Memorias del dr. Vicious
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
Visitas de la última semana a la página
miércoles, agosto 12, 2026
jueves, julio 30, 2026
Uno y otro
Se comunican apetitos básicos, temores, deseos materiales sobre todo; estados de ánimo, temas pendientes, cosas que han pasado.
Hacia adentro se dirigen las ideas profundas, el pulso creativo, el pensamiento en rodaje.
Uno y otro no se parecen, de hecho perfectamete pueden disgregarse, al punto de causar cierto asombro a los demás.
miércoles, julio 15, 2026
La bestia acechada
La bestia acechada nunca es libre, vive atada a la inminencia del ataque. Sus horas pasan en un ambiente de suma inamovilidad externa; pero basta el leve temblor de una hoja para que despierte su ansiedad.
No le deseamos el mal, porque el mal lo lleva adentro; le deseamos el remezón que la haga respirar de verdad el oxígeno en torno a ella.
Hubo días de inconsciencia; era feliz o si se quiere, apática. Jugaba con fuego, sin darse cuenta. ¡Qué días, aquellos! Haberlos vivido sin más, no haberlos atesorado. La rodeaban los engaños y la bestia los aceptaba con su clásica ingenuidad; entonces no se sentía acechada.
domingo, julio 05, 2026
Almas ordinarias
Vivir emociones lo torna infantil, lo degrada, caballero. La intensidad con que vive emociones básicas se aleja tanto de la prudencia, la serenidad, la austeridad, digo esto por ensayarle un opuesto al sentimiento. Epicuro defiende la búsqueda de placer, aun los placeres menos sanos, menos necesarios, como los llama, pero advierte que si el placer conlleva consecuencias dolorosas, entonces, sin censurarlo, no lo recomienda, porque ese placer consigue lo contrario de lo que pretende. El placer es la ausencia de dolor; entre los placeres necesarios por antonomasia distingue aquellos que quitan el hambre, el frío y la sed. Olvida el placer superior: el acceso al oxígeno.
Usted me habla de placeres secundarios, como la inclinación psíquica por un equipo de fútbol y las consecuencias que eso implica atendido el resultado del partido que juega. Así entonces, estos placeres, estas emociones, no le estarían haciendo mucho bien, pues a veces desembocan en dolores fuertes, en grandes frustraciones. Descubre que el triunfo de su equipo favorito le causa un placer que irradia por sus poros, le provoca movimientos reflejos, le deja el alma durante lo que resta del día con ganas de revivir el momento. Pero tanto o más placer que ese le genera la derrota del adversario. Los resultados inversos lo sumen en una dolorosa frustración que puede llegar a durar días enteros y su recuerdo, años.
No es posible que una persona como usted, caballero, y por qué no decirlo, un escritor como usted, confiese estos pecados. No puede ser que se sienta así, eso no tiene nada de bueno. Y tomar conciencia del fenómeno tampoco ayuda mucho.
Pues de allí a cambiar de estilo, a encaminarse en dirección hacia una vida serena y prudente, exenta de ambiciones, no hay un paso, hay toda una vida; me refiero a la vida que ya ha vivido, que es la vida verdadera.
Existen almas selectas y existen almas ordinarias, usted pertenece a estas últimas.
miércoles, junio 24, 2026
Vida entre mundiales
¿Qué mejor panorama para un viejo jubilado que sentarse ante el televisor o ante el computador para pegarse un atracón diario de partidos del Mundial de Fútbol, mientras afuera llueve o el frío arrecia?
Alguna vez, cuando el trabajo no me lo permitía, soñé con esa posibilidad; hoy la disfruto sin complejo alguno de culpa.
Veo los partidos con dos tipos de carga emocional. Tengo mis favoritos y también mis adversarios. Cuando juega un favorito disfruto enormemente su triunfo o me invade la amargura si pierde. Si juega un adversario la emoción es la misma, pero inversa. Vivo entonces una especie de resentimiento, una alegría en la derrota.
Lo curioso, que hasta hoy no me logro explicar, es que entre mis favoritos están ciertos equipos europeos y entre los adversarios, las selecciones sudamericanas. Mi principal favorito es Alemania y mi principal adversario es Argentina. En este Mundial no le guardo tanta fe a Alemania. No es la de antes, así que me estoy inclinando por Francia, Países Bajos e Inglaterra.
