Visitas de la última semana a la página

lunes, marzo 09, 2026

Collyer, Cohen, uno al lado del otro en la estantería

Esas historias de Collyer, publicadas en su libro "Swingers", imagino que serán aquellas de las que la gente se burlará con simpatía en cincuenta años más. Porque, tal como ha ocurrido con los grandes, no anduvieron ni por las tapas con la realidad de aquel supuesto tiempo futuro que intentaron describir. En el caso de los grandes, están sus libros para enrostrarles sus equivocaciones. En el caso de Collyer, me temo que no quedará rastro de ellos. Aunque, cayendo en el juego, también me puedo equivocar. 
Describir futuros mundos tiene algo de presuntuoso. Desde luego, los temas tratan asuntos, problemas éticos, contradicciones actuales. No se desea advertir del futuro, se desea denunciar el presente. Se ha elegido un mal disfraz. Lo malo es que el tema del cuento que le da el nombre al libro es el viejísimo drama de los celos, al que se suma en el último minuto una suerte de homosexualidad encubierta. Y esas ínfulas de darle tonos académicos a los relatos, de dónde vendrá, ¿de Borges tal vez?
Yo he escrito cuentos parecidos. Me parece que los míos son mejores. Al autor siempre le parecerá que sus cuentos son mejores. Al leer a Collyer me planteo seriamente si esos cuentos míos están para autoeditarlos o sería mejor echarlos a la basura, quemarlos. Saldrían lindas llamas del fogoncito que me compré para amenizar las frías tardes frente a las estrellas, acá en el sur.
Lo que me intriga es que existan editoriales dispuestas a dilapidar sus fondos en autores como esos. Una buena publicidad puede mucho, una buena red de contactos, más aun.
En suma, escritura impecable, buena imaginación que no llega muy lejos. Uno menos en mi lista de la envidia.
Ya he comentado antes, me parece, el secreto placer que siente el autor ante el fracaso de una obra ajena. Es verdad también que se vive un auténtico gusto al saborear palabras magistrales en obras consagradas. Generalmente el placer ante el fracaso se da con escritores contemporáneos y el placer ante el éxito se da con escritores viejos, o muertos. O sea, ídolos inmortales inofensivos.
Hay que tener agallas para rendirse ante un par.
Y ya que estamos con estas, no puedo dejar de mencionar al último de los autores nacionales que me tiene secuestrado entre sus páginas; digo secuestrado porque quisiera huir y no puedo, y no puedo no porque no quiera o me sienta hechizado, sino por esam costumbre de terminar lo que empecé.
A Gregory Cohen lo tomé en la biblioteca porque me sedujo el título de su libro, "El judío y la pornografía". Imaginé un libro divertido escrito al estilo de Woody Allen o Philip Roth, este último bastante menos divertido que el primero. También lo tomé porque es de mi edad. Nacimos el mismo año. En la solapa se exalta su categoría de "profesor de cátedra" en las universidades Diego Portales, De Chile y Academia de Humanismo Cristiano. Tiene pergaminos.
Me ha costado leerlo, por sus pretensiones sociológicas, políticas, su estilo consistente en hurgar en las palabras, frases y sus significados, sus orpigenes lógicos, de etcétera. Por sus pretensiones. De paso, condena a la dictadura chilena, un tópico que ha pasado a engrosar el tabú de las verdades irrebatibles. ¿Quién puede defender al nazismo sin arriesgar una feroz arremetida? ¿Quién puede defender a la dictadura de Pinochet sin caer en el descrédito? Es re fácil plegarse al sentimiento común, que no resiste crítica. John Le Carré al menos le habría dado un giro a la historia. Y no es que esté hablando de un genio.
Pero Cohen, al que se le puede perdonar el uso errado del término paralogizado, habiendo querido decir paralizado, incurre en dos o tres faltas que destruyen la lógica interna del relato. En la página 141 dice que uno de los personajes de la novela, Sofía, conoció en 1925 a un ingeniero ruso en Barcelona,"... agente activo de la NKVD, organización policial y de contrainteligencia soviética". Pues bien, la historia enseña que la NKVD operó entre 1934 y 1946. A renglón seguido sostiene que "a fines de la Guerra Civil española, a horas de la caída de Madrid a manos de los golpistas falangistas, una parte de la delegación soviética ya volaba en un MIG poniendo a salvaguardia a Sofía y su hijo Boris". La Guerra Civil española finalizó el 1 de abril de 1939. El primer MIG surcó los cielos en abril de 1940. En la página 161 escribe: "En el año cincuenta dsignaron a Boris como agregado de prensa en la embajada soviética en Chile". Resulta que en 1950 no había embajada soviética en Chile. El gobierno de Gabriel González Videla la cerró en 1947 y el gobierno de Eduardo Frei Montalva restableció relaciones con la URSS en 1964. 
Cansa dedicar tiempo a estas cuestiones. No se trata de envidias, celos profesionales, detallismo enfermizo. Yo creo que lo hago para ejercitar los dedos y combatir la artrosis.   

