta nada, no tolero el llanto, a menos que sea un llanto de teleserie. Esos sí que me gustan, me emocionan hasta las lágrimas...
Tampoco espero mucho de la vida. Es mi drama, el drama de los inmortales. Por eso mi sueño fue siempre ser como el señor Mardones, “un hombre con fecha de vencimiento”, como a él le gustaba decir, eso no lo he olvidado.
Por lo que escucho de abajo, el mundo sigue siendo el mismo de antes. No se dan cuenta de los grandes cambios socioeconómicos que se están produciendo en la faz de la tierra a raíz de la escasez de agua y del enfriamiento del planeta. El turismo lo ahoga todo, a eso tampoco se le está dando la importancia debida. El mundo ha pasado a ser una mezcla de razas que luchan por conservar la identidad. La marea china bebió de su propia medicina.
El señor Mardones me hablaba de Walter. Sostenía que un artista de ese nombre me había creado. Curiosamente, ninguno de sus amigos dijo conocerlo. Yo he llegado a pensar que su enfermiza modestia le hacía creer que de verdad existió un artista llamado así. De esa forma podía reírse de mí a su gusto y decir que Walter, en el fondo, había sido un fraude, un remedo de artista. En sus últimos días hablaba demasiado de vengarse de ese hombre. No era tan bueno el señor Mardones; tenía sus cosas...
Vivir en un desván. Si supiera el señor Mardones que Ted yace en un desván, olvidado del mundo, arrinconado, cubierto de tela de araña y caca de ratón. Es verdad, la obra no muere. Pero, ¿vivir así?
Tal vez uno de estos días haya mudanza, la copucha me llega desde abajo. Se habla de una casa más pequeña, de una división en la familia. Los niños están inquietos, no juegan ya como antes. Me encantan las copuchas, siempre y cuando no termine uno víctima de ellas. Y ésta no me está gustando nada. Un desván después de todo es un desván. Pero un horno, un basurero... eso ya vendría siendo una cosa muy diferente. No me gustaría irme a las pailas.

martes, julio 29, 2008

Recuerdos de la montaña mágica

Aunque el mundo no marchaba como Dios manda, yo me sentía demasiado bien, como Hans Castorp, el "niño mimado por la vida". Me levantaba a buena hora, dejaba a mis hijos en casa y salía a tomar el café del mediodía, que acompañaba de un buen libro. Al principio llegué como todos, como un desconocido. Luego los mozos me reconocieron. Me parecía que la tímida joven de ojos verdes se ruborizaba al preguntarme ¿lo mismo de siempre?, pero ahora que hago memoria, creo que el que se ruborizaba era yo al decirle que sí. Allí fue donde terminé de leer "La montaña mágica", un 28 de julio de 2008, casi dos años después de que abriera el regalo y leyera en la primera página "con mucho amor a mi esposo". Allí leí además tantos libros, el Rey Lear traducido por Parra, La conjura de los necios, los Viajes con mi tía, los ensayos de Montaigne, los cuentos de Marcelo Lillo, poemas de Pessoa, de Cernuda, de los clásicos ingleses. De todos guardaba algo, todos me influenciaban. Luego acudía al ciber café, donde escribía. Al entrar a la galería comercial les echaba una mirada a los locatarios. La deformidad profesional me hacía pensar que eran personajes de cuentos. En la peluquería había una rubia aprendiz con su maestro el peluquero maduro. En la tienda de excentricidades, una mujer entrada en años de arqueadas cejas dibujadas sobre el arco superciliar, labios rehechos y abrigo de piel. No miraba, sino que perforaba con unos ojos que se adivinaban detrás de sus lentes oscuros, insólitos para el subterráneo donde había armado su nido. En la perfumería nunca había nadie; era un misterio que un local ofreciera en venta productos tan caros a una tropa de fantasmas. Otro local lo ocupaba un grupo de señoras que se reunían a estampar figuras en género o en platos de porcelana. En el ciber echaba mis huesos delante de un computador y comenzaba a imaginar mundos posibles y mundos imposibles. Los posibles me sumergían en el desánimo; los imposibles despertaban mi parte lúdica. Para Ximena también fui un extraño que se comenzó a desenrollar con los días. Sus miradas severas, originadas, ya lo sé, en mi ceño adusto, que despierta rechazo a primera vista, trocaron en familiaridades, como ofrecerme siempre "el 5", mi favorito, "lo está esperando".
No puede uno evitar enterarse de las vidas de los demás cuando está con los demás. Ximena vivía discutiendo con su hermano, arrendatario del local de bicicletas próximo a ella. Había una tercera hermana, la dueña de todo. Era dueña también de una suerte de sensualidad exquisita que no compartía con nadie, lo que la tornaba más bien fría. Los tres no podían vivir el uno sin el otro. La gordura de Ximena era colosal. En el fondo del alma de los gordos habita una inmensa sensación de fracaso. Consiste en no aspirar, no merecer, ni siquiera vislumbrar. Ximena abría el local temprano, al almuerzo comía resignadamente un plato de pescado frito o de hamburguesas servidos en una bandeja y comprados en el local de al lado, y al oscurecer cerraba con llave y se marchaba en microbús a su hogar, ignoro dónde. Esa era la vida que le conocía, más el sueño de volver algún día a su lluviosa ciudad del sur, donde pasó los años de juventud. Su hermano hablaba con voz de marica. Con el tiempo he aprendido a recelar de las apariencias. Voz no significa vocación ni conducta. Sospecho que su tono escondía el apresuramiento de la víctima. De allí las eternas discusiones con Ximena por una cuenta olvidada, una decisión errónea, un favor que se pide a destiempo.
En el ciber también me enteraba del producto de mi trabajo del día anterior. Mi labor, por esos días, consistía en seleccionar noticias para publicar en el periódico. Era una labor nocturna, que había elegido yo mismo luego de años y años de haber pisado el asfalto caliente, reporteando hechos insustanciales que no dejaron huella alguna en el país. Así me había ganado la vida y así me la ganaba ahora, seleccionando noticias. En mi diario existía un índice de lectoría, especie de oráculo divino. Si al día siguiente la barra se elevaba producto de mi selección yo me alegraba; si resultaba al revés me decaía. Hasta el día de hoy me pregunto cómo pude haber trabajado con la mira puesta en cosas como ésas. Cómo pude haber sido tan sensible a cosas así. Había sido un completo orangután de zoológico pendiente del maní y del plátano, pero ya era tarde para remediarlo.
Siempre quise levantarle la voz al mundo. Incluso había días en que mi voz tomaba la peligrosa forma de una advertencia. Peligrosa para mí, desde luego. Mis amigos afirmaban con cariño que yo tenía dos personalidades: la del tipo ansioso y responsable y la del sarcástico brutal. En mi trabajo, los más jóvenes me respetaban, pero me temían. En mi casa, mis hijos decían que los vigilaba como hacen las lechuzas.
Quería ser yo mismo, individuo egoísta, pero me atormentaba la imperfecta relación con mi mujer y el futuro de mis hijos. Tuve la fortuna de tener tres hijos artistas. A la postre, coseché lo que sembré: el deseo de hacerse notar para ser querido por una autoridad invisible. Mi sacrificio periodístico no valió de mucho o al menos no fue ejemplar.
Había momentos en que el más artista de los tres entraba en estados de depresión que me angustiaban más que a él mismo. Cómo acercarse a un hijo, pensaba, qué decirle, y lo que hacía era evadir, tratar de olvidar, seguir viviendo la vida en la montaña mágica.
Creo que mi hijo necesitaba tanto un padre de verdad. Ansiaba desprenderse del otro, matar al otro como fuera. Pero nos queríamos y nos comprendíamos, con qué fuerza. Habíamos descendido ambos a los túneles mojados, conocíamos la fuente donde brota la belleza.

