No pretendo ni remotamente con esta nota construir un ensayo de la magnitud de la obra maestra de la integrante del excéntrico Círculo de Bloomsbury; también está lejos de mis temores internarme en el lago Llanquihue con el bolsillo lleno de piedras, por el momento.
Tampoco pretendo erigirme en comentarista o crítico de Virginia Woolf; a poco andar en la lectura de ese ensayo me quedó patente la distancia que media entre ambos. Distancia inalcanzable, por más libros que yo siga leyendo o cursos literarios que emprenda. Es un problema de cerebros, el mío a desplazamiento de tortuga; el suyo a borbotones, irradiando pensamientos a cada paso por el parque, literalmente hablando. De modo que solo está en mi ánimo fijar dos o tres ideas que me han marcado, quizás me han hecho cambiar de opinión acerca del tema del feminismo, tras la lectura de su texto.
La primera, para mí la más importante, es que he tomado conciencia del rol al que durante miles de años fueron destinadas, arrinconadas, las mujeres. Civilización tras civilización, siempre dedicadas a la crianza, a las labores hogareñas (observación falta de originalidad, nada nuevo hasta el momento). Siempre pobres (esta realidad fue para mí novedosa), puesto que ni siquiera podían disponer de sus bienes, considerados patrimonio de sus maridos. Pasto para los buitres de sus hombres, que se ensañaban contra ellas físicamente. Sin posibilidad de acceder a la creación poética o novelesca (las excepciones las resume en muy pocos casos, Austen, las hermanas Brontë, George Eliot y muy pocas más, habiendo ignorado por rara causa a Mary Shelley). Woolf imagina la vida de una supuesta hermana de Shakespeare, Judith. La misma sensibilidad, la misma inteligencia. Pero todo lo que le daba aires de frescura y libertad al Bardo de Avon no lo tenía ella, no lo podía tener. No tenía ni lugar ni tiempo para escribir, sencillamente. Eso desembocaba sin duda en horizontes estrechos, motivaciones menores. Es el mismo problema que tiene Jane Eyre, personaje mediante el cual su autora revela la opresión que la agobia, la lejanía del mundo reservado a los hombres, en un momento en que se encarama en una terraza y ve los prados a lo lejos, y detrás de ellos las montañas y más allá las grandes ciudades, privilegio de viajeros.
Antes de afrontar su lectura tenía yo la idea de un libro consagrado a las virtudes de un buen cuarto, sueño de todo escritor. Amoblado con un escritorio de caoba, con su lámpara de bronce y pantalla verde en la cubierta, el computador al centro, cajoncitos con agendas, lápices, una buena chimenea en el rincón, una botella de whisky en la licorera y vasos de cristal tallado; alfombra sobre piso de madera y el distractivo de una música leve sonando desde algún recodo de la estantería repleta de libros; un sofá para echarse en los momentos de agotamiento o falta de inspiración. Una ventana que da al bosque, a la playa, al lago o a la gran ciudad mirada desde arriba. Cuán lejos estaba de esa construcción burguesa, cuán lejos de la idea de la autora, que a poco andar comprendí que apuntaba a reivindicar su propio sexo, sin disparar demasiado contra el complementario.
Porque si hay algo que agradecerle a Virginia Woolf es su falta de odio, su falta de resentimiento contra los hombres. Ella visita el Museo Británico, buscando libros que la ayuden con el ensayo que le han encargado (Las mujeres y la novela). Desde luego, los doce volúmenes seleccionados de libros sobre mujeres están escritos por hombres. Hombres famosos, adinerados, poderosos, inteligentes. Y allí, hojeando páginas, ella sí detecta odio. ¿Por qué -se pregunta- estos hombres sienten odio cuando todo en sus vidas rezuma éxito, complacencia, bienestar? He allí un misterio.
Pienso que al día de hoy Virginia Woolf no sería feminista, no abrazaría esa arista belicosa del feminismo que tanto daño ha hecho, incluso a las mismas mujeres. Lo insinúa al maravillarse de que un homnbre y una mujer se encuentren en una esquina de Londres, se suban al mismo taxi y partan con rumbo desconocido. Dos almas diferentes que se reúnen en torno al mismo fin, así debiese ser la relación de los dos sexos, colijo de su ejemplo. No hay en este libro, entonces, ánimo alguno de venganza. Y lo que se cuenta sobre la desigualdad hombre-mujer, se cuenta con datos sólidos casi ausentes de análisis. Presenta cifras. Expone hechos, opiniones que han quedado impresas, como la del profesor Trevelyan, en su Historia de Inglaterra ("Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos... La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera...").
Se conmueve, casi se horroriza, al constatar que en el tiempo que va detrás del Siglo Diecisiete, no existan mujeres poetas, mujeres escritoras, así como tampoco referencias a la vida de las mujeres, tan secundaria era la presencia del segundo sexo en el mundo.
Hay, sin embargo, un asunto que no toca, tal vez porque no forma parte de su ámbito de investigación. Es el hecho indiscutible de la primacía en el tiempo del sexo masculino sobre el femenino. En el tiempo que va de la prehistoria hasta, digamos, buena parte del Siglo Veinte. Esa primacía no es gratuita, no puede ser casual, algo la debió originar. Y esa especulación Virginia Woolf no la intenta.
Mi humilde opinión, fundada en una mera intuición, es que la partida la decidió desde el comienzo la mayor fuerza bruta del hombre. Fue la naturaleza la que dispuso que el macho fuese más alto, más pesado y más fuerte que la hembra; eso condicionó a la Historia y disfrazó de mil formas la relación entre ambos sexos.
Hoy, felizmente, aquello está cambiando. Aunque el origen del desequilibrio se mantiene.