Mirándolo desde fuera, o mirando su cuerpo reflejado en el vidrio, y sumado eso al conocimiento relativo que se tiene de él, Pereptil Pérez no acusaba graves padecimientos, ni siquiera graves problemas. Su vida transcurría normalmente, no digamos naturalmente, porque eso sería faltar a la verdad. Para su caso, la normalidad era el parámetro aceptable: un estado de salud nada de comprometedor para su edad; una situación económica bastante mejor que la de la gran mayoría de los pensionados del país, una situación sentimental "consolidada". Una esposa de toda una vida; hijos grandes, mayores; nietos adorables.
Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne ni le interesa- digamos que cualquier hijo de vecino metido dentro de su cabeza, si hubiese querido hacerlo, vería remolinos que se van abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abren un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas, presupuestos domésticos que exceden sus ingresos; en fin, todo aquello que empuja a la vida para que se torne desagradable?
Insistimos: ¿quién no tiene problemas del calibre de los de Pereptil, y aun muy superiores? La cuestión no es esa; la cuestión es qué espacio les damos en la caja donde se reparten nuestras conductas diarias.
Pereptil Pérez tenía 71 años y esos problemas representados por decenas de puntitos brillantes daban vueltas en torno a su mente como ciclistas atrapados en un velódromo infinito, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un pequeño cuento dividido en presentación y trama, la anterior sería la presentación y lo que sigue, la trama. Como no lo es, la incertidumbre nos obliga a improvisar.
Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro. Con la paciencia de su mirada bondadosa que sugería un sadismo disfrazado de inteligencia, Saul Bellow lo iba metiendo en el cuerpo del exitoso doctor Adler y su fracasado hijo Tommy; desde la primera página ya le adelantaba el drama terrible para que el que lo estaba preparando. Como si vestido de rabino lo increpara al grito de ¡Pereptil, despierta, que este sí es un problemón!
La literatura tenía el poder de alejarlo de sus problemas; el ingreso a otros mundos, a otros problemas, le solucionaba parte de la vida. Era como si sus contratiempos desaparecieran de su vista y perdieran la importancia que les asignaba. De allí que en el fondo le agradeciera a Bellow su sádica propuesta.
¿Era todo el mundo así? Desde luego que no; solo un porcentaje muy menor de la gente tiende a caer dentro de estos rompecabezas, la mayoría los evita o los rodea, sanamente.
El café estaba tibio. Su juicio tacaño lo distraía del libro y lo azuzaba. Estoy pagando una enormidad por este café, y regularmente me lo sirven tibio. ¿Por qué no hago como Larry David y reclamo a viva voz? No lo hago para evitarme un nuevo problema. Lo que consigo es sumar un nuevo ciclista a mi velódromo.
-Yo manejo un depósito al 0,5...
del 1,5 bajó al 0,5... por eso prefiero mantener la plata en la cuenta
corriente... ahí tengo mi plata...
-Claro.
-Los dos autos se los entregué a mi
sobrino.
-¿Tienes dos autos?
-Un Toyota Corolla automático.
Nuevo. El otro es del 89, pero está bueno.
-¿Y dónde los dejas?
-Tengo dos estacionamientos. Pero ahora
se los entregué a mi sobrino. Él ya le pasó uno a su hijo que entró a la
universidad.
-Claro.
(La conversación en la mesa de al lado comenzaba a distraerlo. Pucha el tío pa bueno, pensó Pereptil, animado por el tono que adquiría el diálogo entre los dos ancianos, el que de paso lo alejaba de sus problemas).
-Es por esto de la sucesión. Mejor
que los bienes los tenga uno solo. Por eso se los entregué a mi sobrino.
-Claro.
-Voy a comprar al Unimarc. Unos
quesitos, un poco de jamón. Ya vuelvo.
-Claro.
Estamos ante una habitual escena de café. Dos hombres mayores conversan sobre asuntos triviales,
más uno que otro, a juzgar por el diálogo que se acaba de reproducir. Un tercero, Pereptil, decide prestarle oídos a la conversación. Su mesa, a la sombra de unas enredaderas, le origina una rara sensación de bienestar, que en ese instante no logran aniquilar ni la
invasión de Ucrania ni las últimas manifestaciones estudiantiles ni la
caída de los fondos de pensiones ni las visitas a oficinas ni las interminables llamadas telefónicas ofreciéndole este mundo y el otro, ni los presupuestos domésticos que exceden sus ingresos. Una garza de yeso embellece el jardín.
