jueves, junio 05, 2014

Los Mardones vs Los Pelusitas

Días atrás sonó mi celular; era un número que no recordaba. Escuché un griterío ensordecedor -una masa humana rodeaba al autor del llamado-, luego una voz que me sonó conocida. "¡Primo!". Guardé silencio; no hallaba qué decir. "¡Primo!", repetía. Era el Séper. ¡Séper! ¿Dónde estás? "En el estadio. Vinimos con el Jorge". Pero es muy temprano. Faltan dos horas para el partido. "Nos vinimos temprano. ¿No viene usted, primo?". Estoy en el diario, me gustaría, pero ¿no hace mucho calor allá? "¡Y qué importa, si vamos a ser campeones!". Ojalá. "¿Y cuándo nos va a pasar a ver a Rancagua, primo?". Pronto. No faltará la ocasión.
Nos despedimos. Ese día, en efecto, el O'Higgins fue campeón del fútbol chileno, por primera vez en su historia, y montones de pelusitas celebraron el título desde la galería junto a nuestra selecta embajada de Los Mardones: Jorge "Maravilla Gamboa", chofer y cargador de Sodimac; y su hermano el Séper, chofer de colectivos. Los seis Mardones restantes no fueron por diversas razones. Uno estaba en el diario (yo), otros dos veían el partido por la tele (el Vitorio y el Lucho), otro estaba dirigiendo operaciones en la mina (el Miguel), otro no sé dónde estaba (el Rigo) y otro yacía desde hace cuatro décadas en el cementerio municipal de Rancagua (el Julio).
En las pichangas infantiles de barrio nuestro equipo se llamaba "Los Mardones", naturalmente porque el apellido paterno de todos era Mardones, pero bien pensadas las cosas ese nombre necesitaba agregar otros requisitos para convertirse en mítico, recordado hasta nuestros días, mejor dicho recordado por los siete primos que vamos quedando. Para armar de improviso el plantel, Los Mardones debíamos vivir los unos de los otros a pasos de distancia, de modo de irnos llamando a la rápida para hacer el número suficiente como para salir a la cancha sin parches o galletas, como se les dice ahora. Además era deseable tener un entrenador que nos cayera del cielo, un guía que nos agrupara. Ambos requisitos se cumplían: el quiosco del tío Pablo cumplía las veces de lugar de concentración y domicilio legal del director técnico y la población Rubio con sus alrededores eran nuestro reducto. Casas todas de un piso, pareadas, dos dormitorios, living, comedor, baño y cocina. Algunas tenían poco patio, como la mía. El patio se hacía rodear por muros y panderetas que aprisionaban hasta el límite del estrangulamiento al naranjo y la parra que sobrevivían en ese ligero espacio. Tal vez por ese motivo la vid daba uvas dulces, al romper los granos, y ácidas, al tragarlos; uva frutilla la llamaba mi papá. No recuerdo haber jugado nunca en ese cuadrado claustrofóbico, sombrío. Cuando en los inviernos lo usábamos para fumar a escondidas -años después-, sentía cómo me entraba el frío por el cuello de la camisa, me recorría luego el espinazo y me bajaba por las piernas hasta llegar a los pies, donde se quedaba estacionado el día entero.
A veces era el Jorge el que tocaba la puerta, a veces éramos el Vitorio y yo quienes íbamos a hacer hora a la esquina, al quiosco del tío Pablo. Hacia las tres, cuatro o cinco de la tarde nadie hacía las tareas, de modo que no había obstáculos para jugar. La excepción era el Rigo: habitualmente se encontraba estudiando y costaba convencerlo para que se nos uniera. Se podría decir que era el jugador veleidoso, difícil, solitario, el jugador alejado de las pasiones que unifican a un equipo. No era creído, aunque algunos lo pensaran; tampoco era tan bueno para los combos y para la pelota, como parecía desprenderse de la aureola decidida y viril que proyectaba en la cancha. Mateo tampoco era. Estudiaba para sacarse buenas notas, entrar a la universidad y recibirse en una buena carrera, metas que se le cumplieron parcialmente. Ingresó a la Universidad de Chile a estudiar geología, con un puntaje bastante alto, pero a poco andar reventó y se cambió a una ingeniería de ejecución que lo llevó a Codelco, donde se desempeñó durante años hasta que salió, dicen, por su carácter huraño, hosco, ajeno a las motivaciones de los trabajadores que dirigía. Tiendo a pensar que tampoco era ni huraño ni hosco ni despreciativo ni presuntuoso. La verdad es que todas las personas herméticas son difíciles de definir, puede uno rebotar una y otra vez contra la pared en el intento, aunque esto sí que me atrevo a afirmarlo: la gente tiende a distanciarse de personas como el Rigo porque ve en ellas a sus propios demonios.
