lunes, enero 20, 2014

Las fiestas del gimnasio

Los sábados de invierno, a eso de las ocho de la noche, me engalanaba para ir a la fiesta en el gimnasio. Era la cita obligada de todo liceano rancagüino que se preciara de tal, y el que no asistía quedaba naturalmente excluido de las conversaciones del primer recreo del lunes. Frente al salón de actos del liceo me esperaban el Tonyi y el Tatán. Íbamos vestidos a la moda, con chaqueta y corbata, pero el Tatán, más audaz que nosotros, porque se había desarrollado un año antes, lucía la camisa abierta. Por esos días el Pata de Guagua, nuestro profesor de Artes Plásticas, nos había pasado la materia de los colores complementarios; no hice más que aprendérmelos y decidí que la combinación perfecta en el buen vestir era chaqueta morada, camisa amarilla y corbata morada y nadie me la sacó de la cabeza.
De esos sábados hubo uno que recuerdo especialmente. Mi papá me había dado unos pesos que elevaron mi autoestima y me hicieron sentir mayor, más de lo que era. Al ingresar al recinto, con la falsa sensación de un triunfo anticipado, eufórico por el lleno del local, el griterío de la chiquillada y los acordes del quinteto electrónico de los "Blue Birds" que prometían una velada fascinante, cometí el error de apresurarme y gastarme toda la plata de entrada en un trago que me bebí de un sorbo y que además me dio asco. Pedí un corto de pisco, pensando que bastaría para entonarme y así, armarme de valor, pero el vasito se me secó en la garganta nada más ingresar a mis sedientas fauces. De modo que lúcido, con los bolsillos vacíos y el Tatán desaparecido entre la multitud, no me quedó más que conversar a monosílabos con el Tonyi mientras mirábamos de reojo a las futuras víctimas que caerían rendidas en nuestros brazos.
Puedo hacer memoria más o menos exacta del comienzo de esa velada, porque la imagen de mí mismo al traspasar el umbral del salón de actos se me grabó en la mente. Fue aquella, en efecto, una fiesta de sábado que se realizó en el salón de actos, de proporciones más reducidas que las del gimnasio y por lo mismo más conveniente para forjar la impresión de una muchedumbre abigarrada e inconsciente. La multitud bailaba a los acordes de las guitarras eléctricas y el golpeteo de tambores y platillos; el sonido rebotaba en las angostas paredes laterales y generaba un eco que ahogaba al recinto en una sensación estereofónica que provenía de ninguna parte. Allí estábamos con el Tonyi, ambos enormemente pequeños, ante el mesón ubicado frente a la puerta de entrada, con dos tragos en la mano que nos acababan de vaciar los bolsillos.
No pecaría de mentiroso, sin embargo, si afirmara que fuera de este cuadro narrado con relativo detalle las demás fiestas de sábados eran siempre lo mismo. Y es que frente a la multitud enloquecida que se regía por la única ley del instinto, la alegría irresponsable y la atracción corporal, con el Tonyi nos comportábamos como dos perdedores y eso nos diferenciaba del Tatán. Pero a pesar de ser un ganador, el Tatán era también de los nuestros, porque era cercano, de carne y hueso y en la clase se sentaba una fila más atrás.
No describo este pasaje de mi vida para despertar compasión; créanme que lo hago en un intento por pellizcar la cáscara de la verdad. Ignoro el real sentir del Tonyi aquellas noches pero en cuanto a mí, estaba consciente de que daba demasiada ventaja a mis rivales. El rock and roll, el fox trot y qué decir el tango me privaban de saltar a las pistas. Me manejaba más o menos bien con las rancheras, las cumbias y los lentos, pero estos últimos, que eran los que esperaba con ansias, me ocasionaban el mayor de los problemas, la madre del cordero de los problemas de las fiestas del gimnasio: con la chica en mis brazos no sabía de qué hablar. Me limitaba a sentir el roce de mi mano entre la suya, de mi otra mano en su clavícula, de separar  caballerosamente nuestros sexos para que no brotara la menor sospecha de que quería aprovecharme de ella, y eso era todo, dejar pasar los maravillosos dos minutos de la canción para desear que el próximo tema también fuese un lento y nos quedáramos en la pista, lo que en efecto podía ocurrir dos y hasta tres veces, pero no cuatro, porque el visible tedio de mi compañera de baile la hacía alejarse de mí con cualquier excusa para volver a su sitio. Entonces, casi sin darnos cuenta, con el Tonyi terminábamos las fiestas bajo el escenario, a centímetros de la orquesta, fumando, escuchando la música. Allí estudiábamos la situación, evitando dar la impresión de fracasados, de modo que reíamos con algún chascarro ajeno o comentábamos sobre las curvas más espectaculares.
