Pil Dinen surgió de la nada y reestudió la escena detrás de los demás. En el salón había un cuerpo femenino tendido en la alfombra; lo rodeaban tres caballeros en actitud de asombro. La mujer intentaba incorporarse, sin lograrlo. No ha sido nada... me desmayé, se justificó ante los caballeros. Dinen la observaba a la distancia.
Ingresó un médico; de casualidad era uno de tantos invitados a la fiesta, o eso le pareció al detective. La examinó, sin levantarla del piso; la mujer procedía como si quisiera darse a entender, pero sus balbuceos no ayudaban a la causa. El médico se puso de pie y llevó a los presentes a un rincón, donde en voz baja preguntó quién había sido el primero en verla.
-Vinimos al salón a fumar y beber una copa de coñac y la vimos tirada en el piso, dijo uno de ellos. Dinen agregó: Yo entré a continuación.
-Me parece que no es nada grave -dijo el médico. Se repondrá en unos minutos.
-¿Entonces podemos retirarnos? -preguntaron los caballeros.
-Sí -dijo el médico.
Los tres caballeros volvieron a la fiesta; en el salón quedaron la mujer, el médico y Pil Dinen.
-¿Cuál es su diagnóstico, doctor? -preguntó Dinen.
-Solo ha sido un desmayo, no atribuible al consumo de alcohol; habrá que comprobar si consumió alguna droga. La mujer se incorporó con dificultad y tomó asiento en un sofá.
-¿Se encuentra mejor, señora?
-Sí, doctor.
El médico ordenó exámenes, emitió una receta, puso ambas hojas en sus manos y se despidió cortésmente. En el salón quedaron la mujer y Pil Dinen. El investigador le habló.
-¿Es conocida de los dueños de casa?
-No, vine aquí invitada por un amigo, pero mi amigo no llegó.
-¿Es conocida del médico?
-Al doctor me parece haberlo visto un par de veces en un bingo del Club de Leones.
-Quisiera hacerme cargo de su caso -le propuso. La mujer pareció estudiar la propuesta con cierta perplejidad.
-¿Qué caso? -preguntó.
-El de su desmayo.
-No veo la necesidad, señor...
-Dinen. Me llamo Pil Dinen. Solamente deseo despejar unas dudas sobre este episodio del que por azar he sido testigo.
-Si es así, no veo motivo para negarme, aunque le insisto que me siento bien.
Dinen le dio su teléfono, la mujer lo anotó; ambos se dieron la mano y el salón quedó vacío.
La mujer lo llamó la semana siguiente, para comunicarle que ya disponía de los resultados de los exámenes. El investigador sugirió un café cercano, de esos cafés donde aún se puede conversar. No habían pasado ni treinta minutos cuando ambos se hallaban sentados en una mesa iluminada por una ventana que daba a la calle, con cortinas semitransparentes. El garzón les extendió la carta; la mujer pidió un capuccino y Dinen un expreso doble, sin azúcar.
-¿Cómo se ha sentido? -preguntó Dinen.
-Muy bien, a pesar de las noticias.
-¿Trajo los exámenes?
-Aquí están.
Dinen estudió los resultados atentamente; luego se los devolvió.
-Lo que imaginaba -murmuró con un leve tono de inquietud.
-Me encuentro en perfectas condiciones; todos mis niveles están normales. Azúcar, lípidos, colesterol, presión, corazón, riñones, todo está bien... si no fuese por ese tumor en el cerebro. Está muy avanzado, señor Dinen.
Cuando el garzón depositó los cafés sobre la mesa la mujer comenzó a desplomarse, pero Dinen estaba atento. La afirmó con los brazos y la acomodó de nuevo en la silla. La mujer ya había vuelto en sí.
-Puede retirarse -le dijo al garzón, quien no atinaba a reaccionar.
-¿Le traigo agua a la señora?
-Sí, muchas gracias.
-¿Me perdí algo? -preguntó la mujer.
-Nada -dijo Dinen-. Sírvase.
Veinte días después, al momento de los funerales, en los que le fue imposible dejar de advertir la escasez de asistentes al cementerio, a pesar de la pompa con que una mano desconocida los había organizado, Pil Dinen cuestionaba el papel pasivo que había desempeñado respecto de la mujer, inundado de una molesta sensación de culpabilidad. No se perdonaba el hecho de que no se le hubiese practicado la autopsia ni que su cuerpo, en el cinerario, fuese a desaparecer en cuestión de horas. Podría haber hecho algo más, se recriminaba, en un giro no usual de su personalidad. Ya se disponía a hacer abandono del lugar cuando un hombre lo tomó del brazo y le habló con suavidad.
-Señor Dinen, ¿nos sentamos un momento? Deseo compartir algo con usted.
-Claro, claro, aunque me aguarda un compromiso por cumplir...