Días atrás le pregunté por él a la tía Mirita. Hacía mi visita mensual a la casa de Ibieta, lo único cercanamente parecido que va quedando del paso de mi madre por Rancagua -fuera del nicho que comparte con mi padre en el cementerio-. Luego de la infaltable paila de huevos fritos, que me devolvió el alma al cuerpo, vino el reposo en el living, frente a la chimenea, soñoliento, con una copa en la mano.
-¿Y qué es del Rigo? -le pregunté, para romper el silencio.
-El otro día lo vi pasar... ¡está flaco!, la diabetes se lo está comiendo.
Los pelusitas vivían todos en la población Sewell, en bloques enfrentados. Al medio corría un pasadizo ancho de tierra dura, diseñado diríase que para jugar a las bolitas, al trompo o a la rayuela, ya que carecía de escaños, árboles y jardines. Los pelusitas eran todos hijos de mineros que trabajaban para la Braden, esa trituradora que convertía las ilusiones en billetes, billetes que religiosamente pasaban los fines de semana a las manos y a las faldas almidonadas de las putas de Maruri o Carrera Pinto, para continuar casi al instante su viaje dentro de los bolsillos de un cafiche.
Regía el alma de la población Sewell una ley no escrita de vulgaridad e ignorancia. Los niños tenían las uñas sucias y hablaban a garabatos, bebían la pura leche que les daban en la escuela y su precocidad les acarreaba a su molino información de cosas extrañas que nosotros no sabíamos. Pero no por eso eran malos o buenos. Había en su modo de jugar a la pelota una filosofía muy en onda con el estilo mexicano de ese tiempo, que consistía en perder por hábito y ganar por heroísmo. En medio de la pichanga el Dago solía ponerse a caminar como sonámbulo. Advertidos por el Muchilo, su hermano, o por sus amigos el Cochefa y el Chamelo, parábamos el juego y esperábamos que recobrara la conciencia o cayera al suelo echando espuma por la boca.
Papá Barata, que era el hijo del cochero, jugaba para Los Mardones de lateral, el puesto más anodino que le puedan dar a un niño, porque era el más malo y el más feo de todos, de un color moreno que hacía pensar que de pronto una masa de grasa gelatinosa había cobrado forma humana. Además jugaba de lateral porque era parche; no era un Mardones. Nos caía bien por su humildad; aceptaba los peores insultos sin chistar, se dejaba humillar cuando se lo dribleaban y su papá tenía caballo.
El Vitorio era lo que siempre ha sido: un torito, un hombre de pasiones ciegas que pierde la orientación ante un buen torero, lanzando los cachos a diestra y siniestra. Al equipo le venía muy bien un jugador así, en la defensa y especialmente el mediocampo defensivo, donde con bravura hacía de sietepulmones, a lo Rubén Marcos. Ha vivido echando cornadas metafóricas; no digo que se haya equivocado al enfrentar la vida o que no haya usado la cabeza en el buen sentido de la palabra; al contrario. Lo que intento sugerir es que desde su más tierna infancia poseía ese carácter fuerte propio de los valientes, esos que sufren en silencio y atacan sin medir las consecuencias. Nunca estudió para una prueba, se inició con la empleada de la casa, tentó a la muerte volando aviones Mentor a ras de piso y luego fue a la universidad para aprender a dibujar y construir casas, cientos de casas y departamentos que le han dado un pasar más que respetable. Con los años desarrolló además la faceta de gran conversador, lo que quiere decir de persona capaz de sorprenderse, abierta a las novedades que va ofreciendo el acontecer. No puede afirmarse de alguien así que no le haya sido útil la sangre taurina que llevaba en las venas.
