jueves, junio 30, 2016

Fragmentos de la vida de Pereptil

El peregrino

Era la tercera o cuarta vez que la cárcel lo dejaba en libertad, señal inequívoca de que algo andaba mal en su vida, y también de que algo o alguien debía de estarlo protegiendo. Caminaba sin rumbo, como aquellos presos que abren por las buenas la puerta de salida y se topan de bruces con un mundo vacío y entero para ellos. Sin darse cuenta se halló en las proximidades del Parque Forestal. Desde la vereda miró la ventana del hotel de cinco estrellas, ventana diseñada no para ostentar sino para armonizar, integrarse a la ciudad. Del otro lado había un grupo de extranjeros. Almorzaban. Parecían ser españoles, por sus rostros duros y sus gruesas cejas. La mujer que le llamó la atención inclinaba la cabeza, no precisamente hacia su plato, con un gesto que a Pereptil se le antojó entre de satisfacción y de culpa. Era una mujer de unos 40 años, vestida con un traje de excelente paño. La vida les sonríe, pensó, sin resentimiento, con su bolso al hombro, aunque no pudo evitar la comparación con lo que la vida le ofrecía a él hasta ese momento. Pereptil salía de la cárcel; ellos almorzaban en el restaurante de un hotel de cinco estrellas. ¿Qué había hecho él, qué habían hecho ellos para culminar separados por una ventana de cristal?
-Señor -le advirtió el botones- no puede mirar.
Pereptil se estremeció.
-Señor, muévase.
¿Cuánto tiempo llevaba clavado ante la ventana observando a los extranjeros que almorzaban para que le hablaran así?
-Solo estoy mirando. ¿No se puede mirar?
-Muévase.
-La calle es pública.
El botones portaba un micrófono que le brotaba desde la oreja. En un segundo apareció un guardia; Pereptil comprendió que la suerte no estaba con él y siguió su camino. Los pasajeros no se dieron cuenta de nada.
-¡Apatronados! -les gritó a la distancia. Para su mala suerte le salió un gallito en la tercera a. De todos modos su voz carecía de la fuerza necesaria para recorrer estepas siberianas, a lo más llegaba a unos tres metros y se desvanecía en el éter. El guardia ya no estaba, el botones había vuelto a su posición de estatua y el hotel resplandecía con sus luces discretas entre la masa de cemento.
Así es mi vida, se dijo; miro lo que no debo, pero no puedo dejar de hacerlo. Si otros hacen lo mismo ganan millones, pero yo voy a la cárcel. La gente se divide en ricos, clase media y pobres; los ricos cumplen sus fantasías y almuerzan en hoteles de cinco estrellas, la clase media se divide entre los socialistas trasnochados, los emprendedores de tres chauchas y los trabajadores con alma de apatronados. Los pobres van donde los llevan. ¿Qué soy yo? ¿Dónde me ubico, si la gran ciudad me rechaza o me encierra? Mi vida ya cruzó el cénit y aún no tomo posición. Si esto sigue así, capaz que me convierta en el asomo de una sombra y cuando me llegue la hora final solo atine a decir chao pescao o buenas noches los pastores, como mucho.
Sus grandes pensamientos, que eran estos, los desarrollaba caminando. Podía caminar horas enteras, sobre todo cuando se hallaba cesante. No lo hacía para buscar oportunidades, sino para calmar su ansiedad. Era su gran manera de sentir que había otros como él, que él no era el peor de todos y que la vida, en el fondo, no era más que una larga caminata, una rotación imperceptible diseñada para marear los cerebros de la humanidad, sí, qué gran pensamiento, la rotación de la Tierra como metáfora del engaño en que nos sumerge la salida y la puesta del Sol, la luz que viene y va con el único fin de despertar las necesidades básicas y someter al planeta entero a batallas incesantes para llevarse el pan a la boca, mientras el pequeño comando secreto de caminantes, Pereptil ansiaba incluirse entre ellos, intentaba captar las necesidades sublimes, que volaban entre semáforos, bocinazos y mendigos rastrojeando tarros de basura.
Los que ostentan el poder quieren más poder y pagan para eso. De las academias surgen grandes pensadores que orientan a los ricos a eternizarse en el poder. Los ricos eligen a los mejores pensadores, a los que dan pruebas de sus conocimientos, y con  ellos se van. Mientras, los que no tienen el poder quieren el poder y siembran la semilla. La semilla germina en los jóvenes, quienes en su ingenuidad violentan todo a su paso. Con el tiempo pasan a engrosar la masa de necesitados de un salario, y allí sucumben sus sueños. El poder lo es todo y quien lo ejerce ha ganado la batalla mundana.
