<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763</id><updated>2012-01-24T00:38:21.667-03:00</updated><title type='text'>Memorias del dr. Vicious</title><subtitle type='html'>Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una institución milenaria fundada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>283</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-824633219245522316</id><published>2012-01-08T19:50:00.027-03:00</published><updated>2012-01-24T00:38:21.672-03:00</updated><title type='text'>Los campos</title><content type='html'>El abuelo se moría y la casa de campo guardaba silencio. Abierta de par en par, la ventana invitaba al calor a meterse a la pieza oscura para convertirla en un río de humores. Su nieta no se la quería cerrar pues consideraba, aun a sus ocho años, que la visión más allá del marco era una forma de mantenerlo distraído. La sumatoria de lo que se podía ver daba poco, aunque al anciano moribundo parecía resultarle suficiente: siluetas de pájaros surcando el horizonte, el baile de las hojas verdes del álamo, que semejaba el giro de las hélices, alguna nube que teñía de blanco el azul del cielo para deshacerse en instantes, moscas que entraban y salían, sin hallar lo que andaban buscando. La nieta le limpió la frente, la nariz, los sobacos y &amp;nbsp;le cambió los pañales. Luego le dio un beso en la cara y se fue a la escuela.&lt;br /&gt;Había un monstruo suelto y otro agazapado, eso nadie lo sabía.&lt;br /&gt;Sobre el velador quedaron un jarro de agua de hierbas, un rollo de papel higiénico, un frasco de remedios y un pedazo de pan con queso de cabra, que el abuelo se comió con dificultad en el primer tramo de la caminata de la niña, &amp;nbsp;recostado como estaba y encima moribundo. Cualquier testigo de ese acto habría adivinado que comía por instinto, por dar la batalla de pasar la hora. Y así como entonces sus energías se concentraban en ese acto único, los pensamientos de la nieta apenas iniciaba el camino de regreso de la escuela también eran exclusivos. Pensaba que cuando llegara a la casa lo iba a encontrar muerto. De hecho, apenas metía la llave en la cerradura y cruzaba el umbral, caminaba sigilosamente y le echaba un vistazo a la pieza desde el borde de la puerta entreabierta.&amp;nbsp;Entonces suspiraba con alivio, pero en el fondo intuía que verlo vivo sólo postergaba el momento crítico, aquel en que se vería obligada a pedir ayuda.&lt;br /&gt;Sartori no había quedado conforme con la recreación del parte policial. Tenía en sus manos varios casos que en conjunto resultaban atractivos, pero no lo suficientemente atractivos para lo que en estos tiempos le estaban exigiendo. Las noticias, le repetían sus nuevos jefes, las noticias no bastan por sí solas. Necesitan llenarse de ruido porque el mundo se llenó de ruido. Fíjate en la TV: ya no repiten los goles en silencio; debajo les ponen música ruidosa. Así es la gente de hoy. Y si no le das lo que exige te irás al cementerio de los elefantes, no es chiste.&lt;br /&gt;¿Qué le habían querido decir exactamente? No lo sabía, pero su intuición lo llevó a buscar aditivos, la música de fondo que le faltaba al resumen policial.&lt;br /&gt;La niña atravesó el cerro como lo hacía cada mañana; en el camino se le unieron dos compañeros que salieron de una choza protegida del sol por un viejo espino. La madre de sus dos compañeros saludó a la niña con una sonrisa triste y le preguntó por su abuelo. La niña le dijo que todavía estaba vivo y siguió su camino. Los tres pequeños se perdieron en un recodo y la mujer se dirigió a la pirca. Había tanto que hacer, tanta cosa vana; le esperaba un día tan largo, que sin querer se detuvo a suspirar. Los tres compañeros andaban a zancadas; de pronto trotaban, a veces los hermanos se sentaban un momento a descansar, esperando a la niña. Cuando se enfrentaban a una cerca la ayudaban a subir. En una curva les contó que cuando muriera su abuelo ella quedaría sola. El sendero se había estrechado ante una pared de tierra seca sobre la cual se levantaba un bosque de pinos. La escucharon y siguieron caminando. Sólo ella decía lo que pensaba. Los niños provenían de una familia silenciosa, compuesta por la madre, el padre ausente, una docena de cabras y cuatro perros famélicos que parecían alimentarse de aire y que reservaban sus ladridos exclusivamente para situaciones de emergencia.&lt;br /&gt;En la escuela, Gumercindo Soto abría la sala de clases mientras su mujer le preparaba el desayuno. Antes de que aparecieran los primeros niños se sentaron a tomar te con la leche en polvo, las galletas y la mermelada de membrillo que enviaban trimestralmente al colegio, desde la capital, para la alimentación de los estudiantes. El profesor apartaba siempre una cantidad para él y su mujer; no había nada malo en eso, sabía que todos sus colegas de las escuelas rurales lo hacían, aunque nadie lo comentara abiertamente cuando se reunían a desfilar con sus alumnos frente a las fondas, cada 18 de septiembre. Gumercindo llevaba ya veinte años viviendo en la escuela. Como los demás profesores, había llegado por seis meses y terminó quedándose. Ninguna historia era igual y sin embargo todas desembocaban en lo mismo: maestros rurales anclados a la tierra. En el relajamiento posterior al desfile, cuando los niños se habían marchado con sus padres y ellos se sentaban a gozar el resto de la tarde bajo una ramada ante un jarro de chicha cocida, solían recordar sus tiempos urbanos. Cada uno relataba su pasado con emoción, a veces con la emoción que se vierte en lágrimas, sobre todo si la añoranza nacía en el segundo o tercer jarro. Gumercindo hablaba poco y sus recuerdos eran vagos, demasiado generales como para que los demás se formaran una opinión cabal de su persona, lo que con el correr del tiempo provocó fatalmente que desconfiaran de él. Lo apodaron el Lobo Gumercindo y terminaron aislándolo de sus juntas. Su mujer también ignoraba su pasado, pero a ella le bastaba con tenerlo por marido y no se hacía problemas con sus silencios. En el campo, marido era techo seguro, comida segura y ropa sucia. De vez en cuando podía darse el lujo de pelar gallinas; su hermana no. Servía a su hombre día y noche y le planchaba la ropa. Nada de eso tenía su hermana; de allí que cada vez que podía, le enviara algo de azúcar, arroz, un cogote y un par de patas de ave con sus dos hijos, sin que Gumercindo lo supiera. Sentía una sensación extraña al sacarla del agua hirviendo para arrancarles las plumas, le recordaba las grandes y raras fiestas de su niñez.&lt;br /&gt;Ella lo miraba como desde el suelo; él desviaba la vista hacia el patio.&lt;br /&gt;-¿Hoy día terminan las clases, Gume?&lt;br /&gt;-Quedan dos días.&lt;br /&gt;-¿Los niños dieron los exámenes?&lt;br /&gt;-Y qué le importa.&lt;br /&gt;-Le pregunto por si quiere que le lleve la tiza a la sala.&lt;br /&gt;-No... guárdela.&lt;br /&gt;-A la Normita se le está muriendo el tata.&lt;br /&gt;-No joda, ¿le contó ella?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Qué más le dijo?&lt;br /&gt;-Nada más. Que lo tiene acostado.&lt;br /&gt;-¿Vendrá hoy?&lt;br /&gt;-No sé. Usted dice que nunca falta.&lt;br /&gt;-Sí. Nunca falta, pero... esto...&lt;br /&gt;-¿No hará clases, Gume?&lt;br /&gt;-No había... yo estaba... ¿qué dice?&lt;br /&gt;-¿No hará clases?&lt;br /&gt;-Que jueguen.&lt;br /&gt;La niña se quedaba atrás, de nuevo. Tenía la manía de ir levantando piedras. Los compañeros la esperaban sentados en alguna roca, fumando. Ahora eran ocho; iban brotando de las casuchas a medida que se acercaban a la escuela. En el camino, los mayores compartían sus cigarrillos con los menores que ya podían ser iniciados en el vicio, dejando con las ganas a los más pequeños. Le fascinaba a la niña levantar piedras. De allí salía vida, insectos asustadizos que corrían a esconderse a la piedra más cercana al quedar al descubierto. Debajo de las piedras había vida, lo podía comprobar, pero inevitablemente había terminado por formularse preguntas para las cuales no tenía respuesta. ¿Por qué esos bichos vivían debajo de las piedras? ¿Para protegerse o porque les acomodaba? Y ¿qué se escondía aún más abajo, allí donde no le era dado llegar? ¿No habitaría por casualidad el vacío gigante de la muerte en un hoyo parecido a aquel donde pronto iría a dar su abuelo? Le costaba imaginase a su abuelo enterrado, por eso no hacía más que hablar de eso, de cómo sería, de cómo se vería dentro de la tierra, de si alguna vez un muerto había tratado de huir, de los aparecidos que la gente contaba que veía en las noches de invierno, cuando los cadáveres surgen de la tierra para buscar calor en las casas. En cada recreo abría el mismo diálogo con uno, con otra, con varios, y todos le inventaban respuestas absurdas que la dejaban aún más insatisfecha. No se atrevía a acudir al profesor, porque el profesor le daba miedo. Alguna vez le habían contado que en las clases la miraba demasiado fuerte a los ojos y cuando probó a ver si era cierto, mirándolo también ella fuerte a los ojos, notó que era verdad y se asustó. &lt;br /&gt;Inerte en la cama, el abuelo ni siquiera era capaz de pensar, al menos del modo en que lo hacen las personas sanas. Sus pensamientos, si es que pudiesen llamarse así, se resumían en dolores. Dolor del brazo izquierdo, dolor del estómago, de las manos, de la garganta. El aire le entraba como por un desfiladero atascado y le hería, le encendía las tuberías que desembocaban en los pulmones. Las tetillas huesudas sufrían lo indecible por el peso de las frazadas. Sentía ganas de llorar de dolor, en el fondo de miedo, pero a sus ojos ya no les quedaban lágrimas, de tanto estar abiertos. Se imaginaba que si los cerraba podía ser para siempre, de modo que se obligaba a mirar; era su mirada un anzuelo que lanzaba a lo que fuese, a la distancia que fuese, para aferrarse a la cosa vista con la insólita pasión del animal entregado a su suerte. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(sigue)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-824633219245522316?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/824633219245522316/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=824633219245522316' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/824633219245522316'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/824633219245522316'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2012/01/el-abuelo-se-moria-y-la-casa-de-campo.html' title='Los campos'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8501879257752978952</id><published>2012-01-04T23:57:00.014-03:00</published><updated>2012-01-07T15:43:11.545-03:00</updated><title type='text'>El refrigerador</title><content type='html'>Del primer refrigerador que tuvimos no habría mucho que decir. Llegó una tarde de verano, embalado sobre un triciclo y supimos que venía en camino porque escuchamos el griterío de los pelusitas a la cola del triciclo. Los pelusitas eran todos aquellos niños que no eran los Mardones.&amp;nbsp;Los Mardones éramos ocho primos hombres y jugábamos pichangas contra los&amp;nbsp;pelusitas. La cancha era un tierral a un costado de la línea del tren a Sewell que daba al quiosco de mi tío Pablo en una punta y en la otra, a un murallón del que nunca me preocupé de averiguar qué había detrás. Los pelusitas eran los niños de la población Sewell, entre los cuales destacaban el Chamelo, el Muchilo y el Cochefa, además del Lucho Tonto, que iba a la siga de todos, arrastrando su abrigo negro. Siempre me llamó la atención la presencia de la letra Che,&amp;nbsp;de la que hoy abjura&amp;nbsp;la RAE, en los sobrenombres de esos niños de población de mineros. Hoy especulo que esa influencia pudo venir de México, con sus chamacos, chapulines, chilindrinas, chavos, charros, chanfles, chapatines, chespiritos y una pila de nombres más.&lt;br /&gt;El refrigerador, como dije, venía en&amp;nbsp;una caja, de modo que los pelusitas, si corrían detrás de ella, era más que nada por saber qué habría dentro; en el fondo, por&amp;nbsp;tener algo que hacer en la tórrida hora de la siesta.&lt;br /&gt;Casi junto con el triciclo llegó don Bruno Estefani en persona. Era el dueño de la tienda de electrodomésticos, el responsable de hacer andar el refrigerador Trotter.&amp;nbsp;No recuerdo otra gran cosa sobre el asunto. Ignoro incluso si los pelusitas lo vieron, pero sospecho que si fue así, sintieron lo mismo que yo; es decir, se encogieron de&amp;nbsp;hombros y buscaron otra cosa en qué entretenerse. ¿Qué podía tener de maravilloso&amp;nbsp;un aparato que enfriara o congelara las cosas? Hasta ese día la mantequilla se mantenía lo más bien dentro de un plato con agua y la carne, en una caja de madera con una rejilla en la ventana. Ante las&amp;nbsp;fantasías desmesuradas que provocó en nuestros corazones la compra e instalación del televisor, años después, la novedad del refrigerador no pasó de ser algo macanudo, pero conceptual, semi abstracto; se parecía a un tótem del Siglo Veinte destinado a darse ínfulas ante los pelusitas y por extensión, ante los papás de los pelusitas, consagrando una vez más ese Muro de Berlín invisible que separaba la población Sewell de la población Rubio.&lt;br /&gt;Es curioso lo que voy a decir, porque tiene menos que ver con la memoria que con la estructura, el esqueleto literario de un producto tan minúsculo como éste, aunque el problema de fondo sí es la memoria. Se trata de que a este relato no le habría puesto tantos adornos distractores si lo hubiese escrito hace unos cuatro, cinco años.&amp;nbsp;Habría ido al grano, me habría concentrado en la anécdota y todo habría sido más ligero, divertido; en cambio ahora se me hace hasta imprescindible la siguiente reflexión, porque si no la hiciera no quedaría satisfecho. El tiempo dirá si fue una torpeza. El caso es que el asunto de Los Mardones y los pelusitas constituyó para los ocho primos una verdad y un código que compartimos durante años,&amp;nbsp;cada vez que nos reuníamos en un matrimonio o un funeral. Los Mardones versus los pelusitas nos agrandaba a los Mardones como estirpe, nos convertía en una unidad&amp;nbsp;perfectamente identificable en el pequeño mundo rancagüino. Esas pichangas eran como alguna de esas batallas que&amp;nbsp;se aprenden en los libros de historia universal y por un momento a mí también me pareció vivir en ese mundo de gigantes, al escribir ahora sobre este recuerdo. Sé que estoy diciendo tonterías, nada original, que estoy hablando del peso de la pequeña historia en el corazón del pequeño hombre, un peso que se me antojaría fundamental si alguien&amp;nbsp;ajeno a ese recuerdo no irrumpiera y declarase su indiferencia ante el asunto, lo tornara difuso con su sola presencia.&amp;nbsp;El hecho es que al sentirlo debo desprenderme de él y esa sensación es la que me pacifica.&lt;br /&gt;Final del cuento del refrigerador: cuando mi papá llegó del trabajo y vio el flamante aparato fue al quiosco del tío Pablo y volvió con una Coca Cola familiar. Nos enseñó en qué espacio se guardaba la botella&amp;nbsp;y allí quedó durante un par de horas. Cada cierto tiempo abríamos el refrigerador y la tocábamos; cuando mi papá consideró que había llegado el momento la destapó, la repartió en cuatro&amp;nbsp;vasos grandes, como aseguraba la propaganda, sacó hielo de la cubetera y&amp;nbsp;celebramos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8501879257752978952?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8501879257752978952/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8501879257752978952' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8501879257752978952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8501879257752978952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2012/01/el-refrigerador.html' title='El refrigerador'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5477755877893618282</id><published>2012-01-02T19:23:00.008-03:00</published><updated>2012-01-04T16:39:09.661-03:00</updated><title type='text'>Palabras de un maestro a su discípulo</title><content type='html'>Desde luego debiera tratarse de un asunto menor de orden bioquímico, de aquellos que la ciencia le encarga a la medicina. Y más que a una patología mental yo apuntaría probablemente a un problema genético que&amp;nbsp;no haría mal en ser examinado. No estás sentado silenciosamente porque sí ante la gente, mirando al vacío pero queriendo unirte a ella, haciendo esfuerzos por incorporarte a la conversación, haciendo esfuerzos, incluso, por proponer temas y aun contar vivencias personales. No es el tuyo un estado de desánimo, de timidez, indiferencia, egocentrismo, hasta soberbia, como proclaman algunos. Lo parece, pero no lo es.&lt;br /&gt;¿Ante qué estás? ¿Qué fenómeno vives? ¿Por qué tienes la sensación de estar malgastando el tiempo y por qué solamente la comida y la ingestión de bebidas alcohólicas te alivian en parte el malestar?&lt;br /&gt;No basta que digas &lt;em&gt;no soy feliz&lt;/em&gt;. Tampoco &lt;em&gt;estoy sano&lt;/em&gt;, aunque si estuvieras feliz, si estuvieras enfermo, la sensación cambiaría y ya no habría abulia; más bien alegría,&amp;nbsp;angustia viva.&lt;br /&gt;Como decía, vives haciéndote esas preguntas cuando estás entre personas a las que quieres o al menos estimas. Y más tarde vives flagelándote por no haber podido ser tú mismo ante ellas. Esto es, más franco, más audaz, menos observador y más bueno de corazón, más sencillo. Me temo que piensas que si lo fueras, que si demostraras&amp;nbsp;lo que realmente eres,&amp;nbsp;podrías caer en una espiral de descontrol y locura, pues no pertenece a tu hábito comportarte como se estila; no conoces las delicias ni los salvavidas de los códigos de la diplomacia.&lt;br /&gt;Creo que en momentos como esos te avergüenzas de ser quien eres y de escribir lo que escribes, como si el hecho de poseer alma; esto es, vida interior,&amp;nbsp;no cuadrara con tus conductas tan pedestres. Piensas que se reirían de&amp;nbsp;ti con toda razón, que te harían ver en la cara tu inconsecuencia, tu pose sensible. Sensiblera. Tú mismo&amp;nbsp;te repites estas ideas preconcebidas, y entras a dudar...&lt;br /&gt;Conjeturo, en consecuencia, que vives fantaseando y que tus fantasías no son siempre creativas. Diría más bien que son esclavizantes, ancilares, como le agrada observar a Vargas Llosa, y que se mueven entre las sensaciones de abandono e infidelidad que martirizan tu conciencia.&lt;br /&gt;Quizás el remedio de este mal sea la soledad. Por sus frutos los conoceréis puede que sea tu destino. Si no fuiste hecho para decir inteligencias no le temas al vacío. Es todo lo que puedo aconsejarte en esta hora, más irónica que difícil.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5477755877893618282?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5477755877893618282/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5477755877893618282' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5477755877893618282'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5477755877893618282'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2012/01/palabras-de-un-maestro-su-discipulo.html' title='Palabras de un maestro a su discípulo'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8693578458237866368</id><published>2011-12-30T14:07:00.000-03:00</published><updated>2011-12-30T14:07:47.032-03:00</updated><title type='text'>Oración</title><content type='html'>Fuera, vanidad. Entra en mí, luz del universo.&amp;nbsp;Hoy es el mundo del hombre, el adiós de las aristocracias. Y es la hora de mirar hacia&amp;nbsp;lo alto. No soy nada sin ti, y a ti me debo. Te ofrendo mi debilidad. ¡Sana a los enfermos!&amp;nbsp;y reconfórtame en&amp;nbsp;mis fracasos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8693578458237866368?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8693578458237866368/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8693578458237866368' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8693578458237866368'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8693578458237866368'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/12/oracion.html' title='Oración'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2522338063313970190</id><published>2011-12-28T15:50:00.065-03:00</published><updated>2012-01-02T17:02:33.424-03:00</updated><title type='text'>La señorita Juana</title><content type='html'>Yo ya la conocía de antes, pero el día&amp;nbsp;que me hizo sentir su presencia brutal fue durante un recreo, en la Escuela 1. Ella no era mi profesora. Mi profesora era la señorita Esperanza, que era linda y de la cual he admitido en otra ocasión que estaba tan enamorado como puede estarlo un niño de cinco años; es decir, profunda y completamente enamorado. La señorita Juana, en cambio, era fea, tenía cara de caballo, dientes de caballo&amp;nbsp;y carácter de bruja. Con los años descubrí, para mi sorpresa, que de espaldas se transformaba en un portento, como esa diosa de dos cuerpos que aparece en la mitología de no sé qué pueblo. Morena, alta, delgada, caderuda&amp;nbsp;y con zapatos de taco aguja que daban pasos enérgicos, que retumbaban a lo largo de toda la cuadra, la señorita Juana podía engañar a muchos hombres desprevenidos que la veían pasar rumbo al colegio o la veían salir del cine Rex junto a su esposo, una noche cualquiera.&lt;br /&gt;Esa mañana, por alguna razón que no está al alcance de mi memoria, la señorita Juana se las daba de algo así como de inspectora y yo tuve que haberme portado mal, haber ofendido a un compañero, haber derramado la leche de mi jarro o haber dicho un garabato, no creo, pero algo malo tuve que haber hecho en ese recreo, porque ella me llamó la atención y en castigo me obligó a recoger una&amp;nbsp;piedra. Yo el muy ingenuo me agaché y la señorita Juana me pegó a la maleta un puntapié en el poto. Su ataque provocó grandes carcajadas entre los alumnos presentes en el patio y en ella misma. Se reían a gritos y yo con la piedra en la mano, sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;Vino entonces la hora de mi venganza. La ideé en cuestión de centésimas de segundo. Consistió en llorar a moco tendido, con sacudidas&amp;nbsp;y suspiros. A decir verdad, se trató de un llanto verdadero, un llanto de humillación contra la traición de la autoridad y un llanto contra mi propia ingenuidad, cómo haber&amp;nbsp;caído tan fácil;&amp;nbsp;pero ahora que han pasado los años debo confesar que le puse un poco. Hice una escena. Dramaticé. Y volví los hechos a mi favor. En efecto, desde el suelo vi cómo a la señorita Juana se le iba congelando la sonrisa, cómo se acercaba a mí, me tomaba de las manos, me limpiaba las lágrimas con un pañuelo&amp;nbsp;y me llevaba a la inspectoría para darme un mejoral.&lt;br /&gt;Nunca supimos si fue siempre tan agria de carácter o si se volvió así cuando el doctor le comunicó que jamás podría tener hijos. Su marido no tuvo ninguna responsabilidad en esa tragedia, porque con su segunda mujer fue padre de una linda niñita de pelo ensortijado, a la que bautizaron Paulette. En efecto, después de que la señorita Juana se murió de cáncer él se puso rápidamente en campaña. Antes de conocer a su nueva esposa trabó incluso amistad con una vecina separada, con tan mala suerte que al primer entrevero nocturno se percató por sus propias manos de que poseía un solo seno, ya que el otro se lo habían extirpado. Como mi mamá era una especie de recipiente de lamentos, la mujer se le quejó amargamente. Le contó que en el momento cúlmine "el vecino abrió así unos ojos y salió arrancando", cuento que nos llegó de segunda mano, como secreto que no se debía revelar por ningún motivo.&lt;br /&gt;Don Armando, que así se llamaba el esposo de la señorita Juana,&amp;nbsp;era un descendiente de franceses que usaba un bigote tipo Hitler al centro y fino hacia los lados. Tuvo su momento en el deporte del ciclismo rancagüino, de lo que se desprende que era dueño de un cuerpo atlético, pero ya había demasiados cracks para una ciudad tan menor, de modo que limitó la bici al pedaleo entre su casa y el trabajo y cuando se compró una citroneta finalmente la vendió. Un invierno se subió a un avión y partió con la señorita Juana&amp;nbsp;a Francia a conocer a sus parientes; a la vuelta ella le trajo un jarrón de cristal a mi mamá, que aún se conserva.&amp;nbsp;Don Armando no tenía vicios, pero la señorita Juana le decía a mi mamá que prefería mil veces a un hombre como mi papá, que se curaba cada cinco días, antes que al sangre de horchata de su marido, lo que a mi mamá no le provocaba celos, ya que entendía la frase como un lamento de amiga. La mayor broma de don Armando consistía en tirarnos agua con la manguera por detrás de la pandereta. Cuando se compró la citroneta se iban juntos con mi papá a la Braden, un cuarto para las siete de la mañana; pero no siempre volvía con él, ya que el viejo solía quedarse en el bar Caletones o donde Juanico, ahuyentando sus penas.&lt;br /&gt;Retrocediendo en la historia, por esos años del puntapié en el traste vivíamos a media cuadra, en la población Rubio. Aún no éramos vecinos casa con casa, como lo fuimos cuando ellos y nosotros nos cambiamos a la población Covimar, de la Cooperativa de Vivienda del Magisterio. Como don Armando y la señorita Juana no tenían hijos se habían llenado de animales, pero animales cautivos. En su casa pulcra y ordenaba, donde no volaba una sola&amp;nbsp;mosca, había jaulas con pájaros y un montón de peces de colores en un acuario, que nadaban sin jamás tocarse. Con el Vitorio nos gustaba ir a ver el acuario. La caja de vidrio luminosa ubicada al final del comedor destacaba en ese ambiente completamente oscuro y apagado, como de película de terror, en el que sólo se oía el tic tac del reloj de pared. Una vez don Armando me invitó en su motoneta al río Cachapoal a recoger hierbas y alpiste para los canarios. El río Cachapoal quedaba a más de 4 kilómetros de la ciudad y se llegaba a través del&amp;nbsp;Camino Longitudinal, hoy Ruta 5 Sur.&amp;nbsp;Mi mamá me dio permiso porque sabía que yo lo que&amp;nbsp;más quería era andar en motoneta. Como a las dos horas vio llegar a don Armando, quien estacionó la moto y entró a la casa con el alpiste.&lt;br /&gt;-¿Y Huguito? -le preguntó.&lt;br /&gt;-Bah, se me olvidó -le respondió don Armando, agregando desde ese día a su fama la de volado.&lt;br /&gt;Me fueron a buscar y me hallaron cerca del río, a la orilla de la vía, caminando en dirección a mi casa.&lt;br /&gt;No es bueno decirlo, pero creo que la señorita Juana odió siempre a don Armando, con toda su alma. En cuanto a él, parecía sentir por ella un cariño más británico que francés. En una de esas largas tardes tediosas de provincia, aquellas tardes en que mi papá no estaba y la señorita Juana visitaba nuestra casa para escapar un rato de su &lt;em&gt;película de terror&lt;/em&gt;, le contó a mi mamá un chiste que las hizo reír a carcajadas, más a ella que a mi mamá. Iban dos amantes en un auto y la mujer le preguntaba al hombre si se la podía para manejar con una sola mano. Él le respondía que sí y&amp;nbsp;ella le ordenaba, brutalmente: "¡Entonces saca un pañuelo y límpiate los mocos, cochino infeliz!". En otra ocasión llegó contando la escena de una película que la había impresionado vivamente, me parece que "Divorcio a la italiana". La protagonista le hacía cariño en el pelo al chofer del auto mientras se besaba con su esposo. Le gustaba contar historias así, y yo las oía porque siempre estaba presente, debiendo haber estado en otra parte, afuera o en mi pieza. Pero estaba allí, como una culebra regalona.&lt;br /&gt;Pero así como ella odiaba, amaba. Al Vitorio lo convirtió prácticamente en su ahijado y fue evidente la preferencia que le manifestó cuando le hizo clases. A favor de mi hermano habría que decir, eso sí, que poseía una risa abierta y un carácter chispeante, altivo y resuelto, como a ella le gustaba.&amp;nbsp;Durante una ceremonia de&amp;nbsp;aniversario en la&amp;nbsp;Escuela 1 representó el papel de madre en una obra de teatro con alumnos, entre ellos el Vitorio y el Toro Bastías. Había una muerte de un niño y la señorita Juana se metió demasiado en el papel. Dejó vibrando las paredes del salón de actos con su llanto desgarrador y a todos los presentes, con un nudo en la garganta. Hubo críticas contrarias de algunos apoderados y se sacó a relucir su esterilidad. La gente de Rancagua no era mala, pero vivía pendiente de todo, sobre todo de cómo se hacían y se decían las cosas en Santiago. El modelo de la clase media rancagüina estaba en cualquier señal que se alejara del alma minera que bajaba de Sewell, tan fuerte, casi inmanejable en su brutalidad y su&amp;nbsp;instinto básico, de modo que un llanto desgarrador en un acto infantil, por muy teatral que fuese,&amp;nbsp;no era bien visto.&lt;br /&gt;Cuando se le declaró el cáncer negó su enfermedad hasta el penúltimo minuto. La última vez que entró a mi casa fue en la primavera de 1967. Se veía demacrada, ojerosa, pero aún con bríos. Estuvieron admirando los primeros brotes de la parra y mi mamá le prometió que para el verano se comerían juntas la uva rosada.&amp;nbsp;Paseó por el patio fijándose en el pasto, las flores, los gorriones que se paraban en el guindo, las cuncunas que se desplazaban por las ramas, las mariposas, hasta las moscas que zumbaban, todo lo que oliera a vida. Yo la miraba a prudente distancia; no me atreví a acercarme a ella. No más de dos a tres semanas después se recluyó para siempre en su dormitorio, donde otra vez dio origen a una amarga polémica. Sin que nadie supiera cómo, se encariñó con un ex alumno, Ángel, un joven de unos 16 años, humilde y bien parecido. Lo veíamos entrar a la casa de la señorita Juana después de almuerzo, estuviera o no estuviera don Armando, para retirarse ya entrada la noche. Esa rutina diaria fue juzgada duramente por el vecindario y dio para todo tipo de fantasías y rumores. Los hombres tomaron parte por el marido y hasta las mujeres comentaban un escándalo del cual no había una sola prueba.&lt;br /&gt;La señorita Juana murió recién comenzado el verano, antes de que la parra diera sus frutos. Eran cerca de las tres de la tarde cuando mandó a llamar a mi mamá. En la pieza estaba don Armando, un par de vecinos y un notario. Entre los cuatro le rogaban que firmara el documento que convertía a don Armando en único hederero; de lo contrario su plata de la jubilación se iba directa al&amp;nbsp;Estado. La señorita Juana se salió de sus casillas y eso le hizo mal. Los echó a todos con un grito aterrador y dejó sólo a mi madre. Hablaron algo, se quejó como pudo; a los pocos minutos&amp;nbsp;arrojó una bocanada de sangre sobre la colcha y expiró.&lt;br /&gt;Pasada una semana del funeral vimos salir a Ángel de la casa de don Armando. Lo espiamos por detrás de las persianas venecianas; llevaba una lámpara y un&amp;nbsp;par de muebles en un carretón que tiraba él mismo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2522338063313970190?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2522338063313970190/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2522338063313970190' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2522338063313970190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2522338063313970190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/12/la-senorita-juana.html' title='La señorita Juana'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1492339188215632230</id><published>2011-12-23T15:06:00.001-03:00</published><updated>2011-12-23T15:07:35.126-03:00</updated><title type='text'>Sensaciones, ansias</title><content type='html'>Vapuleado, olvidado, mirado con desconfíanza, asustado del mundo, recadero inocente y servil.&lt;br /&gt;¿Cómo se llega de pronto, sin aviso aparente,&amp;nbsp;a naufragar en estas sensaciones de tono secundario?&lt;br /&gt;¿A quién recurrir, en ausencia de Dios?&lt;br /&gt;Toda mi vida he cargado el&amp;nbsp;peso del complejo, y pareciera que la carga crece.&lt;br /&gt;Ansío un día de levedad, desinterés por todos que hoy es interés enfermizo, y de entrega a mí mismo, con mis fracasos convertidos en polvo de oro que vuela de mis hombros a las manos sucias que esperan en el suelo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1492339188215632230?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1492339188215632230/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1492339188215632230' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1492339188215632230'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1492339188215632230'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/12/sensaciones-ansias.html' title='Sensaciones, ansias'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-9090323385579954522</id><published>2011-12-12T14:14:00.015-03:00</published><updated>2011-12-16T01:20:26.028-03:00</updated><title type='text'>La nobleza humana</title><content type='html'>Llegada su hora póstuma, bañada en frío sudor, recibí de ella estas palabras:&lt;br /&gt;"De la injusticia nacen la envidia, el odio, el rencor, también una forma de amor. Constatar que tan pocos poseen tanto y tantos, tan poco, hace que estos sentimientos afloren naturalmente en los que van quedando a la orilla del camino y que a la vez se despierte la furia de los profetas. La envidia, el odio y el rencor no son buenos sentimientos y nada de lo que engendren será bueno porque el alma, al experimentar el resultado de su fuerza, no queda satisfecha, sino todavía más hambrienta. Pero debemos aprender a vivir con ellos, porque por alguna razón nos fueron dados. Podemos manifestar nuestra ira hacia afuera, a través de la expresión pacífica o violenta, o hacia adentro y transformarla en amargura. Se puede decir que el mundo ha cambiado y es probable que sea más justo gracias a estos sentimientos. También se puede decir que ha cambiado aún más gracias a la bondad con que revistieron esos mismos sentimientos figuras como Mohandas Gandhi, Jesús de Nazaret; sin ir más lejos el Padre Hurtado y Clotario Blest.&lt;br /&gt;La injusticia, ¿qué es? La ruptura de un código acordado por un grupo de hombres que determinaron lo que era justo. La justicia humana no es natural. La justicia natural establece que el hombre y los animales habrán de sobrevivir como puedan, alimentándose unos de otros y de los bosques; y los bosques de la tierra, el agua y el sol. Los bosques no son inofensivos. Al igual que nosotros, también deben comer. Pero su comida no nos afecta, por ahora. Así fue escrito. Hasta hoy nadie ha descubierto que exista otra verdad. El hombre ha vivido rebelándose contra esa verdad. Así, se vio obligado a inventar el concepto de justicia.&lt;br /&gt;En el último tiempo vi grandes protestas en contra de la injusticia. Quienes protestan, piden; mejor dicho, exigen. Cuanto más reciban, más exigirán; y si la barrera de la sensatez no logra impedir que se llegue al objetivo final, que es la gratuidad absoluta, el derecho absoluto a ser iguales y el consecuente reparto de los bienes, los poderosos que surgirán en ese momento se guardarán para sí los restos de la fiesta y los demás deberán sobrevivir con lo que quede. Se llorará sobre la leche derramada, se recordarán con nostalgia los buenos tiempos y el pasado de bienestar, nacerán nuevas voces y las cosas volverán a un nuevo y doloroso punto de partida.&lt;br /&gt;Mi quimera proviene de la base de todas las religiones, pero también de la experiencia de las economías, de la vida de los artistas,&amp;nbsp;de la privación de los ascetas,&amp;nbsp;del trabajo de los científicos, del entrenamiento de los atletas: sólo se avanza cuando se da. El progreso individual y general reside en la paradoja de la entrega sin condiciones, en la entrega sin esperar recompensa. Esta quimera vale para un hombre, una familia, una empresa y un país. Admito que su esencia no encaja con la naturaleza humana, dada a preferir siempre el camino más corto y sencillo, pero me atrevería a insinuar que es lo más cercano a la nobleza que conozco".&lt;br /&gt;Así me habló, angustiada y sin quedar enteramente conforme con lo dicho. Antes de expirar me acercó a su rostro, me besó y me susurró al oído esta frase incoherente: "¿Oyes las imprecaciones de Yaokanán, hijo mío, las oyes?". Luego se quiso llevar la mano al pecho, abrió los ojos lo más que pudo, miró con horror el entorno de la pieza y murió.&lt;br /&gt;Reproduzco sus palabras con el solo ánimo de sacarme de encima el peso que me dejaron. Habrá quien quiera darles un sentido contingente; eso ya es otro asunto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-9090323385579954522?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/9090323385579954522/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=9090323385579954522' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/9090323385579954522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/9090323385579954522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/12/la-nobleza-humana.html' title='La nobleza humana'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1043196700481559844</id><published>2011-11-30T14:07:00.010-03:00</published><updated>2011-12-01T15:09:02.935-03:00</updated><title type='text'>El viejo contador</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: left;"&gt;Cansado, con una gran deuda de sueño por pagar, envuelto en la monotonía y en sus eternos miedos, imaginando el paraíso del retiro, así amaba. ¡Le era tan difícil concentrarse en su amor! Cuando se sentía bien, enérgico, pensaba en cosas sucias y se olvidaba de ella, o le nacían celos ilógicos, lo que viene siendo una redundancia.&lt;br /&gt;Ella, por lo demás, había dejado de hablarle hace mucho tiempo. ¿Lo amaría, aún?&lt;br /&gt;En días como estos la buscaba, la espiaba; creía, como si se tratara de una posibilidad cierta, que a través de un acto impuro como el de rastrear su nombre la podía atraer hacia su corazón.&lt;br /&gt;En el fondo se sentía abandonado, y el desaliento natural que surge de un sentimiento de esa calaña lo hacía dudar del amor de ella, no del actual, pues era irrebatible que de este pedazo de tiempo no podían brotar grandes esperanzas; sino del original, del resplandor que por un tiempo cubrió de luz toda la Tierra y su alma también.&lt;br /&gt;¿Acaso no se había abandonado él mismo a su suerte, no se había hecho la víctima, obedeciendo al destino que lo marcó desde el inicio? ¿Cómo fue que ese resplandor no tuvo el poder de quemar la nave del pasado, con sus velas y sus mástiles, para dársela de regalo a los peces que se alimentan de naufragios? ¿O su intuición le decía que no era un resplandor tan sagrado como parecía, venido de la inmensidad más recóndita del Cielo, sino un fuego fatuo nacido bajo la losa de un cementerio?&lt;br /&gt;En días como estos se hacía tales preguntas y no llegaba a nada. El cansancio lo vencía; pero el recuerdo del resplandor, cual chispa que arde en la mente a pesar de los años, alimentaba sus venas y así podía continuar con su vida.&lt;br /&gt;Hubiese preferido alimentarse de su luz, no del recuerdo de su luz. Sin embargo no le urgía que otros lo hicieran. Era el tema de haberse bañado de ella, de la luz que desprendía, lo que lo trastornaba.&lt;br /&gt;En el fondo estos versos en prosa intentan esbozar una alegoría de la locura. Al respecto se cuenta la siguiente historia. Un viejo contador de provincia, por una casualidad que no viene al caso detallar, accedió a los libros de una empresa dedicada al rubro de la poesía. Hizo un trabajo correcto y entregó su informe, que en síntesis refrendaba el parecer de la compañía auditora. Al siguiente año empezó a esperar la llegada del libro con meses de anticipación. Cuando le llegó se sumergió en sus páginas, con tal pasión que no quería salir de ellas. Luego volvió a entregar su informe; la compañía auditora reparó en un par de fallas "por exceso de ímpetu", consignó. Al siguiente año pasaron los meses y el libro no le llegó. El contador lo tomó como un hecho de la causa y se rindió mansamente, sin protestar. Pero en las tardes de otoño pensaba ante la estufa a parafina que al menos pudo haber preguntado de qué se trataba todo esto, si era tan normal que le llegara un libro y después no le llegara más.&lt;br /&gt;Hay tantos amores, tantas clases de amor, pero no cabe confundirse: quien ha sentido ese fulgor cae presa de la llama y jamás lo olvida.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1043196700481559844?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1043196700481559844/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1043196700481559844' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1043196700481559844'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1043196700481559844'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/11/el-viejo-contador.html' title='El viejo contador'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5537584611990333879</id><published>2011-11-28T16:25:00.033-03:00</published><updated>2011-11-28T23:09:43.022-03:00</updated><title type='text'>Reloj luminoso</title><content type='html'>Dos veces a la semana, la Mariquita llegaba cojeando a lavar y a planchar. Echaba la mañana entera en la artesa. La escena transcurría en el patio, que era un cuadrado claustrofóbico cubierto por un naranjo y por un parrón que daba uvas rosadas de un sabor que no he vuelto a probar en mi vida. Mientras la ropa se enjuagaba sacaba una prenda del montón y la refregaba con la escobilla sobre una tabla inclinada en un extremo de la artesa. Con el uso la tabla iba quedando lisa y de borde romo, daba gusto verla, duraba meses, hasta que le llegaba la hora y había que cambiarla por otra. En la tarde era el turno del planchado en la cocina. Me parece que la Mariquita siempre andaba de buen humor y cuando se iba con su paga no parecía cansada.&lt;br /&gt;Dos detalles suyos me llamaban la atención. Uno era evidentemente la desproporcionada bola de guaipe y pedazos de género atados con cáñamo con que cubría el muñón de su pierna derecha (¿o era la izquierda?). Parecía que caminaba mejor con ese guaipe que con el pie bueno, al menos daba la impresión de que pisaba más blandito.&amp;nbsp;El segundo detalle era su reloj luminoso, instrumento insólito en la mano de una lavandera y que ella me enseñaba con una sonrisa, cada vez que yo le pedía que me lo mostrara.&lt;br /&gt;Aquel año, el 63, andaba antojado con los relojes que tuvieran calendario y fueran luminosos. Se los había visto a los grandes y hasta a varios de mis amigos de la plazuela Simón Bolívar. No lo puedo explicar, pero me parece que esa fue la primera señal inequívoca de que estaba empezando a dejar de ser niño. Mientras jugábamos en la plazuela hacía un paréntesis y le rogaba al Arratia que me enseñara la muñeca para verle el reloj. Lo examinaba atentamente y tomaba mis decisiones. Lo curioso era que mi padre coleccionaba relojes, pero no recuerdo que tuviese un reloj luminoso con calendario incluido. Para él no era importante, más valía la marca o que tuviera cronómetro; para mí, en cambio, un verdadero reloj debía ser luminoso y con calendario. De modo que me vi obligado a andar mirando otras manos, a inspirarme en manos ajenas.&lt;br /&gt;Este tema del reloj luminoso me está resultando, al escribirlo, un verdadero y gran misterio. Me doy cuenta de que lo que fue un tímido deseo, el de tener un reloj luminoso, se fue transformando y creció a pasos agigantados hasta terminar ocultándolo todo.&amp;nbsp;Sucede, como siempre les pasa a los obsesivos, que buscando lo verdadero se llega a un solo objeto y entonces nada más tiene valor.&lt;br /&gt;Por ese tiempo mi papá me daba una mesada. Correspondía a la ayuda estudiantil que otorgaba la Braden al trabajador por cada hijo estudiante. Mi papá, en vez de incorporarla a su sueldo, nos la entregaba semanalmente al Vitorio y a mí. Le decía a mi mamá que era lo que correspondía, que esa plata no era suya. No era poca cantidad; de hecho, la ahorré durante todo el año y manifesté que la estaba juntando para comprarme un reloj luminoso. Llegado el momento, por ahí por julio o agosto, le pedí a mi papá que me acompañara a la relojería. Me llevó donde Schultz, que en Rancagua era como decir la Mercedes Benz de los relojes. Era un localcito ubicado en la calle San Martín, con una vitrina donde uno se podía pasar el día entero hipnotizado ante tanta variedad. Mi padre se sentía orgulloso de su hijo, continuador de su hobby, e hizo las presentaciones. Creo que Schultz no me vio ni como cliente ni como niño. Simplemente me saludó y se enfrascó en una conversación técnica con mi papá. Como buen especialista, el relojero era completamente miope y siempre andaba con una lupa en el ojo derecho (¿o sería el izquierdo?). Completaban su figura una generosa papada, una voluminosa barriga&amp;nbsp;y unos suspensores sobre su camisa blanca a rayas. Tras el saludo me enfrasqué en el estudio de cada uno de los relojes a la venta, pegado al vidrio de la mesa. Eliminé de inmediato los que no cumplían con el requisito obligatorio, dejando para la gran final a cuatro o cinco aspirantes, que se fueron decantando naturalmente hasta llegar al elegido: un Delbana de 24 rubíes, luminoso, con calendario, números arábigos, horario, minutero, segundero, resistente al agua y con correa de metal. "Ese", le dije a mi papá y a Schultz, sacando la plata del bolsillo. Éste metió la mano dentro de la mesa de exhibición y lo retiró, puso la hora exacta, le dio cuerda y me lo colocó en la muñeca.&lt;br /&gt;Durante al menos las primeras quince noches siguientes a la flamante adquisición me tapaba entero dentro de la cama y miraba la hora. Entonces "sentía una sensación".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5537584611990333879?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5537584611990333879/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5537584611990333879' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5537584611990333879'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5537584611990333879'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/11/reloj-luminoso.html' title='Reloj luminoso'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-349108749525855465</id><published>2011-11-25T14:41:00.004-03:00</published><updated>2011-11-26T02:18:29.425-03:00</updated><title type='text'>Rigidez</title><content type='html'>Cuando advierte que las circunstancias no le son del todo favorables construye sus defensas. Si se lo examina desde afuera puede parecer igual a los demás, pero bien sabe él lo que lleva dentro. No está claro si los que observan son de los mismos o de otra calaña; me atrevería a asegurar que esos genes, esas armaduras, fueron diseñadas hace mucho tiempo por la misma mano.&lt;br /&gt;En el fondo es bastante sencillo de explicar. Hay un sujeto rodeado por miles de enemigos. Es como una ciudad fortificada de la edad media. Tal como en la ciudad, dentro del sujeto late el corazón, late la vida, se mueve la sangre de un sitio a otro y van creciendo los huesos y se alargan los intestinos. Los enemigos acechan y logran colarse de vez en cuando al interior, con resultados desastrosos. Así, el cuerpo se va haciendo cada vez más rígido. La armadura se llena de puntas filudas; se le refuerza el metal y las protecciones. Entrada la tarde ya se hace difícil penetrar. Los enemigos se han replegado a la sombra del bosque; ha conseguido lo que deseaba y el hombre puede gobernar su propio mundo.&lt;br /&gt;He hablado expresamente del hombre, porque no hallo símil en la naturaleza. La cordillera &lt;i&gt;es&lt;/i&gt; así. No esconde sus tesoros, sencillamente los contiene. No ha sido el ánimo de la tortuga llevar la caparazón por fuera, ni el del árbol cubrir la savia con la corteza. Él, en cambio, fabrica, se lo pasa en el taller, como el zapatero que no se cansa de remendar. Comienza en la mañana y termina al anochecer, con los ojos cansados y los dedos callosos.&lt;br /&gt;Si no fuera por el resentimiento que va alimentando su alma sería muy feliz. Sus enemigos lo señalaron con el dedo y lo apartaron del campo de batalla, en buen castellano lo marginaron, lo arrinconaron, ya que no lo podían ganar para su ejército. Él se protegió con maestría, pudo vivir y viajó por el mundo, pero estaba marcado desde tiempos remotos y eso nunca lo olvidó. Se hizo incompatible estar con Dios y con el diablo y eligió la rigidez.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-349108749525855465?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/349108749525855465/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=349108749525855465' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/349108749525855465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/349108749525855465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/11/rigidez.html' title='Rigidez'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-9168212392782925286</id><published>2011-11-22T22:01:00.237-03:00</published><updated>2011-11-26T02:32:44.140-03:00</updated><title type='text'>El Lucho intercede por nosotros en el campo de fútbol</title><content type='html'>Me cuesta recordar un hecho que generara más expectativas en mi espíritu infantil que el que pasaré a narrar. Los viajes a Santiago tenían ese encanto extraordinario de meterse de golpe, a la bajada del tren, en una ciudad gigante, gris y bulliciosa, plagada de calles, edificios de cuatro y hasta seis pisos, cines, pasajes interiores, jugueterías&amp;nbsp;y restaurantes. En Santiago tomé por primera vez té en bolsita; no sabía qué hacer con la bolsa, me asustaba dejar al descubierto mi ignorancia ante los clientes que llenaban el local. El mozo terminó echándola dentro de la taza y se acabó. En Santiago probamos con el Vitorio, por única vez, los helados calientes, moda que se transmitió a Rancagua a través de la radio y que duró menos de un mes: era una mezcla absurda. Fracasaron estruendosamente. En Santiago almorzamos un día en el restaurante Germania. El tío Isidoro, que iba con nosotros, pidió erizos y de pronto vimos que se le asomaba por la boca un animal negro parecido a una jaiba, que huía de la caverna humana caminando por encima de la lengua. El tío Isidoro se reía de nuestras caras de espanto, la mía y la del Vitorio, y también la de mi mamá, no así la de mi papá,&amp;nbsp;hasta que cerró la boca, aplastó al bicho contra el paladar y se lo comió. En Santiago vimos a Los cinco latinos, a Los santos y a La caravana del buen humor, en el auditorio de la radio Corporación. Allí también visitaba año a año al doctor Schifrin para que revisara si mi soplo al corazón avanzaba o seguía estancado, acechando. En Santiago mis papás se descuidaron y me dejaron solo al otro lado de la calle, a la salida de la Estación Central. Pude atravesar cuando un carabinero detuvo el tránsito especialmente por mí.&lt;br /&gt;Pero aun&amp;nbsp;esa gran fantasía hecha realidad una o dos veces al año, Santiago, pasaba a segundo plano si se la comparaba con una prueba para la selección. Incluso un rotativo con películas de jovencitos y de monos animados era sacrificable por una prueba en la selección. Hasta el día del cumpleaños. La Nochebuena con sus días previos tal vez no; ante tal disyuntiva habría que afinar la memoria para desempatar.&lt;br /&gt;La prueba para la selección consistía en llegar a un centro deportivo, apenas comenzada la tarde, aceptando de buena gana el llamado del profesor. Allí se juntaban todos los niños de la escuela a quienes les gustaba el fútbol, que eran casi todos los alumnos, por no decir todos, salvo uno que otro como el Pierré o el guatón Berríos, que por vocación y genética eran&amp;nbsp;malos para los deportes y por ser malos, lógico, evadían el fútbol. Las canchas de pasto estaban llenas de niños de todas las edades; vale decir, de ocho a 13 años, y los balones de cuero del tres al cinco volaban en una y otra dirección, mientras el profesor revisaba su cuaderno con un pito en la boca y los equipos se empezaban a formar.&lt;br /&gt;Ignoro si hoy las pelotas de fútbol tienen número, pero antes sí lo tenían, y el número era muy importante. Las del uno casi no existían, creo que solo en una ocasión vi una con mis propios ojos: era casi del porte de una pelota de tenis, acaso un poco más grande. Por lo tanto, no se consideraban. Las del dos se usaban para jugar en los patios, pero tampoco eran masivas. Las verdaderas pichangas comenzaban con las pelotas&amp;nbsp;del tres, de un tamaño realmente infantil, especial para dar puntetes o intentar vencer las leyes del chanfle. Como seguían siendo pequeñas&amp;nbsp;eran lobas, no les obedecían lo que uno desearía a los pies. Las del cuatro eran las más populares. Venían siendo lo que significaban las del cinco para los grandes. La proporción con el pie infantil era perfecta. Las del cinco eran las profesionales. Solo se usaban en los partidos oficiales, por los puntos. Era un orgullo jugar uniformado a los ocho años en una cancha a todo lo largo, con árbitro, arcos con mallas y una pelota del cinco en equipos de once contra once. Lo hacía sentirse a uno un pequeño as, a pesar de que la pelota apenas saliera expulsada al dar el chute con toda la fuerza.&lt;br /&gt;Esa tarde la cancha número uno se designó para los partidos de prueba y la número dos quedó para entrenamiento. Cuando los equipos salieron a la primera yo iba en uno de ellos y el Lucho ya se había arrimado al profesor. El primer partido de la tarde correspondía a la cuarta infantil; es decir, los más pequeños entre los pequeños, chiquillos de ocho a nueve años. Yo debo de haber tenido menos que eso, unos siete años, porque evidentemente era el más bajo de todos. Siempre me ha intrigado que durante la infancia los niños chicos resulten más simpáticos que los altos, los gordos y los flacos esqueléticos. En mi caso, ese prejuicio me era favorable y creo que a la larga el espejismo dejó huella: hoy, con mi estatura media, mis valores intrínsecos no me convencen y presiento que en algún momento fui engañado, me hicieron creer cosas que no era. De todos modos esa tarde contaba con un ángel protector. Con esa falsa inocencia de un niño de diez años, el Lucho le iba resaltando las virtudes de su primo hermano al profesor, sin decirle que era su primo hermano. Me imaginaba que le hablaba con voz firme y convencimiento, a juzgar por su manera de gesticular, que yo advertía desde la cancha. Sus consejos caían inexorablemente en tierra fértil y el profesor anotaba en el cuaderno, nótese que el adverbio nos subraya que no siempre el destino es trágico.&lt;br /&gt;El Lucho me indicaba con el dedo y el profesor tomaba apuntes. Después de eso vino el penal.&lt;br /&gt;Hubo en efecto un foul dentro del área y el referee cobró la pena máxima a favor de nuestro equipo. No recuerdo la razón, mas de pronto me vi ante los doce pasos, frente al arquero. Tomé vuelo, le pegué de puntete, la pelota se levantó e hizo inflar la red, tornando estéril la volada del goalkeeper. Fue un chute perfecto, al centro del arco, casi a ojos cerrados, y con los días creo que me lo relaté varias veces a mí mismo con esas mismas palabras, que por lo demás eran las que usaba Darío Verdugo en la radio Cooperativa Vitalicia.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El profesor ya había anotado, a instancias del Lucho, mis condiciones de velocista, mi juego por la punta derecha al estilo de Mario Moreno, con las medias caídas, y sobre todo el elemento distorsionador de la estatura. Yo sabía además que estaba jugando bien, porque esas ocasiones en que me hago notar siempre han constituido mi alimento. Me reconozco un apasionado frío, como esas bestezuelas que ven pasar la vida a través de un recoveco.&lt;br /&gt;El partido terminó y el profesor me notificó que había quedado en la selección. El Lucho lo tomó como un triunfo personal y corrió a felicitarme pero volvió de inmediato junto al profesor, porque le tocaba el turno a su hermano. El Julio jugaba en la tercera infantil y era un tanto acaballado, algo tosco, de manera que los discursos del Lucho el profesor no se los tragaba tan fácil, aunque iban haciendo mella, al constatar, gracias a las palabras del niño que tenía al lado, que la entereza de ese jugador, sobre todo las chuletas de ese jugador que juega de cinco, profesor, ese de los cachetes colorados, generan respeto y hasta temor en el equipo contrario, fíjese, profesor, se llama Julio Mardones. De manera que un poco a su pesar y un poco convencido, finalizado el segundo encuentro el profesor anotó el nombre del Julio en la selección y el Lucho corrió a felicitarlo.&lt;br /&gt;Ahora venía el turno del Lucho en la segunda infantil.&lt;br /&gt;Salió vestido de arquero y jugó todo el partido, pero como nunca llegaron a su arco, salvo en una o dos ocasiones en que la pelota se paseó por el área sin mayores consecuencias, no pudo demostrar sus dotes y el profesor lo dejó fuera de la selección. Cuando vino a increparnos por nuestra falta de solidaridad, el Julio y yo seguíamos jugando, ahora en la cancha de entrenamiento. Escuchamos sus quejas airadas por no haberlo recomendado al profesor, sus&amp;nbsp;indecentes epítetos, sus recriminaciones; nos hizo ver el egoísmo de nuestro actuar&amp;nbsp;y eso fue todo, no había nada más que hacer.&lt;br /&gt;En rigor, la anécdota fue esa y el recuerdo debiera parar aquí; pero la pluma se niega a volver a su sitio. El Lucho nunca logró formar parte de la selección de fútbol de la Escuela 1 en ninguna de las categorías, pero pocos años después después descubrió en el básquetbol y la natación su real vocación deportiva. Era admirado por las liceanas por su pelo ensortijado, sus mejillas rubicundas y su estatura de tallarín. Cada vez que encestaba en los grandes partidos contra el Instituto O'Higgins bajaba la vista y sonreía, asorochado, mientras se dejaba admirar.&lt;br /&gt;En cuanto a la selección, no recuerdo un solo partido en que yo haya descollado. Me sucedió lo de siempre: al acceder al grupo de privilegio me replegué, temeroso, sintiéndome menos que los demás, y no lucí mis talentos. El único recuerdo que me quedó de ese paso por el fútbol escolar fue el de aquel día de noviembre, por esta misma fecha, en que por la mañana comí kilos de ciruelas verdes en el árbol de la abueli, por la tarde fui a jugar por la selección y cuando me aprestaba a volver sentí un violento retortijón. En vez de entrar a un baño del estadio decidí correr a todo pulmón a mi casa. Andaba de pantalón corto y me cagué a la primera cuadra; tuve que atravesar la ciudad completa con las piernas chorreadas, pasando por el centro, antes de que mi mamá me recibiera en sus brazos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-9168212392782925286?