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martes, septiembre 04, 2007

Monólogo de una apestosa rata andrógina echada en el diván de su siquiatra, el doctor Sigmund Ratóid

-Adelante, pase usted.
-Gracias, doctor Ratóid.
-Siéntese en el diván y eche la cola para el lado, con toda confianza.
-Gracias, doctor.
-¿Un caramelo?
-Bueno.
-¿De fruta o de menta?
-Prefiero de menta.
-¿Tiene problemas de aliento? Yo también. Debe ser por mi afición a los riñones de perro muerto y a la caca de alcantarilla.
-A mí también me encanta, doctor. Ayer rescaté un verdadero manjar, justo antes de que el ducto lo mandara al Mapocho. ¡Estaba a punto de caer! Lo agarré con las patas delanteras y me lo llevé al hogar. Fue una caza perfecta. ¡Viera la cara que me pusieron cuando abrí la puerta!
-¿Y con qué la preparó?
-Con ajo y cebolla que había recogido en la Vega.
-¿Y para beber?
-Agüita del Mapocho.
-A mí me gusta acompañar la caca con pañales de guagua. Esa combinación tan delicada de sabores que se parecen y al mismo tiempo se distancian uno del otro por la edad del productor... ¡es deliciosa! Pero tenga, sírvase un caramelo.
-Gracias, doctor Ratóid.
-Y ahora, comience. Y recuerde que la hora cuenta desde que echo a andar el cronómetro.
-Gracias, doctor.
-¡Corre cronómetro!
-Esta vez quiero hablarle de mi vida andrógina.
-¿De su vida andrógina? ¿Es rata andrógina usted, se siente andrógina? No se le nota. Yo la veo como una rata hecha y derecha.
-De eso le quiero hablar, doctor. Le ruego que no se ofenda por esta pregunta tan básica, pero ¿qué entiende usted por ser una rata?
-Bueno... ser una rata es ser rata. Y una rata es una rata. Usted es una rata, yo soy una rata. Usted tiene la cola pelada, yo tengo una cola más graciosa, pero las dos colas son de rata. Sobre eso no hay dos opiniones, por así decir.
-Veo que ambos estamos de acuerdo en lo fundamental, doctor, y me alivia escucharlo de sus labios. Sin embargo hay algo que me tiene molesto desde hace un tiempo. Pero será mejor que empiece por mi más tierna infancia.
-Como corresponde...
-Comienzo entonces. ¿Corre cronómetro?
-¿A ver? Qué le puedo decir... ya había... cómo se lo explico... pero bueno, está bien... ¡Corre cronómetro!
-A los dos o tres años mi mamá me sentaba en la bacinica. Hacía zurullos largos que al enroscarse terminaban finalmente en una puntita que me hacía cosquillas. Eso me gustaba mucho.
-¿Le preocupa eso? Yo jugaba con la caca. Es más, le puedo confesar entre estas cuatro paredes que metía la cola dentro de la bacinica y después me la chupeteaba igual que a un loly. Aún lo hago. Nostalgias del tiempo perdido...
-No me preocupa, doctor. Le digo que me gustaba. Con el tiempo me dejó de gustar. Creo que coincidió con que crecí y en vez de sentarme en la bacinica ya lo hacía por mis propios medios en el escusado. Me pasó entonces lo que les pasa a todas las ratas a esa edad: mi vida era jugar y hacer tareas en la escuela, pero ¿amor de ratas con ratas? Nada. Eso duró varios años hasta que un día, sin que viniera al caso, me enamoré. Y no sólo eso: por la noche soñaba con lindas ratitas y despertaba excitado. Me vi luego buscando ratas que me hicieran compañía, ratas tiernas, que me entendieran. Parecía que todo formaba parte de un proceso. Durante el catecismo el cura nos daba largos sermones acerca del verdadero amor entre ratas y a la hora de la confesión, ¡pobre del que hubiese hecho el amor con una rata! Se le sindicaba como si fuese un asesino. Pero todo aquello servía para bien, pues definía una moral: mi camino estaba claro. Me sentía rata, ansiaba pecar como todas las ratas de mi edad y, lo más importante: me gustaban las ratas; diría que en el fondo quería formar mi hogar con una rata.
-Me está contando la historia de la vida de la rata en la faz de la tierra...
-Espere, doc. Quiero decir que hasta allí estaba todo claro. Tuve amores y me casé finalmente con rata de suave bigote, uñas largas, lomo suave, pelo corto y dientes de conejo, que como usted sabe, son los más preciados. Formé una familia. Tuvimos 26 lindas ratitas. Mi hogar prosperó y así fue como los regalos de Navidad fueron cambiando de paquetes de queso suizo a televisores plasma y nintendos con juegos de humillación a gatos subnormales. Pero junto con eso, junto con el paso de los años vino algo... inexplicable, que se fue convirtiendo en enemigo de la voluntad. Satisfechas las necesidades primarias a las que toda rata aspira me fui convirtiendo en una rata cínica y ansiosa, buscadora de placeres. Las fantasías normales se hicieron turbias, pero lo peor es que la sociedad entera se fue haciendo turbia junto conmigo, o a mi pesar, daba lo mismo. Estaba cayendo en un espiral valórico sin fondo.
-Eso ya es más interesante. Prosiga, que anoto.
-Un día me pregunté, a solas, qué suma de factores objetivos hacían que yo fuese una rata. Concluí que mi apariencia, tal como usted me lo dijo recién, era la de una rata hecha y derecha. Eso me llevó a la conclusión siguiente: si mi apariencia era la de una rata hecha y derecha, resultaba forzosamente natural que mi preferencia sexual se dirigiera a las ratas del sexo contrario. Y de hecho, la naturaleza había logrado ese efecto en mí: me gustaban las ratas del sexo contrario. Era, en buenas cuentas, una rata heterosexual que gozaba la cópula con otra rata heterosexual. Pero eso no me dejó conforme, pues de pronto me pareció que mis gustos pudieron haber sido determinados por la sociedad ratera en la que vivía. Un día, para probar, me probé el vestuario de mi pareja: al mirarme al espejo observé en el piso una horrible pata de laucha. Sin embargo las dudas crecían. Una noche, ante el televisor de plasma, dieron un programa acerca de los vicios del Imperio romano en el canal History Channel. ¿Lo vio usted?
-En realidad, veo poco ese canal. Prefiero HBO, en especial Los Soprano. Siga, por favor, pero vaya resumiendo, que ya le queda poco...
-En la pantalla las ratas cometían todo tipo de excesos y perversiones. ¿Sabe lo que acompañaba las imágenes? Pues era una voz fuera de cámara que decía que esas conductas no eran consideradas pecaminosas y no generaban sentimiento de culpa alguno, pues se las aceptaba de buen grado. No eran delito. No estaban prohibidas. Eso me dejó pensando largas horas y me hizo ver mi entorno con otro cristal. Y así, me vi a mí misma con otros ojos. Me pregunté si de verdad era una rata o al contrario, era una asquerosa rata andrógina. Usted me entiende. Traté de llevar la duda a la mente, de alejarla del cuerpo, del deseo. Es la mente la que desea y no el cuerpo, y basta que el deseo de mi mente se oriente hacia el camino que yo quiero darle para que el deseo del cuerpo la siga. Basta que ciertas obsesiones tomen una dirección prohibida para que la rata tenga derecho a hacerse la pregunta. Intenté entonces hacer varias pruebas un poco más audaces que la de la pata de laucha, pero no se me dieron bien los resultados. Descubrí que, o mi deseo estaba demasiado anclado en los laberintos de mi subconsciente o que, sencillamente, mi naturaleza era la de una rata común y corriente. También podía ser que los deseos de la mente tuviesen su fuente en la niñez, más bien en los ejemplos que la rata infantil ha observado en ratas maduras, ratas viciosas, ratas de sociedad. En fin, sigo preguntándome si no seré una apestosa rata andrógina, de ésas que se han puesto de moda.
-¿Le teme usted a eso?
-Sí, doctor. Le temo. Pero no sé por qué. No sé si es por los sermones de infancia, por la imagen autoimpuesta o por la desviación que lleva al vacío más profundo que rata alguna haya vivido jamás: el vacío existencial. De allí que desde hace un par de semanas, preso de angustia, me haya puesto a leer "Las confesiones de San Ratonil", padre y doctor de la Iglesia; así como a la sabia rata china Lao-Ratotsé, quienes a través de sus enigmáticos escritos intentan guiarme por el camino de la moral, del espíritu, el abandono y la debilidad, pero mientras más leo más me caliento, doctor, y creo que tal como se están dando las cosas, lo más conveniente...
-¡Suena cronómetro!
-¡Pero cómo!... justo ahora... ¿No puedo... completar la idea... o al menos escuchar su dictamen de rata siquiatra de cola larga?
-Lo siento. Son las reglas que tan bien conoce usted. Y ahora tenga la bondad de tomar hora con la secretaria.
-¿Al menos me dará pastillas, doctor?
-¿Quiere otro caramelo de menta?
-Sí, por favor.
-Sírvase. Y llévese dos para la casa.
-Gracias, doctor.
-Gracias a usted. Buenas tardes.
(Se va. La rata siquiatra toma el citófono).
-¿Secretaria?... ¿Secretaria?... ¡Secretaria!...
-¿Sí, doctor?
-¿Hay más pacientes?
-No queda nadie, doctor.
-¿Puede apagar la luz de la sala de espera y venir a mi despacho?
-Enseguida, doctor...

