viernes, marzo 23, 2012

Si pudiese fabricar mis sueños

Salimos a contemplar las estrellas, la noche estaba templada, mezclándonos con la multitud. Alguien miró hacia el cielo y todos lo imitamos. Un conjunto de puntos luminosos se arremolinaba y subía desde el sur hacia el centro del firmamento. Contrastaba con la negrura del espacio vacío y se distinguía y diferenciaba claramente de las estrellas, de nuestras compañeras de todas las noches, porque fuera de moverse a otra velocidad, muy superior desde nuestra perspectiva, los puntos parecían brillar de otra forma. Entonces nos dimos cuenta de que nuestras horas estaban contadas. Del cielo fue lanzado un chorro de gas húmedo, una especie de lluvia de polvo pardusco que nos envolvió en segundos. Parecía como si un ser superior hubiese rociado de insecticida el planeta, así como nosotros acostumbrábamos a hacer hasta ese momento en los rincones del hogar.
No había remedio: ya estábamos mortalmente contaminados, de modo que me dispuse a sacrificar a los míos antes de que sufrieran. Lo decidí porque sentí que en ese momento tenía el poder para hacerlo, aunque ellos no habían abierto la boca ni a favor ni en contra.
Entonces desperté, y mirando a la ventana me lamenté de haber tenido esa pesadilla. El día estaba comenzando, lo noté por el taco habitual que se forma en mi calle a esa hora de las siete, cuando se sienten los frenazos y los motores ronronean alertas, pero vencidos.
Si pudiese fabricar mis sueños idearía un sueño de amor perfecto, no físico pero también físico, un amor perfecto entre un hombre y una mujer, en el que los dos se maravillaran de tener lo que les regaló el destino y cada uno admirara las virtudes del otro. Las noches de ese sueño habrían sido hechas sólo para ellos, para evitar la mañana. Ese amor sería un amor imposible y sosegado, sin las ansiedades del amor, sin sus dolores ni sus angustias. Al despertar, el hombre la tendría a su lado y al besar sus párpados se levantaría feliz a enfrentar la vida. Todo lo comprendería, todo lo perdonaría, porque el amor todo lo perdona y todo lo comprende. No más roces con sus vecinos, no más frustraciones en su trabajo, no más discusiones con sus hijos, no más desacuerdos con sus hermanos.
Si pudiese fabricar mis sueños entraría al palacio del Dalai Lama y en todo aquello que no conoceré jamás, la Biblia completa, los pensamientos de Pascal, un poema sin palabras en estado puro, las ruinas de Pompeya, la mente de mi amada, el sabor de la gloria.
Si pudiese fabricar mis sueños a voluntad, el ánimo bañado de alegría tendería a identificarse con puntos gemelos alojados en los fenómenos externos. Pero mis sueños no son como quisiera que fuesen, y hasta parecen haber perdido algo de su antigua lozanía, ligereza, picardía. Se me han ido poniendo trascendentes, vagamente sombríos, desabridamente obscenos, como esa figura canosa y tranquila, aún sana y vital, de aire adusto por fuera y resignado por dentro, que ven rumbo al café cada mañana los vecinos de mi barrio.
Si pudiese fabricar mis sueños uniría mis esperanzas incumplidas en una sola imagen que rebasaría mi alma. Mi corazón agitado se negaría a descender, y al despertar mis ojos verían lo inefable.

viernes, marzo 16, 2012

Marpyc (II)

El ángel

Si digo que hoy ha llegado un ángel es porque ninguno de nosotros lo vio entrar. Sólo un ángel sería capaz de colarse en esta casa por otro lugar que no fuese la mampara, mas, conviniendo en la imposibilidad del fenómeno, me aventuro a pensar que debe de tratarse de un ángel caído, o bien que entró no a una hora de señorita sino a otra francamente inapropiada. En cuanto a esta casa de pensión, la rotación es relativamente baja, de modo que se habría sabido de su ingreso; le he preguntado a monsieur Potin por ella y no me ha sabido dar una explicación. Admito que lo desconcentré y me lo hizo notar. Se quejó con esa voz que tiene de señor de edad, me dijo que justo se iba a resolver el crimen cuando le salí con la pregunta. Me miró desde la silla y descubrí que lo que me decía no era cierto: las páginas del libro no pensaban hablar de la identidad de un homicida sino que se retorcían entre los lujos de un coche comedor de tren transiberiano. Adiviné que dormitaba, pecado mayor. A nadie le gusta que lo despierten, menos que lo descubran inventando una mentira. Monsieur Potin masculló una frase ininteligible y retornó a la lectura, pero al darme vuelta en el momento de bajar al segundo piso vi que de nuevo estaba cabeceando.
