Vi el otoño, fue una sensación fugaz, un golpe de conciencia que habrá durado entre uno y tres segundos.
Había algo en el color del muro de la casa de dos pisos que pasaba ante mi vista, en el rostro cabizbajo de la mujer con su hija. La luz era la luz inconfundible de las tardes de otoño, por qué, no lo sé; ese asomo de tristeza, ¿dónde me fue permitido intuirlo, internarme en su inefable secreto, en qué ángulo de la calle? La brisa estremecía en lo alto las verdes hojas de los castaños, que chocaban con el tendido eléctrico antes de caer, algunas; las hojas se empezaban a pudrir por dentro, era un anuncio pero nadie se interesaba en él.
Antes me creía poca cosa, hoy no me creo nada. Ahora acepto las brechas entre los hombres. A unos les gusta el rock y hablan de rock, ¿por qué mi amor por Borodin debiera ser amor más puro? Las nuevas generaciones hacen planes de juntarse a beber margaritas para conversar de sus asuntos; a mí no me nace acompañarlos. No soy inmortal, tardé en descubrirlo, soy un hombre perturbado que sufre de insomnio en las noches que se vuelven frescas anunciando el otoño.
El otoño me quita las ganas de matar.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
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1 comentario:
Bueno,Dr.,puedo entender la parte de la contemplación de las cosas desnudas expuestas al sol.No su amor por Borodin,pero la conexión con lo inefable llega a distintos seres por distintos azares.
Mi azar se llama Mahler.
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