domingo, enero 08, 2012

Los campos

El abuelo se moría en la casa de campo. Abierta de par en par, la ventana invitaba al calor a meterse a la pieza oscura para convertir su lecho en un río de humores. Su nieta no se la quería cerrar pues consideraba que la visión más allá del marco era una forma de mantenerlo distraído. La sumatoria de lo que se podía ver daba poco, aunque al anciano moribundo parecía resultarle suficiente: siluetas de pájaros surcando el horizonte, el baile de las hojas verdes del álamo, que semejaba el giro de unas hélices, alguna nube que teñía de blanco el azul del cielo para deshacerse en instantes, moscas que entraban y salían, sin hallar lo que andaban buscando. La nieta le limpió la frente, la nariz, los sobacos y  le cambió los pañales. Luego le dio un beso en la cara y se fue a la escuela.
Había un monstruo suelto y otro agazapado, eso nadie lo sabía.
Sobre el velador quedaron un jarro de agua de hierbas, un rollo de papel higiénico, un frasco de remedios y un pedazo de pan con queso de cabra, que el abuelo se comió con dificultad en el primer tramo de la caminata de la niña,  recostado como estaba y encima moribundo. Cualquier testigo de ese acto habría adivinado que comía por instinto, por dar la batalla de pasar la hora. Y así como entonces sus energías se concentraban en ese acto único, los pensamientos de la nieta también eran exclusivos. Pensaba que en cualquier minuto la muerte visitaría la casa. Al volver de la escuela, apenas metía la llave en la cerradura y cruzaba el umbral, caminaba sigilosamente y le echaba un vistazo a la pieza desde el borde de la puerta entreabierta. Entonces suspiraba con alivio, pero en el fondo intuía que ver a su abuelo vivo sólo postergaba el momento crítico, aquel en que se vería obligada a pedir ayuda.
Al caer al piso, mientras mordía el polvo del fracaso, riendo, decidió caminar sin rumbo. Si nadie lo esperaba en parte alguna, no había otra cosa que hacer. Si ni siquiera tenía casa, ¿dónde iba a ir? Si no tenía dinero, ¿qué podía beber que no fuera agua? Su único bien era su dignidad, pero desde esa posición le pareció que la estaba perdiendo. De otro modo no lo habrían pateado así, encima un afuerino irascible. Costaba tan poco hacerse de amigos cuando había dinero para invitar; costaba menos perderlos cuando se acababa. El hombre se levantó del suelo polvoriento, riéndose de sí mismo, de su condición. Se hacía de noche y una hilera de postes melancólicos le señalarían un horizonte difuso. Si caminaba en esa dirección iría a dar al bajo. Al cruzar la línea del tren aparecerían las casas de adobe de la gente marginada, envueltas en una oscuridad que se tragaba por completo el paisaje, a menos que una luz de vela anunciara vida interior, vida de pobres. Como dominaba bien el sector, buscaría a tientas su lugar a la orilla del camino, más allá de las últimas construcciones, entre arbustos secos, y allí se echaría a dormir.
-¡Qué diablos!
Le habían contado en la taberna que en esa casa había mucha plata, pero que la mujer desconfiaba de todo. Se lo habían contado para darle a entender que en la fauna humana del pueblo, esa vieja era una persona odiada. Pero el afuerino entendió otra cosa. Entendió que había que robar. Apenas hizo un vago intento por retomar sus pasos cuando esa noche su cuerpo lo llevó en otra dirección. La ambición, el deseo insano, pesaban más que su conciencia.
El enemigo lo acechaba, lo sintió apenas pisó la calle. El tormento era insoportable; cada ladrido le decía algo. Había descubierto la gran conspiración del perro sobre la faz de la tierra y parecía ser el único en percibirla. El mundo se había vuelto insensible al peligro que lo rondaba. Nadie escuchaba sus advertencias de profeta, nadie atendía a su voz de alerta. Se había cansado de escribir cartas a los diarios, cartas que jamás se publicaron. Citas completas de la Biblia a la basura, metáforas del demonio que se volvían objetos de burla, la mejor prueba de que el can se salía con la suya. Los perros crecían en número, día a día, mientras la gente se paseaba por las calles, como si nada. Había llegado el momento de enfrentarlo. Valor, se decía, una y otra vez, con el paquete de carne envenenada en la mano.
