sábado, julio 13, 2013

Memorias de la princesa rusa

Primero fue el amor, luego la malicia.
Enamorado a los once años, al cabo de unos meses terminé perdiendo el interés en la persona amada, una blanca y virginal niña de mi edad: con ella, poco y nada estaba al alcance de la mano, misteriosa su mirada, ininteligible como escritura cuneiforme. ¿Qué seguía después de enamorarse? Aspirar a un beso era como soñar con la cima del Everest; ni pensar en contraer matrimonio, yo era demasiado chico entonces, y si a eso le sumaba el pago de las cuentas del agua y de la luz y el arriendo de una casita decente, temas no resueltos y tremendamente graves para ser sorteados a tan temprana edad, el problema se tornaba insoluble. ¿En qué rincón de la voluntad se hallaba la razón de acometer una empresa como aquella con una niña de once años, flaca como palillo, indescifrable como receta de médico y que se empeñaba en pronunciar Dick Van Trick en vez de Dick Van Dyke? Lo que estoy recordando es tan abstracto que no encaja en corazón alguno, o al menos se hace invisible para el mío. ¿Qué hay después del amor, después de entregarse el uno al otro? No lo sé hoy y menos lo intuía entonces. Me limitaba a sentir, a cruzarme con ella en la plazuela Simón Bolívar, a echarla de menos cuando la suerte me impedía verla. Finalmente la olvidé, hice la del cobarde que opta por negar su fracaso.
Desaparecido de mis pensamientos el primer amor reclamó entonces su merecido lugar la malicia, que no era otra cosa que el deseo pasado por el cedazo de la religión en los años perdidos de comienzos de los sesentas, vistos con una lupa enfocada en la pequeña ciudad de Rancagua.
Vino acercándose solapadamente, hasta que de pronto llegó y lo echó todo a perder, lo digo desde el punto de vista de la continuidad de estas memorias de la infancia, tal vez desde el mismísimo punto de vista de la vida humana. El nacimiento del deseo sexual lo cambió todo en mi vida y puedo afirmar sin lugar a dudas que fue lo que realmente le dio fin a mi niñez. Se dice de la adolescencia esto y esto otro, se diserta sobre los cambios de ánimo, la definición de la personalidad, las espinillas, el estirón... está bien, lo acepto, pero es el deseo sexual lo fundamental. Sin deseo sexual se puede seguir siendo niño, a pesar de las espinillas y los estirones. Con deseo no. Con deseo sexual el niño que uno era se sorprende a sí mismo buscando lo escondido, fijándose otros límites, oscuros y peligrosos; llegan las frustraciones y se conoce un placer jamás imaginado y sobre todo efímero, el del orgasmo.
El aviso fue procaz: sin ponernos de acuerdo, a todos los compañeros de curso nos dio por fisgonear a nuestras profesoras. La maestra de Artes Plásticas pasaba mesa por mesa revisando nuestras pinturas a témpera; los más vivos la rodeaban y cada uno a su turno se agachaba para mirarla desde el suelo. Cuando fue mi momento vi de repente un poto voluptuoso con el calzón blanco enrollado entre las nalgas. Pensé que el corazón se me iba a detener; un codazo me sacó del paraíso. La profesora de Inglés, que tenía unas pantorrillas y un trasero hechos a mano, se cruzaba de piernas en su escritorio y se le asomaba el portaligas. Yo creía morir y llegaba a mi casa contando esa escena, ingenuamente. Mi mamá se reía a carcajadas, pero mi papá escuchaba con atención. Un día también quiso ver sus piernas en una reunión de apoderados, sin éxito, según me contó con cierta decepción. A la profesora de Historia éramos muchos los que la esperábamos en la puerta del liceo, porque era dueña de un Fiat 500 cuya puerta se abría hacia adelante. Al descender lo hacía sin delicadeza alguna, bajando primero la pierna izquierda y luego la derecha, acción que nos regalaba sus calzones completos, de arriba abajo. Entrábamos a clases temblando. En los recreos nos apresurábamos a bajar las escaleras antes que ellas, o a subirlas después. La cosa era ver piernas hasta donde el ángulo lo permitiera.
Pero nunca resultaba suficiente. La sensación que quedaba de esas visiones era de vacío y desilusión, sensación más frustrante que divisar un tesoro a través de una vitrina.
