jueves, enero 05, 2017

La verdad está en las apariencias

Fue una linda chiquilla, de eso no hay duda, yo lo vi. Su carita redonda, sus ojos de miel, su pelo claro, corto y suave, dejando su cuello al descubierto, anunciaban días de esplendor. Hoy las personas de corazón blando se inundan de profunda pena al verla pasearse por las calles del barrio Bellavista. A la misma hora en que el engranaje del mundo es aceitado por millones y millones de seres que buscan vivir y progresar, aun no sabiendo muy bien para qué, a esa misma hora ella camina sin rumbo, con la barriga hinchada al aire. Su mirada ida delata el anclaje al vicio, abotargada su carita de princesa, en ciertas ocasiones embarazada de un extraño, en otras reflejando las sobras de un aborto, de pronto enfurecida insultando a la vereda o atravesando las amplias avenidas con los semáforos en rojo. De solo contemplarla se adivina que el reloj ya le ha reservado la última campanada a su existencia lastimera. ¿Qué se puede hacer con ella? ¿Hasta dónde tiene cabida en este mundo el buen samaritano? ¿Cómo es que la ciencia aún no ha hecho nada, cómo es que no descubre la pastilla que les haga ver las cosas de otra forma a sus pensamientos, a los de todas las personas?, de modo que ella diga hoy me levanto y qué veo, mi cuerpo, qué desastrosa apariencia, pareciera que arrastrara una horrible carga de los tiempos de mi infancia. Bien, entonces me desharé de ella, tomaré un baño y me vestiré con ropa limpia, buscaré un trabajo, intentaré ser útil, formaré una familia y a Dios encomendaré mi alma.

Fueron tal vez una pareja gastada desde el principio, mas pareja al fin y al cabo y algo los mantiene unidos. De la mañana a la tarde venden afiches en el puente Pío Nono, afiches que nadie compra y que afirman con piedras en la superficie para que no se les vuelen con la brisa que se levanta del Mapocho. El cuerpo humano, el mapa de Chile, los tres reinos de la naturaleza, los grandes dinosaurios. La gente mira al suelo y sigue de largo, ansiosa de sentarse pronto en las cervecerías. Ellos se protegen de la luz con unas ramas secas, sentados en la mitad del puente, apoyadas sus espaldas en una baranda de metal, ambos silenciosos, con una caja de vino en el piso de cemento, tostados de violeta sus rostros por el Sol, deformados por el vino, pero siempre decentes, pacíficos, haciendo del trabajo su vida y de sus vidas la rutina que le da sentido a su trabajo.

Yo me saco el sombrero ante la cristalina existencia que llevan ellos tres. Nada escondido. Todo a la vista. Esta es nuestra forma de enfrentar al mundo, no somos más que esto: véannos, señores pasajeros, no tenemos nada que ocultar.
Yo tomé providencias de temprano, de chico aprendí a vivir cuatro, cinco, siete vidas. Oculté mis apetitos; mientras más los escondí, más los valoré y menos los disfruté. Viví las apariencias y me desahogué en secreto porque algo me hizo deducir que la verdad está en las apariencias, que son lo que realmente vale, lo que les da el sentido a todo lo demás.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Uno se conmueve con estas personas y la imposibilidad de ayudarles o conectar con ellas... ¿En que lugar oscuro de su mente se refugian?
Un abrazo

La Lechucita.

4:55 p.m.  

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