lunes, noviembre 17, 2008

La rama y el hombre

Con la vista seguí a una ramita a la deriva. La había lanzado yo mismo a la corriente cristalina del arroyo; quería ver cuando cayera en la minúscula cascada, cuando entrara en los rápidos.
La ramita no era dueña de sus actos, tampoco sufría daños aparentes por el agua. Pensé que si yo fuese tan pequeño como ella, del mismo largo, no duraría mucho allí. Buscaría la orilla con angustia, intentaría evitar los rápidos, pero ya dentro de ellos me abandonaría hasta que los remolinos y las piedras me vencieran. Mis restos quedarían dando vueltas en un recodo o serían humillados por la corriente río abajo. Una chica del campo los hallaría y se taparía la boca, correría a contarles a sus padres que ha visto un duende muerto, al rato llegaría la policía, buscaría un documento entre mis ropas, me sacarían del agua, me meterían a una bolsa, me llevarían a la morgue; tarde o temprano otra persona volvería a mirar mi rostro con la boca tapada. Diría sí, es él y así comenzaría el fin de una historia que tendría su epílogo en una caja oblonga que tres pares de manos depositarían en el nicho destinado a recibirla.
Pero la ramita, la ramita... sin usar razón ni resistencia, pesando menos que yo, con las únicas virtudes de su capacidad de flotación y de su pobre humanidad, objeto de desprecio de animales, objeto inservible, no deseado por nadie, objeto que no nació para el deseo, que no sufre dolores ni siente placeres, la ramita se iría con el agua, empataría en los recodos, volvería a navegar, caería en grandes precipicios de espuma blanca, divisaría campos floridos sin emoción aparente, alerces eternos, vacas que pastan, camiones que llevan televisores de una ciudad a otra, nubes que descargan lluvias torrenciales, soles quemantes, lunas para allá y para acá, para terminar sus días la ramita avistando el océano.
Sólo el poder del agua, que para la rama significa el poder del paso del tiempo, finalmente la doblegaría, la iría enflaqueciendo, hasta hacerla desaparecer.