Cuando escuché que la vieja le daba órdenes y el ángel la escuchaba con sus ojos abiertos de par en par, como si con sus pestañas pudiese cazarlas todas para tenerlas siempre a la vista ante los ojos, deduje que se trataba de un ángel servidor. Me pregunto hasta dónde llegará el tipo de servicio, porque he visto que Mario ya le echó el ojo. No dijo una sola palabra, porque estaba la vieja, pero apenas ésta subió al cuarto piso le preguntó su nombre. El ángel le dijo Iris, en voz tan baja, que Mario acercó la cara a sus labios, con el doble propósito de escucharla y de sentir su aliento. Ella repitió la palabra, temblorosa, pero entonces volvió la vieja con esos pasitos que da que parece que fuesen los de una araña, seguros rápidos y mudos, y lo retó ¡de una manera! que hasta a mí me dio vergüenza. Antes de exigirle que se dedicara a estudiar se mandó un sermón de esos que regala de tarde en tarde, consciente de que lo suyo no es la palabra sino la presencia y su aspiración máxima, la omnipresencia. El gran defecto de la señora Rosa Bouquet, y ella lo conoce perfectamente, el defecto que la empequeñece ante los demás -ya que los otros la agigantan- es su voz de vieja sucia. No es posible describirla. ¡Habría que oírla para darse cuenta! Quienes lo han hecho, que son exactamente todos los habitantes de la pensión, murmuran socarronamente acerca de su timbre y su agudeza, pero antes se guardan bien las espaldas o le hacen el comentario sólo a quien no le irá con cuentos. Después de todo, no siendo éste un modelo de pensión, es lo más seguro que se conoce y a estas alturas, si se ha de volver a la calle, se debe dar el salto con una credencial válida en las manos.
La vieja cree saberlo todo, pero sabe muy poco, si es que no sabe nada. Encima, lo poco que sabe le cuesta expresarlo. Acaso llega a saber lo que sus ojos le muestran. Pero los ojos de la vieja, tal como los ojos de cualquiera, captan lo que el cerebro desea captar y se nublan ante cualquier otro fenómeno lumínico.
Da no sé qué pensar que ella nos gobierne a todos, al menos en apariencia. Desde luego, es la dueña de la pensión, aunque eso signifique poco y nada. Yo, por ejemplo, no existo para ella y si no existo es que no estoy bajo su mando, de manera que es un contrasentido afirmar que me gobierna. Y sin embargo me gobierna, y esto sí que me costaría explicarlo. Los demás le tienen miedo, o respeto, especialmente el coronel; lo que es yo... aunque Marpyc, el nuevo inquilino, es un caso aparte.
A Iris se le ha destinado una piececita en el cuarto piso, al lado de la vieja. Fue ésta, obviamente, quien hizo los arreglos. Le bastó ver la mirada de su sobrino, posándose en las pantorrillas del ángel, para tomar la determinación. Desde mi perspectiva, que sin ser enteramente desapasionada contiene en general un elevado grado de neutralidad -esto último no lo revelo por vanidad sino como hecho de la causa- debo admitir que Mario nunca había puesto tanto de su empeño en ayudar a las labores de hogar como hoy, logrando con ello un efecto contraproducente para la marcha de la pensión: ha obligado a la vieja a la doble tarea de llevar la casa y estar pendiente de Iris en todo momento. Ha debido descuidar, incluso, su vicio voyerista; mejor dicho, creo yo, concentrarlo en un solo objetivo. ¿Y qué hacía Iris, en tanto? Con la inocencia más tierna que se pudiese dar en una muchacha de 17 años, fregaba la baldosa de la cocina, barría los pasillos, hacía las camas de los inquilinos más desvalidos, intentaba sacar las telarañas de los rincones altos con un plumero. Esta última labor ha enloquecido a Mario, quien se ofreció para ayudarla. Era él, cubierto con un delantal, quien le afirmaba la escala de tijera y la aguardaba abajo, previniendo una caída. Pero se asomaba demasiado por debajo entre sus piernas, Iris complicaba las cosas al vestir una falda suelta de percala que le hacía agua la boca a su ayudante, a veces ella lanzaba débiles quejidos por la frustración que le ocasionaba la imposibilidad de acceder a lo más alto, y la vieja miraba todo el espectáculo desde su rincón, en grave silencio. Si no la conociera tan bien diría que ha sido ella quien lo ha fabricado todo, quien la ha hecho venir a esta casa para satisfacer sus propios apetitos. Ha organizado las cosas de tal manera que pareciera que vigila y fiscaliza, cuando lo que hace realmente es proponer, facilitar.
