miércoles, febrero 13, 2019

Tres días

Dudé varios minutos en entrar porque no soy de agua helada,  pero el sol había temperado naturalmente la piscina, de modo que con Marcos, sumergidos hasta el pecho y con los brazos apoyados en la orilla, comenzamos a oír las historias que nos contaba Pato desde arriba. Una vibración imperceptible recorría la zona, agitaba mansamente el agua y la brisa fresca tornaba aun más agradable la tarde; eran cerca de las seis y disponíamos de todo el tiempo del mundo.
Al momento de la once y como al pasar, Pato aclaró que no se llamaba Pato. Ni siquiera Patricio. Sorpresa general, exceptuando a su negrita, que conocía de sobra la anécdota, aunque no pareció molestarse al oírla de nuevo. Pero cómo, si todos te dicen Pato. Así es, cuando nací me pusieron Sergio pero me querían poner Pato. Todo el mundo me conoce como Pato, pero me llamo Sergio.
En la piscina la conversación había derivado espontáneamente hacia "temas de hombres". Pato-Sergio, el anfitrión, lucía saludable a sus ochenta años, delgado, rubicundo; al menos esa impresión dejaba su figura a contraluz. Mi mujer me diría más tarde que Pato le había caído bien por su carácter, como de niño de veinte años, niño idealista, desprendido, libre de las triquiñuelas que les permiten sobrellevar la vida a los mayores. Pato vestía una polera con dos rayas horizontales verde limón. Más abajo, pantalón blanco y zapato blanco. Las comisuras de sus labios siempre apuntando hacia arriba. En el agua, Marcos y yo nadábamos en felicidad. Marcos ni pensaba en sus esculturas; a mí me comenzaba a surgir la metáfora de unas células que se agrupan con sus semejantes. Además me hacía el panorama que al volver a la parcela con nuestras esposas veríamos por Netflix otra de las historias de Buster Scruggs en el televisor de 65 pulgadas, película que noche a noche íbamos vaciando junto a la botella de Wild Turkey.
-Esta cabaña que arriendas debe ser especial para parejas -le comenté a Pato desde mi paraíso acuático, impresionado por la yurta, el quincho, la piscina exclusiva, los deliciosos jardines, todo a pasos del camino a Vicuña, y a la vez oculto por la vegetación. Las tres esposas compartían en el rincón opuesto de la parcela, en la casa de madera de Pato y Rosy, edificada sobre pilotes. Pato adora a Rosy y deja constancia de su amor a cada momento. La llama "mi negrita". Ella es menor que él, no tanto pero se nota la diferencia; ella es algo así como una pantera mimada por un cordero regalón. Camina con desplante con su traje largo de lino, transparente, luce cejas arqueadas por el lápiz, boca roja y la piel bronceada, curtida por el sol, pero es su mirada la que vence a sus años, ojos escrutadores que tasan y desechan al segundo. Mi negrita. Viven sus años dorados de la renta que les deja la yurta, esa cabaña nómada originaria de Mongolia, redonda y recubierta con fieltro y lona blanca. Los mongoles la instalaban en las estepas del Asia Central y quien entraba a una de ellas sin permiso podía morir degollado. A los turistas de hoy les encanta y si hoy nos han invitado a gozar de sus delicias es porque se les produjo un bache en la agenda de Booking.  
-No creas, lo que más viene es el matrimonio con dos niños -dice Pato, caminando sobre los ladrillos que rodean la piscina. Su felicidad es natural, se diría genética. Habrá pasado estrecheces, habrá quebrado en sus negocios, pero no pierde la sonrisa ni el buen humor ni el optimismo. Después de todo tiene a su negrita, y eso le basta. Da la sensación de que luego de que los amigos se vayan y ellos queden solos seguirá con su rutina y su buen humor, como si la vida fuese igual con su pareja que acompañado de visitas. Ignoro si su negrita siente igual.
Pero la pregunta lo había dejado pensando.
-Fíjate que una vez un turista de Copiapó se alojó y quedó tan complacido que me preguntó si se la podía reservar para un amigo de La Serena. Cómo no, cuándo quiere venir. Este sábado. Conforme. El sábado llegó, pero acompañado de un gallo menor, dijo que era su sobrino. No problem. Por la tarde me llamó el tío. Don Pato, le voy a ser sincero, ¿podemos traer unas mulatas? No problem. Fueron a La Serena y volvieron con dos diosas, dos deidades, nunca había visto algo así, ni siquiera en la televisión. El tío parece que trabajaba en la minería y tenía unos días libres. Al rato me llamó para callado: don Pato, déjese caer más tardecito, como que no quiere la cosa, porque las mulatas se van a bañar piluchas. Usted hace como que está desinfectando los paltos y se cuartea.
-¿Y las viste?
-Ni loco.
-¿Pero hubo fiestoca esa noche?
