viernes, abril 27, 2012

El suspiro que es la vida

He visto, en el suspiro que es mi vida, caer mundos, volver a levantarse, volver a caer, desintegrarse. Murieron el campo y la vida santiaguina de provincia. Vino la revolución del pueblo. Cayó la revolución aplastada, mordió polvo de sangre, cayeron los bienes del pueblo y el orgullo popular. Vino la mano militar y el nuevo orden, y también cayó. Cayó rendida la mano militar, vino la nueva democracia y su arcoíris y también cayó. Vino una mano impopular, le hicieron la vida imposible y se gastó.
Se anuncian nuevos tiempos que miran hacia atrás, estoy cansado de ver tanta ceguera. El hombre tira siempre el carro y siempre protestando, nunca dando gracias, soberbio y resentido. El hombre se acostumbra a todo pero nunca se acostumbra, siempre quiere más aunque no tenga, así forjó su drama. El hombre no es animal de razón, quisiera bajarme del carro y terminar mis días en el campo, llegar hasta aquí y profundizar en algo, echar raíces como echa raíces el poeta iluminado.

lunes, abril 23, 2012

Mi deuda con el Julio

Si el objetivo de estas memorias, antes que crear una obra literaria, fuese serme fiel a mí mismo, penoso resultaría entonces, pero necesario, admitir que el Julio despertó en mí la conciencia de la envidia.
Me llevaba un año, pero en velocidad de pensamiento un siglo. Un domingo mi papá nos invitó a almorzar al Giovanni; el Julio pidió pato asado (¿por qué aún recuerdo el plato que ordenó, mientras el mío no existe para la memoria? Creo que alguien comentó que se trataba de una excentricidad de la carta, una excentricidad donde el Julio nadaba como pez en el agua, pudo ser por eso). En su alegría, durante el almuerzo no se cansó de inventar frases que rimaban, versos perfectos, tomando como objetos de inspiración al restaurante, a los mozos, a cada uno de nosotros, al menú, a lo que se le vino a la cabeza, haciéndolos reír a todos, mientras yo pensaba pero cómo es posible, de dónde saca tanta idea, y otra y otra más, nunca termina...
El Giovanni era el restaurante de lujo de Rancagua; no recuerdo otra ocasión en que ocupáramos una de sus mesas, salvo 34 años después, cuando mis padres celebraron su aniversario de matrimonio y en el local, que se había cambiado de calle y se hallaba muy venido a menos, comimos carne con arroz todos por parejo y encima a la rápida, porque era el día de la final del Mundial de Fútbol de Estados Unidos. Ese domingo el Julio no nos acompañó: había muerto hacía 21 años.
Antes de que nos perdiéramos, cuando él tenía cuatro años y yo tres, ya se contaba otra anécdota que nos relacionaba. Se trataba de que ambos jugábamos bajo el parrón de la casa de Ibieta, de pronto yo me largaba a llorar y mi primo corría a inculparse ante los mayores gritando que "Julio César tiró piedra a Hugo".
De los cinco primos yo era el bueno, el tranquilo y el acomplejado, eso era vox populi en la familia. El Julio era el revoltoso, el traguilla, el superdotado. Mi mamá solía profetizar, más con aire de tragedia que de triunfo, que "este niño no tiene términos medios: o va a ser un genio o no va a ser nada". ¡Cuánta razón tenía, y nadie fue capaz de torcer el destino!
Ese día en que nos perdimos la mañana estaba fría. La puerta de la casa de la abueli quedó abierta, el Julio me invitó a recorrer el mundo y yo acepté. Atravesamos la esquina de la avenida San Martín, enfilamos por Maruri, el barrio de las putas, para nosotros tan solo curiosas mujeres con vestidos almidonados, y llegamos a la feria "La doñihuana". Había un montón de frutas rojas y me robé una. Luego entramos a la estación y vimos llegar y salir a las locomotoras negras con su trenza de vagones de carga y pasajeros, sentados en un escaño del andén, ambos de pantalones cortos y con las piernas colgando. Las bielas hacían girar las ruedas, que se perdían entre un vapor blanco. De pronto un pitazo nos hacía llevarnos las manos a las orejas; bajaban del tren caras despistadas y subían caras apuradas, las vendedoras sacaban paquetes de sustancias de sus canastos y corrían a las ventanas abiertas. El humo denso de una chimenea se esparcía por el andén, impedido de volar por la techumbre. El frío, el contraluz en el andén, la dureza del cemento insensible y la vejez de la baldosa comprimían nuestros corazones de niños asustados y excitados.