viernes, marzo 06, 2026

El seductor y otros sofismas

El seductor debe interesarse en su objetivo; debe dejar algo de sí, una vez conquistado. 
Detrás de cada guerra subyace el dinero; detrás del dinero subyace el poder; detrás del poder reina la insatisfacción.
Cada travesía es un infinito de posibilidades que conducen a la misna meta.
La tragedia de la paternidad es que triunfamos cuando somos irrelevantes (Jay Kelly).

sábado, febrero 28, 2026

Repaso veraniego

De lo mucho acaecido en estos meses, de justicia sería comenzar el presente repaso veraniego con el viaje a México emprendido con mi esposa para encontrarnos con la Vale. En estricto rigor no se trató de un tour, aunque recorrimos bastantes ciudades, empezando por la capital y siguiendo con Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato. Estuvimos en las pirámides, visitamos el Museo Antropológico, pernoctamos en el bello centro histórico de Querétaro y en pleno Guanajuato, la ciudad de los túneles y de los estrechos pasajes flanqueados por casas empinadas en los cerros. Mas lo que de verdad necesitábamos constatar era la vida que está llevando nuestra maravillosa hija, uso maravillosa en el estricto sentido de la palabra. Saber más de su situación sentimental, sus problemas de salud, sus estrecheces económicas, su sencillo y delicado modo de vivir la vida. La dejamos allá, no sin ciertas inquietudes por resolver; espero que nos veamos nuevamente en marzo por un par de semanas, esta vez en Chile, sobre todo para festejar su cumpleaños.
Están, además, estos dos meses pasados con Patricia, plenos de ese amor maduro que tanta falta nos hizo en nuestra juventud, aunque a veces salpicados por discusiones debidas en parte a mi irritabilidad y cierta tendencia al menosprecio, que debo de haber heredado de mi madre; esto es, una actitud que llevo anlcada en el alma; en parte a su facilidad para reflotar malos instantes.
Santiago, La Serena, México, Santiago, retorno a la cabaña de Frutillar.
Experimento ya de forma apagada el recuerdo del estreno de mi obra de teatro en La Serena, "Las calaveras salen de juerga", que no llenó para nada mis expectativas y me hizo preguntarme a la salida, mientras caminaba la tarde de ese sábado por calles vacías, por qué el público no se reía... por qué...
En Frutillar tuvimos visitas; febrero es el mes de las visitas. Marcos, Cecilia, Paty y yo disfrutamos de una semana de amistad, paseos y cariño, días no exentos de peculiaridades, como aquella se sentirse extranjero en su propio país. Pero son detalles. Nunca debería uno arrepentirse de compartir con una pareja con la que se puede hablar de todo.
Me sobrevino, eso sí, esa colitis espantosa que me tuvo entre las cuerdas y que despertó en mi mujer una desconocida, novedosa especie de piedad hacia mi persona. Viví momentos humillantes, propios de una parte esencial de la naturaleza humana que tiende a esconderse; esto es, momentos indignos de cualquier espíritu noble que pase por la tierra.
Recibimos además la ansiada visita de Matías y Benicito, padre e hijo, síntesis de un solo corazón, del amor traducido a vida. Días magníficos en los que, sin embargo, el velo de la comunicación fallida caía de pronto entre nosotros. Pero esos momentos frente al humilde fogón, bajo el cielo limpio del sur, bajo las estrellas del sur, momentos de silenciosas reflexiones, acompañado de mis seres más queridos, son tesoros para desenterrar en las instancias grises de las que la vida está plagada.
Mi hija mayor se da el viaje de su vida a España, su segunda patria, a juzgar por su profesión de artista del baile flamenco. Todo le ha salido como miel sobre hojuelas.
Hoy, solo de nuevo, condenso en estas pocas líneas el verano que se va.