Cuando sintió que alguien intentaba abrir la puerta, su mente se pobló de demonios. Nadie más tenía llave, nadie sabía dónde escondía el dinero, pero había formas de sacarle la verdad; había maneras. Si un bandido quisiera, lo podía hacer. En el fondo, sólo estaba protegida por una cerradura. Pero una cerradura, dos cerraduras, tres cerraduras eran cosas frágiles, y cuatro cerraduras, cosa extravagante. Se precisaba de algo más... sólido. Su voz de vieja desconfiada vaciló, la ferocidad se le hizo espanto, apagó la luz y esperó en la cama. El ruido aumentaba, como si detrás de la puerta hubiese un roedor que tuviera cuchillas en vez de dientes. Tiritando, metió la mano derecha debajo de la almohada. Hacía años que esperaba este momento.
-Quién es...
Con los datos a la vista suspiró entre satisfecho y cansado. Los partes policiales decían siempre tan poco, lo básico, pero obligaban a lo máximo. Tenía en sus manos varios casos que en conjunto resultaban atractivos, pero no lo suficientemente atractivos para lo que en estos tiempos le estaban exigiendo. Atractivo habría sido  ahondar, ver con los propios ojos y escuchar de boca de los testigos, pero no había tiempo ni espacio para eso. Las noticias, le repetían con peligrosa majadería sus nuevos jefes, las noticias necesitan llenarse de ruido porque el mundo se llenó de ruido. Fíjate en la TV: ya no repiten los goles en silencio; debajo les ponen música ruidosa. Así es la gente de hoy. Y si no le das lo que exige te irás al cementerio de los elefantes, no es chiste.
¿Qué le habían querido decir exactamente? No lo sabía, pero su intuición lo impulsaba a imaginar aditivos, la música de fondo que le faltaba al papel que tenía entre las manos.
La nieta atravesó el cerro como lo hacía cada mañana; en el camino se le unieron dos compañeros que salieron de una choza protegida del sol por un viejo espino. La madre de sus dos compañeros la saludó con una sonrisa triste y le preguntó por su abuelo. La niña le dijo que todavía estaba vivo y siguió su camino. Los tres pequeños se perdieron en un recodo y la mujer se dirigió a la pirca. Había tanto que hacer, tanta cosa vana; le esperaba un día tan largo, que sin pensarlo se quedó estática. Los tres compañeros andaban a zancadas; de pronto trotaban, a veces los hermanos se sentaban un momento a descansar, esperando a la niña. Cuando se enfrentaban a una cerca la ayudaban a subir. En una curva les contó que cuando muriera su abuelo ella quedaría sola. El sendero se había estrechado ante una pared de tierra seca sobre la cual se levantaba un bosque de pinos. La escucharon y siguieron caminando. Sólo ella decía lo que pensaba. Los hermanos provenían de una familia silenciosa, compuesta por la madre, el padre ausente, una docena de cabras y cuatro perros famélicos que parecían alimentarse de aire y que reservaban sus ladridos exclusivamente para situaciones de emergencia.
En la escuela se abría la sala de clases mientras la mujer le preparaba el desayuno al profesor. Antes de que aparecieran los primeros niños se sentaron a tomar café con la leche en polvo, las galletas y la mermelada de membrillo que enviaban trimestralmente al colegio, desde la capital, para la alimentación de los estudiantes. El profesor apartaba siempre una cantidad para él y su mujer; no había nada malo en eso, sabía que todos sus colegas de las escuelas rurales lo hacían, aunque nadie lo comentara abiertamente. Llevaba ya veinte años viviendo en la escuela. Como los demás profesores, había llegado por seis meses y terminó quedándose. Ninguna historia era igual y sin embargo desembocaban en lo mismo: maestros rurales anclados a la tierra. Cada 18 de septiembre se juntaban a tomar chicha en las ramadas, luego del desfile de todas las escuelas en la cancha de tierra, frente al retén de carabineros. Veían pasar la tarde y solían recordar sus tiempos urbanos. Cada uno relataba su pasado con emoción, a veces con la emoción que se vierte en lágrimas, sobre todo si la añoranza nacía en el segundo o tercer jarro. Gumercindo hablaba poco y sus recuerdos eran vagos, demasiado generales como para que los demás se formaran una opinión cabal de su persona, lo que con el correr del tiempo provocó fatalmente que desconfiaran de él. Lo apodaron el Lobo Gumercindo y terminaron aislándolo de sus juntas. Su mujer también ignoraba su pasado, pero a ella le bastaba con tenerlo por marido y no se hacía problemas con sus silencios. En el campo, marido era techo seguro, comida segura y ropa sucia. De vez en cuando podía hasta darse el lujo de pelar una gallina; su hermana no. Servía a su hombre día y noche y le planchaba la ropa. Nada de eso tenía la otra. A veces, por compasión, le mandaba un cogote y un par de patas nudosas con sus dos hijos. Sentía una sensación extraña al sacar la gallina del agua hirviendo. Cuando le arrancaba las plumas de un tirón recordaba las pocas fiestas de su niñez.