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/9168212392782925286/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=9168212392782925286' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/9168212392782925286'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/9168212392782925286'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/11/el-dia-que-el-lucho-nos-metio-la.html' title='El Lucho intercede por nosotros en el campo de fútbol'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6450759718782797186</id><published>2011-10-19T14:34:00.042-03:00</published><updated>2011-11-21T23:04:06.946-03:00</updated><title type='text'>Lo que no le fue revelado</title><content type='html'>En una&amp;nbsp;isla de los mares australes de Chile, de esas perdidas en el mapa, vivían en variable armonía&amp;nbsp;poco más de 200 habitantes de un pueblito consumido por la lluvia y el frío. A falta de párroco, la madera de la iglesia se fue carcomiendo por la humedad y los insectos, de modo que la gente optó por rezar en sus casas al atardecer. Tras&amp;nbsp;las oraciones, los espíritus menos espartanos del género masculino se dirigían a la taberna, donde en animada charla o casi en completo silencio devoraban&amp;nbsp;las horas, hasta que el tabernero les daba las buenas noches y tomando sus correspondientes&amp;nbsp;senderos, que se conocían de memoria,&amp;nbsp;regresaban a sus moradas sin hacer uso de sus linternas, a pesar de la oscuridad.&lt;br /&gt;Destacaban en el grupo tres curiosos habitantes. Era uno de ellos un maestro que luego de jubilar había decidido vivir sus últimos años en esas tierras. Era, desde ese punto de vista, un nortino, un hombre de ciudad, un forastero. La desconfianza inicial que le regaló el villorrio pronto fue rota por la templanza y calidez de su carácter, que aunque sacaba a relucir una cólera soberbia cuando era agredido, sobresalía en general por su grandeza de&amp;nbsp;corazón,&amp;nbsp;propia de aquellas almas que desarrollaron un apostolado que acumuló dulzura de sobra en sus vidas.&lt;br /&gt;Hízose amigo el profesor casi de inmediato de un hombre pequeño, de maneras caballerosas y sobresaliente discurso, aunque repleto de fuego interno alimentado por el rencor y las pasiones. Era una especie de jefe de la isla, nunca se supo exactamente bien su cargo; el hecho es que el verdadero dueño, que vivía&amp;nbsp;en la zona central del país,&amp;nbsp;le había encomendado administrar el insignificante territorio. El hombre minúsculo debía rendirle cuentas de su hacienda una vez al año.&lt;br /&gt;Completaba el&amp;nbsp;trío un habitante originario de la isla, hombre tosco pero no rudo, terco mas no imbécil, imbuido de esas ansias de conocimiento que solo se dan entre quienes viven encerrados dentro de un cuadrado. Trabajaba para el hombre minúsculo y su labor era contarle diariamente sobre "las cosas de la isla", definición ambigua que -tras contratarlo en calidad de &lt;i&gt;informante&lt;/i&gt;- su superior le formuló se diría que a propósito.&amp;nbsp;En la isla muchos rumoreaban que el informante era una especie de soplón que se había ganado el cariño del patrón a punta de llevarle datos, confidencias, cahuines y hasta mentiras y calumnias; otros tantos lo exculpaban argumentando que hacía su trabajo decentemente. Y había quienes lo apreciaban de verdad.&lt;br /&gt;Cada noche el tabernero disponía&amp;nbsp;una botella de vino para ellos.&amp;nbsp;La&amp;nbsp;hacían durar generalmente hasta cerca de las doce de la noche y no pocas veces pedían una segunda y hasta una tercera, que dejaban marcada cuando el tabernero comenzaba a carraspear;&amp;nbsp;entonces&amp;nbsp;pedían la cuenta, se ponían de pie y se iban, cada uno guardando sentimientos diferentes en&amp;nbsp;su corazón. El maestro se marchaba satisfecho y&amp;nbsp;como caminaba algo entonado, solía rozar la vegetación de los bordes del sendero y llegar a su casa con los pantalones empapados de arriba abajo, a pesar del impermeable, lo que no pocas veces desembocaba en afectuosas reprimendas de su mujer. El hombre minúsculo se retiraba cabizbajo, a veces risueño, otras airado. Si la negrura de la noche no hubiese sido completa, definitiva, de vez en cuando se le habría visto dar golpes al aire con los puños cerrados. El informante, en cambio, retornaba con una gran ansiedad originada en la insatisfacción, pues sus dudas crecían a medida que iba tomando conocimiento de ciertas cosas que antes ignoraba.&lt;br /&gt;Durante el día cada habitante de la isla hacía lo suyo. La mayoría se arriesgaba a desafiar al mar, eran pescadores temerarios que gozaban del placer infame de la adversidad. Normalmente su premio consistía en descargar desde los botes róbalos, merluzas, congrios, corvinas y sardinas, que le vendían al tabernero o preparaban para ellos mismos y las demás familias a módico precio, o ahumaban para los tiempos difíciles del invierno, aquellos en que el mar les cerraba la puerta con grosería desde la misma playa.&amp;nbsp;Muy de tarde en tarde el premio era absoluto. De cinco botes volvían cuatro. Las mujeres, que oteaban desde un acantilado&amp;nbsp;estratégico, siempre angustiadas, distinguían&amp;nbsp;con sus vistas de águila, por ausencia,&amp;nbsp;el bote&amp;nbsp;faltante y entonces abrazaban a la&amp;nbsp;nueva viuda, a quien intentaban consolar con un extraño pésame. "Recibió el beso del mar, el niño está crecido". De ese modo el pueblo daba por iniciado el ceremonial de reemplazo del pescador por su hijo, ceremonial que tras el funeral simbólico culminaba por la noche, cuando el niño, vestido de pantalón largo, entraba a la taberna y compartía un vaso de aguardiente con los mayores, quienes bebían de pie, a su salud.&lt;br /&gt;Otros pescadores, los menos arriesgados, vivían de lo que les entregaban los roqueríos y las profundidades accesibles; vale decir de locos, machas, ostras, jaibas,&amp;nbsp;choros&amp;nbsp;y peces de orilla. A diferencia de sus hermanos de mar adentro, que&amp;nbsp;lucían pieles bronceadas y limpias, aunque resquebrajadas por el sol, el&amp;nbsp;viento y la sal, los de orilla ostentaban vistosas cicatrices producto de sus contínuos choques contra las rocas, a raíz de la fuerza de las mareas que se veían obligados a enfrentar. Eran marcas de fuego que cultivaban inconscientemente, para que no los llamaran cobardes.&lt;br /&gt;Había unos pocos cazadores; se internaban isla adentro y volvían varios días después con pájaros que mataban con hondas, más alrededor de una docena de conejos que caían en sus trampas. Bien vistas las cosas era el oficio menos peligroso de todos, pero gozaban de la secreta admiración de las mujeres, por ser aventureros; es decir, minoría.&lt;br /&gt;Las mujeres se dedicaban a la casa y cultivaban hortalizas&amp;nbsp;en invernaderos&amp;nbsp;cuyas protecciones de plástico debían&amp;nbsp;reponerse al menos cada dos semanas debido a las ventoleras que azotaban la costa.&lt;br /&gt;El día del terremoto&amp;nbsp;encontró a los tres amigos en la taberna. Eran cerca de las dos de la mañana cuando la tierra empezó a temblar. Al principio se miraron entre todos, sin hablarse. Era noche de sábado, la taberna estaba llena. Cuando se hizo evidente que la fuerza era superior, atávica, unos pocos se arrimaron a la puerta y otros salieron a la intemperie y vieron con sus propios ojos cómo las altísimas copas de los árboles&amp;nbsp;se batían a duelo entre ellas; en tanto, el tabernero se abrazaba a la estantería de los licores, tratando de&amp;nbsp;salvar los que pudiera, a riesgo de que le cayeran las botellas y el mueble entero encima.&amp;nbsp;Terminado el movimiento, que duró entre dos y tres minutos, vino la hora de las decisiones. Allí se comprobó que el hombre minúsculo no había nacido para lidiar con casos como el que por su rango le estaba tocando dirigir. Entró en demasiadas contradicciones, no hallaba por dónde empezar ni cómo organizar a la gente. El informante hubo de&amp;nbsp;recordarle que la naturaleza le había enseñado a la isla que luego de un terremoto como ese sobreviene un maremoto aún más dañino. Apenas el maestro escuchó esta frase corrió a buscar a su mujer, pues su casa, junto a las de los pescadores de orilla,&amp;nbsp;estaba&amp;nbsp;ubicada cerca de&amp;nbsp;la playa, contradiciendo la antigua costumbre de edificar en el bosque que subía hasta el acantilado, para protegerse&amp;nbsp;tanto del mar como&amp;nbsp;del viento. Alcanzó a llegar minutos antes de que se produjera la catástrofe. Halló a su mujer tiritando, con la Biblia en las manos. La tomó suave pero resueltamente del brazo y se la llevó hacia las alturas. Caminaron más rápido de lo que jamás hubiesen imaginado y cuando lograron acceder al promontorio donde se reunía el pueblo entero fueron testigos de una visión apocalíptica: el mar se había recogido unos tres kilómetros y en su lugar, iluminado por la luna, surgía el destello escamoso de miles de peces que se revolcaban en la arena, a punto de la asfixia. Reinaba un silencio desconocido para los árboles de la isla, que no agitaban una sola rama, permitiendo oír un ronquido extraño y profundo que emanaba desde lejos. Era la voz del mar que anunciaba su regreso, como si volviera a consumar una venganza contra los atrevidos que lo habían expulsado abruptamente, lo habían obligado a recogerse, a humillarse ante las demás fuerzas de la naturaleza. El mar arrasó con todo lo que halló a su paso y los peces pudieron reintegrarse a su ambiente natural, mezclados con tablas y techos de alerce, sillas, salamandras y zapatos de cuero.&lt;br /&gt;Hubo dos muertos y tomó varios meses reconstruir el muelle, los senderos más bajos y las casas desaparecidas. La ensenada adoptó una nueva forma y los pescadores de orilla procedieron, contumaces, a levantar sus viviendas casi a ras de mar, pensando que no antes de cien años la isla padecería el azote de otro maremoto. El maestro y su mujer, en tanto, optaron por arrendar una pequeña casa en el bosque, que había quedado vacía cuando la viuda que la ocupaba decidió irse a vivir con su hermana menor. En las labores de reconstrucción de la isla el hombre minúsculo sí que desempeñó un papel sustancial. A su cerebro le venía de perillas la planificación reposada y como desde el continente llegó ayuda material, pronto el trabajo conjunto y sabiamente organizado convirtió las huellas del terremoto y maremoto en unas pocas marcas, visibles expresamente para conservar la memoria histórica.&amp;nbsp; &amp;nbsp; &lt;br /&gt;Ese año la isla vivió su otro gran fenómeno. Un crucero de lujo recaló a unos dos kilómetros de la costa y los turistas descendieron en botes a conocer tan escondido territorio que, luego se supo, el capitán les describió como "una isla virgen, sin contacto con la civilización, una isla de salvajes". Tras la natural desilusión de los norteamericanos, japoneses y europeos que viajaban en la nave, al ver que los habitantes &lt;i&gt;se parecían&lt;/i&gt; a cualquier otro ser humano, vino una oferta del mismísimo capitán, que encendió los ánimos de los isleños&amp;nbsp;jóvenes. Les ofreció siete cupos laborales en el crucero, tres para ayudantes de cocina, dos para el aseo, uno para la percusión secundaria del grupo musical&amp;nbsp;y uno para servicios varios. Los muchachos, que jamás habían pensado salir del lugar, entraron en ebullición y rápidamente organizaron un concurso interno para llenar las vacantes. Ni se les ocurrió que antes necesitaban de la aprobación del Consejo y cuando chocaron las dos fuerzas, la juvenil resultó superior, pero con el tiempo eso produjo catastróficos resultados. Los seleccionados se embarcaron por la tarde y prometieron escribir. Los que se quedaron adoptaron un aire de resignación y hasta de alegría, mas con los días muchos de ellos, la mayoría, comenzaron a entrar al unísono en una condición que el hombre minúsculo inmediatamente diagnosticó como de depresión profunda. Hechas las entrevistas correspondientes a los afectados y a sus padres llamó a sus dos amigos a discutir el tema en la taberna. Así entonces, cuando los tres se reunieron esa noche, había una misión que&amp;nbsp;analizar y discutir.&lt;br /&gt;El tabernero, vivamente interesado en el tema, pues dos de sus hijos habían escuchado el canto de las sirenas, siendo uno de ellos arrastrado por ellas y el otro sumido en la&amp;nbsp;tragedia del fracaso por culpa de ese mismo canto, quiso emitir opinión. El trío decidió escucharlo para aumentar las posibilidades de remedio del problema, pero pronto se dieron cuenta de que sólo oían lamentos de padre que, por muy sinceros que fuesen, no contribuirían en nada a sacar a la isla de su nuevo estado, estado que se balanceaba entre la recesión y la revolución; o sea, entre la pesadumbre y&amp;nbsp;la ira, fenómenos ambos causados por la frustración. El tabernero les hablaba con el corazón; en aquellos momentos resultaba el órgano más inapropiado para resolver el puzzle planteado por el capitán y su crucero.&amp;nbsp;Sin embargo fue escuchado y consolado. El maestro le hizo ver que el hijo viajero enfrentaría nuevos mundos que le abrirían los ojos y que el hijo derrotado aprendería tarde o temprano de su fracaso. Nada estaba escrito en esas dos vidas y bien pudiera ser que al final el&amp;nbsp;más exitoso resultara ser el derrotado. El hombre minúsculo le agregó que escribiría al dueño de la isla para que éste se comunicara con la&amp;nbsp;compañía propietaria del crucero, de manera de hacer que la nave volviera cada dos o tres años a renovar la cuota de isleños que a partir de ese momento conformarían la tripulación, estableciendo una especie de sistema de becas que serviría para aumentar el prestigio mundial de la firma naviera. El informante, que lo conocía&amp;nbsp;no mejor, sino más, se limitó a palmotearle la espalda. El tabernero les sirvió&amp;nbsp;la segunda botella con&amp;nbsp;una expresión de&amp;nbsp;melancolía que&amp;nbsp;ellos nunca&amp;nbsp;habían visto en su rostro, y luego retornó a la barra a atender a los demás clientes.&lt;br /&gt;Esa noche los tres amigos se habían sentado en&amp;nbsp;el rincón más apartado para hablar con mayor libertad&amp;nbsp;de este crucial tema, el de las consecuencias que arrojaría la apertura del horizonte en los jóvenes isleños. Cuando el informante iba a tomar la palabra&amp;nbsp;la taberna entera escuchó un grito desgarrador proveniente del bosque. Era una mujer, anunciaba que habían empezado las reyertas y que un muchacho de pantalones cortos estaba botado a la orilla del camino principal, echando sangre por la boca entre estertores. Algunos&amp;nbsp;pescadores bajaron a mirar, pensando en sus propios hijos. El joven ya había muerto. Lo rodeaban unos siete chicos, varios de ellos de pantalones largos, y la versión resumida por ellos fue una sola: él tuvo la culpa, todos tuvimos la culpa, nadie tuvo la culpa. El velorio fue más triste que todos los anteriores, porque el pueblo adivinó que esa muerte no cerraba capítulo alguno, sino que abría una historia de alcances inimaginables. Hubo además un pacto. Esa muerte y las que probablemente vendrían no saldría de los límites de su territorio. El hombre minúsculo aceptó el trato con gran incomodidad; lo aceptó porque no tenía otra salida. Lo habían obligado a jurar poniendo una mano en la Biblia. El hombre minúsculo tuvo esa vez la primera señal de que había dejado de ser el mandamás. Desde ese momento pasaba a ser un rey de papel.&lt;br /&gt;Los funerales del muchacho se realizaron a la noche siguiente. No fue sepultado sino arrojado al mar desde el acantilado, envuelto en&amp;nbsp;una bolsa con piedras. Cayó medio a medio de las olas, entre dos inmensos roqueríos. Casi toda la isla se hizo presente y la oportunidad de evadirse del ritual fue aprovechada por los tres amigos, quienes vieron luz en la taberna y entraron, decididos a retomar el grave asunto que había quedado inconcluso la víspera. Se sentaron de nuevo en el lugar más apartado, esta vez&amp;nbsp;como prueba inequívoca para el tabernero de que no querían ser molestados. El tabernero les&amp;nbsp;llevó la botella marcada poco más abajo del cogote, sirvió tres copas y se retiró con aire resentido. Había aprendido la lección, pero le dolía que&amp;nbsp;la pena que lo embargaba a él mismo pasara a engrosar el mundo de los recuerdos olvidados y que esos tres clientes, entre los que se contaban un forastero, un rey de papel y un eventual soplón (pensaba en esas características con resquemor), se concentraran en sus propios asuntos, sin siquiera intentar un consuelo. Todo eso que sentía el tabernero lo adivinó el informante de una ojeada, pero&amp;nbsp;se mantuvo fiel al grupo.&lt;br /&gt;Inició la conversación, como siempre, el informante. Haciendo preguntas, ya se sabe. Al recordar el cambio provocado por el paso del crucero preguntó qué iba a ser del pueblo. Tanto el maestro como el hombre minúsculo entendieron que la pregunta se refería, en lo inmediato, a la muerte del muchacho a manos de sus amigos, de modo que fue el maestro quien dio su parecer a continuación. Tras beber un largo sorbo y comentar que el vino había mejorado con el transcurso de las horas, tal vez por haber "respirado lo suficiente", lamentó con sinceridad la tragedia del joven, a quien meses atrás había enseñado una lección. El hombre minúsculo se interesó vivamente por el caso y quiso saber detalles. El maestro les pasó a contar que meses atrás caminaba por uno de tantos senderos que llevan a la playa, en uno de sus acostumbrados paseos matinales, cuando sorprendió al muchacho masturbándose detrás de unos arbustos. El muchacho se dio cuenta y huyó, avergonzado. Días después se encontraron en la playa y el maestro lo saludó cortesmente. El chico le dio las gracias y volvió a huir. A la semana siguiente se toparon en la playa y el joven de nuevo le dio las gracias. Esta vez el maestro lo detuvo y le preguntó a qué se debía su extraña conducta, eso de dar las gracias y escapar. Costó unos buenos minutos sacarle al muchacho la verdad, porque estaba cohibido. Finalmente le confesó que el primer día había pensado que él lo acusaría a sus padres y que eso lo aterrorizaba. Cuando comprendió que el maestro no había abierto la boca se sintió en deuda y por eso actuó así. Ahora que se lo revelaba sentía alivio. El maestro sonrió, lo abrazó con ternura y le explicó que ese día él no había hecho nada malo y que su único pecado fue no haber tomado mayores precauciones. Con gran delicadeza se fue internando en la esencia del problema, que parecía ser el terror que al muchacho le inspiraban sus padres. Éste le confesó que se sentía culpable de causarles la mínima incomodidad, debido a que ellos lo daban todo por él, al menos eso era lo que veía. Su madre trabajaba el día entero en la casa, cocinando, limpiando, lavando, cuidando la huerta, alimentando a las gallinas; su padre era uno de los más viejos pescadores de mar adentro y cualquier día el mar le cobraría el crédito a largo plazo. Como ese día no llegaba el muchacho se sentía cada vez más culpable, porque no se podía poner los pantalones largos y seguía siendo un niño para su familia y para la isla. Era el hijo mayor y sus hermanitos ya comenzaban a burlarse de él. El maestro entendió que el tema era serio, ya que lo que en realidad deseaba el joven era que su padre muriera, para dejar de ser un lastre, mas ese solo pensamiento le retorcía los intestinos y lo tenía en un estado difícil. El maestro entonces cargó sus dos manos en los hombros del muchacho, lo miró fijamente y le explicó que el destino dispone un tiempo para que se cumplan sus designios y que ese tiempo no pertenece a la naturaleza humana, sino a la naturaleza divina, de modo que si él hacía lo posible por satisfacer los sueños de sus padres, como de hecho ocurría, podía dormir tranquilo, mientras el destino no lo llamara "a jugar un nuevo papel en el carrusel de la vida". El hombre minúsculo sonrió levemente al escuchar la última frase pronunciada por el maestro con una pequeña traba en su lengua, se hizo un nuevo brindis y se ordenó otra botella, acompañada esta vez de un róbalo escabechado con papas cocidas. El informante contó que el muchacho había muerto en una apuesta, fue todo lo que logró saber, porque los demás jóvenes se empeñaban en guardar el secreto. Antes de que el tabernero les sirviera el pescado, y quizás por la felicidad que le provocó la perspectiva de la cena con vino y amigos, el informante se sintió abatido y enclaustrado; de pronto se levantó y declaró que &lt;i&gt;tenía&lt;/i&gt; que salir un momento al aire libre. El hombre minúsculo y el maestro le preguntaron si le pasaba algo y el informante les contestó una vaguedad; ambos lo miraron con preocupación cuando salió de la taberna.&lt;br /&gt;El informante bajó trotando hacia el muelle; era un camino que ordinariamente le tomaba diez minutos pero que esta vez hizo en cinco. No sabía exactamente lo que buscaba, pero al llegar lo tuvo claro. A pesar del frío y de unos goterones que anunciaban noche variable -las nubes se iban combinando, revolviéndose y separándose con el correr de los minutos, dejando ver cada tanto la luna creciente y el paso de aves nerviosas que se recortaban sobre ella- se desnudó y se arrojó al mar, dispuesto a aguantar lo que le permitiera su carne. Nadó por necesidad, para entrar en calor. Cuando estuvo a unos cien metros del muelle, entre los dos inmensos roqueríos que le servían de puntos de orientación, sintió un estruendo: era la bolsa con piedras que contenía el cuerpo del muchacho y que caía al mar desde el acantilado. La bolsa intentó flotar y se hundió lentamente. Dos pájaros levantaron vuelo, el informante nadó en torno al espacio donde cayó la bolsa y regresó a tierra firme, mientras desde el cielo se desataba una tormenta. Ascendió lleno de bríos y ánimo renovado, cubierto de mar y lluvia. Cuando llegó a la taberna la luz estaba apagada y sus amigos se habían ido.&lt;br /&gt;En las semanas que siguieron la isla no experimentó novedades de tipo social. Un temporal inacabable dejó en suspenso el gran cambio que se gestaba. Los frentes se sucedían uno tras otro, con lluvias torrenciales y vientos espantosos que arrancaban árboles de cuajo; es un decir, siempre se dice lo mismo, pero así es la memoria, olvida fácilmente la crisis o le parece que cada nueva crisis es superior a las anteriores. En este sentido debe levantársele un monumento a la experiencia del miedo, una de las pocas a las que el cuerpo no se logra acostumbrar, a pesar de que cuando la sensación se acaba la mente aterriza y coloca al momento vivido en su sitio verdadero en el ránking del recuerdo. Aun así los tres amigos, los únicos que se atrevían a desafiar al tiempo, se las arreglaron para reunirse en la taberna, ya que su necesidad de vivir la amistad era irracional y más grande que todo. Las puertas de la taberna se abrieron sólo para ellos y el tabernero los recibió con unos ojos explosivos, los ojos de alguien que está a punto de volverse loco por el encierro. Encendió fuego en el horno, amasó el pan y mientras se cocinaba bajó de la viga un pescado ahumado que sirvió con cebollas crudas aliñadas con sal gruesa, vinagre de manzana y aceite de oliva. Enseguida descorchó una botella "por cuenta de la casa" y se largó a hablar como un río correntoso, sin que nadie lo pudiera parar, durante unos veinte minutos. Tenía el alma hinchada de pensamientos y necesitaba eliminarlos. Los tres amigos entendieron su problema y lo escucharon atentamente, mientras el pescado y el vino iban desapareciendo ante su vista. Cuando el pan estuvo listo el tabernero pareció volver a sus cabales. Fue al armario, sacó un trozo de queso, un salame, bajó otro pescado de la viga y descorchó la segunda botella. Entonces hablaron del temporal, de "la maldita isla", de los mares australes y cada uno recordó asuntos que se le vinieron a la cabeza. El tabernero, que poco a poco se sentía mejor, dando paso su amabilidad compulsiva de los primeros instantes a una alegría cálida y sincera, contó que su vivencia más extraordinaria la tuvo en su época de juventud, cuando era pescador. Cierta madrugada, echada la red, de pronto vio venir un temporal. Era una sola nube negra, sin matices, como muralla de edificio que empezó a cubrir el cielo. Recogió la red, apenas contenía unos cuantos peces, y remó hacia la playa con todas sus fuerzas, pero algo lo hizo darse vuelta. Era una enorme ballena azul que salía a la superficie, a pocos metros de su embarcación. Justo entonces desde el cielo, ya completamente negro, nació un rayo que recorrería por lo menos un kilómetro, sino más, para caer sobre el lomo del cetáceo, carbonizándolo al instante. El tabernero, todavía asombrado por el recuerdo, comentó que en el último segundo el rayo, que venía hacia él, se había desviado hacia el peso mayor, de modo que concluyó, convencido, que la ballena le había salvado la vida.&lt;br /&gt;El hombre minúsculo dijo, asombrado de veras, que le parecía una historia increíble, pero que por ningún motivo se atrevería a dudar de ella y ofreció un brindis por el tabernero. Los cuatro alzaron sus copas y bebieron al seco. Luego las copas se volvieron a llenar. El hombre minúsculo relató a continuación su propia experiencia imborrable relacionada con la lluvia, "bastante menos espectacular que la de nuestro anfitrión", se disculpó con elegancia, obligando a los demás a presionarlo para que contara su anécdota, con frases de apoyo. De esta manera pasó a narrar que hace unos doce años, mucho antes de llegar a la isla, y desempeñándose como jefe de comunicaciones de una gran compañía salitrera, le correspondió organizar una gira periodística a las plantas de María Elena y Pedro de Valdivia, en pleno desierto de Atacama. Con su habitual maestría adornó el relato con descripciones de personajes y ambientes, que eran las que les daban el verdadero sabor a sus historias. Dijo, por ejemplo, que la primera noche y por indicación suya al momento de cursar la invitación, todos los periodistas debían reunirse al momento de la cena vestidos de terno y corbata. Y así se hallaban en esa oportunidad, en efecto, alrededor de una vieja mesa ovalada de roble dispuesta en el centro del salón, siguiendo la tradición de los antiguos dueños ingleses de la salitrera. Las cortinas estaban corridas; desde el salón se advertían frondosos tamarugos, únicos árboles en aquella zona del desierto. Estaban dispuestos a hacerle honor a la abundante cena cuando el hombre minúsculo notó que faltaba un comensal. Era un joven reportero que compartía habitación con otro que trabajaba para la televisión y que al ducharse se había pasado a llevar la frente con la regadera, ocasionándose una herida sobre cuyas características todos bromearon que a la vuelta no iba a saber justificar ante su esposa. Comisionado por el grupo, &lt;i&gt;el herido&lt;/i&gt; fue a la habitación a apurar a su compañero. Cuando entró lo halló sentado en la cama, los codos apoyados en las rodillas y las manos en la cara, con una expresión de general decaimiento. Le hizo ver que la cena estaba servida, pero el joven reportero no le contestó. Le preguntó qué le sucedía y tras unos momentos de indecisión éste se atrevió a contarle que la maleta se la había hecho su mamá y que dentro de ella no venía ninguna corbata, por más que buscó, como en efecto lo delataba un alto de ropa sobre la cama, de modo que le pedía por favor que pretextara ante el grupo que estaba sufriendo una indisposición gástrica. &lt;i&gt;El herido&lt;/i&gt; volvió al salón, relató la historia, se produjo una risotada y el asunto se resolvió en segundos, cuando otro periodista fue a su habitación y sacó una corbata de repuesto, que le ofreció gentilmente, aceptándola el joven reportero con mucho gusto, ya que su apetito había crecido ostensiblemente.&lt;br /&gt;El maestro le insinuó al hombre minúsculo que, por lo que había entendido, su historia trataba de una lluvia. Este le dijo "para allá voy" y continuó el relato. Contó entonces que a la mañana siguiente el grupo salió temprano a conocer las plantas salitreras, comenzando por la de Pedro de Valdivia y terminando en la de María Elena. Había visto tantas veces lo mismo, con otras delegaciones, que mientras los periodistas oían la disertación de uno de los gerentes, provistos de cascos y ubicados en una esquina de un galpón lleno de polvillo blanco, él sintió la necesidad de escaparse. Tomó un vehículo y llegó a un barranco desde el cual se veía, a unos 300 metros de distancia, una serpiente de agua que cruzaba el desierto: era el río Loa. Bajó y al llegar al río, que es como decir un arroyo cualquiera en otro punto del país, se sacó la ropa y se bañó en un pequeño pozo creado naturalmente por una conjunción de rocas. El agua era cristalina y estaba increíblemente helada, pero arrastraba unos componentes químicos que le ensuciaron la piel, quedando como si se hubiera echado barro amarillo. Entonces, de la nada, comenzó a llover. Caía el agua del cielo como gasa húmeda; luego distinguió las gotas y al rato era una lluvia común y corriente para su recuerdo de oriundo del valle central, pero extraordinaria para los antecedentes históricos del desierto de Atacama, lluvia que se mantuvo durante todo el día, dañando buena parte de los caminos y obligándolo a modificar la agenda del programa: las visitas de la tarde se suspendieron y la delegación se concentró en la casa de huéspedes, donde mataron la tarde bebiendo whisky, jugando a las cartas y contando anécdotas.&lt;br /&gt;El maestro se disponía a relatar su propia historia cuando el hombre minúsculo lo interrumpió suavemente para indicarle que su recuerdo no terminaba allí. En ese instante se ordenó una tercera botella y el tabernero corrió a buscarla, tratando de no perderse detalle de lo que faltaba del relato, aunque no fue necesario que parara tanto la oreja, ya que el hombre minúsculo decidió esperarlo a él y a la botella. Se descorchó, se llenaron las copas, el maestro comentó que le parecía que el&amp;nbsp;vino estaba más&amp;nbsp;áspero que el anterior, siendo de la misma marca y cosecha,&amp;nbsp;y el hombre minúsculo reinició su historia. Dijo entonces que unos seis a ocho meses después de ese acontecimiento le correspondió acompañar a una nueva delegación al mismo lugar, y que se maravilló al encontrar el desierto tapizado de flores. Era como si un avión hubiese lanzado chorros de pintura de los más diversos colores, alfombrando la tierra hasta la base de la cordillera de los Andes y dejando únicamente dos serpientes azules que se arrastraban entre la paleta de colores: eran el río y la carretera de asfalto. Había sido un testigo privilegiado del desierto florido y en homenaje a aquel día de lluvia en que se bañó en el Loa, acabada por la noche la cena "de terno y corbata", abrió dos botellas de whisky etiqueta azul para sus invitados.&lt;br /&gt;El informante tomó la palabra antes que el maestro y pasó a contar que la experiencia vivida por el hombre minúsculo le recordaba una que había vivido él mismo días antes, en la isla. Al igual que su amigo, él también sintió la necesidad urgente de escaparse, pero no se atrevió a confesárselas, ni en ese momento ni después. Lo que lo asombraba, trató de precisar, relativamente alterado, era que el hombre minúsculo tomara esa necesidad de huir de su grupo de invitados a las salitreras como algo natural, en circunstancias que él traducía su experiencia de esa noche en la taberna como algo extraño, casi enfermizo, digno de guardar en secreto. El maestro y el hombre minúsculo sonrieron al unísono ante esta candorosa confidencia y comentaron que ya les parecía que esa noche algo raro le había pasado, aunque no le dieron mayor importancia. El informante les explicó que a su juicio las personas deben tratar de conservar la calma y no dar a conocer sus emociones, aun si están entre amigos, porque la vida privada es de cada uno y las cosas de la mente cuesta explicarlas, de modo que esa noche bajó a la playa a nadar porque quería darle una salida a su inesperada angustia y no halló forma mejor que esa para hacerlo. Los amigos entendieron su hipótesis, aunque no la compartían, y los tres bebieron otra copa. El tabernero solo escuchaba; daba la impresión de que le aburría el relato del informante. Este culminó la narración contándoles lo que había visto en medio de las olas; es decir, la caída del cuerpo envuelto en la bolsa con piedras. El clímax de su relato resultó apresurado y la historia acabó abruptamente, sin estilo. Tras contarla el informante se sintió ansioso, como en desacuerdo consigo mismo, como si quisiera seguir hablando, pero sin saber de qué. Los amigos comentaron algo sobre las casualidades y entonces el maestro tomó la palabra. Refirió una anécdota fallida, ya que partió de la base errada de que sus dos amigos conocían al personaje y la circunstancia que lo envolvía, de modo que &amp;nbsp;la falta de contexto la tornó poco menos que indescifrable. Trataba de alguien, al parecer un amigo al cual le debía un antiguo favor y a quien había invitado a pasar una temporada en su departamento en la playa. Dijo así: un día mi amigo intentó hacerse el simpático y le quiso dar una tierna sorpresa a mi mujer, llevándole a la cama la bandeja con el desayuno. Mi mujer despertó de repente y al ver frente a ella al bobalicón mirándola fijamente a los ojos soltó un alarido y estiró los brazos en afán de defensa, derramando el contenido de la bandeja sobre la colcha. El informante le preguntó si se trataba de ese amigo &lt;em&gt;chicoco colorín&lt;/em&gt; del que hablaba a veces y el maestro respondió a media voz que sí, tratando de no ofender al hombre minúsculo por el asunto de la estatura. El informante le preguntó si había algún antecedente erótico en el historial de ese amigo; el profesor terminó por molestarse y lo trató de tonto, le dijo que nunca entendía nada. El informante protestó por la descalificación de que había sido objeto y buscó la complicidad del hombre minúsculo, pero éste solidarizó tácitamente con el profesor, a juzgar por las carcajadas que le dedicó al informante. Éste insistió en que faltaban detalles para formarse un juicio cabal sobre la historia. El profesor hundió más el dedo en la llaga y declaró que "el inteligente no precisa detalles de lo que no le fue revelado, los intuye". El informante contraatacó reclamando que la historia del profesor no trataba de lluvia alguna, ante lo cual el profesor le echó la caballería encima, replicándole que jamás habían acordado hablar de lluvia, lo que en estricto rigor era cierto. El hombre minúsculo sonreía y atribuyó la diferencia entre sus amigos a las tres botellas, lo que también en estricto rigor era cierto. En ese momento el informante levantó su copa y dijo brindo por el curagüilla, mirando de reojo al profesor. El tabernero avisó que cerraba, para evitar peleas.&lt;br /&gt;Esa noche se produjo el primer quiebre entre los tres amigos y cada cual se marchó por su propio sendero. Aunque no había recibido más que un pullazo, y de rebote, a esa hora&amp;nbsp;el hombre minúsculo era el más nervioso de todos.&amp;nbsp;Resolvió abruptamente desviar su camino al sentir el llamado y pasó a ver a la mujer del bosque, a la que todos consideraban loca. Era una viuda de unos 45 años, quien como tantas había perdido a su marido en el mar, pero que a diferencia de las demás no se había resignado a seguir la suerte del resto, que era soportar la viudez mientras no hubiese consenso popular sobre el reemplazante en el lecho. Esta mujer vivía sola en una vivienda descuidada en medio del bosque y en sus noches de celo emitía un aullido suave, que imitaba el ulular del viento, para dar a entender que podía ser visitada por cualquiera, fuese hombre o mujer. Como en el pueblo alguien había corrido la voz sobre unas supuestas infecciones que transmitía su vagina, sus llamados no eran obedecidos públicamente por nadie, menos aún en noches de tormenta como la de esa ocasión, de modo que el hombre minúsculo se dirigió confiadamente al &lt;i&gt;nido de amor&lt;/i&gt; y tocó a la puerta. La mujer lo reconoció por el modo de golpear la madera y salió de inmediato, semidesnuda,&amp;nbsp;ya sabía lo que le gustaba a él. El hombre minúsculo la agarró violentamente de la cintura y con una fuerza desmedida la arrojó al barro acumulado entre la hierba, donde la montó como animal, sin que la viuda opusiera la menor resistencia. Luego ambos se lavaron en una charca formada por la lluvia y el hombre minúsculo siguió su camino, furibundo. Antes de entrar a su casa lanzó varias veces los puños al aire. Los golpes tenían el objetivo de alejar su frustración, pero esta vez lo que lograron fue abrir sus heridas. El hombre minúsculo veía cómo pasaba el tiempo y no conseguía ascender. Concluyó por enésima vez que las cosas no eran como el dueño de la isla le había asegurado al darle la misión. No lo enviaba para administrar ese pedazo de tierra como otros no habían sabido hacer, sino que lo nombraba jefe a secas para sacárselo de encima. Así eran las cosas y esa noche la llaga abierta le volvía a recordar que necesitaba más poder; que la isla no le era suficiente, que la isla lo desterraba y lo estaba enloqueciendo. Al entrar&amp;nbsp;encendió la luz y se agachó para mirarse&amp;nbsp;en el espejo de medio cuerpo instalado sobre un pisito, mas de pronto se dio cuenta de la ridiculez que había fabricado para engañarse a sí mismo y quebró el vidrio de una patada. Pensó con angustia cuándo asumiré mi baja estatura, cuándo asumiré mi baja estatura. Puso&amp;nbsp;los restos del espejo sobre la pared a una altura&amp;nbsp;normal, se miró lo que pudo verse y se echó a dormir con la ropa puesta sobre la cama, cubriéndose con tres frazadas de lana de oveja. &lt;br /&gt;La mañana siguiente fue radiante; el sol resplandecía y las mujeres iban por allí mirando hacia la hierba mojada, para no dañarse la vista. El día anterior el cielo estaba cubierto; hoy se veía completamente azul, de lado a lado. Era de esos días totales en que el viento filudo se metía por cualquier resquicio de la piel. Los pescadores habían salido al mar como alienados, llevaban demasiados días metidos en sus casas mirándoles las caras a sus hijos, quienes no se cansaban de pedir comida; desde el acantilado la escena se parecía a una carrera de botes. Los cazadores se internaron en el bosque y el informante notó que no había jóvenes, que los jóvenes habían desaparecido, que tal vez se habían reunido en algún lugar secreto para debatir el asunto que los martirizaba, de modo que&amp;nbsp;recorría las casas buscando datos que lo llevaran a su paradero. Como esta vez nadie se los quiso dar,&amp;nbsp;aduciendo los más ingenuos pretextos, como por ejemplo una mujer que le dijo que debía volver a la cocina porque se iba a subir la leche, se dirigió a la capilla, donde solía pasar las horas cuando no tenía mucho que hacer. Y allí estaban todos, debatiendo a puerta cerrada. Se escondió entre los árboles, ya que si se pegaba a las paredes más de alguien lo vería, tan carcomidas y separadas estaban las tablas&amp;nbsp;del recinto consagrado a Dios. Adentro había mucho movimiento, una vibración de pasos y voces que&amp;nbsp;hacían resonar el piso y ensanchar y reducir las formas de la capilla, como si ésta fuese un corazón.&amp;nbsp;Al informante, sin embargo, le resultaba casi imposible diferenciar&amp;nbsp;las palabras que salían de esa masa de madera y carne; la única palabra que se repetía constantemente era crucero, crucero, pero no había forma de entender el contexto en que se pronunciaba, lo que se estaba tramando. Más tarde salieron todos y se dispersaron; a los pocos días las reyertas dieron paso a los incendios selectivos.&lt;br /&gt;Cuando se le preguntó por la noche, en la taberna,&amp;nbsp;el informante recordó la reunión secreta pero no dijo nada, sino que al día siguiente volvió a la capilla, para buscar señales. Entró y la examinó; se hallaba tal como siempre, derruida, agonizante, aunque&amp;nbsp;pudo sentir el soplo de vida dejado por los jóvenes. La vieja foto de una pintura que representaba a Cristo estaba donde mismo, en&amp;nbsp;la pared tras el altar, sostenida&amp;nbsp;con clavos oxidados. Le pareció que había envejecido un poco más. Para el informante esa foto era la única manera segura de comprobar el paso del tiempo, la fragilidad del pasado. Siempre que entraba a la capilla le notaba algún cambio; en esta ocasión se había producido una fisura casi invisible en el margen superior izquierdo. En el mismo sentido,&amp;nbsp;el conjunto de los tonos de la foto continuaba su marcha hacia la degradación. Mas lo&amp;nbsp;que lo alertó&amp;nbsp;en el sentido sociológico fue una cruz milimétrica en los pies de Cristo, hecha a propósito por alguno de los jóvenes. El informante la describió con el máximo detalle a la noche siguiente, ante sus amigos, tratando de llevarlos a la conclusión de que había sido una acción menor, inofensiva, motivada por el aburrimiento o el afán lúdico del autor presente en esa extraña reunión conspirativa. Pero era evidente que el hombre minúsculo no pensaba lo mismo, tampoco el maestro. Y hasta el informante se convenció de que él tampoco pensaba eso.&lt;br /&gt;Según el maestro, la cruz era una prueba más de la revuelta que germinaba entre los jóvenes, sumada a la pérdida de sus valores. El hombre minúsculo rebatió su argumento y presentó una hipótesis que hablaba de la inexistencia de valores supremos; decía que éstos cambiaban con el tiempo y que no había que asustarse de ello. Con la imprudencia que lo caracterizaba, el informante le preguntó cuál era entonces su misión como jefe de la isla, momento en que el maestro y el hombre minúsculo intercambiaron miradas con altanería, dejándolo al margen de ese guiño intelectual. Conocí un país, dijo el maestro, en que un burro quiso entender un &lt;i&gt;crucero&lt;/i&gt;, subrayó la palabra, y no halló nada mejor que subir por la pasarela y meterse a la sala de máquinas para dar con la clave de su funcionamiento. El hombre minúsculo rió a carcajadas y agregó que cuando entró a la sala de máquinas el burro se encontró con el fogonero, quien lo distrajo de su misión a tal punto que el crucero zarpó con el burro adentro. Reían ambos, no así el informante, quien aparte de no comprender la fábula sospechó que estaba dirigida a su persona. El maestro ordenó otra botella, pero el hombre minúsculo pretextó un dolor de estómago y se retiró casi sin despedirse. Cuando entró a su casa se sirvió un agua de menta y se sentó a estudiar la situación, bastante más intranquilo de lo que había aparentado minutos antes con sus amigos. Los incendios se sucedían con un ritmo desconocido y aunque por el momento resultaban todos controlables, le parecía que en dos o tres semanas como máximo la crisis terminaría llegando a oídos del continente, con la consiguiente pérdida para su imagen. &lt;br /&gt;Cuando el buque Cirujano Videla ancló frente a la isla los jóvenes experimentaron una desilusión subterránea. En primera instancia, la gigantesca forma metálica velada por la tiniebla matutina se les antojó que correspondía al mítico&amp;nbsp;crucero. Luego, al comprobar la verdad, sintieron que el temor les coartaba las ansias de expresión. Todos los demás, en cambio, sintieron alegría y de pronto salieron a relucir ante los miembros de la delegación los achaques más insospechados. Viajaba en el buque, en efecto, un cuerpo sanitario que integraban tres médicos generales, un dentista, un oftalmólogo, enfermeros y asistentes. Se improvisó una especie de clínica en la capilla, la que se dividió en cuatro para que se pudiera examinar a toda la gente de la isla que requiriera de atención, en el menor tiempo posible. Mientras sucedía esto el hombre minúsculo y el capitán, acompañado de un hombre de mediana estatura y sonrisa fácil, se reunían en la oficina del hombre minúsculo. El capitán le presentó al hombre de sonrisa fácil como su reemplazante en la gobernación de la isla. El desconocido le dio la mano y le extendió además una carta enviada por el dueño. El hombre minúsculo la leyó a la velocidad del rayo y experimentó una sensación de júbilo y decaimiento sicológico&amp;nbsp;que apenas pudo disimular. Sus clamores habían sido escuchados, el dueño lo llamaba al continente para confiarle una misión más elevada. Pero también le comunicaba que su reemplazante asumía el poder de la isla con el título de Gobernador Plenipotenciario, título que él nunca tuvo. Sin embargo primó en él la alegría de la partida y sin pensarlo dos veces abrió una botella de whisky que mantenía en el aparador, sacó tres vasos y los tres brindaron por los nuevos tiempos. Con astucia, el hombre minúsculo llevó entonces la conversación hacia el tópico que le interesaba y confirmó sus esperanzas: al parecer, nadie fuera de la isla había sabido de las reyertas y los incendios. Durante el día en que tuvo lugar el cambio de mando el hombre minúsculo se cuidó muy bien de que se filtrara la menor arista de la crisis. Más tarde todo quedaría en manos del hombre de sonrisa fácil, harina de otro costal.&lt;br /&gt;De modo que al atardecer el hombre minúsculo se hallaba en la orilla del muelle con sus pertenencias, pensando por qué el nuevo jerarca era portador de ese título. Eso daba a entender que algo se sabía, que a sus espaldas alguien le había ido con cuentos al dueño y que podría suceder perfectamente que el supuesto ascenso fuese figurado, especie de antesala de un próximo despido ignominioso. Mientras aguardaba la aparición del zodiac que lo trasladaría a la nave se encontró con el maestro y su mujer. También traían maletas. Los dos amigos dejaron a la mujer a cargo de las maletas y se retiraron a un rincón a conversar. El hombre minúsculo le contó de su ascenso; el maestro lo felicitó sinceramente y le confidenció que a instancias de su esposa esa mañana había accedido a examinarse la próstata, debido a que estaba teniendo problemas para orinar. El médico se la encontró desproporcionada y lo instó a dirigirse de inmediato a&amp;nbsp;un&amp;nbsp;centro de salud de alta complejidad, pues lo más probable era que padeciera de cáncer, aunque en esta etapa el pronóstico&amp;nbsp;era alentador, le aseguró. El maestro había tomado la noticia con tristeza, pero pronto se formó la idea de que el mal era tratable y de que con fe, obediencia&amp;nbsp;y dedicación saldría adelante. Volvieron al sitio donde estaba la mujer del maestro con las maletas y se encontraron con el informante, quien se enteró de las dos noticias prácticamente cuando sus amigos subían al zodiac. Apenas alcanzaron a despedirse; el informante tuvo la ingenuidad de declarar a media voz que los echaría de menos, pero era obvio que sus amigos estaban pensando en otra cosa.&lt;br /&gt;El zodiac se alejó y a la distancia los vio subir al barco con cierta dificultad, por una escalera lateral. El barco hizo sonar la sirena y zarpó a su destino último, el continente. En la isla la situación había quedado revuelta; los jóvenes se dirigieron espontáneamente a la capilla para debatir. A los pocos días se desataban nuevos incendios, que resultaban sumamente difíciles de controlar para el flamante Gobernador Plenipotenciario. Como nadie lo llamaba, el informante se percató de que tendría que presentarse por sí mismo ante la nueva autoridad. Cuando lo hizo, mostrando el contrato vigente, reparó en que, salvo su talento, del que sólo él tenía una relativa seguridad,&amp;nbsp;nada le garantizaba la mantención de su puesto. El hombre de sonrisa fácil lo escuchó atentamente y lo recontrató, pero rebajándolo de grado. Al abandonar su oficina para&amp;nbsp;ir en busca de datos&amp;nbsp;que ya no serían claves para la marcha de la isla, porque el Gobernador Plenipotenciario también había contratado a tres personas más para desempeñar las mismas funciones, tan acogotado se sentía ante las críticas circunstancias en que se veía envuelto, el informante sintió rabia hacia el hombre minúsculo y también hacia el maestro; le pareció que lo habían dejado abandonado en el momento menos oportuno, descubrió con amargura que él nunca saldría de la isla y que la amistad que el trío decía profesarse se había sustentado en meras circunstancias del destino.&amp;nbsp;Luego, cabizbajo, comprendió que estaba especulando sobre fantasías personales y que lo único cierto, ahora muy visible, era que durante todo este tiempo, años completos,&amp;nbsp;había descuidado imperdonablemente a su propia mujer y a sus hijos. Se dio cuenta de que ellos&amp;nbsp;ni siquiera le ocupaban una parte de su&amp;nbsp;pensamiento, a pesar de que vivía para mantenerlos, esa estaba resultando ser su gran contradicción. De modo que por la noche entró más temprano que nunca a su casa a tratar de recomponer las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;Fin&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6450759718782797186?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6450759718782797186/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6450759718782797186' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6450759718782797186'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6450759718782797186'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/10/lo-que-no-le-fue-revelado.html' title='Lo que no le fue revelado'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1750033522478683993</id><published>2011-10-15T16:06:00.002-03:00</published><updated>2011-10-18T00:57:58.160-03:00</updated><title type='text'>Acorralado</title><content type='html'>Como todos los seres humanos, tengo razones de sobra para estar airado, enojado o indignado. Y de hecho me siento así al menos cuatro a cinco veces en el día. Mi temperamento proclive a las venganzas ha venido incubando indignación desde la infancia, debido a que me enseñé a mí mismo que nunca había que levantar la voz, porque no era bueno desobedecer. Mi indignación es el producto de mis pequeños fracasos diarios, multiplicados por los años que tengo de vida.&lt;br /&gt;¿Cómo&amp;nbsp;se entiende entonces que me sienta cercado, acorralado, por las cosas que estoy viendo que pasan?&amp;nbsp;¿Y cómo se entiende que no marche, incluso que me indignen las marchas con las que &lt;em&gt;el pueblo&lt;/em&gt; se llena la boca?&lt;br /&gt;No es mi propósito repasar lo que ha sido mi vida, pero si no lo hago no se entendería lo que digo y pasaría por un momio, un viejo retrógrado, un fascista más de los que pueblan el planeta. Quizás lo sea, quizás la que viene a continuación es la definición perfecta de "viejo retrógrado". En ese caso no habría más que echarle tierra al asunto y sentarse ante la puerta de la casa a esperar ver pasar el cadáver del momento.&lt;br /&gt;Nací en una ciudad de provincia&lt;br /&gt;Viví en una población&lt;br /&gt;Mi padre era obrero&lt;br /&gt;Alcohólico&lt;br /&gt;Faltaba al trabajo&lt;br /&gt;Cada tres días llegaba ebrio&lt;br /&gt;Era un tormento&lt;br /&gt;Mi&amp;nbsp;madre era profesora&lt;br /&gt;Mi meta era sacarme sietes&lt;br /&gt;Y regalárselos a mi madre&lt;br /&gt;Soñaba despierto que mi papá se moría&lt;br /&gt;Nunca dejé de quererlo&lt;br /&gt;Me preparé yo mismo, di la prueba y entré a la universidad&lt;br /&gt;Estudié gratis &lt;br /&gt;Me cambié una vez de carrera&lt;br /&gt;Volví a la original&lt;br /&gt;Me recibí, entré a trabajar y me casé&lt;br /&gt;Entre medio viví la Revolución en Libertad, el Imperialismo Yanqui, la Vía Violenta hacia el Socialismo, la Unidad Popular, la Revolución de las Flores, el Maoísmo, el Frente de Estudiantes Revolucionarios&lt;br /&gt;Hice montones de colas para comprar pasta de dientes, cigarros, aceite, jabón y un cuantuay&lt;br /&gt;Marché frente a La Moneda el 4 de septiembre de 1973&lt;br /&gt;El Golpe me sumió durante 17 años en una especie de estado de tiniebla&lt;br /&gt;No se me ocurrió otra cosa que trabajar, criar a mis hijos, mantener la familia&lt;br /&gt;Endeudarme para comprar una casa, abrir tarjetas de crédito&lt;br /&gt;Pagar las cuentas religiosamente&lt;br /&gt;Sin chistar&lt;br /&gt;Voté por el No en los tres plebiscitos&lt;br /&gt;Llegó la democracia y yo estuve ahí&lt;br /&gt;Trabajando igual que siempre, fiel a mi empresa&lt;br /&gt;Prosperaba como prospera una hormiga que no ve más allá de cincuenta metros&lt;br /&gt;Para qué seguir&lt;br /&gt;De gusano me transformé en ciudadano apetecible&lt;br /&gt;De pronto todos me deseaban&lt;br /&gt;Los bancos y sus ofertas, las compañías de teléfonos celulares, los servicios de TV cable, los supermercados, las isapres, los fondos de pensiones, las grandes tiendas, la asociación de fabricantes de jaulas para canarios&lt;br /&gt;Me preguntaba por qué tanto cariño y al fin me respondí&lt;br /&gt;No fue tu talento, no fue tu creatividad, no fue tu imaginación&lt;br /&gt;Fue tu obediencia&lt;br /&gt;Hoy es tiempo de desobediencia, de indignación, de impaciencia&lt;br /&gt;Contra aquello que nos ha estrujado hasta la última gota de nuestra sangre para procesarla, exportarla y enriquecerse a costa de ella&lt;br /&gt;El momento que he esperado sin saberlo, desde que tengo uso de razón&lt;br /&gt;Pero me siento acorralado, temeroso, asustado, viejo&lt;br /&gt;No soy caballito de batalla, ni de joven lo fui&lt;br /&gt;Los fuertes empujan todos contra el demonio gigante&lt;br /&gt;Los cobardes callan&lt;br /&gt;Siento que el mundo se va a dar una vuelta de campana y perderé lo poco y nada que logré construir&lt;br /&gt;Qué fácil resulta en las revoluciones burlarse, despreciar a los hombres como yo&lt;br /&gt;No saben, o lo disimulan muy bien,&amp;nbsp;que después de las revoluciones viene el Nuevo Orden&lt;br /&gt;El concierto de cerebros supremos&lt;br /&gt;Que se rigen bajo las órdenes del Gobernador&lt;br /&gt;Que distribuye la verdad suprema&lt;br /&gt;A todos por igual&lt;br /&gt;Se hacen los que no saben que&amp;nbsp;en el Nuevo Orden siempre habrá los que ganan y los que pierden&lt;br /&gt;Y que el porcentaje será el mismo que ahora, antes y siempre&lt;br /&gt;Porque jamás alcanzará igual para todos&lt;br /&gt;De eso podrían indignarse&lt;br /&gt;Los marchadores románticos&lt;br /&gt;De su propia ingenuidad&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1750033522478683993?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1750033522478683993/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1750033522478683993' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1750033522478683993'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1750033522478683993'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/10/acorralado.html' title='Acorralado'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-7348595228212641109</id><published>2011-10-13T13:56:00.007-03:00</published><updated>2011-10-14T13:33:22.064-03:00</updated><title type='text'>Runy</title><content type='html'>Sus afanes de felino imberbe lo llevaron más lejos de lo que ordenaba la prudencia y murió tan cerca de su casa, la casa de sus amigos, amos&amp;nbsp;no, como si desde el pavimento teñido de&amp;nbsp;la calle quisiera volar a la puerta y no pudiera y se quedara tumbado con el golpe brutal, luminoso.&lt;br /&gt;Vivió para explorar y no conoció el peligro. Fue salvado de las aguas por humana mano cálida que lo resucitó al nacer; creció rodeado de cariño, lo quiso hasta su enemigo natural.&lt;br /&gt;Tuvo solo dos vidas, le faltaron cinco. Ese fue el destino de un gatito que viniendo a un mundo que no conocía salió tan pronto a desafiarlo.&lt;br /&gt;Dormía por las tardes, daba gusto verlo echado en el sofá, calentando su cuerpo estirado con los rayos del sol. Ahora yace bajo tierra húmeda, la misma de donde vino, la misma que alimenta con las rayas de su piel.&lt;br /&gt;Había olvidado el sabor de la muerte, la angustia del recuerdo que choca contra la base de la gran muralla china, los abrazos y hasta los llantos de pésame. Había olvidado las caminatas deprimentes y el mundo me las recuerda de golpe.&lt;br /&gt;El mundo es una boca colosal que va comiendo y comiendo sin parar, cambiándolo todo para colmar su ansia infinita de renovación.&lt;br /&gt;Pero hasta el mundo tiene sus días contados. Llegará el día en que será tragado por su padre. Ese será el día de nuestra venganza, pero no viviremos para disfrutarla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-7348595228212641109?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/7348595228212641109/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=7348595228212641109' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7348595228212641109'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7348595228212641109'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/10/runy.html' title='Runy'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-96766122961620682</id><published>2011-09-01T14:24:00.002-03:00</published><updated>2011-09-02T18:45:16.339-03:00</updated><title type='text'>La voz</title><content type='html'>Los días pasan y con ellos, los nuevos hechos de la vida. Todos me llevan a buscar mi voz, como si mi vida entera tuviera la sola misión de devolverse a investigar en recovecos, como si la voz se me hubiera quedado dormida entre los momentos primitivos de la infancia. De cada escondite surge una voz diferente: la voz del niño, la voz de la ignorancia, la voz castigadora, la voz del vicio, la del poeta. En todas me reconozco, pero yo busco la suma, la síntesis de todas las voces. Confío en que algún día la hallaré; si no tuviera esa esperanza casi no valdría la pena vivir. Y cuando ese día llegue les podré decir alegremente a todos: este soy.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-96766122961620682?