viernes, noviembre 17, 2017

Noches de turno

Las noches de turno en el diario guardan su encanto. Hay un momento en que todo se recoge, como preparándose para dormir. Dejan de sonar los teclados y los teléfonos, los escritorios se vacían, la primera tirada se imprime lejos, en los faldeos cordilleranos y los pocos turneros matan el tiempo ante las pantallas de sus computadoras, a la espera del último aliento noticioso de la extensa jornada: el despacho de la edición de Santiago. En tal momento, mientras las noticias descansan -oh, bendición para mí y para el mundo- suelo bajar a compartir un café con Germán Arellano, atraído por las profundas verdades del alma humana que revelan sus historias. Germán no pareciera alegrarse en demasía ante mi presencia, ya que generalmente está viendo alguna película por Youtube, pero con los minutos empieza a entusiasmarse. Yo, que lo trato de usted, por el respeto que le tengo y los diez años que me lleva, abro la conversación con algún tema literario y el diálogo se hace fácil, fluye como el agua cristalina en el arroyo. Llegamos así a los premios Nobel y a la soberbia y la envidia, que se dan mucho en ese ámbito, y de inmediato surge una anécdota. "Hay poetas que no valen nada y se creen el hoyo del queque; en cambio otros como mi amigo Rolando Cárdenas, un gran poeta que no fue reconocido en todo su mérito, mueren en el olvido", comenta.
-¿Le gusta Gabriela Mistral?
-No mucho, fijesé. Tiene algunas cosas, eso sí.
-El año que ganó el Nobel, el otro candidato era Herman Hesse.
-... Poeta mayor. Se lo dieron al año siguiente.
-Neruda llegó más lejos que Gabriela Mistral.
-No se le pueden negar sus méritos, aunque a Neruda lo ayudaron... lo ayudó... el partido.
Cuando dice esto pone ojos de huevo frito y tiende a sonreír.
-Tenía olfato. Acuérdese de que en su libro "Confieso que he vivido" menciona que gracias a su amigo Juan Emar, hijo de Eliodoro Yáñez, consiguió su primer cargo en el exterior. Eliodoro Yáñez lo recibió en el diario "La Nación", que dirigía, y le preguntó qué puedo hacer por ti, muchacho.
Germán admite lo anterior y cambia de tema.
-Yo fui bien amigo de Poli Délano...
-... Que en paz descanse.
Le doy una buena mascada a mi sándwich de jamón y queso y me dispongo a oír lo que viene.
-Cuando cursaba estudios en el Pedagógico, una noche estuvimos tomando hasta las tantas con varios más; Poli Délano era nuestro profesor. A la mañana siguiente nos cruzamos en el patio de la facultad y ni me miró. Habría esperado un saludo aunque fuera, pero el hombre se daba ínfulas. Y gran escritor nunca fue. Lo mismo Macías.
-¿Macías?
-Sergio Macías, otro que se arregló. Hay gente que vive arrimándose a los poderosos.
-¿De quién está hablando?
-De Macías, de Acevedo. El verdadero trabajo de Acevedo consistía en complacer a sus superiores.
-Doy fe de este último. Yo mismo le oí contar a Acevedo que en la feria persa encontró un viejo libro escrito por el padre de su director. Costaba una fortuna, pero lo compró y se lo regaló. Luego se ufanaba de su gesto y lo ponía como ejemplo de lo que nos faltaba a nosotros para llegar más arriba.
-Una tarde yo lo vi hablando con un periodista de este diario. Apenas se separaron comentó sobre él: "chancho que no da manteca".
-¿Quién sería el periodista?
-Este señor... Monte.
-Si se refiere a Carlos Monte, se equivocó. Es el actual agregado de prensa en Brasil.
-Ahí tiene.
-Gracias al partido socialista, Germán.
Pareciera que ambos estuviésemos respirando por la herida al hablar. Yo de una manera y él, de otra. En mi caso, admito el desaliento que me embarga al recordar que mis propios escritos han pasado sin pena ni gloria por el mundo literario criollo. Él debe de sentirse herido por otras razones, que desconozco.
