Yo no dispongo de cualidades excelsas para diferenciar al momento una oferta imperdible de una estafa. Tengo el defecto de no conectar con las personas que me hablan, la tendencia a evitar el encuentro de las miradas. El oferente, un hombre simpático de sonrisa fácil y traje claro, no termina de convencerme. La duda me aplasta. Las puertas de la compañía le abren el paso a un avispado colega, que se sube al Maserati y desaparece en fracción de segundos. En cuanto al Lamborghini, acaba de pasar también al recuerdo. Pero hay premio de consuelo. Un scooter tembleque, mejor dicho un monopatín, en el que me embarco al centro.
No más llegar a la plaza de armas me dejo llevar por el movimiento de la gente, desentendiéndome del vehículo. El efecto contrario se produce en unos pelusitas, que olvidan sus correrías para acercarse a contemplarlo.
-¿Me lo presta, caballero?
-Claro, pero no se alejen.
Dicho y hecho: se alejan más de lo conveniente y me cuesta un mundo ubicarlos, pero doy con ellos. Están dando vueltas por la baldosa alrededor de un frondoso árbol muy bien cuidado, con una amplia taza que lo protege y le asegura una buena nutrición. Entonces me subo nuevamente al monopatín, pero he aquí que me ocurre lo que tantas veces, por no decir lo de siempre: tropiezo dos veces con la misma piedra. Los chiquillos reaparecen y les vuelvo a prestar el monopatín. A los dos minutos me doy cuenta de que lo he perdido, irremediablemente; dicho en otras palabras, me lo han robado. Y dicho en otras palabras, les he facilitado el robo de mi joyita.
Cuán equivocado estaba pensando que era mía. Nada es gratis en este valle de lágrimas. Crece mi ansiedad al pensar que debo devolverla y no la tengo, de modo que vago por las calles de la ciudad, solo, sin norte, imaginando un imposible.
En la disquería me las doy de sabihondo ante el señor de peluquín sentado al lado de la barra de los vinilos. Suenan los parlantes.
-¡Ah! ¡Los tres tenores!
-Desde luego.
-¿Conoce a los tres tenores?
-Desde luego.
(No los conoce).
-El que canta de Plácido Domingo. ¿Lo conoce?
-Me parece haberlo escuchado alguna vez.
(Lo ha escuchado un montón de veces, pero no lo ubica).
-Ahora canta José Carreras...
-Sí, por supuesto.
-Ahora canta... -no logro recordar al tercero, el más famoso. Llevo dos días fracasando en ese desafío, y no pienso recurrir a Google. Tengo en mi mente su gordura, su pañuelo blanco, la tristeza de sus ojos, la energía y suavidad de su voz toscana. La memoria es un delfín.
¡Cuán inofensivos, cándidos!, me resultan estos sueños, si los comparo con las pesadillas de días anteriores, eventos circulares incompletos que se repiten hasta la eternidad onírica, mientras el cuerpo va y viene rumbo al baño, depositando lo malo que hay en él en el vergonzoso receptáculo ideado por el hombre para calmar sus urgencias.