martes, enero 09, 2018

Dímelo con tus propias palabras

El gigante se sentó en la butaca que los promotores de la compañía le habían asignado en el balcón preferencial. Los espectadores se dieron vuelta y lo miraron, algunos discretamente, la mayoría sin medir su reacción. La curiosidad apuntada a su figura no le provocó efecto alguno; ya se había acostumbrado a que lo vieran como un fenómeno. Faltando algunos minutos para que empezara el concierto alcanzó a retener parte de los comentarios del programa antes de que el elegante director, Iván Fischer, hiciera su ingreso entre aplausos. El gigante pasó entonces a segundo plano y la oscura tibieza del balcón le fue cerrando los ojos.
Estaba condenado a seguir creciendo hasta la muerte y así debía asumirlo. En sus albores, todo en su interior se expandía con una velocidad invisible, sin pausa, menor que el tránsito de una oruga por el tallo de una hoja pero velocidad al fin, inexplicable, como la vibración de un tejido que se va abriendo camino entre las paredes de carne que intentan contenerlo sin éxito. Esta progresión, que debía detenerse, no lo hizo. Años después, cuarenta, cincuenta, sesenta -había dejado de contar los años- las imágenes que desfilaban ante sus ojos le iban interesando cada vez menos. La cirugía había fracasado, los medicamentos habían fracasado; la ciencia, aplicada a su caso, lo había reducido todo a una glándula. ¿Qué importancia tenía ese diagnóstico, comparado con la enormidad de su problema? Desde entonces solo le cabía asumir el desmadre de su cuerpo a pasos agigantados, llevando su fama a cuestas.
Si hubiese que decirlo de otra forma, se educó, usó su inteligencia y respondió con seguridad a lo que le pedían sus maestros, de modo que en el principio las vallas fueron sorteadas con cierto brillo. Pero en ese complejo proceso olvidó un detalle: esos viejos maestros eran unos ignorantes, lo que se hizo patente cuando más tarde se quedó sin palabras al oír preguntas que no estaban en sus libros. Se las formularon autoridades que jamás había visto, ni siquiera imaginado. Recién ahí tomó conciencia de que había vivido en un mundo de enanos y que ahora era un enano en un mundo de gigantes. Su reeducación demandaría años, cuando no el resto de la vida. Forzosamente, casi a palos, debía seguir creciendo, nunca dejar de crecer, hasta que no cupiera en los salones, en los teatros, en los sets de televisión, hasta que su propio ataúd se le hiciera enano.
Vilde Frang interpretaba el concierto de Béla Bartók con una ligereza endemoniada. Admiró el gigante sus dedos, su muñeca y sus ojos se le llenaron de lágrimas. También ella había sido, en su momento, un par de células. Estar en ese escenario, soñaba, no en el suyo, ser ella, ser la juventud y la esperanza, el horizonte triunfal. No había manera, pero la idea lo sacaba al menos cinco, seis segundos, de su obsesión. Trascurrida buena parte del concierto entró en un estado de sopor y sin darse cuenta se echó a roncar: la sala entera se estremeció en silencio; el acompañante le meneó uno de los hombros y el gigante despertó, más grande de lo que era antes del desaguisado. 
-Vamos, dijo, en el intermedio, no soporto más.
Fueron las únicas palabras que le pudieron sacar en toda la noche.
A la salida debió soportar el mar de paparazis que lo aguardaban, impacientes, todo naturalmente acordado con los promotores de la compañía. Por la mañana los diarios sensacionalistas ofrecieron a sus diversos lectores la misma imagen suya, con leves variantes de ángulo: el gigante estiraba una mano grandota hacia la cámara y parecía protestar con los ojos entrecerrados y una mueca grotesca, mostrando los dientes. Las crónicas destacaban sus dos metros veinticinco, sus ronquidos "gigantescos" a mitad de la función y su "estilo propio", consistente en una suerte de introversión patológica, diríase rayana en la mala educación. Entre los lectores de esas crónicas se hallaba el propio gigante.
(Eso dicen de mí los diarios: un hombre de dos metros veinticinco que tiene un estilo propio y ronca en público. ¿Y aquellos que no aparecen en las noticias, qué son? Materia informe, como yo, sin mi dato básico).
Dejó el periódico sobre la mesa de arrimo y al levantarse del sofá se golpeó la cabeza contra el cielo de la habitación. Cercanos estaban los días en que ya no habría casa que lo acogiera; vendría así el tiempo de los palacios renacentistas, las iglesias y los castillos medievales. Antes de bajar al gran salón a tomar el desayuno intuyó la marea de fotógrafos. Tenía que aceptarlo, eran las reglas de un contrato que hasta el momento le permitía seguir viviendo, más que decentemente, aunque expuesto al bochorno de la notoriedad.
