domingo, enero 29, 2017

Lux Aeterna

Una pequeña novela de amor

I

A esa edad en que es normal enamorarse, él se enamoró. Vivía pensando en ella, contaba los minutos para verla y cuando al fin la estrechaba entre sus brazos sentía una urgencia no correspondida y luego, una profunda pena. Para él, eso era el amor: un sentimiento de entrega absoluta, que lo derivaba a lo más profundo de su alma.
¿Era su alma un alma atormentada? ¿Por qué sufría antes de verla, al verla y después de verla? ¿Por qué sus instantes de felicidad eran tan fugaces?
¿Era solo eso el amor, una necesidad de satisfacción y la conexión con la oscuridad más oscura, un berrinche infantil? Si era eso, entonces no valía la pena amar.
Pero si no amaba, moriría.

II

Ella era una linda rubiecita ojos de verde mar, exactamente como dice la canción, y se podría afirmar, no con toda seguridad, que también lo amaba. O eso parecía. Mejor conjeturemos que lo echaba de menos. Al menos se lo decía en inglés, cuando hablaban por teléfono: "I miss you".
Luego de colgar, él corría al diccionario a descifrar el enigma. Y se quedaba sufriendo: no se trataba de un mensaje sublime; era como si ella le regalara solo unas pocas hojas del árbol del amor.
Un día le contó que su ex marido la amordazó, la ató a la cama y la obligó a hacer, mirar y soportar "cosas inconfesables" durante la luna de miel. Se lo contó riendo. El matrimonio fue anulado, pero ella adelgazó hasta el límite y luego de dos años volvió a ser la linda rubiecita ojos de verde mar, que fue cuando él la conoció, la compadeció y se enamoró de ella.

III

Luego el tiempo se encargó de reorientar los caminos torcidos y cada uno volvió a su ambiente. Se distanciaron, naturalmente. A veces él pensaba en ella; quizás ella pensara en él.
No estaban hechos el uno para el otro.
¿Qué es el amor?
Él trabajaba duro; ella había nacido en cuna de oro. Él envidiaba el poder y la fortuna que emanaban de su familia, ella admiraba su empeño. La única vez que estuvo de invitado en su casa se fijó en que su padre no la hablaba. No porque la rechazara. Simplemente ella no existía para él, no tenía importancia en el mundo de sus negocios.
Un día lo llevó a almorzar a la casa de uno de sus amigos. A él le llamó la atención que en la mesa hubiera gaseosas individuales; eso no se usaba en su pueblo de provincia, acostumbrado a la bebida familiar. Ella no se dio cuenta del detalle, porque lo tenía incorporado a su hábito.
No estaba escrito que pudieran ser pareja, por donde se mirara.
Tiempo después él se enteró de sus labios que ella se había comprometido con un joven de su condición. Era lo lógico. Se lo contó como pidiéndole permiso, o perdón. Pero no hubo pesar en él. Se trataba de un predestinado.

IV

Una tarde, ya casada y con hijos, él acudió a una cita en su hogar. En el garaje había tres vehículos de lujo. "Mi marido colecciona autos", le confesó, riendo. Entraron.
Era una mansión enorme y oscura. Detrás de las cortinas corridas, las plantas no dejaban entrar la luz. Era ella y la enorme mansión. El paso sigiloso de las nanas iba dejando una estela de sombras en las paredes.
Ella le comentó que no disponía de mucho tiempo. Estaba apurada. Atrasada. Tenía que hacer. Siempre tenía algo que hacer.
Tomaron un jugo y charlaron brevemente. Sus hijos iban a la escuela y hacían sus tareas; su esposo hacía sus negocios y jugaba al tenis, como si ella no existiera. A nadie parecía importarle su vida. Ni a ella misma parecía importarle demasiado.

V

La había olvidado por completo cuando una mañana de sábado su oficio lo llevó al sitio de un trágico accidente, una calle arbolada a los pies de un cerro. Las víctimas eran su marido y dos amigos. Lo supo cuando un policía le dictó los nombres. Habían muerto los tres. Un choque frontal. Iban rumbo a sus negocios.
Quince días después recibió un llamado de ella. Él le dio el pésame, que ella casi pasó por alto. Deseaba entrar en materia de inmediato; le preguntó si había fotos. Él le dijo que sí. Le hizo describírselas. A regañadientes, se las describió. Eran fotos brutales, tres cuerpos tirados al borde de la calzada, primeros planos horripilantes, caras verdosas, masas sanguinolentas. Con voz ansiosa le rogó que se las diera. Quería las fotos, necesitaba ver las fotos, tener las fotos. Transcurrió un par de minutos de dimes y diretes. Él se rindió al darse cuenta de que no podría ir contra ese impulso. Las metió a un sobre, se reunieron en una esquina y se las regaló.

VI

La última vez que recibió un llamado de ella, él no reparó en que se trataba de una despedida. Le dijo que estaba padeciendo una rara forma de cáncer, pero que no se preocupara porque lo tenía controlado y no sentía dolores. Se lo dijo riendo. Cortó casi enseguida, porque debía cumplir un compromiso.
Un día cualquiera él se enteró de su muerte por el diario.
Meses más tarde la vio en un café y sintió que el tiempo retrocedía veinte años. Era su hija. Se presentó y confirmó el parentesco. A ella se le despertó un poco la curiosidad, no tanto. Él experimentó una emoción tenue. Por su madre difunta él había sabido en su momento que ella y su hermano habían destacado en la academia, más su hermano que ella. Él había salido al padre y ella a la madre. Años después él se enteró por casualidad de que la joven estaba adelgazando.

