sábado, octubre 14, 2017

Insomnio

Ha sido un día malo desde todos los puntos de vista; no vale la pena analizarlo. Ha llegado el momento de ir a la cama. Mañana será otro día.
Los rezos de costumbre no hacen efecto. Lo que no pasa de unos minutos, el preludio del viaje al subconsciente, se va haciendo tedioso. Noto que me está costando dormir. El día fue demasiado malo.
El cuerpo ya da las primeras señales de molestia. Cuando no se puede dormir, los dedos del pie avisan, la espalda avisa, el pelo sobre la almohada avisa, la chaqueta del pijama avisa, la temperatura de la cama avisa; cada signo se hace presente en su justo momento. Es como si se turnaran, como si un hito le fuera dando la posta al otro, sin motivo alguno.
Los minutos se van haciendo eternos. La mente, en tanto, repasa involuntariamente los hechos del día. Los da vuelta, les busca el ajuste, calcula sus proyecciones, los niega. Idea que no han sido o que nomás pudieron ser un poco diferentes. Si todo consistiera en imaginar una sábana blanca contra un fondo blanco no habría problema. Pero aun esa imagen despierta, más que hace dormir. Lo mismo que contar ovejas; llega el momento en que se han contado todas las ovejas, y volver a contarlas desde el principio no es más que la confirmación de que la batalla contra el insomnio se está perdiendo.
¿Qué ha sido de mi vida? ¿Qué hice tan mal?
La falta de sueño, el mal día me lo van diciendo. He tomado las decisiones equivocadas tantas veces, me he dejado gobernar por mis obsesiones, poseo una estructura química típica de ese tipo de personas; esto es, aunque quisiera actuar diferente, tomar otras decisiones, no podría. Nunca me ha nacido consagrarme a la gente, atender a sus necesidades, sentir esa alegría que veo en otras personas cuando interactúan con los demás, los ayudan, se dedican a ellos. Tampoco soy de los que se agacha a admirar los tonos de una flor de orilla, ni goza del viento que se cuela por el cuello y baja al pecho. ¿Qué les heredé a mis hijos? ¿Mis angustias nunca confesadas pero eternamente visibles en los gestos de mi cara, en mis silencios?
Una suma de árboles se me vienen encima; el viento inquietante empuja a las ramas con sus hojas verdes hasta ocultarme cualquier atisbo de salida, cualquier visión del horizonte. Esa es la imagen de la que no se logran desprender mis ojos cerrados.
He escuchado tantas veces decir de mí que estoy loco; me he reído tantas veces de esos comentarios casi siempre dominados por la ira, pero ahora es el momento de hacerme la pregunta de verdad: ¿Lo estoy? ¿Lo soy? Esa ira procede no de sus mentes, procede de mi propia conducta, que se canaliza a través de sus mentes. Soy yo quien los induce a la ira, quien los empuja a los abismos, quien les descubre la locura que anida en ellos mismos. ¿No es esto que narro una metáfora de la locura?
Otros buscan de cada corazón libar el néctar de la alegría, yo ando a topetones, o poniendo trampas que los arrojen de bruces al suelo para verlos en el piso, ensangrentados, caídos, humillados, desde mi témpano de hielo. Cuánto de sus propias locuras lo habré creado yo, cómo saberlo; y sin embargo me siento tan culpable en este instante infeliz. Haber aportado un grano, uno solo grano de arena en ese universo de misterio ya es un calvario para mi corazón angustiado.
Los minutos pesan como un yunque sobre el pecho, cada uno es peor que el anterior, porque si antes se aguardaba tibiamente la promesa del futuro, ahora la certidumbre del pasado no puede sino augurar tormentos. Es preferible soportarlos con los ojos cerrados, aun viendo ramas mecidas por el viento, que hacerles frente abriéndolos; qué vería entonces, la misma habitación, impasible en lo profundo de la noche. El silencio blanquecino de las paredes que nada tiene que decir de mi insomnio.
Leí que los viejos duermen menos. Yo no me considero completamente viejo y tampoco duermo menos; pero sí duermo a sobresaltos, tengo sueños confusos que me dejan un sabor desagradable y esta noche ni siquiera he podido pegar los ojos. Si me levantara, como he sabido de tantos que se cubren con la bata, bajan al refrigerador, beben leche, hojean un libro, encienden la TV; si hiciera eso, si me entregara a la derrota, sería un golpe mortal a la minúscula barrera que he logrado levantar ante la salida de madre de mi mente. No lo haré; continuaré esperando la mañana. No miraré la hora. No desesperaré. Seré lo menos infeliz que pueda. Trataré de no pensar en nada.    



