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jueves, octubre 08, 2026

Noticias de Anne Carson

El Nobel, para Anne Carson. En tal carson hubiese preferido a Margaret Atwood, pero de que era una de las favoritas desde hace tiempo, era. Esto me obliga a leer a un autor que no estaba en mis libros. En este caso autora, pero se entiende lo que quiero decir.
Hay ganadores que han pasado sin pena ni gloria (¿alguien que viva fuera de Chile recuerda hoy a Gabriela Mistral? ¿Alguien se acuerda del ganador del año pasado?). Hay ausencias escandalosas: Borges, Tolstoi, Joyce, Proust. Otros grandes ignorados por los sabios de la Academia Sueca: Nabokov, Graham Greene, Virginia Woolf. A Kafka no se lo dieron porque en vida era menos conocido que el tío de Fidel Castro. Juan Rulfo escribió muy poco; el Nobel exige al menos unas setecientas páginas.
¿Qué es escribir bien, digamos que así como para merecer el Nobel? Solo lo saben los grandes sabios, anótese la aliteración. Isabel Allende, descartada. J. K. Rowling, descartada. Ken Follett, descartado. La literatura popular no tiene espacio dentro de la comisión de eruditos. Mínimo un libro difícil. A nivel local, recuerdo dos bullados premios nacionales otorgados en su momento. Rodolfo Oroz, un estudioso de la lingüística que jamás publicó una novela ni unos miserabes versitos. Diamela Eltit, autora progresista, feminista, experimentalista, etc. Su lectura es el mejor remedio natural contra el insomnio. Pero acá sí se lo dieron a Rivera Letelier y a Díaz Eterovic, lo que demuestra que nuestros jurados también son capaces de premiar el libro fácil. A todo esto el cura Ibáñez sigue sin recibirlo, al igual que Héctor Soto. Lafourcade se lo merecía pero se rindió, se puso el pijama de palo y entró a dormir el sueño de los justos.
Lo otro de que está empapado el Nobel es de política. Los gallos de izquierda se adueñan de todos los grandes salones de la estética y el pensamiento. Y entre medio naufragan en medio de escandalosos contubernios, uno de los cuales obligó a la suspensión del Nobel en el año 2018, recordarán. Hasta el MeToo estuvo metido en el embrollo.
Para qué seguir, Anne Carson. Siga escuchando el viento; disfrute de sus minutos de fama y de su milloncito de dólares y pico.  Solo el tiempo dirá si lo suyo era moda o literatura clásica. Por ahora me abstengo de comentarios críticos acerca de su obra, por razones obvias.