Oh, pobre Pereptil, andas viendo pelusas en el mecanismo de los relojes a cuerda y te ciegas ante los ejércitos que vejan los mapas desplegados. ¿Acaso no te das cuenta? Eres un extraño en todas partes. ¿Dónde está tu amada tierra, anhelada y nunca hallada? La tierra donde se pasean tus amigos, donde tus muertos resucitan, la tierra que habla tu lenguaje, ¿dónde está? Oye esto, que yo te lo diré: donde tú no estás, allí está la dicha.
Inconscientemente, sus zapatos gastados habían ido a dar ahora a la Estación Central. Ante la ventana de su asiento veía pasar casas miserables, campos raleados, postes de luz, patotas infantiles. El tren que lo llevaba al sur paró en un pueblo cualquiera, donde se bajó antes de que el inspector le pidiera el boleto que no tenía. Nunca antes había estado allí, pero lo conocía casi como la palma de su mano. Era un pueblo carente de oportunidades, cercano a Santiago pero lejano de todo, una de esas localidades levantadas para el alma de Pereptil, mezcla de sosiego y turbulencia.
Buscó una pensión y pidió alojamiento para una semana entera, sin trabajo y sin dinero, a sabiendas de que el momento temido le habría que llegar. Y le llegó, al atardecer del séptimo día, un fatídico domingo. De regreso a la pensión, con las manos vacías, fue informado por una de esas voces que nunca faltan de que la dueña requería su presencia. Dónde está. Dijo que lo está esperando en su pieza. Resignado y obediente, Pereptil entró, cerró la puerta y se dispuso a enfrentar la situación. "Te dije anoche cabrito que debí pagarme por anticipado, de lo contrario tení que dejar la pieza", le había advertido esa mañana la mujer. Ahora, echada sobre la cama en camisón de dormir, le enseñaba sus piernas blancas, que Pereptil apretó con sus manos a la altura de los pies, ante una insinuación de ella. La situación se resolvió más fácilmente de lo esperado. No hubo necesidad de tanteos escrupulosos ni de avances temerarios: había abierto sus piernas y le ofrecía su vagina cubierta de restos manchados de papel higiénico con sangre negra, cuajarones que iban cayendo a la sábana, papeles manchados entre los dedos que se masturbaban para él.
Al rozarle un pezón sintió que sus manos se ensuciaban también de pecado; ella alargaba una de las suyas buscando su pene, que se negaba a erectarse, manteniéndose a la defensiva bajo el pantalón. Percibió que bajo ese ángulo estaban siendo vistos. Debían moverse hacia el rincón para proceder con calma. Instalados en la bajada de cama, apegados a la pared, Pereptil miró hacia arriba y confirmó sus sospechas: ambos aún se colaban a la visión de las observadoras, todas damas ancianas que habían salido de sus balcones para presenciar el espectáculo degradante. Vio rostros en color sepia, tal vez indiferentes o impávidos, tal vez censuradores en su silencio inmóvil, ajenos al chismorreo, rostros que se asomaban desde el interior de una torre circular sin fin, clavadas sus miradas  frías e imprudentes en aquella desesperada búsqueda del orgasmo. Un dibujo parecían, una puesta en escena.
En su frenesí, la señora salió al balcón para masturbarse de pie. El contorno de sus dedos se confundía al contacto con su clítoris; solo la protegía del exhibicionismo la ropa lavada, que colgaba de un alambre a la altura de sus caderas. Pero quería pegarse a Pereptil, insatisfecha, y en su osadía avanzó su cuerpo por el otro lado de la barandilla. Ya juntos, nuevamente, impedida toda posibilidad de sexo, Pereptil quiso salir de la duda.
-¿Ya llegó, señora?  
-Sí, mijito, llegué.
Pereptil sintió un ligero alivio.
Luego se marchó, sin que lo echaran, otra vez con el bolso al hombro. Transitó calles de aceras estrechas, donde el peligro zumbaba con el paso de cada auto, rozándole los talones, y donde las cornisas sobrevivientes del terremoto además de las cabezas de los transeúntes amenazaban ruina. El viento helado atacaba su rostro a cuchilladas, se le metía por el cuello y por debajo de las bastillas, de modo que el cuerpo entero sentía al mismo tiempo la arremetida por todos los flancos débiles. Era una tarde de perros.