Ella lo miraba como desde el suelo; él desviaba la vista hacia el patio.
-¿Hoy día terminan las clases, Gume?
-Quedan dos días.
-¿Los niños dieron los exámenes?
-Y qué le importa.
-Le pregunto por si quiere que le lleve la tiza a la sala.
-No... guárdela.
-A la Normita se le está muriendo el tata.
-No joda, ¿le contó ella?
-Sí.
-¿Qué más le dijo?
-Nada más. Que lo tiene acostado.
-¿Vendrá hoy?
-No sé. Usted dice que nunca falta.
-Sí. Nunca falta, pero... esto...
-¿No hará clases, Gume?
-No había... yo estaba... ¿qué dice?
-¿No hará clases?
-Que jueguen.
Después del bajo venía la curva, después de la curva el letrero con forma de equis y la barrera blanquirroja levantada que anunciaba el cruce ferroviario. Lo habían echado a patadas y no conseguía aplacar la sed; aun así todo encajaba a la perfección, dominaba la ruta y su destino, pero como no había a quién decírselo se lo cantó a sí mismo, con esa voz de tenor que hacía reír al villorrio.
-Ya voy llegando a Pénjamo...
La niña se quedaba atrás, de nuevo. Tenía la manía de ir levantando piedras. Los compañeros la esperaban sentados en alguna roca, fumando. Ahora eran ocho; iban brotando de las casuchas a medida que se acercaban a la escuela. En el camino, los mayores compartían sus cigarrillos con los menores que ya podían ser iniciados en el vicio, dejando con las ganas a los más pequeños. Le fascinaba a la niña levantar piedras. De allí salía vida, insectos asustadizos que corrían a esconderse a la piedra más cercana al quedar al descubierto. Debajo de las piedras había vida, lo podía comprobar, pero inevitablemente había terminado por formularse preguntas para las cuales sus ocho años no tenían respuesta. ¿Por qué esos bichos vivían debajo de las piedras? ¿Para protegerse o porque les acomodaba? Y ¿qué se escondía aún más abajo, allí donde no le era dado llegar? ¿No habitaría por casualidad el vacío gigante de la muerte en un hoyo parecido a aquel donde pronto iría a dar su abuelo? Le costaba imaginase a su abuelo enterrado, por eso no hacía más que hablar de eso, de cómo sería, de cómo se vería dentro de la tierra, de si alguna vez un muerto había tratado de huir, de los aparecidos que la gente veía en las noches de invierno, cuando los cadáveres surgían de la tierra para buscar calor en las casas. En cada recreo abría el mismo diálogo con uno, con otra, con varios, y todos le inventaban respuestas absurdas que la dejaban aún más insatisfecha. No se atrevía a acudir al profesor, porque el profesor le daba miedo. Alguna vez le habían contado que en las clases la miraba demasiado fuerte a los ojos y cuando probó a ver si era cierto, mirándolo también ella fuerte a los ojos, notó que era verdad y se asustó.
Inerte en la cama, el abuelo ni siquiera era capaz de pensar, al menos del modo en que lo hacen las personas sanas. Sus pensamientos, si es que pudiesen llamarse así, se resumían en dolores. Dolor del brazo izquierdo, dolor del estómago, de las manos, de la garganta. El aire le entraba como por un desfiladero atascado y le hería, le encendía las tuberías que desembocaban en los pulmones. Las tetillas huesudas sufrían lo indecible por el peso de las frazadas. Sentía ganas de llorar de dolor, en el fondo de miedo, pero a sus ojos ya no les quedaban lágrimas, de tanto estar abiertos. Se imaginaba que si los cerraba podía ser para siempre, de modo que se obligaba a mirar; era su mirada un anzuelo que lanzaba a lo que fuese, a la distancia que fuese, para aferrarse a la cosa vista con la insólita pasión del animal entregado a su suerte.
La puerta cedió; en su afán por desaparecer la vieja se tapó la cabeza con la colcha. El miedo y la indefensión la llevaban a hacer todo mal, no como tantas veces lo había ensayado, con frialdad ejemplar, y en su cueva de sábanas se coló un hilo de luz.  
-Quién anda ahí.
Ebrio de esa sensación que los victimarios sienten ante la inminencia de la brutal dominación, el hombre fue a la cama y la destapó. La vieja, en posición fetal, se cubrió la cara con el brazo izquierdo, ocultando el derecho debajo del vientre, como protegiendo su sagrada intimidad, pero antes hubo un segundo en que entrevió un rostro feroz, asesino. La ira del hombre crecía a medida que tomaba conciencia de su poder ante la víctima entregada. En el paroxismo, su mente se llenó de relámpagos de desprecio, burla, sadismo, deseos de matar. Preguntaba, ordenaba, pero pensaba en otra cosa.
-¡Dónde está la plata!
-Debajo del baúl. Allá... allá...
Los niños corrían detrás de una pelota de plástico; las niñas ocupaban un rincón del patio para sus correrías.

