lunes, marzo 30, 2015

La máscara de gorila

No me costó demasiado darme cuenta de cuál sería mi papel en esta historia; y hasta diría que al principio lo asumí con cierto gusto. Era el tercero del trío, ese tipo de triángulo que acaparaba los corrillos juveniles, que se exhibía en las revistas pornográficas, en rotativos de salas subterráneas. Éramos tres trapecistas, como en un circo: la acróbata, el segundón y el soporte. De la acróbata hablaba su nombre por sí mismo; sobre el segundón, que era yo, no vale la pena extenderse. Y estaba el hombre que sin hacer otra cosa que usar la fuerza de sus brazos, sin lucirse, permitía que sus compañeros deslumbraran. Ese era él. El hombre de la silla de ruedas, gozador pasivo, creador del espectáculo.
Con el correr de las semanas fui viendo de otra manera las mismas cosas. Las perversiones entre las cuatro paredes de esa casa ya no me excitaron como en los primeros días, cuando prácticamente todo era una novedad para mí. Pronto me acostumbré al show que me ofrecía la extraña pareja y pasé a formar parte de él; eso quiere decir que también deseé, exigí. El hombre tenía una mirada de fuego que despedía luces desde el ojo de la cerradura; ella era adicta a la lencería vulgar y a los tacones altos. En cuanto a mí, descubrí, recién a estas alturas, que tenía la mano pesada. Al principio me costó admitirlo; luego sus quejidos me lo hicieron ver. Desarrollé el gusto por la nalgada y ella, por el orgasmo violento. Desde su guarida el marido movía frenéticamente las ruedas de la silla, pidiendo más acción, y cuando acabábamos casi a un tiempo los tres, extenuados por la entrega que cada uno había puesto en la interpretación de su rol, el trío se disolvía, ellos volvían a lo suyo y yo atravesaba a mi casita detrás de los naranjos. De pie frente a la ventana sentía más allá de esos árboles siniestros el chirrido del aceite en la sartén, el corte de la  carne sobre el platillo, el cambio de canales en la televisión. La noche se iba asemejando a la de las demás casas del barrio y podría jurar que al apagarse la última luz nuestros rostros eran los de tres vecinos comunes y corrientes, rendidos ante la satisfacción malsana causada por la monotonía de la vida.
A veces me invitaban a cenar. Entonces lo escuchábamos a él, al jefe del hogar, expandirse a placer sobre su afición por los grandes criminales; se sabía casi de memoria las historias de las víctimas y los diversos métodos utilizados por los victimarios. Solía brindarnos disertaciones de veinte a treinta minutos con una ilación similar o superior a la de un discurso escrito. Me horrorizaba entonces la diferencia que había con el otro, el organizador del espectáculo, el que movía la silla en sus momentos de desenfreno; me chocaban la frialdad, la falta de pasión y de entonación de sus palabras, tanto así que tras oírlo terminaba sudando o bebiendo grandes cantidades de agua de la llave, mientras él aspiraba su cigarrillo y echaba indiferentes volutas al aire y ella bebía su vermouth con un aire desganado. Afirmaba que la clave de las personalidades de los asesinos residía en el modus operandi, más que en el desarrollo de sus infancias. El autor elegía un camino cualquiera, casi al azar, y luego lo iba perfeccionando. No era una fijación, sino la búsqueda de un método cada vez más efectivo, tendiente a satisfacer el ansia de matar que llevan todos los hombres en sus genes. La sutil variación del método entre cada crimen revelaba lo que el asesino era capaz de imaginar, hipótesis que ninguno de los dos se atrevía a contradecir por temor a un alargamiento de la exposición. Ella evitaba bostezar, me lanzaba miradas o metía sus pies descalzos por dentro de mis pantalones.
En las mañanas les preparaba huevos a la copa, leche con vainilla y tostadas, la mesa quedaba hecha un desastre, ella se marchaba al café del Paseo Ahumada a atender a sus galantes caballeros y él se encerraba en su habitación para comunicarse con sus amantes de internet, a quienes les ocultaba su vida con inspiraciones románticas que lo hacían parecer -no sin argumentos- un poeta que no era o tal vez sí, aunque si lo fuese, distaría una enormidad del personaje real que se movilizaba en una silla de ruedas, disertaba sobre métodos criminales e ideaba cuadros plásticos para su placer desviado.
