Mi amigo Marchant también es un escritor gay. Leavitt es estadounidense; Marchant, chileno. Marchant es dueño de un trazo delicado, nostálgico; Leavitt transita por el desenfado y hasta la vulgaridad, aunque detrás de esas imágenes resplandece su alma humana con lo que conlleva: sensibilidad, egocentrismo, vanalidad, deseo sexual.
Llaman la atención algunos de sus bosquejos; hoy despiertan reflexiones con un asomo de curiosa sorpresa, pues muestran sin intención con qué rapidez avanza la ciencia o con qué rapidez van quedando obsoletos los últimos adelantos tecnológicos. Líneas eróticas, el sida como sinónimo de condena a muerte, los clubes de video; ejemplos de una cultura de hace treinta años, años que parecen siglos.
Punto aparte es la importancia que los escritores norteamericanos contemporáneos parecen otorgarle al ambiente académico, universitario, en sus carreras artísticas, así como a la competencia de talentos regulada por revistas literarias o críticos de fuste. Da la impresión de que los que no logran formar parte de ese círculo exclusivo no tienen ninguna posibilidad de brillar con luces propias en el mundo de los libros.
En favor de la trama de sus tres novelitas editadas bajo el título de "Arkansas", diría que estas reflejan parte de una época que ya no existe. La vanidad del escritor ha sido despojada de sus máscaras y armaduras; así surge el hallazgo de aquello que reluce bajo la piel.