martes, agosto 15, 2017

Visiones

Decían, con frases cortantes, a la rápida, que se navegaba en un mar agitado y era cosa de palparlo, lo que se podría llamar un pleonasmo de lenguas mordaces hablando sobre la evidente ferocidad del océano: las olas asaltaban la cubierta, dejando una estela de espuma rabiosa que se iba por los bordes antes de que llegara la próxima advertencia.
Había proyectado, y lo seguía pensando, que a contar de ahora comenzaría para mí el tiempo sosegado, pero las inclemencias meteorológicas enviaban señales inquietantes. Descubrí, agarrado a la baranda, el único del grupo, que mi personalidad se había forjado de temprano a través del simple expediente de mirar por encima o por debajo. Podía obedecer, reverenciar, cumplir con éxito lo que se esperaba de mí; podía sentir piedad, desprecio, desconsuelo. Pero no había un horizonte que al separar, igualara. Era esa la fórmula que había que romper, pero no disponía de las herramientas ni del secreto para lograrlo.
La nave se dejaba llevar hasta la base de una ola gigantesca, perdiendo todo contacto con el mundo exterior, rodeada de una verde oscuridad donde se desparramaban y eran tragados en cosa de segundos vómitos compungidos, asquerosos; cuando parecía todo perdido ella y nosotros volábamos de un salto a la cresta blanquecina: allí el viento mojado lanzaba carcajadas sobre mi rostro y el de los demás marineros, que hacían su trabajo.

sábado, julio 15, 2017

Silvestre

Ya te has ido; nos dejaste muy temprano.
Esta noche hace frío, la Jiji duerme a los pies de la estufa; tú duermes bajo la tierra húmeda y helada.
Pero hay un paraíso, y allí está tu alma de gatito, con la Droya, la Diana, Runy, Estinfis, la perrita Cleo.
Oh, Dios, qué triste es recordar a los muertos inocentes.