-Tonto -me susurró ella un día-, ¿no te das cuenta de que sus análisis se fundan en su invalidez? Fíjate bien y lo verás.
De modo que la indiferencia de mi amante ante las sangrientas disertaciones de su marido no vertía desprecio ni envidia. Ella intuia; él pasaba por alto los detalles que no interrumpieran su plan de vida. La única víctima venía siendo yo, eterno sorprendido.
¿Qué sentido podía tener para un hombre incapaz de matar una mosca, además de estar físicamente impedido para hacerlo, especializarse en una disciplina tan extraña como la de las lecciones que se extraen de los grandes asesinatos de la historia? ¿Por qué no le interesaban las matanzas masivas, sino únicamente los crímenes ideados y ejecutados por una sola persona? Desde luego, pronto ella me desveló que detrás de esa tendencia no se escondía un afán de proyección, ni siquiera el esbozo de un deseo reprimido. Había algo más, que ella aún no lograba intuir.
-¿Creíste que había puesto el aviso para encontrar un pene o para armar un trío? Estás loco, lo hice para que me ayudes a desenmascarar su secreto -me confesó al pasar, un día.
Así yo, además de constituir para ella una esperanza, era el objeto de una notificación: descubre o vete.
Asumí el desafío como una misión cuasi-sagrada, pero pronto descubrí que a ella no le importaba en lo más mínimo el "secreto" y desde luego, si había uno, lo conocía perfectamente. Era una más de tantas frases que decía por decir, motivadas en su afán histriónico. Aspiraba a llevar siempre la corona de una reina, pero los años se le venían encima. Los administradores del café con piernas, hombres sin sentimientos, ya la habían desplazado a la barra lateral; mujeres más jóvenes ocupaban su lugar y dichas certezas se adivinaban en el cansancio de sus ojos. Lo único que le quedaba de verdad era su casa y su marido decadente.
Sus destinos se hallaban atados; no parecía que entre ambos mermara el deseo de vivir bajo el mismo techo. De mantener el fuego de la pasión se encargaba ella diariamente, pues intuia que la más leve declinación de la llama implicaba funestos presagios. Acabé por concluir que yo era un aliciente más, y que mis días sí que estaban contados para la pareja. No era yo la persona capaz de romper la estrecha y compleja relación que habían fabricado a lo largo de los años; tampoco deseaba serlo. Mi rol deambulaba en la cuerda floja que transita entre la voluntad del mandamás y la entrega del títere a la mano que lo mueve. Me excitaba formar parte de esas fantasías, pero manteniendo la actitud distante de quien vive pensando que le han tendido una trampa. Así, ninguno de los tres podría haber concebido para mí una despedida sin adornos de pirotecnia; era cosa de aguardar la señal. Y esta llegó el día que les enseñé la máscara de gorila.

*** 

Los meses de invierno se tornaban insufribles por el rechazo de ellos a cualquier modo de calefacción. Ante mis leves insinuaciones sostenían que las sesiones se llevaban mejor en ese ambiente, lo que para mi gusto solo resultaba ser cierto mientras duraban, peor aun, apenas en los momentos cruciales. Afuera la escarcha cubría las calles, adentro no había gran diferencia, a juzgar por un sol que apenas alcanzaba para un par de rayos en el alféizar, cuando lo hacíamos de día. Huía a mi reducto no bien todo acababa. Ahí me esperaba al menos una estufa a parafina.
En el café tenía ella un montón de admiradores. A los más osados los invitaba a la casa; entonces, previo aviso, la esperábamos detrás de la puerta de la cocina; debíamos compartir el ojo de la cerradura, lo que a pesar de traerme malos recuerdos me dejaba clavado ante la visión de sus proezas, ideadas para su marido. Actuaba; en sus venas llevaba la sangre del criminal. Al hacerlo me reducía al papel de víctima y compañero de infortunios de su hombre. Él buscaba ese tipo de placer masoquista; en cambio yo sentía que estaba de sobra. Sus calzones olían; cuando se acercaba expresamente al ojo de la cerradura él aspiraba esa fragancia, lo que apuraba su faena. No bien su mano se ensuciaba, daba media vuelta y enfilaba la silla de ruedas hacia el dormitorio, dejándome para mí solo la experiencia voyerista. Ella parecía adivinarlo y en un dos por tres liquidaba a su presa. Luego lanzaba carcajadas histéricas, sin sentido, como burlándose, y al hacerlo dejaba al descubierto la falta de premolares en ambos lados de la boca.
