lunes, agosto 31, 2009

Relatos eróticos

Mi mujer me pide que le enseñe uno de mis relatos eróticos. Qué raro es todo; mi mujer, que siempre ha sido reacia a ese tipo de literatura, ahora quiere leerla. Uso un mal verbo: quiere sentirla, lo noto en ciertos gestos ondulantes, cierta mirada en diagonal, cierta sonrisa tibia.
¿Y qué le voy a hacer? Tengo que darle a beber mi literatura, pero debo escoger el relato con pinzas. Nada de viajes con amantes ni señoritas de campo ni mujeres en el confesionario, aunque noto que la censura la ejerzo yo. Tal vez algo logre aprender de ella luego de esta inusual experiencia.
¿Quiere saber de mí? Creo que no, creo que ya me conoce por entero, aun estos desvíos que más que perversiones son fuegos artificiales de niño curioso.
Entonces, ¿quiere saber más de ella misma? Creo que no. Mi mujer no es de dobleces. Cuando hay que ir al ataque, va al ataque, sin mirar atrás. ¿O me equivoco medio a medio, y esta construcción mental que he hecho de ella no ha sabido hurgar en la nuez que hay bajo la cáscara?
¿Qué busca? Lo que me temía: que yo la conozca un poco más, que abandone mis fantasías y descubra y me entregue a las suyas.
Ella está al borde de iniciar el viaje hacia una sensualidad femenina que apenas intuyo y que descubriré no sin pudores y de yapa afectado por uno de mis tradicionales ataques de celos.
Y pensar que lo propicié todo, buscando lo que no deseaba hallar.
Así están las cosas, algo complicadas para mí.
Es que las noches, los sueños, revelan mis verdaderos problemas, los que no deseo ver durante el día, pues entonces marcho errante, y con los ojos cerrados.

