martes, abril 30, 2013

Todo junto, al mismo tiempo

Cada visión una historia y cada historia una ficción. Es maravilloso y me inquieta. Mi delirio de grandeza ansía la síntesis total, perfecta; no puede ser de otro modo, la concentración ante cualquier minucia haría de mi plan una insignificancia. Confieso estremecido que no adoro a Dios, lo envidio; al mismo tiempo no anhelo ser Dios. La omnipotencia sacrifica naturalmente el goce de la fracción.
Recuerdo al gato perdido, imagino las aventuras del felino rebelde y las desventuras de sus amos, buscando entre la sombra de la noche. Me veo de pronto con una sartén en la mano, detrás de mi asesino. Bastaría un golpe certero en la nuca para desconcertarlo y escapar; pero está escrito que el golpe fallará y que el monstruo me hundirá la cuchilla una y otra vez en el hombro izquierdo, bajando de la clavícula hacia el pulmón. A mi lado están sentadas la consejera y su paciente cada vez más flaca, aquejada de una enfermiza pena de amor; no quiero saber más, aunque al salir la miro de lejos, para ver qué tanto le va afectando su obsesión. Oigo a una profesora y su colega, mientras leen la carta del café. Una opina que el sándwich cuesta cinco mil pesos y la otra le pide bajar la voz. Concluyo, al releer lo escrito, que el verbo opinar encaja perfectamente en la frase: la pronunciación del precio en voz alta ya constituye un reproche y a la vez una declaración pública de insolvencia, es decir, una opinión. Los autos lucen sus ofertas de otoño y por la calle se acerca la belleza sublime de la dama entrada en años, la que jamás me regaló siquiera una mirada.
Este es mi pobre mundo divino. Cinco minutos presos en un cuadrante de una ciudad de tantas, todo junto, al mismo tiempo. El alma apretuja sueños, recuerdos, conjeturas, visiones, y los destaca ante los ojos, pasajeros. El Universo amplifica los detalles y los torna omnipresentes, diminutos e infinitos.


viernes, abril 26, 2013

Reflexiones del vago

Lo primero es el cuerpo. El cuerpo a cada segundo recuerda que está vivo. Luego la mente. Si la mente está en paz, el vago puede ver.
Hay personas de toda condición. El semblante dice muy poco. Están los resentidos que llevan bolsas en las manos; los soberbios de ropa fina. El de rostro de gallo colorado entra de carreritas al banco; la belleza ostenta sus curvas y el complejo las mete dentro del abrigo. Gordas y gordos llevan caras alegres de pena. Los niños van con los ojos abiertos mirándolo todo.
Mis hermanos vagos vinieron al mundo a hablar de lo que ven; lo hacen menos cada vez y su lugar lo han ocupado ídolos de barro.
Los vagos conformamos un grupo escuálido que se alimenta de verbos.
El vago vela por sí mismo y ante el más mínimo dolor fabrica una tormenta en un vaso de agua. Se olvidó de Dios; pero le teme en las fogatas de verano, ante la inmensidad de las estrellas que, pensándolo bien, son bolas de fuego en el espacio. Pero quién mejor que él para hablar del santo, el héroe y el traidor, si antes a su cuerpo no le duele algo.
Los apetitos del vago son los mismos de todo el mundo, pero el vago los estiliza, los embellece y les da categoría.
Confiesa el vago en voz baja en sus momentos de cordura:
Cuando fui bueno me faltó la malicia
Y cuando actué honestamente me alejé de la bondad
Algún día fui bueno y malo al mismo tiempo
No lo recuerdo, pues fue el día de la inocencia
En que mi razón no hacía su debut
Asume el vago de esta forma las contradicciones de sus horas nocturnas.