-No sé. Cuando se fueron dejaron todo tal cual, no quebraron nada. Pero al hacer la limpieza conté noventa y ocho latas de cerveza vacías. ¡Noventa y ocho latas divididas por cuatro, en menos de 24 horas, restando las horas de sueño, si es que durmieron!
Noventa y ocho latas, repetía, obligándonos a calcular.
Patricia intervenía en la charla de sobremesa haciendo comentarios libres, divertidos y cristalinos. Trataba a los hombres de "chicos", hablaba del último libro de Harari y se paseaba por los recientes conciertos de música selecta de las Semanas Musicales de Frutillar y los filmes que desplegaba la cartelera santiaguina, temas que Rosy desconocía. Se hallaba a sus anchas, detalle que nunca me deja de sorprender, grata y amargamente. Me gusta ser testigo de esos arranques de jolgorio de mi mujer. Pero también ese soltar amarras y navegar sobre la proa con la brisa fresca abriéndose a través de su rostro, permitiéndose incluso bromear conmigo, haciéndome participar del juego, contrasta con el carácter apagado, callado, no quiero que la palabra asome a  mi mente, pero qué va, resentido, que ella carga a su pesar cuando, solos, nos toca compartir los momentos cotidianos de la vida. De modo que soy yo, concluí, como siempre, de modo que soy yo quien la devuelvo a la tierra chata, incluso la bajo al inframundo, le imprimo a su faz hoy tan liviana ese halo de pesadumbre, de neblina aceitosa que rodea sus párpados y se le inyecta en los ojos. Yo. El castrador, el juez y el policía. Está bien, yo, pero por qué, por qué soy así, más bien por qué me comporto así solo con ella. ¿Cuán atrás debo trasladarme en mi propia vida, o en la suya, para dar con la respuesta? ¿Es que aún no puede perdonarme esa añeja infidelidad? Analizaba mi propia historia de amor al observar la relación que llevaban Pato y su negrita.
Así como las células microscópicas arman cadenas espontáneas para agruparse con sus semejantes, haciendo de sus vidas algo tolerable, dándoles sentido por esa sola reunión, y tal como las estrellas forman asociaciones inconmensurables que les permiten disfrutar una vista espléndida del horizonte galáctico -que a su vez las observa desde el predio de enfrente-, así mismo, reflexionaba, los seres humanos tienden a formar tejidos con sus pares, de lo contrario no se hablaría de brecha generacional, racismo, clasismo, discriminación u otras incomodidades que utilizan los nuevos tiempos para exacerbar el alma de las sociedades. Cuando los hombres están con sus iguales se sienten libres; cuando no, adoptan posturas de superioridad o inferioridad, afloran en ellos conductas sospechosas de envidia, celos, compasión, lástima, miedo, insatisfacción, desprecio, escarnio, abulia, tedio. Si todos los hombres fuesen iguales vivirían como niños de un jardín infantil, abrazándose, peleándose, respirando, comiendo y bebiendo agua; se ayudarían entre ellos, se comprometerían con los demás, practicarían de buena gana la solidaridad y la alegría. Algo menos que eso encierra la verdadera amistad.
No creo ser un maldito gusano fascista reaccionario; si pensaba esas cosas era por la experiencia vivida los últimos tres días, que partieron en la parcela de nuestros amigos de años, Marcos y Cecilia, una pareja con avatares parecidos a nuestros, rencores destemplados al desayuno, usted me compromete con sus proyectos y después se va a Santiago y me deja solo, no me diga que no es así porque es así; y tú dices que vendrán a ayudarnos con el trabajo de la parcela, pero si traes a esos franceses a vivir gratis yo me voy porque son ellos o yo; usted quiere hacer una piscina para que vengan más turistas pero quién paga la piscina, yo no gasto un peso más y vivo con lo que tengo; claro, tú vives de sueños y de tu pensión, nadie entra ni a mirar tus esculturas y te lo pasas el día entero esperando que los visitantes lleguen por docenas, en micros repletas; diálogos como esos, que escondían un amor gastado pero fuerte, demoledor, con veladas amenazas de separación, amores como los de antes, tan parecidos al nuestro, tan diferentes a lo que veía entre Pato y Rosy, o Liesbeth  y Fernando. Porque si Pato adoraba a su negrita, Fernando reverenciaba a Liesbeth, su pareja holandesa, y se lo decía con todas sus letras; es más, gustosamente pasaba a segundo plano en su compañía. Lo demostró en la tertulia que siguió a la de la parcela de la yurta, sin Pato ni Rosy, pero con Marcos, Cecilia, Paty y yo. Porque así eran las cosas en esas solariegas tierras del norte chico. Se podía pasar la tarde en una piscina temperada por el sol, tomar el aperitivo en otra parcela y ver una película con un whisky en la mano en una tercera, la de Marcos y Cecilia, nuestros anfitriones, lo que no nos dejaba de maravillar y a veces hasta nos hacía preguntarnos, ¿qué estamos esperando para unirnos a ellos?
