De niño nunca conocí el horror, salvo, desde luego, el que me infundían las arañas. Pero era ese un horror del que se podía escapar. Bastaba con que la araña volviera al nido o con que mi madre le diera un zapatazo (eso era mejor) para que la sensación se extinguiera. Yo no sabía que otros niños podían sentir horror, y aún creo ignorar en qué medida el horror puede apoderarse de sus almitas inocentes, hasta dejarlas convertidas en una cebolla frita, aceitosas y retorcidas. El horror recién lo vine a conocer en el año que media entre la juventud y la madurez.
Esas mañanas de casa oscura, sin embargo, se me quedaron en la cabeza; creo que me he pasado la vida fugándome de ellas, huyendo hacia las llamas de la chimenea, hacia los atardeceres y las noches sosegadas, en las que la cálida luz de una lámpara ilumina las páginas de un libro y el contorno de un vaso de whisky. Es la fuga del condenado hacia el huevo que lo aísla de la incertidumbre, lugar común que desprecio apenas lo escribo, pero que ofrece una idea lejana del misterio que ha salvado a los niños cuando han estado a un paso del horror.
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