El ascensor resultó demasiado pequeño para él; descendió los escalones de cuatro en cuatro, a cada paso retumbaba el mármol. En el comedor engulló kilos y kilos de frutas, jamones y mermeladas; luego se dirigió a la recepción con su ridícula maleta. El hotel le tenía preparada la cuenta, que canceló el promotor con celeridad, alarmado ante el daño, aún imperceptible para los demás, que estaba ocasionando cada uno de sus movimientos. Enfadado consigo mismo, sintiendo en sus nervios la expansión involuntaria, el gigante derribó de un manotazo a los paparazis que lo esperaban a la salida y se fue sin abordar la limusina, la misma que la víspera lo alojaba a sus anchas y que ahora resultaba incapaz de contenerlo. Intuía que una reacción como aquella anularía el contrato, mas no había otra forma de proceder. A partir de aquel minuto su relación con la compañía pasaba a ser letra muerta y de allí en adelante tendría que arreglárselas solo.
Por la tarde caminó hacia la casa de campo de su infancia. Enfiló por un sendero de tierra apisonada, sombrío por el exceso de árboles que lo cubría; erectos árboles callados. Las sombras lo rodeaban por todas partes, dándole a su paisaje un aire grisáceo, parejo, mortuorio. Al cruzar el arroyo saludó a su vieja amiguita.
-Hola, le dijo.
-Buenas tardes, caballero.
Su respuesta lo desconcertó: esperaba un trato igualitario, pero se encontró ante una realidad distante. El saludo de la niña no denotaba respeto, sino la determinación de levantar un muro infranqueable -¡aun para él!- entre ambos.
Se fijó entonces en la serpiente de agua y se lo comentó, en un postrer tanteo de acercamiento. La niña no le hizo caso y entró a la casa.
-Fíjate en lo grande que es -le había comentado.
Y en efecto, era una enorme serpiente que descansaba bajo el agua estancada del arroyo, entre las piedras mohosas, una serpiente de franjas negras y blancas que ahora comenzaba a reptar con lentitud, a subir por las paredes de cal de la casa de campo.
La niña estaba sentada en el comedor. Sobre la pared dormía una anguila; su cabeza casi topaba el marco de la foto familiar pintada de colores. La serpiente trepó sobre el cuerpo de la anguila, sin que su presa reaccionara. Cuando juzgó que era el momento le arrancó la cabeza y la arrojó sobre la cubierta del mesón. La niña sonrió ante el presente, con un cierto rictus de mofa; así lo interpretó el gigante desde su posición en la orilla del arroyo: veía sobre él la casa de campo sombría, por la ventana a su amiguita de perfil con su pelo motudo, veía sus dientes y su risa silenciosa; y veía el vacío en que habitaba, donde no tenía cabida el miedo ni al espacio que la rodeaba ni a la brutal escena que habían contemplado sus ojos.
Asombrado y a zancadas, esquivando los cables eléctricos con extravagantes movimientos de piernas, alejándose así de la metrópoli, que lo seguía inquieta, el gigante se recluyó en el bosque más profundo y cercano que encontró, donde se dio un momento para reflexionar sobre su futuro. Apartado de la humanidad, mirando al hombre como un pájaro desde la copa de un  árbol, se había tornado inofensivo. Ahora era él quien asumía las culpas, él quien debía medir sus pasos para no aplastar a nadie. El gigante era ya como el elefante de la cristalería; todo el mundo se hallaba pendiente de sus faltas, sus errores de cálculo, sus pasadas a llevar, incluso sus ausencias. El hombre había dejado de ser su hermano y pasado a ser su víctima. Ante tal diagnóstico no le extrañó que alguna próxima jornada pudiese caer en manos de la justicia. Habría de ser juzgado de noche en un estadio, con luz artificial. No bien los fiscales leyeran las acusaciones descubriría que a sus años él, el más inofensivo de los hombres, aquel que no hacía más que economizar sus desplazamientos, existiendo nada más que para alimentar su vida interior, había matado gente. Y sin embargo, grandes acusadores no habría. Los familiares de las víctimas habrían detectado en su momento que el gigante no poseía bienes materiales, de lo que desprenderían naturalmente que no les cabría la esperanza de recibir compensación alguna. Dictada la sentencia se asomaría el problema de la cárcel: ya estaría demasiado grande como para alojarse dentro de una celda con barrotes; hasta el patio del recinto se le haría estrecho, inhabitable. Los jueces, reunidos, determinarían dejarlo libre, a sabiendas de que no era un hombre malo, sino torpe, "a esa altura de su vida". Anunciarían su fallo al jurado, que prevendría eventuales desgracias cubriéndolo de filamentos encendidos con baterías solares, de manera que por las noches fuese reconocible desde pueblos lejanos, una mancha de luz que tronase entre los bosques y las praderas.
¿Valía la pena seguir viviendo ante aquel panorama? Crecer, crecer, crecer. ¿Hasta cuándo seguir creciendo?