jueves, abril 25, 2013

El vago

-Su nombre.
-Samuel Martínez Lara.
-Su edad.
-27 años.
-Profesión u oficio.
-Empleado.
-Renta mensual. Últimas tres liquidaciones de sueldo.
-122.345 brutos. Acompaño documentos.
-Está bien. Tome este número, pase a la segunda sala y espere el llamado.
(Dos horas después).
-¡160-C!
-Mi número.
-Pase.
(Entra, se sienta).
-¿Don Samuel Martínez Lara?
-Sí.
-Dígame qué se le ofrece.
-Ya lo sabe. Vine a cambiar de piel.
-He leído sus antecedentes. Permítame hacerle unas preguntas antes de dar curso a la operación.
-Pensé que si reunía los requisitos... eso decía el aviso.
-No le estoy negando sus derechos; sólo quiero limpiar eventuales vacíos... ¿No está conforme con sus ingresos en la compañía en que trabaja?
-Al contrario.
-¿Y para qué quiere cambiar de piel? ¿Ignora acaso que si lo hace renunciará a ese ingreso seguro?
-No. Lo sé perfectamente.
-¿Y entonces?
-¿Debe saberse la verdad?
-Sí.
-La verdad es que lo hago porque asumí que soy un vago. Decidí vagar lo que resta de mi vida, aunque sea pagando el precio de la pobreza. No concibo esto de otra forma que observando a la gente, a los animales y a las plantas, a las nubes y a la bóveda celeste. Mirar como idiota es mi aspiración.
-La sociedad condena a personas como usted a la miseria.
-Nadie querrá pagarme el oro que valgo, pero rendiré más que el eficiente empleado que soy.
-¿Por qué?
-En las escaleras del Metro sobra gente inmóvil, apurada.
-Abandona usted el juego del mecano de la vida. Eso a nada bueno conduce.
-Me hace dudar con sus preguntas.
-Esa ventanilla de ojo de buey que está viendo con sus propios ojos, aquella que abre las puertas del quirófano, hará de usted un hombre en carne viva. Apenas sea dado de alta se arrepentirá de lo que ha hecho.
-No me amenace.
-Acompáñeme entonces al quirófano, y que no se hable más.



miércoles, abril 24, 2013

Verdad de cementerio

Si lo quieres, tienes que pagar. Si no puedes, no lo busques. Si quieres y no tienes, vete a otro lado. Si insistes, para ti no estoy.
Todo lo que le decía era verdad. Pero verdad de cementerio. Le insistió con una última propuesta, a sabiendas del resultado. El tono era derrotista.
¿No merezco acaso una excepción?
Las campanas de la iglesia acallaron la respuesta.
Jajajajajajá, quién te crees que eres.
Se fue a su casa, a esperar el correo. Durante siete días aguardó la carta que no llegó. Al octavo día apareció el cartero con una pila de cuentas por pagar.
Qué curioso. Aquello que más quería se le volvía humo, burla y desprecio. Lo que le era indiferente y hasta repudiable aguijoneaba puntualmente su alma, sin fallar jamás.

lunes, abril 22, 2013

El muro y la tinaja

Un enorme muro geológico, imposible evadirlo, de extraña belleza, casi pura roca fría adornada de plantas que dicen tantas cosas cuando vibran por el aire agitado.
Desde abajo elevaban la vista, angustiadas, dentro de una tinaja de agua caliente que las adormecía. Las palabras de los seres que amaban se iban desvaneciendo. Sólo quedaban el muro y la tinaja.
La felicidad del cuerpo, la infelicidad de la mente.
Los arrieros que lo surcan por las noches, ateridos, que lo conocen como la palma de la mano mientras ellas, dentro de las aguas, los imaginan.

viernes, abril 19, 2013

El tallo

El movimiento interno se detuvo y lo clavó frente a la ventana. Por la vereda pasaba la gente con sus mil caras; era agradable divisar desde la perspectiva de un despedido la vida de afuera y la de adentro.
Sin aviso, tomó conciencia de un tallo largo que se elevaba desde un pequeño florero en su mesa. El tallo se refocilaba de su altura tímida; le interrumpía la visión y eso le iba provocando inquietud, por el efecto óptico del desenfoque, que lo duplicaba. Quería ver esas mil caras nunca antes vistas, ese panorama que nada pide y todo lo da, que despierta sensaciones, vagas reflexiones, pero le salían al paso dos tallos difusos. Contrariado, al borde de la ansiedad,  preso de sí mismo, pidió la cuenta y se marchó.