Por esos mismos días los alumnos precoces les enseñaban a los cándidos como yo el método científico para correrse la paja. "Se echa el cuerito hacia atrás y se frota el pico hasta que se para; al final se siente un gustito". Eso era todo y yo trataba de dar con la fórmula, pero me quedaba dormido. Un par de meses más tarde lo conseguí. La sensación previa fue tan intensa y creciente que pensé que me volvería loco; luego vino el clímax, que barrió con todos los placeres sentidos hasta el momento, y después volvió la calma y me dormí. A la mañana siguiente no hallaba la hora de llegar al liceo para contar que había sentido el gustito. Mas entonces vinieron los consejos y recriminaciones. No se debía abusar, porque brotaban espinillas. Y si se repetía demasiado el acto el miembro crecía, señal de que el niño era vicioso. Cuando acudía a la iglesia a desahogar la conciencia le confesaba al sacerdote "he fornicado, padre" y el sacerdote me hacía rezar tres padrenuestros, hasta que un cura entró en dudas y me preguntó que quería decirle exactamente con "he fornicado" y yo le traté de explicar en palabras académicas (que no se me venían a la mente) cómo se corría uno la paja; entonces me explicó que eso no era fornicar y sólo me mandó a rezar dos padrenuestros.
En las clases de gimnasia los más dotados lucían sus penes como animales dormidos. Yo pensaba por qué no los esconden, están revelando que son viciosos, pero los miraba a la vez con vergüenza, con un sentimiento de derrota. Era ingenuo y acomplejado, siempre fui el menor del curso y a esa edad aún no me había desarrollado, por lo que mi pene era objeto de burlas. Meses más tarde pasé a ser como todos, pero al igual que les sucede a todos los hombres me quedé con la obsesión de las comparaciones, otro motivo más para la frustración, pues aunque siempre habrá algo más pequeño, también siempre habrá algo más grande, incluso mucho más grande.
A esas alturas ya me consideraba sucio por completo. Los domingos iba al estadio Braden a cuartearme. Como la galería Rengo tenía asientos de madera con ranuras longitudinales, en el entretiempo escogía a las mujeres que me gustaban y frente a cada una echaba un papelito por la ranura. Con el chico Castillo y otros compañeros salíamos de la galería y nos metíamos por detrás hasta quedar debajo, como en el revés de una trama. Allí buscaba los papelitos y me instalaba a mirar a placer, protegido por la oscuridad. Nunca faltaba la presencia de un hombre mayor, pero ese miraba solo, como enfermo, y no decía nada. Arriba, en tanto, las víctimas esperaban de pie, aburridas, el comienzo del segundo tiempo, sin imaginar que estaban regalando las  visión de sus calzones a una pila de granujas. El chico Castillo, con más carreras corridas que yo, se cuarteaba, luego me observaba y se burlaba. "Estái tiritando, pelao", se reía mientras yo trataba de mantener la compostura, pero la barbilla me rebotaba sin querer contra la columna de madera de la que estaba agarrado para ver mejor.
Una tarde, antes de empezar una pichanga de fútbol en la cancha de la escuela industrial, un compañero llegó con un lote de fotos en blanco y negro, que fueron circulando de mano en mano. En la primera aparecía una mujer desnuda de la cintura para abajo en un campo, metiéndose una botella; en la segunda un perro le lamía la vulva y ella echaba su cabeza de largo pelo negro hacia atrás; en la tercera aparecía desnuda y acostada en una cama con catre de bronce. Un hombre de bigote descuidado lucía un pene erecto de discreto tamaño, de pie ante ella; en la siguiente el hombre se le encaramaba y el encuadre delataba que llevaba los bototos puestos, ambos se anudaban como animales y los ojos blancos más el rictus desabrido del hombre delataban que estaba llegando al clímax. Eran todos fotos hechas a la rápida, de mala calidad, tomadas las primeras al aire libre y las demás en una humilde pieza de prostíbulo; eran fotos grotescas, vulgares, que sembraron encontradas sensaciones en la habitación de mis fantasías, cuyos ecos parecen rebotar  hasta el día de hoy.