lunes, febrero 09, 2026

Solo, en la ciudad

A la salida del trabajo me ofrecen un Maserati; detrás de ese portento figura otro deportivo a mi disposición, un Lamborghini. Gratis, ambos en la calle, con las llaves puestas. 
No dispongo de cualidades excelsas para diferenciar al momento una oferta imperdible de una estafa. Tengo el defecto de no conectar con las personas que me hablan, la tendencia a evitar el encuentro de las miradas. El oferente, un hombre simpático de sonrisa fácil y traje claro, no termina de convencerme. La duda me aplasta. Las puertas de la oficina le abren entonces el paso a un avispado colega, que se sube al Maserati y desaparece en fracción de segundos. En cuanto al Lamborghini, acaba de entrar también al baúl de los recuerdos. Pero hay premio de consuelo. Un scooter tembleque, mejor dicho un monopatín, en el que me embarco al centro.
No más llegar a la plaza de armas me dejo llevar por el movimiento de la gente, desentendiéndome del ligero vehículo. El efecto contrario se produce en unos pelusitas, que olvidan sus correrías para acercarse a contemplarlo.
-¿Me lo presta, caballero?
-Claro, pero no se alejen.
Dicho y hecho: se alejan más de lo conveniente y me cuesta un mundo ubicarlos, pero doy con ellos. Están dando vueltas por la baldosa alrededor de un frondoso árbol muy bien cuidado, con una amplia taza que lo protege y le asegura una buena nutrición. Me subo nuevamente al monopatín, pero he aquí que me ocurre lo que tantas veces, por no decir lo de siempre: tropiezo dos veces con la misma piedra. Los chiquillos reaparecen y les vuelvo a prestar mi joyita. A los dos minutos me doy cuenta de que la he perdido, irremediablemente; dicho en otras palabras, me la han robado. Y dicho aun en otras palabras, les he facilitado el robo del monopatín.
Cuán equivocado estaba pensando que era mío. Nada es gratis en este valle de lágrimas. Crece mi ansiedad al pensar que debo devolverlo y no lo tengo, de modo que vago por las calles de la ciudad, solo, sin norte, imaginando un imposible.
En la disquería me las doy de sabihondo ante el señor de peluquín sentado al lado de la barra de los vinilos. Suenan los parlantes.
-¡Ah! ¡Los tres tenores!
-Desde luego.
-¿Conoce a los tres tenores?
-Desde luego.
(No los conoce).
-El que canta de Plácido Domingo. ¿Lo conoce?
-Me parece haberlo escuchado alguna vez.
(Lo ha escuchado un montón de veces, pero no lo ubica).
-Ahora canta José Carreras...
-Sí, por supuesto.
-Ahora canta... -no logro recordar al tercero, el más famoso. Llevo dos días fracasando en ese desafío, y no pienso recurrir a Google. Tengo en mi mente su gordura, su pañuelo blanco, la tristeza de sus ojos, la energía y suavidad de su voz toscana. La memoria es un delfín.
¡Cuán inofensivos, cándidos!, me resultan estos sueños, si los comparo con las pesadillas de días anteriores, eventos circulares incompletos que se repiten hasta la eternidad onírica, mientras el cuerpo va y viene rumbo al baño, depositando lo malo que hay en él en el vergonzoso receptáculo ideado por el hombre para calmar sus urgencias. 

Martes 17 de febrero, 15.47 hora local.
Luciano Pavarotti.

sábado, enero 31, 2026

Percepciones

Hay algo misterioso en la percepción de la propia imagen cuando se halla lejos del ambiente en el que acostumbra a vivir. Desde Santiago, me veo en el paraíso sureño de Frutillar inserto en un cubo claustrofóbico de soledad y silencio; la vida no se me hace grata, desaparecen mis ansiedades literarias junto con los hábitos adquiridos. Durante el viaje de retorno llevo solo una mochila, que carga dentro de ella, junto a calcetines, un libro y dos calzoncillos, una opresión en el estómago. Añoro entonces mi vida de familia, mis cafés matinales, la sonrisa de mis hijos y mis nietos, la compañía de mi esposa, la calidez de mis amigos. 
Desaparecido todo aquello, vuelvo a la nueva realidad para descubrir una vez más que se puede vivir una vida feliz en cualquier lugar, es cosa de adaptarse. Y si suprimo el pequeño adjetivo, la sensación es que se puede vivir en cualquier parte, que es cosa de adaptarse.