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/96766122961620682/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=96766122961620682' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/96766122961620682'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/96766122961620682'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/09/la-voz.html' title='La voz'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2304577292192155980</id><published>2011-08-12T14:34:00.004-04:00</published><updated>2011-10-28T02:13:32.167-03:00</updated><title type='text'>Los héroes de la colina</title><content type='html'>A los héroes de la colina era relativamente fácil divisarlos, aunque por momentos sus figuras recortadas en el horizonte desaparecieran como bajo&amp;nbsp;el vaivén de&amp;nbsp;una ola. El problema insoluble, para quienes mirábamos el espectáculo a la distancia, consistía en saber quién hacía de líder. A primera vista parecía ser una forma borrosa, algo pequeña, la primera mirando de izquierda a derecha, que daba saltos y se hundía tras la colina, reapareciendo al instante. Luego alguien reparó en una figura alargada que trotaba al centro, con su lanza en ristre.&amp;nbsp;Mi fiel amiga puso su atención en "el señor que está entre los dos escudos". Efectivamente, uno de&amp;nbsp;los héroes marchaba sin protección, pero rodeado de soldados con escudos.&lt;br /&gt;Habíamos comprado las entradas más baratas, en la galería. Un chico pasó vendiendo café. Mi amiga me insinuó que hacía frío. Paré al chico y le ordené dos cafés; ella me lo agradeció. Noté que sus manos temblaban de frío. Las mías, en cambio, estaban tibias. Recibí el cambio; el muchacho se alejó. Entonces pudimos ver mejor.&lt;br /&gt;Éramos pocos esa tarde. El llamado&amp;nbsp;no había congregado a la multitud que&amp;nbsp;esperaban los organizadores.&amp;nbsp;Mi amiga especuló que la gente se había cansado de ver siempre lo mismo. A pesar de que en voz alta le rebatí, afirmando que&amp;nbsp;los espectáculos de sangre nunca dejan de llamar la atención, algo de razón le encontré.&lt;br /&gt;En el intermedio nos pusimos de pie, como los demás espectadores. El viento subía por las rendijas de los tablones. Miré al piso y de pronto advertí que el chico del café estaba debajo de nosotros, mirándole los calzones&amp;nbsp;a mi amiga.&amp;nbsp;Cuando me vio huyó, pero hizo mal, porque yo me iba a guardar el secreto. Lo encontré divertido. Ella no se dio cuenta de nada.&lt;br /&gt;Los héroes se habían sentado en la hierba. Algunos parecían fumar; otros&amp;nbsp;se habían puesto a comer, a juzgar por el típico sonido de las cucharas y los tenedores cuando chocan contra los platos de lata.&lt;br /&gt;Durante el segundo tiempo apareció un helicóptero y efectuó disparos. Desde&amp;nbsp;la colina la voz grave de uno de ellos excitó a los héroes y todos juntos se arremolinaron en torno a la nave, en un afán suicida. Uno a uno fueron cayendo, víctimas de las balas. Luego el helicóptero remontó vuelo y desapareció tras la colina.&lt;br /&gt;Tomamos un taxi, que nos fue a dejar a nuestro lugar de siempre. Los garzones atizaban el fuego y la chimenea ardía. Un grupo de&amp;nbsp;señoras colgó sus abrigos de pieles en los percheros y se enfrascó en agradables conversaciones.&amp;nbsp;Los platos y los&amp;nbsp;jarrones humeantes iban y venían en bandejas voladoras, despidiendo deliciosos olores. Pedimos dos onces completas. Mi amiga seguía cabizbaja, no lograba levantar cabeza. Le pregunté derechamente qué le sucedía.&amp;nbsp;Me contó que hace unos días había ido a la calle Meiggs y había visto que en una pajarería tenían gallos adultos a la venta, en jaulas tan pequeñas que los gallos se veían obligados a vivir con el cogote inclinado, día y noche. Resolvimos enviar una denuncia al diario, a la sección Cartas al director. Así se hizo, pero nunca supimos si la carta dio sus frutos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2304577292192155980?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2304577292192155980/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2304577292192155980' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2304577292192155980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2304577292192155980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/08/los-heroes-de-la-colina.html' title='Los héroes de la colina'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4105043124120946775</id><published>2011-08-08T22:45:00.006-04:00</published><updated>2011-09-02T02:43:28.882-03:00</updated><title type='text'>2011. Reinvención de Martin Niemüller</title><content type='html'>Primero fue la Primavera árabe&lt;br /&gt;Yo no dije nada porque no era árabe&lt;br /&gt;Perdón, ahora que recuerdo dije Qué frescor que nos llega de la Primavera árabe&lt;br /&gt;Luego&amp;nbsp;vino la Primavera judía&lt;br /&gt;Y no dije nada porque yo no era un judío&lt;br /&gt;Miento. Dije Vaya también los judíos qué interesante&lt;br /&gt;Luego marcharon los estudiantes&lt;br /&gt;Y no dije nada porque no era estudiante&lt;br /&gt;En realidad pensé Lindo ejemplo&lt;br /&gt;Luego se metieron con Grecia, Portugal, Irlanda&lt;br /&gt;Y&amp;nbsp;no dije nada porque no era griego ni portugués ni irlandés&lt;br /&gt;Para mis adentros pensé Qué flojos, lo quieren todo a cambio de nada&lt;br /&gt;Los indignados ocuparon la plaza de Madrid&lt;br /&gt;Y no dije nada porque no era madrileño&lt;br /&gt;A mí, maní&lt;br /&gt;Luego le doblaron la mano a Estados Unidos&lt;br /&gt;Y no dije nada porque no era norteamericano&lt;br /&gt;La verdad fue que dije Ya era hora, Tío Sam&lt;br /&gt;Luego incendiaron Londres&lt;br /&gt;Y no dije nada porque no era inglés&lt;br /&gt;Incluso me atreví a bromear ¡Arde Londres! recordando "Arde París"&lt;br /&gt;Esta noche han entrado las hordas&amp;nbsp;a mi casa&lt;br /&gt;Y no dije nada, más bien pensé&lt;br /&gt;Ya no hay nada que hacer&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4105043124120946775?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4105043124120946775/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4105043124120946775' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4105043124120946775'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4105043124120946775'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/08/reinvencion-de-martin-niemuller.html' title='2011. Reinvención de Martin Niemüller'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-3737549762462739853</id><published>2011-08-05T14:44:00.003-04:00</published><updated>2011-08-08T13:30:29.723-04:00</updated><title type='text'>El derviche</title><content type='html'>Se tiende a pensar que en un principio fuimos todos iguales&amp;nbsp;y que así debiésemos ser tratados siempre, como iguales, pero hace unos días leí que los cromañones venidos de África provocaron la extinción de los neandertales que vivían en Europa mediante el simple expediente de irlos corriendo a las peores zonas del continente, a las más frías e inclementes,&amp;nbsp;con sus lanzas de mayor alcance. Dicho esto, la hipótesis me hace pensar que ya desde el principio no fuimos iguales.&amp;nbsp;Si fuese así; es decir, si esa hipótesis fuese cierta, este consagrado axioma social que condena la injusticia de la desigualdad, especie de mandato bíblico reinante hoy en día, no pasaría de ser una romántica ilusión.&lt;br /&gt;Alguien podría decir que cromañones y neandertales no son lo mismo, y que en cambio la raza humana sí es la misma. Es verdad, pero entonces, ¿cómo sucedió que mientras ciertos&amp;nbsp;países africanos se mueren de&amp;nbsp;hambre, en Japón, por poner el ejemplo de una nación que no se caracteriza por poseer tesoros debajo de la tierra,&amp;nbsp;haya tanta riqueza?&lt;br /&gt;La raza humana es la misma, de allí que todos los problemas del mundo habitado por el hombre llegan al final a la misma raíz, pase lo que pase: se deja al hombre crecer a su antojo o se le controla. Si el hombre crece libre, los más poderosos terminan aplastando inexorablemente a los más débiles. Si se le controla, los débiles, que son más numerosos,&amp;nbsp;terminan imponiéndose a los más fuertes.&lt;br /&gt;El hombre ayudado se siente seguro y esa comodidad y confianza lo llevan al descuido. Nadie trabaja de más, a menos que esté enfermo de la mente. El hombre asediado actúa acuciado por el miedo. Su imaginación está obligada a despertarse. Si&amp;nbsp;no lo hace, muere y si lo hace, vence.&amp;nbsp;Las teorías sociopolíticas se han cansado de hablar de esto&amp;nbsp;y aun no asoma una síntesis en el horizonte. &lt;br /&gt;Contaba mi amigo Juan&amp;nbsp;Rocha Astete que un derviche llegó a un pueblo con un saco de talentos para repartir. Lo subieron a un promontorio y se instaló la gente a su alrededor. Desde allí preguntó: ¿Cómo quieren que&amp;nbsp;reparta los talentos? ¿A la manera de Dios o a la manera del hombre?&lt;br /&gt;El pueblo gritó con una sola voz:&lt;br /&gt;-¡A la manera de Dios!&lt;br /&gt;El derviche abrió el saco y esparció los talentos al viento. La masa se lanzó enfervorizada a recogerlos. Los menos, los afortunados, se hicieron de docenas cada uno. La mayoría pescó unos pocos y a muchísimos no les tocó nada.&lt;br /&gt;Cuando el derviche&amp;nbsp;se iba, el puebo le presentó&amp;nbsp;su amarga queja.&lt;br /&gt;-Nos sentimos estafados -le lloraron-, no fue lo que pedimos.&lt;br /&gt;El derviche habló:&lt;br /&gt;-Ustedes lo quisieron a la manera de Dios. Si hubiésemos repartido los talentos a la manera del hombre habríamos organizado la cosa de tal manera que todos recibieran la misma cantidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-3737549762462739853?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/3737549762462739853/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=3737549762462739853' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3737549762462739853'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3737549762462739853'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/08/el-derviche.html' title='El derviche'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4108946209812065417</id><published>2011-08-03T14:22:00.002-04:00</published><updated>2011-08-04T19:16:59.198-04:00</updated><title type='text'>Todas las cosas evidencian estar mal</title><content type='html'>De pronto, todas las cosas del mundo evidencian estar mal. Las llaves gotean, las economías tiemblan, los jóvenes protestan, los políticos pierden la razón, los reguladores no entran en los balones de gas de las estufas, los cordones se desabrochan de los zapatos en medio de la calle, los esposos se hacen pillerías, los médicos se enferman,&amp;nbsp;desaparece la comida en África, fallan los motores de los autos, los payasos no hacen reír, el Sol amenaza a la Tierra, los amantes no se encuentran, los ricos acumulan sus riquezas y los gatos se mean en los cojines.&lt;br /&gt;Todo se sabía, no había necesidad de aviso. Era cosa de abrir los ojos.&lt;br /&gt;Vienen grandes cambios, es una época de cambios.&lt;br /&gt;Todos saldremos perdiendo. El mundo será un poco peor que antes y así podremos seguir viviendo en relativa calma.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4108946209812065417?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4108946209812065417/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4108946209812065417' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4108946209812065417'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4108946209812065417'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/08/todas-las-cosas-evidencian-estar-mal.html' title='Todas las cosas evidencian estar mal'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5900046254984947329</id><published>2011-07-28T14:11:03.868-04:00</published><updated>2011-11-10T15:09:28.235-03:00</updated><title type='text'>Insatisfacción</title><content type='html'>Nací insatisfecho, pero nunca supe la razón. Mis primeras fotos lo delatan: aparezco viendo las cosas con un aire de molestia, como si el sol me diera de frente. ¿Habré intuido algo irritante en el ojo de la cámara? ¿Alguien me quiso hacer reír con una majadería? No lo sé, no lo recuerdo.&lt;br /&gt;Más tarde me hicieron entrar al colegio. Algo provocó que yo mismo deseara meterme dentro de esa boca de lobo, tal vez el afán tan humano de repetir y repetir hasta el cansancio lo que hacen los demás. Quería, en efecto, entrar al colegio; lo deseaba con ardor, tanto&amp;nbsp;que mi madre me inscribió un año antes de lo que me correspondía. Inicié así una nueva escalada. La misión era demostrarles a mis semejantes&amp;nbsp;que yo no sólo era capaz de llevar el&amp;nbsp;ritmo de la clase, sino hasta de ir uno o dos pasos adelante.&lt;br /&gt;Aún no asumía la insatisfacción; a cada minuto se me abrían caminos infinitos y el tiempo no bastaba para transitarlos. El día era una interminable sucesión de hechos. No imaginaba que esos hechos, esos sin&amp;nbsp;embargo tediosos hechos,&amp;nbsp;en el fondo los mismos de siempre aunque parecieran diferentes cuando me asaltaban a cada vuelta de la esquina, esos hechos eran los ingredientes para el caldero donde se estaba cocinando mi mente. Mi ser veía hechos y mi ser se fundía con sus consecuencias, creando nuevos hechos a partir de los anteriores, de tal forma que el final resultaba ser casi siempre el que yo había planificado antes de que los hechos sucedieran, ¡qué paradoja! Desde luego, hablo del final como lo hace un niño, que piensa que todo es para siempre, que&amp;nbsp;cada hora es definitiva y que cada día es un universo.&lt;br /&gt;Así eran mis días y así llegué a la juventud, que encendió mis pasiones y consumió gran parte de mis energías, pues ya había llegado el tiempo de empezar a demostrar. Y siempre demostrar quiere decir competir. Y competir no es el juego fraternal y bienintencionado que nos pintan las películas inglesas, sino la sucia maquinación que tejen los miembros de las razas pobres que muy poco encuentran para repartirse entre ellos.&lt;br /&gt;Pude sobrevivir, mientras muchos de los míos iban cayendo. Me logré levantar&amp;nbsp;y me gané mi puesto en la sociedad; nada envidiable, pero para mí, un tesoro. Aun con los pies en el barro, pero ya pisando un fondo relativamente firme, me asenté, hice familia, contribuí a que el mundo siguiera girando y sentí verdaderamente, con cándida pasión, el último de los placeres, el placer de la conquista, aquel que se goza el día antes de que llegue la peste. &amp;nbsp; &amp;nbsp; &lt;br /&gt;Comencé entonces a tomar conciencia de la insatisfacción. ¿Para esto había vivido? ¿Para esto me había preparado tanto? ¿Para esto había pisoteado a algunos de mis más preciados semejantes? Llegaba a fin de mes con dinero en los bolsillos, es cierto; muchos se veían obligados a recurrir a préstamos para lograr lo mismo. Mis hijos crecían, sanos. ¡Cuántos niños vi morir a diario en mi barrio, en mi ciudad, en las noticias! Mi mujer me amaba, o al menos decía y demostraba que me amaba, no como otras que hacían de la traición un diabólico vicio. Cuando me sentía solo entraba a la iglesia, me arrodillaba en la oscuridad y miraba hacia más allá de los vitrales, buscando a Dios. Y Dios bajaba de lo alto y me acompañaba unos momentos y yo abandonaba la iglesia en paz. ¡Cuántos de mis hermanos, a esa misma hora, se debatían en la angustia que genera el ateísmo! ¡Cuántos de ellos eran perseguidos, acribillados por las armas del poder! ¡Cuántos caían en el vértigo de la evasión a través de una pastilla comprada en la farmacia!&lt;br /&gt;Como dice el lugar común, lo tenía todo para ser feliz, y sin embargo me sentía profundamente insatisfecho.&lt;br /&gt;Recurrí a un sacerdote, hombre de edad madura y firmes convicciones. Lo había conocido durante un retiro, un encuentro matrimonial, y me pareció que se acordaba de mí. Cuando me saludó y me miró a los ojos fabriqué una infeliz asociación: uní el vago recuerdo del religioso con la amnesia de la meretriz visitada por libertinos presumidos que esperan mantenerse frescos en su memoria. Conversamos un momento, me tomó las dos manos con fuerza y me incrustó la fe, medio a medio de la frente. Sentí cómo sus manos de padre y sus palabras de profeta me traspasaban su energía, la energía del Todopoderoso, y abandoné el confesionario en un estado de éxtasis, pero el éxtasis me duró justo hasta el momento en que un conductor me retó por cruzar la calle con el semáforo en rojo.&lt;br /&gt;Caí luego en manos del siquiatra. El siquiatra elaboró intrincadas teorías que poco a poco me fueron vaciando los bolsillos y aumentando la insatisfacción. Siempre me hacía llegar a mi infancia y siempre a mi madre. Yo le decía a todo que sí, pero al cabo de un tiempo abandoné la consulta, cansado de renegar de las dos realidades más felices de mi vida. ¡Ah, mi madre y mi infancia! Si pudiera explayarme, qué de cosas diría...&lt;br /&gt;Descubrí los bares y amigos de bar, pero al cabo de un tiempo hasta ese tipo de personas, que bebían prácticamente a&amp;nbsp;mi costa,&amp;nbsp;se cansaron de escuchar mis lamentaciones.&lt;br /&gt;Así se desenvolvía mi vida; así era yo. Un mediocre. Un ignorante. Un hombre que vivía un poco más arriba de la base de la pirámide.&lt;br /&gt;Un día cualquiera me senté a la mesa, tomé un lápiz y&amp;nbsp;comencé a desplazarlo sobre una hoja de cuaderno. Me sorprendió la lentitud con que avanzaba, comparándola con la velocidad de las imágenes que le ordenaba mi cerebro. Las palabras iban quedando rezagadas, como la mujer de campo que trata de ir junto&amp;nbsp;a su marido con la carga a cuestas. La campesina suplica su nombre, él se da vuelta, ofuscado, y la espera; luego vuelven poco a poco a tomar distancia uno del otro, de la misma forma en que mi mente se distanciaba de la mano que sostenía el lápiz. Aun así, ayudado por la memoria -convertida en el trecho que necesitaba cubrir el lápiz para alcanzar a la mente- el ejercicio resultó estimulante, aunque no su resultado. Pero poco me importó. Por el espacio de unos quince minutos había vislumbrado el destello divino de los mundos imposibles. Nadie me había impedido el ingreso a ese portal. Yo era libre de traspasarlo en cualquier momento del día o de la noche, en cualquier lugar de la tierra, y no necesitaba ni a Dios ni a la ciencia ni al amor tan mezquino que entregan los amigos para hacerlo. ¡Era ya un aprendiz de escritor!&lt;br /&gt;Han&amp;nbsp;transcurrido muchos años desde entonces. Mi vida se fue orientando naturalmente hacia la comodidad, a través del trabajo y el ensueño. Ideé una fórmula relativamente fácil, con la cual logré sostenerme, pagando el precio no demasiado elevado de la insatisfacción. Consistió en dividir las 24 horas del día&amp;nbsp;en ocho para el descanso, nueve para el trabajo, dos para comer, dos para el ocio y la familia, una para la lectura&amp;nbsp;y dos para escribir. Escribía en un cíber relativamente alejado de mi casa, para caminar así unas cuadras. A menudo me dormía con el argumento incompleto de un cuento que se negaba a avanzar, o me despertaba con una idea que había surgido en el sueño. Me acostumbré a dejar un lápiz y un papel sobre el velador. Leía en los cafés, pero mi mente afiebrada se inspiraba en los libros para crear nuevas historias; entonces sacaba una boleta cualquiera del bolsillo y comenzaba a garrapatear a la velocidad máxima,&amp;nbsp;antes de que la idea se fuese. Mis hermanos en el oficio saben de lo que hablo, pues lo viven a diario: no hay novedad en mi relato.&lt;br /&gt;No es necesario ser tan suspicaz para adivinar que dichos hábitos se&amp;nbsp;respaldaban en el reconocimiento ante la tarea que se desempeña bien. Al menos, de eso me convencieron los pequeños galardones literarios que logré con mis cuentos. Y si digo&amp;nbsp;pequeños&amp;nbsp;no es por falsa modestia, sino que porque en realidad fueron pequeños. Otro escritor ya habría abandonado las ansias de fama ante la tan pobre calidad de sus laureles, pero yo no lo hice. Mi mente, que es la que me gobierna, se convenció bien pronto de que no había mejor salida que esa. Podía escribir, con&amp;nbsp;todos los placeres y beneficios que genera la escritura, y podía hacerlo en forma anónima, con todas las virtudes que implica el anonimato, sobre todo la ausencia de entrevistas. Pero, ¿qué me hacía pensar que lo que hacía era bueno? Nuevamente recurro a mi mente y concluyo que así como una ley natural ordena que los padres hallen cautivantes a sus crías, un artículo marginal de dicha ley establece que los poemas y cuentos salidos de mano propia deberán&amp;nbsp;provocarle al autor tal placer cuando&amp;nbsp;los lea en voz baja, que querrá repetir el procedimiento una y otra vez. La excepción a&amp;nbsp;dicha regla ocurrirá cuando descubra un gazapo en su texto ya impreso: entonces la norma dicta que el placer se transforme en el mismo dolor que siente el padre al advertir un defecto en su hijo.&lt;br /&gt;Todo habría andado a las mil maravillas en mi plan perfecto de reparto de las horas, de no haber sido por el sabor de la insatisfacción, que en un principio menosprecié. Las 22 horas del día se me empezaron a hacer&amp;nbsp;interminables, mientras las dos restantes, aquellas dedicadas a la escritura, se hacían demasiado breves, transcurrían&amp;nbsp;como agua de cascada. Y así como Charles Crumb, el hermano mayor de Robert, fue llenando poco a poco sus comics de texto hasta que las palabras terminaron devorando sus dibujos; así, imperceptible pero&amp;nbsp;implacablemente&amp;nbsp;mis dos horas&amp;nbsp;empezaron a alimentarse de las otras.&amp;nbsp;La lectura me inspiraba, la escritura me vaciaba. Al separar mis dedos de las teclas me sentía más una forma espiritual que material y en ese estado caminaba hasta mi casa, sin acusar el golpe de la realidad ni el de mi propia vulgaridad. Luego los hechos se hacían presentes naturalmente, mediante nimiedades. Cundía el desaliento y surgía el ensueño; comenzaba a esperar internamente la llegada del otro día, el momento del ingreso a ese templo de piedra y seda, extraño y oscuro, luminoso y silente. Anotaba invenciones, metáforas, palabras nuevas, personajes y argumentos en las boletas que ya he dicho que guardaba en los bolsillos, ansiando que llegara el instante de pasarlas en limpio. El día se me hacía eterno, casi insoportable. Me dormía &amp;nbsp;imaginando que a la mañana siguiente amanecería sin sueños, sin un argumento: toda mi fuerza creativa habría sido arrastrada hacia un lugar desconocido dentro de mí, el lugar en que la memoria se extravía y va a dar a un fondo de lodo. Despertaba obsesionado con el deseo de correr a la máquina y cuando mis dedos volvían a golpear las teclas experimentaba una sensación inefable, un gusto indefinible. En el fondo, estoy seguro, el gusto que siente el hombre al saciar su vicio.&lt;br /&gt;¿Era el mío un vicio? Era una necesidad, no cabe duda, y si concordamos en que todo vicio se sostiene en una necesidad, la que al ser satisfecha va provocando un daño, esta entrega mía diaria a las teclas de un computador se estaba convirtiendo, si no en vicio, al menos en obsesión.&lt;br /&gt;A menudo, durante los almuerzos de fin de semana en el hogar,&amp;nbsp;mis hijos me sorprendían con la mirada ausente. A veces reían; otras murmuraban. Mi mujer prefería ignorarme, y yo no hallaba qué decir. Mi mente estaba puesta en el día lunes, en la máquina. Después de tantos años había llegado a eso. No era algo como para sentirse orgulloso; al contrario, creo que yo mismo renegaba de esta forma en que había organizado el tiempo, pero sabía que no había otro camino.&lt;br /&gt;Los cuentos clásicos comienzan presentando al sujeto y su tiempo. Como si se dijera: "Una&amp;nbsp;mañana, hace ya varias semanas, me hallaba dispuesto a reanudar mi tarea, cuando de pronto surgió de la nada un personaje y me propuso entrar&amp;nbsp;al escenario donde se construye mi propio cuento". Así debió empezar este relato, pero está escrito que empezó de otra manera... aunque puede ser factible de revisión.&lt;br /&gt;Era un día nublado; el frío invitaba a quedarse la mañana entera dentro del café, leyendo los diarios o alguna novela de Graham Greene, y tomando apuntes. Mas la brusca y consabida urgencia de sentarme ante la máquina me sacó de esa atmósfera y me introdujo a la del cíber. Entré al de siempre.&amp;nbsp;Mi amable dependienta&amp;nbsp;me tenía reservado el mejor asiento, con los mejores audífonos. La temperatura no era la ideal, pero&amp;nbsp;se podía soportar sin tiritones. Abrí una ventana en la pantalla y elegí la radio irlandesa que me acompañaría esas dos horas. Abrí otra ventana, que me conectó al diccionario. Abrí la tercera ventana y desemboqué en mi sitio, aquel donde escribo mis cuentos. Estuve frente a la página en blanco unos cinco minutos. Luego recordé que la víspera me había propuesto hablar del diablo, ese personaje tan presente y tan venido a menos en estos tiempos. ¿Cómo caracterizarlo hoy en día? Nada mejor, pensé, que dotarlo sobre todo de serenidad y belleza, atributos aparentemente impropios de Lucifer. Empecé a teclear, pero a poco andar borré lo escrito. Pudiendo ser creíble, el relato iba directo hacia la estupidez panfletaria. El diablo conducía a su grupo de héroes a una colina, donde todos, salvo él,&amp;nbsp;eran despedazados por ráfagas de ametralladoras. Allí estaba de nuevo ante la pantalla en blanco, acompañado por una música emitida desde Dublín, exasperado, desaprovechando parte de esas dos horas, la parte más valiosa de mi día, cuando mi vecino me interrumpió, con un laconismo del que se desprendía extraña seguridad.&lt;br /&gt;-Usted no encuentra el personaje que busca porque quiere hallarlo dentro suyo.&lt;br /&gt;-¿Ha leído el comienzo de mi...? -respondí, en voz baja, casi inaudible.&lt;br /&gt;-Algunos ruegos se pueden atender sin necesidad de ir al detalle -acotó, pero mirando al escritorio de la encargada, donde humeaba el café.&lt;br /&gt;-¿Quiere café? -me ofreció ella, ignorando su mirada.&lt;br /&gt;-Bueno, mija -le respondió por ambos mi vecino, con desparpajo.&lt;br /&gt;En ese instante los otros dos clientes que había en el local se levantaron como si se hubiesen puesto de acuerdo, pagaron el tiempo ocupado y se fueron. La dependienta sirvió mi taza con cariño y la de mi vecino con&amp;nbsp;ligero desprecio y me dejó&amp;nbsp;a cargo del local, mientras iba a ordenar su almuerzo al restaurante de al lado. Quedamos los dos. El hombre&amp;nbsp;me pidió que me retirara los audífonos. Me estaban desagradando sus maneras.&lt;br /&gt;-No tengo mucho tiempo y deseo proponerle algo. Usted me ha caído bien y seguramente está pensando que soy un majadero, pero&amp;nbsp;no se imagina el trabajo que me espera a la vuelta de cada esquina. Le advierto que el mío es un oficio abrumador...&lt;br /&gt;-¿Qué se le ofrece? -lo interrumpí secamente. Me molestaba que un hombre de mi edad aprovechara el beneficio generacional para sacarme de mis asuntos.&lt;br /&gt;-Iré al grano, porque ya vuelve su amiga. ¿Quiere hacer de estas dos horas una eternidad?&lt;br /&gt;Lo miré ¡con una cara!, por su propuesta. Antes de responderle, como si hubiese adivinado mis pensamientos, adoptó un aire severo y compasivo, levemente triste, y me aclaró:&lt;br /&gt;-Me toma por un pervertido, de esos que he visto que se sientan en las plazas... y hasta cierto punto... pero ahora escúcheme con atención, porque lo diré sólo una vez. ¿Desea prolongar para siempre las dos horas de felicidad que vive a diario en este cíber, hacer de ellas su vida completa? ¿Disfrutar del placer que emana de su vida interior sin interferencias materiales, sin que nadie en el mundo lo moleste, sin que deba llevar sobre sus hombros&amp;nbsp;ninguna otra carga que no sea la que le proporcionan sus propios&amp;nbsp;fantasmas creativos? ¿Ansía crear personajes de verdad, inmortales? ¿Reconocer por fin el tono exacto de su voz?&lt;br /&gt;Soy un tipo al que le cuesta tomar decisiones. Generalmente espero hasta el final y cuando ese final llega, espero hasta que haya un nuevo final, más conveniente que el anterior. Cada vez que he decidido apresuradamente me ha ido mal.&lt;br /&gt;-Sí... -le respondí, maravillado, sin pensar.&lt;br /&gt;Los ojos se me nublaron repentinamente y dejé de percibir los colores en su brillo original, lo que atribuí a inofensivas pelusas, que no me causaron mayores molestias.&amp;nbsp;La dependienta entró en ese momento. El hombre se levantó, junto a otro parecido a mí. No me había percatado de que había una tercera persona en el local.&lt;br /&gt;-¿Ya se va? -le preguntó ella a este último.&lt;br /&gt;-Así es, amiga.&lt;br /&gt;-Tan poco que escribió hoy.&lt;br /&gt;-Usted lo ha dicho.&lt;br /&gt;-¿Por qué? ¿Lo mandaron a comprar al supermercado?&lt;br /&gt;-No. Se me acabó la imaginación.&lt;br /&gt;Mi vecino sonrió y lo vio retirarse, con paso ágil, mientras la dependienta volvía a sus asuntos.&lt;br /&gt;-¿Qué le echaste a la taza?&lt;br /&gt;La mujer saltó del asiento, sin entender.&lt;br /&gt;-Nada, señor, ¿por qué?&lt;br /&gt;-Mira cómo mandaste a la casa a tu amigo, ja ja.&lt;br /&gt;-¿Le pasó algo?&lt;br /&gt;-No sé, digo yo. Iba muy enérgico.&amp;nbsp;¿Cuánto te debo por el café?&lt;br /&gt;-Ahora que lo menciona... tiene razón. Él anda siempre como tan cansadito.&lt;br /&gt;-¿Cuánto te debo?&lt;br /&gt;-¿Usted? Nada.&lt;br /&gt;-¿Nada?&lt;br /&gt;-Obsequio de la casa... otro día me paga.&lt;br /&gt;-No hay nada gratis en esta vida.&lt;br /&gt;Con esa confianza brutal le habló mi vecino, antes de desaparecer. Qué extraño personaje, pensé, que trata a cada interlocutor de forma diferente.&lt;br /&gt;Verlo&amp;nbsp;salir fue como si hubiese despertado. ¿Cómo sabía de la existencia de esas dos horas en mi vida? ¿Qué me había querido decir realmente? ¿Cómo es que parecía conocer tan bien mis anhelos más íntimos? Cavilaba, dándole vueltas a esas dudas, desorientado, cuando ocurrió otro hecho, nada de extraordinario, más bien pedestre, pero no por eso menos insólito: la dependienta cerró la puerta, corrió las cortinas y se dispuso a almorzar, dando prueba a continuación de una voracidad envidiable. Eso no podía significar otra cosa que el hecho de estar sola.&lt;br /&gt;No pasaron ni veinte segundos antes de que me percatara de mi situación, aunque no con la certeza que hubiese deseado.&lt;br /&gt;Aquello de la visión nublada, sin brillo, permanecía, pero ya no sentía igual; al menos era incapaz de oler y de reconocer al tacto y los sonidos me llegaban como con sordina. El panorama lucía un tinte indefinido&amp;nbsp;que la vista no lograba precisar, disolviéndose a veces en la nada y reapareciendo también de la nada, fuera lo que fuera. No estaba ciego, pero me di cuenta de que veía &lt;i&gt;con otros ojos&lt;/i&gt;. Por otro lado, los malestares que siempre me acompañaban, por mínimos que fuesen, ya no existían y el saberlo me provocó un placer que no pude localizar en ninguna zona de mi cuerpo. Me encontraba completamente solo, pero algo me decía que el mundo me atosigaba por la espalda, como si ideara una trampa. Así han sido siempre muchos de mis sueños, con esos paisajes brumosos y esos argumentos absurdos y hasta ridículos, de modo que me entregué plácidamente a éste. Pero tal como los sueños se transforman en pesadillas cuando el protagonista es emboscado por sus fantasmas, así también se me fueron complicando las cosas. No recordaba haberme quedado dormido; es más,&amp;nbsp;tenía perfecta conciencia de los momentos vividos desde que salí en la mañana en dirección al café, después al cíber y entonces... entonces vino esa taza extra de café y esa breve conversación con mi vecino de asiento, luego de lo cual había sucedido algo que no acertaba a comprender. Era un malentendido, naturalmente, no había que desesperarse, ya descubriría de qué se trataba esto. En los sueños el remedio es la espera.&lt;br /&gt;Mas la espera no logró otra cosa que profundizar mis temores. Más tarde descubriría que las almas como la mía, conservadoras por naturaleza, transitan una larga senda de angustia al enfrentar una experiencia clave, y sólo cuando la han recorrido son capaces de vivir y aprovechar su nueva situación. En mi caso, no logro medir exactamente el tiempo que pasó, pero presumo que debieron ser unas siete u ocho horas, pues de pronto la dependienta comenzó a desconectar los computadores y a apagar las luces, terminando por cerrar la puerta del local con candado y llave, procedimiento acompañado de una sonrisa de satisfacción. Eso lo pude ver, no sé de qué manera o con qué ojos, pero lo vi.&lt;br /&gt;Recién entonces me percaté de que no estaba en mi cuerpo. Yo era mi imaginación y&amp;nbsp;&lt;i&gt;mi otro yo&lt;/i&gt;, si cabe hablar así,&amp;nbsp;deambulaba por la ciudad.&lt;br /&gt;Aunque habían transcurrido horas, el asunto me tomó por sorpresa y prácticamente no hubo momento para análisis ni estudios. Mi otro yo se desplazaba por las calles con la mente vacía, desprovisto de conciencia, cumpliendo con sus hábitos como lo hacen los robots de la ciencia ficción o los animales; recibiendo órdenes en su trabajo, acostándose en la misma cama que su esposa, lavándose los dientes frente al espejo, yendo de allá para acá. Eso era lo que estaba pasando y lo imaginé con esa suerte de visión lechosa que he descrito tan pobremente. La idea de que&amp;nbsp;el café o mi vecino de asiento, o ambos, me habían separado en dos y de que la parte material ya no me pertenecía se fue haciendo certeza, y la certeza me provocó una enorme aflicción. Pobre humano, pensé, de aquí en adelante va derecho al despeñadero; disponía sólo de dos horas para darle sentido a su día y ahora lo&amp;nbsp;han despojado de esos preciosos minutos. Sin imaginación, ya no le resta más que tratar de arreglárselas con la vida como mejor pueda.&lt;br /&gt;Así fantaseando,&amp;nbsp;me di por divorciado de tan lamentable forma y me sentí yo mismo repentinamente alegre, liberado de la mayor de las esclavitudes y con el abanico del tiempo abierto a mi favor.&lt;br /&gt;Era hora de sobarme las manos, como se dice, y de entregarme a nuevos sueños, historias fascinantes, escenas tórridas, ciudades lejanas, pero la sensación de lástima me seguía rondando, hasta que el motivo se me hizo evidente y tan lógico, después de todo. Había dado por hecho que él estaba sufriendo, pero ¿y si ahora fuese feliz? ¿Por qué no? Cuando salió del cíber lo hizo con bríos, su voz no me pareció afligida. Nada en sus actos delataba a un hombre deprimido, angustiado, lo que fuera. El pesar que yo le estaba cargando gratuitamente en sus espaldas podía atribuirse con toda propiedad a un afiebrado producto de mi imaginación. ¿Acaso no era yo, mi extraño yo, quien lo había tenido siempre de rehén, desde su más tierna infancia? En una suerte de interpretación de acuerdo con las conveniencias, ahora lo condenaba a jugar ese papel poco menos que de bestia, de hombre instintivo, sin disponer de pruebas para confirmar esta suposición. De modo que a medida que pasaba el tiempo y observaba los raros sucesos acaecidos en el local de internet desde un punto de vista inverso, me parecía más verosímil que la persona libre de ataduras fuese aquella que llevaba mi nombre en su cédula de identidad y&amp;nbsp;yo, el que creía ser yo, el verdadero preso de mis fantasías, de mi lenguaje, sobre todo de mis adjetivos, y de mi arquitectura.&lt;br /&gt;Imaginé,&amp;nbsp;en dos segundos, con ese velo grisáceo del que he hablado,&amp;nbsp;que a esta misma hora él estaría bebiendo su cóctel favorito, mirando hacia un punto indefinido de su habitación mientras el gin le quemaba la garganta y lo hacía revivir. Las gatas se le refregaban en los zapatos; él las alejaba con un movimiento leve y se echaba un segundo sorbo, picoteaba de una fuentecita con pepinillos y aceitunas y abría el diario en la sección de espectáculos. Luego se lavaba los dientes y se iba a dormir.&lt;br /&gt;Mi imaginación ideó esa segunda fantasía, opuesta a la del hombre abrumado de mente vacía. Sospeché que mientras yo me las comenzaría a batir a partir de este instante con un sin fin de cuentos que se abrirían en la mitad, sin sentido alguno, se perderían en la bruma y recomenzarían casi del mismo modo que cuando se habían extraviado; mientras yo lucharía vanamente por mantenerme dentro del pobre argumento ideado, sin poder contener la furia de una imagen cualquiera que saltaba como pez sobre un mosquito, impertinente, el hombre sin imaginación, extasiado,&amp;nbsp;miraría volar una polilla alrededor de la lámpara de pie plantada sobre&amp;nbsp;el sofá, con los ojos&amp;nbsp;de un niño de dos años, o de un gato. Desde el otro sillón, su mujer lo estudiaría con un aire de alarma y él la calmaría. "No te preocupes, amor, no ha pasado nada. Más bien alégrate, porque esta tarde he perdido&amp;nbsp;la imaginación".&lt;br /&gt;Levemente angustiado, enteramente insatisfecho, decidí olvidarlo&amp;nbsp;y concentrarme en mi propia felicidad. ¡Yo era dueño de lo que a él le faltaba!, sobre eso no podía haber dos opiniones, y debía sacar partido de mi circunstancia. La imaginación es mil veces más poderosa que&amp;nbsp;la inconsciencia y si bien ésta dispone de la virtud de aislarse del futuro y de los efectos del pasado, aquella construye lo que&amp;nbsp;el presente niega.&lt;br /&gt;Recordé la oferta de mi vecino y me dispuse a trabajar "sin interferencias de ningún tipo", listo para encontrar de una vez por todas a mis "personajes inmortales". Esperé la nueva imagen y la imagen llegó,&amp;nbsp;como una chispa desvanecida.&amp;nbsp;No me era posible guiarla, más bien ella guiaba mis pensamientos, como suele suceder en los sueños. Me hallaba dentro de una cueva y con los minutos, de la negrura del espacio surgió el aura de una loba enferma. El pobre animal estaba aquejado de una herida en las encías y a la menor provocación escupía al enemigo. No se puede amar mientras se habita allí, imaginé;&amp;nbsp;sólo queda vivir. Me agaché, le abrí el hocico y le soplé las encías; la bestia entendió y se adormeció. Podía ser&amp;nbsp;el comienzo de un cuento y el caso fue que yo había estado allí, en ese sitio, curiosamente sin el protagonismo que me había autoasignado, sino como mero espectador. ¿Qué seguía en ese cuento, qué pasaba después? Mi imaginación porfiaba en quedarse únicamente con esa escena, que se gastaba mientras más recurría a ella, como si yo fuese el operario del eterno desfile de un carrusel. ¿Cuánto tiempo transcurrió en el intervalo? Lo ignoro, pero fueran minutos u horas, el quiebre ocurrió cuando&amp;nbsp;se me vino a la memoria una idea a la que nunca le había dedicado atención y que en ese momento se me antojó tan obvia: mi imaginación no era nada sin una mano de carne y hueso que la plasmara en una superficie mediante palabras. Sin esa mano&amp;nbsp;que cada ocho días debía recortar en sus extremos, sin esa mano cada vez más cubierta de manchas y arrugas&amp;nbsp;podría pasarme horas, días y años&amp;nbsp;creando imágenes revueltas, vanas, desordenadas. Y qué decir de las palabras, si ya todo ha sido dicho por los grandes sabios: resultaban ser ellas las verdaderas propietarias de mi imaginación, no a la inversa, como siempre había creído, con esa&amp;nbsp;suerte de orgullo inocente que caracterizó a mi pasado.&lt;br /&gt;De modo que soy yo quien está encadenado al hombre que mandó al diablo su imaginación y es él quien me gobierna, con su cuerpo y sus palabras; de modo que ahora él es capaz de sentir como los niños, ver las cosas como por primera vez, gozar los placeres y soportar los dolores con una facilidad escalofriante, mientras yo me doy vueltas y vueltas entre figuras insensibles que más parecen recuerdos de recuerdos, esbozos&amp;nbsp;de mi vida interior; de modo que así están las cosas, rumié, con aire vengativo, dispuesto a reanudar la lucha.&lt;br /&gt;En mi actual estado la energía seguía siendo primordial y&amp;nbsp;la insatisfacción no se calmaba. Las imágenes, si surgían, corrían desbocadas dentro de un coche sin cochero, no era yo su dueño. En este mundo las cosas se sucedían en una amalgama de visiones y no parecían tener vida real. No existían personajes inmortales sino remedos de vida, grotescas caricaturas.&lt;br /&gt;Imaginé un bote abandonado a la orilla de un lago intranquilo. El muelle y las aguas se unían con furia y me obligaron a&amp;nbsp;caminar alerta, echando un pie muy adelante antes de afirmarlo en la madera húmeda, que no se sabía dónde terminaba. Mi casa&amp;nbsp;se había llenado de nieve y no encontraba a&amp;nbsp;mi hija; la vi entonces caminar entre los juncos, con la mirada perdida. Qué hago ahora, pensé, cómo uno esta imagen a&amp;nbsp;la de la loba enferma. ¿O son dos cuentos?, pero entonces, ¿se trata de acumular, de ir bosquejando&amp;nbsp;en el infinito hasta que las historias caigan por su propio peso?&lt;br /&gt;El bote abandonado no había aparecido por casualidad; me estaba invitando a&amp;nbsp;llevar la imaginación a sus orígenes, a un viaje al centro de mi tierra, ahora que podía hacerlo.&amp;nbsp;Cansadísimo como estaba, antes me las arreglé para cambiar de escena y recostarme en unas dunas tibias y doradas que protegían del viento helado que venía del mar, a la hora de la siesta. Echado entre ellas mis fantasías comenzaron a fugarse y creo que dormí durante un buen rato.&lt;br /&gt;Había desperdiciado demasiado tiempo, no sabía cuánto,&amp;nbsp;de modo que al despertar marché en dirección a&amp;nbsp;ese paisaje intranquilo.&amp;nbsp;Si de verdad quería darle un uso noble a mi imaginación, era el momento de proceder con rigurosidad; de investigar de dónde brotaba mi vida interior, qué había realmente en ella. Debo decir que mi posición en ese momento resultaba inmejorable para emprender dicha tarea.&lt;br /&gt;La loba enferma me había seguido; la concebí suplicante, derrotada, ansiosa de atención. No quise darle el golpe de gracia aún y la dejé ir conmigo; mejor dicho, detrás de mí.&lt;br /&gt;En el mundo de la imaginación, mi vida interior partía en un estrecho sendero sendero flanqueado de plantas que ocultaban la vista del cielo. Cada&amp;nbsp;una de las hojas era un recuerdo, de modo que los recuerdos fueron lo primero que salió a nuestro paso. Todo&amp;nbsp;lo que imaginaba me recordaba a algo; vaya que&amp;nbsp;sirvió este hallazgo para castigar las ambiciones&amp;nbsp;de mi yo: la imaginación que cuido y exploto como un tesoro parece brotar de episodios concretos y así,&amp;nbsp;mis llamadas &lt;em&gt;creaciones&lt;/em&gt; no serían&amp;nbsp;un&amp;nbsp;producto excelso sino&amp;nbsp;vagos ejercicios de la memoria.&amp;nbsp;Hoy no me hallo en condiciones de asegurar si alguna vez vi algo que nunca hubiese visto.&lt;br /&gt;Los recuerdos brotaban por sí solos, mecidos por la brisa; muchos eran voluntarios, pero la inmensa mayoría resultaban ser involuntarios y operaban como una cadena. El sendero se abrió y tuve entonces ante mi introspectiva imaginación la orilla del lago. Allí,&amp;nbsp;unidos a los recuerdos, se me aparecieron&amp;nbsp;los habitantes del gran pantano de la mente. Era un pantano tan extenso que la otra orilla se vislumbraba en un leve resplandor que recordaba al amanecer. Mientras remaba, noté que unas algas se adherían a la quilla y no dejaban avanzar. Eran las molestias y las distracciones. La loba se sobresaltó, sin hacer un solo ruido, escondida como estaba bajo el asiento de la popa; lo noté por un leve temblor en la zona de sus costillas. Me desprendí de unas algas&amp;nbsp;y aparecieron otras, y así en todo el trayecto. Como si con esas contrariedades no tuviese suficiente, cada cierto trecho divisaba bajo las aguas extrañas serpientes eléctricas que amenazaban con incendiar la nave. Eran los&amp;nbsp;miedos, que de tanto aparecer y desaparecer se convirtieron en tranquilos enemigos, mas no inofensivos, puesto que orientaron la nave hacia la zona más densa del lago: aquella donde reinaba la depresión. ¿Cuánto me tomó salir, sortear ese lodo? Unas ocho horas, no lo sé, pero al hacerlo me topé con las angustias, arbustos retorcidos, enraizados en el légamo, que ensombrecían todo aquello que surcaba entre sus ramas. Navegaba entonces en estado de máxima alerta, porque ya había aprendido que muy cerca de esas sombras habita el terror, un monstruo marino que salta, engulle a la mente, se la lleva a las profundidades del pantano y casi de inmediato la devuelve, por repulsiva. Cuando calculé hallarme justo encima, agarré a&amp;nbsp;la loba y la arrojé al vacío. El pobre animal fue devorado por el terror antes de tocar el agua y ambos desaparecieron bajo el líquido viscoso.&lt;br /&gt;Con el alivio de la salvación temporal a cuestas guié la pequeña nave hacia la zona de los deseos y sus hermanos menores, los vicios. Allí suspendí el viaje, me bañé en las aguas pegajosas y sin darme cuenta&amp;nbsp;llegué a la otra orilla, ya estaba afuera. Antes de continuar miré hacia atrás: el pantano volvía a ser un lago de aguas cristalinas, un espejo en una tarde de verano, pero a poco andar caí en otro pantano, tan inmenso como el anterior. Era asombrosa la cantidad de tiempo que ocupaba mi mente en salir de allí.&lt;br /&gt;Recuerdos, molestias, miedos, terrores, vicios y deseos resultaron ser apenas la cáscara de mi vida interior. En tierra firme, entre uno y otro lago, experimenté el miedo a la muerte. Debe de ser la carga más penosa de todas las que habitan&amp;nbsp;en mi imaginación, porque cuando sucedió me sentí angustiado, rendido y falto de deseo.&lt;br /&gt;Aún quedaba más. Me alimentaba la esperanza. En sí misma se trataba del rey de los fantasmas, el fenómeno más abstracto y absurdo de mi vida interior. A diferencia del futuro, la esperanza se dejaba ver una que otra vez, en el lago o los senderos, pero cuando lo hacía venía moribunda. Al descubrirse finalmente en todo su esplendor, despidiendo rayos fulgurantes, ya era&amp;nbsp;un cadáver luminoso.&lt;br /&gt;En lo más profundo del último&amp;nbsp;lago vivía la tristeza, bajo dos formas: la tristeza que gatillan el amor y la belleza y la tristeza donde anida el desamparo. Ardiente locura; allí&amp;nbsp;se pierde la razón y la euforia se transforma en dolor en cosa de segundos.&lt;br /&gt;Del cielo se dejaban caer de vez en cuando los relámpagos del pensamiento y resultaban inexplicables, salvo si se trataba de aquellos que surgían como meros disfraces de otros entes. En ese caso estaba ante falsos pensamientos, espejismos de razón.&lt;br /&gt;Más allá de toda imaginación estaba el vacío, la médula de la vida. &lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;/div&gt;¿Cuánto tiempo estuve&amp;nbsp;&lt;em&gt;navegando&lt;/em&gt;&amp;nbsp;dentro de mi vida interior? Si me aboco a la escena que viene a continuación, conjeturo que alrededor de cinco a seis días.&lt;br /&gt;Mi otro yo había ingresado al cíber y pedía un computador. La dependienta lo miró y le habló, sorprendida.&lt;br /&gt;-Qué se había hecho.&lt;br /&gt;-No venía porque no se me ocurre de qué escribir.&lt;br /&gt;-¡Usted!, que escribe tanto.&lt;br /&gt;-Ahí tiene.&lt;br /&gt;-Y ahora que se le ocurrió de qué escribir... lo tendremos unas buenas horas acá, me imagino.&lt;br /&gt;-No se imagine.&lt;br /&gt;-¿Que anda apurado?&lt;br /&gt;-Vine&amp;nbsp;porque echaba de menos este momento.&lt;br /&gt;-¿No va a escribir?&lt;br /&gt;-Voy a tratar, pero antes quisiera jugar un poco al solitario.&lt;br /&gt;-Hay solitarios más entretenidos que ese que abrió. Deme su correo y le mando&amp;nbsp;un link.&lt;br /&gt;-Gracias, muy amable.&lt;br /&gt;Entró un nuevo cliente; en él reconocí de inmediato al ex vecino de asiento. Quedó sentado al lado de mi figura, como la vez anterior. El hombre se dio media vuelta y le habló a la encargada.&lt;br /&gt;-Vengo a pagarte el café.&lt;br /&gt;-Pero si&amp;nbsp;era gratis, caballero.&lt;br /&gt;-No me gusta deberle favores a nadie -atacó, cruzando la línea que separaba la franqueza&amp;nbsp;de la mala educación. La mujer lo miró, airada. El hombre continuó:&lt;br /&gt;-¿Te gustaría ser millonaria?&lt;br /&gt;-¿Que me quiere comprar el cíber?&lt;br /&gt;-¿Te gustaría ser millonaria? -insistió.&lt;br /&gt;-Claro que sí.&lt;br /&gt;-Toma. Deuda pagada.&lt;br /&gt;-¡Un Kino! Gracias,&amp;nbsp;¿cuándo se juega?&lt;br /&gt;-Esta noche.&lt;br /&gt;-¿Entonces&amp;nbsp;voy a ser millonaria esta noche?&lt;br /&gt;-Por supuesto.&lt;br /&gt;-Dios lo oiga.&lt;br /&gt;-No menciones a ese... el boleto tiene vida propia.&lt;br /&gt;-Yo, calladita.&lt;br /&gt;-A la noche te vai a acordar&amp;nbsp;de mí -rió entre dientes.&lt;br /&gt;La mujer guardó el Kino en la cartera y se concentró en su labor,&amp;nbsp;alegre por el regalo del desconocido, pero en el fondo&amp;nbsp;molesta&amp;nbsp;por&amp;nbsp;no haberse atrevido a&amp;nbsp;parar sus vulgaridades. El vecino se acercó a mi figura y le habló al oído.&lt;br /&gt;-¿Y? ¿Cómo va? ¿Todo bien? ¿Seguimos con el asuntito o quiere echar marcha atrás?&lt;br /&gt;-No sé de qué me habla.&lt;br /&gt;-Le escuché decir que había perdido la imaginación.&lt;br /&gt;-Así es.&lt;br /&gt;-¿Se acuerda de la propuesta que le hice el otro día? ¿Seguimos o ya se arrepintió? Está en usted la decisión.&lt;br /&gt;-Sinceramente, señor, no recuerdo...&lt;br /&gt;-Se lo voy a recordar, porque después andan diciendo que soy así o que soy asá.&amp;nbsp;Supiera lo que cuesta una campaña cualquiera, ¡la más barata! para neutralizar la mala prensa en contra de este servidor. Y a pesar del éxito hay creencias, qué digo, ¡falsedades!, falsedades que se mantienen como la grasa en las ollas.&lt;br /&gt;-No lo entiendo.&lt;br /&gt;-¿Le parezco&amp;nbsp;sádico, retorcido, calculador, etcétera, etcétera, etcétera?&lt;br /&gt;-No diría eso.&lt;br /&gt;-Muchos lo dicen. La mayoría. Usted, ¿qué diría?&lt;br /&gt;-Me parece una persona inteligente y asertiva.&lt;br /&gt;-Me cae bien, me cayó bien desde que lo conocí el otro día. Por eso le insisto: ¿seguimos con el asuntito?&lt;br /&gt;-Perdón, pero sigo sin entenderlo.&lt;br /&gt;-Le ofrecí desprenderse de su imaginación, ¿no se acuerda?&lt;br /&gt;-No... creo que me confunde.&lt;br /&gt;-Recuerde o no recuerde, nunca dejo que mi gente decida sin antes preguntarle dos veces, como mínimo. No está en mi esencia ni en mi ánimo causarle daño a nadie. Mi norte, se lo confieso a usted por el cariño que le tengo, mi único norte es que las personas cumplan sus sueños. Jamás de los jamases se me ocurriría mandarlas al infierno. De modo que se lo pregunto por última vez: ¿seguimos con el asuntito o echamos pie atrás?&lt;br /&gt;-No es por ser descortés, señor, pero creo que me apetece ir a dar una vuelta a la plaza.&lt;br /&gt;-¿A la plaza? Lo acompaño.&lt;br /&gt;-Con todo gusto.&lt;br /&gt;-En el camino&amp;nbsp;podríamos hacer un trato.&lt;br /&gt;-¿Un trato?&lt;br /&gt;-¡Claro que sí! Las cosas no son en blanco y negro, como usted se imagina..&lt;br /&gt;-Yo no imagino nada.&lt;br /&gt;-¡Ja ja ja! ¡Qué notable! ¡Por eso me cae tan bien!&lt;br /&gt;-Le mandé el link a su correo -interrumpió la dependienta.&lt;br /&gt;-Gracias, amiga, otro día lo veo. Ahora me voy.&lt;br /&gt;-Usted se va y una se queda&amp;nbsp;en&amp;nbsp;la&amp;nbsp;jaula. Cómo lo envidio.&lt;br /&gt;-No tenís nada que envidiarle, mujer, acuérdate que vai a&amp;nbsp;ser millonaria -intervino el hombre.&lt;br /&gt;-Dios lo oi... ¡perdón! Yo, calladita.&lt;br /&gt;Al salir del local, del brazo, el vecino le comentó a mi figura que en una semana debía volar a Lima, Ciudad de México y Monterrey. Mi figura lo escuchaba con singular atención.&lt;br /&gt;-Mire, escuche bien y piénselo. El trato que le voy a proponer... -alcancé a escuchar.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;/div&gt;Pasa el tiempo; mi soledad es cuasi-permanente. Soy como una mujer a la que se requiere cuando brota la necesidad. Se puede vivir perfectamente sin mí y si yo no existiera, nadie moriría.&lt;br /&gt;Todos los días hábiles de la semana entra mi otro yo y se sienta frente al computador. La nueva locataria -a la anterior se la&amp;nbsp;tragó la tierra-&amp;nbsp;lo recibe con cariño y él se permite ciertos lujos, no diré románticos en la línea de lo erótico, pero sí galantes en la línea de los chocolates, hasta de las flores. Cuando le regala flores se hace pasar por Condorito. Le dice que las ha arrancado de la plaza y la mujer lo recrimina por su temeridad. Así, la buena relación que se generó desde el principio entre ambos se ha incrementado a niveles de excelencia, tal como parece ser que le está ocurriendo con mucha gente, con el mundo entero. Lo que es yo, debo admitir que lo espero con ansias indiscutibles, porque él me hace sacar lo mejor de mí, si se me permite el cliché utilizado por los futbolistas respecto de sus entrenadores, para no graficar mi estado actual con algún ejemplo de dudosa moralidad.&lt;br /&gt;Apenas abre su sitio habitual comienzo a dictarles mis &lt;em&gt;memorias&lt;/em&gt;, que van desde las imágenes más cuerdas a las más disparatadas. Todas le gustan, unas más que otras, y a mí también. Sus manos se detienen, observa la pantalla, se frota la punta de la nariz, se arregla la camisa y continúa. Yo lo dejo hacer, valoro esos baches, esos tiempos de espera, porque me permiten... como diría, contenerme, organizarme; en el fondo, disfrutar esta felicidad de dos horas que me ha quedado, el único tiempo que realmente me mantiene no sólo vivo, sino principalmente anclado a la realidad.&lt;br /&gt;Al proceder diariamente al intercambio al que nos ha condenado ese personajillo acomodaticio del que mejor no hablo más, digo que cada vez que se efectúa la transacción entre mi yo y mi otro yo, entre mis fantasías y su cuerpo, percibo sin querer el paso del tiempo en su&amp;nbsp;figura, algo de lo que él no se percata. ¿Se puede ser feliz sabiendo&amp;nbsp;que se va al despeñadero? Él lo es, porque ha sido reacondicionado para vivir el presente; lo convencieron y no se queja. Para él la vejez se siente cuando renueva la foto de un carnet, no minuto a minuto, que es como yo la vivo.&lt;br /&gt;En cuanto a mí, admito hidalgamente que tampoco me puedo quejar. Erradicadas las molestias y los dolores, idas para siempre las tortuosas obligaciones a las que los hombres se condenaron a sí mismos para poder salir adelante con sus vidas; abstrayéndome de esas 22 horas de penumbra y abulia en las cuales mi imaginación hace cada vez menos viajes, cada vez se engaña menos a sí misma con delirios de grandeza, ¿qué me queda sino el disfrute de mi libertad?&lt;br /&gt;No domino el arte de predecir el futuro, salvo si lo miro a través de mi imaginación, aunque ya he demostrado que mi imaginación es veleidosa, inofensiva&amp;nbsp;e insignificante. No domino ese arte, reitero, pero si lo hiciera, sospecho que el acuerdo secreto al que se llegó sin mi consentimiento fue el siguiente: con el correr de los meses el hombre sin imaginación se irá quijotizando en tanto que yo me iré sanchificando. Su forma de vivir la vida no habrá sido eterna ni mi estado tampoco; cada uno se fundirá en el otro&amp;nbsp;y una vez que se retomen los viejos hábitos, las mañas olvidadas, una vez que se nos haya vislumbrado con ejemplos la categoría de nuestros sueños, ambos volveremos a sentir el sabor&amp;nbsp;de la insatisfacción.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5900046254984947329?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5900046254984947329/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5900046254984947329' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5900046254984947329'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5900046254984947329'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/07/insatisfaccion.html' title='Insatisfacción'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-3337455140716102593</id><published>2011-06-13T17:36:00.003-04:00</published><updated>2011-07-08T16:40:23.836-04:00</updated><title type='text'>Esos niños no nos podían ganar</title><content type='html'>Días atrás leí la historia de una tenista alemana que rompió en llanto cuando advirtió que se le iba&amp;nbsp;un partido&amp;nbsp;de entre las manos. Tras perder, se derrumbó y fue sacada en camilla de la cancha&amp;nbsp;de Roland Garros.&amp;nbsp;Hace muchos años a&amp;nbsp;mí me pasó algo parecido, y debo confesar que se trató de una sensación inolvidable.&lt;br /&gt;Vistas las cosas con una ligereza no exenta de objetividad, el partido lo teníamos ganado de antemano. Nosotros nos conocíamos y nuestros rivales se venían conociendo. El terreno era menos neutral para nosotros que para ellos. De hecho era "nuestra&amp;nbsp;canchita" en las proximidades del&amp;nbsp;refugio del liceo, que usábamos todas las tardes de campamento. Ellos habían&amp;nbsp;acampado en el bosque la noche anterior y cuando llegamos a ocuparla nos encontramos con su presencia. Como oficialmente no era de nadie, el inspector ideó un partido entre ambos equipos y así fue como salimos a la cancha.&lt;br /&gt;Con el correr de los minutos nuestras expectativas se hicieron realidad. Eran bastante malos y, además, dos o tres de ellos evidenciaban&amp;nbsp;problemas de&amp;nbsp;motricidad que resultaron patológicos. Quizás eso hizo&amp;nbsp;que nos contuviéramos, que sacáramos el pie del acelerador, como se&amp;nbsp;dice en el fútbol, y mantuviésemos una discreta ventaja de dos goles. Era más que suficiente, considerando que nuestro rival disponía de&amp;nbsp;una barra femenina ubicada al pie de los&amp;nbsp;álamos, ubicada a una altura de unos dos metros de&amp;nbsp;la cancha y a la que no resultaba caballeroso humillar. La cancha era un trecho de tierra robado al&amp;nbsp;bosque y sus dimensiones, las de un campito de baby fútbol.&amp;nbsp;Los arcos habían salido&amp;nbsp;de los troncos de los álamos. Ese era todo el paisaje en el que&amp;nbsp;dos grupos de niños&amp;nbsp;que rondaban los once años se enfrentaban&amp;nbsp;entre ellos.&lt;br /&gt;Las niñas no saben nada de fútbol, pero sus gritos encienden los corazones. Era emocionante hacer jugadas y dárselas de héroe en su presencia, aunque uno intuyera&amp;nbsp;que estaban más preocupadas del bochinche que armaban ellas mismas que del partido. Después de todo era su forma de jugar.&lt;br /&gt;De pronto, el más enfermizo de nuestros rivales&amp;nbsp;hizo un gol que fue celebrado como una hazaña&amp;nbsp;por el bosque, ya cubierto de sombra. No era algo como para preocuparse; sin embargo, daba rabia que hubiesen sido capaces de&amp;nbsp;convertir. Vino el empate y vino el tercer gol, con que dieron vuelta el encuentro. Arriba, la algarabía era irracional y hoy, para rebajar la intensidad de la sensación,&amp;nbsp;me trato de convencer de que las niñas no comprendían el score.&lt;br /&gt;Sin que nadie me hubiese puesto la jineta me las di de&amp;nbsp;capitán y comencé a increpar a mis compañeros, que cometían error tras error, al igual que yo,&amp;nbsp;influenciados por&amp;nbsp;los nervios. Los minutos corrían y se acercaba el final del partido, que seguíamos perdiendo,&amp;nbsp;inexplicablemente. En mi interior nació una torpe desesperación que hoy sé muy bien de dónde vino:&amp;nbsp;del desprecio&amp;nbsp;hacia la raza inferior, de la rabia de constatar que fuesen capaces de competir y aun de osar ganarles a los poderosos, encima con una&amp;nbsp;alegría, una ingenuidad y una pureza de sentimientos que sacaban de quicio.