martes, abril 16, 2013

Sensaciones

-¿Es del nueve o del diecinueve?
-Del diecinueve -repitió, pero tuvieron que preguntarle de nuevo, porque su voz apenas se escuchaba.
Aclarada la duda, la funcionaria le entregó el documento, no sin antes fulminarlo a miradas. Cristóbal salió con la carpeta bajo el brazo, sintiendo que llevaba un tesoro. Le había costado tanto obtenerla, y ahora por fin era suya.
Una plazuela se le ofreció a la vista. Buscó un escaño y se sentó. Abrió la carpeta y contempló el documento una y otra vez. Encorvado, con la mirada triste y vidriosa fija en su tesoro, a punto de llorar de emoción, nadie hubiese pensado que estaba feliz. Sin embargo estaba muy feliz.
Sobre el pasto, un mendigo que dormía tapado con una colcha dio media vuelta la cabeza y lo vio sentado en el escaño; el sol le dio de lleno en los ojos y los cerró. Se tapó la cabeza y volvió a dormirse. En el banco de la otra punta, dos liceanas hablaban a gritos. Una se inclinó hacia la otra, la agarró de la nuca y la besó en la boca. La otra le respondió con dos groserías al hilo, ambas miraron a Cristóbal y se largaron a reír. El cartero detuvo su bicicleta y comenzó a revisar sobres del bolso. Un perro vago le ladraba a la rueda trasera. El cartero le tiró un puntapié y erró por centímetros; el perro se alejó, asustado.
Antes las cosas eran  más fáciles. Todo se hallaba claramente delimitado. La norma era la norma, la revolución revolución, la pobreza era pobreza y los hombres se dividían en grandes, mediocres y pequeños. Ahora había tanto que despejar; sobre el mundo se cernía una nata vibratoria que hacía funcionar a las máquinas, cada vez más necesarias e intrascendentes.

