viernes, junio 22, 2012

El último salto

Jugábamos a subirnos a los techos del fondo. Antes que eso hubo dos galpones, un galpón claro y un galpón oscuro. El galpón claro era una ruina romana. Cuatro pilares, un millar de ladrillos tendidos y dos ventanas que miraban el cielo, sin entenderlo. Desde el galpón oscuro, donde había tejado, nos pasábamos al techo del galpón del vecino. Eran juegos peligrosos; mirábamos por una rendija y veíamos los huevos que ponía la gallina en un rincón del piso de tierra, entre herramientas y cachureos. Dejábamos caer piedritas; los huevos se rompían con un lamento seco y  arrancábamos, quebrando tejas. Con los años el vecino levantó una muralla gigantesca que impidió toda aspiración de fisgoneo, pero para ese tiempo ya no había galpones y ya no había niñez en la casa de la abueli, de modo que si supongo motivos de carácter plumífero o nutritivo en su proyecto, concluyo que se trató de un derroche de cemento. Esa especie de pedazo de Muro de Berlín o fracción ridícula de la Muralla china en medio de una cuadra del centro de Rancagua no le hizo bien a nadie.
En el galpón oscuro me quebré el brazo; más de la mitad de su espacio lo ocupaban tablas y listones acostados contra la pared, todos listos para tomar la forma de habitaciones nuevas. Esos maderos nunca se clavaron; se fueron carcomiendo y se usaron como leña.
Casi la mitad de la obra humana es inútil, juicio compasivo. Cada vez que veo en el campo una casa abandonada vislumbro risas, fiebres, traiciones, aniversarios, velas. Duerme el reflujo y queda la obra, resto absurdo de paredes rayadas y suelos plagados de papeles amarillentos y caca seca. 
Detrás de cada molino sin rueda se esconde una aspiración trágica.
Los dos galpones se echaron abajo; vinieron otros cobertizos. Uno se levantó sobre el muro del vecino de al lado y el techo le sirvió de descanso a las ramas de una higuera; el otro sirvió para cubrir parte del gallinero dispuesto al otro lado del patio de la casa. El espacio del fondo, el que ocupaban los galpones, quedó vacío.
La abueli murió. Años después Miguel, mi primo menor, que ya ganaba un sueldo, edificó al fondo una pieza de arriendo, que efectivamente se arrendó dos años. Hoy se usa para ensayos de música. El gallinero, en tanto, desapareció con todas sus gallinas. En su lugar se habilitó una pieza para guardar herramientas y cachureos. El otro cobertizo desapareció, al igual que la higuera que le hacía sombra. Todo ha cambiado y sin embargo se mantiene casi exactamente igual.
El árbol crece hasta donde puede, la araña vive de su tela y no le sobra nada. La mente humana trabaja con demasiado apuro.
Pero a qué voy. A que un día subí al techo de la higuera y entreví mi destino.
Percibir el destino no tiene nada de extraordinario. De hecho, uno lo percibe al menos una docena de veces cada día. Lo ve al apagar la luz, dentro de la cama; al cruzarse con un verso prodigioso, al admirar sin ser admirado, al elevar la voz a un niño, al mentir y pillarse en la mentira, tantas cosas. Pero hay ocasiones, como aquella de ese día, en que se distingue diáfano. Es como si un velo cubriera todos los fenómenos que están siendo en el espacio y dejara uno solo, para deleite de la melancolía.
Nadie me acompañaba y no es que me hubiese aburrido de estar allí. Miraba con gusto las hojas de la vid como si fueran la alfombra del patio de la casa, las vigas del parrón semiescondidas debajo de las hojas, las brevas al alcance de la mano, la ventana del living a lo lejos, el misterio que encierra un silencioso patio ajeno. Todo aquello me provocaba la misma fascinación de siempre, aumentada de vez en cuando por un hilo blanco de volantín a las pailas que rozaba mis manos y seguía su andar llevado por el viento. En ese mismo sitio el Julio había encumbrado su propio volantín, corriendo de espaldas hasta que se le terminó el techo, pasó entre las nervudas parras y acabó en el suelo, magullado.
El techo de la higuera de ese instante de ese día me ordenó recordar que hay cosas que no se harán ya más; que aún a mis cortos años había llegado el momento de morir, de soltar una capa de piel y tenderla sobre el zinc para que el sol la resecara hasta hacerla polvo. Era mi última vez en ese techo, pero aunque no fuera así, habría una última vez en ese techo y a menos que en un desesperado esfuerzo me volviera barón rampante, mis días de niñez estaban contados. Eso entreví.
Entonces me arrojé al suelo. Salté, caí parado, se me doblaron las piernas, miré hacia arriba, vi el oleaje del zinc, sobre él la majestuosa higuera, surqué el patio pasando uno a uno los pilares, entré a la casa. La abueli me esperaba en el mesón de la cocina.
Hartos años después, durante una visita de domingo, a la hora del tedio, fui discretamente al fondo, subí la escala y caminé sobre el techo de la higuera, por el puro gusto de torcerle la mano al destino. Algunos llaman a eso ironía, otros tozudez; hay un cuento, incluso, que refiere la historia de un cándido alemán y su sofá. Pero mejor cierro aquí el recuerdo, porque esto no es un chiste y aunque quisiera, yo no soy alemán.