El personaje vuelve, en efecto, a
los pocos minutos, portando una bolsita con alimentos. Es un hombre bajo, calvo
y encorvado, de complexión robusta y una edad más cercana a los ochenta que a
los setenta; nariz gruesa y aguileña, leves ojeras y una mirada cándida. Una
indiscutible cara de árabe. A pesar del calor reinante viste suéter. Se sienta
nuevamente frente a su compañero de mesa, que lo recibe con aparente
indiferencia. A primera vista, este último preferiría estar solo que
acompañado. En otras ocasiones en que Pereptil ha ido a ese café lo ha visto siempre
solitario, pensativo, echado hacia atrás, la taza vacía, cansado, con el bastón
de madera apoyado en un brazo de la silla, ni contento ni triste, impertérrito
ante las novedades que ofrece el acontecer. De elevada estatura y una edad
parecida a la de su compañero circunstancial, su rostro germánico en el que destaca
una melena blanca y una barba puntiaguda y sin bigotes lo acercan a la imagen
que tenemos de los griegos antiguos, esas caras de reyes y filósofos que parece habernos impuesto el Hollywood de los años cincuenta.
-Ya volví. Más ratito tengo que ir
a cuidar a mi hermano -dice el hombre bajo, en su tono siempre amistoso.
-Ah, sí... ¿está enfermo?
-Se podría decir que sí.
-¿Guarda cama? (el hombre del bastón conserva
el acento y la firmeza en la pronunciación que caracterizan a los alemanes
avecindados en Chile).
-No, se lo pasa caminando por el
departamento.
-Claro.
-Nosotros éramos seis.
-¿Seis?
-Seis. Quedamos dos; mi hermano ya
cumplió los noventa. Pero me tiene amarrado.
-Nosotros también éramos seis (el teutón se va entusiasmando). Cuatro varrones... quedamos... no, también tengo
una media hermana.
-Mi papá llegó a Chile allá en los
años veinte. Pasó por Nueva York y le ofrecieron quedarse, pero no quiso. Allá
tenía de todo. Cuando se vinieron en el barco, mi mamá venía embarazada.
-Llegarrían primero a Buenos Aires.
-Cuando llegó partió de cero.
Afuera la familia tenía sederías con nueve mil trabajadores contratados. También cafetales.
-¿Cómo?
-Cafetales... plantaciones de café.
-Claro.
-Mi prima todavía está viva. No la
conozco en persona; siempre me invita a Brasil. Tiene cafetales. Ven a verme,
Fernando. En su casa hay treinta personas para su servicio... a mi papá le
ofrecieron una parte de la herencia y se negó... venía escapando de la guerra.
-Mi papá perteneció al ejército de
Hitler (el teutón pronuncia el nombre del Führer como si diera un latigazo).
-¿También luchó en la guerra?
-Erra comandante de tanques. Le
llegaron las bombas de los aviones ingleses.
-¿Era de la fuerza aérea?
-No. Comandante de tanques. De
tanques. Del ejército de ¡Hitler!
-Ah.
(Pereptil se recrimina: debí traer
la grabadora. Recuerda que Cheever hacía eso: la mayoría de sus personajes los
sacaba de conversaciones que oía en el bar, en el Metro, en paraderos, en los
cafés. Acercaba lo más posible su mesa a la que le interesaba y lo anotaba
todo. Esa fórmula vale tanto para escribir un cuento como una novela o una
crónica. Nosotros mismos la hemos aplicado a veces, solo que sin el éxito de Cheever.
Debe ser porque somos menos ambicioso que Cheever, porque en el fondo las conversaciones de
la gente, sus historias, son las mismas. Pero ahí ya entraríamos al tema de cómo
narrar; o al tema del mercado editorial, el márketing, la crítica, el país donde se ha nacido).
-Mis papás llegaron a Chile huyendo
de los turcos. Venían de Siria... los turcos eran tremendos de malos.
-Ah, sí... los turcos.
-Mi abuelo llegó a ser almirante...
-Mi papá erra comandante de
tanques... una guerra terrible... ¡Hitler!... Alemania quedó tomada por los
ingleses, los norteamericanos, los rusos y los franceses.
-¿Y a qué te dedicabas en Alemania?
-Tenía una fábrica... una fábrica de esquíes.
-Mi prima es libanesa. El Líbano
era como el otro París... lo echaron a perder todo. Las guerras son terribles.