De modo que se podría afirmar que Iris y Mario han quedado como amigos desde el primer día, con el consentimiento tácito de la vieja. No han sido necesarias las presentaciones, o más bien, éstas fueron poco ortodoxas: el ángel le regaló la visión de sus piernas hasta el mismo sitio donde nacen, y Mario la tomó firmemente de la mano, apretándola en su pecho, al bajar la muchacha de la escala de tijera.
Apenas la han visto, la Ruth y la Gladys se han reorganizado para complotar, como lo hacían antes, es de reconocer que antes con escasos motivos, pues a mi entender la señorita Inés jamás ha sido objeto de deseo del sobrino de la vieja, a pesar de lo que sucedió aquella vez. Las he visto reunirse en la pieza de la primera y conversar durante horas. Como la vieja estaba preocupada del ángel no se dio cuenta de esa cita; es decir, no espió por la cerradura. Pero yo sí que espié, es mi deber hacerlo. Y lo que vi no fue nada de aleccionador: dos mujeres de cierta edad hablando hasta por los codos, fumando como contratadas y tomando café tras café; y de vez en cuando enseñando las medias hasta más arriba de lo prudente. Cualquier alma con criterio formado se habría llevado mi misma impresión, la de haber sido testigo de un repaso de casi todos los males menores de la humanidad al calor de una tarde otoñal, de esas tardes que retienen las volutas de humo de cigarrillo hasta más allá de lo indispensable y las hacen girar entre los visillos, perderse entre la pantalla de género de la lámpara de cielo. Decía la Ruth que Mario era de ella, la Gladys decía lo contrario; es decir, que le pertenecía, pero se notaba que ambas hablaban el mismo idioma y que en realidad lo que las enceguecía a todo otro juicio era la certeza de sus ideas, el egoísmo de su pensamiento, la bajeza y la odiosidad de sus razonamientos, la envidia ante lo que no se entiende.
Creo que si no hablara como hablo, si me limitara a reproducir, podría explicarme mejor. Pero correría el riesgo de que no se me comprendiera a cabalidad. Aun así guardo en mi memoria un pasaje textual de la conversación, que tal vez ilustre el camino que de aquí en adelante irán tomando las cosas. Dijo la Ruth que "si los vientos se nos dan en contra debemos actuar" y la Gladys asintió, sellando un pacto sobrentendido que me obliga a ir evaluando la situación. En el fondo, el ardid consistirá en tenderle una trampa al ángel, con la finalidad de "enseñarle a esa cabrita con la chichita que se va a curar". Han dispuesto todo de tal manera que la vieja no se podrá enterar de nada, misión sino imposible prácticamente muy difícil, a mi juicio, pues ejemplos hay de sobra de ocasiones en que se la ha pretendido burlar, no consiguiéndolo. Creen que tapando la cerradura con una bolita de plasticina pueden obrar dentro de la pieza a diestra y siniestra.
¡Cuán poco la conocen esas dos mujeres asociadas por sus hábitos de arrabal!
Por lo que oí de labios de la mismísima señora Rosa, antes de llegar a la pensión la Ruth desempeñó un oficio no muy decente que digamos, en el transcurso del cual la edad la fue desplazando a la orilla del camino, hasta que se vio impedida de ejercerlo y ante la disyuntiva de elegir un nuevo oficio o irse a las provincias a probar suerte, eligió venirse aquí. En cuanto a la Gladys, desde niña sirvió en casas particulares, pero la mentalidad de los amos terminó moldeando su carácter hasta transformarla en el pequeño monstruo que es hoy día. Por eso a quienes conocen su historia les resulta tan difícil comprender que haya sido capaz de haber dado a luz a un hijo que se transformaría en violinista; piensan obviamente desde el ángulo equivocado, aquel en que se asume que de un espíritu vulgar no puede surgir un espíritu refinado. Olvidan además que el niño recién está en las faldas del Olimpo y que a sus once años nada se puede afirmar aún de él, salvo que se trata de un talento inusual y de un carácter tímido y reservado, alimentadas ambas características por su fuego interno.
