jueves, abril 09, 2009

Los crímenes

Es parte de la vida vivirla entre paradojas. Todos tenemos el camino muy claro, creo yo, pero nos vamos saliendo de a poco o de a una vez, o salimos para volver a entrar, esto es lo más común. Por ejemplo, si nos abocáramos al pecado supremo, que es no matar, a todos se nos ha enseñado desde muy pequeños que matar es malo. La decisión, por ende, parece simple: no se debe matar a nadie. Dicho esto, qué fácil resultaría ver el futuro de la humanidad: los destinos correrían todos parejos, el mundo entraría en una suerte de remolino del tedio. Pero tal sensación, la de vivir en un remolino del tedio, la pensaríamos, nunca la declararíamos en voz alta, porque si lo hiciéramos sentiríamos vergüenza; esto es, culpa. Este tema ha sido extensamente tratado en estas Memorias, no es el momento de abundar en su significado.
Los sicópatas se apartan temprano del camino, por una extraña razón. Luego de que se han apartado, meses o años después, llevan a cabo el acto de matar. Me refiero a matar seres humanos; antes se han ejercitado con plantas y animales. Y antes, con convenciones sociales, que es lo primero que deben eliminar para que el acto resulte impecable. Los sicópatas les quitan el sueño a los lectores de la mente. Son normales, tienen la misma cantidad de glóbulos rojos y de azúcar que todos, piensan y actúan como cualquiera. Después de la batalla es relativamente fácil analizar las causas que los llevaron a matar; pero antes sería la gracia.
El Estado disfraza el crimen con razonamientos que apelan a la supervivencia y hasta a la espiritualidad de la gente por la que vela. Las iglesias del mundo hacen lo mismo, pero esgrimiendo argumentos aun más profundos. En las iglesias el crimen se justifica por una abstracción: la del servicio a Dios.
Si no hubiese sicópatas y no hubiese Estado y no hubiese religión quedaría el problema de los celos. En el fondo, casi todos los crímenes son por celos. Y qué son los celos: una concordancia entre lo más profundo y lo más superficial que habita en el hombre. Examino un ejemplo: una buena mujer ve salir a su esposo de un motel, bien acompañado. Es un hecho a flor de piel, a ras de piso, que no se lo esperaba. Lo más probable es que del túnel de su alma broten celos intensos. Si no lo amaba tanto, el amor hacia él crece a la velocidad del rayo. Se le despierta una forma de sexualidad no experimentada antes; la acomete un deseo inexplicable, el deseo de ser poseída por un traidor. Todo esto ha sido explicado mil veces antes y mejor, de modo que me detengo con la siguiente paradoja: ese deseo de la buena mujer necesariamente lleva al crimen. Todos los crímenes por celos han debido transitar ese camino previamente.
Quedaría aun un tema: el tema hormonal, que en palabras vulgares se podría traducir como la fuerza bruta. El hombre es más fuerte que la mujer, de modo que el hombre mata más que la mujer, es una verdad que no admite réplica. Aquí el camino está muy claro. El hombre nació para matar. Si se desvió del camino fue porque lo han domesticado.