Ese año, tal vez el 65 o el 66, el chico Castillo me invitó a pasar las vacaciones de invierno a Sewell, donde trabajaba un tío suyo. El panorama era prometedor: el tío trabajaba de noche, así que durante el día podríamos fumar sin escondernos, ir al famoso cine de Sewell, que daba películas que no se veían en Rancagua, bañarnos en la piscina temperada del gimnasio colosal, ver la nieve. Disponíamos de una pieza con una litera y en nuestras fantasías previas nos imaginábamos entrando a retozar con sendas mujeres, uno en la cama de arriba y otro en la cama de abajo. "Hay que hacer sonar el llavero y si la mujer dice que bueno uno la lleva a la pieza", me decía el chico Castillo, de modo que por las noches, a la salida del cine, mientras algunas mujeres subían las legendarias escaleras de esa ciudad sin calles para llegar a sus departamentos y otras bajaban las escaleras para ir a los suyos, nosotros hacíamos sonar nuestros llaveros, pero no pasaba nada. Frustrados, decepcionados de nosotros mismos, nos quedaba el placebo de acceder al sexo a destajo a través de la puerta ancha que nos ofrecía la literatura. Mi amigo había traído dentro de la maleta, escondido entre las camisas y los pantalones, un folleto que contenía las memorias de la princesa rusa. Recogidos bajo techo nos íbamos turnando en la lectura de los capítulos. Afuera, la nieve cubría las montañas en cuyas galerías subterráneas los mineros extraían el cobre. Dentro de la pieza, acomodado en mi cama de la litera, los ojos se me abrían con espanto ante las arremetidas de la verga monumental del mujik contra la frágil intimidad de la princesa rusa, intimidad que con los minutos se transformaba en un volcán de lava hirviente que tras despachar en un dos por tres al poderoso campesino le ordenaba repetir el acto. La cantidad de hombres y mujeres de todas las clases sociales, incluso de animales que desfilaban por su habitación, excitaba nuestros sentidos hasta un punto en que la urgencia nos obligaba a suspender la lectura. Demasiado pene monstruoso ingresando con y sin permiso entre abultadas nalgas sedientas de placer, demasiadas bocas rojas bebiendo lechoso néctar viril, demasiados estallidos femeninos de éxtasis, página tras página, sin descanso, resultaban insufribles para dos mocosos de 12 años. Las pruebas del pecado quedaban esparcidas sobre un papel de diario puesto cuidadosamente en el suelo y luego todo volvía a la normalidad; el cuerpo se aliviaba y ya podíamos dormir tranquilos, soñando hallar al día siguiente a nuestra esquiva damisela de Sewell.
Apenas regresé a Rancagua decidí emparejarme con la princesa rusa. Aceptó sin chistar mi propuesta lasciva y me regaló su cuerpo, que tomó la forma de la cerrada unión entre los dos colchones que conformaban la cama de mi dormitorio. Era cosa de correr la sábana de abajo y ya estaba a disposición de mis desenfrenos. Por las noches la hacía mía con los ojos cerrados y ella me daba el goce que deben de proporcionar las mujeres que duermen y los muertos: era ella, la insensible, contra mi destino; era la princesa rusa, seca y blanda, contra el deseo ferviente que nacía en mis entrañas. Cosas como esas eran las que me estaban tiñendo de negro la vida y tornándome un pecador sin vuelta. Mi cuerpo deseaba fervientemente a una mujer y como la insatisfacción crecía en vez de menguar, acabado el acto me daba de correazos en la espalda, como había leído que hacían algunos santos. Entonces me sentía mejor, porque era malo ser sucio y era bueno ser santo.  

lunes, julio 08, 2013

Los dos hijos mimados

Eran dos jóvenes; vivían a pocas cuadras de distancia. Ambos, hijos adorados de sus padres. Uno estaba enfermo, el otro estaba sano. Del enfermo se decía que le quedaba poca vida. A mí me lo comentó una amiga, la Nichi, una tarde que nos juntamos en mi casa a practicar para una prueba. El joven se despidió de nosotros, muy amable y cariñoso, y se fue a su casa. Ella me dijo:
-A Juanito le queda poco tiempo. El corazón se le va a reventar porque le creció y ya lo tiene demasiado grande.
