lunes, marzo 28, 2011

El billete

La abuela Ángela tenía fama, más que de avara, de cuidadosa con su dinero. Cuando el abuelo Isidoro abandonó el hogar, por motivos desconocidos, ella se hizo cargo del quiosco y asumió la tarea de sacar adelante la casa con sus cuatro hijos incluidos, a quienes crió con filosofía espartana. Tanto fue así que, cada vez que tomaba sus copas, que era bien seguido, mi padre recordaba que no había tenido infancia y que debía vender diarios a pie pelado en pleno invierno, "y no un diario cualquiera, sino uno que no leía nadie y que tenía que ofrecérselo a los curaditos que tomaban en las cantinas, porque había que volver al quiosco con los diarios vendidos y ellos eran los únicos que me lo compraban, por lástima", agregaba, echando sus lagrimones, yo creo que tanto por esos curaditos como por el niño que vendía diarios, lo que su alma traducía como dos imágenes de sí mismo en distintas etapas de su vida. La cantinela de la venta de diarios a pie pelado me enfurecía. Lo juzgaba duramente: lo hallaba cobarde y débil por entregarse tan fácilmente a la bebida y por lamentarse de su suerte, que no era mala. Muchas veces pensé, caminando hacia el liceo, que nuestro hogar iría mejor si él faltara; o sea, si estuviera muerto. Nunca he terminado de arrepentirme de haber sentido así. Mi padre fue un hombre bueno y realmente sabía de lo que estaba hablando.
Para las navidades y los cumpleaños, la abuela Ángela nos regalaba dinero contante y sonante, que era lo que ella más apreciaba, ya que lo natural, aunque no lo deseable, es hacer regalos al gusto de uno. Mi papá adoptó esa costumbre a medias y un par de veces recibí de él un sobre con un suculento monto, que hizo más entretenidas mis vacaciones. Pero la Navidad que se fijó en mi mente, no tanto por la Navidad sino por el regalo, incluso no tanto por el regalo sino por las consecuencias que tuvo, fue aquella en que la abuela Ángela nos regaló al Vitorio y a mí un billete a cada uno, pero de una suma desproporcionada para la edad que teníamos. Lamentablamente mi mala memoria me obliga a hacer aquí un paréntesis. Lo que recuerdo es que era un billete azul de 50 pesos. La realidad me dice que si hubiese sido así estaría hablando del año 1959, de un billete más bien verdoso y que tanto valor no tenía, y del Vitorio con apenas 4 años y yo con seis. Pudo haber sido entonces un billete de cien escudos de 1960 o 1961, que sí era azul, pero bastante más grande de lo que recuerdo y, sobre todo, carísimo para cualquier bolsillo. Curiosamente, lo que más se asemeja a mi recuerdo es el billete azul de 5 pesos, que ya en esa época no valía casi nada. Cualquiera que escribe o que lee sobre el asunto se dará cuenta de lo difícil que es hablar de montos de dinero en un relato. Por eso me quedo con mi vago recuerdo: era un billete azul que representaba una suma desproporcionada para nosotros. Y por eso no fue raro que a partir del 26 de diciembre mi mamá empezara a advertirnos la importancia que tenía ese billete y el cuidado que debíamos darle. Eso quería decir derechamente que no se nos ocurriera gastarlo. Hoy pienso que simplemente debió retener los dos billetes o depositarlos en el banco; así habrían estado más seguros a costa de un breve momento de pesar por parte nuestra, ya que, todos saben, los verdaderos niños no se apasionan por los billetes.
Pero no lo hizo así y todos los días amanecían en los veladores.
