viernes, agosto 17, 2018

Lugares comunes para un cuento corto

El destacado periodista viajaba a cumplir su noble misión en un vehículo de alquiler que sorteaba una densa neblina. Al bajar del auto le llamó poderosamente la atención la envergadura del dantesco incendio, que superaba toda expectativa. En la fábrica, el fuego ardía en su máximo esplendor. El destacado periodista se hallaba ante una tragedia de proporciones.
En las inmediaciones del sitio del suceso se vivían escenas de profundo dolor. Visiblemente emocionado, constató que más de una docena de obreros de la fábrica había sufrido heridas de diversa consideración, tras ser rescatados por bomberos que debieron hacer uso de una fuerza hercúlea para llevar a cabo su magna tarea hasta las últimas consecuencias. Al interior de las ambulancias se aguardaba de un momento a otro el desenlace fatal de cinco asalariados, maltrechos más allá de todo cálculo, mientras sus seres queridos los miraban con sus propios ojos a través de las ventanillas y lloraban a moco tendido. Para colmo, los amigos de lo ajeno se habían metido por los palos para hacer de las suyas, logrando apropiarse de numerosas especies de valor de lo que quedaba del inmueble, para luego emprender a todo cachete las de Villadiego. Raya para la suma: la empresa sufría el más duro revés de su historia; por cierto, una historia plagada de laureles.
El destacado periodista marchó al diario veloz como el viento para despachar la noticia. Cabe destacar que ardía en deseos de sentarse ante la computadora para lucir su afamada pluma, la que no escatimaría recursos para describir la épica batalla de los caballeros del fuego.
De un tiempo a esta parte, sin embargo, sentía menguar su proverbial sabiduría. “Si bien es cierto aún me quedan fuerzas, no es menos cierto que los años no están pasando en vano para mí, aunque ni más ni menos que lo que pasan para todo el mundo”, reflexionaba entre un mar de dudas, bajo una lluvia torrencial, en el asiento de atrás. Y pensar que el día anterior reporteaba bajo un sol radiante.
Llegó al diario y despachó la nota; en la sala de Redacción no volaba una mosca. A su lado, el colega de la sección Deportes escribía sobre fútbol, pasión de multitudes; mientras el colega de Economía lo hacía sobre la crisis del gigante asiático y el colega de Crónica, acerca del masivo éxodo de santiaguinos que le sacarían partido al fin de semana largo para darse la vida del oso. El colega del Obituario estaba enfrascado en el sensible fallecimiento de un renombrado hombre público que había pasado al Más Allá víctima de una larga y penosa enfermedad. El colega de Policía se frotaba las manos describiendo las peripecias de los sabuesos de la BH, quienes, obedeciendo una orden perentoria emanada del tribunal y tras una ardua investigación, habían dado con una nueva arista del caso que los condujo a los pasos de una semilla de maldad, el niño autor del crimen. En un momento dado los periodistas se dieron una rápida mirada cómplice y continuaron escribiendo, total y absolutamente concentrados.
Finalmente, con la honda satisfacción del deber cumplido y más aun, habiendo cantado Gardel esa misma tarde, los colegas provistos de dinero contante y sonante en sus bolsillos se dirigieron a pasos agigantados a una casa donde las mujeres tratan de tú, dispuestos a hacer las de Quico y Caco. En el camino, al destacado periodista le asaltó una duda, puesto que no había alcanzado a apersonarse a la caja, que a esa hora ya estaba cerrada bajo siete llaves. Extrajo la billetera y se le vino la noche: los morlacos brillaban por su ausencia. “Yo le presto, mañana nos arreglamos, compipa”, le ofreció el colega de Economía. Al destacado periodista se le iluminó el rostro y le volvió el alma al cuerpo, jurándose a sí mismo que a la mañana siguiente pagaría religiosamente su deuda.
En el salón de las Costureras, que así llamábase el lugar donde los ilustres reporteros habían acudido a disfrutar del reposo del guerrero, lucía hecho y derecho un letrero visto hasta el cansancio por los parroquianos: "A nuestra distinguida clientela: se prohíbe terminantemente escupir en el suelo"; y más abajo: "Hoy no se fía mañana sí". En la casa de dudosa reputación no cabía un alfiler. Un cuadro versallesco en un tabique cubierto de papel mural representaba a miembros de las altas esferas del poder poniendo el mundo a los pies de una joven danzarina de los siete velos. Sin ir más lejos y en honor a la verdad, era la misma escena que tenían el honor de disfrutar los reporteros, traducida a la chilena: una mujer entrada en carnes y de paño pifiado en su faz de baja estofa se despojaba de sus ropas para ellos, algo así como el sueño del pibe hecho realidad.
Estaba escrito que la remolienda habría de durar hasta altas horas de la madrugada, pero se pisaron la huasca porque cuando estaban en lo mejor entraron los pacos y detrás de los uniformados la Comisión, con bombos y platillos. Se los llevaron a todos a la casa del jabonero por ofensas a la moral y a las buenas costumbres y los dejaron con los crespos hechos.
Cuento corto: al final del día les salió el tiro por la culata.


1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Pues si da para esvribir algo mas largo...guarde la idea para otro dia...¿quien se encargara de escribir la noticia sobre los periodistas pilladosfuera de sus casa ¿una mujer?
Da para mucho.
Besos airados
La Lechucita

8:02 a.m.  

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