domingo, marzo 26, 2017

En el lago

Mis sueños son confusos, quisiera no despertar pero de las oníricas tinieblas resurge la conciencia en el corazón de la noche. Con los ojos cerrados, cerrados para no enfrentarme a las negras hojas del sauce que me cobija, la fatalidad hecha materia, vislumbro dentro de la mente un océano de sombras que se desplazan en círculo y van cerrándose como remolino sobre el único punto de luz de un cielo imaginario, pero tan nítido, que parece real. Presiento entonces la amenaza de la muerte. No es que le tema a la muerte: le temo al terror a la muerte. Aunque no veo que la dama de negro me aceche realmente por lado alguno, intento dormir con ese miedo a cuestas y tal vez lo consigo, porque cuando vuelvo a despertar ya ha amanecido. La vida ha corrido un par de horas a mi favor, mas, con qué finalidad. Percibo desde mi lecho improvisado el día que se me viene encima y el sudor me comienza a brotar de la frente, las mejillas, el pecho, como si de entre los árboles se me anunciaran los pasos de formas grotescas. El día, ese fenómeno astronómico, la simple rotación del planeta, toma la figura de un ejército metafísico que me ataca por los cuatro costados. Es un día en que no me espera nada, un día en que debo sortear sentado a la orilla de este lago de aguas estancadas las horas que me faltan para volver a dormir, sin proyectos de ninguna especie, cargando sobre la espalda el paso de los minutos, los segundos, uno a uno, interminables, vacíos, desprovistos de esperanzas.
Cuando se vive esto que vivo no se puede pensar ni analizar. Solo  está uno completamente entregado a los mandatos de la obsesión. No soy capaz de explicar enteramente mis sentimientos con palabras y si cuando lo hago pareciera que estuviese sereno, consciente de lo que vivo, reflexivo ante las acechanzas de la mente, la verdad es otra: lo que digo lo digo a la distancia, en sordina, superado el clímax de la crisis.
Viví apegado a los placeres y a deseos oscuros disfrazados de necesidades de cariño. Era uno más de tantos ególatras que pueblan el planeta; tarde se me hizo para pensar en los demás. Las decisiones tempranas se pagan; si se cambian a la hora del crepúsculo, el sentido del ridículo se encarga de enmendar el rumbo, aunque sea a costa de la propia salud. Después de todo hay más dignidad en un pecador a carta cabal que en un arrepentido sin fe. Quizás por eso estoy aquí, sentado al borde del lago, llevando a la gente a la otra orilla.
¿Quién soy? ¿Quién he llegado a ser? Un hombre sentado a la orilla del lago, a la espera de personas que aparecen de la nada y solicitan sus servicios para sortear las aguas; un hombre atrapado por él mismo, al que sus obsesiones y deseos lo llevaron a recorrer tierras inhóspitas hasta dar con el último refugio previo a su partida.
¿Adónde van mis hermanos? Puede que lo sepan; lo más probable es que lo ignoren. Yo no voy a ninguna parte; siempre fui de esta orilla, siempre pertenecí a esta orilla. Tardé años en comprenderlo, pero ahora ya lo sé.


(sigue)

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