viernes, junio 23, 2017

Almuerzo en el paraíso

¿Había entrado al esquivo paraíso? A medida que los demás invitados llegaban y los iba reconociendo, la sensación de amargura que últimamente copaba sus espacios, sus horas, sus días enteros, desaparecía como lluvia tragada por la alcantarilla. Casi podía ver a ese monstruito irónico, allá bajo la tierra, sonriendo, brillando hasta perderse en la profundidad de la cloaca.
Existía una vida sin ira y sin tormentos, una vida simple y cristalina: la que comenzaba a vivir a esa hora bajo el parrón de la casa de su amigo. ¿En qué consistía? En un grupo de hombres que habían ido a compartir una carne a la parrilla, choripanes, un jarro de borgoña, botellas de vino y un buen whisky; sobre todo, horas de conversación.
El tema era el de siempre: el fútbol, más específicamente el fútbol de sus años. Se hablaba de jugadas, de jugadores, de goles, lesiones y expulsiones, tácticas, preparadores físicos, entrenadores, meras cáscaras del gran anhelo humano: ser valorado, ser querido, ser escuchado.
Él era el rey de reyes. El especialista en un grupo de especialistas. Podía haber diferencia de opiniones, ciertos escrúpulos, acaso veleidades, mas no ignorancia. Todos dominaban al dedillo cada tema del que se hablaba. Era un grupo de iniciados, socios de un clan privado.
Más allá de su estado de felicidad intuia que el monstruito lo seguía esperando bajo la alcantarilla, paciente y burlón, para hacerle ver todo aquello que lo sacaba de quicio y que desequilibraba su mente, haciéndola descender a los infiernos: la ignorancia, la imprecisión, la desmemoria de los otros, la falla en el detalle fino.
Pero mañana sería otro día; hoy almorzaba en el paraíso.
Ocurrió entonces un extraño fenómeno, digno de ser examinado bajo el microscopio del científico: con el correr de las horas la charla, en vez de declinar, se potenció. Los apetitos no fueron aplacados y entre recuerdo y recuerdo nuevos cortes de carne fueron a dar a la parrilla, cuyos carbones mantuvieron su fuego. Las botellas se descorchaban, se vaciaban y volvían a llenarse. Ninguno de los presentes estaba satisfecho, ninguno ebrio. Las anécdotas parecían no agotarse, aunque eran las mismas, reconstruidas para provocar severo asombro cada vez. A cada segundo atardecía, mas el sol brillaba fijo y tenue sobre la pandereta, negándose a dejarlos, furtivo espía envidioso de la reunión.
Los amigos habían llegado al acuerdo tácito de rebobinar el tiempo, llevarlo atrás para volver a echarlo a andar, como el eterno juego del trompo y la cuerda. Y sin embargo aquel parrón era apenas un punto rodeado de puntos que conformaban el paraíso total.
El paraíso total era inefable.
En este mundo tan extraño, cada cual vivía en su propio paraíso. Un hombre conquistaba a una mujer interesada en el dinero, una chica de café. Su departamento se hallaba del otro lado de la pandereta y el amor consistía en darle todo aquello que pedía, por el gusto de adorarla. La orgía se le hacía eterna. El paraíso de la chica de café estaba sin embargo más allá, en una tienda de ropa, de lo que se desprende que era capaz de desdoblarse, pues mientras se dejaba amar a cambio de dinero su goce real estaba en la tienda con su pasadizo de vestidos, faldas, pañuelos y carteras. Miraba precios, se detenía, seguía caminando, dejaba pasar la tarde entera en un local que jamás cerraba, siempre dispuesto a complacerla. Los serviles dependientes, en tanto, disfrutaban sus propios paraísos, inexplicablemente cercanos unos de otros y sin embargo aislados como esferas de plomo. El vendedor moría en el anfiteatro general escuchando su ópera favorita, Tosca, que le brindaba una y otra vez la misma aria, el mismo lamento, el mismo infortunio romántico. La vendedora disfrutaba una interminable once con sus hijas al calor de la estufa a parafina de su casa de población, mientras su esposo compartía el paraíso con su amante en un motel de paredes húmedas que multiplicaban el éxtasis de sus tres horas de placer hasta el infinito. Del otro lado de la pared, un obseso del mundo del boxeo ordenaba los más mínimos detalles de la velada nocturna por el secreto placer de darle en el gusto a su padre y a la vez, de contradecirlo, traicionarlo, gritarle en su tumba, más allá del cementerio, si había sido capaz de entender, si alguna vez sospechó a dónde lo llevaría esa costumbre maldita de recibir siempre el consejo inteligente, la última palabra. En el valle transitaba también el hombre que lo observaba todo; su paraíso estaba en los otros paraísos y a pesar de ser visible, era invisible.  