Sentado en el bosque, su cabeza sobre las copas de los árboles, se dejaba empapar por la sinfonía de la vida, sin involucrarse demasiado; antes bien, y tal vez debido a su extraña patología y los padecimientos que le acarreaba, parecía sentir pena, lástima por toda aquella forma de vida que crecía, desde el miserable gusano, qué decir, el infinitesimal microbio, la más pequeña unidad, desde el hombre enano, que a su manera era un ejemplar fallido de crecimiento, aunque ejemplo al fin, desde los tiernos tallos, los capullos, la hierba, los pétalos, hasta la majestuosidad de las hayas, los abetos, lobos marinos, las ballenas, los tenaces paquidermos. Una sinfonía sin director, una sinfonía con un director irresponsable, que se daba el lujo de ausentarse, de hacerse invisible en lo mejor de la función, dejando a sus músicos abandonados a su suerte, abriéndoles para sí el campo tentador de las notas disonantes, los horrores rítmicos, desaliñadas estructuras, arreglos a la rápida, estilos dispares.
El lago lo colmó de atenciones, pues vio en él a un ídolo; se alimentó de su grandeza mientras pudo y así logró salir durante varios días de su decaimiento. Lo atraía a su orilla, como llama una mujer. Allí le contaba sus penas, tardes enteras, a sabiendas de que el gigante lo entendía con su mirada serena. Sufría por lo que no tenía, por falsas necesidades, apuros imaginarios; y no era capaz de gozar el paraíso del que era protagonista principal. Sus gestos transmitían pesar, incapacidad, ausencia de pasión. Apenas el gigante se bañaba en sus aguas su ser parecía iluminarse; se le tornaba imperioso estarle hablando horas. Mas cuando llegó el momento de partir, la despedida careció de dramatismo. Millas más al norte, al dar vuelta la cabeza para disfrutar por última vez de esa presencia, el gigante descubrió que había sido utilizado. El lago había vuelto a su rutina, dándole la espalda a la frondosidad y al volcán que lo rodeaban. Su energía se había consumido, pero el fenómeno no había hecho más que prolongarla: ahora vivía de nuevo bajo su propia superficie, sin música de fondo, acompañado solo del viento y la lluvia, el mediodía hecho ocaso.
En la playa las cosas fueron diferentes. Se empecinaba el mar en actuar como un fumador y un bebedor empedernido que dominaba miles de libros, cual biblioteca en vaivén, mientras el balneario que lo asediaba intentaba devorarlos en medio de una falsa tristeza. El conjunto no formaba dupla armoniosa, pero sí una unión insobornable, como aquella que aún se puede apreciar en esos viejos matrimonios que discuten todo el día y por la noche suben de la mano al dormitorio. El mar era la fuerza cariñosa y protectora; el balneario, la pasión disfrazada de gris debilidad. Al gigante le costó entender dicho sistema, pero al cabo de unos días se sintió a sus anchas, acogido y atendido como en los antiguos tiempos, cuando su crecimiento pasaba inadvertido. Dedicaba las mañanas a mirar el pueblo desde las dunas, a sus habitantes sosegados planificando el día en las fruterías, mercados y botillerías, a los mozos de los restaurantes preparando las mesas para la hora del almuerzo. Reservaba las noches para el mar y sus estrellas, lo desafiaba penetrando hasta el borde de las olas, y cuando se retiraba dejaba su huella, hendiduras de pies de dinosaurio que se disipaban en minutos.
Lo recibió el valle escarpado del norte, inalterable. Por las mañanas el gigante se asomaba a mirar desde el otro lado de los montes pedregosos. Siempre era igual; el sol anunciaba su salida con vibraciones imperceptibles, animando a las aves; el arroyo bajaba cristalino entre el verdor que lo separaba del desértico paisaje; el día transcurría con naturalidad y llegada la noche, la vía láctea se plantaba majestuosa ante sus ojos, la Cruz del sur, las Tres Marías, Marte, el joyero, el centauro y su arco. Cada luminaria quería decirle algo, pero el gigante no sabía qué, a pesar de quedárselas mirando hipnotizado. Era la culminación de su paso por la tierra, el último de los tres estanques del poeta. La poesía metafísica que se le revelaba en las sombras de este valle era la de Tomás, a través de su prólogo en un pueblo. Tomás vivía en un isodecánogo, una casa al borde del cerro que había reconstruido con sus propias manos, luego del incendio que le quemó diez años de escritos manchados de vino. Hizo amistad con el gigante, a quien le reveló los versos de George Trakl. Aparecía tímidamente a cualquier hora en sus dominios y se enfrascaban en largas conversaciones; deseaba nutrirse de su influencia para expandir sus versos por el mundo, pero el momento resultó inadecuado, al gigante ya no le quedaban lazos con la Tierra, su desmedido crecimiento lo había llevado demasiado lejos.    

