jueves, noviembre 11, 2010

Graves problemas

Dos hombres jóvenes conversan en el café. Un latino y un norteamericano. El latino es de buen hablar, en el significado doble que se le puede dar a la acepción: habla demasiado y pronuncia como si estuviese leyendo. Otra cosa: varias veces ha dicho "te voy a dar un ejemplo tonto, un ejemplo tonto", pero cuando vamos a escucharlo resulta que aún no se le ha ocurrido. "Un ejemplo estúpido", reitera, y dice algo sobre el dinero y el afecto. Insta repetidamente a su interlocutor a que crea en algo, a que tenga algo en qué creer. De paso le pregunta si es calvinista o luterano. El norteamericano es pausado y solo usa la palabra para hacer comentarios sobre lo que va escuchando. Sus intervenciones son bastante simples y por lo mismo certeras, efectivas, acordes con la idiosincrasia de su estirpe. Yo, que estoy en la mesa de al lado en calidad de invitado de piedra, he abandonado hace rato la lectura del momento: la vida ofrece mejores cuentos que los libros. Más obvio aun, los libros son los cuentos de la vida. Si Borges estuviera con nosotros me destrozaría por lo que acabo de enunciar, con esa sutileza pacífica que caracterizaba a su genio, al tiempo que daría vuelta la frase, haciéndola paradoja: la vida es un libro de cuentos.
En pocos minutos me doy cuenta de algo indesmentible: el latino va hacia el despeñadero y el norteamericano intenta impedir la tragedia, sin involucrarse demasiado. Pienso qué me ha hecho sacar esa conclusión y si detrás de ella no habrá una trampa de mi mente destinada a reforzar mis actos. El latino ha dicho, por ejemplo, que ya lo tuvo todo, que sus padres todo se lo dieron y que ahora no precisa nada más que de su taller y una pieza para vivir, que evita y evitará todo compromiso sentimental, que se conformaría con comer pan y beber agua y que firmaría hoy mismo un poder en favor de su hermano, porque nota que éste quiere quedarse con los bienes que logró hacer suyos con tanto esfuerzo su padre. Trata a su padre casi como a un hermano menor, y a su hermano real como a una sanguijuela. Va al despeñadero, pero ¿por qué no habría de ser correcto y bueno lo que desea para sí? ¿Acaso no era esto mismo lo que predicaba el hermano Francisco? No, me repito, va directo al despeñadero del fracaso. Las tres estrellas que se vislumbran en su futuro son la soledad, la miseria y el sarro del resentimiento que conduce al odio y la desprotección. Creo que el norteamericano también piensa como yo. Se lo hace ver, por ejemplo, diciéndole que no habría para qué liquidar la fortuna de sus padres en vida, pues cuando mueran eso ocurrirá automáticamente. Agrega que si él donara su parte a una institución de caridad, como lo ha sugerido durante la conversación, nunca sabría si esa fortuna iría a dar donde él desea que vaya o a otras manos. Tras un silencio el latino le agradece. "Venía desorientado y ahora lo veo todo más claro". El norteamericano paga la cuenta y el latino insiste en dar la propina, que su interlocutor considera demasiado generosa. Se paran y se van. Los veo en la calle desde mi mesa: el latino es bajo y cabezón y le sigue hablando; el norteamericano es alto y fornido. Me recuerda a esa pareja de "Perdidos en la noche".
Quiero volver a mi libro, esa obra tan rara de Marguerite Duras sobre una mujer francesa de nombre alemán, una obra femenina escrita como escriben las mujeres, con ese misterio que tienen para decir las cosas, esa ambigüedad e imprecisión que de tanto envolver el relato pasa a ser profundidad, verdad. Pero lo cierto es que no puedo apartar de mi mente la escena de la que acabo de ser testigo.
Recuerdo que cuando era joven despertaba con la sensación de estar agobiado, sensación que se iba acrecentando con el correr del día y que se transformaba en una angustia sin nombre cuando llegaba el momento de partir a la cama. Ansiaba quedarme dormido para entrar en el mundo de los sueños, el único escape posible, mas lo primero que veía al romper el alba, cuando abría los ojos, era mi malestar. Estaba atrapado entre grandes problemas, que eran grandes porque eran indefinibles, incluso invisibles. Tenía la impresión de que nada de lo que hiciera los resolvería y en efecto, nada de lo que hacía los resolvía. Sentía que iba directo hacia el despeñadero, pero una fuerza interna, masoquista, me hacía soportarlo todo y seguir viviendo, sin caer en la tentación del abandono.
Ahora que ya no soy joven, no siendo completamente viejo aun, podría decir que mis problemas son mucho más graves y les voy a dar un ejemplo tonto, un ejemplo tonto. Estoy más cerca de la muerte, que es el problema más grande de todos. Por ende estoy más cerca del dolor, el segundo problema más grande de la vida. Mi literatura no ha sido reconocida por los críticos, quienes ni siquiera sospecharon que existía, de modo que podría afirmar que mi vida no valió de nada. En mi trabajo llegué hasta donde quería: la cobarde mediocridad. Tengo menos energía y mis obsesiones se han concentrado en dos o tres, que actúan como máquinas descompresoras.
¡Y sin embargo creo ser tan feliz en mi rutina! En momentos como este compadezco al latino y a mí mismo cuando joven, amo el café del mediodía, amo ese gran misterio que es mi esposa, la frescura que dan los árboles en primavera, amo a mis hijos y a mi nieta entrando a casa los domingos, amo el sueño de una pasión que se dispara más allá de las fronteras, y amo las historias que a cada instante reciben mis ojos de regalo.
Ese es mi perímetro, el corral de la felicidad que me aparta del despeñadero.