martes, agosto 25, 2009

Los novios de la tía Gloria

El primer indicio de fiesta en mi casa era la bandeja de 25 chilenitos que mi mamá encargaba donde las hermanas Rebolledo, a una cuadra de nuestro hogar. Cerca de las tres de la tarde del sábado la íbamos a retirar y desde ese momento quedaba dentro de la vitrina, en el comedor. Como con el Vitorio teníamos fama de responsables -admito que él menos que yo, y digo admito porque no creo que la responsabilidad sea una virtud en niños de 9 y 7 años-, la bandeja permanecía prácticamente inmaculada hasta que comenzaba la fiesta. A lo más nos robábamos un chilenito, tal vez dos, y mi mamá, que era la más antojada de los cuatro, otros dos.
Los pasteles perdían el protagonismo apenas se iniciaban los verdaderos preparativos. Una mujer obesa de moño y venitas en las mejillas y sobre todo en la nariz tocaba a la puerta, saludaba y se metía de inmediato a la cocina. Las ollas comenzaban a humear mientras picaba cebolla, cilantro y perejil, rebanaba los tomates, batía la mayonesa. Las papas caían al agua hirviendo. Con mi hermano nos asomábamos a la cubierta blanca de la mesa, llena de locos y choros gigantes -que en ese tiempo se vendían a destajo-, asombrados ante unas jaibas vivas que daban vueltas sin destino dentro de otra olla y ante unas conchas en forma de tubo, desde cuyo interior salían unas pinzas carnívoras que parecían preguntarse qué diablos hacían encima de una mesa. Luego partíamos a jugar a la esquina, felices, porque sabíamos que al regreso habría fiesta.
Lo curioso, y esta es otra prueba de la veleidad de la memoria, es que la fiesta misma no la logro recordar; quiero decir, nuestra participación en la fiesta, o más claramente dicho, la participación mía y del Vitorio. De modo que aunque yo mismo no lo deseo, y sospecho que mis lectores tampoco, debo saltarme esa parte y pasar al momento en que ya estábamos acostados.
Ahora que lo pienso, y por algo la memoria me devuelve ese recuerdo, la verdadera fiesta empezaba para nosotros dos en el momento en que cerrábamos la puerta del dormitorio y nos largábamos a saltar en las camas, a tirarnos almohadonazos o a pelear boxeo chino. Éste último juego consistía en colocar nuestras cabezas dentro del forro de los almohadones, de modo que la cara quedaba protegida por el relleno y la nuca cubierta solamente por la tela del forro. Con esa divertida protección nos podíamos pegar cuánto quisiéramos, a menos que un puñetazo diera en la nuca del adversario, en el estómago o los dos rodáramos hasta caer al suelo.
Casi todas las fiestas eran iguales. Mi papá aparecía en la pieza de improviso, con los ojos cada vez más vidriosos y la lengua más trabada por la bebida. Ponía voz de enojado y nos gritoneaba; luego volvía al comedor, donde el ruido de la conversación, de las carcajadas y del baile superaba con creces nuestro desorden. No estoy seguro de si en ese tiempo ya teníamos el pickup y si ya había salido al mercado el long play 33 un tercio "Carrera de éxitos", de Bert Kaempfer, que batió todos los récords de ventas. Si no era así, para eso estaba la radio.
Casi todas las fiestas eran iguales, decía. La diferencia la hacían los novios de la tía Gloria. Si con mi hermano sacábamos la cabeza del dormitorio para mirar la llegada de los invitados era con el exclusivo propósito de ver qué novio traía esta vez la tía Gloria. Los había de todos los pesos y tamaños; había figuras alargadas de ojos cadavéricos y aire ausente, abrutados mocetones, hombres peinados para el lado, comerciantes de terno y corbata, tipos de apariencia solemne que a media fiesta ya bailaban emborrachados con la camisa afuera, chicocos vociferantes de pelo ondulado, en fin, de todo, incluso un pelado cantor que la junta familiar celebrada al día siguiente para recordar los grandes episodios de la noche anterior consideró algo así como el colmo y señal segura de que las cosas andaban mal para ella. Lo curioso es que se trataba de hombres que en la semana yo solía ver caminando por el centro, serios, afanados en sus labores y que al detectarlos actuaban como si me rehuyeran la vista, como si con ese desaire me acusaran de ser un fisgón poseedor de sus secretos. Desempeñaban las más diversas ocupaciones, aunque la mayoría se adscribía al círculo del magisterio, ya que la tía Gloria era profesora y compañera de trabajo de mi mamá en la Escuela 2.
En la casa se decía que ella y su hermana, la tía Julieta, también maestra, pintaban para solteronas. Mi madre se había autoimpuesto la misión de casar a la primera porque se daba cuenta de que sus labios pintados de rojo, su mirada firme y su vestuario pedían a gritos un marido, problema que a la tía Julieta la tenía sin cuidado, me refiero al problema de tener o no tener marido. Pero las cosas parecían ir cuesta abajo en la rodada, a juzgar por el novio de la última fiesta, el pelado cantor.
Al final la tía Gloria se casó. El último novio llegó del sur, se prendó de ella y la hizo su mujer. Meses antes del matrimonio, cuando todo su entorno rancagüino lo presionaba para declararse, alguien que mi memoria olvida pasó frente a la casa de la tía Gloria y miró por la ventana hacia el interior. El novio estaba sentado en un mullido sillón, cubiertas sus piernas con una manta de lana, bebiendo una copita de licor. Era un hombre maduro, rechoncho, de cuidado bigotillo, sonrisa satisfecha, pelo engominado y mirada de ensoñación. En ese momento su futura suegra entró con una fuente humeante de sopaipillas pasadas y la puso en una mesita de arrimo, a su entera disposición. El novio suspiró, agradecido.
Formaron buena pareja, no hubo arrebatos pasionales, ni triángulos, ni platos rotos. El novio no se la llevó a otro pueblo, como a la Gradisca, pero se me ocurre que, descontando ese detalle, todo fue muy parecido.

miércoles, agosto 19, 2009

Revolución, contrarrevolución

En qué me aventaja, en la ingenuidad de su fe
En qué la aventajo, en que la conozco y no me conoce
En qué me aventaja, en la locura de su convicción
En qué la aventajo, en que he reunido algún dinero
Ella no muere, a mí se me van los años
Pero ahí, ¿de quién es la ventaja?
Habría que discutirlo