(sigue)

jueves, diciembre 28, 2017

Minutos difusos

Pasado el mediodía aún no se podía desprender del sueño, demasiado vívido, que lo había despertado en medio de la noche con una desacostumbrada alegría. Buscaba la señal consagratoria que le diera sentido, pero no aparecía. Y sin embargo le seguía cabiendo la certeza de que hubo una ducha cuya agua caliente caía sobre la tabla del piso, una cama donde se manifestó el encuentro, a metros de la habitación de sus padres; una foto que le dejó de recuerdo. En suma, una conexión nocturna, un intercambio de ansias a través del velado mundo onírico.
Yacían ambos en silencio; él sintiendo la sensualidad chocante del amor físico, con sus pelos y humedades; ella dejándose amar.
"Ahora puedo morir feliz", le dijo entonces. Ella le dio a entender que nada se había completado, que la situación no era como para cantar victoria. En los difusos segundos posteriores las cosas se aclararon, el problema fue resuelto y con esa sensación abrió los ojos.

miércoles, diciembre 20, 2017

Dos poetas, el tercer hombre y un café de domingo

Escribir un cuento sobre dos poetas: uno genial en su vida diaria y en su obra y otro pedestre en las mesas redondas y brillante en sus libros. Unirlo al relato del hombre preso de sus ideas machistas, acorralado por los cambios de la sociedad, que no le permiten expresarse como siente, desea y piensa. Uno de los dos poetas necesariamente debe ser extravertido, histriónico, bocón; el otro, silencioso, observador, acomplejado. El tercer hombre no es la síntesis de ambos, sino un personaje desplazado a la vera del camino por la máquina del tiempo. Los poetas le cantan. Uno lo condena con metáforas punzantes, el otro lo hiere con versos decadentes; los dos envidian su violencia reprimida, la violencia del hombre de los primeros estadios de la infancia.
-Huguito, no te lo puedo explicar con palabras. Deberías imitar, seguir mis gestos -le decía su padre con sus ojos y con su forma de andar.
Así empezarían a definirse los rasgos del tercer hombre.
Era Nochebuena y se hallaba solo. Siempre la noche del 24 de diciembre fue la más hermosa para él, la única en todo el año en que su familia olvidaba las diferencias alrededor de una mesa generosa en manjares y licores, la única en que se leían versículos del Nuevo Testamento y se ofrecía el primer brindis a los que ya no estaban entre ellos. Enseguida se hablaba y se discutía a destajo, con alegría. Pero esa noche se hallaba solo y más que lamentarlo, vivía ese momento como novedad; es decir, con los sentidos despiertos. Estaba a punto de estallar en una hoja en blanco.
Así continuaría. El poeta doble.
Tengo demasiada facilidad para amar; debo contenerme. También odio, menos. Más bien me irrito, me dejo vencer por la irascibilidad. No sé hablar, no sé qué decir; amo y odio en silencio desde que tengo uso de razón, separado del mundo, en comunicación conmigo mismo. Así no me enseñaron, pero algo me marcó.
Eso diría el poeta acomplejado.
Viene un día de calor agobiante. Bajo el ciruelo que le da sombra a la terraza del local, un vaso grande de agua con hielo atenúa la amargura del café. En la mesa de atrás, dos mendocinas hablan con una decisión y una naturalidad que dan envidia. Si cierro los ojos veo a la derecha de mi campo visual una pequeña E invertida pintada de verde neón; si los abro, mi reflejo sombrío en la ventana del  café. Conversan, sin ansiedad, de la noche de Año Nuevo, una de ellas desea ver los fuegos artificiales, que no los disfruta hace trece años. Hacen planes, divagan, se dejan llevar por la charla como un barquito de papel sobre el arroyo hasta que llegan sus invitados, dos muchachos jóvenes, ¿pareja? Chica, vení, ¿sí, qué desean?, qué linda ella, Chori, pedí lo que quieras, cuando tengo plata soy así. Vos también, Chori 2, un jugo, unas tostadas con palta. Si es por eso, una parrillada, dice el Chori...
¿Qué me deja ese encuentro? ¿Logré olvidar la molestia en los hombros, el cansancio en las piernas, superé por un momento la insatisfacción que llevo dentro? Mientras camino hacia el hogar siento desvanecerse a los dos poetas y al tercer hombre, mientras crecen los comensales del café, que no son más que eso, viajeros que me han acompañado durante un segundo de mi vida, no dan para cuento, no son personajes literarios sino personas de carne y hueso, material de crónica.
Un gorrión sobrevuela el pasto sombrío entre la calle y la vereda, lo veo de reojo al caminar, persigue una pelusa que le trae la brisa, no es una pelusa, es una polilla que aletea, huye de su pico y vuelve a caer en él, son pasmosos los reflejos de su cuello para dar en una fracción de segundo con su presa, huye otra vez y consigue salvarse de la muerte hasta que el gorrión, el ave más sencilla de la tierra, el ave del que tal vez se esperaría acaso un rol menor en el reparto estelar de la comedia de la vida escenificada en los alrededores de un café, mediodía de un domingo de calor agobiante, se la lleva.  


