miércoles, septiembre 26, 2018

La corrupción

La corrupción es nuestra compañera fiel; y debemos ir a su encuentro. Aparece del modo menos esperado y la miramos de reojo. Seguimos de largo, postergamos la cita.
La corrupción se pasea por la plaza y se ofrece a los débiles, y los débiles caen ante la tentadora visión.
Su boca es demasiado grande; se traga con facilidad a los mortales.
Tiene alas y vuela de pueblo en pueblo, rozándose a los ángeles. Solo un saludo entre las razas, un saludo o un desdén.
El calor corrompe las aguas estancadas; por las mañanas la sombra hiede y llama como un espejo quebrado detrás de los juncos. Si asoman rostros de deseo la réplica viene de los ángeles: cámbiense de acera y vayan a mirar los ojos entornados de la virgen, de no hacerlo la degradación hará lo suyo en un carnaval de frenesí.
Obsceno poderío, guarda su oro negro en una cloaca ubicada a veintitrés metros de hondura; se accede bajando por una escalera de caracol camuflada en un almacén de venta de escaleras.
Cae la lluvia de septiembre sobre un gorrión muerto en el tejado; el pájaro rígido no evoca nada, lleva demasiado tiempo muerto. La casa se pudre por dentro, cuesta caminar en ella, las barandas del segundo piso huelen a traición, las goteras caen en el dormitorio y en los vestidores. Cuando el mundo era antiguo, el caos reinaba en los montes, en los ríos y en los mares; hoy reina dentro de la casa.
La quimera levanta magníficos estadios; todo el mundo promete visitarlos el día de mañana.

viernes, septiembre 21, 2018

Work Café

Eligiendo un tema
Todos los temas son interesantes
Observando al enemigo
Todo el mundo es un enemigo
Invitando al cliente
Todo cliente contiene una bolsa de dinero
Planificando un asalto
Todos los asaltos son violentos
Preparando un café
Todos los cafés demandan trabajo
Mirando hacia el pasaje
Todos los transeúntes van a alguna parte
Aguardando la noche
Todos los días terminan en la noche
Escribiendo un poema
Todos los poemas persiguen la belleza

Cada elección es un dilema
Gracias mi buen Dios
El guardia ve enemigos
Gracias mi buen Dios
El banco ve dinero
Gracias mi buen Dios
El asaltante ve violencia
Gracias mi buen Dios
La empleada ve trabajo
Gracias mi buen Dios
Los transeúntes ven caminos
Gracias mi buen Dios
Las noches ven los días
Gracias mi buen Dios
El poeta ve palabras
Gracias mi buen Dios

El tiempo es una suma de puntos infinitos
En todos los puntos está Dios
Todos los dioses son el tiempo