Al contar su historia alrededor de unos pisco sours, con una pasión impensada para un europeo más del norte que del sur, la holandesa nos dejó a todos sin habla. Luego subimos los seis por la pendiente escalada del terreno y conocimos el teatro que estaban a punto de inaugurar, empresa cuyo único fin era facilitar la expresión artística de los talentos de la zona... y de la mimo Liesbeth, cuyo arte lo aprendió del mismísimo Marceau. Desde la afortunada altura de la cabaña contemplábamos el sereno atardecer, mientras Liesbeth consumía uno o dos kilovatios de los miles almacenados en su batería interna.
-Mi mamá fue escritora, pero escribir para ella era trabajo para mí, ¿cachái?
Hablaba el español fluidamente; de vez en cuando algún detalle sin importancia la traicionaba.
-La bruja me obligaba a atender a mis hermanos menores, vestirlos, darles la comida, llevarlos al escuela... ¡y yo con diez años!, pero la entendía porque había estado en campo de concentración de los alemanes. Y mi papá, en Filipinas, prisionero de guerra de los japoneses.
En ese punto rebobinó la memoria, tal parece que algo había quedado flotando en el aire, algo en lo que nadie había reparado.
-Los holandeses siempre hemos desconfiado de los alemanes. Se autoexigen buscando siempre la superioridad y la excelencia; eso los hace... los hace...
-¿Cómo?
-Inseguros, los hace inseguros. Así los veo yo.
-Parece un contrasentido.
-No tanto. Las personas más libres, las más arriesgadas y las que más fallan son las más seguras. Hay muchos ejemplos en la historia.
-Desde luego, y tú eres uno de ellos, mi amor -acotó Fernando. Liesbeth sonrió y le mostró los dientes. Tiene una boca desmesurada, como la de Julia Roberts. Su sonrisa transmitía un mensaje directo: no necesito cumplidos, quiero seguir hablando. Fumaba un cigarrillo tras otro, con fruición y ansiedad; la delataba la gravedad de su voz. Intensa, impropia de un mimo.
-No soporté vivir un día más en mi casa. Escogí el día de Navidad y en la cena me levanté, tomó la copa y yo anunció: me voy ahora mismo, para siempre. Era una casa de campo, tú abrías la ventana y estaba el bosque. Todos me miran, mi madre no dijo nada, mi papá pregunta dónde te vas y yo le dijo no sé, pero me voy. Salí con la maleta y mi papá corriendo espera espera espera yo te voy a dejar a la estación, pero al final me fue a dejar hasta París. Cuando nos despedimos me dio una tarjeta de crédito. La usas cuando estás en dificultades. ¡Pero nunca le gasté un jodido peso!
-¿Qué edad tenías?
-15 años.
-¡15 años! ¿Y cómo te las arreglaste en París? ¿A qué casa llegaste?
-Unos amigos me recibieron por unos días. Luego encontré empleo de mesera en un restaurante y por la noche dormía en el baño. Así estuve viviendo siete meses. Mi sueño era ser mimo y cada vez que se abría la convocatoria para la escuela de Marcel Marceau me presentaba, y nunca quedaba. Me presenté dos veces y no quedé. A la tercera vez fui a ver la lista y quedé. Pero antes que eso estuve dos años en una casa. Tenía 17, era un trabajo negro. Barriendo, lavando la loza, cuidando a los niños, limpiando la caca a los niños, querer culiando el patrón.
Hubo un silencio. Ella siguió, sentía la necesidad de desahogarse con sus amigos.
-La tonta dueña de casa se llevó a los niños el fin de semana y me dejó sola con el hombre. Entró a mi pieza en la noche y amenaza: lo hacemos en la casa, ¡o a la calle! Me levanto, saco el stiletto que compré y lo apunto a los ojos. ¡Atrévete! Él agarra mis cosas y las tira por la ventana y yo me voy. Pero nunca usé la tarjeta del papá.
Mientras regresábamos a Santiago, el auto iba devorando los kilómetros uno a uno y los exasperantes letreros, que no quería mirar, pero cada vez que aparecían capturaban mis ojos como las sirenas encantaban a Ulises, me lo recordaban. Km 430... Km 429... Km 428... La obsesión no me dejaba tranquilo y gran parte del viaje se consumía en la espera del kilómetro siguiente, Km 312... Km 311... hasta que conseguía olvidar, o dejarme llevar por otra obsesión, la de la fama esquiva; idear nuevas formas, encontrar el filón de Buster Scruggs, escribir mucho este año, escribir algo como no se haya escrito nunca, retirarme y escribir, y Patricia al lado, condenada al silencio que le imponía. Así era el viaje de nunca acabar, un viaje que demandaba urgencia, llegar lo antes posible a casa, echarme a mis anchas en el sillón, con la copa en la mano, leyendo bajo la luz del farol frente a la pileta de agua. La fuerza de gravedad que emanaba de Marcos y Cecilia, Pato y Rosy, Liesbeth y Fernando iba perdiendo fuerza a medida que sus historias y sus modos de contarlas iban siendo reemplazados por cuestas, puestos de venta de queso de cabra, las últimas playas visibles, los malditos cuentakilómetros. Ancladas en el valle, las tres parejas se iban guardando en el garaje de la memoria y allí, en la psiquis de un conductor, se desplegaban ahora como personajes literarios, como hilos sentimentales, como se abre la nostalgia a los buenos recuerdos.
