jueves, agosto 29, 2013

La noche fragante

Se apartó cuando el borracho cargó contra el tonel. Llegó a pensar que lo rompería y que el chorro de vino tinto le mancharía la ropa. Luego se rió de su ingenuidad y de ver al aldeano, aturdido por la borrachera y por el choque. El hombre insultaba a la barrica desde el suelo, insistía en vencerla, a patadas, hasta que se quedó dormido.
Su chofer esperaba fuera de la viña; con el motor ronroneando.
Acabada la nostálgica visita contempló al durmiente con ternura. ¿Qué podía sentir sino lástima, una dulce compasión por el tiempo ido, por los rumbos que habían tomado sus vidas?
-Llévame al cuartel -le ordenó al conductor.
-A su orden, mi coronela.
La noche se le ofrecía fragante a través de la ventanilla abierta del vehículo. Por un instante le dieron ganas de volver al pasado y cruzar del brazo de su primer marido el portón de la capilla, para enfrentar jubilosa las miradas de los invitados y el arroz que llovía del cielo.
   

domingo, agosto 25, 2013

Ante la mezquita

Su cabeza era un  infierno donde reinaba la esperanza. Iba a volar la parte del mundo que le correspondía, que el destino le había asignado, y Alá le abría sus brazos de misericordia infinita. Se sentía dichoso, angustiado; veía por última vez las calles de Damasco, mas luego el paraíso. El espacio tomó la forma de una estrella que nace, la luz lo encegueció y el polvo de estrella cubrió la mezquita.

martes, agosto 20, 2013

Una historia absurda

Ramoneaba una mula por los cerros que mueren en las aguas del Tinguiririca; era una mañana soleada de un día de invierno. Los árboles y arbustos nativos le regalaban sus hojas y la tierra, su verde pasto nacido de las últimas lluvias. El dueño de la mula, ocupado en otras faenas del campo, la había soltado para que se alimentara ella sola en el monte. Para la mula era como un día de descanso, un domingo. No lo sabía, pero lo vivía.
La noche anterior había actuado un  circo en Chimbarongo, ante regular asistencia. En esos tiempos hasta los circos más pequeños ofrecían números de animales y el de esta historia no fue la excepción. Contaba con cuatro perros malabaristas, un oso pardo y un león. El cuidador de la jaula puso mal el candado de la puerta y la dejó entreabierta, la del león. Causas de su negligencia fueron la mala iluminación del sitio eriazo detrás de la carpa y sus ansias de echarse unos tragos de aguardiente junto a sus compañeros después de la última función. La puerta se abría hacia afuera, en un momento la melena del león la pasó a llevar, el horizonte se le ofreció sin rejas y el león se fue. La oscuridad de la noche ayudó a su fuga.
Los genes del león lo llevaron a buscar el sitio más parecido al Kilimanjaro que ideó su instinto y ese fue el monte chileno de la zona central. Subió durante un buen rato, se cansó y se echó a dormir debajo de un espino; los boldos, litres y peumos le parecieron demasiado frondosos. No cazó de noche por esa mala costumbre que le había impuesto el circo de comer quiltros de día.
A la mañana siguiente se levantó a comer, pero no habiendo jaula no apareció perro alguno ante sus fauces, de modo que tuvo que ingeniárselas. Entonces divisó a la mula con la que partió este cuento.
El león pensaba que las cosas eran fáciles, que era llegar y agarrarse del lomo y de la panza del equino. Olvidaba que tenía los dientes romos y las uñas romas, que el oficio de león de circo lo había transformado poco menos que en león de utilería y que su entrenamiento se reducía a un par de rugidos y aletazos ante una huasca que sonaba como disparo de pistola de fulminante. Aun así la mula se asustó y se orinó de puro susto, sobre todo al sentir el peso del león en sus costillas, peso menor pero muy diferente al de las alforjas o el arado, que eran su pan de cada día. El famélico felino trataba de hincarle el diente pero sus colmillos resbalaban en la piel de la bestia terca. La tierra dejaba huellas del combate en las pisadas profundas de la mula y las plantas saltarinas del león. En un momento el rey de la selva se echó hacia atrás para saltar de nuevo y en eso le llegaron medio a medio de la frente las coces de la mula. Completamente ahuevonado, huyó cerro abajo, donde fue recapturado por los guardias del circo, tarea nada de difícil, porque el león se les entregó prácticamente como niño que se echa en los brazos de su madre.
El veterinario dictaminó que ese día solamente desfilara, sin dar espectáculo. La verdad es que aunque hubiese querido no habría podido hacerlo, ya que producto de los golpes padeció durante toda esa jornada de un fuerte dolor de cabeza.

