martes, noviembre 29, 2016

Venía de excursión y me fui quedando

Un paisaje cercado por las dunas y por los excrementos de aves marinas que tiñen de blanco la cresta de las rocas del mar. El océano asoma en su plenitud desde la altura y se apropia, se burla del desierto, que baja a sus anchas sin pensar que será tragado por la azul voracidad. Ahora estamos en la cima. Me miras, sorprendida. Clic. Todo un horizonte se nos abre desde allí. El Sol abrasa cualquier intento pesimista. Su luz cegadora impregna la fotografía hasta sus márgenes.
Venía de excursión, me fui quedando y me establecí, protegido del exterior por las cortinas. La tarde entera en el sofá, dedicada a masticar, a desenredar el tiempo. Sobres y más sobres de fotos de los buenos tiempos, porque las fotos familiares solo se sacan en los buenos tiempos.
En este mundo comprimido, sin embargo, los errores del pasado se hacen visibles desde todos los rincones. Bajo el doble polvo del papel y la memoria surge una sonrisa mía de satisfacción junto a mi mujer y mis hijos pequeños en un camping, hijos que confían plenamente en mí, mujer hermosa y tierna, deseable por otros y a la que durante tantos años descuidé. Mi padre exhibe unos mostachos al estilo mexicano y un terno a la medida con un impecable nudo en su corbata; está de pie en tercera fila, mirando como siempre hacia un horizonte indefinido ubicado arriba, a la derecha de la escena. Luego aparece sentado con los mismos compañeros del taller de la Braden Copper ante una mesa cubierta de botellas de vino a medio beber. La corbata luce corrida y el botón superior de la camisa, abierto. Los ojos lucen vidriosos; el mantel, cuadriculado. Le sigue una foto que no está impresa en papel, sino en mi alma: mi padre llegando a casa al día subsiguiente, ebrio. En otro sobre está mi hermano, de chico más atractivo que yo. Mis primos, más grandes; la abueli, tan viejita, pequeña, sonriente y arrugada; mi madre, austera y prudente en su sonrisa y en el modo de disponer las piernas, ocultando, reprimiendo su pasión. El gran ciclista Hugo Miranda en el crepúsculo de su carrera, posando en uniforme deportivo tras su bicicleta, sin poder ocultar el asomo de su panza y acompañado de su mejor amigo, mi padre, que porta la bandera de partida. Hugo Miranda es la estrella y mi padre, el banderero. De pronto, la tía Dinorah con una corona de reina y tres de sus hermanos, ancianos y felices, en mi hogar. Todos muertos. Asoman la ridiculez de las modas, la pobreza en sus detalles.
Las fotografías tienen la fuerza de un martillo que golpea blando.
Debajo de las fotos, al fondo del cajón, duermen tarjetas con dedicatorias románticas, cuentos infantiles de hadas del bosque y sádicos vampiros, libretas de notas, destinaciones periodísticas, medallas de servicio, el pasado familiar resumido en una caja.
¿Me preguntaba entonces si era natural lo que hacía? ¿Qué pensaba de verdad en ese presente tan lejano?

lunes, noviembre 28, 2016

El "Pequeño gran circo"