Con este ya entero dos mundiales como jubilado. Desde hace mucho tiempo se me hizo el hábito de dividir la vida en mundiales. Parecen tan lejanos cuando de pronto ya se están jugando.
¿Cuántos mundiales me restan? Solo Dios lo sabe.
sábado, mayo 23, 2026
Un velero navegando hacia ninguna parte
El viento helado golpea la cara; a lo lejos, tres tripulantes de un velero navegan rumbo a ninguna parte.
Mi ánimo no es de los mejores, lo agitan problemas por resolver. Imagino a los tres tripulantes entusiasmados con el viento que les azota la cara, yendo hacia el norte y hacia el sur mientras al velero se le inflan las dos enormes velas blancas. A bordo imagino enérgicas voces, risas, bromas; también imagino el ánimo de los tripulantes asumiendo la mesa puesta en el dulce hogar que les espera, la chimenea encendida, el pater familias sentado frente al fuego, enfrascado en Sherlock Holmes. Existen formas de felicidad canónicas, a pesar de los dictados de la doctrina social de la iglesia.
Necesito escribir, no puedo derrochar tiempo caminando hacia ninguna parte por la orilla del lago. Necesito dar con otra forma de belleza. Cada tanto hay que vaciar el alma como el agua del florero.
¿Qué se esconde detrás de los problemas que torturan a la mente? La anhelada carencia, un vacío agradable.
miércoles, mayo 13, 2026
En torno al cuarto propio
Si se considera, como cifra aproximada, que hasta el día de hoy se han escrito entre 158 millones y 170 millones de libros desde la invención de la imprenta (sin contar primitivos manuscritos extraviados, incendiados, arrojados a la basura o usados para envolver pescado), dato aquel que solo Google y la IA son capaces de entregar, no asumo como pecados de descuido, dejadez o desinterés el hecho de haber tenido hibernando tantos años en mi estante la obra "Un cuarto propio", de VirginiaWoolf, sino como un simple hecho de la causa. En mi favor argumento que la lectura de "Las olas" resultó hace años para mí un excelenete tónico contra el insomnio (sospecho que hoy no lo sería en exclusiva; hay tantos ejemplares que me hacen dormir plácidamente; tal vez se deba a que los tomo a avanzadas horas de la noche, con la cabeza en la almohada y la luz del Kindle como único distractor). El caso es que mientras lo que se entiende por lectores cultos habían dado cuenta hace tiempo de ese manjar, yo me veía obligado hasta la semana pasada a hacerme el leso a la hora de los comentarios de salón y sobremesa.
No pretendo ni remotamente con esta nota construir un ensayo de la magnitud de la obra maestra de la integrante del excéntrico Círculo de Bloomsbury; también está lejos de mis temores internarme en el lago Llanquihue con el bolsillo lleno de piedras, por el momento.
Tampoco pretendo erigirme en comentarista o crítico de Virginia Woolf; a poco andar en la lectura de ese ensayo me quedó patente la distancia que media entre ambos. Distancia inalcanzable, por más libros que yo siga leyendo o cursos literarios que emprenda. Es un problema de cerebros, el mío a desplazamiento de tortuga; el suyo a borbotones, irradiando pensamientos a cada paso por el parque, literalmente hablando. De modo que solo está en mi ánimo fijar dos o tres ideas que me han marcado, quizás me han hecho cambiar de opinión acerca del tema del feminismo, tras la lectura de su texto.
La primera, para mí la más importante, es que he tomado conciencia (¡y vaya qué asombroso es tomar conciencia de algo que se presume obvio y que sin embargo pasa delante de nosotros apenas se nos presenta a la vista!) he tomado conciencia del rol al que durante miles de años fueron destinadas, arrinconadas, las mujeres. Civilización tras civilización, siempre dedicadas a la crianza, a las labores hogareñas (observación falta de originalidad, nada nuevo hasta el momento). Siempre pobres (esta realidad fue para mí novedosa), puesto que ni siquiera podían disponer de sus bienes, considerados patrimonio de sus maridos. Pasto para los buitres de sus hombres, que se ensañaban contra ellas físicamente. Sin posibilidad de acceder a la creación poética o novelesca (las excepciones las resume en muy pocos casos, Austen, las hermanas Brontë, George Eliot y muy pocas más, habiendo ignorado por rara causa a Mary Shelley). Woolf imagina la vida de una supuesta hermana de Shakespeare, Judith. La misma sensibilidad, la misma inteligencia. Pero todo lo que le daba aires de frescura y libertad al Bardo de Avon no lo tenía ella, no lo podía tener. No tenía ni lugar ni tiempo ni permiso para escribir, sencillamente. Eso desembocaba sin duda en horizontes estrechos, motivaciones menores. Es el mismo problema que tiene Jane Eyre, personaje mediante el cual su autora revela la opresión que la agobia, la lejanía del mundo reservado a los hombres, en un momento en que se encarama en una terraza y ve los prados a lo lejos, y detrás de ellos las montañas y más allá las grandes ciudades, privilegio de viajeros.