Antes de que se inventaran los centros comerciales fueron las catedrales, los gimnasios y las estaciones de trenes. Las catedrales, imprescindibles por su altura, oscuridad y recogimiento, fueron perdiendo interés para el plano arquitectónico. Los gimnasios, lugares cerrados para el esparcimiento de la gente, cayeron reemplazados por las herramientas cibernéticas. Quedaron plantadas las estaciones como deslavados puntos de contacto, reminiscencias de los cruces de caminos, con sus pasajeros heridos por el viento como ovejas trasquiladas. El mall adivinó todo eso y también hizo suyo el vitrineo, ese frágil muro de adobe levantado contra el tedio, y se instauró imponente en el alma colectiva.
Es una exageración afirmar que todo Rancagua nos andaba buscando, pero no lo es decir que los carabineros y los bomberos sí rastreaban nuestros pasos junto a nuestros padres, tíos y abuelos. Finalmente aparecimos y todo quedó allí, en un gracioso recuerdo.
Desde un costado del parrón habíamos elevado un volantín, los tres con el Lucho, y llegaba la hora de comer. El Lucho y el Julio dejaron amarrado el hilo a un palito, miraron hacia arriba -el volantín plácido dormitaba en el cielo- y entraron a la cocina. Yo busqué una tijera y corté el hilo, guardé la tijera y luego me senté a la mesa. Cuando descubrieron la tragedia no dije una sola palabra. Recuerdo exactamente la razón de mi maldad: ver fríamente cómo el volantín se iba a las pailas, verlo moverse para acá y para allá en el cielo, arrastrando consigo al hilo blanco, romper lo establecido, revolucionar la quietud de la tarde.
En ese mismo parrón jugábamos un día a la pelota. Disparé, la pelota de cuero picó en un charco de barro y le salpicó la cara. Sentí una felicidad enorme, que duró todo el partido. Al final, al último minuto, prácticamente en los descuentos, el Julio chuteó desde su arco, me tiré para atajar, la pelota rebotó en la tierra mojada y me llenó la cara de barro. El Julio saltaba y reía a carcajadas y yo no pude consolarme.
Historias como esas las recuerdo con pesar, porque hablan de la miseria de mi alma, de palabras feas, premeditación, odio, rencor.
El Julio me quería y me protegía; a él siempre le caí bien. Pero yo le tenía envidia y ese sentimiento recién se me empezó a pasar con mis primeros grandes triunfos, que fueron casi al mismo tiempo sus primeros grandes fracasos.
Hoy miro mis manos arrugadas. Las suyas no alcanzaron a arrugarse; murió a los 19 años.
Mi papá se enfurecía cuando el Julio entraba a la casa y se iba directo al refrigerador, lo sacaba de quicio esa decisión infantil. Yo no decía nada porque encontraba que no era tan malo tener hambre, pero iba aprendiendo que era mejor pedir permiso.
El Julio fue siempre una especie de alma libre, un espíritu sin cadenas y un cerebro sin dobleces ni método alguno, abierto y sincero para proclamar las virtudes y los defectos ajenos, lo que le granjeó amigos y puñaladas por la espalda. Un domingo, para el día de su cumpleaños, que era el 8 de abril, paseábamos por el centro y me invitó a comer un lomito a "La selecta", siguiendo la tradición que había impuesto mi padre para ciertos domingos al mediodía. Me pareció de una rareza increíble que un niño gastara su dinero para hacerse cargo de un acto tan solemne como ese, pero él simplemente andaba con plata y tenía hambre. Se lo comió de una mascada. Entonces, contra toda mesura y sentido de la austeridad, me ofreció otro. Así era mi primo.
Se enorgullecía de mis logros tanto como yo alimentaba el pozo de mi alma con sus derrotas, pero cuando fui creciendo y lo vi repetir de curso, cambiarse una y otra vez de colegio para terminar deambulando desorientado por los billares del Lucerna y las carreras del Hipódromo, cuando ya se había casado y descasado, cuando ya no me podía hacer sombra, no me dio tanta alegría y en mi corazón comenzó a florecer el amor y la compasión. Tendí a verle lo bueno y a perdonarle lo malo y casi al final de su vida se puede decir que me reconcilié con él, que nos hicimos grandes amigos.
En el otoño de 1973 se subió a un tren y partió a la Argentina a hacer fortuna. Lo fui a despedir a la estación Mapocho. Fue la última vez que lo vi.
Allá lo recibió la tía Olga. Pronto halló pareja y trabajo, de camionero. Vivió feliz, recorriendo la pampa de norte a sur, hasta que el 29 de noviembre se quedó dormido en la carretera, en la zona de Neuquén, y un choque de refilón con otra máquina le segó su brazo izquierdo y cuatro días más tarde, su vida. Los médicos esperaron que llegara la Mirita y el Lucho para desconectarlo. Los tres cruzaron la cordillera, de vuelta a Chile, el Julio en un cajón.