(sigue)

miércoles, enero 04, 2012

El refrigerador

Del primer refrigerador que tuvimos no habría mucho que decir. Llegó una tarde de verano, embalado sobre un triciclo y supimos que venía en camino porque escuchamos el griterío de los pelusitas a la cola del triciclo. Los pelusitas eran todos aquellos niños que no eran los Mardones. Los Mardones éramos ocho primos hombres y jugábamos pichangas contra los pelusitas. La cancha era un tierral a un costado de la línea del tren a Sewell que daba al quiosco de mi tío Pablo en una punta y en la otra, a un murallón del que nunca me preocupé de averiguar qué había detrás. Los pelusitas eran los niños de la población Sewell, entre los cuales destacaban el Chamelo, el Muchilo y el Cochefa, además del Lucho Tonto, que iba a la siga de todos, arrastrando su abrigo negro. Siempre me llamó la atención la presencia de la letra Che, de la que hoy abjura la RAE, en los sobrenombres de esos niños de población de mineros. Hoy especulo que esa influencia pudo venir de México, con sus chamacos, chapulines, chilindrinas, chavos, charros, chanfles, chapatines, chespiritos y una pila de nombres más.
El refrigerador, como dije, venía en una caja, de modo que los pelusitas, si corrían detrás de ella, era más que nada por saber qué habría dentro; en el fondo, por tener algo que hacer en la tórrida hora de la siesta.
Casi junto con el triciclo llegó don Bruno Estefani en persona. Era el dueño de la tienda de electrodomésticos, el responsable de hacer andar el refrigerador Trotter. No recuerdo otra gran cosa sobre el asunto. Ignoro incluso si los pelusitas lo vieron, pero sospecho que si fue así, sintieron lo mismo que yo; es decir, se encogieron de hombros y buscaron otra cosa en qué entretenerse. ¿Qué podía tener de maravilloso un aparato que enfriara o congelara las cosas? Hasta ese día la mantequilla se mantenía lo más bien dentro de un plato con agua y la carne, en una caja de madera con una rejilla en la ventana. Ante las fantasías desmesuradas que provocó en nuestros corazones la compra e instalación del televisor, años después, la novedad del refrigerador no pasó de ser algo macanudo, pero conceptual, semi abstracto; se parecía a un tótem del Siglo Veinte destinado a darse ínfulas ante los pelusitas y por extensión, ante los papás de los pelusitas, consagrando una vez más ese Muro de Berlín invisible que separaba la población Sewell de la población Rubio.
Es curioso lo que voy a decir, porque tiene menos que ver con la memoria que con la estructura, el esqueleto literario de un producto tan minúsculo como éste, aunque el problema de fondo sí es la memoria. Se trata de que a este relato no le habría puesto tantos adornos distractores si lo hubiese escrito hace unos cuatro, cinco años. Habría ido al grano, me habría concentrado en la anécdota y todo habría sido más ligero, divertido; en cambio ahora se me hace hasta imprescindible la siguiente reflexión, porque si no la hiciera no quedaría satisfecho. El tiempo dirá si fue una torpeza. El caso es que el asunto de Los Mardones y los pelusitas constituyó para los ocho primos una verdad y un código que compartimos durante años, cada vez que nos reuníamos en un matrimonio o un funeral. Los Mardones versus los pelusitas nos agrandaba a los Mardones como estirpe, nos convertía en una unidad perfectamente identificable en el pequeño mundo rancagüino. Esas pichangas eran como alguna de esas batallas que se aprenden en los libros de historia universal y por un momento a mí también me pareció vivir en ese mundo de gigantes, al escribir ahora sobre este recuerdo. Sé que estoy diciendo tonterías, nada original, que estoy hablando del peso de la pequeña historia en el corazón del pequeño hombre, un peso que se me antojaría fundamental si alguien ajeno a ese recuerdo no irrumpiera y declarase su indiferencia ante el asunto, lo tornara difuso con su sola presencia. El hecho es que al sentirlo debo desprenderme de él y esa sensación es la que me pacifica.
Final del cuento del refrigerador: cuando mi papá llegó del trabajo y vio el flamante aparato fue al quiosco del tío Pablo y volvió con una Coca Cola familiar. Nos enseñó en qué espacio se guardaba la botella y allí quedó durante un par de horas. Cada cierto tiempo abríamos el refrigerador y la tocábamos; cuando mi papá consideró que había llegado el momento la destapó, la repartió en cuatro vasos grandes, como aseguraba la propaganda, sacó hielo de la cubetera y celebramos.