lunes, septiembre 21, 2026

Pereptil se zafa de sus problemas en la mesa del café

Mirándolo desde fuera, o mirando su cuerpo reflejado en el vidrio, y sumado eso al conocimiento relativo que se tiene de él, Pereptil Pérez no acusaba graves padecimientos, ni siquiera graves problemas. Su vida transcurría normalmente, no digamos naturalmente, porque eso sería faltar a la verdad. Para su caso, la normalidad era el parámetro aceptable: un estado de salud nada de comprometedor para su edad; una situación económica bastante mejor que la de la gran mayoría de los pensionados del país, una situación sentimental "consolidada". Una esposa de toda una vida; hijos grandes, mayores; nietos adorables.
Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne ni le interesa- digamos que cualquier hijo de vecino metido dentro de su cabeza, si hubiese querido hacerlo, vería remolinos que se van abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abren un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas, presupuestos domésticos que exceden sus ingresos; en fin, todo aquello que empuja a la vida para que se torne desagradable?
Insistimos: ¿quién no tiene problemas del calibre de los de Pereptil, y aun muy superiores? La cuestión no es esa; la cuestión es qué espacio les damos en la caja donde se reparten nuestras conductas diarias.
Pereptil Pérez tenía 71 años y esos problemas representados por decenas de puntitos brillantes daban vueltas en torno a su mente como ciclistas atrapados en un velódromo infinito, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un pequeño cuento dividido en presentación y trama, la anterior sería la presentación y lo que sigue, la trama. Como no lo es, la incertidumbre nos obliga a improvisar. 
Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro. Con la paciencia de su mirada bondadosa que sugería un sadismo disfrazado de inteligencia, Saul Bellow lo iba metiendo en el cuerpo del exitoso doctor Adler y su fracasado hijo Tommy; desde la primera página ya le adelantaba el drama terrible para que el que lo estaba preparando. Como si vestido de rabino lo increpara al grito de ¡Pereptil, despierta, que este sí es un problemón! 
La literatura tenía el poder de alejarlo de sus problemas; el ingreso a otros mundos, a otros problemas, le solucionaba parte de la vida. Era como si sus contratiempos desaparecieran de su vista y perdieran la importancia que les asignaba. De allí que en el fondo le agradeciera a Bellow su sádica propuesta. 
¿Era todo el mundo así? Desde luego que no; solo un porcentaje muy menor de la gente tiende a caer dentro de estos rompecabezas, la mayoría los evita o los rodea, sanamente.
El café estaba tibio. Su juicio tacaño lo distraía del libro y lo azuzaba. Estoy pagando una enormidad por este café, y regularmente me lo sirven tibio. ¿Por qué no hago como Larry David y reclamo a viva voz? No lo hago para evitarme un nuevo problema. Lo que consigo es sumar un nuevo ciclista a mi velódromo. 
-Yo manejo un depósito al 0,5... del 1,5 bajó al 0,5... por eso prefiero mantener la plata en la cuenta corriente... ahí tengo mi plata... 
-Claro.
-Los dos autos se los entregué a mi sobrino.
-¿Tienes dos autos? 
-Un Toyota Corolla automático. Nuevo. El otro es del 89, pero está bueno.
-¿Y dónde los dejas?
-Tengo dos estacionamientos. Pero ahora se los entregué a mi sobrino. Él ya le pasó uno a su hijo que entró a la universidad.
-Claro.
(La conversación en la mesa de al lado comenzaba a distraerlo. Pucha el tío pa bueno, pensó Pereptil, animado por el tono que adquiría el diálogo entre los dos ancianos, el que de paso lo alejaba de sus problemas).
-Es por esto de la sucesión. Mejor que los bienes los tenga uno solo. Por eso se los entregué a mi sobrino.
-Claro.
-Voy a comprar al Unimarc. Unos quesitos, un poco de jamón. Ya vuelvo.
-Claro.