De modo que en las dos canchas aledañas al quiosco nos pasábamos jugando tardes enteras con una pelota del cuatro, del tres, del dos o hasta de plástico, pues las de trapo, características de las pichangas que jugaban nuestros padres, habían sucumbido ante el avance de la civilización. Los Mardones versus Los Pelusitas, unidos por el fútbol, separados por dos poblaciones. Una cancha detrás del quiosco, la otra delante, del lado oriente de la calle Bueras, ambas al costado de la línea del tren a Sewell y ambas delimitadas al sur por las casas de la población Rubio, en una de las cuales se ubicaba la chichería de Juanico. Allí encontraba por las noches a mi papá -cuando mi mamá me mandaba a buscarlo- sentado bajo un parrón, tomando una caña de pipeño con sus compañeros de farra, el Conejo, el Ojos Grandes, los hermanos Pezoa, el compadre Lastra, el Cumplido. Los amigos, para mi mamá los amigotes, me saludaban con cariño, el mismo que veía en los ojos vidriosos de mi papá, a quien no lograba convencer acerca de las ventajas de volver conmigo a la casa. Juanico, el cantinero de la oreja mocha, secuestrador de padres, condenado de antemano a la silla eléctrica por mi mente infantil. Frente a su antro del vicio, inocente de lo que adentro se cocía, el Jorge hacía de las suyas en la cancha, distribuyendo el juego con un brillo similar al del articulador colombiano del Mundial del 62, de allí que le quedara para siempre el merecido apodo de Maravilla Gamboa. Su estilo era el de un profesional, un gozador de la pelota. Las huellas que le había dejado la enfermedad no le impedían actuar con desenvoltura, sólo había sido su problema un par de meses en una habitación a oscuras con un parche en la cara y luego, al ver la luz nuevamente, la constatación de que se podía vivir con un ojo inútil, no se era ni más ni menos feliz por eso.
Cuando el equipo se veía propasado por un contraataque del rival surgía la figura del Julio, prototipo de esos zagueros centrales que sin arte alguno echan la pelota a la galería al arreciar el peligro; Julio el del juego alegre y efectivo de pases a la olla, que contrastaba con el del Rigo, más proclive a ensayar durante todo el partido la imposible perfección. Nunca le observé al Julio asomo alguno de avaricia, le sobraba inteligencia y todo lo que tenía lo daba a manos llenas, pues siempre le llovía algo nuevo, de modo que la suya era la vida fácil, alejada del esfuerzo, la responsabilidad y la constancia que tanto me inculcaba yo a mí mismo. Hola, tío, vengo a comer, decía al entrar a mi casa, directamente al refrigerador. Mi papá estallaba de furia con frases ininteligibles pero lo dejaba comer, porque era el segundo hijo de su hermano muerto, a quien el Julio le siguió luego los pasos. Fue el primero de nosotros en partir, no había cumplido 20 años. Vivía en Ibieta, la casa de la abueli, el tata Lucho y la Mirita, a dos cuadras de la nuestra, fuera ya del radio de la población. Compartía dormitorio con sus hermanos el Lucho y el Miguel, de modo que el Lucho, el Julio y el Miguel no pertenecían a la población Rubio pero sí al equipo de Los Mardones. Muchas veces los partidos se trasladaban al patio trasero de Ibieta, bajo el frondoso parrón que limitaba a un costado con el gallinero, pero entonces los rivales no eran los pelusitas, sino vecinos de la cuadra.
