miércoles, febrero 15, 2017

Bosquejo de don Feña

La mejor biografía del escritor y filósofo argentino Macedonio Fernández la escribió Borges. Cubrió de anécdotas seis páginas tributarias, que le bastaron para dibujar, ya ciego, un retrato perfecto de esta "figura breve y casi vulgar", entregada "a los puros deleites del pensamiento". De su "inteligencia extraordinaria", sin embargo, no convida pruebas taxativas.
Me temo que el mejor retrato de don Feña habrá de salir de mi pluma, simplemente porque ya no hubo interesados en llevar a cabo esta tarea. Don Feña -sin ánimo de menoscabo- fue uno más de tantos seres que han estampado su huella en Rengo, Rancagua, Santiago, Loncoche y las Termas del Flaco. Ejerció escasa influencia, jamás escribió nada y solo dejó su ejemplo. Una mirada superficial lo calificaría de baqueano terco. Yo deseo imitar el estilo de Borges y trataré de contar algo de su vida a través de unas pocas anécdotas.
Don Feña se paseaba cabizbajo bajo el parrón de la casa de Ibieta, en actitud meditativa. Cada cierto tiempo decía para sí mismo: "igu... igu". Cerca suyo estaba el Julio, construyendo avioncitos de madera. Don Feña pasaba por su lado, como si no lo viese. "Igu... igu".
-Qué le pasa, don Feña.
-Nada, Julín... "igu... igu".
-¿Qué está diciendo?
-Pensaba en las casas en que viven los esquimales...

(sigue)

