martes, febrero 28, 2012

El gusano en la manzana

Tal vez para quienes no lo conocen bien es dueño de un carácter frío y pasivo, pero la íntima verdad es que se mueve sin parar dentro de un cubículo ardiente, esperando siempre lo peor. Y lo peor de lo peor es que lo peor es una puerta abierta que abre horizontes desconocidos. Se le ha vuelto a dar la misión de corresponsal en viaje, retornan la grabadora y la cámara de fotos a su maleta, las pautas abiertas, ambiguas. El destino del viaje es el epítome de la incertidumbre: una zona con dos pueblos ubicados a 60 kilómetros uno del otro, e incomunicados. Debe estar en ambos, debe responder, debe imaginar y debe descollar. Ya no es joven y los jóvenes lo cercan; no sabe si será capaz de rescatar sus viejos ímpetus, puede que se esté haciendo el viejo, quizás le quedan energías de sobra, pero el tono... el tono lo perdió, porque se mantuvo fiel a su estilo y su estilo pasó de moda. Vargas desprecia los 144 caracteres de las redes sociales y si viaja, se autoconvence, viaja para ver con sus propios ojos.
Durante la noche, antes de conciliar el sueño, y durante el vuelo imagina crónicas perfectas. Imagina que le pone la grabadora en las narices a una mujer humilde que encuentra en la calle. Le pregunta su nombre y comienza a hablar con ella de las cosas más triviales, de cuánto le cuesta un kilo de tomates, de si vio el Festival, de pronto la nota se va metiendo en la vida de la entrevistada, en el conflicto que vive su región, en el cariño que le tiene a su tierra, en su capital de Chile imaginaria, que sólo ha visitado a través de las noticias de la televisión. ¿Es eso publicable? ¿No causará estupor? ¿Maldecirán haberlo escogido a él, pudiendo haber enviado a tantos otros? ¿Alguna vez le llegará el "merecido descanso", el momento del café, con todo el tiempo del mundo, leyendo sobre el sufrido trabajo de los demás? ¿Alguna vez no le deberá nada más a su Madre, llegará al fin el día en que podrá concentrarse sólo en él y a través de él, en los que ama?
De madrugada, la ansiedad de Vargas es incontrolable y en la cocina, esperando el auto que lo llevará al aeropuerto, masticando un pedazo de pan como rumian las vacas, se le sale una lágrima. Carga desde hace un par de días, además, con una indigestión. El momento crucial llega cinco horas después, cuando baja a la losa del aeropuerto de Balmaceda y su ansiedad se transforma en necesidades concretas. Esta vez no puede darse el lujo de dormitar, como solía hacerlo antes de iniciar la carga reporteril. Su compañera de asiento en el avión era una anciana a la que le han saqueado la casa. Habla y despotrica contra el vandalismo, pero al momento de ser grabada se niega a dar su nombre, se repliega. En el aeropuerto las cosas no son mejores: no hay transporte a Coyhaique y menos hay cómo llegar a la zona del conflicto, en Puerto Aysén.
Recordar estas cosas desde la tranquilidad del hogar, acabada su misión, suena a exceso, a contar una odisea ridícula. Su tendencia natural de sentirse culpable de hacerse la víctima le genera una imagen difusa, la de un lector sin rostro que al repasar su nota idea espontáneamente el comentario de que "su trabajo no más hace". Y es verdad, se mortifica. ¿A cuántos como él se le han dado tantas comodidades para desarrollar su labor? No lo enviaron en bus ni en barcaza, lo enviaron en avión. No lo mandaron con las patas y el buche, fue con plata en los bolsillos. Es cierto que desearía haber viajado con un compañero, un fotógrafo. La unión hace la fuerza. Pero no se puede pedir todo en la vida. Lo que intenta escribir, temiendo que no se le comprenda, es que existe un drama invisible y común al reino animal, que consiste en sortear las dificultades que se presentan minuto a minuto, algo muy parecido a eso que le llaman "la vida", con la única diferencia que esta vez el tiempo corre infinitamente más rápido para él y los errores se pagan al momento.