miércoles, agosto 14, 2013

Un sueño

Esta madrugada me reencontré con mis padres, después de años. Llegué a la casa de mi infancia, se abrió la puerta y surgió un desconocido, un hombre joven, vestido de saco y camisa a rayas, que miró hacia el suelo, entre avergonzado y sorprendido, y se marchó. ¿Quién era? Jamás lo había visto.
Entré a la  casa, directo al dormitorio. ¡Allí estaban los dos, recién llegados, listos para partir de nuevo!
Nos abrazamos, se alegraron tanto de vernos a Víctor y a mí, volvíamos a ser el núcleo de cuatro: dos padres, dos hijos. La pieza estaba en sombras y la felicidad se empañaba de horrorosa ternura. Todo andaba bien, me decían, a través de unas telarañas que se desprendían de sus cuerpos y se confundían con la oscuridad de las paredes, con la claustrofobia de la pieza cerrada. Nos sonreían, pero parecía que no tenían ojos.
¡Por qué la sonrisa no acabará siempre en felicidad!
¿Quieren llevar un poco de jamón para el viaje?, les ofrecí, mostrándoles un cuarto de kilo en láminas procedente del supermercado. "No, hijo, muchas gracias, donde vamos no necesitamos comer", me respondió claramente mi madre, frase que me imaginé que pronunciaba yo mismo, adelantándome a sus palabras.
Claro, por supuesto, así debía ser. Los muertos no comen, qué estupidez la mía, pero fue un gesto de amor.
¿Quién era el hombre de la puerta?, pregunté. Mi madre respondió: "Es el conductor".
Salimos a la calle, el conductor se los llevó.
No habían pasado treinta metros cuando mi hija menor, para aligerar el viaje, los transformó en animales. De su brazo derecho cayeron unas pieles que se volvieron una en gata, otra en perro. La gata, gris, gorda, de pata corta, me vino a saludar. Me agaché, le hice cariño, le rasqué el lomo y se marchó. Al pararme vi al perro, un quiltro amarillento de regular tamaño que saltaba de perfil, sin mirarme. No lo saludé pero qué importa, él no es realmente mi padre y a mi padre sí le dije adiós, adentro de la casa, pensé con un asomo de sentimiento de culpa.