Por la noche la vieja se hizo servir. Se acostó en la cama y le ordenó a Iris que le llevara una cazuela de ave. El coronel estaba en su pieza, viendo por la televisión un partido de la Unión Española, su equipo favorito. No bien la muchacha bajó a la cocina, la vieja sintió ruidos. Era lo que esperaba, de modo que se puso la bata y bajó a pie pelado hasta el descanso de la escalera. Desde ahí alcanzaba a oír los susurros de Mario y los silencios comprometedores del ángel. Le hirvieron las mejillas y desde la puerta de su habitación le gritó ¡Iris tengo hambre!, gritito que generó una réplica dos pisos más abajo, se le antojó que del coronel, aunque bien pudo haber sido la voz de falsete de Marpyc, a éste aún no lo conseguía desentrañar.
Iris entró con la bandeja, temblando, mientras la cazuela se le derramaba en el plato bajo. La vieja le ordenó sentarse a su lado, en el borde de la cama, y la reprendió, al tiempo que untaba el pan añejo en el caldo y se lo echaba a la boca. El ángel la escuchaba con pavor; abajo se sintió un portazo. Satisfecha su hambre, la vieja se tornó más humana, término que no cabe en su morfología pero que utilizo no habiendo otro mejor que defina la situación, le dijo que ya no era una niña y que no siendo tampoco aún una adulta no debía escuchar cantos de sirena; el ángel no acertaba a comprender, de modo que la vieja le gritó de fauno de fauno cantos de sirena ¿te han hecho proposiciones no es verdad? no me engañes que yo lo sé todo; el ángel le confesó que se sentía turbada y estuvo a punto de desmayarse; no te hagas la mosquita muerta aquí en esta casa no hay ninguna mosca muerta no lo olvides, sí señora Rosa tiene razón; ya vente a acostar, ¿pero aquí, con usted? ¡Cómo se te ocurre tonta! en la pieza de al lado; ya voy; no por esa puerta no; ¿por cuál?; siempre entrarás por esa puerta de ahí y saldrás por esa puerta de ahí aunque tengas que pasar por mi habitación sólo así sabré si andas en malos pasos; sí señora Rosa así lo haré; y le indicó una puerta ubicada al lado del tocador, sobre la que colgaba su bata de levantarse.
Cosas como esas son las que me hacen sonreír de compasión por la especie humana. Todo en ella es un gran secreto a la vista, y aun así se empeña en ocultar la verdad, la verdadera intención, detrás de paños grasientos que al menor roce van dejando su marca.
Iris, por ejemplo, apenas se acostó metió una mano al cajón del velador y sacó una revista para adolescentes que traía en su maleta. Allí se enteró con pasión acerca de las últimas novedades de la farándula chilena, de las dramáticas historias de sus ídolos, de los grandes triunfos de los mismos y de sus amores nuevos, amores renovados y amores traicionados. La vieja, acuclillada ante el ojo de la cerradura, advertía sus sonrisas y sus lágrimas con desprecio, con una ira feroz que la hacía tiritar de nervios. La imaginó desnuda, amarrada a su cama, y se imaginó a ella misma dándole de latigazos que le desfiguraban su blanco cuerpecito de empleada venida del campo. Marpyc, de pie detrás de la vieja, rompió su silencio y le pregunto qué miraba. La vieja dio un salto y pasó a llevar la puerta; el ángel interrumpió su lectura y entró a ver qué pasaba, Marpyc le ordenó que se cubriera e Iris cerró la puerta y desapareció, muerta de vergüenza. El inquilino se disculpó por haber entrado a la pieza de la vieja sin tocar la puerta y pidió su vuelto. Qué vuelto. Me acabo de dar cuenta de que le pagué de más, me debe el vuelto. Mañana temprano lo vemos y ahora sírvase abandonar mi pieza que está ante una dama. Era la primera vez que alguien pillaba a la señora Rosa satisfaciendo su vicio, de modo que ella desde ese momento le ha ido tomando un respeto visceral al nuevo inquilino, respeto que con el correr de los años se ha transformado en miedo y rencor, al punto que cuando le dirige la palabra su voz de tiza que resbala en la pizarra se torna aun más aguda y repelente, amén de minúscula. No logra entender por qué aún no ha sido capaz siquiera de descubrir el cuerpo de la víctima siendo que se cree tan inteligente, no entiende qué diablos hace aquí ni de dónde salió, cuáles son sus planes y por qué no consigue dominarlo como a los demás pensionistas. Se le antoja que sabe a ciencia cierta el lugar dónde está escondido el ángel desde aquella lejana noche en que no volvió a su habitación y que no lo dice para irse quedando, aunque desde luego se equivoca: su estrecho razonamiento ignora el punto débil de Marpyc, eterno investigador de causas perdidas. Por lo demás, se le ha ido transformando en recurrente la fantasía en que el inquilino entra de nuevo a su habitación, vestido de pies a cabeza con su abrigo negro que arrastra por el piso, ocultando hasta sus zapatos, y mirándola de arriba abajo le ordena quitarse la ropa; ella le suplica que no le dé esa orden, que le dé cualquier orden menos esa, porque sabe que si le obedece le tendrá que mostrar sus vergüenzas, la inutilidad de su carne, su extrema flaqueza; pero él le exige, apenas con la mirada, sin hablar, como si le dijera vieja loca, luego una mano invisible corre las sábanas y Marpyc aprehende, la vieja se asusta porque al sonreír el inquilino muestra que le faltan dos dientes, uno en cada costado de la boca. Esa fantasía se le está repitiendo casi sin variantes; la vieja vuelve en sí trastornada por el sudor y las palpitaciones y le cuesta un buen rato rearmarse.