viernes, abril 13, 2012

Mi fe

Yo luché y no gané, pero tampoco digamos que perdí
Di la batalla hasta que me entraron dudas; tras el combate vino la resignación
Ese es el resumen de mi vida
Esa es mi fe

jueves, abril 12, 2012

La forma de vida americana

Tres ejemplos que recuerdo de la filosofía americana o la forma de vida americana.
1.- El 11-S Estados Unidos estaba golpeado, choqueado, desorientado y aterrado. Desde mi remoto país pensé, cándidamente: es la hora del diálogo, la introspección, la hora de la culpa, de que se pregunten "en qué fallamos, por qué este ataque tan brutal a nuestra gente". Pero la forma de vida americana respondió de la única forma en que sabía hacerlo. Lo hizo a través de su representante, quien anunció las penas del infierno, la guerra frontal hasta aplastar al enemigo.
2.- En Chile, el aire acondicionado es un lujo. Se usa en casos de excepción, cuando el calor es muy alto. Luego se desconecta, se apaga. La forma de vida americana no entiende ese raciocinio. La forma de vida americana usa el AC día y noche, noche y día. Y las casas no abren sus ventanas y he oído decir que incluso la gente no oye el canto de los pájaros ni siente la brisa que viene de los bosques. El gasto está incorporado en la amígdala del cerebro; la cosa es vencer al calor, negándolo. Igual pasa con los autos: se aseguran de nacimiento, y están condenados a morir.
3.- Una noche el canal Discovery difundió un documental sobre el combate a la malaria. Mostraron el mosquito que la puede transmitir y cómo estados completos del país del norte fumigaban las calles cada 15 días, en una lucha titánica por vencer  a ese mosquito, por hacer desaparecer hasta el último huevo. Era una batalla librada para ser perdida; esto es, para mantener el orden de las cosas. El mosquito seguirá existiendo siempre, pero la malaria se mantendrá a raya. Esa es la forma de vida americana.
¿Hasta qué punto negar la realidad, justificar la pertinacia? ¿No sería mejor negociar con el terrorista, con el calor, con el mosquito, repartiéndose el espacio, conviviendo todos juntos? Otras culturas lo hacen, la nuestra entre ellas. Pero la nuestra no es el poder principal, la de ellos sí. Nosotros nos abrimos los intestinos como fieras, pasamos por encima de los otros en nombre de nuestros derechos y jugamos al quién vive mientras en el cuarto de arriba se reparten el botín.
El buen camino del pueblo es denunciar, confiar en el conducto regular y esperar el castigo, si hay culpables. El buen camino de la autoridad es recibir la denuncia, investigarla y castigar a los culpables, si los hay.
Recuerdo haber leído la fábula de dos países vecinos. En uno de ellos, llamado Armonía, se aplicaba este último pensamiento, que no era ni el modo americano ni el chileno. En el otro no. Sucedió que un villorrio de Armonía que se sentía postergado elevó una solicitud al intendente, que contenía sus demandas. Lo primero que hizo el intendente fue pedir perdón por no haberse dado cuenta de que en su terruño reinaba la insatisfacción. Luego reunió a su equipo de trabajo y estudió las demandas una por una, dictaminando al cabo de dos semanas que algunas se podían atender y otras no. Naturalmente que a los demandantes no les agradó nada la respuesta porque al instante adivinaron que casi todo el origen de sus problemas residía en ellos mismos, de manera que todo culminó con un asado al palo, pagado por partes iguales. Al poco tiempo el villorrio floreció. Sin embargo en el país vecino, llamado Indignación, las mismas demandas fueron presentadas, el intendente las archivó, los demandantes se tomaron los caminos y el villorrio estuvo paralizado durante meses, al cabo de los cuales el intendente concedió algunas demandas y otras no. Todo terminó con la apestosa expulsión a boca abierta de litros de hiel en la plaza pública. El tiempo se encargó de darles su lección a las dos partes: el villorrio se había empobrecido.

