miércoles, abril 30, 2014

Sol de invierno

Me es difícil escribir sobre los defectos de mi padre, porque lo quise y aún lo amo, en su ausencia. Si lo hago no es para humillarlo, sino para lavar mi alma, para sepultar cualquier resentimiento pegajoso y así, salvarlo a los ojos del mundo y por qué no, de Dios. Él sabía esto, sabía lo que yo pensaba íntimamente de él, le comentó un día a mi madre que siempre lo supo, lo que lo engrandece, pues quiere decir que era consciente de sus faltas y que ellas lo superaban. Ahora que está muerto y reviso estas notas, escritas cuando estaba vivo, pienso que tal vez sus acciones fueron ordenadas para templar mis emociones, para que yo sintiera desde niño y con toda su fuerza el peso del destino.
Dicho esto, doy el paso a los hechos de ayer, como si sucedieran hoy.
Mi padre, que vive anclado a su infancia, sale de casa temprano un domingo en la mañana, sin decir dónde va. A mí se me llena la cabeza de inquietud cuando lo siento salir. ¿Estará yendo otra vez a la cantina? Pero ¿tan temprano? Es lo que temo. A partir de ese momento nace para mí un angustioso y turbio día de espera. Recuerdo, avanzada la mañana, que durante la semana les escuché hablar a mis compañeros de curso sobre una sinopsis que anunciaba la atractiva matiné dominical del cine San Martín. En la sinopsis se proyectaban episodios de la  historia de Chile, entre los cuales aparecía el dibujo animado de un pájaro muy similar a Condorito. Es un momento de esperanza, el de ese recuerdo salvador. Le pido dinero a mi madre y después de almorzar me voy al cine. El cine es una buena solución: le dará tiempo más que razonable a mi padre para que vuelva a la casa mientras disfruto la película.
La sala esta semivacía. Desde el suelo surge un penetrante olor a cera. La película resulta ser un documental. Una pesadilla. Un collage ininteligible en contenido, sonido e imágenes; un rompecabezas incompleto, lleno de cortes. Un baile de hilos negros sobre los lechosos fotogramas. Condorito aparece medio minuto; es una imagen recortada de la revista contra un fondo ridículo, utilería de aficionados.
La película llega a su fin. Salgo apesadumbrado; piso las calles, que son calles provincianas de domingo. Calles tranquilas, fantasmales, calles de hielo. La vida sólo me llega a través del eco apagado de una multitud en el estadio y del ruido de mis propios tacos al chocar contra la acera. Muerte, para mí, es todo lo que me rodea. Entro a la casa, miro rápido, como el rayo, y no pregunto, porque no hace falta. Me voy al dormitorio y me tiendo en la cama. El sol de invierno se cuela entre las negras hojas del naranjo y cae en minúsculos rayos sobre la colcha amarilla de mi cama. Los rayitos de luz son como el tic-tac del reloj de pared: avanzan lentos e implacables por la habitación hasta que desaparecen, presagiando la llegada de la noche.
¿Fue pintado mi corazón de niño por la acuarela de la vida o fueron mis propios pinceles, antes que nada, los que les dieron el color a las cosas? Esa larga espera sin esperanza, sabiendo que lo que restaba de esa tarde de domingo ya no importaba mucho... ¿Fue el origen del estado de ánimo que desde entonces parece acecharme en cada esquina?
En esos tiempos las emociones no se diagnosticaban ni menos se trataban. El sufrimiento, la ira, la humillación formaban parte de la vida y si hubiese existido el remedio a través de una píldora se habría considerado remedio de mariquitas. De modo que tenía que aguantarme. El dolor no debía expresarse, y además a pocos les interesaba. Pues, ¿qué sacaba con decir "mamá, mi papá no ha vuelto y eso me hace sufrir"? ¿Qué sacaba con recibir una palabra de esperanza, o de ternura, si la píldora milagrosa no la teníamos ni mi madre ni yo?