miércoles, julio 23, 2008

Memorias del dr. Vicious

Hemos vivido, sí, estamos de acuerdo en eso. Pero desde que tuvimos uso de razón el mundo nos interpuso una montaña. De nuestro lado no hubo cruces de calles ni grandes contubernios. Todo ha sido como corresponde que sea en un pueblito de provincia. Las chicas salen a la calle y hablan de ellas. Mueren los abuelos y en sus velorios se reúne el vecindario. A todo el mundo le gusta la carne asada. De vez en cuando un terremoto abre colectas nacionales. La guerra nos ha sido dada a conocer solamente a través de los libros. Durante esas lecturas de invierno la emoción de batallas y masacres se nos combinó con bostezos sosegados.
Hubo una guerra interna, es verdad, estamos de acuerdo en eso. Murió gente acribillada y torturada de la manera más cruel. A las mujeres las violaron animales y a los hombres les aplicaron corriente en los testículos. ¿Y yo dónde estuve, y los demás? Donde mismo estaban todos, trabajando silenciosa, arduamente, llevando un hogar, con los ojos muy abiertos.
A los pies de la montaña, la gente olvida pronto. Olvida razones, causas, consecuencias. Viste de mártires a políticos miopes; condena a los que tuvieron el poder y hoy no lo tienen o murieron.
A Hitler lo obligaron a matarse. A Carrera lo fusilaron. A Napoleón lo desterraron. A Hussein lo mataron. ¿Qué hicieron las dos hijas mayores con el viejo Lear? María Estuardo, ¿cómo terminó sus días?
Nosotros no hemos visto nada así. En nuestro pueblo no se ven esas oleadas de invasores que se cuenta que hay detrás de la montaña; el altar de nuestra Iglesia vendría a ser el mismo de antes, no transita el pasajero temiendo un atentado. A los héroes se les viste con zapatos de fútbol. Qué se condena. Una marcha estudiantil. Qué se critica. El manejo de la inflación. Qué se siente. El hastío de la felicidad.
Con los años la montaña va creciendo. Algún día nos tragará como se los traga a todos. Yaceremos bajo sus pies entre una masa de cadáveres que ya le habrán dado lo mejor de sus frutos a la tierra, mis crímenes quedarán prescritos sin polémica; ella se levantará aun más erguida que antes.
Nuestros ojos no verán la escena, pero sucederá también el día en que la montaña caiga arrodillada, derretida de calor, humillada por el cielo. Ese será el último día.