lunes, abril 09, 2012

Sin título

Si ayer fuimos pioneros
por qué hoy vamos detrás

jueves, abril 05, 2012

Camino a casa

La primera vez que sufrió un ataque de pánico no sabía lo que le estaba pasando; luego aprendió a manejarlos y descubrió que detrás del fenómeno que se repetía siempre había una sensación de desesperanza, un miedo al miedo y una debilidad. Si a esos tres estados se les sumaba una observación absurda podía sobrevenir el ataque, cuya duración de no más de tres segundos le dejaba secuelas que podían prolongarse días, semanas y hasta meses. Hace tiempo que los había dejado de sufrir, que los tenía controlados, pero sentado en la platea del teatro Baquedano, junto a su mujer, rememoró con desagrado uno de los más violentos, ocurrido más de 30 años atrás, en plena ejecución de la Misa en si menor de Bach, aquella vez en el desaparecido teatro Astor.
Recordó que el ataque se asemejó a un orgasmo. Como si fuese un éxtasis de terror, se le anunció unos cinco segundos antes, lo sintió intensamente durante unos tres segundos en los que intentó vanamente huir del mundo, mientras los músicos frotaban los arcos contra las cuerdas, y luego el crujido de relámpagos desapareció, dejando una enorme huella que lo obligó a echarse en el diván del siquiatra durante más de dos años. Se le vino a la mente con toda claridad el día que siguió a ese ataque: ambos disfrutaban, si cabe la palabra, de un picnic en San José de Maipo. Vargas se echó a correr sobre el césped, rodeado de árboles nativos, bajo un sol de invierno, angustiosamente feliz, mientras su mujer le cronometraba la carrera con su carita alegre. Lo que ansiaba era vencer las consecuencias del ataque de la noche anterior y algo conseguía a través de esa carrera feroz, pero ahora que tenía ante sus manos el programa del concierto descubrió que si ese desesperado intento le había dejado una reminiscencia de derrota, entonces había sido en vano. De modo que no resultó extraño que al evocar de pronto el episodio Vargas sintiera que algo no andaba bien.
Leyó con atención el contenido del programa. La Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile interpretaría la Pasión según San Mateo, obra tan cercana a la anterior y que había esperado tanto tiempo para volver a escuchar en un teatro. Con sus instrumentos ya afinados, los músicos aguardaban el ingreso del director. La sala estaba llena, su mujer le apuntó que de gente diferente -de gente cuica, le dijo al oído y era verdad: familias completas venidas del barrio alto, incluyendo abuelitas y nietos, ocupaban las mismas filas que en otros conciertos acostumbraban regalar contornos normales, aureloas, vestuarios, acentos de voz de gente común, como ellos-. Todo eso fue quedando en el olvido con el arranque de la obra. La amenaza de un nuevo ataque se redujo a un mero atisbo, a un niño que se asoma, mira y se va al ver a tanta gente grande; pero la música en sí misma no lograba convencerlo, ora por el tempo demasiado rápido que le imprimía el conductor, ora por ese enigmático proceso que impide gozar sonidos conocidos al momento de tomar conciencia de que se los escucha. Aun así el oratorio pasó volando.
Cuando salieron del teatro y bajaron al Metro para enfilar hacia el hogar, Vargas y su mujer se vieron enfrascados en un tema de carácter religioso que cada vez que lo abordaban terminaba separándolos. Vargas, como solía sucederle durante esos arrestos infantiles, iba adoptando una postura de niño abandonado y mirado en menos, al tiempo que de dictador y juez castigador, una postura que desembocaba en despiadado pisotón sicológico a su esposa, que principalmente dejaba huella en esa alma que para él había perdido hace muchos años su carita alegre. Todo había comenzado cuando le dijo que la obra le había hecho muy bien, tanto por la profundidad y complejidad de su música como por la emoción que le provocó rememorar el mensaje del Evangelio de Mateo. Esos versos tan intensos, esa fuerza que emana de la Iglesia, ese amor a Dios tan grande ya no se ven, ya no se transmiten, le comentó. Su mujer expresó cierto desacuerdo y de alguna forma enfiló el diálogo hacia el espinudo sendero por el que ha transitado la historia de la Iglesia en sus dos mil años, que se empeñó en traducir como el sendero de los grandes pecados de la Iglesia y hasta el de los grandes crímenes de la Iglesia. Vargas se cerró en un instante y adoptó la defensa no de los grandes pecados, que obviamente son indefendibles, sino de la magna institución, de la columna que sostiene a Occidente. Qué nos queda, quién ha sido recto, quién ha sido justo, quién no ha cometido pecados, quién no ha cometido crímenes, pobres mortales edificados sobre barro; los reyes lo han hecho, los dictadores, la Iglesia, las fuerzas armadas, el pueblo, sobre todo el pueblo, la masa enfervorizada que enloquece y arrasa todo a su paso a la siga de un estandarte cualquiera. Fíjate quiénes atacan a la Iglesia, de dónde viene el mensaje, cómo prende entre la juventud para derramarse luego al resto de la sociedad. Un argumento tan fácilmente rebatible como ese dio pie a la inmediata réplica de su mujer, quien le citó casos y casos que no hicieron más que exasperarlo. Aunque a la hora de una discusión todo es rebatible, a Vargas le parecía que lo que él quería decir, mejor dicho demostrar, era irrebatible, pero sus ejemplos esenciales no lograban sino enredar más las cosas, de modo que fue entrando en dudas, ya que si no conseguía imponer sus argumentos era porque no tenían la suficiente fuerza externa, que era exactamente lo mismo que podía pensar su mujer al recibir el contraataque, lo que llevaba a concluir que había verdades internas secretas, vivas y palpitantes, pero enclaustradas. Se dio cuenta entonces de que la de ambos era una discusión política en que la justicia se enfrentaba a la conveniencia, el corazón al cerebro. Su mujer representaba al corazón, él al cerebro. Así, mientras para ella la lucha de las grandes masas oprimidas era justa a toda vista y los poderes fácticos objetos de repudio, para él sólo resultaba justo lo que a la postre desembocaba en un bien para esas mismas masas. Era la eterna disputa, que los hizo entrar a casa con un sabor agrio en el espíritu y que finalmente hizo que la hora de dormir les llegara con alguna diferencia; a ella más temprano, a él más tarde.
Al día siguiente, solo en su hogar, su mujer en el trabajo, pensaba: si fuese un poco más liviano y alegre, distendido, un poco más cariñoso, cuán diferente sería nuestra vida...
Cuando no estaba, la amaba con ternura. Bastaba que apareciera para que renacieran sus fantasmas.