A seis cuadras de nuestra casa, lo que se dice desde Bueras 129 a Independencia con Astorga, estaba la librería Cervantes, peligro público para las fantasías infantiles. En marzo exhibía cuadernos, lápices, gomas y libros de asignaturas, pero el resto del año sus dueños se veían obligados a ocupar la vitrina con cualquier cosa, pistolas, espadas romanas, autitos a fricción, rompecabezas, pelotas, naves interplanetarias, revólveres con estuche y fulminante, trenes eléctricos con sus casitas y estaciones, armónicas pequeñas, medianas y profesionales, colecciones de estampillas, un cuantuay. Cada visita al centro resultaba un martirio para nosotros y a mi mamá, siempre apurada, le costaba despegarnos de esa vitrina. A regañadientes la obedecíamos y entrábamos con ella al banco, un lugar tan diferente, tan extraño, tan frío, lleno de mármoles, personas silenciosas de corbata, mujeres de taco alto, otra Rancagua en esas limpias paredes de colores grises y techos diría incluso más altos que las naves de la catedral. Allí pasábamos bostezando buena parte de la mañana, hasta que la atendían. A la salida siempre le quedaban dos o tres diligencias, ya que el viaje al centro había que aprovecharlo.
Los billetes, durmiendo.
Una de esas mañanas saqué mi billete y le propuse al Vitorio que hiciera lo mismo y fuéramos a la librería Cervantes a ver juguetes, solo a ver. Él me obedeció al instante y partimos, muy alegres ante la perspectiva que nos deparaba el día. Y en efecto, apenas llegamos nos quedamos clavados ante la vitrina unos buenos 15 minutos, tratando de abarcar toda la variedad de objetos que se exhibían ante nuestros ojos. Recuerdo que solo una vez en mi vida volví a sentir algo parecido y fue en otra librería, ante un afiche que capturó mi mente y que anunciaba un circo que pasaba por Rancagua. Debido a un extraño segundo de encantamiento, los números del espectáculo se me iban revelando como si fuese la primera vez que los conociera. Mix y Max, la traviesa pareja de canes dotados de inteligencia superior que desafían mortales anillos de fuego. Glotón y Zenón, ¡los increíbles osos basquetbolistas de Siberia! Desde lo más profundo de la selva africana, ¡Rex, temible león asesino y su corte de fieras! Razhán el ilusionista hindú que desafía a la muerte. Los hermanos Ramírez Roldán y su increíble Cristo Humano Aéreo. La mujer de brazos de goma. El asombroso malabarista ciego. El circo se llamaba naturalmente "Las águilas humanas" y en ese estado de fascinación que dominaba mis sentidos el nombre fue el colmo de la maravilla: ¡hombres alados surcando las alturas!, rozando la carpa con las plumas. En ese momento desperté de la hipnosis y me di cuenta de que era el mismo circo de todos los años. Cada palabra del afiche, sobre todo cada adjetivo, volvió a su sentido ordinario, gastado, y terminó la magia.
Así pasó con la vitrina de la librería Cervantes. La magia terminó en el momento en que habíamos asimilado las posibilidades que ofrecían todos los juguetes.
A mí me había gustado sobre todo una pistolita negra de fulminante, como las que usaban los gángsters de las películas, y cuando regresábamos a la población le pregunté al Vitorio si también le había gustado. Me dijo que sí. Le propuse que nos compráramos una cada uno y aceptó de inmediato, de modo que no habíamos andado ni media cuadra cuando ya estábamos de nuevo frente a la vitrina. La pistola valía el equivalente a la décima parte de cada billete. Dudamos un par de minutos, por la vergüenza que daba entrar a la librería a comprar, y al final entramos. Preguntamos por las pistolitas y mostramos nuestros billetes. El dependiente no se hizo ningún problema. Al salir me di cuenta de que comprar era fácil. Bastaba ordenar el producto, pasar el dinero y recibir el vuelto. ¡Y todavía nos quedaba tanta plata!
Volvimos felices a la casa, pero un imán nos arrastró ansiosamente a la librería. En fin, cada entrada y cada salida nos fue llenando el bolsillo izquierdo de juguetes y vaciando el derecho de dinero. Salimos por última vez del local con dos bolsitas de juguetes y cuatro chauchas en los bolsillos.