Pensaba que al Vitorio no le afectaban esas escapadas de nuestro padre, no le hacían mella, no le abrían fisuras en el alma, pero décadas más tarde, en una conversación de hombres, de hermanos adultos, me confesó que sí, aunque de otra manera. En cuanto a mí, sospecho que pudieron ser la raíz del pozo negro en el que caigo cada cierto tiempo, por a, por be o por ce, y del cual no logro salir sino al cabo de días o semanas. En síntesis, diría que mirada desde este punto de vista, la verdadera vida para mí no es el goce de estar vivo sino un fenómeno imposible de manejar, una bandada de cuervos posados en una rama que interfieren la vista del horizonte, por lo demás oscuro. Está lo bueno y está lo malo, pero lo malo es demasiado apabullante para ser afrontado; debe esperarse con los dientes apretados que transcurra; algo así como una metáfora de la cobardía, lo opuesto a la acción de los pioneros, los generales, los grandes santos.
Tenía 27 años; ya estaba casado, habían nacido dos de mis tres hijos, contaba con una profesión y un trabajo. Una noche de domingo, después de las noticias, el Canal 13 comenzó a proyectar una película que se iniciaba con un accidente y un herido trasladado en camilla a una clínica. No me entusiasmó el argumento y apagué el televisor. Me fui a la cama; mi mujer y mis hijos dormían. Había terminado la semana y al día siguiente comenzaba otra. Al meterme a la cama, aquejado de insomnio, de pronto me vino una sensación de miedo y me asusté. Mis pies rozaron los de mi esposa. Bastó eso para que el miedo se transformara en pánico. El corazón se me apretó, una brusca sudoración empapó mi cuerpo y el estómago se me hizo un nudo. No sabía lo que me estaba pasando y con esa sensación me dormí. El lunes, al despertar, sentí que había pasado un minuto. La horrible sensación seguía allí, dentro de mi cuerpo y de mi cabeza, lacerante. Duró tres días completos, durante los cuales no probé un solo bocado. Al cuarto día me brotaron espontáneamente ideas suicidas, pensamientos de autodefensa. Ideaba tomar el auto, conducir al Cajón del Maipo y arrojarme al río. En cuanto a la realidad, mi esposa llegaba de su trabajo y yo la miraba y pensaba si alguna vez volvería a reírme a carcajadas, a disfrutar de la vida. No hallaba qué decirle, porque no sabía qué tenía. Pasó una semana, de intenso sufrimiento. Seguía trabajando, haciendo como si nada, rumiando la angustia en silencio. Entonces recurrí a una psicóloga, luego a un psiquiatra y así estuve dos años intentando conocerme a mí mismo. Por esos días, al menos en Chile, la psiquiatría no había hecho referencia alguna a los ataques de pánico, de modo que cuando le preguntaba al doctor Sepúlveda qué padecía, me decía neurosis, otras veces distimia. Con el tiempo aprendí a controlar mis caídas, a soportar -ahogado en la obsesión y la desesperanza- los días que dura cada una de ellas.
Por esos mismos tiempos, hablando un día con mi padre, me contó algo que me llamó la atención. Recordaba un verano en que se hallaba de pie bajo el parrón de la casa de De Geyter cuando mi hija mayor, en ese entonces de dos o tres años, le habló en su tono infantil, invitándolo a jugar con él. Mi padre comentó que al sentir su voz inocente y escuchar su petición se le nubló el alma, se le apretó el corazón y sintió deseos de huir hacia ninguna parte: había sufrido un ataque de pánico y lo ignoraba.