-Después me casé con un ruso. El ruso era un bailarín que necesitaba una excusa para quedarse en Francia. Yo ya estudiaba con Marcel Marceau. Recién a los quince días fuimos presentados en un coctel. ¿Tú eres Iván? Sí, ¿y tú eres Liesbeth? Sí. ¿Entonces somos nosotros los que estamos casados? Sí. Por eso el matrimonio no duró y yo seguí estudiando con Marceau. Un día llegaron al teatro de mimos unos representantes del Crazy Horse a buscar chicas. Me miraron de arriba abajo y me contrataron. Allí trabajé nueve meses, de cuatro de la tarde a seis de la mañana, lunes a lunes. Gané mucho dinero. Los dueños eran una pareja que había perdido a su hijo bailarín y en su homenaje crearon el mejor cabaret de París, que instalaron a dos pasos de Les Champs-Élysées, como dice la propaganda. Cada noche se llenaba; iba gente de todo el mundo, clientes millonarios, tengo una cajón llena de tarjetas, pero la política del local era tenerte nueve meses porque después de eso puedes volverte prostituta, así que nos protegían y me fui, volví con Marceau, que para mí es un dios de la técnica al servicio de la sutileza, la expresión y la sensibilidad.
-Qué fuerza de carácter, la de la holandesa -reflexioné en voz alta, al volante. Patricia cerró el libro de Harari.
-Es una mujer especial.
-Y cuándo me iba a imaginar que su segundo marido era mi compañero de universidad. ¿Te acuerdas de él?, varias veces estuvimos juntos. Y enterarme por boca de ella que murió hace dos años. ¡Pero si nos encontramos hace unos meses en el Paseo Huérfanos!, o eso me parecía.
Patricia no decía nada.
-Además, no tenía idea de que estuvo exiliado en París. Yo siempre lo miré en menos y ahora, después de muerto, se me sube a un pedestal.
Se hizo un nuevo silencio en el auto.
-A veces pelean, pero es más lo que se quieren -dije.
-¿Quiénes?
-Marcos y la Ceci.
-Él la quiere mucho y ella también.
-Él lo dice con gestos, ella con palabras.
Patricia miraba la ruta, parecía ir ensimismada en algo a lo que yo no lograba acceder. Me sucede continuamente, me resulta imposible cachurear en sus pensamientos y en sus recuerdos, experimento una especie de vértigo voyerista ante sus silencios, una sensación de ser excluido de un mundo que no me pertenece, y así hemos vivido más de cuarenta años.
Mi tía no sabe nada de estas cosas, aunque si vislumbrara el haz de sombra que a menudo escapa de mi alma, escarbaría en él con esa insistencia periodística que la caracteriza y que le hace a uno a ir confesándole todo, de allí que yo tenga el cuidado de no comentárselas. Me hace bien esa ignorancia de mi tía, de modo que me limité a contarle que veníamos llegando de pasar unos días en el Valle del Elqui, que Patricia estaba bien, que todos en mi casa estaban bien y que le mandaban saludos. De ahí en adelante retrocedí en el tiempo. Si iba a verla mes a mes, o ahora que disponía de mi último día de vacaciones, no era para despertar su interés ante mis torcidas preocupaciones, sino para recordar a mi propia madre en la figura de su hermana. Mi tía Mirita no es ni la sombra de mi madre, pero yo me agarro de la finísima trama que las unió para recrear mi fantasía, la del niño eterno en su hogar eterno de su tierra eterna, Rancagua.
Éramos tres en la sobremesa de la once. Rosamaría contaba detalles de la muerte de su amiga Bárbara. Mi tía, muy interesada, seguía la conversación, sin perder detalle. Al oírla me daba la impresión de que la pena que ella evidenciaba en su relato era su propio salvavidas, que a través de historias como esas su soledad se alumbraba de sentido, que a través del ejercicio de la solidaridad en el dolor llenaba su espíritu de un dulzor que suavizaba la capa de desconsuelo que lo había ido cubriendo con el paso de los años. Rosamaría se había retirado antes de tiempo y había regresado a su ciudad natal. Vivía sola, de trabajos esporádicos que aliviaban su magra pensión. Ya no era mi jefa, pero ¡cuánto me había ayudado en mi carrera!
-Es una novela, señora Mireya, una teleserie de degradación y abandono, pero yo no podría contarla.