No dejaba de llamarme la atención la presencia, sábado a sábado sin faltar uno solo, de un hombre entrado en años que desentonaba por completo en ese ambiente, al punto de pasar por un entrometido. Para nuestra edad de entonces, decir entrado en años era decir de 30 o poco más, cifra impropia de una multitud que promediaba los 18, descontando a los profesores. Pero ese tipo no era ni remotamente un profesor; más bien parecía un feriante que se acicalaba para ir a la fiesta, un hombre engominado, de terno pasado de moda, manos gruesas, caballeroso en el trato, especialista en los bailes en retirada, porque él mismo estaba en retirada, y de ello daba cuenta su presencia. No me costó demasiado concluir que era un extraño ejemplar que iba con la sana pero urgente intención de buscar pareja. En algún momento de su ardua vida, en algún instante ocurrido entre la venta de una lechuga y un kilo de plátanos, decidió que había llegado el momento de casarse y se hizo el plan de conquistar a una chica. De allí que lo viéramos bailando cada sábado con una liceana diferente, comportándose con la galantería más romántica que se podía dar en la ciudad histórica, sonriéndole con su boca gruesa y tentándola con tragos y pastelillos que eran posibles gracias a sus bolsillos llenos. Como tenía que suceder, finalmente dio en el clavo. Dejamos de verlo en las fiestas, lo perdimos de vista y lo olvidamos hasta que un domingo, al año siguiente, a la salida de la misa de 12 de la Catedral, pasó frente a nosotros. Lo acompañaba su última conquista y ambos, radiantes de felicidad, paseaban en el coche al producto de su amor, una guagua rozagante y con pulmones de elefante.
En comparación con ese hombre tosco y desagradable yo me sentía aun más feo y lo peor, ignorante en las artes del amor. Esa materia no se dictaba en el colegio y aunque los amigos más grandes la enseñaran gratis, costaba aprenderla. La mujer, para mí, era el gran misterio del universo; su aparente fragilidad encerraba un poderío enorme y el solo hecho de pensar en conquistar, enamorar a una, me causaba una instantánea depresión, que nacía de la incapacidad.
A las dos o tres de la mañana volvíamos con el Tonyi a casa, caminando por la vacía y pobremente iluminada calle Independencia, echando argollas de humo al aire. Aún rumiando nuestra frustración hablábamos entonces de lo que tal vez más nos unía, que era la lucha de nuestros padres por superar el vicio del alcohol. Yo le contaba de los ascensos y caídas del mío; él, de los ascensos y caídas del suyo. No eran temas sencillos, se trataba de historias trágicas que comenzaban siempre en la esperanza y terminaban en la incertidumbre. Aquellos eran padres que se transmutaban de santos a pecadores en cosa de minutos, que volvían a ser santos, luego pecadores, en un cuento sin fin que teñía nuestros relatos de sentimientos de amor, rabia, piedad, desastre e ilusión. Atravesábamos Freire y nos íbamos acercando al punto donde nuestros destinos se bifurcaban. Antes que eso nos fumábamos el último cigarrillo y así acababa la noche de fiesta.
Aquel ciclo y aquella hermosa amistad tuvieron un corte brusco. Imbuido en ese idealismo divorciado del sentido común propio de la adolescencia -idealismo reforzado por los cambios que anunciaban los años sesentas- una noche denuncié los apetitos vulgares y superficiales de la masa de seres humanos que pueblan la tierra. Veía entonces la verdad de forma tan clara que no temí darla a conocer ante el grupúsculo de muchachos reunidos bajo un farol de la población Isabel Riquelme. El Tonyi era uno de ellos y contrastó mis argumentos con los suyos, mucho más razonables y aterrizados. En respuesta lo acusé de mediocre y me autoproclamé original, predestinado. Él no dijo nada, pero vi que el desaliento cundió en sus ojos.