-Macías se arregló los bigotes con el gobierno de la Unidad Popular, que lo nombró agregado de cultura en España. Después del golpe se quedó en Madrid, mientras su gran amigo Salvatore Coppola se exiliaba en la República Democrática Alemana.
Hace aquí Germán un breve rodeo para refrendar la historia que viene, sobre las peripecias de Gonzalo Rojas cuando dejó su misión diplomática en China para instalarse en la RDA. "Al poeta se le ocurrió mandar en barco a su casa de Chillán una marquesa china de dos plazas. Fue toda una aventura, porque después le costó un mundo viajar de la República Democrática Alemana a Chile para recibirla", cuenta. Continúa entonces con la anécdota de los amigos Coppola y Macías.
-Coppola tenía un modo deslenguado para hablar. Él mismo me contó años atrás esta historia que le voy a referir, y con estas mismas palabras, mientras nos tomábamos un pipeño: "Tú no sabes lo que sufrí para viajar a ver a Macías, Germán. Tras infinitas negativas, porque chucha que costaba salir de Alemania Democrática, me conseguí un permiso de las autoridades para viajar a España. Le anunciamos la visita y con mi mujer viajamos en tren toda la noche y llegamos a su departamento en Madrid, esperando ser recibidos con grandes abrazos, pero la esposa de Macías nos leyó la cartilla de entrada: "Shhh, el maestro está escribiendo. No se le puede molestar. Orden perentoria", advirtió. Yo le contesté: "Dígale que haga un lulo bien grande con lo que está escribiendo y se lo meta por la raja. Tomé a mi mujer del brazo y partimos de vuelta.
El tema del éxito, la envidia, la ambición y los fracasos se agota. Le hago ver entonces a Germán que su vida es un manantial de historias que deben ser traspasadas al papel. Le advierto que si él se sigue negando a reproducirlas lo haré yo, para rendirle el honor que se merece.
-Ese capítulo de su vida en que se fue a vivir a una pensión de mala muerte, por ejemplo, no puede quedar sepultado en el olvido.
-Ah, sí.
-¿Me lo podría contar una vez más? Recuerdo una pelea y que su pieza estaba separada de la otra por una tabla de cholguán.
Germán no se hace de rogar; este es su relato:
"Para ahorrar un poco de mi sueldo, porque en esos días andaba muy acogotado, se me ocurrió arrendar una pieza re barata en una pensión de Santiago poniente. Duré como tres meses y me fui. Me tocó una habitación en el tercer piso. Una pocilga. Al lado mío arrendaba una peruana bien interesantona, de unos cuarenta y cinco años, pero nunca trabamos relación. Al otro lado vivía la señora Sarita y en la pieza de más allá su hijo, el Patito. Era bien callado el Patito. Llegaba del trabajo y se encerraba en su habitación. Arriba vivía un vago atorrante que se pasaba discutiendo con el dueño y en el primer piso, un canuto zángano con su esposa, que era contadora. Los dos tenían como veinticinco años y ella era medio tontorrona. Cuando uno la escuchaba se decía: "Puta la cabra tonta". Yo traté de hacer buenas migas con todos, pero el primero que se me cruzó fue el canuto. Vivía leyendo versículos de la Biblia en el patio central al que daban las piezas; una mañana tenía la música a todo chancho y yo, que había llegado del turno pasadas las tres, no podía dormir, así que me levanté, me puse la bata, salí de la pieza y desde el balcón le pedí por favor que bajara la música. Él me miró y me dijo "bueno". Pero al ratito la tenía de nuevo a todo chancho. Le gustaba oír música árabe, pero se le pasaba la mano.
"Una tarde el atorrante bajó a hablar con el dueño y con su mejor voz le informó que su sobrino del sur llegaría a pasar la noche a su habitación. Esa misma vez yo andaba con ganas de comerme una carnecita y como tenía día libre le pregunté a la señora Sarita si se animaría a preparar una cena para nosotros, porque ya había averiguado que cocinaba rico. Me dijo que encantada y al rato volví con la carne y el acompañamiento. Llevé de todo, pero me faltó el vino. Invitamos al bailarín y al Patito, pero el Patito se llevó la comida a su pieza, así que al final comimos los tres con el bailarín.