Mi mamá me dio a elegir: Huguito, ¿quieres ir el sábado al "Pequeño gran circo" del Instituto O'Higgins o celebrar tu cumpleaños en la casa con invitados?
-¿Cómo al "Pequeño gran circo", mami?
-En el Instituto O'Higgins van a hacer un circo, con películas, globos, bebidas y torta. Ese sería el cumpleaños.
-¿Y los invitados?
-Los niños que vayan serían como invitados.
-¡Al circo!, respondí, sin dudar.
Mi decisión se reforzó durante la semana, pues todo el mundo -todo mi mundo, que no era más que la sala de clases, las casas de mis primos y los límites de la población Rubio- no hizo sino hablar del "Pequeño gran circo". Los comentarios se iban alimentando unos de otros y las expectativas subían como espuma. Al llegar el día sábado la ansiedad se tornó insoportable.
Bien pronto me arrepentiría de mi decisión.
Del "Pequeño gran circo" y de la torta me ha quedado poco y nada; de las películas, el sabor amargo de la frustración.
Aunque nunca me desvelé ante el panorama de una fiesta de cumpleaños, exceptuando el nervio al momento de recibir los regalos, tampoco habré de afirmar que el circo me quitaba el sueño. Con el Vitorio íbamos a casi todos los que pasaban por Rancagua, más que nada hipnotizados ante el desfile preliminar por Independencia, Brasil y San Martín, al mediodía de la primera función nocturna, cuando los artistas desplegaban al máximo sus encantadoras triquiñuelas y las fieras rugían que daba gusto (a causa del hambre, diría hoy, descreído). Solo una vez, de grande y con mis hijos sentados en mis piernas, abrí los ojos de par en par: fue cuando un hombre de goma hizo su ingreso a la pista dentro de un cubo de vidrio, una especie de acuario seco. Dos ayudantes lo trasladaban en vilo y lo dejaron sobre una mesa. El hombre fue sacando sus extremidades por parte hasta salir del depósito, entretuvo al público doblándose durante varios minutos como un monigote de plasticina, luego se metió de nuevo al cubo y fue sacado de la pista entre aplausos. En otra ocasión me impresionaron unos motociclistas que corrían alrededor de una esfera zumbando sus motores, cruzándose en un viaje metafórico, interminable, como si fuesen rutinarios seres humanos adiestrados por la rotación de la Tierra para renovar una y otra vez sus aventuras. Pero los circos de la infancia, lo admito hoy sin sombras de tristeza, me dejan el regusto de una compleja serie de sensaciones melancólicas: tal vez presentía que de vuelta a casa no hallaría a mi papá, tal vez las gracias de los animales no despertaban mi capacidad de asombro. Los payasos nunca me hicieron reír de verdad. Aún más que los trapecistas, los malabaristas me angustiaban con sus carreras tras los platillos dándose agónicas vueltas sobre un alambre que vaticinaba el fatal momento del error y su precio doloroso: la compasión de un público pegoteado de vergüenza ajena. De modo que no fue el circo lo que me llevó ese sábado al espectáculo organizado en el Instituto O'Higgins.
Fueron las películas.
La tarde pasaba en cámara lenta mientras el "Pequeño gran circo" continuaba la función. Para colmo no estaba resultando ser un circo hecho y derecho, sino exactamente un pequeño circo, un remedo de circo, sin pista, sin carpa, sin trapecistas, sin animales, y su show montado en el patio. Desganado, contemplaba acostado en la baldosa los números interminables cuando me animé a sacar la voz y le pregunté a mi mamá a qué hora daban las películas.
Me tomó de la mano y nos fuimos corriendo hacia las aulas. Atravesamos el mesón de las bebidas, el mesón de las tortas y el mesón de los globos. Me tomó en brazos y de pronto me vi dentro de una misteriosa oscuridad; al minuto pude advertir los rostros fascinados de otros niños mirando hacia una pantalla que cegaba la vista y doblegaba la razón. La sala estaba repleta, olía a niños agitados. El valeroso Tarzán voló en unas lianas y lanzó su mítico aullido en blanco y negro justo cuando dos palabras brillantes lanzaron un imprevisto mensaje en inglés:

The End

Los afortunados, que eran una  multitud, abandonaron la sala satisfechos, pero aún con energías para agarrar los últimos números del circo. Ya habían olvidado la película, aunque sospecho que el recuerdo les endulzaba el alma. Imaginé la ínfima posibilidad de otro filme de Tarzán o por último de una película cualquiera, pero mi mamá, tras hacer sus averiguaciones, me reveló tibiamente que la función había terminado. Yo estaba cumpliendo siete años y a esa edad ya estaba demasiado grande como para llorar, así que achaqué el episodio a la fortuna.
Mala suerte. Hora de volver a casa.  

viernes, noviembre 25, 2016

Boceto de la envidia

La envidia, en versos 

Uno a uno van cayendo ante sus ojos vigilantes para deleite de la envidia
que puja por salir de su escondite.
Hoy que libre asoma sobre campos miles de años cosechados
evidencia temblores agridulces:
detrás de cada muerte hay un Mesías.
Y en su dorado cuarto de hora siembra pestes, rodeada de testigos envidiosos.
Ha errado el camino; el sentido del ridículo la impulsa a volver a sumergirse
mas escrito está que permanezca abrasada por el sol, roída por la sal
congregando una multitud de adoradores
desterrados a la plaza pública.

