domingo, enero 06, 2019

La erudición o la vida

Discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa concedido por Oklahoma City University al profesor Bruburundu Gurusmundu

Distinguida, venerable e insigne presidenta, Martha A. Burger, dilectos académicos, querida comunidad estudiantil, respetados funcionarios, estimados paradocentes y auxiliares, comunidad toda.
Agradezco en lo que vale la distinción que me ha concedido Oklahoma City University y más aún, la posibilidad de dirigirme a tan prestigiosa concurrencia al momento de aceptar este inmerecido título honorífico. He resuelto intitular esta disertación "La erudición o la vida", entendida dicha encrucijada como el basamento que le da el sentido al destino de la creación artística, aunque adelanto que en esta ocasión solo le hincaré el diente especialmente a la poseía y la literatura. Ofrezco humildemente los garabateos que vendrán a todos aquellos que como yo se han pasado la vida, admito la redundancia, digo que se han pasado la vida entre tanteos, como si jugaran a la gallinita ciega. Observo de paso que este colosal plantel se halla ubicado en el envidiable lugar 289 del ránking universitario estadounidense dado a conocer recientemente por "The Wall Street Journal", posición que crece en su valor si se considera que debajo suyo, casi pisándole los talones, figuran instituciones de la talla de Walla Walla University, University of Wisconsin-La Croose, Chaminade University of Honolulu, University of Alaska Anchorage, Minnesota State University-Mankato y tantas otras.
Me disculpo sinceramente por emplear mi lengua materna en tierra extranjera, ya que es bien sabido que no domino el idioma de Harry Lillis Crosby, más conocido como Bing Crosby.
Antes de atacar el tema contaré un chiste, como se estila en este tipo de circunstancias.
Un día iba Don Otto con su novia en una moto y de pronto el vehículo se precipitó a un hoyo en la vía. Se sacaron la contumelia. Antes de salir se dieron un beso. Días después Don Otto le comentó a su novia: ¿te acuegdas cuando nos dimos un beso en el hoyo?
(Silencio en la sala).
Al día siguiente a Don Otto se le cayó el reloj y no se dio cuenta. El vecino Fritz lo recogió y le gritó Otto se te cayó el gueloj. ¿Está andando? Sí. Dígale que me pegsiga.
(Toses de confusión).
Admito que antes de sentarme a escribir estas palabras tuve que debatir con mi conciencia el partido que iba a tomar en esta crucial disyuntiva, la de la erudición o la vida, una vez que comencé a dudar sobre lo que daba por sentado, y que era mi inclinación hacia la vida.
Tuve un compañero de trabajo de apellido Gambetti. Apenas lo conocí me di cuenta de su erudición, de las potencialidades que guardaba su cerebro privilegiado. Hablaba sobre todo tipo de materias con profundo conocimiento, desde lo nimio hasta lo de mayor complejidad. Se sabía la raíz de las palabras, óperas completas frase a frase, los términos latinos de las plantas, la vieja mitología etrusca o mesopotámica. Como si fuera poco escribía bastante bien, en un estilo clásico, les daba sabor a las palabras, hacía que uno se quedara con ellas en la boca, paladeando las oraciones vertidas al papel. Legendaria fue una de sus "joyitas" del día jueves en que reflexionó acerca de una bola de espejos de una discoteca que yacía moribunda a la orilla del Mapocho, bajo el puente Pío Nono. Dijo tantas cosas en tan poco espacio, llegó tan al alma de esa pobre bola hoy miserable antes victoriosa que ese día me pregunté seriamente si acaso yo estaba en condiciones de aspirar a algo más que escribir notas policiales. Por esos tiempos acuñé una máxima que él celebra hasta nuestros días, cada vez que me envía algún mensaje de apoyo a mis afanes novelescos. En la sala de redacción de pronto levantaba la voz para que me escucharan todos y proclamaba: "A los 20 años quise escribir como Cervantes. A los 30 aspiré a igualarme a Manuel Rojas. Ahora que tengo 40 solo desearía acercarme a los lindes de Gambetti". El mundo, el país, el compañero de banco. No sé si advertía la ironía, a la vez mi acta de capitulación firmada por el paso de los años, pero le hacía tanta gracia que su rostro adquiría un tono purpúreo; las venas le brillaban en las mejillas y su generosa papada resplandecía de placer. Entonces yo lo miraba y solía decirle "quiero escribir como usted, amigo cabeza de chancho", epíteto cariñoso que lo sacaba de sus casillas al punto de que me pellizcaba los brazos y me los dejaba morados.