La felicidad era completa, pero íntimamente sentía que algo no marchaba como reloj. Solo cuando mi mamá nos preguntó de dónde habíamos tantas cosas fue que empecé a preocuparme. Le conté nuestra aventura y no le pareció nada bien. Pronunció una filípica sobre el dinero y su significado, esas cosas que dicen los papás cuando tratan de enseñar con palabras, y remató advirtiendo que esto lo sabría mi papá a la hora de almuerzo. No recuerdo si nos castigaron, no recuerdo que jamás nos hayan castigado realmente, salvo en una graciosa ocasión, pero eso quedará para otra historia. Creo que ese día bastó la profunda desilusión que mi mamá demostró hacia mi persona. De ahí en adelante el dinero fue para mí algo más valioso que lo que se puede comprar con él, una especie de seguro de vida, un fajo de papeles que es mejor tener que no tener, un fajo de papeles que deben esconderse, ahorro, mezquindad, contención, cálculo, prudencia, nunca dar el paso decisivo porque siempre el paso siguiente puede ser el realmente importante, la felicidad está en las cosas materiales, palabras y pensamientos que se me quedaron pegados y de los que ya no me logré zafar, porque los viejos no renuevan la piel, solo van parchando las cáscaras maduras que se les desprenden del cuerpo con el tiempo.

lunes, marzo 07, 2011

Marpyc (I)

Un nuevo inquilino

Hoy llegó un nuevo inquilino. Alguien debió llamarlo para resolver el crimen. Cuando se presentó ante la vieja pronunció su nombre y añadió su título de investigador infinito, nada más. Sospecho que este asunto me obligará a prolongar mi estadía en esta casa. Mis planes eran otros, no digamos que tan deslumbrantes tampoco, pero la vida es así.
Subió la escalera portando una maleta, no sin dificultad. Vestía abrigo negro, ni viejo ni nuevo. La vieja le abrió la puerta desde el segundo piso, accionando el cordelito que corre bajo la baranda curva. Si no fuera cortada abruptamente por la mampara, la escalera alfombrada de rojo iría a dar a la misma calle. La mampara le imprime una cierta alegría melancólica a las paredes empapeladas de la pensión; desde sus vitrales despide luces de todos colores. Desgraciadamente está en la planta baja, a ras de suelo. ¡Nos fijamos en ella tan pocas veces!, diría que casi no la tomamos en cuenta, que casi se nos olvida, porque en esta casa las cosas pasan siempre arriba.
La mampara es un mero adorno, la singularidad de una sensación efímera que a pesar de eso se retiene; es como la definición de la belleza. La verdadera puerta, que es la que cierra la casa, se encuentra un largo metro detrás de ella y es infranqueable.
De la esquina se han dicho tantas cosas. Un día escuché que por allí pasaban los tranvías despidiendo chirridos y que la gente colgaba en las pisaderas, hombres de preferencia, todos de sombrero y corbata, aun los más pobres, aunque no tan pobres, porque los verdaderos pobres miraban esa escena moderna desde la calle. No podían saber las trágicas máquinas que por esos días se estaban despidiendo ellas mismas del mundo, puesto que los hombres ya tramaban en secreto el nuevo plan del vehículo a bencina y disponían por ley la habilitación de un depósito de cadáveres metálicos para aquellas. Antes que eso me llegan ecos de trotes de caballos y conversaciones como esas que se escuchan en la cañada en un día de ventolera. Incluso hay otro antes, de tierra virgen y animales libres, y otro y otro antes más, pero mi memoria no es capaz de retener todo lo que se me cuenta, sobre todo si no lo he vivido.