Todo esto me hace conjeturar que la verdadera vida es la que vivimos interiormente y que el peor problema no reside en aquello que lo desencadena sino en las vueltas que le da el pensamiento. La obsesión de volver una y otra vez a él, de día y de noche, es horrible y se asemeja a la gravedad que emana del centro de la tierra. El hombre atado a su mente, el hombre preso por dentro. El hombre que ansía huir y se droga, bebe, se evade para volver a entrar al remolino que lo llevará aún más abajo. Veo a la gente en la calle, a la gente que escribe en sus teléfonos inteligentes en el Metro, a los que cruzan los semáforos, a los que entran a los hospitales, a los que salen de los estadios, a los que comen en las fuentes de soda, mirando al vacío, y me pregunto cuántos de ellos estarán sufriendo, cuántos vivirán condenados a presidio perpetuo interno, sin esa opción de libertad bajo fianza que la fortuna me asignó, cuántos disfrazan sus mentes esclavizadas a sí mismas con gestos malhumorados, rabiosos, violentos, cuántos hombres se separan de sus mujeres por aquella cadena invisible que les ahoga el espíritu, cuántas hijas dejan sus hogares, cuántos niños se pierden en las clases, cuántos gobernantes deciden declarar la guerra, cuántos jueces fallan por inercia.
Una tarde, me parece que también de invierno, nos hallábamos los cuatro en la casa nueva, la que tanto le había costado adquirir a mi mamá, tantos años de reuniones vespertinas en las frías salas de la Escuela 2, tantos profesores primarios juntando cuota tras cuota hasta reunir el soñado pie con el que se pudo acceder al préstamo y dar inicio a la construcción; allí veíamos pasar la tarde en la casa de la Covimar, Cooperativa de Vivienda del Magisterio de Rancagua, en la calle Eduardo de Geyter, número 566, cuando sin decir agua va mi madre empezó a quejarse y luego a sollozar. Le faltaba el aire, nunca había visto algo así. La situación se tornó grave. Pensé en un ataque al corazón y me desesperé, porque no sabía qué hacer.
Mi padre se paseaba por la casa; en vez de alarma mostraba una indiferencia que se parecía a la ira, pero ira de qué. Mi madre se moría y él parecía contrariado ante la idea, molesto ante el hecho de verla en tan mal pie. Parecía decir con su actitud Fani tú no tienes derecho a la fragilidad, levántate ahora mismo, déjate de andar haciendo show y continúa tu rutina. ¡Llame al doctor Cañas!, le grité entonces, arrojándole a la cara su inactividad. Mi madre se había echado en el sofá, suspirando, con los ojos entreabiertos. Apenas respiraba. Me senté junto a ella y la abracé. Con el rabillo del ojo vi a mi papá: estaba discando por fin el teléfono. Le contestó el doctor Cañas; mi papá le pedía que viniera. Miré a mi mamá; ella me me miró a los ojos y me dio un consejo que se me quedó grabado a fuego. "Hijo, sé siempre bueno", me rogó. Le besé la frente y lloré, angustiado.
Cinco minutos después un auto estacionó frente a la casa. Bajó el doctor Cañas; vestía un delantal blanco sobre el terno oscuro y portaba un maletín negro. Mi papá le abrió la puerta y le mostró a mi madre. El doctor sacó el estetoscopio y la examinó brevemente. No le halló nada grave: era solo un estado de angustia. Le puso una inyección y se fue. Mi padre no exteriorizó emoción alguna; a mí me volvió el alma al cuerpo y la casa recuperó su aspecto de siempre.         

lunes, abril 07, 2014

Connor Brooks, el astronauta licuado

La angustia ante la página en blanco, mal que parece no afectarme. Cuando me llega el momento de escribir cierro los ojos o me inclino en la mesa y luego de unos segundos decido el tema, que generalmente tiene que ver con lo que pasa en mi alma, con lo que he visto en la calle, con algo que me ha sucedido últimamente, con la lectura de un libro que despertó mis propias musas o con el simple ejercicio literario, el desafío de partir de la nada. En el camino se va armando el argumento y ya sé que nada saco con huir hacia territorios inexplorados, pues todo vuelve al redil. A eso le llamaría estilo, pero también limitación, miseria literaria. Miseria de la que en todo caso no reniego, pues soy de los que se abanderizan con la idea de que lo moral está en la honestidad y no en el experimento por el experimento.
Es muy raro que si he optado por escribir un relato corto me salga uno largo, es decir, un cuento. Pero me pasó hace poco, con "El palacio azul". Originalmente pensaba en 12 líneas y terminó en 120. Y perfectamente podría llegar a las 1.200. Tal vez lo someta a revisión.