Vivíamos, en el fondo, en una isla, y teníamos la personalidad de los isleños, quienes hipotecan sus esperanzas a lo que se mueve más allá de las aguas, en el continente, encerrados como están en su limitado reducto.
Todo aquello que se conoce se quiere mejor. Con el tiempo me encariñé con sus defectos, sus bajezas. ¿Qué maldad podía habitar en seres como estos, atados a trucos de aficionados para marcar el paso de sus días? Aguardaban promesas de felicidad dando manotazos de ahogados, ideaban actos sin sentido y los repetían a sabiendas de sus resultados. Todo terminaba al caer la noche con el chirrido del aceite en una sartén, la voz lejana de un televisor, dos ronquidos inquietantes. Afuera se movían las tropas militares y los agentes buscaban a sus víctimas como los sapos a los insectos. Allí sí había una maldad natural y tanto víctimas como victimarios se complacían en llevarla a cabo. Unos gozando su papel de asesinos y los otros ocultándose para dar lancetadas desde la oscuridad. Más temprano y más tarde se invertirían los papeles.
No hay régimen más justo que otro. Tiranos y demócratas se hermanan en la búsqueda del bien. Ambos disponen de ejércitos. Solo el acuerdo colectivo evita la sangre. Las minorías serán relegadas y de ellas será el sabor de la derrota. El viento las obligará a guarecerse; se esconderán del mundo y vivirán su secreto entre gusanos. Al final todos llegarán a mascullar sus penas a una casa de pensión.
En su dormitorio guardaban los diversos modelos de lencería y otros disfraces de que disponía Nora, la dueña de casa. "A veces organizamos fiestas especiales", decía en aquellos atardeceres de tedio. En un cajón de la cómoda se hallaba la indumentaria del marido. "A mí me obliga vestirme de mujer y la obedezco para darle el gusto", reclamaba este sin pasión alguna. Les hablé de mi disfraz, que llevaba a todas partes conmigo. Era la prueba de mi fracaso y al mismo tiempo de la fascinación que sentía por la fantasía. Tampoco se trataba de echar a la basura una máscara de gorila con sus brazos, que en su momento me habían significado poco menos que el sueldo del mes.
De modo que allí estábamos, una noche de invierno, jugando a los disfraces. Hube de ayudar a mi compañero de orgías a maquillarse tal como Nora lo había dispuesto; esto es, pintándolo con exageración, el rojo intenso del lápiz labial más allá de la boca, qué digo, de la aguda línea de sus labios escondidos, hasta formar la grotesca mancha de un corazón; el colorete y el polvo a destajo, tiñendo los párpados de fucsia y remarcando las cejas. Alrededor del cuello, un festival de collares. Sobre su pelo, que raleaba en la cabeza, una peluca rubia y sobre la peluca, un coqueto sombrero. Cubriéndole su cuerpo de minusválido, un vestido floreado.
-Patético -refunfuñó al mirarse ante el espejo, encendiendo un cigarrillo.
Fui a mi habitación y regresé vestido con la máscara y los brazos de gorila. En un principio el hombre se atemorizó; juraría que el disfraz lo había sobrepasado. Cuando se repuso dio paso a una sincera admiración, tanto así que me rogó examinar en detalle los implementos, que intentó probárselos, olvidándose de que su sombrero se lo impedía.
