Ingresó el médico. La examinó, sin levantarla del piso; la mujer quería darse a entender, pero sus balbuceos no ayudaban a la causa. El médico se puso de pie y llevó a los presentes a un rincón, donde en voz baja preguntó quién había sido el primero en verla.
-Vinimos al salón a fumar y beber una copa de coñac y la vimos tirada en el piso, dijo uno de ellos. Dinen agregó: Yo entré a continuación.
-No es nada grave -dijo el médico. Se repondrá en unos minutos.
-¿Entonces podemos retirarnos? -preguntaron los caballeros.
-Sí -dijo el médico.
Los tres caballeros volvieron a la fiesta; en el salón quedaron la mujer, el médico y Pil Dinen.
-¿Cuál es su diagnóstico, doctor? -preguntó Dinen.
-Solo ha sido un desmayo, no atribuible al consumo de alcohol; habrá que comprobar si consumió alguna droga. La mujer se incorporó con dificultad y tomó asiento en un sofá.
-¿Se encuentra mejor, señora?
-Sí, doctor.
El médico ordenó unos exámenes, emitió una receta, puso ambas hojas en sus manos y se despidió cortésmente. En el salón quedaron la mujer y Pil Dinen. El investigador le habló.
-Quisiera hacerme cargo de su caso -le propuso. La mujer estudió la propuesta con cierta perplejidad.
-¿Qué caso? -preguntó.
-El de su desmayo.
-¿Y a qué costo, señor...? Aunque no veo la necesidad.
-Pil Dinen. Me llamo Pil Dinen y no le cobraré nada. Solamente deseo despejar unas dudas sobre este episodio del que por casualidad he sido testigo.
-Si es así, no veo motivo para negarme, aunque le insisto que me siento bien.
Dinen le dio su teléfono, la mujer lo anotó; ambos se despidieron de mano y el salón quedó vacío.
La mujer lo llamó la semana siguiente, para comunicarle que ya disponía de los resultados de los exámenes. El investigador sugirió un café cercano, de esos cafés donde aún se puede conversar. No habían pasado ni treinta minutos cuando ambos se hallaban sentados en una mesa iluminada por una ventana que daba a la calle, con cortinas semitransparentes. El garzón les extendió la carta; la mujer pidiò un capuccino y Dinen un expreso doble, sin azúcar.
-¿Cómo se ha sentido? -preguntó Dinen.
-Muy bien. Le tengo buenas noticias.
-¿Trajo los exámenes?
-Aquí están.
Dinen estudió los resultados atentamente; luego se los devolvió.
-Lo que imaginaba -murmuró con un leve tono de desagrado.
-Me encuentro en perfectas condiciones; todos mis niveles están normales. Azúcar, grasas, colesterol, presión, corazón, riñones, todo está bien. Esto pone fin a sus aprensiones, y a las mías.
-Se equivoca; estos resultados las acentúan, hablo de las mías. En cuanto a usted, el caso lo podemos dar por terminado ahora mismo, si lo desea.
-Eso quisiera yo.
Cuando el garzón depositó los cafés en la mesa la mujer comenzó a desplomarse, pero Dinen estaba atento. La afirmó con los brazos y la acomodó de nuevo en la silla. La mujer ya había vuelto en sí.
-Puede retirarse -le dijo al garzón, quien no atinaba a reaccionar.
-¿Le traigo agua a la señora?
-Sí, muchas gracias.
-¿Me perdí algo? -preguntó la mujer.
-Nada -dijo Dinen-. Sírvase.
Veinte días después, al momento de los funerales, en los que no pudo dejar de advertir la ausencia de deudos, a pesar de la pompa con que alguna mano desconocida los había organizado, Pil Dinen cuestionaba el papel pasivo que había desempeñado respecto de la mujer, inundado de una molesta cuota de culpabilidad. Podría haber hecho algo más por ella, se recriminaba; en un giro no usual de su personalidad. Ya se disponía a hacer abandono del cementerio cuando un hombre lo tomó del brazo y le habló con suavidad.
-Señor Dinen, ¿nos sentamos un momento? Deseo compartir algo con usted.
-Claro, claro...
Escogieron un escaño a la sombra de un abedul, cuyas hojas el otoño había pintado de amarillo intenso.
"Quisiera hablarle de mi tía Nadia", comenzó. El investigador detuvo el entusiasmo de su interlocutor, poniendo la mano en uno de sus brazos. "Sospecho que su relato me tomará un tiempo del que en este preciso instante no dispongo. Y en vista de que la muerte de su tía es un hecho consumado, estimo que ya no existe apuro en conocer lo que usted quiere decirme, de modo que le sugiero que me haga llegar por escrito sus impresiones. Esta es la dirección de mi oficina, señor..."
-Blas Novoa.
-¿Le parece bien mi sugerencia, señor Novoa?
-No estoy acostumbrado a escribir, pero haré como usted guste, señor Dinen. Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Decir que Dinen había olvidado el caso no es verdad; pero decir que diez días después se sorprendió cuando en su buzón halló la nota que le había pedido a Blas Novoa se acerca bastante a lo que sintió al tomar el sobre en sus manos. Sin apuro entró a su oficina, preparó café, se sentó, abrió el sobre y se dispuso a leer. Esto decía:
"Señor Pil Dinen
Estimado señor Dinen
Mi tía Nadia era poseedora de una incalculable fortuna. Era soltera, no tuvo hijos y yo soy su único sobrino, el hijo de su hermana Blenia, mi mamá, ya fallecida. Sospecho que soy su único heredero. Temo que la justicia me investigue y me acuse de su muerte, por eso quisiera contratar sus servicios. Soy inocente.
Quedo a sus gratas órdenes
Blas Novoa". En la posdata figuraba su teléfono y su dirección.
En el rostro de Pil Dinen se dibujó una mueca intraducible. Solamente alguien que pudiese meterse dentro de su cabeza podría saber qué significaba ese gesto. El detective llamó a Novoa y le dijo, con estas mismas palabras:
"Hola, señor Novoa, usted habla con Pil Dinen... Bien. Estoy en mi oficina... Sí, la leí, por eso lo llamé... Me parece que está poniendo el arado delante del buey... Quiero decir que no se anteponga a una eventual intervención de la justicia... Sí, tiendo a creerle, pero debo rechazar su oferta... Es que nunca he sabido de alguien que haya contratado a un detective para defenderlo de un crimen del que no se le acusa... Es un decir, no he afirmado que haya sido un homicidio... Bueno, yo podría el martes... Bien, allí estaré".
Ahora el gesto sí fue menos hermético. Y era de extrañeza, de curiosidad.
(sigue)