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lunes, septiembre 21, 2026

Problemas de Pereptil en la mesa del café

Mirándolo, o mirándose, desde fuera, Pereptil Pérez no acusaba graves padecimientos, ni siquiera graves problemas. Su vida transcurría normalmente, no digamos naturalmente, porque eso sería faltar a la verdad. Normalidad, en cambio, es un parámetro aceptable: un estado de salud más que aceptable para su edad, una situación económica bastante mejor que la de la gran mayoría de los retirados del país, una situación sentimental "consolidada". Una esposa de toda una vida; hijos grandes, mayores; nietos adorables.
Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne- podía ver los remolinos que se iban abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abrían un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas; en fin, todo aquello que empuja a que la vida se torne desagradable?
Pereptil Pérez tenía 71 años y esa vorágine daba vueltas en torno a su cabeza como ciclistas atrapados por el velódromo, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un cuento dividido en presentación y tres capítulos, la anterior sería la prrsentación y lo que sigue, el primer capítulo. Como no lo es, la incertidumbre me obliga a improvisar. Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro.

(sigue)    

martes, septiembre 08, 2026

Leavitt

Mi relativa ignorancia me ha hecho descubrir un nuevo autor entre las estanterías de la biblioteca, de seguro muy conocido para lectores que dominan la técnica de la máquina de moler libros: David Leavitt, escritor gay.
Mi amigo Marchant también es un escritor gay. Leavitt es estadounidense; Marchant, chileno. Marchant es dueño de un trazo delicado, nostálgico; Leavitt transita por el desenfado y hasta la vulgaridad, aunque detrás de esas imágenes resplandece su alma humana con lo que conlleva: sensibilidad, egocentrismo, vanalidad, deseo sexual.
Llaman la atención algunos de sus bosquejos; hoy despiertan reflexiones con un asomo de curiosa sorpresa, pues muestran sin intención con qué rapidez avanza la ciencia o con qué rapidez van quedando obsoletos los últimos adelantos tecnológicos. Líneas eróticas, el sida como sinónimo de condena a muerte, los clubes de video; ejemplos de una cultura de hace treinta años, años que parecen siglos. 
Punto aparte es la importancia que los escritores norteamericanos contemporáneos parecen otorgarle al ambiente académico, universitario, en sus carreras artísticas, así como a la competencia de talentos regulada por revistas literarias o críticos de fuste. Da la impresión de que los que no logran formar parte de ese círculo exclusivo no tienen ninguna posibilidad de brillar con luces propias en el mundo de los libros. 
En favor de la trama de sus tres novelitas editadas bajo el título de "Arkansas", diría que estas reflejan parte de una época que ya no existe. La vanidad del escritor ha sido despojada de sus máscaras y armaduras; así surge el hallazgo de aquello que reluce bajo la piel.    

miércoles, agosto 26, 2026

Lo que va de un día a otro

Retorné a Frutillar con el cuerpo trasnochado y la mente cansada; el tiempo tampoco llamaba a un estado de ánimo entusiasta, aunque bien ya lo he aprendido: se puede vivir feliz soportando un temporal; la felicidad, la levedad del espíritu no dependen del comportamiento de las nubes. Sin mucho a qué aferrarme, porque lo anterior no pasa de ser una declaración de principios, opté por la nostalgia: cuánto daría por uno de esos días de infantil y auténtica alegría. 
Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado para mejor, y en lo que pienso es en los cuentos de Patricia Highsmith. Al someterlos a una leve autopsia conjeturo que ha ido creando y resolviendo los dilemas de sus personajes a medida que escribía; también es perfectamente posible que haya comenzado con las líneas centrales muy bien determinadas. Al compararlos con los míos, la brecha que advierto (no deseo comparar calidades) es que mientras los míos tienden a lo personal y a lo fantástico, los suyos son humanos. La prueba es que estuve a punto de soltar las lágrimas con Winnie, el perfecto fracasado.
Carver también escribe cuentos "humanos"; dan la imprresión de que son muy fáciles de inventar. Tal vez lo intente y les copie uno de estos días. Copiar no tiene nada de malo, todo el arte es una copia, eso se ha dicho y repetido millones de veces.

jueves, julio 30, 2026

Uno y otro

Se comunican apetitos básicos, temores, deseos materiales sobre todo; estados de ánimo, temas pendientes, cosas que han pasado.
Hacia adentro se dirigen las ideas profundas, el pulso creativo, el pensamiento en rodaje.
Uno y otro no se parecen, de hecho perfectamete pueden disgregarse, al punto de causar cierto asombro a los demás.

miércoles, julio 15, 2026

La bestia acechada

La bestia acechada nunca es libre, vive atada a la inminencia del ataque. Sus horas pasan en un ambiente de suma inamovilidad externa; pero basta el leve temblor de una hoja para que despierte su ansiedad.
No le deseamos el mal, porque el mal lo lleva adentro; le deseamos el remezón que la haga respirar de verdad el oxígeno en torno a ella.
Hubo días de inconsciencia; era feliz o si se quiere, apática. Jugaba con fuego, sin darse cuenta. ¡Qué días, aquellos! Haberlos vivido sin más, no haberlos atesorado. La rodeaban los engaños y la bestia los aceptaba con su clásica ingenuidad; entonces no se sentía acechada.

domingo, julio 05, 2026

Almas ordinarias

Vivir emociones lo torna infantil, lo degrada, caballero. La intensidad con que vive emociones básicas se aleja tanto de la prudencia, la serenidad, la austeridad, digo esto por ensayarle un opuesto al sentimiento. Epicuro defiende la búsqueda de placer, aun los placeres menos sanos, menos necesarios, como los llama, pero advierte que si el placer conlleva consecuencias dolorosas, entonces, sin censurarlo, no lo recomienda, porque ese placer consigue lo contrario de lo que pretende. El placer es la ausencia de dolor; entre los placeres necesarios por antonomasia distingue aquellos que quitan el hambre, el frío y la sed. Olvida el placer superior: el acceso al oxígeno.
Usted me habla de placeres secundarios, como la inclinación psíquica por un equipo de fútbol y las consecuencias que eso implica atendido el resultado del partido que juega. Así entonces, estos placeres, estas emociones, no le estarían haciendo mucho bien, pues a veces desembocan en dolores fuertes, en grandes frustraciones. Descubre que el triunfo de su equipo favorito le causa un placer que irradia por sus poros, le provoca movimientos reflejos, le deja el alma durante lo que resta del día con ganas de revivir el momento. Pero tanto o más placer que ese le genera la derrota del adversario. Los resultados inversos lo sumen en una dolorosa frustración que puede llegar a durar días enteros y su recuerdo, años.
No es posible que una persona como usted, caballero, y por qué no decirlo, un escritor como usted, confiese estos pecados. No puede ser que se sienta así, eso no tiene nada de bueno. Y tomar conciencia del fenómeno tampoco ayuda mucho.   
Pues de allí a cambiar de estilo, a encaminarse en dirección hacia una vida serena y prudente, exenta de ambiciones, no hay un paso, hay toda una vida; me refiero a la vida que ya ha vivido, que es la vida verdadera.
Existen almas selectas y existen almas ordinarias, usted pertenece a estas últimas.