"Pasaron veinte minutos, pasó media hora y la señora Sarita recién empezaba a adobar la carne. Echaba un aliño y paraba, otro aliño y paraba; se lavaba las manos, se las secaba, sacaba un cigarro y se ponía a fumar. El bailarín no decía nada, porque era un invitado; yo tampoco, por educación, pero se notaba que los dos estábamos con el medio diente...
"De repente la señora Sarita volvió a parar y sugirió en voz alta: 'A esto le falta un tintolio'. Con el bailarín partimos a la botillería de la esquina y volvimos con dos botellas, justo cuando iba entrando a la pensión el sobrino del atorrante. Era un mariconcito del barrio, un cabrito flaco bien afirulado; no pensaba ser sobrino. Cuando subió a la buhardilla y antes de que nosotros entráramos a la pieza, le entornó los ojos al bailarín. Ya adentro, descorchamos las dos botellas. La señora Sarita cocinaba y se penqueaba, cocinaba y se penqueaba, puta que se demoraba en cocinar la vieja. Al final nos sentamos a la mesa como a las diez de la noche. Pero cocinaba rico.
"Al olor de la comida salió el canuto y se puso a blasfemar contra nosotros. '¡Nido de víboras!, nos gritaba, ¡ya les llegará su hora! ¡No hay peor pecado que la gula!' Seguro que hablaba así porque no lo habíamos invitado. El bailarín, que al final de cuentas tenía su genio, salió al balcón y le gritó ¡cállate mierda! De la otra pieza el atorrante pensó que le estaba gritando a él y como se había puesto celoso bajó un piso y le sacó la chucha al bailarín. El bailarín lloraba y le chorreaba la sangre por el balcón. ¡Llamen a los carabineros! ¡Llamen a los carabineros!
"Las cosas se calmaron y cada uno volvió a lo que estaba haciendo. Con la señora Sarita le curamos las heridas y por fin nos sentamos a la mesa a disfrutar de la cena. Entonces se comió y se brindó, pero de repente, a pito de nada, la señora Sarita nos miraba con una cara rara y levantaba la voz, muy seria. 'Noto que no se me trata con respeto. ¡Pido respeto!', nos recriminaba".
Dice Germán que después de esa noche resolvió volver a su antigua pieza del departamento dúplex que le arrendaba una mujer que vivía con su hija retrasada. Le había caído la teja de que existían cosas peores.
-La niña andaba por los 18 años; estaba crecidita y era bien grandota, pero tenía un CI de cinco a veinte puntos, a lo más. Se llamaba Dámaris. Murió hace poquito, producto de los problemas inherentes a su retraso. Una noche la mamá me pidió que por favor la cuidara un par de horas en la pieza de arriba, porque ella tenía un compromiso con alguien en la sala de abajo. Yo le dije cómo no y subí a cuidarla. Estaba leyendo de lo mejor un libro en el sofá, la cabrita al lado mío, cuando la siento acezar y aletear como las gallinas. Era asmática y le estaba dando un ataque. Me levanté y la tomé por detrás para llevarla a acostar, pero me tropecé y caímos los dos sobre la cama, ella encima mío y seguía con el ataque. Era tan pesada que en un momento pensé me voy a morir; trataba de hacer palanca para zafarme de ella y no había caso, estábamos perdiendo la respiración tanto ella como yo, pero también pensaba puta madre si sube la vieja va a pensar que me la estoy chiflando, porque andaba con una falda corta que se le había levantado y me tenía el poto encima. Con suerte no subió, yo hice un esfuerzo feroz y la desplacé hacia el lado. Fui al velador, tomé el inhalador y la hice respirar hondo hasta que se fue calmando y se quedó dormida.
Así van pasando los minutos, los días y los años.