La mesa seguía tentando. Había queso chanco y queso de cabra, mermelada de damasco y de mora, mantequilla, jamón, panecillos dulces, jugo de naranja, dobladitas, té, café y leche humeante de un jarro blanco de porcelana. Pero las migas y las tazas vacías evidenciaban que el aparato digestivo de cada uno comenzaba a desarrollar, complacido, sus labores de artesano.
-Sírvanse un whisky -ofreció mi tía. Abrí el mueble y saqué la botella; estaba en el mismo sitio en que la había dejado el mes anterior y su contenido no había bajado un solo centímetro. Serví en los vasos redondos, con dos cubos de hielo para Rosamaría, sin hielo para mí. Mi tía esperaba que ese trámite pasara rápido; únicamente le interesaba oír la continuación de la historia.  
-En el velorio había diez personas, señora Mireya, pero ninguna corona.
-¿En qué velorio?
-El de la Bárbara, señora Mireya.
-Su amiga...
-Mi amiga, la esposa del Paragua. ¡Fuimos tan amigas! Cuando estudiábamos en Antofagasta las tres con la Cata, su mamá le mandaba de todo y ella lo compartía con nosotras. Su papá, que la adoraba, le compró un auto. Era equitadora y como periodista siempre destacó, pero antes de morir no sabía ni cómo se llamaba. Y en su velorio no había más de diez personas.
-En el velorio de la Bárbara...
-Yo me reble contra eso, señora Mireya. Busqué una florería y compré un ramito de rosas. Con el calor, los pétalos estaban marchitos. Peor es nada, pensé, pero cuando entré de nuevo al velorio me dio vergüenza y boté las flores a un papelero. En la sala de al lado estaban velando a una señora que parecía ser muy importante, porque la sala estaba llena de gente y el ataúd, lleno de coronas. Llamé a los encargados; eran tres venezolanos de una empresa funeraria que se ha puesto de moda en el barrio alto de Santiago. Los tres eran como Danny DeVito, rechonchos de terno y corbata y me miraban muy amables. Les mostré el cajón vacío de la Bárbara y les mostré el cajón lleno de la otra pieza. "No se preocupe, dama, nosotros nos encargamos". Al minuto llegaron con dos coronas y el velorio de mi amiga tomó cuerpo. Como a la hora volvieron a retirar las coronas, porque a la finada de al lado se la estaban llevando al cementerio. ¡Pero cómo señores! Sí, dama, son coronas prestadas. ¡Las flores no se mueven de aquí! Pero dama, qué van a decir los deudos de la finada. ¡A mí qué me importa, ustedes nos trajeron estas coronas de regalo y de aquí no se mueven! ¡Pero dama, está en juego nuestro prestigio! ¡Peor para ustedes si se llevan las coronas! Y las coronas se quedaron en el cajón de la Bárbara, señora Mireya.
-No se las pudieron llevar -acotó mi tía, con una alegría inmensa en el rostro.
-A la semana siguiente viajé a Chillán a darle el pésame al Paragua, me llevó la Charito. Llegamos a su casa en el campo y... esto no me lo va a creer, señora Mireya, lo que voy a decir no le llega a los talones a lo que vi. No soy capaz de graficar con palabras la escena.
-¿Quién es el Paragua? -preguntó mi tía.
-El viudo de la Bárbara, señora Mireya.
-Nuestro ex jefe en el diario -le agregué.
-Ah. ¿Y por qué le dicen Paragua?
-Porque es paraguayo. Pero vive en Chile hace más de cincuenta años. Era un hombre de situación, con un regio sueldo, y hoy está en la miseria.
-Ah. ¿Y qué había en la casa?
-Había un caos patagüino de grande, señora Mireya. El Paragua me ofreció una taza de té y calentó un pan en el tostador. Las tazas brillaban de grasa y el pan estaba vencido. En el lavaplatos había un alto de ollas y los pies se llegaban a hundir en el polvo del suelo. Oye Paragua, el pan está vencido, le dije, cuando vi el moho verde. No importa, chiquilla, en el tostador se arregla, me dijo. Mientras tanto se acomodaba la bolsita recolectora, porque hace tiempo le hicieron una colostomía. Como se le habían acabado las que le entregan en el consultorio estaba usando una bolsa de supermercado. ¡Una bolsa de supermercado, señora Mireya!
-El hombre pa cochino... -apuntó mi tía.