&amp;nbsp;A esa altura estaba fuera de mí y recuerdo que me perdí goles increíbles, sobre todo uno frente al arco sin arquero y con la pelota en los pies. Sólo me quedaba llorar y rompí en llanto, como la tenista. Lloré largos minutos, corriendo como un loco detrás de la pelota. La angustia nos estaba haciendo naufragar. Lloré a moco tendido con el llanto más trágico que se puede dar en un hombre de diez años: el llanto incontrolable delante de un grupo de&amp;nbsp;niñas de su edad.&lt;br /&gt;El partido terminó y regresamos al refugio. Nadie me consoló y creo, si mal no recuerdo, que el inspector me llamó la atención en el camino de bajada, merecidamente,&amp;nbsp;por mi falta de espíritu deportivo.&lt;br /&gt;Cuando más tarde me lavaba los pies en el lavamanos vi que por la puerta se asomaban dos compañeros a mirarme, risueños. Luego fueron tres, cinco. Nadie decía nada, pero les costaba contener la risa. Eran mayores que yo y descubrí que&amp;nbsp;no habían venido&amp;nbsp;a ver al derrotado, sino&amp;nbsp;mi pene minúsculo, pene de angelito, que había quedado&amp;nbsp;al descubierto con mi maniobra de aseo.&lt;br /&gt;No le di importancia al asunto. Mi pene jamás fue constitutivo de complejos durante mi infancia. Sólo con los años el tema adquirió una categoría a la que realmente no le encuentro explicación, siendo como soy, un tipo bastante normal, analítico y aunque fantasioso, no ajeno a la realidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-3337455140716102593?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/3337455140716102593/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=3337455140716102593' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3337455140716102593'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3337455140716102593'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/06/los-ninos-que-no-nos-debian-ganar.html' title='Esos niños no nos podían ganar'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1676949931248916651</id><published>2011-06-10T18:08:00.004-04:00</published><updated>2011-06-13T16:11:36.712-04:00</updated><title type='text'>Repugnancia</title><content type='html'>Le he preguntado repetidas veces qué le atrae, o le molesta, de la escena, y no sabe explicarlo con palabras, aunque sus gestos revelan incomodidad, nerviosismo, cierta sudoración. Le pido que me describa nuevamente al personaje y se le sale el calificativo de "pelado gordito".&lt;br /&gt;-¿Es esa la&amp;nbsp;razón de su intranquilidad? -le pregunto.&lt;br /&gt;No dice nada.&lt;br /&gt;-Por favor, trate de contarme de nuevo la historia y veremos qué se puede hacer.&lt;br /&gt;Guarda silencio y comienza:&lt;br /&gt;-Eran cerca de las cuatro de la tarde, en las inmediaciones de la Estación Central. El hombre que de pronto comenzó a destacar entre la demás gente que llenaba&amp;nbsp;a esa hora&amp;nbsp;el&amp;nbsp;sector no lo hizo por su apariencia...&lt;br /&gt;-Me acaba de decir que era un pelado gordito.&lt;br /&gt;-Pero eso no quiere decir mucho.&lt;br /&gt;-Mas, a usted&amp;nbsp;le ha llamado la atención.&lt;br /&gt;-No eso, sino su actitud.&lt;br /&gt;-Entonces no es importante que sea un&amp;nbsp;pelado gordito.&lt;br /&gt;-Es insólito que lo sea, así lo veo yo.&lt;br /&gt;-¿Qué es lo insólito?&lt;br /&gt;-Que un&amp;nbsp;hombre como ese adopte esa actitud.&lt;br /&gt;-No le veo lo raro. Conozco varios&amp;nbsp;pelados gorditos que&amp;nbsp;son homosexuales.&lt;br /&gt;-Es que este pelado gordito no tiene la pinta de ser un maricón. Pero se está comportando como si&amp;nbsp;lo fuera.&lt;br /&gt;-¿Me quiere decir por qué? Usted ni siquiera le ha visto la cara. Él siempre le ha dado la espalda.&lt;br /&gt;-Yo creo que me estoy equivocando de nuevo. Ahora que lo pienso mejor, tal vez sea su vestimenta lo que no concuerde con&amp;nbsp;la escena.&lt;br /&gt;-Me ha dicho que viste igual que todos.&lt;br /&gt;-Esa es la cuestión. Viste una camisa de franela arremangada, a cuadros azules y blancos, y unos pantalones negros bien afirmados&amp;nbsp;a la cintura, que acentúan su&amp;nbsp;culo gordo.&lt;br /&gt;-¿Hace&amp;nbsp;ostentación de...?&lt;br /&gt;-Ninguna.&lt;br /&gt;-¿Es totalmente calvo?&lt;br /&gt;-Tiene cabellos sobre las sienes&amp;nbsp;y en&amp;nbsp;la base de la nuca. Yo lo describiría como un hombre de campo. Un hombre del campo que ha venido&amp;nbsp;a la ciudad. No lo sé; estoy dudando nuevamente. No lleva maleta, no lleva nada. Sólo camina en dirección contraria a&amp;nbsp;la mía.&lt;br /&gt;-¿A cuánta distancia se encuentra usted de él?&lt;br /&gt;-Creo que a&amp;nbsp;unos 20 metros. Quizás 30...&lt;br /&gt;-De lo que me ha relatado, no hay nada que haga&amp;nbsp;pensar que ese hombre es maricón.&lt;br /&gt;-Eso es justamente lo que me ha traído hasta aquí. Quiero&amp;nbsp;saber por qué me ha chocado tanto la escena.&lt;br /&gt;-¿Por qué usted afirma que el pelado gordito es&amp;nbsp;maricón?&lt;br /&gt;-Al caminar ha dado una especie de salto infantil, nada relevante, pero no es normal que la gente ande a saltitos. Han sido dos o tres, y más que saltitos, yo los calificaría de ondulaciones de su cuerpo, movimientos para llamar la atención.&lt;br /&gt;-¿Lo logra?&lt;br /&gt;-Al principio&amp;nbsp;no, pero luego de un momento la gente comienza a mirarlo&amp;nbsp;con extrañeza. Yo mismo fijo mi vista en él. No es miedo ni rechazo. Es la rareza que da ver a alguien haciendo algo inusual.&lt;br /&gt;-Tantas veces que vemos locos. Hablan solos, hacen gestos extraños, amenazan a interlocutores invisibles...&lt;br /&gt;-¿Me&amp;nbsp;entiende? Uno&amp;nbsp;mira a&amp;nbsp;esos locos al principio con sorpresa, pero enseguida entiende la situación y los deja actuar. &lt;br /&gt;-Y seguimos cada cual nuestro camino...&lt;br /&gt;-Exacto. Y ya que usted lo ha dicho, y se lo agradezco, pudo haber sido&amp;nbsp;un&amp;nbsp;loco, no un maricón.&lt;br /&gt;-Existen los locos&amp;nbsp;homosexuales,&amp;nbsp;por si no lo sabía.&lt;br /&gt;-No lo había&amp;nbsp;pensado. Este pudo ser el caso.&lt;br /&gt;-Me imagino que dice que pudo ser un loco debido a los saltitos.&lt;br /&gt;-Sí, creo que sí, aunque no lo parezca. Pero... ¿sabe lo que me tortura? Ahora creo estar viendo mejor...&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-Es una sensación como de asco, al ver que alguien se está ofreciendo públicamente.&lt;br /&gt;-¿Cómo sabe que se está ofreciendo?&lt;br /&gt;-Porque lo sé.&lt;br /&gt;-Hay mujeres que se ofrecen todas las noches en las calles.&lt;br /&gt;-Es su oficio. No se siente asco de ellas.&lt;br /&gt;-Pero sí del pelado gordito.&lt;br /&gt;-Porque no cuadra. Un hombre así no puede andar ofreciéndose, a la vista de medio mundo. Un hombre así debe guardar la compostura. Por último, si tiene una necesidad, hay formas y formas de llevarlas a cabo.&lt;br /&gt;-Lo que me quiere decir, advierto, es&amp;nbsp;que hay conductas&amp;nbsp;para la publicidad y otras para la privacidad.&lt;br /&gt;-¿Me entiende? No está permitido que hagamos todo lo que deseamos hacer, pero sí se nos permite hacerlo entre cuatro paredes, guardando las apariencias.&lt;br /&gt;-Lo que a usted parece molestarle tanto es que él no guarde las apariencias.&lt;br /&gt;-¡Se ofrece a los hombres a vista y paciencia! Eso es algo que no había visto nunca.&lt;br /&gt;-No ha caminado usted por calles tortuosas por las noches.&lt;br /&gt;-Si lo hiciera, no me llamaría la atención encontrarme con una escena así. Esperaría ver algo parecido.&lt;br /&gt;-Le molesta que la gente&amp;nbsp;desnude su alma en situaciones&amp;nbsp;inadecuadas.&lt;br /&gt;-Me molesta la falta de respeto al pudor ajeno.&lt;br /&gt;-¿Le molesta que el pelado gordito haya expresado sus más oscuros deseos?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Son esos sus propios deseos?&lt;br /&gt;-¡Por favor! No lo creo. No puede desear uno algo que le provoque repugnancia.&lt;br /&gt;-Se asombraría si supiera la cantidad de pacientes que acuden a&amp;nbsp;verme por esa causa.&lt;br /&gt;-Yo sé lo que pienso y lo que siento. No puedo adivinar lo que no siento. Muchas veces he pensado que ustedes&amp;nbsp;ansían convencernos&amp;nbsp;de asuntos sobre los que no estamos en absoluto de acuerdo. Influenciados por oscuras teorías nos transforman en objetos de estudio para&amp;nbsp;demostrar&amp;nbsp;supuestas verdades.&lt;br /&gt;-Yo busco ayudarlo. No siempre las cosas suceden como usted dice.&amp;nbsp;Me atrevería a&amp;nbsp;asegurar que la gente no sabe lo que piensa y no sabe lo que siente. Usted mismo se encuentra agitado, sin conocer la razón. Yo&amp;nbsp;intento guiarlo, para que usted halle&amp;nbsp;el camino. Pero me temo que por esta vez el camino se ha extraviado y tendremos que recomenzar&amp;nbsp;su búsqueda en la próxima sesión.&lt;br /&gt;-No puedo irme aún. Debo terminar de contarle la historia. Si no lo&amp;nbsp;hago saldré de aquí profundamente insatisfecho.&lt;br /&gt;-Le daré cinco minutos más. Hay más pacientes que esperan.&lt;br /&gt;-Está bien. Se lo agradezco.&lt;br /&gt;-Termine. El pelado gordito se ofrece a vista y paciencia...&lt;br /&gt;-Hay una sensación de protesta y de rechazo en el ambiente. Se arma un pequeño alboroto y alguien intenta llamar a los Carabineros. El pelado gordito se empieza a bajar los pantalones y de la multitud surge un hombre que lo sigue. Viste un chaquetón raído de cotelé color ladrillo y está mal afeitado. Es a todas luces un hombre de ademanes vulgares, lo demuestran sus manos grasientas. Pertenece a&amp;nbsp;esa clase necesitada que toma al vuelo lo que se&amp;nbsp;le ofrece. De la esquina opuesta aparece un grupo de&amp;nbsp;carabineros seguido por un uniformado a&amp;nbsp;caballo. Se dirigen velozmente al lugar de los hechos, detrás de un buzón de Correos, donde la pareja está a punto de consumar la cópula. Cuando llegan, el hombre del chaquetón está arrodillado detrás del pelado gordito y se muerde la uña del&amp;nbsp;pulgar izquierdo, con los ojos cerrados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1676949931248916651?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1676949931248916651/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1676949931248916651' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1676949931248916651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1676949931248916651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/06/asco.html' title='Repugnancia'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8145840151632130640</id><published>2011-06-02T17:38:00.005-04:00</published><updated>2011-06-02T17:55:00.239-04:00</updated><title type='text'>La muerte del bombero</title><content type='html'>En el centro el comentario obligado era la muerte del bombero. Todos hablaban de ello; muy pocos lo vieron morir. Un muchacho joven&amp;nbsp;participaba en una maniobra nocturna en el Liceo de Niñas cuando perdió&amp;nbsp;el equilibrio y cayó al vacío. Las mujeres lo describían con&amp;nbsp;piedad no exenta de detalles escabrosos. Mi madre las escuchaba, agregaba&amp;nbsp;su comentario y yo miraba desde abajo. Ciertas voces lo identificaban por su pelo rojizo, pero otras decían que era rubio y otras, negro&amp;nbsp;azabache.&lt;br /&gt;El voluntario atravesaba un puente hecho con una escalera. Ante sus ojos tenía la&amp;nbsp;Catedral con sus dos torres. Detrás, la cornisa del liceo. Abajo, la multitud expectante y los focos que le daban un aire cinematográfico a la escena.&lt;br /&gt;El muchacho no estaba hecho para ser bombero. Sus manos no se apretaban como garras a lo que fuera. Sus sentidos solían extraviarse hacia cualquier cosa que llamara la atención. Su corazón palpitaba demasiado velozmente ante el vértigo de la altura. Su sed de futuro era incapaz de calcular el valor del presente.&lt;br /&gt;Perdió el equilibrio y se vino abajo y lo recibió el pavimento de la calle, pobrecito, decían las mujeres y luego venía el tema del funeral, también de noche, y yo me&amp;nbsp;imaginaba a todos los bomberos vestidos de rojo entrando al camposanto alumbrados con antorchas, mientras el carrobomba ululaba en la calle, como hace el perro cuando echa de menos a&amp;nbsp;su amo.&lt;br /&gt;Por esos días, junio de 1957, en todo Rancagua se respiraba incertidumbre.&amp;nbsp;La muerte había calado hondo entre las vecinas y los hombres perdían la seguridad en sí mismos. Aún quedaban rastros de sangre en la Plaza de los Héroes, epicentro de la tragedia,&amp;nbsp;que las máquinas no habían podido borrar. Muchos escogían vías alternativas en sus viajes al centro, aunque los más torcían su destino con el expreso propósito de acercarse a una historia de la que no pudieron ser testigos. El mártir era una mancha que ofrecía su enseñanza desde el suelo, puesto que no había sabido hacerlo desde las alturas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8145840151632130640?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8145840151632130640/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8145840151632130640' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8145840151632130640'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8145840151632130640'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/06/la-muerte-del-bombero.html' title='La muerte del bombero'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1291866274337044806</id><published>2011-05-30T14:39:00.010-04:00</published><updated>2011-06-13T13:55:07.540-04:00</updated><title type='text'>Canasta</title><content type='html'>Al atardecer, acabada la once, despejábamos la mesa y sacábamos el naipe inglés. No era algo de todos los días, sino de contadas ocasiones. Hoy lo recuerdo como un regalo interesado que nos ofrecía el destino para esa tarde, tan mezquino que lo dejaba inmediatamente anotado en su cuenta. Los ingredientes se unían como por arte de magia: ánimo sereno y optimista, ningún panorama por delante, gas en la estufa, ausencia de tareas y de pruebas para el día siguiente, y mi padre en casa.&lt;br /&gt;Sabida era la buena disposición de mi madre para todo tipo de asuntos; cuando a ésta se le unía la de mi padre podíamos cantar victoria.&lt;br /&gt;Disponíanse las parejas al azar, pero de forma dirigida, como en el fútbol, de tal modo que un chico fuera pareja de un grande. Mi papá ponía un long play y nos sentábamos a jugar. El disco podía ser "Carrera de éxitos número 1", "Carrera de éxitos número 2", "Las cinco monedas", "Concierto en ritmo" o todos juntos. No pecaría de mentiroso si denominara ahora mismo a esos discos como el canto del cisne. Correspondían, al menos en mi pueblo, a la última música que el mundo destinó a los adultos, y que por esos días le ganaba aún los espacios en la radio a la Nueva Ola. No mucho después Bert Kaempfert y compañía se cayeron a pedazos y sus vinilos fueron destinados a los rincones de las disquerías, reemplazados por Los Beatles y su propuesta que lo desorganizó todo, pues fue tomada en serio, al contrario del rock de Elvis Presley y Bill Halley, anterior, de fines de los cincuenta, mal definido como una barrabasada de coléricos y calcetineras, ruidosa advertencia de unos nuevos tiempos que nunca habrían de llegar, tan seguros se sentían los mayores de su poderío.&lt;br /&gt;De modo que esa tarde los discos iban cayendo al plato uno a uno, y así llegaba la noche.&lt;br /&gt;Sobre la mesa no había nada más que los naipes, una hoja y un lápiz. En esos tiempos no se usaba el picoteo. No se conocían la pichanga, los quesos en sus diversas variedades, las galletitas, el jamón, el salame, las papas fritas, las aceitunas, el paté, las rodajas de pan integral. Eso era propio de ricos, una ofensa a la austeridad de la clase media. Si había un momento para el cóctel, éste correspondía al día domingo, antes del almuerzo, una vez al mes. En esas ocasiones mi papá preparaba su famoso trago Serma, bautizado así en honor a su propio nombre y apellido. Era una variante del trago Mave, patentado por el tío Mario, cuyo apellido era Venegas. Mi papá lo hacía con Americano Gancia mezclado con clara de huevo, jugo de naranja y un agregado especial que le daba un sabor diferente, riquísimo, inolvidable. Lo tomábamos alrededor de la mesa de centro, acompañado de un paquete de papas fritas. La palabra delicatessen aún no había llegado a Rancagua. Por ejemplo, la once consistía en una taza de Milo con leche, pan con mantequilla y dulce de membrillo. De modo&amp;nbsp;que al momento de jugar a la canasta&amp;nbsp;la mesa estaba limpia&amp;nbsp;y así el juego se tornaba más apasionado.&lt;br /&gt;Durante el transcurso de la tarde se iban visualizando y al final, exagerando, las diferencias de caracteres. Si mi hermano o yo hablábamos, mi madre nos recordaba que el naipe lo habían inventado los mudos. Si hablaba mi mamá, mi papá la hacía callar de un grito que dejaba temblando las paredes. Si nos daba por bromear repetía su grito aun más fuerte, haciéndonos comprender que estábamos acometiendo una tarea severa y formal.&lt;br /&gt;El Vitorio era ambicioso y decidido. Le gustaba ganar siempre y por eso, apenas se le presentaba la oportunidad, se robaba los pozos, aunque fuesen mínimos, apenas ocho a diez cartas recién acumuladas. Armaba canastas limpias y sucias sin distinción. Todo era bueno para él, porque iba sumando. En esas ocasiones nos contagiaba con su estilo y los juegos resultaban livianos, rápidos y agradables.&lt;br /&gt;Pero si el pozo se iba acumulando crecía la ansiedad en los cuatro jugadores, como sucede al aproximarse uno a la esquina que supuestamente esconde al bandido. El simple hecho de robar y botar nos paralizaba el corazón y cualquier transeúnte que hubiese levantado la cabeza para mirar la escena por la ventana se habría topado con un cuarteto del terror. Cada carta abierta que se arrojaba a la mesa equivalía a una bomba de tiempo que aumentaba la altura del pozo. Sólo perdía su poder cuando el jugador la despreciaba, para preferir la misteriosa, la tapada, la que disminuía el mazo. ¿Era la que necesitaba para bajarse y hacer suyo el pozo? ¿No? Decepción de uno, alivio de tres y nuevamente el alma en un hilo, al momento de botar, seguir engrosando el mazo y esperar la reacción del próximo jugador.&lt;br /&gt;Mi mamá era expresiva y alegre, tenía esa capacidad de sorprenderse de todo, y cuando la suerte le sonreía anunciaba su triunfo a viva voz, lo que presagiaba tormenta. Mi padre estallaba en cólera y a menudo las cartas volando por el comedor daban por terminada la sesión de un zuácate. Por eso yo tenía la costumbre de ganar sin gran ostentación, si era su contrario, y&amp;nbsp;de no cometer errores infantiles si me tocaba por pareja.&lt;br /&gt;Cuando la fortuna premiaba a mi papá, se le atragantaba la voz y casi no podía articular palabra por los nervios. Prácticamente se olvidaba del mundo con las decenas de cartas que le habían llegado del cielo, y al exhibir su espacio en la mesa repleto de canastas limpias, canastas por armar y una que otra canasta sucia se reía solo, con la vista fija en el tesoro. Luego, apenas acabado ese juego, se deleitaba explicándonos su hazaña. Cómo aguardé con paciencia. La angustia que me vino cuando del otro lado lanzaron una carta que necesitaba. Y esa&amp;nbsp;jugada en que desprecié el pozo, por considerarlo chico. Nosotros lo escuchábamos porque nos gustaba verlo alegre, adorábamos esa alegría infantil que le venía tan de tarde en tarde. Mi madre sonreía a medias, picada. &amp;nbsp; &lt;br /&gt;Si la primera partida culminaba de manera civilizada había un entretiempo en el que nos preparábamos café batido, una moda que en ese tiempo imperaba en Rancagua y que consistía en batir el Nescafé de la tacita con poquísima agua -más de media cucharada y menos de tres cuartos-&amp;nbsp;cantidad precisa que hacía surgir una densa mezcla blanquecina que al momento del relleno quedaba convertida en sabrosa espuma. Con las cuatro tacitas en la mesa iniciábamos una nueva canasta y así se nos iba el día, hasta que el reloj daba las diez y terminaba el juego. Separábamos el naipe en dos, echábamos cada mazo en su correspondiente envase y las cartas desaparecían dentro del cajón del escritorio. Las luces se apagaban, mis padres se iban a acostar a su cama de plaza y media, nosotros a nuestro dormitorio y por lo general un rosario de pedos de mi padre, acompañado de la inútil protesta de mi madre, le corrían la cortina al día.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1291866274337044806?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1291866274337044806/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1291866274337044806' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1291866274337044806'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1291866274337044806'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/05/canasta.html' title='Canasta'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1931909129744432382</id><published>2011-05-09T12:05:00.020-04:00</published><updated>2011-07-05T13:21:04.076-04:00</updated><title type='text'>Informe fallido sobre el paso de una sombra</title><content type='html'>La cantidad inicial de dinero que se me puso sobre la mesa era desproporcionada, rayana en lo insólito. Acepté la misión, mas sabiendo de antemano que se trataba de una misión imposible. Debía seguir los pasos de una sombra, de una determinada sombra, y redactar un informe. No hablaré de quien me formuló el encargo; equivaldría a cambiarle el blanco al tiro. Por lo demás, la esencia del informe caería en falta si diera luces o versara sobre el motor, por no decir el cerebro de esta investigación.&lt;br /&gt;En cuanto a la sombra... confieso que los primeros días la misión se me hizo más llevadera de lo que había imaginado. No era una sombra... diría... muy activa, movediza. Se desplazaba en torno a ciertos espacios, que con el tiempo marqué con detalle sobre el plano&amp;nbsp;de la ciudad. Iba de su casa al trabajo, del trabajo al bar, del bar a su casa. Los fines de semana visitaba un supermercado, un parque, un cine, por las noches algún departamento. En muy contadas ocasiones se desvió por callejuelas tortuosas; dos veces la vi entrar al hipódromo. Una vez al año se subía a un tren y partía hacia el sur. A los 15 días exactos retornaba a su casa y a su rutina.&lt;br /&gt;Dichas las cosas de este modo, todos afirmarán que me gané el dinero fácilmente. Cuán errados los necios incapaces de mirar bajo las aguas. Aún espero la remesa faltante y sé que no vendrá. Mi informe resultó vago; el cerebro vigilante exigió precisiones y al no poder entregárselas, no ha vuelto a dar&amp;nbsp;señales&amp;nbsp;de vida.&lt;br /&gt;Y es que jamás logré saber realmente nada de esta sombra; ni siquiera puedo asegurar a estas alturas si es la misma sombra o son varias, millones de sombras que se camuflan entre ellas, comparten una carrera de postas.&lt;br /&gt;La sombra salía efectivamente de su casa a cierta hora; pero ¿era ella, en circunstancias&amp;nbsp;que por las noches, al apagar la luz para meterse a la cama, desaparecía?&lt;br /&gt;La sombra, como toda sombra, vivía de la luz. Bastaba una leve nube, el más leve asomo de tiniebla para que dejara de existir. ¿Era &lt;em&gt;mi sombra&lt;/em&gt; al volver el sol? ¡Cómo saberlo!&lt;br /&gt;Había momentos en que se transformaba en dos sombras. Sucedía cuando se interponían en su esencia dos haces de luz. ¿Cuál era la verdadera? ¡Nunca lo supe!&lt;br /&gt;En la multitud se me confundía, entre tantas parecidas. Cuántas veces, al bajar del Metro, perseguí a la que no era. ¿Cómo hablarle, cómo averiguar de propia fuente sus desvelos, cómo levantarla cual alfombra para observar sus pliegues ocultos? ¡Tarea obscena!&lt;br /&gt;Ni siquiera logré saber cuándo nació, cuando se desprendió de su cuerpo físico. Eso hizo las cosas aun más difíciles pues,&amp;nbsp;al no poder intercambiar palabra alguna con ella, jamás pude comprobar mis datos de primera fuente. Una noche la invité a la taberna; pensé que era abstemia o que temía que le hiciera una encerrona, porque entré y se quedó en la esquina, bajo el farol. Me arrimé a la chimenea y ordené una jarra de cerveza negra con dos vasos. Afuera hacía un frío que calaba los huesos. Al verme solo, el mozo&amp;nbsp;me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que&amp;nbsp;el otro vaso era para &lt;em&gt;mi invitada&lt;/em&gt;. La sombra entró a regañadientes, se hizo la sentida y no hubo modo de levantarla del suelo. Me enfurecí y le di un par de gritos que alertaron a los parroquianos.&amp;nbsp;Se levantó y se fue contra la pared, como esos animales asustados que se cubren la cola. En la pared iba de un lado a otro; cuando pasó frente a la ventana me fijé que los vidrios estaban llorando. Me pareció de&amp;nbsp;una brutalidad sin nombre continuar torturándola con preguntas estúpidas y abandoné mi afán. Antes de que me tomaran por loco salimos de la taberna; sabía que me venía siguiendo, ni siquiera miré hacia atrás. La sombra se desplazaba como un perro apaleado.&lt;br /&gt;Alguna vez comprobé con mis propios ojos los segundos en que su forma se redujo a una suerte de enanismo grotesco, achaparrado; también la vi adoptar&amp;nbsp;trazos dignos de El Greco. El último día que fui testigo de algo así se echó a volar, sin despegarse del suelo, hasta que la línea se estiró tanto que terminó por&amp;nbsp;confundirse con la llovizna del invierno. Esa misma tarde redacté el informe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1931909129744432382?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1931909129744432382/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1931909129744432382' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1931909129744432382'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1931909129744432382'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/05/investigacion-abortada-sobre-el-paso-de.html' title='Informe fallido sobre el paso de una sombra'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8019799892447875531</id><published>2011-05-03T15:21:00.004-03:00</published><updated>2011-06-13T14:03:25.099-04:00</updated><title type='text'>Engañarse a uno mismo</title><content type='html'>Irse apagando, descubrir valores, reconocerse. El tiempo cambia para bien. Revela la verdad. La verdad puede asumirse o combatirse. Hay culpa, deseo, goce y suplicio en medio; no es una decisión fácil.&lt;br /&gt;Empantanarse en la locura. Aferrarse a los mitos. La historia de Tristán e Isolda es sublime, pero a fin de cuentas es sólo una ópera, estoy hablando de la ópera, de un espectáculo al atardecer, sentado en la butaca, echando una cabezadita ante la pesadez del drama.&lt;br /&gt;Y de pronto un rayo, que lo pulveriza todo.&lt;br /&gt;Engañarse a uno mismo. ¿Quién no se engaña? ¿Hasta dónde estoy seguro de&amp;nbsp;lo que pienso? ¿Por qué me avergüenzo de mis pensamientos de joven sino porque eran ridículos? ¿O así era yo? No, así no era yo. Yo era más bien como soy ahora, pero tenía mucha cáscara. Ahora me queda aún la piel; espero que con&amp;nbsp;el tiempo ésta se renueve o caiga y deje mi nervadura al desnudo.&lt;br /&gt;La vida es tan corta; tengo la impresión de que su fin es la preparación para los últimos días, aquellos en que no cuentan la esperanza, la vanidad, los halagos ni los apetitos. El enfermo no se pregunta ¿para esto viví? Se pregunta ¿qué sentido tuvo lo que hice antes?&amp;nbsp;En su lecho&amp;nbsp;no valen los trabajos ni los triunfos. Sus diabluras de sano pasan por mentiras piadosas y la corte sólo está pensando muérete luego.&lt;br /&gt;No es que ya esté enfermo, pero si no muero antes de estarlo, lo voy a estar. Entonces ya me habré hecho las preguntas, tendré ahorro acumulado&amp;nbsp;y me quedará todavía un poco de tiempo para vivir la vida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8019799892447875531?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8019799892447875531/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8019799892447875531' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8019799892447875531'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8019799892447875531'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/05/enganarse-uno-mismo.html' title='Engañarse a uno mismo'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5521692606478340064</id><published>2011-04-28T23:08:00.006-03:00</published><updated>2011-05-05T15:59:46.333-03:00</updated><title type='text'>Los temas</title><content type='html'>¿De qué versa hoy una novela que se precie de tal? Los grandes temas en Chile: la pedofilia y las perversiones de los religiosos, las minorías sexuales, la infidelidad sin&amp;nbsp;culpa, el matrimonio como fenómeno efímero,&amp;nbsp;los mapuches,&amp;nbsp;el daño a la naturaleza por parte de los grandes consorcios económicos, todo aquello que tenga que ver con la mujer, especialmente si tiene menos de 40 años, el rock de los 80 y los 90. Una novela que verse sobre alguno de estos tópicos, estando medianamente bien contada; esto es, sin demasiadas faltas de ortografía y con un par de polvos relativamente exóticos y crímenes entre&amp;nbsp;medio (desarrollar: qué es lo exótico hoy en día), será éxito seguro.&lt;br /&gt;Debo admitir que al pensar en estos temas me pongo a bostezar.&amp;nbsp;Ustedes son testigos de que no suelen aparecer en mis escritos. Debe de ser porque tengo bastante más de 50 años, porque ya no marcho con la corriente, porque me da acaso lo mismo marchar con la corriente,&amp;nbsp;casi diría que me apasiona marchar en contra de la corriente con cierta violencia; o porque, por el hecho de ser periodista, terminé por hastiarme de la noticia del día.&lt;br /&gt;No me siento un ser social. He dicho alguna vez que me las he ingeniado para hacerme el&amp;nbsp;adaptado, no siéndolo. Quienes me conocen personalmente se sorprenden de mis escritos. Quienes me leen se desilusionarían si me conocieran. Mi tarde ideal se compone de siesta,&amp;nbsp;once con sopaipillas pasadas, un vaso de whisky al caer la noche y un paseo a la perrita con&amp;nbsp;mi mujer. Mi relato ideal trataría sobre la inmensidad del absurdo en un extraño lugar creado por mi imaginación. Mis amigos hablan de mi doble personalidad; terminé por darles la razón. No tengo remedio. Lo bueno de ponerse viejo es aceptarse.&lt;br /&gt;Y sin embargo estoy metido en esto,&amp;nbsp;es lo malo. No puede uno evitar vivir en el mundo en el que vive. Si hubiere una guerra, tendría que alinearme. Agradezco a la paz del mismo modo en que agradezco a la rueda de la fortuna por haber girado a mi favor. Cuando estuvimos a punto de la guerra civil, me abandericé como todos. Habría tenido que matar a mis enemigos, si hubiese llegado la hora. Diariamente discutía con mis padres y mis tíos, ellos no me entendían, yo no los entendía. Había un abismo entre ambas posiciones. De esos días es la canción "Todos juntos", de Los Jaivas, a quien con tanta liviandad se les tilda hoy de izquierdistas. Esa canción no era ni izquierdista ni momia. Era para todos juntos. Por eso la cantaban unos y otros, pero sin creer en ella. "Todos juntos" no entendía lo que pasaba en Chile y Chile no entendía "Todos juntos". Ahora todos la entienden, porque a&amp;nbsp;nadie compromete. Y por eso hoy es tan fácil condenar los crímenes de esos años. La sangre ya no salpica, se quedó en el cuerpo de las víctimas y sus victimarios. Hoy es más fácil ser joven.&lt;br /&gt;Prefiero las cosas difíciles. Lo fácil no dura. Es inconsistente, no deja huella. ¿Qué queda tras una rica cena en el Barrio Bellavista? ¡Qué bien lo pasamos anoche!&lt;br /&gt;Admiro a aquellos aun más complicados que yo; es decir, a los que se atreven a bucear en las profundidades abisales y a los&amp;nbsp;bienaventurados románticos que se rigen por&amp;nbsp;ideales supremos. A los que han leído mucho, a quienes han dedicado su vida a la lectura, a los pobres de situación y ricos de conocimiento, a los que me cuesta entender. A Vargas Llosa le tengo un enorme respeto por su peso intelectual,&amp;nbsp;su palabra siempre certera, sus análisis profundos, su narración limpia y brillante, pero&amp;nbsp;no lo admiro. En cambio admiro a Hoffmann con sus errores, el filo de Salinger, la audacia de Byron, incluso la honestidad del marqués de&amp;nbsp;Sade. A Bolaño le tengo una envidia secreta, que hoy confieso. Somos del mismo año; él dio sus frutos, yo he dado poco y nada.&lt;br /&gt;En cuanto al discurso, no me canso de dar las gracias por mi anonimato. Me permite escribir de lo que siento y me exime de&amp;nbsp;hablar en público. No tengo que justificar tema alguno ni pasar por esos horrendos exámenes de ingenio que son las entrevistas. Elijo mis temas de acuerdo con mi estado de ánimo o para sacarme una espina que se me atravesó de repente, en&amp;nbsp; el sueño, durante un descanso, mientras doy una caminata, al recordar, al mirar las nubes.&lt;br /&gt;¿Está exento el artista de las prohibiciones a las que la sociedad somete al hombre común? No en los hechos, sí en la obra. La obra no es un hecho, la obra es un destello de la imaginación y así, debe sortear incólume&amp;nbsp;el filtro de la censura. El que la historia registre tantas excepciones no invalida la regla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5521692606478340064?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5521692606478340064/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5521692606478340064' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5521692606478340064'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5521692606478340064'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/04/los-temas.html' title='Los temas'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-3746722902039388815</id><published>2011-03-28T14:22:00.009-03:00</published><updated>2011-04-02T01:43:43.428-03:00</updated><title type='text'>El billete</title><content type='html'>La abuela Ángela tenía fama, más que de avara, de cuidadosa con su dinero. Cuando el abuelo Isidoro abandonó el hogar, por motivos desconocidos, ella se hizo cargo del quiosco y asumió la tarea de sacar adelante la casa con sus cuatro hijos incluidos, a quienes crió con filosofía espartana. Tanto fue así que, cada vez que tomaba sus copas, que era bien seguido, mi padre recordaba que no había tenido infancia y que debía vender diarios a pie pelado en pleno invierno, "y no un diario cualquiera, sino&amp;nbsp;uno que no leía nadie y que tenía que ofrecérselo a los curaditos que tomaban en las cantinas, porque había que volver al quiosco con los diarios vendidos y ellos eran los únicos que me lo compraban, por lástima", agregaba, echando sus lagrimones, yo creo que tanto por esos curaditos como por el niño que vendía diarios, lo que su alma traducía como dos imágenes de sí mismo en distintas etapas de su vida. La cantinela de la venta de diarios a pie pelado me enfurecía. Lo juzgaba duramente: lo hallaba cobarde y débil por entregarse tan fácilmente a la bebida y por lamentarse de su suerte, que no era mala. Muchas veces pensé, caminando hacia el liceo,&amp;nbsp;que nuestro hogar iría mejor si él faltara; o sea, si estuviera muerto. Nunca he terminado de arrepentirme de haber sentido así. Mi padre fue un hombre bueno y realmente sabía de lo que estaba hablando.&lt;br /&gt;Para las navidades y los cumpleaños, la abuela Ángela nos regalaba dinero contante y sonante, que era lo que ella más apreciaba, ya que lo natural, aunque no lo deseable, es hacer regalos al gusto de uno. Mi papá adoptó esa costumbre a medias y un par de veces recibí de él un sobre con un suculento monto, que hizo más entretenidas mis vacaciones. Pero la Navidad que se fijó en mi mente, no tanto por la Navidad sino por el regalo, incluso no tanto por el regalo&amp;nbsp;sino por las consecuencias que tuvo, fue aquella en que la abuela Ángela nos regaló al Vitorio y a mí un billete a cada uno, pero de una suma desproporcionada para la edad que teníamos. Lamentablamente mi mala memoria me obliga a hacer aquí un paréntesis. Lo que recuerdo es que era un billete azul de 50 pesos. La realidad me dice que si hubiese sido así estaría hablando del año 1959, de un billete más bien verdoso y que tanto valor no tenía, y del Vitorio&amp;nbsp;con apenas 4 años y yo con seis. Pudo haber sido entonces un billete de cien escudos de 1960 o 1961, que sí era azul, pero bastante más grande de lo que recuerdo y, sobre todo, carísimo para cualquier bolsillo. Curiosamente, lo que más se asemeja a mi recuerdo es el billete azul de 5 pesos, que ya en esa época no valía casi nada. Cualquiera que escribe o que lee sobre el asunto se dará cuenta de lo difícil que es hablar de montos de dinero en un relato. Por eso me quedo con mi vago recuerdo: era un billete azul que representaba una suma desproporcionada para nosotros. Y por eso no fue raro que a partir del 26 de diciembre mi mamá empezara a advertirnos la importancia que tenía ese billete y el cuidado que debíamos darle. Eso quería decir derechamente que no se nos ocurriera gastarlo. Hoy pienso que simplemente debió retener los dos billetes o depositarlos en el banco; así habrían estado más seguros a costa de un breve momento de pesar por parte nuestra, ya que, todos saben, los verdaderos niños no se apasionan por los billetes.&lt;br /&gt;Pero no lo hizo así y todos los días amanecían en los veladores.&lt;br /&gt;A seis cuadras de nuestra casa, lo que se dice desde Bueras 129 a Independencia con Astorga,&amp;nbsp;estaba la librería Cervantes, peligro público para las fantasías&amp;nbsp;infantiles. En marzo exhibía cuadernos, lápices, gomas&amp;nbsp;y libros de asignaturas, pero el resto del año sus dueños&amp;nbsp;se veían obligados a ocupar la vitrina con cualquier cosa, pistolas, espadas romanas, autitos a fricción, rompecabezas, pelotas, naves interplanetarias, revólveres con estuche y fulminante, trenes eléctricos con sus casitas y estaciones, armónicas pequeñas, medianas y profesionales, colecciones de estampillas, un cuantuay. Cada visita al centro resultaba un martirio para nosotros y a mi mamá, siempre apurada,&amp;nbsp;le costaba despegarnos de esa vitrina. A regañadientes la obedecíamos y entrábamos con ella al banco, un lugar tan diferente, tan extraño, tan frío, lleno de mármoles, personas silenciosas de corbata, mujeres de taco alto, otra Rancagua en esas limpias paredes de colores grises y techos diría incluso más altos que&amp;nbsp;las naves de la catedral. Allí pasábamos bostezando buena parte de la mañana, hasta que la atendían. A la salida siempre le quedaban dos o tres diligencias, ya que el viaje al centro había que aprovecharlo.&lt;br /&gt;Los billetes, durmiendo.&lt;br /&gt;Una de esas mañanas saqué mi billete y le propuse al Vitorio que hiciera lo mismo y fuéramos a la librería Cervantes a ver juguetes, solo a ver. Él me obedeció al instante y partimos, muy alegres ante la perspectiva que nos deparaba el día. Y en efecto, apenas llegamos nos quedamos clavados ante la vitrina unos buenos 15 minutos, tratando de abarcar toda la variedad de objetos que se exhibían ante nuestros ojos. Recuerdo que solo una vez en mi vida volví a sentir algo parecido y fue en otra librería, ante un afiche que capturó mi mente y que anunciaba un circo que pasaba por Rancagua. Debido a un extraño segundo de encantamiento, los números del espectáculo se me iban revelando como si fuese la primera vez que los conociera. Mix y Max, la traviesa pareja de canes dotados de inteligencia superior que desafían mortales anillos de fuego. Glotón y Zenón, ¡los increíbles osos basquetbolistas de Siberia! Desde lo más profundo de la selva africana, ¡Rex, temible león asesino y su corte de fieras! Razhán el ilusionista hindú que desafía a la muerte. Los hermanos Ramírez Roldán y su increíble Cristo Humano Aéreo. La mujer de brazos de goma. El asombroso malabarista ciego. El circo se llamaba naturalmente "Las águilas humanas" y en ese estado de fascinación que dominaba mis sentidos el nombre fue el colmo de la maravilla: ¡hombres alados surcando las alturas!, rozando la carpa con las plumas. En ese momento desperté de la hipnosis y me di cuenta de que era el mismo circo de todos los años. Cada palabra del afiche, sobre todo cada adjetivo, volvió a su sentido ordinario, gastado, y terminó la magia.&lt;br /&gt;Así pasó con la vitrina de la librería Cervantes. La magia terminó en el momento en que habíamos asimilado las posibilidades que ofrecían todos los juguetes.&lt;br /&gt;A mí me había gustado sobre todo una pistolita negra de fulminante, como las que usaban los gángsters de las películas, y cuando regresábamos a la población le pregunté al Vitorio si también le había gustado. Me dijo que sí. Le propuse que nos compráramos una cada uno y aceptó de inmediato, de modo que no habíamos andado ni media cuadra cuando ya estábamos de nuevo frente a la vitrina. La pistola valía el equivalente a la décima parte de cada billete. Dudamos un par de minutos, por la vergüenza que daba entrar a la librería a comprar, y al final entramos. Preguntamos por las pistolitas y mostramos nuestros billetes. El dependiente no se hizo ningún problema. Al salir me di cuenta de que comprar era fácil. Bastaba ordenar el producto, pasar el dinero y recibir el vuelto. ¡Y todavía nos quedaba tanta plata!&lt;br /&gt;Volvimos felices a la casa, pero un imán nos arrastró ansiosamente a la librería. En fin, cada entrada y cada salida nos fue llenando el bolsillo izquierdo de juguetes y vaciando el derecho de dinero. Salimos por última vez del local con dos bolsitas de juguetes y cuatro chauchas en los bolsillos.&lt;br /&gt;La felicidad era completa, pero íntimamente sentía que algo no marchaba como reloj. Solo cuando mi mamá nos preguntó de dónde habíamos tantas cosas fue que empecé a preocuparme. Le conté nuestra aventura y no le pareció nada bien. Pronunció una filípica sobre el dinero y su significado, esas cosas que dicen los papás cuando tratan de enseñar con palabras, y remató advirtiendo que esto lo sabría mi papá a la hora de almuerzo. No recuerdo si nos castigaron, no recuerdo que jamás nos hayan castigado realmente, salvo en una graciosa ocasión, pero eso quedará para otra historia. Creo que ese día bastó la profunda desilusión que mi mamá demostró hacia mi persona. De ahí en adelante el dinero fue para mí algo más valioso que lo que se puede comprar con él, una especie de seguro de vida, un fajo de papeles que es mejor tener que no tener, un fajo de papeles que deben esconderse, ahorro, mezquindad, contención, cálculo, prudencia, nunca dar el paso decisivo porque siempre el paso siguiente puede ser el realmente importante, la felicidad está en las cosas materiales, palabras y&amp;nbsp;pensamientos que se me quedaron pegados y de los que ya no me logré zafar, porque los viejos no renuevan la piel, solo van parchando las cáscaras maduras que se les desprenden del cuerpo con el tiempo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-3746722902039388815?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/3746722902039388815/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=3746722902039388815' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3746722902039388815'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/3746722902039388815'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/03/el-billete.html' title='El billete'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4807375042114480628</id><published>2011-03-07T14:05:00.025-03:00</published><updated>2011-06-14T00:50:58.394-04:00</updated><title type='text'>Marpyc (I)</title><content type='html'>&lt;em&gt;Un nuevo inquilino&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy llegó un nuevo inquilino. Cuando se presentó ante la vieja pronunció solamente su nombre. Sospecho que este asunto me obligará a quedarme un tiempo más en la casa. Mis planes eran otros, pero &lt;i&gt;la vida es así&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;Subió la escalera portando una maleta no sin dificultad. Vestía abrigo negro&lt;span style="background-color: white;"&gt;. La vieja&lt;/span&gt; le abrió la puerta desde el segundo piso, accionando el cordelito que corre bajo la baranda curva. Si no fuera cortada abruptamente por la mampara, la escalera alfombrada de rojo iría a dar a la misma calle. La mampara le imprime una cierta alegría melancólica a las paredes empapeladas de la&amp;nbsp;pensión; desde sus vitrales despide luces de todos colores. La verdadera puerta, que es la que cierra la casa, se encuentra un largo metro &lt;span style="background-color: white;"&gt;detrás&lt;/span&gt; de ella y es infranqueable.&lt;br /&gt;De la esquina se han dicho tantas cosas. Un día escuché que por allí pasaban los tranvías y que la gente colgaba en las pisaderas. Antes que eso me llegan ecos de trotes de caballos y conversaciones como aquellas que se escuchan en la cañada en un día de ventolera. Al frente hay un viejo café, un café de barrio le han llamado, de esos que venden pasteles&amp;nbsp;añejos y huelen a grasa y encierro, pero que aun así resultan&amp;nbsp;agradables por su atmósfera provinciana, por su silencio de vez en cuando matizado por una canción de Sandro y por la mirada soñadora, es decir estúpida,&amp;nbsp;de la linda&amp;nbsp;jovencita que atiende las mesas. El café envejece, la chica se va y es reemplazada por otra parecida. Me dijeron que tres de ellas&amp;nbsp;se&amp;nbsp;casaron y hoy crían a sus hijos; el de la primera de las tres ya entró a la escuela y salió inteligente, ella lo va a dejar todos los días a la puerta del colegio&amp;nbsp;porque teme que alguien lo rapte, desde que era niña había tenido esa inquietud, con el correr de los años la preocupación derivó en temor y cuentan que el miedo la terminó por transformar en una obsesiva, de modo que la mesera de los ojos soñadores se&amp;nbsp;convirtió en una máquina de la patología y sus días felices forman&amp;nbsp;parte de su pasado. El niño hubiese tenido un horizonte esplendoroso, pero su inteligencia se&amp;nbsp;ha torcido tempranamente y aunque le aguarda un futuro de éxitos en la abogacía, hoy se lo ve transitar por el sendero de la desconfianza.&lt;br /&gt;Por la calle que corre de oriente a poniente&amp;nbsp;se encuentra el instituto de idiomas y por la calle que lo&amp;nbsp;hace de norte a sur se ubica una sucursal de la compañía de teléfonos. Todo esto me lo han contado o lo he sabido de oídas; las veces que&amp;nbsp;la puerta se abrió y logré asomarme al descanso de la escalera,&amp;nbsp;la luz del exterior me encegueció. Jamás he podido ver los desfiles frente a La Moneda, las manifestaciones, los bombardeos&amp;nbsp;o las balaceras. El retumbar de las bombas y el silbido de las balas me llegan como&amp;nbsp;premios de consuelo; no mentiría si dijera que en ciertas ocasiones empiezo a odiar&amp;nbsp;la situación en que me encuentro, pero si pudiese cambiar&amp;nbsp;las cosas las&amp;nbsp;dejaría tal cual.&lt;br /&gt;Lo primero que le sorprendió al nuevo inquilino fue que allá afuera todo fuese tan variable, en tanto que aquí adentro... aquí se siente que las olas llegan hasta el muro de la pensión, rebotan y se van. Si había comprobado que su vida había transcurrido hasta hoy en un mar cambiante no lo había incorporado a su ser. Ahora era&amp;nbsp;consciente de esta realidad y no le molestó, aunque hubiese preferido que las cosas&amp;nbsp;no fueran tan rígidas. De acuerdo con sus aspiraciones, para entrar en acción se necesitaba algo de ruptura; de otro modo sus planes resultarían no sólo fingidos, sino que artificiales; esto es, falsos o incluso fantasiosos.&lt;br /&gt;La vieja le enseñó su habitación y le cobró dos meses por adelantado. Marpyc no protestó, pues intuia las reglas. Deseaba estar solo y se lo hizo saber; la veterana refunfuñó y se fue. Marpyc cerró la puerta suavemente, pero bastó ese sonido para que bajara volando desde el tercer piso con sigilo y se instalara ante la cerradura. Sin sacarse el abrigo, Marpyc había abierto la maleta&amp;nbsp;y examinaba lo que parecían ser unos planos. Desde el ojo de la cerradura solo era posible ver sus manos aferradas al papel, que se levantaba como una muralla blanca para taparle la cara. Al advertir las uñas largas y manchadas de nicotina de su nuevo inquilino se irritó. Desconfiaba de las uñas largas, pero en el fondo odiaba sentirse engañada o, peor aún, dejarse engañar. Ya no podía rechazarlo, Marpyc le había pagado en efectivo y se había instalado con todo derecho en su pensión. Habría hecho el ridículo sacándole a relucir el argumento de las uñas.&lt;br /&gt;Marpyc efectivamente estudiaba ansiosamente unos planos mientras fumaba. El humo brotaba de sus labios finos, revoloteaba un momento sobre la mesa y luego&amp;nbsp;subía hacia el cielo de la habitación. Allí se combinaba con la pintura y desaparecía. De esto, la vieja sólo veía las uñas, los planos&amp;nbsp;y el humo de segunda mano. Cuando consideró que sus huesos la estaban traicionando se levantó con algún esfuerzo y volvió a sus asuntos, prometiéndose hablar con él esa misma tarde.&lt;br /&gt;Monsieur Potin leía distraídamente en su pieza, con la puerta entreabierta,&amp;nbsp;cuando pasó la vieja. Él no la sintió; ella lo vio&amp;nbsp;y siguió de largo. El hombre lucía extraordinariamente encorvado; apenas se le adivinaba la cabeza entre el libro y la dimensión desproporcionada de su espalda. Yo siempre&amp;nbsp;lo he conocido así, aunque la verdad es que cada día me parece que se giba un poco más, pero dicen que antes de llegar a la pensión era una persona fuerte y erguida. A mí me llama la atención la cantidad de sobres sin abrir que se amontonan en la mesa, en el piso, en cualquier rincón de su habitáculo. Cada vez que le preguntan por ellos dice que son materias que tiene pendientes, no habla de cuentas&amp;nbsp;sino de "materias" y debe ser cierto, porque jamás ha venido nadie a cobrarle algo, menos a intentar embargarlo luciendo una orden judicial. En cuanto a su personalidad, siempre anda diciendo que la vida debe tener un sentido, pero si le preguntan cuál sentido se&amp;nbsp;empieza a enredar y suele poner punto final a la conversación, enfadado. Lo que es yo, jamás lo he visto hacer otra cosa que leer, de modo que ese debe de ser el sentido de la vida. Pero si estuviera en su cuerpo empezaría por abrir los sobres y ordenar la pieza, y recién entonces le buscaría el sentido a la vida. O será que soy de otra laya. Sus libros predilectos son los de historia, sobre todo de guerra; también lee las novelas policiales de Simenon y Agatha Christie, las tiene todas. Un día le regalaron un&amp;nbsp; libro de P. D. James y lo devolvió. Dijo que no le había gustado porque era demasiado moderno. La señorita Inés lo invitó a su cumpleaños y cuando todos estábamos en la pieza de la señorita Inés, Mario fue y le escondió todos los libros, sin excepción. No le dejó ni siquiera uno a la vista a modo de consuelo. Al regresar a su morada, Monsieur Potin lanzó un gritito apagado, casi no se le sentía la voz: ¡Mis libros!... ¡mis libros!... ¡qué voy a hacer! La señorita Inés lo vio tan mal que entre todos le confesaron que se trataba de una broma y le devolvieron sus libros. Aún no se me borra del alma su mirada de angustia. Por un instante su vida dejó de tener sentido y nada pudo llenar ese tiempo vacío.&lt;br /&gt;¿Qué más podría decir de esta pensión, antes de entrar en materia?&lt;br /&gt;Mario se pasa las noches comiendo huevos revueltos con tomate que le roba a la vieja, que es&amp;nbsp;su&amp;nbsp;tía abuela. Mario la odia y si en algo he de estar de acuerdo con&amp;nbsp;él, ya que desapruebo casi todas sus demás conductas,&amp;nbsp;es en que la vieja se hace odiar. A cada inquilino le lleva personalmente su desayuno a la pieza por las mañanas. Lo hace no con un afán de servicio, sino para asegurarse de que no se malgaste la mantequilla. Lo afirmo con conocimiento de causa, pues soy directo testigo del momento en que la saca del refrigerador y la unta apenas con el cuchillo en láminas transparentes que esparce sobre el pan tostado, y cuando hablo de pan tostado hablo de pan que se remoja y se tuesta para no delatar lo añejo que está.&lt;br /&gt;La vieja se llama Rosa Bouquet. Quisiera creer que aquí todos son franceses, pero no es así. Los apellidos engañan. Los tres hijos de la señora Maluenda a veces hablan más francés que castellano. Y es que a Monsieur Potin y a la vieja les da por saludarse en francés y los hijos los escuchan y repiten todo el santo día bon jour, bon jour, bon jour, hasta que escuchan una nueva palabra y sus bocas cambian de sonido. Son unos tipos bastante raros para su edad, tal vez por eso la señora Maluenda no los saca casi nunca de la pieza, tanto así que ese día del cumpleaños le extrañó a todo el mundo que se hicieran presentes. La madre apareció con los tres correctamente vestidos. Lo único que los diferenciaba era el color de la corbata. El mayor, cuadritos escoceses rojinegros; el del medio, cuadritos verdinegros y el más chico cuadritos blanquinegros. Esa tarde nos volvieron locos con&amp;nbsp;sus repeticiones de todo tipo. La&amp;nbsp;señorita Inés brindaba a la salud de todos y los tres decían salud, salud, salud, salud y levantaban la mano vacía, ya que la señora Maluenda no les permite beber, hasta&amp;nbsp;que&amp;nbsp;se les metía una nueva palabra en el cerebro y entonces decían vino, vino, vino, vino, alegría, alegría, alegría, alegría, alegría, esgrimiendo unas sonrisas sardónicas, absolutamente desprovistas de sentimiento. Lo peor vino cuando uno de ellos comenzó a escarbarse la nariz y los dos restantes hicieron lo mismo y de pronto los tres se chupaban el dedo. Se estaban tornando insoportables y la señora Maluenda no reaccionaba, porque para ella son sus chiches y además se había ido entonando; la verdad, ni siquiera se acordaba de sus hijos. Si no hubiese sido por la angustia de Monsieur Potin, que puso fin a la fiesta, creo que todos nos habríamos tratado de arrojar por la ventana, a sabiendas de que naturalmente era imposible. O sea, vivimos el horror de Monsieur Potin elevado al cuadrado y creo que ese fue el castigo de Dios por la broma de los libros.&lt;br /&gt;Una vez que cada uno retornó a su habitación comenzaron los verdaderos&amp;nbsp;ruidos nocturnos, aquellos que se dan dentro de las piezas y en los pasillos. En las casas viejas como éstas el silencio se transforma en un tesoro de doble faz. Como reina sobre los sonidos, cada excepción&amp;nbsp;se hace merecedora de una atención especial; si viviéramos llenos de ruidos nada&amp;nbsp;importaría, ni siquiera las balaceras ni las bombas. Me da la impresión de que precisamente eso es lo que hace llevadera la vida&amp;nbsp;allá afuera. Al menos, así lo he sabido por los inquilinos que van llegando, cuando se produce un cupo. En cambio aquí adentro... no miento si digo que he escuchado conversaciones entre dos personas que habitan en el segundo y en el cuarto piso, cada una de ellas tranquilamente sentada dentro de su pieza, en una silla o en una mecedora, una mientras teje y la otra mientras hojea un libro. Pero entonces basta que&amp;nbsp;una rata se deslice pegada al guardapolvos de un muro para que el diálogo se interrumpa y uno de los dos alerte al otro, ¿sintió? ¿Lo sintió? ¿Usted también lo oyó? y todo queda entre ambos, como si fuera un secreto. Del cielo baja una luz tenue, de colores que pueden ir cambiando de acuerdo con el estado de la atmósfera, y así el silencio adquiere matices brillantes, cálidos o melancólicos, así como los ruidos pueden ser violetas, anaranjados. La desesperación se adueña del edificio hasta sus más recónditos ángulos cuando la vieja desconecta la conexión eléctrica, a las once en punto de la noche. Todos pensamos que lo hace para ahorrar energía; en el fondo, para pagar una cuenta menor a fin de mes y así sacarles más partido a las mensualidades que recibe de manos de cada inquilino, pero en este caso las cosas tampoco son lo que aparentan: creo que la vieja lo hace simplemente por costumbre. Heredó el hábito y jamás se lo cuestionó. Y lo que piensen los habitantes del edificio le importó un comino. Así, por lo demás, es ella. Y en ese sentido confieso que se ha ganado cierto estatus ante mis ojos. Es capaz de transitar&amp;nbsp;indiferente en medio del terror, no se inmuta si escucha un aullido; al contrario, corre a la puerta y se planta con el ojo abierto a más no poder ante la cerradura.&lt;br /&gt;En cuanto a los inquilinos, puedo afirmar sin soberbia que les he ido tomando el pulso con los años y no pecaría si conjeturara que son todos unos dominadores, lo que es algo que calificaría de extraordinario, pues desde luego el porcentaje de dominadores es bastante reducido en la tierra, diría que apenas se aproxima al 15 por ciento de los seres humanos vivos. En mi corta existencia ya he visto tanto... los verdaderos dominadores tal vez engañen a medio mundo en su tránsito encubierto, pero no se escapan a mi mirada.&amp;nbsp;El vulgo los asocia con la violencia, el uso de la fuerza, la inteligencia maquiavélica o el arribo al poder. Yo he descubierto que los verdaderos dominadores son aquellos que descubren un valle luminoso y se quedan allí a como dé lugar. La luz del valle no procede del sol&amp;nbsp;ni de sus elementos, sino que se&amp;nbsp;la dan los ojos del advenedizo; con el correr del tiempo éste se hace conocido y si debe humillarse para no perder su sitio lo hará sin cuestionamientos, porque en la dominación no tienen espacio el honor ni la dignidad. A veces, a lo sumo, el disimulo.&lt;br /&gt;He presenciado el hundimiento de los titanes en los pantanos de Irlanda; voces todopoderosas han acudido a mí pidiendo auxilio,&amp;nbsp;implorando el perdón por sus errores de cálculo. Grandes cardenales debatieron entre ellos acerca de las grietas que surgían entre sus sotanas; mandatarios, generales, millonarios se tajearon brutalmente unos con otros, sin uso de razón, para mantenerse en&amp;nbsp;el cetro. A&amp;nbsp;todos ellos les dije: han sido dominados y ahora les espera el infierno. En cambio estas almas que se cobijan en esta melancólica pensión, como gatos recién nacidos que buscan&amp;nbsp;en una caja de cartón la panza de la madre, aparentemente expuestos, desamparados, ¡cuánto vigor ponen en su afán, y cómo esa fuerza nacida de la miseria&amp;nbsp;les está dando el triunfo!