El Lucho era el arquero oficial porque su fanatismo era el arco y porque era larguirucho, llegaba a las pelotas bajas a costa de las rasmilladuras en las rodillas que le dejaban las voladas. Sin lugar a dudas era el más sentimental del equipo; sufría las derrotas y sobre todo las burlas que irracionalmente sacaban de la boca los rivales al calor del juego. Muchas veces el tío Pablo debía acompañarlo en su dolor al volver a casa, y uno nunca estaba seguro si acabado el llanto persistía su pena o se quedaba escondida. A pesar de ser el arquero oficial su pasión no era el fútbol sino el básquetbol, las chicas y la bicicleta, en ese orden. Como era de los mayores nosotros fuimos testigos de sus primeras conquistas con cierta envidia, no tanta, porque aún no nos llegaba la edad. La bicicleta Legnano, las patillas a lo Belmondo y el pelo ensortijado le otorgaban puntos con las liceanas, pero más crédito le daban sus jugadas bajo el cesto y aún más, su carácter. Porque siendo un sentimental podía también ser frío y decidido. A nosotros con el Vitorio nos encantaba ir a pasar la noche del sábado a Ibieta. Había otro ambiente y los badulaques éramos cinco, no dos. Jugábamos a los naipes y cerca de las tres de la mañana el Lucho con el Julio preparaban pan frito en la sartén. Uno de esos domingos me despertó el teléfono. Era para el Lucho. Contestó. Se adivinaba que del otro lado de la línea había una chica ilusionada tras los besuqueos y caricias en la fiesta, la noche anterior. Por regalar sus besos tal vez el Lucho le había hecho bellas promesas y ahora ella le pasaba la cuenta. El Lucho respondía con monosílabos, como si estuviera perdiendo el tiempo. La chiquilla parecía insistir, podía uno imaginar exactamente las palabras que estaba usando para confirmar el pololeo, los sentimientos que experimentaba, la humillación de sentirse despreciada. El Lucho abreviaba la conversación y cuando el asunto llegó a los ruegos le expresó con claridad de acero que lo de la noche anterior había terminado con la fiesta, frase que me hizo sentir vergüenza ajena. Luego cortó el teléfono y volvió a la cama, a seguir durmiendo. "Conquistar a una chica es poco menos que imposible y él la manda a freír monos como si nada", pensé, y a decir verdad nadie me ha podido convencer hasta hoy de que las mujeres no sean un puzzle del que no se dispone de todas las piezas, una derrota anticipada a la que si por milagro se le encuentra el talón de Aquiles hay que cuidar como hueso santo.
Otro picado de la araña era el Séper, un amante de los placeres y los lujos, quien, al igual que su hermano mayor, el Jorge, solo podía jugar cuando su madrasta le daba permiso. En la cancha no aportaba demasiado, aunque su perspicacia para advertir, criticar y reparar las fallas de los nuestros era notable. Se daba uno cuenta de inmediato de que si hubiese sido por él habría preferido estar a esa misma hora en el rotativo del cine Rex, vestido a lo dandy, con botas puntudas compradas en la zapatería "La Imperial", pañuelo de seda sobre el cuello, ofreciéndole un caramelo a la lolita que lo acompañaba. Ese panorama se le presentaba solo en sueños, de allí que aceptara de buen grado la realidad de la pichanga, que estaba sobre las alternativas de lavar un alto de loza, leer mínimo dos capítulos de la Biblia o quedarse castigado en la pieza a oscuras por el puro antojo de su madrastra.
En Rancagua pocos recuerdan un suceso que en su época fue memorable. Una larga década después de estas pichangas el Séper, que se llamaba Sergio pero le decíamos Séper, el Séper intentó con tres amigos la increíble aventura de llegar a Estados Unidos en auto. No pecaría de exagerado si dijera que tal desafío sirvió para darle un fresco titular al diario "El Rancagüino".