viernes, noviembre 17, 2017

Noches de turno

Las noches de turno en el diario guardan su encanto. Hay un momento en que todo se recoge, como preparándose para dormir. Dejan de sonar los teclados y los teléfonos, los escritorios se vacían, la primera tirada se imprime lejos, en los faldeos cordilleranos y los pocos turneros matan el tiempo ante las pantallas de sus computadoras, a la espera del último aliento noticioso de la extensa jornada: el despacho de la edición de Santiago. En tal momento, mientras las noticias descansan -oh, bendición para mí y para el mundo- suelo bajar a compartir un café con Germán Arellano, atraído por las profundas verdades del alma humana que revelan sus historias. Germán no pareciera alegrarse en demasía ante mi presencia, ya que generalmente está viendo alguna película por Youtube, pero con los minutos empieza a entusiasmarse. Yo, que lo trato de usted, por el respeto que le tengo y los diez años que me lleva, abro la conversación con algún tema literario y el diálogo se hace fácil, fluye como el agua cristalina en el arroyo. Llegamos así a los premios Nobel y a la soberbia y la envidia, que se dan mucho en ese ámbito, y de inmediato surge una anécdota. "Hay poetas que no valen nada y se creen el hoyo del queque; en cambio otros como mi amigo Rolando Cárdenas, un gran poeta que no fue reconocido en todo su mérito, mueren en el olvido", comenta.
-¿Le gusta Gabriela Mistral?
-No mucho, fijesé. Tiene algunas cosas, eso sí.
-El año que ganó el Nobel, el otro candidato era Herman Hesse.
-... Poeta mayor. Se lo dieron al año siguiente.
-Neruda llegó más lejos que Gabriela Mistral.
-No se le pueden negar sus méritos, aunque a Neruda lo ayudaron... lo ayudó... el partido.
Cuando dice esto pone ojos de huevo frito y tiende a sonreír.
-Tenía olfato. Acuérdese de que en su libro "Confieso que he vivido" menciona que gracias a su amigo Juan Emar, hijo de Eliodoro Yáñez, consiguió su primer cargo en el exterior. Eliodoro Yáñez lo recibió en el diario "La Nación", que dirigía, y le preguntó qué puedo hacer por ti, muchacho.
Germán admite lo anterior y cambia de tema.
-Yo fui bien amigo de Poli Délano...
-... Que en paz descanse.
Le doy una buena mascada a mi sándwich de jamón y queso y me dispongo a oír lo que viene.
-Cuando cursaba estudios en el Pedagógico, una noche estuvimos tomando hasta las tantas con varios más; Poli Délano era nuestro profesor. A la mañana siguiente nos cruzamos en el patio de la facultad y ni me miró. Habría esperado un saludo aunque fuera, pero el hombre se daba ínfulas. Y gran escritor nunca fue. Lo mismo Macías.
-¿Macías?
-Sergio Macías, otro que se arregló. Hay gente que vive arrimándose a los poderosos.
-¿De quién está hablando?
-De Macías, de Acevedo. El verdadero trabajo de Acevedo consistía en complacer a sus superiores.
-Doy fe de este último. Yo mismo le oí contar a Acevedo que en la feria persa encontró un viejo libro escrito por el padre de su director. Costaba una fortuna, pero lo compró y se lo regaló. Luego se ufanaba de su gesto y lo ponía como ejemplo de lo que nos faltaba a nosotros para llegar más arriba.
-Una tarde yo lo vi hablando con un periodista de este diario. Apenas se separaron comentó sobre él: "chancho que no da manteca".
-¿Quién sería el periodista?
-Este señor... Monte.
-Si se refiere a Carlos Monte, se equivocó. Es el actual agregado de prensa en Brasil.
-Ahí tiene.
-Gracias al partido socialista, Germán.
Pareciera que ambos estuviésemos respirando por la herida al hablar. Yo de una manera y él, de otra. En mi caso, admito el desaliento que me embarga al recordar que mis propios escritos han pasado sin pena ni gloria por el mundo literario criollo. Él debe de sentirse herido por otras razones, que desconozco.
-Macías se arregló los bigotes con el gobierno de la Unidad Popular, que lo nombró agregado de cultura en España. Después del golpe se quedó en Madrid, mientras su gran amigo Salvatore Coppola se exiliaba en la República Democrática Alemana.
Hace aquí Germán un breve rodeo para refrendar la historia que viene, sobre las peripecias de Gonzalo Rojas cuando dejó su misión diplomática en China para instalarse en la RDA. "Al poeta se le ocurrió mandar en barco a su casa de Chillán una marquesa china de dos plazas. Fue toda una aventura, porque después le costó un mundo viajar de la República Democrática Alemana a Chile para recibirla", cuenta. Continúa entonces con la anécdota de los amigos Coppola y Macías.
-Coppola tenía un modo deslenguado para hablar. Él mismo me contó años atrás esta historia que le voy a referir, y con estas mismas palabras, mientras nos tomábamos un pipeño: "Tú no sabes lo que sufrí para viajar a ver a Macías, Germán. Tras infinitas negativas, porque chucha que costaba salir de Alemania Democrática, me conseguí un permiso de las autoridades para viajar a España. Le anunciamos la visita y con mi mujer viajamos en tren toda la noche y llegamos a su departamento en Madrid, esperando ser recibidos con grandes abrazos, pero la esposa de Macías nos leyó la cartilla de entrada: "Shhh, el maestro está escribiendo. No se le puede molestar. Orden perentoria", advirtió. Yo le contesté: "Dígale que haga un lulo bien grande con lo que está escribiendo y se lo meta por la raja. Tomé a mi mujer del brazo y partimos de vuelta.
El tema del éxito, la envidia, la ambición y los fracasos se agota. Le hago ver entonces a Germán que su vida es un manantial de historias que deben ser traspasadas al papel. Le advierto que si él se sigue negando a reproducirlas lo haré yo, para rendirle el honor que se merece.
-Ese capítulo de su vida en que se fue a vivir a una pensión de mala muerte, por ejemplo, no puede quedar sepultado en el olvido.