-Hubo un asesino belga que usaba un disfraz como este. Cometió sus atrocidades en el siglo diecinueve, si mal no recuerdo entre 1864 y 1881. Fascinaba a sus víctimas, todas mujeres de entre 17 y 21 años, en ese tiempo considerada la edad ideal del sexo femenino. Las hacía caer en trance y cuando se hallaban en sus brazos las estrangulaba con las manos del gorila. Luego las depositaba en el lecho, cubiertas sus caritas con un velo, y se marchaba. Fue descubierto por un padre incestuoso que vio la escena al entrar en medio de la noche a la pieza de su hija. Dio aviso a la policía, la policía capturó al asesino pero el testigo entró en contradicciones y su pecado quedó al descubierto. Fue señalado con el dedo por el pueblo de Gante y tuvo que marcharse a Holanda, donde acabó sus días. El criminal fue guillotinado y su traje quedó expuesto en el museo del crimen de la universidad de Graz, en Austria. Desapareció luego de la Primera Guerra.
No hice mayores comentarios a su disertación. Y él, de quien advertí que se disponía a ofrecer más detalles del caso, calló abruptamente. Ambos habíamos escuchado el frenazo de un auto frente a la casa. Autos frenan todos los días, pero nos dimos cuenta de que este era un frenazo especial. Me asomé a la ventana y le comenté: "Viene con dos amigas disfrazadas". No quiso ayuda, sus manos doblegaron el esfuerzo habitual y lo condujeron a la cocina con una velocidad sorprendente. Hasta mis pasos iban más lentos, de hecho entré después que él y nos quedamos quietos, esperando el aviso oficial para incorporarnos al festín. Cuchicheábamos, nerviosos. Disfrazadas de qué. Traen máscaras venecianas, pero me imagino que debajo de los abrigos se esconde algo diferente. ¿Se ve algo más? Nada todavía.
Cuando Nora las hizo pasar, las risitas que lanzaban no diré que me congelaron la sangre de las venas, pero sí me llamaron fuertemente la atención. Si no venían borrachas, a lo menos traían varias copas en el cuerpo. Eso y sus máscaras procaces, plumíferas, calentaban aún más el ambiente previo.
Nora se asomó a la cocina y nos lanzó una carcajada. Luego volvió a sus dos amigas.
-Pónganse cómodas.
-¿Somos nosotras tres? Dijiste que habría compañía.
-Calma, chicas, calma.
Imaginé que había traído consigo a dos compañeras del café, pero con ella nunca se podía estar seguro de nada. Me calcé los brazos del gorila y mi cabeza entró de nuevo dentro de la máscara, luego de tanto tiempo. El corazón se me había acelerado y me costaba respirar. Él no se movía del ojo de la cerradura.
-Se abrieron los abrigos; vienen vestidas de putas -decía para sí mismo.
Nora hizo girar en el tocadiscos un mambo de Pérez Prado, lo que develó sus arcaicos gustos musicales, y las dejó en la sala mientras corría a sacar su disfraz del dormitorio. Volvió en dos minutos, vistiendo un negligé que sugería perfectamente la forma de sus tetas y bajo el cual se podía ver el calzón violeta, que apenas le cubría el sexo y que desaparecía en un triángulo entre las nalgas. Sus dos acompañantes se encendieron y comenzaron los toqueteos. Una intensa vibración emanó de la silla del inválido, quien resoplaba, excitado. Se están corriendo mano, murmuraba. Quise mirar, pero la máscara me lo impedía. Cuéntame, murmuré. Nora se echó en el sofá... una se le sentó en l'hocico y la otra le chupa el sapo... Nora llega varias veces, le gusta contar sus orgasmos con los dedos... ya levantó uno... ahora Nora se lo está chupando rico a la rucia... la otra se corre la paja...
La vulgaridad de sus comentarios, en vez de encender mi imaginación, la enfriaba. Pero los quejidos que venían del salón, que se iban sumando uno tras otro y sin interrupción, surtían otros efectos. A juzgar por el eco de sus voces, las tres ninfas no nos necesitaban, pero Nora ya me había enseñado que nunca se termina de aprender con las mujeres, de modo que cuando el inválido, enloquecido de deseo, abrió la puerta y se dirigió al salón a reclamar su papel en la orgía, lo seguí discretamente y esperé la reacción.
Al ver entrar a un transformista inválido y a un hombre disfrazado de gorila las mujeres rieron, nerviosas.
-¿No me creían? -las increpó Nora.
La bestialidad las atrajo y ambas se me fueron encima, mientras el inválido sacaba su pene y se lo ofrecía a la primera que se sentara sobre la silla musical. Pero en ese instante solo tenían ojos para mí, de modo que dejé que se acercaran y penetré con brutalidad a la más rellena, una mujer de carnes firmes y un culo que se asemejaba a la popa de un barco moviéndose al compás de las olas.