martes, febrero 07, 2017

El Carolo

La mente, máquina invisible y traicionera que se nutre de recuerdos, me lleva a Las Vegas de Pupuya. Estoy tendido en la playa de Laguna de Zapallar, bocabajo en la arena, vacaciones de haragán. Los ojos cerrados, la brisa salobre del Pacífico, la bendita ausencia de angustias y la placidez de las cosas que me envuelven facilitan el viaje.
Allá, en esa playa cercana a Navidad, el viento frío quemaba la cara en una sola tarde. Pocos lo resistían; había que abrigarse, aunque fuese verano. Entre los pocos destacaba el Leo Sequeida. Su figura se me antoja hoy como la de un espartano que enfrenta a pecho abierto los miles de granitos de arena levantados por el ventarrón marino. El Leo era un líder natural para los más chicos, como el Carolo y yo. Grandote, voz potente, universitario. A eso de las seis los jecistas regresábamos al campamento; se acercaba la misa del crepúsculo al aire libre. Luego vendría la cena, preparada en un ollón al fuego por las pocas mamás que nos acompañaban, y en la noche, la fogata. Eran días de poca plata y felicidad. El viaje al campamento de la Juventud Estudiantil Católica nos había tomado la noche entera, todos de pie en un camión de barandas altas, cantando y bromeando bajo las estrellas. La tierra sobre la que levantamos las carpas era seca y gredosa; nuestros cuerpos dormían sobre terrones, y aun así el sueño resultaba reparador, y sin pesadillas. Nuestros guías espirituales -el padre Caviedes y el Nano Muñoz, que en el lenguaje de la Jec era el Frater- dormían igual que nosotros, felices de compartir en la pobreza. Los sueños del Padre Hurtado se adueñaban de esas noches y su alma se hacía visible en nuestra confraternidad cristiana.
Cosas de la vida. El Frater, seminarista a un paso de ser cura, descubrió el amor terrenal en ese campamento, en la figura de una joven de gafas, y colgó los hábitos. El padre Caviedes con el tiempo llegó a ser obispo. Dejó una huella profunda en Rancagua y si allí aún quedan cristianos "de los de antes", la ciudad se lo debe a él.
El Carolo se había preparado para esas vacaciones. Trabajó durante un mes en la panadería Reina Victoria para disponer de unos pícaros morlacos. Cada uno de esos 31 días se levantó a las cuatro de la mañana para incorporarse al primer turno del pan. La paga, una suma que hoy parecería miserable, la compartió parcialmente conmigo. Cuando volvíamos de la playa, alrededor de la una de la tarde, finalizado el paseo matinal, el Carolo me apartaba del grupo y me señalaba una ramada perdida entre las dunas, protegida del viento. De lejos, el despiadado sol de la Zona Central la hacía parecer un espejismo vibrante; al arrimarnos a ella el techo de coirón proyectaba una sombra fresca en la tierra dura, sobre la que bailaban miles de lucecitas blancas que se colaban por el ramaje. Allí siempre había campesinos platicando alrededor de una jarra de vino. El Carolo ordenaba dos cervezas, que bebíamos de la botella con placer. Eran de esas pilsener verde-oscuras de la CCU, sin ningún tipo de rótulo en el vidrio. Naturalmente, estaban tibias, y aun así las recuerdo como las más ricas que he tomado. Por ser las primeras que asimilaba nuestra sangre, nos dejaban una sensación de mareo y felicidad que nos acompañaba durante el trayecto de vuelta al campamento. Pisábamos las docas olorosas que cubrían la arena y a veces nos deteníamos para tararear una canción, improvisando la primera y tercera voz. El acorde sonaba algo disonante, pero novedoso, revolucionario, y multiplicaba nuestra alegría.
Las vacaciones llegaron a su fin. Volví a mi casa pololeando. ¡Por fin conocía el amor! La última noche me atreví a separar de la fogata a la Marcela Ruiz, que me gustó desde el primer día. Tenía la voz áspera, el pelo corto, lindas piernas, un año menos que yo y había notado que me devolvía las miradas. Nos sentamos en un tronco tirado bajo un sauce y en completa oscuridad nos dimos el primer beso. De lejos se sentía el guitarreo. De cerca, casi al lado lado nuestro, gruñeron unos chanchos.
El Carolo, en tanto, volvió a su pieza del conventillo de la calle Estado, donde lo esperaba su abuelita. Alguna vez pasé un rato allí: era una habitación alta, de olor rancio, muros de adobe pintados con cal y piso de tierra. El agua, el lavadero y el escusado se hallaban en el patio central, donde lo compartían todos los inquilinos. Cualquiera de nuestros compañeros de curso se habría avergonzado o deprimido por vivir en ese ambiente; el Carolo no, porque aparentemente no conocía la tristeza, menos la vergüenza.
Durante el año armó un cuarteto que viajó al festival estudiantil de San Antonio. Para la ocasión los cuatro integrantes se compraron unas camisas op-art, que estaban de moda. Miles de cuadritos blancos y negros que impresionaban al ojo. Tres guitarras y un solista. A la vuelta le pregunté por los detalles. Me dijo, sin la emoción que yo esperaba que sintiera, que las calcetineras habían chillado apenas ellos subieron al escenario del gimnasio. Cantaron "Solo tú", "Díselo a la lluvia", "Si te vas" -todos éxitos del Clan 91 que con los meses me enteré resultaron ser copias de las canciones de los Four Seasons- y remataron con "Black is black", usando el mismo acorde que habíamos inventado en la playa.
Paralelamente, iba fallando en las notas. En septiembre se hizo evidente que su año escolar estaba hipotecado. Encima sufrió la desgracia de perder a uno de sus hermanitos. El niño jugaba bajo el block donde vivía con sus papás y sus demás hermanos, cuando del cuarto piso otro niño tiró por la ventana un cenicero de metal, que le cayó en la cabeza. Fui al velorio. Subí hasta el cuarto piso. El Carolo me recibió con una sonrisa nerviosa. En el centro del living comedor la familia había instalado el cajoncito blanco rodeado de velas eléctricas. Le di la mano: la tenía húmeda, pero eso no era novedad: en él las manos húmedas y el sudor en el bozo representaban su sello personal.
Una racha de viento me devuelve a Laguna de Zapallar. Es la hora de volver. En la casita de la playa nos esperan Lina y Miguel Ángel. Caminamos con Patricia, confundidos entre la materia. Los pies se hunden en la arena caliente, el veraneante le ofrece su guata al sol, un golpe seco de pelotas de tenis choca contra unas paletas, los sufistas sortean pequeñas olas, los restaurantes ofrecen sus menús, las verdulerías tientan con sus frescuras; dulces de La Ligua se asoman en los quioscos. Nada de esto apela a la memoria. El momento rige al universo. El tiempo y sus bemoles han desaparecido en el quehacer gozoso del balneario enangostado por la playa y los primeros cerros de la Cordillera de la Costa.
En la pequeña terraza, Miguel Ángel destapa dos Escudos. Por la esquina de la calle de tierra pasa una Ford Ranger roja, flamante, recién comprada.
   