-Debo admitir que escribes mejor que yo.
Inflamado por la vanidad acusó una respuesta humilde, pero falsa.
-Si pudiéramos unir tu genio con mi oficio...
Hablaban de la envidia y él, con esa falsa humildad que lo traicionaba a cada momento, había declarado su "admiración" por el genio de su amante, de modo que cuando ambos se separaron mentalmente para escribir sus pensamientos acerca de ese pecado capital, cada uno frente a su libreta de apuntes -corriendo el lápiz de uno más que el otro- presintió que esta vez sí sería el ganador. Le bastaría conectarse con su sentimiento más profundo, ese que en ella parecía estar ausente, para aplastar al fin su genio, sin pasársele por la cabeza el hecho de que si ella era más que él, como él lo suponía, su eventual padecimiento encubierto se debía dirigir por necesidad hacia alguien superior a ella.
Intercambiaron los papeles; ella dijo casi de inmediato:
-Debo admitir que escribes mejor que yo.
Luego de que él reaccionara como se acaba de decir, ella agregó:
-Es un interesante borrador de pensamiento, con pequeñas fallas y versos desafortunados producto del apuro. Te traiciona tu ímpetu, merecerías un mejor destino si escrutaras tus inspiraciones y fueses un poco menos práctico de lo que eres.
Bajó la vista, avergonzado de su pequeñez. Ante ella jamás había tenido capacidad de contraataque. De paso, entendió perfectamente que lo que para él había constituido un desafío, para ella no pasaba de una entretención destinada a matar algunos minutos de la tarde. La amaba, la odiaba, imaginaba su tibia indiferencia en todas las inflexiones de su voz y su tácito rechazo a la posibilidad de entregarse a él, y la envidiaba más que nunca.
Con la razón embadurnada de resentimiento clavó entonces los ojos en la libreta de su amante, sin comprender la frase escrita, que leía y releía silenciosamente:
"La envidia es una puta a la que un enano le arrancó los ojos".

viernes, octubre 28, 2016

Hora de ofrecer explicaciones

Si bien no se encontraba en el banquillo y frente a él no había jurado alguno que determinaría su suerte, Vargas admitió que había llegado el momento de contar su viaje, de dar explicaciones, de ofrecer su versión de los hechos. Comenzó entonces a relatar lo vivido; resurgieron en su mente los grandes rascacielos, las salas de concierto, las avenidas luminosas, las líneas del tren subterráneo, los puentes, los locales de comida al paso, los tipos de personas, las conductas de la gente, los parques kilométricos, los ríos, los suburbios. Pero pronto reparó, al sentir el timbre de su voz dentro de los huesos de la cabeza, que de sus labios salían simples palabras. Por más acentuadas, adornadas con gestos o exageradas que fuesen, no lograban sorprender a nadie y para los demás seguían siendo palabras. En el fondo les contaba lo que ellos conocían por experiencia directa o tantas veces habían visto en revistas y películas. Lo adivinaba en sus miradas benévolas que, sin llegar a rozar lo que él no les decía, se rendían pronto ante el fracaso.
Lo real permanecía adentro, bien guardado, y con los días fue internándose más y más en el depósito fangoso de su mente. Combinados con la vuelta a la rutina, los recuerdos asomaban brillantes, alegres, también preocupantes, abriéndoles un paréntesis a sus pensamientos gastados.
Esa caminata eterna por el parque, por ejemplo, cuando su ansiedad le nubló el día soleado y convirtió el paseo en un pequeño infierno de pasos sin sentido. Buscaba con urgencia estatuas perdidas de nula importancia, iba siempre delante de su mujer, que lo seguía cansada y esperaba el sosegado momento del picnic en la hierba, al borde del lago artificial y frente a los edificios majestuosos, momento que cuando llegó lo hizo bajo el barniz de la amargura. Eso no lo había contado. ¿Qué sentido hubiese tenido hacerlo? Y esas noches en la habitación del hotel, hambriento, comiendo de un pote ante una pantalla que por más que cambiara de canales solo hablaba del candidato presidencial, comida deslucida y silenciosa bajo una luz mortecina y las cortinas cerradas, ¿no eran la esencia de su verdadera realidad? Cumplió un sueño, gastándose todo el dinero del premio recibido por escribir un relato divertido, pero el estrés de la gran ciudad se lo había comido y le había reflotado sus temores, esos dolores del cuerpo desde los órganos vitales hasta los rincones más absurdos. Con las molestias iban naciendo graves advertencias sobre su penoso futuro. ¿Qué le dolía tanto?
Durante esos días de ensueño las diferencias con su mujer le parecieron irreconciliables; en medio del viaje imaginó que este se convertía en el preludio de un final tantas veces anunciado, la prueba de un duelo no resuelto de caracteres que chocaban una y otra vez en el obcecado muro de sus propias limitaciones, muro que Vargas, ahora que habían pasado los días y todo había vuelto a la normalidad, ahora que se le despertaba un piadoso deseo de proteger a su mujer, atribuía casi a su entera culpa.
Podía vivir con ella y ella podía vivir con él. Los días juntos en su ciudad de residencia hasta podían tornarse dichosos, otoñales, serenos, cada uno en sus afanes. Se podía morir a su lado y ella también podría cerrar los ojos en su compañía. Ambos estaban conscientes de lo perdido y lo ganado.
Algo, sin embargo, los separaba desde el lejano comienzo, desde los primeros días en que se miraron y se gustaron, algo intangible que ni siquiera pertenecía al reino de los gustos comunes, algo de lo que adolecen casi todas las parejas del mundo, quería convencerse; una palpitación que no existe en el diario vivir sino que solo es posible de vislumbrar en la otra vida: el latido de la felicidad sublime, inalcanzable para dos meros seres que habitan el planeta. La paradoja era que ese algo tenía que ver con lo real. ¿Qué era lo real, para Vargas?
Eran los rascacielos salpicados de ilusión, de un futuro próximo feliz, planificado, ausente de peligros, la dulce vida en su máximo esplendor. Era -a la larga- la última verdad, ante la cual termina inclinando la cerviz el engañoso tránsito cotidiano: la noticia evitada del dolor que sobreviene a la muerte.