martes, julio 11, 2017

Una bandada de loros

La bandada de loros no dejaba dormir al chino del cuarto piso. El chino se revolvía en la cama, con las ventanas y las cortinas cerradas, pero la locuacidad de los loros instalados en la rama que daba justo frente a su habitación traspasaba toda barrera. El chino se levantó y telefoneó al conserje, exigiéndole que hiciera callar a los loros. El conserje le contestó que haría lo humanamente posible. El chino volvió a la cama y se tapó hasta la cabeza, pero los loros se le metían dentro de la cama.
De pronto cesó el barullo. Los loros guardaron un sepulcral silencio. El chino no cantó victoria, sino que se concentró en el silencio, esperando el mínimo roce de una rama antes de entregarse al sueño. Los loros volvieron a su alegato; era una pausa que se habían dado sin explicación.
Santiago amaneció nublado; al mediodía el esmog se hizo insoportable y por la tarde se veían carabineros pasando partes. El chino volvió al edificio muerto de sueño, casi arrastrándose. Antes de entrar miró hacia las ramas. El conserje había entrado a su turno hacía poco.
Años atrás la plaga de los loros no existía. En cambio se veían demasiados gorriones, que eran considerados feos, mínimos, grises. Lentamente los mirlos fueron reemplazando a los gorriones; pero los loros salieron de la nada y ahora se repartían las alturas con las palomas. Los loros en los árboles y las palomas en las cornisas y en las baldosas de las plazas. El chino mezcló un par de huevos fritos con carne mongoliana y se sentó a ver la televisión. Era impresionante cómo se mataba a cualquiera hoy en día. Hundió el pan en el huevo, en su país no se acostumbraba a comer así, su madre lo habría regañado, tratado de traidor, poco chino. Bebía cerveza Escudo.
Las noches santiaguinas se habían dividido en dos: noches sosegadas y noches movidas. Los días de semana, noches sosegadas; los fines de semana, noches movidas. Pero también los barrios se habían dividido en dos: barrios sosegados y barrios agitados. El chino celebraba a todo volumen con sus amigos en el cuarto piso; le era imposible oír el citófono, de modo que el conserje se tuvo que dar el trabajo de subir y llamar a su puerta. Eran las cuatro de la mañana y el edificio entero le suplicaba que terminara la fiesta, si es que esas, suplicar y fiesta, fuesen las palabras correctas. Los amigos bajaron a trastabillones y el chino bajó con ellos. Hacía un frío de los mil demonios, habían anunciado heladas al amanecer, pero los parranderos iban en mangas de camisa. Subieron a un solo auto, se sintió un intenso ruido de motor y el vehículo se perdió en la oscuridad en cosa de segundos.
Como la mayoría de los chinos, el chino tenía una edad indefinible. Bien podía estar bordeando los cuarenta como los sesenta. Por ahí andaba. Su forma de expresarse tampoco ayudaba mucho. Apenas pronunciaba el español y qué decir de escribirlo. El cheque de los gastos comunes era regularmente devuelto por el banco a la conserjería. Invariablemente escribía noventa y cinco mil nobi taci col y no había forma de corregirlo. En vez de Santiago ponía Shang Go y para colmo firmaba hacia abajo, saliéndose casi los sinogramas del papel. Acabó pagando el dinero en efectivo.
Los maleficios que le echaron al chino esa noche de parranda le enseñaron una nueva frase a la bandada de loros. El chino despertó a las cinco de la tarde, con una pulmonía en ciernes y la cabeza abombada; los loros exclamaban chino cochino, chino cochino.
Otra mañana el chino se revolvía en la cama, intentando desentenderse del problema de los loros; los loros repetían:
-Ta lloviendo... Ta lloviendo...
Otra mañana el chino no podía conciliar el sueño; los loros repetían:
-Ta nubláo... Ta nubláo...
El chino aprendía el español gracias a los loros; los loros lo aprendían del vecindario.
-Pone la tetera, pone la tetera...
-Mamita la papa... Mamita la papa...