Yo ya lo sabía; mi mamá me lo había advertido años antes. Creo que él también lo sabía, pero intentaba tenderle una trampa a su destino. Mi mamá me había dicho que me cuidara, que no jugara tanto a la pelota, porque a mí me habían detectado a los ocho años una lesión mitral, la misma que le descubrieron a él; de modo que bajo esa trágica sombra yo evitaba cansarme en los partidos, misión imposible al calor del juego, predisposición que me llenaba de culpas y que terminó conformando mi estilo dentro de la cancha: mucha visión, piques rápidos y cierta complicidad con los momentos laxos, desde la banda derecha.
Juanito debía de estar bastante más enfermo que yo, porque a él ni siquiera se le ocurría jugar. Es más, había ido adquiriendo una postura de niño elegante, bien vestido, peinado a la gomina y modales refinados. Un muchacho amable y cariñoso, como lo he definido. En realidad, daba gusto hablar con él. Ese día, por ejemplo, nos había contado sus planes. Iba a estudiar leyes y se estaba esforzando en preparar la prueba, la misma que a mi amiga la hizo entrar a ingeniería y a mí, a periodismo. Todo indicaba que le iría bien, porque era estudioso y responsable. De no ser por su corazón tenía el futuro asegurado.
-¿Por qué dices eso, Nichi? Yo tengo lo mismo que él y me siento bien - le respondí.
-Ah -me dijo y no se volvió a tocar el tema, lo que me dejó sumamente preocupado. Pues si Juanito se veía alegre y tan confiado en su futuro quería decir que tal vez ignorara el grado de avance de su mal. Y si lo ignoraba era porque no se lo habían querido revelar con todas sus letras. ¿No podía pasarme a mí lo mismo? Lo único que nos diferenciaba era que yo no me peinaba a la gomina ni era tan alegre, ni tan educado, ni tan estudioso. Ni tan mimado. De todo lo anterior era esto último lo que me tranquilizaba. A los niños por algo los miman, me repetía. A él lo miman porque se va a  morir y a mí no me miman porque no me voy a morir.
Un mes después supe que había fallecido. No alcanzó a dar la prueba; jamás pisó la escuela de derecho. Sus papás le habían regalado un auto, que era como si hoy le regalaran a uno un cohete para viajar a la Luna. Era un Austin Mini usado, el sueño de todo adolescente. Juanito viajó a Puerto Montt, un viaje prácticamente de ida y vuelta. Dos mi kilómetros de un paraguazo. Al regreso llegó fatigado, tan rendido que cayó a la cama. Murió al día siguiente, acompañado por sus padres, que se culparon para siempre de haberle comprado el auto.
La mamá de Juanito era colega de la mamá del otro Juanito, del Juanito sano. Ambas acostumbraban a hablar de sus hijos mimados en los recreos de la escuela 2. Esto llegaba a mis oídos a la hora de almuerzo, de boca de mi mamá, que también enseñaba en esa escuela. De allí surgían entonces, ante la menor recaída de Juanito el enfermo, sus advertencias. Y de allí surgían también las novedades que hacían salir canas verdes  a los padres de Juanito el sano. Según mi mamá, Juanito el sano había salido deschavetado porque a sus padres los unía un lazo familiar. Dicho de otro modo, el matrimonio de sus padres fue el matrimonio de un tío con una sobrina. Por su condición de radical, el papá de Juanito el sano tenía un puestazo en el magisterio provincial y su mujer (la sobrina), que era joven, guapa y no servía para nada, había entrado por la ventana a la escuela 2. Cuando resultó obvio que no tenía la menor idea de cómo hacer una clase le fue asignada la plaza de bibliotecaria, que ocupó hasta su muerte. En esos almuerzos familiares mi mamá llegaba comentando con lástima los últimos sucesos de los dos Juanitos. Ante Juanito el enfermo su voz se recubría de compasión hacia sus padres, que día a día sentían cómo se les consumía el hijo. Ante Juanito el sano la compasión se mezclaba con un timbre de recriminación. Después de todo ellos se habían casado a sabiendas de que eran parientes, y habían tenido un hijo; ahora debían resignarse a su sino.
Dije que la mamá de Juanito el sano ocupó la plaza de bibliotecaria hasta su muerte. Pero tal circunstancia no duró mucho tiempo. Eso explica lo visiblemente alterada que llegó mi mamá una tarde a la casa.