domingo, septiembre 25, 2016

Oculta trinidad

Una mirada firme, resuelta, empecinada. En ella, detrás de ella, dentro de ella, décadas de conocimientos, angustias inefables, ilusiones demenciales.
Oculta trinidad corroída por un hígado gastado.

viernes, agosto 19, 2016

Ven conmigo a mi casa

Tú y yo, bajo un cielo gris de primavera fallida, no hallando la forma de darnos la satisfacción tan ansiada por ambos.
Estábamos expuestos.
Descendimos a tu morada por un agujero en la estepa, descolgándonos por las raíces jabonosas que surgían de la tierra gredosa. Ya abajo se nos abrieron horizontes insospechados.
"Ven conmigo a mi casa", me propusiste.
El sendero serpenteaba hacia ninguna parte, flanqueado por un ramaje de mediana altura. Te tomé entonces por detrás, sin encontrar la satisfacción esperada. Debíamos continuar caminando y así fue, hasta que desembocamos en una inmensa pradera. De lejos nos miraban. Parecían turistas, o pastores de camisas blancas.
Tu casa estaba más arriba.
Subimos un riachuelo por las rocas que sobresalían del agua. De improviso se nos ofreció un muro natural maravilloso, que escalamos para tener la visión de la catarata de agua verde desde arriba. Era una caída de agua sin intenciones, sin bullicio, incluso sin agua.
Dominábamos el panorama completo, las nubes seguían siendo las mismas y la temperatura tibia de la primavera fallida nos seguía acompañando.

lunes, agosto 08, 2016

Y entonces lancé un grito de espanto

Era una noche muy oscura; todo lo que se veía a mi alrededor me hacía recordar las jornadas vividas como enviado especial a Temuco, cuando cenaba en el restaurante del hotel Continental, un espacio del porte de una cancha de básquetbol con mesas dispuestas una tras otra y tras otra, sin más comensales que mi compañero de trabajo y un vendedor viajero que nos observaba de reojo a unos 15 metros de distancia, en diagonal. La vieja garzona emergía del fondo del salón con la bandeja humeante, posaba los platos en la mesa y se retiraba, se iba achicando con la perspectiva, como si volviera al destierro. En el comedor la temperatura era agradable, pero en la calle el frío calaba los huesos. Lo sentíamos cuando salíamos a dar una vuelta para estirar las piernas y beber un par de copas, antes de recogernos en la penumbrosa habitación.
En la noche que ahora paso a describir reinaba el silencio en el invierno del gimnasio en ruinas. Un ancho pasillo recto como vagón de tren, con paredes de madera sin barniz, conducía al baño de servicio; el cielo era tan bajo que casi se tocaba con la cabeza. Las pisadas fantasmales no dejaban huella en el suelo alfombrado. Una luz mortecina surgida de faroles alineados matemáticamente en los costados no ayudaba a elevar la moral, más bien la echaba al suelo. Toda la escena infundía al alma una sensación de inseguridad y abandono; daba la impresión de que la noche me iba arrinconando, decidida a encerrarme en ese baño claustrofóbico, apenas visible al fondo del pasillo.
Hubiese esperado que no ocurriera nada, que la noche diera paso al día con la velocidad que el sueño les regala a los muertos, pero yo mismo escribiría que no podía ser así. Ya dentro del baño, aprisionado en una atmósfera de incertidumbre y un presentimiento de tragedia, con la sensación de no haber corrido el seguro de la puerta, miré hacia la insignificante ventanilla mientras me lavaba los dientes: de la cara filuda de un hombre solo se veían sus dos ojos claros que me miraban fijamente, y el hombre no decía una sola palabra.