Siempre me referí a él como si hablara de un erudito, a pesar del rechazo que provocaba mi juicio entre los amigos míos que también lo conocían.
Una tarde Gambetti llegó al diario impresionado. Durante un almuerzo periodístico había conocido a una autoridad que lo alucinó por su rapidez mental, sus chispazos de inteligencia. "Le disparé y me contestó con dos tiros. Contraataqué y respondió con una ametralladora. Me dejó con la boca abierta", confesó. No era otra cosa que la directora de una compañía azucarera. Y lo había dejado boquiabierto.
Cierto día en que yo daba clases en una universidad privada un alumno me comentó en la sala: "Es que usted, profesor, sabe demasiado. Es impresionante la de cosas que sabe". Lo decía un alumno de nota 4. Yo me reí para mis adentros.
Un compañero de trabajo me dijo un día: "Lo que pasa, colega, es que usted es un genio". Me lo decía un periodista del montón, a mi juicio. Pero él a su vez hacía clases y sus alumnos lo tenían en alta consideración.
Me inclino a pensar que esto de la erudición se parece a la definición de la justicia, siguiendo la Suma Teológica de Santo Tomás: a cada uno lo suyo.
Borges era un erudito indiscutible. Creció y vivió entre libros, diríase que los libros se alimentaban de él, le estorbaban sus pasos por la acera, por la vida. Y sin embargo, tras leerlo, se repite. Su universo resulta limitado y sus espejos, que expanden sus imágenes hasta más allá de cualquier galaxia numerada, desembocan inevitablemente en el punto de partida. Vargas Llosa es un erudito. Uno piensa, al leer sus ensayos, cómo ha leído tanto, todo lo ha leído, cómo retiene su memoria los detalles y la sustancia del documento que analiza, qué tiene en la cabeza este cristiano, y sin embargo su literatura no logra despegar, se queda anclada en la tierra, en el tiempo de los hombres. Saul Bellow fue un erudito, difícil que alguien supiera más que él. George Steiner es un erudito de tomo y lomo, un erudito redomado, llega a ser exagerado de erudito. Y sin embargo no logró entender a cabalidad a Heidegger, el filósofo del tiempo de los nazis, y hasta se concedió unas buenas páginas para enrostrarle su silencio cómplice. ¿Se repiten también todos ellos? ¿Insisten en lo mismo? ¿Sucumben ante poderes superiores? Cómo podría saberlo alguien que más bien se identifica con la parte de la balanza en que se pesa la vida, y que mira con curiosidad y envidia el platillo reluciente ubicado al otro lado.
No está dentro de mis pretensiones llenarlos de ejemplos, queridos oyentes, pero sí plantearles aquí, en este punto de la exposición, un asunto delicado: todo erudito trabaja dentro de una frontera de límites imposibles de sortear. A cada erudito le corresponde cargar con el karma de su origen.