Al frente hay un viejo café, un café de barrio le han llamado, de esos que venden pasteles añejos y huelen a grasa y encierro, pero que aun así resultan encantadores por su atmósfera provinciana, por su silencio de vez en cuando matizado por una canción de Sandro y por la mirada soñadora, es decir estúpida, de la linda jovencita que atiende las mesas. El café envejece, el cielo y sus paredes van tomando el tono pastoso y negruzco que le pega el esmog, el cable de la lámpara se cubre de una pelusa espesa, la chica se va y es reemplazada por otra parecida. Me dijeron que tres de ellas se casaron y hoy crían a sus hijos; el de la primera de las tres ya entró a la escuela y salió inteligente, ella lo va a dejar todos los días a la puerta del colegio porque teme que alguien lo rapte, desde que era niña había tenido esa inquietud, con el correr de los años la preocupación derivó en temor y cuentan que el miedo la terminó por transformar en una obsesiva, de modo que la mesera de los ojos soñadores se convirtió en una fábrica de patología y sus días felices forman parte de su pasado. El niño hubiese tenido un horizonte esplendoroso, pero su inteligencia se ha torcido tempranamente y aunque le aguarda un futuro de éxitos en la abogacía, hoy se lo ve transitar por el sendero de la desconfianza.
Por la calle que corre de oriente a poniente se encuentra el instituto de idiomas y por la calle que lo hace de norte a sur se ubica una sucursal de la compañía de teléfonos. Todo esto me lo han contado o lo he sabido de oídas; las veces que la puerta se abrió y logramos asomarnos al descanso de la escalera, la luz del exterior nos encegueció. Yo no sé si los demás, pero en cuanto a mí, jamás he podido ver los desfiles frente a La Moneda, las manifestaciones, los bombardeos o las balaceras. El retumbar de la pólvora y el silbido de las balas me llegan como premios de consuelo; no mentiría si dijera que en ciertas ocasiones empiezo a odiar la situación en que me encuentro, pero si pudiese cambiar las cosas las dejaría tal cual.
Lo primero que le sorprendió al nuevo inquilino fue que allá afuera todo fuese tan variable, en tanto que aquí adentro... aquí se siente que las olas llegan hasta el muro de la pensión, rebotan y se van. Si estuvo en condiciones de comprobar, que las estuvo, que su vida había transcurrido hasta hoy entre tormentas y mares calmos, no lo había incorporado a su ser. Ahora era consciente de esta realidad y no le molestó, aunque hubiese preferido que el destino no hubiera sido tan rígido. De acuerdo con sus aspiraciones, para entrar en acción se necesitaba algo de ruptura; de otro modo sus planes resultarían no sólo fingidos, sino que artificiales; esto es, falsos o incluso fantasiosos.
La vieja le enseñó su habitación, le presentó a su esposo el coronel y al Hermano Raúl -que platicaban en la sala de estar, ante la chimenea apagada, un poco muertos de frío, advertí- y le cobró dos meses por adelantado. Marpyc no protestó, pues intuia las reglas. Antes de abocarse a la investigación deseaba estar solo y se lo hizo saber; la veterana refunfuñó y se fue. Marpyc cerró la puerta suavemente, pero bastó ese sonido para que ella bajara volando desde el tercer piso con sigilo y se instalara ante la cerradura. Sin sacarse el abrigo, Marpyc había abierto la maleta y examinaba lo que parecían ser unos planos. Desde el ojo de la cerradura solo era posible ver sus manos aferradas al papel, que se levantaba como una muralla blanca para taparle la cara. Al advertir las uñas largas y manchadas de nicotina de su nuevo inquilino la vieja se irritó. Desconfiaba de las uñas largas, pero en el fondo odiaba sentirse engañada o, peor aún, dejarse engañar. Ya no podía rechazarlo, Marpyc le había pagado en efectivo y se había instalado con todo derecho en su pensión. Habría hecho el ridículo sacándole a relucir el argumento de las uñas.