miércoles, agosto 29, 2007

El valle del tiempo universal

Me había hecho siempre la idea de que la muerte era algo sencillo: respirar una última vez y después no respirar; reventarme en el pavimento y luego nada más, ni siquiera gorrioncillos mirando con envidia el alpiste de los canarios. Bueno, y eso hice un buen día, si quieren saberlo. Me subí a un edificio y me lancé de la vida. Estaba aburrido, desencantado de todo; aunque lo que digo es un decir. (Esta cosa del honor no se la puede sacar uno nunca de encima, qué sensación tan molestosa. La verdad es que los acreedores me acosaban y esa tarde ya los divisaba desde la azotea).
Me tiré y vi blanco. No sentí dolor. Es curioso: recuerdo ese chispazo de sonido. Algo extraordinario. Cómo uno puede retener en la memoria una milésima, cómo no es posible prolongar dicho recuerdo, porque el cerebro choca con una muralla infranqueable (léase esto último en forma metafórica o literal).
Me tiré y me morí, se entiende. Pero nunca la felicidad puede ser completa: no contaba con la claustrofobia, ni menos con la escandalosa ineficiencia del honorable cuerpo médico, que ahora se da el lujo de entregar cuerpos a los buitres sin siquiera revisarlos. ¡Yo no había muerto y a nadie le importaba!
Desperté en la oscuridad más absoluta y no tardé en darme cuenta de que un cajón rectangular me rodeaba por los cuatro costados. ¿Dónde estaba?
Había tres posibilidades:
1.- Mi cuerpo reposaba en la morgue.
La descarté de inmediato. Si mi cuerpo estaba en la morgue, eso quería decir que estaba a la espera de ser recogido por mis familiares. En ese caso sería sólo una suma de vendas y trapos y rellenos mentirosos sin capacidad de pensamiento. Si lo que me rodeaba no era el cajón de madera, como pensé en un primer momento, sino el nicho en que los cuerpos son mantenidos a baja temperatura hasta que los estudiantes de medicina llegan por la mañana, al abrir los ojos yo hubiese visto algo de luz, aunque fuese un destello. Habría sentido frío. Y habría captado el olor de la formalina. Así que nones, no estaba en la morgue.
2.- Me estaban velando con el vidrio del cajón tapado para que no se viera mi ex rostro convertido en papilla.
Luego de un par de minutos también eché esta posibilidad al tarro de la basura. No había olor a flores ni murmullos del rosario, aunque cabía la opción de que el olor de las flores no se filtrara por los resquicios del cajón sellado y de que la iglesia estuviese cerrada y mis deudos, durmiendo en sus casas. Pero esto era fácil de comprobar. Estiré mis huesos violentamente y el cajón ni se movió: era indudable que éste se encontraba sobre una superficie sólida, no sobre cuatro patas rodeadas de hambrientas velas.
3.- Estaba dentro de la tumba.
Me pareció que esta posibilidad era más que razonable y terminé por aceptarla, ya que no había argumentos realmente sólidos que se interpusieran en su camino. Contrariamente a lo que se pudiese desprender de dicha situación, la imagen de mi cuerpo en una cripta me dio seguridad. Ahora que conocía el problema estaba en condiciones de proceder a buscar su solución.
Ustedes se reirán, pero lo primero que me puse a pensar fue si mi cuerpo estaría depositado en el mausoleo del Círculo de Periodistas (ya que en vida yo fui periodista, ¡qué digo, vamos, aun soy periodista! ¡No es momento para pesimismos!). Es bien sabido -para redondear la idea- que si un colega entra en posición horizontal al mausoleo del Círculo es desalojado a los tres años con viento fresco (¿o a los cinco? Corríjame por favor, señor Presidente) situación que en diversas sesiones me ha hecho levantar la voz para denunciar esta injusticia, ‘‘la más grande de todas las que se conocen, pues impide al socio, señor Presidente, asumir su propia defensa cuando llega el momento y deja su suerte echada en otras manos. Imagine al pobre cadáver, señor Presidente, cotizando a duras penas los precios de las tumbas; imagine la cara que le pondrían los vendedores de tumbas. ¿Cree por un momento que le otorgarían un crédito? Así que dejo estampada mi más enérgica protesta, señor Presidente’’.
Recordé entonces con alivio que alguna vez había firmado en la oficina un seguro de vida que, entre muchos beneficios, se hacía cargo de mis funerales. Becerra, Baltierra, no, Varela; ¡sí, Viviana Varela se llamaba la chica que me vendió el seguro! Viviana me había mostrado un plano donde se ubicaría mi tumba, pero yo no le había prestado atención, pues mis ojos se concentraban en el triángulo negro del calzón que ofrecían sus piernas cruzadas. Ella se reía, sabía que lo que vendía era su calzón transparente y yo firmé sin chistar. Ahora, en esta triste situación, me recriminaba por haber sido tan hot y no haber retenido en la memoria el recuerdo completo de la ubicación de la tumba en el plano. Ahora, que necesitaba recordar, el maldito calzón se metía en el dibujo en papel cuché que enseñaba las bondades del ‘‘bien raíz’’.
Buen momento para razonar. ¿Me servía de algo conocer el plano? ¿mi deseo acaso no había sido morir? ¿No me había lanzado de la vida yo mismo? Era cosa, entonces, de sentarse a esperar, digo acostarse a esperar y listo, en unos minutos se va el oxígeno y buenas noches los pastores. Pero ¡lo que son las cosas!, siempre había padecido de claustrofobia y si hay algo que aún no puedo soportar es el encierro. De lo que se desprende que no fue el súbito amor a la vida lo que me llevó a salir del sepulcro, sino el miedo a morir enterrado vivo dentro de un cajón, como cuando yo era chico me contó mi abuelita que le había pasado a la señora Auristela. Así que estaba decidido: primero había que salvarse. Ya llegaría el momento de discurrir una nueva forma de quitarse la vida.
Algo me acordaba de un arbolito y una calle. La flamante sepultura se ubicaba en una calle bien transitada del cementerio (las otras, dispuestas a los pies de discretos pasajes y añosos árboles, plenas de silencio y tranquilidad, eran bastante más caras). Mi tumba debía de estar a unos cincuenta centímetros bajo la superficie y si la suerte me acompañaba, aún era posible que los sepultureros no hubiesen completado su trabajo. Me costó llevarme las muñecas a la vista y accionar el Citizen luminoso, que por suerte mi esposa me había puesto a la hora de los quiubos. Eran las tres de la tarde del día XX; o sea, dos días después de ‘‘mi muerte’’. ¡Había despertado a buena hora! ¡Tenía esperanzas! La cripta, la fosa o lo que fuera tendría que estar abierta. Con suerte, mis deudos aún estarían encima mío, echando lagrimones, coronas de flores y paladas. Descubrí que con toda seguridad lo que me había despertado había sido el brusco choque del cajón contra la base del nicho reluciente (¿o de la tierra pelada? La reseña de Viviana Varela ya no me era clara. ¿Dónde estaba, a fin de cuentas? ¿En un depósito rectangular de un edificio de cemento? ¿Bajo la tierra? ¿Bajo un lindo prado que ocultaba laberintos internos de concreto construidos por el hombre, cual prehistórico gusano?).
Aspiré el aire que quedaba dentro de ese espacio de la verdad y grité con todas mis fuerzas, mientras daba de golpes al féretro:
-¡Abran el cajón! ¡Abran el cajón! ¡Estoy vivo! ¡Abran el cajón por la chucha!
El aire se acababa y me moría, ahora sí que me moría de verdad y en la peor de las circunstancias, encerrado en un cajón, vislumbrando la posibilidad de vivir varios años más, de caminar por las calles de Santiago aunque fuese como pobre mendigo pero al fin y al cabo haciendo sonar los tacos contra la calzada y percibiendo ese ruido seco tan agradable, sobre todo cuando uno va por un callejón y el muro del frente envía un eco: tac tac... tac tac... tac tac... caminar con hambre o caminar con frío, pero caminar, moverse, desplazarse, abrir los brazos a la lluvia mientras los demás pasan presurosos o se guarecen en improvisados aleros, todos vivos, todos rumiando su destino de mala suerte pero vivos, vivos...
Escuché murmullos y un rumor creciente que me hizo recordar el momento en que los mozos convidan canapés luego del lanzamiento de una novela. ¿Sería posible? Las voces se convirtieron en gritos y algo como un chuzo comenzó a destruir el cajón por fuera. ¡Estaba salvado! Ni siquiera había tenido tiempo de angustiarme demasiado; el sudor apenas bañaba mi rostro. El chuzo sonaba y sonaba, cada vez más cerca, y las voces ya se me hacían casi familiares. Reconocía, por ejemplo, la del colega Aladino Barrera diciendo ‘‘más fuerte, más fuerte’’ o la del pelado Carrasco, gritando ¡putamadre! mientras abría el cajón con sus manos de fierro. Y yo, acostado, como si el trabajo tuvieran que hacerlo otros por mí, sin mover un dedo, apenas gritando ‘‘¡un poco más, que ya no puedo respirar!’’
Mientras esperaba ver de nuevo la luz me sentí repentinamente decaído: ¿saldría de nuevo a la misma tonterita, a darme mi merecido debajo de las ruedas del Metro, o era el momento de iniciar una nueva vida, admitiendo honestamente mis debilidades para construir desde ahí? Una súbita y desconocida esperanza me asaltó, junto con los primeros haces de luz y el ruido creciente de la multitud que corría a salvarme de las garras de la parca.
-La vida... -dije- la vida...
Al salir fui objeto de dos sorpresas: una grande y una chica. La chica fue constatar que mi cuerpo abandonaba el cajón depositado en el Mausoleo del Círculo. ¡Pero cómo, pensé! ¿Y el seguro? ¿Qué pasó con el seguro?
Inferí que como yo me había suicidado, la famosa letra chica anulaba todo el contrato -en lo que se refiere a su cumplimiento, no a su pago- por ese sólo hecho. ¿No lo advertí yo mismo en su momento, señor Presidente? ¿Ve? ¡Ya empezaron los problemas! (‘‘¿Y qué tengo que ver yo con eso, colega? -me diría él- ¿acaso usted mismo no se metió en el lío cuando se lanzó del edificio?’’ Y yo le respondería: ‘‘¡No se corra, Presidente, el problema no es ése! ¡El problema es que nos echan a los tres años y dentro de poco me va a tener cotizando precios a cabeza gacha!’’)
La sorpresa grande fue lo que sucedió a continuación.
Salido del cajón no me recibieron ni Aladino Barrera ni el pelado Carrasco ni el titular de la Orden. En vez de pisar el cementerio, mi cuerpo se alejaba de él y del recinto del Círculo, como traspasándolo, bajo un sol intenso y un calor otoñal. Una extraña forma, parecida a la cola de una lagartija, me tendió sus manos y me incorporé. De la imagen nunca vista fluyeron otras miles, cientos de miles, iguales a ella, como un abanico de vapor. Toda la realidad que me rodeaba era una especie de movimiento fotográfico sucesivo. Nada era único, todo estaba repetido. Nada era igual, todo era diferente.
-¿P-pero qué pa-pasa? ¿Dónde están todos? ¿Dónde me lle-llevan? -quise gritar, pero no me salió la voz. Miré mis pies y no vi nada. Miré mis manos y no vi nada.
Así que no estoy vivo, así que no me salvé -concluí, finalmente, resignándome de pronto a mi extraña suerte de principiante, sin ánimo de discutir ni menos de presentar contienda-. Bueno, entonces qué le vamos a hacer, habrá que apechugar en el reino de los muertos.
Qué curioso. Estaba tranquilo. Los nervios habían quedado atrás, así como la rabia contra el Presidente.
Bajé del nicho y me interné con la figura dentro del Valle del Tiempo Universal. ¡Vaya nombrecito!, ‘‘Valle del Tiempo Universal’’. Por lo menos así estaba escrito en el portal de fierro oxidado, aunque ahora que lo pienso mejor, podría tratarse no de un nombre, sino de una marca. Es diferente que el reino de los muertos se llame ‘‘Valle del Tiempo Universal’’ a que exista una marca registrada con ese nombre. Lo primero revelaría una suerte de reino monopólico en el cual se incluirían las tres categorías clásicas (el Cielo, el Infierno y el Purgatorio). Lo segundo, en cambio, hablaría de una forma de reino de los muertos, que implicaría necesariamente la existencia de otras, desconocidas para mí. A este espíritu, entonces, le habría tocado -no se sabe por qué razón- esta forma de eternidad, que describo a continuación.
La figura me dio una palmadita en el trasero y me empujó y así fue como traspasé el umbral y ahora estoy aquí y soy testigo de lo que miles de sabios ni siquiera han vislumbrado.
Todo es tan simple, hay un solo espacio para varios tiempos y no existe el pasado ni el futuro, sólo el presente. El espacio está más allá del Universo y las almas son fuentes inmateriales que se desplazan sin generar campo gravitacional ni energía magnética. El término ‘‘desplazar’’ aquí sólo se usa como símil, ya que el movimiento, obviamente, no existe, así como tampoco el pensamiento. Cada acto es universal en sí mismo y la suma de ellos no es más que la suma de tiempos diferentes en un solo espacio. De tal modo, cada cosa está dividida para siempre y yo soy la repetición infinita de mi acto, mientras lo anterior o posterior también es el presente. Por eso el movimiento es nada más que sucesión de muertes eternas y da la sensación de un abanico de vapor que fluye a cada lado de la imagen.
No es que las cosas vayan muriendo cuando nacen. Eso no tiene sentido porque aquí no hay vida, sólo muerte. Cada ser ve las demás realidades que lo repiten. Ve también los actos de otros seres. Por decirlo en lenguaje terrícola, se ve a sí mismo durante todo el Universo y al presente y futuro de los demás en el mismo espacio.
Un grito de angustia no tiene principio ni fin, es eso y nada más. La luz no se mueve. Entonces, no es que yo vea lo que describo, sino que lo ‘‘vivo’’, mi ser está impregnado de eso, que no sé cómo llamar (¿sensaciones? ¿recuerdos? ¿unión con otros seres y las cosas?). Pero yo, a su vez, como ya dije, estoy dividido en cada acto y no tengo esencia. Yo soy, por ejemplo, una mirada de horror, o una boca abierta. O un simple hilillo de saliva. Es más, de ese simple riachuelo que corre desde la comisura de los labios, soy, separadamente, cada una de sus infinitas partes. La decisión y la voluntad no existen, ello supondría darle valor al tiempo. Lo que pensé recién pertenece a otro ser y después a otro y a otro. No hay relación en la idea, ni siquiera hay idea.
En apretada síntesis, queridos lectores, eso es, aquí, la eternidad. Disculpen si de pronto mi lenguaje pareció un poco raro, enredado. Lo que pasa es que en estas tierras hay que hacer algunas concesiones. Ganarse el Cielo, como se dice, ya que guardo la secreta esperanza de que algún día me pasen a otro valle, que no sea tan caleidoscópico, porque esto ya me empieza a marear.
Ustedes, que son curiosos, se preguntarán cómo puedo estar escribiendo esto, dadas las características del lugarcito que me tocó en suerte habitar hasta nunca jamás.
Elemental, querido Watson: el ente con cola de lagartija me dio permiso para salir un minuto del valle y contarles lo que he visto. Ahora, si me disculpan, tengo que entrar de nuevo. Me está llamando con sus tiernos ojos de buey. Sería todo por el momento.