De otra parte está la vida, la fuente de la vida, el regalo de Dios, el misterio más grande de todos; la vida y el amor, su sentido de ser. ¿Qué diferencia habría entonces entre un bosque y un mendigo? ¿Alguno de los dos está aprovechando mejor la misión que se les dio al nacer? Mientras escribo estas palabras, el murmullo del agua que baja por las formas musgosas de mi pequeña pileta me habla de la vida. El agua fluye, cae a la base y un motorcito interno la hace subir nuevamente por un tubo, para volver a caer, toda una metáfora acerca del paso del hombre por la tierra. El murmullo es agradable, adormecedor, no podría estar mejor mientras escribo este discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa, a horas de embarcarme en el avión que cruzará el océano y me llevará donde hoy me encuentro, a este cálido recinto caracterizado por ubicarse en el lugar 289 del ránking universitario estadounidense dado a conocer recientemente por "The Wall Street Journal". Y sin embargo, qué hago yo aquí, en qué me debato, qué he logrado a mis años con la erudición y qué he logrado a mis años, qué ventana me ha abierto la vida. La erudición me enseñó que cada gramo de conocimiento expande el horizonte, que cada página de un libro va haciendo al hombre más grande y más ignorante, que cada autor rellena con sus obras el granero semivacío alojado en el cerebro. Justo entonces se monta un grillo en mi antebrazo, un animalito ocre, desorientado, desprotegido, frágil, confiado entre los vellos y los lunares de mi extremidad izquierda, un animalito que parece descansar antes de reemprender el camino, antes de proseguir la jornada. He guardado un minuto para verlo. Es mínimo y precioso, no hay otro como él y se muestra gustoso de llevar la vida que lleva. No le tocó tan brutalmente, como a otros, vivir para devorar o ser devorado, vivir en los rincones oscuros, vivir bajo el manto de la tierra, en los roqueríos, entre bloques de hielo a la intemperie, escarbando basura, saliendo a especular por las noches sobre sus reales posibilidades, alojarse entre los dedos de un pie para poder vivir, o dentro del vino fermentado. Le tocó cantar, cantarle a la vida. Ahora resbala y cae al asiento. Lo recojo con mis dedos y lo expongo al sol. Mueve nervioso sus patas, salta y se va.
Hablando de seres vivos, entes que palpitan y consumen energía, el emblema de la erudición hoy en día está en la computadora. Lo sabe todo, al instante, su memoria se acerca a lo infinito. Antes lo fue la biblioteca, pero la biblioteca no es más que un mero depósito de la cultura humana, una extensión del hombre. Carece de vida propia, salvo que contáramos los ratones que corren por entre los libros para alimentarse de ellos. Las computadoras ya nos gobiernan y hasta nos están quitando la razón de vivir, si la vida no fuese algo más que abrir los ojos para mirar a nuestro alrededor, hablar con nuestros hermanos, tocarnos con los dedos y las manos.
Mi amigo Eduardo Jiménez, obstinado postulante a concursos literarios, se inclina, lejos, por la vida. Hace casi exactamente un año caminaba por el centro de Madrid, no tan a gusto que se dijera, porque Jiménez solo se halla a gusto mientras se ha citado a sí mismo a su escritorio para llenar hojas de papel, cuando sufrió un patatús. Lo había invitado su hija azafata a pasar el año nuevo con su mujer. Los dolores lo llevaron a una clínica, donde le recetaron aspirinas y lo mandaron para la casa. El regreso a Santiago fue un calvario, especialmente la escala en Sao Paulo. Luego de haber salido de la UCI nos contaba en la UTI de la clínica Dávila, lleno de tubos, con un pie en el cajón, que durante el viaje le dolía todo y pensaba que se iba a morir. Había sufrido una trombosis coronaria y el clímax lo vivió en pleno vuelo. Salvado, pero aún convaleciente, volvió a poner los pies en la calle y subió a su departamento en el piso 22 del céntrico edificio que lo acoge con una vieja idea, esta vez convertida en resolución: se dedicaría por entero a escribir lo que le quedara de vida. De modo que en Jiménez se da la siguiente paradoja: entre la erudición y la vida se queda, lejos, con la vida. Pero la vida es escribir. Y escribir no es vivir, sino crear vida recordando la vida. Escribir es el pasado y el futuro. La vida no conoce más estado que el presente. Escribir, lo digo yo, es apelar a la erudición, aunque para Jiménez, escribir es apelar a la vida.    