Marpyc efectivamente estudiaba ansiosamente unos planos mientras fumaba. El humo brotaba de sus labios finos, revoloteaba un momento sobre la mesa y luego subía hacia el cielo de la habitación. Allí se combinaba con la pintura deslavada y desaparecía. De esto, la vieja sólo veía las uñas, los planos y el humo de segunda mano. Cuando consideró que sus huesos la estaban traicionando se levantó con algún esfuerzo y volvió a sus asuntos, prometiéndose hablar con él esa misma tarde.
Monsieur Potin leía distraídamente en su pieza, con la puerta entreabierta, cuando pasó la vieja. Él no la sintió; ella lo vio y siguió de largo. El hombre lucía extraordinariamente encorvado; apenas se le adivinaba la cabeza entre el libro y la dimensión desproporcionada de su espalda. Yo siempre lo he conocido así, aunque la verdad es que cada día me parece que se giba un poco más, pero dicen que antes de llegar a la pensión era una persona fuerte y erguida. A mí me llama la atención la cantidad de sobres sin abrir que se amontonan en la mesa, en el piso, en cualquier rincón de su habitáculo. Cada vez que le preguntan por ellos dice que son materias que tiene pendientes, no habla de cuentas sino de "materias" y debe ser cierto, porque jamás ha venido nadie a cobrarle algo, menos a intentar embargarlo luciendo una orden judicial. En cuanto a su personalidad, siempre anda diciendo que la vida debe tener un sentido, pero si le preguntan qué sentido se empieza a enredar y suele poner punto final a la conversación, enfadado. Lo que es yo, jamás lo he visto hacer otra cosa que leer, de modo que para él, ese debe de ser el sentido de la vida. Pero si estuviera en su cuerpo empezaría por abrir los sobres y ordenar la pieza, y recién entonces le buscaría el sentido a la vida. O será que soy de otra laya. Sus libros predilectos son los de historia, sobre todo de guerra; también lee las novelas policiales de Simenon y Agatha Christie, las tiene todas. Un día le regalaron un  libro de P. D. James y lo devolvió. Dijo que no le había gustado porque era demasiado moderno. La señorita Inés lo invitó a su cumpleaños y cuando todos estábamos en la pieza de la señorita Inés, Mario fue y le escondió todos los libros, sin excepción. No le dejó ni siquiera uno a la vista a modo de consuelo. Al regresar a su morada, Monsieur Potin lanzó un gritito apagado, casi no se le sentía la voz: ¡Mis libros!... ¡mis libros!... ¡qué voy a hacer! La señorita Inés lo vio tan mal que entre todos le confesaron que se trataba de una broma y le devolvieron sus libros. Aún no se me borra del alma su mirada de angustia. Por un instante su vida dejó de tener sentido y nada pudo llenar ese tiempo vacío.
¿Qué más podría decir de esta pensión, antes de entrar en materia?
Mario se pasa las noches comiendo huevos revueltos con tomate que le roba a la vieja, que es su tía abuela. Mario la odia y si en algo he de estar de acuerdo con él, ya que desapruebo casi todas sus demás conductas, es en que la vieja se hace odiar por toda la pensión, aunque a veces tiendo a pensar que el coronel le tiene un respeto erótico rayano en el miedo. A cada inquilino le lleva personalmente su desayuno a la pieza por las mañanas. Lo hace no con un afán de servicio, sino para asegurarse de que no se malgaste la mantequilla. Lo afirmo con conocimiento de causa, pues soy testigo del momento en que la saca del refrigerador y la unta apenas con el cuchillo en láminas transparentes que esparce sobre el pan tostado, y cuando hablo de pan tostado hablo de pan que se remoja y se tuesta para no delatar lo añejo que está.
