Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne- podía ver los remolinos que se iban abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abrían un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas; en fin, todo aquello que empuja a que la vida se torne desagradable?
Pereptil Pérez tenía 71 años y esa vorágine daba vueltas en torno a su cabeza como ciclistas atrapados por el velódromo, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un cuento dividido en presentación y tres capítulos, la anterior sería la prrsentación y lo que sigue, el primer capítulo. Como no lo es, la incertidumbre me obliga a improvisar. Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro.
(sigue)