martes, mayo 16, 2017

El hombre del Metro

Lo puede ver cualquier pasajero que, como yo, circule por el Metro a eso de las nueve y cuarto de la mañana. Está sentado de pierna cruzada en la estación Salvador, andén norte, en el primer puesto de la corrida de asientos amarillos. En época de otoño, que es esta, suele vestir chaqueta y zapatos de gamuza, sweater, pantalones oscuros, soquetes de lana. Las manos, sobre las piernas, una arriba de la otra; los ojos, cerrados. Los viernes, inexplicablemente, no está. Los sábados y domingos no hago el trayecto.
¿Quién es? ¿Por qué existe solo en ese momento y no en otro? ¿Viene saliendo de la oficina o mata el tiempo antes de entrar a trabajar? ¿Espera a su pareja? ¿Por qué no abre los ojos?
Bastaría que el pasajero que se fija en él descendiera del carro en esa estación para saberlo. Le preguntaría, él le respondería y el asunto quedaría solucionado. El freno es que la realidad, cuando se explica mediante la razón, termina siendo banal, y eso la rebaja. La realidad se pinta de absurdo; sus secretos son simples.
Cabe otra posibilidad. El pasajero curioso se topa a boca de jarro con una verdad que le eriza los pelos: el hombre sentado en el andén de la estación es él mismo; sus ojos cerrados imaginan que él se mira desde el carro, de lunes a jueves, a eso de las nueve y cuarto de la mañana. Subsiste, sin embargo, el misterio de los días viernes.
Llevo a mi padre en bicicleta y paso por la casa del Julio. Por alguien supe que está enfermo. Las paredes de su casa se han desmoronado.
Entro al dormitorio, ese dormitorio confuso con dos camas, grisáceo. En una cama, mi tía; en la otra, el edredón desordenado, formando un bulto sobre la almohada. Debajo, la voz del Julio.
-Dile a mi mamá que deje de hablar. No me siento bien.
Desde la otra cama, mi tía derrama palabras viscosas. El escenario es la suma de un montón de palabras viscosas mezcladas con el gris del pensamiento. Si hay una cabeza pensante, nada bueno puede salir de esas palabras y de esa pieza contaminada, vaporosa.
-¿Tan mal estás?
-Sí.
El Julio se incorpora a medias y me muestra su barriga. No advierto signos preocupantes, pero sé que me dice la verdad.
-Me han dado dos días de vida.
Miro entre las sombrías hojas de un arbusto; abajo, en un arroyo oscuro y sereno nada un gatito hacia la orilla.

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