-¿Y por qué esa guerra en el Líbano?
-Seguro que los judíos quieren
apoderarse de los países árabes. Tanto tiempo que anduvieron errantes. Y ahora
tienen el apoyo de Estados Unidos.
-¿Cuántos habitantes?
-No sé. Voy a buscarlo en Internet.
-Por el Google.
El árabe lleva la conversación, se
hace evidente la buena disposición que se aloja en su alma ante las cosas que
lo rodean. Al alemán se le siente más bien cauto, no exactamente
desconfiado.
-Está en la hora del almuerzo. ¿Va
a almorzar? ¿Se va luego?
-No. Es temprano. Son la una.
-Yo todavía tengo parientes en El
Líbano, pero por parte de mi sobrino. Mi cuñada era libanesa.
-¿De Beirrut?
-De Beirut. Así que ahora los
parientes míos son españoles y libaneses... los que me van quedando. Vamos a
buscar aquí... Líbano... Líbano... habitantes... a ver qué me sale. Líbano
habitantes le puse. Buscar usando Google... esta cuestión es una maravilla... 6
millones 825 mil... casi 7 millones.
-¿Siete millones no más? ¡Tan
poco!, como Santiago.
-Ahora debe tener más. Esto es del
2019.
-Pero no mucho más. Tan chico como
Santiago... ¿habla árabe?
-Entiendo casi todo, pero hablo
poco.
-¿Dónde aprendió?
-Con mis papás. En la casa. Ellos
hablaban árabe.
-¿Y cómo es el libanés?
-Son fantásticos.
-Le pregunto por el idioma libanés.
-Son parecidos a los franceses. Y
son muy buenos mozos.
-¿Y tú hablas libanés?
-El árabe hablo. Pero hablo la
mitad... pero entiendo casi todo.
-¿Pero el idioma libanés, cómo es?
-Como el árabe.
-No hay libanés.
-Idioma árabe. Eso hablan. Escriben
igual. De atrás para adelante.
(Suena el teléfono del sirio).
-Hola.
-...
-Aquí, en la cafetería.
-...
(Cuelga y comenta).
-Así es la cosa...
El alemán retorna de su natural
disposición a la soledad; una idea parece darle vueltas en la cabeza.
-Así es... poca gente. Siete
millones no es nada.
-Nosotros tenemos veinte,
dieciocho...
-No, pero acá en Santiago...
-Siete millones.
-¿Y cuál es el producto principal
del Líbano?
-La verdad es que no sé, fíjate.
Voy a preguntar... tienen mucho comercio.
-Sí, pero deben tener algún
producto nacional... porque está bastante aislado... al lado tienen a Siria,
Turquía...
-Mis papás eran sirios... los
turcos dominaron mucho... eran tremendos los turcos.
-¿Estás resfriado?
-Algo. Es como un resfriado como
alérgico.
-A mí me pasa también lo mismo.
Siempre me corre la nariz... purra agua.
-Pura agua... agüita, agüita.
-Mi hija me dice: es lo normal para
la edad.
-Qué le vamos a hacer... nos llegó
la vejez. Los argentinos dicen: es terrible cuando llega la vejez.
-Los años pasan muy rápido. Pero
qué se le va a hacer.
(El sirio indica la figura de yeso
en el jardín de la cafetería).
-Tenemos que hablar con la garza.
-Sí... bonita... a mí siempre me
corre la nariz. Es el calor, parrece.
-Donde estás al sol... poca gente
se ve hoy.
-Sí. Ahora veo más. Para el
almuerzo. Al lado no pasa mucho.
-Al lado tiene poca gente.
-Lo que pasa... no es muy
acogedor... muy frío.
-A mí no me gustaría.
-A mí tampoco.
-Lo único es para comprar el pan.
Se produce un silencio momentáneo.
Hora de cambiar de tema. El sirio interviene.
-Y cómo lo hace con su herida.
-Agua oxigenada.
-Es buena para desinfectar...
Nuevo silencio, de esos silencios
cristalinos en una mañana cristalina; esta vez lo rompe el alemán.
-Es bonita esta cafeterría.
-Es como estar veraneando, para los
que estamos encerrados en Santiago.
-Ahora viene llegando gente.
-Viene llegando gente al baile.
-Parece que hay empresa por acá
cerca.
-El amigo mío tiene empresa.
Empresa informática.
-Informática... es mucho más
agradable este café, más acogedor que restorrán.