domingo, abril 14, 2013

El lustrín

Mi mundo era Rancagua. Y de Rancagua, dos o tres lugares y cuatro o cinco calles. Mi casa, la casa de Ibieta, la escuela 1 (luego el liceo), la plazuela Simón Bolívar, la canchita ubicada al costado de la línea del tren, el quiosco del tío Pablo.
Un domingo, cansada de nuestra holgazanería de niños mimados, mi mamá nos mandó a lustrar zapatos al quiosco. Al principio lo echamos a la broma y con el Vitorio nos largamos a reír. La tercera vez que impartió la orden comenzamos a preocuparnos; cuando sacó el lustrín del cuarto se nos heló la sangre de las venas. Abrió la puerta y vi su figura a contraluz con el lustrín en la mano. La luz del sol me encegueció: ante mis ojos y mis prejuicios se abría el mundo, el único que conocía, esperando para devorarme.
Considerándolo hoy, la idea no era tan terrible y hasta podría habernos dado unos pesos extras; la gente seguramente se habría reído de nuestra gracia, el tío Pablo nos habría gastado algunas bromas y un par de vecinos habrían puesto de buena gana sus zapatos sobre la madera. Eso es hoy, pero entonces era un asunto muy diferente: significaba para ambos el peor de los castigos; de hecho no recuerdo uno peor, y eso que no se concretó. Hacer de lustrabotas era rebajarnos al nivel de pelusitas, humillar nuestro amor propio, ser expuestos a la mofa de amigos y enemigos. Yo me imaginaba, mientras le rogaba a mi mamá que echara atrás la orden, tal vez llorando o tiritando de pavor, me imaginaba dando explicaciones estúpidas a los pies del quiosco, qué les pasó chiquillos, es que nos castigaron, buena la hicieron cabritos, nos portamos mal y mi mamá nos  castigó, y cuánto sale la lustriá, no sé como veinte pesos, ya pero sácale harto brillo, bueno señor.
Saliendo del casco céntrico, el quiosco del tío Pablo era algo así como la puerta de ingreso a los barrios mineros. Frente al quiosco pasaban diariamente, a partir de las cinco de la tarde, una infinidad de obreros que salían de sus faenas en la Braden, mi papá entre ellos. La mayoría de los hombres (en esa abigarrada multitud no se divisaba una sola mujer) seguían de largo por la calle Millán hacia la población Isabel Riquelme y la población Rancagua Sur; otros tantos se metían a la población Rubio y a la población Sewell, doblando en la esquina del quiosco, que quedaba exactamente en el vértice surponiente de las calles Millán y Bueras. La legendaria vía férrea de trocha angosta que llevaba a Sewell ya fue borrada del mapa. Pero en esos años la línea, que nacía en las instalaciones centrales de la compañía cuprífera, iniciaba su camino hacia la cordillera por el costado de Millán y a no más de un metro y medio al sur se levantaba el quiosco. Detrás de éste se hallaba el sitio eriazo que nos servía de cancha de fútbol y que estaba separado de la línea por una reja. La cancha, de una cuadra entera de largo, limitaba hacia el sur con las casas de un piso de la población y hacia el poniente, con más casas.
Entre las poblaciones Rubio y Sewell había una notable diferencia: la primera estaba compuesta de casas de un piso y la segunda, de bloques de tres pisos. Las familias de mayor nivel cultural vivían en la población Rubio; las otras se repartían entre los pisos de los bloques. Nosotros vivíamos en la población Rubio. Aun así, en el barrio entero no se sentía peligro alguno, de ningún tipo, y a nadie se le ocurría encerrar a sus hijos dentro de la casa pasada cierta hora. Pero me desvío.
Al quiosco acudían los vecinos más heterogéneos. Había uno que iba a lucir su uniforme de conscripto. Fumaba de esos Cabañas planos que dejaban amarillas las puntas de los dedos. Yo no me daba cuenta entonces de los miedos que se incubaban en el alma de las personas, porque interpretaba los gestos del conscripto como placenteros, cuando lo más probable es que hayan nacido de la ansiedad de ver pasar el tiempo y como telón de fondo, de la condena de tener que volver al regimiento. A veces cruzaba por allí el Pelado Velorio y todos salíamos arrancando de su terrible mirada que presagiaba muertes, funerales y olor a flores rancias. Juanico, el cantinero de la oreja mocha, tenía su negocio a metros de distancia y regularmente lo veíamos asomarse a la puerta a recibir o despedir a sus clientes. El Muchilo, el Cochefa, el Papa Barata y los hermanos Jara Concha iban llegando de a poco, hasta que se hacía el número mínimo para armar la pichanga. En el quiosco también se vendía el pan. Además su dueño, el tío Pablo, armaba viajes a Santiago en micro para ver los partidos del O'Higgins o los hexagonales del verano, así como los paseos domingueros a la playa. En síntesis y a pesar de su humilde perímetro, el quiosco reunía, comunicaba y cumplía esa función que las ciudades destinaban antes a las plazas, de allí el horror ante la amenaza del cambio de estatus.
Cuando íbamos a los dominios del quiosco los domingos, nuestra entretención era ver las caras tristes de los "nucas de fierro" partiendo a la mina, asomados a las ventanillas del tren y seis días después, sus rostros de ansiedad al regresar a casa. También solíamos poner monedas de un cóndor en los rieles. Eran de aluminio, el tren pasaba sobre ellas y al esfumarse a la distancia corríamos a recoger el producto que dejaba: unos discos delgadísimos aún calientes que no servían para nada.


miércoles, abril 10, 2013

El gran arquitecto

Lo principal ya había sido hecho. Los planos, sin embargo, no se habían convertido en edificio. El arquitecto era autor de un inmenso proyecto que dormía en el cajón del escritorio. Sabía a ciencia cierta que cualquier otro volumen que iniciara sería inferior al que ya había acabado en teoría. Los años se le venían encima y con ellos, lo que arrastran.
Mientras fumaba metió al equipo de música un disco de Juan Sebastián Bach. Desde su departamento se divisaba el río Mapocho y el puente Pío Nono, con la multitud que atravesaba hacia el barrio Bellavista o volvía de las universidades. "A esta altura, pensó, Bach ya había construido sus inmensas catedrales, pero tal como las mías, dormían en un cajón". La primera suite francesa le daba una señal, en su idioma.
Con ese tormento y con esa ilusión bajó a la calle.
Pero el mundo de abajo no era el de Bach; todo se movía en forma desordenada, había demasiados genios circulando, demasiados ignorantes exigiendo, y tanto las obras como las demandas se sucedían a una velocidad espantosa.