Estamos ante una habitual escena de café. Dos hombres mayores conversan sobre asuntos triviales, más uno que otro, a juzgar por el diálogo que se acaba de reproducir. Un tercero, Pereptil, decide prestarle oídos a la conversación. Su mesa, a la sombra de unas enredaderas, le origina una rara sensación de bienestar, que en ese instante no logran aniquilar ni la invasión de Ucrania ni las últimas manifestaciones estudiantiles ni la caída de los fondos de pensiones ni las visitas a oficinas ni las interminables llamadas telefónicas ofreciéndole este mundo y el otro, ni los presupuestos domésticos que exceden sus ingresos. Una garza de yeso embellece el jardín.
El personaje vuelve, en efecto, a los pocos minutos, portando una bolsita con alimentos. Es un hombre bajo, calvo y encorvado, de complexión robusta y una edad más cercana a los ochenta que a los setenta; nariz gruesa y aguileña, leves ojeras y una mirada cándida. Una indiscutible cara de árabe. A pesar del calor reinante viste suéter. Se sienta nuevamente frente a su compañero de mesa, que lo recibe con aparente indiferencia. A primera vista, este último preferiría estar solo que acompañado. En otras ocasiones en que Pereptil ha ido a ese café lo ha visto siempre solitario, pensativo, echado hacia atrás, la taza vacía, cansado, con el bastón de madera apoyado en un brazo de la silla, ni contento ni triste, impertérrito ante las novedades que ofrece el acontecer. De elevada estatura y una edad parecida a la de su compañero circunstancial, su rostro germánico en el que destaca una melena blanca y una barba puntiaguda y sin bigotes lo acercan a la imagen que tenemos de los griegos antiguos, esas caras de reyes y filósofos que parece habernos impuesto el Hollywood de los años cincuenta.
-Ya volví. Más ratito tengo que ir a cuidar a mi hermano -dice el hombre bajo, en su tono siempre amistoso.
-Ah, sí... ¿está enfermo?
-Se podría decir que sí.
-¿Guarda cama? (el hombre del bastón conserva el acento y la firmeza en la pronunciación que caracterizan a los alemanes avecindados en Chile).
-No, se lo pasa caminando por el departamento.
-Claro.
-Nosotros éramos seis.
-¿Seis?
-Seis. Quedamos dos; mi hermano ya cumplió los noventa. Pero me tiene amarrado.
-Nosotros también éramos seis (el teutón se va entusiasmando). Cuatro varrones... quedamos... no, también tengo una media hermana.
-Mi papá llegó a Chile allá en los años veinte. Pasó por Nueva York y le ofrecieron quedarse, pero no quiso. Allá tenía de todo. Cuando se vinieron en el barco, mi mamá venía embarazada.
-Llegarrían primero a Buenos Aires.
-Cuando llegó partió de cero. Afuera la familia tenía sederías con nueve mil trabajadores contratados. También cafetales.
-¿Cómo?
-Cafetales... plantaciones de café.
-Claro.
-Mi prima todavía está viva. No la conozco en persona; siempre me invita a Brasil. Tiene cafetales. Ven a verme, Fernando. En su casa hay treinta personas para su servicio... a mi papá le ofrecieron una parte de la herencia y se negó... venía escapando de la guerra.
-Mi papá perteneció al ejército de Hitler (el teutón pronuncia el nombre del Führer como si diera un latigazo).
-¿También luchó en la guerra?
-Erra comandante de tanques. Le llegaron las bombas de los aviones ingleses.
-¿Era de la fuerza aérea?
-No. Comandante de tanques. De tanques. Del ejército de ¡Hitler!
-Ah.
(Pereptil se recrimina: debí traer la grabadora. Recuerda que Cheever hacía eso: la mayoría de sus personajes los sacaba de conversaciones que oía en el bar, en el Metro, en paraderos, en los cafés. Acercaba lo más posible su mesa a la que le interesaba y lo anotaba todo. Esa fórmula vale tanto para escribir un cuento como una novela o una crónica. Nosotros mismos la hemos aplicado a veces, solo que sin el éxito de Cheever. Debe ser porque somos menos ambicioso que Cheever, porque en el fondo las conversaciones de la gente, sus historias, son las mismas. Pero ahí ya entraríamos al tema de cómo narrar; o al tema del mercado editorial, el márketing, la crítica, el país donde se ha nacido).