Esa noche de la que hablo, aquella en que Marpyc sorprendió a la vieja mirando por la cerradura, llegó a su fin con las notas del niño violinista, emanadas desde el quinto piso, sucesión de escalas que no hubiesen terminado nunca, de no haber mediado la impaciencia de la Gladys, quien paró el ensayo de un solo grito. Faltaban cinco minutos para las once. De haber aguantado cinco minutos más la pensión completa se habría recogido menos intranquila a causa de esa voz barnizada de locura, la de la Gladys imponiéndose a su hijo, que se escuchó hasta la mampara, digo que la pensión se habría recogido en un relativo ambiente de serenidad, puesto que para la vieja el cumplimiento del hábito sobrepasa toda otra consideración, ya sea personal o externa, de modo que achunchada como había quedado, con esa vergüenza rondándole por las mejillas, se dio maña para desconectar los tapones a las 11 en punto, dejando a la Gladys a oscuras con su hijo, lo que por arte de magia suavizó el tono de la reprimenda y enseguida dio paso a un ronroneo de somieres de resortes.
Había llegado a las manos del señor Potin un volumen de Roberto Ampuero en el que las páginas se dejaban deslizar con velocidad y que por tal motivo leía con cierto deleite, de manera que cuando la oscuridad lo sorprendió como todas las noches, sentado en su silla de mimbre, su estado de ánimo era bastante bueno, debido más que a la trama de la novela policial, a la escasa dificultad que le presentaba a su discernimiento. La señorita Inés estaba sumando las cuentas; abrió la puerta del refrigerador y sacó unas pilas que guarda para la ocasión, se las puso a su pequeña linterna y con la luz del aparato terminó la suma, que para variar le dejó un saldo en contra. Apagó la linterna, salió de la pieza y caminó a tientas al baño, se lavó los dientes, hizo gárgaras, carraspeó y volvió a su pieza, se vistió para reposar y se acostó, con los ojos abiertos de par en par. La señora Maluenda se aseguró de que sus gemelos estuviesen bien fajados en la cama de plaza y media que compartían, comprimidos como intestino, les deseó buenas noches en idioma inglés, good night my love, good night my love, good night my love, exhaló un suspiro de alivio pasado a alcohol y se dispuso a disfrutar de su paseo nocturno, consistente en dar vueltas y vueltas dentro de su habitación, con la botellita de anís en la mano, orillando las paredes, motivo por el cual había dispuesto hace muchos años la totalidad de sus muebles separada unos 60 centímetros del borde de la pieza. Era el único momento libre de su día, que gozaba pensando, bebiendo, entonándose, haciendo planes que les cambiaran la rutina, pero sobre todo inventando recetas que para el cumpleaños de los gemelos convertiría en estofados de carne al vino tinto, lentejas con arroz y zanahorias, leche nevada, palta reina, ceviche de reineta con pedacitos de gengibre, una torta de merengue al ron que imaginaba cubierta de llamas por el montón de velas que le plantaría encima, platos relucienetes, platos de verdad, si la señora Rosa  no ponía objeción en facilitarle ese día la cocina, lo que sucedía más o menos un año cada tres. En fin, esa noche cada uno de los inquilinos se disponía a vivir su propio mundo, unos caminando, otros resistiendo, otros trabajando, como Marpyc. Mario, saliendo y volviendo a entrar a su cuchitril del quinto piso, pletórico de energías, deseando a Iris con un deseo cínico y bestial. Iris anhelando en el fondo ser visitada. La vieja rezando sus oraciones de rodillas, con los codos sobre la cama, pidiéndole a Dios salir pronto de allí, abandonar esa miseria, elevarse algún día a los cielos que imaginan los poetas, ausente su alma durante algunos minutos de todo rencor, de toda odiosidad, pidiendo por cada uno de sus pensionistas hasta que sus rodillas no dieran más y todo volviera a su sitio en su alma mezquina. En la habitación contigua el Hermano Raúl, poblando su pequeño mundo imaginario con un coro de niños cantando para él, un coro de niños de ambos géneros y de todas las razas, pero no de todas las edades: sólo niños de entre cinco y nueve años, niños que ya piensan pero que aún conservan su inocencia; todo el coro atento a sus gruesas manos de director, todas las boquitas abiertas, todos los labios tiernos, las voces angelicales y las miradas de éxtasis, todos cubiertos por un traje blanco del cuello a los pies, diferenciándose apenas los niños de las niñas por el corte de pelo, así padecía en su lecho nocturno el fraile retirado.