viernes, agosto 17, 2007

La casa de cambio Sullivan

Hice el viaje porque me contaron que acudía gente de todas partes. La casa de cambio Sullivan queda en el condado de Brown, Illinois, y durante 75 años fue dirigida por Mrs. Luvian Sullivan. Al morir la heredó su sobrino, Werther A. Sullivan, quien maneja el negocio con sentido empresarial. Mrs. Luvian Sullivan falleció a la edad de 97 años víctima de un estrangulamiento intestinal en su hogar de Mount Sterling, ubicado a dos cuadras de la casa de cambio. La casa de cambio es la estrella del pequeño condado de 6.950 habitantes. El turista no es discreto y eso acentúa los problemas. Lo primero que hace, no bien desciende del autobús interestatal, es preguntar dónde queda la famosa casa. El 34 por ciento de los visitantes del país son de la Costa Oeste, el 21 por ciento de la Costa Este y un 10 por ciento proviene del centro. Además, un 15 por ciento llega desde Europa, un 12 por ciento lo hace desde Asia, un 5 por ciento viaja desde Australia y el 3 por ciento restante proviene de Sudamérica, Centroamérica y El Caribe.
Cuando entré, la sala de espera estaba semivacía. No había más de 12 personas y sin embargo me tocó el número C-87. El visor apuntaba el número A-14. O sea, esa mañana el personal de Mr. Sullivan había atendido a 14 personas; quedaban 273 para que llegara mi turno.
Dicen que Mrs. Sullivan fue siempre una buena persona, pero otros comentan que al menos debió de pasar tres veces por las máquinas de la casa de cambio. En el hotel en que me alojé, la vieja Eleonise O'Hill viuda de R. F. Dormell, Cachimba Dormell, me aseguró que Mrs. Sullivan de joven era extremadamente impulsiva, una sombra de la mujer templada y bondadosa en que se convirtió después. Yo le argumenté que eso pudo deberse a los años, pero ella mantuvo su prejuicio:
-No, señor. ¡Ah, no, señor!
En este pueblo antes miraban a los turistas como yo de mala manera. Con el tiempo debieron acostumbrarse a nosotros, pero se me figura que ocultos en sus mentes se mantienen estratégicos bolsones con resabios de odiosidad racial, resabios sutiles, eso sí, como flechas enanas que se les fueran clavando siempre una tras otra en el cuerpo. Tal sospecha hizo que me hiciera la siguiente pregunta, cuando viajaba de regreso a Rubio, mi ciudad natal, ubicada en una de las regiones del centro de mi país: ¿Es que ellos, los del condado, no pasan o no han querido pasar por la casa de cambio con el fin de superar situaciones difíciles? La respuesta es muy simple; me surgió apenas me hice la pregunta: casa del herrero, cuchillo de palo. La forma en que resolví la duda fue el mejor indicativo de que en vano no había gastado mi dinero. Hace tan sólo una semana habría sido incapaz de hacerme una pregunta así. Hoy estaba analizando los sucesos de la vida con cierta ironía.
Pero ya va siendo hora de hablar de este mito viviente que es la casa de cambio Sullivan. Werther A. Sullivan, con su amplio sentido empresarial, la define en su página web como "el lugar en que sus pesadillas se transforman en sueños". Metáfora muy comercial, por lo demás, que le ha proporcionado pingües beneficios a la compañía que hoy dirige y que en 1983 ingresó con un éxito inusitado a Wall Street. Mrs. Sullivan siempre tuvo problemas con cualquier otro idioma que no fuera el inglés -muchos compatriotas comentaban en voz baja y con esa sorna tan ingenua y propia de los provincianos de los Estados Unidos que ella también tenía dificultades con cualquier otro acento que no fuese el de Illinois- por lo que era de común ocurrencia en su tiempo que algunos cambios no fuesen ni remotamente los solicitados por los clientes de habla no inglesa. Lo anterior provocaba molestos viajes de retorno a Mount Sterling a extranjeros disconformes, quienes volvían a tocar la puerta, no con el fin de solicitar la devolución de la mercadería sino para que se les practicara aquello por lo cual habían pagado. En este sentido, el cometido de Werther A. Sullivan es ampliamente superior aunque no tan prolijo como lo fueron los cambios que logró operar la descubridora del artificio, que fue su tía.
Precisamente en el hall un busto de Mrs. Luvian Sullivan llama la atención de los pacientes. Ella está mirando hacia abajo, con sus típicos párpados caídos y sus pómulos salientes. La barbilla casi toca su pecho. Muchos se agachan y se estremecen ante esa mirada severa y penetrante. Werther A. Sullivan, en cambio, destaca en carne y hueso por ese aire de elegancia fabricada expresamente para vender, para convencer. Usa camisa de cuello abierto acompañada de pañuelos de seda con lunares y habla siete lenguas. Inglés, alemán, francés, japonés, chino mandarín, italiano y ruso. Los clientes latinoamericanos pueden recurrir a un traductor -como yo lo hice- o chapurrear el italiano. Hay traductores en todas las esquinas, se negocia con ellos el precio, que varía según la cantidad de palabras que se requiera al momento de solicitar el cambio. Luego de cumplir su misión se marchan a sus esquinas y ahí permanecen, impertérritos, a veces días enteros, sin casi moverse, a menos que alguna necesidad los apremie o que crucen la esquina para convidarse cigarrillos y chicles. Lo que apenas acabo de narrar es un embrujo de los mil demonios, ya que el paciente, por ahorrar unos pocos dólares, marca las palabras mínimas, en realidad menos que mínimas, puesto que bien miradas las cosas una atención como ésa requeriría de una larga sesión, muy conversada. Incluso hay traductores que ofrecen el servicio extra de conseguir buenos números en el mercado negro; uno no les hace caso y termina esperando como yo. Por eso, mi primer consejo a los que vayan a la casa de cambio Sullivan es saber inglés. Mi segundo consejo es pagar en el mercado negro por un número.
Noto que me he vuelto a desviar. Cuando el visor marcó mi número dormía plácidamente en la silla de madera que está al costado izquierdo del busto de Mrs. Luvian Sullivan, mirada la silla desde la puerta que da a la calle. Habían transcurrido cerca de 17 horas y el reloj de mi teléfono celular marcaba las 05:34 AM. La casa de cambio no descansa, es una empresa demasiado próspera desde que Werther A. Sullivan, 88 años cumplidos, tuvo la visión de abrir la compañía a los accionistas anónimos. Sobre su sucesión se habla ya de una ligera disputa de hermanos: Werner F. Sullivan, Wagner F. Sullivan y Walt F. Sullivan El corto, quien aparece en el papel con las menores probabilidades debido a su defecto de nacimiento. Werther F. Sullivan Jr. falleció a la edad de 7 años y era considerado el sucesor lógico debido a su talento innato para los negocios, la sicología y las matemáticas, pero un camión de doble eje que traía madera desde Montana lo atropelló al cruzar la calle.
Pero bien. Lo que sigue es bastante extraño. Cuando me despertaron entregué mi número sin abrir los ojos. No dormía tan plácidamente como pensaba; estaba tenso. Creía que nunca llegaría el momento. "Welcome to Sullivan's changing house" me dijeron desde un parlante cuya amplificación provocaba una fastidiosa reverberancia. A mi lado se encontraba el traductor. Éramos solamente él y yo en una pieza tan similar a la anterior que si hubiese estado el busto a mi lado habría pensado que era la misma. Pudo suceder que durante mi estado de somnolencia se hubiesen llevado el busto junto con el número, aunque pienso que algo habría quedado en el suelo, como la marca cuadrada y lustrosa en el piso, algo así. No, la habitación no era la misma: era casi la misma.
El traductor se acercó al parlante. Yo le había pedido que tradujera "alivianar el peso del pasado", "demostrar mayor seguridad en mí mismo" y "hacer que la vida sea más llevadera". Él dijo en inglés: "Weight pass", "great self-confidence", "today dog's life". Al escuchar sus palabras textuales recuerdo que me horroricé. Fue demasiado parco; me habría gustado un diálogo fluido, con preguntas y largas respuestas. Cada una de esas frases necesitaba de un desarrollo, de una explicación que las hiciera inteligibles; realmente, tal como habían sido dichas, la casa de cambio podía entender cualquier cosa. ¡Ahora me explicaba las peripecias de Mrs. Sullivan! A continuación escuché del parlante palabras sueltas como "what", "very good", "well", "thanks". El traductor, a quien había pagado de antemano varios cientos de dólares, me comunicó entonces que su trabajo había acabado y se retiró. Me sentí estafado pero no le dije nada. Yo era un extranjero en territorio extraño. Cuando cerró la puerta advertí que su bota derecha tenía un hoyo en la suela.
Quedé solo. Pasaron diez, quince minutos. Eternos. De pronto el parlante volvió a hablar, ahora en imperfecto español: "Muchas gracias, señor. Casa de cambio Sullivan muchas gracias de preferir servicio casa de cambio Sullivan, no olvidar cierre de puerta saliendo. Adiós".
En la sala de espera vi a tres amigas que se notaba que venían de Hawai, amigas entre ellas, no mías. ¡Me miraban de arriba abajo, y con una picardía!, luego cuchicheaban en un inglés que se me antojó californiano; se veían tan alegres que no pude dejar de pensar en el motivo que las congregaba en la sala. Por más que pensara, no encontraba ninguno. Fuera de este trío de cierta edad la sala estaba vacía. Después de 18 horas salí a la calle defraudado y me fui a desayunar al Mc Donald's más cercano, tan cercano que era como contar hasta cuatro y entrar. De lo que me contaron allí entendí que el cambio ya había comenzado a operar. Era una chica de 17 años de nombre Alice Kupbern, quien "en su tiempo" había hecho una gira por Sudamérica que comprendió Machu Picchu, Isla de Pascua y la Antártida, periplo que le hizo ganar confianza en sí misma respecto del dominio del español. Se alegró de verme y comenzó a practicar de inmediato. Le pregunté cuál era "su tiempo"; a mí me daba la impresión de que aún no le llegaba. Me contestó: "Cuando yo ser joven". Deduje que el viaje lo había efectuado entre los 13 y los 14 años. Me invitó a que me escondiera detrás de la barra y allí se echó al suelo, sobre un charco de cerveza. Me atrajo hacia ella y cargó uno de sus muslos encima de los míos. "Esto no poder saber nadie, aquí hay fucking people que siempre voyeur", me dijo. Le expliqué lo que me acababa de suceder y no se sorprendió. "A veces llegan tipos like you, pero yo no les hago caso, pero usted me ha sentado bien, se ve cansado". Desde aquella vez, siempre me ha parecido que Alice Kupbern es una embustera, lo sigo sosteniendo. Se adivinaba en su rostro fino de niña mimada. Su sintaxis y su vocabulario eran imperfectos, pero dominaba a la perfección el uso de ciertos pronombres, como "les". En ese sentido me quedo con la intransigencia de la vieja Eleonise O'Hill.
La mejor definición de la casa de cambio Sullivan, mejor aún que la que proporciona Werther A. Sullivan en su página web, la leí en un paper escrito por el doctor Pernell H. Roberts, a quien no se debe confundir con el actor del mismo nombre que participó en la serie "Bonanza". Pernell H. Roberts es un académico de la Universidad de Iowa que investigó durante años el fenómeno de la casa de cambio. Producto de dicha investigación resultó un documento de dos páginas, que registra al menos 128 citas en el ámbito científico en el último año. Aclara Roberts que la casa de cambio no sería ni una estafa ni un número artístico de magia entre cuatro paredes. Agrega que pareciera haber allí un descubrimiento verdadero acerca de la transacción o intercambio de caracteres entre seres humanos. Roberts sostiene que si los caracteres nacen de las emociones; o sea, del temperamento, más que de la impresión que al ser humano le generan los hechos externos, entonces la casa de cambio intervendría resueltamente en zonas concretas del cerebro como el hipotálamo y el tálamo, que son las responsables de llevar a cabo respuestas emocionales integradas, proporcionando a la corteza cerebral la información requerida para poner en marcha los mecanismos cerebrales de conciencia de la emoción. Los especialistas se centrarían además en ciertos procesos fisiológicos del sistema linfático y en la acción endocrina de ciertas hormonas. A pesar de que no logra descubrir la técnica, supone que el cambio opera a partir del adormecimiento del paciente. En este punto de su trabajo descarta en absoluto cualquier tipo de intervención quirúrgica o la invasión del cuerpo con algún aparato eléctrico. En cambio especula con la posibilidad de un tratamiento químico a base de píldoras.
"Me sometí a la prueba tres veces y cambié de carácter tres veces. La primera vez la casa Sullivan me cambió el miedo, el rencor y la desmoralización por una suerte de intrepidez a la hora de usar la palabra; la segunda vez me cambió el despilfarro y la pereza por una actitud dubitativa mezclada con el interés constante por los fenómenos cotidianos; la tercera vez, a petición mía, me fue retornado mi carácter original", dice casi al finalizar el paper. ¿Su conclusión? La casa de cambio no es una superchería sino un instrumento efectivo de cambio de carácter del individuo. Opera a base de píldoras que se administran una sola vez, en estado de sopor, y que fueron fabricadas sobre la base de 727 tipos de caracteres clasificados en su momento por Mrs. Luvian Sullivan. La dosis sólo presenta dos efectos secundarios indeseables: halitosis crónica y tendencia al fanatismo deportivo, sea o no el sujeto amante de los deportes.
Hace unos días, ya en mi hogar, revisando internet, encontré una teoría similar, pero adjudicada a otros investigadores y referida a un tema diametralmente diferente ("Efectos colaterales de la morfina en personas desahuciadas"). He tratado de encontrar el curriculum del dr. Roberts pero me ha sido imposible. Una de las pocas menciones de su nombre se relaciona con la lista de accionistas de casa de cambio Sullivan, de la cual forma parte con un porcentaje ínfimo de papeles: 0,0007 por ciento del total, lo que equivale a unos 12 mil dólares canadienses, ya que el accionista Pernell H. Roberts ostenta dicha nacionalidad. Pero puede que no sea el mismo.
En Mount Sterling la publicidad es alarmante y todo gira en torno a la casa de cambio, como ya se ha dicho, lo que no significa que la gente del pueblo confíe en el método. Más bien no, íntimamente lo desprecian, como si estuviese dirigido a destinatarios de una raza débil. Mas por algo Mount Sterling es un pueblito de pragmáticos: lo realmente importante es que les sirve para llenar las arcas del condado y que con eso ya se está muy bien, sí señor. En primavera el Carnaval Sullivan, que compite con otros del mundo en cuanto a transformaciones, alude irónicamente a esta idiosincrasia. No utilizan disfraces, al menos en lo que a vestuario se refiere. Pero de que se disfrazan, se disfrazan. He aquí algunos de los textos de los diarios locales que acompañan a las fotos publicadas al día siguiente: "La pesimista Merli Stamps, de reflexiva", "Mr. Goldberg Matt, el animalito tímido, de testarudo". "Sanguínea Sharon Colomac, de rutinaria". Los mencionados aparecen retratados en medio de la calle, detrás de la banda, simplemente caminando.
El acápite sobre el vicio resulta sobrecogedor. En el condado existe la firme creencia de que la génesis del libre albedrío está en el vicio. La “sumisión a los mandatos del vicio” o la “ruptura de las cadenas del vicio” es el inicio obligatorio del sermón dominical del pastor C. S. Atchakerikis frente al púlpito. Acudí a un oficio religioso a la hora de abandonar el pueblo, pero mi nulo conocimiento del inglés me impidió desprender de su perorata si el pastor Atchakerikis estaba a favor o en contra de la existencia del vicio. La casa de cambio posee estadísticas que demuestran que el 44 por ciento de los clientes piden en primer lugar erradicar un vicio adquirido a temprana o mediana edad, pero al momento de la verdad retiran la demanda. Pareciera ser que las personas que acuden al condado a tratar sus males síquicos culpan de sus problemas a sus vicios. No toman en cuenta que sus vicios podrían ser la consecuencia de sus problemas. Cuando la casa de cambio, mediante alguna desconocida artimaña, los enfrenta a la realidad de vivir sin el vicio, la vida se les presenta amorfa, falta de brillo y cambian de parecer. Tal vez en ese instante el parlante les pregunta si efectivamente quieren erradicar su vicio o si prefieren seguir como están, del mismo modo en que las computadoras le consultan a uno por cualquier decisión que uno va a tomar. Pero una vez más, y para proteger su secreto, la compañía no informa cuál es el “momento de la verdad”; tal parece que casa de cambio Sullivan jamás revelará sus técnicas de tratamiento; he llegado a pensar que esto en alguna medida es como la fórmula de la Coca Cola.
Reparo en detalles que con los días están empezando a cobrar importancia. No deja de llamarme la atención, por ejemplo, esa dificultad que me ha nacido para sintetizar asuntos de fácil argumento. El mes pasado mi historia no me habría demandado más que dos o tres párrafos; ahora no hallo cómo contarla; siento a veces también que escribo como si me estuvieran traduciendo. Del mismo modo, se me está despertando una curiosa manía por las cifras y los porcentajes; por primera vez siento una gran ansiedad ante las próximas elecciones municipales. Regresando a casa escuché en el bus interestatal con destino a Nueva York, aeropuerto John F. Kennedy, escuché dos teorías de turistas peruanos sentados en el asiento de atrás. Uno le aseguraba al otro que le habían cambiado su forma de ver las cosas por la forma de ver las cosas del finado Sutherland Preiss, muerto la semana anterior, ya que era lo que en ese momento más se asemejaba a su pedido. El compañero de viaje rió de buena gana. "¡Te han metido cuco, Mario!... ¡Ja ja ja!". Entonces pasó a relatar una historia que había oído el primer día en el hotel, y que asumió irresponsablemente como una teoría científica, según la cual los caracteres se extraían al azar de personas que caminaban por las calles de Fresno, ciudad del estado de California que se venía usando como laboratorio experimental desde 1985, sin que sus ciudadanos tuvieran conocimiento de ello. Según la versión, las "víctimas" quedaban circulando sin carácter. "¿No has notado la cantidad de gente sin carácter que vive en Fresno?", le hizo ver, pero Mario le contestó que nunca había estado en Fresno y que le importaba "un carajo" lo que pasara con la gente de Fresno y ambos rieron de buena gana. Enseguida Mario le consultó a su amigo si recordaba la formación exacta de Alianza de Lima el día de la tragedia, le dijo que le había nacido una repentina urgencia por conocer la formación. El amigo empezó a enumerar los jugadores pero le faltaron dos. La ansiedad les impedía dar con los nombres, los repetían hasta el cansancio pero siempre les faltaban dos; incluso preguntaron a viva voz si alguno de los pasajeros del bus era peruano. Les dije que yo era chileno y les di los dos nombres de los jugadores de Colo Colo que reforzaron al equipo. "Pero eso fue después", se lamentaban, prácticamente al unísono. Deduje que Mario y su compañero de viaje habían sido hasta ayer seres pesimistas, necios y acaudalados.