-Mis papás llegaron a Chile huyendo de los turcos. Venían de Siria... los turcos eran tremendos de malos.
-Ah, sí... los turcos.
-Mi abuelo llegó a ser almirante...
-Mi papá erra comandante de tanques... una guerra terrible... ¡Hitler!... Alemania quedó tomada por los ingleses, los norteamericanos, los rusos y los franceses.
-¿Y a qué te dedicabas en Alemania?
-Tenía una fábrica... una fábrica de esquíes.
-Mi prima es libanesa. El Líbano era como el otro París... lo echaron a perder todo. Las guerras son terribles.
-¿Y por qué esa guerra en el Líbano?
-Seguro que los judíos quieren apoderarse de los países árabes. Tanto tiempo que anduvieron errantes. Y ahora tienen el apoyo de Estados Unidos.
-¿Cuántos habitantes?
-No sé. Voy a buscarlo en Internet.
-Por el Google.
El árabe lleva la conversación, se hace evidente la buena disposición que se aloja en su alma ante las cosas que lo rodean. Al alemán se le siente más bien cauto, no exactamente desconfiado. 
-Está en la hora del almuerzo. ¿Va a almorzar? ¿Se va luego?
-No. Es temprano. Son la una.
-Yo todavía tengo parientes en El Líbano, pero por parte de mi sobrino. Mi cuñada era libanesa.
-¿De Beirrut?
-De Beirut. Así que ahora los parientes míos son españoles y libaneses... los que me van quedando. Vamos a buscar aquí... Líbano... Líbano... habitantes... a ver qué me sale. Líbano habitantes le puse. Buscar usando Google... esta cuestión es una maravilla... 6 millones 825 mil... casi 7 millones.
-¿Siete millones no más? ¡Tan poco!, como Santiago.
-Ahora debe tener más. Esto es del 2019.
-Pero no mucho más. Tan chico como Santiago... ¿habla árabe?
-Entiendo casi todo, pero hablo poco.
-¿Dónde aprendió?
-Con mis papás. En la casa. Ellos hablaban árabe.
-¿Y cómo es el libanés?
-Son fantásticos.
-Le pregunto por el idioma libanés.
-Son parecidos a los franceses. Y son muy buenos mozos.
-¿Y tú hablas libanés?
-El árabe hablo. Pero hablo la mitad... pero entiendo casi todo.
-¿Pero el idioma libanés, cómo es?
-Como el árabe.
-No hay libanés.
-Idioma árabe. Eso hablan. Escriben igual. De atrás para adelante.
(Suena el teléfono del sirio).
-Hola.
-...
-Aquí, en la cafetería.
-...
(Cuelga y comenta).
-Así es la cosa...
El alemán retorna de su natural disposición a la soledad; una idea parece darle vueltas en la cabeza. 
-Así es... poca gente. Siete millones no es nada.
-Nosotros tenemos veinte, dieciocho...
-No, pero acá en Santiago...
-Siete millones.
-¿Y cuál es el producto principal del Líbano?
-La verdad es que no sé, fíjate. Voy a preguntar... tienen mucho comercio.
-Sí, pero deben tener algún producto nacional... porque está bastante aislado... al lado tienen a Siria, Turquía...
-Mis papás eran sirios... los turcos dominaron mucho... eran tremendos los turcos.
-¿Estás resfriado?
-Algo. Es como un resfriado como alérgico.
-A mí me pasa también lo mismo. Siempre me corre la nariz... purra agua.
-Pura agua... agüita, agüita.
-Mi hija me dice: es lo normal para la edad.
-Qué le vamos a hacer... nos llegó la vejez. Los argentinos dicen: es terrible cuando llega la vejez.
-Los años pasan muy rápido. Pero qué se le va a hacer.
(El sirio indica la figura de yeso en el jardín de la cafetería).
-Tenemos que hablar con la garza.
-Sí... bonita... a mí siempre me corre la nariz. Es el calor, parrece.
-Donde estás al sol... poca gente se ve hoy.
-Sí. Ahora veo más. Para el almuerzo. Al lado no pasa mucho.
-Al lado tiene poca gente.
-Lo que pasa... no es muy acogedor... muy frío.
-A mí no me gustaría.
-A mí tampoco.
-Lo único es para comprar el pan.
Se produce un silencio momentáneo. Hora de cambiar de tema. El sirio interviene.
-Y cómo lo hace con su herida.
-Agua oxigenada.
-Es buena para desinfectar... 