miércoles, septiembre 12, 2018

La figura tentacular

No bien surgió de la tierra, la sustancia tentacular fue rodeada por unos brazos serpenteantes venidos de lo alto. Sobre el planeta de tres soles caían rayos de silicato de sodio, lo que fue interpretado como un buen signo de su nacimiento. El planeta nocturno se hallaba plagado de seres tentaculares, tardó la forma en darse cuenta de eso, y cuando tomó conciencia se sintió alegre pues, en dicho planeta, por muy extraño que parezca, la alegría sí tenía cabida, al igual que la aprensión, la negligencia y el miedo, no así sentimientos como la envidia, la serenidad, la rabia o sensaciones como el dolor y el cansancio, de modo que el planeta no se regía por principio moral alguno, aunque tampoco había tenido lugar jamás una guerra.
Con los primeros tintes de la alborada levantaron vuelo los pájaros de fuego; se elevaron hasta que se perdieron de vista en el cielo, rumbo a la primera estrella. Solo habría una alborada en sus vidas y la aguardaban con ansias, agazapados bajo las rocas, buscando evitar la lluvia ácida. Cuántos de ellos no vieron jamás la luz a la que estaban destinados, víctimas de su desidia. Al tiempo que las aves se elevaban los seres tentaculares desaparecían de la faz de la tierra y se refugiaban en sus escondrijos subterráneos, temerosos de la luz. El día les llegaba en el primer tercio de sus vidas.
De ordinario los seres tentaculares se agrupaban en pequeños conjuntos que se repartían el poco espacio que dejaban las estrías que conducían al centro de la tierra. Los tentáculos de un organismo abarcaban los brazos que iban naciendo y también aquellos convertidos en estropajos flácidos que se arrastraban por el suelo, como babosas reptilianas. Estos últimos seres, por su condición, se destinaban a limpiar el piso. La figura tentacular debía administrar su energía por decreto, pues ninguna ley moral lo obligaba a ello. Una vez que sus propias extremidades iban perdiendo fuerza era incorporado a los tentáculos que antes le eran una carga; estos a su vez recogían los tentáculos que brotaban de la tierra, lo que generalmente ocurría en la segunda noche de sus vidas.
Así dispuesta la existencia, esta se desenvolvía con normalidad en el planeta. Habrían de pasar millones de fases antes de que el primer sol dejara de alumbrar. Sabido era que en tal momento todo habría de cambiar, a pesar de mantenerse la reserva de los soles restantes; de allí que, a la espera de ese día trágico, la atmósfera aprensiva deviniese en asfixiante, un canto de alegría ante la desgracia inminente.
Los seres tentaculares se alimentaban de sierpes de carbonato de litio que mantenían en depósitos aéreos para que adquirieran tonalidades verdosas. El cambio de color significaba que ya habían incorporado a sus pieles retorcidas y escamosas los nutrientes de la atmósfera. Con el paso del tiempo se habían convertido en expertos en ese tipo de crianza, de modo que no precisaban de otra comida para vivir; y en cuanto a las sierpes, estas morían alegremente al ser absorbidas por los tentáculos, puesto que formaban parte de la misma pregunta que las hacía renacer desde las profundidades.
Cuando los tres soles, uno al lado del otro, dejaban caer sus rayos, el planeta se volvía una masa de arena ardiente, sobre la que maduraban flores de uranio. Al desintegrarse sus pétalos, el estallido se mezclaba con las risas de los seres que aguardaban en el fondo de la tierra. Reían de alegría, convertidos en abrazos tumorales, pegados entre sí, dispuestos en grupos que de cuando en cuando se tanteaban con las ventosas extremas de sus tentáculos, más bien para comprobar que todo acaecía como lo dictaba el libro.
En condiciones tan paradisíacas como las que se describen era inimaginable atisbar una disputa, por mínima que fuese, ya sea entre los seres tentaculares como entre ellos y el entorno. Sin embargo, en el apéndice del libro quedaría registrado un desarreglo que pudo haber cambiado la suerte del planeta. Ocurrió al iniciarse la estación del ocaso, entre la decimosexta y la decimonovena era. Los seres tentaculares se hallaban en plena instalación de sus cultivos aéreos y los primeros brotes de serpientes enroscaban sus escamas en los alambres de titanio cuando de la nada surgió un pájaro de fuego que se tragó a una de ellas, mientras emprendía vuelo al primer sol. Ninguno de los tentáculos fue capaz de llegar a sus alas; de las bocas escondidas manaron risas nerviosas que sonaron como chirridos de frenos. Evidentemente se trataba