miércoles, julio 11, 2007

Café Decamerón

Laureano el veedor tomó entonces la palabra y dijo: doquiera que el hombre ande por el mundo de tres cosas desprenderse no podrá. A saber, de su propio cuerpo, de sus sentidos y de sus deseos carnales, mas no del buen entendimiento, que unos lo tienen, otros lo creen tener y otros, teniéndolo, lo pierden. De modo que sólo con tres cargas seguras a cuestas el hombre anda y la última de ellas expresada, grande y pesada es en mocedad y menor va siendo a medida que la experiencia mina al impulso. Pero puesto que siempre hombre es y no animal, y que comprobado está que la calentura hace surgir pensamientos ruines para no sólo satisfacer el deseo que la origina sino también para prolongar aún más tan grande placer que no puede ser otro así llamado que la cópula de hombre con mujer, aconteció no ha mucho a micer Donato Castrili, oriundo del valle de La Reina, lo que a continuación se narrará.
Caminando por el centro de su aldea micer Castrili sintió de improviso ese apetito sobre el cual referencias varias se han hecho, y en viendo que la situación le era propicia porque tiempo había para sí y portaba buen dinero en los bolsillos, preparó un plan destinado a hacer rendir sus monedas, porque su dinero él cuidaba y gracia no le hacía gastarlo en menos tiempo que una canción dura en la radio, de modo que aguzando el ingenio discurrió que mejor cosa no fuese que yacer con mujer pública más tiempo del que ella quisiese. Mirando a un lado y a otro, como sintiéndose culpable de algo que nadie más que él pensaba (porque a cada cerebro corresponde un pensamiento y no es cosa posible mezclar uno con otro a menos que los pensamientos salgan de la boca), y que aquel pensamiento suyo no era otra cosa que el plan fraguado para satisfacer su carnal apetito, entró a una botica y con discreta voz y rostro no de él pensárase sino de otro, un ungüento adormecedor de su virilidad ordenó al boticario, quien acostumbrado a estos afanes limitóse a dárselo no sin pedirle antes un poco del dinero del que se ha dicho portaba micer Castrili en los bolsillos. No bien en sus manos tuvo aquella crema milagrosa buscó un lugar do poner en marcha su plan y lo encontró bien luego, en el retrete de una fuente de soda. Sucedió entonces que un cañón tronó en el cerro anunciando el mediodía mientras micer Castrili su virilidad adormecía para prolongar tan grande placer que viniese. Buena hora, se dijo y caminó por estrechas calles repletas de aldeanos que a sus quehaceres se entregaban con un propósito y otro, los cuales eran de sus pareceres poner en práctica todos cuanto antes salvo aquellos prohibidos, que son los que más suelen rondar por la mente.
Era de varones conocida una mancebía que ocultábase en un subterráneo de un pasaje y que a toda señal exhibía en el primer piso una luz mezquina con su nombre, que era "Decamerón", como si con ello quisiérase rendir homenaje al genio de maese Juan Boccaccio o quizás atraer clientela usando una palabra que sugerir tenía mucho. Micer Castrili entró al pasaje e hizo como que mirar quisiese una vitrina y en viendo que no era notada por demases su ausencia desde la calle bajó raudamente la escala y desapareció del mundo. No habiendo pasado el tiempo que demora la boca en contar hasta dos, un hombre venido sus padres o sus abuelos pero no él directamente del continente del África corrió do él estaba y le dio una tarjeta con el nombre del local, que micer Castrili a su vez pasó al cajero, quien después de recibirla, su entrada con rebaja le cobró. Entonces, despedido del mundo del día, acertó a conocer el de la noche con los encantos que la noche ofrece a quien acierta no a cerrar los ojos sino a abrir no sólo ojos sino sentidos y las apetencias de la carne, tanto así que bien recibido fue por muchas mozas, cual de todas más hermosa como la mejor de aquéllas que en la aldea haber pudieren, mientras una sola bailaba en el ruedo para vigorosos mancebos y otros no tanto pero sí entusiastas, a juzgar por la brillantez de sus miradas.
Vino entonces moza grande y redondeada a los brazos de Castrili y Castrili la probó en su peso y le tanteó las caderas gustándole bastante, mas no lo suficiente como para desprenderse así por así del dinero que portaba en los bolsillos, sobre todo viendo que otras mozas mejor dotadas que ella rondaban a su lado esperando el turno para presentarse a él, ya que en aquel recinto presentador no había.
Vino entonces moza baja y de senos gigantes que al momento fascinóle mas no tanto como moza rubia y delgada que su talle paseaba por el oscuro salón sin más ropaje que minúsculo calzón plateado y prenda que la intimidad de sus pechos le cubrían, de modo que micer Castrili se dejó querer y esperó que la rubia moza dignase por su lado pasar para intercambiar palabras ambos en un rincón de la habitación de baile, que era como se describe: piso sucio y asaz pegajoso, muros grasosos y pasillo estrecho que a dos cuartitos sin puertas daba, salón central do mozas por turno bailaban sobre escenario con espejo, primero canción rápida luego lenta, entrando vestidas y saliendo desnudas y abrazando en su bailar una barra de hierro que mucho apetecía a los varones cuando ella contactaban.
No bien alejóse la de senos gigantes, moza rubia preguntó a micer Castrili si pluguiese yacer juntos en uno de los cuartitos del lugar. Éste, que encendido ya como cautín estaba, soltó prenda en menos que un gallo cantare y ella de la mano lo llevó al rincón pecaminoso, donde procedió como avezada moza sabe hacer. Pero sucedió entonces que micer Castrili maravillado grandemente fuese, al descubrir que nada sentía junto a tan magnífico ejemplar de la raza de las hembras y que a pesar de que ésta desplegaba todas las habilidades que en su corta vida había aprendido resultado de sus agitados avatares, su cuerpo o mejor dicho la representación de su virilidad tan dormida era, que diríase llegaba a roncar, exangüe y lacia como una tripa de lana. La moza rubia sintióse no deseada lo que la llevó a redoblar esfuerzos y cuanto más los redoblaba tanto más micer Castrili ansiaba echar marcha atrás en su plan, pero como el plan ya fuese en marcha sólo cabía esperar su resultado, que no era nada bueno, menos bueno cuanto a su lado un varón mas no delgado sino flaco, de pierna de varilla, daba con su escasa humanidad contra la gorda que antes a micer Castrili se ofreciese. Aferrábase a ella como culebrilla a tronco de árbol sin reparar que sus pantalones se manchaban en el piso y en creyendo el flaco que los gritos de la gorda verdaderos eran cortado fuese.
Demostración tal unida a la de un mancebo vigoroso ubicado en el rincón opuesto, quien unido a moza por la boca de ésta al contacto con su parte media lograba en poco tiempo satisfacción plena a su baja necesidad, angustiaron a micer Castrili, quien no pudiendo vencer el poder del ungüento intentó dar explicaciones que a mayor hablar peor resultado obtenían, ya que la rubia meretriz se apartó de su afán para recordarle con aguda voz que dineros que entran no salen porque el servicio cumplido está si la labor se ejecuta con prolijidad, esmero y estilo, lo que nadie podría reprochar en su accionar, probado tantas veces que dudarse de él jamás nadie hubiere, ni mujer ni hombre ya que hasta con hembras había procedido en más de una ocasión y con éxito, advirtióle con desdén. Micer Castrili admitió que la razón no estaba aquella oportunidad en su entendimiento sino en el de la mujer, mas quiso acometer de nuevo y pidióle que continuara su afán ya que el dinero daba para ese tiempo, puesto que ningún contrato estipulaba duración del acto sino sólo su valor, el cual los dos habían consentido sin presiones de nadie. Pero ella contestóle que jamás en esta vida desde las tierras de Gengis Kahn hasta las de los indios onas habíase visto a mujer sacar buen partido a una tripa de lana y riéndose lo demostró no sólo a él mismo sino a los otros dos mancebos, el flaco de pierna de varilla y el mozo vigoroso, quienes adhirieron a sus palabras con tan encendidas y picarescas frases que micer Castrili molestóse tanto como aquella vez que timado fuese en el colegio cuando niño era. De nada sirvieron sus protestas porque ya la moza ídose había, so pretexto que el turno de su baile llegárele, de modo que otra cosa no le quedó que arreglar su ropa en el rincón y ponerse a pensar con lástima en su pobre suerte y la pobreza de su plan, de lo que sucedió que deseos de llorar le dieron por sentirse abandonado no sólo por las mujeres todas del lugar sino también por su conciencia, que es la que gobierna el destino de las almas, de lo que puede desprenderse que cuando ser humano cualquiera cae en ese estado de abandono un peligro se anuncia, puesto que no otra cosa surge de un entendimiento despreciado que causar daño a sí mismo o a los demás en venganza de la afrenta que contra él se ha cometido (aunque con poca razón juzgare aquello pues un cerebro en ira es como un cerebro vano y por ende asaz peligroso), lo que en esta historia profético tornóse porque no habían avanzado los punteros del reloj tres palitos cuando micer Castrili el local abandonó dando patadas en las puertas. No bien enteróse el encargado de tal falta cometida, con sus contactos entabló conversación por aparato sin alambre y otros tres palitos hubieron de pasar para que la gente de la aldea a micer Castrili viera subiendo a un furgón acompañado de dos hombres de verde uniforme, quienes a palos lo encumbraban acusándolo en términos menos de academia que de taberna, términos que es de poco decoro explicitar en esta novela contada y que ya llega a su fin, sin enseñanza otra que aquella que sola se desprende, y es que mejor papel hace natura que idea, porque natura con generosidad otorga cuando a su fin uno se entrega, pero niega sus dones cuando le tuercen el camino.