El borracho se lamentaba de su suerte, apegado al muro; nadie le hacía caso, al parecer era un vecino más del barrio. Pereptil, el eterno forastero, le prestó atención.
"Dejé el auto estacionado en la calle y me lo han robado -se quejaba-. La mujer que antes me admiraba ahora firma libros; cuando entré a la librería me sugirieron que le pidiera perdón. ¿Conoce esa palabra? Sugirieron... me sugirieron... ¡ellos! ¿quiénes son ellos? ¡Dígame quiénes son! Decían que estaba ofendida por mi conducta. ¿Y sabe usted qué hice? ¿Lo sabe? ¿Sabe lo que hice? Dígame que no lo sabe...".
-No lo sé.
-¡Lo hice, en efecto!
-¿Lo hizo?
-¡Le pedí perdón!... Decían que estaba ofendida por mi conducta; firmaba unas dedicatorias cuando le pedí perdón. Ella me miró a los ojos con su cutis vencido por el tiempo, no sabiendo si perdonarme o permanecer ofendida. Eran segundos eternos, ¿y sabe usted qué hice? ¿Lo sabe usted? Dígame que no lo sabe...
-No lo sé.
-Avergonzado, volví la vista. Al lado había un espejo, que reflejó su figura de perfil: la nuca de mi ex admiradora lucía una textura rugosa sobre el pelo, como de sesos color ladrillo al aire, como sesos embetunados con crema de damasco. Se le salían del pelo para afuera, juro que los vi.
Pereptil lo escuchaba, extasiado.
-¿Por qué me mira así? ¿Tan curado cree que estoy?
-No, si le creo.
-¡Cómo me va a creer!, si yo mismo me dije al verla de perfil: debe ser una ilusión óptica. Eso me dije. Esa es la verdad.
Mientras Pereptil caminaba sin rumbo por las calles gélidas, muertas, del pueblo provinciano, calles que solo daban muestras de vida en el sonido de un martillazo proveniente de un garaje repleto de autos desahuciados, o en las chispas de un soldador de rejas protectoras, cuando no en el huascazo del cochero sobre el lomo de su caballo flaco que parecía trotar suspendido en el aire o calzar herraduras de goma; mientras pasaba frente a pequeños negocios de entradas oscuras y clientes invisibles, vio uno que le llamó poderosamente la atención. No era el lugar destinado a esconder el auto robado al borracho; este contenía un mesón rodeado de máquinas de coser en desuso. A primera vista se hallaba ante un depósito de cachureos, aunque allí solo había viejas máquinas de coser de pie. Podía tratarse de una fábrica abandonada de máquinas de coser o de su escalón inferior, una sucursal dedicada a la reparación de máquinas de coser. Sin embargo la placa en la pared, junto al número de la casa, decía otra cosa:

Tayer de orgamos

Un nombre como ese, en el entendido de que quisiera decir orgasmos, resultaba impropio de la idiosincrasia del pueblo en que se hallaba. A juzgar por el óxido de la placa, a Pereptil le sorprendió que hubiese existido tanto tiempo a la vista de todo el mundo, considerando que en los siete días que llevaba en el lugar nunca había escuchado pronunciar ni por asomo esa palabra en voz alta y es más, apostaría en ese instante a que la mitad de la gente simplemente la desconocía. En vez de términos académicos, había notado que los hombres preferían usar chilenismos de alto voltaje, siempre entre comentarios lascivos, despectivos y discriminatorios hacia ciertas mujeres, de las que había oído hablar a todo pulmón en ambientes machistas, bares, tabernas, salidas de liceo, salidas de las fábricas. Cuando se hallaban presentes, las mujeres guardaban un silencio raro, cómplice. Por la forma en que miraban, Pereptil hubiese jurado que ellas gustaban de sentirse objeto de tales comentarios, los aprobaban tácitamente, alentaban a sus hombres a formularlos. Hubo de admitir que se hallaba en un pueblo muy especial; lo probaban la dueña de la pensión y sus inquilinas de la torre circular, y ahora esta placa oxidada.
