jueves, marzo 12, 2015

El mejor compañero

El Plátano González fue promovido a la sexta preparatoria del liceo cubierto de laureles, aunque tal vez por su carácter pragmático, algo frío, poco amigo de integrar grupos, falto de empatía, se adivinaba entre sus compañeros un sentimiento larvado de rechazo a su persona, de modo que el día en que aparecí yo fue como si estallara una olla a presión. Tal como lo pongo suena dramático, puedo equivocarme, pero es lo que se le ha ido revelando a mi alma con el correr del tiempo.
Yo era entonces el Chico Mardones, un forastero de 10 años que ingresaba al curso, proveniente de la Escuela 1. Hasta ese momento no había pasado de ser un alumno callado, tímido, del montón, medio volado, como poeta sin versos. Ayudaba a crear esa imagen el hecho de haber iniciado mi vida escolar un año antes de lo que correspondía, por lo que siempre era el menor en estatura y madurez. Era flojo, prefería llenar mis cuadernos de historietas antes que hacer las tareas y estudiar y cada tarde, después de la once, caía en la tentación de rendirme a los programas infantiles de la radio. Pero la llegada al liceo me abrió un horizonte insospechado de posibilidades. Ahora que pasaba de chico a grande, ahora que desaparecían mis compañeros anteriores y con ellos el fantasma de mi propia figura vestida con buzo, ahora que vestiría de chaqueta azul, corbata y pantalones grises, la vida me planteaba un excitante desafío; secretamente decidí afrontarlo.
El curso del liceo lo dirigía el señor Olavarría, un grandote de impermeable de gabardina hasta los talones, cara de tártaro, lengua corta y zapatos puntudos. Hablaba rápido y no terminaba las palabras; resultaba un verdadero suplicio chino copiar en el cuaderno cuando nos dictaba las materias y no era extraño que en plena clase saltaran desde los pupitres, como pulgas , los ¿qué?, ¿cómo?, ¿puede repetir, señor?
El Plátano se sentaba en primera fila, vestía correctamente, usaba colleras, se peinaba para atrás a la gomina y era hijo de la profesora de francés, lo que más tarde le dibujó en la libreta de notas un siete de arriba abajo durante los cuatro años que cursó ese ramo. El sobrenombre le venía de su rostro aplatanado, unido al color moreno amarillento de su piel. De pequeño fue bautizado por sus pares Cabeza de plátano, mote que más tarde se simplificó en Plátano. No es que fuese odiado, sino que no era querido, lo que a él, supongo por lo que relato, lo tenía sin cuidado.
Yo me di cuenta de todo esto al mes de iniciado el año escolar, con la entrega de los resultados de las primeras pruebas que nos situaron en la delantera, muy por encima de los demás. Le había salido gente al camino al Plátano y el curso exhalaba un murmullo de asombro cuando el señor Olavarría leía las notas. Aunque nadie decía nada, era algo que se percibía en el ambiente, tal como la rivalidad silenciosa en que nos enfrascamos el año entero. Por alguna razón que desconozco el profesor había tomado partido por mí y al concluir el primer trimestre me entregó el primer puesto. El Plátano no dijo nada; redobló sus estudios y me desafió con un segundo trimestre memorable, en que volvió a salir perdiendo. Para colmo también cedía el primer lugar en las carreras de gimnasia. Nunca dejé de superarlo en los últimos metros, para algarabía de mis compañeros, que abarrotaban la meta. En la clase de música, donde cada alumno debía cantar una canción, la que eligiera, mi melodía era coronada con un aplauso cerrado, que premiaba la imitación de Lorenzo Valderrama y su "Río rebelde". El Plátano no tenía buena voz. Le faltaba entonación y, sobre todo, pasión. En la clase de dibujo mis caricaturas y paisajes despertaban admiración y felicitaciones.