Encima, lleva otra visión del conflicto. Se quejan, pero se quejan porque hoy todos se quejan, aprendieron a quejarse, fueron adiestrados por una ola invisible que recorre el mundo; perdieron el espíritu de sacrificio, el aguante del chileno de pueblo. Se sienten aislados, ¿quién los mandó a vivir allá? Denuncian haber sido pisoteados por la fuerza policial, pero ¿no fueron ellos quienes cortaron los caminos? Hoy la gente se levanta por todo y nadie se da cuenta de que esto ha sido muy bien orquestado por cerebros que mueven a las masas. Todo lo resumen en plata, sabiendo de más que la plata no alcanza. Entonces vuelven a la carga, en Chile, en España, en Londres. Si no alcanza la plata, que los ricos les den a los más pobres. Y así llegan al extremo: que los ricos no ganen plata y que todo lo que hay se reparta entre todos. Hay tantos que en el fondo piensan así, que da temor constatarlo. ¿Hacia dónde vamos?, se pregunta.
Deambula como loco con su maleta, por las afueras del aeropuerto. De pronto le ofrecen traslado, por cinco mil pesos. Es una camioneta particular. En realidad, un vehículo de arriendo que se quedó sin pasajeros, debido a las cancelaciones. Los turistas se fugaron como insectos del fuego, los empresarios no sacan nada con venir a un lugar parado. Estos fenómenos sólo atraen a los periodistas y a los políticos.
Mientras viaja junto con su salvador hacia la ciudad, el cuerpo entero de Vargas, carne y pensamiento, se va llenando de una nueva energía. Pierde el miedo, abre los ojos, ve la realidad, despierta su oficio, cambia de personalidad, reportea, fotografía, escribe y despacha. Le ha pasado tantas veces, miles de veces, que le sorprende que le vuelva a pasar. Un visitante suele ver más que un oriundo de la zona, pero cuando un visitante lleva la misión de transmitir a los demás ve todavía mejor, porque entra a la raíz. Falacia completa, se dirá días después, en su casa, con un vaso de cerveza helada en la mano. "Entré a la raíz y conocí la savia de la gente. Pero ahora me doy cuenta de que resultó ser una raíz superficial y la savia era una engañosa exudación. No se puede capturar una idiosincrasia en tres días, pero nosotros creemos que lo hacemos, y nos ufanamos de eso; no se puede sentir la lluvia de un año en tres días. Hay una valla natural, infranqueable, la valla que separa los espacios y las almas. Ni los 144 caracteres pueden entrar allí".
Los camioneros han cortado el camino; el vehículo frena y se agrega a la fila. Al rato se le han unido obligatoriamente cinco, diez, veinte autos más. Los dirigentes y empresarios, quienes han estacionado sus poderosos todoterreno en la berma, han dispuesto toldos para su gente a la orilla; hay fuego encendido y cuando llega la hora del almuerzo escurre la grasa de unos pollos desde la parrilla: por la tarde habrá cordero, en otro puesto preparan cazuela. Conversan y bromean, cuentan que hay momentos en que se aburren o se exaltan. Por la noche entran a sus cabinas a dormir, otros hacen guardia, no hay ánimo de tensión porque en esta guerra todos son amigos, hasta los autos de la fila, y el único enemigo, que es la policía, hace la vista gorda. Hasta la espera se les hace agradable a los vehículos que se agregan a la fila. Porque la espera es parte de la epopeya.
El hospedaje resulta ser menos de lo que esperaba. Su pieza se parece a un nicho de cementerio. Compartirá el baño con tres trabajadores que matan el tiempo en una pieza. Los mandaron de Osorno y están de brazos cruzados. Por la noche, al momento de lavarse los dientes, Vargas se da cuenta de que uno de los tres no tiró la cadena. Ver eso adentro le da repulsión. ¡Qué le costaba! Y con esa imagen dándole vueltas por su mente se queda dormido.
A la mañana siguiente encuentra a la dueña del hospedaje donde mismo: arrimada al calor de la cocina a leña. El calor otorga una sensación de modorra y placidez, que contrastan con el llamado a la vida y a la acción que emergen del frío y la lluvia exteriores. Su esposo se pasea en la misma habitación, enrabiado del paro que lo tiene de brazos cruzados, con el colectivo estacionado en el garaje. ¿Qué es mejor? ¿El frío o el calor? Un pequeño pero exitoso empresario salmonero le contaba, días después, a bordo de su camioneta calefaccionada, mientras lo llevaba de vuelta a Coyhaique, que a pesar de ser de la zona no se había podido acostumbrar a la lluvia de Aysén y con su esposa estaban pensando en trasladarse a Puerto Varas.
