miércoles, febrero 27, 2013

Una cena, tres postres

De la ventana se veía el tránsito desenvuelto de la gente; parejas de la mano se fotografiaban ante el local. El profesor miraba a Fernando con un ojo y con el otro a la calle. Su mujer no llegaba y la cena se le tornaba incómoda, esto no había sido idea suya. Le preguntó cómo andaban sus notas; el joven bajó la vista y le reiteró que no intentara reformarlo. No me lleve más a su casa, maestro, le rogó. Luego hablaron de su problema con la justicia, pero el profesor no supo aconsejarlo.
A la hora de los postres, Fernando ordenó tres para él solo, prometió volver al gimnasio el lunes y pidió la cuenta, que pagó en efectivo. Cuando ya casi se levantaban, le confesó que se sentía atraído por las personas maduras.
El profesor sintió un ardor en las piernas.

domingo, febrero 24, 2013

El mendigo loco

Todo el mundo se divierte. Yo dependo del sol y del mundo. Si llueve, me escondo; si hace calor, me tumbo en la acera. Si me dan monedas, bebo. Si me golpea una patota, me hago un ovillo. Duermo de día y de noche, no sé de dónde saco sueño.
Aquí en Santiago no existe el hambre, no llueve mucho ni hace tanto frío, por eso me vine del sur; tampoco hay bombas que partan las calles en dos y derriben edificios, como veo en las noticias. La gente pide justicia, Señor, no saben lo que piden. Si entendieran no estaría aquí viviendo de ellos, agradecido de Dios que me lo ha dado todo, menos el nuevo amanecer. Ellos no claman por mí, no dibujan mi ejemplo en sus banderas, miran solamente sus problemas. ¿Quién le pide a Dios por mí? La moral del artista, y de qué sirve; los padres en la misa del domingo, a veces. Yo fui un día, me quedé en la puerta y dije amén.
Nomás lloraba ayer el mundo; y hoy todo el mundo se divierte...

jueves, febrero 21, 2013

Aguas turbias

Un cúmulo de resentimiento descendía de su cabeza a las manos, como torrente desbocado de invierno altiplánico. La gente corría de un lado a otro, las aguas turbulentas se llevaban consigo paredes, cuadros, lámparas, animales; arrancaban árboles de cuajo. Desde arriba, el agitado cielo negro despedía rayos que caían al azar, sobre lo que fuera y sin aviso. No era mundo este, era un espectáculo solamente digno de entendidos. Había que ser atrevido o cínico para enfrentarlo. El viejo vestido de frac golpeaba como debía golpear y la miraba fijamente, sin misericordia, todos mudos frente a él, con la boca abierta de asombro.
A la salida su amante se limpió los ojos con un pañuelo. Al hablarle a su marido se le quebró la voz:
-Walter tocó mejor que nunca... ¡con una fuerza!
El marido, que no ignoraba lo que se escondía en esas lágrimas, llamó un taxi. Le abrió la puerta; ella se acomodó en el asiento sin dejar de mirar al teatro. Luego entró él, por la otra puerta.
-Al aeropuerto, por favor -le ordenó al conductor.

miércoles, febrero 20, 2013

El gato

¡Yo no fui!, gritó y al huir de la sala, seguida de varias compañeras, imaginó que la indicaban con el dedo. Las demás alumnas volvían del recreo y la profesora entró con ellas.
Por la noche esperó a sus amigas en el hall del cine, pero no llegaron. En cambio de la nada apareció su primo. Conversaron un poco, ella le mostró su boleto pero él ya había visto esa película. Se separaron, el chico se metió al baño de mujeres y se encerró en una caseta. Le gustaba espiarlas, se subía a la taza y las miraba desde arriba. Entonces le volvieron a golpear su puerta; su tía trabajaba como encargada de la limpieza. El muchacho vaciló.
En la población hacía un calor insoportable, todo el mundo dormía con las ventanas abiertas y las arañas salían de sus nidos para recorrer las paredes a sus anchas. En la cama, la mamá roncaba a pata suelta, sus ronquidos estremecían la pieza. La hija, que se revolvía entre las mismas sábanas, se levantó y se metió a la otra cama.
-Dicen que mataste un gato en la escuela -le susurró su primo.
-Yo no fui, tonto, yo no fui.