miércoles, junio 20, 2012

El buen poema

Original no es declarar que el buen poema es resta; miles lo cantaron ya con palabras escondidas, pero el caso es otro, la repentina conciencia de una flor que nos acompañó toda la vida y nunca marchitó.
Dicen que el buen poema es restar palabras
dejar las mínimas
y que la ausencia evoque.
Es como un truco
una seña en laberinto
un acercamiento al hombre que detrás de todo el artificio
resplandece.
No hay soberbia en este ardid
más bien yo veo un desnudo disfrazado, un infantil empeño
una feroz necesidad de abrazo
al compañero de ruta
al hermano a la hermana
que viajan en la misma barca por el mismo río
hacia el mismo mar.
Es como esa mujer que pasa por la calle
vigilando el celular
unas ganas locas de hablar de cosas simples
de tocarse, de reír, de tomar café con leche
y dejar a los dioses lo demás.

lunes, junio 18, 2012

Carlos J. Veloso, distribuidor de almas

Soy reportero y no podría definir de otra manera mi vida profesional que como el intento de querer traducir los múltiples fenómenos que el ojo tiene a la vista, todos con un antes y un después; o en palabras más realistas, el intento de perseguir una quimera. Andando el tiempo reparé en que la única forma de acercarme al objetivo consistía no en un trabajo de dispersión, sino de concentración, y como tal de reconocimiento y aceptación de mi propia naturaleza, que es la de un ser marginal guiado por el miedo. De allí que naturalmente me inclinara por recolectar personajes menores, inofensivos, estrambóticos, lo que indujo de temprano a mis jefes a encasillarme en las lindes del oficio -y yo me atrevería a asegurar además que a tildarme de mal necesario-. Conocí al hombre que todo lo reducía al número cero, al falso doctor Mortis, al inventor de la bicicleta ecológica, a la perrita que quería estudiar leyes y al matemático que predecía con meses de anticipación si el año sería lluvioso o seco; el destino me regaló a un contactado con Gabriel arcángel, al vampiro Yiró, a una iluminada que hablaba perfectamente el idioma castellanéts y al taxista que edificó un búnker dentro de un cerro para esperar el fin del mundo. Frente a mi extravagante juicio desfilaron también el cicerone de la cárcel, el maquillador de cadáveres, la dama del bar Harry's, el mago Palito y sus mentiras, el chef que le preparó la comida a los fabricantes de la bomba atómica, cual de todos poseedores de la historia más insólita.
Ninguno como Carlos J. Veloso, distribuidor de almas.
¿Cuándo y dónde lo conocí? ¿Qué impresión inicial me dejó? ¿Cómo llegué a enterarme de la tarea que lo mantuvo en estado de desasosiego hasta el día en que dejé de verlo? Todavía me resisto a correr el velo de esta trama que, al contrario de mis otros personajes, no se me aparece enteramente ficticia. Estirado al máximo el elástico de mi credulidad sigo pensando que Veloso pudo ser realmente el hombre que decía ser, sobre todo si no dispongo de pruebas en contra.
Lo que me llamó la atención de este personaje y de su entorno fue el desorden que reinaba en su local. De no ser por eso -y por el letrerito tan extraño colgado en la puerta: "Carlos J. Veloso Distribuidor de almas"- no habría entrado. El caos era mayúsculo; en su escritorio apenas cabía espacio para poner las manos y eso no aparecía como lo peor al golpe de vista: las rumas de carpetas montadas unas sobre otras desde el piso hasta casi llegar al techo daban a ese espacio el tono del día anterior a una mudanza. A poco andar me contó, sin embargo, que el local llevaba años así, "aunque ahora todo está un poco más ordenado". Añadió que no se pensaba cambiar, ya que el barrio, el pasaje y su habitáculo le resultaban "cómodos, agradables, suficiente". Usaba las palabras sin pasión; entendí que en ese momento pensaba en otros asuntos.
Carlos J. Veloso es de esas personas que eternamente parecen estar atiborradas de trabajo, trabajo que a los ojos de los demás no rinde. Es de aquellos que ve más allá de su miseria, lo que no hace otra cosa que agravarla. Cada nueva misión equivale para él nada menos que a la tarea de reorganizar el planeta, frase que cuando la escuché me hizo soltar una risa compasiva, pero que al aprehenderla me provocó escalofríos. Durante toda la entrevista, sin embargo, me dio la impresión de no estar ante el carácter abrumado que exigiría la naturaleza de su oficio, sino ante un espécimen menor, indolente, de aquellos que afrontan los asuntos más trascendentales con cansada resignación.
Le hice ver que me había intrigado el cartelito puesto en la vitrina y le pregunté si no tenía inconvenientes en que lo entrevistara para mi diario. No le llamó la atención gran cosa el hecho de ser un potencial sujeto digno de publicación, lo que interpreté como una leve negativa, de modo que, con más empeño que al inicio, trasladé a mis lectores el interés que despertaba su vida. Eso debió de convencerlo, uso un término exagerado, ya que Carlos J. Veloso no parece estar convencido de nada, pues da la impresión de que nada le importa demasiado, ya lo he sugerido.