martes, agosto 13, 2013

Mañana a las 3, donde siempre

Mil noches por descubrir. Más que una realidad, una imagen; gozaba secretamente viéndose a sí mismo cruzado de piernas en el mullido sofá, charlando con sus amigos a la hora del aperitivo, con insignificantes novedades que contar, mientras de la cocina surgían deliciosos aromas y sus ojos de duende lagrimeaban de placer. A través del ventanal se podían ver, relativamente lejos y hacia abajo, los roqueríos y la espuma que salpicaba de las olas en su inútil viaje hacia la playa. El mar era una sombra plana, morada, que se unía al cielo del crepúsculo sin despertar ninguna sensación, salvo la que depara el sosiego. Nada hacía recordar al mar hambriento que ha devorado remeros, pescadores, galeras completas de uno y otro bando, poetas suicidas, avistadores confiados, al otro mar que engulle hasta la médula del hueso, eternamente insatisfecho en su sorda y fluida oscuridad, como si fuese realmente un dios antropomorfo el que habitara dentro de él. De vez en cuando Hernán se levantaba a echarle otro leño a la chimenea; Héctor rellenaba las copas y Hugo paladeaba el licor que lo iba entonando, le hacía arder la garganta y brillar sus ojos azules de duende. Todo aquello lo disfrutaba desde su sofá en una de esas tantas mil noches por descubrir, cual si otra persona fuera testigo de la escena. Y lo mejor era que le restaban aún 999 noches por vivir, 999 noches de aperitivos, regadas cenas y conversaciones frente al mar y sus roqueríos despidiendo espuma. Para un jubilado, la buena amistad, la buena mesa y el buen vivir valen mil y una noches.
Héctor dominaba la charla; hablaba sobre las bondades de la nueva casa, pero sobre todo de la pesadilla que había significado la construcción, con sus papeles, permisos y los meses y meses y meses de atraso antes de ver los planos convertidos en obra de verdad. Hernán asentía, calmadamente; Hugo les hacía ver sin embargo el acierto de su elección, evitando confesar su deseo más íntimo, que era el de apropiarse en alguna forma de ellos, aspiración que iba de la mano de otra aún mayor, inconfesable hasta para él mismo: liberarse por un rato de la tiranía de su generala.
-Aburre y desespera tanto papeleo y tanto maestro irresponsable, a mí me pasó lo mismo, fijaté, pero al final ese abismo te ha dado la razón -subrayaba, mirando las rocas, casi sintiendo la sal del mar en sus narices.
La conversación se desvió hacia los gustos musicales de Hernán, que poco interesaban al resto. Hernán esbozó una disertación sobre los estilos de Shostakovich y Stravinski, que se interrumpió cuando del reproductor de música surgió la obertura de On the town. Entonces el celular del viejo duende emitió dos pitos agudos, la característica alarma de un mensaje recibido. Lo abrió con la torpeza de una razón ya nublada por las primeras copas y la malsana curiosidad que despiertan esos aparatos en los ancianos. "Te espero mañana a las 3 donde siempre", decía la minúscula pantalla. El remitente no se encontraba registrado, era un número desconocido para él y por ende, la evidencia de que se trataba de un error, pero bastó para sacarlo por un momento de la magia de la cena con sus amigos. Las olas retumbaban a lo lejos, como timbales anunciando una sinfonía angustiosa; ya no se veían: había oscurecido.
Cuando fue invitado a pasar a la mesa Hugo notó que se le trababa la lengua, pero no le importó demasiado; pensaba que sus amigos lo acompañaban en su estado, lo que no era efectivo. Hernán apareció con una fuente de paella entre las manos y Héctor descorchó un vino que sirvió a 18 grados exactos, como lo comprobó con un termómetro. Hugo se sintió tan feliz que lo expresó en voz alta y brindó por sus amigos. Ellos le correspondieron con un brindis por su salud. Enseguida, a propósito de nada, introdujo un tema de conversación de lo más extraño: allí quedó en evidencia que el alcohol lo estaba privando del buen tino. Dijo que tal como iban las cosas por el mundo, pronto llegaría el día en que en la guerra estaría prohibido matar. Como la idea no fue comprendida exactamente se vio obligado a desarrollarla. Explicó entonces, atarantado, mezclando las palabras que salían de su boca junto con granos de arroz, que las minorías se habían alzado con el poder y que el mundo, cobarde ante esa nueva realidad, relegaba las pasiones a las mazmorras, renegaba de ellas. Los hombres se maravillaban de haber sentido, condenándose a sí mismos a untar sobre su piel una corteza de respeto.
-Es como si barriéramos la mugre bajo la alfombra -dijo.
-¿Preferías lo de antes? -inquirió Hernán, suavemente. Hugo no halló qué decir. No podía admitir la tenue bestialidad que guardaba su corazón, tenue ya que lo suyo eran palabras; jamás había sido un hombre racista ni homofóbico, ni siquiera machista: su mujer era la prueba.
-No digo eso. Lo que digo es que si los mapuches perdieron sus tierras las perdieron, y si los peruanos y los bolivianos perdieron sus tierras las perdieron, y si nosotros perdimos Laguna del desierto la perdimos.
-Explícate mejor, Hugo -intervino Héctor.
-Si todos los que pierden quieren recuperar sus tierras a la fuerza y son vencidos en su empeño, ¿matarlos está prohibido?
Héctor se sobresaltó:
-¿Matarías a los mapuches, Hugo?
-¿Y por qué no, si ellos nos están matando? ¿Vamos a permitir que nos falten el respeto unos cuantos indios apoyados por terroristas extranjeros? Ese es el triunfo de las minorías.
-Es el triunfo de la democracia y de la tolerancia, Hugo. Imagínate que volviéramos a los tiempos de la dictadura, cuando una sola mente era la dueña de la razón.
-A veces me dan ganas...
Iba a continuar, pero se detuvo. Aun en su estado intuyó que esa postura no lo llevaría a nada. No estaba en su ánimo discutir con sus amigos.
Relativamente tarde, a eso de la una y media de la madrugada, Hugo se despidió con un abrazo de sus amigos y enfiló a su propia casa, una construcción bastante más pequeña, y sin vista al mar, edificada cuando vislumbró hace cinco años que se acercaban los días del retiro. Caminó más que achispado tarareando una canción a media voz y a trastabillones, alumbrado por su infaltable linterna y por la luz pálida de la luna menguante. De lejos parecía un gnomo orejudo zigzagueando al borde de la filosa colina que lo llevaba de vuelta a su hogar. Su baja estatura le daba fuerza a esa imagen mitológica, que fácilmente pasaría por real a cualquier ojo nocturno.
Sacó el celular para mirar la hora, pero en su descuido tropezó y cayó.
Hilda se levantó inquieta y odiosa, echando pericos contra los amigotes que de nuevo estaban metiendo a su marido en la rutina del trago; tanto le había costado llevárselo a la costa, lejos de la tentación de la botella. Corrió la cortina del living y miró hacia el camino, la escasa luz irradiada desde el cielo le impedía ver más allá de cien metros y lo que alcanzó a ver no le dijo nada, de modo que volvió a la cama y trató de dormirse, hasta que sin darse cuenta lo consiguió.