domingo, enero 29, 2017

Lux Aeterna

Una pequeña novela de amor

I

A esa edad en que es normal enamorarse, él se enamoró. Vivía pensando en ella, contaba los minutos para verla y cuando al fin la estrechaba entre sus brazos sentía una urgencia no correspondida y luego, una profunda pena. Para él, eso era el amor: un sentimiento de entrega absoluta, que lo derivaba a lo más profundo de su alma.
¿Era su alma un alma atormentada? ¿Por qué sufría antes de verla, al verla y después de verla? ¿Por qué sus instantes de felicidad eran tan fugaces?
¿Era solo eso el amor, una necesidad de satisfacción y la conexión con la oscuridad más oscura, un berrinche infantil? Si era eso, entonces no valía la pena amar.
Pero si no amaba, moriría.

II

Ella era una linda rubiecita ojos de verde mar, exactamente como dice la canción, y se podría afirmar, no con toda seguridad, que también lo amaba. O eso parecía. Mejor conjeturemos que lo echaba de menos. Al menos se lo decía en inglés, cuando hablaban por teléfono: "I miss you".
Luego de colgar, él corría al diccionario a descifrar el enigma. Y se quedaba sufriendo: no se trataba de un mensaje sublime; era como si ella le regalara solo unas pocas hojas del árbol del amor.
Un día le contó que su ex marido la amordazó, la ató a la cama y la obligó a hacer, mirar y soportar "cosas inconfesables" durante la luna de miel. Se lo contó riendo. El matrimonio fue anulado, pero ella adelgazó hasta el límite y luego de dos años volvió a ser la linda rubiecita ojos de verde mar, que fue cuando él la conoció, la compadeció y se enamoró de ella.

III

Luego el tiempo se encargó de reorientar los caminos torcidos y cada uno volvió a su ambiente. Se distanciaron, naturalmente. A veces él pensaba en ella; quizás ella pensara en él.
No estaban hechos el uno para el otro.
¿Qué es el amor?
Él trabajaba duro; ella había nacido en cuna de oro. Él envidiaba el poder y la fortuna que emanaban de su familia, ella admiraba su empeño. La única vez que estuvo de invitado en su casa se fijó en que su padre no la hablaba. No porque la rechazara. Simplemente ella no existía para él, no tenía importancia en el mundo de sus negocios.
Un día lo llevó a almorzar a la casa de uno de sus amigos. A él le llamó la atención que en la mesa hubiera gaseosas individuales; eso no se usaba en su pueblo de provincia, acostumbrado a la bebida familiar. Ella no se dio cuenta del detalle, porque lo tenía incorporado a su hábito.
No estaba escrito que pudieran ser pareja, por donde se mirara.
Tiempo después él se enteró de sus labios que ella se había comprometido con un joven de su condición. Era lo lógico. Se lo contó como pidiéndole permiso, o perdón. Pero no hubo pesar en él. Se trataba de un predestinado.