Escogieron un escaño a la sombra del abedul, cuyas hojas el otoño había pintado de amarillo.
"Quisiera hablarle de mi tía Nadia", comenzó. El investigador detuvo el entusiasmo de su interlocutor, presionándole uno de sus brazos con la mano. "Sospecho que su relato le tomará bastante más que diez minutos, tiempo del que en este preciso instante no dispongo. Y en vista de que la muerte de su tía es un hecho consumado, estimo que ya no existe apuro en conocer lo que usted quiere decirme, de modo que le sugiero que me haga llegar por escrito sus impresiones. Esta es la dirección de mi oficina, señor..."
-Blas Novoa.
-¿Está de acuerdo con mi sugerencia, señor Novoa?
-No estoy acostumbrado a escribir, pero haré lo que me pide, señor Dinen. Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Decir que Dinen había olvidado el caso no es verdad; pero decir que diez días después se sorprendió cuando en su buzón halló la nota que le había pedido a Blas Novoa se acerca bastante a lo que sintió al tomar el sobre en sus manos. Sin apuro entró a su oficina, preparó café, se sentó, abrió el sobre y se dispuso a leer. Esto decía:
"Señor Pil Dinen
Estimado señor Dinen
Mi tía Nadia era poseedora de una incalculable fortuna. Era soltera, no tuvo hijos y yo soy su único sobrino, el hijo de su hermana Blenia, mi mamá, ya fallecida. Sospecho que soy su único heredero. Temo que la justicia me investigue y me acuse de su muerte, por eso quisiera contratar sus servicios. Soy inocente.
Quedo a sus gratas órdenes
Blas Novoa".
En la posdata figuraba su teléfono y su dirección.
En el rostro de Pil Dinen se dibujó una mueca intraducible. Solo alguien o algo que pudiese entrar en su cabeza podría interpretar correctamente ese gesto. El detective telefoneó a Novoa y le habló, con estas mismas palabras:
"Hola, Novoa, habla usted con Pil Dinen... Bien. Estoy en mi oficina... Sí, la leí, por eso lo llamé... Me parece que está poniendo la carreta antes del buey... Quiero decir que no se anteponga a una eventual intervención de la justicia... Sí, tiendo a creerle, pero debo rechazar su oferta... Es que nunca he sabido de alguien que haya contratado a un detective para defenderlo de un crimen que no se ha cometido y del que no se le acusa... Es una manera de decir, no estoy negando que haya sido un homicidio... Bueno, yo podría el martes... Bien, allí estaré".
Ahora el gesto fue menos hermético. Y era de extrañeza, de curiosidad. Por primera vez en su carrera, Dinen presintió que su olfato de investigador le jugaba una mala pasada. Una simple carta le informaba que la muerte de la tía Nadia pudo deberse no a la consecuencia natural de la fatídica progresión del tumor, sino de un crimen con sólidos motivos y probables sospechosos.
Sobrepasado el plazo de los vencimientos, Pil Dinen se dispuso a meditar. Para ciertos espíritus un clima como el de ese instante se presta para un provechoso recogimiento; para otros no. Era un día horrible, una pesada capa de smog cubría la ciudad; hacía frío. Dinen encendió la estufa a parafina y deslizó su viejo sillón hacia el artefacto. Una habitación ciega siempre será buena para atar cabos. Y así era, en efecto: la única ventana del cuarto daba a un monótono patio de luz. Le pareció recordar que Descartes había procedido de forma similar mientras le daba cuerpo a una de sus obras maestras.
Siempre resultará conveniente guiarse por la mano de los grandes. Novoa me ofreció algo valioso, sin sospecharlo. Parece más interesado en demostrar su inocencia que en la herencia de su tía Nadia: he allí mi primera certeza. Será ilógico, además, eliminar a una persona que tenía sus días contados. Por lo demás, la fortuna de la tía ha resultado ser bastante menos incalculable de lo que sigue pensando su sobrino. Imagino que está extrayendo esa idea de la contradicción surgida entre ser relativamente indiferente al dinero y estar convencido de que se trata de una "fortuna incalculable", que lo convierte en sospechoso. Debo concluir que Novoa ignora algo que yo intuyo, y por eso cree o que la justicia está siguiendo sus pasos o que una fuerza oscura dará con él y le provocará la muerte, así como le ocurrió a su tía. Por mi parte, dejo su suerte en manos del destino, para concentrarme en el enigma de los tres caballeros.