Esa tarde conversamos una buena hora, hasta que la cinta de la grabadora se completó por los dos lados. Mientras él hablaba le iba dando el visto final a la carpeta que tenía entre sus manos, que luego colocaba dentro de una caja (lo habrá hecho en unas veinte ocasiones). Al golpearla dos veces con el puño, la caja subía automáticamente por un ducto, me imagino que tirada por una cuerda. Cada vez que hacía esa maniobra se disculpaba, diciéndome que no podía perder un solo minuto. La entrevista se volvía a interrumpir cuando la caja vacía caía y golpeaba la cubierta de la mesa, sin elegancia alguna. Era como si desde el acantilado alguien arrojara un desperdicio contra las rocas.
Comprendí al retirarme que a pesar de lo declarado, Veloso me había dejado más o menos donde mismo, un fenómeno inusual para mí. Muchos de mis entrevistados agotan el manantial de la novedad a los quince minutos; no fue su caso, de modo que le anticipé que lo visitaría al día siguiente. Veloso hizo un gesto que interpreté como de asentimiento y de inmediato se abocó a la revisión de más carpetas. Oscurecía y hacía frío.
No había caminado media cuadra cuando un penoso incidente callejero me detuvo. Una multitud pateaba a un viejo ladrón sorprendido in fraganti. El pobre hombre había recibido tanto castigo que ya no era capaz de defenderse y de pronto alguien advirtió que estaba muerto. La masa se dispersó rápidamente; ya había consumado su venganza y era momento de volver al anonimato. De la nada apareció Veloso. Se agachó, buscó entre sus ropas hasta dar con sus documentos, encendió una linterna del tamaño de un bolígrafo, anotó un par de datos en una carpeta, igual a las miles que yo había visto, y se levantó.
-De todas maneras me iba a llegar, pero siempre conviene adelantarse. Usted ya sabe cuánto trabajo pendiente hay en mi local -se excusó. Le pregunté si no necesitaba otro ayudante, pero no pareció entender del todo la pregunta.
-Lo he estado pensando. Si quiere, mañana cuando venga me trae sus datos, pero le digo al tiro que no podría pagarle más que el sueldo mínimo, y con dificultad -dijo.
El día siguiente, como me suele ocurrir, no llegó. Tampoco el subsiguiente. No me mando solo; vivo al arbitrio de mis editores, quienes tienen mejores ideas que las mías. Hube de viajar a cubrir una protesta regional; el viaje se prolongó más allá de lo normal y al regreso ese tema me continuó consumiendo desde Santiago. Debo confesar, además, que me había olvidado por completo de Carlos J. Veloso, lo que no es de extraña ocurrencia en este oficio que se caracteriza por atrapar súbitos resplandores que no duran sino unas pocas horas.
Fue mi hijo quien me hizo ver la falta. Una de esas noches, mientras compartíamos una cerveza con el fondo musical de alguno de sus jazzistas preferidos, dijo echar de menos mis "crónicas humanas". Le conté entonces sobre Carlos J. Veloso y se entusiasmó, tal vez demasiado, porque al requerir detalles me terminó confundiendo y eso me molestó. Le prometí que visitaría nuevamente al entrevistado y que pronto le tendría la historia completa. Él no dijo nada, lo debí de ofender sin darme cuenta.
Al otro día volví, o me pareció volver, a su gabinete, y no lo hallé; me refiero al local, qué decir de su dueño. Sin mentir, visité al menos seis pasajes en el área en que me pareció que se emplazaba el puesto de Veloso; ninguno de ellos le destinaba ahora espacio. No había anotado ni su dirección ni su teléfono y lo peor era que no poseía mayores puntos de referencia que una sección de ocho a diez cuadras céntricas. Regresé a casa evitando a mi hijo; con la sensación de haber limitado demasiado la búsqueda, a pesar de que sabía que más allá de esas fronteras no podía ubicarse. Dormí penosamente, con la obsesión naciente de estar olvidando detalles de la realidad; sospechando que de los olvidos, el mío era un hermanastro de la fantasía y como tal, de la locura. Recorrí dos, tres, cuatro veces los mismos pasajes de siempre, las mismas tiendas de chucherías y baratijas, las peluquerías sin clientes, los cafés de mala muerte, las compraventas de oro, los bazares, las librerías de artículos de oficina, santerías, locales de comida al paso, remendadoras de calzado, puestos de internet, de fotocopias. Con los días mis preguntas terminaron inquietando a los locatarios, lo que dio por concluido el interrogatorio. Por lo demás, nadie recordaba a Carlos J. Veloso, ni su figura ni la naturaleza de su local, lo que no era mucho decir de una raza subterránea sumida en la indiferencia, que no era capaz de ver más allá de dos oficinas de distancia. Tampoco saqué gran cosa de los espacios que se ofrecían en arriendo. Al preguntar por cada uno de ellos la respuesta del vecino correspondiente era casi sin variaciones la misma: llevan meses vacíos, señor, aquí la gente no se viene, de aquí la gente se va.