domingo, julio 08, 2007

Cómo sucedió que los enanos fueron desterrados


Hubo un tiempo en que el universo estuvo poblado de enanos. Fueron enanos los que reconstruyeron lo que había logrado crear la humanidad antes de la primera hecatombe planetaria, antes de la segunda y antes de la tercera. Acerca de ésta última acción colectiva heroica hay crónicas que detallan el papel jugado por los enanos; de las anteriores los testimonios escritos se extraviaron y quedaron solamente los que recogió la tradición oral, que como bien se sabe terminaron convirtiéndose en mitos.
Los enanos se caracterizaban por ser trabajadores y memoriosos. Luego de la tercera catástrofe se organizaron en grupos y en cosa de dos años volvieron a poner a la tierra en el mismo pedestal de progreso y esplendor que ostentaba hasta agosto de 2214. Unos se dieron a la tarea de reconstruir el tejido social, otro grupo se dedicó específicamente a la medicina, un tercero a la ingeniería, un cuarto a las demás ciencias, un quinto a la religión y la filosofía y el último a la historia del arte (nótese acerca de esto último que se logró recuperar fielmente la historia de las artes pero no los contenidos exactos de cada disciplina, no la Ronda Nocturna ni Las meninas, desde luego, ni los pasos de El corsario ni la partitura al pie de la letra de La pasión según San Mateo. Del Quijote se rescataron sólo algunos capítulos, los demás no pudieron ser recordados por nadie, sin embargo felizmente la saga de Harry Potter está completa). Se basaron los enanos exclusivamente en recuerdos, lo que habla de la magna tarea que llevaron a cabo. Cómo fabricar y poner en funcionamiento un circuito eléctrico integrado inalámbrico a base de silicio, solamente a partir de saber que existía, es una empresa nada fácil. Lo mismo corre para el teletransportador, la rueda y el alfiler de gancho. El asunto es que los enanos, siempre, armaron un rompecabezas de miles de millones de piezas y lo hicieron bien.
Entonces, ¿por qué los desterraron?
Los genios que gobernamos hoy el mundo nos dimos cuenta no sólo de que en el fondo eran los enanos quienes conducían realmente los destinos del hombre, tejiendo redes invisibles que los llevaban a los puestos de poder, sino de que por eso mismo resultaban ser los autores intelectuales de las tragedias que posteriormente cubrían con sangre, sudor y lágrimas.
Ocurrida la tercera hecatombe, reconstruido el mundo por los enanos y devuelto el tejido a la trama, los genios ideamos un plan artero, consistente en decapitarlos la misma noche de gala en que presentarían a la rediviva y brillante Deux ex machina en el mítico Kodak Theatre de Los Ángeles. Nada que estuviera a la vista se tiñó de rojo; todo ocurrió entre bastidores. Pero quedaban un segundo y un tercer grupo de enanos, tan magistralmente se organizaban en las emergencias. El grupo B, que también era de temer, fue enviado a Venus en un autobús nuclear. Allí se calcinaron en segundos, con autobús y todo. El accidente se atribuyó a una falla humana. En cuanto a los inofensivos que conformaban el grupo C, éstos fueron teletransportados a Plutón, el planeta enano ubicado al margen del sistema solar, mediante el método ordinario de incorporación a pie a las cintas. La misión tomó varios días.
Últimamente hemos tomado conocimiento de dos hechos que nos inquietan: los enanos han organizado todo un mundo allá en Plutón, donde no se concebía otra posibilidad de vida que la de la supervivencia a secas más algo de música proveniente de pantallas comprimidas. Llegan noticias de ciudades, de cúpulas gigantescas, de escenas lascivas. Se habla incluso de un feroz crimen a la salida de una boite. Lo otro es que varias de nuestras esposas han dado a luz enanos. Esto lo hemos tratado de mantener en secreto, pero el secreto ya nos está costando demasiado caro.
(Ilustración: Sergio Mardones)

martes, junio 26, 2007

El diácono

El santo hombre había muerto y las fieles parroquianas preparaban su cadáver desnudo para el espectáculo final, en el féretro. En dos días sería bajado a la tierra y ya no vería más la luz. Era el diácono más amado de la diócesis, célebre por su templanza, que es realmente una virtud cuando el hueso, el músculo y la piel se acomodan tan bien al cuerpo que les da forma que éste seduce por ese sólo acto a los contrarios; tal era su caso. De allí que desde el primer minuto de su deceso las monjas del convento y los periodistas comenzaran a elucubrar acerca de una no tan lejana apertura del proceso de beatificación. Y no solamente por aquella virtud, lo que ciertamente parecería una exageración a los teólogos vaticanos. Cientos de ejemplos daban prueba de las otras seis. En una población periférica se hablaba incluso de dos milagros nada de fáciles, consistentes en resucitar por partida doble a un suicida. La primera vez, tras desplomarse desde una torre de alta tensión. La segunda vez, tras arrojarse a las ruedas de una camioneta. La tercera vez se lanzó de un edificio y se reventó. En aquella oportunidad el diácono rezó un padrenuestro ante lo que quedaba del hombre y luego murmuró un verso, dicen que de Mallarmé: "No debemos forzar los talentos".
Un mocoso de unos siete años que solía rondar la parroquia para ganarse unos pesos haciendo mandados vio luz y agitación y se metió a curiosear a la pieza donde preparaban el cadáver.
-¿Quién es? -preguntó.
-Don Manuel -le dijeron, sollozando.
-¿El tío Manuel?
-Sí, hijito. Acaba de morir. Inclínate a rezar...
-No es el tío... no... no es el tío -repetía, angustiado- ¡el tío tenía la pirula bien grande y éste la tiene chiquitita!