Nuevo silencio, de esos silencios cristalinos en una mañana cristalina; esta vez lo rompe el alemán.
-Es bonita esta cafeterría.   
-Es como estar veraneando, para los que estamos encerrados en Santiago. 
-Ahora viene llegando gente.
-Viene llegando gente al baile.
-Parece que hay empresa por acá cerca.
-El amigo mío tiene empresa. Empresa informática.
-Informática... es mucho más agradable este café, más acogedor que restorrán.
-Diez veces más. Para nosotros, por lo menos, que vivimos en departamento.
-Así es la cosa...
(Llega una mujer de mediana edad. Saluda al sirio).
-Hola, Fernando.
-¡Pero linda! Él. Alemán. Muy amigo mío. Liliana... don Christopher.
-Tanto gusto. 
-¿Que querre tomar?
-¿Ah?
-Qué querre... tomar... ¿café? 
-Un capuccino.
El sirio desea integrar a la mujer.
-La hija de ella está en... ¿adónde vive tu hija?
-Karlsruhe.
El alemán no se anima demasiado, como si Karlsruhe no le dijera mucho.
-Bonito. Tranquilo... por ahí pasa el río... Meno...
(Ella).
-Tienen ríos por todos lados.
-Y hay una catedral famosa. Ahí está enterrado... Carlomagno.
-Él tiene una hija dentista.
-Ahora las clínicas son a todo lujo... ahora está cambiando todo... Fernando tiene la culpa, jajajá.
-La culpa la tenemos los dos... arreglando el mundo... no se puede arreglar el mundo, Christopher... Liliana es ingeniera... tuvo un contratiempo a la salud.
(Ella).
-No digas eso. Agradece que no ando con el garrote.
El sirio no acusa el golpe.
-Yo tengo Fonasa. ¿Usted tiene isapre?
-No.
-¿No tiene isapre?
(Ella).
-Te acaba de decir que no.
-No tengo isapre ni Fonasa.
-Tendrá un seguro alemán.
-Porr ahí va la cosa. Empecé a los 18 años. A pagar... a pagar... menos mal que lo hice bien... hay que estar protegido.
-Yo no tuve mucho problema de cabro.
(Ella).
-¡No, si el problema viene después!
(El alemán se dirige a la mujer).
-¿Y su hija se acostumbró en Alemania?
-Sí, ya maneja el idioma. Ella es muy meticulosa.
(El sirio).
-Pide almuerzo.
-Fernando... ya te dije. Pedí un café.
-Tiene que comer algo.
(El alemán).
-No insista... no moleste.
(Ella).
-Si no, me voy.
(El alemán).
-El latino es alegre. El alemán es tosco, callado. Yo soy de Hamburgo. Al norte. ¡Peor todavía!
(Ella).
-Estuvimos en Hamburgo en primavera. Lloviendo, ¡y con un viento!
-En Karlsruhe el clima es más moderado... mucho mejor...
(Ella).
-Lo encontré parecido algo así como a Puerto Varas. Mucho verde.
-Mucho verde.
(El sirio).
-Amigo. Hoy día pago yo la cuenta... por hoy no más.
-¡Chuta! ¡Te sacaste la loterría!
-Me saqué la lota... por hoy no más.
(Ella).
-¿Cuántos hijos tiene?
-Dos. Uno está cerca de Hamburgo. Más al norte. 
-Debe tener más familia allá.
-No está casado. Es soltero. Tiene una polola.
-Debe tener otras prioridades.
-Él no es tan joven. Va para los cincuenta... pero el clima influye mucho. El clima frío te recoge. Influye en el ánimo. Aquí estamos abiertos. Allá sale el sol y se vuelven locos... los alemanes no tienen muchos hijos, porque cuesta carro.
(Vuelve el sirio).
-Él se vino a Chile de joven.
-Yo salí a los 22 años. Erra otro país, muy distinto... por eso ahora no me gusta Alemania. No se puede decir negro ni judío. ¡Racista!... ¡nazista! El turco no aprende la lengua alemana, no quierre aceptar las reglas. Llega con su familia. Son como guetos. Eso es malo.
-Oye, él tenía una industria de esquí.
-¿Sí?
-Yo soy de Silesia, que ahorra es de Polonia. Nosotros arrancamos. Por la guerra nos radicamos en Hamburgo.
-¡Tenía ocho años y anduvo quinientos kilómetros! Él me contó antes que tú llegaras.
-Lo que pasa hoy día me hace recordar...
Pereptil considera que ya se apropió de demasiadas opiniones y recuerdos ajenos y decide pagar su propia cuenta. Ahora camina rumbo al supermercado por una calle no tan bella como el rincón que lo acogió por cerca de una hora. Se acerca a la avenida, a los bocinazos, a los semáforos. Suena el teléfono. Momento de volver a los problemas. 