Decían que ya se había visto todo, que no había nada nuevo bajo el sol
Pero llegó esta diosa, se quedó y antes desordenó la casa
Será mi presente, debe serlo, me gustaría que así fuera
Pero la pura verdad es que siempre será Ella

La diosa levanta la marea, me desea en la playa
Como tantos esqueletos de cangrejos

Mi verbo es contrarrevolucionario
Ella es la metáfora de la revolución
Yo no represento a nadie, a lo más a uno o dos seguidores de La bella molinera
Ella representa a miles, a millones
Pero esos dos o tres al menos me hablan
Mientras que la diosa no le habla a nadie y ellos no se hablan entre ellos

El sol es el mismo para todos
Se anuncian nuevos días, es verdad
Las nuevas flores del ciruelo no serán las del año que pasó
Llegará ese amanecer que no veré
La deidad velará a sus muertos
Dará de mamar a sus retoños
Los retoños se harán fuertes
La sobrepasarán en altura y poder
Se le acercarán, la dejarán atrás
Y de pronto estaremos sepultados
No todos
Algunos serán cremados
Y no pocos desaparecerán sin dejar huellas

La diosa no nos ama, sólo se ama
La querría siempre a mi lado
¿Quién no querría que así fuera?

Un día me humillé y se lo pedí de rodillas
Quédate conmigo, no me dejes, no me desprecies, no quiero envejecer
Yo era una pizquita mayor; apenas le llevaría un par de años
Se fue igual
En estricto rigor, el que abandonó fui Yo
Ella se quedó al borde del arroyo
Adorada por sus fanáticos
Apenas sobresalía en ese carnaval del bosque
El mundo se desplomaba, mas los dementes lo sentían renacer
Ella no los sacaba de su error y reía a mandíbula batiente
Vestida de tul
La llamaba, le suplicaba a la distancia, bien lo recuerdo
Así se fraguó mi contrarrevolución

He aprendido tantas cosas
A verme desde afuera, a otear, a descubrir el noble corazón del sabandija
Bien abrigado se piensa mejor
Los guantes de cuero y el talco de peluquería dan un aire
Hacen la diferencia
Mi contrarrevolución no detendrá al mundo
A lo más la hará ruborizarse, le pellizcará las nalgas
Un pequeño golpe de suerte
Y tal vez me cuele de improviso
En su momentánea estantería