martes, junio 19, 2007

Historia de dos santos, según la versión del narrador fantasma

Se dice de los cuentos fantásticos que poseen la característica de hacer creíble lo imposible, tal como se afirma de los otros que transforman en ficción la realidad. Tanto en unos como en otros es usual que el autor recurra para su relato al viejo ardid del narrador fantasma, veedor omnipresente que imita el estilo atribuido por el hombre a las divinidades. Introduzco este comentario lindante en la simplicidad porque da la coincidencia de que para la historia que les será presentada el narrador fantasma es quien habla, aclaro que alejado de toda metáfora. Un muerto en primera persona. El narrador fantasma en bruto, un soplo de energía en el universo. No tengo edad, no tengo carne, no tengo huesos. Soy, como ya lo he dicho, un narrador fantasma a quien, debido a su situación privilegiada de estar siempre donde se debe, ya sea en el espacio como en el pensamiento, se le ha pedido hacerse cargo de su propio cuento y completar las páginas no escritas del acontecer que siguió a su partida.
Ah, Norma, mi mal apreciada Norma, cuánto te descuidé en mi ceguera, con cuánta frecuencia menospreciaba tus delicados gestos; diría que recién desde el minuto que antecedió a mi muerte he tomado conciencia del asunto. En los días fríos, nublados, evadía tu mirada. Tú querías ir al museo y la sugerencia era como si me clavaran un cuchillo, me cortaran la respiración. Abandonar de pronto, por la ocurrencia de una esposa, el calor de la estufa a parafina y la manta sobre las piernas una tarde de domingo. Para ir a qué. A ver cuadros, horribles "instalaciones de arte", mamarrachos de la nueva escuela. Ah, Norma, siempre atractiva a pesar de los años, misteriosa, serena y alegre, a pesar mío. Querías abrirte un poco más a la vida y a ese tipo de belleza que se cultiva en las salas de pintura o de conciertos, abrirte al placer estético que solo se experimenta en compañía de otra gente, una especie de gusto compartido, exhibicionista, placer cinético opuesto al que se siente cuando el arte se halla en la soledad de una habitación a oscuras. Y yo te dejaba ir, aparentemente sola, a sabiendas de que naturalmente ante tus pasos se iba abriendo el surco que conduce al engaño, lo intuí en vida y lo confirmé desde el mismo instante en que me instalaron en el cajón, carcomido por el cáncer. Si supieran los vivos lo que llegamos a saber los fantasmas tal vez evitarían protagonizar ciertas situaciones reñidas con la moral, de esas que se acometen entre cuatro paredes, a la segura, ya sea sin testigos o en la intimidad del ominoso secreto compartido.
Pero heme aquí, en el décimo aniversario de mi partida desde el mundo material a esta zona irrelevante donde no existe el licor ni el poder político ni las perversiones ni el pecado ni los enredos de la mente, heme aquí convertido en protagonista de una fiesta en mi recuerdo, organizada por ella. Y qué puedo ver desde ya. Los preparativos. Norma hablando con Bruno y Felipe, rogándoles ponerse de acuerdo entre ellos para que uno de los dos diga algunas palabras durante la cena que se realizará este sábado y que será el broche de oro de la peregrinación a mi tumba, ubicada en la colina del pueblo en que viví mi pasión.
Cuántos cándidos lectores de estas páginas desearían estar en mi lugar. Conocer con todo detalle la impresión, el recuerdo que ha quedado de cada uno de nosotros en la tierra. No me envidien. Desde esta zona todo se hace gris y se contempla sin efervescencia. No es emocionante, no provoca sorpresas ni curiosidad, tampoco la desesperación que de seguro prendería en un cuerpo de sangre caliente al observar hechos que le atañen sin que pueda intervenir en ellos. La traición aquí no existe, la esperanza, la ambición, cuesta incluso rememorar conceptos como esos desde la plataforma de la insensibilidad. No hay brasas, no hay infierno.
A la peregrinación seguirá una misa y todo rematará en la noche, a partir de las nueve, con la cena de adherentes que ha organizado Norma, quien dispuso un menú sencillo: sopa de cebollas, carne al horno con papas cocidas y mayonesa, helado, café y whisky, dos o tres botellas para dejar entonada a la concurrencia. A diez años de mi muerte, una cena hecha a mi medida, como si pudiese o quisiese paladear bocado alguno. Ella, que adora el pescado, se ha sacrificado. ¿Por mí? ¿O por el recuerdo que los demás conservan de mí, de forma de realzar como a la pasada un fiel amor que no muere? Permítaseme disentir: ella actúa así porque es humano hacerlo; es humano alimentarse de sentimientos que honren lo bueno que ofrece la vida. Todo lo ha dispuesto como a mí me agradaba. Una cena relativamente sencilla, de antigua clase media, sin aspavientos, un sitio reservado que llama a la extravertida introversión. Una hora especial: la consagración, el asiento de la noche con su fluido misterioso y reposado, el peso de las estrellas bajo el sol. Ha dejado la elección del vino en manos de Bruno y este, recordando mis preferencias, se está inclinando erróneamente por el Santa Rita Tres Medallas, que me había dejado de llenar el gusto mucho antes de que él dejara de visitar la que fue mi casa, pero cómo lo iba a adivinar; Bruno el amigo hipócrita que disfrazado de bueno me ponía los cuernos en el motel cercano al museo mientras yo escuchaba los partidos dominicales por la radio, o mientras yo soñaba mis sueños de grandeza en los que logré incorporarla. A Norma. Pero no del todo. De otro modo no hubiese actuado ella así, es lo que pensé en el momento de subir a la barca. Ahora ese punto está aclarado. Norma me amó y me sigue amando con ese amor que el velo del tiempo embellece, me amó de la misma forma que se entregaba a brazos más fuertes y a besos más generosos. Los mecanismos del deseo son incomprensibles y los del amor, discutibles. Yo la deseaba, pero no la quería; ella me quería, pero no me deseaba. ¿Son incompatibles la disonancia entre el amor y la atracción sexual en el mundo de la carne? Así fue nuestra vida de casados.
Bruno y Felipe no terminan de sorprenderse al constatar cómo año a año la cantidad de comensales ha ido en aumento. Lo normal es que para celebraciones como estas vaya sucediendo lo contrario. Las primeras reuniones fueron en una casa de población; esta vez ha sido necesario reservar el comedor de un hotel ubicado a los pies de la colina, en las cercanías de la desembocadura del río Rapel. Bruno, el patán hecho y derecho que siempre fue -y aún así era mi amigo-, lo digo sin resentimiento, ha ido cambiando de parecer y ahora cree, a la luz de los hechos que describo, que si su mundo es el mundo de los exitosos, el del Más Allá es el mundo de los que en la tierra fueron perdedores. Pero se guarda muy bien de proclamarlo. De allí que ni él ni su socio, Felipe, se sientan cómodos con la petición. Observo ahora que idea un plan, diríase todo lo burdo que puede ser un plan como ese y por lo mismo bastante sensato para los oídos de su socio, a quien cree conocer muy bien. Es habitual que sus reuniones de trabajo terminen en algún pub, donde toman unas copas mirando hacia otras mesas, femeninas, desde luego. Esta vez se han agregado casualmente a la cita vespertina dos o tres amigos que han adherido a la cena del sábado. Bruno cuenta al pasar sobre la petición del condenado discurso, lo de condenado es de mi cosecha, lo admito, y hace ver que Felipe posee más "dotes dramáticas para una cosa así". Se entabla un breve intercambio de opiniones con Felipe, que culmina en favor de Bruno, cuando este alude a las "razones obvias" por las cuales sería preferible que no fuese él quien usara la palabra, "razones obvias" que Felipe termina aceptando, sin entender del todo.
Por la noche, en el amplio living de su departamento en Providencia, Felipe comienza a preparar el discurso. Sentado en el sofá, con su jerez sobre la barnizada mesita de superficie circular, resuelve escribir primero unas líneas de puño y letra. Su molestia creciente confunde sus ideas. Repara en que Bruno ha sido igual desde los tiempos de la universidad, con ese poder de persuasión y esa rapidez mental que convencen y hacen que después, en la soledad de la habitación, uno se inflame de rencor y lo arrincone contra la pared, le rebata sus palabras y le gane las discusiones. Esta vez lo ha vuelto a poner en un problema. Se pregunta si acaso ignora que el homenajeado a diez años de muerto nunca fue santo de la devoción de quien escribirá finalmente el discurso en su homenaje. ¿No se enteró de lo de Norma? Felipe admite en su conciencia que nunca habló del tema abiertamente con su socio y recuerda que si lo hicieron algún día no pasó de vagas indirectas, mas piensa que al menos debió sospechar la aventura que hubo entre ambos, de modo que su estado esa noche es el estado del torturado irresoluto. Recrea una vez más la escena vespertina en el pub. Había otros amigos. ¿Por qué estaban allí? No pudieron haber llegado de casualidad, como imaginó al verlos. Ahora, con el desasosiego y el regusto plácido que le deja el jerez en el paladar, le resulta obvio que Bruno los citó para que sirvieran de testigos. Ante ellos se le hacía más difícil decir que no. ¿Qué razones para no usar la palabra oficialmente, qué razones para no ponerse de pie en el momento del tintineo de las copas habría de dar él, Felipe, el más desprotegido de los dos ante Norma?
Solitario ante su conciencia escribe las primeras frases del discurso con el convencimiento interno de que yo, el héroe de la noche estelar que se acerca, no fui otra cosa que un ególatra afortunado en el amor. Tras releer el primer párrafo descubre que de manera invisible esa idea se ha plasmado en el papel, ya en un adjetivo, una frase entre guiones, una partida grisácea, no logra detectar dónde se halla la confesión del crimen, de manera que detiene la redacción y le da el bajo al jerez, rabioso. Su mujer, Rosario, aparece con una bandeja, lo ve dubitativo y le pregunta qué le pasa. Felipe la pone al corriente del vía crucis del discurso, guardándose muy bien lo esencial, y le pide un consejo.
-Arréglatelas solo, pero te advierto que de ese santo tienes mucho que aprender -le dice.
-¿En qué quedamos? -reclama el esposo y se vuelve hacia ella, alterado, sabedor de que utilizó un giro arriesgado, provocativo. Pero Rosario ya ha vuelto a la cocina.
Al momento de la cena, bebe tres copas de vino y luego se echa un trago de vodka a la boca. Absolut. Sabor a mandarina. Rosario ya está en cama, viendo la tele. A los pocos minutos el alma le vuelve al cuerpo. La mente se le aclara. Piensa que el primer ajuste, destinado a implantar cierto orden lógico, sería presentar a los personajes en estricto orden de aparición, para de ese modo reforzar el papel del homenajeado (yo) cuando llegue el momento de recrear su historia (mi historia). Así quedará bien ante los ojos de Norma (lo que le interesa).
"Esta historia nació a principios de la década de los setenta -escribe bajo lo tarjado- y el primero en hacer su debut fue Acevedo Illanes, ese oscuro jugador universitario de pimpón que se perdió después del Golpe. Esa tarde yo estaba con él, acompañándolo en su humilde pieza del Pabellón I del Pedagógico, cuando durante un delirio atribuible a la fiebre musitó el nombre de Yumiko, alumna suya descendiente de japoneses, ¿la recuerda alguien?".
Imagina sin asomo de duda que dicha escena, narrada con los matices de voz que le han dado fama de actor entre sus amigos, causará un efecto divertido en el comedor reservado del hotel. Norma sonreirá y lo mirará con ternura y algo de maldad, como si lo castigara. Eso le bastará para sentirse bien. Desea provocar ese efecto. ¿Y si añadiera que esa misma noche Yumiko, enterada del episodio vespertino, acudió a visitar a Acevedo Illanes a su lóbrega habitación, informada de su estado gripal, y le puso un paño frío en la frente? ¿No sería demasiado detalle? Podría agregar incluso que Acevedo Illanes fue un aventajado ayudante de cátedra y Yumiko, su alumna predilecta. Da por descontado que una buena parte de los que estarán en el festejo han escuchado la anécdota alguna vez, pero teme nuevamente que eso sería alargarse demasiado. Lo que sí es seguro es que debe quedar muy claro que el nombre japonés pronunciado por el ayudante con los sesos hirviendo sólo se debió a su delirio, ya que al otro día las cosas volverán a ser como eran, al menos para Acevedo Illanes. No pasará lo mismo, sin embargo, con Yumiko, quien si ya dudaba del amor que realmente sentía hacia "nuestra alma en pena" -tacha esa desafortunada metáfora con que me define, apenas la ha escrito-, ahora ha despejado las dudas durante "la escena en la pieza del Pabellón I". Le han bastado un paño frío y haber escuchado gracias, Yumiko de labios del enfermo para enamorarse perdidamente del ayudante y refregarle en la cara a "nuestro héroe de la noche" (yo) su pasión por el otro, gesto clave que a la postre daría origen a la leyenda del "alma que nos convoca".
Me sorprende la buena memoria de Felipe. Recuerdo haberle contado una sola vez este fragmento de mi vida. Si lo memorizó al dedillo debió de ser porque ya en esos días le daba vueltas a la idea de seducir a Norma y darle con todo por el culo, ruego me perdonen esta pequeña salida de madre. En verdad, tal como lo ha escrito en su discurso, a mi modo de ver desafortunado, porque habla de asuntos que tengo el derecho a olvidar después de muerto, las burlas de Yumiko provocaron un pesar intenso en mi alma, una herida grave en mi corazón. Tal vez porque algo de mi dolor, sin querer, se desliza como una sombra venenosa por aquel amplio living de Providencia, Felipe bebe otro vaso de vodka y cambia de idea. Decide comenzar el discurso en los prados del Pedagógico para darle un aire nostálgico y trascendente. Los personajes deben volver a ser esos jóvenes de los tiempos de Allende, cuando en Chile había mucho circulante pero nada que comprar, cuando Colo Colo campeaba en los pastos internacionales, mas repara en que el detalle excesivo lo vuelve a desviar del tema. Piensa que es fácil desviarse del tema cuando los personajes secundarios aportan poco y nada: un ayudante de cátedra y una asiática diabólica. Se prepara el tercer vodka, saca otra hoja y vuelve a comenzar. Desde la cama, ante la pantalla, Rosario le recuerda: no bebas tanto.