lunes, noviembre 13, 2017

Apuntes del diario vivir

Echado de bruces en la cubierta inferior del velador, polvoroso, el aparato celular dejaba pasar el tiempo sin emoción alguna, pues sabido es que los celulares, siendo forjadores de emociones, carecen de ellas.
Sus dueños repararon en él la mañana del domingo, antes de salir a pasear en bicicleta.
-Pronto este grandulón será una antigüedad.
-¿Y entonces, qué haremos con él?
-Lo podríamos colocar en la repisa, o junto a la vieja máquina de escribir.
Hacía mucho calor; aun así el paseo resultó agradable: la brisa se colaba entre la ropa fresca y los añosos árboles de la avenida regalaban generosa sombra. En la cafetería de siempre él ordenó un expreso y un empolvado; ella un té de jazmín.
A la vuelta ella se fue a celebrar el cumpleaños de una amiga; él se quedó solo, por primera vez en meses. Todo un domingo por la tarde para él solo. Sin mujer, sin hijos, sin nietos. Buen momento para escribir.
Calentó la lazaña y se la comió con una ensalada en un par de minutos; bebió un vaso de jugo de piña preparado por él mismo, con tres cubos de hielo. Lavó la loza, subió al segundo piso y se recostó en la cama a leer "El Mercurio", los suplementos Artes y Letras y Reportajes, en ese orden. Más tarde habría tiempo para escribir. De fondo escuchaba su radio favorita, RTE Lyric FM. A la primera hoja ya dormía siesta. De lejos le llegaban sus propios ronquidos; cuando los reconocía despertaba a medias, luego seguía durmiendo.
Al despertar de verdad reparó en que solo habían pasado 20 minutos. Hacía demasiado calor en la pieza, el cuerpo le pedía una ducha helada y le dio en el gusto. Luego reparó en un detalle molesto que venía evitando hacía varios días: las uñas de los pies. Acometió la tarea con paciencia; lo peor era la uña izquierda del dedo gordo, encarnada desde que en el internado universitario le pusieron un tubo de cartón sobre la puerta; él ingresó y en vez de caerle en la cabeza se fue recto hacia la uña del pie, que perdió en el acto. Quedó chueca para siempre y a partir de aquel instante, cada vez que entraba la tijera corta cutícula dolía. Pero era un dolor soportable. Había que sentirlo.
Repuesto y satisfecho del cacho que se había sacado de encima bajó al sofá, se estiró a lo largo, puso dos almohadas en la cabecera y leyó el primer suplemento, sin quedar del todo cómodo. De vez en cuando doblaba el cuello para evitar una tortícolis, y sentía cómo le sonaban las vértebras. El segundo suplemento lo disfrutó sentado en una silla del comedor, al que llegaban los rayos oblícuos del sol. Adentro estaba más fresco que afuera. Después de leer reparó en que no había escrito una sola línea, pero también miró el pasto de la calle: estaba seco y rogaba a su modo por un chorro de agua, haciéndose el amarillo. Su clamor de víctima desamparada le llegó al alma; salió a la calle con la manguera y lo regó una hora y tres minutos. Descubrió fecas de perro entre la hierba. Siempre las descubría cuando ya era tarde, cuando los vecinos y sus mascotas habían desaparecido, dejando su huella. Agudizó el chorro de la manguera y las empujó al centro de la calle. Con el paso de cada auto echaba un vistazo. Pronto se transformaron en una mancha verdosa y luego ya pasaron a ser un recuerdo. En eso estaba cuando vio caminando a lo lejos a su mujer.
-¿No ibas a ir al cine?
-No, me di la gran vida y me quedé en la casa. ¿Cómo te fue?
-¡Comí recién a las cuatro! Cuando llegué había puro maní salado y vienesas fritas. Después apareció un montón de haitianos y haitianas de la parroquia.
-¿No era un cumpleaños con los amigos?
-Sí, pero ya sabes como es ella...    

domingo, octubre 29, 2017

La segunda partida de la tierra

Mi padre ya había muerto antes, de eso estaba casi seguro.
Pero ahora, al verlo sobre la cama, tan solo, me entraron dudas. ¿Esa vez que murió, cómo fue que murió? ¿Y cómo resucitó?
La memoria me entregaba rastrojos de recuerdos, imágenes fulminantes que venían y se iban, indefinidas, como en el sueño. Había habido una primera muerte, eso era casi indiscutible. Pero esta era la real.
Echado en la cama, de costado, su cuerpo azulino, sus bigotes de hombre joven, su flacura. ¿Qué sería de él? ¿Quién se ocuparía de su entierro?
Salí de la habitación; luego volví a entrar, montado en mi bicicleta antigua. La cama estaba hecha. Alba. Reluciente. Ni una sola arruga. Alguien se había ocupado de todo. Mas se lo podía adivinar entre las sábanas. La marca de su cabeza apenas destacaba bajo el albo edredón; una suave prominencia, eso era todo. Pensé por un momento que los cuerpos muertos sobresalían más cuando estaban acostados dentro de una cama, pero abandoné la idea, por endeble.
Una mancha mínima en la colcha blanca, una mancha violácea, que vendría de su hígado, la primera marca después de su partida de la tierra. ¿Quién se ocupará de sus despojos el día de mañana, abandonado por los que nos decíamos suyos?
Me era preciso abordar a mi hijo. Y prevenirlo.
Tomé el sendero que bordeaba el río de aguas montañosas, aguas del sur, río serpenteante poblado de rocas, corrientes y rincones arremolinados donde dormirían las truchas. Debía remontar su cauce cuanto antes; iba por el borde, que no era peligroso, pero sí estrecho. Abajo corrían las aguas en mi contra.
Lo advertí entre la multitud, venía con la muchedumbre.
-¡Hijo, detente!
No me vio, pero se detuvo. Ellos le hacían ver su locura, pero él insistía en llevar puesto el polerón de su enemigo. Era una reunión entre los árboles que flanqueaban el río. Una reunión a la sombra, en la fría humedad del sur. Le decían que su rival tenía los días contados en la casa de pensión, que era cosa de esperar, pero a él no le apetecía tal salida; en ocasiones como esa, su empecinamiento irreflexivo era demasiado poderoso.