Antes de afrontar su lectura tenía yo la idea de un libro consagrado a las virtudes de un buen cuarto, sueño de todo escritor. Amoblado con un escritorio de caoba, con su lámpara de bronce y pantalla verde en la cubierta, el computador al centro, cajoncitos con agendas, lápices, una buena chimenea en el rincón, una botella de whisky en la licorera y vasos de cristal tallado; alfombra sobre piso de madera y el distractivo de una música leve sonando desde algún recodo de la estantería repleta de libros; un sofá para echarse en los momentos de agotamiento o falta de inspiración. Una ventana que da al bosque, a la playa, al lago o a la gran ciudad mirada desde arriba. Cuán lejos estaba de esa construcción burguesa, cuán lejos de la idea de la autora, que a poco andar comprendí que apuntaba a reivindicar su propio sexo, sin disparar demasiado contra el complementario.
Porque si hay algo que agradecerle a Virginia Woolf es su falta de odio, su falta de resentimiento contra los hombres. Ella visita el Museo Británico, buscando libros que la ayuden con el ensayo que le han encargado (Las mujeres y la novela). Desde luego, los doce volúmenes seleccionados de libros sobre mujeres están escritos por hombres. Hombres famosos, adinerados, poderosos, inteligentes. Y allí, hojeando páginas, ella sí detecta odio. ¿Por qué -se pregunta- estos hombres sienten odio cuando todo en sus vidas rezuma éxito, complacencia, bienestar? He allí un misterio.
Pienso que al día de hoy Virginia Woolf no sería feminista, no abrazaría esa arista belicosa del feminismo que tanto daño ha hecho, incluso a las mismas mujeres. Lo insinúa al maravillarse de que un homnbre y una mujer se encuentren en una esquina de Londres, se suban al mismo taxi y partan con rumbo desconocido. Dos almas diferentes que se reúnen en torno al mismo fin, así debiese ser la relación de los dos sexos, colijo de su ejemplo. No hay en este libro, entonces, ánimo alguno de venganza. Y lo que se cuenta sobre la desigualdad hombre-mujer, se cuenta con datos sólidos casi ausentes de análisis. Presenta cifras. Expone hechos, opiniones que han quedado impresas, como la del profesor Trevelyan, en su Historia de Inglaterra ("Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos... La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera...").
Se estremece, casi se horroriza, al constatar que en el tiempo que está detrás del Siglo Diecisiete, no existan mujeres poetas, mujeres escritoras, así como tampoco referencias a la vida de las mujeres; tan secundaria era la presencia del segundo sexo en el mundo.
Hay, sin embargo, un asunto que no toca, tal vez porque no forma parte de su ámbito de investigación. Es el hecho indiscutible de la primacía en el tiempo del sexo masculino sobre el femenino. En el tiempo que va de la prehistoria hasta, digamos, buena parte del Siglo Veinte. Esa primacía no es gratuita, no puede ser casual, algo la debió originar. Y esa especulación Virginia Woolf no la intenta.
Mi humilde opinión, fundada en una mera intuición, es que la partida la decidió desde el comienzo la mayor fuerza bruta del hombre. Fue la naturaleza la que dispuso que el macho fuese más alto, más pesado y más fuerte que la hembra; eso condicionó a la Historia y disfrazó de mil formas la relación entre ambos sexos. La duda válida, por lo tanto, es si la naturaleza cometió un error en esa forma de evolución, si allí Dios jugó a los dados y perdió.
Hoy todo está cambiando, sobran las razones. Aunque el origen del desequilibrio se mantiene.
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