Se disponía a seguir de largo cuando se fijó en un papel pegado por dentro en la ventana, con el siguiente llamado:

Se requere alludante

Lo recibió Héctor Maturana, quien se ocupaba del esmalte de una de las máquinas. No le doy la mano porque las tengo sucias, pero dígame no más, ¿desea el puesto? ¿quiere quedarse aquí conmigo? ¡Anímese! No creo haberlo visto antes, pero a primera vista usted parece pintado para este trabajo, y yo no soy de los que me equivoco, se lo doy firmado.
Pereptil asentía, con el bolso al hombro.
¿Cómo me dijo que se llamaba? Pereptil Pérez. Mucho gusto y me presento: yo me llamo Héctor Maturana, pero todos me dicen Cebollita Maturana. ¿De dónde viene usted?
Pereptil le contó que acababa de ser testigo de los lamentos de un hombre al que le habían robado su auto.
-El curado Medina -lo interrumpió Maturana, y su semblante se tornó sombrío, coincidiendo con la gran nube que en ese momento disminuyó la luminosidad en toda la cuadra. Estuvo así durante un largo minuto; Pereptil se sintió obligado a romper el silencio.
-Ese curado Medina se quejaba de una admiradora que hoy firma libros...
-No lo tome a la ligera, don Pereptil. Se nota a la legua que con esos comentarios entiende usted pocazo el mundo en que le tocó vivir, porque trata a las personas como si fueran títeres o monos de trapo, y la cosa no es así, don Pereptil; claro que no es así, pero pase, tome asiento, no vaya a creer que me enojé por una minucia como esa... espéreme un segundo... hirvió la tetera... ¿le sirvo un matecito? Bueno, gracias.
Pereptil intentó mover una de las máquinas de coser para darle espacio a Maturana, quien se le acercaba con una bandeja que contenía un termo, un tarro con azúcar, el mate y la bombilla.
-¡No se le vaya a ocurrir! -le advirtió Maturana-. Las máquinas están fijas.
Pereptil se sobresaltó. Había comenzado a angustiarse.  
-De eso se trata; de que siempre estén fijas. Y los pedales, a punto, ¡bien aceitados! Si no, ¿cómo van a sentir el gustito? -Maturana puso la bandeja sobre una mesa cubierta de llaves, tornillos, alicates, huaipe y aceite de máquina-. Venga para acá, sírvase el primero, o mejor déjemelo a mí... el mate amargo (chupaba con cálculo, para no quemarse)... pero hábleme del curado Medina...¿dice usted que sigue complicado con ese asunto de la escritora?
Pereptil le repitió lo que había escuchado y Maturana volvió a sumirse en un profundo silencio. El mate cambió de mano. Cuando su interlocutor se disponía a romper el silencio Pereptil se atrevió a echar el primer sorbo, cuya resonancia llegó hasta el fondo del taller.
-No me desconcentre, don Pereptil... aprenda de una vez... no puede seguir usted por el mismo camino... sospecho que conmigo al fin va a aprender algo de las cosas...
Pereptil quería irse, pero se sentía atrapado. No le interesaba en lo más mínimo la historia de Medina y se maldecía por haberlo mencionado. Maturana inició entonces la que sería una larga perorata, que solo rompería la dueña de la pensión con su abrupto ingreso.
Mire, don Pereptil, en primer lugar, a lo del auto no le haga caso. El curado Medina es verdad que tuvo un auto y es verdad que se lo robaron, pero eso fue hace mucho tiempo y el auto no valía nada, con suerte hoy uno se compra un sofá con esa plata. Se lo robaron adivine por qué... ¿adivinó?... ¿no adivina?... ¡por curado!, claro que sí, se lo robaron por curado. Eso quiere decir que se lo tenía merecido. A mí me han robado muchas cosas de mi taller y nunca he andado vociferando ni menos se me ha ocurrido entregarme al frasco. Figúrese que una clienta se llevó una máquina para la casa, vino con su lacho a buscarla de noche, cuando yo estaba durmiendo, y como no tengo perro, el lacho echó la máquina en la camioneta y se la llevaron no más. Al otro día me datearon y fui a buscarla. Cuando le toqué la puerta ella me abrió y con el ojo de palo vi la máquina en el living. Altiro me pidió perdón; dijo que pensaba devolvérmela esa misma tarde porque el lacho había aprendido la lección y ahora se disponían a ser una pareja feliz. De puro contenta me ofreció sopaipillas pasadas; me las comí con mucho gusto, la perdoné y hasta me repetí, porque como que el cuerpo me decía que la máquina les había servido para algo, y no hay placer