El conserje veía la televisión en su aparatito de nueve pulgadas, situado bajo la cubierta del mesón. El chino lo vio de lejos y entró nervioso; portaba un maletín y una funda larga que trataba de disimular llevándola en forma vertical, paralela a su pierna derecha, la que no daba al mesón. Perfectamente podría haber contenido un arma. Un rifle. El conserje lo saludó y continuó mirando su programa, "Vértigo". Se reía solo con las bromas pesadas de Yerko Puchento, el humorista vocero del Partido Comunista. El conserje no era comunista, pero se sentía identificado con el discurso del humorista político. Esa era la maravilla de los comunistas: hacían que la gente, las personas, se sintieran como si fuesen comunistas. Cuando despertaban del sueño ya era tarde; los comunistas habían cambiado su discurso, como la bandada de loros.
El chino se metió al ascensor, sobándose las manos. Entró a su departamento y corrió el cierre de la funda: efectivamente, guardaba un rifle, al que no tardó en instalarle un silenciador que sacó del maletín. Puso además sobre la mesa una cajita de postones y un visor nocturno infrarrojo.
La ventana estaba abierta. Apuntó con sigilo al loro más fácil, disparó y le voló un ojo, pero no lo mató. La bandada se dispersó en el cielo; el loro herido quiso seguir a sus hermanos, pero lo hacía en círculos que lo iban alejando más y más de la bandada, a su pesar. Una nube ocultó la luna y lo privó de la escasa visión del entorno que aún lo mantenía en el aire, y así se vio obligado a devolverse al árbol de su desgracia, errando de tal manera la ruta que fue a dar a la pieza del chino, quien lo observó estupefacto.
-Pone la tetera... Chino cochino...
Se puso guantes y lo tomó en sus manos. El ojo le colgaba de la órbita. De un tirón se lo sacó y el loro gritó de dolor.
-¡Ta nubláo!... ¡Ta nubláo!...
Lo encerró en una caja de zapatos. El loro enloqueció de terror y fue perdiendo el conocimiento por falta de aire. El chino hundió varias veces la punta de un lápiz en la tapa; los portillos le proporcionaron el oxígeno que necesitaba y el animal pareció tranquilizarse. El chino acercó la oreja a la caja y sintió su respiración rítmica y serena: ahora dormía todo lo plácidamente que podía. Pensó durante un segundo traer dos cucharas y hacer un redoble de tambores en la caja, de tal manera que le fuese imposible conciliar el sueño, mas le pareció de una crueldad sin límite. Ya se había vengado, y bien vengado; ahora comenzaba un nuevo capítulo en la historia.
Cortó una telita negra de género con sendas perforaciones en sus extremos a la que amarró con esmero un elástico. Abrió la caja y rodeó el elástico por la cabeza del loro, dejando la tela sobre el ojo huero. El loro dormía profundamente. Le recortó las alas con una tijera y volvió a cerrar la caja. Luego se fue a su cama. En cosa de minutos el chino roncaba como nunca en su vida.
No había aclarado, pero andaba cerca, cuando fue despertado por la bandada de loros. Estaban enfurecidos y lo miraban directamente a la cara. El loro tuerto los azuzaba desde la caja de zapatos; los mensajes se cruzaban y el chino, vestido en calzoncillos entre ambos, apuntaba al árbol con el rifle a postones. Pero los loros habían aprendido la lección y se echaron a volar antes del disparo, que fue a dar al edificio del frente. El postón pegó débilmente en una ventana, sin mayores repercusiones en el orden material, aunque el sonido bastó para que la vecina que arrendaba dicho departamento sacara la cabeza y viera al chino armado de un rifle. El chino corrió la cortina y volvió a la cama. El árbol se hallaba repleto de loros, un ejército de loros que se distribuyó en batallones ubicados estratégicamente en torno a su enemigo. La mayoría permaneció en las ramas que daban al departamento del chino, otra buena parte se ubicó unos dos pisos más arriba y la sección que podría tildarse como la de los boinas verdes puso sus patas en el alféizar de la ventanilla de la cocina, que había quedado abierta y por la cual fueron entrando uno a uno, hasta asentarse en el terreno ya conquistado. Sentados alrededor de la mesa del living comedor, el chino se vio obligado a firmar un armisticio en los términos más degradantes para él y su destino. De aquí en adelante debería enseñar el idioma chino mandarín al loro tuerto, quien transmitiría las enseñanzas a sus hermanos una vez a la semana, en clases que les dictaría desde la caja de zapatos. Las clases se realizarían a las cuatro de la mañana de los días sábados y durarían tres horas. El chino puso la firma y los boinas verdes regresaron a su hábitat.
