Yo no dispongo de grandes cualidades para diferenciar al momento una oferta imperdible de una estafa. Tengo el defecto de no conectar con las personas que me hablan; la tendencia a evitar el encuentro de las miradas. El oferente, un muchacho simpático, de sonrisa fácil y traje claro, no termina de convencerme. La duda me aplasta; un joven colega, avispado, se sube al Maserati y desaparece en fracción de segundos. El Lamborghini también pasa a ser un recuerdo. Pero hay premio de consuelo, un scooter tembleque, mejor dicho un monopatín, en el que me embarco al centro.
(Sigue)