viernes, diciembre 30, 2011

Oración

Fuera, vanidad. Entra en mí, luz del universo. Hoy es el mundo del hombre, el adiós de las aristocracias. Y es la hora de mirar hacia lo alto. No soy nada sin ti, y a ti me debo. Te ofrendo mi debilidad. ¡Sana a los enfermos! y reconfórtame en mis fracasos.

miércoles, diciembre 28, 2011

La señorita Juana

Yo ya la conocía de antes, pero el día que me hizo sentir su presencia brutal fue durante un recreo, en la Escuela 1. Ella no era mi profesora. Mi profesora era la señorita Esperanza, que era linda y de la cual he admitido en otra ocasión que estaba tan enamorado como puede estarlo un niño de cinco años; es decir, profunda y completamente enamorado. La señorita Juana, en cambio, era fea, tenía cara de caballo, dientes de caballo y carácter de bruja. Con los años descubrí, para mi sorpresa, que de espaldas se transformaba en un portento, como esa diosa de dos cuerpos que aparece en la mitología de no sé qué pueblo. Morena, alta, delgada, caderuda y con zapatos de taco aguja que daban pasos enérgicos, que retumbaban a lo largo de toda la cuadra, la señorita Juana podía engañar a muchos hombres desprevenidos que la veían pasar rumbo al colegio o la veían salir del cine Rex junto a su esposo, una noche cualquiera.
Esa mañana, por alguna razón que no está al alcance de mi memoria, la señorita Juana se las daba de algo así como de inspectora y yo tuve que haberme portado mal, haber ofendido a un compañero, haber derramado la leche de mi jarro o haber dicho un garabato, no creo, pero algo malo tuve que haber hecho en ese recreo, porque ella me llamó la atención y en castigo me obligó a recoger una piedra. Yo el muy ingenuo me agaché y la señorita Juana me pegó a la maleta un puntapié en el poto. Su ataque provocó grandes carcajadas entre los alumnos presentes en el patio y en ella misma. Se reían a gritos y yo con la piedra en la mano, sin saber qué hacer.
Vino entonces la hora de mi venganza. La ideé en cuestión de centésimas de segundo. Consistió en llorar a moco tendido, con sacudidas y suspiros. A decir verdad, se trató de un llanto verdadero, un llanto de humillación contra la traición de la autoridad y un llanto contra mi propia ingenuidad, cómo haber caído tan fácil; pero ahora que han pasado los años debo confesar que le puse un poco. Hice una escena. Dramaticé. Y volví los hechos a mi favor. En efecto, desde el suelo vi cómo a la señorita Juana se le iba congelando la sonrisa, cómo se acercaba a mí, me tomaba de las manos, me limpiaba las lágrimas con un pañuelo y me llevaba a la inspectoría para darme un mejoral.
Nunca supimos si fue siempre tan agria de carácter o si se volvió así cuando el doctor le comunicó que jamás podría tener hijos. Su marido no tuvo ninguna responsabilidad en esa tragedia, porque con su segunda mujer fue padre de una linda niñita de pelo ensortijado, a la que bautizaron Paulette. En efecto, después de que la señorita Juana se murió de cáncer él se puso rápidamente en campaña. Antes de conocer a su nueva esposa trabó incluso amistad con una vecina separada, con tan mala suerte que al primer entrevero nocturno se percató por sus propias manos de que poseía un solo seno, ya que el otro se lo habían extirpado. Como mi mamá era una especie de recipiente de lamentos, la mujer se le quejó amargamente. Le contó que en el momento culminante "el vecino abrió así unos ojos y salió arrancando", cuento que nos llegó de segunda mano, como secreto que no se debía revelar por ningún motivo.
Don Armando, que así se llamaba el esposo de la señorita Juana, era un descendiente de franceses que usaba un bigote tipo Hitler al centro y fino hacia los lados. Tuvo sus 15 minutos de fama en el deporte del ciclismo rancagüino, de lo que se desprende que era dueño de un cuerpo atlético, pero ya había demasiados cracks para una ciudad tan menor, de modo que limitó la bicicleta al pedaleo entre su casa y el trabajo y cuando se compró una citroneta finalmente la vendió. Un invierno se subió a un avión y partió con la señorita Juana a Francia a conocer a sus parientes; a la vuelta ella le trajo un jarrón de cristal a mi mamá, que aún se conserva. Don Armando no tenía vicios, pero la señorita Juana le decía a mi mamá que prefería mil veces a un hombre como mi papá, que se curaba cada cinco días, antes que al sangre de horchata de su marido, lo que a mi mamá no le provocaba celos, ya que entendía la frase como un lamento de amiga. La mayor broma de don Armando consistía en tirarnos agua con la manguera por detrás de la pandereta. Cuando se compró la citroneta se iban juntos con mi papá a la Braden, un cuarto para las siete de la mañana; pero no siempre volvía con él, ya que el viejo solía quedarse en el bar Caletones o donde Juanico, ahuyentando sus penas.