lunes, enero 02, 2012

Palabras de un maestro a su discípulo

Desde luego debiera tratarse de un asunto menor de orden bioquímico, de aquellos que la ciencia le encarga a la medicina. Y más que a una patología mental yo apuntaría probablemente a un problema genético que no haría mal en ser examinado. No estás sentado silenciosamente porque sí ante la gente, mirando al vacío pero queriendo unirte a ella, haciendo esfuerzos por incorporarte a la conversación, haciendo esfuerzos, incluso, por proponer temas y aun contar vivencias personales. No es el tuyo un estado de desánimo, de timidez, indiferencia, egocentrismo, hasta soberbia, como proclaman algunos. Lo parece, pero no lo es.
¿Ante qué estás? ¿Qué fenómeno vives? ¿Por qué tienes la sensación de estar malgastando el tiempo y por qué solamente la comida y la ingestión de bebidas alcohólicas te alivian en parte el malestar?
No basta que digas no soy feliz. Tampoco estoy sano, aunque si estuvieras feliz, si estuvieras enfermo, la sensación cambiaría y ya no habría abulia; más bien alegría, angustia viva.
Como decía, vives haciéndote esas preguntas cuando estás entre personas a las que quieres o al menos estimas. Y más tarde vives flagelándote por no haber podido ser tú mismo ante ellas. Esto es, más franco, más audaz, menos observador y más bueno de corazón, más sencillo. Me temo que piensas que si lo fueras, que si demostraras lo que realmente eres, podrías caer en una espiral de descontrol y locura, pues no pertenece a tu hábito comportarte como se estila; no conoces las delicias ni los salvavidas de los códigos de la diplomacia.
Creo que en momentos como esos te avergüenzas de ser quien eres y de escribir lo que escribes, como si el hecho de poseer alma; esto es, vida interior, no cuadrara con tus conductas tan pedestres. Piensas que se reirían de ti con toda razón, que te harían ver en la cara tu inconsecuencia, tu pose sensible. Sensiblera. Tú mismo te repites estas ideas preconcebidas, y entras a dudar...
Conjeturo, en consecuencia, que vives fantaseando y que tus fantasías no son siempre creativas. Diría más bien que son esclavizantes, ancilares, como le agrada observar a Vargas Llosa, y que se mueven entre las sensaciones de abandono e infidelidad que martirizan tu conciencia.
Quizás el remedio de este mal sea la soledad. Por sus frutos los conoceréis puede que sea tu destino. Si no fuiste hecho para decir inteligencias no le temas al vacío. Es todo lo que puedo aconsejarte en esta hora, más irónica que difícil.

viernes, diciembre 30, 2011

Oración

Fuera, vanidad. Entra en mí, luz del universo. Hoy es el mundo del hombre, el adiós de las aristocracias. Y es la hora de mirar hacia lo alto. No soy nada sin ti, y a ti me debo. Te ofrendo mi debilidad. ¡Sana a los enfermos! y reconfórtame en mis fracasos.