domingo, octubre 08, 2017

Teoría del sueño

Con esa negativa y esa burla deseas demostrar que ostentas el poder, y algo de razón tienes, porque soy inferior a ti en todo aspecto; pero este día he decidido dar un golpe de timón. Ambos en la cama, reclinados en nuestros almohadones, ya he recibido tus sarcásticas ofensas. Envuelto en tu superioridad, sigues pensando que las cosas se hacen como tú lo dices. Escúchame: me voy para siempre, y espero que te des cuenta.
Él se queda, sorprendido. Por la tarde lo divisa desde una ventana, vengativa: lo ve reclinado al borde de la cama, con las manos sobre la frente.
Entra de noche a un callejón tortuoso; mientras camina levanta la cabeza hacia las casas de campo instaladas a la orilla, sobre el murallón de tierra que encajona la calle. Van pasando ante su vista los sucios baños y las mujeres de diabólico atractivo que entran a usarlos, campesinas vulgares que no saben de tormentos.

Si hay algo que estorba mi mente cuando me hallo frente a una obra literaria, eso es descifrar, deconstruir un poema. A  menudo, sino demasiadas veces, el poema se disfraza de metáforas para cantar a lo más simple.
Así:

Mi llave que tiene la forma de una llama
erecta
va buscando el camino glorioso que conduce
a tu puerta

Se plantea como un problema de fácil resolución, de lo que resulta un placer menor para mi entendimiento.
Si la fórmula es hermética, la solución es gloriosa.
Pero entonces el poema sería como un problema de álgebra. Yo no puedo verlo así.