Hugo despertó en medio de la noche, empapado. La comida y el alcohol le habían regalado una horrible pesadilla. Soñó que iba a la clínica para un tratamiento contra un dolor muscular y los médicos le aplicaban una inyección que lo dejaba paralítico. Al despertar, empapado de agua, entre dolores insoportables, quiso mover las manos y los pies, para convencerse de que sólo había sido un sueño. Apenas pudo dar un par de aleteos, no los suficientes como para levantarse, ni siquiera para moverse. La marea subía, ya la sentía en el cuello de la camisa que combinaba el sabor de la sangre con la espuma de las olas que reventaban en las rocas.
Ese control diario, de esposa autoritaria, que llevaba sobre la vida de su marido, más hijo que marido, ese control sobre sus hábitos y sus vicios la tenían harta. Había algo invisible en al aire que parecía burlarse de su fracaso en la misión. La revisión minuciosa de veladores, muebles y los escondites más insólitos, todo aquello se venía abajo con la simple instalación de un par de amigotes en las cercanías, así los llamaba en voz alta y Hugo callaba al escucharla, con el tino de un duende travieso, temiendo que una sola palabra lo encarcelara hasta el día siguiente entre las cuatro paredes de su casa y lo privara de esas mil noches tan ansiadas.
Avanzada la mañana, Hilda lo seguía esperando de malas ganas, sin desayuno y con la cama por hacer, sentada de manos cruzadas ante el modesto jardín y cubierta la cabeza con un sombrero blanco, alón, como una estampa de postal antigua. Ya volvería él a hacerse cargo de la limpieza y la cocina, en menudo lío lo había metido su vicio. Pero el sol llegó a su cénit, comenzó su descenso y Hugo no volvió.
De su persona solamente fue rescatado su celular, a la orilla del acantilado, que archivó la fiscalía mientras se desarrollaba la investigación. Se concluyó, sin asomo de dudas, que el hombrecito se había desbarrancado, al torcer el camino de regreso. Lo recibieron las rocas del acantilado cortado casi a pique; luego el mar se lo tragó y sus bestias le improvisaron una tumba. Se le organizó un funeral simbólico, al que no asistieron ni Héctor ni Hernán, para evitarse un insulto gratuito de parte de la viuda. Una vez que el caso se cerró el celular le fue devuelto a la mujer. Ella quiso iniciarse en ese hábito moderno, pero no se acostumbró y lo guardó en el cajón del velador. Deshizo la casa de la playa y se volvió a Santiago, al pequeño departamento que rentaba en la avenida Portugal. El arrendatario entendió los motivos y lo desocupó en el plazo legal.
Contra lo que indicaría la costumbre, para Hilda el mundo no se acabó y al poco tiempo Hugo pasó a ser sólo el recuerdo de un hombre bueno y generoso que la sacó de la soltería en el ocaso de su vida, dejándole a su presente de viuda respetable un sabor más dulce que agrio. Sin Hugo su existencia había sido austera, fría, avara como una bolsa de higos secos guardada en una caja de concheperla. Con Hugo conoció las virtudes de ser esposa o en otras palabras, el goce de la pasión del poder, del mando sobre otro ser humano como ella, y también de la derrota ante ese ser más débil; sin pensarlo así entendía el matrimonio y jamás se le cruzó por la cabeza que ese ser utilizaba sus sentidos únicamente para disfrutar de ellos. Ahora su destino había de retomar la senda natural del amor por el dinero almacenado, con el agregado de una pensión extra y de dos bienes raíces que se sumaron a los que ya disponía. Se inscribió en un club social, emprendió algunos viajes, pero en lo fundamental retornó a su vida solitaria de usurera despiadada; el corazón se le durmió de nuevo, sin pasiones ni vaivenes que lo hicieran latir más de lo conveniente; hasta su salud era de hierro.
Todos los meses entraba a la iglesia con flores y velas para San Antonio. Le pedía por el alma de Hugo y dejaba unas monedas. Se retiraba más tranquila. Ya podía seguir con sus negocios.
Si fuese cierto el proverbio aquel que dice que el destino baraja las cartas, pero es la persona  quien las juega, Hilda jugó bastante mal las suyas a partir de ese momento. Y fue un ligero detalle la causa por la que fue perdiendo uno a uno los triunfos de las manos. Una gotera en el lavaplatos.
Cuando llegó el gásfiter a reparar la falla, su ojo de cafiche vislumbró que la mujer era maleable, una dama de cera detrás de sus ojos de hierro. La conquistó en dos visitas y se fue apropiando de sus bienes sin que nadie pudiese evitarlo, ya que se trataba de un acuerdo entre las partes. Una cosa a cambio de la otra. A Hilda, que había vivido hasta ese momento para amasar fortuna, que había recurrido a la usura para aumentarla, que había despreciado a sus parientes por el temor a que le quitaran su dinero, que acumulaba el oro para experimentar la feliz agonía del avaro, a esa misma Hilda de garras que atrapaban una moneda sin valor del suelo para echarla a la alcancía, a esa misma anciana ahora no le significaban gran cosa sus bienes, pues vivía tardíamente la etapa delirante del enamoramiento, la que se nutre de pasión, desengaños, alegría incontenible, sufrimientos, espasmos e insatisfacciones. Descubría el sol en el ocaso; le imploraba a su amante que no la dejara sola y el cafiche reía a carcajadas; se arrodillaba a sus pies y el hombre la premiaba bajándose los pantalones: allí la locura de Hilda se tornaba insoportable y no era capaz de verse a sí misma haciendo el ridículo, a pesar de que el espejo del salón se lo gritaba en todos los idiomas hablados y gestuales. Se fue degradando, feliz degradación en la noche de su vida, conoció los placeres vedados de la carne, que siempre le pareció que estaban reservados a los espíritus derrochadores; sus aullidos de éxtasis parecían uñas de gato bajando por un tubo de lata y se escuchaban en el piso de arriba y el de abajo. Perdió toda vergüenza, se entregó en cuerpo y alma al cafiche que embaucaba ancianas utilizando su oficio y como es de presumir, el gásfiter le quitó lo mucho de material que poseía en pocos meses, salvo su pensión de jubilada y el montepío que le heredó Hugo, el esposo de las flores secas. Las fauces del maestro se tragaron tres casas, el departamento con sus muebles y el oro escondido en inocentes cajitas de cartón. No habiendo más se acordó de las pensiones: el malnacido le pidió un poder para facilitar las cosas y a partir del mes siguiente le administró la pensión y el montepío, condenándola a la ruina. Confinó a su amante en un asilo de mala muerte, el más barato que encontró para deshacerse de ella. Solamente le dejó su celular y si lo hizo fue por descuidado: hasta los pillos tienen defectos.