La vecina del departamento del frente veía todas las tardes al chino hablándole a una caja de zapatos.
-Sha yïngwu... Sha yïngwu...
-Bié fán wo... Bié fán wo...
-Yïngwu wài... Yïngwu wài...
-Qu Nanjing...
Los sábados en la madrugada, a eso de las cuatro y cuarto, el chino se revolvía en la cama, martirizado con la defectuosa repetición de sus propias enseñanzas.
-Chinguwa... Bifanwó...
No tardó la vecina en avisar al conserje. Quince días después se dejó caer por el barrio una señora de baja estatura y rasgos orientales, vestida de gris, edad indefinible, diríase entre setenta y cien años. La recibió el conserje y la acompañó hasta el departamento del chino. Tocó el timbre y se retiró, dejándola sola frente a la puerta. La vecina del frente vio cuando la mujer entró al departamento y agarró a bastonazos al chino, sin que este hiciera el menor intento por detenerla; a lo más se cubría con los brazos mientras el loro sacaba la cabeza de la caja de zapatos y miraba la escena con el ojo solitario.
-Ta lloviendo Hong Kong... Ta lloviendo Hong Kong....
La señora estaba el día entero viendo la televisión. Era de no creer la cantidad de información valiosa y desechable que recibía su cerebro, teniendo en consideración que la mujer era fanática del zapping. Así se enteró de la existencia del músico Rodríguez, "Sugar Man", y de las ocurrencias de Ziggy Stardust, quien no la terminaba de convencer, pues se le antojó que su música era más teoría que música, a diferencia de las canciones de Leo Dan, que eran música pura, sin teoría alguna que la respaldara. Aun así echaba de menos la ópera china y en las tardes brumosas apretaba el bastón con la mano y daba golpes tan fuertes en el piso que no pasaban cinco minutos antes de que el conserje concurriera al departamento a pedir silencio.
Si el loro salía de la caja de zapatos le daba un bastonazo. Un día le dio un bastonazo tan violento que el loro falleció, víctima de un traumatismo encéfalo craneano, pero la mujer no dijo nada y lo encerró en la caja de zapatos. Cuando el chino hizo su ingreso esa tarde lo recibió de mejor humor. El chino estaba preparado para los bastonazos; en cambio la mujer le ordenó que se lavara las manos. Al sentarse a la mesa lo esperaba un loro al horno al estilo Nanjing, acompañado de verdura cocida en cuadraditos. El chino lo reconoció por el ojo huero. La  mujer lo había cocinado con esmero, pero un pedazo de elástico pegado a la cabeza producto del bastonazo se derritió en la fuente y el loro adquirió el clásico sabor amargo de la comida japonesa. Mientras cenaban frente a la pantalla, ambos con ese pensamiento en la mente, que no se confesaban, el del maldito sabor del loro, sabor japonés, sabor del enemigo que los había humillado en la guerra, la bandada permanecía al acecho, esperando el llamado del loro tuerto, que no llegaba. El edificio sacaba el habla; los loros repetían:
-Má suavecito miamó... Má suavecito miamó...
Tal como un hombre que se desplaza a tientas sobre un terreno minado, como si fuese un artista que se adentra en el campo de la poesía sin conocer de ella más que lo que le dicta el corazón, ignorando sus variables técnicas e históricas, la memoria de los especialistas, los comentarios sesudos, el chino usufructuaba de un espacio que no le pertenecía. Nada de lo que lo rodeaba le pertenecía, era el mundo entero un enigma plagado de contradicciones y ataques a su persona. Especialmente los eternos ataques de su madre. Si hubiese querido vivir de otra manera no habría podido, pero tampoco habría sabido decir cómo había llegado a vivir la vida que llevaba.