mayor que sentirse servicial. En cambio, el auto que le robaron al curado Medina era un Ford 56; le creo que ahora sería una antigüedad, pero en ese tiempo era una basura, con decirle que él mismo andaba trasmitiendo que el cigüeñal estaba como las berenjenas, el velocímetro estaba como las berenjenas, el eje cardán como las berenjenas, el radiador como las berenjenas. Figúrese que los ladrones lo dejaron botado a la salida del pueblo porque el auto andó como tres kilómetros y no andó más. Estuvo a la orilla del camino varios meses hasta que un comerciante de Curicó le ofreció diez mil escudos y se lo llevó en un camión. ¡Cáchese! ¡Diez mil escudos! ¿Qué se compra uno ahora con eso si existieran los escudos? Ni un kilo de pan. Ni un kilo de pan. El caballero de Curicó dijo que era para repuestos o para venderlo como fierro viejo, qué va a saber uno. Pero el curado Medina sigue contando la misma historia y se le olvida que con esa plata estuvo tomando tres días... (en este punto volvió a guardar un largo silencio, que rompió sin darle tiempo a Pereptil de sublevarse). Claro que lo de la escritora es otra cosa. Usted debería saber que con el curado Medina fuimos compañeros de colegio y los dos nos sacábamos la mejor nota en Castellano, yo tenía promedio 5.9 y él tenía promedio 6.3, así que era una disputa soterrada, ninguno de los dos decía nada, pero nos vigilábamos, nos estudiábamos, como se dice, y nos pasábamos jugando, ¿sabe a qué? ¿No sabe? ¿No adivina? ¡A las adivinanzas, a qué otra cosa iba a ser! Amigos no éramos, pero enemigos tampoco. Éramos amigos por conveniencia, pero nunca nos prestamos los cuadernos, porque los dos teníamos los cuadernos pasados en limpio, no necesitábamos pedirlos prestados porque copiábamos toda la materia. La única diferencia era que cuando tocaba hacer una composición, siempre el curado Medina salía ganando, porque se inspiraba y yo no me podía inspirar, no me resultaba. Al final recitaba la composición delante de todos en el proscenio, en el acto de los lunes, y se llevaba los aplausos. Eran composiciones magníficas; daban ganas de llorar al oírlas, con el tiempo me vino a caer la teja de que a lo mejor se las hacía la mamá, porque a la mamá le gustaba lucir al Medina. Cuando lo sacaba el domingo siempre el Medina andaba de corbata y zapatos lustrados, y la mamá le compraba turrones, pero se los compraba para que vieran al Medina comiendo turrones, yo creo que ni le gustaban, pero eran ricos, a mí me gustaban pero nunca me alcanzaba la plata porque prefería gastármela en cigarros, de chico que tengo ese vicio, ¿en qué estaba? ¡Ah, en el Medina! Verá que los aplausos le hicieron mal, porque el Medina se puso creído. Con el tiempo se retiró de la universidad y se volvió poeta, por esos tiempos empezó a tomar y al ratito ya le decían el Curado Medina, como le dicen hasta el día de hoy. Nadie me saca de la cabeza la idea de que el Curado Medina va a morir tomando. La escritora llegó un día a dar un recital; no era muy conocida, o sea que no la conocía nadie, la conocían puro los que la invitaron, que eran del club de escritores. Les decían "Los inútiles" porque para lo único que servían era para organizar recitales y después se pasaban la noche entera tomando en el club hasta que los vecinos llamaban a los carabineros. Los escritores hombres terminaban durmiendo en la comisaría, mientras que a las mujeres las iban a dejar para la casa en la cuca, en eso los carabineros han sido siempre bien considerados, sírvase otro matecito...
Atardecía. El humo del carbón que salía de los patios interiores tendía una manta gris bajo el sol crepuscular. Maturana armó su propio brasero; la humareda pugnaba por escapar del galpón, pero no hallaba por dónde. A Pereptil le lloraban los ojos con el humo, pero Maturana lo soportaba como si nada, de lo acostumbrado que estaba a esa rutina en el ocaso. Las chispas que de pronto estallaban por cientos proponían una escenografía de fuegos artificiales para pobres; cada estallido no hacía más que oficiar de maestro de ceremonias de la oscuridad a la que volvía el recinto apenas se apagaba. Acabada el agua del termo, Maturana puso una tetera sobre la rejilla del brasero y encendió la luz. De una esquina colgaba una ampolleta de 25 watts.