lunes, enero 19, 2026

Volar en círculos

Se me está haciendo tediosa la lectura de "Volar en círculos" (o "The Pigeon Tunnel", título original) del escritor espía británico John le Carré (David Cornwell, nombre original).
Esperaba más del hombre. Tal vez, como el ex periodista que soy, conozca demasiado bien los trucos para animar al lector, las descripciones de los personajes y la carga subjetiva que todo eso transmite, y que en el fondo deja al autor como lo que es: el dueño de su texto.
Tampoco me agrada esa refinada y apenas visible sed de venganza contra algunos de sus poderosos entrevistados.
Creo que sus memorias debieron pasar por alguna revisión de parte de otras manos.

viernes, diciembre 26, 2025

Desafiando a las masas

No es un buen día para sumergirse en la redacción de un relato turbio y vago de final desconcertante, pero la fuerza de la pesadilla que tuve hace tres días, y de la que traté de escapar, me obliga a hacerlo. 
Delante nuestro corría el auto gris, un suv de precio medio; nosotros viajábamos en uno parecido, tal vez un par de años más antiguo, ligeramente descuidado. Un puente mecano sin barandas rodeaba en un ángulo recto un risco caído a plomo. El auto delantero tomó la curva cerrada con imprudencia, de tal forma que la rueda trasera de la derecha quedó en el aire, con el vacío bajo ella. El auto se desequilibró, pero logró zafar. No se podría afirmar de sus ocupantes que fueran tan amigos nuestros; tal vez fuéramos colegas de oficina y nuestras familias se conocieran lo suficiente como para emprender este viaje juntos.
Seguimos hacia nuestro destino. 
Entramos a un camino de tierra, se nos presentó una nueva curva; mi compañero de viaje trató de tomarla en su vehículo antes que el camión con acoplado, pero el capó se incrustó debajo del acoplado. Hubo un momento de tensión. Si continuaba insistiendo, el auto quedaría despedazado. Mi amigo se echó hacia atrás, sin daños visibles. Con el barullo, en el camino de tierra se abrió un espacio para adelantar; juzgué que llegaba mi momento.
Aquí comienza el ensueño desbocado, unido con toda seguridad a mis primeros movimientos en la cama, que despertaron a mi mujer y la impulsaron a remecerme. Pero el sueño era más poderoso y prosiguió.
Avanzando en la pradera irrumpieron las masas. De un lado, las masas furibundas; del otro, yo, con los brazos abiertos, dispuesto a jugarme la vida, como se ve en las películas de batallas medievales. Las enfrenté con resolución, en una maniobra temeraria, valiente. De los sujetos de todas las edades que corrían a atacarme y pasaban de largo solo pude distinguir sus miradas inclementes. Yo no era el hombre invisible para las masas, pero su fuerza no era capaz de tumbarme, asì como yo tampoco lograba hacerles el menor daño.  
Al rato fui a dar al despacho del facineroso espeluznante. Era bastante grande de porte y sus gafas le daban un aire formal, de caballero altanero. Vestía delantal celeste de sanatorio, señal de que tan importante no era. Ahí me tuvo un buen rato, haciéndome exámenes y preguntas que no condujeron a nada.
Se daba ínfulas.
Luego de su perorata, o filípica, volvimos a la pradera. Ahora todo había cambiado; el aire, la percepción del paisaje, el ánimo con que se enfrenta lo desconocido. Había oscurecido; la luna llena alumbraba un entorno fantástico, acogedor. Desde los amplios ventanales del edificio de cuatro pisos nos miraban, nos juzgaban. Nosotros nadábamos desnudos, felices, sobre el verdor de las plantas y las arenas del suelo costero, sin hacerles mucho caso.
Son escasos, por no decir escasísimos, los momentos en que mis sueños se recubren de felicidad. No es extraño que esos pocos segundos se relacionen con desplazamientos en aguas cristalinas o, como en este caso único, con flotar sobre el paisaje semidesértico bajo una luna llena. Recuerdo que mi única precocupación era que mi barriga no luciera tan ostentosa, de modo que trataba de nadar al estilo pecho, ya que mirado el cuerpo desde los ventanales, mi espalda lucía de lo más digna.