-Sergio, se murió la Ofelia -le comentó a mi padre, atragantada con la noticia.
En efecto, la joven madre de Juanito el sano había muerto el fin de semana, víctima de la estúpida complicación de una sinusitis.
"La pus se le fue al cerebro y se lo coció. Agonizó el sábado y el domingo amaneció muerta, pobrecita", decía.
Yo me la imaginaba en una cama ancha de una pieza fría y grande de paredes de cemento, con una lámpara de velador encendida y su voz balbuceando palabras incoherentes, mientras su marido y Juanito la miraban sin hallar qué hacer.
Cada primero de noviembre se encontraban en el cementerio. La tumba de Juanito el enfermo era cubierta de flores y sus padres le rezaban una oración. A pocos metros yacía la mamá de Juanito el sano, visitada por el viudo y su hijo. El joven incorregible ya no era tema de conversación. Vagaba por las calles de Rancagua, despreciaba el trabajo, gastaba lo que no tenía y su papá le pagaba todo. Pero el padre, que ya era maduro cuando se casó, envejecía a pasos agigantados y un buen día se murió de viejo. Juanito el sano quedó solo y en pocos meses dilapidó la fortuna que recibió en su condición de único heredero. Lo último que se supo de él, y que fue el comentario de toda la ciudad, fue que, agotadas las reservas, vendió la tumba de sus padres. Trasladó sus restos a una porción de tierra seca en el cementerio de Machalí y utilizó la diferencia en su favor.

lunes, julio 01, 2013

El secreto

-No para de reír -comentó la encargada. Las visitas le hicieron una venia al anciano y le sonrieron. Él las saludó, sin dejar de reír. Luego pasaron al salón. Los demás residentes lucían compuestos. Algunos jugaban a las cartas, había mujeres que tejían, otro grupo conversaba. Un viejo miraba fijamente al vacío.
-Bien, qué les parece.
Las visitas se miraron. La mujer preguntó, mirando al anciano que reía.
-¿No es... peligroso?
-Tan peligroso como lo es la risa -respondió la encargada.
Las visitas se retiraron a deliberar a un rincón. Luego volvieron donde la encargada.
-Aún no hemos tomado la decisión. Le avisaremos -dijo ella.
-Muy bien -dijo la encargada.
Una vez que se fueron, la encargada se cruzó con una de las empleadas del asilo.
-¿Qué le pasa a don Manuel, Lucinda? ¿Alguna vez dejará de reírse?
-¡Tiene unas ideas!, señora.
-¿Te habla a ti, Lucinda?
-A veces lo escucho. No me habla, pero yo paro la oreja cuando le hago la pieza.
-¿Y qué dice? ¿Dice algo?
-Un día le pregunté de qué se reía tanto y me dijo: "Tú no tenís la edad, Lucinda. Tú soi muy joven todavía".
-¿Y qué más te dijo?
-Nada más. Siguió riéndose; se mataba de la risa.
-Está chalado el pobre. Vaya uno a saber qué le entró a la cabeza.
-Dice que cuando cumplió 85 pensó que iba a descubrir un secreto, esas cosas le escucho cuando le hago la pieza.
-¿Qué secreto?
-Dice que antes pensaba que los viejos tenían el secreto de las cosas. Dice que cuando cumplió 85 años se rindió.
-¿Se rindió? ¿De qué se rindió?
-Dice que los viejos no saben ningún secreto. Dice que no tiene nada que aprender de los viejos, dice que los viejos tampoco tienen nada que aprender de los jóvenes. Dice que los que saben son los niños, pero que se han ido poniendo escasos.
-Ah, ¿y de eso tú crees que se ríe, Lucinda?
-Sí, señora, de su descubrimiento.
-A ti por lo menos algo te habla.
-Habla solo, pero me hace caso cuando estoy haciendo la pieza. Le digo don Manuel siéntese ahí y se sienta; don Manuel hágase pallá y se hace pallá.
-Ya, entonces tú me puedes hacer un favor, Lucinda.
-Dígame no más, señora. Lo que se le ofrezca.
-¿Le podrías pedir que no se ría tanto cuando vengan las visitas?, mira que me espanta la clientela.