viernes, septiembre 21, 2018

Work Café

Eligiendo un tema
Todos los temas son interesantes
Observando al enemigo
Todo el mundo es un enemigo
Invitando al cliente
Todo cliente contiene una bolsa de dinero
Planificando un asalto
Todos los asaltos son violentos
Preparando un café
Todos los cafés demandan trabajo
Mirando hacia el pasaje
Todos los transeúntes van a alguna parte
Aguardando la noche
Todos los días terminan en la noche
Escribiendo un poema
Todos los poemas persiguen la belleza

miércoles, septiembre 12, 2018

La figura tentacular

No bien surgió de la tierra, la sustancia tentacular fue rodeada por unos brazos serpenteantes venidos de lo alto. Sobre el planeta de tres soles caían rayos de silicato de sodio, lo que fue interpretado como un buen signo de su nacimiento. El planeta nocturno se hallaba plagado de seres tentaculares, tardó la forma en darse cuenta de eso, y cuando tomó conciencia se sintió alegre pues, en dicho planeta, por muy extraño que parezca, la alegría sí tenía cabida, al igual que la aprensión, la negligencia y el miedo, no así sentimientos como la envidia, la serenidad, la rabia o sensaciones como el dolor y el cansancio, de modo que el planeta no se regía por principio moral alguno, aunque tampoco había tenido lugar jamás una guerra.
Con los primeros tintes de la alborada levantaron vuelo los pájaros de fuego; se elevaron hasta que se perdieron de vista en el cielo, rumbo a la primera estrella. Solo habría una alborada en sus vidas y la aguardaban con ansias, agazapados bajo las rocas, buscando evitar la lluvia ácida. Cuántos de ellos no vieron jamás la luz a la que estaban destinados, víctimas de su desidia. Al tiempo que las aves se elevaban los seres tentaculares desaparecían de la faz de la tierra y se refugiaban en sus escondrijos subterráneos, temerosos de la luz. El día les llegaba en el primer tercio de sus vidas.
De ordinario los seres tentaculares se agrupaban en pequeños conjuntos que se repartían el poco espacio que dejaban las estrías que conducían al centro de la tierra. Los tentáculos de un organismo abarcaban los brazos que iban naciendo y también aquellos convertidos en estropajos flácidos que se arrastraban por el suelo, como babosas reptilianas. Estos últimos seres, por su condición, se destinaban a limpiar el piso. La figura tentacular debía administrar su energía por decreto, pues ninguna ley moral lo obligaba a ello. Una vez que sus propias extremidades iban perdiendo fuerza era incorporado a los tentáculos que antes le eran una carga; estos a su vez recogían los tentáculos que brotaban de la tierra, lo que generalmente ocurría en la segunda noche de sus vidas.
Así dispuesta la existencia, esta se desenvolvía con normalidad en el planeta. Habrían de pasar millones de fases antes de que el primer sol dejara de alumbrar. Sabido era que en tal momento todo habría de cambiar, a pesar de mantenerse la reserva de los soles restantes; de allí que, a la espera de ese día trágico, la atmósfera aprensiva deviniese en asfixiante, un canto de alegría ante la desgracia inminente.
Los seres tentaculares se alimentaban de sierpes de carbonato de litio que mantenían en depósitos aéreos para que adquirieran tonalidades verdosas. El cambio de color significaba que ya habían incorporado a sus pieles retorcidas y escamosas los nutrientes de la atmósfera. Con el paso del tiempo se habían convertido en expertos en ese tipo de crianza, de modo que no precisaban de otra comida para vivir; y en cuanto a las sierpes, estas morían alegremente al ser absorbidas por los tentáculos, puesto que formaban parte de la misma pregunta que las hacía renacer desde las profundidades.
Cuando los tres soles, uno al lado del otro, dejaban caer sus rayos, el planeta se volvía una masa de arena ardiente, sobre la que maduraban flores de uranio. Al desintegrarse sus pétalos, el estallido se mezclaba con las risas de los seres que aguardaban en el fondo de la tierra. Reían de alegría, convertidos en abrazos tumorales, pegados entre sí, dispuestos en grupos que de cuando en cuando se tanteaban con las ventosas extremas de sus tentáculos, más bien para comprobar que todo acaecía como lo dictaba el libro.