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4807375042114480628?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4807375042114480628/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4807375042114480628' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4807375042114480628'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4807375042114480628'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/03/marpyc.html' title='Marpyc (I)'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5475520335574848367</id><published>2011-02-26T14:25:00.009-03:00</published><updated>2011-02-28T14:01:27.300-03:00</updated><title type='text'>Cables de la Embajada al Departamento de Estado</title><content type='html'>(Cable del secretario adjunto de la Embajada al Departamento de Estado. Agosto de 1976).&lt;br /&gt;Al cóctel asistieron el Cardenal y el Jefe de la Dina. Ambos se saludaron fríamente. No da la impresión el Cardenal de ser un hombre de oración. Si este país estuviera en democracia sería candidato a Presidente; en un momento de nuestra conversación se me reveló como un político sagaz; luego supe que la profesión original de este hombre fue la de abogado. Los políticos son personas que están por sobre la verdad y el Cardenal es una de ellas. Luego de hablar con él me surgieron dudas acerca de qué es realmente la verdad. Porque si es católico, si es el máximo representante de la Iglesia en este país... pero, ¿no fue así también Cristo? ¿No fue un consumado político? Sus parábolas no eran otra cosa que discursos políticos, la entrada a Jerusalén recuerda esas giras, esas concentraciones masivas, las bodas de Caná... mas me desvío de lo esencial, pero estoy tratando de ejemplificar para hacer más claro el mensaje de este cable.&lt;br /&gt;Al Cardenal le preocupa el Dictador, está obsesionado con la imagen del Dictador. El Cardenal sabe perfectamente que él es el único hombre capaz de hacerle frente al Dictador. Desde este punto de vista observa las atrocidades que están ocurriendo en este país como atrocidades políticas antes que humanas, penoso es admitirlo, pero luego de nuestra conversación fue esa la idea que quedó en mi mente. En nuestra reservada conversación durante el cóctel, todo lo reservada que puede ser una conversación bajo dichas circunstancias, surgieron nombres de líderes sindicales, de líderes políticos en las sombras, de ciertos hombres buenos capaces de enderezar el camino. El nombre del señor Frei salió varias veces de sus labios; yo le mencioné el del señor Letelier, pero el Cardenal no pareció darle mucha importancia. Aun así, me temo que si la relevancia de cualquiera de los nombrados adquiriera ribetes que le hicieran la menor sombra al Dictador, éste los barrería con su escoba en un dos por tres.&lt;br /&gt;El Cardenal se me reveló además como un sibarita; su paladar es exquisito, en lo que concierne a vinos me dejó con la boca abierta por la amplitud de sus conocimientos. Este dato debe ser tomado sumamente en cuenta cuando nos reunamos a solas con él. Cosas como esas son las que hacen cambiar al mundo.&lt;br /&gt;En cuanto al jefe de la Dina, el pobre no es más que un gordo estúpido, bobalicón, fantoche, completamente inofensivo. Sin temor a equivocarme, diría que aquí los crímenes se cometen &lt;em&gt;a pesar&lt;/em&gt; de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Cable del secretario adjunto de la Embajada al Departamento de Estado. Octubre de 1976).&lt;br /&gt;Pido disculpas. El gordo se las traía. Al menos nuestros informantes me aseguran que detrás del atentado en Washington estuvo su mano. Sugiero una estrecha vigilancia a su asesor en materia de explosivos, un hombre de iniciales M.T., quien cuenta con pasaporte americano y parece tener vinculaciones con algunas de nuestras oficinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Cable del secretario adjunto de la Embajada al Departamento de Estado. Octubre de 1978).&lt;br /&gt;La situación es más compleja de lo que se visualiza en Washington. Sugiero no tomar parte en el conflicto que se avecina. He podido conocer a ambos dictadores y, aunque mi opinión parezca descabellada, el crédito del de este país se me antoja más sólido, a pesar de la imagen sanguinaria que arrastra. Inclinar la balanza en su contra podría acarrear consecuencias nefastas para la región. Puedo dar fe de que la junta de gobierno del país vecino es una mezcla de ambición, crueldad, soberbia y corrupción. No puede esperarse gran cosa de ellos y no sería extraño que luego de entrar en esta eventual guerra y ganarla quisieran apoderarse de unas minúsculas islas del Atlántico Sur de las que nuestro aliado mayor es soberano. Al menos mis informes así me lo indican.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5475520335574848367?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5475520335574848367/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5475520335574848367' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5475520335574848367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5475520335574848367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/02/cable-al-departamento-de-estado.html' title='Cables de la Embajada al Departamento de Estado'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5372755187114323000</id><published>2011-02-22T02:59:00.007-03:00</published><updated>2011-02-22T20:48:27.282-03:00</updated><title type='text'>Nubes de ácido</title><content type='html'>Son como nubes de ácido&lt;br /&gt;Que se cuelan en tu mente&lt;br /&gt;Te queman... y fracasas&lt;br /&gt;Esa es la explicación técnica&lt;br /&gt;Que dan los que saben de estas cosas&lt;br /&gt;La mente no es nada&lt;br /&gt;Las nubes lo son todo&lt;br /&gt;¿Debe ser así?&lt;br /&gt;¿Debes renunciar&lt;br /&gt;Aplastado bajo montañas de ácido?&lt;br /&gt;Daremos la lucha, viejo hermano&lt;br /&gt;Te prestaremos toda nuestra ropa&lt;br /&gt;Tenderemos a tu alrededor mallas de kiwi&lt;br /&gt;Para atrapar el ácido&lt;br /&gt;De las nubes&lt;br /&gt;Que se infiltran&lt;br /&gt;En tu mente&lt;br /&gt;Te mataron tantas veces&lt;br /&gt;Se agruparon como brujas de Macbeth&lt;br /&gt;Para impedir tu resurrección&lt;br /&gt;En buen chileno lo que sucedía era que&lt;br /&gt;Temían a sus propias sombras&lt;br /&gt;Tú fuiste nuestro ejemplo&lt;br /&gt;Jamás considerado, invisible y barrigón&lt;br /&gt;Algún día se hablará de ti&lt;br /&gt;Dirán ese fue&lt;br /&gt;El que sucumbió bajo las nubes de ácido&lt;br /&gt;Loor al Viejo Hermano&lt;br /&gt;Al viejo angustiado que se derritió en ácido&lt;br /&gt;Nosotros estaremos allí, ofreciendo los discursos&lt;br /&gt;Apelotonados ante tu sepulcro de hierro&lt;br /&gt;En medio de la tormenta&lt;br /&gt;Llorando a mares&lt;br /&gt;Fracasados como tú, las mallas a la orilla del camino&lt;br /&gt;Rotas por el tiempo y los pájaros que&lt;br /&gt;Las atravesaron en su vuelo&lt;br /&gt;Lágrimas de ácido atravesarán el hierro&lt;br /&gt;Y se alojarán gota a gota en la médula de tus huesos&lt;br /&gt;Y en el Quitapenas&lt;br /&gt;Como seres desgraciados en un mundo&lt;br /&gt;Que nos echa como perros a la calle&lt;br /&gt;A las tinieblas de ácido&lt;br /&gt;Diremos Salud Viejo Hermano Descansa en Paz&lt;br /&gt;Hubo grandes poetas que contaron esta misma historia&lt;br /&gt;Con otras palabras, eso sí&lt;br /&gt;Qué pasó con ellos&lt;br /&gt;Pasó que los resucitaron&lt;br /&gt;Las brujas hicieron una ronda&lt;br /&gt;Y les dedicaron temas, doctorados&lt;br /&gt;Viajaron a su costa&lt;br /&gt;Cruzaron el Charco, la isla, qué sé yo&lt;br /&gt;Manhattan, Barcelona&lt;br /&gt;Hablando cosas lindas mientras tú&lt;br /&gt;Mientras nosotros&lt;br /&gt;Aquí en el Quitapenas a puros trabalenguas&lt;br /&gt;No llores, Viejo Hermano&lt;br /&gt;Ya moriste, ya estás muerto&lt;br /&gt;Los muertos no lloran&lt;br /&gt;Las lágrimas son de nosotros&lt;br /&gt;Verte así en la tumba&lt;br /&gt;Anónima basura&lt;br /&gt;Qué injusticia más grande&lt;br /&gt;Chorreada que da gusto de puro ácido&lt;br /&gt;A las cuatro de la tarde del domingo de Pentecostés&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5372755187114323000?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5372755187114323000/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5372755187114323000' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5372755187114323000'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5372755187114323000'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/02/nubes-de-acido.html' title='Nubes de ácido'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2308971841038030839</id><published>2011-02-18T18:29:00.019-03:00</published><updated>2011-03-30T20:40:00.158-03:00</updated><title type='text'>Beverly Hills</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Dedicado a E. T. A. Hoffmann&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Un hombre maduro de modales &lt;em&gt;nice&lt;/em&gt;, tal vez demasiado bronceado, me da la bienvenida a la mansión en que habitas a contar del verano pasado; todo es enorme, luminoso, salvo los chihuahuas que corren a saltitos por el borde de la piscina, como niños asustados ante la voz de Beverly Sills, que canta el aria de Zerbinetta en tono más alto que el original. Me siento tan pequeño como ellos y por ende, humillado. Casi puedo sentir las pisadas de las novias de rojo sobre mis omóplatos. Resplandecen las lámparas de cristal y los mozos van y vienen con bandejas repletas de extraños pescaditos enviados desde los mares de Japón en aviones frigoríficos, bocados franceses e italianos, caviar ruso. Otras bandejas portan deliciosos vinos, pero cuando estiro el brazo saco inconscientemente un jugo de naranja. Quiero estar lúcido y lo estoy cuando llega el momento tan esperado por mí durante años. Ahora la soprano entona la Barcarola, mas pocos&amp;nbsp;se&amp;nbsp;detienen a escucharla.&lt;br /&gt;Te diviso de lejos, entre la multitud enloquecida por la charla, la bebida y, supongo, alguna droga discretamente tolerada por el dueño de casa. No eres exactamente como te recuerdo en aquella foto a la salida de la ducha. El peinado te ha redondeado la faz, y con ese look la inclinación de tus ojos se acentúa.&lt;br /&gt;-Me alegro tanto de verte, estás en tu casa.&lt;br /&gt;La frase suena dulce, nostálgica, suavemente adolorida. Basta para que de inmediato caiga rendido a tus pies, como en los inicios de nuestro... a qué seguir.&lt;br /&gt;-Gracias, Martha... me enseñaste a Chopin; lo miraba en menos. Me enseñaste a mirar al cielo, me enseñaste Morgen, ya es mucho decir. Hoy te ves... pero ¿es esto lo que deseas? -respondo, enfurecido sin saber por qué. Hago un leve y frustrado intento de tomarte la mano y llevarte a un rincón donde haya pocos invitados, ninguno en lo posible, para besarte una eternidad con los ojos no abiertos y el corazón galopante, no aspiro a más en este momento. Tu respuesta está en tu voz, que suena con una superficialidad espantosa.&lt;br /&gt;-¡Jack! ¡Peggy Sue! ¡Qué bueno que vinieron!&lt;br /&gt;Corres al encuentro de una pareja que baja de un Porsche gris, les brillan los dientes. El valet toma el vehículo y lo lleva a la cochera; no sé si reparas en una sombra que se desliza entre las palmeras y se pierde en la curva, como si quisiera confundirse con las flores holandesas y los matorrales dibujados por las tijeras de un experto.&lt;br /&gt;-¿Todo bien, Julia? -pregunto al pasar.&lt;br /&gt;-Sí, amor... todo va de maravillas.&lt;br /&gt;-¿Quién era ese que se fue?&lt;br /&gt;-¿No lo reconociste?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Eras tú.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2308971841038030839?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2308971841038030839/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2308971841038030839' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2308971841038030839'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2308971841038030839'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/02/beverly-hills.html' title='Beverly Hills'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8759609535144549960</id><published>2011-02-15T13:53:00.011-03:00</published><updated>2011-10-05T02:27:58.409-03:00</updated><title type='text'>La loba enferma</title><content type='html'>Hay una zona oscura que me atrae, pero que no deseo para mí. Es uno de los misterios del universo a los que acudo frecuentemente a asomarme. Salto de mi asiento al escuchar de catástrofes; enciendo la pantalla para ver de cerca, lo más lejos posible.&lt;br /&gt;La réplica de este extraño imán es un bosque de ramificaciones abiertas y elevadas. Allí habitan las ninfas y si mi voluntad cede a su espacio me maravillo, por una vez gano la batalla contra el tiempo y luego huyo, saciado, arrepentido.&lt;br /&gt;Cuando entro a mi propia zona oscura, cuando me atrapa mi catástrofe, casi siempre por motivos desconocidos, inconscientes, estaciono en un estado repugnante, inevitable, en una vieja habitación de adobe donde me alojo hasta que un rayo de sol se cuela por la ventanilla superior y me indica la salida. Si otros tienen la mala fortuna de ingresar en ese momento se toparán con la oscuridad y abominarán de ella, pues habrán vislumbrado sus propios recuerdos.&lt;br /&gt;No se puede trabajar mientras se habita allí, no se puede amar; solo queda vivir. Con el tiempo, acostumbrados mis ojos a la negrura de la pieza, el alma percibe al animal agazapado en el rincón: es una loba enferma, aquejada de una herida en las encías, que la martiriza. A la menor provocación se lanza a escupir al enemigo. He aprendido, pero me ha costado harto y aún no asimilo por completo la lección, que si voy a su escondite, si me agacho, si le abro el hocico y le soplo en las encías, el animal entiende y se adormece. Es la señal de que ha llegado el momento de abandonar aquel espacio y volver a la luz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8759609535144549960?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8759609535144549960/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8759609535144549960' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8759609535144549960'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8759609535144549960'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2011/02/hay-una-zona-oscura-que-me-atrae-pero.html' title='La loba enferma'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6816336708959127032</id><published>2010-12-17T12:48:00.075-03:00</published><updated>2011-04-26T13:27:57.309-03:00</updated><title type='text'>Esto no es lo que usted piensa. Disculpe lo cortante de mi trato</title><content type='html'>&lt;em&gt;(La declaración del reportero).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Creo que estuvo esperando pacientemente el ocaso de mi carrera para darse a conocer. Adivinó que si se mostraba antes no sería comprendido su destino y su testimonio continuaría en el anonimato. Sospecho que en un arranque de candidez se confió a mis manos, ya que es sabido que las fuerzas innombrables son cándidas. Así llegué a su figura y gracias a mí esta figura tendría que haber llegado al gran mundo, pero no al importante, ya que para los doctos, que trabajan con otra arcilla, la vida de un personaje como el que tuve la suerte de conocer, diría la mala suerte, vendría siendo algo así como un pelo en la sopa.&lt;br /&gt;Para mí, esa entrevista fue un canto de cisne. Sospecho que todo ha terminado y me maldigo a mí mismo. Pude haber sido la linterna que apuntara su luz sobre objetos ignorados, acaso inservibles, incluso aquello habría servido una enormidad. Pero la rueda de la fortuna giró en mi contra, resta poco y nada que hacer.&lt;br /&gt;Fui un periodista, dicho con mayor exactitud, un reportero. Mi oficio terminó convirtiéndome en un cínico. Hubo un tiempo en que lloraba demasiado, como las mujeres, ante cualquier estímulo provocador. Mas la naturaleza de mi trabajo, que me cambiaba cada día una sorpresa por otra, hizo de efecto demoledor; entrado a la madurez acabé no creyendo en nada y simplificándolo todo. Yo escribía para el gran público y la ansiedad me dominaba al repasar mis escritos: ¡eran tan fáciles de leer!, de lo que se desprendía que correspondían exactamente a lo que se me ordenaba hacer, que era penetrar en las almas de ese gran mundo. Los académicos siempre me han causado terror, por el portentoso bagaje de citas que guardan en la maleta de sus cerebros y por la profundidad de su pensamiento, que se deja ver aun en tres líneas. Los estudié y descubrí que el secreto consistía en la particular metodología utilizada, que les inyecta densidad a sus trabajos; por ejemplo, si para presentar una idea se requieren 25 palabras, ellos convierten ese esfuerzo en doce palabras que encima encierran tres ideas. Recién a la cuarta lectura -siempre que la concentración fuese absoluta- se logra entender la idea central por un segundo, mas no las secundarias; pero entonces ellos ya han tomado la delantera y continúan exponiendo ideas en las siguientes tres líneas. Los triunfadores traducen lo que creen haber entendido y los derrotados como yo se retiran con la cola entre las piernas. Descubrí también por qué se necesitaban tantos libros para interpretar una obra maestra de pocas páginas y descubrí el misterio del misterio; o sea, el misterio que encierra un mensaje que no se entiende. En suma, los admiraba con terror, como ya lo dije, quería ser como ellos, pero mi vida fue una vida sin método, y al momento de escribir terminaba cayendo en mi vicio perverso. Sabía que estaba atrapado en una quimera, porque no tenía mucho más que decir que contar historias que atrajeran el interés de la masa, y bien tarde vine a reparar en que aun la masa desconfía de personas como. A la hora de tomar sus decisiones se queda con el pensamiento austero y racional, que es el pensamiento ausente de emociones e ininteligible con asiento en las grandes academias. Este es el reino de la elite porque la elite es la que gobierna al mundo y nosotros somos sus títeres.&lt;br /&gt;Cuando nos reunimos en el café mi prejuicio fue el de pensar que se trataba de un personaje más, de una más de las fantásticas historias que la gente ansía conocer, y que no son más que simples historias de personas a quienes les sucede algo increíble; o sea, la historia de toda la gente. Se le movían las manos, parecía estar bajo los efectos de algún medicamento. Encendía un cigarrillo apenas se le acababa el otro. Le pregunté su nombre, me confirmó que era la persona que me había citado por teléfono con una voz que ese día se me había antojado insegura y suplicante, pero que ahora parecía completamente independiente de los nervios que gobernaban al resto de su cuerpo. Me presenté, me senté y ordené café. Me dijo que prefería té, de modo que ordené un café y un té. Enseguida, haciendo gala de mi oficio, abrí la conversación con un par de frases destinadas a romper la barrera de hielo inicial, pero no pareció conmoverse. Al contrario, noté un cambio de expresión en su rostro, una pincelada de fastidio.&lt;br /&gt;-Esto no es lo que usted piensa. Disculpe lo cortante de mi trato, mi amigo -dijo sin rodeos.&lt;br /&gt;Me trató de amigo. Eso me sorprendió, viniendo de quien venía, pero me gustó. No significaba que fuésemos amigos, sino que había una ligera dosis de confianza de la que me podía agarrar para robarle misterios a su vida. Me había autorizado a ir al grano cuanto antes.&lt;br /&gt;Terminada la entrevista, luego de más de dos horas, tiempo excesivo para un encargo de este género, pero mínimo para la trascendencia de lo que me fue revelado, me vi en la obligación de pedir un par de días libres, pero intuí que no serían suficientes para ordenar mis ideas. De partida, se me planteaba el desafío de tomar una decisión que para mí resultaba capital, aunque suene infantil declararlo. ¿Debía dar a conocer la historia o debía destinarla a mis archivos? ¿Debían de saberla mis jefes o era mejor mentirles, asegurándoles que el personaje no tenía importancia alguna? Y suponiendo que decidiese escribirla... suponiendo... cómo diablos explicaría algo casi imposible de explicar, cómo lo haría atractivo a los lectores, por dónde debía empezar, por dónde terminar.&lt;br /&gt;Revisé la grabación una y otra vez. No, trataré de ser preciso: escuché tres veces las dos cintas de 60 minutos cada una. Releí los apuntes otras tres y los mantuve a la mano, encima del escritorio. Todo giraba en torno al mismo tema, que pudiéndose expresar en un par de palabras convirtió nuestra conversación en una eternidad, durante la cual vislumbré un nuevo cielo, otra manera de encarar el infierno. Hice ciertos cálculos, bosquejé su retrato de memoria, para ver si el misterio estaba oculto en algún trazo del subconsciente. Conseguí bastante poco.&lt;br /&gt;Quise iniciar la nota escribiendo... tenía el primer casete, el relevante... allí lo tenía... lo hice andar de nuevo... sí, lo decía claramente... entonces... ¿abría la entrevista con dicha cita y luego reafirmaba sus dichos con los datos reunidos? Pero, ¿quién iba a creer algo así? ¿Lo creía yo mismo?... Consideré más apropiado repasar otra vez mis ideas.&lt;br /&gt;Su lógica me parecía implacable, pero me pareció que vivía en una atmósfera de aparente alienación. Dado que no se ha llegado aún a la raíz de la locura y de que los doctores ven colores y formas en un escáner que interpretan a su gusto, avalados por un diploma en la pared, pensé entonces partir desafiando a los siquiatras. Pero si lo hacía me los echaría encima y transformaría la entrevista en una denuncia contra una asociación médica. Pésimo camino. Debía centrarme en la figura que vi con mis propios ojos y de la que capturé su voz en una cinta. Fue entonces cuando la rueda de la fortuna me giró hacia el lado inverso.&lt;br /&gt;La ambulancia tardó un par de días en llegar al departamento. No podía mover un solo dedo, me hallaba atrapado en mi propio cuerpo. Alertados por vecinos, los enfermeros subieron en el ascensor y debieron forzar la puerta. Después apareció un grupo de policías que estudiaron detenidamente el lugar y recibieron testimonios de gritos y forcejeos de los que sinceramente no recuerdo haber sido partícipe. La gente suele imaginar historias para justificar su conducta. Mientras me llevaban al hospital pude ver que el jefe de los detectives, a quien llamaban Navarro, accionaba la grabadora y escuchaba una de las cintas. Quise advertirle que no lo hiciera, pero no me dieron las fuerzas. Me sacaron de allí; mis tíos se quedaron con las cintas. Cuando me vinieron a ver al hospital intenté decirles... contarles... todo fue en vano. Mi tía me miraba con esa expresión tan propia de ella y echó un lagrimón; mi tío la puso en su lugar con un reproche corto y seco. Me aseguraron que las cosas marchaban bien, en orden, como corresponde, pero sabía que no era cierto.&lt;br /&gt;Uno de estos días vino a verme Witelwan, no acierto a recordar el día exacto o quizás lo imaginé. Apareció con su novia. Venían tomados de la mano. Me miraron con un aire amoroso, miradas de lástima que encerraban un cariño real, como el que ellos se profesan. Cuando le insinué que tenía algo que decirle, Josefina entendió el mensaje y se retiró discretamente de la sala. Entonces le conté lo de las cintas. Witelwan abrió los ojos como suele hacerlo cuando algo le sorprende y me hizo algunas preguntas. Luego llamó a Josefina y antes de despedirse me hablaron de sus proyectos académicos. Se retirarían del periodismo; una prestigiosa universidad privada, debidamente acreditada, les abría sus puertas de par en par. Tuve una visión instantánea: los vi entrando a un viejo claustro de estilo gótico con paredes de piedra y columnas de granito adornadas en el cielo por murciélagos de verdad, que revoloteaban alrededor de bruñidas lámparas de bronce; severos maestros los iniciaban en los secretos de la humanidad y ambos vestían de toga y birrete. Ellos se aman y serán felices, no nacieron para el periodismo. Sus tardes de sábado serán como esas delicadas sonatas de Mozart que suavizan la vida, ella le llevará té de bergamota al escritorio y lo abrazará por detrás, le dirá cosas lindas con su grave voz de terciopelo; él estirará el cuerpo y echará una broma para sacarse de la mente las páginas del libro que le quema las pestañas. En cambio yo... temo que mi vida habrá de culminar en una sala de hospital.&lt;br /&gt;La enfermera me leyó el diario de la mañana y se detuvo en la columna de Witelwan. Salté en la cama. La mujer se crispó como gato. Parecía aterrorizada. Se acercó, me miró a los ojos, yo miré fijamente el periódico y ella llamó a los doctores. Cuando entraron, mi cuerpo estaba inclinado sobre la página. ¡Así interpretan los aspirantes al podio académico los dichos de mis personajes, con esa liviandad de criterio!, como si los hechos fantásticos se prestaran para ejercicios de la ironía, para juegos de la retórica.&lt;br /&gt;Ayer entró el detective Navarro, lo reconocí por sus mostachos. Me trató de amigo, no me gustó nada. Jamás he buscado hacer amistad con policías; he tenido el cuidado de no relacionarme con ellos más allá de lo estrictamente necesario. Me preguntó por la columna de Witelwan; me hice el que no le entendía y se fue, me deshice de él en cinco minutos. En cuanto a lo demás, no puedo seguir pensando del modo en que lo hago, vivo en una constante ensoñación. Los días pasan y no guardo memoria de ellos. A veces me dicen que yo dije tal cosa o anduve con tal persona y no recuerdo prácticamente nada. En cambio, ¡con qué meridiana claridad reaparecen en mi mente los estados de ánimo pretéritos!, día por día, hora por hora, y así mido el tiempo. Pero es mi forma de analizar el problema, así no resolveré jamás este caso, tan engañoso como cubo de Rubik. Debo ir a la fuente, beber de la fuente, bañarme en la fuente; esto no es lo que parece a primera vista, esto debe tener un final feliz, debo evadir a toda costa la tentación de las historias retorcidas. No puedo embarcar a nadie en mis fantasías, causaría algo de inmenso placer, pero el daño sería espantoso. Aún confío en los dictámenes de la moral. La religión levanta mi casa. La oración me sana. Dios me guía.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(La declaración de la tía).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Entramos a la casa como si viniéramos de un funeral. Me metí a la cocina; él se sentó a ver las partidas, mandón, gritón, grita por todo, pide a puros gritos. Hay que quedarse callada no más, pero cuando echa pie atrás me promete este mundo y el otro, dice que su carácter es tan fuerte y que va a cambiar. Siempre diciéndome que las cosas van a mejorar. Puros gritos, nunca agresivo, y el fútbol para él es importantísimo, el fútbol y el ciclismo, se queda pegado a la televisión como niño con juguete nuevo, llevamos tantos años así, ya estamos acostumbrados, no sabría qué hacer si él se me fuera.&lt;br /&gt;Luego del almuerzo, mientras lavaba la loza, le pregunté qué pensaba hacer con sus cosas del trabajo. Seguía viendo el fútbol y me gritó que no lo molestara. Fui al living y le mostré las cintas de grabación. Me ordenó que las echara a la basura. Le hice ver que se trataba de nuestro sobrino, pero no me contestó.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(La declaración del cartonero).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Al escarbar en la bolsa no les di ninguna importancia y debo admitir que estuve a punto de despreciarlas. Un segundo después debí pensar que en la Feria Persa se les podrían sacar algunos pesos, de modo que las sumé a los cachivaches reunidos durante la noche. Al llegar a mi &lt;em&gt;residencia&lt;/em&gt; las dejé sobre el tablón junto con los demás tesoros, abrí la caja de vino y me la tomé casi al seco. Luego me dormí. Esa noche soñé por milésima vez la horrible pesadilla que se me viene repitiendo por años; tuve que levantarme a tomar, a exprimir la caja para saciar la sed, muy mala idea. Apenas me acosté de nuevo se me apareció la vieja. Venía de lejos con los perros envueltos en esas sábanas blancas que me persiguen para echarme a un sepulcro de tierra, sin cajón, sin nada. Ay, si ese día hubiera reaccionado de otra forma, una forma menos... drástica, hoy no estaría aquí, no viviría recolectando cartones ni leseras, no tomaría vino como condenado a muerte. Pero a qué lamentarme.&lt;br /&gt;Cuando partí a entregar lo recolectado me dio por escuchar una de las cintas. La metí en la radiocasete. Quedé impresionado y desperté a la Irene, que seguía durmiendo a pata suelta en la &lt;em&gt;mansión&lt;/em&gt;. No quería abrir los ojos, pero cuando la escuchamos por segunda vez, y yo por tercera vez, no pudo dormir más. Después escuchamos juntos la segunda cinta. Lo primero que pensé fue en llevárselas a los carabineros. Y eso fue lo que hice, se las llevé a los carabineros. Maldita hora la mía en que se me ocurrió hacer eso, me preguntaron por qué andaba con la caña, me retaron bien retado y me mandaron a la casa a dormir la mona. Les dije que me quería quedar con las cintas y el cabo me preguntó dónde las había encontrado. Le dije que dentro de una bolsa de basura. Me preguntó si no sabía que era delito sacar basura. Le dije que no era una basura porque eran unas cintas. Se fue enojando y me leyó un artículo que decía que no se podía ensuciar la vía pública. Yo le dije que nunca ensuciaba, que dejaba todo bien ordenado. Me dijo ándate pa tu casa pobre infeliz, con esas mismas palabras, y me vine con las cintas, casi me toma preso.&lt;br /&gt;Anoche las volvimos a escuchar con la Irene, pero la guagua nos desconcentró y después yo tuve que salir a recolectar. Cuando volví a la &lt;i&gt;mansión&lt;/i&gt; la guagua estaba jugando con una cinta; la había sacado del casete y la tenía enrollada en el cuello. La Irene no se había dado cuenta y pegó un grito, pescó un cuchillo y cortó la cinta para que el mocoso no se asfixiara; creo que le puso mucho. Busqué la otra cinta, estaba llena de baba del Cholito, con una marca de colmillo, medio a medio del casete. Ni siquiera traté de escucharla; total, ya me la sabía casi de memoria. Fui al puente y las boté las dos al Mapocho.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(El informe de Navarro).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Tuve que releer la columna para darme cuenta de que en el fondo se trataba de lo mismo. El texto no pasaba de los cinco párrafos y me costó asociarlo con aquel reportero, con aquel... ataque, más exactamente con el contenido de las cintas halladas en el departamento de ese hombre. Debo aceitar la máquina, antes no se me habría ido una cosa así: ese día tuve las cintas ante mis narices y no me llamaron la atención. Alcancé a escucharlas y las dejé torpemente abandonadas sobre la mesa.&lt;br /&gt;Más tarde fui al hospital, era sábado. Entré a lo doctor, acerqué la columna a sus ojos y la apunté con el dedo. ¿Lee bien, puede leer?, le dije, ¿leyó esto, conoce a Witelwan, ha hablado con Witelwan? ¡Deme una señal, quiero ayudarlo, es importante que recuerde!, ¡diga algo, por favor!, pero la señal me la dio la enfermera, que me sacó de la sala a empujones.&lt;br /&gt;Busqué en la agenda, hallé el número y llamé. Nadie me contestó. Tomé el auto y me estacioné frente a la casa de sus tíos; acababan de volver del hospital. La tía servía la mesa y el tío se disponía a comer un plato de tallarines. Había entrado en el momento más inoportuno. El viejo miraba cada cierto tiempo hacia el plato, que se iba enfriando, y no sin algo de infantil temor, como si estuviera delante de Pinochet, confesó que las cintas habían ido a dar a la basura. Volví a mi casa, aniquilado. El ejemplar del diario estaba desparramado sobre la mesa de la terraza, se había tornado amarillento con los rayos del sol.&lt;br /&gt;A las nueve de la mañana del día siguiente, Witelman y su novia ingresaron a la secretaría académica y firmaron los contratos. Se dieron un beso a escondidas y pasaron al casino de los profesores a desayunar, invitados por el decano. Witelwan estrenó una chaqueta de tweed con coderas y pidió frutas, jugo de zanahoria con naranjas, té, un sándwich de jamón con queso y un trozo de kuchen. Josefina un café cortado y tostadas con palta. A las 10 de la mañana los recibió el rector y a las 11 entraron a sus salas, donde ya se hallaban sentados los alumnos. A esas alturas estimé que no tenía de qué conversar con ellos; los príncipes no se alimentan de gusanos, y volví al cuartel.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(La declaración de Witelwan).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Josefina me llama al lecho y cuando ello ocurre, noche a noche, ninguna fuerza de las que gobiernan el mundo podría impedirme acudir a ese llamado. Josefina lo es todo para mí y yo lo soy todo para ella, nos amamos como nadie se ha amado y aunque nuestras diferencias son enormes y a cada instante el tiempo nos hace ver y hasta se burla de nuestros defectos juveniles, incluso aunque los celos nos muerden el trasero apenas se da la oportunidad, ambos hemos decidido ingresar al mundo académico y esa perspectiva no tiene precio, pues nos conducirá al bienestar de la felicidad. Mientras hacemos el amor me recuerda que todavía no hemos firmado los contratos vitalicios. Luego, aún entrelazados, le advierto que lea más seguido a Kant; ella me dice que sí, que sí, con los ojos prácticamente blancos por el sueño. No te olvides de repasar a Pascal, la remuevo, los Pensamientos, aléjate de los cuentos de Hoffmann; Josefina da un salto sin saber dónde está y yo me echo a reír, porque el horizonte es bellísimo y no lo cambio por nada. Hay historias no aptas para periodistas; nos sientan mejor a nosotros. Te amo, Josefina, deslizo mis dedos por tu espalda marmórea a la luz de la luna, corren mis yemas por tu piel de universitaria. Te adoraré hasta que el velo de la noche cubra mis ojos y el vacío se apodere de mí. Ahora eres bellísima y no deseo que la noche muera, sin embargo las llamas del futuro se levantan altísimas para alumbrar nuestro sueño, es un fuego que devora las entrañas y no me deja dormir.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(Reflexión del magistrado antes de dictar el veredicto).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Aquellos que ven las cosas por encima afirman que para narrar El soldadito de plomo basta un hilo firme tejido por las fantasías de la mente, en tanto que si una obra merece ser considerada... cómo decirlo... superior... artística... revolucionaria... no encuentro el adjetivo exacto... el caso es que postulan que si una obra merece ser considerada, debe ofrecer virtudes necesariamente académicas, más complejas que una simple cadena. Tal consideración debiera ser examinada con el mayor detalle, con la mayor profundidad antes de dársele el crédito que estima merecer, pues si bien no está exenta de cierta dosis de verdad, especialmente en lo que se refiere al cuerpo de la obra, entendido este como la materia adherida a su esencia, así como el cartílago está pegado al hueso y el hueso contiene la médula, dicha característica por sí sola no valida su categoría.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6816336708959127032?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6816336708959127032/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6816336708959127032' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6816336708959127032'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6816336708959127032'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/mi-oficio-termino-convirtiendome-en-un.html' title='Esto no es lo que usted piensa. Disculpe lo cortante de mi trato'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4715614635000345927</id><published>2010-12-16T13:49:00.006-03:00</published><updated>2010-12-17T01:14:40.423-03:00</updated><title type='text'>La abueli Amanda y la abuela Ángela</title><content type='html'>La abuela Ángela era portadora de algo invisible, sombrío y profético que nos impedía acercarnos mucho a ella. Su figura representaba el temor de Dios; de lejos parecía como si un vestido largo y ancho se nos viniera encima, una mole compacta de la cual no se podía huir, porque nos había cazado con la mirada. De cerca uno le sentía los pelos de la pera al besarla en la mejilla. Ella no era de muchas palabras y su intención final era conducirnos a Dios a través de la religión evangélica. Era la suegra de mi mamá y mi mamá, que era católica, accedía a enviarnos a la escuela dominical que se impartía en el culto que quedaba a los pies de la casa, a sabiendas de que al Vitorio y a mí no nos convencerían, porque en el fondo la religión era un asunto social. Y como los evangélicos eran los de la población Sewell y los católicos eran los de la población Rubio, no había dónde perderse.&lt;br /&gt;La abueli Amanda, en cambio, era adorable, siendo tan viejita como ella, pero más chica. Un día me llevó a la matiné del cine Rex, a una función que habían organizado los bomberos. Me compró pastillas de anís y vimos el Zorro. A la hora de once me servía pan con dulce de membrillo y café con leche en una taza verde. Yo varias veces le llevé a un compañero de curso que vivía en la población Sewell y le pedí que lo alimentara bien porque era pobre. Mi amigo no se ofendía; era de naturaleza dócil. La abueli vivía en Ibieta, de su jubilación de maestra, con la Mirita y mis tres primos. El tata Lucho y el tío Octavio ya se habían muerto y el día del pago la abueli llegaba con pasteles de la Reina Victoria. Como el patio era tan grande servía de cancha de fútbol. Un día tiré un pelotazo y ella iba pasando y le llegó en la cara. Meses después le dio una trombosis y se murió.&lt;br /&gt;En el culto los evangélicos se reunían una vez al mes a pasar la noche rezando y llorando. Confesaban sus pecados a grito pelado y a nosotros nos daba terror. Una noche me levanté a cerrar la ventana y saltó un gato que se había metido a la casa y me pasó rozando. Detrás de aquellas imágenes fantasmagóricas estaba la abuela Ángela, donante del terreno en que se levantó el templo, de modo que se podría decir que esa era la razón por la que desprendía un aura como de los Diez Mandamientos. Vivía al lado de nosotros y cuando mi papá se tomaba unos tragos ella se daba cuenta y lo pasaba a ver. Lo metía a la pieza y de afuera sentíamos los correazos y las cachetadas. La resistencia de mi papá era decir no madre, no madre, no madre; después la abuela Ángela salía bien tranquila y él se quedaba dentro de la pieza. A veces, si estábamos solos y nos oía pelear, llegaba y nos leía la Biblia. Entonces con el Vitorio nos dábamos un abrazo y prometíamos ser mejores hermanos y ella volvía a su casa.&lt;br /&gt;La abueli dormía largas siestas, dentro de la cama y con camisa de dormir. Le gustaba sobre todo descansar, porque era madrugadora y pasaba el día entero en la cocina. La abuela Ángela se enfermó de cáncer y le dio una hemorragia que la hizo vomitar sangre, y después se murió. A su casa no entraba la luz y nunca hubo allí una fiesta. Los funerales de mis dos abuelas fueron con carrozas con caballos con crespones negros.&lt;br /&gt;Con el tiempo descubrimos que el tata Lucho era como diez años menor que la abueli, pero esa diferencia nunca fue tema de conversación porque no tenía importancia y el tata Lucho a esas alturas ya era un recuerdo.&lt;br /&gt;Al abuelo Isidoro no lo conocimos nunca porque se fue temprano de la casa y dejó sola a la abuela Ángela y a sus cuatro hijos, vaya uno a saber por qué. Era contador y escribía poemas, aunque la abuela Ángela no le iba a la zaga. Para mi cumpleaños me regaló esta poseía, que conservo en mi memoria:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;En Bueras con Palominos&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;A Huguito Mardones vi&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Jugando con la pelota&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Y me dije para sí&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Este es el niño que busco&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Para hacerlo feliz&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4715614635000345927?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4715614635000345927/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4715614635000345927' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4715614635000345927'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4715614635000345927'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/la-abueli-y-la-abuela-angela.html' title='La abueli Amanda y la abuela Ángela'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2514180496811956874</id><published>2010-12-15T12:58:00.011-03:00</published><updated>2011-01-12T13:10:30.130-03:00</updated><title type='text'>El hombre tirado en la línea del tren</title><content type='html'>A una cuadra de mi casa pasaba el tren a Sewell. Generalmente iba semivacío, pero los domingos los mineros se asomaban por las ventanas apretujados como racimos de uva. Daba la sensación de que los llevaban al matadero, por las caras con que miraban a las personas que se iban haciendo chicas en la acera al despedirlos. Solía ver todo eso desde el quiosco de mi tío Pablo, que quedaba justo al lado de la línea, separado por una malla de alambre. Detrás del quiosco había un largo terreno eriazo que limitaba en un flanco con una calle de escaso y nulo tránsito y en el otro con la malla de alambre, de tal forma que resultaba perfecto para nuestras pichanguitas. Al fondo se levantaba una vivienda de dos pisos que siempre se me antojó una casa fantasma. Nunca vimos salir a nadie de allí, aunque eso no quiere decir nada. La verdad es que jamás le dimos la menor importancia.&lt;br /&gt;La Toya vivía en la población Sewell. Usaba un moño, era morena, bajita y curvilínea. Por las noches yo apagaba la luz del comedor y la veía besarse con un hombre desde mi ventana. Buscaban el sector de la calle Palominos más alejado del poste. Me llamaba la atención cómo se arqueaban al unir sus cuerpos con el beso. La Toya era una de las mujeres que acudía a despedir a los mineros, con un pañuelo blanco y alguna lágrima que demoraba poco en secarse. En el quiosco se podía ver frecuentemente a un muchacho vestido con el uniforme del servicio militar. Fumaba cigarrillos Cabañas, uno tras otro, como si estuviera nervioso; los dedos se le habían puesto amarillos. Iba al quiosco a lucir su uniforme, pero al mismo tiempo sabía que tarde o temprano debía volver al regimiento. Mas, disponía de una cuota extra de tiempo antes de acudir voluntariamente a su cárcel, y ese dato resultaba clave para una ciudad que se despoblaba de hombres los domingos, después de las cuatro de la tarde. Solo le ganaba un lector infatigable que se sentaba todo el día en un piso a los pies de su puesto de verduras. Era un viejo de pelo oscuro que se peinaba para atrás: él sí que tenía los dedos amarillos, porque se fumaba hasta la colilla.&lt;br /&gt;Cuando estábamos aburridos poníamos monedas sobre la línea y esperábamos que pasara el tren. Salían convertidas en un disco que no servía para nada. Si en vez del tren pasaba el autocarril se achataban menos, porque el peso era inferior, pero tampoco tenían utilidad alguna.&lt;br /&gt;Una tarde de invierno se comenzó a hablar de un borracho tirado en la línea, en la cuadra siguiente. Llegué a la escuela con escalofríos y no pude asimilar las materias; estaba demasiado preocupado por la suerte del hombre. ¿Alcanzaría a salir arrancando al despertar con la vibración de la máquina en sus barbas? Al volver a casa con un compañero miramos hacia la lejana esquina fatídica: el hombre aún parecía estar allí. Era un día de sol.&lt;br /&gt;Al día siguiente le pregunté a mi compañero si sabía algo. Me dijo que el tren le había pasado por encima y le había reventado los sesos. Lo dijo con una frialdad que me hizo dudar, de modo que si bien lamenté su suerte, en el fondo sobrellevé la noticia con dignidad.&lt;br /&gt;Sin embargo al despedirnos se me abalanzó por sorpresa y me llenó la espalda a puñetazos. Dio todos los golpes que pudo dar, como si se estuviera desahogando. Yo permanecía sin habla, estupefacto, ni siquiera fui capaz de llorar. Al alejarse me dijo:&lt;br /&gt;-Te pegué porque no le puedo pegar a tu primo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2514180496811956874?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2514180496811956874/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2514180496811956874' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2514180496811956874'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2514180496811956874'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/el-suicida-de-la-linea-del-tren.html' title='El hombre tirado en la línea del tren'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-7622147119458966244</id><published>2010-12-14T12:39:00.006-03:00</published><updated>2010-12-15T00:08:02.214-03:00</updated><title type='text'>Acto en la Escuela 1</title><content type='html'>"Ya no es tarde ni noche, ya no es noche ni tarde...".&lt;br /&gt;Hay un galpón antiguo que hace de gimnasio, un galpón colmado de gente, de profesores y niños con sus padres, es un acto de fin de año. Yo, una de las pocas cosas que conozco, recito una poesía, pero como los micrófonos no pueden llegar tan abajo, me he subido a un piso, me han subido a un piso, lo que le da más ternura al número. Es extraño que me vea a mí mismo y que no recuerde el más mínimo detalle de la masa que tenía frente a mí, de esos ojos luminosos que titilan en la oscuridad y a los que se dirigen los artistas cuando actúan.&lt;br /&gt;"Ya no es tarde ni noche, ya no es noche ni tarde...".&lt;br /&gt;Cerrada ovación y de premio, un barquillo en el Lucerna. Me gustaban los de chocolate. Los barquillos tenían que ser de chocolate. Cualquier otro sabor era de consuelo. Vestía un terno gris con pantalones cortos, soquetes blancos, zapatos brillantes de suela gruesa, una corbata de diseño escocés.&lt;br /&gt;No era tan difícil aprender poesías y menos aún, declamarlas. Había que mover el brazo derecho hacia arriba y bajarlo en arco hacia afuera, hasta que quedara pegado al cuerpo. Enseguida había que hacer lo mismo con el brazo izquierdo. La voz se subía y después se arrastraba hasta el murmullo y entonces se subía de nuevo en la última palabra de la estrofa. Al final había que terminar con la mano en el corazón y la cabeza gacha. Me lo tuvo que haber enseñado mi mamá, que era una artista insigne.&lt;br /&gt;"Ya no es tarde ni noche, ya no es noche ni tarde".&lt;br /&gt;Un verso, lo que quedó de esa escuela viejísima, ubicada en Independencia con Bueras, la Escuela Superior de Hombres número 1. Allí cursé la primera preparatoria, a los cinco años. En los recreos corríamos donde un cocinero que repartía leche hirviendo de una olla gigante. Apegado a la pared había un cilindro de metal, desecho de una máquina aplanadora, que usábamos para jugar. Costaba moverlo por la tierra del patio, porque era más alto que nosotros. Varios lo empujaban mientras los demás se subían a la superficie e iban cayendo. Una mañana puse deliberadamente el pie para sentir cuando el juguete me pasara por encima y perdí una uña.&lt;br /&gt;Al año siguiente se inauguró la nueva escuela y todos nos fuimos con ella. La otra se hizo polvo. Frente a nosotros ahora estaba la cárcel. Retengo un momento en que nos encerraron a todos porque se había fugado un preso. Después supimos que lo habían pillado y lo mataron. El preso era joven y su delito fue quemar el diario local con el dueño adentro. La gente decía que entre él y el dueño había algo y que el preso había actuado por venganza.&lt;br /&gt;Un día dormía algo incómodo por los síntomas de un resfrío cuando llegaron a buscarme de urgencia. La señorita María Eugenia requería de mis servicios porque faltaba el recitador para una ceremonia que se estaba desarrollando en la escuela. Me vestí sin lavarme y partí corriendo. Ya no se trataba de un gimnasio, ahora las grandes jornadas se vivían en una sala de actos amplia, luminosa. Me ubiqué en las últimas filas, de pie. Desde ese sitio el escenario adquiría aún más importancia; había que ponerse de puntillas para ver el acto. Me dieron ganas de estornudar y por no hacer ruido lo hice con la boca cerrada y me cayó como medio kilo de moco sobre la camisa blanca. Me desesperé, porque después venía yo. Corrí al baño y me eché agua hasta que salió todo, pero no estaba seguro. Cuando me anunciaron subí a recitar y mientras recitaba sospechaba que la limpieza no había sido total, presentía que la sala se largaría a reír apenas el primer acusete descubriera la catástrofe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-7622147119458966244?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/7622147119458966244/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=7622147119458966244' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7622147119458966244'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7622147119458966244'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/acto-en-la-escuela-1.html' title='Acto en la Escuela 1'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-613608215811325735</id><published>2010-12-13T13:26:00.007-03:00</published><updated>2010-12-14T02:34:47.923-03:00</updated><title type='text'>"Soy macho"</title><content type='html'>A los ocho años fui a dar al siquiatra porque movía los hombros.&lt;br /&gt;-Qué le pasa al niño -le preguntó la doctora a mi mamá.&lt;br /&gt;-Mueve los hombros, doctora.&lt;br /&gt;-Qué más.&lt;br /&gt;-Suspira.&lt;br /&gt;-Bien, déjemelo.&lt;br /&gt;Comenzó así una serie de sesiones en el hospital de Rancagua. La doctora había llegado hacía poco y mi mamá, utilizando sus influencias, logró conseguirme una hora por la cual, desde luego, en esos tiempos no se pagaba nada. Era la primera especialista en su género en la ciudad y había que sacarle partido. Por fin se sabría el origen del movimiento de mis hombros.&lt;br /&gt;A poco andar comencé a revelarle otras rarezas, como hacer muecas con la cara, deslizar los dedos entre los pliegues de las cortinas para sentir el placer de la seda en mis manos, ordenarme a cada rato la camisa, en fin.&lt;br /&gt;-Su hijo está lleno de tics -le dijo la doctora a mi mamá, cuando me fue a buscar.&lt;br /&gt;A la tercera sesión le llevé mis cuadernos de historietas. Páginas enteras llenas de aventuras de jovencitos, partidos de fútbol, animales que hablaban. Las leyó atentamente, creo que hasta se divirtió leyendo. Mientras, yo esperaba en la silla. Después me devolvió los cuadernos y los guardé en el bolsón. Hoy no me queda uno solo; todos se los llevó el camión de la basura.&lt;br /&gt;A la cuarta sesión me pidió que me autodefiniera.&lt;br /&gt;-Soy macho -le dije de sopetón.&lt;br /&gt;Como las sesiones eran por la mañana, el almuerzo de ese día fue calamitoso. Mi mamá contó en la mesa mi ocurrencia y todos se largaron a reír. Al principio no entendí cuál era el chiste; luego odié a la doctora, por andar contando cosas privadas.&lt;br /&gt;El veredicto de la especialista fue el siguiente: mi madre era la culpable de todo, porque me exigía demasiado. Mi padre era inocente, aunque se tomara sus copas. Mis historietas eran la forma de evadir las limitaciones físicas por mi enfermedad al corazón. Pero ¿qué era eso de ser macho? ¿Un simple dicho infantil?&lt;br /&gt;Pienso que la doctora no ahondó demasiado en ese asunto. Me hubiese preguntado más le habría contado que desde niño buscaba a un padre entre mis amigos mayores o mis maestros. Alguien sabio y bueno, inteligente, dinámico y forzudo. Yo mismo me sentía interiormente ese macho, más bien aspiraba a serlo, pero alguien de fuste debía reforzar la convicción. En mi adolescencia hallé un líder espiritual, en mi vida adulta di con el siquiatra-padre y más de uno de mis amigos se corresponde con esa imagen de padre-sabio o de padre que castiga aplicando el correctivo, de padre que me rebaja a mi ridícula verdad de niño.&lt;br /&gt;La sexualidad no es solamente ir tras una mujer e intentar seducirla para prolongar la especie. Es una cosa más endiablada que eso y con el tiempo he llegado a convencerme de que nadie que se haga la pregunta de verdad está seguro de quién es realmente, en cuanto a su género. Conjeturo que lo más que obtiene, que no es poco, es concluir que es hombre porque le gustan las mujeres o que es mujer porque le gustan los hombres. En cuanto a mí, confieso que he pasado gran parte de mi vida tratando de desenredar ese nudo gordiano. Y estoy casi seguro de que cuando muera seguirá atado, como haciéndome burla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-613608215811325735?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/613608215811325735/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=613608215811325735' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/613608215811325735'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/613608215811325735'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/soy-macho.html' title='&quot;Soy macho&quot;'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6348585836792736127</id><published>2010-12-07T13:25:00.012-03:00</published><updated>2010-12-11T01:43:48.205-03:00</updated><title type='text'>Interpretación de un cuadro de Torterolo</title><content type='html'>En Rancagua las hojas del abanico que marcaban las diferencias de clase eran limitadas. Casi todos íbamos a la misma escuela, comíamos y bebíamos más o menos lo mismo, las mujeres ricas y las pobres se encontraban en la carnicería, en la misa del domingo y en la Plaza de los Héroes, donde les compraban algodones, turrones y pelotitas de esponja a sus niños. Los hombres iban al estadio a ver al O'Higgins; unos a tribuna, otros a galería, pero todos experimentaban una decepción similar después del partido. La diferencia la hacían la casa, el automóvil y sobre todo, el televisor. Tener una casa grande de dos pisos con chimenea era prueba irrefutable de riqueza. Tener un automóvil era signo de poder. Tener un televisor, de poder secreto. Una noche volvíamos a casa por la calle Bueras y mi mamá me dijo, con una voz baja y cortante que destilaba no muy sana envidia: "Aquí tienen televisión". Miré y no vi nada. ¿Dónde está?, le pregunté. "Allí, detrás de la ventana". Agucé la vista, tratando de olvidar el antejardín, y solo conseguí vislumbrar una especie de mancha luminosa que cambiaba constantemente de brillo. Meses más tarde caminábamos por el centro y me mostró un televisor. Una tienda comercial lo exhibía funcionando detrás de la vitrina. La tienda estaba cerrada y el frío de la noche se cortaba con cuchillo; en la calle Independencia penaban las ánimas. Nos detuvimos a ver el programa. Sentí una enigmática sensación de desaliento, de sueño cumplido al que le faltó algo. La nieve se apoderaba de la pantalla y lo que se podía adivinar era la figura de un señor de terno y corbata sentado en un sofá, hablando. De modo que así son los televisores, pensé, sin moverme, como un cine chiquitito, pero por qué no hay más gente aquí, por qué no se agolpan frente a la vitrina, hasta que la situación se tornó insoportable y nos fuimos.&lt;br /&gt;Planteado entonces el problema de la identidad, la gente debía buscar la solución. Y como para nosotros el auto y el televisor eran a lo sumo esperanzas de un mundo mejor, lindas fantasías de tardes de invierno, mi madre ideó una triquiñuela y consiguió su objetivo de ubicarse donde le correspondía, de darse y darnos el estatus que merecíamos. Si no se podía llegar a lo más alto del podio había que subir a otro podio, que no nos rebajara tanto, que nos diferenciara, y ese era el podio de la cultura, donde quedaríamos bien ante la ciudad, seríamos la envidia de muchos y nos sentiríamos cómodos, a nuestras anchas, felices de ocupar el casillero asignado naturalmente para nosotros; qué curioso, pienso esto como si fuese mi madre y es que así lo sentía entonces: sus ideas, sus gustos, sus sueños y su interpretación de la realidad eran mi Faro de Occidente, algo se ha escrito alguna vez sobre eso.&lt;br /&gt;En el mundo del magisterio se comenzaba a hablar del pintor Torterolo, del que revolucionaba la ciudad con sus cuadros abstractos. Paradójicamente el sujeto era Fernando, no su hermano mayor Luis, quien había obtenido innumerables premios por sus obras. Es que Luis era figurativo; o sea, pasado de moda, mientras que lo de Fernando era otra cosa, algo así como el anuncio de los tiempos que nos esperaban, que nadie sabía bien cuáles eran y que al final nos llevaron a todos al despeñadero en el nombre de la igualdad social. Fernando era un poco la locura, la transgresión, cuando dicho concepto llegaba a adquirir ribetes mágicos.&lt;br /&gt;Una tarde mi mamá me vistió de domingo y fuimos a la casa del pintor. Recuerdo una pieza alta y oscura, una lámpara como de relojero apuntando a un costado, un anciano sentado en un mueble tapado de chales, un mesón salpicado de óleo seco de los más diversos colores. El viejo me puso "El Mercurio" sobre la cubierta y yo me arrastré por una noticia hasta que pude completar la primera línea. El esfuerzo me llevó a la línea de abajo y a la de más abajo, pero eso fue todo. Le había demostrado que ya sabía leer y él dijo algo cariñoso, no sé si a mí o a mi madre. De esta simple observación desprendo que el episodio tuvo lugar alrededor de octubre o noviembre de 1958.&lt;br /&gt;Cuando salíamos le pregunté si ese era el pintor. Mi mamá me dijo que no. Le pregunté quién era. Me dijo que era el papá del pintor. Le pregunté dónde estaba el pintor. Me dijo que los pintores trabajaban de noche y dormían de día, porque eran bohemios. No consigo rememorar otra voz ni otra imagen; en la habitación creo haber levantado la vista y observado decenas de cuadros esbozando luchas entre santos y demonios, jugosas cataratas fascinantes, esplendorosos infiernos de la mano de flores marchitas, patos muertos con las patas colgando. O quizás no vi nada porque las pinturas estaban arrimadas al muro, ya no hay cómo saberlo. El hecho cierto es que días después, dos de esas obras se lucían en las paredes de nuestra casa. Mi mamá había ido a la segura y optó por trabajos diametralmente opuestos, correspondientes a dos periodos del artista. Un cuadro representaba un florero con rosas sobre una mesa y sobre él no podía existir debate alguno: era un florero con rosas. Se conservaba así la tradición clásica. El otro fue el que generó los comentarios, abrió encendidas discusiones y nos regaló grandes satisfacciones durante años. Se trataba de una majamama de colores brillantes sobre un fondo negro; cuántas veces cayó desde la altura como tabla de salvación para los intermedios de las canastas vespertinas.