-Pero en Puerto Varas también llueve.
-Ni la mitad que aquí.
-¿Tanto llueve en Aysén?
-Se han contado 30 días con sus 30 noches seguidos.
-Exagera usted.
-No, amigo, en Aysén los días de sol son 20 al año. Por eso la zona es tan bonita. Y por eso la gente anda siempre como bajoneada, tristona, y mejor no le hablo de la sensación de aislamiento.
Antes, los viajes consistían en ir directo a las autoridades; ahora lo que importa es la gente y sus historias. Mientras almuerza, casi a la hora de once, acabado uno de sus despachos, escucha a una mujer por la radio. Los auditores la llaman desde Coyhaique, Puerto Aysén, desde los villorrios más remotos de la región y le cuentan sus problemas. La queja es común, generalizada. Somos los postergados del país, siempre lo hemos sido y por eso es ahora o nunca, aquí todo es más caro, la bencina es la más cara de Sudamérica, en vez de soluciones nos mandan fuerzas especiales de carabineros, lo nuestro no es político, a no entregarse, el hombre de la esquina tiene su puesto abierto cuando debería estar en paro igual que nosotros, explota a sus trabajadores, los hace trabajar hasta tarde sabiendo que no hay locomoción que los lleve a sus casas, en el puente estamos todos porque tu problema es mi problema. La locutora no sólo comparte los lamentos, sino que los anima a seguir quejándose. Sería una buena entrevistada, una especie de resumen de las penas de la gente, de modo que clava el tenedor en el último trozo de lomo, se bebe el concho de la cerveza, paga la cuenta y parte a verla, caminando. En Coyhaique llueve serenamente; huele a leña quemada, de todas las cocinas sale humo y el centro es tan pequeño que a la primera vuelta ya se lo ha visto entero. El gigantesco farellón, la postal de la ciudad, deja incluso de impresionar. A Vargas esa roca viva coronada por un bosque inabordable se le aparece al doblar cada esquina y termina por hacérsele invisible.
No es que la locutora le haya dicho cosas que no supiera, sino que él se ha dado tiempo para escucharlas. Comienza a pensar entonces en la posibilidad de que el pueblo tenga razón, de que el Gobierno esté estirando el conflicto, de que las autoridades padezcan de miopía y necesiten mejores anteojos para ver desde tan lejos; se le aparece en su mente camaleónica una batalla absurda entre la acción y los principios y empieza a preguntarse de nuevo si fue primero el huevo o la gallina. Su estilo de periodismo nunca ha sido confrontacional; él adhiere a la teoría de que cada persona es dueña de una historia y de que su misión sólo es darla a conocer, esté o no de acuerdo con ella. Pero sabe íntimamente que eso es mentira: él mismo va colado siempre dentro de la historia, alterando la realidad a su antojo, como gusano en la manzana.
Los perros se han enseñoreado de las calles y a nadie parece importarle. Mientras espera al diputado que lo llevará a Aysén en su camioneta nueva traga un sándwich y mira al vacío, a través de la ventana del restaurante más caro del pueblo. Un animal famélico bebe agua sucia apozada en la vereda. Se le ocurre que el día en que el perro se vuelva inteligente, día quizás no tan lejano, mirará su cuerpo desnudo y se avergonzará. Rehusará beber de la charca, como ese inocente que bebe frente a él, exigirá agua potable igual que todos, se unirá con sus hermanos y lucharán por sus derechos. Tal vez cuando llegue ese día el hombre ya no sea tan poderoso y deba acoger sus demandas, a su pesar. Entonces despertarán las ratas, los árboles, las nubes...
El diputado no posee título, pero méritos de sobra tiene para doctorarse en movilizaciones. Sabe cuándo apretar, cuándo aflojar, qué se puede conseguir, qué se puede dejar para más adelante. Conoce a su gente, aunque su gente no lo conoce bien, de allí que sea amado por unos, odiado por otros. Se ríe de su pasado de fauno de los campos patagónicos, pero en el fondo ansiaría huir, rodear, superar esa sombra. Cuando Vargas se lo recuerda por escrito, dos días después, en uno de sus despachos, el diputado lo llama, porque se siente traicionado. El diputado se clavó él mismo un cuchillo, es cierto, pero también es cierto que Vargas le dio una vuelta a la hoja y le removió su herida. Cosas así han sido constantes de su vida reporteril. En pos de la verdad, su naturaleza es capaz de pisotear la compasión. Ahora le ha jugado sucio al hombre que mejor trato le dio en su viaje, pero la verdad, para Vargas, relumbra: el hombre es un prisionero de su pasado y su deber es invocarlo, guste o no guste.
