Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne ni le interesa- digamos que cualquier hijo de vecino metido dentro de su cabeza podía ver los remolinos que se iban abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abrían un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas; en fin, todo aquello que empuja a que la vida se torne desagradable?
Pereptil Pérez tenía 71 años y esos problemas representados por decenas de puntitos brillantes daban vueltas en torno a su mente como ciclistas atrapados por el velódromo, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un cuento dividido en presentación y tres capítulos, la anterior sería la prrsentación y lo que sigue, el primer capítulo. Como no lo es, la incertidumbre nos obliga a improvisar. Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro. Con la paciencia de su mirada bondadosa que sugerìa un sadismo apenas disfrazado de inteligencia, Saul Bellow lo iba metiendo en el cuerpo del exitoso doctor Adler y su fracasado hijo Tommy; desde la primera pàgina ya le adelantaba el drama terrible para que el que lo estaba preparando. Como si vestido de rabino lo increpara al grito de ¡Pereptil, despierta, aquí sí que se te viene un problemón!
(sigue)