Los campos
Había un monstruo suelto y otro agazapado, eso nadie lo sabía.
Sobre el velador quedaron un jarro de agua de hierbas, un rollo de papel higiénico, un frasco de remedios y un pedazo de pan con queso de cabra, que el abuelo se comió con dificultad en el primer tramo de la caminata de la niña, recostado como estaba y encima moribundo. Cualquier testigo de ese acto habría adivinado que comía por instinto, por dar la batalla de pasar la hora. Y así como entonces sus energías se concentraban en ese acto único, los pensamientos de la nieta también eran exclusivos. Pensaba que en cualquier minuto la muerte visitaría la casa. Al volver de la escuela, apenas metía la llave en la cerradura y cruzaba el umbral, caminaba sigilosamente y le echaba un vistazo a la pieza desde el borde de la puerta entreabierta. Entonces suspiraba con alivio, pero en el fondo intuía que ver a su abuelo vivo sólo postergaba el momento crítico, aquel en que se vería obligada a pedir ayuda.
Al caer al piso, mientras mordía el polvo del fracaso, riendo, decidió caminar sin rumbo. Si nadie lo esperaba en parte alguna, no había otra cosa que hacer. Si ni siquiera tenía casa, ¿dónde iba a ir? Si no tenía dinero, ¿qué podía beber que no fuera agua? Su único bien era su dignidad, pero desde esa posición le pareció que la estaba perdiendo. De otro modo no lo habrían pateado así, encima un afuerino irascible. Costaba tan poco hacerse de amigos cuando había dinero para invitar; costaba menos perderlos cuando se acababa. El hombre se levantó del suelo polvoriento, riéndose de sí mismo, de su condición. Se hacía de noche y una hilera de postes melancólicos le señalarían un horizonte difuso. Si caminaba en esa dirección iría a dar al bajo. Al cruzar la línea del tren aparecerían las casas de adobe de la gente marginada, envueltas en una oscuridad que se tragaba por completo el paisaje, a menos que una luz de vela anunciara vida interior, vida de pobres. Como dominaba bien el sector, buscaría a tientas su lugar a la orilla del camino, más allá de las últimas construcciones, entre arbustos secos, y allí se echaría a dormir.
-¡Qué diablos!
Le habían contado en la taberna que en esa casa había mucha plata, pero que la mujer desconfiaba de todo. Se lo habían contado para darle a entender que en la fauna humana del pueblo, esa vieja era una persona odiada. Pero el afuerino entendió otra cosa. Entendió que había que robar. Apenas hizo un vago intento por retomar sus pasos cuando esa noche su cuerpo lo llevó en otra dirección. La ambición, el deseo insano, pesaban más que su conciencia.
El enemigo lo acechaba, lo sintió apenas pisó la calle. El tormento era insoportable; cada ladrido le decía algo. Había descubierto la gran conspiración del perro sobre la faz de la tierra y parecía ser el único en percibirla. El mundo se había vuelto insensible al peligro que lo rondaba. Nadie escuchaba sus advertencias de profeta, nadie atendía a su voz de alerta. Se había cansado de escribir cartas a los diarios, cartas que jamás se publicaron. Citas completas de la Biblia a la basura, metáforas del demonio que se volvían objetos de burla, la mejor prueba de que el can se salía con la suya. Los perros crecían en número, día a día, mientras la gente se paseaba por las calles, como si nada. Había llegado el momento de enfrentarlo. Valor, se decía, una y otra vez, con el paquete de carne envenenada en la mano.
Cuando sintió que alguien intentaba abrir la puerta, su mente se pobló de demonios. Nadie más tenía llave, nadie sabía dónde escondía el dinero, pero había formas de sacarle la verdad; había maneras. Si un bandido quisiera, lo podía hacer. En el fondo, sólo estaba protegida por una cerradura. Pero una cerradura, dos cerraduras, tres cerraduras eran cosas frágiles, y cuatro cerraduras, cosa extravagante. Se precisaba de algo más... sólido. Su voz de vieja desconfiada vaciló, la ferocidad se le hizo espanto, apagó la luz y esperó en la cama. El ruido aumentaba, como si detrás de la puerta hubiese un roedor que tuviera cuchillas en vez de dientes. Tiritando, metió la mano derecha debajo de la almohada. Hacía años que esperaba este momento.
-Quién es...