Mejor ir al grano, se resigna. Debo tratarlo bien, debo dejarlo muy bien puesto, debo elevarlo, Norma seguirá mis palabras con total concentración, Bruno nos mirará a ambos. No puedo darme lujos. Su conciencia alimentada con tres vodkas se aclara: la historia es una historia de insania más que de mediocridad -siendo también de mediocridad- tal vez de necedad y candor, en ningún caso de heroísmo. Imagina que debería comenzar el discurso afirmando entonces que "el personaje que nos convoca esta noche, herido en lo más profundo de su corazón por un rechazo que hoy no cabe analizar pero que, por dar una pista, se remonta al lejano oriente (espacio para risas), digo que el personaje que nos convoca reniega para siempre del amor y comienza a buscar mujeres para satisfacer sus apetitos carnales...".
Nuevo tropezón, siente. ¿No debería decir mejor que justo en aquellos días en que "buscaba mujeres para satisfacer sus apetitos carnales" él conoció a Norma y no debería decirlo con las palabras textuales que usó para referirse a ella, "una cabra de poto considerable y pelo largo"? No, piensa, sería una extrema vulgaridad, aunque haya sido cierto que lo dijo. Ni siquiera sus gestos más histriónicos harían reír a los presentes. No, lo mejor es adornar la realidad y hablar de un flechazo instantáneo entre ambos en los prados del Pedagógico, de una mujer que lo devolvió a los brazos de Cupido y le hizo creer de nuevo en el cielo, suena cursi pero es preferible al riesgo de la verdad. La pluma de Felipe corre entonces más rápido. Silenciosamente vuelve a llenar el vaso. En el dormitorio se apaga la luz. Escribe casi de corrido: "Con Norma, su amor adquirió otra intensidad y otro significado. Se le antojó más serio y trascendente, sinfónico y coral. Ya no fue el masoquismo lo que orientó y le dio fuerza a su pasión sino la espada del idealismo y la entrega desinteresada y absoluta a las grandes causas junto a la que habría de ser la compañera del resto de su vida". Es el momento, piensa aquí, de introducir el motivo central del discurso: la gran empresa de la santidad. Sus labios van al cristal tallado y el lápiz vuelve a la hoja: "Sin consulta previa y sin que hasta hoy se conozca la razón de fondo, nuestro recordado héroe decide nada menos que hacerse santo y emigrar al campo, lo ha planificado silenciosamente, a un caserío perdido entre las tierras de la Cordillera de la Costa, donde todo es más puro y noble, así solía repetir a quien quisiera escucharlo. Desde ese lugar se propone fundar una nueva forma de vida, algo que dé que hablar, aunque sinceramente no es eso lo que busca realmente, dar que hablar, sino inyectarle un sentido universal a su existencia y por extensión, a las de los demás, a la del mundo entero. Lo anterior jamás lo escuché de sus labios, pero poco importa: ya está incorporado al mito de su vida. Y como nos lo enseñó una película de John Ford, ante la disyuntiva entre la verdad y la leyenda debe uno inclinarse por esta última".
Felipe se entristece bruscamente. Se ve a sí mismo borracho, sentado con una hoja en la mano y un vaso de vodka en la mesita circular; escucha el ronquido de su mujer y recuerda entonces claramente aquella mañana en que él y Norma se encontraron en el café Los Cisnes y Norma le confesó que jamás se iría al campo conmigo. Esa mañana le saltó el corazón como le salta ahora. Ese era el momento, no habría otro igual. Le toma la mano y dice entenderla perfectamente; ella mira hacia el vacío. Es un día nublado; los estudiantes entran y salen de la facultad y ella sigue mirando al vacío, sin darse cuenta de que él le ha tomado la mano y le acaricia el pelo. Entonces suena el teléfono y la magia se rompe. Felipe levanta el auricular. Es Bruno. Le pide perdón por llamarlo "a tan altas horas de la noche", le agradece su disposición a usar la palabra pero le solicita que abandone el discurso. Por qué, qué pasa, ya me estaba entusiasmando, socio. Es que Norma quiere que hable yo. Ah, bueno, donde manda capitán... y cuelga. La decisión ya está tomada. Lo lamenta por los comensales. Intuye lo que sus oídos escucharán la noche del sábado, una hipótesis lógica, una suma de datos matemáticos, queriendo decir fríos, que poco y nada aportarán a la historia. Qué se le va a hacer. Por ahora Bruno es el dueño de todo, hasta de Norma...
Felipe ignora que el verdadero dueño de todo es el lector. Basta que le dé por abandonar el texto, cerrar el libro y la historia se corta. Él no lo sabe, pero yo sí. Mi misión, entonces, como invitado de piedra a la cena del sábado, es buscarle un ajuste al relato para que llegue a su fin, ya que las cosas han cambiado luego del telefonazo.
Para el que espera y para el que sufre, el tiempo se alarga. Para quien se atrasa o goza, se acorta. Para el que se concentra absolutamente en su labor, desaparece. Para el narrador fantasma no existe. Siguiendo rumbos diferentes, todos terminamos encontrándonos inevitablemente en el mismo sitio. Así han pasado estos días y así hemos llegado a la cena del sábado. Los invito a situar la escena que viene en el comedor del hotel, repleto y bastante más animado de lo que Norma habría imaginado, gracias a la influencia de Santa Rita y sus medallas y del colorido efecto que han hecho el aperitivo, la entrada y el plato de fondo en los rostros de los comensales. El tiempo, que como he dicho miente en los detalles, alargándose o acortándose, se torna inclemente con los que fueron jóvenes. Pero esta noche, a pesar de que la belleza se ha marchado en apariencia, el atractivo se refugia en las miradas y los gestos, en la alegría de estar juntos. Bruno hace sonar una copa con el tenedor y la algarabía comienza a declinar. No han transcurrido veinte segundos cuando en la sala ya no vuela una mosca. Se levanta, toma un papel y saca a relucir su voz ceremonial de las ocasiones solemnes; Felipe lo observa desde la mesa del frente.
"Queridos amigos. El personaje que nos ha reunido esta noche es... (pronuncia el que fue mi nombre), quien nos acompaña en espíritu, de eso estoy seguro. Seré breve, a pedido de Norma. Todos sabemos que sobre nuestro personaje se podría estar hablando horas, pero recordando una de sus frases, lo bueno, si breve, dos veces bueno, que en honor a la verdad, no siendo suya él la hizo suya, me concentraré en destacar solamente las claves de su vida. (La concurrencia está siendo testigo de una partida en falso y el mismo Bruno lo siente así apenas acaba de leer el discreto primer párrafo; tarde se da cuenta de que brilla por su ausencia el obligatorio chiste inicial y de que hay palabras que ensucian el texto, se pregunta cómo pudo ser tan torpe y recuerda que lo que sigue no es mejor, pero ya está metido en el forro y saldrá adelante una vez más, como acostumbra a hacerlo.) Y la primera clave es cómo entender su aspiración quimérica. Para hacerle honor a su historia hay que remontarse en el tiempo. Nuestro amigo y maestro fue un estudiante universitario venido de la provincia, que en su niñez se impresionó vivamente con las revistas de caricaturas de las editoriales mexicanas Sea y Novaro, especialmente con Vidas ejemplares, que ilustraba las historias de los santos. En su adolescencia se entregó en cuerpo y alma a un movimiento católico de su ciudad. Por esos tiempos asistía a misa los domingos y dejaba de comer por lo menos dos horas antes. Jamás comulgaba sin haberse confesado al comienzo de la eucaristía y le escandalizaba contemplar cómo otros y especialmente otras -las chicas que en ese tiempo le gustaban- desobedecían dichas reglas sin vergüenza alguna y hacían la fila para sacar la lengua y comerse la hostia. Él, según me reveló más de una vez, jamás se la comía, sino que dejaba que se disolviera, como le habían enseñado, aunque siempre se le quedaba pegada al paladar..." (Oh, Dios, por qué no habrá hablado Felipe en vez de Bruno, siempre imaginé y ahora lo corrobora la audiencia, para mi desgracia, que el buen hablar no es sinónimo del buen decir; un seductor trabaja en áreas pequeñas, esa es su especialidad, pero le daré una chance y espero que ustedes también; dejemos que prosiga su discurso).
"Me remito entonces a sus culpas y frustraciones. Agrego, como datos importantes de la causa, su sentimiento de culpa ante el vicio solitario y su tardía pérdida de la virginidad. Si menciono esta noche y delante de la que fue su mujer aquellas aparentes muestras de fragilidad suyas, lo hago justamente para subrayar las motivaciones que guiaban su existencia. La admiración de la vida de los santos y el sentimiento de culpa ante el pecado de la carne hace, si no lógica, al menos comprensible, la insólita idea de la santidad que algún día le asomara  en la cabeza. El problema de nuestro venerado amigo fue que se saltó varios pasos y se lanzó a la aventura sin conocer ni a San Agustín ni a Santo Tomás. De hecho, jamás caminó por soleados claustros acompañado de teólogos confesores y nunca tuvo a la madre iglesia detrás suyo. No reparó tampoco en la primera ley de la santidad, que reza textualmente que para ser santo hay que ser bueno, lo que está a un paso pero también a una enormidad del propósito de querer ser bueno. Él no fue lo que se llama un hombre bueno, pero nadie puede negar que quiso ser bueno. Y lo quiso con fervor.
"Pero nuestro santo eligió un mal momento. Dejó la universidad cuando más complicadas estaban las cosas, políticamente hablando, cuando más compromisos y definiciones se exigía a cada ciudadano. Declaró a quienes estaban por casualidad junto a él que su guerra no era de este mundo y partió a vivir a un cerro en la Cordillera de la Costa. Era su plan el siguiente, tal como lo dejó escrito en su diario: Vivir de la caridad, vivir con extrema modestia, proclamar la palabra espiritual desde las alturas y por efecto de chorreo, evangelizar primero a los campesinos y luego, a los que se pudiera. La gente del campo escucharía sus palabras con curiosidad, después con veneración. No tendría necesidad de hacerse réclame pues su fama se iría transmitiendo de boca en boca.
"Así, las primeras semanas transcurrieron en paradisiaca espiritualidad. Nuestro héroe encontró un lugar en el cerro donde echó sus huesos y se concentró en la meditación y el goce de la naturaleza. Una vez al día les metía mano a sus provisiones, que iban escaseando. Un arroyo que corría por una quebrada le apagaba la sed. Al tomar conciencia de que había logrado establecerse y de que se le habían acabado los alimentos volvió a Santiago con dos objetivos: comprar más provisiones y traer consigo a Norma para empezar a recorrer junto a ella el camino de la santidad. En su diario anotó, el día del regreso a la capital, lo siguiente: Veo, al entrar a la gran ciudad, a un grupo de niños jugando en el patio de una escuela. Me asombra que nadie se dé cuenta de ello: ¡están encarcelados en un pequeñísimo cuadrado de tierra, cuando la naturaleza y los verdes prados los esperan para que corran y jueguen a sus anchas!".
Bruno estima que ha levantado vuelo y para hacerle honor al momento alza un libro y lo muestra a la concurrencia.
"Aquí está el diario, contémplenlo como se contempla La Biblia", ordena con sobreactuada gravedad y tras beber un sorbo de agua, continúa leyendo.
"Nuestro personaje había conocido a Norma hacía dos meses, tras una desilusión amorosa. Al principio no abrigó esperanza alguna en ella porque sus prejuicios de provinciano tímido le dictaban que una joven atractiva era superficial. Tuvo que romper el prejuicio otro prejuicio: una tarde, echados en el césped del Pedagógico, Norma le enseñó unos poemas escritos al pasar, que guardaba en un cuaderno. Él los leyó con emoción al tiempo que su mente dictaminaba que una chica que escribe poemas es una chica profunda y sensible. Se le declaró con pasión y allí mismo iniciaron el romance, de modo que cuando huyó al campo su desilusión inicial yacía sepultada bajo el manto del amor de Norma y cuando volvió a buscar provisiones reparó en que más que el alimento material, lo que echaba de menos era el alimento espiritual y sobre todo los besos y abrazos de Norma. Hago un paréntesis para referirme a Norma, aquí presente. La estudiante de entonces, que tal vez lo besó por curiosidad antes que por amor, se dio cuenta de inmediato de lo temerario del plan, dudó unos días en seguirlo al campo, pero aceptó. ¿Fue la fiebre de este loco idealista la que consiguió lo que parecía imposible? ¿O fue su anhelo de dejar el hogar, influenciada por los mensajes revolucionarios que venían infiltrados en las canciones que llegaban desde el mundo hippie? Cualquiera haya sido la causa y les prometo que nunca lo hemos conversado, pues pertenece a su más sagrada intimidad, la pareja se fue a vivir a un cerro de la Cordillera de la Costa y desde ese momento mi amigo comenzó a escribir la bitácora de su caída, que se puede resumir en siete puntos, siendo el primero el de las deficiencias de su prédica. Y es que, en efecto, a poco andar, detectó que no poseía condiciones de predicador. Su voz nunca había sido potente, no porque no necesitara que lo fuera sino quizás porque como no era potente se convenció a sí mismo de que no le era necesaria esa cualidad. Nuestro personaje fue de niño persona de observación y silencios, no de palabras, de modo que desde sus primeras prédicas al viento, de pie en el montículo elegido, se le hizo obvio que hablar en voz alta significaba para él un calvario antes que un excitante deber. Dibujó para él en su alma la imagen de una figura ridícula, enloquecida, similar a la de Hölderlin en sus años de la torre; y descubrió con horror, además, que no tenía qué decir, aunque por las noches, en las horas de insomnio, resultaba evidente que el mensaje que guardaba en su mente era estructurado, bello y consistente. La vida ascética, la entrega al vacío, el desprendimiento del yo y el amor de los unos a los otros era sin duda el mensaje central que deseaba transmitir, pero esto cabía en una línea y un discurso exige más que eso.