martes, agosto 18, 2009

Un mate, la noche y el Conejo

Había noches de sábados felices y había noches aburridas y también había noches angustiantes, como cuando mi papá andaba en las juntas y completaba dos o tres días sin llegar a la casa, acompañado de sus amigos el Ojos grandes y el Conejo, apodos que para cualquiera podían resultar divertidos pero que para nosotros sonaban a pesadilla, a verdaderos malos de la película; esto es, malos sin película o mejor dicho, personajes secundarios de una película protagonizada por nosotros pero desde el otro lado de la pantalla, el lado real que era la sala de cine y su continuación, nuestra casa en la población Rubio, nuestra anónima vida rancagüina.
Las noches aburridas consistían en acostarse cuando llegaba la hora... y apagar la luz. En aquel momento se me revelaba uno de los cuadros más melancólicos de mi infancia, que suele emerger en estas notas: con la habitación a oscuras cobraba importancia monumental el naranjo ubicado en el patio, en el pequeño patio de la casa. De día era un naranjo como cualquiera, sólo que apestado, que nunca o casi nunca daba naranjas. Pero de noche era otra cosa, con su ramaje negro y ligeramente ondulante ante la más mínima brisa, ramas largas de poco follaje que se interponían entre la luna y yo, entre las nubes y yo. No es que cobrara vida humana, eso lo sabía cualquiera, aunque a veces al Vitorio, acostado en la cama más alejada de la ventana, le daba un poco de susto la idea. Era más bien la sensación inquietante que desprendía su figura vegetal, casi animal. No deseo extenderme más con esa pieza y ese naranjo, porque no es el tema que hoy me impulsa a escribir, pero la imagen del gato invasor aprovecha su oportunidad y brota sola, al igual que la de la linterna, el gato que me pasa rozando la cara, los dos con el Vitorio aterrados por el maullido siniestro del felino al arrancar, el gato saltando por la ventana y perdiéndose en la inmensidad de la noche; y la luz de esa linterna que nos despierta cuando nos alumbra directamente a los ojos y nos pregunta -el hombre que lleva la linterna, otra especie de invasor, pero un invasor hasta cierto punto respetuoso y protector- nos pregunta mientras camina por los travesaños del parrón si hemos visto al ladrón que huye perseguido por el barrio entero.
En las noches felices, hablo de las noches de invierno que suelen ser las más felices, mi mamá preparaba mate en el dormitorio grande, el que daba a la calle, que de grande no tenía mucho, pues apenas cabía la cama de una plaza y media con respaldos de bronce, dos veladores y un ropero de dos cuerpos. Mi papá se servía el mate en la cama, con mi madre entrando y saliendo del lecho cada vez que se vaciaba el contenido. Comíamos pan de hallulla con arrollado, cuando había dinero, o con dulce de membrillo, cuando no había tanto.
Por motivos dignos de análisis, pero que alargarían este fragmento y quizás lo llevarían hacia otros derroteros, de modo que por esta vez no serán expuestos (ya con el gato y la linterna basta y sobra), siempre que recuerdo a mi padre feliz lo veo dentro de una cama. Como en la ocasión que estoy narrando, o como cuando anotaba datos en una libretita con el audífono en el oído y la televisión encendida, esto último muchos años después, ya con la televisión instalada en diversos espacios del hogar, que era otro hogar, otra casa más amplia, en una población "más decente" que la de los obreros de la Braden: la población de los profesores.
La ceremonia del mate era bastante sencilla. Mi madre calentaba la tetera en la cocina a parafina, el agua hervía y la tetera quedaba humeando sobre el brasero instalado en la pieza. Mientras, le echaba la hierba a la calabacita, que completaba con trozos larguiruchos de cáscaras de naranja. El rito exigía golpear los costados de la calabaza con la bombilla, una vez echada media ración de agua hirviendo. Entonces metía la bombilla y llenaba el mate de agua. El primero, el mate amargo, se lo tomaba mi mamá. Lo consideraba una especie de sacrificio, que los demás nunca cuestionamos, a sabiendas de que su voz era la que se imponía, ya que un remoto día en la historia nos metió en la cabeza a los tres hombres de la casa que ella siempre tenía la razón. El segundo mate era para mi papá, con azúcar. Después veníamos nosotros, cuando la hierba se suavizaba por el uso. Luego comenzaba otra ronda y así hasta completar tres o cuatro rondas. Había variantes: el mate con malicia, que sólo en contadas ocasiones nos era dado saborear, "porque podíamos acostumbrarnos", y el mate de leche, que tenía un sabor que al principio rechazábamos con el Vitorio pero que ante la insistencia terminaba por gustarnos. Todo duraba aproximadamente una hora y cuarto. Luego debíamos volver a nuestra pieza, se distribuían los guateros de metal y ellos apagaban la luz, acurrucados el uno con el otro.
Proyecto la imagen de ese momento mágico en mi mente y me veo con el Vitorio tratando de meternos a la cama con ellos, pero no cabemos, así que no nos queda otra que disfrutar el mate dentro de la pieza, pero no recuerdo en qué lugar, por más que hago memoria. Posiblemente hemos llevado alguna silla del comedor, permanecemos sentamos en algún pisito de totora o nos han dejado subir a los pies de la cama. Seguramente estamos a los pies de la cama cuando escuchamos un golpeteo en la ventana. Quién es, pregunta mi padre. Del otro lado se oye una voz no muy alta, no muy alta en el sentido de que proviene de un individuo de baja estatura, que con suerte alcanza a llegar al marco de la ventana, una voz que grita ¡el Conejo!
Nos quedamos petrificados. El Conejo está invitando a mi papá a salir, y lo está invitando así como invitan los obreros, los mineros rancagüinos, lo llama Mardones, se salta todo protocolo, osa tocar a la ventana sin ninguna educación, no piensa ni por un momento que mi papá pudiera estar acompañado, pero para nuestra gran felicidad él no se siente de ánimo para una farra, es el papá bueno y paternal el que hoy nos acompaña. Dónde vái, le pregunta desde la cama. A la sucursal, le responde el Conejo. Mejor ándate a tu casa. No, Mardones, si vos no querí es cosa tuya, pero yo voy a salir igual.
El Vitorio, vivamente impresionado con la escena, la saca a flote al día siguiente. Cuenta, no recuerdo a quién, que estábamos tomando mate cuando sonó la ventana y entonces mi papi preguntó quién era y entonces el señor dijo que era el Conejo y cuando mi papi le preguntó dónde iba, el Conejo dijo que iba a la persecución.