-Tiene una diabetes galopante y la presión por las nubes; todos pensaban que se iba él primero, pero no fue así. Oye Paragua, le pregunté, para romper el hielo, ¿la Bárbara te reconocía? Cómo iba a reconocerme, chiquilla, si no sabía ni quién era ella, dijo, y le brotaban las lágrimas. En el sillón al lado suyo estaba sentado su hijo autista, un cuarentón que no decía nada, puro escuchaba lo que hablábamos. Un cero a la izquierda. En eso entró la hija y me reconoció: ¡Rosamaría ji ji ji! ¡Rosamaría ji ji ji! La miré sin entender, porque no tenía ese recuerdo de ella, yo la había visto jovencita y me había parecido bien simpática, pero esta se notaba que era de las chacras. ¡Rosamaría ji ji ji!, ¿qué es del Quique Pizarro, lo has visto? El Quique Pizarro murió hace más de veinte años Carmencita, le dije. Ah... y se quedó callada. Al final, cuando me iba, se despidió bien cordial. ¡Saludos al Quique Pizarro, Rosamaría! El Quique Pizarro se murió hace veinte años Carmencita. Ah. Cuando nos subimos al auto con la Charito me hizo así con la mano y gritó: ¡Dale saludos al Quique Pizarro!
-No se daba cuenta -comentó mi tía.
Rosamaría miró su reloj de reojo; se hacía tarde. Le ofrecí acompañarla, lo que aceptó de buen grado. La noche estaba cálida, pero solitaria. Rancagua, de noche, sigue siendo una ciudad provinciana. La gente se recoge temprano y los faroles no ayudan mucho a subir el ánimo. Desparramados cada demasiados metros, lanzan desde lo alto una luz mortecina.
Caminamos las cuatro cuadras que median entre la casa de mi tía y la suya casi sin decir palabra, como si ambos conociéramos la solución del acertijo que tácitamente nos sobrevolaba. Al llegar a su puerta nos abrazamos y nos deseamos buenas noches. Ella traspasó la reja del umbral, caminó unos pasos hasta la entrada, metió la llave y de pronto desapareció.
Después de tres días de ocultas vibraciones, historias insólitas, pasiones fallidas, había llegado el momento del retorno, escrito está que la vida y los grandes mitos se componen de momentos circulares; pero entonces un velo inesperado oscureció aun más el ambiente, llamando a quien quisiera verlo a hacer las paces con la infancia. De esa forma debía de venir acompañado el ficticio renacer, que se hallaba a tiro de cañón. Mi mundo infantil estuvo separado apenas dos cuadras y media de la casa de mi tía, pero habían pasado cincuenta años desde que dejé ese barrio y jamás lo había vuelto a recorrer con el detalle con que pensaba hacerlo ahora.
Historias, historias, me he pasado la vida contando historias, ¿qué sentido tiene desenterrar la mía ahora, a quién podría interesarle? Lo ignoro, yo mismo no le entiendo el valor; confieso que me abruma terminar el relato de esta forma, confieso que las líneas que vienen, que corrijo hasta el cansancio, cambiando frases, giros, tiempos verbales y conceptos una y otra vez, me han traído más problemas y dolores que todo lo narrado anteriormente en esta crónica; días, semanas de inquietud. Aun así las ofrezco de la manera más honesta que puedo, en el sobreentendido que honestidad no es ni por asomo arte, creo que apelo a algún pasaje de Roth, el mayor de los embusteros de la literatura de alcances realistas.
Devolví entonces mis pasos por la caletera de Millán, al lado sur de la línea del tren a Sewell. Hace décadas que los rieles fueron levantados. Persistía, con otros residentes, la casa del mariconcito que tocaba el órgano en la misa de la Catedral, eso se comentaba en voz baja en mis tiempos. Sus hermanas preparaban dulces chilenos. Un sábado mi mamá les encargó dos docenas para un aniversario que se festejaría en nuestra casa. De noche, en plena fiesta, los invitados empezaron a marearse; alguien retiró los braseros de las habitaciones y todo volvió a la normalidad. Cerca de esa, no pude recordar exactamente dónde, se hallaba la de Eugenito, el siniestro joven de ojos blancos que vestía de luto riguroso y alimentaba su pensamiento con funerales y velorios. Más allá, la de Juanico, el hombre de la oreja mocha, el dueño de la cantina. Yo lo odiaba porque a veces me mandaban a buscar a mi papá y yo entraba por el pasillo a regañadientes, miedoso, y lo veía tomando pipeño con el Ojos Grandes, el Pezoa y el Conejo, bajo el parrón. Hoy se podría visitar a todos los nombrados en el cementerio de Rancagua. Un sábado jugábamos a la pelota cuando un ebrio salió de la cantina y ofreció plata al que dominara más tiempo el balón. Algunos trataron y no pudieron. Mi hermano se lo tomó a pecho y comenzó a levantarlo con el pie, sin dejarlo caer al suelo. El curadito se llevó la mano al bolsillo, lo que provocó el efecto deseado en mi hermano, que redobló sus malabares, pero enseguida el curadito sacó la mano limpia, amague que realizó tres o cuatro veces hasta que se aburrió y volvió a la taberna.
El quiosco del tío Pablo quedaba en la esquina de Millán con Bueras, a pasos de la línea. Cuando sentíamos que venía el tren poníamos monedas sobre el riel y al enfilar la locomotora con sus carros rumbo a la mina las retirábamos, casi transparentes de planas. Quedaban buenas para nada, pero era divertido ver cómo las dejaba el paso del tren.