La vieja se llama Rosa Bouquet. Quisiera creer que aquí todos son franceses, pero no es así. Los apellidos engañan. Los tres gemelos de la señora Maluenda a veces hablan más francés que castellano. Y es que a Monsieur Potin y a la vieja les da por saludarse en francés y los hijos los escuchan y repiten todo el santo día bon jour, bon jour, bon jour, hasta que escuchan una nueva palabra y sus bocas cambian de sonido. Son unos tipos bastante raros para su edad, tal vez por eso la señora Maluenda no los saca casi nunca de la pieza, tanto así que ese día del cumpleaños le extrañó a todo el mundo que se hicieran presentes. La madre apareció con los tres correctamente vestidos. Lo único que los diferenciaba era el color de la corbata. El de la izquierda, cuadritos escoceses rojinegros; el del medio, cuadritos verdinegros y el de la derecha cuadritos blanquinegros. Esa tarde nos volvieron locos con sus repeticiones de todo tipo. La señorita Inés brindaba a la salud de todos y los tres decían salud, salud, salud, salud y levantaban la mano vacía, ya que la señora Maluenda no les permite beber, hasta que se les metía una nueva palabra en el cerebro y entonces decían vino, vino, vino, vino, alegría, alegría, alegría, alegría, alegría, esgrimiendo unas sonrisas sardónicas, absolutamente desprovistas de sentimiento. Lo peor vino cuando uno de ellos comenzó a escarbarse la nariz y los dos restantes hicieron lo mismo y de pronto los tres se chupaban el dedo. Se estaban tornando insoportables y la señora Maluenda no reaccionaba, porque para ella son sus chiches y además se había ido entonando; la verdad, ni siquiera se acordaba de sus hijos. Si no hubiese sido por la angustia de Monsieur Potin, que puso fin a la fiesta, creo que todos nos habríamos tratado de arrojar por la ventana, a sabiendas de que naturalmente era imposible. O sea, vivimos el horror de Monsieur Potin elevado al cubo y creo que ese fue el castigo de Dios por la broma de los libros.
Una vez que cada uno retornó a su habitación comenzaron los verdaderos ruidos nocturnos, aquellos que se dan dentro de las piezas y en los pasillos. En las casas viejas como éstas el silencio se transforma en un tesoro de doble faz. Como reina sobre los sonidos, cada excepción se hace merecedora de una atención especial; si viviéramos llenos de ruidos nada importaría, ni siquiera las balaceras ni las bombas. Me da la impresión de que precisamente eso es lo que hace llevadera la vida allá afuera. Al menos, así lo he sabido por los inquilinos que van llegando, cuando se produce un cupo. En cambio aquí adentro... no miento si digo que he escuchado conversaciones entre el coronel y el Hermano Raúl, que habitan en el segundo y en el cuarto piso, respectivamente, cada uno de ellos tranquilamente sentado dentro de su pieza, en una silla o en una mecedora, uno mientras bebe su copa de coñac y el otro mientras hojea un libro prohibido. Pero entonces basta que una rata se deslice pegada al guardapolvos de un muro para que el diálogo se interrumpa y uno de los dos alerte al otro, ¿sintió? ¿Lo sintió? ¿Usted también lo oyó? y todo queda entre ambos, como si fuera un secreto. Del cielo baja una luz tenue, de colores que pueden ir cambiando de acuerdo con el estado de la atmósfera, y así el silencio adquiere matices brillantes, cálidos o melancólicos, así como los ruidos pueden ser violetas, anaranjados. La desesperación se adueña del edificio hasta sus más recónditos ángulos cuando la vieja desconecta la conexión eléctrica, a las once en punto de la noche. Todos pensamos que lo hace para ahorrar energía; en el fondo, para pagar una cuenta menor a fin de mes y así sacarles más partido a las mensualidades que recibe de manos de cada inquilino, pero en este caso las cosas tampoco son lo que aparentan: creo que la vieja lo hace simplemente por costumbre. Heredó el hábito y jamás se lo cuestionó. Y lo que piensen los habitantes del edificio le importó un comino. Así, por lo demás, es ella. Y en ese sentido confieso que se ha ganado cierto estatus ante mis ojos. Es capaz de transitar indiferente en medio del terror, no se inmuta si escucha un aullido; al contrario, corre a la puerta y se planta con el ojo abierto a más no poder ante la cerradura.