Como le iba diciendo, ese día la escritora empezó a leer sus escrituras, pero terminó ligerito, cuando sintió una chocadera de vasos. Eran los socios, que iban sacando los vasos del mueble con llave y después los iban poniendo en la mesa que entre dos habían ubicado a un rincón, detrás de una cortina. Entonces se corrió la cortina y apareció el vino de honor. La escritora bajó de la tarima y el Curado Medina se acercó para darle la mano. Entonces, sin soltarle la mano, el Curado Medina se mandó un recital de poesía que hizo llorar a la escritora. La mitad se dio vuelta a mirarlos y la otra mitad se fue derecho a la mesa. Al ratito la escritora estaba cufifa, porque no había comido en toda la tarde ¿y sabe lo que hizo? ¿No lo adivina? ¿No? Se agachó y se le abrazó a las rodillas, haber encontrado en este pueblucho al amor de mi vida, repetía, mientras el Curado Medina alzaba los brazos al cielo y decía Oh poesía oh Altísimos, bajad serafines. Con el tiempo la escritora lo pilló que había sacado las poesías de un libro del siglo diecinueve de Graciliano Afonso ¡te pillé chanchito!, le dijo, habéis profanado el altar de la lengua eso no se hace os retiraré mi amor a contar de este momento y el Curado Medina estuvo veinte días tomando. Mejor vuelvo mañana, se me hizo tarde, le dijo Pereptil; no hijo, espere, déjeme explicarle su trabajo para que mañana empiece como Dios manda, okey señor Maturana, dígame Cebollita, okey Cebollita.
Disponíase Maturana a enseñarle el oficio cuando hizo su ingreso la dueña de la pensión. Parecía ligeramente alborotada; había entrado como una gata cazadora, es decir silenciosa, de costado, apegada al muro, mirando fijamente su objetivo. ¿Se conocen?, preguntó Maturana. Claro que sí, es el jovencito del que le hablé el otro día. ¡Haberlo dicho antes, Priscila! ¡Y yo que me disponía a entregarle mis secretos a la primera de cambio! Ahora será usted quien hará de modelo... ¿En cuál me siento? En cualquiera, elija usted, todas están listas, a punto. Vámosle dando al gustito entonces, dijo la mujer, que a cada momento apuntaba sus ojos a Pereptil, bajando la vista.  
-Uno, dos...
-Uno, dos...
-Un dos tres...
-Un dos tres...
-Haga como que cose Priscila...
-Un dos tres un dos tres un dos tres un dos tres...
-Eso, apuradita, un dos tres un dos tres vamos cosiendo el vestido de la Susanita...
-¡Cebollita Maturana me caliento! Un dos tres un dos tres  un dos tres un dos tres un dos tres...
-Aprete más las piernas Priscila, ¡eso, eso! Un dos tres un dos tres... vámole dando... ¿ya viene?
-Un dos tres un dos tres UN DOS TRES...
-Apresúrate, Priscila, ¡no ceses en tu furioso galopar! ¡Disfruta ese loco vaivén y zarandeo de vértigo! ¡Vuela a la cumbre, aunque sea tropezando, hacia la vida! ¡Escala la cuesta resollando! ¡Sin pereza, arriba, golpea con la fusta la ilusión! Vuela hacia la amplia lejanía, Priscila. ¡Vuelve a trotar, más de prisa, que el Sol se pone, vivo! Te prometo que antes de que la bruma se eleve entre pantanos y los viejos duendes de bocas desdentadas te sorprendan, llegarás... a la fatídica entrada del averno.
-¡Ay cabrito! que me voy cortá...
Pereptil sentía vergüenza ajena de la clase particular, del espectáculo que presenciaban sus ojos. La mujer pedaleaba con desenfreno entre suspiros roncos; las manos agarradas al borde de la máquina de coser, así hasta que los movimientos fueron disminuyendo y se apagaron. Respiró hondo, botó todo el aire y se puso de pie.
-Ta bien hediondita Priscila. Pase a lavarse al baño.
Cuando estuvieron solos, Maturana comentó:
-Esta vieja culiá es como cautín.
-¿Y ella le paga por eso? -preguntó Pereptil.