Dentro de su cuerpo se vivían mundos desconocidos; el corazón se me había agrandado y pujaba por huir del pecho. Empujaba los huesos y la carne, buscando una vía de escape que lo liberara de la presión a la que lo tenían sometido. Sentía que en cualquier momento lograría su afán, y en vez de reducir la pasión que corría por mis venas la aceleré, porque en el fondo deseaba que esa noche pasara algo grande, algo así como la coronación del reinado de la alcantarilla en el que había vivido los últimos meses, algo definitivo, que me indicara el camino hacia la orilla del lago. La tenía contra la pared; ella se agarraba de la nuca del gorila para que hundiera su miembro en lo más profundo de sus entrañas; los brazos de la bestia le dañaban las nalgas, que bamboleaban en la tormenta salvaje. No era momento para pensar, lo sabía, y sin embargo mi mente se trasladó a aquella escena que me había despertado de la felicidad de mi matrimonio, cuando me aprestaba a dar la sorpresa y me encontré, preso el cuerpo dentro de la máscara de una fiera, con un cuadro que aún no conseguía asumir. ¿Qué quedaba de esa ingenuidad de esposo enamorado, de marido pobre y fantasioso? Apenas la reminiscencia de la fragancia sexual que ese día ella y Laura despedían desde la cama, nuestra cama. Y mi corazón, que continuaba latiendo como entonces, a pesar de todo. Habían sido tan felices durante ese momento y recién ahora lo entendía, bajo la máscara. ¿Qué otra finalidad más elevada para sus cuerpos que llevar a cabo la misión para la cual habían surgido desde la costilla de Adán? ¿A cuento de qué hacerme la víctima, dármelas de esposo engañado? Las víctimas están condenadas al destierro y al olvido. El mundo las mira con compasión maligna, como estorbo propio de humanos. Nosotros, las fieras, no tenemos tiempo para lamento alguno. Nuestra ley es dominar, poseer, matar o morir.
Fueron segundos de raciocinio en un corazón inflamado dentro de una vorágine del placer. Se me cortaba la respiración atrapado en la máscara y la falta de oxígeno hacía renacer mis instintos primitivos de supervivencia. No tenía oídos más que para los dictados de mi conciencia y de mi cuerpo. Era solo yo, encerrado dentro de mí mismo, yo en frenético movimiento sexual, yo ajeno a los deseos del otro, absorto, ausente del mundo, el yo más proclive a matar. Mi compañero parecía entender la situación, porque desde su silla de ruedas exigía a gritos más, más, más...
Desde lejos, como desde el fondo de un gimnasio alemán, de aquellos gimnasios de paredes graníticas que uno ha visto en el sur en un día de invierno, comencé a percibir los quejidos de mi amante, crecientes, desesperados. Esos quejidos... ¿los había escuchado antes? ¿Dónde? Estaban tan cerca de mi cara, en la antesala del pabellón de mis orejas, y sin embargo los sentía como si vinieran galopando desde una estepa siberiana, a miles de kilómetros en el tiempo. Yacía solo con mi deseo, sus quejidos invisibles y las exigencias del inválido.
¡Más!... ¡más!... ¡más!
Nora se había esfumado virtualmente de la sala, su otra amiga también. Luego descubriría que esta se hallaba junto al estudioso de asesinos y que ambos se movían en círculos por el mismo suelo que contenía mis deseos, a bordo de la frenética silla de ruedas. Y que ese ¡más!... ¡más!... ¡más! no era para mí, tal vez ni siquiera para ella, sentada en su miembro y absorta ante una mecánica sexual que desconocía hasta ese momento. ¿Cómo saber esas cosas dentro de mi máscara, convertido en un gorila de la selva, no de estantería?
En el momento del éxtasis ella me besó en la boca, la boca del gorila, y estiró su lengua hasta dar con la mía. En mi arrebato le arranqué la máscara con mis manos peludas. Era mi mujer.