En condiciones tan paradisíacas como las que se describen era inimaginable atisbar una disputa, por mínima que fuese, ya sea entre los seres tentaculares como entre ellos y el entorno. Sin embargo, en el apéndice del libro quedaría registrado un desarreglo que pudo haber cambiado la suerte del planeta. Ocurrió al iniciarse la estación del ocaso, entre la decimosexta y la decimonovena era. Los seres tentaculares se hallaban en plena instalación de sus cultivos aéreos y los primeros brotes de serpientes enroscaban sus escamas en los alambres de titanio cuando de la nada surgió un pájaro de fuego que se tragó a una de ellas, mientras emprendía vuelo al primer sol. Ninguno de los tentáculos fue capaz de llegar a sus alas; de las bocas escondidas manaron risas nerviosas que sonaron como chirridos de frenos. Evidentemente se trataba de un ave tardía, de esas que se daban una vez cada quinientas temporadas, de allí que el libro las clasificara en la categoría de los signos funestos. Y en efecto, los brotes se secaron y la consecuencia pasó al libro con el nombre de "la noche de la hambruna". Cientos de miles de seres tentaculares desfallecieron y quedaron esparcidos en la arena, separados unos de otros, cada uno entregado a su suerte. Las raíces de silicio se alimentaron de sus restos descompuestos y fueron creciendo a profundidades monstruosas. Las aprensiones de los pocos cuerpos tentaculares que quedaban aumentaron una vez llegado el tiempo de la luz, al constatar que sus escondrijos se habían cubierto de raíces enmarañadas, raíces que se habían alimentado de los ejemplares de su raza.
Pero esa fue solo una excepción dentro de aquel ambiente bucólico. Los seres tentaculares pudieron sobreponerse al miedo y el planeta volvió a ser testigo, llegada una vez más la estación de las sombras, del rebrote de sus miembros.
De tal modo pasaban los días, y duraban una eternidad; mejor dicho 11 mil días de los nuestros cada día del planeta, días consagrados al nacimiento, la conformación de grupos, el refugio ante la luz, la exposición alegre a la noche, el desarrollo tentacular y su ocaso. El ciclo se daba por  cumplido en el momento en que la forma hacía entrega al planeta de los retoños anudados a su cuerpo y uno de ellos a su vez lo incorporaba al suyo, hasta que sus tentáculos gastados caían a la tierra junto con su humanidad entera, donde eran devorados por las raíces, como ya se ha dicho.
De por sí, nadie se rebelaba ante tal sistema. ¿Por qué habrían de hacerlo si la felicidad era completa, la alegría, intensa, y solo se le temía a la profecía del libro, que algún día habría de cumplirse inexorablemente y destruir su paraíso, como estaba escrito?
Las cosas debían ser así porque así estaba bien y no había chispa alguna en el alma de esos seres que incitara al cambio. Nada suponía desgaste, de nada se quejaban y nada más necesitaban; en tal sentido se asemejaban a nuestros animales, aunque ellos poseían, diríase, una inteligencia superior.    
¿Por qué escribo todo esto, si el ciclo no hace más que repetirse una y otra vez hasta el cansancio?
Guardo, en el fondo de mi alma, el recuerdo de un ser tentacular que marchó al exilio luego de haber sido castigado por sus semejantes a raíz de una acción diversa que se leyó como traición. No fue un asunto mayor; se trataba de una interpretación ambigua acerca de hechos que disponían al conjunto a ir hacia una dirección, en circunstancias de que ese ser insistía, no en un afán rebelde sino de ingenua desorientación, en marchar en la dirección contraria. Más allá de los montes de arena, poco antes de la llegada de la estación de la luz, el pronóstico era incierto, aunque el grupo había decidido la ruta. El ser tentacular se desprendió de los demás brazos y se guardó en un escondrijo; los demás siguieron su camino y aquellos que quedaron huérfanos fueron reincorporados a otros cuerpos. Al perderse el clan de vista salió a la superficie y se dispuso a vivir su nueva vida indeseada. Sintió de inmediato la pérdida de peso, una sensación de levedad, brusco alivio, la noción de incertidumbre falsa que había comprendido sus acciones históricas, mas también se asomó a sus ojos el fantasma de la identidad, y con todo aquello descubrió una nueva forma de experimentar el peso de la noche, soslayando los  miedos a través del ejercicio espiritual de la locura o cantando alegremente, casi con desprecio, a las apariciones de las tormentas de ácido sulfúrico. Así reinició sus quehaceres en la soledad de las frías arenas, idas las sierpes con su raza, cuando apareció la segunda ola  de emigrantes y lo halló, lo juzgó y lo condenó a un día de trabajos forzados, un tercio de su vida, en la isla de las miríadas. Vagó el ser tentacular en su superficie ante el insólito espectáculo de las manchas refulgentes que a no más de treinta centímetros de altura nacían y morían en cuestión de momentos, formando una suerte de cielo en la tierra a la que se hallaba condenado. Era visto desde lejos y los límites de sus pretensiones terminaban en alambradas, por los cuatro costados. Lo estaban enseñando para que sintiera algo que jamás había experimentado y que por tanto no sabía cómo definir.
Al aproximarse la alborada fue trasladado a su antiguo grupo, donde se le asignó un cuerpo al que pronto se anudó. Nadie hizo preguntas y el periplo continuó en la faz del planeta.      