&lt;br /&gt;Durante esas largas horas de soledad de la niñez, aquellas que pasaba esperando la llegada de mis padres, me detenía minutos enteros a descubrir qué diablos podían significar esos trazos. Así fui llegando a la siguiente interpretación, que quedó inscrita en mi mente hasta el día de hoy: al centro del cuadro, la figura de un monstruo o dragón sobre el cual estaba montado un payaso con sombrero de cucurucho y con una espada al aire. Al costado superior izquierdo, un árbol con una casita en las ramas y un nido con pajaritos. Al costado superior derecho, la figura de la Virgen escondida en una cueva, más bien raptada, pues se adivinaba un grito agónico tras ese resplandor. Abajo, rayas sin importancia. Dicha interpretación debí manifestarla en voz alta ese mismo año o el siguiente, pero solo fue cinco o seis años más tarde cuando cobró su verdadero sentido.&lt;br /&gt;Un verano de esos que no terminan nunca, agotada nuestra imaginación para idear juegos, tal vez cansados del esfuerzo de correr tras la pelota, uno de mis primos, el Julio o el Lucho, propuso interpretar el cuadro de Torterolo. Éramos tres o cuatro sentados en el sofá, con la pintura al frente y el sudor seco en el cuello. Apliqué mi falsa modestia y guardé mi brillante teoría para el final. Cuando le llegó el turno al Vitorio, dijo: "Al medio hay un monstruo con un payaso con sombrero de cucurucho y con una espada al aire. Arriba hay un árbol con una casita en las ramas y un nido con pajaritos. Al otro lado está la Virgen en una cueva". Choqueado por el asombro hice ver que esa interpretación era mía, que mi hermano me la estaba copiando; pero él, aún más asombrado que yo, refutó mi crítica con el argumento irrebatible de que siempre vio tales imágenes en el cuadro.&lt;br /&gt;¿A quién le pertenecía esa forma de ver la obra? A mí, estaba seguro. Y demostraba de paso que la ascendencia que yo tenía sobre mi hermano era mayor de la que me había imaginado hasta entonces. Por eso al cabo de un rato decidí regalarle la presa y dejar de discutir. Mas con los años he ido madurando una idea inquietante: quizás la traducción sí fue suya, pues, ¿qué garantías poseo de que realmente nació de mi mente? ¿Solo aquella de que pienso luego existo? ¿No será este un argumento demasiado débil? Peor aún, quizás la interpretación primitiva haya sido de mi mamá, de alguno de mis tíos o de una voz anónima que pesqué al vuelo. Una cosa sí es segura: de mi papá no fue, porque a él jamás intenté copiarle nada. Aunque ayer mismo, sentado con las piernas cruzadas frente al televisor, en actitud grave y ausente, mi mujer no pudo dejar de comentarme: ¡Por Dios que te estás pareciendo a tu padre!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6348585836792736127?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6348585836792736127/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6348585836792736127' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6348585836792736127'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6348585836792736127'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/12/interpretacion-de-un-cuadro-de.html' title='Interpretación de un cuadro de Torterolo'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-62542470452775285</id><published>2010-11-11T13:19:00.013-03:00</published><updated>2010-11-13T16:50:22.718-03:00</updated><title type='text'>Graves problemas</title><content type='html'>Dos hombres jóvenes conversan en el café. Un latino y un norteamericano. El latino es de buen hablar, en el significado doble que se le puede dar a la acepción: habla demasiado y pronuncia como si estuviese leyendo. Otra cosa: varias veces ha dicho "te voy a dar un ejemplo tonto, un ejemplo tonto", pero cuando vamos a escucharlo resulta que aún no se le ha ocurrido. "Un ejemplo estúpido", reitera, y dice algo sobre el dinero y el afecto. Insta repetidamente a su interlocutor a que crea en algo, a que tenga algo en qué creer. De paso le pregunta si es calvinista o luterano. El norteamericano es pausado y solo usa la palabra para hacer comentarios sobre lo que va escuchando. Sus intervenciones son bastante simples y por lo mismo certeras, efectivas, acordes con la idiosincrasia de su estirpe. Yo, que estoy en la mesa de al lado en calidad de invitado de piedra, he abandonado hace rato la lectura del momento: la vida ofrece mejores cuentos que los libros. Más obvio aun, los libros son los cuentos de la vida. Si Borges estuviera con nosotros me destrozaría por lo que acabo de enunciar, con esa sutileza pacífica que caracterizaba a su genio, al tiempo que daría vuelta la frase, haciéndola paradoja: la vida es un libro de cuentos.&lt;br /&gt;En pocos minutos me doy cuenta de algo indesmentible: el latino va hacia el despeñadero y el norteamericano intenta impedir la tragedia, sin involucrarse demasiado. Pienso qué me ha hecho sacar esa conclusión y si detrás de ella no habrá una trampa de mi mente destinada a reforzar mis actos. El latino ha dicho, por ejemplo, que ya lo tuvo todo, que sus padres todo se lo dieron y que ahora no precisa nada más que de su taller y una pieza para vivir, que evita y evitará todo compromiso sentimental, que se conformaría con comer pan y beber agua y que firmaría hoy mismo un poder en favor de su hermano, porque nota que éste quiere quedarse con los bienes que logró hacer suyos con tanto esfuerzo su padre. Trata a su padre casi como a un hermano menor, y a su hermano real como a una sanguijuela. Va al despeñadero, pero ¿por qué no habría de ser correcto y bueno lo que desea para sí? ¿Acaso no era esto mismo lo que predicaba el hermano Francisco? No, me repito, va directo al despeñadero del fracaso. Las tres estrellas que se vislumbran en su futuro son la soledad, la miseria y el sarro del resentimiento que conduce al odio y la desprotección. Creo que el norteamericano también piensa como yo. Se lo hace ver, por ejemplo, diciéndole que no habría para qué liquidar la fortuna de sus padres en vida, pues cuando mueran eso ocurrirá automáticamente. Agrega que si él donara su parte a una institución de caridad, como lo ha sugerido durante la conversación, nunca sabría si esa fortuna iría a dar donde él desea que vaya o a otras manos. Tras un silencio el latino le agradece. "Venía desorientado y ahora lo veo todo más claro". El norteamericano paga la cuenta y el latino insiste en dar la propina, que su interlocutor considera demasiado generosa. Se paran y se van. Los veo en la calle desde mi mesa: el latino es bajo y cabezón y le sigue hablando; el norteamericano es alto y fornido. Me recuerda a esa pareja de "Perdidos en la noche".&lt;br /&gt;Quiero volver a mi libro, esa obra tan rara de Marguerite Duras sobre una mujer francesa de nombre alemán, una obra femenina escrita como escriben las mujeres, con ese misterio que tienen para decir las cosas, esa ambigüedad e imprecisión que de tanto envolver el relato pasa a ser profundidad, verdad. Pero lo cierto es que no puedo apartar de mi mente la escena de la que acabo de ser testigo.&lt;br /&gt;Recuerdo que cuando era joven despertaba con la sensación de estar agobiado, sensación que se iba acrecentando con el correr del día y que se transformaba en una angustia sin nombre cuando llegaba el momento de partir a la cama. Ansiaba quedarme dormido para entrar en el mundo de los sueños, el único escape posible, mas lo primero que veía al romper el alba, cuando abría los ojos, era mi malestar. Estaba atrapado entre grandes problemas, que eran grandes porque eran indefinibles, incluso invisibles. Tenía la impresión de que nada de lo que hiciera los resolvería y en efecto, nada de lo que hacía los resolvía. Sentía que iba directo hacia el despeñadero, pero una fuerza interna, masoquista, me hacía soportarlo todo y seguir viviendo, sin caer en la tentación del abandono.&lt;br /&gt;Ahora que ya no soy joven, no siendo completamente viejo aun, podría decir que mis problemas son mucho más graves y les voy a dar un ejemplo tonto, un ejemplo tonto. Estoy más cerca de la muerte, que es el problema más grande de todos. Por ende estoy más cerca del dolor, el segundo problema más grande de la vida. Mi literatura no ha sido reconocida por los críticos, quienes ni siquiera sospecharon que existía, de modo que podría afirmar que mi vida no valió de nada. En mi trabajo llegué hasta donde quería: la cobarde mediocridad. Tengo menos energía y mis obsesiones se han concentrado en dos o tres, que actúan como máquinas descompresoras.&lt;br /&gt;¡Y sin embargo creo ser tan feliz en mi rutina! En momentos como este compadezco al latino y a mí mismo cuando joven, amo el café del mediodía, amo ese gran misterio que es mi esposa, la frescura que dan los árboles en primavera, amo a mis hijos y a mi nieta entrando a casa los domingos, amo el sueño de una pasión que se dispara más allá de las fronteras, y amo las historias que a cada instante reciben mis ojos de regalo.&lt;br /&gt;Ese es mi perímetro, el corral de la felicidad que me aparta del despeñadero.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-62542470452775285?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/62542470452775285/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=62542470452775285' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/62542470452775285'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/62542470452775285'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/11/grandes-problemas.html' title='Graves problemas'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6680933007357609587</id><published>2010-10-28T12:30:00.029-03:00</published><updated>2011-09-09T22:00:21.007-03:00</updated><title type='text'>El hombre que crecía y decrecía</title><content type='html'>Entre tantos ejemplares deformes y diría extraordinarios, hasta bellos en su deformidad, el caso del hombre que crecía y decrecía ha sido relegado a espacios secundarios en la historia de los records Guinness, a pesar de sus enormes alcances, sospecho que desde que alguien de la compañía alertó acerca de la naturaleza de su descubridor, el irlandés Jack Jameson. El libro de 1962 describe al hombre que crecía y decrecía en su página 112 mediante este somero texto: "Existe un ser humano que crece y decrece en el transcurso de un día. Es el único caso registrado de este tipo. Vive en...". El artículo continúa con los detalles de su nombre, la ciudad y país de residencia y otros. En total, dos párrafos y su fotografía, que para efectos visuales es la de un hombre común y corriente. La edición de 1963 y siguientes ya no lo contemplan, no porque su récord lo batiera otra persona sino simplemente porque lo que yo me imagino como una suerte de capricho editorial lo hizo desaparecer de las páginas. Digo capricho, ya que hace unos meses me tomé la molestia de enviar un mail a la compañía Guinness World Records, consultando el motivo de esta ausencia, y la respuesta dejó mucho que desear. Traducida al español decía algo así como "lamentamos no poder servirlo, distinguido lector, pues las políticas de la compañía nos impiden proporcionar ese tipo de información".&lt;br /&gt;Jamás una mujer medianamente seria podría ser llevada a un haloupen. Ella tuvo la suerte de librarse del acento y así fue como nos embarcamos a la tierra del hombre que crecía y decrecía, apenas con un par de datos básicos que logré reunir. Llegamos un viernes por la noche, mala señal y sin embargo matemáticamente estudiada: ella le pudo dedicar todo el fin de semana al placer de los casinos flotantes y yo debí esperar hasta las nueve de la mañana del lunes para volcarme a las oficinas públicas. Me costó dar con su paradero, pero terminé el día con una cerveza en la mano, asumiendo mi gran triunfo. El hombre que crecía y decrecía estaba vivo y aunque residía a unos 400 kilómetros de donde nos hallábamos, me aseguraron que era perfectamente abordable, lo que quiere decir que el personaje no disponía de mucho dinero.&lt;br /&gt;Se nos planteó entonces una singular disyuntiva: o ella me acompañaba o se quedaba a esperarme, corriendo el riesgo de copar las tarjetas de crédito en sus visitas a los casinos, algo que no pocas veces en nuestra vida ha sucedido, y ha sido bien desagradable. Me prometió que jugaría "hasta más acá de lo razonable" y yo subí al bus muy satisfecho, pero por el camino pensé que me debió decir "más allá" y no "más acá" de lo razonable, ya que más acá implica un menor esfuerzo de acercarse a la razón y más allá, el agotador tormento de no dejarse llevar por el vicio. Entre tanto la ventanilla del bus me ofrecía cuerpos extraños a la salida de los bares, pueblos que se encendían y se apagaban, polvaredas monstruosas que entraban por hendiduras en el piso de la máquina. Hacía un calor insoportable cuando los tres últimos pasajeros llegamos al terminal, cerca de las cuatro de la mañana. Calculé que el hombre que crecía y decrecía debía de andar por los 72 años, pero lo primero que hice fue no averiguar su paradero sino buscar un hotel. Me atendió un indígena, a juzgar por sus rasgos. No había forma de hacerle entender que necesitaba una habitación al momento; se negaba a dármela. Hablábamos el mismo idioma, con las variantes que se dan entre uno y otro país, de tal forma que parecían lenguas diferentes, pero no era eso lo que nos separaba sino su testarudez. Se me pasaban por la mente tantas cosas desagradables, tantos asuntos inconclusos, tantas batallas absurdas, inútiles, esos mismos pueblos recién divisados por primera y última vez, pero estaba en un país que no era el mío, de modo que actué con prudencia. Le rogué una vez más al indígena que me condujera a la pieza y no lo hizo. Su argumento era idiota, me decía que si me alquilaba la habitación me tendría que cobrar el día anterior, pues el ingreso corría a partir de las 8 de la mañana y recién eran las cuatro veinte. No importa, le imploraba, pagaré. No señor, el dueño del hotel me ha ordenado proteger los intereses de sus clientes, espere y tome asiento hasta que den las ocho de la mañana y en ese momento lo llevaré a su habitación.&lt;br /&gt;Uno frente al otro, hasta las ocho de la mañana. Se notaba que había tenido una jornada agotadora, a pesar de que en el casillero colgaban todas las llaves menos dos. El cuello de su camisa blanca, cerrada hasta el último botón, estaba completamente sudado y negruzco, con ambas puntas dobladas hacia arriba. Conservaba la vista fija y no se movía ni para adelante ni para atrás, de tal forma que al despuntar el alba se me figuró un tótem fantástico de malos augurios. Cinco para las ocho se levantó y me pidió que lo acompañara. Salimos a un patio perfumado de frutas raras y doblamos por un sendero de ladrillo al aire libre hasta que llegamos a una especie de galpón abandonado, más parecido a un gimnasio que a un hotel. Las puertas se sucedían a ambos costados del pasillo de piedra y ningún material aislante separaba el techo de zinc de las habitaciones. A esa hora los buitres o zopilotes aún permanecían en las vigas y yo los divisaba perfectamente desde mi cama, pero no bien el sol bañó el pueblo se vieron obligados a levantar vuelo hacia los árboles o a las montañas, me imagino que siguiendo el ritual de cada jornada. Me resultó tremendamente fácil inferir dicho razonamiento: yo mismo tuve que huir de allí apenas sentí en mi cuerpo la radiación infernal que desprendía el zinc. Ella no había tenido una noche de película, me confesó cerca de las nueve y media, cuando la llamé, pero todavía le quedaba cupo en dos tarjetas y esperaba dar el gran golpe en cualquier momento.&lt;br /&gt;Nunca me ha quedado claro si el hombre que crecía y decrecía fue un invento del irlandés ampliado por la publicidad, un fenómeno real o la demostración de que los detalles ligeramente inexactos del diario acontecer concluyen con una suma gigantesca de equivocaciones, que a la postre provocan que el mundo marche no tan bien como debiera. Repaso la historia y advierto desde luego que el primer error consistió en una suerte de omisión perversa, la de borrar de sus páginas al hombre que crecía y decrecía por parte de los editores del Guinness World Records, sin mediar explicación alguna. De no haber sido así yo no estaría en este pueblo infernal, haciendo averiguaciones. Mas espero hallarlo pronto; me han dicho que a no más de dos kilómetros, saliendo hacia la zona selvática, hay un hombre que concordaría con sus rasgos, de modo que antes de partir a pie debo acudir al bar situado al costado del hotel, donde hay un teléfono público. Si la señal de mi celular fuese lo potente que me habían prometido no tendría necesidad de cumplir con esta angustiante misión, pero no es así y me veo obligado a echar moneda tras moneda en el aparato, que se las va tragando todas sin dar la menor señal de vida. Sólo cuando el encargado me advierte que el proceso es diferente logro salvar las que me quedan y comunicarme con ella por segunda vez. Me cuenta que en este rato ha vuelto a perder, noto que se encuentra ligeramente ebria, chispeante; esto es, alegre.&lt;br /&gt;-Es demasiado temprano, amor. Más tarde te va a doler la cabeza.&lt;br /&gt;-No te lo tomes tan a pecho y vuelve pronto, que ya me está pesando la soledad.&lt;br /&gt;-Aquí hay demasiada luz.&lt;br /&gt;-Acá en el casino está fresquito. ¿No tienes aire acondicionado?&lt;br /&gt;-No, y más encima me voy a la selva.&lt;br /&gt;-¡A la selva! ¡Pero qué vas a hacer a la selva!&lt;br /&gt;-Son sólo dos kilómetros, amor, no te preocupes. Es que me dijeron que lo puedo ubicar en un caserío.&lt;br /&gt;-¿En cuál?&lt;br /&gt;-Olvídalo.&lt;br /&gt;-Cuídate, ¡y te doy dos días de plazo para volver conmigo!&lt;br /&gt;-¿Cómo lo estás pasando?&lt;br /&gt;-¡Mal!&lt;br /&gt;-¿Me echas de menos?&lt;br /&gt;-¡No!&lt;br /&gt;-Pero qué...&lt;br /&gt;La señal se había cortado. ¿Valía la pena gastar más monedas?&lt;br /&gt;Salí del bar, pensando únicamente en una farmacia. En este lugar no se puede caminar sin bloqueador. Ahora entendía por qué los rostros de la gente brillaban como la cera de las velas. Me costaba dar un paso bajo el sol y no todas las casas disponían de alerones, apenas pude llegar a la farmacia, no exagero si digo que entre las 8 y las 11 de la mañana había bajado unos cuatro kilos debido al sudor. Andar por allí era como andar dentro de un túnel de fuego. La extrema luminosidad impide ver la salida, tal es la luz que el final del túnel parece un círculo negro.&lt;br /&gt;Cuando llegué al caserío la lluvia se había desatado como nunca había visto en mi vida. Las palmeras volaban por el cielo, arrastradas por el viento. Algo les había oído comentar durante el viaje nocturno a unos pasajeros del bus sobre una tormenta, pero no les di importancia, craso error, de aquellos a los que ya me referí. En el pueblo no se veía un alma, la gente se había resignado a perder sus viviendas, cuyos techos chocaban entre ellos en las alturas, provocando chispas que daban miedo. Vi una o dos vacas mugiendo entre las nubes repletas de agua, como si fuesen veloces aeroplanos, y allí tomé conciencia de la existencia de Dios o de los milagros, que vendría a ser lo mismo. Me pregunté qué hacía en ese lugar, pero sobre todo cómo era posible que continuara con vida, y aun algo más improbable que eso, cómo era posible que el ciclón aún no me hubiese llevado consigo. La Divina Providencia me condujo a una boca de metal cerrada sobre el césped. Me agaché y agucé el oído: se oían murmullos y rezos. Entonces me abrieron la puerta y me tiraron de los brazos hacia adentro, ya estaba a salvo.&lt;br /&gt;La gente que pude ver transitaba de un lugar a otro, la mayoría con las palmas unidas en actitud de oración. Era un espacio inmensamente amplio e irregular, del tamaño aproximado de una cancha de fútbol, colegí luego de recorrer el muro contando los pasos hasta volver al punto de partida, que había dejado marcado con una rayita cuya forma solo yo podía dibujar. Lamentablemente el refugio, porque se trataba de un refugio contra huracanes, había sido construido sin tomar providencias. Digo lo anterior porque en algún momento de mi estadía, tal vez fue en la farmacia, mientras compraba el bloqueador, alguien me comentó que la estatura promedio de los hombres en este país se había elevado 10 centímetros en los últimos 20 años, de lo que se desprende que antes fue de un metro 58 centímetros, ya que a simple vista detecté que actualmente la mayoría de los indígenas bordeaba el metro 68. Dicho factor no fue tomado en cuenta al decidir la altura de la bóveda, que no sobrepasaba el metro 65, por lo que tanto los demás como yo debíamos esperar el paso del huracán caminando no solo agachados sino soportando sobre nuestras cabezas el molesto roce de las raíces profundas de los árboles que resistían la furia del viento. Todas esas molestias eran evitables mediante el simple expediente de cavar hasta aumentar la profundidad del refugio en un metro, por ejemplo. Mas por alguna razón que ignoro, el trabajo no se había hecho. Se me ocurrió pensar que la cueva artificial difícilmente tendría menos de 20 años, lo que quiere decir que en las anteriores tormentas, al menos en las ocurridas 20 o más años atrás, los indígenas caminaban por dentro cómodamente, sin agacharse. Yo calculé que tenía más de 50 años, pero no dispongo de datos objetivos para confirmarlo.&lt;br /&gt;Si he sido algo majadero en la descripción del lugar, se debe al propósito de ilustrar mejor la entrevista que tuve con los familiares y conocidos del hombre que crecía y decrecía. Me llevaron a un rincón apartado de la masa y me ofrecieron una taza de algo caliente y amargo, que bebí más por cortesía que por placer, con algo de esa afectación que denota superioridad de raza. Me preguntaron si yo era algo del gringo, pariente, amigo, cualquier cosa, por último si lo conocía o había oído hablar de él. Sobre nosotros las raíces vibraban, como si tuviesen miedo de que el viento quisiera llevárselas. El murmullo grave que llegaba desde la superficie intranquilizaba hasta a la conciencia más intachable, que desde luego no era la mía, de modo que no es necesario describir mi estado en ese momento. Me hicieron más preguntas y cuando llegamos &lt;em&gt;a la raíz del asunto&lt;/em&gt;, cuando comprobaron sus aprensiones, se miraron un momento y luego habló el de menos edad. Enseguida lo hizo una mujer, después se cruzaron varias opiniones, fueron dejándose llevar por la pasión, hubo alegatos y casi se llega a la violencia, de no mediar la aparición de unos 30 indígenas, atraídos por la discusión. Los ánimos se aplacaron, no hubo explicaciones en ninguno de los dos bandos y el grupo original que conformábamos volvió a apartarse de la masa, pero noté que la irascibilidad nos había desplazado varios metros. Contra toda lógica sonó mi celular. Era ella. Aproveché de preguntarle la hora, porque había perdido conciencia del tiempo. Me dijo que eran cerca de las cuatro de la tarde.&lt;br /&gt;-Imposible -me ofusqué-, estás borracha. ¿Has recuperado algo?&lt;br /&gt;-Lo perdí todo. Perdóname.&lt;br /&gt;-No pueden ser las cuatro -le dije-. Llegué a este pueblo antes del mediodía y entré al refugio no más allá de las 12 y cuarto.&lt;br /&gt;-¿Qué refugio?&lt;br /&gt;-Estoy en un refugio -le respondí, desconsolado, anticipándome a su reacción.&lt;br /&gt;-¡Ja ja ja!... ¡Y qué estás haciendo en un refugio, hombre por Dios! -reaccionó, tal como pensaba.&lt;br /&gt;-Al regreso te contaré.&lt;br /&gt;-Vente ya. No tengo crédito.&lt;br /&gt;-¿Cómo va el huracán allá arriba?&lt;br /&gt;-¿Qué...?&lt;br /&gt;La señal se fue. Me quedé pensando en lo que me había dicho. Si el recorrido por el contorno del refugio me había tomado tal vez una hora y media y la conversación con los familiares y conocidos del hombre que crecía y decrecía a lo sumo tres cuartos de hora, entonces quedaban unas dos horas ciegas dando vueltas. Recordé que en este país el reloj marcaba dos horas más. Allí podía estar la causa, pero solo en el caso de que ella hubiese levantado la vista hacia algún reloj ubicado en alguno de los casinos flotantes y no la hubiese bajado hacia su Cartier. Esta posibilidad hablaba a las claras de que había empeñado su valiosa prenda en la caja de un casino, lo que no tenía por qué llamarme la atención. Pero si no era así, ¿dónde diablos se habían ido esas dos horas ciegas? La duda era espantosa, porque me distraía de la misión que me había llevado a este sitio. Los indígenas, en efecto, se acercaban e iban sumando testimonios sobre el hombre que crecía y decrecía. Incluso un hombre de mediana edad aventuró la hipótesis de que su pariente "había caído en el juego del hombre blanco" y vendido su récord Guinness a un precio irrisorio. Eso no tenía sentido, pero sirvió para que volviera a concentrarme en la historia. A pasos de mi propia raya se encontraba la del irlandés. Cuando recordaron la medición hecha por él sentí lo mismo que si hubiese descubierto ElDorado. Me informaron que el hombre que crecía y decrecía había sido medido allí y lo comprobaron mostrándome las marcas en una roca vertical que sobresalía de la pared de tierra húmeda. Eran tres rayas, separadas cada una por menos de un centímetro y bajo ellas las iniciales J. J., que correspondían a las de Jack Jameson. El más viejo tomó entonces la palabra y me relató la historia. Dijo que él tendría unos 24 años ese día que entró al refugio y que vio cuando el gringo midió a su tío tres veces en el mismo día. En la mañana, en la tarde y en la noche. Le pregunté cómo sabía que era la mañana, la tarde y la noche y me contestó que eso era un decir, que lo que quería contarme era que lo había medido tres veces, pero no al mismo tiempo, sino que en un lapso que podía corresponder a casi un día entero. Le creí y aproveché de preguntarle por qué lo había hecho. El anciano me dijo que su tío siempre comentaba en el pueblo que por lo general en las mañanas amanecía muy alto, durante la tarde se achicaba y al llegar la noche crecía de nuevo. A veces los ciclos cambiaban, a veces se alteraban y crecía o se achicaba dos veces seguidas; el hecho, decía él, era que nunca tenía el mismo tamaño. Le pregunté dónde estaba su tío y me dijo que ayer mismo lo había visto, pero que ahora era imposible buscarlo entre la masa que deambulaba por el refugio; temía que se hubiese apartado voluntariamente del grupo familiar, debido a una disputa con uno de los suyos, cuya razón no logré entender. Le pregunté por qué había sido medido durante un huracán y me dijo que el gringo estaba ese día en el refugio, tal como yo estaba ahora, y que al escuchar la historia se entusiasmó y lo midió tres veces. Me agregó que el gringo había quedado convencido del fenómeno y que "lo puso en una revista". Le pregunté por qué, siendo sobrino y tío, el sobrino parecía tener más edad que el tío. Me contó que el hombre que crecía y decrecía era el penúltimo de 11 hermanos y que como él era hijo del segundo hermano, más bien de una hermana, contando del más viejo al más joven, nació primero él y después el tío, y me recordó además que por ser hijo de una hermana no llevaban el mismo apellido. Me fijé que la piedra desaparecía en el piso mediante un declive irregular, sobre el cual debió de poner los pies el hombre que crecía y decrecía. Le pregunté entonces qué instrumento había utilizado el irlandés para medir a su tío y me dijo que la cuarta; qué es eso, le pregunté y como respuesta abrió lo más que pudo los dedos de su mano derecha. Le pregunté dónde estaba el gringo y me dijo que estaba en el cementerio. De modo que en eso descansa todo este asunto, pensé, abrumado, descansa en una operación al voleo dentro de un refugio en medio de un huracán, salvo que los indígenas no estén siendo precisos en sus recuerdos. Porque no podía ser que una medición tan superficial constituyera la base de un record recogido como cierto por un libro que, aunque de divulgación popular, basa su prestigio en la confirmación de los datos que publica. Los irlandeses tienen fama de obstinados, incluso de cargantes, de modo que por fuerza J. J. debió recopilar más información antes de ofrecerle la historia a la compañía, así debían de ser las cosas, concluí, convencido. En ese momento volvió a sonar el celular.&lt;br /&gt;-¿Sí?&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;-Ah, eres tú.&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;-¿Para qué me llamas de nuevo? Estoy muy ocupado, mi amor.&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;-Todavía no, me falta un poco.&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;-¿Recuperaste el dinero?&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;-Estás en bancarrota. Y borracha.&lt;br /&gt;-... ... ...&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-... ... ...&lt;br /&gt;-No sé qué decirte.&lt;br /&gt;-... ...&lt;br /&gt;-No lo hagas, por favor.&lt;br /&gt;-... ... ... ...&lt;br /&gt;-¿Puedes esperar al menos un día?&lt;br /&gt;-...&lt;br /&gt;Colgué. La conversación me había derrumbado emocionalmente, el anciano lo advirtió de inmediato y me preguntó qué estaba pasando &lt;em&gt;allá arriba&lt;/em&gt;. Lo tranquilice, le dije que se trataba de un problema personal. Me tomó las manos y me instó a confesarle mi pesar. Le dije que ella estaba en problemas, me preguntó qué tipo de problemas, lo perdió todo en el casino, se le acabó el dinero le dije, me preguntó para qué podía querer dinero ella, para vivir, para mantenerse le dije, me dijo que en su aldea todos vivían sin dinero, pero ella no puede, usted no la conoce le dije, me preguntó qué haría entonces, un hombre le está proponiendo hacerse cargo de la deuda le dije con mucha vergüenza, me preguntó en qué consistía eso de pagar una deuda, en quedar limpia, en empezar de cero le dije, se alegró y me apretó fuertemente las manos, no se alegre porque eso no es tan bueno le dije, me preguntó por qué no era tan bueno empezar de nuevo y dijo que él lo encontraba muy bueno, no se lo puedo decir le dije, me rogó que le explicara, es que ella tiene dudas porque usted debe imaginarse el costo de aceptar esa oferta le dije, me dijo que no se lo podía imaginar y me ofreció la ayuda que quisiera de su pueblo, dígame cuánto falta para que pase el huracán le dije, me dijo que ya estaba terminando. Un grito surgido del otro extremo del refugio, semejante a la celebración de un gol de la selección, fue efectivamente el aviso de que todo había pasado y de que la gente podía emerger, lo que fue ocurriendo con el orden más matemático que jamás haya visto. Los indígenas formaron una fila en forma de serpiente, similar a las que se disponen frente a las cajas de los bancos o los centros de pago, pero multiplicada por cien, pues aquí estábamos hablando tal vez de 2 mil a 3 mil personas. Cada uno era llamado por su nombre y cuando a lo lejos se escuchó el del hombre que crecía y decrecía, el indígena que iba delante mío me comentó: "Ese es mi tío". No salí de la fila para ir tras él; de tal modo estaban dispuestas las cosas que resultaba ilusorio siquiera levantar la cabeza por encima del hombro. Creo que ese fue el momento en que lo perdí para siempre.&lt;br /&gt;Me quedaban dos pasos a seguir, pero antes debía esperar mi turno para subir a la superficie. Éste se concretó un par de horas después.&lt;br /&gt;Al salir, lo que vi me maravilló. Una vaca mugía en la copa de un árbol y los indígenas cortaban el tronco a hachazos, hasta que el árbol se inclinó y la vaca fue a dar al barro. Cayó sobre una pila de ramas y piedras y quiso huir, pero una de las ramas se le había incrustado en la panza y de la herida manaba abundante sangre. Los indígenas trataban de curarla. Mientras, yo caminaba a toda prisa al pueblo en medio de un festival de colores brillantes, parecidos a los de las películas de Tim Burton, perdóneseme esta comparación tan fuera de lugar, pero es que no hallo la forma de describir mis emociones ante un paisaje que a mis ojos parecía antinatural. Los animales continuaban horrorizados ante el fenómeno atmosférico; fuera de esa vaca no se oía siquiera el canto de un grillo, el trino de ave alguna. El ciclón, por lo demás, había dejado en la tierra una calma fúnebre, una paleta de colores mezclados e impasibles y por ende, perturbadores, de modo que el viaje de ida estaba resultando extremadamente diferente al viaje de vuelta, vaya sí me daba cuenta, único humano entre el villorrio indígena y el pueblo, a saltos entre desperdicios más que andando rápido, acechado desde todas partes por esa especie de camposanto salvaje y desde arriba por los rayos del sol.&lt;br /&gt;Entré al cementerio y comprobé que las lápidas estaban en sus puestos, bien plantadas en la tierra. Sobre la del irlandés se paseaban enormes babosas que acababan de salir y chupaban lo que podían antes de regresar a sus escondites, ya que el calor volvía a tornarse insoportable. Su epitafio decía en inglés: "Después de todo, vine a dar aquí" y no supe si reír ante su sentido del humor, si tratar de interpretar el doble o triple significado de su mensaje o si echarme a llorar frente a su tumba. Un hombre como ese me había hecho viajar tanto, había arriesgado tanto por su culpa y ahora que casi ya era demasiado tarde... bueno, cada cual escoge lo que quiere poner en su epitafio, si lo pienso bien no era su culpa, era la mía, salvo que un bromista o un amigo suyo hubiese improvisado esas palabras al momento de encargar la obra al lapidario.&lt;br /&gt;El único bus del día salía en dos horas. Antes pasé a la biblioteca, donde encontré un dato clave acerca del irlandés. El encargado no lo recordaba, pero un indígena que miraba una revista de aventuras me dijo que lo vio llegar al pueblo con una mujer y cinco chiquillos pecosos, de eso haría unos buenos años, él estaba muy joven cuando lo vio, y me contó que al poco tiempo la mujer había partido con los niños y "el gringo se puso a tomar hasta que se murió". Se levantó y fue a un estante, sacó un libro y me lo pasó. Era una novelita que llevaba la firma del irlandés, titulada "El hombre que crecía y decrecía". Le pedí al bibliotecario que me la prestara y me dijo que no podía, que debía leerla en el recinto. Ofrecí comprársela y se negó rotundamente. La obra tenía unas 120 páginas; calculé que bajo el estado de ansiedad en que me hallaba tardaría una hora y media en leerla.&lt;br /&gt;Me senté a leer con desesperación y habría avanzado la mitad del libro cuando el encargado me ordenó que se lo devolviera porque la biblioteca tenía que cerrar. Me dijo que abriría de nuevo "si pasaba la calor", respuesta ambigua que me dejó pensativo. Volví al hotel y ordené que me prepararan la cuenta. Un recepcionista -no el indígena del cuello doblado de la camisa- comenzó a estudiar el registro con una insoportable calma e indiferencia. Desde el mesón vi pasar el bus lanzando barro hacia las veredas. Iba prácticamente vacío, pero entre los pasajeros me pareció ver una cara conocida.&lt;br /&gt;Ahora se ha vuelto a nublar y estoy de nuevo en la cama. Tuve que volver a registrarme, pues no hubo caso de que el hombre entendiera que, siendo yo la misma persona que había alquilado la habitación la noche anterior, resultaba innecesario chequearme dos veces. Él argumentó que, úsese o no se use la habitación, pasados siete días era norma de la empresa rechequear a todo pasajero que permaneciera en el hotel, frase que me dejó sumamente pensativo, porque denotaba algo que yo debía saber y no sabía. Los buitres han regresado a las vigas, pero me han dicho que la biblioteca no tiene para cuándo abrir, porque el encargado viajó en el bus a la capital a hacerse un arreglo a los dientes. En otras circunstancias, este sería un buen momento para reflexionar sobre mi vida, la del irlandés, la de ella y la del hombre que crecía y decrecía, pero ahora lo veo difícil. Creo que la clave de todo está en la novela del irlandés, pero me faltaron muchas páginas, quizás lo que promete no sea cierto. No puede ser que un hombre pueda crecer y decrecer a su voluntad; más bien son sensaciones, aspectos ininteligibles de ciertas tramas que se van armando solas. Hay veces en que una sola voz, un solo signo, pueden variar una realidad firme como roble, por ejemplo un amor de toda la vida. Esa coma en la lápida, otro ejemplo, esa coma dice tanto porque no procede, me angustia pensarlo, el epitafio debiera leerse de corrido, la coma fue un artificio, una pedantería impropia del lugar, no había para qué ponerla, en ese mensaje no era útil el descanso, al contrario, resulta sumamente irónico. Y ese "después de todo", otro ejemplo, y sin ir más lejos la redacción en primera persona, como si los muertos hablaran o nos recordaran ciertos elementos que parecen venir desde el más allá. Entonces es tremendamente injusto que así sea, creo, porque no se trata de eso, se trata de que las cosas sean como realmente son, pues de otra manera todo se presta para interpretaciones y allí está el error que alimenta la vida de los hombres, allí la tragedia que los desemboca en una perdida lápida de pueblo dado a los huracanes, a los calores infernales y al desasosiego permanente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6680933007357609587?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6680933007357609587/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6680933007357609587' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6680933007357609587'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6680933007357609587'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/el-hombre-que-crecia-y-decrecia.html' title='El hombre que crecía y decrecía'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6545271912494939660</id><published>2010-10-26T12:26:00.008-03:00</published><updated>2010-10-27T13:41:32.249-03:00</updated><title type='text'>El poema perfecto</title><content type='html'>El mundo sería de otra forma si una pluma pudiese plasmar el poema perfecto en el alma del hombre, porque el poema perfecto no tiene palabras, y el mundo desde luego necesita palabras. Usé &lt;em&gt;desde luego&lt;/em&gt; para darle fineza al texto, algo que les he leído a ciertos escritores ingleses o a doctos italianos. Pude haber dicho solamente &lt;em&gt;el mundo necesita palabras&lt;/em&gt;, mas no habría sido lo mismo, precisamente porque el mundo necesita palabras y el poema perfecto no las requiere, de modo que empezamos mal.&lt;br /&gt;Segunda estrofa&lt;br /&gt;Sería como una transfusión de sensibilidad, el paso de una vida a otra, no seamos aparatosos; el paso de un instante de una vida a otro instante de otra vida, tan breve es el deslumbramiento y tan largo el efecto mental, no emotivo. La emoción es rayo, el recuerdo del poema perfecto puede durar hasta el fin de una vida. El recuerdo es más largo que el olvido. Una transfusión de horrores e intenciones, un proceso casi químico, acaso telepático.&lt;br /&gt;Tercera estrofa&lt;br /&gt;La pluma no transferiría la vida que vemos pasar delante de nosotros, sino la que no vemos, viéndola perfectamente con los ojos. Provocaría el efecto de una droga, yo en ti, tú en mí, nuevas sensaciones, no era el único, éramos tantos despreciando, pecando, Señor, perdóname, he sido inoculado con el néctar que lleva a la locura, no estoy preparado, por Dios, desearía al menos divisar las sombras.&lt;br /&gt;Cuarta estrofa&lt;br /&gt;Se apropiaron de la pluma para verter su vacuidad y privilegiar la forma, el enigma, el propio sentimiento. Hicieron poemas del poema y qué consiguieron: apenas el Premio Nobel, entrar a la Academia. Egos inflamados, el pueblo se quedó sin voz y qué le dejaron: pasiones infantiles, remedos de pasión, una mezcla de espectáculo, tragedias, comedias, competencias. &lt;br /&gt;Quinta estrofa&lt;br /&gt;Así sintieron Shelley, Verlaine y tantos otros, Cernuda y Neruda, Lord Byron, De Rokha, Parra, Hahn y Harris, Calderón. La miseria de sus versos empolvados, palabras en la estantería. Por las noches aullaban de pena como lobos en la nieve, y el poema no salía, apenas un manto de terciopelo orlado de rubíes; los lectores se abrigaban con el manto y trataban de llorar, porque el poema perfecto es llanto, y algunos lo conseguían apelando a la desesperación y al sacrificio. No sacaban mucho, ni poetas ni lectores. Hubiese bastado que el poema perfecto penetrara en el alma como Isolda, mi heroína.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6545271912494939660?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6545271912494939660/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6545271912494939660' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6545271912494939660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6545271912494939660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/el-poema-perfecto.html' title='El poema perfecto'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4948629158264109415</id><published>2010-10-19T13:14:00.004-03:00</published><updated>2010-10-19T13:39:28.136-03:00</updated><title type='text'>Loor al nuevo amanecer</title><content type='html'>He visto en sus ojos una gran tristeza; le han comunicado que su vida se va a acabar. Ya no es inmortal, como nosotros.&lt;br /&gt;¿Por qué brinda, entonces? Ahí lo tienen, con su copa en alto, su cara colorada y una sonrisa que sus ojos desmienten.&lt;br /&gt;Brinda por un nuevo amanecer, y nosotros brindamos por él.&lt;br /&gt;El león se ha suavizado, pero no ha caído. Aún domina la sabana desde su inalcanzable promontorio. Todavía podría matar; el tema es que ahora le falta convicción y le sobra humanidad. Las fieras lo ven alicaído e intentan acercarse, cuidado, no es momento aún de cantar victoria, deben retirarse al herbazal, el tiempo de las bestias no ha llegado. La vida, incluso si se acaba, puede ser eterna.&lt;br /&gt;¡Mil años más de vida al viejo león atribulado! ¡Loor a su nuevo amanecer!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4948629158264109415?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4948629158264109415/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4948629158264109415' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4948629158264109415'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4948629158264109415'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/loor-al-nuevo-amanecer.html' title='Loor al nuevo amanecer'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8346843322466768330</id><published>2010-10-18T13:59:00.006-03:00</published><updated>2010-10-19T02:22:31.707-03:00</updated><title type='text'>El mensaje</title><content type='html'>Le imprimieron un sello al sobre, lo echaron al buzón; comenzó a esperar. Para él, la felicidad consistía en soñar, mientras llegaba la respuesta a ese mensaje. Ahora bien, la respuesta podía no llegar nunca; en esa alta probabilidad estaba basado el sueño. Vivía de ese sueño, su vida real se asemejaba relativamente a la de los osos que se duermen esperando la primavera, aunque los osos vivían la mitad de sus vidas para dormir y él vivía casi enteramente para soñar.&lt;br /&gt;Es más, si algún día le hubiese llegado la respuesta, eso le habría ocasionado enormes problemas.&lt;br /&gt;La verdad, concluía, era que no estaba suficientemente preparado para afrontar la respuesta. Requería años de ejercicio para eso, y ya no disponía de esa cantidad en sus reservas.&lt;br /&gt;Mas si no esperaba, su vida no tenía valor ante su propia estimación.&lt;br /&gt;Le habían hablado de los amaneceres, de los atardeceres sosegados, de la azulina luna, del sabor del queso de cabra. Él mismo había experimentado todo eso, incluso más: había sentido en la sangre que corría por sus venas la tibia generosidad de obsequiar y la satisfacción de acudir a los velorios. Y había rozado la felicidad sintiendo esos momentos, cumpliendo esos actos.&lt;br /&gt;Entonces por qué le dedicaba su vida a una probabilidad tan remota como no deseada.&lt;br /&gt;Quizás lo hacía porque gracias a la espera se evitaba el fatigoso compromiso de vivir. O quizás porque solo así podía sortear los fantasmas que lo impulsaban a acometer misiones vulgares y desenfrenadas.&lt;br /&gt;Para los demás, él podía resultar un personaje un tanto extraño. Para él, todo cuadraba como la suma diaria en un banco, todo tenía la debida justificación. Y así debía ser y así debía seguir, mientras le quedaran fuerzas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8346843322466768330?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8346843322466768330/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8346843322466768330' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8346843322466768330'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8346843322466768330'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/la-carta.html' title='El mensaje'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1817507243302027225</id><published>2010-10-15T13:10:00.010-03:00</published><updated>2010-10-19T02:21:54.366-03:00</updated><title type='text'>Divagaciones "poéticas" sobre gente que pasa por la calle</title><content type='html'>En qué piensa la gente que camina por la calle. Si pudiera saberse a ciencia cierta, la humanidad eliminaría acaso su problema principal, dado que el hombre es pensamiento. Está por verse, además, si el pensamiento está realmente relacionado con el dominio de la lengua; o si por el contrario, el conocimiento es sólo otro disfraz de nuestra ignorancia. Los animales no piensan y son completamente ignorantes, a nuestro modo de ver las cosas. Dios no ejercita el pensamiento, porque no sabría cómo construir un puente, no dispone de talento para eso, y sin embargo es completamente sabio y poderoso. Cómo se explica esta paradoja. Dicen que el lenguaje es esencial para que se desarrolle el proceso del conocimiento, pues sin lenguaje no hay aprendizaje y sin aprendizaje no hay mucho más en la cabeza que una suma de emociones y recuerdos, de allí que se hable de personas, pueblos y civilizaciones más o menos desarrollados. Pero Dios, o al menos aquel que Dante pudo contemplar en su último canto, no tiene la menor idea de gramática, porque Dios no es para resolver problemas, sino más bien para dejarlos planteados, y aun así, con su falta de talento para el estudio, es el colmo de lo máximo. En cualquier caso, si llegara a tener problemas, pienso yo, estos serían de naturaleza física y metafísica. Por ejemplo, ¿son todos los universos que existen o podría haber más? ¿Podrían los universos devorarse a sí mismos hasta desaparecer? ¿Es objetivamente el universo más grande que un átomo de hidrógeno o la sustancia no conoce medidas? ¿Qué nos hace pensar que Dios es la esencia del bien por ser el amor el único efecto creador? Y la pregunta más quemante de todas: ¿Se le escapan de sus manos los grandes problemas a Dios? Algunos piensan que esos conjuntos de galaxias, unidas si se las pudiera unir, incluso unidas en el momento previo a un estallido, eso sería Dios. Otros dicen que como Dios no existe, esas masas espaciales se reducen a materia. Otros ven a Dios como ser supremo inteligente y muy cuidadoso de nuestro destino.&lt;br /&gt;Hay momentos en que a quien camina por la calle le resulta fácil pensar. Un retortijón estomacal, un mandato urgente de los intestinos llevan al ser a un estado de concentración y de pensamiento que se parecen mucho a la obsesión, que es su estado hermano, pero surgido de causas diametralmente opuestas. Pues mientras el primero tiene su origen en un acontecimiento del presente más inmediato, la segunda sólo se puede explicar en el pasado más remoto de quien la sufre.&lt;br /&gt;Parecido es el caso de quienes padecen graves enfermedades. El pensamiento dominante suele ser catastrófico, suele llevar a la muerte. Se puede adivinar en las facciones de los enfermos que vemos transitar, y que nos inspiran lástima. No es el sufrimiento físico lo que altera sus rostros: es la idea de la muerte, de la pérdida de la esperanza.&lt;br /&gt;Descorridos estos velos se mantiene la duda, íntegra en su esplendor: en qué piensa la gente que camina por la calle.&lt;br /&gt;El proceso del pensamiento es endiablado. Influyen en él la capacidad de concentración, el ambiente, las ideas fijas que andan circulando por la mente, sobre todo los sentidos. Yo puedo ir por la calle y sentirme bien hasta que surge un pequeño tirón en la rodilla; de inmediato el pensamiento se va a la zona del tirón, entonces recuerdo que mi hermano tuvo que ser operado de la rodilla porque tenía los meniscos hechos polvo y qué curioso, me veo esa tarde en la clínica, mirando el atardecer por la ventana, mientras él me mira desde la cama, tranquilo, con una bota de yeso, tal vez contento de que su único hermano haya ido a verlo. Un brusco golpe de alegría me acomete, rumbo al café del mediodía, porque fuera el tirón, que ya pasó, me siento bastante bien y la mañana está fresca, como a mí me gusta. Entonces de la nada saco el teléfono y llamo a mi mujer, pero no me contesta. La vuelvo a llamar y su número me remite al buzón de voz. Se me despiertan esos antiguos celos, que me empiezan a ocupar el pensamiento. No consigo dar con las imágenes precisas, porque no las conozco, de modo que debo imaginarlas, y no hay peor misión para el pensamiento que tratar de enhebrar una historia imaginada de principio a fin. Me surge entonces la pregunta nada de insignificante, que es si quiero realmente que se concreten esas imágenes, de tanto que recurro a ellas, o si lo que quiero es exorcizar mis temores más profundos recurriendo a una invención que despejará mi alma una vez que estos hayan desaparecido.&lt;br /&gt;Si tuviese que hacer una comparación con fines pedagógicos, diría que mi estructura mental guarda mayor relación con la de Woody Allen que con la del Dalai Lama. El primero se me imagina un remolino eterno a la hora del taco y el segundo, una luz matinal e impasible.&lt;br /&gt;Llamo a estas divagaciones "poéticas" porque a la poesía se le permite todo. Y doy gracias a quien descubrió la tamaña irresponsabilidad de proclamar asuntos sobre los cuales no se sabe absolutamente nada y a quienes me subieron a este carro. El viejo ardid de la poesía evitó que se dispersaran por las calles del mundo legiones de locos; y sin querer mi pensamiento ha vuelto a la calle, a la gente que camina por la calle.&lt;br /&gt;En definitiva, las personas que pasan por la calle apenas me ofrecen leves pistas de lo que podrían estar pensando. Sospecho que ni ellos mismos lo saben, como yo mismo no sé exactamente lo que pienso al momento de presionar estas teclas. Es probable que tal como yo ahora, muchos de ellos por la mañana estuviesen sumergidos en esa blancura informe y ciega detrás de la cual no hay nada. He allí la sustancia de lo que tomamos por pensamiento: la nada. El cerebro consciente vive la mayoría de las veces "en blanco", pero no en el blanco del Dalai Lama sino en un blanco confuso y holgazán. Nos movemos guiados por un mandato anterior, sentimos según las agujas del reloj avanzan, recordamos y, muy de vez en cuando, por ráfagas, accionamos el cambio del pensamiento que dirige nuestra voluntad hacia un nuevo destino. De lo anterior, una cosa sí se puede decir: la mayoría de los seres que pueblan el mundo han caído bajo el influjo de un torbellino. Sus erráticos pensamientos desembocaron en pésimas decisiones. Es fácil detectarlo: transitan mal vestidos, graves, recelosos, apurados, obesos, apiñados en los paraderos, mientras la minoría circula en autos elegantes, felices de la vida.&lt;br /&gt;Y una última divagación, un último verso de esta delirante poesía: cuando realmente pienso es como si jugara al ajedrez. Al anticipar el cuarto movimiento mi mente se nubla, el nudo queda ciego, y dejo de pensar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1817507243302027225?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1817507243302027225/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1817507243302027225' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1817507243302027225'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1817507243302027225'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/divagaciones-sobre-la-gente-que-pasa.html' title='Divagaciones &quot;poéticas&quot; sobre gente que pasa por la calle'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-7000446785469233826</id><published>2010-10-14T13:29:00.006-03:00</published><updated>2010-10-14T14:41:27.263-03:00</updated><title type='text'>El gorrioncillo</title><content type='html'>Recogió de la calle un gorrioncillo que saltaba en la vereda, abandonado a su suerte. El ave no le opuso resistencia a su mano y Vargas sintió la tibieza de sus plumitas. Lo llevó a su casa y lo instaló, a falta de jaula, en una canastilla que había comprado para la bicicleta de su mujer el día antes. Tapó la canastilla con una bolsa de plástico, que fijó con dos elásticos. Le puso un platito de agua y otro con migas de pan. La canastilla blanca quedó ubicada sobre un parlante en desuso, en el patio de servicio. Sobre el segundo parlante se instaló de inmediato la gata menor, y de ahí no se movió. Cada cierto tiempo Vargas sacaba la cabeza: la gata seguía allí y el gorrioncillo también, dentro de la canastilla.&lt;br /&gt;Almorzó, leyó un ensayo de Umberto Eco sobre la influencia de Borges en su obra, hasta que le dio sueño y dormitó con música de fondo, las piezas tardías para piano de Brahms. Antes de irse a trabajar le echó un último vistazo a la escena del drama: la gata continuaba hipnotizada y en un rincón de la canastilla se adivinaba el ovillo de plumas. Trasladó la canastilla a otro sector donde estuviera realmente protegida, y ese fue la cubierta del asador, que en su hogar se sitúa en los dominios de la perra, que por muy mansa que sea sigue siendo una canina.&lt;br /&gt;Pasó después muchas horas en el diario, durante las cuales fue consumido por el rescate de los mineros, episodio que por vivir de esa manera tan cercana no había valorado en su real dimensión. Todo había resultado tan bien, tan perfecto, nada había quedado al azar, jamás se habían perdido las esperanzas y más que los 33 hombres, el país entero le había dado un inyección de optimismo al mundo. Finalizada la epopeya, mientras comía pizzas con sus colegas, recordó que el mejor lugar de la casa para el gorrioncillo era la pieza de ensayo, que sus hijos músicos no estaban utilizando. Allí incluso se lo podía dejar en completa libertad y hasta le serviría de campo de experimento para sus clases de vuelo. Pero ya era muy tarde para llamar a la casa y sugerir la idea. Vargas no era bueno para recibir maldiciones a través del teléfono.&lt;br /&gt;Volvió cerca de las tres de la mañana, como todos los días. La canastilla estaba abierta sobre la mesa de la cocina. Adentro, los dos platillos. A ras de suelo, las gatas, paseándose hambrientas. Buscó rastros del gorrioncillo, plumas sueltas, pero no halló nada.&lt;br /&gt;Se acostó, todos dormían.&lt;br /&gt;Al día siguiente, en ese estado de duermevela que le viene a las siete de la mañana, le preguntó a su mujer por el pajarillo.&lt;br /&gt;-Se murió -le respondió apurada desde la escala, rumbo a su trabajo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-7000446785469233826?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/7000446785469233826/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=7000446785469233826' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7000446785469233826'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/7000446785469233826'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/el-gorrioncillo.html' title='El gorrioncillo'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4967034545935225838</id><published>2010-10-13T13:35:00.003-03:00</published><updated>2010-10-13T14:18:54.337-03:00</updated><title type='text'>Retorné a mi vieja casa</title><content type='html'>Retorné a mi vieja casa. Estaba impecable, mas al explorar los rincones se advertían difusas sombras blancas que mi imaginación identificó con telarañas. El silencio redoblaba el sonido de mis pasos, y eso que calzaba zapatos con planta de goma. Era un ruido insoportable, que me arañaba la ingle y me obligó a orinar. Fue toda una aventura: para ir al baño había que subir esos escalones de mármol que mi memoria evadía, hasta que no aguanté más y remonté. A cada escalón, un año más viejo, y subí alrededor de 24, de modo que cuando estuve frente a la taza y arrojé la orina era 24 años más viejo, con razón el líquido salió gastado, seco y ojeroso.&lt;br /&gt;Quedaban dos posibilidades. O me mantenía en el piso superior, inspeccionando las habitaciones, o volvía a bajar, con la esperanza de recuperar la juventud perdida. La foto del velador me retuvo más de lo aconsejable en el dormitorio y sin darme cuenta estaba sentado en la cama, llorando ante el retrato. La habitación se llenó de niños; al mayor le calculé unos cuatro años de edad, el menor tendría dos, tres meses, pues ni siquiera podía gatear y había que afirmarlo entre almohadones. Fue cortés; no gimoteó en ningún momento, me dedicó lindas sonrisas que me hicieron suspirar. Ay, no basta la sonrisa de un bebé cuando la vida se acaba. Provoca una alegría que desemboca en lágrimas. No sería justo robarse ese soplo de vida, pero si el niño no hubiese sido familiar, gustoso habría desembolsado mis ahorros para inyectarme esa energía.&lt;br /&gt;Traté de caminar en bata hasta el baño y de soslayo miré los escalones. Estaban tan cerca, pero el esfuerzo de llegar a ellos resultó ser demasiado para mí. Caí al suelo y me tuvieron que levantar, qué vergüenza más grande. Me retaron por tratar de hacer maldades y yo intenté dar explicaciones, pero me salió una voz de niño que resultó irreconocible para mí, aun más para mi nana. El berrinche la hizo mirar a todos lados antes de darme unas palmadas, que no lograron otra cosa que redoblar mi llanto. Acostado en la cuna el llanto se transformó en chillidos, pero por fortuna al chupar instintivamente el pezón instalado en la mamadera me fui durmiendo de placer. Soñaba jugando con telarañas y escalones gigantes que vencía con mis brazos y mis piernas. Nada me podía vencer, el mundo era mi esclavo y yo, su dueño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4967034545935225838?