Había dado, en suma, con un pedazo moribundo de Santiago, del que Carlos J. Veloso venía a ser su emblema: una especie de fantasma, de invención o de recuerdo de la conciencia. Y sin embargo era real, había hablado con él, lo había entrevistado, guardaba sus palabras en una cinta por lado y lado.
Mi última tentativa lógica consistió en una ronda de preguntas a mis colegas de la sección policial, por si se acordaban del caso del delincuente ajusticiado por la multitud, que indirectamente me podía dar las coordenadas de su establecimiento. Pero Vega había estado con licencia el mes entero, Diéguez no me prestó demasiada atención y con Parraguez no se puede hablar; lo echa todo a la broma. Horas después, al entrar al turno de la noche, Sartori me escuchó y echó mano a su agenda.
-Aquí lo tengo, Lamordes. Lonton Viscaya, 64 años, ladrón de poca monta, linchado a las 19:35 horas en Morandé, casi al llegar a Huérfanos. Un crimen sin juicio ni culpables. Como el gráfico no llegó, redujimos la nota a dos col en la página 8.
Retorné al sector mencionado con nulas esperanzas; comprobé en efecto que ni los pasajes interiores ni los subterráneos de la cuadra se habían escapado a mi anterior empadronamiento.
¿Quién es y a qué se dedica Carlos J. Veloso? De lo que le creí entender desde el principio, él vendría siendo el encomendado por una especie de inteligencia superior para cumplir la misión de distribuir almas en la tierra, pero ciertas almas, almas comprobadamente buenas; esto es, conservadoras, uso sus palabras. Misión descabellada, desde luego, de allí mi escepticismo original, que en la entrevista maticé con toques de humor, guiños de ternura. El hombre decía las cosas con la ingenuidad de un niño, como si declarase algo que no tenía la menor importancia, puesto que lo realmente importante a su entendimiento era otro asunto. Y así es; de sus palabras se desprende que Carlos J. Veloso vive en una constante, inacabable tensión, lo que ha terminado por insensibilizar su carácter y sus aspiraciones, a sabiendas de que la suya es una misión imposible, pero que debe acometer porque le ha sido destinada.
Al principio pensé que tenía un ayudante; con los meses estoy cada vez más convencido de que el hombre que sube la caja es su empleador, pero de esto no poseo prueba alguna. También puede que esta última hipótesis no sea más que una de tantas chifladuras que salen de mi pluma, porque cada vez que entré a un local a preguntar por Veloso miré el techo de reojo y me fijé que ninguno de ellos poseía altillo. De este modo, hasta es bien probable que el hombre que sube la caja no exista y que ésta se eleve mediante un mecanismo que no me fue dado preguntarle al entrevistado, lo que reafirma que las mejores preguntas de una entrevista son las que no se hacen, las que se desprecian por insignificantes.
El gran problema de Carlos J. Veloso, al menos el que me manifestó en la conversación, consiste en un asunto indescifrable, diría diabólico, aunque me parece que ese término es inapropiado para el contexto en que se desenvuelve esta trama. Cito sus palabras:
"Es un asunto matemático, señor Lamordes. Si están naciendo más personas de las que mueren, entonces llegará el momento en que no dispondré de almas para distribuir a todo el mundo, teniendo en cuenta además que las almas muy jóvenes no cuentan, a menos que sean recicladas. Me temo que se están sumando por miles, por millones, los seres que debutan en el orbe a la que te criaste".
He allí la fuente de su tensión y al mismo tiempo de su indolencia. Carlos J. Veloso debe reasignar el alma que ha vivido dentro de algún cuerpo humano de cierta edad que habita el planeta, una vez que muere, a otro cuerpo que, por recurrir a un lugar común, entra a la pelea. Si existiese una millonésima probabilidad de que esta idiotez fuese verdad surgiría de inmediato la pregunta: ¿cuántos como Carlos J. Veloso se reparten en cada comuna, en cada ciudad, en cada país para siquiera pensar en llevar a cabo esta misión demencial?
Quiso el destino que me lo topara en medio de un incendio al que fui enviado de emergencia durante un turno. El fuego había arrasado tres casas en la población El Cortijo; los vecinos se ayudaban unos a otros. Cuando las cosas parecieron haberse calmado una mujer obesa echó de menos a la tontita del segundo piso, una niña que sólo era vista cuando se asomaba a la ventana enrejada para gritar incoherencias. ¡La tontita! -gritó, aterrada- ¡Salven a la tontita!
Los bomberos la hallaron abrazada a su abuela, ambas calcinadas. Entre los voluntarios advertí a Carlos J. Veloso, vestido de uniforme.
-¿Se acuerda de mí? -le pregunté, ansioso. Fue lo único que atiné a preguntarle.
-No mucho -dijo-, pero me es cara conocida. ¿Nos hemos visto en otro incendio?
-No, amigo Veloso, yo fui el que lo entrevisté hace un tiempo.
-Ah -recordó- lo estuve esperando varios días. Ahora debo irme. Tengo que incorporar estos datos de aquí a mañana.
-No se vaya -le rogué, pero era una petición imposible de cumplir. El capitán reunió a los bomberos dentro de un perímetro cerrado y procedió a pasar revista a la compañía antes de que el vehículo iniciara el trayecto al cuartel.