domingo, septiembre 09, 2018

El violín y la voz

El día del vino es otro de los inventos nuevos; se celebra tomando vino más barato que el que se vende los demás días, no tanto como para que no les convenga a los bares y restaurantes, y así las parejas y los amigos concurren a sus locales favoritos y ordenan sendas copas con un acompañamiento ordinario, por ejemplo un platón de papas fritas cubiertas de queso. Se trata de que la plata fluya siempre de mano en mano y así la vida prosiga su curso.
Un dúo de artistas quería entrar al local a tocar sus melodías, eran estos un violín y una voz que procuraban hacer la ganancia del día, mas sus intentos resultaron vanos, de modo que se conformaron con tocar desde afuera. A la salida recibían de los clientes alguna moneda huacha, que alcanzaba justo para no abandonar sus ambiciones. En cuanto a los transeúntes, casi todos pasaban mirando; uno que otro se agachaba al estuche forrado de terciopelo negro, gastado, brilloso, y echaba una gota de agua al océano.
Cerradas las puertas del bar repartieron las contribuciones, se besaron y separaron sus caminos. El violín subió a la micro, sin pagar, y a los veinte minutos llegó a una casa cubierta de rejas; rejas en el antejardín, en la puerta, en las ventanas, en los balones de gas, detrás de las cuales lo esperaban una mujer, sus tres hijos y su padre. El viejo lo miró, sin reconocerlo. El violín lo besó en la frente, dejó el estuche en lo más alto del estante y se sentó a la mesa, donde la mujer le sirvió un vaso de jugo en polvo y un plato de porotos hasta los bordes, como al violín le gustaba. ¿No hay bebida? Se acabó, y ella giró la cabeza hacia el cuarto de los niños. Los niños miraban la televisión y peleaban; la mayor le dio un coscorrón a la del medio y el niño, que terciaba en la disputa, se echó a llorar tras recibir un castigo inesperado de las dos, quienes al segundo se apiadaroan de él y lo hicieron dormir entre ambas, al medio de la cama.
Se apagaron las luces de la casa y se hizo el silencio. ¿Cómo se portaron los niños? Bien. ¿Y el viejo? Hoy estuvo tranquilo, ni se movió. ¿No le dio por arrancarse? No, estuvo tranquilo.
La mujer le habló al oído.
Tái llegando con poca plata, búscate un acompañante y te va a ir mejor.
Sí, lo estaba pensando.