En Aysén las cosas se han calmado, para su mala suerte, porque despachos sin sangre no son realmente despachos. Apenas calmantes, placebos. En algunas esquinas aún humean restos de barricadas, que se mantienen como señales de que la batalla días atrás fue feroz. En el puente Ibáñez, a medio despejar, cubierto de piedras, con vehículos incendiados a la salida y a la entrada, queda solo un poeta borracho.
-¿Qué lo trajo al puente?
-Necesitamos un sueldo regionalizado.
-¿Cuál es el problema más importante?
-Más que el combustible, nosotros. Para poder vivir deberíamos ganar casi 400 lucas. Puta, ¿cómo voy a vivir con 180 lucas?
-¿De qué vive usted?
-No solamente de aspirar los enchufes. Trabajo en electricidad.
-¿Le gusta el copete?
-¡Pero si no importa eso! ¡Mira la cordillera, huevón! No me preguntí si me gusta el agua, po. Cuando tengo sed, agua no más.
-¿Sabe remar?
-¡Cómo no voy a saber remar, po huevón! Pregunta en Melinka.
-¿Pescar, también?
-Puta la huevá.
-Improvise un poema por todo lo que ha pasado en este puente.
-La dura viene acá/ aquí nos empiezan a aterrizar/ nos empiezan a empujar/ Nuestros pueblos hermanos, eso que se llama Chacabuco/ bien interesados/ ¡Pero mira cómo da vergüenza!/ Cuando la misma fuerza que nosotros elegimos/ a esos que votamos/ y nos tiran/ ¡Tápate los ojos, pequeño niño!/ ¡Págate los ojos, pequeño niño!/ Y ve a estudiar... Ya.
De cada casa cuelga una bandera negra de nylon y los negocios no sólo están casi todos cerrados sino que tapiaron sus ventanas, para prevenir saqueos. La gente camina altiva por las calles de la ciudad lluviosa, se sienten protagonistas de una lucha de caracteres épicos. Estábamos dormidos; hoy despertamos y pronunciamos nuestros nombres en voz alta para que el norte nos escuche. Nuestras peticiones pasaron a plano secundario porque, debemos admitirlo, se fundan en impuras reivindicaciones económicas, que manchan la poesía de nuestras almas. Lo que deseamos en lo más profundo es declamar versos al mundo; así piensan hoy, es cosa de verlo en sus miradas. Pero también hay quienes analizan el asunto de otro modo, como el concesionario de un café-restaurante con el que Vargas se enfrasca en una conversación de sobremesa de casi dos horas, por la noche. Es un hombre de su misma edad y por eso se han entendido de inmediato, aunque no piensen igual. En una conversación entre grandes toman mayor importancia los vaivenes de la historia, los asuntos legales, las teorías políticas, las maneras de resolver los problemas, las marcas de autos, el modo en que se enfrentará la jubilación. La diferencia entre ambos, que Vargas adivina bañado en una ligera sensación de alivio, es que mientras su interlocutor confiesa que deberá continuar trabajando hasta que muera, él lo ha calculado todo, fríamente, como si fuese un administrador del futuro: cuando llegue el momento, que será pronto, se retirará relativamente tranquilo a descansar con su mujer y a partir de ahí, hará lo que siempre soñó. ¿Qué mal paso dio en cambio su compañero de sobremesa, un hombre culto, inteligente, con toda una respetada vida laboral en Santiago y Valparaíso, para haberse visto en la obligación de arrendar un local y ganarse el pan a sobresaltos los últimos años de su vida? La respuesta -se convence- está en el rictus que dibujan sus dientes, en su eterna sonrisa irónica, doliente dentro de un semblante de ira y decepción. Nada marcha como debiera, de qué turismo me habla si a la zona vienen tres pelagatos cuando mucho y los que tienen plata, los millonarios, vuelan directo al lodge de pesca de ocho habitaciones, de qué crecimiento me habla si la plata se la llevan toda a Santiago las salmoneras, allá tributan y no acá, la vida mi amigo me demostró que todo está mal, que la gente se aprovecha, que los poderosos ven por sus intereses, que se escarba para callado hasta más allá de lo lícito y que aun los buenos momentos esconden dentro de sí la raíz de la amargura. Desde ese punto de vista yo fui una víctima, porque esa fuerza me supera, y ahora estoy donde estoy, resume Vargas su discurso.