"A esa falencia se le sumó naturalmente un segundo inconveniente: la indiferencia del habitante rural. Los campesinos a veces miraban hacia la cima del farellón y divisaban su figura; incluso captaban una que otra palabra de las que nuestro hombre pronunciaba, de preferencia al amanecer y al atardecer, cuando los hombres acudían a sus labores en la tierra o regresaban de ellas. Es cierto que en el villorrio se difundió la noticia de la existencia de la pareja de ermitaños, pero no fue más que eso. Norma, que era la encargada de llevarle las noticias cada vez que bajaba a adquirir harina, sal, azúcar y aceite, tuvo que decirle que la gente lo miraba con un poco de miedo, pues pensaban que era "un loco del movimiento Silo". Al ser apremiada una noche por su angustiado amante, terminó confesándole que más que rechazo, lo que observaba en el pueblo era indiferencia.
"¿Qué le quedaba, sino cambiar de estrategia? El periodo del farellón duró unos seis meses. Con la llegada del invierno las cosas se pusieron duras y mientras la dirección del viento cambiaba una nueva idea maduró en el cerebro de este Quijote chileno: la de bajar al pueblo para ser uno más entre la gente y transformarla desde el terreno mismo. Norma me lo confirmó, años después. Me dijo que escuchar esa frase en aquel momento le dolió: "Ser uno más, ser uno más -me repetía ella-. Al menos si hubiese dicho ser dos más, o ser una familia más. Pero no, vivía enclaustrado, absorbido por sí mismo, porque siempre creyó que yo lo acompañaría donde fuera desde mi plano secundario y que lo haría porque lo consideraba un gran hombre, a pesar de todo". En agosto bajaron al villorrio, arrendaron una pieza y se iniciaron en las labores del campo. Nuestro héroe se ocupó como operario de una avícola y Norma, que tenía estudios avanzados de pedagogía, consiguió un reemplazo en la escuelita básica. En esas circunstancias fue cuando los volvimos a ver, un fin de semana en que nos invitaron a su modesta vivienda a Felipe y a mí. Esa noche, algo entusiasmados por el vino y los recuerdos de la vida universitaria, me animé a preguntarle en qué había quedado su místico propósito original, pues no advertía en él nada que se pareciera a la vida de un santo, exceptuando la extrema pobreza de la habitación en que nos hallábamos. Él guardó silencio, como si hubiese estado esperando esa pregunta durante meses, y me respondió con otra de sus frases: La montaña no ha ido a Mahoma, entonces Mahoma fue a la montaña. Allí supimos que estaba perdido".
No era mi ánimo volver a interrumpir su discurso con mis acotaciones entre paréntesis, pero la carga de esta última sentencia me obliga a acotar que apenas Bruno la pronuncia, Norma baja la cabeza y se enciende. Felipe la mira, nervioso; ella no sabe si estallar de vergüenza o estallar en llanto, le cuesta contenerse al chocar de frente con una historia que ella misma entregó en bandeja y que ahora se da cuenta de que tal vez no deseaba recordar. Se arrepiente de no haberle dado una lectura previa al texto y por un segundo quisiera desaparecer del comedor, mas se rehace, dignamente. La incomodidad que la inundaba se traslada al resto de los comensales. Rosario intenta animarla con un gesto de simpatía que se pierde en el aire. Bruno, consciente de la misión que se autoimpuso, prosigue la lectura.
"Norma fue contratada al año siguiente y el Quijote chileno consiguió un ascenso a capataz. El trabajo los fue consumiendo. Compraron una casita de adobe que había pertenecido a un anciano del lugar. Les gustó porque tenía un bonito parrón. Las prédicas cambiaron por conversaciones en el trabajo, pero resultaba evidente que a nuestro personaje la charla le era desagradable y por tal motivo solía comentarle a Norma, cuando ésta le recordaba por su bien el propósito original que los había llevado al campo, que su discurso verbal había trocado por el de predicar con el ejemplo. Como jefe era apreciado, aunque se decía de él que era demasiado estricto. No perdonaba, por ejemplo, las ausencias debidas al consumo de alcohol (Bruno dirige la mirada hacia Felipe y logra las primeras carcajadas de la noche. Aprovecha el momento para beber otro sorbo de agua y continúa). Y así llegamos a otro día clave en las vidas de estos santos, aquel en que Norma le comunica que se encuentra embarazada. Nuestro héroe sufre un ataque de pánico, eso lo supo mucho después. Como en aquellos tiempos los especialistas no habían diagnosticado esa patología, que hoy llega a ser poco menos que una moda hasta bien vista, él tuvo sólidos fundamentos para concluir apresuradamente que se estaba volviendo loco. Experimentó sudoración intensa, taquicardia, pérdida de apetito y un miedo inexplicable, sentía deseos de huir sin rumbo. Le costó meses darse cuenta de que la vida continuaba y de que él, a pesar de todo, podía trabajar y podía vivir. Norma dio a luz un bebé que pesó 3 kilos 200. Un robusto varoncito. En cuanto a nuestro homenajeado, este enfermó de verdad al año siguiente. Primero fueron leves dolores que atribuyó a la continua observación de las aves de criadero en una posición propensa a los ataques de lumbago, luego comenzó a bajar de peso. Norma, preocupada, lo envió a la posta. Fue derivado en interconsulta al hospital de San Antonio. Allí le diagnosticaron un cáncer. Un doloroso cáncer del que no daré más detalles para no dañar la atmósfera de jolgorio que nos reúne. Solo agregaré, y con esto termino, que a veces, por nada, Norma vuelve a contarme la historia de sus últimos minutos, situación que tal vez ilustra la esencia de este santo de la era moderna, nuestro homenajeado, nuestro Quijote. Ella me asegura, y no tendría por qué dudar de ello, de que una media hora antes de morir su marido entró a la pieza donde se hallaba postrado, con una taza de agua de cedrón. Norma le susurró: tómese esta agüita, que le hará bien. Él, influenciado por la morfina, se persignó, los ojos se le hincharon, queriendo salir de sus órbitas, la miró entonces como si viera a la Virgen y le respondió, agitadísimo, aunque apenas podía hablar: Esas dulces palabras de amor... tanto tiempo escuchándolas... toda una vida... era usted a quien buscaba... y no me daba cuenta... perdóneme... Norma dejó la taza sobre el velador y él se echó a llorar en sus brazos. Estaba en los huesos. Así fue como abandonó para siempre esta vida y de esa forma nació el mito que nos tiene reunidos aquí esta noche".
La sala se llena de aplausos, Bruno va al encuentro de Norma, Felipe y Rosario luego hacen lo mismo; los demás invitados se les suman, algunos con saludos y guiños desde sus asientos; paulatinamente vuelve la alegría con sus voces estentóreas, bromas, risotadas, salidas de madre. Son los efectos del vino y del placer de festejar alrededor de un nostálgico recuerdo. Siento sus voces, escucho sus murmullos; ellos y ellas hablan ahora de lo que han sido, de lo que son, de las huellas que les va dejando la vida. Presiento que muy pronto entraré en la zona difusa en que me hallaba antes de que las almas de los vivos invocaran mi nombre. En esta frágil posición mis huesos y mi carne son los recuerdos, por ellos me mantengo. Los recuerdos se entrecruzan y los brindis se multiplican, todo marcha como debe ser, hasta las majaderías y los excesos se incluyen en este fluir del tiempo. Se acaba el vino, se retiran los platos, la noche avanza. Antes de que los autos enciendan sus motores surgen promesas de reencuentros. La sala se ha vaciado y es como si el cariño hubiese quedado atrapado en las paredes, como herida vida que espera ser cubierta por nuevas llagas de amor que pronto brotarán de otros comensales.
El camino rural que los conectará con la autopista que los devolverá a Santiago es pintoresco de día, pero intrincado de noche. Bruno conduce en silencio, mira fijamente lo que le indican los faros del auto; Norma entrecierra los ojos, vagamente insatisfecha. Le resurgen con fuerza las ironías vertidas por Bruno durante su discurso y las traduce como chispazos de rencor. Los pobres muertos no tienen derecho a nada y quisiera tomar su defensa, pero en su voluntad no existe la fuerza para hacerlo; el homenaje acabó y las reminiscencias de la fiesta ya podrían instalarse como otra lápida más en la colina. La reflexión y el cansancio sustituyen al diálogo. Él maneja a través de la sombra, atento al posible cruce de un caballo, de una vaca, de un borracho, bastaría un descuido suyo para integrarnos a la fuerza dormida, Bruno y yo, dos calculadores, piensa ella en la duermevela. Mientras, Bruno afirma el volante y mira de reojo a su acompañante dormida, rendida, la jornada fue demasiado para ella y por qué no también para mí, las imágenes se me despliegan como fantasmas que brotan de los bordes del camino; ¿de dónde ha ido surgiendo este grupo de apóstoles y alrededor de qué singular testimonio de vida? Lo que leí, ¿lo pienso de verdad? Y después de todo, ¿qué de lo que leí pudo dar la idea de sacrificio y santidad? ¿Acaso no conté la historia de un hombre como tantos? ¿No fue la suya sino la triste historia de un fracaso? ¿O es que, sin darme cuenta, mi discurso alabó la santidad que hay en la mediocridad que se sostiene en el sacrificio anónimo de la vida oscura, cotidiana, en la que no se renuncia a lo que se ha elegido, como si fuese el más sublime de los valores? ¿Y por qué les mostré el libro, su Biblia, qué quise decir con eso? ¿Que más que por su obra se le recuerda por su palabra? ¿Que la obra es la palabra? Curioso que sea este camino de tierra con sombras de arbustos que parecen visiones el que me alumbre el pensamiento. Por las tardes, cuando llego del trabajo y estaciono el auto, cansado, a veces sorprendo a Norma mirando al vacío desde la ventana, esa espléndida vista de Santiago que le he regalado. No me dice nada, pero yo adivino. Echa de menos la necesidad de proclamar el amor en voz alta, la pobreza material de una casa de piso de tierra, la renuncia a toda ambición, la derrota ante los designios de la naturaleza. Las almas sensibles traducen aquellas circunstancias, que para mí son carencias, en ideales de vida. De lejos las cosas se deforman y tienden a verse más bellas. ¿Es así la santidad? Mi alma no lo sabe, no he nacido para ser santo, mi objetivo en la vida es lograr el éxito. Mi consuelo es vivir con Norma. Norma es mi homenaje a un hombre que me inspira lástima y una secreta envidia, que está más allá de mi entendimiento.
En la habitación de hotel que comparte con su mujer, Felipe duerme. Mañana habrá tiempo de sobra para arrepentirse de las tentaciones espiritosas. Rosario cumple con el ruego previo de su marido y lee para sí el abortado discurso que él nunca pronunció, porque le fue negado por su socio, lo último que ha balbuceado antes de largarse a roncar. Yo la observo desde mi privilegiada posición de narrador fantasma y aun con el cúmulo de información de que dispongo no sé qué decir de ella. Podría caer en el juego en que caen los extraños, que ven apariencias y juzgan sobre ellas. Rosario dedica frases livianas y enigmáticas a todo aquello que parezca amenazarla, su cerebro se recubre de razón cuando menos lo necesita y lo que deja a su paso es una estela de misterio. Pareciera ser tan fría, práctica, concisa; quisiera uno creer que detrás de sus palabras se esconden profundos sentimientos, hasta me dan ganas de revelar cierto secreto que guardamos, que sus palabras no son solo palabras las que salen de su boca, mas carezco de pruebas para apoyar esta impresión. Así lee ella el discurso fallido de Felipe, así apaga la luz y así se duerme.
La historia llega a su fin. Permítaseme en este punto una pequeña digresión. Cuando en vida me decidí a predicar con el ejemplo, como tanto se destacó esta noche, descubrí algo que mantuve en reserva, porque me igualaba a los demás: ellos también lo hacían, predicar con el ejemplo, de manera que mi decisión mística se me hizo cuesta arriba: ¿qué ejemplo diferente podía predicar si vivía con mi esposa, trabajaba en una avícola y tenía un hijo, como todo el mundo en ese pueblo? Pensaba hasta entonces que la santidad implicaba una diferencia, que la santidad era una forma de genialidad, mas de pronto se me hizo la luz: la genialidad era un obsequio de la vida y la santidad era el amor a la vida. Lo más hermoso y lo más difícil es vivir. Vivir es renunciar a los mandatos del cerebro. Pude haber elegido esa opción, la difícil; pero elegí la segunda, escribir un libro que narrara mi experiencia. Y si hoy me recuerdan es por el libro.
El hombre es como un globo. De niño contiene toda la energía en un envase minúsculo. De joven se infla y se apoderan de él sensaciones de infinito, poder e inmortalidad que lo impelen a enfrentar con arrestos de heroísmo las injusticias de la sociedad. De viejo se comprime, se reduce a lo básico. He allí el corto y delgado hilo de la vida.
Ahora que soy lo que soy me río de los santones, me río de mi libro. Los vivos piensan que nosotros poseemos las grandes respuestas, pero desde mi humilde pedestal de ser inanimado carente de sentidos ni siquiera tengo certeza de la existencia de Dios, de quien se dice tan injustamente que es el padre de los santos. Observo que aun así me alaban y que mi leyenda va creciendo. Pobres hombres: alaban la metáfora de la testarudez, alaban el Plan y sobre todo alaban la tragedia de la pasión, pues así piensan que crecen y eso les hace renacer las esperanzas. Si volviera a nacer qué haría. Quizás me sentaría a esperar el gran momento, me sentaría a orillas de un lago a transportar pasajeros; tendría una barca, haría viajes de una a otra orilla y cuando ya no quedase nadie en esa tierra yerta, cuando todos se hubiesen ido para siempre, hastiados de vivir en el desánimo, entonces me sentaría en la orilla a esperar a mi amada que vendría del océano. Por las tardes miraría el horizonte desde el lago, me fijaría en cada punto que se viera a lo lejos en el agua, vería su rostro en cada espejismo, estaría siempre alerta, la cena humeando, sólo miraría el horizonte, viviría esperando el gran momento, la espera infinita.
La vida es así. La comprendemos mejor de este lado del camino.