-¡Cuántos hay como usted! -le grité. A Veloso le era imposible escucharme con el ulular de la sirena- ¡Cuántos hay como usted!
-Qué dice...
Esa noche reflexioné seriamente sobre si valdría la pena andar a la siga de accidentes fatales, como lo hacen los participantes del negocio de la muerte, o sea detectives de la Brigada de Homicidios, peritos fotógrafos, vendedores de las pompas fúnebres, camilleros de ambulancias; o si por el contrario no resultaría más sano olvidarme para siempre de la posibilidad de volver a encontrarme con Carlos J. Veloso. Elegí lo segundo, dejando tal posibilidad en manos del azar.
La historia se publicó, meses después, con las imperfecciones propias de un reporteo a medias, de un trabajo mal hecho desde la base. Aun así mereció algunos elogios, los mismos de siempre, colegas envidiosos de mi pluma, colegas que sin embargo no se sentían amenazados por alguien situado en las lindes del oficio. Les agradecí con esa sensación de malestar propia del secreto inconfesado; a la mañana siguiente de publicada mi crónica -lo afirmo sin ánimo irónico- la imagen de Carlos J. Veloso envolvería pescado y al día subsiguiente otro personaje llenaría su lugar en mi espectro de candidatos a la inmortalidad. Pero aunque lo deseara, esto último no era cierto. Las palabras de Veloso me habían provocado un ligero remezón interno, creciente, que me indujo a acudir a una iglesia.
Fui a una cualquiera, en efecto, y me arrodillé ante el confesonario. El sacerdote parecía odiar los prolegómenos e insistía en oír mis pecados, de modo que cambié de estrategia, le di en el gusto y dejé para el final lo que me interesaba. Le conté entonces que desde hacía un tiempo se me había metido en la cabeza la creencia que las almas se reencarnaban. Me preguntó si yo era católico; le dije más o menos. Usted se ha equivocado de religión, ¿vive por casualidad en el barrio de la Estación Mapocho? No Padre. Prosiga. Le confieso Padre que tengo mis dudas sobre la reencarnación de las almas. Ya me lo dijo. ¿Me puede orientar Padre? Mire, esa duda que tiene es harto grande, me va a hacer dudar a mí... No Padre, lo último que se me ocurriría. Entonces confiese que se arrepiente. Me arrepiento Padre, pero ¿acaso el alma de los católicos no puede reencarnarse? Su voz me suena un poco, ¿viene seguido a misa? No tanto Padre. ¿Pero viene a esta iglesia? Es que no lo ubico. No Padre, voy a una de avenida Matta. Mire, señor, le voy a dar un consejo: vaya donde los locos de Teatinos, pero antes rece un Avemaría y un Padrenuestro.
¿Qué me quiso decir? Salí a la calle y quise buscar una segunda opinión, pero a esa hora costaba hallar otra iglesia abierta; de hecho terminé la jornada sentado en la barra de una fuente de soda, ante un lomito palta y una Escudo no lo suficientemente helada. Me carga la Escudo natural, más aún si me la bebo en estado de insatisfacción; me desagrada el exceso de espuma.
Días más tarde decidí completar la tarea pendiente. Era sábado, mi mujer había ido a un bingo en su colegio y no volvería hasta el atardecer. Recordé que cerca del cuartel central de la PDI había otro templo, o por ahí cerca, bastante más pequeño y menos concurrido que el anterior; siempre me habían llamado la atención sus paredes celestes, pero lo que no me gustó nada, cuando ya estaba adentro, fue ese revoloteo de moscas que aprovechaban el haz de luz en la nave central.
Una mujer de la limpieza se me acercó sin diplomacia alguna.
-¿Qué se le ofrece, mister?
-¿A qué hora confiesa el Padre?
-Ya está por empezar. Póngase a la filita.
-Una iglesia tan chica y ya hay gente haciendo fila...
-¿Que usted no es de por aquí?
-Claro que no, señora. Soy del barrio Santiago Poniente.
-¿Y por qué viene a confesarse con el cura, si usted es hombre? Le diré que vienen de todas partes, pero casi puras mujeres. Para mí que vienen porque el cura es califa y encima se hace el sordo, así que tienen que acercarse harto para que escuche. Mire la sartalá de viejas copuchentas esperando a la orilla de la pared, todas pintás, ji ji ji...
-Tiene razón, señora, pero no es manera de expresarse así de los fieles.
-Yo tengo chipe libre, mister. Al cura lo pillé culiando y me paga sueldo mensual. Gano doscientas lucas. ¿Me invita a una chela?
-Qué se ha imaginado, señora. ¿No se da cuenta de que estamos en la iglesia?
-Bah, ¿y qué?
-¿Qué hace usted aquí? ¿Qué labor desempeña?
-¿Que no me ve? Barro, paso el plumero, vigilo lo que haiga que vigilar, cambio las velas. ¿Y qué le tengo que andar dando explicaciones? Ya po, no sea malito, invíteme a una chela, ¿no ve que a eso de las doce la lengua parece que fuera de zapato?