Retomo la escritura de este ensayo tras haberla suspendido durante media hora para hacer mis tareas del turno de noche en el diario. Releo ahora el primer párrafo y pienso que más de un lector, alterado por la presunta soberbia y el narcisismo que se desprenden de sus conceptos, lo repudiaría y abandonaría sin más la lectura. ¿A qué hablar tanto de sus cosas? ¿Qué me interesa de dónde procede su inspiración, si lo que yo quiero leer son historias o fantasías que me distraigan, me den placer, me hagan pensar o me interpreten? Allá el lector con sus fundadas críticas, yo debo continuar, pero le anticipo, por si aún me está leyendo, que este ensayo desembocará efectivamente en una fantasía, en un rapto de locura.
He tardado diez o quince años en descubrir que mis palabras le deben más a la poesía que a la crónica, la prosa o el drama. Alguien me lo tuvo que decir. De allí que no me cueste enfrentar la pantalla en blanco: yo escribo acerca de mi vida, y mi vida es como todas las vidas, novedosa. Todo cambia para que todo siga igual. Si cada uno escribiera sobre su vida las estanterías del mundo no darían abasto, pero todos nos conoceríamos mejor. El de allá tiene la cabeza hueca, la de acá pretende ser más de lo que es, a esa otra la timidez se la come, el de la esquina esconde pensamientos retorcidos, a ese de ahí le preocupa más la sociedad que el individuo. Luego estaría el problema de determinar qué es arte, suponiendo que esa fuese la meta de todos los habitantes del mundo, crear arte, lo que no es así, porque a la gran mayoría le importa un rábano hacer arte, porque del arte no se vive y porque hacer arte es vivir insatisfecho. Y aunque me pese luego esta osadía, debo apostar a que la inmensa mayoría de los habitantes del mundo se sienten satisfechos, descontando un par de problemas que si se ajustaran los dejarían conformes.
Anoche, ante la página en blanco, escribí:
"-Estás cansada.
-¿Por qué lo dices?
-Se te nota en los ojos" -y paré, borré lo escrito: no iba hacia ninguna parte. Mis compañeros del turno, Marco Valeria, Fredes, Enrique Ábrigo, Willy Gómez, el Pastorcito, Luis Eduardo Cisternas, se paseaban silenciosos por el piso de la crónica, examinaban las páginas, las sometían al escrutinio del corrector de pruebas, nadie sabía en qué pensaban, pero el resultado visible era una atmósfera tranquila de sábado por la noche. El bullicio del barrio Bellavista no entraba a la sala periodística. Pero tampoco ese era un tema para abordar, el de una noche de turno, de modo que tiré la toalla y dejé la página en blanco para otra ocasión.
Esta mañana, en el baño, sentí un largo pelo suelto sobre el brazo izquierdo. Al rascarme las tetillas volvía la sensación del pelo en el brazo. Sin lentes no podía cerciorarme de qué se trataba, pero me dio la impresión de que no había ningún pelo suelto en mi brazo y de que estaba experimentando un extraño efecto, el de que algo dentro de mi cuerpo hacía que tuviera la percepción de que un largo pelo se me había depositado sobre el brazo. Imaginé entonces un breve relato de locura y apenas salí de la ducha abrí el computador e imprimí la idea, para que no se me olvidara. Dejé escrito "rapto de locura. el astronauta en marte. filamentos, va siendo rodeado. noche de turno, ideando una historia para seguir vivo, los demás compañeros se mueven viendo sus páginas..." y apagué el computador, acicateado por mi mujer, que me aguardaba en el patio para iniciar el paseo en bicicleta, el paseo dominical que durante toda la semana está ansiando la Cleo, nuestra falsa perrita labradora. En Providencia, a pocas cuadras de la Plaza Italia, mi mujer se entretenía viendo la Gran Maratón de Santiago, pero yo solo quería volver a terminar el cuento; sentía que de nuevo había un motivo para estar vivo. Hubieron de pasar varias horas para retomar el ensayo -o para comenzar el cuento- y recién lo puedo hacer a esta hora, las dos de la mañana.