miércoles, diciembre 28, 2011

La señorita Juana

Yo ya la conocía de antes, pero el día que me hizo sentir su presencia brutal fue durante un recreo, en la Escuela 1. Ella no era mi profesora. Mi profesora era la señorita Esperanza, que era linda y de la cual he admitido en otra ocasión que estaba tan enamorado como puede estarlo un niño de cinco años; es decir, profunda y completamente enamorado. La señorita Juana, en cambio, era fea, tenía cara de caballo, dientes de caballo y carácter de bruja. Con los años descubrí, para mi sorpresa, que de espaldas se transformaba en un portento, como esa diosa de dos cuerpos que aparece en la mitología de no sé qué pueblo. Morena, alta, delgada, caderuda y con zapatos de taco aguja que daban pasos enérgicos, que retumbaban a lo largo de toda la cuadra, la señorita Juana podía engañar a muchos hombres desprevenidos que la veían pasar rumbo al colegio o la veían salir del cine Rex junto a su esposo, una noche cualquiera.
Esa mañana, por alguna razón que no está al alcance de mi memoria, la señorita Juana se las daba de algo así como de inspectora y yo tuve que haberme portado mal, haber ofendido a un compañero, haber derramado la leche de mi jarro o haber dicho un garabato, no creo, pero algo malo tuve que haber hecho en ese recreo, porque ella me llamó la atención y en castigo me obligó a recoger una piedra. Yo el muy ingenuo me agaché y la señorita Juana me pegó a la maleta un puntapié en el poto. Su ataque provocó grandes carcajadas entre los alumnos presentes en el patio y en ella misma. Se reían a gritos y yo con la piedra en la mano, sin saber qué hacer.
Vino entonces la hora de mi venganza. La ideé en cuestión de centésimas de segundo. Consistió en llorar a moco tendido, con sacudidas y suspiros. A decir verdad, se trató de un llanto verdadero, un llanto de humillación contra la traición de la autoridad y un llanto contra mi propia ingenuidad, cómo haber caído tan fácil; pero ahora que han pasado los años debo confesar que le puse un poco. Hice una escena. Dramaticé. Y volví los hechos a mi favor. En efecto, desde el suelo vi cómo a la señorita Juana se le iba congelando la sonrisa, cómo se acercaba a mí, me tomaba de las manos, me limpiaba las lágrimas con un pañuelo y me llevaba a la inspectoría para darme un mejoral.
Nunca supimos si fue siempre tan agria de carácter o si se volvió así cuando el doctor le comunicó que jamás podría tener hijos. Su marido no tuvo ninguna responsabilidad en esa tragedia, porque con su segunda mujer fue padre de una linda niñita de pelo ensortijado, a la que bautizaron Paulette. En efecto, después de que la señorita Juana se murió de cáncer él se puso rápidamente en campaña. Antes de conocer a su nueva esposa trabó incluso amistad con una vecina separada, con tan mala suerte que al primer entrevero nocturno se percató por sus propias manos de que poseía un solo seno, ya que el otro se lo habían extirpado. Como mi mamá era una especie de recipiente de lamentos, la mujer se le quejó amargamente. Le contó que en el momento cúlmine "el vecino abrió así unos ojos y salió arrancando", cuento que nos llegó de segunda mano, como secreto que no se debía revelar por ningún motivo.
Don Armando, que así se llamaba el esposo de la señorita Juana, era un descendiente de franceses que usaba un bigote tipo Hitler al centro y fino hacia los lados. Tuvo su momento en el deporte del ciclismo rancagüino, de lo que se desprende que era dueño de un cuerpo atlético, pero ya había demasiados cracks para una ciudad tan menor, de modo que limitó la bici al pedaleo entre su casa y el trabajo y cuando se compró una citroneta finalmente la vendió. Un invierno se subió a un avión y partió con la señorita Juana a Francia a conocer a sus parientes; a la vuelta ella le trajo un jarrón de cristal a mi mamá, que aún se conserva. Don Armando no tenía vicios, pero la señorita Juana le decía a mi mamá que prefería mil veces a un hombre como mi papá, que se curaba cada cinco días, antes que al sangre de horchata de su marido, lo que a mi mamá no le provocaba celos, ya que entendía la frase como un lamento de amiga. La mayor broma de don Armando consistía en tirarnos agua con la manguera por detrás de la pandereta. Cuando se compró la citroneta se iban juntos con mi papá a la Braden, un cuarto para las siete de la mañana; pero no siempre volvía con él, ya que el viejo solía quedarse en el bar Caletones o donde Juanico, ahuyentando sus penas.
Retrocediendo en la historia, por esos años del puntapié en el traste vivíamos a media cuadra, en la población Rubio. Aún no éramos vecinos casa con casa, como lo fuimos cuando ellos y nosotros nos cambiamos a la población Covimar, de la Cooperativa de Vivienda del Magisterio. Como don Armando y la señorita Juana no tenían hijos se habían llenado de animales, pero animales cautivos. En su casa pulcra y ordenaba, donde no volaba una sola mosca, había jaulas con pájaros y un montón de peces de colores en un acuario, que nadaban sin jamás tocarse. Con el Vitorio nos gustaba ir a ver el acuario. La caja de vidrio luminosa ubicada al final del comedor destacaba en ese ambiente completamente oscuro y apagado, como de película de terror, en el que sólo se oía el tic tac del reloj de pared. Una vez don Armando me invitó en su motoneta al río Cachapoal a recoger hierbas y alpiste para los canarios. El río Cachapoal quedaba a más de 4 kilómetros de la ciudad y se llegaba a través del Camino Longitudinal, hoy Ruta 5 Sur. Mi mamá me dio permiso porque sabía que yo lo que más quería era andar en motoneta. Como a las dos horas vio llegar a don Armando, quien estacionó la moto y entró a la casa con el alpiste.