de un ave tardía, de esas que se daban una vez cada quinientas temporadas, de allí que el libro las clasificara en la categoría de los signos funestos. Y en efecto, los brotes se secaron y la consecuencia pasó al libro con el nombre de "la noche de la hambruna". Cientos de miles de seres tentaculares desfallecieron y quedaron esparcidos en la arena, separados unos de otros, cada uno entregado a su suerte. Las raíces de silicio se alimentaron de sus restos descompuestos y fueron creciendo a profundidades monstruosas. Las aprensiones de los pocos cuerpos tentaculares que quedaban aumentaron una vez llegado el tiempo de la luz, al constatar que sus escondrijos se habían cubierto de raíces enmarañadas, raíces que se habían alimentado de los ejemplares de su raza.
Pero esa fue solo una excepción dentro de aquel ambiente bucólico. Los seres tentaculares pudieron sobreponerse al miedo y el planeta volvió a ser testigo, llegada una vez más la estación de las sombras, del rebrote de sus miembros.
De tal modo pasaban los días, y duraban una eternidad; mejor dicho 11 mil días de los nuestros cada día del planeta, días consagrados al nacimiento, la conformación de grupos, el refugio ante la luz, la exposición alegre a la noche, el desarrollo tentacular y su ocaso. El ciclo se daba por  cumplido en el momento en que la forma hacía entrega al planeta de los retoños anudados a su cuerpo y uno de ellos a su vez lo incorporaba al suyo, hasta que sus tentáculos gastados caían a la tierra junto con su humanidad entera, donde eran devorados por las raíces, como ya se ha dicho.
De por sí, nadie se rebelaba ante tal sistema. ¿Por qué habrían de hacerlo si la felicidad era completa, la alegría, intensa, y solo se le temía a la profecía del libro, que algún día habría de cumplirse inexorablemente y destruir su paraíso, como estaba escrito?
Las cosas debían ser así porque así estaba bien y no había chispa alguna en el alma de esos seres que incitara al cambio. Nada suponía desgaste, de nada se quejaban y nada más necesitaban; en tal sentido se asemejaban a nuestros animales, aunque ellos poseían, diríase, una inteligencia superior.    
¿Por qué escribo todo esto, si el ciclo no hace más que repetirse una y otra vez hasta el cansancio?
Guardo, en el fondo de mi alma, el recuerdo de un ser tentacular que marchó al exilio luego de haber sido castigado por sus semejantes a raíz de una acción diversa que se leyó como traición. No fue un asunto mayor; se trataba de una interpretación ambigua acerca de hechos que disponían al conjunto a ir hacia una dirección, en circunstancias de que ese ser insistía, no en un afán rebelde sino de ingenua desorientación, en marchar en la dirección contraria. Más allá de los montes de arena, poco antes de la llegada de la estación de la luz, el pronóstico era incierto, aunque el grupo había decidido la ruta. El ser tentacular se desprendió de los demás brazos y se guardó en un escondrijo; los demás siguieron su camino y aquellos que quedaron huérfanos fueron reincorporados a otros cuerpos. Al perderse el clan de vista salió a la superficie y se dispuso a vivir su nueva vida indeseada. Sintió de inmediato la pérdida de peso, una sensación de levedad, brusco alivio, la noción de incertidumbre falsa que había comprendido sus acciones históricas, mas también se asomó a sus ojos el fantasma de la identidad, y con todo aquello descubrió una nueva forma de experimentar el peso de la noche, soslayando los  miedos a través del ejercicio espiritual de la locura o cantando alegremente, casi con desprecio, a las apariciones de las tormentas de ácido sulfúrico. Así reinició sus quehaceres en la soledad de las frías arenas, idas las sierpes con su raza, cuando apareció la segunda ola  de emigrantes y lo halló, lo juzgó y lo condenó a un día de trabajos forzados, un tercio de su vida, en la isla de las miríadas. Vagó el ser tentacular en su superficie ante el insólito espectáculo de las manchas refulgentes que a no más de treinta centímetros de altura nacían y morían en cuestión de momentos, formando una suerte de cielo en la tierra a la que se hallaba condenado. Era visto desde lejos y los límites de sus pretensiones terminaban en alambradas, por los cuatro costados. Lo estaban enseñando para que sintiera algo que jamás había experimentado y que por tanto no sabía cómo definir.
Al aproximarse la alborada fue trasladado a su antiguo grupo, donde se le asignó un cuerpo al que pronto se anudó. Nadie hizo preguntas y el periplo continuó en la faz del planeta.      