lunes, septiembre 03, 2018

Del cielo y del infierno

Y así ocurrió. Demasiadas atenciones me atrasaron; eran las 10:25 de la mañana cuando encaminé mis pasos al trabajo, que como bien sabía todo el mundo, quedaba muy lejos, cerca de La Dehesa. Los dueños de casa ofrecieron llevarme en auto al paradero más cercano, pero se trataba solamente de una oferta de buena crianza y la deseché. Un chofer que esperaba a la salida me dio a entender que iba partiendo, aunque se daba la casualidad que se dirigía al otro extremo de la ciudad.
Me vi obligado a esperar la micro. Me servían dos líneas, que se estaban demorando una eternidad. Caminaba por la amplia avenida de ripio, prácticamente sin esperanzas, cuando percibí entre las arboledas una manifestación que se tomaba el camino. Yendo hacia ese lado estaba perdido; cualquier vehículo de la locomoción colectiva debería detenerse, atrapado en su circuito. Me devolví, busqué otra calle y la encontré, pero de allí venía hacia mí otra marcha, aun más compleja que la anterior. Yo iba demasiado bien vestido a mi trabajo y pensé de inmediato en cómo ocultar la billetera, asomándose como primera opción esconderla dentro de los calcetines, como había hecho en más de una ocasión real. La descarté; siempre descartaba por necio todo lo que se iba presentando a mis posibilidades; se trataba esta vez de una maniobra que hubiese quedado al descubierto en cuestión de segundos. Resultaba evidente que la masa encabritada se abalanzaría para despojarme de mis pertenencias, si es que no de mi preciada vida.
La mente reacciona a la velocidad del rayo en circunstancias como estas, y no es extraño que surjan decisiones geniales. Ante la masa había que buscar protección y la hallé en la casa de una vecina que atendía un local de abarrotes y bebestibles, vecina de pelo ensortijado y cuerpo maduro y simpático, mandado a hacer para ocasiones como estas: me hizo entrar a su morada y me ofreció gratuitamente un escondite. No se trataba de una traidora, pero fue como si lo hubiese sido. Era imposible dar con una pieza de guardar en un laberinto de escaleras de caracol como el que caracterizaba su vivienda, y no pasaron ni cinco minutos cuando tuve ante mi vista los primeros rostros de la masa. Eran bustos de caras graves, silenciosas y extrañadas, como si las figuras de cera pudiesen cobrar vida.
Solo me restaba una posibilidad, que escogí sin meditar: refugiarme en la casa de mi viejo amigo.
Allí estaban él y su familia. Sus hijos, que habían crecido; su esposa, que asumía impasible la serenidad del desengaño en que se traducía su vida toda, aparentando la figura de las personas que ansían huir de lo que no se puede huir. Me acerqué a ella y la abracé. Se acordaba de mí, me lo dio a entender con la mirada. Los hijos estaban grandes, pero mantenían sus características. El mayor ya lucía barba y continuaba siendo el más alto de todos. Los demás eran los mismos de antes, pero más grandes. Dentro de esa habitación de piso de fléxit y decoración empobrecida me hallaba por lo menos a salvo. En pocos minutos se partiría la torta de bizcocho; me dio la impresión de que la habían comprado para mí.
Al salir de esa atmósfera nostálgica y pisar la calle desierta repasé mis apuntes y busqué en mi celular la dirección que requería, pero de la nada apareció Villena y se empeñó en interrumpir mi trabajo, porque todo esto era un trabajo, y lo hacía por... no diría obligación, sencillamente era mi deber hacerlo.
-Acompáñame, quiero mostrarte algo -me insistía, con su característica simpatía escondida en sus párpados caídos. Yo le respondía que no, y hasta quise pedirle que me dejara tranquilo, pero eso hubiese sido un signo de mala educación. Al final me tomó del brazo y me llevó a su esquina. Bueno, algo habrá de salir de esto, algo me querrá decir; lo escucharé y tomaré la decisión que me convenga. Pero entonces sucedió lo que me temía: nos hallábamos ante la puerta abierta de una librería de libros usados, era allí donde quería conducirme con su modo alambicado. ¡Ven, hay ofertas increíbles! ¡Mira! ¡Estos libros están a cuatrocientos pesos!, libros botados en el piso, muy interesantes, dignos al menos de un vistazo. Y qué gana él con su encerrona, pensaba, sabía que pasaría esto, se trataba de una trampa y de seguro yo habría de salir del local con una o dos ofertas bajo el brazo.
Ya me iba entusiasmando.
Pregunté por el libro de Swedenborg, Del cielo y del infierno, agotado hacía años en las librerías chilenas; para mi buena suerte el dependiente no debió ni dar un paso para sacarlo de un estante y ponerlo en mis manos. Era un volumen precioso, antiguo, de tapa de cuero azul, cubierto de polvo, como corresponde. Lo examiné y pregunté su precio. Me dijo mil novecientos setenta y ya me disponía a comprarlo cuando otra voz dijo cuarenta mil. Era demasiado caro para mi bolsillo, aun más caro que los veintisiete mil que pedía por él la Feria chilena del libro, aunque ahora no lo tenía porque se encontraba discontinuado, como he dicho.
Mientras pensaba, el dependiente le sacaba el polvo con un paño, dejándolo lustroso. Pero al abrirlo noté que había telarañas. Era un libro extrañísimo, con las páginas debajo de un enrejado que dificultaba leerlas, aunque se notaba que las palabras contenidas encerraban un tesoro.
Consideré que el precio era demasiado para mí, y sin que se diera cuenta deposité el libro en el estante, haciéndome el leso, y abandoné la librería.