-¿Y Huguito? -le preguntó.
-Bah, se me olvidó -le respondió don Armando, agregando desde ese día a su fama la de volado.
Me fueron a buscar y me hallaron cerca del río, a la orilla de la vía, caminando en dirección a mi casa.
No es bueno decirlo, pero creo que la señorita Juana odió siempre a don Armando, con toda su alma. En cuanto a él, parecía sentir por ella un cariño más británico que francés. En una de esas largas tardes tediosas de provincia, aquellas tardes en que mi papá no estaba y la señorita Juana visitaba nuestra casa para escapar un rato de su película de terror, le contó a mi mamá un chiste que las hizo reír a carcajadas, más a ella que a mi mamá. Iban dos amantes en un auto y la mujer le preguntaba al hombre si se la podía para manejar con una sola mano. Él le respondía que sí y ella le ordenaba, brutalmente: "¡Entonces saca un pañuelo y límpiate los mocos, cochino infeliz!". En otra ocasión llegó contando la escena de una película que la había impresionado vivamente, me parece que "Divorcio a la italiana". La protagonista le hacía cariño en el pelo al chofer del auto mientras se besaba con su esposo. Le gustaba contar historias así, y yo las oía porque siempre estaba presente, debiendo haber estado en otra parte, afuera o en mi pieza. Pero estaba allí, como una culebra regalona.
Pero así como ella odiaba, amaba. Al Vitorio lo convirtió prácticamente en su ahijado y fue evidente la preferencia que le manifestó cuando le hizo clases. A favor de mi hermano habría que decir, eso sí, que poseía una risa abierta y un carácter chispeante, altivo y resuelto, como a ella le gustaba. Durante una ceremonia de aniversario en la Escuela 1 representó el papel de madre en una obra de teatro con alumnos, entre ellos el Vitorio y el Toro Bastías. Había una muerte de un niño y la señorita Juana se metió demasiado en el papel. Dejó vibrando las paredes del salón de actos con su llanto desgarrador y a todos los presentes, con un nudo en la garganta. Hubo críticas contrarias de algunos apoderados y se sacó a relucir su esterilidad. La gente de Rancagua no era mala, pero vivía pendiente de todo, sobre todo de cómo se hacían y se decían las cosas en Santiago. El modelo de la clase media rancagüina estaba en cualquier señal que se alejara del alma minera que bajaba de Sewell, tan fuerte, casi inmanejable en su brutalidad y su instinto básico, de modo que un llanto desgarrador en un acto infantil, por muy teatral que fuese, no era bien visto.
Cuando se le declaró el cáncer negó su enfermedad hasta el penúltimo minuto. La última vez que entró a mi casa fue en la primavera de 1967. Se veía demacrada, ojerosa, pero aún con bríos. Estuvieron admirando los primeros brotes de la parra y mi mamá le prometió que para el verano se comerían juntas la uva rosada. Paseó por el patio fijándose en el pasto, las flores, los gorriones que se paraban en el guindo, las cuncunas que se desplazaban por las ramas, las mariposas, hasta las moscas que zumbaban, todo lo que oliera a vida. Yo la miraba a prudente distancia; no me atreví a acercarme a ella. No más de dos a tres semanas después se recluyó para siempre en su dormitorio, donde otra vez dio origen a una amarga polémica. Sin que nadie supiera cómo, se encariñó con un ex alumno, Ángel, un joven de unos 16 años, humilde y bien parecido. Lo veíamos entrar a la casa de la señorita Juana después de almuerzo, estuviera o no estuviera don Armando, para retirarse ya entrada la noche. Esa rutina diaria fue juzgada duramente por el vecindario y dio para todo tipo de fantasías y rumores. Los hombres tomaron parte por el marido y hasta las mujeres comentaban un escándalo del cual no había una sola prueba.
La señorita Juana murió recién comenzado el verano, antes de que la parra diera sus frutos. Eran cerca de las tres de la tarde cuando mandó a llamar a mi mamá. En la pieza estaba don Armando, un par de vecinos y un notario. Entre los cuatro le rogaban que firmara el documento que convertía a don Armando en único hederero; de lo contrario su plata de la jubilación se iba directa al Estado. La señorita Juana se salió de sus casillas y eso le hizo mal. Los echó a todos con un grito aterrador y dejó sólo a mi madre. Hablaron algo, se quejó como pudo; a los pocos minutos arrojó una bocanada de sangre sobre la colcha y expiró.
Pasada una semana del funeral vimos salir a Ángel de la casa de don Armando. Lo espiamos por detrás de las persianas venecianas; llevaba una lámpara y un par de muebles en un carretón que tiraba él mismo.