domingo, septiembre 09, 2018

El violín y la voz

El día del vino es otro de los inventos nuevos; se celebra tomando vino más barato que el que se vende los demás días, no tanto como para que no les convenga a los bares y restaurantes, y así las parejas y los amigos concurren a sus locales favoritos y ordenan sendas copas con un acompañamiento ordinario, por ejemplo un platón de papas fritas cubiertas de queso. Se trata de que la plata fluya siempre de mano en mano y así la vida prosiga su curso.
Un dúo de artistas quería entrar al local a tocar sus melodías, eran estos un violín y una voz que procuraban hacer la ganancia del día, mas sus intentos resultaron vanos, de modo que se conformaron con tocar desde afuera. A la salida recibían de los clientes alguna moneda huacha, que alcanzaba justo para no abandonar sus ambiciones. En cuanto a los transeúntes, casi todos pasaban mirando; uno que otro se agachaba al estuche forrado de terciopelo negro, gastado, brilloso, y echaba una gota de agua al océano.
Cerradas las puertas del bar repartieron las contribuciones, se besaron y separaron sus caminos. El violín subió a la micro, sin pagar, y a los veinte minutos llegó a una casa cubierta de rejas; rejas en el antejardín, en la puerta, en las ventanas, en los balones de gas, detrás de las cuales lo esperaban una mujer, sus tres hijos y su padre. El viejo lo miró, sin reconocerlo. El violín lo besó en la frente, dejó el estuche en lo más alto del estante y se sentó a la mesa, donde la mujer le sirvió un vaso de jugo en polvo y un plato de porotos hasta los bordes, como al violín le gustaba. ¿No hay bebida? Se acabó, y ella giró la cabeza hacia el cuarto de los niños. Los niños miraban la televisión y peleaban; la mayor le dio un coscorrón a la del medio y el niño, que terciaba en la disputa, se echó a llorar tras recibir un castigo inesperado de las dos, quienes al segundo se apiadaroan de él y lo hicieron dormir entre ambas, al medio de la cama.
Se apagaron las luces de la casa y se hizo el silencio. ¿Cómo se portaron los niños? Bien. ¿Y el viejo? Hoy estuvo tranquilo, ni se movió. ¿No le dio por arrancarse? No, estuvo tranquilo.
La mujer le habló al oído.
Tái llegando con poca plata, búscate un acompañante y te va a ir mejor.
Sí, lo estaba pensando.