La mejor cancha estaba detrás del quiosco; era más larga que la de Juanico y no tenía árboles que interrumpieran el juego. Era de pura tierra. El tío Pablo solía incorporarse a las pichangas, como jugador o árbitro. Mi papá lo veía con un dejo de tristeza y comentaba que no había tenido infancia. Pablo no tuvo infancia, decía hasta con un tono de lástima, pero no tenía en cuenta que a nosotros nos hacía felices. En el mismo quiosco, por el lado sur, la mamá de la tía Georgina, que se llamaba Berta, vendía pan que sacaba levantando la tapa inclinada del mesón. Era la suegra del tío Pablo. A nosotros no nos gustaba comprarle pan porque tenía un ojo huero, de modo que caminábamos una cuadra más, donde la Brujita. Al marido de la Brujita lo habían jubilado de la mina El Teniente, por la silicosis. Atendía el negocio resoplando, aunque siempre me pareció verlo alegre. Un día expiró, la Brujita quedó viuda y cerró el negocio. Bajando por Bueras hacia la población Esperanza estaba la casa donde jugábamos al taca taca y cambiábamos revistas. Al lado trabajaba el maestro Vallejos, el zapatero. Lo recuerdo con su delantal de cuero y una infaltable tachuela en la comisura de los labios, bajo el bigotazo. ¡Hola, maestrola! ¡Hola, Chiruguín! Una mañana el local amaneció cerrado. El maestro Vallejos se había empleado como chofer de Tur Bus. Su sueldo aumentó y sus hijos comenzaron a vestir mejor, pero años después lo vi de nuevo poniendo mediasuelas.
La casa de la esquina de Bueras con Palominos, Bueras 129, luego pasó a ser Bueras 0106. Mi casa. Al frente, la de la señora Blanca, su hija la Llanita y su nieta la Lauri, nuestra amiga de juegos infantiles, como la escondida, saltar en el sillón, tirarnos almohadones. Mi casa se mantenía igual que siempre, estucada, sin pintar, las mismas tejas grises, con el agregado del tubo de una chimenea Bosca. Solo el árbol que la adornaba había desaparecido. Nunca fue un gran árbol. Tronco redondo y rugoso como pata de elefante y en la copa, un par de ramas con hojas verdes que ni siquiera daban oxígeno. A los pies del tronco jugábamos a las bolitas porque la tierra dura era especial para fabricar hoyos. Ahora la dominaba una oscuridad de muerte, tanto así que me pareció que de su estructura emanó una poderosa vibración cuando me detuve frente a ella. Adentro no se veía una sola luz. Si no hubiese estado seguro de estar donde estaba, diría que me hallaba frente a un mausoleo, un mausoleo vibrante pero indestructible, grisáceo. Y sin embargo, cuando pasé por la puerta lateral de la cocina me pareció que desde su  lóbrego interior brotaba el sonido, más bien el chillido de una radio, como si unas ratas estuviesen cuchicheando frente al micrófono. Pegado a la cocina se mantenía erguido el tétrico culto evangélico, pero en ruinas. La edificación de dos pisos fue expresamente construida para uso religioso, por mandato de la abuela Ángela, la madre de mi padre, miembro de esa iglesia. Una vez al mes los canutos pasaban la noche entera gritando, llorando y confesando sus pecados, en delirante éxtasis. Con mi hermano despertábamos con pesadillas. Nuestro dormitorio, pasando por el pequeño rectángulo que hacía de patio, daba a las ventanas laterales del culto; de allí nos llegaban las vibraciones nocturnas. Ahora las ventanas superiores, al menos las que daban a la calle, lucían como bocas negras abiertas.
La población Sewell... no la recordaba tan pequeña y vulgar, siempre me pareció larga, plena de significado, con sus bloques enanos de dos pisos y su gente tosca, revestida de cobre. Antes había tierra entre los bloques que se enfrentaban, ahora el pasaje se hallaba asfaltado. En esa callejuela saqué de un frasco de vidrio una araña peluda con la que impresioné a los pelusitas que me miraban. La hice caminar por la tierra, bajo el poste de la luz, la guardé en el frasco y volví con ella a mi hogar. Me acosté y de pronto oí la voz temblorosa de mi madre. No podía dormir, sabiendo que había un animal así dentro de su casa. Tuve que levantarme y volver a la población Sewell, caminar hasta el canal Juan Molina y arrojarla a las aguas.