Por la mañana despertó con una sensación rara. Miró el despertador: eran pasadas las 11 y media, ya no tenía sentido llegar al trabajo dando explicaciones. Sobre el velador estaba la sierra eléctrica. ¿Qué pasó que no lo levantaron a las 7 en punto a bastonazos? Movió la cabeza a ambos lados, puso cara de extrañeza, se desperezó y partió a la cocina en calzoncillos, a prepararse el desayuno. La ola de calor anunciada la víspera ya se hacía sentir. Por la tarde, al volver a su departamento, la bandada de loros no se movía de las ramas, abrasada, presa de un ardor intranquilo. Sin embargo los ojos apuntaban a su ventana, todos juntos, llorando de rabia, conscientes del secreto. Cuando al chino le pareció que ya era conveniente echar un vistazo a la otra pieza, se asomó y vio que la mujer yacía muerta en la cama, partida en dos. La bandada de loros lo recriminó, a gritos ensordecedores:
-¡Sipantú!... ¡Sipantú!...
El chino se acercó a la cama y examinó el cadáver. Le parecía curioso que no hubiese una sola gota de sangre. Descubrió que los loros primero la habían asfixiado y enseguida le habían extraído la sangre con una manguerita, sangre que vertieron al escusado, según revelaban unas manchas descuidadas sobre la baldosa, que limpió con un paño. Las aves habían puesto su rúbrica con la sierra eléctrica.
El chino pensó completar la tarea de los loros y descuartizar a la mujer. Pero sintió que habría sido de una crueldad sin límites, otra vez el mismo pensamiento, proceder de esa forma y entonces ideó sacarla del lugar y hacerla desaparecer. Por la mañana salió y volvió con una silla de ruedas; el conserje le escuchó decir que ella retornaba a la República Popular de la China, de manera que minutos más tarde no le extrañó verla bajar sentada en la silla de ruedas, y el chino empujándola, claro que estaba demasiado pálida, pero los orientales tienen la piel amarilla. La mujer se balanceaba de forma muy rara en la silla, tanto así que de pronto la mitad superior del cuerpo descendió bruscamente hasta tocar el asiento, en tanto que las piernas, que estaban cubiertas por una manta, se le alargaron hacia adelante, como si su cuerpo se hubiese achicado por arriba y crecido por abajo. El chino la subió con silla y todo al espacio de carga de la camioneta, sujetándola con un pulpo de goma cuyos extremos de alambre ancló a los bordes del vehículo. Cuando llegó al vertedero de Til Til la arrojó entera sobre el montón de desperdicios, pero justo venía un camión de la basura y el chino tuvo que salir corriendo para no ser aplastado. El camión volcó su carga y emprendió el regreso a la ciudad. Desde un promontorio contempló la escena: los zapatos de la mujer sobresalían apenas del cúmulo de inmundicias; a un par de metros podía verse su torso, de frente, mirándolo a los ojos, una mano apoyada en el bastón y la otra moviéndose de arriba abajo, saludando como el gato chino de la suerte. El chino bajó a la basura, le vació el extintor, cubriéndola de espuma, y se marchó. Los loros repetían, frente al edificio:
-Tonto leso... Tonto leso...
-Te sacái puros rojos... Te sacái puros rojos...
En el servicentro de Til Til pidió que le llenaran el extintor con parafina. Se le cumplió su singular petición con débiles reparos; el chino se salió con la suya y volvió al departamento. Atardecía. Allí lo esperaba la bandada de loros, soportando estoicamente el calor infernal que azotaba a la ciudad. Los loros  le seguían sus pasos con una mirada enfermiza, la vecina del frente se echaba aire con un abanico.
-Chino cochino... chino cochino...
El chino se echó desnudo sobre la cama y cerró los ojos, sudoroso, pero la bandada de loros no lo dejaba dormir, con su griterío diabólico. Extrajo el extintor, se acercó a la ventana, lo abrió a todo dar y frotó el encendedor. Pero la parafina salió del tubo como la orina de un enfermo de la próstata y el fuego cayó en gotitas y apenas alcanzó para encender una cortina del departamento; carecía de la presión necesaria para apuntar a los loros. El chino abrió todas las llaves del gas, echó la parafina en una palangana, la encendió y le aplicó el secador de pelo. El gas, que iba ocupando su espacio, hizo lo suyo y el fuego salió disparado hacia los loros desprevenidos, que se incendiaron con las ramas, echándose a volar. El cielo de la noche se cubrió de estrellas rojas, fosforescentes, figuras danzantes de luz, una poesía de la muerte, estrellitas que volaron hacia lo alto durante un minuto, hasta que se apagaron y cayeron carbonizadas al vacío entre el ulular de las sirenas, como restos de fuegos artificiales.