lunes, septiembre 03, 2018

Del cielo y del infierno

Y así ocurrió. Demasiadas atenciones me atrasaron; eran las 10:25 de la mañana cuando encaminé mis pasos al trabajo, que como bien sabía todo el mundo, quedaba muy lejos, cerca de La Dehesa. Los dueños de casa ofrecieron llevarme en auto al paradero más cercano, pero se trataba solamente de una oferta de buena crianza y la deseché. Un chofer que esperaba a la salida me dio a entender que iba partiendo, aunque se daba la casualidad que se dirigía al otro extremo de la ciudad.
Me vi obligado a esperar la micro. Me servían dos líneas, que se estaban demorando una eternidad. Caminaba por la amplia avenida de ripio, prácticamente sin esperanzas, cuando percibí entre las arboledas una manifestación que se tomaba el camino. Yendo hacia ese lado estaba perdido; cualquier vehículo de la locomoción colectiva debería detenerse, atrapado en su circuito. Me devolví, busqué otra calle y la encontré, pero de allí venía hacia mí otra marcha, aun más compleja que la anterior. Yo iba demasiado bien vestido a mi trabajo y pensé de inmediato en cómo ocultar la billetera, asomándose como primera opción esconderla dentro de los calcetines, como había hecho en más de una ocasión real. La descarté; siempre descartaba por necio todo lo que se iba presentando a mis posibilidades; se trataba esta vez de una maniobra que hubiese quedado al descubierto en cuestión de segundos. Resultaba evidente que la masa encabritada se abalanzaría para despojarme de mis pertenencias, si es que no de mi preciada vida.
La mente reacciona a la velocidad del rayo en circunstancias como estas, y no es extraño que surjan decisiones geniales. Ante la masa había que buscar protección y la hallé en la casa de una vecina que atendía un local de abarrotes y bebestibles, vecina de pelo ensortijado y cuerpo maduro y simpático, mandado a hacer para ocasiones como estas: me hizo entrar a su morada y me ofreció gratuitamente un escondite. No se trataba de una traidora, pero fue como si lo hubiese sido. Era imposible dar con una pieza de guardar en un laberinto de escaleras de caracol como el que caracterizaba su vivienda, y no pasaron ni cinco minutos cuando tuve ante mi vista los primeros rostros de la masa. Eran bustos de caras graves, silenciosas y extrañadas, como si las figuras de cera pudiesen cobrar vida.
Solo me restaba una posibilidad, que escogí sin meditar: refugiarme en la casa de mi viejo amigo.
Allí estaban él y su familia. Sus hijos, que habían crecido; su esposa, que asumía impasible la serenidad del desengaño en que se traducía su vida toda, aparentando la figura de las personas que ansían huir de lo que no se puede huir. Me acerqué a ella y la abracé. Se acordaba de mí, me lo dio a entender con la mirada. Los hijos estaban grandes, pero mantenían sus características. El mayor ya lucía barba y continuaba siendo el más alto de todos. Los demás eran los mismos de antes, pero más grandes. Dentro de esa habitación de piso de fléxit y decoración empobrecida me hallaba por lo menos a salvo. En pocos minutos se partiría la torta de bizcocho; me dio la impresión de que la habían comprado para mí.
Al salir de esa atmósfera nostálgica y pisar la calle desierta repasé mis apuntes y busqué en mi celular la dirección que requería, pero de la nada apareció Villena y se empeñó en interrumpir mi trabajo, porque todo esto era un trabajo, y lo hacía por... no diría obligación, sencillamente era mi deber hacerlo.
-Acompáñame, quiero mostrarte algo -me insistía, con su característica simpatía escondida en sus párpados caídos. Yo le respondía que no, y hasta quise pedirle que me dejara tranquilo, pero eso hubiese sido un signo de mala educación. Al final me tomó del brazo y me llevó a su esquina. Bueno, algo habrá de salir de esto, algo me querrá decir; lo escucharé y tomaré la decisión que me convenga. Pero entonces sucedió lo que me temía: nos hallábamos ante la puerta abierta de una librería de libros usados, era allí donde quería conducirme con su modo alambicado. ¡Ven, hay ofertas increíbles! ¡Mira! ¡Estos libros están a cuatrocientos pesos!, libros botados en el piso, muy interesantes, dignos al menos de un vistazo. Y qué gana él con su encerrona, pensaba, sabía que pasaría esto, se trataba de una trampa y de seguro yo habría de salir del local con una o dos ofertas bajo el brazo.
Ya me iba entusiasmando.
Pregunté por el libro de Swedenborg, Del cielo y del infierno, agotado hacía años en las librerías chilenas; para mi buena suerte el dependiente no debió ni dar un paso para sacarlo de un estante y ponerlo en mis manos. Era un volumen precioso, antiguo, de tapa de cuero azul, cubierto de polvo, como corresponde. Lo examiné y pregunté su precio. Me dijo mil novecientos setenta y ya me disponía a comprarlo cuando otra voz dijo cuarenta mil. Era demasiado caro para mi bolsillo, aun más caro que los veintisiete mil que pedía por él la Feria chilena del libro, aunque ahora no lo tenía porque se encontraba discontinuado, como he dicho.
Mientras pensaba, el dependiente le sacaba el polvo con un paño, dejándolo lustroso. Pero al abrirlo noté que había telarañas. Era un libro extrañísimo, con las páginas debajo de un enrejado que dificultaba leerlas, aunque se notaba que las palabras contenidas encerraban un tesoro.
Consideré que el precio era demasiado para mí, y sin que se diera cuenta deposité el libro en el estante, haciéndome el leso, y abandoné la librería.