lunes, abril 02, 2012

Marpyc (III)

El bautizo

Nadie más de los que estamos aquí puede ver las estrellas. Los acompaño en su dolor, pues sus noches son más largas que las mías. Mientras rinden tributo a sus intrascendentes canalladas a mí se me regala la visión de la antesala del paraíso. El contrato no fue ese, lo admito. Desde un principio se me dijo que sería poco tiempo, pocos problemas, nada de trabajo, apenas una discreta vigilancia y luego... todo para mí, todo lo que anhelaba. Se me aseguró lo que acabo de enunciar, aunque no en los mismos términos, pero recuerdo que lo oí claramente, como escucho ahora sus susurros. Otro espíritu podría haberse sentido estafado y quizás a esta altura ya habría corrido a los brazos del bando contrario para pedir acogida, goce y comprensión. Adivino con cuánto malsano placer lo abrazaría el innombrable; se pegaría a su esencia y ambos se fundirían en un solo cuerpo, mas a mí el instinto me ha enseñado a desconfiar en esas cosas, mis días de candor terminaron hace bastante tiempo, por algo vivo en una buhardilla mirando las estrellas, contemplando el universo, el infinito vacío que hay más allá de los astros que giran y giran y estallan, tragan, lanzan fuegos, chocan entre sí. Esas son mis noches, así son en tanto alguien no se salga de madre y me impulse a bajar.
Pero de que se me prometió la dicha, se me prometió.
Esos puntos que titilan, ¡cómo me hacen volar! No me canso de mirarlos, incluso sabiendo que no son más que señuelos del hombre y espantapájaros del cosmos. Se forjan desde este edificio tantas ilusiones que, pensándolo bien, creo que ha sido mejor privarlos del espectáculo. Ya  vieron las estrellas en su tiempo y no supieron qué hacer con ellas, pensaron que allí estaba el Cielo o pensaron que el secreto estaba en el núcleo y al ponerse a investigar se quedaron conformes. Una noche pillé a la Gladys en mi habitáculo mirando por la claraboya, con ojos de estúpida, sin entender nada; el niño entró de atrás con su violín y de abajo lo hicieron callar, qué te vení a meter aquí cabro e moledera, ¡ya!, ándate a tu pieza antes que te salga el cuco, fue hace tantas lunas, como se dice, mas parecen haber aprendido la lección, pues ya no se han dejado caer a mi morada. Solo yo, imaginando mi hora, la apertura, el recambio convenido, ausente de impaciencia, solo yo puedo verlas transitar, digo a las estrellas, adivinar sus mañas de viejas solteronas y vislumbrar la mancha blanca, ese asomo de misterio que las empalidece, haciendo que a mis ojos despidan sombras, no luz.
Por la calle pasa un ebrio cantando la última canción de su ronda noctura, señal de que amanece.
Al clarear el alba la primera en levantarse es la vieja; pareciera haber contado los minutos detrás de su puerta, ya vestida. Sale y atornilla los tapones, el refrigerador lanza un zumbido y se oye una sonajera de tazas y platillos, la tetera se llena de agua y los panes añejos empiezan a humear sobre el tostador. Iris le sigue, pero el corte de su falda, demasiado estrecha, breve y ajustada, deja entrever que este no es un día más. La vieja la mira de reojo, con la ira desatada, no es manera de vestirse Iris, no todos los inquilinos son ancianos, hasta el coronel podría perturbarse si te viera así, anda a cambiarte niña por Dios, algo hay en su discurso que no convence, tal vez un giro inapropiado, un modo especial de pronunciar la última frase, que el ángel intuye con malicia, no tengo otro vestido señora Rosa, los demás los eché al lavado, si gusta saco una falda del cambucho pero está sucia, huele, no quédate así pero cuídate, no se te vaya a ocurrir agacharte delante de algún pensionista, sobre todo cuídate de Mario, ese tarambana anda detrás tuyo, lo pillé con el ojo de palo, sí señora Rosa, no se preocupe, mañana mismo me la cambio, y ahora llévale la bandeja al coronel, pásemela que allá voy volando, algo hay también en su respuesta, una especie de atrevimiento que delata ganas, optimismo, aires nuevos que inspirar.