¿La erudición o la vida? Roberto Meza Antognoni, el Pelado Meza, también llamado el Loco Meza, solía cazar incautos como yo en los pasillos de "El Mercurio", mientras sacaba la vuelta en su trabajo para la sección Economía y Negocios.
-¡Qué es mejor! -inquiría abruptamente- ¡El tamaño o la técnica!
-Mmm... la técnica, era la respuesta indiscutible.
-¡Otro huevón con el pico chico!, exclamaba ante la algarabía general.
Uno de sus compañeros de correrías era Canelo. Ambos eran periodistas y ambos exhibían grandes dotes musicales. Un día me enteré por casualidad que figuraban en un programa de la sala América de la Biblioteca Nacional. "Hoy: canzonettas italianas, con Roberto Meza y Enrique Canelo", decía el programa. Me enteré al día siguiente, un rasgo común en mí. Traté de averiguar cómo había resultado la función y no recibí información completa, apasionada. Me comentaban que "habían estado bien", y eso era todo.
Otra noche los escuché debatir en estos términos:
-¿Leíste "Ravelstein"?
-Sí.
-¿Y te gustó?
-Sí.
-Ravelstein leía a Tucídides, a Platón y a Maquiavelo en griego.
-¿A Maquiavelo en griego? ¿No sería en italiano?
-¿De qué te asombras? ¿Acaso Maquiavelo no tiene derecho a ser leído en griego?
Lo que me lleva a recordar al finado parlamentario allendista Mario Palestro. En pleno y apasionado debate en la Cámara de Diputados se mandó una filípica que terminó con estas palabras: "... por todo lo cual les advierto que la espada de Pericles pende sobre la cabeza de la Patria". Un diputado momio se burló de él: "Su Señoría habrá querido decir Damocles". Fue entonces cuando Palestro patentó su famosa máxima: "¿Así que Pericles no tenía derecho a usar espada?".
Otro erudito fue don Ernesto Rodríguez y ahora que hago memoria, Lafourcade. Sabía muchísimo de todo, pero en sus últimos días no podía recordar ni su nombre. Imposible, para el que se lo propusiera, resultaría rebatir la calidad de erudita de la doctora Carla Cordua, filósofa autora de una veintena de libros, miembro de la Academia Chilena de la Lengua y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. La integrante del grupo de Bloomsbury Virginia Woolf tampoco lo hace nada de mal. Y además escribió libros famosos. Sobre ellas no hay nada más que decir, salvo que una era cuerda y la otra era loca. A todo esto habrán notado, distinguidos asistentes, la escasez de mujeres sobre las que he hecho referencia en esta clase magistral. Esto se debe a mi marcada predilección por el género masculino, del que se me ha enseñado que formo parte. En fin, un personaje que no alcanza la erudición, pero que se le acerca, es mi amigo Valenzuela. Algún día lo definí como "especialista en generalidades" y se molestó, pero creo que en el fondo le gustó.
Peña y los del CEP se las dan de eruditos, pero me temo que todo es una faramalla; se han puesto de acuerdo tácitamente para leer y hablar de los mismos autores. Son señas que se mandan, y después discuten por los medios, compiten como cabros chicos por el título del más inteligente. Porque he aquí que hemos desembocado en otra cuestión dramática: ¿es el erudito más inteligente que el vividor, por llamarlo de esta forma?