Con los datos a la vista suspiró entre satisfecho y cansado. Los partes policiales decían siempre tan poco, lo básico, pero obligaban a lo máximo. Tenía en sus manos varios casos que en conjunto resultaban atractivos, pero no lo suficientemente atractivos para lo que en estos tiempos le estaban exigiendo. Atractivo habría sido ahondar, ver con los propios ojos y escuchar de boca de los testigos, pero no había tiempo ni espacio para eso. Las noticias, le repetían con peligrosa majadería sus nuevos jefes, las noticias necesitan llenarse de ruido porque el mundo se llenó de ruido. Fíjate en la TV: ya no repiten los goles en silencio; debajo les ponen música ruidosa. Así es la gente de hoy. Y si no le das lo que exige te irás al cementerio de los elefantes, no es chiste.
¿Qué le habían querido decir exactamente? No lo sabía, pero su intuición lo impulsaba a imaginar aditivos, la música de fondo que le faltaba al papel que tenía entre las manos.
La nieta atravesó el cerro como lo hacía cada mañana; en el camino se le unieron dos compañeros que salieron de una choza protegida del sol por un viejo espino. La madre de sus dos compañeros la saludó con una sonrisa triste y le preguntó por su abuelo. La niña le dijo que todavía estaba vivo y siguió su camino. Los tres pequeños se perdieron en un recodo y la mujer se dirigió a la pirca. Había tanto que hacer, tanta cosa vana; le esperaba un día tan largo, que sin pensarlo se quedó estática. Los tres compañeros andaban a zancadas; de pronto trotaban, a veces los hermanos se sentaban un momento a descansar, esperando a la niña. Cuando se enfrentaban a una cerca la ayudaban a subir. En una curva les contó que cuando muriera su abuelo ella quedaría sola. El sendero se había estrechado ante una pared de tierra seca sobre la cual se levantaba un bosque de pinos. La escucharon y siguieron caminando. Sólo ella decía lo que pensaba. Los hermanos provenían de una familia silenciosa, compuesta por la madre, el padre ausente, una docena de cabras y cuatro perros famélicos que parecían alimentarse de aire y que reservaban sus ladridos exclusivamente para situaciones de emergencia.
En la escuela se abría la sala de clases mientras la mujer le preparaba el desayuno al profesor. Antes de que aparecieran los primeros niños se sentaron a tomar café con la leche en polvo, las galletas y la mermelada de membrillo que enviaban trimestralmente al colegio, desde la capital, para la alimentación de los estudiantes. El profesor apartaba siempre una cantidad para él y su mujer; no había nada malo en eso, sabía que todos sus colegas de las escuelas rurales lo hacían, aunque nadie lo comentara abiertamente. Llevaba ya veinte años viviendo en la escuela. Como los demás profesores, había llegado por seis meses y terminó quedándose. Ninguna historia era igual y sin embargo desembocaban en lo mismo: maestros rurales anclados a la tierra. Cada 18 de septiembre se juntaban a tomar chicha en las ramadas, luego del desfile de todas las escuelas en la cancha de tierra, frente al retén de carabineros. Veían pasar la tarde y solían recordar sus tiempos urbanos. Cada uno relataba su pasado con emoción, a veces con la emoción que se vierte en lágrimas, sobre todo si la añoranza nacía en el segundo o tercer jarro. Gumercindo hablaba poco y sus recuerdos eran vagos, demasiado generales como para que los demás se formaran una opinión cabal de su persona, lo que con el correr del tiempo provocó fatalmente que desconfiaran de él. Lo apodaron el Lobo Gumercindo y terminaron aislándolo de sus juntas. Su mujer también ignoraba su pasado, pero a ella le bastaba con tenerlo por marido y no se hacía problemas con sus silencios. En el campo, marido era techo seguro, comida segura y ropa sucia. De vez en cuando podía hasta darse el lujo de pelar una gallina; su hermana no. Servía a su hombre día y noche y le planchaba la ropa. Nada de eso tenía la otra. A veces, por compasión, le mandaba un cogote y un par de patas nudosas con sus dos hijos. Sentía una sensación extraña al sacar la gallina del agua hirviendo. Cuando le arrancaba las plumas de un tirón recordaba las pocas fiestas de su niñez.
Ella lo miraba como desde el suelo; él desviaba la vista hacia el patio.
-¿Hoy día terminan las clases, Gume?
-Quedan dos días.
-¿Los niños dieron los exámenes?
-Y qué le importa.
-Le pregunto por si quiere que le lleve la tiza a la sala.
-No... guárdela.
-A la Normita se le está muriendo el tata.
-No joda, ¿le contó ella?
-Sí.
-¿Qué más le dijo?