El astronauta Connor Brooks, aislado en Marte por problemas circunstanciales, no considera que la angustia sea una fuerza que lo supere, y eso mismo tuvo en cuenta la comisión que lo eligió para cumplir esta tediosa misión. No es eso entonces lo que lo preocupa, sino la razón de que su traje se esté poblando de filamentos que a primera vista no resisten explicación alguna. Connor Brooks lleva en Marte varios años y le han prometido un relevo "dentro de pronto", pero ya comienza a hacerse a la idea de que lo han engañado. Antes de viajar sus amigos le advirtieron que detrás de la oferta había gato encerrado, pero Connor Brooks no les creyó y atribuyó dichas aprensiones a la eterna envidia humana, aplicada en su caso al hecho de recibir un regio departamento amoblado en el piso 344 con vista a las llanuras y a los bosques -aislado de toda contaminación, de esos que ni siquiera obligan a sus ocupantes a bajar a la urbe, pues allí el complejo cuenta con todo- a cambio de un viaje de tres años a Marte. Sus amigos se quedaban en los suburbios, él subía a lo más alto del centro. Pero los tres años ya se han convertido en ocho, con la esperanza cada vez más lejana de un relevo.
De la Tierra no llegan buenas noticias. La guerra ha cortado de raíz ciertos presupuestos, pero siempre le aseguran a Connor Brooks que el de la compañía espacial permanece inalterado, que ese no es el problema, que el problema es otro, un problema puntual, pedestre, de fácil solución. Connor Brooks los ha escuchado a la distancia, sin decir nada. No es de aquellos coléricos que reclaman ante el menor inconveniente, por algo lo seleccionaron para un viaje como ese. Por las noches, luego del habitual paseo a pie por las arenosas anfractuosidades de Marte, Connor Brooks ingresa a su medianamente estrecho cubículo y abre la botella de whisky, saca dos cubos de hielo del refrigerador portátil y se regala una altura de dos dedos para el vaso. El líquido le recuerda sus mejores tiempos en la Tierra, las mujeres que dejó, el sacrificio hecho por ellas, y se lo bebe de un trago. Entonces, con la mente caliente, pone música, Bach de preferencia, y lee un buen libro. El aparato digital contiene una biblioteca entera, que a pesar de todos los avances en materia de lectura veloz ni siquiera en cuarenta años podría ser absorbida por mortal alguno. De modo que en el peor de los casos, la vida de Connor Brooks, lo que le resta de vida, se adivina de lo más placentera.
Aquella noche de la que estamos hablando, Connor Brooks seleccionó la obra de 350 páginas "Informe fallido sobre el paso de una sombra y otros relatos descabellados", del escritor chileno Sergio Mardones, quien viviera entre los siglos 20 y 21. Cuando llegó al relato titulado "Connor Brooks, el astronauta licuado" el corazón se le fue a la boca, asombrado de que un autor visualizara con tantos siglos de anticipación y tan matemática exactitud el asunto de los filamentos que comenzaban a cubrir su traje de astronauta, así como los motivos que lo habían llevado a viajar a Marte, las advertencias de sus amigos, incluso el sacrificio que llevó a cabo por las mujeres de su vida. Connor Brooks, quien como ya hemos dicho es capaz de leer un libro como aquel en cinco minutos, al igual que cualquier humano de su tiempo, ralentizó la lectura, consciente de que la página siguiente sería la definitiva. "... El astronauta licuado..." se repetía una y otra vez, sin acertar a dar con el significado del título. Por la ventana divisó la presencia de su vecina de todas las noches, la araña marciana, animal insignificante que bajaba del monte rojizo para sentir un poco de ese calor que desprendía la sangre humana. Con el pulso acelerado esperó unos segundos y luego se atrevió a avanzar la página: el cuento había terminado. Para él, el cuento había terminado. Le siguió otro relato acerca de un café, intrascendente, sin interés alguno para su vida, su presente y su futuro. Por más que volteara