IV

Una tarde, ya casada y con hijos, él acudió a una cita en su hogar. En el garaje había tres vehículos de lujo. "Mi marido colecciona autos", le confesó, riendo. Entraron.
Era una mansión enorme y oscura. Detrás de las cortinas corridas, las plantas no dejaban entrar la luz. Era ella y la enorme mansión. El paso sigiloso de las nanas iba dejando una estela de sombras en las paredes.
Ella le comentó que no disponía de mucho tiempo. Estaba apurada. Atrasada. Tenía que hacer. Siempre tenía algo que hacer.
Tomaron un jugo y charlaron brevemente. Sus hijos iban a la escuela y hacían sus tareas; su esposo hacía sus negocios y jugaba al tenis, como si ella no existiera. A nadie parecía importarle su vida. Ni a ella misma parecía importarle demasiado.

V

La había olvidado por completo cuando una mañana de sábado su oficio lo llevó al sitio de un trágico accidente, una calle arbolada a los pies de un cerro. Las víctimas eran su marido y dos amigos. Lo supo cuando un policía le dictó los nombres. Habían muerto los tres. Un choque frontal. Iban rumbo a sus negocios.
Quince días después recibió un llamado de ella. Él le dio el pésame, que ella casi pasó por alto. Deseaba entrar en materia de inmediato; le preguntó si había fotos. Él le dijo que sí. Le hizo describírselas. A regañadientes, se las describió. Eran fotos brutales, tres cuerpos tirados al borde de la calzada, primeros planos horripilantes, caras verdosas, masas sanguinolentas. Con voz ansiosa le rogó que se las diera. Quería las fotos, necesitaba ver las fotos, tener las fotos. Transcurrió un par de minutos de dimes y diretes. Él se rindió al darse cuenta de que no podría ir contra ese impulso. Las metió a un sobre, se reunieron en una esquina y se las regaló.

VI

La última vez que recibió un llamado de ella, él no reparó en que se trataba de una despedida. Le dijo que estaba padeciendo un rara forma de cáncer, pero que no se preocupara porque lo tenía controlado y no sentía dolores. Se lo dijo riendo. Cortó casi enseguida, porque debía cumplir un compromiso.
Un día cualquiera él se enteró de su muerte por el diario.
Meses más tarde la vio en un café y sintió que el tiempo retrocedía veinte años. Era su hija. Se presentó y confirmó el parentesco. A ella se le despertó un poco la curiosidad, no tanto. Él experimentó una emoción tenue. Por su madre difunta él había sabido en su momento que ella y su hermano habían destacado en la academia, más su hermano que ella. Él había salido al padre y ella a la madre. Años después él se enteró por casualidad de que la joven estaba adelgazando.

VII

En el incienso que emana de la Casa del Señor, bajo el mármol de las lápidas, insensible al acorde monumental del órgano irradia Lux Aeterna.
Ronda en la putrefacción de la carne, Lux Aeterna. Embellece el silencio de la inmensidad del vacío.
Resplandor infinito, resplandor invisible, resplandor inefable de angustia y agonía, frialdad inconmovible, testigo indiferente de los males del hombre, Lux Aeterna.
Ni más ni menos luz, brillando en los cirios de la salita vacía que acoge tu ataúd, muda luz impasible ante el vuelo de la mosca, a los pasos lejanos del sacristán, al pesar de los deudos, rígida y serena, reino de la luz blanca que enceguece el pensamiento, Lux Aeterna.
Lejana, inalcanzable, irradiada desde el corazón del universo, vida eterna, melancolía de la ausencia del tiempo presente y de los vanos sueños, Lux Aeterna.


lunes, enero 09, 2017

El poderoso intangible

El poder intangible existe. Entró por las alturas de nuestra habitación, atravesando el dintel. No lo puedo ver, pero lo siento. Siento que se acerca a mi cama.
¿Es un espíritu o un gigante invisible? ¿Tendré fuerzas para enfrentarlo cuando llegue el momento?
Nada saco con hacerme preguntas, porque el momento ha llegado. Tengo al poderoso intangible a los pies de la cama.
Le doy una patada y lo toco. Su alma se ha materializado y está sobre mí, a punto de aplastarme. Lo pateo con decisión y mi mujer me grita me estás pegando me estás pegando y al oír mis suspiros de angustia me acaricia el pelo y los suspiros van cesando, hasta que el sueño nos vuelve a cerrar los ojos...