jueves, junio 15, 2017

Los artistas del hambre

Mi gata se arrastra como un cuero viejo; mi nieto de dos años arma su show sobre una escala de piedra, de pelo largo. En las esquinas, jóvenes se ganan la vida haciendo piruetas; en las micros y en el Metro suben a cantar. Donde quiera que vaya por la calle veo gente haciendo gracias. En cada intersección me recibe un mago, un trío de acróbatas, un cuarteto de gimnastas, un lanzafuegos.
Cuchillas voladoras, artistas del hambre.
Quisiera ver matemáticos demostrando teoremas, ingenieros haciendo cálculos, abogados ganando juicios, pero solo veo artistas pobres. Dónde están los doctores en Filosofía, dónde están los doctores en Literatura. Veo tanta pobreza, tanta necesidad, tantas ganas de apropiarse del tiempo y el espacio.
Yo me estoy deteriorando; recién ahora percibo el deterioro.
Y sin embargo el arte es la manifestación más elevada del espíritu. Pero también es verdad que todos somos artistas, todos tenemos nuestra gracia.
Para saciar el hambre, a lo único que se puede apelar dignamente en una esquina es a la gracia.

martes, junio 06, 2017

Tarde de sábado

Ha terminado la final de la Champions. Venció el Real Madrid, inapelablemente. Vislumbro ahora una oleada de angustia, con toda la tarde por delante. No sería bueno continuar sentado en el sofá; iré al supermercado a comprar cosas para la once, mataré media hora de tiempo.
Cuando esté sentado tomando once, ya ha pasado antes, casi todos los fines de semana, engulliré rápido y miraré al vacío. En la mesa me harán bromas, se aludirá a mi cara de pescado.
En las grandes ocasiones, en las grandes cenas, en las grandes fiestas. Vuelvo la mente hacia el pasado, sé que dije muchas cosas pero no recuerdo cuáles. Miro hacia más atrás y no recuerdo quiénes estaban presentes.
Cómo decirles que tengo el corazón demasiado lleno y que lo que hay adentro no sale, está atascado. El miedo y la tristeza son los enemigos. Si pudiese hablar, se irían tal vez como perros resignados.
Qué son los arreboles si a algunos les falta el sustento. Qué son los arreboles si la vaga inquietud se viste con ropas extrañas.

jueves, mayo 25, 2017

El desterrado

Soy un desterrado. Me han venido a botar al fondo de un desfiladero desértico; siento a lo lejos el batir de las alas de los cóndores, que vuelan muy bajo, como si ya anduvieran buscándome para disfrutar de mis entrañas.
Echado en la tierra, malherido, yazgo bajo el sombrío atardecer a merced de quien quiera hacerme daño.
Del cielo baja un viejo amor y se me acerca. A punto de pisotearme aguardo, resignado, el castigo de su resentimiento.
No le temo al momento que habrá de venir; en otras circunstancias estaría aterrado. No vivo el miedo en su forma original, porque sospecho que la condena se levantará en el último segundo, que seré sobreseído parcialmente y que se me trasladará a otras tierras, allí donde impera la posibilidad del amor confuso, plagado de sentidos dobles.

martes, mayo 16, 2017

El hombre del Metro

Lo puede ver cualquier pasajero que, como yo, circule por el Metro a eso de las nueve y cuarto de la mañana. Está sentado de pierna cruzada en la estación Salvador, andén norte, en el primer puesto de la corrida de asientos amarillos. En época de otoño, que es esta, suele vestir chaqueta y zapatos de gamuza, sweater, pantalones oscuros, soquetes de lana. Las manos, sobre las piernas, una arriba de la otra; los ojos, cerrados. Los viernes, inexplicablemente, no está. Los sábados y domingos no hago el trayecto.
¿Quién es? ¿Por qué existe solo en ese momento y no en otro? ¿Viene saliendo de la oficina o mata el tiempo antes de entrar a trabajar? ¿Espera a su pareja? ¿Por qué no abre los ojos?
Bastaría que el pasajero que se fija en él descendiera del carro en esa estación para saberlo. Le preguntaría, él le respondería y el asunto quedaría solucionado. El freno es que la realidad, cuando se explica mediante la razón, termina siendo banal, y eso la rebaja. La realidad se pinta de absurdo; sus secretos son simples.
Cabe otra posibilidad. El pasajero curioso se topa a boca de jarro con una verdad que le eriza los pelos: el hombre sentado en el andén de la estación es él mismo; sus ojos cerrados imaginan que él se mira desde el carro, de lunes a jueves, a eso de las nueve y cuarto de la mañana. Subsiste, sin embargo, el misterio de los días viernes.
Llevo a mi padre en bicicleta y paso por la casa del Julio. Por alguien supe que está enfermo. Las paredes de su casa se han desmoronado.
Entro al dormitorio, ese dormitorio confuso con dos camas, grisáceo. En una cama, mi tía; en la otra, el edredón desordenado, formando un bulto sobre la almohada. Debajo, la voz del Julio.
-Dile a mi mamá que deje de hablar. No me siento bien.
Desde la otra cama, mi tía derrama palabras viscosas. El escenario es la suma de un montón de palabras viscosas mezcladas con el gris del pensamiento. Si hay una cabeza pensante, nada bueno puede salir de esas palabras y de esa pieza contaminada, vaporosa.
-¿Tan mal estás?
-Sí.
El Julio se incorpora a medias y me muestra su barriga. No advierto signos preocupantes, pero sé que me dice la verdad.
-Me han dado dos días de vida.
Miro entre las sombrías hojas de un arbusto; abajo, en un arroyo oscuro y sereno nada un gatito hacia la orilla.