Me sorprendió divisar al fondo la gruta iluminada de la Virgen. De modo que su recuerdo no era un sueño, una invención. Percibí con mis propios ojos las rugosidades de la luz a la distancia y me estremecí. Pero había otra cuadra más allá. De sus ventanas colgaban letreros de talleres eléctricos y de venta de colchones; nunca supe qué había antes, ni siquiera si ese espacio existía, tan alejado quedaba de mi infancia. Recordé haber visto circulando un coche victoria por la calle empedrada en dirección a Unión Obrera, paralela a Palominos, donde había una plazuela, la plazuela Simón Bolívar. Por allí quedaba la casa del Becerra. Yo era compañero suyo cuando su papá murió de un ataque al corazón a los 32 años, eso dijeron en el vecindario. El papá lucía un bigotillo y cuando yo pasaba por ahí lo veía fumando de pie, afirmado a la reja de la casa, mirando un horizonte invisible. Al morir, el cortejo fúnebre con la carroza y los caballos vestidos de negro pasó frente a nuestra casa y yo puse el disco de la Filarmónica de Boston, dirigida por Eugene Ormandy, en el surco de la Danza Macabra. Fue una especie de homenaje. Yo circulaba mucho por Unión Obrera porque ahí estaba la casa del tío Isidoro. La casa del tío Isidoro tenía un olor como de cuero con menta, que me gustaba; la casa del tío Pablo tenía un olor ácido, que no me gustaba. El tío Isidoro le había regalado un tren eléctrico al Rigo, y también una mesa de pimpón. Cuando la Ángela se colgaba con las piernas en la rama de un árbol se le veían los calzones; le gustaba jugar a los piratas y pegaba fuerte con la espada de palo. A veces pasábamos tardes enteras jugando pimpón y leyendo revistas de historietas SEA, porque el tío Isidoro tenía un quiosco más grande que el tío Pablo, y todos los viernes la mesa de pimpón se llenaba de revistas. El Llanero Solitario. La pequeña Lulú. Gene Autry. Hopalong Cassidy. Batman. Superman. Susy. Flash. Joyas de la Mitología. Vidas Ejemplares. Tom y Jerry. Disneylandia. Archie. Marvilla. Red Ryder (con Castorcito y La Duquesa). Andy Panda. Pingüi el pingüino travieso. Tarzan. Domingos Alegres. El Pájaro Loco.
Pero esta noche era una casa igual que todas las de la población, alumbrada desde afuera por uno de esos postes de los que he hablado; ni siquiera pude precisar de cuál se trataba y nada hubiese sacado con tocar cualquiera de las puertas: el tío Isidoro duerme el sueño de los justos hace más de 15 años, la Ángela vive en Viña del Mar, el Rigo en otro sector de Rancagua y la Tati, en Renca.
En la esquina de Unión Obrera con Astorga se mantenía, sin embargo, el club Simón Bolívar. Volví a escuchar el sonido de la pelota de pimpón, golpeada por las paletas a uno y otro lado de la mesa. Así lo hacía yo también hace más de 50 años, cuando formé parte de la sección infantil. El Silva y el Valenzuela eran los mejores, yo andaba entre el tercero y el cuarto puesto y el Pérez, un cojito que soñaba con formar parte del equipo, se ubicaba a la cola. Sin embargo el Pérez fue ascendiendo y un día me contaron que había disputado una final nacional.
Entré a la plazuela, en la esquina opuesta vivía la Carmen y frente a su casa, la familia del Zurita. Un día, jugando, el Zurita me confesó que lo que más le gustaba era el bistec con tomates. El Lucho y el Julio llegaban a hacer piruetas con sus bicis. Vi de paso el banco donde jugábamos a declararnos a las niñas. Yo estaba enamorado de la Lilian, pero también me gustaba la Pele. Pero a la Pele le gustaba el Fuenzalida. Cuando daban las nueve, las diez de la noche, regresaba a la casa por Palominos. Por ahí estaba la casa del Cuadra, donde me quedé jugando hasta las once de la noche en los camarotes del dormitorio del Hugo y del Andrés, sin avisarles a mis papás. Tenía cinco años. Por esa misma calle, casi llegando a Bueras, se me acercó por detrás el Juan Traverso, me metió conversa y me reventó un globo que llevaba bajo el brazo, como tesoro de una fiesta de cumpleaños. Me lo reventó con un cigarro que escondía entre los dedos y se largó a reír. Al notarme apenado me prometió que al día siguiente me iría a dejar otro igual, y yo le creí.
El recorrido se había completado. Estaba otra vez ante el mausoleo vibrante, imponente en su oscura pequeñez. No había puerta alguna que abrir, piedra alguna que correr, todo había sido solo un recuerdo. Pasé por la casa de don Armando y la señora Juana, matrimonio silencioso, sin niños; el piso se mantenía eternamente encerado y la luz del acuario era la única que iluminaba el living.
Regresé donde mi tía, sin volver la vista atrás. Los pasos que me faltaban para llegar eran pasos sin sustancia.
-Tanto que se demoró.
-Fui a reconocer el barrio. Hace tiempo que quería hacerlo.
-¿Adónde fue?
-A la población Rubio. A mi casa.
-La otra vez el Toyito también fue y golpeó la puerta para verla por dentro, pero no quisieron hacerlo pasar.
-¿Quedó whisky?
-Abra el mueble. Todavía queda.