jueves, enero 05, 2017

La verdad está en las apariencias

Fue una linda chiquilla, de eso no hay duda, yo lo vi. Su carita redonda, sus ojos de miel, su pelo claro, corto y suave, dejando su cuello al descubierto, anunciaban días de esplendor. Hoy las personas de corazón blando se inundan de profunda pena al verla pasearse por las calles del barrio Bellavista. A la misma hora en que el engranaje del mundo es aceitado por millones y millones de seres que buscan vivir y progresar, aun no sabiendo muy bien para qué, a esa misma hora ella camina sin rumbo, con la barriga hinchada al aire. Su mirada ida delata el anclaje al vicio, abotargada su carita de princesa, en ciertas ocasiones embarazada de un extraño, en otras reflejando las sobras de un aborto, de pronto enfurecida insultando a la vereda o atravesando las amplias avenidas con los semáforos en rojo. De solo contemplarla se adivina que el reloj ya le ha reservado la última campanada a su existencia lastimera. ¿Qué se puede hacer con ella? ¿Hasta dónde tiene cabida en este mundo el buen samaritano? ¿Cómo es que la ciencia aún no ha hecho nada, cómo es que no descubre la pastilla que les haga ver las cosas de otra forma a sus pensamientos, a los de todas las personas?, de modo que ella diga hoy me levanto y qué veo, mi cuerpo, qué desastrosa apariencia, pareciera que arrastrara una horrible carga de los tiempos de mi infancia. Bien, entonces me desharé de ella, tomaré un baño y me vestiré con ropa limpia, buscaré un trabajo, intentaré ser útil, formaré una familia y a Dios encomendaré mi alma.

Fueron tal vez una pareja gastada desde el principio, mas pareja al fin y al cabo y algo los mantiene unidos. De la mañana a la tarde venden afiches en el puente Pío Nono, afiches que nadie compra y que afirman con piedras en la superficie para que no se les vuelen con la brisa que se levanta del Mapocho. El cuerpo humano, el mapa de Chile, los tres reinos de la naturaleza, los grandes dinosaurios. La gente mira al suelo y sigue de largo, ansiosa de sentarse pronto en las cervecerías. Ellos se protegen de la luz con unas ramas secas, sentados en la mitad del puente, apoyadas sus espaldas en una baranda de metal, ambos silenciosos, con una caja de vino en el piso de cemento, tostados de violeta sus rostros por el Sol, deformados por el vino, pero siempre decentes, pacíficos, haciendo del trabajo su vida y de sus vidas la rutina que le da sentido a su trabajo.

Yo me saco el sombrero ante la cristalina existencia que llevan ellos tres. Nada escondido. Todo a la vista. Esta es nuestra forma de enfrentar al mundo, no somos más que esto: véannos, señores pasajeros, no tenemos nada que ocultar.
Yo tomé providencias de temprano, de chico aprendí a vivir cuatro, cinco, siete vidas. Oculté mis apetitos; mientras más los escondí, más los valoré y menos los disfruté. Viví las apariencias y me desahogué en secreto porque algo me hizo deducir que la verdad está en las apariencias, que son lo que realmente vale, lo que les da el sentido a todo lo demás.