Cuatro coléricos rancagüinos
parten a conquistar América

El Séper, el Aránguiz, el Cristópoulos y el Traverso. Gran despedida, de noche, en la Plaza de los héroes, frente a la Intendencia, la Catedral y el Liceo de Niñas; el Chevrolet acondicionado a la pinta, los buenos deseos de siempre, los suspiros de las chicas, la envidia de los cobardes, la indiferencia de los protegidos por el aurea mediocritas de la provincia y el escepticismo de los hombres sin fe. Cuando alguna tarde nos encontramos en alguna fiesta familiar, o en un velorio, el Séper suele repetirnos la historia hasta el cansancio, risueño y bien dispuesto, acicateado por nuestra voraz curiosidad, me refiero a la curiosidad del ser humano, que siempre halla algo nuevo en las cosas ya vistas. Recuerdo especialmente un fresco atardecer de verano, bajo el parrón de la casa de De Geyter. Mi padre, que ya jugaba los descuentos, como se dice, aunque su mente se empeñaba en negarlo, surgió de pronto del dormitorio, todavía no tan flaco, no tan verdoso, bastante animado y alegre. Le acababa de hacer efecto la dosis de morfina que le aliviaba los dolores y ese pequeño paréntesis de felicidad en su día de perros lo aprovechó para disfrutar como un niño la anécdota del viaje a Estados Unidos relatada por su sobrino. "Nos fuimos felices -comenzó el Séper, quien a cada tanto interrumpía el relato para despejar una duda, ahondar en un detalle, rectificar una fecha-. Arriba del auto íbamos escuchando radio, fumando y comiendo y nos turnábamos para manejar. Cuando se nos acababan las cosas parábamos en una ciudad a comprar y aprovechábamos de entrar a los baños de los restaurantes, donde nos lavábamos y nos afeitábamos. A la altura de Copiapó empezaron las primeras discusiones. El Aránguiz se peleó con el Cristópoulos y lo quiso bajar del auto, pero el Cristópoulos no le aguantó y alguien logró imponer la cordura, pero el Aránguiz quedó amurrado y no se le vino a pasar hasta que llegamos a Arica, donde nos quedamos varios días dando vueltas por la plaza, medio separados, cada uno por su santo, sin decidirnos a pasar a Perú, hasta que al llegar a Lima nos peleamos entre todos y el grupo se deshizo. Yo me quedé un tiempo más y después me pasé a Paraguay, el Aránguiz volvió con el Traverso en el auto y el Cristópoulos tuvo que trabajar en lo que fuera para pagarse el pasaje de vuelta. Después me contaron que el auto entró piola a Rancagua, poco menos que con el motor apagado, de noche. Los cabros se bajaron con la cola entre las piernas y cada uno entró a su casa sin hacer un ruido, lo mismo que el Cristópoulos cuando descendió del bus". Todos reímos, un poco menos mi papá, pero la verdad es que ya a nadie le importaba demasiado esa aventura. De una parte, Rancagua es una ciudad de memoria frágil, que olvida a sus hijos como si fuesen bastardos y el Séper, el Traverso, el Aránguiz y el Cristópoulos no tenían las jinetas necesarias como para ser la excepción. De otra parte, era tiempo de recogerse. La orden tácita de finalizar la hora de visitas había sido dada por el mismo enfermo, que recobraba sus dolores.