viernes, junio 23, 2017

Almuerzo en el paraíso

¿Había entrado al esquivo paraíso? A medida que los demás invitados llegaban y los iba reconociendo, la sensación de amargura que últimamente copaba sus espacios, sus horas, sus días enteros, desaparecía como lluvia tragada por la alcantarilla. Casi podía ver a ese monstruito irónico, allá bajo la tierra, sonriendo, brillando hasta perderse en la profundidad de la cloaca.
Existía una vida sin ira y sin tormentos, una vida simple y cristalina: la que comenzaba a vivir a esa hora bajo el parrón de la casa de su amigo. ¿En qué consistía? En un grupo de hombres que habían ido a compartir una carne a la parrilla, choripanes, un jarro de borgoña, botellas de vino, un buen whisky; pero sobre todo, horas de conversación.
El tema era el de siempre: el fútbol, específicamente el fútbol de sus años. Se hablaba de jugadas, de jugadores, de goles, lesiones y expulsiones, tácticas, preparadores físicos, entrenadores, meras cáscaras del gran anhelo humano: ser valorado, ser querido, ser escuchado.
Él era el rey de reyes. El especialista en un grupo de especialistas. Podía haber diferencia de opiniones, ciertos escrúpulos, acaso veleidades, mas no ignorancia. Todos dominaban al dedillo cada tema del que se hablaba. Era un grupo de iniciados, socios de un clan privado.
Más allá de su estado de felicidad intuía que el monstruito seguía esperándolo bajo la alcantarilla, paciente y burlón, para ofrecerle a sus ojos todo aquello que lo sacaba de quicio y que desequilibraba su mente, haciéndola descender a los infiernos: la ignorancia, la imprecisión, la desmemoria de los otros, la falla en el detalle fino.
Pero mañana sería otro día; hoy almorzaba en el paraíso.
Ocurrió entonces un fenómeno digno de ser examinado bajo el microscopio del científico: con el correr de las horas la charla, en vez de declinar, se potenció. Los apetitos no fueron aplacados y entre recuerdo y recuerdo nuevos cortes de carne fueron a dar al asador, cuyos carbones mantuvieron su fuego. Las botellas se descorchaban, se vaciaban y volvían a llenarse. Ninguno de los presentes estaba satisfecho, ninguno ebrio. Las anécdotas parecían no agotarse, aunque eran las mismas, reconstruidas para provocar severo asombro cada vez. Segundo tras segundo atardecía, mas el sol brillaba fijo y tenue sobre la pandereta, negándose a dejarlos, furtivo espía envidioso de la reunión.
Los amigos habían llegado al acuerdo tácito de rebobinar el tiempo, llevarlo atrás para volver a echarlo a andar, como el eterno juego del trompo y la cuerda. Y sin embargo aquel parrón era apenas un punto rodeado de puntos que conformaban el paraíso total.
El paraíso total era inefable.
En este mundo tan extraño, cada cual vivía en su propio paraíso. Un hombre conquistaba a una mujer interesada en el dinero, una chica de café. Su departamento se hallaba del otro lado de la pandereta y el amor consistía en darle todo aquello que pedía, por el gusto de adorarla. La orgía se le hacía eterna. El paraíso de la chica de café estaba sin embargo más allá, en una tienda de ropa, de lo que se desprende que era capaz de desdoblarse, pues mientras se dejaba amar a cambio de regalos su goce real estaba en la tienda con su pasadizo de vestidos, faldas, pañuelos y carteras. Miraba precios, se detenía, seguía caminando, dejaba pasar la tarde entera en un local que jamás cerraba, siempre dispuesto a complacerla. Los serviles dependientes, en tanto, disfrutaban sus propios paraísos, inexplicablemente cercanos unos de otros y sin embargo aislados como esferas de plomo. El vendedor moría en el anfiteatro general escuchando su ópera favorita, Tosca, que le brindaba una y otra vez la misma aria, el mismo lamento, el mismo infortunio romántico. La vendedora disfrutaba de una interminable velada con sus hijas al calor de la estufa a parafina de su casa de población, mientras su esposo compartía el paraíso con la secreta amante en un motel de paredes húmedas que multiplicaban el éxtasis de sus tres horas de placer hasta el infinito. Del otro lado de la pared, un venerador del mundo del boxeo gozaba desde la oscura y fría galería una velada interminable de combates, uno tras otro. Era allí el gong entre round y round un reloj que repetía las campanadas del círculo del tiempo, un tiempo envuelto en golpes, caídas, sangre y saliva, amarres, forcejeos y sobre todo la sensación íntima de darle el gusto a su padre y a la vez, de contradecirlo, traicionarlo, gritarle en su tumba, más allá del cementerio, si había sido capaz de entender, si alguna vez sospechó a dónde lo llevaría esa costumbre maldita de recibir siempre el consejo inteligente, la última palabra. En el valle transitaba también el hombre que lo observaba todo; su paraíso estaba en los otros paraísos y a pesar de ser visible, era invisible. Otro hombre dormía la siesta en el sofá, tapadas sus piernas con una frazada, una copa de coñac a medio servir en la mesita de arrimo y la voz de Jonas Kaufmann saliendo del parlante de la radio. La viciosa de los libros hacía del paraíso de los artistas su paraíso propio, como si la felicidad pudiese ser, y lo era de hecho, una experiencia que se pega.