De vez en cuando, en un tiempo que se iba distanciando más y más, la llevaba a un motel para satisfacer sabe el diablo qué apetito, pues a esa altura no la precisaba para nada, ya le había sacado el jugo. Tal vez demostraba su acto que hasta los malos poseen conciencia o que el terror inmemorial a las brasas del infierno aún no desaparece del todo de las almas que habitan en la tierra. Esos días Hilda se vestía como la heroína de Sunset Boulevard, una princesa o más bien una reina apolillada; lustraba ella misma sus zapatos de taco alto y abandonaba el asilo exhibiendo en su cuello un collar de perlas falsas del brazo de su amante, que se hacía pasar por su sobrino. Volvía al atardecer, suspirando; el sobrino la conducía a su pieza y en la oscuridad ella lo besaba en los labios, beso torpe y largo, de lengua inepta que suplicaba más. Luego se quedaba irremediablemente sola.
Pasó un verano entero, con su Pascua, su año nuevo y sus vacaciones, y el amante no volvió. Entrado el otoño su mente se planteó lo que su corazón evadía y así perdió las esperanzas, no del todo, porque en ese tipo de batallas siempre gana el corazón.
Abandonada del mundo, atrapada en un cuerpo sano y arrugado que se negaba a morir, víctima de su infantilismo de vieja crédula, Hilda veía pasar los días desde su humilde pieza del asilo ubicado en la comuna de Estación Central. Sentada en la cama, no queriendo mezclarse con sus pares, contemplaba las hojas del naranjo, perennes como ella y de triste verdor como su verde tristeza. Algunos carcamales paseaban por el patio interior como osos en la jaula, de un lado a otro esperando la hora de la cena; otros dormían sentados con la boca abierta, otros mataban el tiempo alrededor de un cartón del juego de la Metrópolis, celebrando como niños los golpes de suerte que los premiaban con billetes de mentira, otros miraban al vacío sin entender por qué estaban donde estaban, uno pensaba por qué la esposa muerta no lo iba a ver, otra por qué un hombre le tomaba las manos y se hacía pasar por hijo si ella no pensaba tener hijos siendo tan chica, solamente tienen hijos los mayores.
Hilda entre ellos, bestia en corral ajeno, suspirando por su amante.
Una noche, vencida por el insomnio, manipuló el celular y sin saber cómo llegó a los mensajes. Había uno. Decía: "Te espero mañana a las 3 donde siempre". Faltó poco para que el corazón le llegara al techo. Ignorante de la tecnología, no se le pasó por la cabeza consultar ni la fecha del mensaje ni el número del que se había emitido. Para ella la frase contenía todo lo que le pedía al mundo, fue el mágico ungüento que la encendió y, cosa curiosa, la relajó. Se durmió en minutos, entre ensoñaciones y dulces fantasías. Sólo al día siguiente, y como al pasar, se preguntó por qué no la venía a buscar como otras veces, por qué no la sacaba del brazo como siempre, pero no era momento de reproches, menos cuando la ocasión se pintaba tan calva, de modo que consumió la mañana en labores de cosmetología, depilación y lustrado de zapatos. Apenas probó bocado, luego corrió al baño a limpiarse la placa, echó sus pocos ahorros en la cartera y salió a la calle a hacer parar un taxi.
Mejor no lo hubiese hecho. Al bajarse discretamente del auto a media cuadra del motel, diez para las tres, para no despertar sospechas, ¿de quién? ¿del conductor? él jamás habría pensando nada así de una vieja, al bajarse vio a su amante. Apenas descendió del auto y se irguió cuán baja era sobre sus tacos de aguja, apenas inició la caminata al sitio del encuentro con su aire de reina apolillada, mientras se inflamaba de sentimiento y de deseo, su amante salía del edificio acompañado de una chica de trasero y busto prominente, una joven proveniente sin lugar a dudas del mundo de los cafés con piernas. Del encuentro se podría escribir tanto una comedia de equivocaciones como una tragedia de Sófocles. Para la chica del café, lo primero; para Hilda, lo segundo; para el gásfiter, lo intermedio, un filme de Woody Allen. Él la divisó de lejos y se puso nervioso, la chica lo adivinó todo y le echó en cara su pésimo gusto, su depravación, y se burló de ambos y sintió vergüenza ajena y auténtica vergüenza de sí misma. Hilda se dio la media vuelta y no miró hacia atrás. Gastado casi todo su dinero en el auto de alquiler debió retornar al asilo caminando.
El gásfiter, rendido de amor como estaba, flechado hasta decir basta, se comió el buey como se dice y la llenó de promesas; no a la vieja, de la cual ya solamente estrujaba sus pensiones, sino a la joven, que  las hacía suyas con un solo pestañeo. Le prometió una vez más a su querida este mundo y el otro y ella recibió, pero siempre encontrando que era poco. Los tres personajes desaparecieron de la esquina, que volvió a quedar vacía, a la espera de otros tacos que renovaran el brillo de su acera.
La vida continuó, ahora entre la chica del café y su amante el gásfiter. Cada vez que éste conseguía llevarla a la cama -no sin antes gastar lo que no tenía en obsequios exclusivos- la cafetinera arriscaba la nariz apenas notaba la menor imperfección en la escenografía montada para su lucimiento, lo que no conseguía otro efecto que apresurar el orgasmo de su hombre, qué hombre, roto con plata, qué otra cosa podía esperarse de un mamarracho de uñas negras como ese. Así vivió él un lindo amor de meses, así se le dio vuelta la tortilla; mientras duró la plata fue romántico el amor, pero cuando empezó a mermar tomó color de hormiga y la perdió, color de hormiga para el gásfiter porque a decir verdad a ella nunca le faltaron los amantes con dinero y aunque él quisiera engañarse en torno al tema, minúsculos detalles se lo recordaban a cada momento, he allí el problema de los celos.
Acostumbrada al lujo, la chica del café recibió a manos llenas y a manos llenas gastó, porque su cuerpo equivalía a un tonel sin fondo, a una gallina de los huevos de oro que sólo deja de dar huevos cuando se hace vieja, pero en esas cosas ella no pensaba, porque el cerebro de pollo jamás ha derivado en gallina prudente. Y como en este cuento ya se escribió hace rato el final, mejor dejarlo hasta aquí. La chica codiciada no da más que para decir que con el tiempo perdió un par de dientes, acumuló grasa e hizo un curso de peluquería. Uno de sus amantes -como yo lo fui, es de caballero reconocerlo, pues de otro modo esta historia se tomaría por despecho- me comentó en la tertulia del mediodía que la había divisado en un cerro de Valparaíso, casada felizmente con un panadero. Antes que eso Hugo e Hilda se habían convertido uno en pasto de jaibas y cangrejos y la otra en polvo, así como en polvo se convertirán Héctor, Hernán, mis lectores y yo, más temprano que tarde.