domingo, octubre 08, 2017

Teoría del sueño

Con esa negativa y esa burla deseas demostrar que ostentas el poder, y algo de razón tienes, porque soy inferior a ti en todo aspecto; pero este día he decidido dar un golpe de timón. Ambos en la cama, reclinados en nuestros almohadones, ya he recibido tus sarcásticas ofensas. Envuelto en tu superioridad, sigues pensando que las cosas se hacen como tú lo dices. Escúchame: me voy para siempre, y espero que te des cuenta.
Él se queda, sorprendido. Por la tarde lo divisa desde una ventana, vengativa: lo ve reclinado al borde de la cama, con las manos sobre la frente.
Entra de noche a un callejón tortuoso; mientras camina levanta la cabeza hacia las casas de campo instaladas a la orilla, sobre el murallón de tierra que encajona la calle. Van pasando ante su vista los sucios baños y las mujeres de diabólico atractivo que entran a usarlos, campesinas vulgares que no saben de tormentos.

Si hay algo que estorba mi mente cuando me hallo frente a una obra literaria, eso es descifrar, deconstruir un poema. A  menudo, sino demasiadas veces, el poema se disfraza de metáforas para cantar a lo más simple.
Así:

Mi llave que tiene la forma de una llama
erecta
va buscando el camino glorioso que conduce
a tu puerta

Se plantea como un problema de fácil resolución, de lo que resulta un placer menor para mi entendimiento.
Si la fórmula es hermética, la solución es gloriosa.
Pero entonces el poema sería como un problema de álgebra. Yo no puedo verlo así.