-Ah, sí.
-¿Me lo podría contar una vez más? Recuerdo una pelea y que su pieza estaba separada de la otra por una tabla de cholguán.
Germán no se hace de rogar; este es su relato:
"Para ahorrar un poco de mi sueldo, porque en esos días andaba muy acogotado, se me ocurrió arrendar una pieza re barata en una pensión de Santiago poniente. Duré como tres meses y me fui. Me tocó una habitación en el tercer piso. Una pocilga. Al lado mío arrendaba una peruana bien interesantona, de unos cuarenta y cinco años, pero nunca trabamos relación. Al otro lado vivía la señora Sarita y en la pieza de más allá su hijo, el Patito. Era bien callado el Patito. Llegaba del trabajo y se encerraba en su habitación. Arriba vivía un vago atorrante que se pasaba discutiendo con el dueño y en el primer piso, un canuto zángano con su esposa, que era contadora. Los dos tenían como veinticinco años y ella era medio tontorrona. Cuando uno la escuchaba se decía: "Puta la cabra tonta". Yo traté de hacer buenas migas con todos, pero el primero que se me cruzó fue el canuto. Vivía leyendo versículos de la Biblia en el patio central al que daban las piezas; una mañana tenía la música a todo chancho y yo, que había llegado del turno pasadas las tres, no podía dormir, así que me levanté, me puse la bata, salí de la pieza y desde el balcón le pedí por favor que bajara la música. Él me miró y me dijo "bueno". Pero al ratito la tenía de nuevo a todo chancho. Le gustaba oír música árabe, pero se le pasaba la mano.
"Una tarde el atorrante bajó a hablar con el dueño y con su mejor voz le informó que su sobrino del sur llegaría a pasar la noche a su habitación. Esa misma vez yo andaba con ganas de comerme una carnecita y como tenía día libre le pregunté a la señora Sarita si se animaría a preparar una cena para nosotros, porque ya había averiguado que cocinaba rico. Me dijo que encantada y al rato volví con la carne y el acompañamiento. Llevé de todo, pero me faltó el vino. Invitamos al bailarín y al Patito, pero el Patito se llevó la comida a su pieza, así que al final comimos los tres con el bailarín.
"Pasaron veinte minutos, pasó media hora y la señora Sarita recién empezaba a adobar la carne. Echaba un aliño y paraba, otro aliño y paraba; se lavaba las manos, se las secaba, sacaba un cigarro y se ponía a fumar. El bailarín no decía nada, porque era un invitado; yo tampoco, por educación, pero se notaba que los dos estábamos con el medio diente...
"De repente la señora Sarita volvió a parar y sugirió en voz alta: 'A esto le falta un tintolio'. Con el bailarín partimos a la botillería de la esquina y volvimos con dos botellas, justo cuando iba entrando a la pensión el sobrino del atorrante. Era un mariconcito del barrio, un cabrito flaco bien afirulado; no pensaba ser sobrino. Cuando subió a la buhardilla y antes de que nosotros entráramos a la pieza, le entornó los ojos al bailarín. Ya adentro, descorchamos las dos botellas. La señora Sarita cocinaba y se penqueaba, cocinaba y se penqueaba, puta que se demoraba en cocinar la vieja. Al final nos sentamos a la mesa como a las diez de la noche. Pero cocinaba rico.
"Al olor de la comida salió el canuto y se puso a blasfemar contra nosotros. '¡Nido de víboras!, nos gritaba, ¡ya les llegará su hora! ¡No hay peor pecado que la gula!' Seguro que hablaba así porque no lo habíamos invitado. El bailarín, que al final de cuentas tenía su genio, salió al balcón y le gritó ¡cállate mierda! De la otra pieza el atorrante pensó que le estaba gritando a él y como se había puesto celoso bajó un piso y le sacó la chucha al bailarín. El bailarín lloraba y le chorreaba la sangre por el balcón. ¡Llamen a los carabineros! ¡Llamen a los carabineros!
"Las cosas se calmaron y cada uno volvió a lo que estaba haciendo. Con la señora Sarita le curamos las heridas y por fin nos sentamos a la mesa a disfrutar de la cena. Entonces se comió y se brindó, pero de repente, a pito de nada, la señora Sarita nos miraba con una cara rara y levantaba la voz, muy seria. 'Noto que no se me trata con respeto. ¡Pido respeto!', nos recriminaba".
Dice Germán que después de esa noche resolvió volver a su antigua pieza del departamento dúplex que le arrendaba una mujer que vivía con su hija retrasada. Le había caído la teja de que existían cosas peores.
-La niña andaba por los 18 años; estaba crecidita y era bien grandota, pero tenía un CI de cinco a veinte puntos, a lo más. Se llamaba Dámaris. Murió hace poquito, producto de los problemas inherentes a su retraso. Una noche la mamá me pidió que por favor la cuidara un par de horas en la pieza de arriba, porque ella tenía un compromiso con alguien en la sala de abajo. Yo le dije cómo no y subí a cuidarla. Estaba leyendo de lo mejor un libro en el sofá, la cabrita al lado mío, cuando la siento acezar y aletear como las gallinas. Era asmática y le estaba dando un ataque. Me levanté y la tomé por detrás para llevarla a acostar, pero me tropecé y caímos los dos sobre la cama, ella encima mío y seguía con el ataque. Era tan pesada que en un momento pensé me voy a morir; trataba de hacer palanca para zafarme de ella y no había caso, estábamos perdiendo la respiración tanto ella como yo, pero también pensaba puta madre si sube la vieja va a pensar que me la estoy chiflando, porque andaba con una falda corta que se le había levantado y me tenía el poto encima. Con suerte no subió, yo hice un esfuerzo feroz y la desplacé hacia el lado. Fui al velador, tomé el inhalador y la hice respirar hondo hasta que se fue calmando y se quedó dormida.
Así van pasando los minutos, los días y los años.