lunes, agosto 12, 2013

El cantante de micro

El cantante callejero se sube a la micro y entona tres canciones en inglés. En Santiago los cantantes de micro cantan siempre tres canciones; raro que sean dos, menos aún cuatro. Tres es un buen número. Si cantaran cuatro los pasajeros ya se empezarían a bajar, con dos aún no se acomodan. Lo otro que no deja de ser cierto es que el primer tema corresponde al desagrado del pasajero ante la irrupción del cantante, la noticia de un viaje bullicioso. El segundo corresponde a la evaluación y el tercero a la compasión, el premio o el castigo, que en este caso sería el látigo de la indiferencia, porque el cantante canta bien malito.
El cantante interpreta a capela, no tendrá 25 años, acaso 22, yo me imagino a mis hijos. La primera le sale mala, la segunda mejor y la tercera es la de la consagración, con la voz raspada que imita a Jim Morrison. Pero es una imitación honesta; antes de cantarla cuenta que se trata del tercer surco del primer disco de los Doors, que la canción se llama Crystal ship, barco de cristal, y que es poética. Eso me cae bien.
No le favorece cantar a capela, ese estilo lo convierte en aficionado, considerando que los cantantes de micro son profesionales y le agregaría mañosos. Profesionales vivos.
Él dice que se gana la vida en eso pero yo tiendo a dudar, imagino que a la primera de cambio se baja de la micro y no canta más.
Al pasar con la mano estirada las monedas no le llegan, si no fuera por mis cien pesos habría cantado en vano. No le espera un futuro brillante.
La micro sigue su camino, el cantante se quedó en el paradero. Se sienta junto a los que esperan otra micro, toma agua mineral y se come un chocolate, bota el papel al suelo. Mal hecho.
Dónde se halla la belleza; en los lunares que embellecen la cara del cantante o en el uso que hago de ellos.

Si esto fuese un poema, yo me quedaría con los siguientes versos:

El cantante callejero se sube a la micro y entona tres canciones en inglés
Yo me imagino a mis hijos
Aficionado en un océano de profesionales mañosos
La micro sigue su camino, el cantante se quedó en el paradero
Sus lunares lo embellecen