Retrocediendo en la historia, por esos años del puntapié en el traste vivíamos a media cuadra, en la población Rubio. Aún no éramos vecinos casa con casa, como lo fuimos cuando ellos y nosotros nos cambiamos a la población Covimar, de la Cooperativa de Vivienda del Magisterio. Como don Armando y la señorita Juana no tenían hijos se habían llenado de animales, pero animales cautivos. En su casa pulcra y ordenaba, donde no volaba una sola mosca, había jaulas con pájaros y un montón de peces de colores en un acuario, que nadaban sin jamás tocarse. Con el Vitorio nos gustaba ir a ver el acuario. La caja de vidrio luminosa ubicada al final del comedor destacaba en ese ambiente completamente oscuro y apagado, como de película de terror, en el que sólo se oía el tic tac del reloj de pared. Una vez don Armando me invitó en su motoneta al río Cachapoal a recoger hierbas y alpiste para los canarios. El río Cachapoal quedaba a más de 4 kilómetros de la ciudad y se llegaba a través del Camino Longitudinal, hoy Ruta 5 Sur. Mi mamá me dio permiso porque sabía que yo lo que más quería era andar en motoneta. Como a las dos horas vio llegar a don Armando, quien estacionó la moto y entró a la casa con el alpiste.
-¿Y Huguito? -le preguntó.
-Bah, se me olvidó -le respondió don Armando, agregando desde ese día a su fama la de volado.
Me fueron a buscar y me hallaron cerca del río, a la orilla de la vía, caminando en dirección a mi casa.
No es bueno decirlo, pero creo que la señorita Juana odió siempre a don Armando, con toda su alma. En cuanto a él, parecía sentir por ella un cariño más británico que francés. En una de esas largas tardes tediosas de provincia, aquellas tardes en que mi papá no estaba y la señorita Juana visitaba nuestra casa para escapar un rato de su película de terror, le contó a mi mamá un chiste que las hizo reír a carcajadas, más a ella que a mi mamá. Iban dos amantes en un auto y la mujer le preguntaba al hombre si se la podía para manejar con una sola mano. Él le respondía que sí y ella le ordenaba, brutalmente: "¡Entonces saca un pañuelo y límpiate los mocos, cochino infeliz!". En otra ocasión llegó contando la escena de una película que la había impresionado vivamente, me parece que "Divorcio a la italiana". La protagonista le hacía cariño en el pelo al chofer del auto mientras se besaba con su esposo. Le gustaba contar historias así, y yo las oía porque siempre estaba presente, debiendo haber estado en otra parte, afuera o en mi pieza. Pero estaba allí, como una culebra regalona.
Pero así como ella odiaba, amaba. Al Vitorio lo convirtió prácticamente en su ahijado y fue evidente la preferencia que le manifestó cuando le hizo clases. A favor de mi hermano habría que decir, eso sí, que poseía una risa abierta y un carácter chispeante, altivo y resuelto, como a ella le gustaba. Durante una ceremonia de aniversario en la Escuela 1 representó el papel de madre en una obra de teatro con alumnos, entre ellos el Vitorio y el Toro Bastías. Había una muerte de un niño y la señorita Juana se metió demasiado en el papel. Dejó vibrando las paredes del salón de actos con su llanto desgarrador y a todos los presentes, con un nudo en la garganta. Hubo críticas contrarias de algunos apoderados y se sacó a relucir su esterilidad. La gente de Rancagua no era mala, pero vivía pendiente de todo, sobre todo de cómo se hacían y se decían las cosas en Santiago. El modelo de la clase media rancagüina estaba en cualquier señal que se alejara del alma minera que bajaba de Sewell, tan fuerte, casi inmanejable en su brutalidad y su instinto básico, de modo que un llanto desgarrador en un acto infantil, por muy teatral que fuese, no era bien visto.
Cuando se le declaró el cáncer negó su enfermedad hasta el penúltimo minuto. La última vez que entró a mi casa fue en la primavera de 1967. Se veía demacrada, ojerosa, pero aún con bríos. Estuvieron admirando los primeros brotes de la parra y mi mamá le prometió que para el verano se comerían juntas la uva rosada. Paseó por el patio fijándose en el pasto, las flores, los gorriones que se paraban en el guindo, las cuncunas que se desplazaban por las ramas, las mariposas, hasta las moscas que zumbaban, todo lo que oliera a vida. Yo la miraba a prudente distancia; no me atreví a acercarme a ella. No más de dos a tres semanas después se recluyó para siempre en su dormitorio, donde otra vez dio origen a una amarga polémica. Sin que nadie supiera cómo, se encariñó con un ex alumno, Ángel, un joven de unos 16 años, humilde y bien parecido. Lo veíamos entrar a la casa de la señorita Juana después de almuerzo, estuviera o no estuviera don Armando, para retirarse ya entrada la noche. Esa rutina diaria fue juzgada duramente por el vecindario y dio para todo tipo de fantasías y rumores. Los hombres tomaron parte por el marido y hasta las mujeres comentaban un escándalo del cual no había una sola prueba.
La señorita Juana murió el 8 de diciembre, antes de que la parra diera sus frutos. Eran cerca de las tres de la tarde cuando mandó a llamar a mi mamá. En la pieza estaba don Armando, un par de vecinos y un notario. Entre los cuatro le rogaban que firmara el documento que convertía a don Armando en único hederero; de lo contrario su plata de la jubilación se iría directa al Estado. La señorita Juana se salió de sus casillas y eso le hizo mal. Los echó a todos con un grito aterrador y en la habitación dejó solamente a mi madre. Hablaron algo, se quejó como pudo; a los pocos minutos arrojó una bocanada de sangre sobre la colcha y expiró.
Pasada una semana del funeral vimos salir a Ángel de la casa de don Armando. Se llevaba en un carretón tirado por él mismo la cama de su maestra, único bien que le heredó, a sabiendas de que sería visto por toda la cuadra, apostada detrás de los visillos.