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4967034545935225838/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4967034545935225838' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4967034545935225838'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4967034545935225838'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/retorne-mi-vieja-casa.html' title='Retorné a mi vieja casa'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5920937869295366005</id><published>2010-10-12T13:19:00.009-03:00</published><updated>2010-10-12T22:53:46.948-03:00</updated><title type='text'>Plegaria por los 33 mineros de la mina San José</title><content type='html'>Yo veía las ambulancias, pero no me detenía a pensar en sus sirenas. Los autos que las precedían se hacían a un lado en los semáforos; yo lo tomaba como una especie de gentileza de sus conductores, un deseo de salir pronto del lío y del bullicio, como el aprovechamiento de algunos frescos que se largaban a correr detrás de ellas, sacándoles partido propio a las licencias que la sociedad le otorga al vehículo que vela por la salud del hombre.&lt;br /&gt;Ahora comprendo que todo se hace, todo se echa a andar por el enfermo, el paciente que va adentro. Por qué yo, por qué a mí se me abrieron de verdad las grandes alamedas, a un pobre ser sin nombre ni apellido, a un hombre que sufre, que está en peligro de muerte. ¿Valgo tanto la pena como para que se eche a andar toda esta maquinaria de sirenas, hospitales, camilleros, oxígeno, salas de operación, bisturíes desinfectados, enfermeras, apósitos? ¿No era yo acaso, hasta antes del accidente, un pobre fracasado que no llegaba con su sueldo a fin de mes? ¿No era un minúsculo ser más en el desesperante enredo de paseantes?&lt;br /&gt;Hay algo del cisne en el canto de mis quejas, las heridas son mortales, voy llegando al hospital. Cuán a tiempo entiendo que tras todo su egoísmo y vanidad, tras el odio que se engendra en el fondo de su alma y tras toda la barbarie de que ha dado ilustres pruebas, el hombre es una buena especie, la única capaz de invertir sus recursos en un miserable distraído como yo, atropellado por su propia culpa en una esquina de una calle cualquiera.&lt;br /&gt;Sólo en las grandes ocasiones se eleva el alma a Dios, sólo en las grandes ocasiones el hombre vuelve a ser ese hombre del principio de los tiempos, cuando un puro hombre valía por todos, porque uno era demasiado.&lt;br /&gt;Después de la explosión, siempre abrigamos esperanzas y si de algo pudimos vivir en esas dos semanas en tinieblas, cuando arriba solamente sospechaban de nosotros, fue de la esperanza de sabernos hombres, de intuirnos hijos del hombre. Y así nos organizamos, así tomamos valor.&lt;br /&gt;Hombre, vela por nosotros y perdónanos como a él lo perdonaste en la camilla, entrando al hospital. Nuestra odisea es la odisea humana, la historia de 33 seres pequeños sobrepasados por sus circunstancias, a quienes les pusieron carteles de héroes para rellenar de héroes este mundo sin héroes.&lt;br /&gt;Los mineros hemos recreado la unidad, una sociedad anónima cerrada. Nada saldrá de esta mina que no querramos que salga. Y aunque la ciencia haga resplandecer la verdad el pueblo nos elevará a un  altar imaginario. Pues ya somos parte del mito de la historia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5920937869295366005?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5920937869295366005/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5920937869295366005' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5920937869295366005'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5920937869295366005'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/10/plegaria-de-un-pobre-miserable-por-los.html' title='Plegaria por los 33 mineros de la mina San José'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5454113257728568710</id><published>2010-08-25T20:53:00.002-04:00</published><updated>2010-08-26T02:23:03.163-04:00</updated><title type='text'>Monólogo del ángel guardián del Purgatorio</title><content type='html'>El espacio suelta voces confusas; a medida que se acercan las voy reconociendo, llevo miles de miles de años en esto, después de todo es mi oficio. Son lamentos de quienes se han marchado y que por las noches se tornan plañideros.&lt;br /&gt;Me hablan al oído y me cuentan sus historias, como si creyeran que yo tuviera las llaves de algo o influencias en el Cielo; vuelan otra vez y se revuelven, se agitan, retornan sin bajar a tierra, la causa lejana de su presente indefinido; y sin lograr fundirse en las estrellas, anhelan las estrellas.&lt;br /&gt;Su pasar está en el éter.&lt;br /&gt;A todos los escucho, yo no juzgo, aquí donde se me ordenó residir no existe la moral y los pecados no se pagan. En este lugar de paso las voces van de un lugar a otro en completa libertad y nunca cruzan la frontera, qué ironía. El completo juego de intercambios no sirve para nada; cada voz lleva un mensaje, cada mensaje un destino y cada destino es el vacío. Y sin embargo no veo desesperación por ninguna parte, eso es de otro círculo, mas no del círculo del poeta que le cantó al infierno, ese se halla más arriba, qué sé yo, no he tenido acceso a ese lugar, ya he dicho que a mí se me ordenó estar aquí.&lt;br /&gt;Donde habito es casi siempre de noche, pero de pronto y sin aviso tres golpes de luz lo valen todo para ellos. Cuando se abre el cielo se forma un revoltijo, nacen rayos de la nada y estallan truenos que me obligan a taparme los oídos. Las voces que se abalanzan al misterio de esa luz caen al instante derretidas. Al tocar la escarcha que emana a ras de suelo reviven su serena agonía y ya las siento de nuevo haciendo su negocio. Otras permanecen en los bordes, paralizadas ante la esperanza de la fuga, y cómo saber si una o dos nos abandonan, no dispongo de instrumentos para captar ese trance. Es la fiesta de la luz, no la mía; yo prefiero la noche, cuando todo es más tranquilo y los vuelos son murmullos agitados levemente, pequeños roces de unos con otros, intercambios imposibles, ya lo dije.&lt;br /&gt;¿Merece una historia salir de su escondite? ¿No valdría más que entrara? Aquí tampoco las almas se hacen todas una. No hay razón para que yo siquiera intente intercambiar esa envoltura algodonosa que las cubre, sus recuerdos. Yo sólo escucho y si alguien quiere hablar, matar el tedio, contar una vez más la misma historia cien mil veces ocurrida, acojo, qué otra cosa puedo hacer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5454113257728568710?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5454113257728568710/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5454113257728568710' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5454113257728568710'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5454113257728568710'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/08/monologo-del-angel-guardian-del.html' title='Monólogo del ángel guardián del Purgatorio'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2719020052424356388</id><published>2010-08-23T18:23:00.005-04:00</published><updated>2010-08-23T21:16:06.917-04:00</updated><title type='text'>Canto a los mineros de la mina San José</title><content type='html'>Ellos no sabían si eran tardes las que llenaba el silencio con su melancólico pesar. Recordaban los días de sol, vagos, se frotaban las manos, se oía un hilo de agua, un suspiro contenido, lo demás era silencio de tarde silenciosa o de noche o de día, no se sabe, todo era igual allá abajo; aun así eran capaces de mantener la calma y esperar el nuevo día.&lt;br /&gt;Alguien los alienta, los insta a recordar, les impulsa en sus almas el recuerdo de la vida plena.&lt;br /&gt;El paraíso, entonces, es una guagua que llora, el hijo que se le parece y también el viaje a la ciudad a comprar vino, a comprar carne, el paraíso es la voz de la mujer y por qué no las tetas de una amante. El alma es invisible a otros ojos, se puede alimentar perfectamente de recuerdos prohibidos.&lt;br /&gt;El paraíso, qué es el paraíso. Por qué vivir, a qué tanto, por qué se ansía la luz y por qué cuando pensamos en el cielo pensamos en la luz y cuando vislumbramos el infierno se nos abren profundas cavidades. Ya se vio que vivir no es un acto de heroísmo, las miradas y las cartas lo demuestran. Es harto más sencillo que eso. Volver a sentir el sol bajo la espalda, ver de nuevo al ser amado y encomendarse a Dios, a esa fuerza que la gran ciudad contempla, achatada, desde el microscopio de sus rascacielos.&lt;br /&gt;Hemos sido todos, en el fondo, mineros, como ellos volverán a ser arriba pobres seres pobres de sueldo miserable, frío en las manos, manos gastadas y con suerte, insultos a los futbolistas del equipo perdedor la tarde del domingo, antes de pensar que todo empezará otra vez el día lunes.&lt;br /&gt;Divagaban, maldijeron el día, la hora, el minuto de la mala suerte; tenían tanto tiempo para pensar como los presos de la cárcel, ya se lo quisiera uno en estos días, tiempo para pensar sin correr ni dar explicaciones, sin tratar de convencer a nadie. Tiempo era todo lo que tenían y de sobra, y sin embargo preferían otra cosa, como nosotros quisiéramos descansar sin prisa, ellos preferían otra cosa.&lt;br /&gt;Incluso cuando emergió la sonda desde un punto ciego de la tierra preferían otra cosa, querían sin decirlo que todo empezara de nuevo y que la esperanza fuese un signo perenne, incumplido, intraducible, más allá de lo real, de lo que viene. Porque puede haber tanta tristeza en el futuro del tiempo que viene.&lt;br /&gt;Honores, aplausos, el himno nacional, el llanto compartido en los honores, las cámaras de la televisión, la plata en el bolsillo, todo es tan vano, impotente, mero espectador del abismo ante los pies, la profundidad de los que esperan el paso de las horas.&lt;br /&gt;El hombre les canta a los héroes y se olvida del enfermo, del anónimo farero, del minero de la mina de al lado, de la mujer que los espera en el burdel, de tantos héroes que nunca lo serán y morirán sin ser reconocidos. El amor no alcanza para todos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2719020052424356388?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2719020052424356388/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2719020052424356388' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2719020052424356388'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2719020052424356388'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/08/canto-los-mineros.html' title='Canto a los mineros de la mina San José'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8000812833665914021</id><published>2010-08-08T17:47:00.007-04:00</published><updated>2010-08-09T11:38:19.583-04:00</updated><title type='text'>Una perra enana me mordió en el parque</title><content type='html'>Cae la tarde&lt;br /&gt;Con Dvorak y Chopin&lt;br /&gt;Sus nocturnos para piano&lt;br /&gt;El Romance de violín&lt;br /&gt;Por la mañana fui feliz&lt;br /&gt;Ambos ya estiraron la pata&lt;br /&gt;Una perra enana me mordió en el parque&lt;br /&gt;No me hizo ni cosquillas&lt;br /&gt;Ahora mismo lo soy&lt;br /&gt;En el frío de la sala&lt;br /&gt;Mientras la tarde cae&lt;br /&gt;Y yo escribo que la tarde cae&lt;br /&gt;En el frío de la sala&lt;br /&gt;Con Dvorak y Chopin&lt;br /&gt;Le eché una carrera a la Lunita&lt;br /&gt;Y perdí&lt;br /&gt;Paseamos gratis por el parque&lt;br /&gt;Almorzamos en un hotel&lt;br /&gt;Echamos bromas provincianas&lt;br /&gt;Apliqué el descuento del&lt;br /&gt;Club de Lectores&lt;br /&gt;Hice planes de ahorro&lt;br /&gt;No me he salido del límite&lt;br /&gt;Pero hago esfuerzos por no estar&lt;br /&gt;Dentro del redil&lt;br /&gt;De los afortunados&lt;br /&gt;Esa finura de los mozos&lt;br /&gt;He llegado a pensar que corre incluso&lt;br /&gt;Para servir a los malandrines y a los estafadores&lt;br /&gt;De qué valen mis Memorias&lt;br /&gt;Si a la hora de la pregunta final&lt;br /&gt;El corazón se detiene y calla&lt;br /&gt;La voz&lt;br /&gt;Esa felicidad del parque&lt;br /&gt;La risa de mi nieta palillo&lt;br /&gt;Cuando la perra enana me mordió&lt;br /&gt;Qué desea el joven&lt;br /&gt;Mi hijo mal vestido&lt;br /&gt;Mi mujer "todo caro"&lt;br /&gt;Mi hija artista mayor&lt;br /&gt;La ausencia de mi pequeña Valentina&lt;br /&gt;¿Es el camino?&lt;br /&gt;Jamás me publicarán&lt;br /&gt;Se agota la esperanza vana literaria&lt;br /&gt;El asiento del poeta&lt;br /&gt;Todo ese tiempo invertido&lt;br /&gt;En ser feliz&lt;br /&gt;Si la felicidad está en el parque&lt;br /&gt;En mi otro Yo&lt;br /&gt;No en el escondido&lt;br /&gt;La tarde cae para todos&lt;br /&gt;Cientos de poetas sentados&lt;br /&gt;Miles de poetas&lt;br /&gt;Examinan la tarde que cae&lt;br /&gt;Bajo el peso de la Ley&lt;br /&gt;Dicen sus versos cantan&lt;br /&gt;Estilos diferentes&lt;br /&gt;Cuántos ebrios, cuántos mendigos&lt;br /&gt;Y qué decir de los 33 mineros&lt;br /&gt;Que conocieron la antesala del Infierno&lt;br /&gt;Vivieron la angustia, la desorientación&lt;br /&gt;Están vivos, están muertos&lt;br /&gt;Si viven cuesta imaginar cuesta entrar a esa mina&lt;br /&gt;Sentir el encierro, la tapia&lt;br /&gt;Si han muerto... pero cuál es la forma de morir&lt;br /&gt;Cómo va a decidir uno por los demás con qué ropa&lt;br /&gt;Habló S.E. el Presidente de la República&lt;br /&gt;Dio órdenes, dijo algunas palabras&lt;br /&gt;Y luego partió a visitar a unos niños en el Día del Niño&lt;br /&gt;¿Y qué querían? ¿Que fuera de nuevo a la mina?&lt;br /&gt;¿Que bajara a la mina, que llorara con ellos?&lt;br /&gt;¿Que se quebrara? ¿Que fuera ellos en su llanto?&lt;br /&gt;Se quebró, dirían, vivió la emoción más intensa delante de todos&lt;br /&gt;O falseó ante medio Chile&lt;br /&gt;Da lo mismo no hay manera de llegar&lt;br /&gt;A esa mina&lt;br /&gt;Niños no fueron celebrados&lt;br /&gt;Niños fueron celebrados&lt;br /&gt;Cae para ellos la tarde&lt;br /&gt;Los viejos del futuro&lt;br /&gt;En cien años&lt;br /&gt;Toda esta carne visible habrá muerto&lt;br /&gt;Si dos por dos fuera dos&lt;br /&gt;Si el tiempo se detuviera&lt;br /&gt;No corriera ni para atrás ni para adelante&lt;br /&gt;Y quedara justo ahora&lt;br /&gt;No mejor en la mañana&lt;br /&gt;Cuando anduve por el parque&lt;br /&gt;Y la perra enana me mordió el tobillo&lt;br /&gt;Ahí justo el grito ¡corten! Se detiene la acción&lt;br /&gt;La Lunita ríe a carcajadas&lt;br /&gt;Dios creó el Universo&lt;br /&gt;Para que el tiempo se detuviera este domingo en la mañana&lt;br /&gt;Debo admitir que cumplió si soy justo con Él&lt;br /&gt;A medias pero cumplió&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8000812833665914021?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8000812833665914021/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8000812833665914021' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8000812833665914021'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8000812833665914021'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/08/una-perra-enana-me-mordi.html' title='Una perra enana me mordió en el parque'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1905833703994966534</id><published>2010-08-02T13:11:00.030-04:00</published><updated>2010-08-03T13:46:21.051-04:00</updated><title type='text'>La tía Inés</title><content type='html'>El Julio hacía rebotar la pelotita de esponja en el patio de la Escuela 2 y yo corría a tomarla. Enseguida yo lo imitaba y corría él. Disponíamos de todo el espacio para nosotros dos. La pelotita podía saltar cuanto quisiera y nunca se nos perdía. Los botes prodigiosos contra las baldosas la desplazaban hasta las paredes del patio o las ventanas de las salas de clases. Jugábamos en un perímetro cerrado y la pelotita era la presa que nos servía para desahogar nuestra felicidad. La felicidad de esa mañana de invierno consistía en correr y perseguir una enloquecida y blanda esfera mágica.&lt;br /&gt;El Julio era mi primo. Tenía cinco años y yo, cuatro. Hacía frío. Sobre nosotros, a baja altura, la niebla amenazaba dejarse caer para envolvernos.&lt;br /&gt;¿Por qué estábamos allí? La memoria no registra detalles como aquellos. La memoria se deja impresionar demasiado fácilmente por voladores de luces y borra lo importante. La vida, que más bien es el recuerdo de la vida, se engaña a sí misma y nos hace creer que fuimos lo que no fuimos; o, si miramos el asunto con mayor indulgencia, perdona nuestras faltas y las deja pasar, las sepulta en el olvido o las traspasa a los demás. De los pecados, sólo quedan flotando los que generaron mucha culpa en su momento.&lt;br /&gt;La Escuela 2 era la escuela de niñas donde trabajaba la tía Fani, que era mi mamá. Mi mamá era parvularia y como tal, la única que atendía niños y niñas. Si jugábamos los dos con el Julio debió de ser porque ese día no hubo clases y ella nos llevó a la escuela a pasar el rato. O tal vez nos mandó "castigados" al patio mientras todo el mundo estaba en clases. Yo asistía al kinder con el Julio porque mi mamá me matriculó un año antes, sospecho que para colgarme el letrero de superdotado aunque no lo era; el verdadero superdotado de la familia fue el Julio, muerto a los 19 años cuando se quedó dormido mientras conducía un camión en la patagonia argentina. El Julio, quien antes de morir me escribió una carta contándome sus duros días de emigrante. Tanta explicación para qué, tantos recuerdos de abrigo y de bufanda; en tardes como éstas me avergüenzo de mí mismo, de mi cobardía artística, de mi profesionalismo de academia gastada.&lt;br /&gt;"Anoche llegó la tía Inés. Me trajo esta pelotita. Al Lucho le trajo unos dados y al Miguel le trajo un trompito", gritó el Julio mientras la sacaba del buzo y me la mostraba de lejos. Le dio un bote gigantesco y yo me alegré y empecé a correr. La tomé y la apreté. Sentí una sensación rica cuando se hundió en mis dedos; era verdosa, con vetas rojizas y moradas. Le di otro bote. Al elevarse hacia el cielo miré hacia arriba y vi la niebla. La pelotita era un punto negro que desaparecía en la blanca oscuridad y caía sobre el patio, sin hacer un ruido. Tenía la virtud de aparecer y desaparecer, aunque siempre terminaba quedando en nuestras manos. Digo siempre por decir durante esos quince minutos, ya que me consta que se perdió. Yo no la tengo; nadie la tiene, nadie la heredó. Hoy descansará en un escondrijo prohibido a las visitas, como descansan los muertos.&lt;br /&gt;Mi mamá contaba que la tía Inés tenía una librería en Santiago. Se llamaba "La duquesa" y quedaba en la calle Independencia. Al oír la palabra librería los sentidos se me hacían agua porque me imaginaba la librería "Cervantes" con sus juguetes en la vitrina. La librería "Cervantes" se ubicaba en el centro de Rancagua, en nuestra propia calle Independencia. En la vereda del frente y a pocos metros había otra librería, cuyo nombre no recuerdo. A esa dejé de ir cuando a don Aurelio, que era el papá de la Ita Matilde, se le empezaron a olvidar las cosas. Un día se volvió loco y le dio por regalar billetes y se lo llevaron a la casa para siempre, digo para siempre queriendo decir dos o tres meses, hasta que una carroza de caballos con crespones negros lo fue a buscar para trasladarlo al cementerio.&lt;br /&gt;Don Aurelio tenía una cara redonda de español, porque era español. La coronaba una boina y lucía un gran lunar en el pómulo derecho, gruesas cejas y lentes con montura de metal. La Ita Matilde era flaca, alta, rubia y también usaba anteojos. Su mamá ostentaba una eterna sonrisa compasiva. Hablaba como si estuviera pidiendo perdón. A la tía Inés, que era la hermana mayor de la abueli, la hermana buena, porque la abueli tenía una hermana rica no tan buena y otra que sin ser rica era creída, digo de la tía Inés, retomando el hilo, que se le salía la hernia dos veces al año y tenían que operarla. "A la tía Inés se le salió la hernia otra vez", llegaba contando cada cierto tiempo el Julio, pero cambiábamos luego de tema hacia otro menos rutinario.&lt;br /&gt;La tía Inés permanecía dos o tres semanas en la casa de Ibieta 732, donde vivía la abueli con la tía Mirita y el Lucho, el Julio y el Miguel. Se marchaba cuando la venía a buscar su hija, la tía María, una mujer audaz que usaba uñas largas y pestañas postizas, fumaba y jugaba a las cartas.&lt;br /&gt;Algún día de algún año perdido en el tiempo la tía Inés tuvo que haberse muerto, no recuerdo el día, pero me consta que murió, porque si estuviera viva tendría cerca de 140 años y su nombre estaría inscrito en el libro Guinness. Me parece que la tía María también murió, pero me han contado que la librería "La duquesa" todavía existe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1905833703994966534?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1905833703994966534/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1905833703994966534' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1905833703994966534'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1905833703994966534'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/08/la-tia-ines.html' title='La tía Inés'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6567340170340582861</id><published>2010-07-28T14:59:00.005-04:00</published><updated>2010-07-30T21:22:15.609-04:00</updated><title type='text'>Vieron mis ojos dos iglesias</title><content type='html'>Vieron mis ojos dos iglesias enfrentadas y entre ambas, un sombrío patio embaldosado, de acacias viejas y robustas. &lt;div&gt;La gente se movía por allí como extras de película, los turistas entraban y salían; alguien vendía golosinas sobre una mesita de madera de roble. Eran cerca de las cuatro de la tarde.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Allí nos vimos, allí estuvimos juntos diez minutos. Mientras me elevaba para quedar al nivel de las copas de los árboles sentí que habían sido los diez minutos más felices de mi vida, porque habíamos caminado tú y yo sobre las baldosas de ese viejo patio, había estado contigo. Luego me envolvió la angustia de no recordar si me habías abrazado, la angustia de no saber cómo me habías saludado al verme por primera y última vez, la angustia de reducir nuestro anhelado encuentro a un mero paseo de diez minutos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La ansiedad del vacío me hizo despertar. La ciudad estaba helada, pero mis orejas ardían. Qué te sucede, dónde estás ahora mismo, también me has recordado, imaginé. Y ese lugar en que estuvimos... lo he visto antes. Se parece a los patios de la muerta escuela normal José Abelardo Núñez; se parece a Toledo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Toledo. De modo que allí habrá de ser el encuentro...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No restaba otra cosa que dejar que el tiempo siguiera transcurriendo para que las emociones se debilitaran naturalmente. Volví a dormir y ahora, alrededor de las cuatro de la tarde, reconstituyo pobremente el sueño, dejando escapar la esencia propia de los sueños, que es intraducible. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6567340170340582861?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6567340170340582861/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6567340170340582861' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6567340170340582861'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6567340170340582861'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/07/vieron-mis-ojos-dos-iglesias.html' title='Vieron mis ojos dos iglesias'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1547115339595943840</id><published>2010-07-07T13:16:00.006-04:00</published><updated>2010-07-07T23:19:39.852-04:00</updated><title type='text'>Viajes con mi amante (XXI)</title><content type='html'>-¿Te ha sucedido algo extraño últimamente?&lt;br /&gt;-¿Te conté lo del auto?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Me parece que te lo conté.&lt;br /&gt;-Cuéntamelo de nuevo, no creo recordarlo.&lt;br /&gt;-Iba caminado por la calle; había un auto con la puerta trasera abierta. Me llamó la atención y mi curiosidad pudo más que mi prudencia.&lt;br /&gt;-¿Qué hiciste?&lt;br /&gt;-Me asomé a mirar hacia adentro. En el respaldo del asiento delantero el monitor estaba encendido y sentado atrás había un hombre, probablemente mirando la película. Le vi sus pantalones.&lt;br /&gt;-¿Te quedaste detenida allí?&lt;br /&gt;-No quería mirar, pero no podía dejar de mirar. Se había sacado el pene, era enorme, un pene moreno, que sostenía con su mano derecha. La mano iba hacia arriba y abajo, no muy veloz.&lt;br /&gt;-Eres una putita...&lt;br /&gt;-No me juzgues. Me preguntaste si me había sucedido algo extraño últimamente y no hago más que satisfacer tu curiosidad.&lt;br /&gt;-Qué hiciste. Dímelo.&lt;br /&gt;-Me alejé de allí, seguí caminando, pero no habían pasado diez, doce pasos, cuando me di cuenta de que estaba mojada. No podía dejar de pensar en ese pene y me dieron unas ganas locas de echármelo a la boca, lamerlo de arriba abajo, lamer los testículos. Sentía ansias en el paladar y en la garganta, la lengua se me revolvía sola, era algo insufriblemente placentero, de esas cosas que causan dolor. ¿Has sentido ansias de paladar alguna vez?&lt;br /&gt;-¿Te devolviste?&lt;br /&gt;-Me arrepiento de no haberlo hecho, amor. Me costó un mundo sacarme la escena de la cabeza. Seguí caminando y me metí al primer café que encontré. Pedí un expreso y mientras me lo preparaban entré al baño. Apenas cerré el pestillo tuve que hacerlo, pero te confieso que las ganas no se me quitaron y si me lo preguntas, te diría que todavía no se me quitan. Eso fue todo. ¿Te gustó la historia?&lt;br /&gt;-Me has dejado un sabor amargo en la boca.&lt;br /&gt;-Ay, amor.&lt;br /&gt;-Dime que la inventaste para causarme celos.&lt;br /&gt;-Fue verdad.&lt;br /&gt;-Tu autonomía me enloquece. Tenerte por entera y saber o inducir tus movimientos me provoca tedio. Ahora mismo podría verte haciendo el amor con otro y no sentiría nada, la acción no pasaría de ser un desplazamiento de materia, gritos y susurros. Pero basta que tus pasos tomen su propia ruta para que me encienda. Quisiera dominarte entonces y ser el dueño de tu vida, volver a dominar el mundo; pero Dios me ha desterrado. Mi ser se halla en un estado de confinamiento, apartado de tus ansias y al sentirme excluido de tu mente sufro de impotencia.&lt;br /&gt;-Ay, amor, no digas esas cosas; me pones triste.&lt;br /&gt;-A mí también me suceden historias así. ¿No te duele a ti saberlas?&lt;br /&gt;-También me duelen tus historias, pero al verte tan lejos debo guardarme mi dolor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1547115339595943840?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1547115339595943840/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1547115339595943840' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1547115339595943840'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1547115339595943840'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/07/viajes-con-mi-amante.html' title='Viajes con mi amante (XXI)'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-213265984775221045</id><published>2010-06-30T13:15:00.003-04:00</published><updated>2010-06-30T13:55:29.885-04:00</updated><title type='text'>Nuestro Hermano</title><content type='html'>Eros y Tánatos, Leda y el Cisne, Eros y Psique, Dafnis y Cloe, Tristán e Isolda, Antígona, Empédocles, Schiller, Hiperión, Catulo, Dante, Voltaire, Rousseau, Danton, María Estuardo, Inocencio VIII, parejas y nombres sueltos que sentía que debía aprender de memoria, como si estuviera haciendo las tareas escolares, tareas que por lo mismo se olvidaban apenas rendía la prueba. Tareas que sin embargo se veía obligado a memorizar ante un nuevo examen.&lt;br /&gt;Así era la vida de nuestro Hermano, un continuo aprendizaje de materias que venían desde el otro lado del mar y que habían sido siempre "las materias", incluso desde antes de la época de sus bisabuelos, antes de aquellos tiempos en que las familias ricas viajaban a Europa en barco y volvían repletas de novedades que los provincianos conocían asombrados y envidiosos.&lt;br /&gt;¿Era ese su verdadero mundo?&lt;br /&gt;Descubrió que ya era tarde para saberlo. Se había dejado invadir por una sustancia viscosa que se adhería y se confundía con su cuerpo. Estaba contaminado por una capa de cultura más espesa que el petróleo. Si había alguna esperanza, estaría en sus retoños, tal vez en sus nietos.&lt;br /&gt;Lo único realmente suyo era su pueblo, sus calles, su ignorancia, sus deseos de construir, los besos que había dado y los sueños que tuvo, pero aun estos fueron sueños relacionados con otros mundos, otras maneras de ver las cosas, sueños de otros hombres, sueños que llegaron a su país como un viento huracanado y también como una niebla espesa y tranquila que se apoderó lentamente de las cosas.&lt;br /&gt;Miraba a sus demás hermanos y los estudiaba, sin querer. En el Mercado gritaban de alegría ante un plato de pescado frito y un vaso de vino blanco y al abrir sus bocas descubrían divertidos huecos en sus dentaduras. Más tarde los veía comiendo carne con la mano, que sacaban de una parrilla; otros no se despegaban del computador, y había tantos que bailaban y bailaban hasta la madrugada, eufóricos de alcohol y sustancias energizantes. Los hombres volvían a amarse con los hombres y las mujeres se entregaban a otras mujeres, contagiadas con la nueva oleada. &lt;br /&gt;Dicen que O'Higgins murió pronunciando el enigmático nombre de Magallanes.&lt;br /&gt;Las últimas palabras de nuestro Hermano, casi ininteligibles, fueron "Violeta...Violeta"...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-213265984775221045?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/213265984775221045/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=213265984775221045' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/213265984775221045'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/213265984775221045'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/06/violeta-violeta.html' title='Nuestro Hermano'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1905683948465634394</id><published>2010-06-15T12:56:00.005-04:00</published><updated>2010-06-15T20:28:10.802-04:00</updated><title type='text'>La sombra</title><content type='html'>Vi una sombra en el vidrio, se acercaba como si quisiera hacerme daño. Me asusté y en vez de huir, la examiné cuidadosamente, acercando una lupa al vidrio. Era una sombra desconocida.&lt;br /&gt;Salí a la calle con el recuerdo de esa sombra, no pude vivir tranquilo ese día y el dinero se estaba haciendo escaso.&lt;br /&gt;Por la noche caí enfermo.&lt;br /&gt;Al día siguiente se me apareció de nuevo. Anduve intranquilo. Empeoraba dentro de una relativa estabilidad. Me tomé la temperatura y el termómetro había subido cuatro rayas. Las señales leves anunciaban el peligro.&lt;br /&gt;Todo es tan vacío cuando se debe convivir con una sombra.&lt;br /&gt;Había montes húmedos de verdor y pantanos infectos se arrimaban a sus faldas, queriendo subir. En las cimas de los montes brillaban torres de alta tensión sobre un cielo negro, como agujas histéricas. Se hacía difícil la caminata; el pasto la tornaba resbaladiza, era un constante subir y bajar hasta el límite de esas aguas nauseabundas. Pero esas razones me daban cierta fuerza: andar era un destino. La lluvia complicaba las cosas.&lt;br /&gt;Cuando veo a dos señores de bufanda charlando alegremente en un café no dejo de preguntarme si no habrán visto alguna vez aquella sombra, si no estará encima de ellos, acechando.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1905683948465634394?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1905683948465634394/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1905683948465634394' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1905683948465634394'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1905683948465634394'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/06/la-sombra.html' title='La sombra'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5927524050093323656</id><published>2010-06-09T17:52:00.008-04:00</published><updated>2010-06-11T23:41:24.559-04:00</updated><title type='text'>Dramático encuentro de cuatro calaveras donde se habla del tiempo y otras bagatelas</title><content type='html'>Bajo la estatua de Abaddón que se halla a la salida del cementerio se han dado cita cuatro calaveras con sus largos esqueletos. Una llega primero porque no puede llegar segunda y mientras espera a las demás se pone a tejer un chaleco. Dos aparecen juntas y cuando las tres ya se van, cansadas de esperar a la cuarta, ésta aparece corriendo. Y así se arma el cuarteto.&lt;br /&gt;-¡Ay niñas supieran lo que me costó llegar!&lt;br /&gt;-Cuéntate otra.&lt;br /&gt;Hacen parar un taxi; suben las cuatro, el chofer repara en ellas.&lt;br /&gt;-Tan flacas que están las damas.&lt;br /&gt;-Así se usa ahora y viera lo que nos cuesta -ríen picaronas porque el bigote del chofer es grandote y abultado.&lt;br /&gt;-Yo las prefiero rellenitas.&lt;br /&gt;-¡Qué sabe usted de calaveras! -protestan al unísono y las del asiento trasero se codean, en tanto que la ubicada en el asiento del copiloto gira la cabeza en 180 grados para reír con las demás, lo que le arranca un suspiro de horror al taxista bigotudo.&lt;br /&gt;-Virgencita linda, bájense por favor.&lt;br /&gt;-¿Llegamos?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;Ya están las cuatro en el café de moda. Los garzones saltan como pulgas antes de sumergirse en el pelamen del perro, pero el más valiente las conduce a un discreto salón reservado, donde les toma el pedido, que consiste en tres cortados, un café con leche, cuatro sodas, dos pasteles de manjar con crema chantilly, un trozo de kuchen de manzana y una porción de torta de mil hojas.&lt;br /&gt;-¿Azúcar o sacarina?&lt;br /&gt;-¡¡¡¡Sacarina!!!!&lt;br /&gt;Apenas las dejan solas se largan a conversar.&lt;br /&gt;-Qué te paso niña que llegaste tan tarde. Ya nos íbamos.&lt;br /&gt;-Figúrate que venía por la avenida Los tilos cerca de donde reposa Balzac cuando de un panteón me salió Jim Morrison y me cortó el paso...&lt;br /&gt;-Dónde la viste. Habrá sido Oscar Wilde. Jim Morrison no se fijaría en ti.&lt;br /&gt;-¡Te juro que era Jim Morrison!&lt;br /&gt;-Si tú lo dices pero...&lt;br /&gt;-¿Por qué no se fijaría en mí?&lt;br /&gt;-Ay linda pechocha tú sabes lo que te aprecio pero... como te explico... estás... pasadita... y te falta ese aire de femme fatale...&lt;br /&gt;-¡ERA Jim Morrison! Y para qué sepas me invitó a salir. Mañana nos vamos a juntar a las 12 en punto.&lt;br /&gt;-¿Del día o de la noche?&lt;br /&gt;-No estoy para bromas.&lt;br /&gt;-¿Qué tejes niña?&lt;br /&gt;-Un chaleco para mi nieto.&lt;br /&gt;-¿En qué punto lo tomas?&lt;br /&gt;-En el punto aparte pero el cuello y las mangas son de punto seguido.&lt;br /&gt;-¿No usas el punto y coma?&lt;br /&gt;-¡Ni por nada! Les tengo horror a las comas.&lt;br /&gt;-Ay niña yo también qué casualidad.&lt;br /&gt;-Bonito el color de tu chomba pero no me gusta.&lt;br /&gt;-Ay tú siempre tan criticona.&lt;br /&gt;-Te digo la verdad niña. Tú sabes que con mis amigas soy franca.&lt;br /&gt;-Francota.&lt;br /&gt;-¿Vieron a los cuatro de la mesa del rincón?&lt;br /&gt;-Sí tonta ya me fijé.&lt;br /&gt;-¡Nos comen con el hueco de los ojos!&lt;br /&gt;-No les hagas caso. ¡Son unos calaveras!&lt;br /&gt;-¡Esqueletos gigolós!&lt;br /&gt;-Los cafés están llenos de tipejos de esa laya.&lt;br /&gt;-Nos habrán tomado por veteranas necesitadas.&lt;br /&gt;-Veteranas a mucha honra.&lt;br /&gt;-Necesitadas sí podría ser por qué no.&lt;br /&gt;-¡¡¡¡Pero nunca lo vamos a decir a los cuatro vientos!!!!&lt;br /&gt;-Pero tienen su encanto. Mira cómo toma el cigarro el de zapatos blancos. ¿No es un bombón?&lt;br /&gt;-A mí déjame el de los huesos gordos. El que se parte al medio. Se parece a ese de la tele que jugaba rugby.&lt;br /&gt;-Tienes toda la razón.&lt;br /&gt;-Necesito un mejoral.&lt;br /&gt;-¿Que te duele la cabeza?&lt;br /&gt;-No niña por Dios. Con este frío me duelen los huesos.&lt;br /&gt;-A mí también fijaté.&lt;br /&gt;-¿Notan que ahora está haciendo más frío que antes?&lt;br /&gt;-Antes llovía más.&lt;br /&gt;-¡El otro día hizo un calor!&lt;br /&gt;-En pleno invierno.&lt;br /&gt;-Cómo cambia el tiempo.&lt;br /&gt;-Se ha puesto tan raro.&lt;br /&gt;-Tiene que ser el calentamiento global.&lt;br /&gt;-Si sigue así qué irá a ser del planeta.&lt;br /&gt;-¿Y qué te importa a vos si ya estái muerta?&lt;br /&gt;-¿Y por ser calavera no tengo derecho a opinar?&lt;br /&gt;-Claro que no tonta.&lt;br /&gt;-¿Y entonces a quién le echo la culpa del dolor de huesos?&lt;br /&gt;-A la edad pos niña. A la edad.&lt;br /&gt;-Échate una friega con el carné.&lt;br /&gt;-Ustedes no lo hacen nada de mal.&lt;br /&gt;-Mmm... nosotras somos bonitas y sexys.&lt;br /&gt;-Gracias al doctor Vidal. ¡Las vi entrando a estirarse los huesos!&lt;br /&gt;-¿Nos viste?&lt;br /&gt;-¡Las vi! Y por si fuera poco las volví a ver.&lt;br /&gt;-¿Nos volviste a ver?&lt;br /&gt;-¡Sí! Entraron a ponerse silicona en el esternón y un relleno en la fosa ilíaca.&lt;br /&gt;-¿Y qué? Ahora estamos bonitas. Mira cómo esos dos nos comen con las órbitas.&lt;br /&gt;-¿Cuánto les salió?&lt;br /&gt;-Cien mil. En tres cuotas.&lt;br /&gt;-Está bien rico el café.&lt;br /&gt;-El mío me salió medio tibión.&lt;br /&gt;-Pídele al mozo que te lo cambie.&lt;br /&gt;-No me atrevo a molestar.&lt;br /&gt;-A vos no se te pasa lo tímida ni cuando estái muerta. Yo le pido.&lt;br /&gt;-Ay niña no me avergüences.&lt;br /&gt;-Qué te voy a avergonzar. ¡Mozo cámbiele el café por favor! Le salió frío.&lt;br /&gt;-Cómo no.&lt;br /&gt;-¿Viste que era fácil?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Te fijaste cómo nos siguen mirando?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-Hagámonos las tontas.&lt;br /&gt;-¿Y si nos invitan a sentarnos con ellos?&lt;br /&gt;-La noche es larga.&lt;br /&gt;-¿Andái con pastillas?&lt;br /&gt;-No las traje.&lt;br /&gt;-Yo te presto.&lt;br /&gt;-Me da miedo.&lt;br /&gt;-Di que no hasta el final. Al final decís que sí.&lt;br /&gt;-Soy virgen.&lt;br /&gt;-¡¡¡Virgen!!! Nunca nos habías contado.&lt;br /&gt;-Es que me daba vergüenza. Ustedes que tuvieron tantos hombres y yo...&lt;br /&gt;-¿Nunca le viste el ojo a la papa? ¡No te creo!&lt;br /&gt;-Verdad.&lt;br /&gt;-¿Ni un poquito?&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;-Ahora ya es un poco tarde niña. Pero si te atreves...&lt;br /&gt;-¡Me da un miedo!&lt;br /&gt;-¿Cuál te gustó de los cuatro?&lt;br /&gt;-El... de soquetes rojos.&lt;br /&gt;-Ese tiene el medio paquete. No te conviene.&lt;br /&gt;-¿De qué hablan? No entiendo.&lt;br /&gt;-Para empezar quédate con el del reloj de oro. El de los soquetes rojos déjamelo mejor a mí.&lt;br /&gt;-Chí. La tontita le dicen.&lt;br /&gt;Y así se desarrolló la velada, que duró hasta que las velas dejaron de arder. Los ocho remataron en un hotel de mala muerte y no bien cantó el gallo por vez primera las amigas calaveras saltaron de sus camas con los esqueletos bien descaderados, se vistieron a la rápida, tres de ellas socorrieron a la virgen y las cuatro volvieron apuraditas al cementerio cantando lirín-lirán. No se alcanzaron ni a lavar los dientes, menos aún las partes pudendas, que dejaron para la noche siguiente. Durante el día ¡salió un olor de sus nichos! que hizo que todas las flores ubicadas en un radio de diez metros se marchitaran. La administración del recinto ordenó rociar el perímetro con aerosol de pino silvestre, pero como los encargados se negaron siquiera a acercarse fueron despedidos ipso facto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5927524050093323656?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5927524050093323656/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5927524050093323656' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5927524050093323656'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5927524050093323656'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/06/bajo-la-estatua-de-abaddon-que-se-halla.html' title='Dramático encuentro de cuatro calaveras donde se habla del tiempo y otras bagatelas'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5135992676985416372</id><published>2010-06-04T20:35:00.011-04:00</published><updated>2010-06-05T01:27:43.194-04:00</updated><title type='text'>Ser lo que no se es</title><content type='html'>Ser lo que no soy&lt;br /&gt;Y al serlo&lt;br /&gt;Renegar de mí&lt;br /&gt;Ay, si fuese simplemente&lt;br /&gt;Si asumiera mi natural naturaleza&lt;br /&gt;(Qué lindas tardes de invierno serían&lt;br /&gt;Amaría lo que hay que amar&lt;br /&gt;Comería cuando tuviera hambre&lt;br /&gt;Leería cerca de la estufa&lt;br /&gt;Caminaría arropado dentro del bosque&lt;br /&gt;Vería una película del año 60 en la televisión&lt;br /&gt;Haría una o dos cosas más&lt;br /&gt;Qué lindo sería&lt;br /&gt;Tal vez agregar a la lista un lomo vetado al horno&lt;br /&gt;¿Se podrá?&lt;br /&gt;Con amigos vaciando tres botellas de vino tinto&lt;br /&gt;De entrada, arrollado con papas cocidas y mayonesa)&lt;br /&gt;Pero el buey tira la carreta&lt;br /&gt;Significa&lt;br /&gt;Que allá en lo profundo, al final del camino&lt;br /&gt;No soy entonces&lt;br /&gt;Lo que creo ser&lt;br /&gt;De modo que mi verdadera verdad&lt;br /&gt;Estaría en aquello que no soy&lt;br /&gt;La vida es una suma de privaciones&lt;br /&gt;Pero a mi verdad última&lt;br /&gt;No la controla el Comité de Censura&lt;br /&gt;Que presido yo mismo los lunes a las 3 de la tarde&lt;br /&gt;Como iba diciendo&lt;br /&gt;A mi verdad íntima&lt;br /&gt;No la controla el Comité de Censura&lt;br /&gt;Que presido yo mismo los lunes a las 3 de la tarde&lt;br /&gt;Salvo que me dañara la salud&lt;br /&gt;O la de mis seres queridos&lt;br /&gt;Si mi verdad última es la Tiranía&lt;br /&gt;O el Fanatismo&lt;br /&gt;Por dar dos ejemplos&lt;br /&gt;O el Vicio&lt;br /&gt;Por dar tres ejemplos&lt;br /&gt;En ese caso no debo ser el que soy&lt;br /&gt;Eso se llama Sacrificio&lt;br /&gt;Algunos lo llaman Cobardía&lt;br /&gt;Guardar las apariencias&lt;br /&gt;Otros, Prudencia&lt;br /&gt;Autocontrol&lt;br /&gt;Penitencia&lt;br /&gt;Sea lo que fuere&lt;br /&gt;Observo una gran contradicción&lt;br /&gt;En esta idea que se me vino a la cabeza&lt;br /&gt;Como si lo que fuese&lt;br /&gt;Al mismo tiempo no fuese&lt;br /&gt;O fuese y no fuese&lt;br /&gt;O por ser y no ser&lt;br /&gt;Fuese a medias&lt;br /&gt;Medias tintas, sopas tontas&lt;br /&gt;O sea&lt;br /&gt;Muy buenas tardes muy bien gracias señores radioescuchas&lt;br /&gt;Eso sería todo mejor echarlo a la broma&lt;br /&gt;Ya viene el Mundial&lt;br /&gt;Lo malo es que siempre lo dan tan temprano&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5135992676985416372?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5135992676985416372/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5135992676985416372' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5135992676985416372'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5135992676985416372'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/06/ser-lo-que-no-soy.html' title='Ser lo que no se es'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-1135496953955773688</id><published>2010-05-25T17:51:00.004-04:00</published><updated>2010-05-25T21:14:00.413-04:00</updated><title type='text'>Un mundo especial</title><content type='html'>Te dejas llevar&lt;br /&gt;Cual flor de alelí&lt;br /&gt;Al mundo especial&lt;br /&gt;Tú dices que sí&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un duende orejón&lt;br /&gt;De labios dorados&lt;br /&gt;Un buen barredor&lt;br /&gt;Del mal desgraciado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asoma la cabeza&lt;br /&gt;Saliendo del sobre&lt;br /&gt;Años que no entra&lt;br /&gt;Un ánima pobre&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te hace pasar&lt;br /&gt;Al mundo especial&lt;br /&gt;Cual flor de alelí&lt;br /&gt;Tú dices que sí&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la puerta de oro&lt;br /&gt;Y esmeraldas&lt;br /&gt;Das la espalda&lt;br /&gt;No hay dentro tesoro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El duende te deja&lt;br /&gt;En la grande sala&lt;br /&gt;Le ves las orejas&lt;br /&gt;Ya no pasa nada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Has quedado sola&lt;br /&gt;Cual flor de alelí&lt;br /&gt;Lanzada a las olas&lt;br /&gt;Quisieras salir&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mundo especial&lt;br /&gt;No tiene dolor&lt;br /&gt;No tiene maldad&lt;br /&gt;No tiene ambición&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No ansías comer&lt;br /&gt;No ansías vestir&lt;br /&gt;No ansías vivir&lt;br /&gt;No ansías poder&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No ansías ganar&lt;br /&gt;No ansías placer&lt;br /&gt;No ansías luchar&lt;br /&gt;No ansías perder&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay caballito&lt;br /&gt;Ni príncipe azul&lt;br /&gt;Ni pescado frito&lt;br /&gt;Ni besos sin luz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No duermes pensando&lt;br /&gt;En la fiesta bailable&lt;br /&gt;Carrusel girando&lt;br /&gt;Sus piezas que arden&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gozabas un sueño&lt;br /&gt;De felicidad&lt;br /&gt;Princesa sin dueño&lt;br /&gt;Ante la verdad&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un mundo especial&lt;br /&gt;Sin religión ni biblia&lt;br /&gt;Luzbel, Jesucristo, altar&lt;br /&gt;Rosario de perillas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se parece a la muerte&lt;br /&gt;A una muerte especial&lt;br /&gt;Especial no es la muerte&lt;br /&gt;Es un mundo especial&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca tal riqueza&lt;br /&gt;Tanta alhaja invisible&lt;br /&gt;Nunca tal pobreza&lt;br /&gt;En el mundo imposible&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día dura un siglo&lt;br /&gt;El siglo, un segundo&lt;br /&gt;El segundo y el siglo&lt;br /&gt;Pasan juntos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No verás&lt;br /&gt;No amaréis&lt;br /&gt;No tocarás&lt;br /&gt;Tablas de la ley&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Vuelves linda princesita?&lt;br /&gt;¿Te falta rubor?&lt;br /&gt;Te espera afuerita&lt;br /&gt;El duende orejón&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si tuerces tu sino&lt;br /&gt;Con un solo salto&lt;br /&gt;Te vestirás de lino&lt;br /&gt;Debajo del palto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Partirás la leña&lt;br /&gt;Barrerás la casa&lt;br /&gt;Soñarás despierta&lt;br /&gt;Batiendo la masa&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-1135496953955773688?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/1135496953955773688/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=1135496953955773688' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1135496953955773688'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/1135496953955773688'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/un-mundo-especial.html' title='Un mundo especial'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-8403223091391702740</id><published>2010-05-18T13:40:00.038-04:00</published><updated>2010-12-29T18:21:48.752-03:00</updated><title type='text'>El niño que golpeó la puerta del bufete</title><content type='html'>Antes de alcanzar el nivel de fama que hoy ostenta, Boris Guevara fue un hombre no diría exactamente cándido, pero si hemos de creer en su testimonio, impresionable. Desde luego, su nombre no es Boris Guevara. Me he reservado el verdadero, no solo por no herir su susceptibilidad o la de su familia, sino principalmente porque jamás me autorizó a que la historia que voy a narrar se hiciera pública. Hecho el alcance, retomo este relato, que no tiene otro fin que contar la experiencia extraordinaria, paranormal, de la que dice haber sido testigo mi entrevistado. Decía que antes de alcanzar la fama, Boris Guevara fue un hombre receptivo. Hoy, los casos importantes que le llegan a su bufete, importantes en el sentido del rédito que le proporcionan a su cuenta corriente, lo han convertido en una persona encantadora, fría y traicionera. En los pasillos de la Corte se le observa con reverencia, admiración y temor; tanto así que a demasiados abogados de la plaza les irrumpen sudores fríos cuando lo enfrentan en un alegato, porque piensan, aunque nunca lo van a confesar, que ha hecho pacto con el diablo. No pocas veces, conspicuos hombres de bien le han ofrecido candidaturas a la Cámara de Diputados ganadas de antemano e incluso, se afirma, al Senado, y si las ha rechazado fue porque tras largas meditaciones en el seno de su hogar, con un vaso de whisky añejo en la mano y acompañado por las extrañas notas de alguna de las sonatas de Scriabin, su compositor preferido, consideró que lo poco que le quedaba de &lt;em&gt;humano&lt;/em&gt; debía resguardarse; al menos así lo dedujo, aunque no tuviese la razón.&lt;br /&gt;Tan singular personaje abrió un día el apetito profesional de mi editor, quien me ordenó contactarlo para llenar las páginas centrales del diario dominical; esto es, la sección "Personaje de la semana". Guevara acababa de ganar un juicio de connotación nacional, defendiendo a las inmobiliarias que perdieron edificios completos a raíz del terremoto del 27 de febrero, con graves pérdidas para sus accionistas y para los residentes de los mismos. Para éstos últimos no cabía reparación posible, ya que contra ellos se había ensañado la naturaleza; en cambio sí les correspondía a las compañías de seguros resarcir a las inmobiliarias por el capital perdido a raíz de la catástrofe, ya que así lo estipulaban claramente los puntos 230, 231, 232 y 232 bis de los diversos contratos protocolarizados ante notario. Guevara defendió esta hipótesis con tal elocuencia, lógica y poder de convencimiento que dejó con la boca abierta -de confusión y estupor- tanto a los profesionales de las partes contrarias como a los cerca de 500 inquilinos que se apostaron en las afueras de la Corte a esperar el fallo (preciso es consignar que el brillante abogado abandonó los tribunales por una puerta lateral).&lt;br /&gt;De modo que frente a ese personaje me encontré un viernes a las siete de la tarde, un hombre encantador, frío y traicionero y agregaría fatigado, cansado de su triunfo.&lt;br /&gt;Confieso que cuando su secretaria me hizo pasar me dieron ganas de quedarme con ella, tan pegado a su cuerpo tenía el vestido y tan ferozmente miraban sus ojos. Guevara, en cambio, nos echó a lo sumo una ojeada. A ella la podía ver hasta cansarse y en cuanto a mí... sí, era sólo un periodista, pensaría, pero algo lo hizo cambiar de pronto, porque durante esa leve ojeada a mi persona noté que experimentaba un leve y rarísimo temblor. Estaba sentado en una silla giratoria de cuero ubicada en el desnivel superior de la sala alfombrada y con su mano izquierda jugaba con un sencillo lápiz pasta, que hacía golpear sobre el escritorio con musicalidad. Se levantó, me dio la mano y me ofreció asiento. Abandonó la silla y bajó a sentarse a un sofá que calculadamente había sido instalado frente a otro de similar diseño para entablar "relaciones democráticas" con sus clientes. La secretaria reapareció con una bandeja con café de grano, galletas y dos vasitos de soda. Enseguida se marchó. Quedamos frente a frente.&lt;br /&gt;-Es endiabladamente atractiva -ensayé una especie de entrada rompehielo.&lt;br /&gt;-¿Le gusta Scriabin? -preguntó. No supe qué decirle, pero reparé en unos discos del tal Scriabin que se destacaban sobre la mesa de centro, a los cuales yo había dirigido la vista de pura vergüenza.&lt;br /&gt;-Creo que lo mejor para esta ocasión son las sonatas de Mozart -se dijo a sí mismo y comenzó a maniobrar su I-Pod. De unos parlantes altos y delgados surgió una suave y pareja música de piano, ausente de estridencias, que luego de estacionarse en un nivel de sonido óptimo para una entrevista sucumbió en el olvido.&lt;br /&gt;-Scriabin quiere llegar más allá de la verdad y de pronto se torna demoniaco, tiene usted toda la razón -comentó, y nuevamente no supe qué decir, aunque pensé en mis limitaciones, que son las de mi oficio: qué poco y nada sabemos de todo los periodistas.&lt;br /&gt;La entrevista se desarrolló dentro de los carriles normales y confieso, rutinarios. Con las dos o tres últimas preguntas sentí ese cansancio que le sobreviene al reportero al tomar conciencia de lo que le espera: el trabajo de convertir una conversación de una hora y media en dos páginas impresas de un diario, dos páginas plagadas de letras casi hasta los bordes; en otras palabras, se me vinieron encima las horas que aún me quedaban de labor. Contribuyó a ese vago malestar la certeza de que volvía al periódico sin nada extraordinario dentro de la cinta. Guevara, una vez más, se salía con la suya y daba otra clase magistral de inteligencia, buen sentido y simpatía, haciendo pasar lo malo por bueno, sin admitir ninguna barrabasada y sin declarar nada sustancial.&lt;br /&gt;Me levanté, le di la mano y procedía a abandonar la oficina cuando me detuvo.&lt;br /&gt;-Espere -dijo con voz firme, aunque nerviosa. De inmediato volví sobre mis pasos. El abogado retomó la palabra.&lt;br /&gt;-Noté que detectó el pequeño sobresalto que sentí al verlo llegar... y es verdad, usted me recordó a un chico que conocí hace muchos años.&lt;br /&gt;Lo miré, asintiendo con asombro acerca de mi gesto auscultador, bastante más insolente de lo que había imaginado. Guevara levantó el citófono y despidió a su secretaria. Creí adivinar un berrinche del otro lado de la línea, pero el abogado lo superó con una fresca carcajada que remató con un "mañana, sin falta". Sentimos una sonajera de joyas y collares y luego un leve portazo, diríase un portazo de secretaria ofendida.&lt;br /&gt;Estábamos solos. Me ofreció un trago, que rechacé con pesar. Él se sirvió dos dedos de una para mí desconocida marca de whisky etiqueta negra. El primer sorbo fue largo y profundo. Dejó el vaso encima de la mesa y me habló:&lt;br /&gt;-Desde que me sucedió lo que te voy a contar, que fue hace muchos años, algo me ordenaba darlo a conocer, pero el momento no llegaba. Sabía que la persona propicia tenía que aparecer alguna vez y apenas te vi descubrí que eras tú.&lt;br /&gt;Me asombré de que me tratara de tú. Me estremecí. Guevara continuó.&lt;br /&gt;-No he sido siempre rico y exitoso, Sergio, y lo debiste adivinar por mis apellidos. En mis comienzos fui un estudiante pobre, impresionable y receptivo.&lt;br /&gt;-Como todo el mundo -repliqué erradamente.&lt;br /&gt;-No lo creas. La mayoría de la gente cava su propia tumba debido a su pertinacia. ¿Has tomado en cuenta que cada ser humano se maneja en el carrusel de la vida dando vueltas y vueltas en torno a dos o tres ideas básicas que se forja apenas tiene uso de razón?&lt;br /&gt;-No lo había pensado.&lt;br /&gt;-Me lo enseñó la memoria de... no, todavía no lo creerías. Digamos que me lo enseñaron los pleitos. Por ejemplo, la gente insegura y vengativa generalmente se está diciendo toda la vida a sí misma "no me toman en cuenta". Es una orden interna que guía todos sus pasos y explica sus conductas externas. Los necios y los soberbios se repiten a cada minuto del día "soy el mejor" y actúan en consecuencia, para bien o para mal. Conocí a un cliente que se decía permanentemente "esto es lo más insoportable que me ha ocurrido, pero aún se puede soportar". Como te imaginarás, se trataba de un sacerdote que vivía en perpetua penitencia. ¿Cuál es tu &lt;em&gt;leitmotiv&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;-Tendría que pensarlo, pero no entiendo a qué quiere...&lt;br /&gt;-Mi motivo conductor ha sido siempre "aprovecha, aprovecha" y por eso no carezco totalmente de problemas de adaptación, te lo digo sin un ánimo arrogante. Antes fui impresionable; hoy... (guardó silencio)... hoy... pero déjame contarte lo que me pasó hace unos años, tal vez te sirva para aclarar tus propias ideas.&lt;br /&gt;Adiviné que venía una confesión más grande que el último maremoto. En mi horizonte se me cruzó la imagen de la vieja sala de redacción: los aseadores pasando la aspiradora en la soledad más espantosa y al centro mi computador, el único encendido, bullendo de actividad.&lt;br /&gt;-Fue en mi primer bufete -comenzó-. En Mac Iver. No tenía esa secretaria que viste recién; en realidad mis ingresos no me daban para disponer de secretaria. Como forma de combatir el angustioso tedio que provoca en los jóvenes profesionales la ausencia de clientela, una de esas tardes estudiaba una vez más a don Andrés Bello cuando de improviso sonó la puerta. Los golpes me llamaron la atención porque el eco que surgía del angosto pasillo adelantaba cualquier visita y hacía resonar hasta los pasos de un gato, pero como te decía, en ese momento el golpeteo feroz contra la puerta fue lo primero que sentí; o al menos lo que me hizo salir de ese estado semihipnótico que provoca el maridaje del Código Civil con Morfeo, ja ja ja, ¿me sigues?&lt;br /&gt;-Sí, perfectamente.&lt;br /&gt;-Con la agitada esperanza de conocer a mi primer cliente en meses abrí la puerta, pero no había nadie. Miré hacia el fondo del pasillo y no divisé rastro humano alguno. Imaginé un vendedor hastiado de no tener con qué llenar su estómago, un vendedor que toca puertas que jamás se le abren; en suma, un hombre desencantado para el cual el mundo se ha vaciado de incautos. Te prometo, Sergio, que al proyectarme en ese hombre invisible sentí tal desaliento que esa tarde pensé en abandonar la profesión.&lt;br /&gt;-De seguro ese vendedor se iba diciendo "soy mediocre, no tengo remedio".&lt;br /&gt;-¿Cuál?&lt;br /&gt;-El que se alejó por el pasillo.&lt;br /&gt;-No me has entendido. Mejor dicho, no me explico bien. No había tal vendedor, era un producto de mi imaginación.&lt;br /&gt;-Entiendo perfectamente. Fue una manera de decir -reaccioné con ligero desagrado.