miércoles, agosto 07, 2013

El coro, ciertos temas y canciones

Me asombro ante los comentarios de don Germán Arellano -quien se hace llamar irónicamente Mentecato- sobre su infancia en Constitución. Dice que cuando iba en segundo de humanidades convenció a su abuela de que no tenía clases en la mañana, sino únicamente en la tarde. "En el liceo de Constitución a nadie se le había ocurrido exigir justificativo para las ausencias de las mañanas. Lo pedían al que faltaba en las tardes, así que yo pasaba colado. Después de que quedó al descubierto mi truco el Consejo de Profesores dictó la Ley Arellano para corregir el error", recuerda con un asomo de orgullo ladino.
-¿Y qué hacía usted por las mañanas? -le pregunto.
-Me llevaban el desayuno a la cama y como en mi casa había una carnicería, la bandeja incluía un plato de bistec con huevos. Me lo comía todo leyendo "El llanero solitario", "Tarzán" o "La pequeña Lulú". Me levantaba como al mediodía y a las dos de la tarde entraba al colegio.
-¿Y no le daba sentimiento de culpa?
-Nada. Nunca me gustó ir a clases.
Pero su historia acabó de manera escandalosa.
"Un día me estaba sirviendo mi suculento desayuno cuando la puerta se abrió de par en par y apareció la figura del señor Reveco, el inspector del liceo. ¡Qué estái haciendo en la cama, huevón!, me gritó. Yo no hallé qué decirle, casi me atraganté con la carne. ¡Así que comiendo bistequito con huevo el culiado!, observó. Eh, eh... trataba de reaccionar. ¡Te doy cinco minutos para partir a clases, mocoso de mierda!, ordenó. Yo me levanté rajado, me eché escupo en el pelo y me fui al liceo. El inspector me ubicó en la sala y así terminó mi aventura. Pasaron cincuenta años y una tarde me encontré en Santiago con un sobrino de Constitución, frente a Almacenes Paris. Al abrazarnos sentí su voz en el oído: ¡Y cómo está el bistequito con huevo! Yo me sorprendí y él se rió: en la ciudad la historia se había transmitido de generación en generación".
Mis oídos escuchan con envidia su anécdota; le hago ver que yo odiaba el colegio, pero era incapaz siquiera de faltar un día. Si me sacaba un tres se me derrumbaba el mundo. Cuando había prueba empezaba a estudiar la noche anterior cerca de las diez y terminaba como a las dos de la mañana. Me leía la materia cuatro veces para que "me entrara". Concluyo, con una sensación castigadora hacia el pasado, que toda esa época representó para mí una gran depresión, al estilo de la del 29. No me di cuenta de que la sufría. Menos mal.
Un día mi mamá llegó contando que había escuchado una charla de una sicóloga en la que ella les sugería a las madres presentes que al llegar a casa les preguntaran a sus hijos qué preferían, si estudiar o jugar. Cuando mi mamá me hizo la pregunta yo pensé un poco y le contesté estudiar. Ella dijo que la respuesta era jugar, al menos la respuesta que había dado la sicóloga. Infiero de eso que la sicóloga se equivocó, porque no tuvo en cuenta el factor vuelta de tuerca. Y es que el niño que era yo prefería mil veces jugar, pero el peso de la responsabilidad en su vida, su presente y su futuro era tal que llegaba a mentirse a sí mismo, sin asomo de dudas.
De modo que coincidiendo en el diagnóstico, Mentecato y yo aplicamos remedios diferentes.
Dice que un día lo designaron miembro de la banda del liceo y le pasaron un clarinete, pero no aprendió ni jota porque era muy difícil. "Para el desfile del 18 de septiembre se anunció por los parlantes el ingreso de la banda del liceo de Constitución. Ahí pasé yo entre los demás, haciendo como que tocaba el clarinete, pero soplando para adentro".
Mentecato tiene oído musical y es afinado para cantar, al igual que yo, pero ambos salimos como las berenjenas para tocar instrumentos, porque ambas cosas no son lo mismo. Con el tiempo descubrí que la mejor forma de dominar un instrumento es ensayar, equivocarse y repetir el ensayo. Luego, pasar a otra fase, aunque no se haya resuelto el problema anterior. Es la misma solución que desprecié en el taller de guitarra, cuando no salí de los tres acordes de la canción "El tortillero"; o en Artes Manuales, cuando di vuelta el año cepillando listones mientras escuchaba las burradas del ministro Peña, sin atreverme a ensamblar una silla de playa. Me pasé el año entero a puros cuatros parciales cepillando listones. El ministro Peña era el profesor que mató a una ballena bajo el sencillo expediente de saltar sobre su lomo desde un bote a remos y taparle el orificio de la respiración con una papa; al menos eso contaba en las clases. El día antes del examen mi papá le llevó los listones a su amigo Hugo Miranda y éste armó la silla en un dos por tres.
Por no atreverme a fallar, mi oído musical se orientó hacia el canto y el coro, que eran fáciles, porque eran naturales y no había que aprender nada.
En una ciudad pequeña como Rancagua todos los profesores se conocían. Durante una reunión del magisterio mi mamá le preguntó al señor Garfias el origen del nombre Pillanlelbún, ya que éste se autoproclamaba experto en vocablos mapuches. "¡Pucha, señora Fani, me pilló", le confesó tras quedarse pensando un buen rato.