-Nada más. Que lo tiene acostado.
-¿Vendrá hoy?
-No sé. Usted dice que nunca falta.
-Sí. Nunca falta, pero... esto...
-¿No hará clases, Gume?
-No había... yo estaba... ¿qué dice?
-¿No hará clases?
-Que jueguen.
Después del bajo venía la curva, después de la curva el letrero con forma de equis y la barrera blanquirroja levantada que anunciaba el cruce ferroviario. Lo habían echado a patadas y no conseguía aplacar la sed; aun así todo encajaba a la perfección, dominaba la ruta y su destino, pero como no había a quién decírselo se lo cantó a sí mismo, con esa voz de tenor que hacía reír al villorrio.
-Ya voy llegando a Pénjamo...
La niña se quedaba atrás, de nuevo. Tenía la manía de ir levantando piedras. Los compañeros la esperaban sentados en alguna roca, fumando. Ahora eran ocho; iban brotando de las casuchas a medida que se acercaban a la escuela. En el camino, los mayores compartían sus cigarrillos con los menores que ya podían ser iniciados en el vicio, dejando con las ganas a los más pequeños. Le fascinaba a la niña levantar piedras. De allí salía vida, insectos asustadizos que corrían a esconderse a la piedra más cercana al quedar al descubierto. Debajo de las piedras había vida, lo podía comprobar, pero inevitablemente había terminado por formularse preguntas para las cuales sus ocho años no tenían respuesta. ¿Por qué esos bichos vivían debajo de las piedras? ¿Para protegerse o porque les acomodaba? Y ¿qué se escondía aún más abajo, allí donde no le era dado llegar? ¿No habitaría por casualidad el vacío gigante de la muerte en un hoyo parecido a aquel donde pronto iría a dar su abuelo? Le costaba imaginase a su abuelo enterrado, por eso no hacía más que hablar de eso, de cómo sería, de cómo se vería dentro de la tierra, de si alguna vez un muerto había tratado de huir, de los aparecidos que la gente veía en las noches de invierno, cuando los cadáveres surgían de la tierra para buscar calor en las casas. En cada recreo abría el mismo diálogo con uno, con otra, con varios, y todos le inventaban respuestas absurdas que la dejaban aún más insatisfecha. No se atrevía a acudir al profesor, porque el profesor le daba miedo. Alguna vez le habían contado que en las clases la miraba demasiado fuerte a los ojos y cuando probó a ver si era cierto, mirándolo también ella fuerte a los ojos, notó que era verdad y se asustó.
Inerte en la cama, el abuelo ni siquiera era capaz de pensar, al menos del modo en que lo hacen las personas sanas. Sus pensamientos, si es que pudiesen llamarse así, se resumían en dolores. Dolor del brazo izquierdo, dolor del estómago, de las manos, de la garganta. El aire le entraba como por un desfiladero atascado y le hería, le encendía las tuberías que desembocaban en los pulmones. Las tetillas huesudas sufrían lo indecible por el peso de las frazadas. Sentía ganas de llorar de dolor, en el fondo de miedo, pero a sus ojos ya no les quedaban lágrimas, de tanto estar abiertos. Se imaginaba que si los cerraba podía ser para siempre, de modo que se obligaba a mirar; era su mirada un anzuelo que lanzaba a lo que fuese, a la distancia que fuese, para aferrarse a la cosa vista con la insólita pasión del animal entregado a su suerte.
La puerta cedió; en su afán por desaparecer la vieja se tapó la cabeza con la colcha. El miedo y la indefensión la llevaban a hacer todo mal, no como tantas veces lo había ensayado, con frialdad ejemplar, y en su cueva de sábanas se coló un hilo de luz.
-Quién anda ahí.
Ebrio de esa sensación que los victimarios sienten ante la inminencia de la brutal dominación, el hombre fue a la cama y la destapó. La vieja, en posición fetal, se cubrió la cara con el brazo izquierdo, ocultando el derecho debajo del vientre, como protegiendo su sagrada intimidad, pero antes hubo un segundo en que entrevió un rostro feroz, asesino. La ira del hombre crecía a medida que tomaba conciencia de su poder ante la víctima entregada. En el paroxismo, su mente se llenó de relámpagos de desprecio, burla, sadismo, deseos de matar. Preguntaba, ordenaba, pero pensaba en otra cosa.
-¡Dónde está la plata!
-Debajo del baúl. Allá... allá...
Los niños corrían detrás de una pelota de plástico; las niñas ocupaban un rincón del patio para sus correrías.
(sigue)
