martes, octubre 09, 2018

Llamado telefónico

Me llamó el sr. Smith. En un lenguaje poco claro, pero abundante, como nunca lo había oído, me dio a entender que se me extraña en la barra del café. Como seguía hablando, y su voz reiteraba la esperanza del reencuentro, como insistía en afirmar que nadie tenía nada en mi contra, o que si por casualidad había alguien no era él, me vi obligado a intentar unas mentiras verdaderas para tranquilizar su espíritu. Le dije que había cambiado de hábito y que hoy estaba destinando esa hora y media a la lectura, lo que es cierto. Añadí que yo tampoco tenía nada en contra de nadie, lo que también es cierto, y que les mandaba saludos a todos.
Pero la verdad es que el llamado del sr. Smith me dejó pensando, como ocurre con las cosas importantes de la vida. Al recapitular sobre las causas de mi retiro voluntario al café de la mañana detecté que el tema se iba profundizando a medida que pasaban los días, hasta desembocar en un abismo de sustancia, en el más íntimo y antiguo de mis males, la sensación de desamparo. Cómo le iba a decir a mi querido amigo el sr. Smith que aunque los hechos al menos lo desmientan, ese problema me lleva a buscar el desequilibrio y debilita mi seguridad. Cómo le iba a decir que busco incansablemente el reconocimiento a través de la creación de belleza, metiéndome por caminos torcidos.
El resultado científico de este retiro ha devenido en horas de caminar sin rumbo fijo, horas que cerraron la válvula de la niñez accionada por mí cada mañana en el café, válvula que al abrirse hace más mal que bien pero refuerza el ego, esa parte burlesca que caracteriza al ego y que provoca disturbios, rechazos, acaloradas discusiones que llevan a sentirse vivo, a decir aquí estoy y aquí les dejo mi presencia; pero ¿acaso aquellas no son las verdaderas horas perdidas? Se me antoja, en refuerzo de tal convencimiento, que más vale transitar sin rumbo fijo, incluso sin mirar nada de lo que me rodea, antes que alimentar a ese diablillo...
Otra cosa muy diferente es el gasto de dinero y otra aun más diferente el cambio de hábito alimenticio. Porque en cuanto a lo que hablo, ese caminar sin rumbo me lleva a las pastelerías, a las cafeterías y a los locales de comida rápida; a los puestos callejeros de venta de huevos duros, y así mi consumo habitual de frutas al almuerzo ha trocado en un desorden de cosas que van entrando al buche.