La primera vez que impresioné realmente con mi voz fue en sexto preparatoria. Venía llegando al liceo y empecé a sacarme buenas notas, lo que me transformó ante mis nuevos compañeros en algo así como en una esperanza, en el héroe destinado a derrocar al villano, que era el Plátano González, que de villano no tenía casi nada, fuera de ser mateo y egoísta, pero quién no es egoísta. Al llegar mi turno en la clase de canto me planté delante de mis compañeros y canté "Río manso", imitando la voz de Lorenzo Valderrama. Terminé ovacionado y el señor Olavarría me puso un siete. El Ogaz cantó un tema que decía "una tarde fresquita de mayo cogí mi caballo y me fui a pasear..." y se sacó un cinco. Dos años más tarde el Pérez, que ya había cambiado la voz, cantó "Gina", que popularizaba Johnny Mathis. Entonces su evaluador no era el señor Olavarría sino una profesora soltera de piernas de oro. El Pérez le cantó "Gina" con voz de galán y ojos de sueño pero bien desentonado, lo que no le impidió sacarse un seis. Al año siguiente me eligieron como parte del show de despedida a esa misma profesora, que abandonaba el liceo para probar suerte en el extranjero. Canté "El corralero" acompañado en guitarra por el papá del Pichula Hevia; las mesas del curso se habían cubierto con manteles de papel, sobre ellas había canapés de huevo, torta casera y correctamente sentados me contemplaban profesores y alumnos. Me aplaudieron bastante; pero a la salida el Masa Salgado, profesor de Física y Matemáticas, me dejó helado con su comentario. "¡Qué te pasó, Mardones, que desafinaste!".
Desde aquel día empecé a perder seguridad en mi voz y llegó un momento en que simplemente no me atreví a cantar, lo que me dura hasta hoy.
Cuando estaba en la universidad me tocó compartir asiento en el bus a Santiago con la mamá del Masa Salgado, quien me buscó conversación, lo que en un primer momento me desagradó, porque siempre me ha cargado iniciar conversaciones con personas que no conozco, pero al rato la charla se hizo fluida y ni me di cuenta cómo llegamos a Santiago. El centro del diálogo, más bien monólogo, consistió en su relato sobre la muerte de su marido, el papá del Masa Salgado. Contaba que estaba disfrutando de un asado cuando se atragantó con un pedazo de carne y se murió.
El señor Olavarría era alto, usaba un abrigo gris que le llegaba casi a los zapatos, tenía la cara angulosa y amarillenta, como de chino griego, y hablaba a medias. Apuraba las palabras o se las tragaba antes de completarlas. Un día de noviembre empezó la clase de la tarde diciendo que habían herido a un señor Keller y nadie le prestó atención. Cuando salí del colegio y prendí la radio al llegar a la casa caí me voy de espaldas: ¡Habían matado a Kennedy!
De modo que de pronto empecé a dejar de cantar, pero como me gustaba la música entré al coro del liceo. A mis papás también les gustaba la música; a mi papá le gustaban los mambos de Pérez Prado y los boleros de Lucho Gatica. Sus favoritos eran "Quiéreme mucho" y "Nosotros", éste último porque concordaba con la atracción que ejercía lo trágico sobre su personalidad. A mi mamá le gustaba la música más culta. Los primeros long plays que hubo en la casa fueron "Carrera de éxitos número 2", "Carrera de éxitos número 3", "Concierto en ritmo" de Ray Conniff, "Edmundo Ros en Broadway", "15 grandes éxitos de Paul Anka", Ray Colignon y su órgano, Los románticos de Cuba, y un long play doble de clásicos de la Sinfónica de Filadelfia conducida por Eugene Ormandy, que yo escuchaba con deleite recostado en el sofá. De esa selección mis temas preferidos eran el vals de las flores de Tchaikovsky y la obertura de "Carmen". Nunca entendí por qué se compraron los sencillos "Un amor diferente", de Bat Carroll, y "Tema de un lugar de verano", de Percy Faith. Eran baladas melancólicas que dejaban un sabor triste en la boca.
En el coro ocupaba la fila de los tenores primeros, luego venían los tenores segundos, los barítonos y los bajos. El señor Morales organizó un repertorio de temas del folclore americano, que incluía también canciones de Stephen Collins Foster. Cantábamos en los aniversarios del liceo o algunos viernes por la noche en el salón de actos. Al coro le debo un viaje a San Antonio. Cada alumno fue recibido en una casa y luego retribuimos la atención cuando nos visitó el coro del liceo de San Antonio. Recuerdo haber bajado por un cerro conversando con una chica. Al llegar al plano los integrantes del coro estaban reunidos en una sala y algunos tocaban la guitarra, lo que me provocó admiración y envidia, porque podían sacar de oído las posturas de las canciones. Esa noche el señor Morales estaba acompañado por un joven mayor, que ya había egresado del liceo y que al entonar una melodía para nosotros se reveló como gran guitarrista y cantante.
La esposa del señor Morales también era profesora. Un día llegó llorando a la casa con sus hijos chicos y una maleta. Habló con mi mamá a puerta cerrada y al rato mi mamá les preparó una pieza. Estuvieron viviendo con nosotros como dos semanas. Cuando preguntábamos, mi mamá no decía nada.
En el coro se preparó durante todo el año un viaje al festival nacional que tendría lugar en Puerto Montt. Ensayamos como contratados. Para las vacaciones de invierno la Lilian Inostroza y su hermano nos invitaron a Caletones a mí con el Vitorio. Yo estaba enamorado de la Lilian y soñaba con conocer la nieve, pero cuando en el ensayo del coro me tocó mostrarle el justificativo que llevaba escrito al señor Morales, el peso de la responsabilidad fue más fuerte. No me atreví y me perdí esas vacaciones.    
Llegó el mes de octubre, mes del festival, y el señor Morales nos comunicó que el coro del liceo no viajaba. Jamás quedó clara la razón y hasta última hora abrigué la esperanza de que la decisión se revirtiera. La misma noche del viaje pensé desde mi casa que alguien llamaría por teléfono urgente para que acudiéramos a la estación a tomar el tren. Cuando el tren se detuvo en la estación y a lo lejos se escuchó el pitazo de partida, volví a mi mundo interno y me puse a dibujar historietas.
Por esos mismos días mi mamá iba caminando por la calle Independencia cuando una voz a todo chancho que le llegó por detrás la hizo saltar.
-¡Colina del trueno! -le gritó un hombre. Mi mamá se asustó y se dio vuelta. Era el señor Garfias, que exclamaba con acento triunfal y una mirada cercana a la demencia.
-¡Pillanlelbún! ¡Colina del trueno!, señora Fani.