Recuerdo que jugaba en unas tragamonedas de internet. En la sala habría una media docena de personas; cada cinco minutos una desconocida ansiosa le cambiaba sus billetes por tiempo de juego a la cajera. Yo disponía de poco dinero y quería más, y mientras más jugaba, menos dinero tenía. Recuerdo que esa mañana era 11 de septiembre, que caía una ligera llovizna y que los liceanos y liceanas corrían por el patio bajo la supervigilancia de sus maestros, que a esa hora lo ignoraban todo. Por la noche, en el internado, escuchando la radio, aguardamos con terror el ingreso de la patrulla que inspeccionaría el edificio entero, rincón por rincón. Recuerdo que en la sala de estar de la casa de mi tía colgaba una gran telaraña con restos de insectos acumulados durante semanas. Colgaba de arriba abajo del marco que separaba el living del comedor. En la casa había muchos descuidos como ese. Había que limpiar. Pedí permiso y tomé la aspiradora. En pocos segundos barrí con el polvo y los insectos muertos; la telaraña tomó un color rojizo y una textura de plástico y asomó limpia y brillante, podía servir como adorno para echarse sobre los hombros y así lo entendió un compañero de trabajo, que se la llevó puesta. Recuerdo que entonces el deseo obsesivo de limpiar me llevó ante una máquina que funcionaba a todo motor. Acerqué la aspiradora y apliqué el aire sobre los engranajes, evitando la zona donde brotaba el fuego. Al cabo de un momento la negrura de la máquina había dado paso a una suerte de rompecabezas gigante de metal.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
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1 comentario:
Es curioso como se quedan grabados algunos instantes, que en principio parecen como cualquier otro, pero sobre los que, después, cae el peso de la historia.
Un abrazo
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