sábado, julio 15, 2017

Silvestre

Ya te has ido; nos dejaste muy temprano.
Esta noche hace frío, la Jiji duerme a los pies de la estufa; tú duermes bajo la tierra húmeda y helada.
Pero hay un paraíso, y allí está tu alma de gatito, con la Droya, la Diana, Runy, Estinfis, la perrita Cleo.
Oh, Dios, qué triste es recordar a los muertos inocentes.

martes, julio 11, 2017

Una bandada de loros

La bandada de loros no dejaba dormir al chino del cuarto piso. El chino se revolvía en la cama, con las ventanas y las cortinas cerradas, pero la locuacidad de los loros instalados en la rama que daba justo frente a su habitación traspasaba toda barrera. El chino se levantó y telefoneó al conserje, exigiéndole que hiciera callar a los loros. El conserje le contestó que haría lo humanamente posible. El chino volvió a la cama y se tapó hasta la cabeza, pero los loros se le metían dentro de la cama.
De pronto cesó el barullo. Los loros guardaron un sepulcral silencio. El chino no cantó victoria, sino que se concentró en el silencio, esperando el mínimo roce de una rama antes de entregarse al sueño. Los loros volvieron a su alegato; era una pausa que se habían dado sin explicación.
Santiago amaneció nublado; al mediodía el esmog se hizo insoportable y por la tarde se veían carabineros pasando partes. El chino volvió al edificio muerto de sueño, casi arrastrándose. Antes de entrar miró hacia las ramas. El conserje había entrado a su turno hacía poco.
Años atrás la plaga de los loros no existía. En cambio se veían demasiados gorriones, que eran considerados feos, mínimos, grises. Lentamente los mirlos fueron reemplazando a los gorriones; pero los loros salieron de la nada y ahora se repartían las alturas con las palomas. Los loros en los árboles y las palomas en las cornisas y en las baldosas de las plazas. El chino mezcló un par de huevos fritos con carne mongoliana y se sentó a ver la televisión. Era impresionante cómo se mataba a cualquiera hoy en día. Hundió el pan en el huevo, en su país no se acostumbraba a comer así, su abuela lo habría regañado, tratado de traidor, poco chino. Bebía cerveza Escudo.
Las noches santiaguinas se habían dividido en dos: noches sosegadas y noches movidas. Los días de semana, noches sosegadas; los fines de semana, noches movidas. Pero también los barrios se habían dividido en dos: barrios sosegados y barrios agitados. El chino celebraba a todo volumen con sus amigos en el cuarto piso; le era imposible oír el citófono, de modo que el conserje se tuvo que dar el trabajo de subir y llamar a su puerta. Eran las cuatro de la mañana y el edificio entero le suplicaba que terminara la fiesta, si es que esas, suplicar y fiesta, fuesen las palabras correctas. Los amigos bajaron a trastabillones y el chino bajó con ellos. Hacía un frío de los mil demonios, habían anunciado heladas al amanecer, pero los parranderos iban en mangas de camisa. Subieron a un solo auto, se sintió un intenso ruido de motor y el vehículo se perdió en la oscuridad en cosa de segundos.
Como la mayoría de los chinos, el chino tenía una edad indefinible. Bien podía estar bordeando los cuarenta como los sesenta. Por ahí andaba. Su forma de expresarse tampoco ayudaba mucho. Apenas pronunciaba el español y qué decir de escribirlo. El cheque de los gastos comunes era regularmente devuelto por el banco a la conserjería. Invariablemente escribía noventa y cinco mil nobi taci col y no había forma de corregirlo. En vez de Santiago ponía Shang Go y para colmo firmaba hacia abajo, saliéndose casi los sinogramas del papel. Acabó pagando el dinero en efectivo.
Los maleficios que le echaron al chino esa noche de parranda le enseñaron una nueva frase a la bandada de loros. El chino despertó a las cinco de la tarde, resfriado y con la cabeza abombada; los loros exclamaban chino cochino, chino cochino.
Otra mañana el chino se revolvía en la cama, intentando desentenderse del problema de los loros; los loros repetían:
-Ta lloviendo, ta lloviendo...
Otra mañana el chino no podía conciliar el sueño; los loros repetían:
-Ta nubláo, ta nubláo...
El chino aprendía el español gracias a los loros; los loros lo aprendían del vecindario.
-Póne la tetera, póne la tetera...
El conserje veía la televisión en su aparatito de nueve pulgadas, situado bajo la cubierta del mesón. El chino lo vio de lejos y entró nervioso; portaba una funda larga que trataba de disimular llevándola en forma vertical, paralela a su pierna derecha, la que no daba al mesón. Perfectamente podría haber contenido un arma. Un rifle. El conserje lo saludó y continuó mirando su programa, "Vértigo". Se reía solo con las bromas pesadas de Yerko Puchento, el humorista vocero del Partido Comunista. El conserje no era comunista, pero se sentía identificado con el discurso del humorista político. Esa era la maravilla de los comunistas: hacían que la gente, las personas, se sintieran como si fuesen comunistas. Cuando despertaban del sueño ya era tarde; los comunistas habían mudado su plumaje. El chino se metió al ascensor, sobándose las manos. Entró a su departamento y abrió el cierre de la funda: efectivamente, guardaba un rifle.