El sacerdote ya había comenzado. Las mujeres se arrodillaban delante de él y le hablaban al oído. El religioso asentía y al inclinar su rostro sacaba a relucir su enorme papada rojiza y brillante, recién afeitada. De vez en cuando brotaba una lágrima, se oía un suspiro. El cura entonces apoyaba la mano en el hombro de la sufrida pecadora, la consolaba con ternura. Defraudado de una escena que sentí ajena a mi persona, intuyendo las palabras que me dirigiría el sacerdote cuando llegara mi turno, me salí de mi puesto, que ya no era el último, y enfilé hacia la salida. Entonces me pareció reconocer a Carlos J. Veloso. Caminaba con paso cansino en dirección a la escalera de caracol que conectaba el primer piso con el espacio destinado al coro y al órgano; sus zapatos producían ese ruido molesto del desplazamiento de la planta de goma en la baldosa. Era notable el parecido, no podía ser otro hombre. Aún así me sobrecogió la mella que escasos meses habían provocado en su figura. Estaba sumamente encorvado; siendo delgado lucía barriga y su pelo raleaba, emblanquecido. Se desplazaba con dificultad, lo que desde luego atribuí no tanto a su desmedrada condición como al peso de las carpetas que apenas podía afirmar con sus manos, unidas por debajo. La auxiliar impertinente se cruzó con él pero ni siquiera lo miró; entró con la escoba y el plumero a una sala lateral y desapareció.
Veloso comenzó a ascender por la escalera; lo seguí sin que se diera cuenta, lo que no me resultó nada difícil. Yo iba unos cinco escalones más abajo. Cuando depositó las carpetas sobre una mesa al costado del órgano, resoplando, le hablé.
-Qué tal, amigo Veloso, ¿me recuerda?
Me miró de reojo. Pocas veces he visto a un hombre tan cansado. Al mismo tiempo me sorprendió que se acordara de inmediato de mí, al contrario de lo ocurrido en nuestro último encuentro.
-Ah, sí, es usted.
-Veo que sigue en lo mismo. Pero le confieso que nunca pude dar con su local. Fui un montón de veces al barrio y no lo pude ubicar.
-Leí su historia -me dijo, y mi vanidad me traicionó en el acto, aunque cuando abrí la boca me di cuenta de que sus palabras llevaban implícito el tono de la advertencia.
-¿Le gustó?
-No estaba mal escrita... pero hubo equivocaciones... usted no entendió del todo o yo no me supe explicar... y eso me... culpa mía... culpa mía... eso me ocasionó problemas...
Llenaba cada interrupción con una profunda bocanada de aire. Le pregunté si padecía de asma, desviando la atención, rehuyendo el grado de responsabilidad que me pudiese corresponder en esos problemas presuntamente originados por mi nota. Veloso pareció no escucharme.
-Me llamaron... no me retaron, pero me previnieron... culpa mía... esto es bastante secreto... esa vez no se lo dije... debí decirle...
-¿Tuvo que cerrar?
-No, estamos donde siempre, pero ya no atendemos público... no era necesario... tiempo perdido... nadie iba... ni a ofrecer ni a pedir...
-¿Y cómo... entonces? -mi paréntesis no obedecía al asma. Deseaba no alterar su ánimo con una palabra inapropiada. Ya que la conversación comenzaba a fluir juzgué mejor dejar trunca la frase.
-Pero no importa -continuó- no se preocupe... estas cosas son así... ¿se sirve? Son de menta.
Sacó una pastilla para él, se la echó a la boca y me ofreció del cartucho arrugado. Estaban vencidas; mi paladar no se recubrió de un aroma a menta, sino más bien de un sabor amargo. Veloso aspiró todo el aire que pudo, volvió a cargarse de carpetas y caminó hacia un rincón.
-Si me disculpa... -anunció.
Había una pequeña puerta entreabierta, que yo no había visto, de una altura tal vez de un metro, o poco menos. La abrió con el pie y se metió adentro con extrema dificultad; por un momento temí que se cayera y desparramara su valioso tesoro. Lo seguí hasta que sin aviso la puerta se cerró en mis narices.
Me hallaba en una encrucijada. Se me antojó que volver a la calle en ese momento clave habría sido una actitud cobarde; penetrar a un espacio privado, un acto de arrojo extraño a mi historial de vida. Luego de pensarlo un par de minutos -y de darle tiempo a Veloso para que se alejara- elegí lo segundo.
La puerta se abrió con facilidad; me sumergí en una boca de lobo, como se dice. Adentro olía a polvo, moho y encierro; me pareció oír la carrera sigilosa de un roedor, pero no le presté atención al ruido; mis sentidos se concentraban en no tropezar con los objetos que interrumpían el paso -por abajo algo así como listones y pedazos sueltos de madera; a media altura mesas o mesones, creo que una enceradora, también una lavadora, una radioelectrola, en suma, cachureos especiales para un desván; y arriba, lámparas que colgaban como si se tratara precisamente de una tienda de lámparas-. Di al fin con una baranda, la baranda de una escalera. Subí diez, veinte, ciento veinte escalones; bajé otros tantos, volví a subir, doblé a la izquierda en ángulo recto, bajé luego por la derecha. La escalera se angostaba y se ensanchaba; llegué a pensar incluso que se bifurcaba, mas, avanzado un trecho, no me atreví a desandar lo andado para comprobarlo. Ya que me encontraba en ese trance debía continuar hasta dar con una salida que lo aclarara todo. Veloso, todo rastro suyo, se había esfumado. Para mí, en ese momento, el mundo era una tiniebla, la oscuridad antes del caos.
