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miércoles, abril 01, 2026

Laberinto voluptuoso

¿Qué podría sacar en limpio de un sueño cuya trama se va enredando y repitiendo en medio de mi confusión y mi creciente malestar, un malestar que no tiene otro destinatario que yo mismo?
Se sabe que las calles de los cerros de Valparaíso pueden ser laberínticas, como las de Guanajuato, de modo que si salgo a comprar un par de cosas para el almuerzo puede que no vuelva nunca más; esto, si no pongo el suficiente cuidado con el camino que he hecho de ida. Pues bien, ¡es precisamente lo que me ha ocurrido! Eran solo tres cuadras hasta el almacén, pero las calles se han ido abriendo y abriendo en múltiples posibilidades y siempre me hallo cerca, muy cerca de retornar a la calle original, la verdadera. He tenido sueños parecidos con calles maltrechas, calles nocturnas que se alejan de la ciudad, calles que dan a galerías céntricas, pero este es ligeramente diferente; se ha introducido aquí el tema del laberinto que, según se verá a continuación, es un laberinto voluptuoso. 
Hay esquinas que evidentemente no corresponden a los pasos andados, con edificios antiguos de tres y cuatro pisos de ladrillo a la vista nunca vistos por mis ojos. Mas de pronto, al deshacer mis pasos para intentar otra variante, me encuentro con una placita que sí me resulta familiar, sobre todo por ese muro blanco al que le llega el sol de otoño, recubierto de flores rojas, que protege y embellece la casita de barrio, muy próxima a mi hotel, ya que, esto no lo había dicho, me encuentro de visita en la ciudad y alojo en un hotel.
Pero esa esquina me lleva a otra placita tan provinciana como la anterior, a otro muro blanco que enfrenta a la pequeña iglesia, una placita con piso de tierra seca y bancos para reposar no usados por  alma alguna. Estaba tan cerca, casi se veía el hotel más allá del muro; ahora debo devolver mis pasos nuevamente para intentar una nueva opción.
La atenta mujer que hace de guía se ha echado a descansar apoyada en la pared del pórtico deshabitado que da a la calle. Sentada, sube las rodillas, las pone a la altura del pecho, dejando al descubierto una vulva húmeda a medio afeitar, escena no muy agradable a la vista, pero provocativa para el joven desvergonzado que irrumpe en el sueño, sin aviso. El hombre saca su miembro del pantalón y se acerca a ella. Lo acompaña un niño; eso me turba y trato de sacarlo del lugar.