¿De cuántas noches como esas me ha tocado ser testigo? He perdido la cuenta, mas cada día pienso que ya sería hora de que pasara algo, hace demasiado tiempo que todo en la pensión se mantiene inalterable; casi no recuerdo el día en que entró el ángel, menos aquel en que Marpyc subió por la escala con ese aire grave y adusto que prometía tanto y que también se fue empolvando, como cada una de las almas que habitan este lóbrego edificio.
Es la noche aquí un llamado de advertencia, una invitación a mejorar que para mal de males, cada cual toma como le place. ¡Pobres almas en pena! Piensan en sí mismas, creen que no hay una llave cuando sí la hay y está a la vista, cualquiera de ellas podría tomarla, traspasar la mampara, abrir la puerta de calle y entrar a lo desconocido. O subir más allá del quinto piso, meterse a la buhardilla que habito, pedirme el permiso correspondiente y echarse a volar. Vanas ilusiones. Sé, me lo ha enseñado la experiencia, me agobia saberlo, sé que cada cual se pierde en su propio laberinto, que la noche no les sirve sino para consagrar su pertinacia, ideando tretas que mejorarán sus días, los harán más viables, menos fatigosos, más entretenidos, menos rutinarios. Y aun ella, la más cercana a mí, la vieja, aun ella, que reza sus oraciones, ¿cuánto reza? ¿No debería hacerlo la noche entera, si tuviese realmente aspiraciones? ¡Pero son minutos, míseros minutos! en que todo se le arregla y los buenos sueños le parecen asequibles. ¿Y qué logra? ¡Alejarse más, desprenderse de sus quimeras al nombrarlas! La he oído murmurando en el día, la he oído murmurar durante el instante más bajo de su envidia, en el momento álgido de su odiosidad hacia los inquilinos, cuando los gemelos la enloquecen con sus repeticiones escabrosas ¿me prestái el poto, me prestái el poto, me prestái el poto? que le oyeron a no sé qué habitante que pasó rozando al ángel, cuando los sucesos cotidianos la colman, la tienen hasta la coronilla, la he oído murmurar si no fuera por las oraciones qué sería de mí si no fuera porque le rezo a San Antonio de Padua dónde estaría a qué mundo me habrían mandado a pudrirme qué sería de todo esto, lo que prueba que ese momento virtualmente divino de recogimiento y oración es como diría su esposo el coronel un Mejoral, un Aliviol, un esfuerzo hecho no para cambiar sino para aguantar. Y con todo es la que más se acerca a la verdad, pues, ¿quién más reza en esta casa de pensión? ¿Monsieur Potin? ¿El coronel? ¿Marpyc? ¿El Hermano Raúl, que tendría la obligación de hacerlo? No, no, nadie más. Monsieur Potin vive pensando en las tramas, los vaivenes de su novela diaria; el coronel vuelve a sus épocas pretéritas, cuando a los conscriptos les echaban triguillo en la comida; Marpyc parece haber olvidado el crimen que lo habría traído a esta casa y le ha dado por investigar una supuesta relación entre los fumadores y los seres extraterrestres, extraña teoría; el Hermano Raúl deja los rezos para la luz del día, cuando exhibe en voz alta su inmaculada máscara de candidato a santo y los demás se hacen como que siguen sus consejos elevados mientras piensan cada uno en sus propias noches. Nadie reza de verdad y la única que lo hace reza para aguantar, para no volverse loca o quizás para no darse cuenta de que ya lo está.