No sé cuánto tiempo estuve allí; dudo incluso si alguna vez estuve, dudo de todo lo que sucedió luego de esa pastilla de menta que me dio a saborear Carlos J. Veloso. El anodino distribuidor de almas parece tener más recursos de los que le asignó mi estrecha mente reporteril. Es más, si todo esto no fuese más que una afiebrada fantasía originada en un dulce envenenado, si esta historia que me tocó conocer y reportear no fuese otra cosa que una alegoría de la estupidez colectiva, le concedo al personaje el mérito de haber dedicado buena parte de su existencia -parto por creer en el contenido de esa cinta grabada- a una contienda perdida de antemano.
Llegando a mi hogar le conté el final de la historia a mi mujer, pero admito con embarazo que ella apenas me escuchó, cansada como estaba luego de su día de bingo.
-Traigo noticias.
-¿Sí?
-Al fin di con Veloso.
-Ah.
-¿Te acuerdas de Veloso?
-No.
-El distribuidor de almas.
-Algo me acuerdo...
-Lo vi en la iglesia.
-¿En una iglesia?
-En una iglesia de Teatinos.
-¿Y qué estaba haciendo en una iglesia? ¿Distribuyendo almas?
-Llevaba sus carpetas. Subió al segundo piso, lo seguí, me ofreció un dulce...
-¿Es de los que ofrecen dulces?
-No... sí... no... déjame continuar.
-Continúa.
-Me cortas la inspiración.
-Sigue, te escucho.
-Lo seguí, me ofreció un dulce, entró a una pieza oscura, lo seguí, se me perdió y ¿sabes dónde lo volví a encontrar después de una eternidad?
-No.
-En una oficina de la iglesia.
-¿Y qué?
-Le entregaba las carpetas a una auxiliar, una vieja semianalfabeta que estaba sentada detrás de la mesa. La vieja decía esta sí, esta no, esta no, esta sí, esta no. Veloso miraba al suelo, de pie, avergonzado. La vieja ni siquiera le ofreció asiento.
-¿Y qué hacía la mujer con las carpetas?
-Las que le servían las metía a una caja de cartón, las otras las tiraba al suelo. El pobre hombre tuvo que agacharse a recogerlas y devolverse con ellas, quizás dónde.
-¿Quieres comer algo? Hay pollo asado en el horno. Sírvete.
-No te interesa lo que te estoy contando.
-Sí, es que estoy cansada.
-¿Cómo te fue en el bingo?
-Bien, pero no terminaba nunca.
-¿Tú no vas a comer?
-Ya comí.
A menudo ocurre que las crónicas que publico evolucionan, pero solo ante mi vista; para el lector pertenecen a ese cementerio coleccionable al que va a dar la palabra escrita. No es posible crear una crónica perfecta, redonda, completa, como sí sucede con el universo que refleja una obra literaria. En el ejercicio del periodismo, el pacto de sangre que se establece entre el autor y su personaje real excede los límites de la ficción. Ni siquiera la eventual muerte del entrevistado es capaz de ponerle el punto final a su historia; me temo que mi propia muerte sí. Expongo lo anterior sin ánimo didáctico sino a propósito del esquivo e inefable Carlos J. Veloso y a raíz de que hoy cayó en mis manos un investigador de fenómenos paranormales, seudorreligiosos y satánicos, Juan Domingo Bravo. Lo entrevisté, hablamos de su especialidad y me reveló las verdades freaks que el anzuelo afiebrado de mi mente gusta de atrapar, quedando así inscrito en el borrador correspondiente de su candidatura a la inmortalidad. Tras la entrevista, apagada la grabadora, se me vino a la mente esa extraña frase que escuché del cura que me confesó, "los locos de Teatinos". Se la comenté para hacer tiempo mientras me venía a recoger el radiotaxi. Bravo los conocía perfectamente, o parecía ubicarlos.
"Has oído hablar, me imagino, del CCC, el Código Conservador Católico", me inquirió, con la pipa en la boca.
"La Confabulación Conservadora de Chile", le comenté, dándomelas de listo al usar la deformación que las redes sociales hacen de la sigla.
-No te rías -me interrumpió-. Esto es algo serio. ¿Fuiste por casualidad a la Capilla de las ánimas de Teatinos con San Pablo?
Le dije que sí.
-Ya me parecía. No te asustes, pero puede que estés quemado. Cuéntame cómo fue eso.
Le hablé de Carlos J. Veloso, le relaté lo que recordaba.
Bravo me tranquilizó; según su análisis no alcancé a dar el último paso, vaya uno a saber a qué se refería, no quise ahondar en el tema. Sin embargo él mismo, apasionado por ese tipo de historias, me brindó sus conjeturas.
De acuerdo con su modo de ordenar las cosas, en aquella iglesia se aloja la médula, el centro de operaciones del CCC, y su fuerza reside justamente en la mofa o el descrédito que las fuerzas progresistas hacen de la organización. "Se burlan hasta con un dejo de lástima de ella y la suponen fuera de época y como tal, inofensiva", opinó con una seguridad abismante, nunca abandonando la pipa de sus dientes.