martes, enero 14, 2014

El camino

-¿No era esto lo que me pedías?
El muchacho guardó silencio.
-¿No era esto lo que me estabas pidiendo?
El asfalto lucía limpio hacia adelante y hacia atrás. Un hilo gris azulado interminable, brillante por los charcos dejados por la lluvia. Visión extraordinaria, paisaje idílico. El manto verde de la Patagonia meciéndose furiosamente por el viento magallánico, cortado en dos por el camino; ñandúes agrupados a lo lejos, nubes gigantes, blancas, negras, rosadas aplastando la tierra, esquivos rayos de un sol de medianoche cayendo oblícuamente y llenando de enérgica melancolía el cuadro. Ningún vestigio humano a la redonda, nadie más que ellos dos en el camino.
El muchacho sacó una tuerca de la mochila y desmontó la rueda de la bicicleta. Cambió la cámara, volvió a montar la rueda, la infló, guardó las herramientas y aseguró la mochila. Habían pasado diez, quince minutos sin valor alguno.
La chica se había alejado. Sentada al borde del camino, con las zapatillas en la hierba, los codos en las rodillas y las manos en la barbilla, miraba fijamente, dándole la espalda. Se empeñaba en mantener abiertos los ojos, a pesar de que el viento filudo la hacía lagrimear. Él le habló.
-Ya está lista. ¿Quieres comer algo?
Una ráfaga se llevó sus palabras en otra dirección.

viernes, enero 10, 2014

La madeja de lana

Consistía mi sencilla tarea en desenredar una madeja de lana; me lo había pedido como favor especial mi abuela, que requería el ovillo para empezar un tejido. Siéntese a mi lado, hijito, me atajó cuando entraba a tomar agua, y ayúdeme a desmadejar esta lana. Me lo dijo con su voz persuasiva de anciana frágil y me pasó el ovillo. Dejé mis juegos y me senté en un pisito al costado de su sillón, pensando que se trataba de algo simple y que en segundos estaría de vuelta con mis amigos en el patio, pero al desenredar el primer nudo me di cuenta de las proporciones gigantescas que encerraba la sencilla tarea. Reparé además en que ese ayúdeme hijito significaba realmente hágame el favor, solucióneme.
No es que mi abuela fuese una holgazana. Mientras mis dedos torpes se irritaban más y más ante el ovillo enmarañado ella ocupaba el tiempo en enterarse de los últimos escándalos de sus estrellas favoritas. Al doblar la hoja de su revista no podía evitar los comentarios para sí misma, sabiendo perfectamente que allá abajo estaba yo, miren la diablilla, y tan tierna que se ve en el cine. Qué me podía interesar eso a mí, que no tenía la menor idea de lo que estaba hablando. Del patio me llegaba el eco del griterío y los pelotazos, y ella hum... mírenla... hum... y con este actorcillo... hum... no me parece... ¡hum!
Yo sentía ganas de llorar, pero era mi abuela. Estaba viejita y necesitaba ayuda; pronto habría de morir y si no la auxiliaba ahora ocurriría sin asomo de duda que llegado el momento en que me subiera al mismo pisito en que me hallaba sentado -pero entonces para contemplar su rostro amarillento dentro del féretro- recordaríamos ella y yo la vez que me negué a desenredarle la madeja de lana, consecuencia de lo cual tanto mi vida como la suya tomaron inesperados derroteros, ambos desgraciados, el de ella haber sufrido una brusca alza de presión tratando de desenredar el ovillo, ataque que la tuvo postrada semanas enteras en su lecho antes de entregarse a la muerte; el mío adoptar un aire cínico que tapó mis culpas bajo el manto de la frialdad, conducta que de aparente se transformó en esencial, logrando apagar el sentimiento real, el que se escondía dentro de una madeja enredada de lana. Aquellos funestos vaticinios sobrevolaban el salón a media luz, a ras de piso mi conciencia, y se mezclaban con los comentarios farandulescos de la abuela, el chasquido de su lengua al mojar los dedos para dar la vuelta una hoja y el tic tac del reloj sobre la repisa de la chimenea.
Cuando al fin terminé la sencilla tarea mi abuela dormía con la boca abierta en su sillón, la revista se desplegaba en su regazo, mis amigos se habían marchado y la pelota echaba chispas de sol, inmóvil bajo la brisa que sacudía las hojas del parrón.