Recuerdo con qué placer servía el ángel; jamás alegó por su salario, nunca un asomo de protesta, su paso era como un rayo ondulado de sol que subía y bajaba las escalas a gran velocidad; venciendo a los gemelos, al fraile, al coronel y a todo el mundo, excepto a Mario. Iris era el verdadero ángel de la casa, casi se podía adivinar el bulto de sus alas aplastadas bajo las gasas del vestido, es un decir; hacía a los inquilinos preguntarse de dónde vino, por qué está aquí, cuál es su destino, ignorantes de que portaba el germen del pecado como cualquiera de ellos, el germen más ruin, no deseo rematar con un ejemplo, pero creo que sospechan de qué hablo.
Luego vino el tiempo de los hechos. Se acabaron los adjetivos y las cosas debieron explicarse por sí mismas, sin adornos.
Ese día Mario entretuvo al coronel desde temprano, lo fue cebando en la esperanza de un cambio que analizado a la ligera no le convenía para nada pero que bien pensado le ofrecería frutos dulces como la miel: la comodidad de un tiempo sosegado, la ausencia de conflictos y noches blancas, sobre todo, así se lo hizo creer y el coronel se comió el buey con cola y todo. Mientras eso ocurría abajo, arriba la Ruth y la Gladys le metían ideas a la cabeza a la vieja, que se iba entusiasmando. Le hicieron ver, por ejemplo, lo buen partido que era el coronel y como prueba de oro le enseñaron la liquidación de su pensión mensual con perseguidora, palabra que trastornó su mente avara; hasta lo empezó a hallar guapo.
Podría afirmarse que el plan resultó a la perfección pues, cuando ambos se encontraron, a eso de las dos de la tarde, en el salón adormilado y denso, recargado de cuadros, alfombras persas y muebles de madera gruesa de raulí anclados al piso con unas patas de león, fue como si se hubiesen visto por primera vez o como suele decirse también, con otros ojos. El coronel se levantó de su asiento y le deseó muy buenas tardes Rosita, la vieja le dedicó una mirada relampagueante y le respondió mirando directamente a San Jorge y el dragón sepa usted que no me tragaré sus cuentos porque vengo prevenida coronel, el coronel se hizo el ofendido y le brillaron sus ojos azules mojados no me hable así Rosita por favor qué van a pensar los demás tome asiento, la vieja se sentó con las piernas juntas y las manos sobre la falda me advirtieron que era usted un fauno de cacho largo fijesé y se cubrió una pifia en el zapato derecho, el coronel apoyó ambas manos en los brazos de su silla e hizo ademán de ponerse de pie pero cómo puede decir algo semejante Rosita modérese por piedad, la vieja volvió a fijar su vista en la amarillenta copia del original de Tintoretto sepa usted que aquí todo se hace con papeles, el coronel ya vivamente enamorado se atrevió a decirle jamás le faltaría el respeto Rosita es más..., la vieja seguía mirando el póster y ni me hable de casamiento que yo ya estoy vieja para esas cosas, el coronel se sintió más seguro de sí mismo ¿vieja usted Rosita? pero cómo se le ocurre si usted es más joven que todos nosotros, la vieja adivinó el cambio en su rival no me adule coronel, el coronel se encendió dispuesto a jugarse el todo por el todo ¿no es usted la flor de esta casa de pensión? yo así la veo la flor de esta pensión mire usted ¿se sirve algo?, la vieja respondió al instante un cinzano podría ser, el coronel se levantó y la miró a los ojos tengo una botella sin abrir en mi pieza espere quédese aquí que la voy a buscar no se vaya Rosita, la vieja le dedicó una amarga sonrisa en su respuesta acuérdese que aquí tengo prohibido el trago salvo que haya fiesta pero bueno si insiste, el coronel le habló desde otra pieza sólo una copita una copita chiquitita como pepita de ají, la vieja evidenció un leve desaliento proveniente de la sensación de que el juego se estaba acabando y de lo rápido que marchan las cosas del amor ya pero apuresé que tengo cosas que hacer, el coronel volvió con dos copitas acezando y una botella a paso rápido para él pero lento para la humanidad ya está volví en menos que canta un gallo un dedal Rosita un dedal.