VII

En el incienso que emana de la Casa del Señor, bajo el mármol de las lápidas, insensible al acorde monumental del órgano irradia Lux Aeterna.
Ronda en la putrefacción de la carne, Lux Aeterna. Embellece el silencio de la inmensidad del vacío.
Resplandor infinito, resplandor invisible, resplandor inefable de angustia y agonía, frialdad inconmovible, testigo indiferente de los males del hombre, Lux Aeterna.
Ni más ni menos luz, brillando en los cirios de la salita vacía que acoge tu ataúd, muda luz impasible ante el vuelo de la mosca, a los pasos lejanos del sacristán, al pesar de los deudos, rígida y serena, reino de la luz blanca que enceguece el pensamiento, Lux Aeterna.
Lejana, inalcanzable, irradiada desde el corazón del universo, vida eterna, melancolía de la ausencia del tiempo presente y de los vanos sueños, Lux Aeterna.


lunes, enero 09, 2017

El poderoso intangible

El poder intangible existe. Entró por las alturas de nuestra habitación, atravesando el dintel. No lo puedo ver, pero lo siento. Siento que se acerca a mi cama.
¿Es un espíritu o un gigante invisible? ¿Tendré fuerzas para enfrentarlo cuando llegue el momento?
Nada saco con hacerme preguntas, porque el momento ha llegado. Tengo al poderoso intangible a los pies de la cama.
Le doy una patada y lo toco. Su alma se ha materializado y está sobre mí, a punto de aplastarme. Lo pateo con decisión y mi mujer me grita me estás pegando me estás pegando y al oír mis suspiros de angustia me acaricia el pelo y los suspiros van cesando, hasta que el sueño nos vuelve a cerrar los ojos...

jueves, enero 05, 2017

La verdad está en las apariencias

Fue una linda chiquilla, de eso no hay duda, yo lo vi. Su carita redonda, sus ojos de miel, su pelo claro, corto y suave, dejando su cuello al descubierto, anunciaban días de esplendor. Hoy las personas de corazón blando se inundan de profunda pena al verla pasearse por las calles del barrio Bellavista. A la misma hora en que el engranaje del mundo es aceitado por millones y millones de seres que buscan vivir y progresar, aun no sabiendo muy bien para qué, a esa misma hora ella camina sin rumbo, con la barriga hinchada al aire. Su mirada ida delata el anclaje al vicio, abotargada su carita de princesa, en ciertas ocasiones embarazada de un extraño, en otras reflejando las sobras de un aborto, de pronto enfurecida insultando a la vereda o atravesando las amplias avenidas con los semáforos en rojo. De solo contemplarla se adivina que el reloj ya le ha reservado la última campanada a su existencia lastimera. ¿Qué se puede hacer con ella? ¿Hasta dónde tiene cabida en este mundo el buen samaritano? ¿Cómo es que la ciencia aún no ha hecho nada, cómo es que no descubre la pastilla que les haga ver las cosas de otra forma a sus pensamientos, a los de todas las personas?, de modo que ella diga hoy me levanto y qué veo, mi cuerpo, qué desastrosa apariencia, pareciera que arrastrara una horrible carga de los tiempos de mi infancia. Bien, entonces me desharé de ella, tomaré un baño y me vestiré con ropa limpia, buscaré un trabajo, intentaré ser útil, formaré una familia y a Dios encomendaré mi alma.

Fueron tal vez una pareja gastada desde el principio, mas pareja al fin y al cabo y algo los mantiene unidos. De la mañana a la tarde venden afiches en el puente Pío Nono, afiches que nadie compra y que afirman con piedras en la superficie para que no se les vuelen con la brisa que se levanta del Mapocho. El cuerpo humano, el mapa de Chile, los tres reinos de la naturaleza, los grandes dinosaurios. La gente mira al suelo y sigue de largo, ansiosa de sentarse pronto en las cervecerías. Ellos se protegen de la luz con unas ramas secas, sentados en la mitad del puente, apoyadas sus espaldas en una baranda de metal, ambos silenciosos, con una caja de vino en el piso de cemento, tostados de violeta sus rostros por el Sol, deformados por el vino, pero siempre decentes, pacíficos, haciendo del trabajo su vida y de sus vidas la rutina que le da sentido a su trabajo.

Yo me saco el sombrero ante la cristalina existencia que llevan ellos tres. Nada escondido. Todo a la vista. Esta es nuestra forma de enfrentar al mundo, no somos más que esto: véannos, señores pasajeros, no tenemos nada que ocultar.
Yo tomé providencias de temprano, de chico aprendí a vivir cuatro, cinco, siete vidas. Oculté mis apetitos; mientras más los escondí, más los valoré y menos los disfruté. Viví las apariencias y me desahogué en secreto porque algo me hizo deducir que la verdad está en las apariencias, que son lo que realmente vale, lo que les da el sentido a todo lo demás.