domingo, abril 07, 2013

Amor

Belarmino se desvió de la ruta y tomó el camino a Ensenada. Cada vez que le sucedía algo importante relacionado con su vida íntima le nacía la compulsiva necesidad de contarlo. Y a su entender, esa tarde le había sucedido algo trascendental. No estaba alegre, pero tampoco triste. Tal vez en dos horas o al día siguiente el velo de la tristeza, aquel que nubla los días, lo acompañaría por un buen tiempo, no un año ni dos, sino varios años. Tal vez la cortina de agua que apenas le dejaba ver el camino le escondía la verdadera realidad. Eran las cinco de la tarde y su vehículo llevaba las luces encendidas. Para no cometer una falta se estacionó en la berma, tomó el celular y le avisó a su mujer que pasaría a ver a Hipólito. Al despedirse recordó sin querer, con una sensación áspera, que apenas la víspera había decidido separarse de ella.
Sentía compasión por Hipólito, su amigo de la infancia. Mientras él había logrado muchas cosas en la vida, Hipólito no había conseguido nada. Dejaba pasar sus mejores años en una modesta cabaña y, entrado a los cincuenta, en sus paredes no exhibía título alguno.
Pero parecía ser feliz, y a Belarmino eso le atraía. Los consejos de Hipólito no eran los mejores porque en su ingenuidad implicaban cambios profundos, impracticables; pero eran los consejos de un amigo. Belarmino pensaba al escucharlos: "Quiere arrastrarme a su estilo de vida", e instintivamente las palabras le rebotaban en la frente.
De niño lo descubrió una tarde, a la salida de la escuela. Llovía intensamente, como llueve día por medio en Puerto Varas. Hipólito caminaba por un oscuro sendero junto al lago, cubierto por un gorro y un poncho de lana, haciendo sonar el agua que pisaba con sus botas de goma. Belarmino acostumbraba tomar la vereda asfaltada, porque así le habían dicho en su casa que lo hiciera. Pero le gustó el sonido del agua y se le acercó. Le habló del álbum que coleccionaba toda la escuela y especialmente del Pato Herzog vestido de caballero feudal, una lámina extremadamente difícil de obtener. Hipólito la sacó de su bolsillo y se la regaló. Belarmino quedó estupefacto: era la primera vez que veía esa lámina y sintió escalofríos. La guardó como un tesoro y se vio en la necesidad de invitarlo a su casa. Hipólito lo acompañó y Belarmino se lo presentó a su mamá con estas palabras: "Mami, déle café con leche y pan con dulce de membrillo a este niño, porque es pobre". Hipólito no dijo nada y se comió todo lo que le sirvieron. La invitación se transformó en un hábito y así se hicieron amigos.
Hipólito también tenía mamá, pero no papá. La mamá se llamaba María, era empleada doméstica y con ella compartían esa cabaña de madera desde hacía más de cuarenta años. Hipólito se había consagrado exclusivamente a ella. La mujer envejecía viendo al hijo volver cada día, primero de la escuela, luego de su trabajo como empaquetador de tienda. Los domingos él la acompañaba a la iglesia y de vuelta la invitaba a servirse un pastel con una taza de té. Luego regresaban caminando a la cabaña.
En los primeros tiempos Belarmino, que era el mejor alumno, aconsejaba a su amigo en materia de estudios. Hipólito pasaba raspando de curso, pero no daba la sensación de angustiarse por eso. Acabó convenciéndose con el correr de los años de que Hipólito no se angustiaba por nada y no sólo eso: nada lo apasionaba, nada lo hacía vibrar. Y cada vez que se daba el caso y se lo preguntaba así, brutalmente, como recriminándolo, como acicateándolo, cada vez que le cortaba el paso y le decía oye, ¿y eso a ti no te provoca aunque sea algo? recibía la misma respuesta: "No".
Estacionó en el pasto y bajó con una botella de vino en la mano. El viento batía una ventana lateral de la cabaña y la estrellaba en el marco. Trató de cerrarla para salvar el vidrio cuando lo vio. Hipólito estaba sentado frente a la chimenea apagada. Cuando la ventana se abría, la lluvia le caía en los hombros. La habitación producía una sensación de abandono. La noche precoz la condenaba, además, a una oscuridad deprimente. Los pocos objetos contenidos en ese espacio apenas se adivinaban, descoloridos y faltos de bordes precisos. Las puertas abiertas del viejo armario insinuaban contornos de revistas, vasos de plástico, paquetes de fideos y tarros de conserva. El destartalado sofá se confundía con el hombre sentado en él, creando la ilusión de una escultura con la forma de un perro de cabeza gigante. La puerta que daba a la siguiente habitación estaba cerrada, pero por la rendija se divisaba una luz suave, titilante.
Sin tocar, Belarmino abrió suavemente la puerta. Caminó hasta la ventana, fijó el picaporte y el gemido del viento cesó. Hipólito no se movía de su asiento. Luego puso unos leños en la chimenea y en pocos minutos la habitación comenzó a inundarse de un calorcillo agradable. Mientras ordenaba la pieza, Hipólito hizo ademán de levantarse, pero luego optó por seguir los movimientos de su amigo con una mirada indefinible.