lunes, noviembre 13, 2017

Apuntes del diario vivir

Echado de bruces en la cubierta inferior del velador, polvoroso, el aparato celular dejaba pasar el tiempo sin emoción alguna, pues sabido es que los celulares, siendo forjadores de emociones, carecen de ellas.
Sus dueños repararon en él la mañana del domingo, antes de salir a pasear en bicicleta.
-Pronto este grandulón será una antigüedad.
-¿Y entonces, qué haremos con él?
-Lo podríamos colocar en la repisa, o junto a la vieja máquina de escribir.
Hacía mucho calor; aun así el paseo resultó agradable: la brisa se colaba entre la ropa fresca y los añosos árboles de la avenida regalaban generosa sombra. En la cafetería de siempre él ordenó un expreso y un empolvado; ella un té de jazmín.
A la vuelta ella se fue a celebrar el cumpleaños de una amiga; él se quedó solo, por primera vez en meses. Todo un domingo por la tarde para él solo. Sin mujer, sin hijos, sin nietos. Buen momento para escribir.
Calentó la lazaña y se la comió con una ensalada en un par de minutos; bebió un vaso de jugo de piña preparado por él mismo, con tres cubos de hielo. Lavó la loza, subió al segundo piso y se recostó en la cama a leer "El Mercurio", los suplementos Artes y Letras y Reportajes, en ese orden. Más tarde habría tiempo para escribir. De fondo escuchaba su radio favorita, RTE Lyric FM. A la primera hoja ya dormía siesta. De lejos le llegaban sus propios ronquidos; cuando los reconocía despertaba a medias, luego seguía durmiendo.
Al despertar de verdad reparó en que solo habían pasado 20 minutos. Hacía demasiado calor en la pieza, el cuerpo le pedía una ducha helada y le dio en el gusto. Luego reparó en un detalle molesto que venía evitando hacía varios días: las uñas de los pies. Acometió la tarea con paciencia; lo peor era la uña izquierda del dedo gordo, encarnada desde que en el internado universitario le pusieron un tubo de cartón sobre la puerta; él ingresó y en vez de caerle en la cabeza se fue recto hacia la uña del pie, que perdió en el acto. Quedó chueca para siempre y a partir de aquel instante, cada vez que entraba la tijera corta cutícula dolía. Pero era un dolor soportable. Había que sentirlo.
Repuesto y satisfecho del cacho que se había sacado de encima bajó al sofá, se estiró a lo largo, puso dos almohadas en la cabecera y leyó el primer suplemento, sin quedar del todo cómodo. De vez en cuando doblaba el cuello para evitar una tortícolis, y sentía cómo le sonaban las vértebras. El segundo suplemento lo disfrutó sentado en una silla del comedor, al que llegaban los rayos oblícuos del sol. Adentro estaba más fresco que afuera. Después de leer reparó en que no había escrito una sola línea, pero también miró el pasto de la calle: estaba seco y rogaba a su modo por un chorro de agua, haciéndose el amarillo. Su clamor de víctima desamparada le llegó al alma; salió a la calle con la manguera y lo regó una hora y tres minutos. Descubrió fecas de perro entre la hierba. Siempre las descubría cuando ya era tarde, cuando los vecinos y sus mascotas habían desaparecido, dejando su huella. Agudizó el chorro de la manguera y las empujó al centro de la calle. Con el paso de cada auto echaba un vistazo. Pronto se transformaron en una mancha verdosa y luego ya pasaron a ser un recuerdo. En eso estaba cuando vio caminando a lo lejos a su mujer.
-¿No ibas a ir al cine?
-No, me di la gran vida y me quedé en la casa. ¿Cómo te fue?
-¡Comí recién a las cuatro! Cuando llegué había puro maní salado y vienesas fritas. Después apareció un montón de haitianos y haitianas de la parroquia.
-¿No era un cumpleaños con los amigos?
-Sí, pero ya sabes como es ella...    