sábado, septiembre 09, 2017

Desfile de disfraces

Un grupo de adultos entró vociferando al Paseo Huérfanos; hacían sonar cornetas, pero no levantaban cartel alguno, de modo que resultaba difícil encasillar su protesta en alguna causa medianamente conocida. Bastaron segundos para salir del error, atribuible a los tiempos que se viven: los empleados no protestaban contra nada, la oficina completa bajaba a la calle para exteriorizar su alegría a través de un desfile de disfraces. La gente los miraba con curiosidad y ellos, mujeres y hombres, parecían turbados, avergonzados de demostrar un sentimiento tan extemporáneo. En cosa de segundos se perdieron con sus disfraces improvisados, sus cornetas y sus challas, fueron tragados por las tibias burlas, sobre todo por la indiferencia de la muchedumbre.
El episodio, sumado a la feliz lectura por estos días de los relatos esenciales de Hesse, me trasladó a uno de esos momentos inolvidables de mi niñez.
Había sido una semana de preparativos contra el tiempo, pero los resultados estaban finalmente a la vista, minutos antes del mediodía, tal como lo había planificado la señorita María Eugenia. El curso entero, cuarto año B, esperaba dentro de la sala el llamado para comenzar el desfile desde la Escuela 1, ubicada frente a la cárcel, hacia la Plaza de los Héroes. Caminaríamos por O'Carrol, doblaríamos por Estado, llegaríamos a la plaza, daríamos la vuelta rodeando la Catedral, la Intendencia y la estatua de O'Higgins, bajaríamos por Independencia, Brasil, San Martín, y volveríamos a la escuela. Durante una hora nos sentiríamos orgullosos de ser niños, contentos por despertar sonrisas, carcajadas, expresiones de reconocimiento, chistes sanos dirigidos a nosotros, el centro de atención. Seríamos señalados con el dedo y nuestra vanidad se inflamaría tras constatar que éramos sujetos de asombro.
En el fondo, se trataba de una competencia, lo que se dice una sana competencia al estilo de los ingleses, si es que el término pudiera aplicarse. Me resulta difícil concebir que los ingleses no sientan lo que yo al competir; es decir, envidia, deseos de fracaso del contrincante, ganas de aplastarlo, de hacerlo papilla. Y sin embargo, bien miradas las cosas, allí estábamos, esperando la orden para salir a desfilar, sin ánimo de pisotear a nadie, tal vez sin aspiración alguna de competencia, idea maléfica que pudiere haberse incorporado a mi psique con los años.
A diferencia de las demás promociones, en que los profesores daban chipe libre sus alumnos para elegir sus motivos, la señorita María Eugenia había apostado por un solo disfraz para el curso: por una tarde todos seríamos paracaidistas. La idea se le ocurrió en un dos por tres, una semana antes, mientras se discutía el tema en consejo de curso. Impresionados por la sencillez del disfraz, no pusimos objeción. Era bonito disfrazarse, pero a fin de cuentas todos terminábamos siendo vaqueros, indios apaches, magos, soldados romanos o futbolistas y eso le quitaba gracia al desfile. Era como si nos viéramos en un espejo y constatáramos, ahí sí con envidia, las diferencias con la otra pistola, la otra flecha, la otra espada, el otro sombrero, el otro bigote, comparación que siempre nos jugaba en contra, ya que -ignoro la razón- la vista se nos iba siempre hacia los disfraces superiores al nuestro. En cambio ser paracaidistas era ser originales y nos hacía sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de nuestra maestra, que había tenido la idea.
El disfraz era el mismo buzo abotonado de la escuela, con tres agregados: un gorro de género del mismo color que nos tapaba las orejas y que no recuerdo cómo diablos pudo fabricarse cada uno, el bolsón colegial de cuero amarrado a la espalda y bigotes finos pintados con carbón a la usanza francesa, muy de moda en esos tiempos. La señorita María Eugenia iría al mando vestida de generala; o sea, con su traje dos piezas, cartera y zapatos de medio taco.
Entonces salimos a dar la cara.
Mientras toda la escuela se tomaba las calles en completa algarabía y desorden, como corresponde a un desfile de disfraces, nosotros marchábamos silenciosos, marcando el paso con aire marcial, cual carne de cañón que parte a una guerra que se nos antoja heroica, incapaces de imaginar el dolor que provocan las guerras de verdad; marchábamos con la vista fija en el gorro del compañero de adelante, provocando comentarios del tono de qué son, militares, no, porque no llevan carabinas, ya sé, van disfrazados de ellos mismos, no, porque tienen gorro y bigotes, entonces qué son, mira, fíjate, son paracaidistas, sí, paracaidistas, claro, porque llevan el paracaídas en la espalda, qué ingenioso...
El curso del Lucho nos quiso hacer la competencia y montó un banquete: sobre el tablón que los cocineros cargaban al hombro sobresalían dos fondos de metal de cuyas orejas colgaban sendos cucharones; al centro, entre ambas ollas, iba sentado el Miguel, que cursaba primero de preparatoria, vestido de blanco, con un gorro de chef y bigotes de Fígaro.
Al curso del Vitorio asistía el nieto del cochero, tal vez el niño más pobre de la clase. Durante todo el año se le veía entrar a la escuela, humilde, pero dignamente, peinado para atrás con gomina, no pocas veces con las suelas rotas. El más aventajado no era; copiaba en las pruebas y al final del año poco menos que pasaba raspando por culpa de su cabeza rellena de aserrín, siempre callado y sereno, ignorante de su realidad. No caía bien ni mal, era simplemente el nieto del cochero y eso no significa nada para nadie, salvo que se tratara del día de la fiesta de disfraces.
La existencia de su padre era un misterio, pero el que decía ser su abuelo lo amaba; es más, lo veneraba: el chiquillo estaba siendo lo que nadie en la familia había sido. Ya sabía sumar y restar, y leer, y auguraba para él tiempos luminosos. El resplandor del conocimiento le abriría las puertas que al cochero, un hombre ignorante y sumiso, el mundo le había cerrado en las narices.
Pero todo aquello debía ser echado afuera; no bastaba el sentimiento íntimo del tronco hacia la tierna rama que crecía, de allí que la escuela y por qué no decirlo la ciudad entera, que también conservaba algo de memoria, aguardara con ansias la aparición del muchacho disfrazado, aún recordando su paso como Llanero Solitario, el año anterior. Y aquella vez no solo no ocurrió la excepción sino que el niño vistió un disfraz que hoy me ha devuelto al pasado por el solo hecho de haber visto jugueteando a un grupo de oficinistas tarambanas.
El Alcaíno cabalgaba en un caballo alazán que brillaba de lustroso, vestido de sultán. Encabezaba el desfile del curso del Vitorio y suena obvio afirmar, aunque hay que decirlo, que sus compañeros no representaban más que una comparsa improvisada involuntariamente para hacerlo brillar más. Le sobraban collares sobre la seda celeste de su traje de fantasía y una gema púrpura resplandecía en medio del turbante blanco. Sobre la silla de montar se le había instalado un trono; el Alcaíno guiaba al animal con un dejo de indiferencia o secreto orgullo, no había cómo saberlo, mientras su abuelo lo seguía por la vereda con una mirada intensa, sin despegarle los ojos, y se le llegaban a caer las lágrimas. De haberle podido arrendar un elefante lo habría hecho, sacrificando incluso el pan del mes, mas no era esa temporada de circo.       