su aparato digital para todos lados la trama seguía siendo la misma. Inmerso en un mar de dudas que nublaban su destino, Connor Brooks se entregó a un afiebrado ejercicio de interpretación, última posibilidad de entender lo que la última página le había negado. ¿Por qué se había mencionado al pasar a su compañera de cada noche, ese "animal insignificante" que bajaba del monte rojizo? Aquel detalle que había pasado por alto durante ocho años lo había descolocado. ¿Qué deseaba insinuar el autor con su presencia, acaso un velado peligro? ¿Y a qué obedecía ese atisbo de frialdad dado a su carácter, cuando al escritor le constaba que Connor Brooks no era así? ¿Por qué el cuento de su permanencia en Marte, narrado con trazos tan ambiguos, generales, ocupaba el mismo o acaso menos espacio que el relato en su conjunto? ¿No se quiso profundizar en su historia a propósito o esa laguna se debía a un caso más de negligencia literaria? Preguntas como esas, que se hacía no por vanidad, sino por una necesidad urgente nacida de la insólita oportunidad que le había brindado ese libro, la de conocer su verdad, de una vez por todas. Sin dominar las respuestas, imposibilitado de descifrar la paradoja de un código ajeno a su persona, pero que le pertenecía únicamente a él, maldijo entonces al escritor, que en vez de golpear con un final brillante prefirió volcarse en digresiones y recuerdos personales, dejando su cuento en suspenso y a él, abandonado a su suerte.
Acostado, con los ojos abiertos, la vida de Connor Brooks se mezcló con mis propias sensaciones: eché de menos el calor humano, el contacto de una piel con otra en medio de la oscuridad y me sentí vivo solo a medias. A esa misma hora cuántos matrimonios dormirían abrazados, cuántas guaguas soñarían dulces sueños en el pecho de su madre, pero también cuántos seres habrían comenzado ya a dormir el sueño de la muerte, cual si fueran una gata, nuestra Diana, coagulada su sangre hace dos días, rígido su cuerpo a medio metro bajo tierra. Antes de cerrar los ojos se me vino a la memoria el verdadero Connor Brooks, desconocido titular de la tarjeta de crédito que hallé olvidada, palpitando, dentro del cajero automático del barrio Lastarria. Mi pobre dominio del idioma inglés me impidió llamar a la sede de su banco en Canadá; cuando una colega dio el aviso por mí le contestaron que ya había sido bloqueada.

sábado, abril 05, 2014

La trucha

Nos acercábamos a la playa de Inglaterra; el día estaba nublado, agradable, las nubes teñían las arenas de un ocre suave y las confundían con el pastizal amarillento que le abría el paso al desconocido horizonte. Al acabarse el sendero esperaba ver el mar confundido con la bruma luminosa, pero ante mis ojos apareció un arroyo cristalino y serpenteante que recorría el plano ubicado bajo las alturas en que me hallaba. A primera vista era menos de lo que esperaba. Un arroyo frío y verde, silencioso; sin embargo bastaba aguzar la vista para descubrir las truchas. Una de ellas, la primera que vi, se desplazaba contra la corriente y había quedado semi astascada entre unas piedras que salían a la superficie. Trucha preciosa, parecida a un lenguado, gris como el acero. Se hallaba a unos 20 metros de distancia, pero había que bajar para pescarla, y no existía la facilidad para el descenso.
Seguí el trayecto del arroyo; luego de una vuelta en u se me presentó del otro lado. Ahora había que cruzarlo para llegar al hotel, donde ya ingresaba mi familia. Pero estaba el asunto de las truchas. Las veía, mejor dicho se me ofrecían ellas mismas, apenas camufladas en el agua, enormes. Con una dosis no exenta de cobardía quise meter la mano por el borde de una de las paredes que encajonaban el arroyo para pescar una y -para mi sorpresa- ella misma saltó a mis brazos. Era una trucha de excepción, cuya cola remataba en unos flecos. Alcé el trofeo, orgulloso, para exhibirlo a mi familia, pero lamentablemente ellos ya habían ingresado al hotel.