De lo mucho acaecido en estos meses, de justicia sería comenzar el presente repaso veraniego con el viaje a México emprendido con mi esposa para encontrarnos con la Vale. En estricto rigor no se trató de un tour, aunque recorrimos bastantes ciudades, empezando por la capital y siguiendo con Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato. Estuvimos en las pirámides, visitamos el Museo Antropológico, pernoctamos en el bello centro histórico de Querétaro y en pleno Guanajuato, la ciudad de los túneles y de los estrechos pasajes flanqueados por casas empinadas en los cerros. Mas lo que de verdad necesitábamos constatar era la vida que está llevando nuestra maravillosa hija, uso
maravillosa en el estricto sentido de la palabra. Saber más de su situación sentimental, sus problemas de salud, sus estrecheces económicas, su sencillo y delicado modo de vivir la vida. La dejamos allá, no sin ciertas inquietudes por resolver; espero que nos veamos nuevamente en marzo por un par de semanas, esta vez en Chile, sobre todo para festejar su cumpleaños.
Están, además, estos dos meses pasados con Patricia, plenos de ese amor maduro que tanta falta nos hizo en nuestra juventud, aunque a veces salpicados por discusiones debidas en parte a mi irritabilidad y cierta tendencia al menosprecio, que debo de haber heredado de mi madre; esto es, una actitud que llevo anlcada en el alma; en parte a su facilidad para reflotar malos instantes.
Santiago, La Serena, México, Santiago, retorno a la cabaña de Frutillar.
Experimento ya de forma apagada el recuerdo del estreno de mi obra de teatro en La Serena, "Las calaveras salen de juerga", que no llenó para nada mis expectativas y me hizo preguntarme a la salida, mientras caminaba la tarde de ese sábado por calles vacías, por qué el público no se reía... por qué...
En Frutillar tuvimos visitas; febrero es el mes de las visitas. Marcos, Cecilia, Paty y yo disfrutamos de una semana de amistad, paseos y cariño, días no exentos de peculiaridades, como aquella se sentirse extranjero en su propio país. Pero son detalles. Nunca debería uno arrepentirse de compartir con una pareja con la que se puede hablar de todo.
Me sobrevino, eso sí, esa colitis espantosa que me tuvo entre las cuerdas y que despertó en mi mujer una desconocida, novedosa especie de piedad hacia mi persona. Viví momentos humillantes, propios de una parte esencial de la naturaleza humana que tiende a esconderse; esto es, momentos indignos de cualquier espíritu noble que pase por la tierra.
Recibimos además la ansiada visita de Matías y Benicito, padre e hijo, síntesis de un solo corazón, del amor traducido a vida. Días magníficos en los que, sin embargo, el velo de la comunicación fallida caía de pronto entre nosotros. Pero esos momentos frente al humilde fogón, bajo el cielo limpio del sur, bajo las estrellas del sur, momentos de silenciosas reflexiones, acompañado de mis seres más queridos, son tesoros para desenterrar en las instancias grises de las que la vida está plagada.
Mi hija mayor se da el viaje de su vida a España, su segunda patria, a juzgar por su profesión de artista del baile flamenco. Todo le ha salido como miel sobre hojuelas.
Hoy, solo de nuevo, condenso en estas pocas líneas el verano que se va.