"No me lo digas, ¿para qué me lo dices? Yo no te ando diciendo lo que hago cuando viajo, si fui para acá o para allá, si salí con amigos, con amigas; tus palabras suenan a provocación", le advierte calmo y profundo el vecino de habitación a su mujer. Vargas, que trata de descansar en su segundo hospedaje, se siente estafado: es verdad que allí el turismo está en pañales; le han vuelto a alquilar una pieza de tercera categoría, otro nicho de muerto, con el agregado que ahora tiene a un muerto muy vivo a su lado, separados ambos por una delgada plancha de cholguán. La esposa de ese hombre, al otro lado de la línea, parece estar picada con aquella voz de ultratumba porque de otro modo, ¿a qué contarle que salió a divertirse con amigas mientras él pernocta en Aysén? Cualquier otro marido se habría enfurecido, pero este muerto vivo no. Apenas apaga el celular ríe con su voz grave y hace un par de comentarios sobre los celos de su esposa. Desde su cama surge como eco otra voz risueña, cantarina, cómplice.
El hombre que lo lleva al aeropuerto por cinco mil pesos en su destartalada camioneta blanca es de pocas palabras, tal como Vargas. Sin embargo de pronto se suelta, motivado por el hambre, la visión de la campiña, la espera de cuatro horas antes de que los camioneros decidan abrir el camino. ¿Por qué, si esta es tierra de cordero, el plato sale tan caro? ¿Cuánto le salió? Nueve mil. Ah, no, muy caro. En la carta no venía el precio, cuando reclamé me lo mostraron: decía chiporro. Ese es el corderito mamón, sabroso. ¿Ha visto matar un cordero? ¿Que si he visto? He faenado miles de corderos. ¿No le da cosa? Hay gente que no se atreve, porque cuando lo van a degollar el cordero mira a los ojos. Antes bala toda la noche, parece que sabe que lo van a matar. ¿Hay una fórmula para que no sufra? Si usted le hunde la cuchilla en la arteria no dura nada, se muere altiro. Pero la sangre se le estanca. Es preferible la muerte lenta para que la sangre se le vaya yendo de a poco. ¿Y cómo lo descuera? Ah, eso es fácil, en quince minutos se hace, pero hay lugares más al sur en que lo ponen a la parrilla con cuero y todo. Al final el cuero se carboniza y queda de mascarlo, y el corderito conserva todo su jugo, nada más rico.
Cosas así vive Vargas en su viaje, cosas que a la vuelta no se pueden contar más que en un bar, en un living, un almuerzo de fin de semana. Lo que sí se puede contar no le interesa a nadie porque ya se ha dicho: despachos sin sangre no son despachos. ¿A quién le importaría el revelador detalle de un general de uniforme que se baja de su vehículo militar, acompañado de un boina negra, luego cruce la barricada caminando, palmotee sonriente a los responsables de que el camino esté tomado, llegue al otro extremo del corte, aborde un lujoso vehículo que lo está esperando y continúe rumbo a Coyhaique? Así, desde el cielo, antes de que las nubes se traguen a ambos pueblos, Vargas contempla por última vez esos tres días de su vida y anota en una libreta, mientras la azafata se acerca con el carro de las bebidas. "Cuando todo pase, quedarán las laderas y los montes de Aysén. La nieve cubrirá sus montañas, la lluvia mojará sus prados y las truchas seguirán nadando contra la corriente de sus ríos. Los nuevos hombres se las arreglarán para salirse con la suya y los muertos ya no serán más que hombres de barro que algún día, en otros tiempos, escribieron un breve y olvidado cuento de pasiones". Uno de sus típicos finales melosos de crónicas, se avergüenza, y promete revisarlo apenas aterrice en Santiago.
El poeta del puente Ibáñez (foto: SML).