martes, agosto 28, 2018

Una casa con un hombre sentado detrás de la ventana

La primera vez que me fijé en esa casa fue una tarde fría de invierno. Al pasar frente a ella miré hacia adentro: un hombre leía un libro alumbrado por una lámpara de bronce. Sobre la mesita circular de arrimo reposaba una copa de cerveza a medio beber. La sensación que me dejó aquella escena me acompañó un buen rato. Cuando entré a mi propia casa aún se mantenía en mi ser.
Pasaron varios días. Había olvidado el asunto por completo, así como la ubicación de la casa en el plano de mi trayecto rutinario. Entrada la noche volvía a mi hogar, despreocupado, ansioso de probar algún bocado, tras una jornada de extenuante trabajo, cuando acerté a mirar hacia el lado derecho, seducido por la suave luz que emanaba de una ventana: era la casa; allí estaba el hombre, sentado en su cómodo sillón, concentrado en su libro, la copa de cerveza al alcance de la mano en la mesita.
Mientras disfrutaba de mi propio coctel en la intimidad de mi hogar, con la vista en el vacío, tratando de retener los sabores del bourbon en el paladar, dos pensamientos me ocuparon la mente, siendo el primero el misterio de la atracción que iba sintiendo por esa escena que se me cruzaba de vuelta del trabajo; y el segundo las líneas que entraban a mis ojos, escritas por un articulista que sostenía que la maestría del Gatopardo estribaba en que la melancolía del príncipe de Salina era una melancolía que no caía en el vacío, sino que se traducía prodigiosamente en los cambios que sufría Italia en ese entonces, cambios que al final de cuentas harían que la situación quedara igual que antes, de modo que las sensaciones del príncipe terminaban convirtiéndose en una metáfora de la sociedad italiana, y era eso lo que alumbraba la novela, cosa en la que, si estuviese de acuerdo, me había irritado. Yo, que también me sentía un escritor, nunca había aspirado a reflejar mi tiempo; al contrario, diría que despreciaba ese motivo y que escribía para reflejar, cuando mucho, mis estados de ánimo. Por lo demás, ¿qué graves cambios, qué trascendentales hechos podía estar viviendo mi país como para escribir sobre ellos, un país preocupado de escándalos de poca monta, que se amplifican con el único objetivo de esconder la paz grisácea que ensombrece el cotidiano devenir? Desde otro punto de vista, ¿qué sentido le daba la marea de inmigrantes al segundo principio de la termodinámica, entendido para esta pregunta como la máxima de que todo sistema tiende a llegar al equilibrio?; o bien, ¿por qué no había sido capaz de anticipar ese fenómeno para haberlo llevado al papel? Es más, ¿qué nuevos cambios se estaban gestando ante mis narices?
Llegó la hora de la cena. Mi mujer apareció con una bandeja. Subimos a la pieza del televisor, donde comeríamos viendo las noticias. Pero no todo estaba escrito esa noche. La mesita en que se había instalado la bandeja tenía una pata suelta; bastó un movimiento involuntario para que se cayera la pata y con ella la mesa entera y la bandeja, con las dos copas de vino y los platos, que rodaron por el suelo, junto con los pensamientos literarios y detectivescos que aún deambulaban en la guarida de mi entendimiento. La ira se apoderó de mí, eché blasfemias de grueso calibre contra la mesa, ya que no había motivo para echarlas contra mi muer, y así acabó la velada.
Al día siguiente, delimitada convenientemente la ubicación de la casa, comenzaron a llamarme la atención algunos detalles. No había visto alarmas de ningún tipo y la separaba de la acera una baranda demasiado baja de madera; era llegar y encaramarse para entrar a la propiedad, posibilidad nada insólita para estos tiempos; sí para aquellos en que había sido edificada. Era una valla blanca, gastada por los años, de endeble estructura. Cada madero, de unos 15 centímetros de ancho, terminaba en una punta de flecha que servía de adorno antes que de advertencia protectora. Como solía apreciarse en otras casas parecidas de la vecindad, por la parte interior crecían pegadas a la valla plantas de dudoso propósito y mediocre mantenimiento, en un estilo a la que te criaste, especies que parecían replicarse en los muros con no mayor suerte. Sin dejar de caminar eché otro vistazo hacia adentro: el hombre leía su libro; en lugar de la cerveza había una copa de vino tinto y sobre una mesita en la que antes no había reparado, una mesita de centro, de patas bajas, emplazada frente al sillón, destacaba un computador personal en cuya pantalla brillaba una página de internet que el hombre no miraba.
Seguí mi camino.
Daba la impresión de que la casa, de un piso, nunca había cambiado de dueño; pero mi mujer me comentó, más bien las emprendió contra mi distracción, que los dos frecuentemente nos topábamos, al pasar frente a ella, con una anciana barriendo el antejardín y atendiendo las plantas, una anciana de vestido gris, floreado, cubierto en parte por un viejo delantal. Barría con una escoba de ramas y sus uñas siempre se veían sucias por el contacto con la tierra. ¿Que no te acuerdas? No. De todo eso ella se había fijado y para el escritor, para el supuesto observador que debía ser yo, blanqueaba la memoria al tratar de fijar el recuerdo de la casa antes de que apareciera el hombre detrás de la ventana.
Debo confesar que a menudo me blanquea la memoria, que muchas veces constato haber hecho trayectos que no recuerdo para nada; he recorrido cuadras enteras sin tenerlas en cuenta. Son minutos ocupados en viajes invisibles por los fondeaderos del alma, tránsito lento por los obstáculos que ponen las obsesiones y de vez en cuando, nuevos argumentos para mis escritos. Envidio a los niños, que todo lo ven por primera vez, envidio a los turistas que visitan ciudades extrañas, a los brasileños que levantan la cabeza ante la Escuela de Derecho y que se fotografían en el puente Pío Nono con el edificio de la Telefónica y la cordillera de los Andes como telón de fondo.