***
Decir que era ella es decir que me reencontré con un cuerpo que alguna vez se había acostado conmigo en la misma cama. Un cuerpo más relleno, que para luchar vanamente contra el paso de los años se cuidaba en el gimnasio y se quitaba y agregaba carne. En lo demás era una desconocida. Ni una sola de sus artes amatorias reconocía, ni uno solo de sus gestos. Era como si los años la hubiesen cambiado hasta volverla otra; pero también podía ser que ella hubiese sido siempre así y que el incapaz de penetrar en su verdadero mundo hubiese sido mi candor de esposo enamorado.

jueves, marzo 12, 2015

El mejor compañero

El Plátano González fue promovido a la sexta preparatoria del liceo cubierto de laureles, aunque tal vez por su carácter pragmático, algo frío, poco amigo de integrar grupos, falto de empatía, se adivinaba entre sus compañeros un sentimiento larvado de rechazo a su persona, de modo que el día en que aparecí yo fue como si estallara una olla a presión. Tal como lo pongo suena dramático, puedo equivocarme, pero es lo que se le ha ido revelando a mi alma con el correr del tiempo.
Yo era entonces el Chico Mardones, un forastero de 10 años que ingresaba al curso, proveniente de la Escuela 1. Hasta ese momento no había pasado de ser un alumno callado, tímido, del montón, medio volado, como poeta sin versos. Ayudaba a crear esa imagen el hecho de haber iniciado mi vida escolar un año antes de lo que correspondía, por lo que siempre era el menor en estatura y madurez. Era flojo, prefería llenar mis cuadernos de historietas antes que hacer las tareas y estudiar y cada tarde, después de la once, caía en la tentación de rendirme a los programas infantiles de la radio. Pero la llegada al liceo me abrió un horizonte insospechado de posibilidades. Ahora que pasaba de chico a grande, ahora que desaparecían mis compañeros anteriores y con ellos el fantasma de mi propia figura vestida con buzo, ahora que vestiría de chaqueta azul, corbata y pantalones grises, la vida me planteaba un excitante desafío; secretamente decidí afrontarlo.
El curso del liceo lo dirigía el señor Olavarría, un grandote de impermeable de gabardina hasta los talones, cara de tártaro, lengua corta y zapatos puntudos. Hablaba rápido y no terminaba las palabras; resultaba un verdadero suplicio chino copiar en el cuaderno cuando nos dictaba las materias y no era extraño que en plena clase saltaran desde los pupitres, como pulgas , los ¿qué?, ¿cómo?, ¿puede repetir, señor?
El Plátano se sentaba en primera fila, vestía correctamente, usaba colleras, se peinaba para atrás a la gomina y era hijo de la profesora de francés, lo que más tarde le dibujó en la libreta de notas un siete de arriba abajo durante los cuatro años que cursó ese ramo. El sobrenombre le venía de su rostro aplatanado, unido al color moreno amarillento de su piel. De pequeño fue bautizado por sus pares Cabeza de plátano, mote que más tarde se simplificó en Plátano. No es que fuese odiado, sino que no era querido, lo que a él, supongo por lo que relato, lo tenía sin cuidado.
Yo me di cuenta de todo esto al mes de iniciado el año escolar, con la entrega de los resultados de las primeras pruebas que nos situaron en la delantera, muy por encima de los demás. Le había salido gente al camino al Plátano y el curso exhalaba un murmullo de asombro cuando el señor Olavarría leía las notas. Aunque nadie decía nada, era algo que se percibía en el ambiente, tal como la rivalidad silenciosa en que nos enfrascamos el año entero. Por alguna razón que desconozco el profesor había tomado partido por mí y al concluir el primer trimestre me entregó el primer puesto. El Plátano no dijo nada; redobló sus estudios y me desafió con un segundo trimestre memorable, en que volvió a salir perdiendo. Para colmo también cedía el primer lugar en las carreras de gimnasia. Nunca dejé de superarlo en los últimos metros, para algarabía de mis compañeros, que abarrotaban la meta. En la clase de música, donde cada alumno debía cantar una canción, la que eligiera, mi melodía era coronada con un aplauso cerrado, que premiaba la imitación de Lorenzo Valderrama y su "Río rebelde". El Plátano no tenía buena voz. Le faltaba entonación y, sobre todo, pasión. En la clase de dibujo mis caricaturas y paisajes despertaban admiración y felicitaciones.