&lt;br /&gt;-No te ofendas por tan poco, Sergio -rió-, ya adivino tu &lt;em&gt;leitmotiv&lt;/em&gt;, pero déjame seguir (secó el vaso y continuó). Retomé la lectura y no habían pasado ni veinte segundos cuando volvió a sonar la puerta. Corrí a abrirla y ante mí apareció un chico de unos 12 años... un chico que... tienes un aire a ese muchacho, Sergio, estoy seguro de que tú eres el próximo... cada vez más seguro, sí.&lt;br /&gt;-No comprendo qué tengo que ver con ese niño -le dije, queriendo dar la impresión de que seguía sus palabras con cierta indiferencia, mas la voz me traicionó y delató mi nerviosismo.&lt;br /&gt;Guevara volvió a examinarme y reapareció su ligero temblor. El recuerdo de aquel episodio indudablemente lo excitaba, más allá de lo normal. En cuanto a mí, la angustia ante el trabajo inacabado fue siendo reemplazada por un vivo deseo de escuchar su historia (debo admitir que ese deseo se justificó plenamente una vez que la hubo concluido). ¡Ay -maldije más tarde a la existencia, tecleando palabras vacías en el computador-, si la entrevista versara sobre lo que se dijo después de apagar la grabadora, de seguro mi destino cambiaría antes de lo previsto y no necesitaría andar buscando falsas esperanzas para soportar este valle de lágrimas!&lt;br /&gt;Pero me desvío. Guevara abrió la puerta de su modesto bufete de calle Mac Iver y vio ante sí a un niño de unos 12 años.&lt;br /&gt;-Tenía los ojos rojos y ni siquiera tuve que darme cuenta de que había estado llorando, pues de sólo verme prorrumpió en desconsolado llanto -continuó.&lt;br /&gt;-Pero quién era.&lt;br /&gt;-No me interrumpas, Sergio, ya pasó el tiempo de las preguntas. Te ruego que ahora sólo escuches -dijo, vivamente emocionado.&lt;br /&gt;Asentí, sin hacer un ruido. Guevara aprovechó el momento para rellenar su vaso.&lt;br /&gt;-Hice pasar al chico y le ofrecí un vaso de agua; más que eso no tenía. "¡Ayúdeme!", me suplicó, con una voz que me heló la sangre de las venas. Traté de calmarlo, pero resultó imposible, no paraba de llorar. Igual como tú me interrumpiste a mí, quise interrumpirlo a él, preguntándole su nombre, qué le pasaba, dónde vivía. Al cabo de unos cinco minutos me rendí y lo dejé que llorara hasta que le diera hipo y, en efecto, cuando realmente le dio hipo acercó el vaso de agua y bebió un trago. Se calmó un momento, luego pareció recordar algo y se echó a llorar de nuevo. Así estuvo durante otros cinco minutos, hasta que finalmente pudo hablar.&lt;br /&gt;-Ayúdeme, señor -me pidió.&lt;br /&gt;-Por supuesto, muchacho -le contesté- pero si no me aclaras tu situación, de bien poco te puedo servir.&lt;br /&gt;-Vaya a mi casa, vaya hoy mismo a mi casa.&lt;br /&gt;-Pero dime dónde vives, quién eres, por qué llegaste a mi oficina.&lt;br /&gt;-¿No es abogado?&lt;br /&gt;-Claro que soy abogado.&lt;br /&gt;-¡Entonces ayúdeme! -exclamó y volvió a llorar. Entendí que sufría de un mal objetivo, porque la suya no era la estampa de un chico normal de 12 años, sino que se apreciaba exageradamente demacrada, como si estuviese soportando una penosa enfermedad. Sus párpados azulados se transparentaban y mirar el color verdoso de su piel daba escalofríos.&lt;br /&gt;-Dame tu nombre y tu dirección -le pedí y la escribió temblando.&lt;br /&gt;-Aquí está.&lt;br /&gt;-¿Eres pariente del socio de la famosa clínica? -le pregunté, tras leer el complicado apellido. Me miró horrorizado y gritó, gritó destempladamente.&lt;br /&gt;-¡Sí!&lt;br /&gt;Y volvió a llorar.&lt;br /&gt;-Cálmate, muchacho. Te prometo que mañana mismo voy a tu casa.&lt;br /&gt;-¡No, vaya ahora!&lt;br /&gt;-Ya es muy tarde para una visita de este estilo. Ten estos pesos y toma un taxi...&lt;br /&gt;-¡Me sobra la plata! -reaccionó haciendo un puchero- Vaya mañana en la mañana. No falte. Vaya temprano... ¡soy muy chico todavía! -exclamó y le brotaron de nuevo las pocas lágrimas que le quedaban.&lt;br /&gt;Aun así, noté que mi promesa lo tranquilizaba. Cuando lo dejé en la puerta le pregunté por qué había venido a verme precisamente a mí. Me confesó que era admirador de la serie de televisión "Perry Mason", que por esa época daba el Canal 9. Había llegado a mi oficina preguntando en las calles del centro "dónde están los abogados", y alguien le mencionó el edificio. Debido a su admiración por la serie pensaba ciegamente que los únicos profesionales capaces de solucionar su problema eran los abogados. ¡Hasta hoy me ruboriza su inocencia!&lt;br /&gt;-Aquí está lleno de abogados -le hice ver al darle la mano y estuve a punto de agregar "principiantes" o "fracasados".&lt;br /&gt;-Sí -respondió con una seguridad que me volvió a sorprender- pero al verlo en persona me convencí.&lt;br /&gt;Guevara iba a continuar pero se le quebró la voz y ahora las lágrimas le brotaron a él. Aguanté el complicado momento como pude, en completo silencio, sin siquiera moverme. Luego de un par de minutos me miró fijamente.&lt;br /&gt;-¡No fui, Sergio!... no fui. No fui al día siguiente. En vez de visitarlo acudí a la corte a mirar la tabla, porque alguien me había dado el dato de un caso que no tenía defensor. Perdí la mañana y la tarde estudiando rostros que me dieran comida, como perro hambriento. Volví a mi departamento con las manos vacías y me dispuse a mirar el techo hasta que llegara la hora de dormir, mientras la botella que tenía a la mano se iba vaciando. A eso de las nueve de la noche sonó el timbre. Abrí la puerta y no había nadie. En el edificio en que vivía entonces los timbrazos fantasmas eran comunes y no tenían más misterio que el de los niños traviesos que no tienen otra cosa que hacer, pero el hecho me sirvió para recordar la cita pendiente, de modo que con cierto dejo de culpa me propuse ir sin falta al otro día a la casa del muchacho.&lt;br /&gt;Bebió otro sorbo y prosiguió:&lt;br /&gt;-Apenas cerré la puerta comencé a sentir una presión tan intensa en la cabeza que no me dio otra opción que echarme en la cama. El malestar iba en aumento y de pronto fue tan grande que dentro de mi borrachera pensé que me había llegado la hora y como buen samaritano, y encima pobre, que era entonces, me encomendé a las manos de Dios. Pasé una noche atroz, repleta de alucinaciones. En mi delirio se me figuraba que los secretos y recuerdos de millones y millones de almas entraban a mi pieza y se iban colando dentro de mi pensamiento, como si esas almas buscasen ser tragadas por un remolino gigantesco y sin fondo. Sentía gritos de angustia, aullidos de fieras, susurros, risas de alegría, quejidos de placer, fiestas familiares, campanadas de escuelas infantiles, conversaciones; veía paisajes de lugares remotos y tiempos inmemoriales, batallas a caballo y a pie y batallas aéreas, intrigas; oía sabias reflexiones, inventos en su génesis, oraciones de una pureza cristalina, ideas a medias; en suma, experimentaba esa noche la totalidad de la miseria, la grandeza, la tragedia y la comedia humanas, como si una fuerza superior las hubiese mezclado en un caldero hirviente, pero sin unir un recuerdo con otro. Al amanecer me di una ducha y partí donde el chico. Las cosas que me rodeaban eran las mismas, pero descubrí que mis ojos las veían de otra manera, como si estuviesen recubiertas de capas de aerosol. En cuanto a las personas, nada más bajar a la calle se me presentaron bañadas en halos relucientes u opacos, adornadas con infinitas texturas, tal como las percibo hoy. Miraba esos rostros tan nuevos y extraños y todos parecían querer decirme algo, mas como no sabía qué, atribuí este cúmulo de sensaciones a la resaca. Subí a una micro y partí. Me costó llegar, porque te imaginarás que la mansión se levantaba en los extramuros de la capital. Cuando finalmente logré pararme frente a la imponente reja de entrada, una voz femenina, seguramente de una de las tantas empleadas, me respondió secamente que el niño estaba en la parroquia. Fui a la parroquia, quedaba a unas tres cuadras, y al preguntar por el pequeño me hicieron pasar a una pieza lateral. Entré. Estaban velando un cuerpo. Dentro de la sala se encontraba su padre, el socio de la clínica, un hombre gordo y de mirada hosca, al cual el chico sólo se le parecía en el desplante, que es la arrogancia que el dinero les otorga a las personas inseguras. Al mirarlo a los ojos se levantó, me dio la mano y me ofreció asiento. Me preguntó dónde lo había conocido y no supe qué decirle, pero enseguida le comenté que lo quería ver. Me enseñó el féretro y al situarme ante el vidrio vi su carita exánime, pacífica, amarilla, aunque manteniendo el azulado de los párpados. No sé cuántos minutos estuve mirándolo, recordando su visita, tratando de explicarme su llanto de terror, culpándome de no haber venido antes, angustiado y semi enloquecido, plagado de imágenes que se revolvían en mi cabeza, imágenes nuevas, nunca vistas, jamás siquiera sospechadas. Volví a sentarme, aniquilado interiormente. Su padre, que había detectado mi estupefacción, me invitó a salir y me ofreció un cigarrillo. Allí me presenté con respeto, le conté la visita del chico y le expresé la culpa que sentía por no haber cumplido la promesa que le había hecho. Me miró de lado, entre incrédulo y vivamente sorprendido, y caminamos del brazo por un patio rodeado de naranjos. "Lo atacó repentinamente un mal incurable y la última semana no se movió de la cama. Nada se pudo hacer por él. Es una gran pérdida para su madre, para sus ocho hermanos y para mí", dijo en voz baja, agitado, con un aire levemente diplomático. Le pregunté a qué hora había muerto. "Murió anoche, a las nueve y cuarto", dijo. Entonces una violenta visión se me arrojó a la cara como pulpo cebado que no quiere despegarse de su presa. Algo me aseguraba que la muerte del niño no había sido provocada por causas naturales, mas no había forma de probar una sospecha tan descabellada, surgida de una mente como la mía, que en ese momento transitaba por el desfiladero. El padre pareció detectar un brillo peligroso en mis ojos. Sacó su billetera y me dio su tarjeta. "Venga a verme el martes, porque en honor a mi pequeño Esteban (así se llamaba el chico) deseo que se encargue de un doloroso asunto", me dijo y se despidió de mí para recibir al ministro de Economía, que acababa de llegar.&lt;br /&gt;Guevara guardó silencio más allá del tiempo necesario. Le pregunté qué había sucedido ese martes.&lt;br /&gt;-Como habrás de comprender, el empresario solicitó mis servicios.&lt;br /&gt;-¿En qué consistían?&lt;br /&gt;-Debía tramitar el seguro de vida que había contratado hacía dos meses para su mujer y sus ocho hijos, un seguro por un monto insólitamente alto, tan elevado que la muerte del niño convertía en sujeto de sospecha al beneficiario. Era una operación delicada, que realicé en forma limpia, diría brillante para ser uno de mis primeros trabajos. Visto mi éxito, me encargó adquirir un paquete gigantesco de acciones de la clínica, de las cuales reservó para mí un 20 por ciento. Esa compra a precio de huevo, además de salvar a la clínica de la quiebra, lo convirtió en socio mayoritario. La operación triplicó el precio de las acciones; en no más de dos meses el hombre multiplicaba su patrimonio por guarismos infernales y yo me convertía en millonario. Y todo lo hice a sabiendas de que detrás de esa fortuna había un niño envenenado, pues la verdad ya me había sido revelada por el pequeño Esteban... y meses más tarde me fue confirmada por su padre, con todos los detalles.&lt;br /&gt;-Entendí que el niño había muerto.&lt;br /&gt;-Y no te equivocas. Bien muerto estaba dentro de la caja. Y su padre no tardó en seguirle los pasos. Disfrutó de su crimen menos de un año. Su exceso de peso le pasó la cuenta.&lt;br /&gt;-Pero entonces cómo supo...&lt;br /&gt;-No es obligación que creas lo que viene. Te lo voy a contar porque nadie creería tu historia y porque, no lo olvides, creo que tú eres el próximo.&lt;br /&gt;Me volví a estremecer. Guevara concluyó su relato.&lt;br /&gt;-La memoria de los muertos resuelve no sólo el misterio del silencio sino además el del Más Allá. Estoy seguro de que uno de sus portadores fue Scriabin, me lo dice su música. La memoria de cada hombre que ha pisado la faz de la Tierra es algo tan valioso, Sergio, que no puede desperdiciarse, como creen los ateos y en cierto sentido los cristianos, quienes nunca han logrado aclarar el beneficio que el despertar de un alma en el Cielo encierra para la humanidad. No me costó mucho darme cuenta, muerto el pequeño, de que la memoria de los muertos se ha venido traspasando de un ser a otro desde el origen de la especie. De ese modo se prolonga la vida de cada hombre efectivamente por los siglos de los siglos, sin que éste abandone el mundo, aunque su cuerpo se convierta en una pila de gusanos. La mente elegida que recibe esta herencia va registrando una cantidad infinita y siempre creciente de experiencias nimias, intrascendentes o carentes de significado en sí mismas, como sucede con los datos que contiene la Internet. Piensa en la cantidad de recuerdos que deja un ser humano al morir y multiplícala por los que han pisado la Tierra y los que continúan muriendo; te imaginarás entonces de lo que te estoy hablando. Repara además en que los recuerdos de experiencias externas son la punta del iceberg mientras que los recuerdos de las experiencias internas corresponden a la parte hundida, a la parte desconocida de la historia del hombre. Añádele a esos recuerdos internos las grandes ideas que nunca se dieron a conocer y los secretos de los muertos, especie de piezas faltantes que completan el gran rompecabezas de cada hombre. Eso fue lo que me legó el niño, penúltimo propietario de ese tesoro, y eso es lo que porto yo.&lt;br /&gt;-¿Y si un accidente lo privara de la vida y no alcanzara a escoger sucesor?&lt;br /&gt;-La naturaleza es sabia. Ella se encargaría, como se ha encargado, de transmitir la herencia a la persona más idónea.&lt;br /&gt;-¿Me está diciendo que una riqueza así vino a dar a alguien que vive en Chile, habiendo tantos países en el mundo? -reaccioné a punto de soltar una risa histérica, por no hallar nada mejor que hacer y que decir.&lt;br /&gt;-Estando yo ante un hecho consumado, que es el punto que nos diferencia en esta historia, Sergio, no acerté a darme otra razón que la misma que explica el origen de la vida en un planeta ubicado en el confín de una miserable galaxia: en la Tierra. Y precisamente por esta misma razón pienso que tal vez no sea sólo un hombre el heredero de la memoria de los muertos sino varios, tal vez cientos o miles, cómo saberlo. El caso es que en Chile me correspondería a mí, de eso estoy seguro... y de que tú eres el que sigue.&lt;br /&gt;-¿Por qué no denunció al asesino?&lt;br /&gt;-Mi leitmotiv es "aprovecha, aprovecha". Es increíble que a pesar de esta maravillosa carga que porto se resista a abandonarme.&lt;br /&gt;-¿Por qué dice que yo soy el próximo? -le lancé a boca de jarro.&lt;br /&gt;Al responder tuvo un pequeño brote de sinceridad, o me lo pareció.&lt;br /&gt;-Tú te empeñas en destapar lo que todos tapan, Sergio, pero creyendo hacer grandes descubrimientos solamente muestras a los demás tu propia candidez. ¿O piensas que la gente no repara en sus asuntos y en sus pecados? Alguien quiso que este tesoro fuese de propiedad de los cándidos, que son los niños eternos. Esa misma fuerza que nos gobierna lamenta que aun el candor tenga fecha de término. Pero el mensaje se renueva con cada seguidor.&lt;br /&gt;Vaya que me conocía bien. No sacaba nada con ruborizarme, pero tampoco lo podía impedir.&lt;br /&gt;Guevara terminó de hablar y me acompañó a la puerta. Antes de despedirme le pregunté con cierta incomodidad si había anotado mis datos. Rió a carcajadas, como si mi frase rubricara su pálpito. "No es necesario, Sergio", me dijo con cariño y me palmoteó la espalda. La cita llegaba a su fin, pero aún me quedaba la última pregunta:&lt;br /&gt;-¿Cuál es mi leitmotiv?&lt;br /&gt;-¿De verdad quieres saberlo?&lt;br /&gt;-No estaría de más.&lt;br /&gt;-"Creen que están ante un tipo fácil de pisotear, pero esperen un poco y verán".&lt;br /&gt;Horas después escribía mi soporífera entrevista, tal como la había imaginado, es decir, con los aseadores revoloteando en torno a mi computador y las letras que se salían de los bordes de la página. Obsesionado, al día siguiente me fui al archivo y di con la muerte del niño. En los diarios de ese mismo mes el balance de la clínica aparecía efectivamente con graves pérdidas, y días después del funeral, las páginas económicas informaban de una fuerte inyección de capital de parte de uno de sus socios, lo que la salvaba de la quiebra y convertía con ese acto al padre del malogrado niño en socio mayoritario. El operador de la transacción resultó ser un desconocido abogado dentro del círculo financiero: Boris Guevara. Todo era cierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado dos años. El asunto me ha tenido intranquilo desde entonces, pendiente del reloj, lo que ha mermado considerablemente mi rendimiento profesional. Días atrás me topé con un ensayo de Steiner que habla del silencio, la imposibilidad de medir si un pueblo habla más o menos que otro, lo misterioso que es el contenido del silencio, lo aterrador que éste le resulta al hombre de nuestros días y cosas así. ¿Sabrá Steiner que en Santiago de Chile vive la persona que amplía su interrogante a límites metafísicos?&lt;br /&gt;Dada la promesa que se me hizo de ser el continuador, confieso que desde hace dos años vivo esperando con malsana curiosidad la noticia de la proximidad de la muerte de Guevara, como si ella fuese sinónimo del traspaso de una fortuna incalculable. Fantaseo pensando en la idea que tuvo el empresario para sacrificar a su hijo por una fortuna y he llegado a deducir que escogió de entre los hermanos como víctima a Esteban precisamente porque era el "cándido de la familia", aunque no logro establecer la relación entre una cosa y otra. Tendré pues que esperar para saber, como también tengo que seguir esperando para conocer por fin las verdaderas dudas de Jesucristo en la cruz, las Pasiones perdidas de Bach, la memoria y los miedos de Borges, las reflexiones de Beethoven ante su sordera, el razonamiento de Newton, los terrores de Fouché, las oraciones de María Estuardo en el cadalso, la incredulidad de la mujer que le vio la suerte a Pinochet en 1972, los tesoros que los avaros escondieron debajo de la tierra, la idolatría que sintió Moctezuma por Cortés. No es mi propósito llenarme de oro, aunque sé que vendrá sin duda a mis manos. Mi propósito es conocer al desnudo los pecados de los hombres, los secretos que los hacen surgir a costa de los demás, las ideas ajenas que me impiden no ser sino quien soy; en el fondo, la causa de mi mediocridad y el remedio para erradicarla de mi mente. Pero el abogado no da luces de enfermedad; tiene la salud de un roble americano y la longevidad de una tortuga de las Galápagos. A veces nos hemos encontrado en una ceremonia; yo en mi modesto papel de recogedor de comentarios y él, llevando esa carga de hombre asediado por el poder, el dinero, la gloria y sobre todo las mujeres. En tales ocasiones me parece que me ha dedicado un gesto de complicidad, como si recordara la promesa, pero luego descubro con pesar que es el mismo gesto que les regala a los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;(Inspirado en el cuento "El velo negro", de Charles Dickens)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-8403223091391702740?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/8403223091391702740/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=8403223091391702740' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8403223091391702740'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/8403223091391702740'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/el-espectro-que-golpeo-la-puerta-del.html' title='El niño que golpeó la puerta del bufete'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2011897690419733174</id><published>2010-05-18T02:37:00.003-04:00</published><updated>2010-05-26T13:14:41.157-04:00</updated><title type='text'>La araña-perro</title><content type='html'>Acostaba a mi nieta en su pieza cuando le sentí decir:&lt;br /&gt;-Tatínez, una araña (ella me dice ‘‘Tatínez’’).&lt;br /&gt;No le presté mayor asunto porque estaba ocupado sacando su pijama desde la litera superior del camarote. Ella esperaba en la inferior y repetía:&lt;br /&gt;-¡Una araña...!&lt;br /&gt;Pensé que aludía a un espécimen que se estaría desplazando por la pared, pero de pronto miré la colcha y descubrí una araña del porte de una camioneta Toyota 4x4, que caminaba de lo más tranquila con sus ocho patas.&lt;br /&gt;Entonces cometí el grave error de agacharme a recoger a la nieta al mismo tiempo que tomaba la lámpara del velador para alumbrar mejor al animal, que entretanto bajaba por la colcha hacia el suelo. La nieta se me encaramó pilucha al brazo izquierdo y con el movimiento de la lámpara ésta se desconectó y nos dejó sin luz, lo que me hizo pedir auxilio a los demás, que no sabían qué pasaba entre estas cuatro paredes.&lt;br /&gt;-¡Apúrense, que va saliendo!... ¡La linterna, apúrense, la luz, la luz! -les gritaba desde el dormitorio. A oscuras, la nieta lloraba en mis brazos y yo trataba de hacer que volviera la luz a la lámpara.&lt;br /&gt;-¡Apúrense, la luz...! -exigía, temiendo lo peor y saliéndome de mis casillas al escuchar como única respuesta una risotada general de los demás miembros de mi familia, que sospecho que ya me conocen.&lt;br /&gt;-Qué pasa -decían con toda calma, como sacándome pica.&lt;br /&gt;-¡La araña se fue! -grité, abandonando la pieza con mi nieta.&lt;br /&gt;Comenzó entonces la búsqueda, con una nueva lámpara. ¿Quién se atrevería a levantar la colcha?&lt;br /&gt;Nadie.&lt;br /&gt;Nos juntamos en el living a elaborar un plan, con el insecticida en las manos. Alguien recordó entonces que podríamos estar ante la famosa araña-perro que logró escapar hace unos días en esa misma pieza, introduciéndose a un portillo en un rincón.&lt;br /&gt;Nos armamos de valor y como un solo equipo nos metimos a la pieza, mirando a todos lados. Con dos dedos enguantados levanté la colcha de la punta mientras la menor atacaba con el insecticida.&lt;br /&gt;-¡Echen en el closet! -gritó el mayor.&lt;br /&gt;-Entre la ropa -acotó mi mujer.&lt;br /&gt;-Abran la cama -ordenó la ocupante de la cama de abajo.&lt;br /&gt;¿Resultado?&lt;br /&gt;Nada.&lt;br /&gt;¡La araña-perro se había vuelto a escabullir!&lt;br /&gt;Hasta el día de hoy nadie sabe dónde está. Y esa pieza ha quedado clausurada por las noches, porque ahora nadie se atreve a dormir allí.&lt;br /&gt;Me recuerda el cuento de Cortázar ‘‘La casa tomada’’, en que una figura informe se va apoderando lentamente de una vieja casona de Buenos Aires, sin que los dos hermanos que la habitan puedan hacer otra cosa que irse arrinconando, hasta salir a la calle.&lt;br /&gt;No es que la araña-perro haya logrado arrojarnos a la calle, pero yo diría que bien cerca anda.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2011897690419733174?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2011897690419733174/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2011897690419733174' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2011897690419733174'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2011897690419733174'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/la-arana-perro.html' title='La araña-perro'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-2412961832203256567</id><published>2010-05-13T13:18:00.006-04:00</published><updated>2010-05-17T20:56:52.122-04:00</updated><title type='text'>Lilian Inostroza</title><content type='html'>Este recuerdo se asemeja en su génesis a una canción pegajosa. Un día la vi y seguí de largo. A la segunda vez me fijé que existía. A la tercera vez me llamó profundamente la atención la forma de su cara. A la cuarta vez me enamoré de ella. Cuando uno llega a la parte cautivante de una melodía experimenta una sensación inexplicable de placer, que se origina en un lugar desconocido de la mente y que se transmite a todo el cuerpo de una forma relativamente inconsciente. Esa sensación la provoca un acorde o una mezcla de instrumentos o el vibrato de una voz, lo que sea, pero si se quiere llegar a la resolución del misterio de ese vibrato, de esa mezcla de instrumentos, de ese acorde, se descubre que dentro de esas notas musicales hay un inmenso vacío. Las notas en sí mismas no son nada. Al modo de un taxidermista, se podrían disecar, poner encima de una mesa y no causarían emoción alguna. Las notas sólo adquieren su maravilloso sentido dentro de una pieza, así como Lilian Inostroza sólo tuvo sentido cuando viví el tránsito de los 11 a los 12 años.&lt;br /&gt;Cuando me enfrentaba a ella sentía lo mismo que con la canción que sonaba por la radio, porque ansiaba llegar a ese momento en que cruzábamos miradas, y sólo vivía los minutos que seguían a esa extraordinaria experiencia para retenerlo, intentando convertirlo en la eternidad. Y algo conseguía, pues la emoción solía repetirse, no tan violenta pero sí verdadera, aunque me daba cuenta de que debía ser nuevamente alimentada; mi cuerpo necesitaba escuchar de nuevo la canción para llegar a su misterio insondable. Había que repetirlo todo, tal vez de esa forma se llegara a la raíz.&lt;br /&gt;Intentaba imaginar, por las tardes, escondido detrás de la ventana, mientras esperaba su paso, dónde radicaba el misterio, si en sus ojos verdes o en su figura esquelética o en su moño de cola de caballo. No llegaba a nada. Su imagen lo explicaba todo, pero qué era eso. No lo sabía.&lt;br /&gt;Recuerdo que una noche me acerqué a mi madre, que estaba en la cocina, deseoso de compartir con ella este secreto. Pero aquí algo falla en mi memoria, porque al reproducir la escena, la cocina se empeña en surgir donde debía estar el living y no en la parte de atrás de la casa, frente al patio del naranjo. Sin embargo mi mamá está preparando la comida inundada por una luz amarilla intensa, alegre, y delante de sus brazos ocupados en trozar un pollo blanco existe una ventana que da a la calle, todo absolutamente falso, si se deseara investigar la realidad. Mi memoria insiste en inventar otra cocina, más parecida a la de la casa de Eduardo de Geyter, sabiendo sin duda alguna que esa casa corresponde al año 1967 y no al 64.&lt;br /&gt;En esa cocina le confesé que me gustaba la Lilian y no se echó a reír, como temía, sino que se sorprendió gratamente y pareció comprender mis sentimientos, lo que me provocó gran alivio, pues había alguien que entendía lo que yo mismo no podía entender. Me preguntó qué Lilian y le dije que la sobrina de la señorita Fresia.&lt;br /&gt;Una noche fría mi mamá se cruzó con la señorita Fresia. Regresaba ésta del hospital con su paso corto y enérgico y las paredes devolvían el fuerte retumbar de sus zapatos de tacones altos. En su brazo derecho portaba el siniestro maletín que contenía la jeringa de vidrio, la aguja, el agua destilada y la goma elástica, elementos con los que me hacía sufrir una vez al mes, a las siete de la mañana. La penicilina benzetacil la esperaba religiosamente en el botiquín.&lt;br /&gt;-Parece que vamos a ser consuegras -le dijo. Mi mamá se rió y le devolvió el comentario. Yo, que estaba allí, entendí la situación y me puse entre contento y avergonzado, porque había esperanzas, no sabía bien de qué, pero era un hecho que la situación iba por buen camino, de otro modo la señorita Fresia habría sugerido que la Lilian no correspondía mi amor. Más tarde, pensando en la almohada, me molestó que se hablara de mí sin consultarme mi opinión. Me dormí pensando qué había querido decir la señorita Fresia con esa frase, ya que no demostraba a ciencia cierta que la Lilian hubiese dado su opinión de mí alguna vez, aunque por otro lado, si yo no había dicho nada y mi mamá creo que tampoco, ¿cómo se había enterado ella de que yo estaba enamorado de su sobrina?&lt;br /&gt;Recuerdo que por esos días hubo una gran maratón de niños para celebrar el aniversario del club Simón Bolívar. Cuando dieron la partida eché a correr metido en una maraña de jadeos y calculadamente me quedé adentro del pelotón. Los competidores se fueron cansando y yo, que ese día estaba tocado por una varita mágica, empecé a adelantar posiciones hasta que tomé la punta antes de la mitad de la carrera, cuyo trazado comprendía unas diez a doce cuadras. Gané muy fácilmente y de premio me regalaron un lápiz pasta rojo ABC, que estaba por detrás del BIC y qué decir del Parker. Quedé feliz, más feliz cuando la señorita Fresia pasó por la plazuela donde se ubicaba la meta y la Lilian le gritó: "¡Tía, el Hugo ganó la maratón!".&lt;br /&gt;Pero he sido muy desordenado para hilvanar este relato. La memoria es así: arroja recuerdos según la importancia que nuestra cabeza les asigna, sin respetar la línea del tiempo. Cuando esta mañana comencé a escribir, lo que quería revelar era la forma en que planificaba mis jugadas maestras. Y de hecho es importante que insista en el proyecto original, ya que de él se pueden extraer interesantes conclusiones.&lt;br /&gt;Una vez que la vi por cuarta vez y decidí que me había enamorado de ella comencé a vivir un calvario terrible. No se me pasó por la cabeza la idea de hablarle, eso habría sido demasiado, pero necesitaba verla. El destino me dio una mano cuando descubrí la coincidencia entre mi hora de salida de clases y la hora de su entrada. A menudo la veía dirigirse al liceo con su falda azul, su camisa blanca y su cola de caballo justo cuando yo venía de vuelta, hambriento y desganado. La divisaba a dos cuadras de distancia y se me aceleraba el corazón. Pasábamos uno frente al otro sin decirnos nada, rodeados de ese silencio estremecedor de las dos de la tarde en la provincia. Llegaba a mi casa con un regusto dulce y amargo que me quitaba el hambre. Faltaban aún cinco horas para verla por detrás de las cortinas, si es que la veía.&lt;br /&gt;Decidí entonces que un asunto tan importante no podía ser dejado al azar, y así planifiqué cuidadosamente mi trayecto diario de regreso, momento que se consagró como la instancia más segura para verla. Debía salir del liceo y caminar por Germán Riesco hasta llegar al liceo de niñas, en la Plaza de los Héroes. Allí, enfilar por Estado, doblar en O'Carrol, cruzar la calle Campos -poniendo máxima atención en su horizonte- y bajar por Astorga, que era la vía regularmente elegida por ella para encaminarse al liceo. Digo regularmente porque no pocas veces, para mi desgracia, elegía Campos, lo notaba porque al atravesar una esquina y mirar a lo lejos la veía atravesando su esquina una calle más allá, señal de que la había perdido, de que el día era vacío.&lt;br /&gt;Generalmente nos cruzábamos alrededor de la una y cuarto de la tarde en Astorga, entre Gamero e Ibieta y como ya lo escribí, se trataba de un encuentro silencioso que no dejaba más huella que los latidos de mi corazón.&lt;br /&gt;Pero un día, con el corazón al máximo, me jugué la vida y le dije hola, prácticamente a sangre de pato. Ella me miró con sus ojos verdes, sorprendida, y me respondió el saludo.&lt;br /&gt;¿Cuánto duró ese instante? ¿Tres segundos? Dos niños que se cruzan, se saludan y se alejan. Tres segundos desde que tomé la decisión de saludarla, a lo más cuatro, lo que va del límite de una casa de adobe a la siguiente. Como habría dicho Neil Armstrong, tres segundos para la calle Astorga, una vida entera para mí. Había hallado la felicidad y ahora sólo me restaba repetir los encuentros hasta el cansancio, con la certeza de que además de verla escucharía su voz dirigida a mí. Hola-hola. Eso sería todo, no ansiaba nada más.&lt;br /&gt;Y de hecho fue así.&lt;br /&gt;Vino entonces la parte oscura de mi personalidad. En vez de disfrutar la vida me dispuse a lanzar anzuelos y redes para atraparla a la distancia, en el convencimiento de que solamente el conocimiento y la captura anticipada del futuro pueden llevar a la felicidad.&lt;br /&gt;Averigüé si ella era efectivamente un año menor que yo, como se decía, porque una ley no escrita pero sabida por todos dictaba que el hombre debía ser mayor que la mujer un año. Tras comprobarlo sentí un enorme alivio. Supe que tenía un hermano y me hice amigo del hermano, por interés. Indagué si tenía buenas notas, porque era impropio que a uno le gustara una niña que tuviera malas notas. Con indecible pavor reuní datos sobre sus sentimientos, en especial si estaban dirigidos a otro. No llegué a nada. Averigüé que todos los fines de semana se iba a Caletones, donde vivían sus papás. Y finalmente supe que al año siguiente se iría a estudiar al internado femenino de Santiago.&lt;br /&gt;No recuerdo qué sentí cuando realmente se alejó de mí, mas no creo pecar de mentiroso si dijera que lo más parecido fue una leve esperanza de que al cabo de cinco años volvería a verla y todo sería igual que antes.&lt;br /&gt;Estaba lejos de sospechar entonces que ella cerraba la primera etapa de mi vida y abría la segunda, la menos sincera de las tres, la edad del trabajo productivo, del acomodo, del deseo sexual y de las ambiciones solapadas, que duró hartos años más y daría para un libro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-2412961832203256567?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/2412961832203256567/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=2412961832203256567' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2412961832203256567'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/2412961832203256567'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/lilian.html' title='Lilian Inostroza'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-4645649902119831850</id><published>2010-05-11T13:01:00.008-04:00</published><updated>2010-05-12T19:58:50.048-04:00</updated><title type='text'>Aún</title><content type='html'>Las hojas de la alcachofa se van juntando en el plato, extraída su carne, y a la alcachofa ya se le empieza a ver su centro. Es un corazón que se va haciendo cada vez más pequeño y que, si se sigue con el procedimiento de deshojar la alcachofa se reducirá a la nada, de un momento a otro.&lt;br /&gt;No es poética la metáfora para ilustrar mi propio &lt;em&gt;avance&lt;/em&gt;. Últimamente percibo a través de leves señales que estoy acercándome a mi centro, y lo que atisbo no es bueno. Debajo de las hojas está apareciendo un cogollo de crueldad, egoísmo y vicio.&lt;br /&gt;Las hojas que cayeron al plato, ¿qué nombres tenían?&lt;br /&gt;La de más afuera, grande como una galería de estadio de fútbol, se llamaba Inocencia&lt;br /&gt;Le seguía la hoja de la otra galería, Culpa&lt;br /&gt;Debajo de ellas se escondía Ansia&lt;br /&gt;A su lado, dando la vuelta, Ambición&lt;br /&gt;Más abajo, la hoja Ingenuidad&lt;br /&gt;Todavía más abajo, Avaricia, Narcisismo, Ramplonería y Vanidad&lt;br /&gt;Casi al final, Miedo&lt;br /&gt;Bajo el Miedo, Desaliento&lt;br /&gt;Bajo el Desaliento, Resignación, una hoja transparente&lt;br /&gt;Y llegando al corazón, Generosidad&lt;br /&gt;Veo esas hojas usadas encima del plato. Ya no dan ganas de hincarles el diente, porque están comidas. Parecen estorbos cóncavos, unas encima de otras, material para la basura.&lt;br /&gt;Resplandece sutilmente el corazón de la alcachofa.&lt;br /&gt;Aloja Crueldad, Egoísmo y Fantasía. Un torrente le brota de un borde; es un torrente de Amor.&lt;br /&gt;Penoso es darme cuenta de quién soy, penoso es no querer cambiar, penoso es entregarme a la verdad, penoso es taponearla.&lt;br /&gt;Ya he vencido antes a los ángeles caídos, he pasado pruebas. Aún soy dueño de mis actos; me queda la conciencia.&lt;br /&gt;Cuando se abra el corazón se verá el Vacío, se verá a Dios.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-4645649902119831850?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/4645649902119831850/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=4645649902119831850' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4645649902119831850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/4645649902119831850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/aun.html' title='Aún'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-6240091197564556001</id><published>2010-05-07T13:37:00.014-04:00</published><updated>2010-05-10T22:51:03.656-04:00</updated><title type='text'>hemos vencido</title><content type='html'>Ejércitos&lt;br /&gt;Pasaron por el bosque&lt;br /&gt;Pasaron a llevar las ramas&lt;br /&gt;Arrancaron los árboles de cuajo&lt;br /&gt;Seguían al Libertador&lt;br /&gt;Al general&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El General&lt;br /&gt;Su guía fue una espada&lt;br /&gt;Iba abriendo el bosque&lt;br /&gt;Con su espada reluciente&lt;br /&gt;Iba cayendo todo lo que su&lt;br /&gt;Espada reluciente&lt;br /&gt;Condenaba&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Espada&lt;br /&gt;Se comentaba en las noches de tormenta&lt;br /&gt;Cuando los soldados se arremolinaban&lt;br /&gt;En torno al fuego como polillas&lt;br /&gt;Murmuraban la espada es el poder y&lt;br /&gt;De sus bocas brotaba neblina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frías noches lluviosas de tormenta&lt;br /&gt;Las botas en el barro&lt;br /&gt;Las espaldas sobre el barro&lt;br /&gt;Las manos sobre el fuego&lt;br /&gt;Y sobre las espaldas&lt;br /&gt;La Manta&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general fumaba en su aposento&lt;br /&gt;En su tienda de campaña&lt;br /&gt;Una bailarina danzaba para él era una&lt;br /&gt;Prisionera&lt;br /&gt;Tenía labios carmesí&lt;br /&gt;Y le pedía cigarros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los lobos&lt;br /&gt;Hambrientos desconfiados&lt;br /&gt;Temerosos del castigo Audaces&lt;br /&gt;Gruñendo vociferando reclamando&lt;br /&gt;Su Parte&lt;br /&gt;Los lobos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al amanecer serían despertados por&lt;br /&gt;Las Voces&lt;br /&gt;Gritos destemplados eufóricos&lt;br /&gt;De sueño de hambre de rabia&lt;br /&gt;Los lobos escondidos&lt;br /&gt;La bailarina guardada en una caja&lt;br /&gt;El General&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese preciso día&lt;br /&gt;Subió el humo hacia los montes&lt;br /&gt;Se lo llevó el viento a las ciudades&lt;br /&gt;Era una sombra negra&lt;br /&gt;Una frazada de humo&lt;br /&gt;Miedo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan Cortés&lt;br /&gt;Tenía un lunar al costado de la frente&lt;br /&gt;Tocaba guitarra, no muy bien&lt;br /&gt;La cara llena de espinillas&lt;br /&gt;No eran tiempos de escribir cartas a las novias&lt;br /&gt;Y qué importa, si no tenía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro Urbina&lt;br /&gt;Pasaba viéndose al espejo&lt;br /&gt;Maricón le decían&lt;br /&gt;Los Soldados&lt;br /&gt;Pero no era maricón&lt;br /&gt;Le gustaba mirarse al espejo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gustavo Cárcamo Ramírez&lt;br /&gt;Aníbal Escalante Vera&lt;br /&gt;Pablo Quepe Moraga&lt;br /&gt;Cristóbal Muñoz Medina&lt;br /&gt;Ildefonso Miranda Luces&lt;br /&gt;Ramiro Benítez Ochoa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Godofredo Retamales Washington&lt;br /&gt;Misael Vega Nahuilpán&lt;br /&gt;Samuel Chirinos Bedoya&lt;br /&gt;Carlos Pantoja Flores&lt;br /&gt;José Martínez Martínez&lt;br /&gt;Enrique Zañartu Oses&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lautaro Cardemil Inzunza&lt;br /&gt;Sergio Barriga Campos&lt;br /&gt;Octavio Norambuena Inostroza&lt;br /&gt;Patricio Zurita Dalmacio&lt;br /&gt;Boris Vian Beauvoir&lt;br /&gt;Hugo Fantuzzi Meléndez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuántos poetas cuántos profesores&lt;br /&gt;Subieron como el humo&lt;br /&gt;Como el Polen&lt;br /&gt;Sin Norte&lt;br /&gt;Las Cruces&lt;br /&gt;Para Siempre&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gustavo Cárcamo Ramírez&lt;br /&gt;Hacía reír&lt;br /&gt;Habló varias veces en un programa de radio&lt;br /&gt;¿Recuerdan?&lt;br /&gt;Tenía mala puntería&lt;br /&gt;Una bala de cañón lo atravesó&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aníbal Escalante Vera&lt;br /&gt;Lo trajeron del campo&lt;br /&gt;A la fuerza No quería morir&lt;br /&gt;Y cuando se dio cuenta&lt;br /&gt;De que se estaba muriendo&lt;br /&gt;Se puso a llorar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pablo Quepe Moraga&lt;br /&gt;Otro nombre anónimo&lt;br /&gt;Otro entre tantos&lt;br /&gt;Otra cruz al viento&lt;br /&gt;Otro amor correspondido&lt;br /&gt;Otras flores marchitas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal Muñoz Medina&lt;br /&gt;Soñaba con una mina de oro&lt;br /&gt;Con las carreras de caballos&lt;br /&gt;Se tenía tanta fe&lt;br /&gt;Un día de estos el menos pensado&lt;br /&gt;Doy el zarpazo se decía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ildefonso Miranda Luces&lt;br /&gt;Era hijo natural&lt;br /&gt;Le decían Papá Barata&lt;br /&gt;De lo negro que era&lt;br /&gt;En el batallón le tenían lástima&lt;br /&gt;Murió de los primeros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ramiro Benítez Ochoa&lt;br /&gt;Estudiaba Castellano&lt;br /&gt;Se especializó en las&lt;br /&gt;Llaves de Lenz&lt;br /&gt;A su cerebro lógico&lt;br /&gt;Le entraron balas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Godofredo Retamales Washington&lt;br /&gt;Y Misael Vega Nahuilpán&lt;br /&gt;Se hicieron amantes&lt;br /&gt;En las Trincheras se supo&lt;br /&gt;El General los ubicó&lt;br /&gt;En trincheras Separadas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Godofredo Retamales Washington&lt;br /&gt;Salió a buscarlo de Noche&lt;br /&gt;Le llegó un disparo de cerbatana&lt;br /&gt;Venenoso&lt;br /&gt;Misael Vega Nahuilpán salió a recogerlo&lt;br /&gt;Y le llegó un disparo de cerbatana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amor de soldado&lt;br /&gt;Hay de varias layas&lt;br /&gt;Recordad el caso de&lt;br /&gt;Juan Cortés no tenía Novia&lt;br /&gt;¿Lo habíais olvidado?&lt;br /&gt;Tan frágil la memoria&lt;br /&gt;Olvida a los 2 minutos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y hay quienes Pretenden&lt;br /&gt;Vida eterna&lt;br /&gt;Recuerdo eterno&lt;br /&gt;Estar Eternamente en boca&lt;br /&gt;Son los Poetas&lt;br /&gt;Los Egos más grandes del mundo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Ego es la Conciencia&lt;br /&gt;Había un Ego del porte de un&lt;br /&gt;Huevo&lt;br /&gt;Creció, Nació&lt;br /&gt;Se Multiplicó&lt;br /&gt;Y Murió&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Samuel Chirinos Bedoya&lt;br /&gt;Se ganaba la vida de Estafeta&lt;br /&gt;A la orden del sistema&lt;br /&gt;Estafeta 14.784&lt;br /&gt;Samuel Chirinos Bedoya&lt;br /&gt;Corra antes de que cierre el Banco&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó al Banco&lt;br /&gt;Justo a las 2&lt;br /&gt;Hizo una larga fila&lt;br /&gt;Contento de servir&lt;br /&gt;Conocía a la cajera&lt;br /&gt;Se comió un Hot Dog&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carlos Pantoja Flores&lt;br /&gt;Arrojado a la&lt;br /&gt;Fosa Común&lt;br /&gt;Sin miramientos Descubrieron&lt;br /&gt;Bajo el Uniforme que&lt;br /&gt;Usaba medias de mujer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José Martínez Martínez&lt;br /&gt;Inventaba tapones&lt;br /&gt;Para las Tinas de Agua&lt;br /&gt;Capaces de Contener&lt;br /&gt;El agua meses&lt;br /&gt;Se llevó el secreto a la tumba&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enrique Zañartu Oses&lt;br /&gt;Venía de una Familia&lt;br /&gt;Acomodada&lt;br /&gt;Venida a menos&lt;br /&gt;Tenía una Bata&lt;br /&gt;Fucsia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lautaro Cardemil Inzunza&lt;br /&gt;Iba en Quinto de Derecho&lt;br /&gt;Le fascinaba la música&lt;br /&gt;Lo único que hacía&lt;br /&gt;Era escuchar Música&lt;br /&gt;Era un Músico&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio Barriga Campos&lt;br /&gt;Era malo para los&lt;br /&gt;Negocios&lt;br /&gt;Sus panaderías&lt;br /&gt;Nunca...&lt;br /&gt;Para qué digo más&lt;br /&gt;Si ya se sabe&lt;br /&gt;Lo que viene&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Octavio Norambuena Inostroza&lt;br /&gt;Enseñaba conocimientos&lt;br /&gt;Básicos&lt;br /&gt;A los Niños&lt;br /&gt;Le gustaba Mirarlos&lt;br /&gt;y Tocarlos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Patricio Zurita Dalmacio&lt;br /&gt;Cayó&lt;br /&gt;De un ataque&lt;br /&gt;Al Corazón&lt;br /&gt;Estaba Condenado&lt;br /&gt;De antemano&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Boris Vian Beauvoir&lt;br /&gt;Escritor y Poeta&lt;br /&gt;Bellísimo&lt;br /&gt;Amante de una Mujer&lt;br /&gt;Famosa pero también&lt;br /&gt;Figura en la Lista&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hugo Fantuzzi Meléndez&lt;br /&gt;Acostumbraba decir&lt;br /&gt;Que el otoño es la más&lt;br /&gt;Bella&lt;br /&gt;Estación de todas&lt;br /&gt;El Otoño&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo es así en este mundo&lt;br /&gt;El general anota en su diario&lt;br /&gt;De Vida&lt;br /&gt;8.236 Muertos&lt;br /&gt;711.947 heridos&lt;br /&gt;hemos vencido&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Presidente&lt;br /&gt;Aló General&lt;br /&gt;Aló Presidente&lt;br /&gt;Qué&lt;br /&gt;Misión cumplida presidente&lt;br /&gt;Lo haré saber&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Presidente&lt;br /&gt;Al Pueblo&lt;br /&gt;hemos vencido&lt;br /&gt;Viva dónde están&lt;br /&gt;Murieron&lt;br /&gt;Por qué&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general&lt;br /&gt;Aprendió a leer&lt;br /&gt;A los 2 años&lt;br /&gt;A los 5 años los mayores&lt;br /&gt;Se rieron de su&lt;br /&gt;Pene&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El General amó&lt;br /&gt;Amor descabellado&lt;br /&gt;Vómitos nocturnos&lt;br /&gt;Sentía ganas de&lt;br /&gt;Arañar los Vidrios&lt;br /&gt;Saltar por las ventanas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Consumido por Mapas&lt;br /&gt;Y Compases&lt;br /&gt;Mas por la noche&lt;br /&gt;Hacía llamar&lt;br /&gt;Repartido el rancho A&lt;br /&gt;La Bailarina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mujer Imposible Ilógica&lt;br /&gt;Su padre la mandaba&lt;br /&gt;De Niña&lt;br /&gt;A los Barcos&lt;br /&gt;La seguía por la Casa&lt;br /&gt;Como un Loco&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entró la Bailarina&lt;br /&gt;A un mundo Feliz&lt;br /&gt;Donde nadie ríe&lt;br /&gt;Y todos&lt;br /&gt;Mueren de Pena&lt;br /&gt;Fuman cigarros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el Amor&lt;br /&gt;Que despertó una mañana de su Sueño&lt;br /&gt;De Años&lt;br /&gt;Presa de Cólera&lt;br /&gt;Enceguecida&lt;br /&gt;Amó amó amó&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vergel de belleza sin par&lt;br /&gt;La Bailarina&lt;br /&gt;Que hace despierto soñar&lt;br /&gt;Jardín ideal siempre en flor&lt;br /&gt;La Rosa Bailarina&lt;br /&gt;Luz Cielo Amor&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas Precauciones&lt;br /&gt;Sublimes Palabras&lt;br /&gt;Besos Ardientes&lt;br /&gt;Nunca dados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ama al general&lt;br /&gt;Y se consume por&lt;br /&gt;El General&lt;br /&gt;Se consume&lt;br /&gt;Por la&lt;br /&gt;Bailarina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin Olvido sin Tiempo&lt;br /&gt;El General La Bailarina&lt;br /&gt;hemos vencido&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue tan hermoso&lt;br /&gt;Se resistió a morir&lt;br /&gt;En Brazos del General&lt;br /&gt;Que la seguía por sus&lt;br /&gt;Aposentos&lt;br /&gt;Como Loco Enamorado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dijo El General hemos vencido&lt;br /&gt;Respondió No&lt;br /&gt;En la otra Página&lt;br /&gt;De su diario de Vida&lt;br /&gt;Escribió de nuevo El General&lt;br /&gt;hemos vencido&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El General&lt;br /&gt;El Presidente&lt;br /&gt;Los soldados&lt;br /&gt;El bosque&lt;br /&gt;Los lobos&lt;br /&gt;La Bailarina&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-6240091197564556001?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/6240091197564556001/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=6240091197564556001' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6240091197564556001'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/6240091197564556001'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/05/hemos-vencido.html' title='hemos vencido'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-5125668770214198069</id><published>2010-04-26T19:51:00.012-04:00</published><updated>2010-04-30T12:37:01.595-04:00</updated><title type='text'>La danza macabra</title><content type='html'>Durante unos años y por su condición de gruero, mi padre tuvo tres turnos, que le iban cambiando cada 15 días: el de la mañana, que empezaba a las 7 y terminaba a las 3. El de la tarde, entre las 3 y las 11. Y el de la noche, que empezaba a las 11 de la noche y terminaba a las 7 de la mañana y que de repente no desempeñó más, al parecer por un acuerdo que tomó con uno de los &lt;em&gt;damnificados&lt;/em&gt; restantes. Cuando quedó con dos turnos nuestras preferencias se inclinaron por el de 7 a 3, porque lo teníamos más en casa. Además, como no salía del trabajo junto con el choclón de las 5 de la tarde había menos posibilidades de que se pasara "a las tomas".&lt;br /&gt;Calculo entonces que cuando bailé la danza macabra él estaba trabajando en el turno de las 3 a las 11, porque si hubiera andado en las tomas, esa noche mi mamá, el Vitorio y yo habríamos estado deprimidos, más bien silenciosos, alertas, sin ánimo de disfrutar de números artísticos, fuese en calidad de protagonistas o de espectadores.&lt;br /&gt;Por esos mismos días mis papás habían estrenado el tocadiscos y en la colección destacaban long plays de Ray Conniff, Bert Kaempfert, Ray Colignon, Ella Fitzgerald y Eugene Ormandy, éste último doble, y el que más me gustaba. Se trataba de una selección de grandes hits de la música clásica interpretados por la Orquesta de Filadelfia, que adoraba escuchar tendido en el sofá, entregado a las más diversas ensoñaciones. Mis temas favoritos eran la Obertura de la ópera Carmen, el Vals de las flores, la Rapsodia húngara número 2, el Aprendiz de brujo y la Danza macabra. El Cisne de Tuonela no le gustaba a nadie. Mi mamá prefería la Toccata y fuga en re menor de Bach; decía que era lo más grande que se había hecho en la música y todos le creíamos, pero ahora intuyo que se dejaba influir demasiado por los comentarios que escuchaba durante los juegos de canasta en la casa de la tía Gloria, a los que acudía lo más granado del magisterio femenino y de la clase media de Rancagua, lo que se sobreentiende que es un decir cargado de piadosa ironía. En fin, y volviendo al disco, cuando el surco llegaba al Cisne de Tuonela nadie decía nada, todos queríamos que pasara rápido.&lt;br /&gt;Hace unos días escuchaba una radio finlandesa por internet y una pieza me estremeció de tal modo por su aire melancólico y delicada belleza -distinguí claramente unos violines angustiados en medio de la niebla- que apreté los audífonos al oído cuando llegó el momento de que el locutor diera su nombre. Era el famoso Cisne de Tuonela, que en esos días rancagüinos yo leía con pertinacia el &lt;em&gt;Cisne de Tuanola&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Siempre me he preguntado por qué me pasmé musicalmente, considerando que tenía tan buen oído. La verdad es que no lo sé, pero sospecho que se debió a que mis papás no siguieron incrementando la colección de música clásica, a que nunca estudié seriamente un instrumento, pero sobre todo a que mi disposición frente a la música y por qué no admitirlo, frente a la vida, es y ha sido más bien pasiva. Por último, tan buen oído no pude haber tenido si me desconcentraba cuando la aguja del tocadiscos llegaba al &lt;em&gt;Cisne de Tuanola&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Esa noche, pues, estábamos los tres en el living y sonaban los temas de la Orquesta de Filadelfia. En un momento me desaparecí y me encerré en el baño. Lo tenía todo calculado. Disponía de dos piezas musicales, alrededor de diez a doce minutos, para disfrazarme de la Muerte. Mi corazón palpitaba mientras me dibujaba ojeras con el lápiz de mi mamá. Con el rouge labial esbocé hilillos de sangre que corrían por las comisuras de mis labios. El disfraz acabó cuando me puse la bata azul de mi papá, que me llegaba al suelo, y un pañuelo de seda de mi mamá en la cabeza. Así esperé hasta que un enérgico violín anunció el comienzo de la Danza macabra. Salté entonces al living y tanto mi mamá como mi hermano se echaron bruscamente para atrás en el sofá de la impresión. Había producido el efecto deseado, pero aún les faltaban largos minutos a mi espectáculo.&lt;br /&gt;Entonces salió a flote lo que doy en llamar "la parte brillante de mi personalidad" o "el aspecto lúdico de mi personalidad", que &lt;em&gt;se exhibe al mundo&lt;/em&gt; contadas veces, casi siempre sólo ante los niños, y que consiste en el puro deleite de jugar a vivir la vida. Mientras liberaba una energía esencial, ausente de vergüenza y de prejuicios, y me volvía consciente de la realidad de poseer un cuerpo que se mueve, salta, se estira y se recoge, bailé seis a siete minutos seguidos, lo que dura la pieza musical, improvisando muecas extrañas y pasos nunca dados, aterrorizando a mi hermanito y llenando de un miedo feliz a mi mamá. Les bailaba y les recordaba que la Muerte es un juego que se juega amando, amándose, gozando de las migajas que nos concede el Tiempo. Durante diez minutos fui por fin yo mismo, transfigurado, explorando inocentemente los mismos dominios que con el correr de las hojas del calendario se convirtieron en pecados que hoy me provocan hastío y me llevan finalmente a ser quien soy, aunque trate de disfrazarlo.&lt;br /&gt;Pero la escena había tenido otro testigo: la Tato, hija menor del tío Isidoro.&lt;br /&gt;Días después nos contó que pasaba esa noche por la casa y que antes de tocar a la puerta se asomó por la ventana y miró hacia adentro. Cuando vio a la Muerte salió arrancando, despavorida.&lt;br /&gt;-¡Me dio más susto el Hugo! -dijo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/13937763-5125668770214198069?l=drvicious.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://drvicious.blogspot.com/feeds/5125668770214198069/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=13937763&amp;postID=5125668770214198069' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5125668770214198069'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/13937763/posts/default/5125668770214198069'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://drvicious.blogspot.com/2010/04/la-danza-macabra.html' title='La danza macabra'/><author><name>S. M. L.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04066140640919601758</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-13937763.post-7997912946329004375</id><published>2010-03-29T12:23:00.007-03:00</published><updated>2010-03-30T14:25:50.445-03:00</updated><title type='text'>Crepúsculo</title><content type='html'>En los minutos previos al anochecer el camino secundario se tiñe de colores melancólicos que lindan con un mundo incierto, que estremece. El paisaje se vuelve azulado y bajo esa tonalidad las paredes del estómago agrédense a sí mismas; una leve sudoración baja del cuello al espinazo y las manos se aprietan, se agarran al volante. Son minutos eternos, allí en el camino nada es seguro y nada se saca con presionar el acelerador; desde cualquier recodo salta un producto de la imaginación al parabrisas y los puños se cierran todavía más al verlo allí, pegado al vidrio como un pulpo. De nada sirve haber encendido los focos, porque los focos no alumbran. Todo lo que se puede ver con lo que se esconde más adentro de los ojos es el canto fúnebre de la naturaleza; ni siquiera la radio ayuda a matar el silencio que hipnotiza a la tierra, a las plantas y a los animales. En ese instante de angustia, lo único que se mueve es el auto.&lt;br /&gt;Entonces se ansía huir, entrar en la noche, protegerse dentro del cómodo vehículo inexpugnable y alumbrar con los focos sólo aquello que resulte necesario.&lt;br /&gt;Pero los minutos no pasan y los modernos tréboles de asfalto que conectan con el camino principal se retuercen en curvas que no llevan a ninguna parte. Es la modernidad que habían prometido y que se ansiaba y se aguardó por tantos años, pero cuando se le exigió utilidad con urgencia, cuando se le rogó que salvara a la mente exhausta, cuando llegó su momento, no sirvió. Los tréboles quedaron plantados en el suelo, como muestra de una civilización extinguida cuyo único sobreviviente, el conductor de un automóvil, se debate en la más espantosa incertidumbre, pues ansía llegar y no llega, ansía entrar al camino principal en el que cientos de focos y motores se le cruzarán a cada momento, lo adelantarán o lo verán pasar; ansía el sonido de las ruedas de goma que se pegan al cemento, las bocinas de los camiones frigoríficos, el silbido de los Mercedes Benz que le devolverán la vida. A cambio de sus esperanzas, pájaros, liebres y zorros son meras figuras de una estampa colgada en la pared, se miran fijamente entre ellos, paralizados, y las hojas mustias de los arbustos que les sirven de fondo transmiten abatimiento, porque no hay comunicación alguna, todo se ha perdido para siempre.&lt;br /&gt;Existe una salida diferente, hay un borde del camino a través del cual se puede acceder a la autopista; ya que nadie lo está usando podría intentarse, es la última esperanza.&lt;br /&gt;Y en efecto, es posible, da resultado, a pesar de la dificultad de la curva tan cerrada, con un declive que le hace al auto apuntar las ruedas hacia el cielo gris sin estrellas.&lt;br /&gt;Se ha entrado, por fin; se ha llegado a las puertas de la ilusión. Y ya que nada allí es conocido, hay que bajarse del auto para saber dónde se está. Hay que pisar esa sustancia azul brillante, húmeda, limitada, plana, plagada de recovecos, como sesos de cerebro.&lt;br /&gt;¿Qué es esto? ¿Adónde vino a dar el auto? Ay, si la vista pudiera elevarse un poco para saberlo. Pues la superficie vibrante y jabonosa pareciera ser la ínfima parte de algo vivo, la milésima fracción de un cuerpo a punto de actuar sobre el ingenuo visitante, el fisgón, el extranjero. Es como una materia alumbrada a ras de suelo, con la textu