De modo que entonces la casa ha de tener un nuevo dueño, le dije a mi mujer, y ella se encogió de hombros y retomó el libro que la comenzaba a atrapar, "Cerebro de pan", del doctor David Perlmutter.
Hecho el silencio me senté ante el computador para dar comienzo a un nuevo relato sobre un tema que me perseguía hace varios días. Pero mi mujer quiso participarme de su quehacer y distrajo mi atención leyéndome en voz alta algunos párrafos del libro, que subrayaban lo nefasto que resultaba para el organismo el consumo de trigo en todas sus variedades, como pan, sobre todo pan, mi pasión, voracidad de mis tardes atrasadas, sueño hecho realidad, pan amasado de rescoldo con chicharrones, dobladitas, hallullas, colizas peruanas, marraquetas humeantes con mantequilla, pero también pasteles, queques, tortas, kuchen de manzana, pastas, pizzas. No me lo dijo con palabras crueles, pero sí me dio a entender que mis hábitos me estaban condenando a un futuro de cardiopatías, diabetes, alzhéimer, demencia senil, artritis reumatoidea, hinchazón intestinal, ansiedad y estrés crónico, depresión, sobrepeso y si la cosa iba para grave, síndrome de Tourete...
Comas lo que te comas te vas a morir; y si no comes también morirás; no es entonces la comida la causa de la muerte, intervine otra vez iracundo, ante el ataque que se desprendía de ese párrafo venido de los Estados Unidos y que a la postre, retorcíase mi razón en silencio, estaba destinado a cambiar mi vida. El asunto podría entonces reducirse a que comas lo que comas, morirás antes o después, y si dejas de comer morirás casi siempre a la cuenta de unos dos meses. De lo que se desprende que si queremos vivir más debemos comer mejor. Eso es precisamente lo que dice el libro, me replicó. Pero no es tan cierto, porque la vida no está sujeta solamente a la calidad de la alimentación. Eso no se discute, dijo a media voz.
Hubiese querido interrumpirla a mi vez abriendo debate sobre el tema que ocupaba mis sentidos, pero ¿cómo explicar que la misión que me autoimpuse es arrancarle rastrojos de belleza a la vida cotidiana, sin ahondar en la vida cotidiana sino en la belleza que puede extraerse de ella? Ni yo mismo estaría de acuerdo en una tesis como aquella, menos podría desenredar en una charla un tema así, sin caer a la primera en graves contradicciones que terminarían por abrumarme y aumentar aún más la sensación de estar siendo incomprendido.
Volvió el silencio; retomamos cada uno lo que estábamos haciendo.
No he hablado con suficiente fuerza, por no decir con ninguna fuerza, sobre el conjunto de detalles que contribuyen al misterio de esa casa, comenzando por el hecho de que sus defensas luzcan tan débiles, signo de negligencia o desapego por parte de sus propietarios, aunque también la escuálida valla podría traducirse en la notificación de ausencia de riquezas materiales en el interior de la vivienda, lo que suena a embuste, pues una casa así, situada donde está situada, no podría no guardar al menos un par de objetos de valor, la sencilla prueba está en el computador personal del hombre detrás de la ventana, que a ojo de buen cubero debería rendir unos cincuenta mil pesos como mínimo en el mercado de los reducidores, puesto que se trata de una marca de cierto prestigio; y sin ir más lejos en la lámpara de bronce, pues un objeto como ese no cuesta menos de ciento cincuenta mil pesos en un local de antigüedades, de manera que no puedo sino concluir que los nuevos propietarios, quienes según mi mujer se han hecho hace poco de la casa, no disponen del dinero necesario para iniciar labores de remodelación y protección, digo remodelación porque me ha parecido ver la pintura descascarada en parte de los muros y sobre todo en el cielo de la sala de estar. Es curiosa la similitud de estos detalles con los de mi propia casa; lo enuncio a propósito del desacertado comentario emitido por mi amigo Valenzuela, quien la única y última vez que fue invitado por nosotros a cenar se fijó en fallas como las indicadas y al día siguiente festinó con su observación ante mis demás amigos de la barra del café, a quienes comentó graciosamente que con quince millones de pesos "la pocilga quedaría flamante", generando grandes carcajadas que crisparon a mi mujer -ya molesta con un par de dichos homofóbicos que Valenzuela se había mandado en la cena- una vez que por la tarde escuchó de mis labios la anécdota.
Cuando hablo de misterios solo quiero expresar que no cuento con los elementos suficientes para armar el rompecabezas que me viene planteando hace ya varias semanas esa casa, y sobre todo ese hombre detrás de la ventana. Cuántas veces lo inexplicable, lo fantasmal deriva en evidente, como sucedió en mi niñez con un episodio protagonizado por una gota de agua; esto creo haberlo escrito antes en otro de mis cuentos, la tarde que entré a la cocina y hallé un charco en la baldosa. El agua parecía no venir de ninguna parte, ya que sobre el cielo no corrían cañerías, solo la techumbre. Sin embargo, una gota que caía con exactitud matemática en el centro del charco y que habría terminado por inundar la pieza entera planteaba un misterio de categoría mayor al raciocinio de mis diez años. El misterio se tornó simple al cabo de unos minutos: alguien había dejado una taza sucia bajo la llave del lavaplatos; atravesaba la taza de un lado a otro de su circunferencia una cuchara de excelente concavidad, colocada por descuido como si fuese un puente, de forma tal que la gota que caía de la llave tomaba impulso al entrar en la cuchara y salía disparada hacia el centro de la cocina.
De misterios como esos está lleno el mundo; si no existieran no se hablaría de ovnis, entierros ni diabluras.