Me sentí un hombre nuevo, me desconocí a mí mismo; no era el que siempre había sido y las notas no hicieron más que inflar mi vanidad, pero esa conducta implicaba un costo que debía de pagarse alguna vez, no sería ese año sino en futuros calendarios, cuando me diera cuenta de que no era tan fácil ser el primero, que la música, el dibujo y la gimnasia iban a la baja, que no bastaba con quemarse las pestañas estudiando una y otra vez la materia hasta aprendérsela de memoria y que los sietes eran poco más que un signo en una libreta. No era eso la inteligencia, aunque ese año hubiese jurado que sí. No era ese tampoco el único objetivo de la vida, triunfar a través de las notas. Pronto asimilaría con sorpresa que las notas solo le importaban a uno mismo y a unos pocos más; la inmensa mayoría lograba sortear ese camino y conseguir logros impensados, que yo jamás conseguiría, ¡siendo ellos menos que yo! Así fue que de entre ese lote salieron un vicerrector académico, un showman, un exitoso empresario, un médico, varios abogados, dos o tres que terminaron sus cómodos días en Europa y hasta un asesino político de cierto prestigio, que en las reuniones de ex alumnos es tratado con admiración y reverencia.
Pero faltaba el broche de oro. Al finalizar el año fui elegido el mejor compañero. El curso, en votación secreta y democrática, premió mi triunfo sobre el Plátano, como si se sacara una espina de toda una vida o se vengara de él a través mío. Cuando días después se me entregaron los galardones en una solemne y humilde ceremonia que tuvo lugar en la misma la sala de clases, con la asistencia de padres y apoderados, la voz femenina de la madre de un alumno que no había obtenido premio alguno, madre que al hablar destilaba una mezcla de veneración y honda tristeza, emocionada voz que aún conservo intacta en la memoria, exclamó: "¡A este niño hay que levantarle una estatua!".
Todavía guardo uno de esos trofeos en mi estantería. "Colmillo blanco", de Jack London. Tapa amarilla de cartón.
A ese año de gloria le sucedió un largo paréntesis de un lustro, una eternidad para el adolescente que ya era entonces. Del primero al quinto de humanidades entré en un remolino de confusión. Me atonté, me dejé caer en el vicio del cigarro y los amigos. Las notas dejaron de ser mi centro de gravedad y, lo otro, fueron llegando al curso otros Chicos Mardones que se quedaron con los gloriosos laureles. En paralelo, comencé a sentir en mi mente las camisas de fuerza que el sistema les reserva a los locos; hube de contenerme y conocí por fin la libertad, pero en el sentido inverso: su bailoteo burlesco, que rozaba mis flancos, me cantaba a toda voz que nunca sería capaz de vivirla. Durante esos años me alimenté de las sobras que reciben los del cuarto lugar. Las clases se hicieron complejas, difíciles de entender; ya no bastaba con saberse la materia de memoria. Un día canté ante el curso y noté que se reían en voz baja. Me había cambiado la voz; ya no era el de antes. Al Plátano, en tanto, no se le movía un músculo y continuaba su eterna lucha por el primer lugar. Había olvidado que yo existía, parecía más concentrado en los nuevos genios, a los que tampoco les pudo ganar.
Pero la vida liceana me dio una segunda oportunidad. El último año, el de la división de los alumnos, elegí Letras; los genios se volcaron al sexto Biólogo o al Matemático. Letras, en ese tiempo, era el curso de los porros, cimarreros y buenos para nada. La única meta de aquellos bárbaros era entrar al banco o a la compañía de teléfonos. Y como en el país de los ciegos el tuerto es rey, nuevamente descollé, mas ahora sin el beneplácito ni la simpatía de los demás. Me sentía un diamante entre el carbón y de algún modo lo hice ver, porque al final del año, al momento de la votación secreta y democrática para elegir al mejor compañero, obtuve dos votos. ¡Dos votos!, me repetía, amargado, poseído por la ira, dos votos mientras el Barrabás, el patán del curso, se llena de gloria, coronado por una cáfila de tunantes.
Solo me quedaba el consuelo del primer puesto, otra vez, pero a esa altura nada significaba.