lunes, noviembre 13, 2017

Apuntes del diario vivir

Echado de bruces en la cubierta inferior del velador, polvoroso, el aparato celular dejaba pasar el tiempo sin emoción alguna, pues sabido es que los celulares, siendo forjadores de emociones, carecen de ellas.
Sus dueños repararon en él la mañana del domingo, antes de salir a pasear en bicicleta.
-Pronto este grandulón será una antigüedad.
-¿Y entonces, qué haremos con él?
-Lo podríamos colocar en la repisa, o junto a la vieja máquina de escribir.
Hacía mucho calor; aun así el paseo resultó agradable: la brisa se colaba entre la ropa fresca y los añosos árboles de la avenida regalaban generosa sombra. En la cafetería de siempre él ordenó un expreso y un empolvado; ella un té de jazmín.
A la vuelta ella se fue a celebrar el cumpleaños de una amiga; él se quedó solo, por primera vez en meses. Todo un domingo por la tarde para él solo. Sin mujer, sin hijos, sin nietos. Buen momento para escribir.
Calentó la lazaña y se la comió con una ensalada en un par de minutos; bebió un vaso de jugo de piña preparado por él mismo, con tres cubos de hielo. Lavó la loza, subió al segundo piso y se recostó en la cama a leer "El Mercurio", los suplementos Artes y Letras y Reportajes, en ese orden. Más tarde habría tiempo para escribir. De fondo escuchaba su radio favorita, RTE Lyric FM. A la primera hoja ya dormía siesta. De lejos le llegaban sus propios ronquidos; cuando los reconocía despertaba a medias, luego seguía durmiendo.
Al despertar de verdad reparó en que solo habían pasado 20 minutos. Hacía demasiado calor en la pieza, el cuerpo le pedía una ducha helada y le dio en el gusto. Luego reparó en un detalle molesto que venía evitando hacía varios días: las uñas de los pies. Acometió la tarea con paciencia; lo peor era la uña izquierda del dedo gordo, encarnada desde que en el internado universitario le pusieron un tubo de cartón sobre la puerta; él ingresó y en vez de caerle en la cabeza se fue recto hacia la uña del pie, que perdió en el acto. Quedó chueca para siempre y a partir de aquel instante, cada vez que entraba la tijera corta cutícula dolía. Pero era un dolor soportable. Había que sentirlo.
Repuesto y satisfecho del cacho que se había sacado de encima bajó al sofá, se estiró a lo largo, puso dos almohadas en la cabecera y leyó el primer suplemento, sin quedar del todo cómodo. De vez en cuando doblaba el cuello para evitar una tortícolis, y sentía cómo le sonaban las vértebras. El segundo suplemento lo disfrutó sentado en una silla del comedor, al que llegaban los rayos oblícuos del sol. Adentro estaba más fresco que afuera. Después de leer reparó en que no había escrito una sola línea, pero también miró el pasto de la calle: estaba seco y rogaba a su modo por un chorro de agua, haciéndose el amarillo. Su clamor de víctima desamparada le llegó al alma; salió a la calle con la manguera y lo regó una hora y tres minutos. Descubrió fecas de perro entre la hierba. Siempre las descubría cuando ya era tarde, cuando los vecinos y sus mascotas habían desaparecido, dejando su huella. Agudizó el chorro de la manguera y las empujó al centro de la calle. Con el paso de cada auto echaba un vistazo. Pronto se transformaron en una mancha verdosa y luego ya pasaron a ser un recuerdo. En eso estaba cuando vio caminando a lo lejos a su mujer.
-¿No ibas a ir al cine?
-No, me di la gran vida y me quedé en la casa. ¿Cómo te fue?
-¡Comí recién a las cuatro! Cuando llegué había puro maní salado y vienesas fritas. Después apareció un montón de haitianos y haitianas de la parroquia.
-¿No era un cumpleaños con los amigos?
-Sí, pero ya sabes como es ella...    

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