jueves, junio 15, 2017

Los artistas del hambre

Mi gata se arrastra como un cuero viejo; mi nieto de dos años arma su show sobre una escala de piedra, de pelo largo. En las esquinas, jóvenes se ganan la vida haciendo piruetas; en las micros y en el Metro suben a cantar. Donde quiera que vaya por la calle veo gente haciendo gracias. En cada intersección me recibe un mago, un trío de acróbatas, un cuarteto de gimnastas, un lanzafuegos.
Cuchillas voladoras, artistas del hambre.
Quisiera ver matemáticos demostrando teoremas, ingenieros haciendo cálculos, abogados ganando juicios, pero solo veo artistas pobres. Dónde están los doctores en Filosofía, dónde están los doctores en Literatura. Veo tanta pobreza, tanta necesidad, tantas ganas de apropiarse del tiempo y el espacio.
Yo me estoy deteriorando; recién ahora percibo el deterioro.
Y sin embargo el arte es la manifestación más elevada del espíritu. Pero también es verdad que todos somos artistas, todos tenemos nuestra gracia.
Para saciar el hambre, a lo único que se puede apelar dignamente en una esquina es a la gracia.

martes, junio 06, 2017

Tarde de sábado

Ha terminado la final de la Champions. Venció el Real Madrid, inapelablemente. Vislumbro ahora una oleada de angustia, con toda la tarde por delante. No sería bueno continuar sentado en el sofá; iré al supermercado a comprar cosas para la once, mataré media hora de tiempo.
Cuando esté sentado tomando once, ya ha pasado antes, casi todos los fines de semana, engulliré rápido y miraré al vacío. En la mesa me harán bromas, se aludirá a mi cara de pescado.
En las grandes ocasiones, en las grandes cenas, en las grandes fiestas. Vuelvo la mente hacia el pasado, sé que dije muchas cosas pero no recuerdo cuáles. Miro hacia más atrás y no recuerdo quiénes estaban presentes.
Cómo decirles que tengo el corazón demasiado lleno y que lo que hay adentro no sale, está atascado. El miedo y la tristeza son los enemigos. Si pudiese hablar, se irían tal vez como perros resignados.
Qué son los arreboles si a algunos les falta el sustento. Qué son los arreboles si la vaga inquietud se viste con ropas extrañas.

jueves, mayo 25, 2017

El desterrado

Soy un desterrado. Me han venido a botar al fondo de un desfiladero desértico; siento a lo lejos el batir de las alas de los cóndores, que vuelan muy bajo, como si ya anduvieran buscándome para disfrutar de mis entrañas.
Echado en la tierra, malherido, yazgo bajo el sombrío atardecer a merced de quien quiera hacerme daño.
Del cielo baja un viejo amor y se me acerca. A punto de pisotearme aguardo, resignado, el castigo de su resentimiento.
No le temo al momento que habrá de venir; en otras circunstancias estaría aterrado. No vivo el miedo en su forma original, porque sospecho que la condena se levantará en el último segundo, que seré sobreseído parcialmente y que se me trasladará a otras tierras, allí donde impera la posibilidad del amor confuso, plagado de sentidos dobles.