-Gracias, Belarmino -susurró.
Belarmino abrió la botella y le ofreció de beber; Hipólito aceptó como se acepta algo que no se ama. Ambos, en la penumbra, eran iluminados de repente por un leño que daba su último estertor. El viento mecía las copas de los árboles.
Hipólito no movía un músculo. Belarmino bebía vaso tras vaso, hasta enrojecer. De pronto juzgó conveniente dar rienda suelta a su desahogo y le contó la mala noticia:
-Ella... me dejó -dijo escuetamente.
Hipólito lo miró bruscamente y sus ojos se humedecieron. Belarmino comenzó a narrarle su desgracia. La mujer que más había amado y que más lo había amado lo dejaba; de ahora en adelante la vida no tendría mayor sentido. Las palabras acudían a su mente buscando nuevas socias y así, una de las ideas que se le iban formando en la cabeza a Belarmino era que las desgracias son inmensas cuando las vive uno y menores cuando les suceden a los demás. La suya era la historia del gran amor no experimentado por ningún ser humano hasta ese minuto, salvo por esa mujer.
Hipólito escuchaba.
Era el verdadero amor, el amor que nunca más sería. Y ahora que todo había terminado, ella, aun habiéndolo abandonado, enloquecía de pena. Así le hablaba.
Se hizo un silencio. Belarmino reflexionaba sobre cómo abordar el problema desde otro ángulo, cómo llegar a la razón, al fondo del quiebre. Un impulso obsesivo lo impelía a darle todas las vueltas a su pena de amor, hasta aclarar la causa de su tragedia en esa misma velada. Antes de volver a la carga juzgó necesario un gesto de delicadeza y le preguntó a Hipólito por su madre. Hipólito le contestó que estaba bien, mucho mejor, descansando en la otra pieza. Se empeñó entonces en que su amigo le explicara por qué su amante lo había dejado. Deseaba ardientemente que fuera Hipólito quien le hiciera ver la luz, porque él le veía solo puertas cerradas a su drama, que fuese Hipólito quien le diera un rayo de esperanza. Su amigo lo miraba con ojos bondadosos.
"¿Qué crees que ha sucedido, Hipólito? ¿La desilusioné? ¿Se rompió el encanto? ¿Dije o hice algo malo? ¿Hay un misterio? ¿Me ama todavía?"
Sus dudas no provocaban otra cosa en Hipólito que miradas serenas.
Daban las diez, las once de la noche, y Belarmino se desahogaba a medias, porque volvía una y otra vez a hacer preguntas que Hipólito recibía, sin responder. Le explicaba hasta el cansancio que lo suyo era el amor sublime; el verdadero, único y gran amor, un amor que sobrepasaba la sexualidad y se alojaba en lo más íntimo de la naturaleza humana, ese tipo de amor que hace crecer al hombre y lo transporta al Olimpo, un amor que los elevaba a la categoría de semidioses, a él y a ella. Estaba tan enamorado de ese amor que no se resignaba a perderlo, menos aún perder a la única mujer capaz de encarnarlo, porque si de una cosa Belarmino estaba seguro era de que habrían de pasar mil años antes de que surgiera otra que se le pareciera. En medio del revoltijo de palabras deslizó un leve comentario ácido hacia su amigo, del que se arrepintió enseguida. Farfulló algo así como que tenía sangre de reptil en las venas, o que una persona que no tiene sangre en las venas no lo podría entender. Hipólito le dirigió entonces una mirada que lo hizo estremecerse. Fue un soplido, un rayo de fuego que se esfumó enseguida. "Entiendo y comparto tu dolor, pero tal vez todo sea para mejor, Belarmino; tal vez con el tiempo agradezcas seguir con tu esposa y tus hijos, que tanto te aman; piensa que tal vez fue tu amiga quien lo quiso así y que el suyo ha sido un sacrificio por el bien tuyo y de tu familia", le dijo a continuación, rompiendo su silencio. Fue todo lo que habló en la noche. Belarmino no quiso darle una tercera o cuarta vuelta a su historia y juzgó conveniente retirarse. Al despedirse le pidió perdón por su carácter impetuoso. Hipólito sonrió y ambos se dieron un abrazo.
Afuera lo recibió un cielo negro, vacío de nubes y estrellas, impenetrable. Pisó el suelo mojado y su rostro encendido por el vino y la pasión se entregó placenteramente al frío. No llovía, el lago era invisible, pero el viento le traía a sus mejillas y a su frente el rocío de las olas. Subió al auto y se marchó. Hipólito apagó la luz y se desplazó a la habitación posterior.
Al llegar a casa se sirvió un whisky doble; su esposa le preguntó desde el dormitorio:
-¿Cómo estaba Hipólito?
-Bien... como siempre, ya lo conoces. A él no le entran balas.
Retrasaba el ingreso a la pieza que compartía hacía tantos años con su mujer. Prefería estar sentado en el sofá, con el vaso en la mano, pensando. Ella volvió a preguntar.
-¿Ya se sabe la hora del funeral de la señora María?