martes, julio 15, 2008

Oleadas de pasión

Se suceden en el mundo, unas tras otras, oleadas de pasión. Los viejos las ven llegar desde la costanera. Vienen del mar.
Al principio era un mar encabritado, espumoso, el que los arrojó a la playa. Corrieron por la arena, eufóricos de frío. Se sentían intensos, tenían ganas de hablar. De lejos eran mirados por unos ancianos miopes que con su mirar les arrancaban carcajadas delirantes de grandeza.
Sin darse cuenta, subieron a la costanera y los viejos fueron ellos. Miraron hacia atrás: nada había cambiado. Estaban en las bancas mirando a los que venían desde el mar.
Era un mar gastado, lechoso. Un mar de ansias ajenas de vida. Del mar nacían nuevos viejos, sus iguales.
Cuando fueron reemplazados miraron al cielo desde un fondo cavernoso de la tierra.
Una figura negra los hizo pasar a un palacio negro y allí están los viejos de ayer, esperando novedades, oleadas de pasión.

viernes, julio 11, 2008

Impresiones de un encuentro con el diablo

Eran cerca de las 11 de la mañana cuando volví a encontrarme con el diablo. A Dios gracias lo había dejado de ver hace un tiempo, pero como sucede con el diablo, por una u otra rendija me recordaba de cuando en cuando su existencia. Esta mañana vestía suéter gris y como de costumbre, me saludó con cariño.
Lo que impresiona del diablo es su desfachatez. Una característica propia de los ángeles caídos es ser desfachatados. Aunque bajo el microscopio son bien poca cosa. Pero eso no les aproblema porque los ángeles caídos no tienen Dios ni ley: viven para pisotear a los demás.
Hay ángeles a los que se admira. A otros se les teme. Si se le teme demasiado a alguien, entonces se le invitará a la mesa. Eso me sucedió con el diablo. Y mientras el diablo hablaba con naturalidad, yo me deshacía en pensamientos rápidos. Todo el mundo cree que los bloqueos mentales paralizan la mente y es al revés: la activan a niveles prodigiosos. La mente, en ese estado, se transforma en una máquina de pensamientos y de recuerdos que permiten fabricar inusitadas asociaciones, única forma de hacerle frente al enemigo. Es tal el trabajo interno, que generalmente se pierde el contacto con la verdadera realidad del momento y por eso se dice que la persona está bloqueada. No oye, o más bien no asimila lo que escucha, responde brutalidades, pregunta insensateces.
Dentro de ese estado yo debía ir al ritmo vertiginoso de su charla, no podía quedarme atrás; es más, debía anticiparme a sus pensamientos y la única forma de lograrlo era preguntar y preguntar. De la boca del diablo salían códigos desconocidos, nombres que me sonaban, lugares nunca visitados. Yo no pensaba en otra cosa que en caer bien, decir inteligencias. El diablo, desenvuelto, me miraba en menos, reparaba en detalles increíbles, hablaba desde la cuesta y yo sube que sube...
-Conque has vuelto a las andadas -me dijo.
-Así es -asentí. Era mi forma de venganza.
Más tarde, con el estómago revuelto, de retorno al hogar de la normalidad aunque herido aún, mi mente tramaba asesinatos, reacciones brillantes pero tardías, imposibles. Recién entonces tomé conciencia de haber estado con el diablo y la conciencia me pesó, pues asumí con dolor y rabia que una vez más le había hecho una reverencia.

miércoles, julio 02, 2008

Pequeñas dudas acerca de la locura

Estoy por creer que realmente soy un loco, lo que me llena de asombro. ¿Son así los locos, los temidos locos que moran en mi subconsciente? Porque si fuesen así, entonces, como dice la gente, no es tan fiero el león como lo pintan.
Varios me han llamado loco en los últimos días. Mi mujer, porque elevé la voz. Mis colegas, por los comentarios que hago o las cosas que escribo. Mi nieta, quien utilizó otra palabra para decir lo mismo (me dijo nervioso). Yo mismo debo admitir que de vez en cuando desarrollo conductas no habituales. Si se pusieran éstas últimas en un saco y se vendieran en la feria quedarían a la vista esas desconocidas facetas de mi locura. Pero como corren cada una por su cuenta por las calles o dentro de cuatro paredes, entonces nadie puede hacer la relación. Y qué decir del plano ético, aquél que separa los campos de la existencia, dándoles a uno un nombre bíblico y al otro un aborrecible disfraz de pintura cubista. Y qué decir del amor, verdadera escuela de la locura.
Hasta hoy me sentía muy seguro de mi criterio, pero con estas señales que surgen pierdo la fuerza. ¿Estoy haciendo lo correcto o mi actitud momentánea es una prueba más de mi enajenación? Si guardo la compostura, ¿acaso no hago más que reprimir mi yo más íntimo y real? Y si soy yo mismo, ¿debo aguantar el chaparrón o tengo derecho a réplica? ¿Pero no ha sido siempre la réplica de un loco el mejor acicate para la burla ajena?
Son pequeñas dudas que alguna vez tendrían que ser sometidas al escrutinio público.