En cuanto a los inquilinos, puedo afirmar sin soberbia que les he ido tomando el pulso con los años y no pecaría si conjeturara que son todos unos dominadores, lo que es algo que calificaría de extraordinario, pues desde luego el porcentaje de dominadores es bastante reducido en la tierra, diría que apenas se aproxima al 15 por ciento de los seres humanos vivos. En mi corta existencia ya he visto tanto... los verdaderos dominadores tal vez engañen a medio mundo en su tránsito encubierto, pero no se escapan a mi mirada. El vulgo los asocia con la violencia, el uso de la fuerza, la inteligencia maquiavélica o el arribo al poder. Yo he descubierto que los verdaderos dominadores son aquellos que atisban un valle luminoso y se quedan allí a como dé lugar. La luz del valle no procede del sol ni de sus elementos, sino que se la dan los ojos del advenedizo; con el correr del tiempo éste se hace conocido y si debe humillarse para no perder su sitio lo hará sin cuestionamientos, porque en la dominación no tienen espacio el honor ni la dignidad. A veces, a lo sumo, el disimulo.
He presenciado el hundimiento de los titanes en los pantanos de Irlanda; voces todopoderosas han acudido a mí pidiendo auxilio, implorando el perdón por sus errores de cálculo. Grandes cardenales debatieron entre ellos acerca de las grietas que surgían entre sus sotanas; mandatarios, generales, millonarios se tajearon brutalmente unos con otros, sin uso de razón, para mantenerse en el cetro. A todos ellos les dije: han sido dominados y ahora les espera el infierno. En cambio estas almas que se cobijan en esta melancólica pensión, como gatos recién nacidos que buscan en una caja de cartón la panza de la madre, aparentemente expuestos, desamparados, ¡cuánto vigor ponen en su afán, y cómo esa fuerza nacida de la miseria les está dando el triunfo!

martes, marzo 01, 2011

La chiquilla furiosa

En un lugar del mundo, del cual sólo se puede agregar que está ubicado exactamente en los confines, vive la chiquilla furiosa. Quienes han tratado de definirla han muerto en el acto, por lo que yo tomaré mis precauciones, de modo que a partir de este momento no diré nada más de ella. Sí me referiré a ciertas imágenes que han permanecido, han quedado en el aire, como se dice. Un estudiante de actuación declaró que durante un ensayo la chiquilla furiosa lo hizo caminar en cuatro patas por el escenario, se le montó sobre la espalda y le clavó los talones en las costillas hasta sacarle sangre. Al fijarse en sus pies notó que estaban cubiertos de alambres de púas.
Un caballero me relató que al toparse bruscamente con ella a la vuelta de una esquina cayó hacia atrás. Se salvó de romperse la nuca porque la chiquilla furiosa saltó y lo acogió en su seno, rodeándole el cuello con el brazo derecho. Le consulté si en dicha oportunidad había demostrado su furia; me dijo que no, que la había advertido solícita y muy dulce, profunda en su manera de razonar, pero que al despedirse se marchó gritando insensateces, totalmente fuera de sí. Le hice ver que el suyo era un testimonio contradictorio. Lo pensó un momento y me halló la razón, jurándome que no se había dado cuenta de lo que había dicho y de que sólo había reparado en su contradicción al oír mis palabras.
No hay más testimonios sobre ella, al menos en esta parte del mundo. Quizás allá en los confines se la ensalce por sus virtudes, su belleza y la enorme sensibilidad de su inteligencia; acá se la recuerda como la chiquilla furiosa. La vida está llena de equívocos de este tipo. Por la experiencia o la impresión de unos pocos se forja el mundo una imagen errónea de sus héroes.
Y no habiendo más que decir no me resta más que acabar con esta hoja.