-Diez veces más. Para nosotros, por
lo menos, que vivimos en departamento.
-Así es la cosa...
(Llega una mujer de mediana edad.
Saluda al sirio).
-Hola, Fernando.
-¡Pero linda! Él. Alemán. Muy amigo
mío. Liliana... don Christopher.
-Tanto gusto.
-¿Que querre tomar?
-¿Ah?
-Qué querre... tomar...
¿café?
-Un capuccino.
El sirio desea integrar a la mujer.
-La hija de ella está en... ¿adónde vive tu hija?
-Karlsruhe.
El alemán no se anima demasiado,
como si Karlsruhe no le dijera mucho.
-Bonito. Tranquilo... por ahí pasa
el río... Meno...
(Ella).
-Tienen ríos por todos lados.
-Y hay una catedral famosa. Ahí
está enterrado... Carlomagno.
-Él tiene una hija dentista.
-Ahora las clínicas son a todo
lujo... ahora está cambiando todo... Fernando tiene la culpa, jajajá.
-La culpa la tenemos los dos...
arreglando el mundo... no se puede arreglar el mundo, Christopher... Liliana es
ingeniera... tuvo un contratiempo a la salud.
(Ella).
-No digas eso. Agradece que no ando
con el garrote.
El sirio no acusa el golpe.
-Yo tengo Fonasa. ¿Usted tiene
isapre?
-No.
-¿No tiene isapre?
(Ella).
-Te acaba de decir que no.
-No tengo isapre ni Fonasa.
-Tendrá un seguro alemán.
-Porr ahí va la cosa. Empecé a los
18 años. A pagar... a pagar... menos mal que lo hice bien... hay que estar
protegido.
-Yo no tuve mucho problema de
cabro.
(Ella).
-¡No, si el problema viene después!
(El alemán se dirige a la mujer).
-¿Y su hija se acostumbró en
Alemania?
-Sí, ya maneja el idioma. Ella es
muy meticulosa.
(El sirio).
-Pide almuerzo.
-Fernando... ya te dije. Pedí un
café.
-Tiene que comer algo.
(El alemán).
-No insista... no moleste.
(Ella).
-Si no, me voy.
(El alemán).
-El latino es alegre. El alemán es
tosco, callado. Yo soy de Hamburgo. Al norte. ¡Peor todavía!
(Ella).
-Estuvimos en Hamburgo en primavera. Lloviendo,
¡y con un viento!
-En Karlsruhe el clima es más
moderado... mucho mejor...
(Ella).
-Lo encontré parecido algo así como
a Puerto Varas. Mucho verde.
-Mucho verde.
(El sirio).
-Amigo. Hoy día pago yo la
cuenta... por hoy no más.
-¡Chuta! ¡Te sacaste la loterría!
-Me saqué la lota... por hoy no
más.
(Ella).
-¿Cuántos hijos tiene?
-Dos. Uno está cerca de Hamburgo.
Más al norte.
-Debe tener más familia allá.
-No está casado. Es soltero. Tiene
una polola.
-Debe tener otras prioridades.
-Él no es tan joven. Va para los
cincuenta... pero el clima influye mucho. El clima frío te recoge. Influye en
el ánimo. Aquí estamos abiertos. Allá sale el sol y se vuelven locos... los
alemanes no tienen muchos hijos, porque cuesta carro.
(Vuelve el sirio).
-Él se vino a Chile de joven.
-Yo salí a los 22 años. Erra otro
país, muy distinto... por eso ahora no me gusta Alemania. No se puede decir
negro ni judío. ¡Racista!... ¡nazista! El turco no aprende la lengua alemana,
no quierre aceptar las reglas. Llega con su familia. Son como guetos. Eso es
malo.
-Oye, él tenía una industria de
esquí.
-¿Sí?
-Yo soy de Silesia, que ahorra es
de Polonia. Nosotros arrancamos. Por la guerra nos radicamos en Hamburgo.
-¡Tenía ocho años y anduvo quinientos kilómetros! Él me contó antes que tú llegaras.
-Lo que pasa hoy día me hace
recordar...
Pereptil considera que ya se apropió de demasiadas opiniones y recuerdos ajenos y decide pagar su propia cuenta. Ahora camina rumbo al supermercado por una calle no tan bella como el rincón que lo acogió por cerca de una hora. Se acerca a la avenida, a los bocinazos, a los semáforos. Suena el teléfono. Momento de volver a los problemas.