domingo, octubre 29, 2017

La segunda partida de la tierra

Mi padre ya había muerto antes, de eso estaba casi seguro.
Pero ahora, al verlo sobre la cama, tan solo, me entraron dudas. ¿Esa vez que murió, cómo fue que murió? ¿Y cómo resucitó?
La memoria me entregaba rastrojos de recuerdos, imágenes fulminantes que venían y se iban, indefinidas, como en el sueño. Había habido una primera muerte, eso era casi indiscutible. Pero esta era la real.
Echado en la cama, de costado, su cuerpo azulino, sus bigotes de hombre joven, su flacura. ¿Qué sería de él? ¿Quién se ocuparía de su entierro?
Salí de la habitación; luego volví a entrar, montado en mi bicicleta antigua. La cama estaba hecha. Alba. Reluciente. Ni una sola arruga. Alguien se había ocupado de todo. Mas se lo podía adivinar entre las sábanas. La marca de su cabeza apenas destacaba bajo el albo edredón; una suave prominencia, eso era todo. Pensé por un momento que los cuerpos muertos sobresalían más cuando estaban acostados dentro de una cama, pero abandoné la idea, por endeble.
Una mancha mínima en la colcha blanca, una mancha violácea, que vendría de su hígado, la primera marca después de su partida de la tierra. ¿Quién se ocupará de sus despojos el día de mañana, abandonado por los que nos decíamos suyos?
Me era preciso abordar a mi hijo. Y prevenirlo.
Tomé el sendero que bordeaba el río de aguas montañosas, aguas del sur, río serpenteante poblado de rocas, corrientes y rincones arremolinados donde dormirían las truchas. Debía remontar su cauce cuanto antes; iba por el borde, que no era peligroso, pero sí estrecho. Abajo corrían las aguas en mi contra.
Lo advertí entre la multitud, venía con la muchedumbre.
-¡Hijo, detente!
No me vio, pero se detuvo. Ellos le hacían ver su locura, pero él insistía en llevar puesto el polerón de su enemigo. Era una reunión entre los árboles que flanqueaban el río. Una reunión a la sombra, en la fría humedad del sur. Le decían que su rival tenía los días contados en la casa de pensión, que era cosa de esperar, pero a él no le apetecía tal salida; en ocasiones como esa, su empecinamiento irreflexivo era demasiado poderoso.

domingo, octubre 08, 2017

Teoría del sueño

Con esa negativa y esa burla deseas demostrar que ostentas el poder, y algo de razón tienes, porque soy inferior a ti en todo aspecto; pero este día he decidido dar un golpe de timón. Ambos en la cama, reclinados en nuestros almohadones, ya he recibido tus sarcásticas ofensas. Envuelto en tu superioridad, sigues pensando que las cosas se hacen como tú lo dices. Escúchame: me voy para siempre, y espero que te des cuenta.
Él se queda, sorprendido. Por la tarde lo divisa desde una ventana, vengativa: lo ve reclinado al borde de la cama, con las manos sobre la frente.
Entra de noche a un callejón tortuoso; mientras camina levanta la cabeza hacia las casas de campo instaladas a la orilla, sobre el murallón de tierra que encajona la calle. Van pasando ante su vista los sucios baños y las mujeres de diabólico atractivo que entran a usarlos, campesinas vulgares que no saben de tormentos.

Si hay algo que estorba mi mente cuando me hallo frente a una obra literaria, eso es descifrar, deconstruir un poema. A  menudo, sino demasiadas veces, el poema se disfraza de metáforas para cantar a lo más simple.
Así:

Mi llave que tiene la forma de una llama
erecta
va buscando el camino glorioso que conduce
a tu puerta

Se plantea como un problema de fácil resolución, de lo que resulta un placer menor para mi entendimiento.
Si la fórmula es hermética, la solución es gloriosa.
Pero entonces el poema sería como un problema de álgebra. Yo no puedo verlo así.