martes, mayo 09, 2017

Encuentro con EL CABEZÓN ROMERO

Los días no son soleados ni brumosos, pueden ser también marrones; suceden estos en circunstancias especiales, como la vuelta de una esquina en una ciudad dominada por sus techos. La luz se transmite allí sin sombras, ha de parecerse a los dibujos coloreados con lápices por estudiantes de enseñanza media. Atravieso entonces la calle y me topo a boca de jarro con EL CABEZÓN ROMERO, plantado sobre la vereda. Lo veo muy grande, más aún de lo que siempre ha sido. O tal vez nunca fue de otro tamaño, lo concreto es que al acercarme a saludarlo le llego apenas al pecho. Viste de marrón, tiene la cabeza grande y el pelo le brilla, negro, tal como su sonrisa celestial, una sonrisa que muestra los dientes. Pareciera tener los ojos pintados, porque se le destacan demasiado; luce bigote. Trato de abrazarlo, pero mis brazos no dan el ancho.
-¡Mamá, este es!
Pero mi mamá lo saluda de costado, no puedo creer que no lo reconozca.
-¡Mamá, pero si es EL CABEZÓN ROMERO, el hijo de la señora Lidia Pelayo!
Ah, sí, me responde, y hace un ademán raro, como si recapacitara.
Mi madre no ha reaccionado como antes. En esos tiempos solía ser extremadamente efusiva, clara como el agua de la vertiente y tierna como los brotes de una lechuga. Podía demorarse una hora en transitar una cuadra, regalándole todo su tiempo a cada vecino que se paraba a saludarla.
Mi primo me observa de costado, con un ademán sereno; es una especie de busto de carne, y no lleva camisa. Cuesta creer que hace apenas una semana estaba vivo, ¿en qué mundo estoy?
Estos días he estado leyendo a Borges; en el libro le dedica varias páginas a Swedenborg, el místico. Afirma este último que el muerto ignora primeramente que está muerto: ve y comparte con su misma gente. Semanas, meses. De pronto comienzan a aparecer desconocidos...
Yo he compartido con mi madre y con EL CABEZÓN ROMERO y con el nombre de la señora Lidia Pelayo, habitantes del Cielo de Swedenborg. Y el único muerto en esa ciudad ni soleada ni brumosa, esa ciudad color marrón, era mi primo, quien, por lo que me han contado, sigue vivo.    

lunes, abril 03, 2017

Recelo, escrúpulos

I

-Eh, usted...
-¿Yo? ¿Me habla a mí?
-Sí, a usted. Escúcheme.
-¿Qué desea?
-No dispongo de tiempo. Solo quiero ofrecerle un regalo.
-¿Esta carpeta?
-Ábrala y vea lo que contiene. Consérvela. Es toda suya. Ahora debo irme, tengo demasiadas cosas que hacer.
-Pero...

II

(Al abrir la carpeta, esta le revela al receptor los datos personales de seis millonarios, hombres que labraron dudosamente su fortuna, personajes famosos por el desprecio de que son objeto por parte de la sociedad. Si jamás han ido a la cárcel, esto se debe al poder para comprarlo todo que emana de sus fortunas. Sus figuras, en efecto, no despiertan simpatía alguna; acaso se deba a que ellos mismos lo quisieron así. Dicho en una sola palabra, los seis son aborrecibles. El documento en que aparecen sus nombres está acompañado por los números de sus cédulas de identidad y los números y claves de sus cuentas bancarias. De un sobre cerrado surgen físicamente las tarjetas que guardan las coordenadas obligatorias para confirmar cualquier transferencia que se pudiese efectuar desde dichas cuentas a través de internet).

III

¡No es broma!, ¡son reales! Tengo sus datos en mi computadora y puedo hacer ahora mismo la transferencia que desee a mi propia cuenta. Los saldos me nublan la vista, se me acelera el corazón al comprobarlos. No he robado, no sería delito apropiarme de esas sumas de dinero. No todo, solo una partecita. Para mí sería una catarata de bienestar y para ellos una migaja imperceptible. Pero aun así, tarde o temprano sus asesores habrán de dar con mi paradero y deberé justificar ante la ley mis nuevos ingresos. ¿Qué diré entonces? ¿Que soy un ladrón que roba a un ladrón? Sí, me defenderé diciendo que les sustraje legalmente una parte insignificante de su patrimonio en consideración a lo que ellos nos han robado durante tantos años. ¿Podrán acusarme de apropiación indebida? ¿Terminaré en el banquillo de un tribunal? ¿Serán mis jueces parte de la trama o ellos les darán de beber de su propia medicina, hallándose en aquel momento a buen resguardo?  Mi conciencia está tranquila; pero sigo indeciso...