martes, noviembre 29, 2016

Venía de excursión y me fui quedando

Un paisaje cercado por las dunas y por los excrementos de aves marinas que tiñen de blanco la cresta de las rocas del mar. El océano asoma en su plenitud desde la altura y se apropia, se burla del desierto, que baja a sus anchas sin pensar que será tragado por la azul voracidad. Ahora estamos en la cima. Me miras, sorprendida. Clic. Todo un horizonte se nos abre desde allí. El Sol abrasa cualquier intento pesimista. Su luz cegadora impregna la fotografía hasta sus márgenes.
Venía de excursión, me fui quedando y me establecí, protegido del exterior por las cortinas. La tarde entera en el sofá, dedicada a masticar, a desenredar el tiempo. Sobres y más sobres de fotos de los buenos tiempos, porque las fotos familiares solo se sacan en los buenos tiempos.
En este mundo comprimido, sin embargo, los errores del pasado se hacen visibles desde todos los rincones. Bajo el doble polvo del papel y la memoria surge una sonrisa mía de satisfacción junto a mi mujer y mis hijos pequeños en un camping, hijos que confían plenamente en mí, mujer hermosa y tierna, deseable por otros y a la que durante tantos años descuidé. Más abajo, mi padre exhibe unos mostachos al estilo mexicano y un terno a la medida con un impecable nudo en su corbata; está de pie en tercera fila, mirando como siempre hacia un horizonte indefinido ubicado arriba, a la derecha de la escena. Luego aparece sentado con los mismos compañeros del taller de la Braden Copper ante una mesa cubierta de botellas de vino a medio beber. La corbata está corrida y el botón superior de la camisa, abierto. Los ojos de casi todos los que miran a la cámara lucen vidriosos; el mantel, cuadriculado. Le sigue una foto que no está impresa en papel, sino en mi alma: mi padre llegando a casa al día subsiguiente, ebrio. En otro sobre está mi hermano, de chico más atractivo que yo. Mis primos, más grandes; la abueli, tan viejita, pequeña, sonriente y arrugada; mi madre, austera y prudente en su sonrisa y en el modo de disponer las piernas, ocultando, reprimiendo su pasión. El gran ciclista Hugo Miranda en el crepúsculo de su carrera, posando en uniforme deportivo tras su bicicleta, sin poder ocultar el asomo de su panza y acompañado de su mejor amigo, mi padre, que porta la bandera de partida. Hugo Miranda es la estrella y mi padre, el banderero. De pronto, la tía Dinorah con una corona de reina y tres de sus hermanos, ancianos y felices, en mi hogar. Todos muertos.
La unanimidad de los cuadros delata la ridiculez de las modas; la mayoría, la pobreza en sus detalles.
Las fotografías tienen la fuerza de un martillo que golpea blando.
Debajo de las fotos, al fondo del cajón, duermen tarjetas con dedicatorias románticas, cuentos infantiles de hadas del bosque y sádicos vampiros, libretas de notas, destinaciones periodísticas, medallas de servicio, el pasado familiar resumido en una caja.
¿Me preguntaba entonces si era natural lo que hacía? ¿Qué pensaba de verdad en aquel presente, tan lejano, pasado de moda?
Hoy quisiera saber qué hay detrás del espectro de la muerte, por qué la muerte ajena me resulta dulce al evocarla y la propia, la anunciada, me llena de angustia y paraliza mis días y los convierte en un infierno.
No estoy preparado, me asombra no estarlo, yo que he vivido del futuro. Un pequeño síntoma, un ligero malestar se apropian de mi mente y anulan mis proyectos, me vuelven hacia adentro. Indiferencia a la belleza de los momentos y los cuerpos que me rodean, temor de estallar, de confesar terrores que causarán risas, carcajadas, consejos vanos, como si los demás pudiesen comprender mi estado. Me pregunto si no son todos así, si esas reacciones bruscas tantas veces vistas por doquier no provienen del mismo fondo pantanoso que se halla sobre el espectro de la muerte...

lunes, noviembre 28, 2016

El "Pequeño gran circo"