He cometido errores en mi desempeño profesional, quién no los comete; pero en esta historia caí en una seguidilla de errores; no estaba acostumbrado a eso. Descuidé a la tía Nadia, conociendo su estado de salud -porque no es que presintiera su próxima muerte, es que la esperaba, todos la esperaban-; descuidé a los tres caballeros que estaban con ella en la habitación, observándola mientras se hallaba tirada en la alfombra. Entré a la sala a continuación, no retuve sus nombres ni sus direcciones, los dejé marcharse. Y qué decir del médico, de los resultados de los exámenes. ¿Eran sus exámenes? ¿los de la tía Nadia? ¿Por qué ella deseaba morir, deseaba que yo supiera que iba a morir, si es que en realidad ha muerto? ¿Por qué la ventanilla del ataúd estuvo siempre cerrada? ¿Quién estaba adentro, a quién incineraron? ¿A quién debo responderle por esta serie de hechos desafortunados? ¿Cómo ocurrió que terminé cayendo en las manos de un escritor de segundo orden? ¿Por qué me hallo sentado ante una estufa a parafina que me hace lagrimear, pudiendo disfrutar de un salón con la repisa de la chimenea cubierta de mármol? ¿Es por su honradez, por lo que da en llamar una vida cabal, digna, honesta? ¿O es por sus limitaciones?
Sin embargo, esas pequeñeces que poco aportan al caso no me quitan el sueño. Existió, o existe, una tía Nadia; la conocí, habló conmigo, la vi tirada en el piso. Existe un sobrino llamado Blas Novoa; lo he abandonado a su suerte. Existen tres caballeros de los cuales desconozco sus nombres; pueden tener vital importancia o relativa importancia en la resolución del caso. Existe un invitado a esa fiesta que era médico; ahora reparo en que se trata de un personaje engañosamente secundario. Y existe un "amigo ausente" de la tía Nadia, que no se presentó a la fiesta y sobre el cual lo ignoro todo. ¿Qué he sacado de ellos, qué les he sacado para el bien de la historia? Ni una emoción, ni un dilema moral, ni un sentimiento. Qué tengo contra los sentimientos, por qué los rehuyo en mis personajes de ficción; adónde me conduce ese afán de racionalizar las cosas más absurdas, ese afán de poner paños fríos, sobre todo de ridiculizar cualquier aspiración de grandeza, castigando al que se proponga tal destino. Sí, es verdad, soy ese detective que se adueña de sus casos, que no permite expresarse libremente a los demás personajes, que los mantiene bajo su yugo, haciéndolos bailar a su ritmo. Ese soy. Y lo que me quita el sueño es que no tengo la culpa, poco puedo hacer ante el dictador de la historia, a menos que lo obligue a imaginar un resquicio que le dé un poco de oxígeno a mi alma.
Días después lo llamó su contacto en el banco.
-Tenías razón, Dinen. Alguien anduvo rascando millones en la cuenta de tu famosa tía Nadia. Peter Fernández. Disponía de un poder otorgado por la occisa.
Pil Dinen recordó que el nombre de Fernández figuraba entre los invitados a la fiesta. Era, casi con plena seguridad, el "amigo ausente".
-No pudo retirar su dinero si ella estaba muerta. Sus bienes se congelan mientras se define la posesión efectiva. Tu banco no cometería un descuido grave, criminal, como ese.
-Claro que no. El retiro se hizo efectivo dos días antes de su muerte. Todo legal. Vale vista a nombre de Peter Fernández.
Existen países con extradición parcial a Chile; esto es, de difícil o casi imposible tramitación; Dinen seleccionó a Brasil, Francia, México y Argentina. Era cosa de comprobar a cuál de esos destinos habría viajado Fernández, de haber optado por esa opción... y con quién. Con ese dato tendría medio caso solucionado. Arenas, su amigo de la PDI, lo sacó de la duda antes de lo esperado.
-Vuelo Latam 607 con destino a Sao Paulo. Martes 26 de mayo, 19 horas. Peter Fernández, asiento 14A.
-¿Está Nadia Bravo entre los pasajeros?
-No. Pero hay una mujer de nombre Nelda Prado. Asiento 14B.
-¿Me puedes enviar su foto por whatsapp?
-Espera... Ahí va.
Era ella. La tía Nadia.
Inmerso nuevamente en su provechosa soledad, Pil Dinen se dio a la tarea de esclarecer los motivos que dieron lugar a esa jugada de Peter Fernández y la tía Nadia. ¿Qué la llevó a emitir un vale vista a nombre de Peter Fernández para viajar posteriormente con él a Sao Paulo, en circunstancias de que ella misma pudo haber retirado el dinero, pues nada se lo impedía? ¿Con qué fin se hizo pasar por muerta y de ser así, quién fue incinerado con su nombre? ¿Un remedo de ser humano envuelto en trapos y objetos pesados? ¿Por qué se dio el trabajo de tenderle la trampa de su enfermedad mortal a Pil Dinen? Sin cadáver que exhumar, la tía Nadia era la coautora de un plan maquiavélico urdido para desaparecer, perderse como alma anónima en otro país junto al que pudiese ser el compañero de su vida. Y en ello no había delito alguno.
(sigue)