Si la asamblea me atosiga ante dicha controversia, si la asamblea me apura, como se estila decir ahora, yo no cortaría el nudo gordiano, como lo hizo con tanta inteligencia Alejandro Magno, sino que respondería: comme ci, comme ça. Los vividores suelen ser mejores para los negocios que los eruditos, tanto más cuanto menos saben; les bastan las cuatro operaciones. Del otro lado, a los eruditos les va mejor en la PSU, en consecuencia son más inteligentes, pues siempre se dijo que la PSU medía la inteligencia. Los vividores andan con los ojos más abiertos y es raro que se caigan bajando una escalera, mientras que la estadística registra innumerables casos de eruditos que se han fracturado un tobillo por ir leyendo un libro al bajar una escalera. Sin ir más lejos, un Premio Nacional de Historia murió atropellado a la salida del Campus Oriente de la Universidad Católica. No se puede negar tampoco que los eruditos se pasan la vida sentados en tanto que los vividores se lo llevan caminando; esto sería prueba de que los eruditos son más inteligentes. La casuística revela que los vividores les levantan las minas a los eruditos, signo de inteligencia; sin embargo la misma casuística confirma que hay más cornudos entre los vividores que entre los eruditos, porque los vividores son descuidados y los eruditos, serenos. Y si seguimos esa misma línea veríamos que los eruditos son personas de grandes pasiones, mientras que los vividores son más de acciones, lo que los dejaría empatados, creo yo. Así que para desempatar habría que meterse al territorio de la fama, donde hay ejemplos para lado y lado. Arturo Prat quería ser erudito pero llegó a la gloria por vividor; don Andrés Bello dio ejemplo de vividor cuando se pescó a la empleada y su señora lo pilló y le dijo me sorprendes Andrés Bello, ante lo cual don Andrés le respondió te equivocas mujer el sorprendido soy yo; de modo que realmente pasó a la historia como erudito. Un vividor innegable fue Leonel Sánchez y un recordado erudito fue Rodolfo Oroz. El primero entró al salón de la fama como goleador del Mundial del 62 y el segundo por ganarse el Premio Nacional de Literatura sin haber escrito un solo verso, le bastó ser erudito. Qué tal.
Observo que estos primeros especímenes os han dejado indiferentes, salvo los gestos de afirmación de uno que otro erudito presente en la sala. De allí que anteponiéndome a vuestro lógico desconocimiento de la historia de Chile he buscado casos atingentes o atinentes, vale de las dos maneras.
El estado de Oklahoma brinda ejemplos notables de vividores y eruditos. Entre los primeros figuran sin asomo de duda el indio Jerónimo, hasta hoy citado por los paracaidistas; los actores James Garner y Brad Pitt - vividores por partida doble, especialmente el segundo que se mandó al pecho a Angelina Jolie y que fue injustamente calificado de "fleto" por el diario "La Época" en su sección Efemérides-. Charles "Pretty Boy" Floyd, como recordarán y veo que muchos inclinan la cabeza para dar su visto bueno, fue un ladrón de bancos en la época de los gángsters, un vividor de siete suelas, pero tal como otros destacados forajidos de la época terminó cayendo bajo el peso profético del plomo. Tal vez el máximo ejemplo de grandes y famosos vividores de Oklahoma se encarne en Sam Walton, nacido cerca de Kingfisher. En 1962 fundó un negocito llamado Walmart. Treinta años más tarde, Walmart contaba con 1.900 supertiendas, más de 430 mil empleados, ventas por 55.000 millones de dólares y ganancias por 2.000 millones. Sam Walton fue un fanático observador de la realidad, un vividor por antonomasia. En su juventud observó que la mayoría de los locales se organizaba alrededor de los mostradores; él les permitió a los clientes comparar productos en los estantes para luego acercarse a la caja con los artículos seleccionados. Y así pasamos, a través de este ejemplo, a plantear el tercer gran dilema de esta dicotomía: ¿es más creativo el vividor que el erudito, o viceversa? Pero antes, y tal como lo prometí, me encargaré de recordar a grandes eruditos del estado que en esta jornada nos acoge, con su correspondiente