Mi mamá me dio a elegir: Huguito, ¿quieres ir el sábado al "Pequeño gran circo" del Instituto O'Higgins o celebrar tu cumpleaños en la casa con invitados?
-¿Cómo al "Pequeño gran circo", mami?
-En el Instituto O'Higgins van a hacer un circo, con películas, globos, bebidas y torta. Ese sería el cumpleaños.
-¿Y los invitados?
-Los niños que vayan serían como invitados.
-¡Al circo!, respondí, sin dudar.
Mi decisión se reforzó durante la semana, pues todo el mundo -todo mi mundo, que no era más que la sala de clases, las casas de mis primos y los límites de la población Rubio- no hizo sino hablar del "Pequeño gran circo". Los comentarios se iban alimentando unos de otros y las expectativas subían como espuma. Al llegar el día sábado la ansiedad se tornó insoportable.
Bien pronto me arrepentiría de mi decisión.
Del "Pequeño gran circo" y de la torta me ha quedado poco y nada; de las películas, el sabor amargo de la frustración.
Aunque nunca me desvelé ante el panorama de una fiesta de cumpleaños, exceptuando el nervio al momento de recibir los regalos, tampoco habré de afirmar que el circo me quitaba el sueño. Con el Vitorio íbamos a casi todos los que pasaban por Rancagua, más que nada hipnotizados ante el desfile preliminar por Independencia, Brasil y San Martín, al mediodía de la primera función nocturna, cuando los artistas desplegaban al máximo sus encantadoras triquiñuelas y las fieras rugían que daba gusto (a causa del hambre, diría hoy, descreído). Solo una vez, de grande y con mis hijos sentados en mis piernas, abrí los ojos de par en par: fue cuando un hombre de goma hizo su ingreso a la pista dentro de un cubo de vidrio, una especie de acuario seco. Dos ayudantes lo trasladaban en vilo y lo dejaron sobre una mesa. El hombre fue sacando sus extremidades por parte hasta salir del depósito, entretuvo al público doblándose durante varios minutos como un monigote de plasticina, luego se metió de nuevo al cubo y fue sacado de la pista entre aplausos. En otra ocasión me impresionaron unos motociclistas que corrían alrededor de una esfera zumbando sus motores, cruzándose en un viaje metafórico, interminable, como si fuesen rutinarios seres humanos adiestrados por la rotación de la Tierra para renovar una y otra vez sus aventuras. Pero los circos de la infancia, lo admito hoy sin sombras de tristeza, me dejan el regusto de una compleja serie de sensaciones melancólicas: tal vez presentía que de vuelta a casa no hallaría a mi papá, tal vez las gracias de los animales no despertaban mi capacidad de asombro. Los payasos nunca me hicieron reír de verdad. Aún más que los trapecistas, los malabaristas me angustiaban con sus carreras tras los platillos dándose agónicas vueltas sobre un alambre que vaticinaba el fatal momento del error y su precio doloroso: la compasión de un público pegoteado de vergüenza ajena. De modo que no fue el circo lo que me llevó ese sábado al espectáculo organizado en el Instituto O'Higgins.
Fueron las películas.
La tarde pasaba en cámara lenta mientras el "Pequeño gran circo" continuaba la función. Para colmo no estaba resultando ser un circo hecho y derecho, sino exactamente un pequeño circo, un remedo de circo, sin pista, sin carpa, sin trapecistas, sin animales, y su show montado en el patio. Desganado, contemplaba acostado en la baldosa los números interminables cuando me animé a sacar la voz y le pregunté a mi mamá a qué hora daban las películas.
Me tomó de la mano y nos fuimos corriendo hacia las aulas. Atravesamos el mesón de las bebidas, el mesón de las tortas y el mesón de los globos. Me tomó en brazos y de pronto me vi dentro de una misteriosa oscuridad; al minuto pude advertir los rostros fascinados de otros niños mirando hacia una pantalla que cegaba la vista y doblegaba la razón. La sala estaba repleta, olía a niños agitados. El valeroso Tarzán voló en unas lianas y lanzó su mítico aullido en blanco y negro justo cuando dos palabras brillantes lanzaron un imprevisto mensaje en inglés:

The End

Los afortunados, que eran una  multitud, abandonaron la sala satisfechos, pero aún con energías para agarrar los últimos números del circo. Ya habían olvidado la película, aunque sospecho que el recuerdo les endulzaba el alma. Imaginé la ínfima posibilidad de otro filme de Tarzán o por último de una película cualquiera, pero mi mamá, tras hacer sus averiguaciones, me reveló tibiamente que la función había terminado. Yo estaba cumpliendo siete años y a esa edad ya estaba demasiado grande como para llorar, así que achaqué el episodio a la fortuna.
Mala suerte. Hora de volver a casa.