viernes, diciembre 23, 2011

Sensaciones, ansias

Vapuleado, olvidado, mirado con desconfíanza, asustado del mundo, recadero inocente y servil.
¿Cómo se llega de pronto, sin aviso aparente, a naufragar en estas sensaciones de tono secundario?
¿A quién recurrir, en ausencia de Dios?
Toda mi vida he cargado el peso del complejo, y pareciera que la carga crece.
Ansío un día de levedad, desinterés por todos que hoy es interés enfermizo, y de entrega a mí mismo, con mis fracasos convertidos en polvo de oro que vuela de mis hombros a las manos sucias que esperan en el suelo.

lunes, diciembre 12, 2011

La nobleza humana

Llegada su hora póstuma, bañada en frío sudor, recibí de ella estas palabras:
"De la injusticia nacen la envidia, el odio, el rencor, también una forma de amor. Constatar que tan pocos poseen tanto y tantos, tan poco, hace que estos sentimientos afloren naturalmente en los que van quedando a la orilla del camino y que a la vez se despierte la furia de los profetas. La envidia, el odio y el rencor no son buenos sentimientos y nada de lo que engendren será bueno porque el alma, al experimentar el resultado de su fuerza, no queda satisfecha, sino todavía más hambrienta. Pero debemos aprender a vivir con ellos, porque por alguna razón nos fueron dados. Podemos manifestar nuestra ira hacia afuera, a través de la expresión pacífica o violenta, o hacia adentro y transformarla en amargura. Se puede decir que el mundo ha cambiado y es probable que sea más justo gracias a estos sentimientos. También se puede decir que ha cambiado aún más gracias a la bondad con que revistieron esos mismos sentimientos figuras como Mohandas Gandhi, Jesús de Nazaret; sin ir más lejos el Padre Hurtado y Clotario Blest.
La injusticia, ¿qué es? La ruptura de un código acordado por un grupo de hombres que determinaron lo que era justo. La justicia humana no es natural. La justicia natural establece que el hombre y los animales habrán de sobrevivir como puedan, alimentándose unos de otros y de los bosques; y los bosques de la tierra, el agua y el sol. Los bosques no son inofensivos. Al igual que nosotros, también deben comer. Pero su comida no nos afecta, por ahora. Así fue escrito. Hasta hoy nadie ha descubierto que exista otra verdad. El hombre ha vivido rebelándose contra esa verdad. Así, se vio obligado a inventar el concepto de justicia.
En el último tiempo vi grandes protestas en contra de la injusticia. Quienes protestan, piden; mejor dicho, exigen. Cuanto más reciban, más exigirán; y si la barrera de la sensatez no logra impedir que se llegue al objetivo final, que es la gratuidad absoluta, el derecho absoluto a ser iguales y el consecuente reparto de los bienes, los poderosos que surgirán en ese momento se guardarán para sí los restos de la fiesta y los demás deberán sobrevivir con lo que quede. Se llorará sobre la leche derramada, se recordarán con nostalgia los buenos tiempos y el pasado de bienestar, nacerán nuevas voces y las cosas volverán a un nuevo y doloroso punto de partida.
Mi quimera proviene de la base de todas las religiones, pero también de la experiencia de las economías, de la vida de los artistas, de la privación de los ascetas, del trabajo de los científicos, del entrenamiento de los atletas: sólo se avanza cuando se da. El progreso individual y general reside en la paradoja de la entrega sin condiciones, en la entrega sin esperar recompensa. Esta quimera vale para un hombre, una familia, una empresa y un país. Admito que su esencia no encaja con la naturaleza humana, dada a preferir siempre el camino más corto y sencillo, pero me atrevería a insinuar que es lo más cercano a la nobleza que conozco".
Así me habló, angustiada y sin quedar enteramente conforme con lo dicho. Antes de expirar me acercó a su rostro, me besó y me susurró al oído esta frase incoherente: "¿Oyes las imprecaciones de Yaokanán, hijo mío, las oyes?". Luego se quiso llevar la mano al pecho, abrió los ojos lo más que pudo, miró con horror el entorno de la pieza y murió.
Reproduzco sus palabras con el solo ánimo de sacarme de encima el peso que me dejaron. Habrá quien quiera darles un sentido contingente; eso ya es otro asunto.