Si cuento estas cosas es porque me obligan a hacerlo; después de todo es la misión que me ancló a este mundo y me imagino que explica el hecho de que ustedes me lean, mas debo admitir que me da cierto pudor ser testigo de conversaciones como éstas, tan privadas, a pesar de que desde un punto de vista objetivo significa pagarle a la vieja con la misma moneda. Lo cierto fue que con las copas el coronel se entonó bien rápido y en un momento acercó su silla a la de la vieja y le tomó la mano, cosa que ella no rechazó de plano, pues antes de retirar la suya le echó el ojo al anillo de oro con incrustación de rubí que exhibía el coronel en el dedo del corazón, determinando de inmediato que se trataba de una joya auténtica, lo que naturalmente creó un ambiente propicio al encuentro entre esas dos almas solitarias. El coronel no se fijó ni en ese detalle ni en el siguiente, pero yo sí: apenas la vieja retiró su mano cruzó sus piernas a la altura de los tobillos. Lo hizo para esconder el pie derecho detrás del otro y así disimular la pifia del zapato. Mientras eso ocurría abajo, en la pieza de la Gladys el niño iniciaba solo su ensayo de la tarde, desparramando sus notas como una cascada por toda la pensión. La Gladys ya estaba en la pieza de la Ruth, esperando ambas, vueltas locas, la llegada del ángel de la mano de Mario. Cuando los sintieron se dieron pellizcos de placer. El ángel se movía como entrando a un túnel forrado de música electrónica, excitada; Mario en cambio obraba rápido, con premura. La Ruth había cerrado las cortinas, de modo que inicialmente les costaba caminar por la habitación, apenas iluminada por una lámpara con pantalla de género rojo casi escondida en un ángulo inferior. De hecho, Iris sólo se dio cuenta de la presencia de las dos amigas cuando ya la puerta había sido cerrada con llave. "Te vamos a bautizar" -le dijo la Ruth, la más ansiosa, con una sonrisa de oreja a oreja. "Ya era hora, cabrita" -le agregó la Gladys, menos ansiosa pero diríase que más decidida, lo juzgo por la sorpresiva ronquera de su voz. Mario las conminó a guardar silencio y sirvió unos vasos de pisco hasta los bordes, que ordenó beber al seco. El ángel le hizo caso y no miento al decir que a los dos minutos ya bailaba sobre la cama, subiéndose la falda hasta mostrar los calzones, deseando que pasaran las cosas pronto. La Ruth y la Gladys la miraban enloquecidas y quisieron tocarla, pero Mario lo impidió con un gesto lascivo, como si las invitara a disfrutar del tiempo, tan valioso y breve en los momentos estelares. Las arpías obedecieron, sobrepasadas de deseo. Gozaban más con el tiempo por venir que con los hechos, pero se les iban las manos y lo entorpecían todo con su desborde.
Hay asuntos que la condena que cargamos como fardo en nuestra espalda ordena al menos suavizar o reemplazar por eufemismos; hay veces en que la verdad es tan violenta que mejor es la mentira por omisión. Por eso he tratado siempre de evitar la corrupción en su estado nauseabundo, intentando en cambio describir de ella la belleza que hace que tanta gente del mundo la persiga. Esta pensión se nutre de historias retorcidas, pero pocas veces me había tocado ser testigo de una escena como esta, de modo que intento describirla según me den las fuerzas para hacerlo.