Me sentí un hombre nuevo, me desconocí a mí mismo; no era el que siempre había sido y las notas no hicieron más que inflar mi vanidad, pero esa conducta implicaba un costo que debía de pagarse alguna vez, no sería ese año sino en futuros calendarios, cuando me diera cuenta de que no era tan fácil ser el primero, que la música, el dibujo y la gimnasia iban a la baja, que no bastaba con quemarse las pestañas estudiando una y otra vez la materia hasta aprendérsela de memoria y que los sietes eran poco más que un signo en una libreta. No era eso la inteligencia, aunque ese año hubiese jurado que sí. No era ese tampoco el único objetivo de la vida, triunfar a través de las notas. Pronto asimilaría con sorpresa que las notas solo le importaban a uno mismo y a unos pocos más; la inmensa mayoría lograba sortear ese camino y conseguir logros impensados, que yo jamás conseguiría, ¡siendo ellos menos que yo! Así fue que de entre ese lote salieron un vicerrector académico, un showman, un exitoso empresario, un médico, varios abogados, dos o tres que terminaron sus cómodos días en Europa y hasta un asesino político de cierto prestigio, que en las reuniones de ex alumnos es tratado con admiración y reverencia.
Pero faltaba el broche de oro. Al finalizar el año fui elegido el mejor compañero. El curso, en votación secreta y democrática, premió mi triunfo sobre el Plátano, como si se sacara una espina de toda una vida o se vengara de él a través mío. Cuando días después se me entregaron los galardones en una solemne y humilde ceremonia que tuvo lugar en la misma la sala de clases, con la asistencia de padres y apoderados, la voz femenina de la madre de un alumno que no había obtenido premio alguno, madre que al hablar destilaba una mezcla de veneración y honda tristeza, emocionada voz que aún conservo intacta en la memoria, exclamó: "¡A este niño hay que levantarle una estatua!".
Todavía guardo uno de esos trofeos en mi estantería. "Colmillo blanco", de Jack London. Tapa amarilla de cartón.
A ese año de gloria le sucedió un largo paréntesis de un lustro, una eternidad para el adolescente que ya era entonces. Del primero al quinto de humanidades entré en un remolino de confusión. Me atonté, me dejé caer en el vicio del cigarro y los amigos. Las notas dejaron de ser mi centro de gravedad y, lo otro, fueron llegando al curso otros Chicos Mardones que se quedaron con los gloriosos laureles. En paralelo, comencé a sentir en mi mente las camisas de fuerza que el sistema les reserva a los locos; hube de contenerme y conocí por fin la libertad, pero en el sentido inverso: su bailoteo burlesco, que rozaba mis flancos, me cantaba a toda voz que nunca sería capaz de vivirla. Durante esos años me alimenté de las sobras que reciben los del cuarto lugar. Las clases se hicieron complejas, difíciles de entender; ya no bastaba con saberse la materia de memoria. Un día canté ante el curso y noté que se reían en voz baja. Me había cambiado la voz; ya no era el de antes. Al Plátano, en tanto, no se le movía un músculo y continuaba su eterna lucha por el primer lugar. Había olvidado que yo existía, parecía más concentrado en los nuevos genios, a los que tampoco les pudo ganar.
Pero la vida liceana me dio una segunda oportunidad. El último año, el de la división de los alumnos, elegí Letras; los genios se volcaron al sexto Biólogo o al Matemático. Letras, en ese tiempo, era el curso de los porros, cimarreros y buenos para nada. La única meta de aquellos bárbaros era entrar al banco o a la compañía de teléfonos. Y como en el país de los ciegos el tuerto es rey, nuevamente descollé, mas ahora sin el beneplácito ni la simpatía de los demás. Me sentía un diamante entre el carbón y de algún modo lo hice ver, porque al final del año, al momento de la votación secreta y democrática para elegir al mejor compañero, obtuve dos votos. ¡Dos votos!, me repetía, amargado, poseído por la ira, dos votos mientras el Barrabás, el patán del curso, se llena de gloria, coronado por una cáfila de tunantes.
Solo me quedaba el consuelo del primer puesto, otra vez, pero a esa altura nada significaba.