En cuanto al Miguel, el más pequeño de todos, podía considerarse su producción en la cancha como una yapa. En el fondo, todo en él siempre ha sido una sorpresa, un regalo inesperado. De niño le decíamos Gl, pero con el tiempo sus virtudes de acciones silenciosas le ganaron el apodo de Mandrake, sobre todo por las maravillas que podía hacer con el dinero, tan escaso en los sesenta, los setenta, los ochenta y mejor no sigo. Se desprendió de sus capas de niñez del mismo modo que ganó en recelo y neura. Se forró de pequeñas obsesiones y hasta hoy jamás deja de asegurarse hasta tres veces de que la puerta y las llaves del gas han quedado bien cerradas. No es el mismo de ayer; está irreconocible. Cuando chico exhibía una sinceridad que nos avergonzaba. Dónde van, chiquillos. Al estadio, tío Pablo. ¿Tienen plata para la entrada? No, tío, porque cuando el de la puerta pide la entrada, los grandes se la pasan y nosotros nos colamos por abajo. Clásica es su anécdota de la clase de catecismo a la que llegamos el Vitorio, el Miguel y yo en una bicicleta. La profesora, una joven muy hermosa de la cual el Vitorio y yo estábamos enamorados, nos salió a despedir al terminar la clase. Cuando vio la bicicleta estacionada nos preguntó cómo nos iríamos. "El Hugo maneja, el Vitorio se va sentado en el marco y yo me voy corriendo atrás", le contestó el Miguel. A esa inocencia unía otra característica, la de un estómago aterrorizado por el movimiento. Si se subía a una liebre vomitaba a la segunda cuadra, qué decir de la tentación del carrusel. En una feria Fisa se dio el lujo de vomitar desde la cima de la rueda de Chicago a casi todos sus ocupantes. La Mirita, conociéndolo bien como la madre suya que era, le pasaba una bolsa de plástico para que se la pusiera en la boca cada vez que se subiera a una liebre. Un día se la sacó al momento de bajarse y vomitó en la escalera. Con esos antecedentes uno juraría que no le gustaba andar en auto. Pero no era así; le encantaba, como a todos nosotros, sobre todo si el chofer era el tío Pablo y la invitación era a buscar una canchita para jugar una pichanga en las afueras de Rancagua o en Codegua. Si se trataba de un terreno al tuntún la pichanga la jugábamos entre nosotros y duraba poco. Pero si nos llevaba a Codegua, donde sus tíos y sus primos, el partido era más serio, Los Mardones contra Los Huasitos del Campo. El tío Pablo al volante y nosotros dispuestos como sardinas en los asientos de un viejo Ford que quedaba en pana unas dos veces de ida y tres de vuelta. El tío Pablo enfilaba por el camino Longitudinal y después se metía por un camino de tierra, la mejor parte, porque al enfrentar los altibajos de la vía daban cosquillas en la guata. De ida nos íbamos contando chistes; casi todos corrían por cuenta del Julio, que hacía sana ostentación de su memoria privilegiada. Nosotros decíamos un número y él contaba el chiste archivado mentalmente para esa cifra. De vuelta nos veníamos cantando hasta quedarnos dormidos. Despertábamos en la esquina del quiosco y cada uno a su casa.
La gracia del tío Pablo era que entraba a la cancha con nosotros; era uno más de Los Mardones. Era chofer, entrenador y jugador y nunca retaba, como mi papá, que era un criticón y no dejaba jugar tranquilo. El tío Pablo era malo para los negocios, cambiaba autos nuevos por viejos, pero su risa fácil contagiaba y a cada uno le dedicaba al menos una frase durante el partido y después del partido. Frente a la gravedad y los tormentos de mi padre, que vivía atrapado por sus recuerdos, la levedad del tío Pablo se le antojaba un bálsamo a mi personalidad estresada.
Y ya que hablo de mí... quedo yo, el Hugo, el Chiruguín, promesa incumplida de la punta derecha, con ese estilo de juego escondido que da el zarpazo inesperado, ese estilo ideal para contar historias, historias de primos que ni se acercan a las de Saul Bellow, tal vez porque acá en Chile, acá en Rancagua las cosas son diferentes de las que suceden en las calles de Washington, Chicago, Nueva York. O porque Saul Bellow es de otra raza, derechamente de otro calibre. Aquellos primos del Premio Nobel, gordos de cabezas gigantes, ridículamente geniales, con varios ceros en la cuenta corriente, enhebrando nuevas teorías filosóficas para reencantar al mundo, aquellos primos pareciera que tenían tanto qué decir, ideas densas, figuras enrevesadas, aproximaciones impensadas a la vida diaria. Y los primos míos, ¿qué? ¿Con qué se quedan? ¿Con qué me quedo? Con los fluctuantes millones del Vitorio, los millones provincianos de Gl, las escuálidas arcas de Maravilla Gamboa y el Séper, que de galán de América derivó en allegado en la casa de su hermano; el extraño tránsito del Rigo por calles que le son suyas sin pertenecerle, el Lucho y sus condecoraciones militares, el Julio embalsamado. Todo un mito, una orgullosa impronta grabada a fuego en el escudo de armas de Los Mardones.