-¿Si me paga en carne? ¡Cómo se le ocurre! ¡Por quién me ha tomado! De qué modo interpreta las cosas... ya lo caché que usted vive pasándose películas, amiguito. ¿Nunca leyó al poeta de Weimar, nunca se le ocurrió pensar que todos vamos a la siga del postillón? Yo soy un profesional, señor... ya me lo había dicho la Priscila... ella cata a las personas bajo el agua... váyase a freír monos mejor antes de que llame a los carabineros... por quién me tomó... la de cosas que le toca a uno ver en esta vida... habrase visto...
En lo más profundo y viscoso de la noche, Pereptil se internaba días después por una larga avenida con forma de luna menguante, buscando un lugar donde almorzar. El camino se hallaba a los pies de la playa y para que las aguas no lo inundaran el constructor había tomado la precaución de levantar en torno a él un muro de concreto, que tapaba la visión del mar. Eran varias las parejas, pero faltaba la esposa de uno de ellos. Nada serio como para instalar una sombra demoniaca en el ambiente, aunque su ausencia imprevista desafinó la vibración del tour gastronómico. La decisión se había tomado mucho antes: comerían churros o sopaipillas. Fuera de toda lógica, la calle los llevó a un habitáculo oscuro de tabiques grasosos, iluminado por dos ampolletas de enfermiza luz que colgaban de un alambre extendido bajo el techo: era la ansiada fritanguería, que para contrariedad de sus acompañantes solo estaba ofreciendo lonjas de carne a la sartén, que mal no se veían pero que rechazaron, decaídos.
El restaurante estaba lleno; Pereptil fue ubicado al borde de una mesa muy alejada del centro de la algarabía, mas no tanto como para impedirle ser un miembro más del grupo. Nunca antes había estado tan bien puesta la metáfora hacer número. Hacía número, en efecto, y en ese rol se sentía a sus anchas. ¿Debía hacer uso de la palabra? No se escucharía.
La pared de un amarillo que le debía más que nada su color a la eléctrica luz cálida resaltó el ingreso de dos hombres que la comenzaron a rociar de bencina, sin que nadie hiciera mucho por impedirlo. El restaurante y su gente estaban preocupados de otras cosas y cuando llegó el momento de encenderse el fósforo nadie se alertó, salvo Pereptil y sus compañeros, que se pusieron de pie.
Pero no hubo fósforo. Lo tomaron de rehén, le metieron un arma en las costillas y le soplaron al oído: "Morirás por la causa que nos ha hecho venir a este lugar". Habían elegido al que estaba más a mano, al que hacía número, y ese era Pereptil. Se trataba de una reivindicación pedestre, problemas con una deuda habitacional o algo así. Perdió el miedo, razonó que la amenaza era desproporcionada y en ese marco, si había que morir, bien, moriría. Pero el disparo no llegaba, le seguían hablando al oído y el zumbido generado en boca humana le hizo nacer ciertas esperanzas y con ellas el temor a la muerte. De pronto se sintió muy asustado, fueron largos minutos de espera silenciosa que rompió una voz a la distancia:
-Estás solo.
Miró a su alrededor. En efecto, estaba solo en la intersección de dos calles de suelo gravoso. Entonces apareció ella, el amor de su vida.
Se unieron para emprender el regreso a casa; caminaban desorientados por una ciudad irreconocible en sus calles y edificios. Sabían que era la ciudad, pero la arquitectura, familiar, correspondía a otras ciudades. La plaza Pedro de Valdivia, por ejemplo, lucía muy europea. Y así.
Una calle sin salida remataba en una pieza ubicada en un tercer piso, donde había varios niños. Si querían seguir debían saltar por la ventana. Los niños lo hacían, uno a uno, casi como un juego, sin temor alguno. Como eran pequeñitos y delgados caían de pie, flectaban levemente las piernas e iniciaban la marcha.
Le propuso a ella que saltara, pero ella lo apretó tan fuerte de los testículos que al instante huyó de la niebla y abrió los ojos. Se sentía como un imberbe aprensivo atrapado en la pensión por las garras de su madre, una mujer nada de atractiva para su edad, que es la edad en que las mujeres dejan de tener edad. Pasivo y entregado a las pasiones ajenas, no acertaba a comprender qué era peor: si sus sueños o su realidad.



lunes, junio 06, 2016

El mar

Vinimos del mar y nos prestaron un tiempo a la ciudad. Pero llega la hora de volver.
Ella y yo, los amantes de siempre.