martes, septiembre 08, 2026

Leavitt

Mi relativa ignorancia me ha hecho descubrir un nuevo autor entre las estanterías de la biblioteca, de seguro muy conocido para lectores que dominan la técnica de la máquina de moler libros: David Leavitt, escritor gay.
Mi amigo Marchant también es un escritor gay. Leavitt es estadounidense; Marchant, chileno. Marchant es dueño de un trazo delicado, nostálgico; Leavitt transita por el desenfado y hasta la vulgaridad, aunque detrás de esas imágenes resplandece su alma humana con lo que conlleva: sensibilidad, egocentrismo, vanalidad, deseo sexual.
Llaman la atención algunos de sus bosquejos; hoy despiertan reflexiones con un asomo de curiosa sorpresa, pues muestran sin intención con qué rapidez avanza la ciencia o con qué rapidez van quedando obsoletos los últimos adelantos tecnológicos. Líneas eróticas, el sida como sinónimo de condena a muerte, los clubes de video; ejemplos de una cultura de hace treinta años, años que parecen siglos. 
Punto aparte es la importancia que los escritores norteamericanos contemporáneos parecen otorgarle al ambiente académico, universitario, en sus carreras artísticas, así como a la competencia de talentos regulada por revistas literarias o críticos de fuste. Da la impresión de que los que no logran formar parte de ese círculo exclusivo no tienen ninguna posibilidad de brillar con luces propias en el mundo de los libros. 
En favor de la trama de sus tres novelitas editadas bajo el título de "Arkansas", diría que estas reflejan parte de una época que ya no existe. La vanidad del escritor ha sido despojada de sus máscaras y armaduras; así surge el hallazgo de aquello que reluce bajo la piel.    

miércoles, agosto 26, 2026

Lo que va de un día a otro

Retorné a Frutillar con el cuerpo trasnochado y la mente cansada; el tiempo tampoco llamaba a un estado de ánimo entusiasta, aunque bien ya lo he aprendido: se puede vivir feliz soportando un temporal; la felicidad, la levedad del espíritu no dependen del comportamiento de las nubes. Sin mucho a qué aferrarme, porque lo anterior no pasa de ser una declaración de principios, opté por la nostalgia: cuánto daría por uno de esos días de infantil y auténtica alegría. 
Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado para mejor, y en lo que pienso es en los cuentos de Patricia Highsmith. Al someterlos a una leve autopsia conjeturo que ha ido creando y resolviendo los dilemas de sus personajes a medida que escribía; también es perfectamente posible que haya comenzado con las líneas centrales muy bien determinadas. Al compararlos con los míos, la brecha que advierto (no deseo comparar calidades) es que mientras los míos tienden a lo personal y a lo fantástico, los suyos son humanos. La prueba es que estuve a punto de soltar las lágrimas con Winnie, el perfecto fracasado.
Carver también escribe cuentos "humanos"; dan la imprresión de que son muy fáciles de inventar. Tal vez lo intente y les copie uno de estos días. Copiar no tiene nada de malo, todo el arte es una copia, eso se ha dicho y repetido millones de veces.

jueves, julio 30, 2026

Uno y otro

Se comunican apetitos básicos, temores, deseos materiales sobre todo; estados de ánimo, temas pendientes, cosas que han pasado.
Hacia adentro se dirigen las ideas profundas, el pulso creativo, el pensamiento en rodaje.
Uno y otro no se parecen, de hecho perfectamete pueden disgregarse, al punto de causar cierto asombro a los demás.

miércoles, julio 15, 2026

La bestia acechada

La bestia acechada nunca es libre, vive atada a la inminencia del ataque. Sus horas pasan en un ambiente de suma inamovilidad externa; pero basta el leve temblor de una hoja para que despierte su ansiedad.
No le deseamos el mal, porque el mal lo lleva adentro; le deseamos el remezón que la haga respirar de verdad el oxígeno en torno a ella.
Hubo días de inconsciencia; era feliz o si se quiere, apática. Jugaba con fuego, sin darse cuenta. ¡Qué días, aquellos! Haberlos vivido sin más, no haberlos atesorado. La rodeaban los engaños y la bestia los aceptaba con su clásica ingenuidad; entonces no se sentía acechada.