Otro de los misterios estriba en la presencia de dos vehículos en el estacionamiento a la entrada de la casa, vehículo el primero que casi se puede tocar con la mano, marca Suzuki; lo que redobla el enigma de la falta de defensas; y un segundo vehículo, al fondo, del que no he logrado ver la marca, aunque ninguno de los dos bajaría de cinco millones en el mercado de la compra y venta de automóviles usados. ¿Por qué se empeñan en permanecer estacionados dos vehículos, en circunstancias de que jamás he visto otro ocupante de la casa que no sea el hombre detrás de la ventana? Sería absurdo, imagino, que los tuviera para sortear los días de restricción vehicular, aunque tampoco es un ardid descabellado; hay personas adineradas que lo hacen. Sin embargo mi olfato me sugiere que allí no reside la solución del misterio. He acabado por convencerme de que el hombre se separó de su mujer y de que esta dejó su auto "en garantía", para "marcar presencia", como se dice, imprimiendo a fuego la señal de que alguna vez podría volver con él. Pero por qué se separaron o cuál de los dos tomó la decisión, esos sí que son misterios que con suerte me atrevería apenas a abordar. Podría ser que se tratara de las mentadas diferencias irreconciliables, como se estila hoy en día; esto es, fatiga de material, enfriamiento de la sangre, mas eso se parecería demasiado a la rutina que mantengo con la razón de mi vivir, la que no da para separación, ya que después de todo nos llevamos bastante bien, al menos así lo pienso y de ella no he oído algo diferente, salvo cuando clama al cielo ante algunos de mis exabruptos, como por ejemplo la burrada de la mesa de la pata coja. Volviendo a la otra casa, no descarto que la mujer del hombre de detrás de la ventana sea de pareceres diferentes a los míos y a los de mi mujer.
Pero ya va siendo hora de que me concentre en el mayor de los misterios: el misterio del hombre detrás de la ventana.
Días atrás pasé delante de la casa y no estaba él en su lugar. La lámpara derramaba su luz de siempre, pero sobre la mesita no había copa alguna. La habitación se encontraba vacía. Al día siguiente se repitió el cuadro. Mientras continuaba mi camino observé que en la segunda habitación, la que sigue a la puerta de entrada, puerta que las separa a ambas, digo que en la segunda habitación, en la que no había reparado hasta entonces, allí sí estaba el hombre, ahora no exactamente detrás de la ventana, sino sentado al fondo de la pieza, ante un escritorio sobre el que se hallaba su computador encendido. El hombre escribía, acompañado por una taza de café. No quiero pensar que se tratara de té o agua de manzanilla, a mí me suena mejor la taza de café, pero concedo que el contenido de la taza se agrega a los misterios, misterio de categoría menor en todo caso, que poco sumaría a la historia si lograra ser dilucidado.
Seguí a mi destino con la imagen del hombre escribiendo dentro de la casa, imagen que tantas veces habrán percibido diversos peatones al pasar frente a mi propia casa y levantar la vista hacia el segundo piso, en cuya terraza cubierta y calefaccionada con una estufa a gas licuado suelo escribir mis cuentos, relatos que por a, be o ce motivos nunca me dejan satisfecho, debe ser por mi tendencia a echar afuera todo lo que se acumula en mi mente, imagen similar al paso del camión de la basura los martes, jueves y sábados; así es la mente, siempre está llena de basura que si no se botara quizás qué sucedería.
Ignoro cómo hacen otros con ese lastre; en mi caso no he descubierto cosa mejor hasta el momento, lo que no quiere decir que sea la mejor o que la recomiende. A mí se me figura, por ejemplo, que el hombre de detrás de la ventana hace mucho tiempo decidió que la solución perfecta a sus problemas consiste en hacer lo que realmente anhela, no como yo, que sueño con ser un escritor profesional pero en el intertanto me he pasado la vida trabajando en algo que no me gusta, más bien por inercia que por placer, y también para llevar el sustento al hogar y darle un buen pasar a mi mujer, a pesar de que ella también trabaja, debo decir que mucho más a gusto que yo, porque lo hace con vocación de maestra. Se nota en cambio que el hombre sentado detrás de la ventana es un escritor hecho y derecho, un intelectual de sweater de cachemira con cuello de tortuga y barba casual, muy bien trabajada, encanecida por los años, lentes redondos de sobrio marco opaco, blancas manos gruesas, cuidadas hasta el exceso, digo que es un escritor mesurado, importante, un escritor de ensayos, un escritor de carácter, ajeno a bromas adolescentes y jugarretas de niños a las que yo soy tan proclive; un escritor concentrado en ideas que se toma muy en serio y que encamina con resolución matemática hacia un planificado objetivo en el que podría caber, por qué no, la locura, puesto que un verdadero escritor, un escritor de fuste, no lo es si no lleva adentro una chispa de locura.
Así, y a pesar de mi tendencia a la dispersión, creo haber resuelto al fin el misterio de la casa con el hombre que se exhibe sentado detrás de la ventana. Me llevó tantas semanas descubrirlo, hasta que me cayó la teja. Era tan simple como la historia de la gota en la cocina: una oscura y fría tarde de invierno vi a un hombre que inconscientemente hallé parecido a mí, a mis aspiraciones, producto de lo cual se me fijó en la memoria, al punto de comenzar a estudiarlo, a admirarlo, a desearlo, a incorporarlo a mi persona como se incorpora la leche que se bebe al desayuno; no es ni por asomo una proyección homosexual, como diría algún especialista si leyera mis escritos, porque nunca he sentido inclinación por los hombres, ni en la realidad ni en mis sueños eróticos, que los tengo como todos en medio de la noche. No se trata de eso y si se tratase pasaría por una tendencia inocua y pasada de moda, no se trata de lo que llaman una transferencia, que a mi modesto juicio vendría siendo la incorporación de características ajenas a las propias con el fin de conformar una sola personalidad, de modo de completar por fin en vida lo que a uno le falta como hombre. Se trata, y aquí sí que reside el quid del misterio, de que mido en todo sentido menos de lo que quisiera; se trata finalmente de una cuestión de medidas, haberlo sabido antes, todo residía en la estatura, en el número del calzado, en el coeficiente intelectual, en todo tipo de medidas...