"Tú has estado adentro y sospechas que las cosas ya no son como creías, Lamordes. El CCC da la lucha; Carlos J. Veloso es su peón y alguien de esa iglesia, su jefe. Me queda claro, según tu relato, que Veloso recolecta las almas conservadoras que aún perviven en Chile y las inyecta, por decirlo así, en los cuerpos que van naciendo, no en todos, cada vez en menos, debido al desequilibrio de fuerzas; mas no hay otro modo de dar la batalla. Quizás descubriste en medio de esa oscuridad que alguna vez llegará el día en que por arte de magia la balanza se inclinará y para el CCC comenzarán a vivirse tiempos mejores. Mientras, no les queda otra solución que recolectar e inyectar. Es un asunto de traspaso, de una transferencia cuya sustancia corre el riesgo de irse apagando con los años, es un asunto de almas abrumadas por el peso de la masa, a las que les cuesta mantener sus principios, dejando una incierta herencia que el raciocinio de tu Carlos J. Veloso no siempre dictamina a favor de la organización, llegado el momento".
Le pregunté si no podría ser que hubiese almas pasadas de moda y almas de avanzada, lo que echaría por tierra la hipótesis del CCC.
-Ideas e ideologías añejas siempre han existido, amigo mío, y son aquellas que van siendo cubiertas por el manto renovador, el cual, sin ir más lejos, inflama hoy a buena parte del alma de los chilenos y los conduce ciegamente hacia un destino incierto. Una cosa, sin embargo, es el tono con que una sociedad asume su presente; esto es, la suma de pensamientos individuales que se arremolinan en torno a un núcleo pleno de energía que desplaza al anterior; otra es fusionarlo con algo tan complejo, debatible y probablemente inexistente como el alma. No obstante, en este espacio inexpugnable me cabe la certeza de que tu Carlos J. Veloso combate en favor de las costumbres pasadas de moda y por consiguiente, en favor del Código Conservador Católico, de las viejas almas, de aquellas que se apegan a los antiguos valores, que no por ser antiguos se hallan obsoletos y no por estar pasadas de moda han perdido su vigencia. A Carlos J. Veloso se le ha encomendado la penosa misión de salvar las ruinas que los hombres del mundo pisotean como chiquillos juguetones, sin tomar en cuenta de que viven sobre ellas. Me temo, sin embargo, que Carlos J. Veloso, nuestro Carlos J. Veloso, ha debido de ser un revolucionario extremista para quienes distribuyeron almas antes que él. Me imagino que esas almas en pena hoy se revuelven en sus tumbas, renegando de aquel a quien entregaron la posta, lo que me lleva a plantear tres grandes preguntas: ¿Quiénes fueron antes que Veloso? ¿Qué organismo, qué secreta institución le inyectó el alma a la sangre que corre por tus venas y las mías? ¿O acaso guardas la ilusoria esperanza de que tus pensamientos nacen de ti mismo?
Lo miré perplejo, sin atinar a responder.
-Son las preguntas que no me has hecho, y que yo no sabría responder.

miércoles, junio 06, 2012

Exceso de imágenes

No es que no haya imágenes dentro de la página en blanco; hay exceso de imágenes. Poesía es restar palabras, comprimir el universo en una mano y luego abrir el puño. En el café le discuto a un amigo que Luciano Cruz murió en tiempos de Pinochet; se enfurece y me trata de ignorante, todo el mundo sabe que murió el 71. Me corrigen con sorna que mis recuerdos, tan nítidos, son delirios de la razón. Comencé a sentirme mal; por la tarde me agravé y ya en la noche no valía nada; ni siquiera me tentó el whisky. Dormí mal, me di vueltas en la cama dura, cama de emergencia en la pieza del televisor, aplastándome los brazos. Antes de cerrar los ojos vi La isla siniestra y después me pasé a Fargo, pero dos películas con fiebre es demasiado, y apagué la luz. La despedida de Gokú la encontré melancólica, no apta para cerebros deprimidos.
Soñé artículos truncos, reporteos imperfectos, alianzas con otros periodistas para la futura publicación de una noticia, iba y venía el mismo sueño, la misma pesadilla que duraba horas, más de las que dormí. En el sueño sentía el cuerpo despierto, la cama dura.
Al día siguiente, tratar de ir, pero al final volver. Tomar el sol lo máximo de abrigado, hacer que se camina, comer sin hambre. Vislumbrar el pálido futuro. Y llegado el crepúsculo, reunida la familia junto a la estufa, la verdad de una bandeja con té puro, pan con palta y una canción de Gigliola Cinquetti en la radio Oasis; afuera un frío invernal y la luz del poste.
Ha muerto Estela Raval. Ha muerto Ray Bradbury. Ha ganado un premio Philip Roth. Entrar en esos mundos me inflama de ilusión. Ya han pasado los dolores, aún conservo lo mejor de mi universo, el ánimo se enciende, como humilde esclavo del destino.
Quisiera ser genial y resumir este brote de imágenes en clave, pero me traiciona mi afán de transparencia.