Como iba diciendo, apenas se le subió el pisco a la cabeza a la pobre Iris le dio por bailar sobre la cama, que se mecía con el peso de su frágil cuerpecito adolescente. ¡Se veía tan feliz! que me inspiró lástima. Se adivinaba en sus ojos turbios la sensación de que el bautizo le abría el abanico del placer, sin sospechar que al momento de entrar a la pensión el placer verdadero se le había quedado en el rincón de alguna callejuela, perdido para siempre, y que lo que ahora le aguardaba en la pieza de la Ruth eran puras cosas feas. Dadas las órdenes con gestos, Mario entró en escena, aplaudiendo sin chocar las palmas, para no hacer ruido. De la pieza de al lado llegaban las notas, me parece que de una partita de Bach, no estoy tan seguro, pero apostaría doble contra sencillo que era así. Alguna falla imperceptible, sumada sobre todo a una técnica mecánica, de genio en barbecho, niño aprendiz, ensuciaba su ensayo. La música alteraba los ritmos del cuarteto enardecido y cada uno de sus miembros la recibía de acuerdo con el grado de sus ansias. La Gladys asumió el oficio de la mariposa que vive para libar el néctar de la flor, la Ruth las hacía de ayudante y Mario se fabricaba su espacio entre las tres hembras borrachas que tenía a su merced, momento en que juzgué oportuno retirarme de una escena repetida a mi vista tantas veces. Con todo, por los susurros que seguí escuchando, me dio la impresión de que el jovencito asumía el disgusto de complacer a la Gladys y a la Ruth con tal de investirse de los hábitos que le concedían la máxima autoridad en el bautizo de la flor, y que el ángel volvía a sus inicios cuando con los ojos entrecerrados imaginaba una fantasía que brotaba de la escarlata zona virgen de sus carnes, el fauno merodeando y luego transitando en ella con su verga monstruosa y las amigas como hienas comiendo lo que deja el león, insistiendo con vulgaridad y majadería hasta hacerla despertar de su curadera y gritar de terror ¡no quiero! ¡no quiero! ¡no quería! ¡quiero mi revista! ¡me engañaron!, tan inmersa en su terror que no alcanza a ver cuando la empujan y de súbito se cae y se hace trizas la cabeza pero es tarde, el bautizo ya se consumó y una vez más se cumplen los designios que a todos han traído a esta pensión.
Algo achispado por el segundo vasito de cinzano, el coronel se atreve a pedirle matrimonio; la vieja le contesta lo voy a pensar ¿es de verdad ese anillo? Sí Rosita tengo otro para usted, ¿igual?, no, más elegante con la piedra no tan grande, la vieja, como si despertara, llama al ángel para que les sirva el té, ¿se sirve un té coronel? Cómo no ¿quiere otro cinzano Rosita?, no gracias bueno ya ¡Iris baja el té al salón, Iris!, no hay apuro Rosita no hay apuro salud, salud, ¿por nosotros?, todavía no le he dicho que sí, salud entonces por nosotros, salud.
El ángel ya no puede obedecer. Callada su voz, escondida su figura para siempre en una puerta falsa en la muralla, la Gladys sale disparada a ver a su hijo, la Ruth abre las cortinas; Mario limpia las huellas, lava los vasos y baja a la cocina.
¡Iris, baja el té al salón, Iris!, no la escucha Rosita ¿me da el sí?, ¡Iris por Dios dónde te metiste cabra lesa!, ¿qué pasa tía? ¿Mario has visto a Iris?, no tía yo estoy en la cocina y aquí no está parece que salió, ¿adónde iba a salir, tarambana?, no sé tía aquí no está bajo altiro vaya vaya el coronel ¿tomándose un traguito los novios?, no le faltes el respeto Mario al coronel, no me quiere dar el sí chiquillo convence a tu tía, pero tía ¿está loca o se hace?, cállate la boca cabro de moledera, ¿no ve que el coronel es millonario?, no tanto chiquillo no le pongas, pero tiene tía yo le vi, claro que sí Rosita no digo que no, pobre no soy, ¿y entonces qué espera tía para darle el sí?, las cosas no son de esa manera Mario, en qué mundo vive tía dele el sí yo soy testigo, bien hablado muchacho así se habla, bueno ya pero no tan pronto dejémoslo para agosto, cuando quiera Rosita yo me encargo de la fiesta, ¡bravo coronel así se habla!, ¡Iris, baja el té al salón, Iris!