sábado, septiembre 09, 2017

Desfile de disfraces

Un grupo de adultos entró vociferando al Paseo Huérfanos; hacían sonar cornetas, pero no levantaban cartel alguno, de modo que resultaba difícil encasillar su protesta en alguna causa medianamente conocida. Bastaron segundos para salir del error, atribuible a los tiempos que se viven: los empleados no protestaban contra nada, la oficina completa bajaba a la calle para exteriorizar su alegría a través de un desfile de disfraces. La gente los miraba con curiosidad y ellos, mujeres y hombres, parecían turbados, avergonzados de demostrar un sentimiento tan extemporáneo. En cosa de segundos se perdieron con sus disfraces improvisados, sus cornetas y sus challas, fueron tragados por las tibias burlas, sobre todo por la indiferencia de la muchedumbre.
El episodio, sumado a la feliz lectura por estos días de los relatos esenciales de Hesse, me trasladó a uno de esos momentos inolvidables de mi niñez.
Había sido una semana de preparativos contra el tiempo, pero los resultados estaban finalmente a la vista, minutos antes del mediodía, tal como lo había planificado la señorita María Eugenia. El curso entero, cuarto año B, esperaba dentro de la sala el llamado para comenzar el desfile desde la Escuela 1, ubicada frente a la cárcel, hacia la Plaza de los Héroes. Caminaríamos por O'Carrol, doblaríamos por Estado, llegaríamos a la plaza, daríamos la vuelta rodeando la Catedral, la Intendencia y la estatua de O'Higgins, bajaríamos por Independencia, Brasil, San Martín, y volveríamos a la escuela. Durante una hora nos sentiríamos orgullosos de ser niños, contentos por despertar sonrisas, carcajadas, expresiones de reconocimiento, chistes sanos dirigidos a nosotros, el centro de atención. Seríamos señalados con el dedo y nuestra vanidad se inflamaría tras constatar que éramos sujetos de asombro.
En el fondo, se trataba de una competencia, lo que se dice una sana competencia al estilo de los ingleses, si es que el término pudiera aplicarse. Me resulta difícil concebir que los ingleses no sientan lo que yo al competir; es decir, envidia, deseos de fracaso del contrincante, ganas de aplastarlo, de hacerlo papilla. Y sin embargo, bien miradas las cosas, allí estábamos, esperando la orden para salir a desfilar, sin ánimo de pisotear a nadie, tal vez sin aspiración alguna de competencia, idea maléfica que pudiere haberse incorporado a mi psique con los años.
A diferencia de las demás promociones, en que los profesores daban chipe libre sus alumnos para elegir sus motivos, la señorita María Eugenia había apostado por un solo disfraz para el curso: por una tarde todos seríamos paracaidistas. La idea se le ocurrió en un dos por tres, una semana antes, mientras se discutía el tema en consejo de curso. Impresionados por la sencillez del disfraz, no pusimos objeción. Era bonito disfrazarse, pero a fin de cuentas todos terminábamos siendo vaqueros, indios apaches, magos, soldados romanos o futbolistas y eso le quitaba gracia al desfile. Era como si nos viéramos en un espejo y constatáramos, ahí sí con envidia, las diferencias con la otra pistola, la otra flecha, la otra espada, el otro sombrero, el otro bigote, comparación que siempre nos jugaba en contra, ya que -ignoro la razón- la vista se nos iba siempre hacia los disfraces superiores al nuestro. En cambio ser paracaidistas era ser originales y nos hacía sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de nuestra maestra, que había tenido la idea.
El disfraz era el mismo buzo abotonado de la escuela, con tres agregados: un gorro de género del mismo color que nos tapaba las orejas y que no recuerdo cómo diablos pudo fabricarse cada uno, el bolsón colegial de cuero amarrado a la espalda y bigotes finos pintados con carbón a la usanza francesa, muy de moda en esos tiempos. La señorita María Eugenia iría al mando vestida de generala; o sea, con su traje dos piezas, cartera y zapatos de medio taco.
Entonces salimos a dar la cara.
Mientras toda la escuela se tomaba las calles en completa algarabía y desorden, como corresponde a un desfile de disfraces, nosotros marchábamos silenciosos, marcando el paso con aire marcial, cual carne de cañón que parte a una guerra que se nos antoja heroica, incapaces de imaginar el dolor que provocan las guerras de verdad; marchábamos con la vista fija en el gorro del compañero de adelante, provocando comentarios del tono de qué son, militares, no, porque no llevan carabinas, ya sé, van disfrazados de ellos mismos, no, porque tienen gorro y bigotes, entonces qué son, mira, fíjate, son paracaidistas, sí, paracaidistas, claro, porque llevan el paracaídas en la espalda, qué ingenioso...
El curso del Lucho nos quiso hacer la competencia y montó un banquete: sobre el tablón que los cocineros cargaban al hombro sobresalían dos fondos de metal de cuyas orejas colgaban sendos cucharones; al centro, entre ambas ollas, iba sentado el Miguel, que cursaba primero de preparatoria, vestido de blanco, con un gorro de chef y bigotes de Fígaro.
Al curso del Vitorio asistía el nieto del cochero, tal vez el niño más pobre de la clase. Durante todo el año se le veía entrar a la escuela, humilde, pero dignamente, peinado para atrás con gomina, no pocas veces con las suelas rotas. El más aventajado no era; copiaba en las pruebas y al final del año poco menos que pasaba raspando por culpa de su cabeza rellena de aserrín, siempre callado y sereno, ignorante de su realidad. No caía bien ni mal, era simplemente el nieto del cochero y eso no significa nada para nadie, salvo que se tratara del día de la fiesta de disfraces.
La existencia de su padre era un misterio, pero el que decía ser su abuelo lo amaba; es más, lo veneraba: el chiquillo estaba siendo lo que nadie en la familia había sido. Ya sabía sumar y restar, y leer, y auguraba para él tiempos luminosos. El resplandor del conocimiento le abriría las puertas que al cochero, un hombre ignorante y sumiso, el mundo le había cerrado en las narices.
Pero todo aquello debía ser echado afuera; no bastaba el sentimiento íntimo del tronco hacia la tierna rama que crecía, de allí que la escuela y por qué no decirlo la ciudad entera, que también conservaba algo de memoria, aguardara con ansias la aparición del muchacho disfrazado, aún recordando su paso como Llanero Solitario, el año anterior. Y aquella vez no solo no ocurrió la excepción sino que el niño vistió un disfraz que hoy me ha devuelto al pasado por el solo hecho de haber visto jugueteando a un grupo de oficinistas tarambanas.
El Alcaíno cabalgaba en un caballo alazán que brillaba de lustroso, vestido de sultán. Encabezaba el desfile del curso del Vitorio y suena obvio afirmar, aunque hay que decirlo, que sus compañeros no representaban más que una comparsa improvisada involuntariamente para hacerlo brillar más. Le sobraban collares sobre la seda celeste de su traje de fantasía y una gema púrpura resplandecía en medio del turbante blanco. Sobre la silla de montar se le había instalado un trono; el Alcaíno guiaba al animal con un dejo de indiferencia o secreto orgullo, no había cómo saberlo, mientras su abuelo lo seguía por la vereda con una mirada intensa, sin despegarle los ojos, y se le llegaban a caer las lágrimas. De haberle podido arrendar un elefante lo habría hecho, sacrificando incluso el pan del mes, mas no era esa temporada de circo.       