jueves, agosto 06, 2009

Mi padre y mi madre

Esto nunca lo hablamos, de modo que no pasa de ser una interpretación mía, pero se me ocurre con algún grado de certeza que mi padre debió de enamorarse de mi madre cuando advirtió en ella un aura imposible de superar y enormemente más luminosa que la suya. Reitero: estoy interpretando.
De lo que sí hablamos con mi madre, y que ella me lo declaró con una sinceridad desprovista de pegajosos sentimientos anexos y por eso más pura que cualquier otro tipo de sinceridad, fue de la propia intensidad de su amor. Me contó una noche de verano, bajo un fresco parrón que ya anunciaba en las bayas apelotonadas los racimos rojos y jugosos de febrero, me contó que ella se comprometió sin estar enamorada, se casó sin estar enamorada y vivió sin estar enamorada de mi padre, pero ahora que él ya no estaba en casa (había muerto meses antes de esa conversación) sentía que le faltaba la mitad de su vida. De hecho su aflicción se la llevó a la tumba cinco o seis meses después. Todo lo que me dijo esa noche lo había dicho delante de mi padre en su momento, con esa misma sinceridad.
Siempre solí menospreciar a mi viejo, y lo declaro con no poca vergüenza, pero debo reconocer que en un detalle me sacó una ventaja irremontable: una vez que vio la luz, por llamarla así, la persiguió como polilla, a riesgo de morir en el intento, y hasta se humilló para conservarla durante toda su vida. Nunca lo dijo con palabras, porque su elemento eran los gritos más que las palabras, pero a todos se nos hizo evidente que para él, mi madre fue su gran tesoro.
El mundo se mostraba sorprendido de esta verdad y más de alguien comentaba abiertamente, con palabras rayanas en la falta de respeto, similares a las de los presidentes que hablan de los asuntos internos de otros países, que era de gran injusticia que mi madre soportara a mi padre, sobre todo por la forma en que él la trataba. Víctor y yo, sus hijos, a menudo coincidíamos en el juicio, aunque internamente parecíamos ser poseedores del secreto de ese amor, que, oh paradoja, años después de quedar sepultado en el mismo nicho del cementerio municipal de Rancagua, cajón sobre cajón, me parece cada vez más indescifrable.
De herencia me dejó la pasión de sus ruegos silenciosos, la fuerza de sus celos y la renuncia a su inclinación por el alcohol, como pruebas indesmentibles de que para él había una única luz y todo debía sacrificarse a ella, aún la dignidad.
¿Lo hizo feliz poseer ese tesoro? Si es dable demostrar la felicidad con actos, mi padre fue un ser profundamente infeliz, un hombre lleno de carencias; en otras palabras, un feliz trágico, nostálgico. Y yo, que a su lado pareciera que lo tuviera todo, me siento hoy tan cobarde, cómodo y egoísta, tan incapaz de haber perseguido la luz, hubiese alumbrado aquí, en Tombuctú o en las Canarias, que no dejo de preguntarme si el secreto lo tuvo él o lo tengo yo.