El mar no se halla lejos, menos aún del barco que aloja nuestros cuerpos. Demasiadas puertas, eso sí, una tras otra, puertas que conducen a la siguiente habitación, habitaciones más y más pequeñas en las que de pronto cabe apenas mi figura, no la suya, que se me pierde entre el laberinto de puertas blancas, puertas blancas en cada una de las cuatro paredes. Ya no son piezas, son clósets, receptáculos verticales blancos con manillas de puertas.
Antes de seguir debo confirmar que no estoy durmiendo. Lo hago abriendo bien los ojos, lo que me hace ver las cosas en detalle, especialmente las líneas y el color blanco invierno de las puertas. Hasta ese momento siempre avancé por la puerta delantera, creyendo que bastaría invertir el proceso para volver al principio. Ahora he decidido girar una manilla lateral. Así es como logro salir del barco y bajar a tierra, donde nos espera el mar, a ella y a mí.
Es una inclinación bastante molestosa; hay que hacer fuerza con las pantorrillas para no resbalar e irse de bruces.
Nos precede una mujer a la que llevan atada de una cuerda; la multitud festina con su suerte. Bajamos todos por ese camino de tierra dura y húmeda. Al borde del camino, una arboleda difusa. Al borde izquierdo, un vacío. Abajo la esperan los carabineros, delante de la multitud. Se percibe una vibración en el ambiente. Son varios funcionarios vestidos de verde, abrigados por el frío de la tarde.
Ella y yo nos distanciamos un poco para no ser confundidos, atrapados a los pies de la meta. Resuelvo que caminemos como dos personas de mediana edad, de modo de llegar al mar como una pareja de burgueses tomados del brazo, lo que en efecto nos salva del hostigamiento policial.
¡Ah, el mar! ¡Por fin el mar! ¡Volver a mis orígenes!
Piso ansioso unas piedras mientras me voy hundiendo en el agua. Me incomodan los zapatos, tan apretados, y la casaca de cuero. Pero son inconvenientes pasajeros y una vez que sea pez todo aquello habrá desaparecido, toda carcasa material, todo despojo del hombre que antes fui.
Sí, ya en el agua, pero... ¿y ella? ¿Cómo saber quién es entre decenas, cientos de peces que comienzan a rodearnos, dándonos la bienvenida?
Es el viaje definitivo; no podemos darnos el lujos de separarnos, de extraviarnos entrando al objetivo, al inicio del vasto e invisible horizonte oceánico.
Entonces distingo al rojo pececillo; lo acojo en la cuenca de mis manos. Reconozco en sus ojos, sus aletas y el lomo de su cuerpo a la compañera de mi vida.
Ahora sí estamos en condiciones de adentrarnos en el azulado paraíso.  

miércoles, junio 01, 2016

Escribir crónicas

En el periodismo hay personas que tienen alma de investigadores, de detectives, de científicos: son periodistas que escriben reportajes. En el reportaje lo que importa es la veracidad a toda prueba de los datos entregados, gran cantidad de fuentes, mucha información, todo esto para ofrecerle al lector un tema acabado.
En el periodismo también hay personas que tienen alma de escritores, de artistas, de poetas: son periodistas que escriben crónicas.
Los demás periodistas, la masa que conforma el oficio, nos limitamos a ejercitar la vanidad, a adaptarnos a rutinas de grupos, a ganarnos la vida.
La crónica es el género más bello del periodismo, pero no es privilegio de un profesional que haya pasado por una escuela de periodismo. Cualquiera puede escribir crónicas de excelente nivel. Facebook y los blogs son nidos de crónicas.
El cronista posee una buena dosis de holgazanería y dispersión. Se deleita en el ocio de mirar con los ojos de un niño, pero un niño que piensa y recuerda como adulto. El estudio de documentos le provoca rechazo. El alma humana le atrae. El mejor ejemplo que conozco de este tipo de cronistas es Roberto Merino.
El cronista es reportero. Observa, pregunta y luego crea. Evita la ficción, pero crea moldeando. Al momento de escribir, la observación se le achica como ojo afectado de glaucoma. Solo piensa en las letras que saldrán de su pluma, borradas una y otra vez hasta que las últimas lo dejen lo menos insatisfecho que se pueda.
¿Por qué hacer crónicas? ¿Qué necesidad existe de que se escriba sobre algo tan dicho, como un atardecer con granizos o un vendedor de fruta?
Si el cronista escribe es porque necesita escribir. Y no existe en el mundo nada igual a lo que escribe, que es su impresión sobre la vida que en suerte le tocó vivir.