sábado, agosto 25, 2018

Desde la barra del café

Trato de entender la vida mirando las caras de la gente, desde la barra del café.
La gente se mueve; la vida se mueve.
Transitan solos, o en grupo, la sensación general es la de un conjunto de hombres y mujeres que se cruzan, se mezclan ante el rojo de los semáforos y luego se separan, pero siempre reunidos; la vida es así.
Están rodeados de altos edificios construidos por ellos mismos, el cemento los atrapa y los constriñe; la vida actúa parecido. Algunos vuelan por los aires; la vida le ha entregado esa misión al polen de las flores.
El hormigueo mental que sobrevuela las cabezas no se percibe, pero se adivina; como el brote de la vida.
A pesar de sus edades, de sus cuerpos, se aprecian todos sanos. Si surge una excepción la vista tiende a clavarse en ella, y sin embargo es cosa segura que más de uno de los que he visto pasar en este rato morirá antes de un año; así es la vida.
No se ven difuntos en las calles; la vida se reserva ese derecho para el momento adecuado.

martes, agosto 21, 2018

Una casa de verano con vista a las estrellas

Regocijo ante la incertidumbre. ¿Vendrán tareas nuevas? Es un territorio de baja densidad, pero aun en esas zonas hay desacuerdos, graves denuncias, hasta crímenes. La casa, cercana a la cima de un cerro de espinos y pasto seco, no es tan grande, pero cuenta con una soberbia vista al cielo. He dormido hoy en el segundo piso viendo las estrellas desde mi cama. Como el techo cubre solo parcialmente el dormitorio, las estrellas se lucen sobre mi cabeza. Hay algunas profundamente lejanas y misteriosas, semejantes a focos de automóvil vistos a lo lejos; destacan en la noche azulada, me llaman a compartir su verdad desde su lugar en el firmamento.
Esta tarea de ser sheriff de un lugar así me llena de ansiedad. Como ya he dicho, el condado se aprecia tranquilo, poco menos que desierto. Desde el dormitorio, que tampoco posee muros, domino casi todo el panorama. Me asomo a la orilla; bajo mis pies corren aves silvestres y de corral que se esconden entre los arbustos, en el barro sombrío. Un chorro débil de orina cae a la tierra y la salpica.
No puedo creer que la casa sea así. Si lloviera, por ejemplo, se mojaría mi cama. Pero ya es tiempo de mandar a buscar a los míos.
Me llama por teléfono Alexis Jeldrez. Dice que está con Saval y que ambos ocupan una casa similar, en un condado vecino. ¿A cuánto tiempo están?, les pregunto. En auto, por los caminos de tierra que atraviesan los cerros, serán unos 25 minutos, me responden. Ambos, contentos, me hacen ver que tendremos todo el verano para disfrutar de nuestros puestos. No debo preocuparme, porque el cargo de sheriff es simbólico; el verdadero lo desempeña otra persona.