lunes, septiembre 04, 2017

Rumores anómalos

Caminaba de noche, apuraba el paso para llegar pronto a casa; era invierno y hacía frío, la ciudad de provincia se había vaciado por fuera y su vida, lo que le quedaba de vida en esa jornada, se consumía entre las paredes de adobe de las viviendas, alumbradas por pálidas luces que venían de arriba. Las conversaciones, si es que las había, se gastaban en la intimidad del anonimato; todo lo que se hablaba quedaba allí adentro. La disposiciòn de las calles -rectas, cruzándose entre ellas, armando del centro un gran cuadrado ciego- era la metáfora natural del cementerio, ubicado a pocas cuadras.
De súbito, un sonido gutural a centímetros de mi oído derecho me paralizó, me congeló la sangre de las venas. Salté de la emoción, alarmado; algo grandioso me había devuelto a una realidad de la que ignoraba que me hubiese ido. Pero la realidad no solucionó el misterio: la ciudad seguía siendo la misma, nada había caído del cielo, ningún pájaro nocturno graznó en mis oídos, aleteo alguno rozó mi pelo, ningún amigo me jugaba una broma y nadie intentaba asaltarme. Solo un peatón como yo, que caminaba por la vereda opuesta en sentido contrario, había carraspeado bruscamente.
Acostado en la cama de mi novia, a cuya habitación había entrado a hurtadillas, la besaba en los labios y ella me correspondía. En los tiempos en que aquello era pecado, en tortuoso silencio hacíamos el amor en la pieza extraña de una casa de campo de paredes altas como las de un castillo, calladamente oscuros, vislumbrados por los destellos de una noche de invierno que se colaba por el marco de la modesta ventana. Éramos solo ella y yo, más cuatro oídos desconfiados en las habitaciones aledañas. Fundamentalmente, ella y yo.
De súbito, la pieza comenzó a retumbar. Giré la vista, asombrado; mis ojos apuntaron al techo, de donde nacía el profundo eco de un ritmo enloquecido demasiado familiar. Eran los latidos de mi corazón, que se podían oír con la misma claridad que la del canto del grillo y el crujido de la cama. Semejando el golpeteo de las alas de un murciélago atrapado en la pieza, los latidos huían objetivamente de mi cuerpo para anunciar, delatar mi presencia.
No es mi ánimo esta noche el de inventar ficciones. Aludo exacta y simplemente a los dos únicos rumores anómalos que recuerdo haber vivido en mi ya madura existencia, ambos a la edad de veintitantos años.

jueves, agosto 24, 2017

Vértigo

Cuántos de aquellos silenciosos caminantes, pasajeros de tren, inmóviles pacientes de salas de espera, nocheros, soldados de guardia, estarán hablando por dentro, su mente recordándoles, repitiéndoles la misma idea lacerante que circula en el velódromo de sangre una y otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta el vértigo.
Cómo enfrentarán sus batallas, con qué temple; cómo saldrán de la encerrona si ni la oración les sirve para vencer al enemigo escondido dentro de sí mismos, en lo más profundo de sus almas. ¿Son ellos su propio capital o les bastará su cobardía? ¿Vislumbrarán la angustia del nuevo amanecer esperanzados?
El cielo amenaza ruina y de pronto la dulzura de un arpa, el paso del vecino nocturno, la pálida Luna cumpliendo los mandatos del tiempo; cosas así, el llamado por el altavoz, el cambio de turno, el ingreso a la oficina, algo que no es lucha, no es resignación, algo mágico en el fondo, inesperado, ocurre.

martes, agosto 15, 2017

Visiones

Decían, con frases cortantes, a la rápida, que se navegaba en un mar agitado y era cosa de palparlo, lo que se podría llamar un pleonasmo de lenguas mordaces hablando sobre la evidente ferocidad del océano: las olas asaltaban la cubierta, dejando una estela de espuma rabiosa que se iba por los bordes antes de que llegara la próxima advertencia.
Había proyectado, y lo seguía pensando, que a contar de ahora comenzaría para mí el tiempo sosegado, pero las inclemencias meteorológicas enviaban señales inquietantes. Descubrí, agarrado a la baranda, el único del grupo, que mi personalidad se había forjado de temprano a través del simple expediente de mirar por encima o por debajo. Podía obedecer, reverenciar, cumplir con éxito lo que se esperaba de mí; podía sentir piedad, desprecio, desconsuelo. Pero no había un horizonte que al separar, igualara. Era esa la fórmula que había que romper, pero no disponía de las herramientas ni del secreto para lograrlo.
La nave se dejaba llevar hasta la base de una ola gigantesca, perdiendo todo contacto con el mundo exterior, rodeada de una verde oscuridad donde se desparramaban y eran tragados en cosa de segundos vómitos compungidos, asquerosos; cuando parecía todo perdido ella y nosotros volábamos de un salto a la cresta blanquecina: allí el viento mojado lanzaba carcajadas sobre mi rostro y el de los demás marineros, que hacían su trabajo.

sábado, julio 15, 2017

Silvestre

Ya te has ido; nos dejaste muy temprano.
Esta noche hace frío, la Jiji duerme a los pies de la estufa; tú duermes bajo la tierra húmeda y helada.
Pero hay un paraíso, y allí está tu alma de gatito, con la Droya, la Diana, Runy, Estinfis, la perrita Cleo.
Oh, Dios, qué triste es recordar a los muertos inocentes.