contribución a la humanidad. Uno de los que no se puede escapar de la lista es Richard E. Berendzen. Nacido en Walters, este brillante científico, profesor de astronomía y relacionador público fue presidente de American University, a la que hizo crecer cuatro veces. Su currículum se nubla con la acusación de efectuar llamadas telefónicas obscenas, por las que recibió tratamiento psiquiátrico en el instituto Johns Hopkins. Como consultor de la Nasa organizó la conferencia "La vida más allá de la Tierra y la mente del hombre". Otro erudito fue el oklahomino Ralph Ellison, autor de "El hombre invisible", quien tras recibir el National Book Award se convirtió en el escritor negro más importante de su generación. A Ellison se le incendió su casa; dentro de ella estaba el manuscrito de su nuevo libro, que debió empezar de nuevo y no alcanzó a terminar. Cornel West, nacido en 1953 en Tulsa, es filósofo, autor, crítico, activista de los derechos humanos, demócrata radical, intelectual de renombre y profesor en Princeton. Un erudito con mayúsculas, y de yapa aparece en la saga Matrix interpretando al consejero West. A Jane Anne Jayroe no habría cómo calificarla. Nacida en Laverne, esta Miss Oklahoma 1966 y Miss América 1967 entraría al saco de los vividores por la calidad de su pellejo. Pero como mujer ancla en TV News, secretaria de turismo y autora de numerosos libros también podría encajar en la categoría de los eruditos, de allí que a última hora decidí eximirla del debate. Acabo de reparar tardíamente en que este párrafo estaba tachado.
De este modo me enfrascaré a continuación en la duda más relevante de todas, ya enunciada: ¿es más creativo el vividor que el erudito, o viceversa?
Se cuenta que hace muchos años un vividor que por haber vivido mucho dudaba de todo, incluso de aquello, arribó al palacio del lama en el Tíbet en busca del secreto de la vida. Lo esperó en la puerta 14 días seguidos, a sol, a sombra y a nieve, hasta que gracias a su majadería consiguió que lo hicieran pasar. Lo recibió el Panchen lama, ya que el Dalái lama se hallaba en una de sus giras políticas. Se arrodilló ante él y le preguntó al fin cuál era el secreto de la vida. El octogenario lama le respondió, entre una nube de incienso y con una voz casi imperceptible: "La... vida... fluye". El vividor se quedó pensando y replicó: ¿Pero fluye o no fluye? El viejito erudito giró su cabeza hacia un hombro, desconcertado, y exclamó: "¿Ah, que no fluye?".
En "La vuelta al mundo en 80 días", Picaporte hace las de Sancho y muchas cosas le enseña a su amo. Tal como en Don Quijote, da la impresión de que está para cuidarlo, que se las arreglaría perfectamente sin él, que sería incluso más feliz desobedeciendo las normas, lo que no sucedería en el caso inverso. Y sin embargo lo necesita, el obrero necesita a su patrón, porque su amo es poderoso. Picaporte, Sancho y todos los de su clase se arriman al poder, así como lo hicieron Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Bach, Mozart, Pelé y tantos otros. Sin ellos, poco habrían sido, debe asumirse esta verdad que duele. La luz de los creativos se apagaría, ni siquiera se encendería, si no fuera alimentada por el poder de alcance de los eruditos, quienes constituyen una secreta cofradía académica que se ha apropiado del planeta. Es esta una idea que lanzo al final de mi brillante exposición, la de la erudición asociada al poder y el creador como limosnero del erudito; concedo que es una idea que merece ser explorada, ampliamente desarrollada, mirada desde todos sus puntos de vista, rebatida, negada y reafirmada. Pero eso denotaría demasiada energía y a esta altura no estoy para esos lances. De modo que he decidido dar por concluida mi clase magistral, llevarme el diploma bajo el brazo, dejar la toga y el birrete porque son prestados y volar lo más pronto que pueda a mi pueblo, habiendo visto que este estado recibe bien a los forasteros inofensivos que solo conoce de oídas y que les pueden acrecentar su poderío, no así a personajes como yo, por esencia riesgosos y que caen en el olvido a la primera de cambio.
Muchas gracias.
(Clap... clap... clap...).