sábado, abril 06, 2013

Palabras en la pieza de al lado

-Ámame, por favor, ámame, te lo pido de rodillas...
(¿Acaso no lo notas?)
-Yo te amo, te lo juro que te amo más que a mí misma.
(No lo siento con la suficiente fuerza).
-Si no me crees, destrózame ahora mismo.
(Intento hacerlo).
-Haz lo que quieras conmigo, hazme cualquier cosa.
(Pero qué).
-Te estoy ofreciendo mi vida y no me dices nada, te burlas de mis palabras.
(Eso es lo que piensas).
-Hace mucho tiempo que noto que te burlas de mis palabras, mientras que yo vivo el día entero pensando en ti.
(Bien haces).
¿Te parece que no estoy cuerda?
(A veces lo he llegado a considerar, no lo niego).
-¡Cuerda estoy, nunca en mi vida había estado tan cuerda!
(Noto que te viene de nuevo la explosión de alegría).
-¡Ay diosito! Te siento te siento te siento... ¡Al fin eres mío, ya estás dentro de mí! ¡No me dejes nunca!
(No creas todo lo que sientes, porque te puedes equivocar).
-Mío, mío, mío, sólo mío. No me mientas. Y yo, tuya entera en cuerpo y alma.
(No te miento. Eres tú quien se obstina en fabricar otra verdad).
-Mamá... ¿qué hora es?
-Duerme, hijita, son más de las tres.
-¿Por qué la tía dice esas cosas?
-¿Qué cosas?
-Esas cosas que dice.
-Está hablando con Dios.


viernes, abril 05, 2013

Confusión

-Estuviste bien -oyó que le decían.
Trataba de amarrarlo, pero las formas se le mezclaban y cuando volvió a separar los colores sonó una estampida como choque de trenes y el horizonte se tornó blanco en menos de medio segundo, un blanco más intenso que el foco que pendía sobre su cabeza. En medio de la profundidad le asomaba una duda: no sabía bien si estaba estirando de nuevo los brazos o si dormía plácidamente en la cama que compartía con su hermanito. Algo le ordenaba levantarse, no era de hombre quedarse dormido mientras lo observaban desde arriba; tal vez se hallaba en el quirófano y la orden era no mover un solo músculo hasta que el doctor de humita que movía los labios no completara su tarea.
De la galería surgía un murmullo melancólico. La fiesta estaba terminando y ya era hora hora de marchar a casa, alumbrados todos por esa luz menor de faroles provincianos que llevan directo a la miseria.
Él se disculpó:
-Lo tenía listo, me calzó en un descuido, pero me le hace que a la otra lo boto yo, profe...