lunes, septiembre 04, 2017

Rumores anómalos

Caminaba de noche, apuraba el paso para llegar pronto a casa; era invierno y hacía frío, la ciudad de provincia se había vaciado por fuera y su vida, lo que le quedaba de vida en esa jornada, se consumía entre las paredes de adobe de las viviendas, alumbradas por pálidas luces que venían de arriba. Las conversaciones, si es que las había, se gastaban en la intimidad del anonimato; todo lo que se hablaba quedaba allí adentro. La disposiciòn de las calles -rectas, cruzándose entre ellas, armando del centro un gran cuadrado ciego- era la metáfora natural del cementerio, ubicado a pocas cuadras.
De súbito, un sonido gutural a centímetros de mi oído derecho me paralizó, me congeló la sangre de las venas. Salté de la emoción, alarmado; algo grandioso me había devuelto a una realidad de la que ignoraba que me hubiese ido. Pero la realidad no solucionó el misterio: la ciudad seguía siendo la misma, nada había caído del cielo, ningún pájaro nocturno graznó en mis oídos, aleteo alguno rozó mi pelo, ningún amigo me jugaba una broma y nadie intentaba asaltarme. Solo un peatón como yo, que caminaba por la vereda opuesta en sentido contrario, había carraspeado bruscamente.
Acostado en la cama de mi novia, a cuya habitación había entrado a hurtadillas, la besaba en los labios y ella me correspondía. En los tiempos en que aquello era pecado, en tortuoso silencio hacíamos el amor en la pieza extraña de una casa de campo de paredes altas como las de un castillo, calladamente oscuros, vislumbrados por los destellos de una noche de invierno que se colaba por el marco de la modesta ventana. Éramos solo ella y yo, más cuatro oídos desconfiados en las habitaciones aledañas. Fundamentalmente, ella y yo.
De súbito, la pieza comenzó a retumbar. Giré la vista, asombrado; mis ojos apuntaron al techo, de donde nacía el profundo eco de un ritmo enloquecido demasiado familiar. Eran los latidos de mi corazón, que se podían oír con la misma claridad que la del canto del grillo y el crujido de la cama. Semejando el golpeteo de las alas de un murciélago atrapado en la pieza, los latidos huían objetivamente de mi cuerpo para anunciar, delatar mi presencia.
No es mi ánimo esta noche el de inventar ficciones. Aludo exacta y simplemente a los dos únicos rumores anómalos que recuerdo haber vivido en mi ya madura existencia, ambos a la edad de veintitantos años.

jueves, agosto 24, 2017

Vértigo

Cuántos de aquellos silenciosos caminantes, pasajeros de tren, inmóviles pacientes de salas de espera, nocheros, soldados de guardia, estarán hablando por dentro, su mente recordándoles, repitiéndoles la misma idea lacerante que circula en el velódromo de sangre una y otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta el vértigo.
Cómo enfrentarán sus batallas, con qué temple; cómo saldrán de la encerrona si ni la oración les sirve para vencer al enemigo escondido dentro de sí mismos, en lo más profundo de sus almas. ¿Son ellos su propio capital o les bastará su cobardía? ¿Vislumbrarán la angustia del nuevo amanecer esperanzados?
El cielo amenaza ruina y de pronto la dulzura de un arpa, el paso del vecino nocturno, la pálida Luna cumpliendo los mandatos del tiempo; cosas así, el llamado por el altavoz, el cambio de turno, el ingreso a la oficina, algo que no es lucha, no es resignación, algo mágico en el fondo, inesperado, ocurre.